miércoles, 30 de mayo de 2018

ENCUENTROS CON JESÚS
(Textos evangélicos)

SUMARIO

I. Estar allí

II. A gritos

III. Intercediendo

IV. Visitando a Jesús

I. ESTAR ALLÍ

¿Qué inesperada sensación! No piden nada, nadie pide por ellos. Jesús los “necesitaba” allí. Y estaban.

1. EL PARALÍTICO DE LA PISCINA PROBÁTICA (Jn 5, 1-18)

1 Después de esto, con ocasión de una fiesta de los judíos, Jesús subió a Jerusalén. 2 Hay en Jerusalén una piscina Probática llamada en hebreo Betzatá, que tiene cinco pórticos. 3 En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban la agitación del agua. 4 Es que el ángel del Señor se lavaba de tiempo en tiempo en la piscina y agitaba el agua; y el primero que se metía después de la agitación del agua recobraba la salud de cualquier mal que tuviera. 5 Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. 6 Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dijo: «¿Quieres recobrar la salud?» 7 Le respondió el enfermo: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro se mete antes que yo.» 8 Jesús le dijo: «Levántate, toma tu camilla y anda.» 9 El hombre recobró al instante la salud, tomó su camilla y se fue andando. Pero como aquel día era sábado, 10 los judíos dijeron al que había sido curado: «Es sábado y no te está permitido llevar la camilla.» 11 Él les respondió: «El que me ha devuelto la salud me ha dicho: ‘Toma tu camilla y anda’.» 12 Ellos le preguntaron: «¿Quién es el hombre que te ha dicho eso?» 13 Pero el curado no sabía quién era, pues Jesús había desaparecido entre la multitud que había en aquel lugar. 14 Más tarde, Jesús lo encontró en el Templo y le dijo: «Mira, has recobrado la salud; no peques más, para que no te suceda algo peor.» El hombre se fue a decir a los judíos que era Jesús el que le había devuelto la salud. 16 Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado. 17 Pero Jesús les replicó: «Mi Padre sigue trabajando, y yo también trabajo.» 18 Por eso, los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios.

2. EL HOMBRE DE LA MANO PARALIZADA (Mt 12,9-14)

9 Se fue de allí y entró en su sinagoga, 10 donde casualmente había un hombre que tenía una mano seca. Algunos, con ánimo de acusarle, le preguntaron si era lícito curar en sábado. 11 Él les dijo: «¿Quién de vosotros, si tiene una sola oveja y cae en un hoyo en sábado, no la agarra y la saca? 12 ¡Pues cuánto más vale un hombre que una oveja! Por tanto, es lícito hacer bien en sábado.» 13 Entonces dijo al hombre: «Extiende tu mano.» Él la extendió y quedó restablecida, sana como la otra. 14 Pero los fariseos, en cuanto salieron, se confabularon contra él para eliminarlo.

3. LA MUJER ENCORVADA (Lc 13, 10-17)

10 Estaba un sábado enseñando en una sinagoga. 11 Había allí casualmente una mujer a la que un espíritu tenía enferma hacía dieciocho años; estaba encorvada y no podía en modo alguno enderezarse. 12 Al verla, Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad.» 13 Y le impuso las manos. Al instante se enderezó y empezó a alabar a Dios. 14 Pero el jefe de la sinagoga, indignado de que Jesús hubiese hecho una curación en sábado, comentaba con la gente: «Hay seis días en que se puede trabajar. Venid, pues, esos días a curaros, y no en día de sábado.» 15 Replicóle el Señor: «¡Hipócritas! ¿No desatáis del pesebre todos vosotros en sábado a vuestro buey o vuestro asno para llevarlos a abrevar? 16 Y a ésta, que es hija de Abrahán, a la que ató Satanás hace ya dieciocho años, ¿no estaba bien desatarla de esta ligadura en día de sábado?» 17 Cuando decía estas cosas, sus adversarios quedaban abochornados; la gente, en cambio, se alegraba con las maravillas que hacía.

4. EL HOMBRE HIDRÓPICO (Lc 14,1-6)

1 Un sábado fue a comer a casa de uno de los jefes de los fariseos. Ellos le estaban acechando. 2 Había allí casualmente, delante de él, un hombre hidrópico. 3 Entonces preguntó Jesús a los legistas y a los fariseos: «¿Es lícito curar en sábado, o no?» 4 Pero ellos guardaron silencio. Entonces le tomó, le curó y lo despidió. 5 Y a ellos les dijo: «¿Quién de vosotros, si se le cae un hijo o un buey a un pozo en día de sábado, no lo saca al momento?» 6 Y no supieron qué responder.

5. LA VIUDA DE NAÍN (Lc 7,11-17)

11 A continuación fue Jesús a un pueblo llamado Naín. Lo acompañaban sus discípulos y una gran muchedumbre. 12 Cuando se acercaba a las puertas del pueblo, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda. La acompañaba mucha gente del pueblo. 13 Al verla, el Señor se compadeció deella y le dijo: «No llores.» 14 Luego, acercándose, tocó el féretro, y los que lo llevaban se pararon. Dijo Jesús: «Joven, a ti te digo: Levántate.» 15 El muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre. 16 El temor se apoderó de todos y alababan a Dios, diciendo: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo». 17 Y el suceso se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina.

6. EL CIEGO DE NACIMIENTO (Jn 9,1-38)

1 Según caminaba, vio a un hombre ciego de nacimiento. 2 Sus discípulos le preguntaron: «Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» 3 Respondió Jesús: «Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. 4 «Mientras es de día tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado; cuando llega la noche, nadie puede trabajar. 5 Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo.» 6 Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva y untó con el barro los ojos del ciego. 7 Luego le dijo: «Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere decir ‘Enviado’). Él fue, se lavó y volvió ya viendo. 8 Los vecinos y los que solían verle antes mendigar comentaban: «¿No es éste el que se sentaba para mendigar?» 9 Unos decían: «Es él». «No —decían otros—, será alguien que se le parece.» Pero él decía: «Soy yo.» 10 Le preguntaron entonces: «¿Cómo, pues, se te han abierto los ojos?» 11 Él respondió: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me untó los ojos y me dijo: ‘Vete a Siloé y lávate.’ Yo fui, me lavé y vi.» 12 Ellos le preguntaron: «¿Dónde está ése?» Respondió: «No lo sé.» 13 Entonces llevaron a los fariseos al que antes era ciego. 14 (Era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos.) 15 También los fariseos le preguntaron cómo había recobrado la vista. Él les dijo: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.» 16 Algunos fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros decían: «Pero, ¿cómo puede un pecador realizar semejantes signos?» Y había disensión entre ellos. 17 Entonces le preguntaron otra vez al ciego: «¿Y tú qué dices de él, ya que te ha abierto los ojos?» Él respondió: «Que es un profeta.» 18 Los judíos no creían que aquel hombre hubiera sido ciego; así que llamaron a los padres del que había recobrado la vista 19 y les preguntaron: «¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?» 20 Sus padres respondieron: «Nosotros sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. 21 Pero cómo ve ahora, lo ignoramos; y tampoco sabemos quién le ha abierto los ojos. Preguntadle, que ya tiene edad y puede hablar de sí mismo.» 22 Sus padres decían esto por miedo a los judíos, pues éstos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno lo reconocía como Cristo, quedara excluido de la sinagoga. 23 Por eso dijeron sus padres: «Edad tiene; preguntádselo a él.» 24 Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.» 25 Les respondió: «Si es un pecador, no lo sé. Sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo.» 26 Le preguntaron entonces: «¿Qué hizo contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?» 27 Él replicó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis escuchado. ¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿Es qué queréis también vosotros haceros discípulos suyos?» 28 Ellos le llenaron de injurias y le dijeron: «Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. 29 Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde es.» 30 El hombre les respondió: «Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos. 31 Sabemos que Dios no presta atención a los pecadores; sin embargo, escucha al que es religioso y cumple su voluntad. 32 Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. 33 Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada.» 34 Ellos le respondieron: «Has nacido todo entero en pecado, ¿y pretendes darnos lecciones?» Y lo echaron fuera. 35 Jesús se enteró de que lo habían echado fuera. Cuando se encontró con él, le preguntó: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?» 36 Él respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» 37 Jesús le dijo: «Le has visto. Es el que está hablando contigo». 38 A lo que él contestó: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.

7. ZAQUEO (Lc 19,1-10)

1 Entró en Jericó e iba cruzando la ciudad. 2 Había allí un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico. 3 Trataba de ver quién era Jesús, pero, como era bajo de estatura, no podía, pues la gente se lo impedía. 4 Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí. 5 Cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzó la vista y le dijo: «Zaqueo, baja pronto; conviene que hoy me quede yo en tu casa.» 6 Se apresuró a bajar y lo recibió con alegría. 7 Al verlo, todos murmuraban: «Ha ido a hospedarse a casa de un pecador.» 8 Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: «Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré cuatro veces más.» 9 Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abrahán, 10 pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.»

8. LA MUJER CON FLUJO DE SANGRE (Lc 8,43-48)

43 Una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que no había podido ser curada por nadie, 44 se acercó por detrás y tocó la orla de su manto; y, al punto, se le detuvo la hemorragia. 45 Jesús preguntó: «¿Quién me ha tocado?» Como todos lo negaban, dijo Pedro: «Maestro, las gentes te aprietan y te oprimen.» 46 Pero Jesús contestó: «Alguien me ha tocado, porque he sentido que una fuerza ha salido de mí.» 47 Viéndose descubierta, la mujer se acercó temblorosa y, postrándose ante él, contó delante de toda la gente por qué razón le había tocado, y cómo al punto había sido curada. 48 Él le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz.»

II. A GRITOS

A veces, descaminados, aún tenemos momentos en los que tomamos conciencia de hemos errado. Otras veces, es la angustia, las preocupaciones, el desánimo, la soledad interior. Desde el alma queremos gritar y gritamos.

1. EL DEMONIO IMPURO (Mc 1,21-28; y Lc 4,31-37)

21 Al poco de llegar a Cafarnaún, entró el sábado en la sinagoga y se puso a enseñar. 22 Y la gente quedaba asombrada de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. 23 Había precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: 24 «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: el Santo de Dios.» 25 Jesús, entonces, le conminó: «Cállate y sal de él.» 26 Y el espíritu inmundo lo agitó violentamente, dio un fuerte grito y salió de él. 27 Todos quedaron pasmados, de tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! Da órdenes incluso a los espíritus inmundos, y le obedecen.» 28 Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea.

2. EL DEMONIO LLAMADO “LEGIÓN” (Mc 5,1-20; y Mt 8,28-34; Lc 8, 26-39)

1.Después llegaron al otro lado del mar, a la región de los gerasenos. 2 Apenas saltó de la barca, vino a su encuentro, de entre los sepulcros, un hombre con espíritu inmundo 3 que moraba entre los sepulcros. Nadie podía ya tenerle atado, ni siquiera con cadenas, 4 pues muchas veces le habían maniatado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, de suerte que nadie podía dominarlo. 5 Y siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras. 6 Al ver de lejos a Jesús, corrió, se postró ante él 7 y gritó con fuerte voz: «¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes.» 8 (Es que él le había dicho: «Espíritu inmundo, sal de este hombre.») 9 Jesús le preguntó: «¿Cómo te llamas?» Le contestó: «Me llamo Legión, porque somos muchos.» 10 Y le suplicaba con insistencia que no los echara fuera de la región. 11 Había allí una gran piara de puercos que pacían al pie del monte. 12 Ellos le suplicaron: «Envíanos a los puercos para que entremos en ellos.» 13 Jesús se lo permitió. Entonces los espíritus inmundos salieron y entraron en los puercos, y la piara —unos dos mil— se arrojó al mar de lo alto del cantil y se fueron ahogando en el mar. 14 Los porqueros huyeron y lo contaron en el pueblo y por las aldeas. La gente salió entonces a ver qué había ocurrido. 15 Cuando llegaron donde Jesús y vieron al endemoniado, al que había tenido la Legión, sentado, vestido y en su sano juicio, se llenaron de temor. 16 Los que lo habían visto les contaron lo ocurrido al endemoniado y lo de los puercos. 17 Entonces comenzaron a rogarle que se alejara de su término. 18 Cuando subió a la barca, el que había estado endemoniado le pidió quedarse con él. 19 Pero no se lo concedió, sino que le dijo: «Vete a tu casa, con los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido compasión de ti.» 20 Él se fue y empezó a proclamar por la Decápolis todo lo que Jesús había hecho con él, y todos quedaban maravillados.

3. LOS CIEGOS (Mt 9,27-31)

27 Cuando Jesús se iba de allí, le siguieron dos ciegos gritando: «¡Ten compasión de nosotros, Hijo de David!» 28 Al llegar a casa, se le acercaron los ciegos. Jesús les preguntó: «¿Creéis quepuedo hacer eso?» Respondieron: «Sí, Señor.» 29 Entonces les tocó los ojos diciendo: «Hágase en vosotros según vuestra fe.» 30 Y se abrieron sus ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Mirad que nadie lo sepa!» 31 Pero ellos, en cuanto salieron, divulgaron su fama por toda aquella comarca

4. LA CANANEA (Mt 15,22-28; y Mc 7,25-30)

21 Jesús salió de allí y se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón. 22 En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada.» 23 Pero él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, le rogaban: «Despídela, que viene gritando detrás de nosotros.» 24 Respondió él: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel.» 25 Ella, no obstante, vino a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!» 26 Él respondió: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.» 27 «Sí, Señor —repuso ella—. Pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.» 28 Entonces Jesús le respondió: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas.» Y desde aquel momento quedó curada su hija.

5. DIEZ LEPROSOS (Lc 17,12-19)

11 De camino a Jerusalén, pasó por los confines entre Samaría y Galilea. 12 Al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia 13 y, levantando la voz, dijeron: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!» 14 Al verlos, les dijo: «Id y presentaos a los sacerdotes.» Y resulta que, mientras iban, quedaron limpios. 15 Uno de ellos, viéndose curado, se volvió alabando a Dios en alta voz, 16 y, postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le dio las gracias. Era un samaritano. 17 Dijo entonces Jesús: «¿No quedaron limpios los diez? ¿Dónde están los otros nueve? 18 ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios, sino este extranjero?» 19 Y añadió: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado.»

6. EL CIEGO BARTIMEO (Mc 10,46-52; y Mt 20,29-34; Lc 18,35-43)

46 Llegaron a Jericó. Y un día que Jesús salía de allí acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, coincidió que el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. 47 Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!» 48 Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!» 49 Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.» Llamaron al ciego y le dijeron: «¡Ánimo, levántate! Te llama.» 50 Él, arrojando su manto, dio un brinco y vino ante Jesús. 51 Jesús, dirigiéndose a él, le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego respondió: «Rabbuní, ¡quiero ver!» 52 Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado.» Al instante recobró la vista y le seguía por el camino.

III. INTERCEDIENDO

El amor de Dios se derrama en nuestros corazones y rebosa y fluye como amor al hermano, al amigo, al que necesita amor. Pedir a Dios por otro, amigo o no, conocido o desconocido, es una manifestación del amor que Dios nos ha dado primero. Los pasajes evangélicos de intercesión son, cada uno, una lección de amor.

1. LA BODA DE CANÁ (Jn 4,46-54)

46 Volvió, pues, a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaún. 47 Cuando se enteró de que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue a rogarle que bajase a curar a su hijo, porque estaba a punto de morir. 48 Entonces Jesús le dijo: «Si no veis signos y prodigios, no creéis.» 49 El funcionario replicó: «Señor, baja antes de que muera mi hijo.» 50 Jesús le dice: «Vete, que tu hijo vive.» Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. 51 Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos y le dijeron que su hijo vivía. 52 Él les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos respondieron: «Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre.» 53 El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: «Tu hijo vive», y creyó él y toda su familia. 54 Éste fue el segundo signo que hizo Jesús cuando volvió de Judea a Galilea

2. LA SUEGRA DE PEDRO (Mc 1,29-31; y Mt 8,14-15; Lc 4, 38-39)

29 Cuando salió de la sinagoga, se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. 30 La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y le hablaron de ella. 31 Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre desapareció, y ella se puso a servirles.

3. LOS AMIGOS DEL PARALÍTICO (Mc 2,1-12; y Mt 9,2-8; Lc 5,17-26)

1 Entró de nuevo en Cafarnaún, y al poco tiempo corrió la voz de que estaba en casa. 2 Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio, mientras él les anunciaba la palabra. 3 Entonces vinieron a traerle a un paralítico, llevado entre cuatro. 4 Al no poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo encima de donde él estaba y, a través de la abertura practicada, descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. 5 Viendo Jesús la fe que tenían, dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados.» 6 Estaban allí sentados algunos escribas, que pensaban para sus adentros: 7 «¿Por qué éste habla así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo?» 8 Pero, al instante, conociendo Jesús en su espíritu lo que ellos pensaban en su interior, les dijo: «¿Por qué pensáis así en vuestro interior? 9 ¿Qué es más fácil, decir al paralítico ‘Tus pecados te son perdonados’ o decirle ‘Levántate, toma tu camilla y anda’? 10 Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados —dice al paralítico—: 11 ‘A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.’» 12 Se levantó y, tomando la camilla, salió al instante a la vista de todos, de modo que quedaron asombrados y alababan a Dios diciendo: «Jamás vimos cosa parecida.»

4. EL SIERVO DEL CENTURIÓN (Lc 7,1-10; y Mt 8, 5-13)

1 Cuando Jesús terminó de hablar así a la gente, entró en Cafarnaún. 2 Un siervo de un centurión, muy querido de éste, se encontraba enfermo y a punto de morir. 3 El centurión, que había oído hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos para rogarle que viniera y salvara a su siervo. 4 Cuando éstos llegaron ante Jesús, le suplicaron con insistencia: «Merece que se lo concedas, 5 porque ama a nuestro pueblo y él mismo nos ha edificado la sinagoga.» 6 Jesús se fue con ellos. Estando ya no lejos de la casa, envió el centurión a unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo; 7 por eso ni siquiera me consideré digno de salir a tu encuentro. Mándalo de palabra y quede sano mi criado. 8 Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste ‘Vete’, y va; y a otro ‘Ven’, y viene; y a mi siervo ‘Haz esto’, y lo hace.» 9 Al oír esto, Jesús quedó admirado de él, y volviéndose a la muchedumbre que le seguía, les dijo: «Os aseguro que ni en Israel he encontrado una fe tan grande.» 10 Cuando los enviados volvieron a la casa hallaron al siervo sano.

5. EL CIEGO Y MUDO (Mt 12,22-28; y Lc 11,14)

22 Entonces le fue presentado un endemoniado ciego y mudo. Jesús lo curó, de suerte que el mudo hablaba y veía. 23 Todos los presentes, atónitos, se preguntaban: «¿No será éste el Hijo de David?» 24 Mas los fariseos, al oírlo, comentaban: «Éste no expulsa los demonios más que por Beelzebul, Príncipe de los demonios.» 25 Él, sabiendo lo que pensaban, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo quedará asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no podrá subsistir. 26 Si Satanás expulsa a Satanás, quedará dividido contra sí mismo; ¿cómo podrá entonces subsistir su reino? 27 Y si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. 28 Pero si yo expulso los demonios por el Espíritu de Dios, señal de que ha llegado a vosotros el Reino de Dios

6. EL MUDO (Mt 9,32-34)

32 Salían ellos todavía, cuando le presentaron un mudo endemoniado. 33 Y, tras expulsar al demonio, rompió a hablar el mudo. La gente, admirada, decía: «Jamás se vio cosa igual en Israel.» 34 Pero los fariseos comentaban: «Por el Príncipe de los demonios expulsa a los demonios.»

7. EL SORDO TARTAMUDO (Mc 7,31-37)

31 Se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. 32 Le presentaron un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le rogaron que impusiera la mano sobre él. 33 Jesús, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. 34 Después levantó los ojos al cielo, dio un gemido y le dijo: «Effatá», que quiere decir ‘¡Ábrete!’ 35 Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. 36 Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más lo propagaban ellos. 37 La gente quedó maravillada sobremanera, y comentaban: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

8. LA HIJA DE JAIRO (Lc 8, 40-56; y Mt 9,1.18-26; Mc 5,21-43)

40 Cuando regresó Jesús, la muchedumbre le recibió con agrado, pues todos le estaban esperando. 41 Llegó entonces un hombre llamado Jairo, que era jefe de la sinagoga, y, cayendo a los pies de Jesús, le suplicaba que entrara en su casa, 42 porque su hija única, de unos doce años, se estaba muriendo. Mientras iba, la gente lo oprimía. 43 Una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que no había podido ser curada por nadie, 44 se acercó por detrás y tocó la orla de su manto; y, al punto, se le detuvo la hemorragia. 45 Jesús preguntó: «¿Quién me ha tocado?» Como todos lo negaban, dijo Pedro: «Maestro, las gentes te aprietan y te oprimen.» 46 Pero Jesús contestó: «Alguien me ha tocado, porque he sentido que una fuerza ha salido de mí.» 47 Viéndose descubierta, la mujer se acercó temblorosa y, postrándose ante él, contó delante de toda la gente por qué razón le había tocado, y cómo al punto había sido curada. 48 Él le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz.» 49 Estaba todavía hablando, cuando uno de casa del jefe de la sinagoga llegó diciendo: «Tu hija está muerta. No molestes ya al Maestro.» 50 Jesús, que oyó el comentario, le dijo: «No temas; basta con que tengas fe y se salvará.» 51 Al llegar a la casa, no permitió entrar con él más que a Pedro, Juan y Santiago, y al padre y a la madre de la niña. 52 Todos la lloraban y se lamentaban, pero él dijo: «No lloréis, no ha muerto; está dormida.» 53 Los presentes se burlarban de él, pues sabían que estaba muerta. 54 Pero él, tomándola de la mano, dijo en voz alta: «Niña, levántate.» 55 Entonces retornó el espíritu a ella y, al punto, se levantó. Jesús mandó que le dieran de comer. 56 Sus padres quedaron estupefactos, y él les ordenó que no comentaran con nadie lo que había pasado.

9. EL CIEGO DE BETSAIDA (Mc 8,22-26)

22 Cuando llegaron a Betsaida, le presentaron un ciego y le suplicaron que le tocase. 23 Tomando al ciego de la mano, lo sacó fuera del pueblo y, tras untarle saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: «¿Ves algo?» 24 Él, alzando la vista, dijo: «Veo a los hombres, pero los veo como árboles que andan.» 25 Después, volvió a ponerle las manos en los ojos y comenzó a ver perfectamente. El ciego quedó curado, de suerte que distinguía de lejos claramente todas las cosas. 26 Después lo envió a su casa, diciéndole: «Ni siquiera entres en el pueblo.»

10. EL EPILÉPTICO (Lc 9,37-43; y Mt 17,14-21; Mc 9,14-29)

37 Al día siguiente, cuando bajaron del monte, le salió al encuentro mucha gente. 38 En esto, uno de los presentes empezó a gritar: «Maestro, te suplico que atiendas a mi hijo, porque es el único que tengo. 39 Mira, un espíritu se apodera de él y de pronto empieza a dar gritos; le hace retorcerse echando espuma y a duras penas se aparta de él. Lo deja todo magullado. 40 He pedido a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido.» 41 Jesús exclamó: «¡Ay, generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros y habré de soportaros? ¡Trae acá a tu hijo!» 42 Cuando se acercaba, el demonio lo arrojó por tierra y lo agitó violentamente. Pero Jesús increpó al espíritu inmundo, curó al niño y lo devolvió a su padre. 43 Y todos quedaron atónitos ante la grandeza de Dios.

IV. VISITANDO A JESÚS

Visitar a Jesús es poder estar junto a Dios que nos ve, que nos oye, que nos habla. Él está siempre con nosotros “estoy a la puerta y llamo”. El Reino de los Cielos está dentro de nosotros. Y nosotros queremos recibir a Dios en una casa limpia.

1. NICODEMO (Jn 3,1-21)

3 1 Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. 2 Fue éste donde Jesús de noche y le dijo: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar los signos que tú realizas, si Dios no está con él.» 3 Jesús le respondió: «En verdad, en verdad te digo que el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios.» 4 Nicodemo le preguntó: «¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?» 5 Respondió Jesús: «En verdad, en verdad te digo que el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. 6 Lo nacido de la carne es carne; lo nacido del Espíritu es espíritu. 7 No te asombres de que te haya dicho que tenéis que nacer de nuevo. 8 El viento sopla donde quiere, y oyes su rumor, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que nace del Espíritu.» 9 Preguntó Nicodemo: «¿Cómo puede ser eso?» 10 Jesús le respondió: «Tú, que eres maestro en Israel, ¿no sabes estas cosas? 11 «En verdad, en verdad te digo que nosotros hablamos de lo que sabemos, y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio. 12 Si al deciros cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os hablo de las cosas del cielo? 13 Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo: el Hijo del hombre. 14 Y, del mismo modo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, 15 para que todo el que crea tenga en él la vida eterna. 16 Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. 17 Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. 18 El que cree en él no es juzgado; pero el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios. 19 Y el juicio consiste en que la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. 20 Pues todo el que obra el mal odia la luz y no se acerca a ella, para que nadie censure sus obras. 21 Pero el que obra la verdad, se acerca a la luz, para que quede de manifiesto que actúa como Dios quiere.»

2. LA SAMARITANA (Jn 4,5-38)

4 Tenía que pasar por Samaría. 5 Llegó a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca de la heredad que Jacob legó a su hijo José. 6 Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que estaba cansado de tanto andar, se había sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta. 7 Llegó entonces una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dijo: «Dame de beber.» 8 (Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.) La samaritana le respondió: 9 «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer de Samaría?» (Es que los judíos no se tratan con los samaritanos.) 10 Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios y supieras quién es el que te dice ‘Dame de beber’, tú se lo habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva.» 11 Contestó la mujer: «Señor, el pozo es hondo y no tienes con qué sacarla; ¿cómo es que tienes esa agua viva? 12 ¿Te crees más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?» 13 Jesús le respondió: «Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed; 14 pero el que beba del agua que yo le dé no tendrá sed jamás, pues el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna.» 15 Le dijo la mujer: «Señor, dame de esa agua, para no volver a tener sed y no tener que venir aquí a sacarla.» 16 Él le contestó: «Vete, llama a tu marido y vuelve acá.» 17 La mujer le dijo: «No tengo marido.» Jesús le respondió: «Bien has dicho que no tienes marido, 18 porque has tenido cinco, y el que ahora tienes no es marido tuyo. En eso has dicho la verdad.» 19 La mujer replicó: «Señor, veo que eres un profeta. 20 Nuestros padres adoraron en este monte, pero vosotros decís que el lugar donde se debe adorar es Jerusalén.» 21 Jesús le contestó: «Créeme, mujer, que llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. 22 Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. 23 Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. 24 Dios es espíritu, y los que adoran deben adorar en espíritu y verdad.» 25 Le dijo la mujer: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo desvelará todo.» 26 Jesús le respondió: «Yo soy, el que está hablando contigo.» 27 En esto llegaron sus discípulos y se sorprendieron de que hablara con una mujer. Pero nadie le preguntó qué quería o qué hablaba con ella. 28 La mujer, dejando su cántaro, corrió al pueblo y dijo a la gente: 29 «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?» 30 Salieron del pueblo y se encaminaron hacia él. 31 Entretanto, los discípulos le insistían: «Rabbí, come.» 32 Pero él replicó: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis.» 33 Los discípulos se decían entre sí: «¿Le habrá traído alguien de comer?» 34 Jesús les dijo: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. 35 ¿No decís vosotros: ‘Cuatro meses más y llega la siega’? Pues bien, yo os digo: Alzad vuestros ojos y ved los campos, que amarillean ya para la siega. Ya 36 el segador recibe el salario, y recoge fruto para vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador. 37 Y en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador: 38 yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga.» 39 Muchos samaritanos de aquel pueblo creyeron en él por las palabras de la mujer, que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho.» 40 Cuando llegaron a él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y Jesús se quedó allí dos días. 41 Fueron muchos más los que creyeron por sus palabras, 42 y decían a la mujer: «Ya no creemos por tus palabras, pues nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo.»

3. LOS DISCÍPULOS DE JUAN (Mt 11,1-6; Lc 7,18-23)

2 Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a preguntarle: 3 «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» 4 Jesús les respondió: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: 5 los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva.

4. LA PECADORA (Lc 7,36-50)

36 Un fariseo le rogó que comiera con él. Jesús entró en la casa del fariseo y se puso a la mesa. 37 Había en el pueblo una mujer pecadora pública. Al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume 38 y, poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar. Con sus lágrimas le humedecía los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume. 39 El fariseo que le había invitado, al ver la escena, se decía para sí: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando: una pecadora.» 40 Jesús le dijo: «Simón, tengo algo que decirte.» Él respondió: «Di, maestro.» 41 «Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. 42 Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?» 43 Respondió Simón: «Supongo que aquel a quien perdonó más.» Jesús le dijo: «Has juzgado bien.» 44 Después, volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha humedecido mis pies con lágrimas y los ha secado con sus cabellos. 45 No me diste el beso, pero ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. 46 No ungiste mi cabeza con aceite, pero ella ha ungido mis pies con perfume. 47 Por eso te digo que quedan perdonados sus numerosos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra.» 48 Y le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados.» 49 Los comensales empezaron a decirse para sí: «¿Quién es éste, que hasta perdona los pecados?» 50 Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz.»

5. MARTA Y MARÍA DE BETANIA (Lc 10,38-42)

38 Yendo todos de camino, entró en un pueblo, donde una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. 39 Tenía ésta una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra, 40 mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Al fin, se paró y dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude.» 41 Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; 42 y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada.»

6. LA MADRE Y LOS PARIENTES DE JESUS (Mt 12,46-50; Mc 3,31-50; Lc 8,19-21)

46 Todavía estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera y trataban de hablar con él. 47 Alguien le dijo: «¡Oye!, ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que desean hablarte.» 48 Pero él respondió al que se lo decía: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» 49 Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Éstos son mi madre y mis hermanos, 50 pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre de los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.»

7. LA ADÚLTERA (Jn 8,1-11)

8 1 Mas Jesús se retiró al monte de los Olivos. 2 Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y toda la gente acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. 3 Los escribas y fariseos le llevaron una mujer sorprendida en adulterio; la pusieron en medio 4 y le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. 5 Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?» 6 (Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle.) Pero Jesús se inclinó y se puso a escribir con el dedo en la tierra. 7 Pero, al insistir ellos en su pregunta, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.» 8 E inclinándose de nuevo, siguió escribiendo en la tierra. 9 Ellos, al oír estas palabras, se fueron retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos. Jesús se quedó solo con la mujer, que seguía en medio. 10 Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?» 11 Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús replicó: «Tampoco yo te condeno. Vete, y no vuelvas a pecar.»

8. EL MUCHACHO RICO (Lc 18,18-30; Mt 19,16-30; Mc 10,17-31)

17 Se ponía ya en camino, cuando uno corrió a su encuentro y, arrodillándose ante él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para tener en herencia vida eterna?» 18 Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino sólo Dios. 19 Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre.» 20 Él, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud.» 21 Jesús, fijando en él su mirada con cariño, le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme.» 22 Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.

9. LA MADRE DE LOS HIJOS DE ZEBEDEO (Mt 20,20-28; Mc 10,35-45)

20 Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. 21 Él le preguntó: «¿Qué quieres?» Respondió ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.» 22 Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?» Respondieron: «Sí, podemos.» 23 Entonces les dijo: «Desde luego que beberéis mi copa. Pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no está en mis manos concederlo. Será para quienes mi Padre lo tenga dispuesto.»

10. LOS GRIEGOS QUE QUIEREN VER A Jesús (Jn 12,20-36)

20 Entre los que subían a adorar en la fiesta había algunos griegos. 21 Éstos se dirigieron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: «Señor, queremos ver a Jesús.» 22 Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a comunicárselo a Jesús. 23 Jesús les respondió: «Ha llegado la hora de que el Hijo de hombre sea glorificado. 24 En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, allí queda, él solo; pero si muere, da mucho fruto. 25 El que ama su vida, la perderá; pero el que odia su vida en este mundo la guardará para una vida eterna. 26 Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará. 27 Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora precisamente para esto! 28 Padre, glorifica tu Nombre». Vino entonces una voz del cielo: «Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré». 29 La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno. Otros decían: «Le ha hablado un ángel.» 30 Jesús respondió: «No ha venido esta voz por mí, sino por vosotros. 31 Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será derribado. 32 Y cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí.» 33 Decía esto para dar a entender qué tipo de muerte le iban a aplicar. 34 La gente le respondió: «Nosotros sabemos por la Ley que el Cristo permanecerá para siempre. ¿Cómo dices tú que es preciso que el Hijo del hombre sea elevado? ¿Quién es ese Hijo del hombre?» 35 Jesús les dijo: «Todavía, por un poco de tiempo, estará la luz entre vosotros. Caminad mientras tenéis la luz, para que no os sorprendan las tinieblas; el que camina en tinieblas no sabe a dónde va. 36 Mientras tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz.» Dicho esto, se marchó Jesús y se ocultó de ellos.

11. LOS PRIMEROS DISCÍPULOS (Jn 1,35-51)

35 Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. 36 Fijándose en Jesús que pasaba, dijo: «He ahí el Cordero de Dios». 37 Al oírle hablar así, los dos discípulos siguieron a Jesús. 38 Jesús se volvió y, al ver que le seguían, les preguntó: «¿Qué buscáis?» Ellos le respondieron: «Rabbí —que quiere decir ‘Maestro’—, ¿dónde vives?» 39 Les respondió: «Venid y lo veréis.» Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima. 40 Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. 41 Andrés encuentra primero a su propio hermano, Simón, y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías» —que quiere decir, Cristo—. 42 Y le llevó donde Jesús. Fijando Jesús su mirada en él, le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas» —que quiere decir ‘Piedra’—. 43 Al día siguiente, Jesús quiso partir para Galilea y encontró a Felipe. Jesús le dijo: «Sígueme.» 44 Felipe era de Betsaida, del pueblo de Andrés y Pedro. 45 Felipe encontró a Natanael y le dijo: «Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley, y también los profetas; es Jesús, el hijo de José, el de Nazaret.» 46 Le respondió Natanael: «¿De Nazaret puede haber cosa buena?» Le dijo Felipe: «Ven y lo verás.» 47 Cuando vio Jesús que se acercaba Natanael, dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.» 48 Natanael le preguntó: «¿De qué me conoces?» Respondió Jesús: «Te vi cuando estabas debajo de la higuera, antes de que Felipe te llamara.» 49 Le respondió Natanael: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel.» 50 Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.» 51 Y añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»

12. FARISEOS (Mt 22,15-22; Mc 12,13-17; Lc 20,20-26)

15 Entonces los fariseos se fueron y celebraron consejo sobre la forma de sorprenderle en alguna palabra. 16 Así que enviaron a sus discípulos, junto con los herodianos, a decirle: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza, y que no te importa de nadie, porque no miras la condición de las personas. 17 Dinos, pues, qué te parece: ¿es lícito pagar tributo al César o no?» 18 Mas Jesús, adivinando su malicia, dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? 19 Mostradme la moneda del tributo.» Ellos le presentaron un denario. 20 Él les preguntó: «¿De quién son esta imagen y la inscripción?» 21 Respondieron: «Del César.» Entonces les dijo: «Pues lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios.» 22 Al oír esto, quedaron maravillados y, dejándole, se fueron.

13. SADUCEOS (Mt 22,23-33; Mc12,18-27; Lc 20,27-40)

23 Aquel día se le acercaron unos saduceos, esos que niegan que haya resurrección, y le preguntaron: 24 «Maestro, Moisés dijo: ‘Si alguien muere sin tener hijos, su hermano se casará con la mujer de aquél para dar descendencia a su hermano.’ 25 Pues bien, había entre nosotros siete hermanos. El primero se casó y murió; y, como no tuvo descendencia, dejó su mujer a su hermano. 26 Sucedió lo mismo con el segundo, y con el tercero, hasta los siete. 27 Después de todos murió la mujer. 28 Entonces, en la resurrección, ¿de cuál de los siete será mujer? Porque todos la tuvieron.» 29 Jesús les respondió: «Estáis en un error, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios. 30 Pues en la resurrección, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en el cielo. 31 Y en cuanto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que dijo Dios: 32 Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos.» 33 Al oír esto, la gente se maravillaba de su doctrina.

14. UN LEGISTA (Mt 22,34-40; Mc 12,28-34)

34 Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo. 35 Entonces uno de ellos le preguntó, con ánimo de ponerlo a prueba: 36 “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” 37 Él le dijo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. 38 Éste es el mayor y el primer mandamiento. 39 El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 40 De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.”

(Texto completado de la primera parte del que apareció en 2011 imprimido en cuadernillo de distribución gratuita y restringida)

No hay comentarios:

Publicar un comentario