domingo, 17 de diciembre de 2017

DE UN CRISTIANO (2014 / 2015)

ADVIENTO

El cristiano encuentra en la liturgia una buena ayuda para mantenerse y crecer en la vida interior. Las Pascuas –de Navidad, de Resurrección y de Pentecostés- dan la alegría de la fe, renuevan la esperanza y animan la caridad. Y el Adviento y la Cuaresma son tiempos fuertes de preparación para la Pascua correspondiente. Para vivir el Adviento puede ser útil recordar que esa palabra se refería a la preparación de ciudades y palacios ante la próxima llegada de un personaje y, de ahí, la limpieza y la ornamentación del alma para recibir lo mejor posible a Dios que se hace hombre en el Niño Jesús: “amor con amor se paga”. Pero, como “obras son amores”, también puede ayudar a vivir el Adviento, que es tiempo de conversión, de “venir hacia adentro”, revisar nuestras intenciones, nuestros deseos y nuestro obrar, para eliminar lo que estorbe o dificulte la presencia de Dios, para rectificar el camino y para procurar todo lo que nos haga avanzar en la fe recibida, en la esperanza segura y en el amor al Amor que no nos falla. Es tiempo de repasar nuestro plan de vida, nuestra oración, nuestra entrega a los demás, recordando que cada uno somos los demás: “Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos” (Mt 7,12). Es la “regla de oro” para el examen de amor del cristiano, es el fiel contraste para repasar cómo es nuestra vida de familia, que debe estar llena de servicio, de comprensión, de paciencia; cómo es nuestra vida de trabajo, que debemos hacer lo mejor que podamos, evitando la rutina, el salir del paso, las chapuzas, ayudando y animando al que lo necesite; cómo es nuestra vida social, nuestro descanso y nuestras diversiones, procurando ser útiles, ser amables, regalar paz y alegría y evitando el egoísmo, la soberbia y la ambición, la murmuración y la crítica, recordando el valor del silencio cuando no procede hablar.

El Adviento es también tiempo de misericordia. “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto. Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote y, al verlo, pasó de largo. Igualmente, un levita llegó cerca de aquel lugar y, al verlo, también pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje se llegó hasta el y, al verlo, se llenó de compasión. Se acercó y le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino. Lo montó en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta. ¿Cuál de los tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores?”. El doctor de la ley le dijo: - El que tuvo misericordia con él. Contestó Jesús: - Pues anda, y haz tú lo mismo. Misericordia es poner el corazón en la miseria, en la necesidad del prójimo. Compasión es sentir, compartir, con el prójimo su sufrimiento, su dolor.

ADVIENTO

Adviento, tiempo de encontrar el gozo y la paz en la misericordia de Dios, que es el Amor que no nos falla. “Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos le dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde”. Y les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo más joven lo recogió todo, se fue a un país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente. Después de gastarlo todo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a pasar necesidad. Fue y se puso a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus tierras a guardar cerdos; le entraban ganas de saciarse con las algarrobas que comían los cerdos, y nadie se las daba. Recapacitando, se dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: “Padre he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros”. Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre. Cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos. Comenzó a decirle el hijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo”. Pero el padre les dijo a sus siervos: “Pronto, sacad el mejor traje y vestidle; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”. Y se pusieron a celebrarlo. El hijo mayor estaba en el campo; al volver y acercarse a la casa oyó l música y los cantos y, llamando a uno de los siervos, le preguntó qué pasaba. Éste le dijo: “Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado un ternero cebado pro haberlo recobrado sano”. Se indignó y quería entrar, pero su padre salió a convencerle. Él replicó a su padre: “Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos. Pero en cuanto ha venido ese hijo tuyo que devoró tu fortuna con meretrices, has hecho matar para él el ternero cebado. Pero él respondió: “Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado” (Lc 15, 11-32)
Esta parábola, tantas veces comentada, debe llevar a una reflexión personal más allá de la consideración de los personajes como si el lector fuera un espectador. El cristiano sabe por propia experiencia que son muchas las ocasiones en que se marcha lejos del amor del Padre. Y debe tener la seguridad de que el Padre siempre le espera, que está continuamente mirando al camino para verlo regresar y que, cada vez que llega arrepentido, el Padre sale a su encuentro, le abraza, se llena de alegría y celebra que el hijo ha vuelto. Y así ocurre en cada separación, en cada olvido, en cada abandono, y en cada reencuentro. Lo importante es volver. El perdón está asegurado. Y, viviendo en la alegría de estar con el Padre, también debe alegrar el regreso de los hermanos. El amor es difusivo y se alegra del bien de los otros. Alegrar a Dios, alegrarse con Dios.

ADVIENTO

La Santa Madre Iglesia, que nos lleva a sus hijos, a los fieles, de la mano mediante la Liturgia, igual que “da un respiro” en el espíritu de austeridad y penitencia en la Cuaresma con el domingo “Laetare” (4ª semana), también en el Adviento regala el domingo “Gaudete” (3º) cuya antífona de entrada recoge las palabras de san Pablo: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca” (Flp 4, 4-5). Muchos cristianos reflexionan en esta semana recordando las parábolas de la misericordia, que están llenas de alegría en Dios. La oveja perdida: “¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y sale en busca de la que se perdió hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso, y, al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: “Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me perdió”. Os digo que, del mismo modo, habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión” (Lc 15, 4-7). La moneda perdida: “¿O qué mujer, si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una luz y barre la casa y busca cuidadosamente hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas y les dice: “Alegraos conmigo, porque he encontrado la dracma que se me perdió”. Así os digo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente” (Lc 15, 8-10). Es la alegría del cristiano que sabe que, aunque se haya olvidado de Dios, aunque le haya fallado, aunque lo haya arrinconado, Dios sale a buscarlo, enciende luces en nuestras almas, ayuda a barrer los obstáculos que se acumulan en nuestra conciencia y, se afana, hasta que podemos mirarlo e ir a su lado. Y, entonces, hay alegría en el cielo, se alegran los ángeles, todos los santos ríen y cantan.

No faltamos los que encontramos esos mismos sentimientos de amor divino, de redención y de misericordia en el Corazón de Jesús, en otros textos evangélicos: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña y fue a buscar en ella fruto y no lo encontró. Entonces le dijo al viñador: “Mira, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera sin encontrarlo; córtala, ¿para qué va a ocupar terreno en balde?”. Pero él le respondió: “Señor, déjala también este año hasta que cave a su alrededor y eche estiércol, por si produce fruto; si no, ya la cortarás” (Lc 13, 6-9). Así pedimos a Dios que tenga paciencia con nosotros, que nos ayude, repitiendo la jaculatoria del beato Álvaro del Portillo: “Gracias. Perdón. Y ayúdame más”. Y completamos la reflexión con textos del Antiguo Testamento: “No recordaréis las cosas pasadas, ni pensaréis en las cosas antiguas. Mirad que voy a hacer cosas nuevas; ya despuntan, ¿no os dais cuenta?... Y, Yo soy quien borra tus delitos por Mí mismo, y no recordaré tus pecados” (Is 43, 18-19 y 25). Es la misericordia de Dios. De modo que nuestra esperanza se fortalece: “¿Es que puede una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse el hijo de sus entrañas? ¡Pues aunque ellas se olvidaran, Yo no te olvidaré!” (Is 49,15)

ADVIENTO

El tiempo de Adviento termina como el camino que lleva a Belén. El corazón de los cristianos está lleno de alegría porque Dios que creó al hombre por amor, viendo su debilidad y sus fallos, también decidió por amor su redención viniendo al tiempo y al mundo como Niño nacido de las entrañas de la Virgen María. Sin Encarnación no habría habido Resurrección y no habría habido Pentecostés. Son las Felices Pascuas de los cristianos. Son la manifestación de la Trinidad Beatísima, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que es Dios amor. Lo expresa muy bien la epístola de san Pablo a los efesios: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los cielos, ya que en él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia, por el amor; nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza y gloria de su gracia, con la cual nos hizo gratos en el Amado; en quien, mediante su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, según las riquezas de su gracia, que derramó sobre nosotros sobreabundantemente con toda sabiduría y prudencia. Nos dio a conocer el misterio de su voluntad, el según el benévolo designio que se había propuesto realizar mediante él y llevarlo a cabo en la plenitud de los tiempos: recapitular en Cristo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra. En él por quien también fuimos constituidos herederos, predestinados según el designio de quien realiza todo con arreglo al consejo de su voluntad, para que nosotros, los que antes habíamos esperado en el Mesías, sirvamos para alabanza de su gloria. Por él, también vosotros, una vez oída, la palabra de la verdad –el Evangelio de nuestra salvación-, al haber creído, fuisteis sellaos con el Espíritu Santo prometido, que es prenda de nuestra herencia, para redención de los que ha hecho suyos, para alabanza de su gloria” (Ef 1,3-14). En Dios todo es misericordia, es “poner el corazón en la miseria”, amar sin límite.

En esta consideración de las entrañas amorosas de Dios, en su amor para con nosotros, algunos cristianos recordamos milagros de Jesús sin petición del beneficiado: el paralítico al que sus amigos llevaron junto a Jesús (Mt 9,1-7), la hemorroísa (Mt 9, 20-22), el hombre de la mano seca (Mt 12,9-14), el hombre hidrópico (Lc 14, 1-6), la mujer encorvada (Lc 13, 10-13)... Y, aunque parezca paradójico por la cercanía del tiempo de Navidad, nos llena el corazón de alegría y de paz, confiados en la misericordia de Dios, meditar en la resurrección del hijo de la viuda de Naín: “Después marchó a una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Al acercarse a la puerta de la ciudad, resultó que llevaban a enterrar un difunto, hijo único de su madre, que era viuda. Y la acompañaba una gran muchedumbre de la ciudad. El Señor la vio y se compadeció de ella. Y le dijo: - No llores. Se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: - Muchacho, a ti te digo, levántate. Y el que estaba muerto se incorporó y empezó a hablar. Y se lo entregó a su madre” (Lc 7, 11-15). Adviento, tiempo de conversión del alma a Dios. Navidad, tiempo de resurrección del alma que aspira a Dios. Tiempo de cantar al Niño, a la Madre y a san José.

NAVIDAD

Qué noticia más importante que el nacimiento del Niño Dios. Noticia humana porque humanas son las circunstancias de viaje, falta de alojamiento, el parto y la alegría de los padres y de los pastores. Noticia divina porque celebramos la ternura del Amor de Dios.

En el corazón de los cristianos, como si hoy fuera ayer, se vive el acontecimiento ocurrido en Belén hace más de dos mil años. Y se repasa, palabra por palabra, el relato evangélico: “En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y cuando ellos se encontraban allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre en el aposento” (Lc 2, 1-7). Los enamorados son felices conociendo cómo era en su niñez la persona amada. No es infrecuente revivir juntos los recuerdos de aquellos años, ver las fotografías de entonces. Los padres, y sobre todo las madres, sacan del corazón sucedidos que cuentan con toda clase de detalles. El evangelista Lucas explica así su relato de los hechos: “Me pareció también a mí, después de haberme informado con exactitud de todo desde los comienzos” (Lc 1,3). Y María, la madre de Jesús, que “guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón”, como dice por dos veces el evangelista (Lc 2,19 y 51), fue indudablemente quien informó de lo ocurrido en aquellos días. Había mucho que contar: la anunciación del arcángel Gabriel, la visita a su pariente Isabel, las dudas de san José y cómo el ángel de Dios le explicó en sueños lo ocurrido (Mt 1,19-25) y lo que tenía que hacer (Mt 2, 13-15 y 19). Con el relato del evangelista Lucas el cristiano revive el viaje desde Nazaret a Belén, treinta leguas, tres o cuatro días de camino para un peatón, con la Virgen en avanzado estado de gestación. La imaginación se desborda y, sin otro fundamento, presenta un traslado con una mula llevando a la Madre y un carrito tirado por un buey, con la ropa imprescindible, unos pocos enseres del hogar y los utensilios de trabajo por si tardaban en regresar, como sucedió. Y los cuidados de san José a su esposa. Y la conversación de ambos en los días de viaje: la llanura de Esdrelón, luego Sulam y los montes de Samaria; y, al llegar al valle, el pozo de Jacob; pasar junto a las torres de Sion, divisar a los lejos el templo de Herodes y entrar en los campos de Belén. Y los pensamientos de cada uno en los ratos de silencio. Y la inquietud a la llegada a Belén porque no había sitio para ellos. Y nació el Niño Dios.

“Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. De improviso un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor les rodeó de luz. Y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: - No temáis. Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre. De pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace”. Cuando los ángeles les dejaron, marchándose hacia el cielo, los pastores se decían unos a otros: - Vayamos a Belén para ver esto que ha ocurrido y que el Señor nos ha manifestado. Y fueron presurosos y encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre... (Lc 2, 8-16). Todos estamos allí, llenos de amor del Amor.

TIEMPO ORDINARIO

En el encuentro de Jesús con la samaritana junto al pozo de Sicar hay una llamada esencial: a Dios hay que adorarlo “en espíritu y en verdad” (Jn 4,24). Para unos, querría decir con “sinceridad”; para otros haría referencia a la oración en cuanto que la sugiere el Espíritu Santo; para otros, “espíritu” significaría corazón puro, humildad, amor filial y “verdad” se referiría la fe, la lealtad, la rectitud moral. Jesús señaló el principal mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente” (Mt 22,37).

Ante Dios somos transparentes (“Señor, Tú me sondeas y me conoces”, Sal 139) y debemos ser sencillos y sinceros, abriendo nuestra alma sin pretender ocultarle nada, viviendo en la seguridad de que somos hijos de Dios y de que Dios nos ama.

La Navidad, la catequesis del Papa, el Sínodo, nos señalan insistentemente la familia como ámbito cercano para derramar el amor del Amor que recibimos. Es tiempo de propósitos concretos (amabilidad, perdón, ayuda...) cada día y de examen cada noche. Un día y otro, corrigiendo, mejorando, dándonos. Eso es amor.

TIEMPO ORDINARIO

Los cristianos que han acogido la fe que se les ha dado son, deben ser, como esponjas para lo bueno. De todos y de todo aprenden y sacan lecciones para vivir unidos a Dios, para recibir su amor y hacerlo rebosar a los demás. El Papa, el Sínodo, nos sitúan en una diligente atención a la familia, de modo que lo meditado en las fiestas de Navidad, la Sagrada Familia en Belén y en Nazaret, se convierte en plan de vida: “buscad las cosas de arriba” (Col 3,1), escribía san Pablo y añadía: “Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga queja contra otro” (Col 3, 12-13). Y en otra carta: “amándoos de corazón unos a otros con el amor fraterno, honrando cada uno a los otros más que a sí mismo; diligentes en el deber, fervorosos en el espíritu, servidores del Señor; alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación; constantes en la oración, compartiendo las necesidades... (Rm 12, 10-13). Haciendo de nuestra vida un permanente servicio de amor, disponibles siempre para los demás. Así envió Jesús a sus apóstoles: “Lo que se os ha dado gratis, dadlo gratis” (Mt 10,8)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que Dios le llama a dar testimonio en la situación y estado en que se encuentra. La familia, el trabajo, las relaciones sociales son el campo para sembrar amor, paz y alegría. Toda ocasión es tiempo favorable: en el esfuerzo y en el descanso. Como recuerda san Pedro: “debéis poner de vuestra parte todo esmero en añadir a vuestra fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al conocimiento la templanza, a la templanza la paciencia, a la paciencia la piedad, a la piedad el amor fraterno, al amor fraterno la caridad” (2 P 5-8).

Reviviendo el Catecismo que aprendimos cuando éramos niños: contra soberbia humildad, contra avaricia largueza, contra lujuria castidad, contra ira paciencia, contra gula templanza, contra envidia caridad, contra pereza diligencia. Viviendo como enamorados porque el Amor nos llena y nos rebosa, como niños que confían en el Padre, como amigos que se saben protegidos y guiados por el Amigo fiel.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano que sabe de la omnisciencia de Dios (“Conociendo Jesús sus pensamientos...”, Mt 8,4), se abraza a su infinita misericordia cuando, frecuentemente, cada día, se aplica lo ocurrido a Natanael: “Vio Jesús a Natanael acercarse y dijo de él: “Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez”. Le contestó Natanael: “¿De qué me conoces”. Respondió Jesús y le dijo: “Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi”. No sabemos qué pensaba Natanael en ese momento de soledad, pero fue suficiente lo que dijo Jesús para que Natanael se entregara al Amor: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios...”. Y así hasta el martirio.

Por eso hay cristianos que encuentran la paz del descanso confiado en el Corazón de Jesús cuando dicen el salmo: “Señor, Tú me sondeas y me conoces. Tú sabes cuando me siento y me levanto, penetras desde lejos mis pensamientos. Camine o descanse, Tú lo adviertes; todas mis sendas te son familiares. Pues aún no está una palabra en mi lengua y ya, Señor, la conoces toda... “. Y el cristiano no olvida el consuelo de Dios porque “Tu Padre, que ve en lo oculto... te recompensará” (Mt 6, 4 y 6). Cosas del amor.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe bien lo que es la unidad de vida. Sabe bien que Dios, su presencia, su amor, sus llamadas, su misericordia, no son algo para sentir en un momento y abandonar el resto del día cuando otras ocupaciones llenan toda nuestra atención. El cristiano debe vivir en Cristo, con Él y para Él, y esa vivencia la debe sentir a todas horas y haga y lo que haga: en ella está el ánimo para afrontar la rutina, para sacar fuerzas donde no se tienen, para “poner amor donde no hay amor para sacar amor”, como escribía san Juan de la Cruz a la Madre Mª de la Encarnación.

La unidad de vida conlleva la amabilidad, la sonrisa, el servicio, la comprensión, a la familia, a los amigos, a los que no lo son. Dios está con nosotros continuamente, nos ve, nos oye, nos cuida.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que su vida se debe regir por la recta intención “pues de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 12,34, Lc 6,45) y recuerda las palabras de Jesús. “Evitad hacer vuestras buenas obras delante de los hombres para que os vean; si no, no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 6,1) y que ve “en lo oculto” (Mt, 6, 4 y 6 y 18). “No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones socavan y los roban. Amontonad en cambio tesoros en el cielo... Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6,19-21). Y con ese cuidado del alma, el cristiano vive también en frecuente rectificación de intención buscando hacer lo bueno y evitando aquello de donde puede resultar lo malo, evitando el egoísmo y la soberbia, que son la fuente de las malas intenciones y de las obras malas.

Asumir “la realidad del amor del Amor que se derrama para dar amor a todos”, ayuda en la guarda del corazón, anima a levantarse en las caídas y a rectificar en los errores, ilumina el camino, lleva a una confianza en Dios que llega a la osadía propia de los niños ante su padre: “Si debo ser santo y yo quiero ser santo, pues hazme santo”.

CUARESMA

El cristiano vive la Cuaresma como un tiempo de reflexión sobre el negocio que más interesa (“Sólo una cosa es necesaria”, Lc 10,42). Es tiempo de sentir más vivamente la presencia de Dios (en la calle, en el trabajo, ahora mismo), parar el pensamiento y decir: “Aquí estás Jesús. Al lado mío. Viendo lo que hago. Sabiendo lo que pienso. Creo que eres Dios. Sé que me quieres más que nadie. Sé que quieres que sea santo, ¡nada menos! Ayúdame Tú a comprender un poco el misterio de tu amor por mí. Ayúdame porque ya sabes que me cuesta y que prefiero estar en otras cosas porque las veo, porque las deseo”.

Y, avanzando en ese coloquio ¡con Dios! que me escucha, ya sólo queda añadir: “Jesús, que has vivido como yo en la tierra, que has trabajado, que te has fatigado, que has curado a los enfermos, que has vivido en una familia, con vecinos, con amigos, que has sentido el dolor de las traiciones, de las malas intenciones... de la Cruz, perdóname mis fallos de amor, mi egoísmo, mi soberbia, y consigue de mi debilidad la fuerza para amarte, para amar a mis cercanos, para rogar por los lejanos”. Dame amor.

CUARESMA

En la Cuaresma el cristiano se prepara para la Pascua de Resurrección. Es un tiempo en el que se reflexiona sobre el amor de Dios y en el que se examina el alma en el amor a Dios. Es tiempo para buscar a Cristo, para encontrarse con Él, para tratarle y amarle más, porque al final “nos examinarán del amor”. “Todos te buscan”, le dijo Pedro a Jesús (Mc 1,37). Y relata Juan: “Cuando la multitud vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún buscando a Jesús” (Jn 6,24). Y dice Marcos: “Y recorrían toda aquella región, y adonde oían que estaba él le traían sobre las camillas a todos los que sentían mal” (Mc 6,55). Y Mateo: “Acudió a él mucha gente que traía consigo cojos, lisiados, mudos y otros muchos enfermos y los pusieron a sus pies y los curó” (Mt 15,30). Cosas del amor.

Es tiempo de ver en el alma en qué fallamos, en qué mejorar, cuál es nuestra enfermedad; tiempo de corregir el “exceso de yo”, el “primero yo, después yo y lo que sobre para mí”, la soberbia, la insolidaridad. Tiempo de esforzarnos en servir más y mejor a los demás. Y de pedir: “Si quieres puedes limpiarme”. Y de saber que Jesús responde: “Quiero, queda limpio” (Mt 8, 2´3).

CUARESMA

La Cuaresma es tiempo de buscar a Cristo, de encontrarlo, de amarlo. Algunos cristianos meditan los encuentros con Jesús. Ya sea el coloquio con la samaritana (Jn 4, 7-45) cuando, a mediodía, fatigado, le pide agua a aquella mujer que venía a sacarla, en el trabajo de cada día; cuando en el diálogo, como nos ocurre a nosotros, ella sigue a lo suyo: Dame de esa agua para que no tenga sed ni que venir hasta aquí a sacarla; cuando Jesús aprovecha la conversación para revelarse como el Mesías, el Cristo: “Yo soy, el que habla contigo”. Ya sea la curación del ciego de nacimiento (Jn 9,1-41) cuando unos dudan (los que lo conocían), otros temen (los padres) y otros niegan (los fariseos) la realidad de la curación: “Oyó Jesús que lo habían echado fuera, y cuando se encontró con él le dijo: - ¿Crees tú en el Hijo del Hombre? - ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? –respondió. Le dijo Jesús: “Si lo has visto: el que está hablando contigo ése es”. Ya sea, en fin, en el Calvario (Lc 23, 42-43) cuando el malhechor crucificado le decía: - “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino” y contestó Jesús: - En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Encuentros con Dios en el trabajo, en la rutina diaria; encuentros en medio de incomprensiones; encuentros cuando parece que nada tiene remedio que ya no hay salvación. Dios está con nosotros siempre, en todo momento Dios nos está esperando. Tiempo también de rezar unos por otros: “Qué cosa tan recia os pido: que abráis a quien no os llama...” (Santa Teresa, “Exclamaciones”)

CUARESMA

En Cuaresma el cristiano procura avanzar en el camino que tiene como etapas: buscar a Cristo, encontrar a Cristo, tratar a Cristo... Para tratar a Jesús en los primeros treinta años de su vida no hay mejor medio que consultar con María, Madre de Dios y Madre nuestra, que lo vio crecer y que nos puede hablar de su amor a Ella y a san José, de su amable convivencia con parientes, vecinos y clientes, de su trabajo bien hecho, de sus juegos de niño y sus diversiones de joven (“Y su madre guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón”, Lc 2, 19 y 51).

Para los tres últimos años de su vida, lo más aconsejable es meternos en el círculo de amigos de Jesús: “A vosotros, en cambio, os he llamado amigos porque todo lo que oía de mi Padre os lo he hecho conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Esto os mando: que os améis los unos a los otros (Jn 15, 15-17). Y es que “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13, 1).

También así volveremos al final con María “... Le dijo a su madre: - Mujer, aquí tienes a tu hijo. Después le dice al discípulo: - Aquí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19, 26-27)

CUARESMA

El cuarto domingo de Cuaresma se conoce como el domingo “Laetare” (celebrar con fiesta), que es como empieza la antífona de entrada. Como ocurre en el Adviento, del que el tercer domingo se conoce como “Gaudete” (estad alegres), la Liturgia abre el corazón a la alegría en medio del rigor propio del tiempo. En la preparación para una y otra Pascua (de Navidad, de Resurrección) se hace mayor la virtud de la esperanza: ¡Dios se ha hecho hombre! ¡Jesucristo ha resucitado!. ¡Ha sido por amor!. Dios nos quiere más que nadie puede querer. Y el cristiano puede decir sabiendo que es verdad: soy hijo de Dios: “Mirad que amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios ¡y lo somos!” (1 Jn 3.1).

Es tiempo de leer despacio y con ojos nuevos las parábolas de la misericordia: la oveja perdida (Lc 15, 1-7), la dracma perdida (Lc 15, 8-10) y el hijo pródigo (Lc 15,11-31), para descubrir la soledad, la oscuridad, la triste aventura de habernos separado de Dios, que es Amor, y para descubrir que es Dios misericordioso el protagonista de esas parábolas: como a la oveja perdida, Él nos busca “hasta que nos encuentra”; como la monedita Él enciende luces, elimina suciedad y nos busca cuidadosamente; como esperaba cada día al hijo que pidió su herencia y se fue a un país lejano.

Cada uno sabe de cuántas formas, cuántas veces, nos hemos alejado de Dios. Cada uno sabe dónde está ahora, en esta Cuaresma, en este día; y todos debemos saber que “si volvemos a Dios”, si nos convertimos, habrá alegría en el cielo, se alegrarán los ángeles y la Iglesia entera lo celebrará. Incluso el hermano mayor que había permanecido junto al Padre, rectificará la primera reacción y se alegrará. Cada uno, todos, somos, podemos ser, debemos ser la alegría de Dios. Nada menos.

CUARESMA

Los cristianos deberían notar que se les acelera el corazón cuando, avanzada la Cuaresma, llegan a lo que hace tiempo se conocía como la “semana de Pasíón” que desembocaba en el Domingo de Ramos y en la procesión “de la borriquita”. Si se ha vivido la Cuaresma con sincero sentimiento, se habrá pasado desde el mirar para adentro, encender las luces, mirar con detalle los rincones del alma, abrir las ventanas, limpiar a fondo, aprender para el futuro y hacer buenos propósitos, hasta el mirar al cielo con plena confianza en Dios porque sabemos: que es el Padre que espera nuestro regreso desde el país lejano al que fuimos cuando lo dejamos; que es el buen pastor que sale a buscar a la oveja perdida y en grave riesgo, como nos ocurrió cuando nos despistamos con las cosas del yo y olvidamos a Dios como si no existiera, hasta que la encuentra y la pone sobre sus hombros para llevarla a lugar seguro; que es la mujer que perdió la moneda, poca cosa, pero para ella un tesoro, como lo somos para Dios que nos conoce por nuestro nombre, que nos quiere como sólo Dios puede querer. Sabemos que le hemos fallado, que le fallamos a menudo. “Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más” (Jn 8,11). Sólo nos queda aplicarnos a la tarea de ser buenos.

SEMANA SANTA

Los cristianos viven en estos días la Semana Santa y rememoran los días de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. La Cuaresma les ha preparado el alma para empaparse se dolor de amor. Los de más edad seguirán recitando el “acto de contrición” según la antigua fórmula: “Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, / Creador, Padre y Redentor mío. / Por ser vos quien sois y porque os amo sobre todas las cosas/ me pesa de todo corazón de haberos ofendido. / Propongo firmemente nunca más pecar, apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, / confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta. / Os ofrezco mi vida, mis obras y trabajos, en satisfacción de todos mis pecados / y confío en vuestra bondad y misericordia infinita, que me los perdonaréis, por los méritos de vuestra preciosísima Sangre, Pasión y Muerte / y que me daréis gracia para enmendarme y para perseverar en vuestro santo servicio hasta el fin de mi vida. Amén”. Quizá se considere que es un lenguaje anticuado o que es un texto demasiado largo para los tiempos que corren en los que no se quiere disponer de tanto para estar con Dios. Pero merece la pena dedicar unos instantes, parando en las frases separadas, pensando lo que decimos y comprometiéndonos a cumplir dentro de nuestras debilidades.
Si lo hacemos, alguno verá que no puede acabar sin completar tan íntima charla con Jesús con el delicioso sabor de esta poesía: “No me mueve, mi Dios, para quererte, / el cielo que me tienes prometido, / ni me mueve el infierno tan temido, / para dejar por eso de ofenderte. / Tú me mueves, Señor, muéveme el verte / clavado en esa cruz y escarnecido. / Muéveme ver tu cuerpo tan herido /. Muévenme tus afrentas y tu muerte. / Tú me mueves, Señor, de tal manera / que aunque no hubiera cielo yo te amara/ y aunque no hubiera infierno te temiera. / No me tienes que dar porque te quiera / pues, aunque lo que espero no esperara, / lo mismo que te quiero te quisiera.”

Y, en el camino del Calvario hasta la resurrección, no olvidemos a nuestra Madre. Jesús nos la dio y el discípulo amado, por todos nosotros, la acogió en su casa, como madre suya. Como madre nuestra. “Y madre quiere decir: amor, cariño, preocupación por sus hijos, miradas dulces, tiernas caricias, sacrificios, beneficios sin cuenta para nosotros.”

PASCUA DE RESURRECCIÓN

¡Ha resucitado! Dios que, por amor, se hizo hombre, como nosotros, soportando nuestras debilidades, y que murió en la cruz, ha resucitado y nos ha abierto las puertas del cielo, donde nos tiene preparada una morada por toda la eternidad, para siempre, con Él, con María, nuestra Madre, con san José, con todos los santos, con todos los ángeles, con todo lo que nos ha hecho limitadamente felices en esta vida, porque en la gloria de Dios estará nuestra alma y nuestro cuerpo. Como dijo el papa Benedicto XVI en su homilía el día de la Asunción de la Virgen en 2010: “No sobrevive sólo una sombra” de nosotros mismos, sino que en él, en su amor creador, somos conservados e introducidos con todas nuestra vida, con todo nuestro ser en la eternidad... Todo el hombre, toda su vida es tomada por Dios y, purificada en él, recibe la eternidad... El cristianismo no anuncia sólo una cierta salvación del alma en un impreciso más allá, en el que todo lo que en este mundo nos fue precioso y querido será borrado, sino que promete la vida eterna, “la vida del mundo futuro”: nada de lo que para nosotros es valioso y querido se corromperá, sino que encontrará plenitud en Dios...”

En los pueblos era costumbre tirar lo viejo y estrenar algo en la celebración de la Resurrección de Jesucristo. En el alma debe ser inevitable vivir la Pascua con espíritu nuevo, con alegría y llena de propósitos concretos: sonreír, callar, escuchar, perdonar, con esa persona, en tal ocasión. Hay que hacerlo ya, ahora: “nunc coepi”. Y no podemos dejar fuera del corazón el propósito de tener algunos ratitos diarios para estar a solas con Dios; y el de mantener el alma limpia: acostumbrarnos a hacer examen de conciencia y a amar el sacramento de la Confesión. María nuestra Madre, nos ayudará.

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Los cristianos viven la cincuentena de la Pascua de Resurrección repasando los encuentros con Jesús: las mujeres, María Magdalena, los discípulos que iban a Emaús, las dos apariciones en el cenáculo con la incredulidad y la confesión de Tomás, la pesca milagrosa de los siete con las inolvidables palabras de Juan: “¡Es el Señor!, la aparición a los quinientos y a Santiago y la despedida el día de la Ascensión: “Estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

Tiempo de vivir con intensidad la misericordia de Dios. Misericordia es poner el corazón en la miseria. Dios ama, con todo el amor del que es Amor, a los débiles, a los ingratos, a los que le hemos fallado, a los que hemos endurecido nuestro corazón con el egoísmo y la soberbia.
Como niños de escuela, podemos encontrar un caminito de amor en las obras de misericordia del Catecismo: enseñar al que no sabe, dar consejo al que lo necesita, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las injurias, llevar con paciencia los defectos del prójimo y rezar por vivos y muertos. Y también dar de comer, dar de beber, vestir, visitar, acoger... Cada vez que lo hacemos con un hermano lo hacemos con Cristo (Mt 25,40). María nos ayuda. A ella le decimos: Dios te salve, Reina y Madre de Misericordia.

PASCUA DE RESURRECCIÓN

El cristiano vive en el mundo y nada del mundo le es ajeno, porque sigue los pasos de Cristo que se hizo hombre, habitó entre nosotros como hombre y sufrió como hombre hasta la muerte en la Cruz.

Los días corren, pero dejan poso si se viven junto a Jesús. Hace quince días sentimos con intensidad el amor del Amor al meditar los misterios de la Eucaristía y del Hijo de Dios juzgado, condenado, afrentado y crucificado por los hombres. Es preciso mantener viva esa llama en nuestro corazón, al menos con un ratito especial todos los viernes del año. Hemos podido vivir una octava de Pascua llena de alegría porque la fe en la Resurrección, la esperanza del cielo y el sentirnos amados y acuciados a amar nos ha metido en el misterio de la Misericordia divina. Es preciso hacer realidad un propósito de permanente recuerdo de ese amor del Amor, con inventos nuestros (papelitos, notas, detalles...) que nos ayuden a pensar frecuentemente en Dios.

Estamos en tiempo de Pascua, camino de la Ascensión y de Pentecostés. Es tiempo de hablar de tú a Dios que es nuestro Padre, nuestro hermano, nuestro amigo: Dios mío, haz que te quiera como Tú quieres que te quiera. Madre mía llévame de la mano a Dios.

PASCUA DE RESURRECCIÓN

En la celebración de la Pascua de Resurrección los cristianos vivimos con la fe fortalecida, con la esperanza más segura y con la caridad más acuciante porque el amor del Amor se desborda de nuestros corazones con sobreabundancia. La convicción de que todos somos hijos de Dios (1 Jn 3,1) lleva a repetir una y otra vez, despacio: Dios es mi padre; soy hijo de Dios. Nada menos.

Y queremos que nuestra vida sea la de un hijo de Dios. La “regla de oro”, es un buen cimiento: “Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos” (Mt 7,12).

También es conveniente recordar el consejo: “No juzguéis y no seréis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis se os juzgará, y con la medida con que midáis se os medirá. ¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en el tuyo?” (Mt 7,1-3).

Y, siempre, con la seguridad que dan las palabras de Jesús: “Pedir y se os dará, buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que se llama, se le abre (Mt 7,7-8). Recordando frecuentemente: “Bien sabe vuestro Padre de que tenéis necesidad antes de que se lo pidáis” (Mt 6,8). Cristianismo es amor.

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Los cristianos debemos vivir nuestra fe, también, día a día, segundo a segundo, porque sabemos que nuestra existencia, como todo lo que es, depende de Dios: “Yo soy el que soy”. Vivir la fe es vivir en la cercanía de Dios y del cristiano depende hacer más íntima esa relación o dejarla para algún ratito, o para cuando tengamos tiempo o para los casos de necesidad o de desconsuelo, incluso para arrinconarlo, para olvidarlo o para negarlo. Haga lo que haga, el cristiano sabe que Dios siempre está cerca, que siempre está disponible; amando siempre.

En Pascua y en mayo, se sienten más y mejor las palabras de san Josemaría Escrivá: “A Jesús siempre se va, y se , por María” (Camino nº 495). Sobre dar gracias: “Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. –Porque te da esto y lo otro. – Porque te han despreciado. –Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes. Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. –Porque creó el sol y la luna y aquel animal y aquella otra planta. –Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso... Dale gracias por todo, porque todo es bueno.” (Camino, nº 268). Y sobre amar: “¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y... no me he vuelto loco?” (Camino nº 425)

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Algunos prestamos poca atención a las palabras de Jesús, pero es inmenso el consuelo que sentimos cuando dedicamos un momento a meditarlas (Jn 15, 9-11). “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo”: Dios es amor, Dios es el Amor, el amor de Dios es el mayor amor. Todos, cada uno, podemos saber lo que es amar, incluso cuál ha sido el mayor amor sentido o recibido y somos capaces de imaginar el ideal del amor: darse uno mismo, por entero, para siempre, sin condiciones. Pues más, mucho más, es el amor del que habla Jesús: “Así os he amado yo”.

Y sigue: “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor”. Permanecer en el amor de Dios quiere decir vivir en Dios que es amor. Ese amor no es una sensación exterior, temporal, limitada; tiene que ser cosa divina: un amor que llega hasta lo más íntimo, un amor eterno como Dios es eterno, más allá del tiempo, antes y después del tiempo que es cosa que empezó y que se acabará. Y, como un hermano, como un amigo, nos dice Jesús: “Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud”. No podía ser de otro modo: si nuestra vida permanece, sumida, inundada, en el amor del Amor, en Dios que es amor, no es que tenemos que estar alegres, es que debemos tener en nosotros la alegría de Dios.

Y también aquí podemos buscar nuestra limitada experiencia: los momentos de alegría con la familia, con los amigos, por un éxito, por una noticia... Poco, muy poco, casi nada, es ese momento comparado con un buen rato con Dios, con todo el día con Dios, con toda la vida -desde hoy, desde ya- en la alegría de Dios, sabiendo que Dios me quiere, queriendo a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas. “Si guardáis mis mandamientos”. Aprendíamos en la escuela: Estos diez mandamientos se encierran en dos: en servir y a amar a Dios sobre todas cosas y al prójimo por Él. Cristianismo es amor.

“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros” (Lc 13,34-35). Amar es la tarea y es el premio.

LA ASCENSIÓN

La Ascensión de Jesús a los cielos hace de puente entre la Pascua de Resurrección y la Pascua de Pentecostés. El Hijo de Dios ha vivido como hombre entre los hombres; después de confirmar su resurrección a los apóstoles, se va al cielo. Como Jesús les había dicho, era preciso que ocurriera así para que viniera el Espíritu Santo que es Dios, que nos aconseja, que fortalece nuestra fe y nuestra esperanza, que nos defiende. Jesús, Dios y hombre verdadero, se queda con nosotros en la Eucaristía: “Estaré con vosotros hasta el fin del mundo”.

Dios con nosotros. Con Él, por Él y en Él vivimos y existimos. El cristiano debe llenar el alma de estas verdades y mantener así la paz y la alegría del ánimo en el quehacer de cada día, recibiendo el amor de Dios y dando amor a todos. El mes de mayo, dedicado a María, Madre de Dios y madre nuestra, es ocasión propicia para imaginar los días de Nazaret: cómo estaba, cómo miraba, cómo hablaba con Jesús; cómo se relacionaba con sus vecinos y parientes. De su trabajo bien hecho, y del de san José, debemos aprender a ser amables, diligentes, comprensivos, a cuidar los detalles.

PENTECOSTÉS

¡Feliz Pentecostés!. Los cristianos sentimos que se desborda la alegría de nuestro corazón al completar el ciclo de amor de Dios que para nuestra salvación se hizo hombre en el Hijo naciendo niño en Belén, viviendo entre nosotros y como nosotros durante más de treinta años, muriendo en la cruz y resucitando al tercer día en Jerusalén, volviendo al Padre para que recibiéramos al Espíritu Santo que es el amor de Dios, nuestro protector, nuestro abogado, nuestro consejero.

Estamos en el tiempo de vivir ese amor en el amor saboreando las palabras de la Secuencia: “Ven, Espíritu divino,/ manda tu luz desde el cielo./ Padre amoroso del pobre;/ don, en tus dones espléndido;/ luz que penetra las almas;/ fuente del mayor consuelo./ Ven, dulce huésped del alma; / descanso de nuestro esfuerzo,/ tregua en el duro trabajo,/ brisa en las horas de fuego,/ gozo que enjuga las lágrimas/ y reconforta en los duelos./ Entra hasta el fondo del alma,/ divina luz y enriquécenos./ Mira el vacío del hombre,/ si tú le faltas por dentro;/ mira el poder del pecado/ cuando no envías tu aliento./ Riega la tierra en sequía,/ sana el corazón enfermo,/ lava las manchas, infunde/ calor de vida en el hielo,/ doma el espíritu indómito,/ guía al que tuerce el sendero./ reparte tus siete dones/ según la fe de tus siervos;/ por tu bondad y tu gracia,/ dale al esfuerzo su mérito;/ salva al que busca salvarse/ y danos tu gozo eterno.”

El Espíritu Santo, Dios, nos proporciona sus siete dones como ayuda para la santificación: don de sabiduría, don de entendimiento, don de consejo, don de fortaleza, don de ciencia, don de piedad y don de temor de Dios. Y, con tan generosa ayuda divina, debemos esforzarnos en dar los doce frutos (Ga 5,22) propios de esa vida en el Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia y castidad. No puede haber mejor plan de vida ni mejor fundamento para darle sentido: “Y, puesto que sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abbá, Padre!”. De manera que ya no eres siervo, sino hijo; y como eres hijo, también heredero por la gracia de Dios” (Ga 4, 6-7). Tenemos la confianza en Dios para cuando llegue el atardecer y el examen en el amor: “Mira, estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo.” (Ap 3, 20-21). Atentos a la voz de Dios, seguros en su amor, generosos en el amor a todos.

Todos y cada uno de los párrafos anteriores son, deben ser, la noticia repetida y mejorada de cada día en nuestra vida ordinaria. A ella se refiere la secuencia: “descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos”. Nuestra relación habitual con familiares, amigos, compañeros de trabajo, debe estar llena de: amor, alegría, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia y castidad, sin quitar una coma. Y en la consideración de todo lo humano, de todas las noticias que recibimos, debemos pedir y utilizar los dones del Espíritu Santo. Así haremos realidad lo que podemos leer y pensar: “... cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios... la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día... En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria...” (“Amar al mundo apasionadamente”, homilía de san Josemaría Escrivá). De lo humano a lo divino no hay distancia si vivimos en el amor.

TIEMPO ORDINARIO

La liturgia católica lleva a los fieles al Tiempo Ordinario. Desde el Adviento, pasando por la Navidad, la Cuaresma y la Pascua de Resurrección hasta llegar a Pentecostés, han vivido medio año de intensa conmemoración, meditación y aplicación personal de los misterios de la salvación. Han sido meses de celebración y de contrición, de acción de gracias y de arrepentimiento, de propósitos, avanzando y retrocediendo en su cumplimiento. Como la vida de estudiante, con tiempo de vacaciones y de exámenes, con momentos de esfuerzo especial y de descanso, con materias atractivas y disciplinas áridas, complicadas, pero que hay que estudiar, comprender y aprobar.

Algo parecido ocurre en la vida familiar, en la vida de las empresas y en el ejercicio de profesiones y oficios. Como dice el libro Qohelet: “Todo tiene su momento y hay un tiempo para cada cosa bajo el cielo; tiempo de nacer y tiempo de morir, tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado...” (Qo 3, 1-2). Por otra parte, la liturgia del Tiempo Ordinario es como un jardín que, siguiendo las estaciones, cada poco ofrece las flores que son las fiestas señaladas, generales o locales, arraigadas en el corazón del pueblo fiel ya sean de Dios (Corpus Christi, Preciosísima Sangre, Transfiguración, Exaltación de la Santa Cruz...), de la Virgen (del Carmen, la Asunción, Natividad, el Dulce Nombre, del Pilar... y las muchas advocaciones), de los Arcángeles (Miguel, Gabriel y Rafael), de los ángeles custodios, de los santos... es amplio y creciente el santoral de cada día. Y con esas alegrías, con esos aromas y con esos colores, en cada celebración nuevos, se adorna la vida ordinaria, los quehaceres habituales, los imprevistos y lo de siempre, las preocupaciones y el descanso.

La vida del cristiano es camino y es milicia: hay que avanzar continuamente -pararse es retroceder-, rectificando el rumbo tantas veces como sea preciso y, si uno cae, debe levantarse animoso, mirando a Jesús, confiando en la Virgen María, ayudado por todos los santos de la Iglesia en el cielo, en el purgatorio y aquí. Por ese motivo estamos llamados los cristianos a pedir por amigos y no amigos, conocidos o no, a ofrecer por todos nuestras enfermedades, nuestros dolores, nuestros sinsabores. Y no hay que dejar de repartir amabilidad, ayuda, comprensión. Hay que acostumbrarse a pedir perdón, a saber callar para evitar disgustos, a no criticar, ni murmurar. Ni mentir. ¿Duro?. Decía santa Teresa de Jesús: “Aunque me canse, aunque no pueda, aunque reviente, aunque me muera” (“Camino de Perfección”). Merece la pena.

TIEMPO ORDINARIO

“Conozco tus obras, tu fatiga y tu paciencia; que no puedes soportar a los malvados y que has puesto a prueba a los que se dicen apóstoles y no lo son y los encontraste mentirosos; que tienes paciencia y has sufrido por mi nombre, sin desfallecer. Pero tengo contra ti que has perdido la caridad que tenías al principio” (Ap 2, 2-4). Así dice la carta a la iglesia de Éfeso en la primera de una relación de siete que se correspondería con toda la Iglesia y que cada cristiano puede utilizar para la consideración de su propia alma. En esas palabras se puede encontrar el valor divino de lo humano, la trascendencia espiritual de la vida cotidiana, la santificación en el propio trabajo, la santificación del trabajo y la santificación con el trabajo de cada día. En las obras y la fatiga a que se alude está el quehacer diario, la convivencia, la relación con otros. Y en esa consideración de lo que hay que hacer, de lo que hacemos (aquí, ahora; en cada momento; incluso el descansar), está el procurar hacerlo bien porque lo hacemos con Dios y se lo ofrecemos a Dios; está la importancia de cuidar los detalles, la amabilidad, la comprensión y la paciencia a la que también alude la carta.

Nos avisa también de los riesgos que encontramos fuera de nosotros y en nosotros mismos: dentro, desde la rutina, la pereza, los atajos propios de las chapuzas, a la ambición, al egoísmo, a la soberbia: “primero yo, después yo y lo que quede para mí”; fuera, los ídolos que nos subyugan y contra los que no cuesta reaccionar y huir, como el: consumismo, el placer, el afán de dominio, olvidando los remedios: contra soberbia, humildad; contra avaricia, largueza; contra lujuria, castidad; contra ira, paciencia; contra gula, templanza; contra envidia, caridad; contra pereza diligencia. Y este recuerdo de nuestros días de Catecismo nos lleva también a la carta que acaba lamentando que hayamos perdido “la caridad primera”, la sencillez, la trasparencia de cuando éramos niños. Es tiempo de abrir el alma a Dios, para que entre y se quede para siempre.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive en el mundo, “nel bel mezo della strada”, amando al mundo, porque sabe que las cosas son creación de Dios y que los humanos son sus hijos predilectos. El cristiano sabe que vive en romería porque su vida es camino hacia el cielo. Sabe que ese camino no siempre es tan placentero como un paseo por la campiña en primavera, sino que tiene dificultades y obstáculos que añaden sufrimiento al cansancio, al desánimo, a los despistes, a las caídas. En ese andar el camino pararse es acabar (“Si dices: “ya basta” has perecido”, San Agustín, sermón 169); hay que seguir siempre, levantarse y seguir.

Por eso es conveniente estar convencidos de que no estamos solos: Dios está con nosotros. Jesús camina a nuestro lado, como en Emaús. La Virgen María y san José, hacen más llevadero nuestro caminar; ellos saben de dificultades en los caminos, de malas acogidas, de vivir en tierra extraña: desde Nazaret a Belén, desde Belén a Egipto, desde Egipto a Nazaret. Y saben también de la angustia de los imprevistos, como cuando el Niño se quedó en Jerusalén y tuvieron que volver a buscarlo. No hay mejor compañía.

Y, todos tenemos nuestro ángel custodio: “Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. No me dejes solo que me perdería”. Si se añade la convicción de la Comunión de los Santos, la romería de la tierra al cielo, de la vida de cada uno, se convierte en una innumerable comitiva que canta y reza, en la que unos ayudan a los otros, en la que todos se aman porque se saben amados por Dios.

En ese camino de amor, como en el amor humano, los detalles, las cosas pequeñas, son el fiel contraste de su inmenso valor. “Raras veces se ofrecen grandes ocasiones de servir a Dios, pero pequeñas continuamente. Pues ten entendido que el que es fiel en lo poco será constituido en lo mucho. Haz, pues, todas tus cosas en honor de Dios, y todas las harás bien: ora comas, ora bebas, ora duermas, ora te diviertas, ora des vuelta al asador, como sepas aprovechar estas haciendas, adelantarás mucho a los ojos de Dios haciendo todo esto, porque así quiere Dios que lo hagas” (San Francisco de Sales, “Introducción a la vida devota”, III, 34). Comprender, perdonar, sonreír, callar.

TIEMPO ORDINARIO

Para el cristiano la vida es mucho más que cumplir deberes y no incurrir en la maldad. La vida del cristiano supera la “lealtad” que lleva a cumplir las obligaciones para realizarse en la “fidelidad” que comporta el amor de Dios y el amor a Dios y a los demás, amigos o no, cercanos o lejanos, incluso desconocidos. El “dar a cada uno lo suyo” que es la definición elemental de la “justicia”, tiene que ir más allá añadiendo la “caridad”, porque Dios es amor y amar es darse; y aún hay que dar un paso más añadiendo la misericordia: “Bienaventurados los misericordiosos porque alcanzarán misericordia” (Mt 5,7). Eso hace Dios con nosotros y eso es lo que tenemos que hacer en nuestra familia, en el trabajo, en nuestras relaciones. Se trata de vivir, en, con Dios.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive en ese mundo sabiendo que está caminando hacia el cielo donde le espera Dios que es Padre y es Amor. Y, caminando, el cristiano habla con Dios: “¡Señor, que vea!” (Lc 18,41): lo que debo hacer o no hacer, decir o no decir, cómo y cuándo. El cristiano pide: “Señor, si quieres...” y sabe que oirá “Quiero” (Lc 5, 12-13). El cristiano camina junto a Jesús y no cae en la cuenta de con quien habla cuando le pregunta: “¿Pero no sabes lo que ha ocurrido?”. Jesús que se ha hecho el encontradizo en el camino de Emaús, que sabe bien “lo que ocurrió”, aclara a los discípulos apesadumbrados que tenía que ser así y, resucitado, se manifiesta en la fracción del pan. Después dirían cómo les ardía el corazón (Lc 24,32). Debemos hacer el camino de la vida ordinaria de cada día junto a Dios, hablándole a menudo, atentos a lo que nos dice.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano es un ser creado que habla con su Creador: “¿Dónde hay un pueblo que tenga a su Dios tan cercano como nuestro Dios lo está a nosotros?” (v. Dt 4,7; Of. Div. Corpus Christi)“. El Papa Benedicto XVI lo explicaba así: “Dios se ha hecho tan cercano a nosotros que él mismo es un hombre: esto nos debe desconcertar y sorprender siempre de nuevo. Él está tan cerca que es uno de nosotros. Conoce al ser humano, conoce el sabor del ser humano, lo conoce desde dentro, lo ha experimentado con sus alegrías y sufrimientos”. Está tan cerca que podemos decirle: “Dios mío, sé que estás aquí, que me ves, que me oyes”. Por eso hay que animarse a hablar a Dios de nuestras cosas, a reírnos con Él de nuestros despistes, a pedirle comprensión al tiempo que le pedimos perdón por nuestros fallos. Como se lo diríamos a nuestro mejor amigo. Y sin olvidar que Él ve dentro de nosotros. ¡Y que nos quiere!

“Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca: porque no puedo ir en tu busca a menos que Tú me enseñes, y no puedo encontrarte si Tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré” (San Anselmo, “Proslogion”, 100)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano, precisamente porque conoce bien la vida de Cristo, sabe que es débil, que falla a menudo en el amor, que cae y tiene que levantarse con frecuencia. Por ese motivo, sin perder la confianza en el amor del Amor, está especialmente alerta (Lc 21,36) en tiempos de descanso y de relajación, porque, según la frase conocida, “el demonio no se toma vacaciones”. En el Evangelio tenemos noticia de muchos abandonos: el del joven rico atado a sus riquezas (Mt 19,22), el de los discípulos a los que pareció muy duro el mensaje de entrega de Jesús (Jn 6,66), el de los que le abandonaron en Getsemaní (Mt 26,56). Otros pidieron a Jesús que se fuera de su región (Mt 8,34) o no lo dejaron entrar en su ciudad (Lc 9,53). Otros, sus paisanos de Nazaret, quisieron despeñarlo (Lc 4,29). Una y otra vez, los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús (Mt 12,14; Jn 10,31 y 11,53). Incluso Pedro negó tres veces conocerle (Mt 26, 70, 72, y 74) y Judas Iscariote, un apóstol, lo traicionó (Mt 26,15); los tres apóstoles elegidos para acompañarlo más de cerca en su agonía se durmieron (Mt 26, 40 y 43)

Pero ni el trabajo, ni el descanso, pueden alejarnos de Cristo: “ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8, 38-39). En la tarea de configurarse con Cristo: “importa mucho y el todo,... una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabaje lo que trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera me muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo” (santa Teresa de Jesús, “Camino de perfección”, 35,2)

En tiempos vacacionales, cuando se apartan los problemas y las preocupaciones de la vida ordinaria, hay que recordar que amar a Dios no es un problema. Todo lo contrario: “Venid a mi todos los fatigados y agobiados y yo os aliviaré” (Mt 11,28)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano conserva referencias en su corazón que le sirven en la vida ordinaria para recordar que sus días son etapas hacia el cielo que es la meta del camino que hay que recorrer: “Todo es una noche en mala posada” (Sta.Teresa, “Camino de perfección”, 40,9); “Es mejor andar cojo por el camino que correr fuera del camino” (S. Agustín, “Sermones” 169,18). Hay que pasar por la puerta adecuada: “Entrad por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la perdición y son muchos los que entran por ella. ¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran!” (Mt 7,13-14)

El cristiano procura vivir conformado en Cristo: “Yo soy la puerta; si alguno entra a través de mí, se salvará; y entrará y saldrá y encontrará pastos. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,9-10). Y, así se conforta el alma, porque se sabe segura con el buen pastor: “Yo mismo pastorearé mis ovejas y las haré descansar, dice el Señor Dios. Buscaré la perdida, haré volver a la descarriada, a la que esté herida la vendaré, y curaré a la enferma. Tendré cuidado de la bien nutrida y de la fuerte. Las pastorearé con rectitud” (Ez 34,15-16). Es un texto inolvidable en el que se ve como Dios abraza a todos, a todas las personas del mundo, a los que se han perdido fuera del camino, a los que sufren por las heridas del camino malo, a los que vuelven débiles por las secuelas de la enfermedad que les atrapó cuando creyeron que otro camino era mejor o más corto o más ameno; y también a los que se han mantenido fieles al amor del Amor, pero que siguen necesitando de cuidados, consejos y protección.

La “parábola de la puerta” sirve también para repasar nuestra vida ordinaria en familia cuando analizamos los cambios de expresión y de talante, cuando al pasar por la puerta de nuestra casa desaparece aquella persona animosa, amable y educada y se convierte en agotada, malhumorada, susceptible, intransigente, egoísta, cuando no mal educada o violenta. Y eso mismo vale también para las relaciones en el trabajo o habituales, en las que “pasar la puerta” transforma la expresión y las formas. Es tiempo de recuperar la sonrisa, el gesto amable, de evitar discutir, de callar, de pedir perdón; y de hacer de la puerta un recordatorio positivo de modo que nuestro rigor se convierta en amabilidad.

Y, viviendo en Dios, lleno de Dios, dentro de Dios, el cristiano, aunque sabe de los peligros del camino, confía: “El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes prados me hace reposar; hacia aguas tranquilas me guía; reconforta mi alma, me conduce por sendas rectas por honor de su Nombre. Aunque camine por valles oscuros, no temo ningún mal, porque Tú estás conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan... Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida; y habitaré en la casa del señor por años sin término” (salmo 23, 1-4 y 6). Es como “meter lo divino en el verano”.

VERANO

El cristiano sabe bien lo que es la oración de intercesión, aunque algunos no la utilizan frecuentemente y otros lo hacen “sin compromiso”, con la fórmula rutinaria de años: por ella, por ellos, por mis amigos, por el Papa, por la Iglesia perseguida, por los sacerdotes, por quien más lo necesite...”. Aumentar la frecuencia y poner el aderezo de la novedad ayuda en este caminar en romería con todos que debe ser la vida del cristiano. Por si vale, el repaso del Antiguo Testamento puede traer pasajes de intercesión. Uno sería el que sigue.
Abrahán se acercó a Dios y le dijo: - ¿Vas a destruir al justo con el malvado? Quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad; ¿la vas a destruir?, ¿no la perdonarás en atención a los cincuenta justos que haya dentro de ella? Lejos de ti hacer tal cosa; matar al justo con el malvado, y equiparar al justo y al malvado; lejos de ti. ¿Es que el juez de toda la tierra no va a hacer justicia?

El Señor respondió: - Si encuentro en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, la perdonaré en atención a ellos.
Abrahán contestó diciendo: -Soy en verdad un atrevido al hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza; quizá falten cinco para los cincuenta justos. ¿Acaso destruirás por cinco toda la ciudad?

Dios respondió: - No la destruiré si encuentro allí cuarenta y cinco.

Todavía volvió a hablarle Abrahán diciendo: - Quizá se encuentren allí cuarenta.

Dijo Dios: - No lo haré en atención a los cuarenta

Continuó Abrahán: - No se enfade mi Señor si sigo hablando; quizá se encuentren allí treinta

Dijo Dios: - No lo haré si encuentro allí treinta

Insistió Abrahán: - Soy en verdad un atrevido al hablar a mi Señor; quizá se encuentren sólo veinte

Contestó Dios: - No la destruiré en atención a los veinte.

Abrahán siguió: -No se enfade mi Señor si hablo una vez más; quizá se encuentren allí diez.

Dios contestó: -No la destruiré en atención a los diez.

Cuando terminó de hablar con Abrahán, el Señor se marchó y Abrahán volvió a su lugar. (Gn 18, 23-33)

Este delicioso pasaje nos puede servir para renovar nuestro trato confiado de hijos de Dios que hablan con el Padre, le comentan asuntos de la vida ordinaria y le piden para ellos y para otros con la seguridad de que Dios es Amor, de que Dios nos quiere a cada uno más que quien más pueda querer, que quien más haya querido, que quien más podrá querer mientras dure el mundo.

VERANO

El cristiano sabe que la vida que lleva al cielo es una vida compartida con toda la Humanidad que en nada, ni en su progreso ni en las desgracias, puede ser indiferente. Y como el cristiano sabe también que su modelo de vida es Jesús, recuerda los pasajes evangélicos en los que unos se interesaron por la salud espiritual o física de otros: “Le traían a todos los que se sentían mal” (Mt 4,24); “Al entrar en Cafarnaún se le acercó un centurión que le rogó: - Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes” (Mt 8,5-6); “Le trajeron muchos endemoniados, expulsó a los espíritus con su palabra y curó a todos los enfermos” (Mt 8,16); “Le presentaron a un paralítico en una camilla” (Mt 9,2); “Mientras decía estas cosas, un hombre importante se acercó, se postró ante él y le dijo: - Mi hija se acaba de morir, pero ven, pon la mano sobre ella y vivirá” (Mt 9,18); “Acudió a él mucha gente que traía consigo cojos, ciegos, lisiados, mudos y otros muchos enfermos y los pusieron a sus pies” (Mt 15,30); “- Di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda” (Mt 20,21). Y así muchos otros pasajes evangélicos. El cristiano se debe meter en cada caso, traerlo a las circunstancias que le rodean, aquí y ahora, y actuar. Y, como fondo, un recuerdo de intercesión en el Antiguo Testamento:

Y dijo el Señor a Moisés: - Ya veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Ahora deja que se inflame mi cólera contra ellos hasta consumirlos; de ti, en cambio, haré un gran pueblo.

Moisés entonces suplicó al Señor, su Dios, diciendo: - ¿Por qué, Señor, ha de inflamarse tu cólera contra tu pueblo, al que has sacado del país de Egipto con gran poder y mano fuerte? ¿Por qué dar pie a que digan los egipcios: Por malicia los ha sacado para matarlos entre las montañas y exterminarlos de la faz de la tierra? Aplaca el furor de tu cólera y renuncia al mal con que amenazas a tu pueblo. Acuérdate de Abrahán, de Isaac y de Israel, tus siervos, a quienes juraste por ti mismo diciendo: Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo; y toda esta tierra que os he prometido se la daré a vuestra descendencia, para que la posean en herencia para siempre. El Señor renunció al mal que había anunciado hacer contra su pueblo (Ex 32, 9,14). Al día siguiente Moisés dijo al pueblo: - Habéis cometido un pecado gravísimo, pero subiré hasta el Señor; quizá obtenga el perdón de vuestro pecado.

Volvió, pues, Moisés hasta el Señor y dijo: - ¡Ay! Este pueblo ha cometido un pecado gravísimo haciéndose un dios de oro. Ahora bien, si les perdonaras su pecado... Si no, bórrame a mí del libro que tú has escrito.

El Señor respondió: - Al que ha pecado contra mí es al que borraré de mi libro. Ahora, ve y conduce al pueblo adonde te he indicado; he aquí que mi ángel irá delante de ti; el día de mi visita les pediré cuentas de su pecado (Ex 32, 30-34)

Confianza. Compromiso. Poco a poco, en cada oración, cada día, se va mejorando cómo hablar con Dios que es Amor, que es Padre, que es Hermano y Amigo. El que es fiel, el que nunca falla. En frase atribuida a muchos santos: “Dios mío, yo me fío de Ti, pero Tú no te fíes de mí” que no paro de fallar, de fallarte.

VERANO

El cristiano sabe que necesita de la ayuda de Dios: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Flp 4,13). Y cuando el cristiano llena su vida con el amor del Amor que en cada corazón se derrama en amor a todos, tiene presente las palabras de Jesús: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, y que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos? Por eso, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 43-48). Y, también puede ser útil, repasar el Antiguo Testamento:

“En Gabaón, el Señor se apareció a Salomón en sueños durante la noche. Y Dios le dijo: - Pide qué quieres que te dé.
Salomón respondió: - Tu obraste con gran misericordia hacia tu siervo, mi padre David, y él caminó en tu presencia con fidelidad, justicia y rectitud de corazón. Mantuviste con él gran misericordia y le concediste un hijo que se sentara sobre su trono tal como sucede hoy. Ahora, Señor, Dios mío, Tú has hecho reinar a tu siervo en lugar de mi padre David. Yo soy un niño pequeño que no sé conducirme; tu siervo está en medio del pueblo que Tú elegiste, un pueblo numeroso que no puede ser contado ni censado debido a su multitud. Concede a tu siervo un corazón dócil para juzgar a tu pueblo y para saber discernir entre el bien y el mal. Pues ¿quién podrá juzgar a tu pueblo siendo éste tan grande?

Fue grato a los ojos del Señor que Salomón hubiera pedido tal cosa. Y Dios le respondió: - Porque has hecho esta petición y no has pedido para ti ni muchos años, ni riquezas, ni la vida de tus enemigos, sino que pediste para ti discernimiento para escuchar juicios, mira que yo he obrado según tus palabras: te he dado un corazón sabio e inteligente; hasta el punto que no ha habido antes otro como tú, ni existirá después. Además te he concedido lo que no has pedido para ti....” (1 R 3, 5-13)

Le hablo a Dios, Dios me escucha. Vivimos como protagonistas de una maravilla y no paramos a pensarlo y a agradecerlo. Debemos hacerlo y recordar la eficacia de la oración: “Pedir y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá. ¿Quien de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez le da una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se lo pidan?” (Mt 7,7-11). “¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y … no me he vuelto loco?” (san Josemaría Escrivá, “Camino” nº 425)

VERANO

El cristiano se mantiene en la confianza en Dios aún en situaciones extremas. Saberse hijo de un Padre amoroso y omnipotente que sólo quiere lo bueno para nosotros, permite pedir casi sin hablar. El pasaje evangélico de la resurrección de Lázaro (Jn 11, 1-44) está lleno de esa enseñanza. “Entonces las hermanas le enviaron este recado: - Señor, mira, aquel a quien amas está enfermo… En cuanto Marta oyó que Jesús venía, salió a recibirle; María, en cambio se quedó sentada en casa. Le dijo Marta a Jesús: - Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano, pero incluso ahora sé que todo cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá... fue a llamar a su hermana María, diciéndole en un aparte: - El Maestro está aquí ye te llama... - Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano... ¡Lázaro sal fuera!”. Incluso un resumen así, está lleno de amistad. Y sirve para recordar un pasaje del Antiguo Testamento, nuestra debilidad y la ayuda de Dios.

“Después de una temporada, los moabitas, los amonitas y algunos de los meunitas declararon la guerra a Josafat. Vinieron a anunciarle: - Viene contra ti gran muchedumbre del otro lado del Mar Muerto, de Edom; están en Jasasón-Tamar, es decir, en Guedí. Josafat, aterrorizado, decidió recurrir al Señor y promulgó un día de ayuno por todo Judá. Se reunieron todos los de Judá para implorar al Señor; de todas las ciudades de Judá vinieron para invocar al Señor. Josafat se puso en pie en la asamblea de Judá y de Jerusalén, en el Templo del Señor, de frente al atrio nuevo, y exclamó: - Señor, Dios de nuestros padres, ¿no eres Tú el Dios del cielo? Tú dominas sobre todos los reinos de las naciones. En tu mano está la fuerza y el poder, y nadie puede resistirte. Tú, Dios nuestro, has arrojado de esta tierra a sus habitantes delante de tu pueblo Israel y se la has dado a los descendientes de Abrahán, tu amigo, para siempre. Ellos la han habitado y han construido un Santuario en honor de tu nombre diciendo: “Si nos sobreviene alguna desgracia, espada, peste o hambre, nos presentaremos ante este Templo y ante ti, porque en este Templo está tu nombre; clamaremos en nuestra angustia y tú nos escucharás y nos salvarás”. Ahora, mira lo que hacen los amonitas, los moabitas y los de la montaña del Seír, a los que no permitiste que les invadieran los israelitas cuando venían de Egipto, y por eso dieron un rodeo y no los destruyeron. Ahora ellos nos pagan viniendo a desposeernos de la heredad que nos habías dado. ¿No harás justicia, Dios nuestro, con ellos? Nosotros no tenemos fuerza para hacer frente a tanta muchedumbre que viene sobre nosotros. No sabemos qué hacer, por eso tenemos nuestros ojos puestos en ti.

Todos los de Judá estaban en pie ante el Señor, con sus pequeños, sus mujeres y sus hijos. Entonces, Yajaziel, hijo de Zacarías, hijo de Benaías, hijo de Yeiel, hijo de Matanías, el levita, de los hijos de Asaf, se sintió invadido por el espíritu del Señor, en medio de la asamblea y dijo: - Atendedme, habitantes todos de Judá y de Jerusalén; y tú también, rey Josafat. Así dice el Señor: “Vosotros no temáis, no os acobardéis ante esta gran multitud, porque esta guerra no es cosa vuestra, sino de Dios”... (2 Cro 20, 1-15)

“Esta guerra no es cosa nuestra, sino de Dios”. En la lucha por alcanzar el cielo Dios está a nuestro lado. Le decimos: Señor mío, Señor de mi cuerpo y de mis facultades; y Él nos dice: “Así pues, no andéis preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a vestir. Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados” (Mt 6,31-32). Le decimos: Dios mío, Dios de mi alma, Redentor mío; y de Él sabemos que ha venido “para que todos se salven” (1 Tm 2,4)

VERANO

El cristiano sabe que su vida es milicia (Jb 7.1). Milicia que conlleva disciplina para ser dueño de uno mismo y no esclavo de los instintos y de las pasiones; milicia que exige preparación y sacrificio, evitar los peligros de la soberbia y de la comodidad, del egoísmo y de la codicia, lucha contra las tentaciones; milicia en la que se aprende a escapar de las celadas, a luchar lejos de nuestros puntos débiles, a levantarnos después de una caída. A escuchar en el corazón: “No tengáis miedo” (Mt 10, 26, 28, 31). Adecuada reflexión para recordar este pasaje del Antiguo Testamento:

“También la reina Ester, presa de angustia por el inminente peligro de muerte, buscó refugio junto al Señor. Se cambió los vestidos de fiesta por una ropa pobre y de luto; en vez de perfumes delicados cubrió su cabeza con ceniza y debilitó mucho su cuerpo con ayunos. Desde la mañana hasta la tarde se mantuvo postrada en tierra junto con sus sirvientas; y dijo:

- Bendito eres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob. Ven en mi ayuda, pues me encuentro sola y no tengo otro auxilio fuera de ti, Señor, porque me amenaza un gran peligro. Yo sé por mis libros de mis antepasados, Señor, que Tú protegiste a Noé de las aguas del diluvio. Yo sé por los libros de mis antepasados, Señor, que Tú, con trescientos dieciocho hombres, a Abrahán le entregaste nueve reyes. Yo sé por los libros de mis antepasados, Señor, que Tú libraste a Jonás del vientre de la ballena. Yo sé por los libros de mis antepasados, Señor, que Tú libraste a Ananías, Azarías y Misael del horno del fuego. Yo sé por los libros de mis antepasados, Señor, que Tú sacaste a Daniel del foso de los leones. Yo sé por los libros de mis antepasados, Señor, que Tú, de Ezequías, rey de los judíos, cuando estaba para morir y pidiéndote por su vida, tuviste misericordia y le diste quince años de vida. Yo sé por los libros de mis antepasados, Señor, que Tú, cuando Ana te lo pidió con todas las fuerzas de su alma le concediste engendrar un hijo. Yo sé por los libros de mis antepasados, Señor, que Tú libras a todos los que te complacen, Señor, por siempre.

Así que, ahora, ayúdame, que estoy sola y no tengo a nadie sino a ti, Señor, Dios mío. Tú sabes que tu esclava aborrece el lecho de los incircuncisos. Señor, Tú sabes que no he comido de la mesa de las abominaciones ni he bebido el vino de las libaciones. Tú sabes que desde el día en que me trajeron no he gozado de nada, Señor, sino sólo de ti. Tú sabes, oh Dios, que desde que este emblema de esplendor ciñe mi cabeza lo aborrezco como al paño menstrual, y no lo llevo durante los días de tranquilidad. Ayúdame, que soy huérfana, y por en mi boca una palabra apropiada frente al león, hazme grata ante él y convierte su corazón en odio contra el que nos hostiga, para ruina suya y de los que piensan como él.

Libéranos de las manos de nuestros enemigos; convierte nuestro luto en gozo y nuestros dolores en salud. Que a los que se alzan contra los que están de tu parte, Señor, les sirva de escarmiento.

¡Aparece, Señor! ¡Manifiéstate, Señor!” (Est 4)

La oración de intercesión es una parte de la vida espiritual del cristiano que la utiliza en un doble sentido, como aquel que encomendaba a Dios a los que en ese momento se estaban confesando para que hubieran “hecho a conciencia el examen de conciencia” y para que sintieran verdadero “dolor de amor”, y que pedía también a Dios participar de la gracia que recibían con la absolución. Así vivía la comunión en la gracia: “Entonces el padre cayó en la cuenta de que precisamente en aquella hora Jesús le había dicho: “Tu hijo está vivo”. Y creyó él y toda su casa” (Jn 4,53). Toda su casa.

TIEMPO ORDINARIO

Nunc coepi!, “Ahora empiezo”, se dice a sí mismo el cristiano muchas veces al día, incluso durante los actos y tareas ordinarias, cuando cae en la cuenta de en qué está, de qué ha pasado, de lo que viene y, aprovecha para dar gracias a Dios, para lamentar los propios fallos, para pedir ayuda, luces; también al principio de cada día, en el repaso rápido de asuntos relevantes, de propósitos, y al final del día, en un examen de conciencia “a conciencia” para el que hay que reservar el tiempo oportuno y las condiciones adecuadas y en el que no debe faltar un propósito para el día siguiente. “Ahora empiezo”, se repite el cristiano en las caídas, porque santo no es el que no cae, sino el que se levanta. “Ahora empiezo”, se anima el cristiano después de un resplandor divino inesperado, de un rato de silencio que parecía inútil, de una palabra escuchada, leída o escrita sin haber pensado que Dios también así se dirige al corazón. “Ahora empiezo” se asegura a sí mismo el cristiano, aceptando el propio compromiso, después de haber vivido -luchando, fallando, levantándose- horas de retiro o días de ejercicios espirituales o los tiempos fuertes de la liturgia, Adviento y Cuaresma. “Ahora empiezo”, se dice el cristiano cuando, acabadas las vacaciones, mira el panorama de un larguísimo curso que empieza sin que sea vea el final, aunque se sabe que está allí, detrás del horizonte. Empezar algo cuando cuesta empezar todo. Es la misma sensación que cuando se empezaba la construcción de una catedral gótica desbrozando el terreno. Pero el cristiano se anima con las palabras de la santa: “Si Teresa de Jesús y tres ducados es como nada, Teresa de Jesús, tres ducados y Dios es todo” (Leyenda Áurea Teresiana). Y con las palabras de san Pablo: “Todo lo puedo en Aquél que me conforta” (Flp 4,13)

El cristiano sabe que Dios es amor (1 Jn 4, 8 y 16); que cristianismo es recibir el amor de Dios que nos rebosa y dar de ese amor a todos, para todos (“Amamos a Dios y al prójimo con la misma caridad”, s. Agustín “Trat. Sma. Tri, 7); y que “al atardecer nos examinarán del amor” (S. Juan de la Cruz, “Avisos y sentencias” n. 57). Debe ser suficiente esa reflexión para sentirse con ánimo para marcar las señales del camino convirtiendo las bienaventuranzas en normas de vida. Pobreza de espíritu, sacando del corazón la soberbia, la ambición, la avaricia, porque nuestro tesoro es vivir con Dios para siempre. Dolerse con los que sufren, asumir las propias contrariedades. Mantener el ánimo sereno y vivir la humildad, porque sabemos de nuestra debilidad y que Dios está con nosotros. Actuar con justicia y caridad: impedirlas, luchar contra ellas o sufrir con las injusticias, rezar para su remedio. Tener el corazón en los necesitados de ayuda física o espiritual, vivir la misericordia, comprendiendo, perdonando, pidiendo perdón. Actuar con limpieza de corazón, sin hipocresía, evitando la murmuración y la calumnia, eliminando egoísmo y el egocentrismo. Procurando la pacífica convivencia en todos los ambientes, ejercitando la virtud de callar. Recordando en la adversidad, en la injusticia, en el dolor, que “para los que aman a Dios todo es para bien” (Rm 8,28)

Para los que se quedan en el principio, hay que recordarles lo que sigue: “Ama y haz lo que quieras; si te callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; ten la raíz del amor en el fondo de tu corazón: de esta raíz sólo puede salir lo que es bueno (san Agustín, “Com. 1 Ep. s, Jn”, 7)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano, que sabe que está llamado a dar testimonio de Cristo con su vida, con sus obras, en medio del mundo, en su familia, en su trabajo, con las personas con las que se relaciona y aún con muchas otras que le conocen aunque él no se dé cuenta, busca a menudo como referencia las cartas que hace dos siglos escribieron los apóstoles y que aquí y ahora él puede considerarlas recibidas. Por eso se alegra cuando lee que Pablo se refiere a él “amado de Dios, llamado a ser santo” (Rm 1,7) o también: “a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos” (1 Co 2) o “a los santos y fieles hermanos en Cristo” (Col 1,2) o “Amados por Dios, que habéis sido elegidos” (1 Tes 1,4). Y el cristiano se alegra también cuando comprueba al llegar a la conclusión de las cartas que san Pablo se dirige a ellos, como a quienes se saben llamados a la santidad por Dios y se esfuerzan por superar sus frecuentes fallos y las propias debilidades para ser fieles a Dios, y se despide así : “saludad a todos los santos en Cristo... También os saludan todos los santos...” (Flp 4,21) o “Todos los santos os saludan” (2 Co 13,12)

No hay una vana complacencia, no hay soberbia farisaica (“Oh, Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano: Ayuno dos veces por semana...”, cf. Lc 18,11) en el sentimiento de saberse llamado a la santidad. Hay conciencia del propio y vital compromiso de seguir los pasos de Cristo en la tierra porque esa ha sido la llamada de Dios a cada uno. Ese seguimiento no es cómodo. Por dos veces se lee en el Evangelio de san Mateo: “Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mi. Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda por mí su vida, la encontrará” (Mt 10,38-39); y: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a si mismo, que tome su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. Porque ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde la vida?...” (Mt 16, 24-27). También las cartas apostólicas ofrecen una buena explicación para esta alegría, en el animoso esfuerzo para no caer, para levantarse, para seguir: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió, en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor. Él nos ha destinado, en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por este Hijo, por su sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia, ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad...” (Ef 1,3-8). Considerando estos textos el cristiano piensa y decide: “Merece la pena”.

No faltan tampoco pasajes de las cartas apostólicas que provocan la reflexión: “la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo” (Tes 1,3). Nos llevan a examinar cómo es de operativa nuestra fe (Dios mío creo que estás aquí, que me ves, que me oyes), cuál es el grado de entrega de nuestro amor a Dios y a los demás (toma, Señor, mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer), con qué firmeza nos conformamos a la voluntad de Dios (lo que quieras, como quieras, porque Tú lo quieres). A menudo.

TIEMPO ORDINARIO

Es tradición secular en los pueblos de España celebrar en el mes de septiembre fiestas dedicadas a la Virgen (de la Cinta, de la Fontcalda, de los Llanos, de Meritxell, del Pino, de la Peña, de Fuensanta, de la Victoria, de Montserrat, de Covadonga, de san Lorenzo, del Coro, de Núria, de Soterraña, de Aranzazu, de Gracia, de las Maravillas, de Estíbaliz, de la Fuensanta, de las Viñas...). En ese mes se celebra: la Natividad de María (como si celebráramos su cumpleaños), el Dulcísimo Nombre de María (como si celebráramos su onomástica) y la Virgen Dolorosa. En la misa de ese día se incluye la secuencia “Stabat mater” (Estaba la Madre dolorosa de pie, llorando junto a la Cruz, mientras el Hijo pendía...) que, aunque de autor incierto, muchos la atribuyen a Iacopone da Todi que murió en 1306. En la Liturgia de las Horas se dividía en tres partes. La primera acaba: “Cuando llegue la hora de partir de este mundo, haz, oh Jesús, que, por medio de tu Madre, consiga yo la palma de la victoria” que son palabras que de consuelo y de esperanza que todos necesitamos. La tercera parte (“Virgo virginum praeclara”) mueve el alma a vivir la Pasión y Muerte de Cristo, pidiendo a la Virgen su auxilio para participar después con ella de la gloria de Dios para siempre, eternamente.

La segunda parte (“Eia mater, fons amoris”) lleva nuestro corazón a amar entrañablemente a nuestra Madre: “Oh dulce fuente de amor!/ Hazme sentir tu dolor/ para que llore contigo./ Y que, por mi Cristo amado,/ mi corazón abrasado/ más viva en él que conmigo./ Y, porque a amarle me anime,/ en mi corazón imprime/ las llagas que tuvo en sí./ Y de tu Hijo, Señora,/ divide conmigo ahora/ las que padeció por mí./ hazme contigo llorar/ y de veras lastimar/ de sus penas mientras vivo;/ porque acompañar deseo/ en la cruz, donde le veo/, tu corazón compasivo./ ¡Virgen de vírgenes santas!,/ llore ya con ansias tantas/ que el llanto dulce me sea;/ porque su pasión y muerte/ tenga en mi alma, de suerte/ que siempre sus penas vea./ Haz que su cruz me enamore/ y que en ella viva y more/ de mi fe y amor indicio;/ porque me inflame y encienda,/ y contigo me defienda/ en el día del juicio./ haz que me ampare la muerte/ de Cristo, cuando en tan fuerte/ trance vida y alma estén;/ porque, cuando quede en calma/ el cuerpo, vaya mi alma/ a su eterna gloria. Amén”. Es necesario saborear las palabras, mirar a María desde el corazón. Debe ser como el abrazo y los besos entre lágrimas en el reencuentro después de mucho tiempo lejos del ser querido. Son sentimientos propios de la emoción, del amor: aunque sólo haga un momento que la hemos besado, que le hemos rezado.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano se ve poca cosa. Como sucedió con Moisés: “Señor, desde siempre he sido hombre premioso de palabra, y aún ahora que has hablado a tu siervo sigo siendo torpe de boca y de lengua” (Ex 4,10) ... ¿Acaso no soy yo el Señor? Ve pues que yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que has de decir. Replicó Moisés: Señor, envía a otro, a quien quieras (Ex 4,12-13). El Señor se enfadó, pero mostró su sabiduría, señalando a Aarón, levita y hermano de Moisés: “Yo estaré en tu boca y en la suya y os enseñaré lo que habéis de hacer. El hablará por ti al pueblo; él será como tu boca y tú serás como su dios” (Ex 4,15-16). Y después: “Mira que soy torpe de palabra, ¿cómo me va a escuchar el Faraón? Y de nuevo la sabiduría de Dios: Mira, yo te hago como un dios ante el faraón; Aarón, tu hermano, será tu profeta” (Ex 6,30 y 7,1).

Como sucedió con Gedeón: “Señor mío, ¿cómo voy a liberar a Israel? Mi clan es el más insignificante de Manases y yo soy el más joven de mi familia. El Señor le dijo: Yo estaré contigo y tu derrotarás a Madián como a un solo hombre” (Jc 5,15-16).
Como Saúl cuando dijo: ¿No soy yo de Benjamín, la tribu más pequeña de Israel, y mi familia la menor de la tribu de Benjamín ¿Por qué me dices estas cosas a mí? (1 Sm 9,21).

Como en la propia consideración de Amós: “Sólo soy pastor y cultivador de higos” (Am 7,14). ¡Ánimo!: cada uno, todos, somos hijos de Dios; a Dios le llamamos Padre; el Espíritu Santo es nuestro defensor. Y en Jesús podemos decir con san Estanislao de Kostka: ¡La Madre de Dios es mi madre!.

TIEMPO ORDINARIO

“Para que todos se salven” (1 Tm 2,4). Esa es la voluntad de Dios, que san Pablo recuerda a Timoteo. Y en esa voluntad vive y espera el cristiano. Por eso vivieron y así lo esperaban los santos que estuvieron entre nosotros. Así podía decir santa Teresa de Jesús: “¡Oh, qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío: que queráis a quien no os quiere, que abráis a quien no os llama, que deis salud a quien gusta de estar enfermo y anda procurando la enfermedad! Vos decís, Señor mío, que venís a buscar a los pecadores; estos son, Señor, los verdaderos pecadores. No miréis nuestra ceguedad, mi Dios, sino a la mucha sangre que derramó vuestro Hijo por nosotros. Resplandezca vuestra misericordia en tan crecida maldad; mirad, Señor, que somos hechura vuestra. Válganos vuestra bondad y misericordia.” (Exclamaciones, VIII)

“No he amado nunca. A nadie”. Así contestaba aquella persona a la que se le preguntaba cuál había sido su gran amor. Quizá tan peculiar confesión fue la ocasión para descubrir una luz en el fondo de su alma. Sabemos que Dios nos ama desde antes del principio del tiempo y al nacer y desde ese instante y hasta el último momento del último día. “Nosotros amamos porque Él nos amó primero” (1 Jn 1. 4,19)
“Amémonos unos a otros, porque el amor procede de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama no ha llegado a conocer a Dios porque Dios es amor” (1 Jn 4, 8 y 16). San Agustín escribe un texto que hay que leer despacio, descubriendo lo que nos dice a cada uno, en el momento en que lee: “¿Pero qué es lo que amo cuando yo te amo, Señor? No belleza de cuerpo ni hermosura de tiempo, no blancura de luz, tan amable a estos ojos terrenos: no dulces melodías de toda clase de cantinelas, no fragancia de flores, de ungüentos y de aromas; no manjares ni mieles, no miembros gratos a los abrazos de la carne: nada de esto amo cuando amo a mi Dios. Y, sin embargo, amo cierta luz, y cierta voz, y cierta fragancia, y cierto manjar, y cierto abrazo del hombre mío interior, donde resplandece ante mi alma lo que no cabe en el espacio, y donde suena lo que no arrebata el tiempo, y donde huele lo que no esparce el viento, y donde se saborea lo que la voracidad no consume, y se adhiere lo que la saciedad no desecha. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios.” (Confesiones, 10, 8)

Tiene mucho ganado quien ha comprendido, quien ha sentido el amor humano: “darse”, “por entero, para siempre, sin condiciones”; tiene mucho ganado quien ha logrado diferenciar el “amor”, que se da, y ese “querer” en el que se desea, se busca, se toma, se usa, se abandona. Incluso esa experiencia errónea ayuda a comprender qué es amor. Qué es el amor de Dios “que se vierte” en nosotros, “que nos inunda y en el que estamos sumergidos” y “que se derrama” en todos, sin límite. Dice san Agustín: “Nosotros hemos llegado a amar porque hemos sido amados. Don es enteramente de Dios el amarle. Él, que amó sin ser amado, lo concedió para ser amado” (In Iohannis evangelium tractatus 102,5). Y añade san Beda: “Sólo ésta es la verdadera y única prueba del amor de Dios: si procuramos estar solícitos del cuidado de nuestros hermanos y les ayudamos” (Homiliae, 2,22). Y san Bernardo: “Tú me preguntas por qué razón y con qué método o medida debe ser amado Dios. Yo contesto: la razón para amar es Dios; el método y medida es amarle sin método ni medida” (De diluyendo Deo, 1,1)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que su vida es misión. Consiste en hacer bien lo que debe hacer, en caminar hacia el cielo, sin detenerse, atento, mirando el panorama, sintiendo los olores y colores de cada sitio, la calma o el viento, las nubes o el sol de cada tiempo: desde la propia situación y circunstancias de cada uno: joven, maduro, mayor; soltero, casado; sano, enfermo; en el éxito, en el fracaso. Algunos textos son especialmente adecuados para el caminante hacia la Luz: “Doy gracias a aquel que me ha llenado de fortaleza, a Jesucristo, nuestro Señor, porque me ha considerado digno de su confianza al conferirme el ministerio, a mí, que antes era blasfemo, perseguidor e insolente. Pero alcancé misericordia porque actué con ignorancia cuando no tenía fe. Y sobreabundó en mí la gracia de nuestro Señor, junto con la fe y la caridad, en Cristo Jesús” (1 Tm 1.12-14). Esa carta paulina es como el plano que lleva en la mano el caminante para consultarla de continuo: gracias Dios mío porque me has traído a esta edad, con este estado de salud, en estas circunstancias familiares y sociales; gracias porque has tenido un derroche de gracia a pesar de que te he tenido olvidado, arrinconado, tanto tiempo, negando tu amor cuando no también tu existencia o viviendo como si no existieras. Y ahora quiero vivir como quieres que viva: dejando mi yo a un lado y atendiendo a los demás, ayudando a todos en lo que pueda y pidiéndote para ellos en lo que no pueda ayudar. Ser santo no es hacer cosas raras; es vivir en Cristo que “pasó haciendo el bien” (Hc 10,38)

Para la entrega a los demás, el derramar en todos el amor recibido de Dios, puede ser oportuno decir con san Agustín: “Ubi amatur non laboratur aut si laboratur labor est amatur”, en el amor no hay fatiga; y si hay fatiga, esa fatiga es amor (Soliloquios I,14); y recordar el Libro de la Sabiduría: “Amas a todos los seres y no odias nada de lo que hiciste; porque si odiaras algo, no lo hubieras dispuesto. ¿Cómo podría permanecer algo si Tú no lo quisieras? ¿Cómo podría conservarse algo que Tú no amaras? Tú perdonas a todos, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida” (Sb 11,24-25). ¡Tú perdonas a todos porque son tuyos!¡Dios, amigo de la vida!. Hay que recordarlo con más frecuencia. ¡Y vivirlo! “¿Quieres ser feliz?, se santo; ¿quieres ser más feliz?, se más santo; ¿quieres ser muy feliz?, se muy santo” (san Josemaría Escrivá: “A solas con Dios”)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano, en el mundo, vive la alegría de saberse hijo de Dios: “¡y lo somos!” (1 Jn 3,1). Y siente las alegrías que Dios nos regala en lo cotidiano: “la alegría de la existencia y de la vida; la alegría del amor honesto y santificado; la alegría tranquilizadora de la naturaleza y de silencio; la alegría a veces austera del trabajo esmerado; la alegría y satisfacción del deber cumplido; la alegría transparente de la pureza, del servicio, del saber compartir; la alegría exigente del sacrificio. El cristiano podrá purificarlas, completarlas, sublimarlas: no puede despreciarlas. La alegría cristiana supone un hombre capaz de alegrías naturales” (beato Pablo VI, Ex. Ap. “Gaudete in Domino”, 9 de mayo de 1975).

El cristiano sabe que, aunque se haya alejado, aunque se olvide frecuentemente, aunque niegue su existencia, aunque quisiera hacerlo como a él le gustaría, Dios está con nosotros, siempre, permanentemente. Y, así, el cristiano recuerde las palabras del profeta Baruc: “En vez de intentar apartaros lejos de Dios, ahora, después de convertidos, multiplicad por diez vuestros esfuerzos en buscarle; porque el que os trajo desgracias, os traerá la felicidad eterna junto con vuestra salvación” (Ba 4, 28-29). El cristiano sabe que Dios siempre está cerca: “Mira, estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo” (Ap. 3,20); sabe que su nombre está escrito en el cielo (Lc 10,20)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive el Evangelio como uno más de los que seguían a Jesús: escuchándole y meditando sus palabras, sus miradas, sus gestos. Y sabe lo que exige ese seguimiento: “El que no está conmigo está contra mÍ, y el que no recoge conmigo, desparrama” (Lc 11,22); y, también, la necesidad de respetar formas distintas en el seguimiento de Jesús: “Entonces dijo Juan: - Maestro hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y se lo hemos prohibido, porque no viene con nosotros. Y Jesús le dijo: No se lo prohibáis pues el que no está contra vosotros con vosotros está” (Lc 9,49-50). El cristiano sabe que seguir a Jesús “es fácil, pero no es sencillo”, sólo hay que querer, pero exige continuidad y fidelidad en ese amor: “Esforzaos por entrar por la puerta angosta, porque muchos, os digo, intentarán entrar y no podrán” (Lc 13,24); y también: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, ése la salvará” (Lc 9,23-24). Nos puede animar Santa Teresa de Jesús:“Mas esta fuerza tiene el amor, si es perfecto, que olvidamos nuestro contento por contentar a quien amamos. Y verdaderamente es así que, aunque sean grandísimos trabajos, entendiendo contentamos a Dios, se nos hacen dulces” (“Fundaciones” 5,7)

Ser cristiano es un negocio de amor y el Evangelio se refiere a los amores más cercanos para señalar el amor a Dios, que es la sola cosa necesaria (“porro unum est necesarium”, Lc 10,42). Así se entienden bien estas palabras: “ Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos y s sus hermanos y a sus hermanas, hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mis discípulo” (Lc 14,26-27); y éstas: “Os aseguro que no hay nadie que haya dejado casa, o mujer, o hermanos, o padres, o hijos por causa del reino de Dios, que no reciba mucho más en este mundo (en Mt 19,29: “el ciento por uno”; en Mc 10,30 se añade: “con persecuciones”); y, en el siglo venidero, la vida eterna” (Lc 18, 29-30). El gran negocio, no hay mejor inversión: seguir a Jesús, esforzarnos en ser como Él sería, en hacer lo que Él haría, en no hacer lo que Él no haría.

Cristianismo es amor y para el cristiano, como decía San Agustín, el amor es su peso, por él es llevado a donde debe ser llevado (“Amor meus pondus meum; eo feror, quocumque feror”, Confesiones, 13). La confianza del cristiano está en el amor: “Le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho. Aquel a quien menos se perdona menos ama” (Lc 7,47); y en la misericordia (“poner el corazón en la miseria”, en lo débil, en lo pequeño) que se derrama en nosotros para que la hagamos llegar a los demás: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y sed perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante, porque con la misma medida que midáis se os medirá” (Lc 6,36-38). Vivencias de amor que hacían decir a santa Teresa del Niño Jesús: “¡Qué alegría más dulce de pensar que Dios es justo, es decir que tiene en cuenta nuestras debilidades, que conoce perfectamente las fragilidades de nuestra naturaleza! ¿De qué, pues, tendría yo miedo? ¡Ah! El Dios infinitamente justo que se dignó perdonar con tanta bondad todos los pecados del hijo pródigo, ¿no se mostrará también justo conmigo que estoy siempre a su lado?” (“Manuscritos autobiográficos” 8)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano debe amar el santo abandono, dejarse inundar y sumirse, por completo, en el amor de Dios, en la divina voluntad. El cristiano no confunde el santo abandono con la apatía, la resignación, la abulia, la acedia, el decaimiento, la dejadez, la pereza. Abandonarse en Dios es estar vigilante y activo (“Vigilaos a vosotros mismos para que vuestros corazones no estén ofuscados... vigilad orando en todo tiempo”, Lc 21, 34 y 36), sin cansancio y sin descanso, para estar con Él, atentos a lo que espera de nosotros, activos en ganar almas para el cielo.“¿Lo quieres, Señor?... ¡Yo también lo quiero”(Camino, 762). Abandono santo es poner las alegrías y las penas, los buenos y malos momentos, los éxitos y fracasos, en el corazón de Jesús.

El santo abandono no deja espacio ni tiempo para la tristeza ni para el victimismo. Junto a Jesús crucificado y con la gracia de Dios lo que debe llenar la vida ordinaria del cristiano son los detalles de amor, la paciencia, la comprensión, la amabilidad con los demás, el decrecer (“illum oportet crescere, me autem minui”, Jn 3,30) y el “poco de mí”en las preocupaciones y en las ocupaciones. Y cuando fallamos, mirar a la Madre, un acto de amor y seguir el camino. Con la alegría de los hijos de Dios. Como dice san Agustín: “Canta como suelen cantar los viandantes: canta, pero camina; consuela con el canto tu trabajo, no ames la pereza: canta y camina. ¿Qué significa “camina”? Avanza, avanza en el bien. Según el Apóstol, hay algunos que avanzan para peor. Tú, si avanzas, camina, pero avanza en el bien, en la recta fe, en las buenas costumbres: canta y camina. No te salgas del camino, no te vuelvas atrás, no te quedes parado” (Sermón, 256.3)

El santo abandono está en las familias unidas en las que los mayores han enseñado a todos que, por duras que sean las circunstancias, la confianza en Dios permite llevar la cruz de cada día compartiéndola con Cristo, y que, en la vida ordinaria de cada día, lo importante son los detalles de amor con todos, sin que se noten, porque Dios ve en lo secreto (Mt 6.4, 6, 18) En los matrimonios el santo abandono se fundamenta en que ese es el camino para ir al cielo, juntos, “de la mano”. Así se avanza por el tiempo que pasa como si fuera una cinta mecánica en sentido inverso. Se avanza cuando la belleza, las cualidades físicas y mentales, el talante, las reacciones, de cada uno cambian y no precisamente al unísono ni en el mismo sentido. Se avanza porque cada uno se esfuerza, cada día, más cada día, en pensar más en el otro y menos en él. O así debería ser. El matrimonio “a prueba o ensayo”, posible en las compraventas mercantiles, no tiene nada que ver con la santificación de los esposos y menos con “una sola carne” (Mt 19,5; Gn 2.24) que es la circunstancia natural de la participación consciente del humano en la obra de Dios. María, Madre del Amor Hermoso, está atenta (“cor meum vigilat”, Cnt 5,2) a los momentos difíciles por los que pasan los casados e intercede ante su Hijo: “Falta vino” (Jn 2.3); “Falta amor”, como asimilaba san Juan Pablo II (homilía, el 19 de enero de 1986). Los corazones más sencillos y las mentes mejor dotadas saben que, para el amor, María es el mejor remedio.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive fundamentado en Cristo que es un cimiento sólido que sostiene en la lucha diaria para evitar sucumbir ante la seducción de los falsos dioses, del egoísmo, de la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia, la pereza, que se presentan disfrazados: “es mi derecho”, “no hago daño a nadie”, “tengo que realizarme” y, en definitiva: “primero yo, después yo y lo que sobre para mí”. Pero vivir en Cristo, tratarle con confianza, amarle con toda el alma, con todo el corazón, es vivir con otras certidumbres: “Este árbol es para mí una planta de salvación eterna; de él me alimento, de él me sacio. Por sus raíces me enraizó y por sus ramas me extiendo, su rocío me regocija y su espíritu como viento delicioso me fertiliza. A su sombra he alzado mi tienda y huyendo de los grandes calores allí encuentro un abrigo lleno de rocío. Sus hojas son mi follaje, sus frutos son mis perfectas delicias, y yo gozo libremente de sus frutos, que me estaban reservados desde el principio. Él es en el hambre mi alimento, en la sed mi fuente, y mi vestido en la desnudez, porque sus hojas son espíritu de vida: lejos de mí desde ahora las hojas de la higuera. Cuando temo a Dios, Él es mi protección; y cuando vacilo, mi apoyo; cuando combato, mi premio; y cuando triunfo, mi trofeo. Es para mí el sendero estrecho y el sendero angosto” (san Hipólito, “Homilía de Pascua”)

Y “mucho mejor” (multo magis meius), como dice san Pablo (Flp 1,23): el cristiano vive sabiendo que en todo momento está en presencia de Dios que ve en lo oculto (Mt 6. 4, 6, 18): “Señor, tú me sondeas y me conoces. Me conoces cuando me acuesto y cuando me levanto. De lejos penetras mis pensamientos... Aún no ha llegado la palabra a mi boca y ya, Señor, la conoces toda...” (salmo 139). Invocando a la Madre: mientras mi vida alentare todo mi amor para ti, pero si yo te olvidare, tú no te olvides de mi.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive inmerso en el amor de Dios, lleno y dentro de su inmensidad porque en Dios no hay medida y porque fue Dios quien la creó, de modo que sólo en lo creado hay un antes y un después ya que la eternidad es continuo presente, sin principio ni fin. Cuando el cristiano comprende esa realidad y se acostumbra a vivir en ella, puede llegar a la infancia espiritual, a sentirse niño pequeñito ante Dios, a hablarle directamente sin tratamiento especial ni rebuscando las palabras, a pedirle todo lo que quiera sabiendo que Dios le dará lo que más le convenga (Mt 6,32; 7,11), a sentirse seguro con Él como lo está el niño pequeño con su padre, a tener a Jesús por compañero en el trabajo y en la diversión y comentarle todo lo que ocurre y hacerle confidencias.

En esa inmensidad de lo divino y de la participación en la divinidad el cristiano disfruta cuando descubre las expresiones de Jesús que, para que podamos hacernos una idea, se concretan en medidas indicativas: debemos perdonar “setenta veces siete” (Mt 18,22), a quien ponga el amor de Dios por encima de todo se le dará “el ciento por uno” (Mt 19,29). En la boda de Caná fue el mejor vino (Jn 2, 1-10), las pescas milagrosas fueron abundantes (Lc 5, 1-11; Jn 21, 1-11), sobró en las multiplicaciones de los panes (Mt 14,13-21; Mt 15,32-39). En las parábolas de los talentos (Mt 25,14-30) y de las minas (Lc 19, 11-27) el premio es generosísimo.

La inmensidad de Dios se descubre en el mandamiento del amor que ya no es sólo “amar a Dios y al prójimo” (Mt 22, 37-39), hay que “amar al que no nos quiere” (Lc 6, 27-36); y ya no es “como a nosotros mismos”, sino que debemos amar “como Dios nos ama” (Jn 13,34; 15,12). Y también se descubre la inmensidad de Dios en la graduación que atempera la “justicia” con la “caridad” y que, así, llega hasta la “misericordia”. Las parábolas de la misericordia no se pueden comprender con el interesado, duro y mezquino corazón humano: un pastor que deja sus noventa y nueve ovejas y va a buscar la perdida y cuando la encuentra la trae en brazos y lo celebra con los vecinos (Lc 15,1-7); una mujer que pierde en su casa una monedita y que enciende las luces y barre una y otra vez hasta que la encuentra y se lo dice a las amigas para que se alegren con ella (Lc 15, 8-10). No podía entender la inmensidad del amor de Dios el hermano bueno del hijo pródigo con el que su padre enloqueció de alegría cuando lo vio regresar pobre y necesitado (Lc 15, 25-32). Los cuidados del buen samaritano con el robado y malherido que estaba tirado al borde del camino se han podido considerar imposibles en las circunstancias históricas concurrentes (Lc 10,30-37). Muchos nos quedamos en la justicia rigurosa, en el derecho y su infracción, en lo conveniente, en el qué dirán.

Dios es amor (1 Jn 4, 8 y 16). Nos ama aunque y porque sabe cómo somos (Jn 2, 25). No podemos olvidar que, en la cruz, para redimirnos, Jesucristo pidió al Padre: “Perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Y amor con amor se paga: “Todo pasa menos el amor a Dios” (Omnia praetereunt, praeter amare Deum). Y obras son amores.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive en medio del mundo, “nel bel mezzo della strada”, en lo habitual y en lo extraordinario, en lo agradable y en lo que produce dolor, sinsabor o pesadumbre y procura acostumbrarse a encontrar en todo la voluntad de Dios que sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos (Mt 6,8), que quiere cosas buenas para nosotros (Mt 7,11) de modo que todo lo que nos ocurre sabemos que es para bien (“diligentibus Deum omnia cooperantur in bonum”, Rm 8,28). El cristiano vive en Cristo, con Cristo y para Cristo. Sabe que el Espíritu intercede por nosotros (Mt 7,27). Y guarda en su corazón textos que le aseguran el amor de Dios. Así: “¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas?. Pues aunque ellas se olviden, yo te olvidaré” (Is. 49,15). O también: “Les dijo esta parábola: uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas” (Lc 13,9). Hay que pensar con más frecuencia en esta insistencia amorosa de Dios. Y llenar el día de detalles de amor y acción de gracias.

El cristiano sabe que él sigue fallando a tanto amor de Dios: por egoísmo –por ese “yo” que está siempre presente y por encima de todo-, por la soberbia “que dura toda la vida y veinticuatro horas más”, por la pereza que se abandona a la comodidad y vive instalada en la rutina que permite el mínimo esfuerzo. El cristiano conoce las virtudes teologales –fe, esperanza y caridad (Adorote devote: “fac me tibi semper magis credere, in te spem habere, te diligere”)- y las cardinales –prudencia, justicia, fortaleza y templanza (oración antes de la misa: “ure igne Sancti Spiritus renes nostros et cor nostrum”)- y tiene el antídoto para combatir los pecados capitales: contra soberbia, humildad; contra avaricia, largueza; contra lujuria, castidad; contra ira, paciencia; contra gula, templanza; contra envidia, caridad; contra pereza, diligencia.

El cristiano se sabe débil y con muchos defectos (san Felipe Neri: “Señor, no te fíes demasiado de mi; yo sí me fío ciegamente de ti”); sabe por experiencia que su amor no corresponde al derroche de amor del Amor con él: según las riquezas de su gracia que derramó sobre nosotros abundantemente” (Ef. 1,7-8). Pero ese íntimo y sincero reconocimiento no puede empeñar la causa esencial para su alegría: “Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo” (Lc 10,20). Son palabras que traen a la memoria otras: “No temas, que te he redimido y te he llamado por tu nombre: tú eres mío” (Is. 43.1). El cristiano pueda dar razón de su alegría: “vuestra tristeza se convertirá en alegría...; se os alegrará el corazón, y nadie os quitará vuestra alegría...; pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa” (Jn 16. 20, 22 y 24). Alegría sin par porque somos hijos de Dios: “Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, ¡y lo somos!” (1 Jn 3.1). La Madre de Dios es nuestra madre: causa de nuestra alegría.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive en el amor del Amor que llena los corazones y se derrama en el amor que se debe dar. En ese dar del amor recibido se puede entender el mandamiento nuevo: amar como Yo os he amado, que de otro modo podría ser imposible. La deficiencia en ese amar dando del amor recibido es nuestra. Para avanzar en ese amar divinamente se puede elegir el camino que va de la presencia de Dios a los detalles de amor. “Ya comáis ya bebáis, o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Co 10,31). Escribía san Basilio: “Cuando te sientes a la mesa, ora. Cuando comas pan, hazlo dando gracias al que es generoso. Si bebes vino, acuérdate del que te lo ha concedido para alegría y alivio de enfermedades. Cuando te pongas la ropa, da gracias al que benignamente te la ha dado. Cuando contemples el cielo y la belleza de las estrellas, échate a los pies de Dios y adora al que con su Sabiduría dispuso todas estas cosas. Del mismo modo, cuando sale el sol y cuando se pone, mientras duermas y despierto, da gracias a Dios que creó y ordenó todas estas cosas para provecho tuyo, para que conozcas, ames y alabes al Creador” (San Basilio, Homilía in Julittam mart.)

Vivir en la presencia de Dios es repetir frecuentemente: se que estás aquí, que me ves, que me oyes. En ese acto de fe el alma se siente pequeña, creada, amada, y adora a Dios, en la Santísima Trinidad, como Padre, como Hermano, como Amigo, como Defensor. El cristiano se siente hijo de Dios, confía en Dios como los hijos confían en el padre y en la madre, y le da gracias por todo, desde el existir hasta lo que se ha arreglado, lo que se ha conseguido, lo que será para bien. También procura desagraviar, por los propios fallos de amor, por subordinar su voluntad a la nuestra, por olvidarnos de Él, por arrinconarlo, por ocultarlo o negarlo, y, sobre todo, por lo que no hemos hecho, por el amor que no hemos dado; y por los fallos de amor de los demás. El cristiano se sabe necesitado y no para de pedir a Dios que le ayude, que le proteja. Y encomienda a otros. Se llena la vida de detalles de amor a Dios y a nuestra Madre.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive del amor y para el amor porque así es como se sigue a Cristo y como se debe tratar a los hermanos. Así lo escribió el papa Benedicto XVI: “El hombre es redimido por el amor. Eso es válido incluso en el ámbito puramente intramundano. Cuando uno experimenta un gran amor en su vida, se trata de un momento de “redención” que da un nuevo sentido a la existencia. Pero muy pronto se da cuenta también de que el amor que se la ha dado, por sí solo, no soluciona el problema de su vida. Es un amor frágil. Puede ser destruido por la muerte, el ser humano necesita un amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: “Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna, podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, señor nuestro” (Rm 8, 38-39)

Por Jesucristo “estamos seguros de Dios, de un Dios que no es una lejana “causa primera” del mundo, porque su Hijo unigénito se ha hecho hombre y cada uno puede decir de Él: “Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí (Gal 2,20)” (Spe salvi, nº 26). Y así: “Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar de su ser para todos, hace que éste sea nuestro modo de ser. Nos compromete a favor de los demás... Del amor a Dios se deriva la participación en la justicia y en la bondad de Dios hacia los otros; amar a Dios requiere la libertad interior respecto a todo lo que se posee y todas las cosas materiales: el amor de Dios se manifiesta en la responsabilidad por el otro” (Spe salvi, nº 28). El cristiano tiene guías de amor que le ayudan a avanzar animoso por los caminos de la tierra, mirando al cielo y atento a todo el que puede necesitar de él: “La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (I Co, 13,4-7). La caridad es la virtud de los detalles pequeños porque son la manifestación del amor vivo y de la entrega total sin reservarse nada para uno mismo.

Viviendo la Comunión de los Santos y en el recuerdo a los que nos esperan en el cielo, es apropiado recordar que la Iglesia, como dispensadora de la redención, distribuye el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos. La Iglesia concede (CIC nº 1471-1479 y 1498) indulgencia parcial por obras de piedad (oración mental; rezo del “Ángelus” o del “Regina coeli”; el uso de un objeto piadoso bendecido por un sacerdote; lectura de la Sagrada Escritura; rezo del “Acordaos”, Comunión espiritual; todas las letanías; rezo del “Adoro te devote”, la “Salve”; oración por el Papa; retiro espiritual...). Otras indulgencias son plenarias (Rosario en familia, Viacrucis, oración ante el Santísimo Sacramento...). Detalles de amor, como sonreír, callar, comprender, pedir perdón.

TIEMPO ORDINARIO

Para los cristianos, en el mes de noviembre es tradicional la reflexión sobre los novísimos. El Catecismo de la Iglesia Católica ofrece muchos textos que pueden ayudar en esa consideración. Así, sobre la Muerte: “Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia” (Flp 1,21), “Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir” (Sta. Teresa de Jesús), “Yo no muero, entro en la vida” (Sta. Teresa del Niño Jesús), “La vida de los que ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo” (Prefacio de Difuntos). Sobre el Juicio es preciosa la frase: “A la tarde te examinarán en el amor” (San Juan de la Cruz) y el texto: “Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de Dios Padre Todopoderoso, que te creó, en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió por ti, en el nombre del Espíritu Santo, que sobre ti descendió. Entra en el lugar de la paz y que tu morada este junto a Dios en Sión, la ciudad santa, con Santa María Virgen, Madre de Dios, con san José y todos los ángeles y santos... Te entrego a Dios, y, como criatura suya, te pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo de la tierra. Y al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María y todos los ángeles y santos... Que puedas contemplar cara a cara a tu Redentor” (Rito de la Unción de Enfermos).

El Cielo es estar con Dios: “Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la vida, allí está el reino” (san Ambrosio), “¡Cuál no será tu gloria y tu dicha!: Ser admitido a ver a Dios, tener el honor de participar en las alegrías de la salvación y de la luz eterna en la compañía de Cristo, el Señor tu Dios..., gozar en el Reino de los cielos en compañía de los justos y de los amigos de Dios, las alegrías de la inmortalidad alcanzada” (san Cipriano de Cartago”. Y es que: “Lo que ni ojo vio, ni oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman” (1 Co 2,9). Por ese motivo debemos estar preparados para evitar el Infierno: “Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según consejo del Señor, estar continuamente en vela. Para que así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra merezcamos entrar con Él en la boda y ser contados entre los santos y nos manden ir, como siervos malos y perezosos al fuego eterno, a las tinieblas exteriores...” (Conc. Vaticano II, “Lumen gentium”, 48), porque Dios “quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión” (2P 3,9)

CRISTO REY

“Regnare Christum volumus!”: ¡Queremos que Cristo reine! Y los cristianos se deben preguntar si realmente demuestran con su vida que procuran hacer realidad ese deseo, en su corazón, en sus oraciones, en sus relaciones familiares, de convivencia, en el trabajo y en el tiempo de descanso. “Porque no consiste el Reino de Dios en comer ni beber, sino que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo, pues el que sirve de esta manera a Cristo agrada a Dios y es estimado por los hombres” (Rm 14, 17-18). “No consiste el Reino de Dios en hablar, sino en hacer” (1 Co 4,20)

A lo que se debe hacer y no hacer se refería San Pablo: “¿Es que no sabéis que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los injuriosos, ni los rapaces entrarán en el reino de Dios. Y esto erais algunos. Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre de Jesucristo el Señor y en el Espíritu de nuestro Dios” (1 Co 6, 9-11). “Esto os digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el Reino de Dios, ni la corrupción heredará la incorrupción” (1 Co 15,50). “Como conviene a los santos, la fornicación y toda impureza o avaricia ni se nombren entre vosotros; ni palabras torpes, ni conversaciones vanas o tonterías, que no convienen. Haced más bien acciones de gracias. Porque debéis tener bien claro y aprendido esto: que ningún fornicario o impúdico, o avaro, que es como un adorador de ídolos, puede heredar el Reino de Cristo y de Dios” (Ef 5,3-5).

Y el Apóstol animaba en la tarea: “Como un padre a sus hijos –lo sabéis bien-, a cada uno os alentábamos y os consolábamos, exhortándoos a que vivierais de una manera digna de Dios, que os llama a su Reino y a su gloria” (1 Tes 2,11). “Debemos dar gracias a Dios en todo momento por vosotros, hermanos, como es justo, porque vuestra fe crece de modo extraordinario y rebosa la caridad de unos con otros, hasta el punto de que nos gloriamos de vosotros en las iglesias de Dios por vuestra paciencia y fe en todas las persecuciones y tribulaciones que soportáis. Esto es señal del justo juicio de Dios, en el que sois estimados dignos del Reino de Dios, por el que ahora pasáis” (2 Tes 1, 3-5)

Todo estamos llamados al Reino: “Os digo que muchos de oriente y occidente vendrán y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán arrojados a las tinieblas de afuera” (Mt 8,11-12; v. Lc 13, 29-30). Al final del tiempo culminará la venida: “Entonces verán al Hijo del Hombre que viene sobre una nube con gran poder y gloria. Cuando comiencen a suceder estas cosas, erguíos y levantad la cabeza porque se aproxima vuestra redención... Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el Reino de Dios” (Lc 21,25-28 y 31). “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe... Y oí una fuerte voz procedente del trono: - Ésta es la morada de Dios con los hombres: habitará con ellos y ellos serán su pueblo, y Dios, habitando realmente en medio de ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos y no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior ya pasó” (Ap 21, 1-4). Cristianismo es dar amor del Amor que nos espera.