AÑO DE LA FE
“5. En ciertos aspectos, mi Venerado Predecesor vio ese Año como una “consecuencia y exigencia postconciliar”, consciente de las graves dificultades del tiempo, sobre todo con respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación. He pensado que iniciar el “Año de la fe” coincidiendo con el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, “no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia [...] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como “la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX.” Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza”. Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como sucesor de Pedro:
1. Referencias básicas
1. LA FE COMO ACTO LIBRE. “Uno de los más importantes capítulos de la doctrina católica, contenido en la palabra de Dios y predicado constantemente por los Padres, es que el hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios; por lo tanto, nadie debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la fe. En efecto, el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza, ya que el hombre, redimido por Cristo Salvador y llamado por Jesucristo a recibir la adopción de hijo, no puede unirse a Dios, que se revela a Sí mismo, a no ser que, atrayéndolo el Padre hacia Él, entregue a Dios el don racional y libre de la fe. Por consiguiente, está plenamente de acuerdo con el carácter de la fe la exclusión, en materia religiosa, de cualquier tipo de coacción por parte de los hombres. Y por ello, el régimen de libertad religiosa contribuye no poco a fomentar un estado de cosas en el que los hombres puedan ser fácilmente invitados sin obstáculos a la fe cristiana, a abrazarla por su propia voluntad y a confesarla activamente en toda su forma de vivir.” (declaración “Dignitatis humanae”, nº 10)
2. LA FE COMO UN DON (1). “Los laicos cooperan en la obra de evangelización de la Iglesia y, como testigos e instrumentos vivos, participan de su misión salvífica, sobre todo si, llamados por Dios, son incorporados por los obispos a esta obra.
En territorios ya cristianos, los laicos cooperan en la obra de evangelización, fomentando en ellos y en los demás el conocimiento y el amor a las misiones, suscitando vocaciones en la propia familia, en las asociaciones católicas y en las escuelas, ofreciendo ayudas de todo tipo para que pueda ser ofrecido a los otros el don de la fe que ellos han recibido gratis.” (decreto, “Ad gentes divinitus”, del nº 41)
3. LA FE COMO UN DON (2). “Todos los cristianos, puesto que mediante la regeneración por el agua y por el Espíritu se han convertido en una criatura nueva y se llaman y son hijos de Dios, tienen derecho a la educación cristiana. Ésta no persigue sólo la madurez antes descrita de la persona humana, sino que busca que los bautizados, mientras se inician gradualmente en el conocimiento del misterio de la salvación, sean cada vez más conscientes del don recibido de la fe; aprendan a dorara a Dios Padre en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23), sobre todo en la acción litúrgica; se dispongan a vivir según el hombre nuevo en justicia y santidad de verdad (Ef 4, 22-24); lleguen así al hombre perfecto a la medida de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13), y colaboren en el crecimiento del Cuerpo místico.” (declaración, “Gravissimun educationis”, del nº 2)
4. LA GRACIA COMO PREMISA. “Cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe (cf. Rm 16,26; comp. Con Rm 1,5; 2 Co 10, 5-6). Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece “el homenaje total de su entendimiento y voluntad”, asintiendo libremente a lo que Dios revela. Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede “a todos gusto en aceptar y creer la verdad”. Para que el hombre pueda comprender cada vez más profundamente la revelación, el Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe con sus dones.” (constitución, “Dei Verbum”, nº 5)
5. LA FE Y EL ESPÍRITU SANTO. “El Espíritu Santo, que llama a Cristo a todos los hombres por las semillas del Verbo y la predicación del Evangelio y suscita el don de la fe en los corazones cuando engendra a los que creen en Cristo para una nueva vida en el seno de la fuente bautismal, los congrega en un único Pueblo de Dios que es linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo de adquisición (1 P 2,9).” (decreto, “Ad gentes divinitus”, del nº 15)
6. FE Y SACRAMENTOS. “Los sacramentos están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios, pero, como signos, tienen también un fin instructivo. No sólo suponen la fe, también la fortalecen, la alimentan y la expresan con palabras y acciones; por eso se llaman sacramentos de fe. Confieren ciertamente la gracia, pero también su celebración dispone óptimamente a los fieles a recibir la misma gracia con fruto, a dar culto rectamente a Dios y a practicar la caridad.
Por consiguiente, es muy importante que los fieles comprendan fácilmente los signos sacramentales y reciban con frecuencia los sacramentos instituidos para alimentar la vida cristiana.” (constitución, “Sacrosanctum Concilium>, nº 59)
7. SACRAMENTO DE LA FE. “El Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, hecho Él mismo carne y habitando en la tierra de los hombres, hombre perfecto, entró en la historia del mundo, asumiéndola y recapitulándola en Sí. Él mismo nos revela que Dios es amor (1 Jn 4,8) y al mismo tiempo nos enseña que la ley fundamental de la perfección human, y por ello de la transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del amor. Así pues, a los que creen en la caridad divina, les da la certeza de que el camino del amor está abierto a todos los hombres y de que no es inútil el esfuerzo por instaurar la fraternidad universal. Al mismo tiempo advierte que no hay que buscar este amor sólo en las grandes cosas, sino especialmente en las circunstancias ordinarias de la vida. Soportando la muerte por todos nosotros pecadores, con su ejemplo nos enseña que debemos cargar también con la cruz que la carne y el mundo imponen sobre los hombros de los que buscan la paz y la justicia. Constituido Señor por su resurrección, Cristo, a quien ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra, por la fuerza de su Espíritu obra ya en los corazones de los hombres, no sólo suscitando el anhelo del siglo futuro, sino también animando, purificando y fortaleciendo aquellos propósitos generosos con los que la familia humana intenta hacer más humana su propia vida y someter toda la tierra a este fin. Mas los dones del Espíritu son diversos: mientras a unos los llama a dar testimonio públicamente de anhelar la morada celeste ya conservar vivo este anhelo en la familia humana, a otros los llama a dedicarse al servicio de los hombres, preparando con este ministerio suyo la materia del reino celeste. Sin embargo, libera a todos para que, sacrificando el amor propio y empleando todas las fuerzas terrenas a favor de la vida humana, se proyecten hacia las realidades futuras cuando la humanidad misma se convertirá en oblación grata a Dios.
El Señor dejó a los suyos una prenda de esta esperanza y un viático para el camino en aquel sacramento de la fe, en el que los elementos de la naturaleza cultivados por el hombre, se convierten en su cuerpo y sangre gloriosos en la cena de la comunión fraterna y la pregustación del banquete celestial.” (constitución, “Gaudium et spes”, nº 38)
8. LA INFALIBILIDAD. “Aunque los obispos aisladamente no gozan del privilegio de la infalibilidad, sin embargo, cuando incluso dispersos por el mundo, pero en comunión entre sí con el sucesor del Pedro, enseñan cuál es la fe y la moral auténticas, si están de acuerdo en mantener una opinión como definitiva, entonces proclaman infaliblemente la enseñanza de Cristo. Esto aparece todavía más claro cuando, reunidos en concilio ecuménico, son para toda la Iglesia los maestros y jueces de la fe y de la moral. Entonces hay que aceptar sus definiciones con la obediencia de la fe. Esta infalibilidad que el divino Redentor quiso que tuviera su Iglesia cuando define la doctrina en cuestiones de fe y moral se extiende hasta donde se extiende el depósito de la Revelación divina, que hay que conservar religiosamente y exponer con fidelidad. El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de esta infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22,32), proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral. Por esos sus definiciones, por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia, con razón son consideradas irreformables, pues han sido proclamadas con la asistencia del Espíritu Santo, que a él le fue prometido en San Pedro. Por consiguiente, no necesitan de ninguna otra aprobación ni se puede apelar a otro tribunal. En estos casos, en efecto, el Romano Pontífice no expresa una opinión como persona privada, sino que expone o defiende la doctrina de la fe católica como maestro supremo de la Iglesia universal en quien reside individualmente el carisma de infalibilidad de la Iglesia misma. La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo episcopal cuando ejerce el magisterio supremo como el sucesor de Pedro. A estas definiciones no les puede faltar nunca el asentimiento de la Iglesia gracias a la acción del mismo Espíritu Santo, por la que todo el rebaño de Cristo se mantiene y progresa en la unidad de la fe.
Cuando el Romano Pontífice o el Cuerpo episcopal con él definen una doctrina, hacen esa declaración de acuerdo con la Revelación que debe modelar la vida de todos y a la que todos tienen que ser fieles. Esa Revelación se nos transmite en su integridad por escrito o por tradición a través de la sucesión legítima de los obispos y en especial del cuidado del mismo Romano Pontífice, se conserva religiosamente en la Iglesia y se expone con fidelidad gracias a la luz del Espíritu de la verdad. El Romano Pontífice y los obispos, conforme a su deber y a la importancia del tema, se esfuerzan celosamente con los medios adecuados para que se estudie la Revelación como se debe y se presente de manera apropiada. No aceptan, sin embargo, ninguna nueva revelación pública como perteneciente al divino depósito de la fe.” (constitución, “Lumen gentium”, del nº 25)
9. EL DEPÓSITO DE LA FE. “La Tradición y las Escrituras constituyen el depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia. Fiel a dicho depósito, el pueblo cristiano entero, unido a sus pastores, persevera siempre en la doctrina apostólica y en la unión, en la eucaristía y la oración (cf. Hech 2,42 gr.), y así se realiza una maravillosa concordia de Pastores y fieles en conservar, practicar y profesar la fe recibida.
El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo. Pero el Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino, y con la asistencia del Espíritu Santo lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído.
Así pues, la Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el plan prudente de Dios, están unidos y ligados, de modo que ninguno puede subsistir sin los otros; los tres, cada uno según su carácter, y bajo la acción del único Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas.” (constitución, “Dei Verbum”, nº 10)
10. LA ESCRITURA COMO NORMA SUPREMA DE LA FE. “La Iglesia siempre ha venerado la sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues, sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo. La Iglesia ha considerado siempre como suprema norma de su fe la escritura unida a la tradición, ya que, inspirada por Dios y escrita de una vez para siempre nos transmite inmutablemente la palabra del mismo Dios; y en las palabras de los Apóstoles y los Profetas hace resonar la voz del Espíritu Santo. Por tanto, toda la predicación de la Iglesia, como toda la religión cristiana, se ha de alimentar y regir con la Sagrada Escritura. En los libros sagrados, el Padre, que está en el cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos. Y es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual. Por eso se aplican a la escritura de modo especial aquellas palabras: La palabra de Dios es viva y enérgica (Heb 4,12), puede edificar y dar la herencia a todos los consagrados (Hech 20,32; cf 1 Tes 2,13).” (constitución, Dei Verbum”, nº 21)
11. LA FE Y EL CULTO A LA VIRGEN SANTÍSIMA. “El sagrado Sínodo enseña expresamente esta doctrina católica. Al mismo tiempo, anima a todos los hijos de la Iglesia a que fomenten con generosidad el culto a la Santísima Virgen, sobre todo el litúrgico. Han de sentir gran aprecio por las prácticas y ejercicios de piedad mariana recomendados por el Magisterio a lo largo de los siglos, y observar religiosamente los decretos del pasado acerca del culto de las imágenes de Cristo, de la Santísima Virgen y de los santos. Exhorta también con empeño a los teólogos y a los predicadores de la palabra de Dios a que eviten con cuidado toda falsa exageración, así como una excesiva estrechez de espíritu al tratar de la singular dignidad de la Madre de Dios. Dedicándose al estudio de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia, así como de las liturgias bajo la guía del Magisterio, han de iluminar adecuadamente las funciones y los privilegios de la Santísima Virgen que hacen siempre referencia a Cristo, origen de toda la verdad, santidad y piedad. Han de evitar con cuidado todo lo que de palabra o de obra pudiera inducir a error a los hermanos separados o a otros acerca de la verdadera doctrina de la Iglesia. Los fieles, además, deben recordar que la verdadera devoción no consiste ni un sentimiento pasajero y sin frutos ni en una credulidad vacía. Al contrario, procede de la verdadera fe, que nos lleva a reconocer la grandeza de la Madre de Dios y nos anima a amar como hijos a nuestra Madre y a imitar sus virtudes.” (constitución, “Lumen gentium”, nº 67)
12. LA FE Y EL CULTO A LOS SANTOS. “Este sagrado Sínodo recibe con gran afecto esta venerable fe de nuestros mayores acerca de la unión vital con nuestros hermanos en la gloria del cielo y con los que todavía se purifican después de su muerte, y propone de nuevo los decretos de los sagrados Concilios II de Nicea, de Florencia y de Trento. Al mismo tiempo, dada su preocupación pastoral, anima a los responsables a que traten de quitar o de corregirlos abusos, excesos o defectos que hayan podido introducirse en algún lugar y a que dispongan todo para mayor alabanza de Cristo y de Dios. Han de enseñar, pues, a los fieles que el auténtico culto a los santos no consiste tanto en la cantidad de actos exteriores cuanto en la intensidad de nuestro amor en la práctica. Por medio de él buscamos en los santos “el ejemplo de su vida, la participación en su destino y la ayuda de su intercesión” para nuestro mayor bien y el de la Iglesia. Por otra parte, han de enseñar a los fieles que nuestro culto a los santos, si se considera a la plena luz de la fe, de ninguna manera diminuye el culto de adoración dado a Dios Padre por Cristo en el Espíritu, sino que más bien lo enriquece notablemente.
Todos los hijos de Dios y miembros de una misma familia en Cristo (cf. Heb 3,6), al unirnos en el amor mutuo y en la misma alabanza a la Santísima Trinidad, estamos respondiendo a la íntima vocación de la Iglesia y tomando parte en la liturgia de la gloria perfecta degustada anticipadamente. En efecto, cuando Cristo se manifieste y tenga lugar la gloriosa resurrección de los muertos, el resplandor de Dios iluminará la ciudad del cielo y su luz será el Cordero (cf. Ap 21,24). Entonces toda la Iglesia de los santos, en la suprema felicidad del amor, adorará a Dios y al “Cordero que fue inmolado” (Ap 5,12), proclamando juntos: “Bendición, honor, gloria y poder, por los siglos de los siglos, al que está sentado en el trono y al Cordero” (ap 5, 13-14).” (constitución, “Lumen gentium”, nº 51)
2. La fe y la Iglesia
13. LA FE Y EL SACERDOCIO COMÚN. “La comunidad sacerdotal actualiza su carácter sagrado y su estructuración orgánica por medio de los sacramentos y de las virtudes. El bautismo incorpora a los creyentes a la Iglesia y por el carácter sacramental al culto cristiano. Por su nuevo nacimiento como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia.” (constitución, “Lumen gentium”, del nº 11)
14. LOS OBISPOS Y LA FE (1). “Cada obispo, que está al frente de una iglesia particular, ejerce su gobierno pastoral sobre la porción del Pueblo de Dios que le ha sido confiada, no sobre otras Iglesias ni sobre la Iglesia universal. Pero, como miembro del Colegio episcopal y legítimo sucesor de los Apóstoles, cada uno tiene el deber, por voluntad y mandato de Cristo, de preocuparse de toda la Iglesia. Aunque esto no se realiza por medio de un acto de jurisdicción, contribuye, sin embargo, mucho al progreso de la Iglesia universal. Todos los obispos, en efecto, deben impulsar y defender la unidad de la fe y la disciplina común de toda la Iglesia y enseñar a todos los fieles a amar a todo el Cuerpo místico de Cristo, sobre todo a los pobres, a los que sufren y a los perseguidos a causa de la justicia (cf. Mt 5,10). Finalmente han de promover todas las actividades comunes a toda la Iglesia, sobre todo para que la fe se extienda y brille para todos la luz de la verdad plena. Por lo demás, queda como principio sagrado que, dirigiendo bien su propia Iglesia, como porción de la Iglesia universal, contribuyen eficazmente al bien de todo el Cuerpo místico, que es también el cuerpo de las Iglesias.” (constitución, “Lumen gentium”, del nº 23)
15. LOS OBISPOS Y LA FE (2). “Los obispos, como sucesores de los Apóstoles, reciben del Señor, al que se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, la misión de enseñar a todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el mundo para que todos los hombres, por la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos, consigan la salvación (cf. Mt 28,18; Mc 16,15; Hech 26,17). Para realizar esta misión, Cristo el Señor prometió a los Apóstoles el Espíritu Santo y lo envió desde el cielo el día de Pentecostés para que con su poder fueran sus testigos ante las naciones, los pueblos y los reyes hasta los extremos de la tierra (cf. Hech 1,8; 2,1 ss; 9,15). Esta función, que el Señor confió a los pastores de su pueblo, es un verdadero servicio que en la Escritura recibe significativamente el nombre de “diaconía” o ministerio (cf. Hech 1,17 y 25; 21,19; Rom 11,13; 1 Tim 1,12).” (constitución, “Lumen gentium”, del nº 24)
16. LOS OBISPOS Y LA FE (3). “Entre las principales funciones de los obispos destaca el anuncio del Evangelio. En efecto, los obispos son los predicadores del Evangelio que llevan nuevos discípulos a Cristo. Son también los maestros auténticos, por estar dotados de la autoridad de Cristo. Ellos predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica y la iluminan con la luz del Espíritu Santo. Sacando del tesoro de la Revelación lo nuevo y lo viejo (cf. Mt 13,52), hacen que dé frutos y con su vigilancia alejan los errores que amenazan a su rebaño (2 Tim 4, 1-4). Los obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, merecen el respeto de todos, pues son los testigos de la verdad divina y católica. Los fieles, por su parte, deben adherirse a la decisión que sobre una materia de fe y costumbres ha tomado su obispo en nombre de Cristo y aceptarla con espíritu de obediencia religiosa. Hay que prestar de manera particular esta obediencia religiosa de voluntad y de inteligencia al magisterio auténtico del Romano Pontífice, incluso cuando no habla “ex cátedra”, de tal manera que se reconozca con respeto su magisterio supremo y se acepten con sinceridad sus opiniones según la intención y el deseo expresado por él mismo, que se deducen principalmente del tipo de documento, o de la insistencia de la doctrina propuesta, o de las fórmulas empleadas.” (constitución, “Lumen gentium”, del nº 25)
17. LOS OBISPOS Y LA FE (4). “En el ejercicio de su función de enseñar, que sobresale entre las principales funciones del obispo, han de anunciar el Evangelio de Cristo a los hombres, invitándoles a creer por la fuerza del Espíritu o confirmándolos en la fe viva. Deben proponerles el misterio de Cristo en su integridad, es decir, aquellas verdades cuya ignorancia supone no conocer a Cristo y también el camino revelado por Dios para gloria suya y, por lo mismo para conseguir la felicidad eterna. (decreto, “Christus Dominus”, del nº 12)
18. LOS SACERDOTES Y LA FE. “Los presbíteros ejercen la función de Cristo, Cabeza y Pastor, según la parte de autoridad que les corresponde. Reúnen en nombre del obispo a la familia de Dios, como una fraternidad con una sola alma, y la conducen a Dios Padre por Cristo en el Espíritu. Para ejercer este misterio, como para las demás funciones del presbítero, se les concede un poder espiritual que ciertamente se da para edificación. Para construir la Iglesia, los presbíteros deben tener con todos un trato exquisitamente humano, a ejemplo del Señor. Deben portarse con ellos no según los gustos de los hombres, sino conforme a las exigencias de la enseñanza y de la vida cristiana. Han de enseñarles y advertirles como a hijos muy queridos, según las palabras del Apóstol: “Insiste a tiempo y a destiempo, corrige, reprende, exhorta con toda paciencia” (2 Tim 4,2).
Por eso corresponde a los sacerdotes, en cuanto educadores en la fe, procurar personalmente o por medio de otros que cada uno de los fieles sea llevado en el Espíritu Santo a cultivar su propia vocación según el Evangelio, a la caridad sincera y activa, y a la libertad con que Cristo nos liberó. Las ceremonias pueden ser hermosas y las asociaciones florecientes, pero de poco valdrán si no están en función de educar a los hombres para alcanzar la madurez cristiana. Para que progresen en ella, los presbíteros les ayudarán para que puedan descubrir en los acontecimientos mismos, grandes o pequeños, cuáles son las exigencias de la realidad, cuál es la voluntad de Dios. Han de enseñar a los cristianos a vivir no sólo para sí, sino según las exigencias de la nueva ley del amor; cada uno, conforme a la gracia recibida, ha de ponerla al servicio de los demás, y así todos han de cumplir cristianamente sus deberes en la comunidad humana.” (decreto, “Presbyterorum ordinis”, del nº 6)
3. La formación en la fe
19. LOS SACERDOTES Y LA FE. LA FORMACIÓN TEOLÓGICA. “Las asignaturas teológicas deben ser enseñadas a la luz de la fe, bajo la guía del Magisterio de la Iglesia, de tal manera que los alumnos extraigan cuidadosamente la doctrina católica de la Revelación divina, la conozcan en profundidad y la conviertan en alimento de su propia vida espiritual y sean capaces de anunciarla, explicarla y custodiarla en el ministerio sacerdotal.” (decreto, “Optatam totius”, del nº 16)
20. LA FE Y LA EDUCACIÓN CRISTIANA. “Aunque la Iglesia ha contribuid mucho al progreso de la cultura, la experiencia demuestra, sin embargo, que, por causas contingentes, la armonía entre la cultura y la educación cristiana no siempre se realiza sin dificultades.
Estas dificultades no dañan necesariamente la vida de la fe, sino que pueden estimular la mente a una más cuidadosa y profunda inteligencia de la fe. Pues los más recientes estudios y descubrimientos de las ciencias, de la historia y de la filosofía suscitan nuevas cuestiones que traen también consigo consecuencias para la vida y exigen también de los teólogos, observando los métodos y exigencias propios de la ciencia teológica, están invitados a buscar continuamente un modo más adecuado de comunicar la doctrina a los hombres de su tiempo, porque una cosa es el depósito de la fe, es decir, las verdades, y otra el modo en que se formulan , conservando su mismos sentido y significado. En el cuidado pastoral hay que conocer y aplicar suficientemente no sólo los principios teológicos, sino también los descubrimientos de las ciencias profanas, sobre todo de la psicología y la sociología, de modo que también se lleve a los fieles a una vida de fe más pura y más madura.” (constitución, “Gaudium et spes”, del nº 62)
21. LA FE Y LA RENOVACIÓN DE LA IGLESIA. “Toda renovación de la Iglesia consiste esencialmente en un aumento de la fidelidad a su vocación; ésta es, sin duda, la razón de por qué el movimiento tiende hacia la unidad. La Iglesia, peregrina en este mundo, es llamada por Cristo a esta reforma permanente de la que ella, como institución terrena y humana, necesita continuamente; de modo que si algunas cosas, por circunstancia de tiempo y lugar, hubieran sido observadas menos cuidadosamente en las costumbres, en la disciplina eclesiástica o incluso en el modo de exponer la doctrina –que debe distinguirse cuidadosamente del depósito mismo de la fe-, deben restaurarse en el momento oportuno recta y debidamente.” (decreto, “Unitatis redintegratio” del nº 6)
22. LA FE Y LA LECTURA DE LA ESCRITURA. “La Escritura se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita; por tanto, para descubrir el verdadero sentido del texto sagrado hay que tener muy en cuenta el contenido y la unidad de toda la Escritura, la Tradición viva de toda la Iglesia, la analogía de la fe. A los exegetas toca aplicar estas normas en su trabajo para ir penetrando y exponiendo el sentido de la Sagrada Escritura, de modo que con dicho estudio pueda madurar el juicio de la Iglesia. Todo lo dicho sobre la interpretación de la escritura queda sometido al juicio definitivo de la Iglesia, que recibió de Dios el encargo y el oficio de conservar e interpretar la palabra de Dios.” (constitución, “Dei Verbum”, del nº 12)
23. FE, ESCRITURA Y TEOLOGÍA. “La teología se apoya, como en cimiento perdurable, en la Sagrada Escritura unida a la Tradición; así se mantiene firme y recobra su juventud, penetrando a la luz de la fe la verdad escondida en el misterio de Cristo. La Sagrada Escritura contiene la palabra de Dios, y en cuanto inspirada es realmente palabra de Dios; por eso la Escritura debe ser el alma de la teología. El ministerio de la palabra, que incluye la predicación pastoral, la catequesis, toda la instrucción cristiana y en puesto privilegiado la homilía, recibe de la palabra de la Escritura alimento saludable y por ella da frutos de santidad.” (constitución, “Dei Verbum”, nº 24)
24. LA FE Y LAS ESCUELAS SUPERIORES. “La iglesia presta igualmente atención con sumo cuidado a las escuelas superiores, sobre todo las Universidades y Facultades. Más aún en aquellas que depende de ella, tiende por sistema a que se cultive cada disciplina según sus propios principios, su propio método y la libertad propia de la investigación científica, de modo que cada vez se alcance una comprensión más profunda de las mismas y, considerando con mucha tención los nuevos problemas y las investigaciones del progreso contemporáneo, se perciba con mayor profundidad cómo la fe y la razón convergen en una sola verdad, siguiendo las huellas de los doctores de la Iglesia, sobre todo de Santo Tomás de Aquino. De modo que se realice ciertamente la presencia pública, estable y universal del pensamiento cristiano en todo intento de promover una cultura superior, y los alumnos de estos institutos se formen como hombres que destaquen por su doctrina, preparados para desempeñar las funciones más importantes en la sociedad y testigos de la fe en el mundo.” (declaración, “Gravissimun educationis”, del nº 10)
25. LA FE Y LA ESCUELA CATÓLICA. “La presencia de la Iglesia en el campo escolar se manifiesta de modo particular por medio de la escuela católica. Ésta, ciertamente, al igual que las otras escuelas, persigue fines culturales y la formación humana de los jóvenes. Pero su nota característica es crear un ámbito de comunidad escolar animado por el espíritu evangélico de libertad y amor, ayudar a los adolescentes a que, al mismo tiempo en que se desarrolla su propia persona, crezcan según la nueva criatura en que por el bautismo se han convertido, y, finalmente, ordenar toda la cultura humana al anuncio de la salvación, de modo que el conocimiento que gradualmente van adquiriendo los alumnos sobre el mundo, la vida y el hombre sea iluminado por la fe. De este modo, la Iglesia, a la vez que se abre como conviene a las condiciones del progreso de este tiempo, educa a sus alumnos para conseguir con eficacia el bien de la sociedad terrestre y los prepara para servir a la extensión del Reino de Dios, a fin de que con el ejercicio de una vida ejemplar y apostólica se conviertan en el fermento salvador de la comunidad humana.” (declaración, “Gravissimum educationis”, del nº 8)
4. La vivencia de la fe
26. LA FE Y LAS REALIDADES TERRENAS. “Sin embargo, muchos de nuestros contemporáneos parecen temer que una vinculación muy estrecha entre la actividad humana y la religión obstaculice la autonomía del hombre, la sociedad o la ciencia.
Si por autonomía de las realidades terrenas entendemos que las cosas creadas y las sociedades mismas gozan de leyes y valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar y ordenar paulatinamente, exigir esa autonomía es completamente lícito. No sólo lo reclaman así los hombres de nuestro tiempo, sino que está también de acuerdo con la voluntad del Creador. Pues por la condición misma de la creación, todas las cosas están dotadas de firmeza, verdad y bondad propias y de un orden y leyes propias que el hombre debe respetar reconociendo los métodos propios de cada ciencia o arte. Por eso, la investigación metódica en todas las disciplinas, si se procede de un modo realmente científico y según las normas morales, nunca estará realmente en oposición con la fe, porque las realidades profanas y las realidades de fe tienen su origen en el mismo Dios. Más aún, quien con espíritu humilde y ánimo constante se esfuerza por escrutar lo escondido de las cosas, aun sin saberlo, está como guiado por la mano de Dios, que, sosteniendo todas las cosas, hace que sean lo que son. Hay que deplorar por ello algunas actitudes que no han faltado a veces entre los mismos cristianos al no haber entendido suficientemente la legítima autonomía de la ciencia, y, con las disputas y controversias suscitadas consecuentemente, han llevado a muchos a pensar que fe y ciencia se oponen entre sí.
Pero si con las palabras “autonomía de las realidades temporales” se entiende que las cosas creadas no dependen de Dios y que el hombre puede utilizarlas sin referirlas al Creador, todo el que conoce a Dios siente hasta qué punto son falsas las opiniones de este tipo. Pues sin el Creador la criatura se diluye. Por lo demás, todos los creyentes de cualquier religión escucharon siempre la voz y la manifestación de Dios en el lenguaje de las criaturas. Además, por el olvido de Dios la criatura misma queda oscurecida.” (constitución, “Gaudium et spes”, nº 36)
27. LA FE Y LA CULTURA. “Los cristianos, en su peregrinación hacia la ciudad celeste, deben buscar y gustar las cosas de arriba; esto no disminuye nada, sino que más bien aumenta, la importancia de su tarea de trabajar juntamente con todos los hombres en la edificación de un mundo más humano. En realidad, el misterio de la fe cristiana les ofrece valiosos estímulos y ayudas para cumplir con mayor intensidad esta tarea y sobre todo para descubrir el sentido pleno de esta acción, que hace que la cultura humana obtenga su lugar preeminente en la vocación íntegra del hombre.” (constitución, “Gaudium et spes”, del nº 57)
28. LA FE Y EL ARTE. “La Iglesia no consideró como propio ningún estilo artístico, sino que aceptó los estilos de cada época según el carácter y las circunstancias de los pueblos y las necesidades de los distintos ritos, creando en el curso de los siglos un tesoro artístico que debe conservarse con todo cuidado. También el arte de nuestro tiempo y de todos los pueblos y regiones debe ejercerse libremente en la Iglesia, siempre que esté al servicio de los templos y ritos sagrados con el debido respeto y honor, para que pueda añadir su voz a aquel admirable concierto de gloria que los grandes hombres cantaron a la fe católica en los siglos pasados.” (constitución, “Sacrosanctum Concilium”, del nº 123)
29. LA FE Y EL ANUNCIO LA PALABRA DE DIOS. “El Pueblo de Dios se reúne, sobre todo, por la palabra de Dios vivo, la cual es muy lícito buscarla en la boca del sacerdote. Nadie puede salvarse si antes no ha tenido fe. Por eso los presbíteros, como colaboradores de los obispos, tienen como primer deber el anunciara todos el Evangelio de Dios. Así, cumpliendo el mandato de Cristo: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todos los hombres” (Mc 16,15), construyen y acrecientan el Pueblo de Dios. En efecto, la fe se suscita en el corazón de los no creyentes y se alimenta en el corazón de los creyentes con la palabra de la salvación. Con la fe empieza y se desarrolla la comunidad de los creyentes. Es lo que dice el Apóstol: “La fe viene del mensaje, y el mensaje, a través de la palabra de Cristo” (Rom 10,17). Los presbíteros, por tanto, se deben a todos para comunicarles la verdad del Evangelio que poseen en el Señor.” (decreto, “Presbyterorum ordinis”, del nº 4)
30. LA FE Y LA LITURGIA (1). “La sagrada liturgia no agota toda la acción de la Iglesia, pues antes de que los hombres puedan acceder a la liturgia es necesario que sean llamados a la fe y a la conversión. “¿Cómo invocarán a Aquél en quien no han creído?, o ¿cómo creerán en Él sin haber oído de Él?, y ¿cómo oirán si nadie les predica?, ¿y cómo predicarán si no son enviados?” (Rom 10, 14-15).
Por ello, la Iglesia anuncia el mensaje de salvación a los no creyentes para que todos conozcan al único Dios verdadero y a su enviado Jesucristo y se conviertan de sus caminos haciendo penitencia. Debe predicar a los creyentes continuamente la fe y la penitencia, debe prepararlos además para los sacramentos, enseñarles a guardar todo lo que Cristo mandó y animarlos a toda clase de obras de caridad, piedad y apostolado, mediante las cuales se manifieste que los cristianos, aunque no son de este mundo, sin embargo, son luz del mundo y glorifican al Padre ante los hombres.” (constitución, “Sacrosanctum Concilium”, nº 9)
31. LA FE Y LA LITURGIA (2). “Aunque la sagrada liturgia es, principalmente, culto a la Divina Majestad, contiene también una gran instrucción para el pueblo fiel. En efecto, en la liturgia Dios habla a su pueblo: Cristo sigue anunciando el Evangelio. El pueblo responde a Dios con cánticos y oraciones.
Incluso las oraciones dirigidas a Dios por el sacerdote –que preside la asamblea representando a Cristo- se dicen en nombre de todo el pueblo santo y de todos los presentes. Los signos visibles que la sagrada liturgia utiliza para significar las realidades divinas invisibles han sido elegidos por Cristo o por la Iglesia. De ahí que no sólo cuando se lee “lo que se ha escrito para nuestra enseñanza” (Rom 15,4), sino también cuando la Iglesia ora, canta o actúa, se alimenta la fe de los asistentes y las mentes se elevan hacia Dios para tributarle un culto razonable y recibir su gracia con mayor abundancia.” (constitución, “Sacrosanctum Concilium”, del nº 33)
32. FE Y SALVACIÓN. “El santo Sínodo dirige su atención en primer lugar a los católicos. Basado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Cristo, en efecto, es el único Mediador y camino de salvación que se nos hace presente en su Cuerpo, en la Iglesia. Él, al inculcar con palabras, bien explícitas, la necesidad de la fe y del bautismo (cf. Mc 16,16; Jn 3,5), confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que entran los hombres por el bautismo como por una puerta. Por eso no podrían salvarse los que, sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella.” (constitución, “Lumen gentium”, del nº 14)
33. FE Y APOSTOLADO DE LOS LAICOS. “La misión de la Iglesia tiende a la salvación de los hombres, que se consigue por la fe en Cristo y por su gracia. Por tanto, el apostolado de la Iglesia y de todos sus miembros se ordena, sobre todo, a manifestar al mundo el mensaje de Cristo mediante palabras y obras, y a comunicar su gracia. Esto se realiza principalmente mediante el ministerio de la palabra y los sacramentos, encomendado de modo especial al clero, pero en el que los laicos tienen también que cumplir un papel de gran importancia, siendo “cooperadores de la verdad” (3 Jn 8). En este punto, el apostolado de los laicos y el ministerio pastoral se complementan mutuamente de modo muy especial.
A los laicos se les presentan innumerables ocasiones para ejercer el apostolado de evangelización y santificación. Ya el mismo testimonio de vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son eficaces para atraer a los hombres a la fe. “Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16).” (decreto, “Apostolicam actuositatem”, del nº 6)
34. FE Y TESTIMONIO DE VIDA DE LOS LAICOS. “Cristo, el gran Profeta, que proclamó el Reino del Padre con el testimonio de su vida y con la fuerza de su palabra, realiza su función profética hasta la plena manifestación de su gloria. Los hace no sólo a través de la Jerarquía, que enseña en su nombre y con su poder, sino también por medio de los laicos. Él los hace sus testigos y les da el sentido de la fe y la gracia de la palabra (cf. Hech 2,17-18; Ap 19,10) para que la fuerza del Evangelio brille en la vida diaria, familiar y social. Ellos se muestran hijos de la promesa cuando, fuertes en la fe y en la esperanza, aprovechan el presente (cf. Ef 5,16; Col 4,5) y esperan con paciencia la gloria futura (cf. Rom 8,25). Pero no pueden esconder esta esperanza simplemente dentro de sí. Tienen que manifestarla incluso en las estructuras del mundo por medio de la conversión continua y de la lucha “contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal” (Ef 6,12).
Los sacramentos de la Nueva Ley, que alimentan la vida y el apostolado de los fieles, anticipan el cielo nuevo y la tierra nueva (Ap 21.1). De la misma manera, los laicos se convierten en eficaces predicadores de la fe en lo que se espera (cf. Heb 11,1) si unen si vacilaciones la profesión de fe con la vida de fe. Esta predicación del Evangelio, es decir, el anuncio de Cristo comunicado con el testimonio de vida y con la palabra, adquiere una nota específica y una eficacia particular por el hecho de que se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo.
En esta tarea tiene gran valor aquel estado de vida que está santificado con un sacramento especial: la vida matrimonial y familiar. Los laicos tienen ahí un ejercicio y una escuela magnífica para su apostolado cuando la religión cristiana penetra todo el plan de vida y lo transforma cada vez más. Los esposos tienen ahí su vocación propia para ser testigos, el uno para el otro y ambos para sus hijos, de la fe y del amor de Cristo. La familia cristiana proclama en voz alta tanto los valores del Reino de Dios ya presentes como la esperanza en la vida eterna. Así, con su ejemplo y testimonio, denuncia el pecado del mundo e ilumina a los que buscan la verdad.
Los laicos, por tanto, incluso cuando están ocupados en las cosas temporales, pueden y deben ejercer una acción valiosa para evangelizar al mundo. Algunos de ellos por falta de ministros sagrados o por verse impedidos éstos en caso de persecución, les suplen según sus posibilidades en algunas tareas sagradas. Y si muchos de ellos consagran todas sus fuerzas a la acción apostólica, conviene, sin embargo, que todos colaboren en la extensión y desarrollo del Reino de Cristo en el mundo. Por eso los laicos han de dedicarse con empeño a profundizar el conocimiento de la verdad revelada y han de pedir a Dios con insistencia el don de la sabiduría.” (constitución, “Lumen Gentium”, nº 35)
35. FE Y TESTIMONIO DE VIDA DE LOS LAICOS. “Los laicos cumplen en el mundo esta misión de la Iglesia, ante todo, con la coherencia entre su vida y su fe, por la que se convierten en luz del mundo; con la honradez en cualquier negocio, con la que atraen a todos al amor de la verdad y del bien y, finalmente, a Cristo y a la Iglesia; con el amor fraterno, por el que, dolores y aspiraciones de los hermanos, disponen, casi sin hacerlo notar, los corazones de los demás para la acción de la gracia salvadora; con la plena conciencia de su participación en la construcción de la sociedad, por la que se esfuerzan en desempeñar su actividad doméstica, social y profesional con magnanimidad cristiana. De este modo, su forma de actuar impregna paulatinamente el ambiente de su vida y de su trabajo. Este apostolado incumbe a todos allí donde se encuentren y no debe excluir ningún bien espiritual o temporal que tengan posibilidad de aportar. Pero los verdaderos apóstoles no se contentarán sólo con esta acción, sino que se esforzarán en anunciar a Cristo al prójimo también con la palabra. Pues muchos hombres sólo pueden recibir el Evangelio y conocer a Cristo a través de los laicos que les están cercanos.” (decreto, “Apostolicam actuositatem”, del nº 13)
36. LA FE Y LOS CRISTIANOS NO CATÓLICOS. “La Iglesia se siente unida por muchas razones con todos los que se honran con el nombre de cristianos a causa del bautismo, aunque no profesen la fe en su integridad o no conserven la unidad de la comunión bajo el sucesor de Pedro. Son muchos, en efecto, los que veneran la Sagrada Escritura como norma de fe y de vida y manifiestan un amor sincero por la religión, creen con amor en Dios Padre todopoderoso y en el Hijo de Dios Salvador y están marcados por el bautismo, por el que están unidos a Cristo, e incluso reconocen y reciben en sus propias Iglesias o Comunidades eclesiales otros sacramentos. Algunos de ellos tienen también el episcopado, celebran la sagrada eucaristía y fomentan la devoción a la Virgen Madre de Dios. Se añade a esto la comunión en la oración y en otros bienes espirituales, incluso una verdadera unción en el Espíritu Santo. Éste actúa, sin duda también en ellos, y los santifica con sus dones y gracias y, a algunos de ellos, les dio fuerzas incluso para derramar su sangre.
De esta manera, el Espíritu Santo suscita en todos los discípulos de Cristo el deseo de trabajar para que todos se unan en paz, de la manera querida pro Cristo, en un solo rebaño bajo un solo Pastor. La Madre Iglesia no deja de orar, de esperar y de trabajar para conseguirlo y anima a sus hijos a purificarse y renovarse para que la señal de Cristo brille con más claridad en el rostro de la Iglesia.” (constitución, ·Lumen Gentium”, nº 15)
37. FE Y MISIÓN. “Mediante la predicación del Evangelio, la Iglesia atare a los oyentes a la fe y a la confesión de fe, los prepara para el bautismo, los libra de la esclavitud del error y los incorpora a Cristo para que lleguen hasta la plenitud en Él por el amor. Realiza su tarea para que todo lo bueno que hay sembrado en el corazón y en la inteligencia de estos hombres, o en los ritos particulares, o en las culturas de estos pueblos, no sólo no se pierda, sino que mejore, se desarrolle y llegue a su perfección para gloria de Dios, para confusión del demonio y para felicidad del hombre. Todos los discípulos de Cristo han recibido el encargo de extender la fe según sus posibilidades. Pero. aunque cualquier creyente puede bautizar, sin embargo es propio del sacerdote consumar la construcción del Cuerpo con el sacrificio de la Eucaristía. Así se cumplen las palabras de Dios por medio del profeta: “Mi nombre es grande en todos los pueblos situados entre la salida y la puesta del sol, y en todos los lugares se ofrece a mi nombre un sacrificio puro” (Mal 1,11). De esta manera, la Iglesia ora y trabaja al mismo tiempo para que la totalidad del mundo se transforme en Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu y para que en Cristo, Cabeza de todos, se dé todo honor y toda gloria al Creador y Padre de todos.” (constitución, “Lumen Gentium”, del nº 17)
38. FE Y APOSTOLADO DE LOS LAICOS. “Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del apostolado de la Iglesia, es evidente que la fecundidad del apostolado de los laicos depende de la unión vital con Cristo, pues, según dice el Señor, “el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer” (Jn 15,15). Esta vida de íntima unión con Cristo en la Iglesia se alimenta con los auxilios espirituales que son comunes a todos los fieles, principalmente con la participación activa en la sagrada liturgia; los laicos han de utilizar esos medios de modo que, mientras desempeñan rectamente la tarea del mundo en las circunstancias ordinarias de la vida, no establezcan una separación entre su vida y la unión con Cristo, antes bien, crezcan en esa unión al ejercer su trabajo según la voluntad de Dios. Es necesario que, por este camino, los laicos avancen en santidad, con espíritu decidido y alegre, esforzándose por superar las dificultades con prudencia y paciencia. Ni las preocupaciones familiares ni los demás asuntos temporales deben ser ajenos a la dimensión espiritual de toda su vida, según las palabras del Apóstol: “Todo cuanto hacéis de palabra o de obra, hacedlo todo en nombre del Señor Jesucristo, dando garcias a Dios Padre por Él” (Col 3,17)
Una vida así exige un ejercicio continuo de fe, esperanza y caridad.
Solamente con la luz de la fe y la meditación de la palabra de Dios es posible reconocer siempre y en todo lugar a Dios, en quien “vivimos, nos movemos y existimos” (Hech 17,28); buscar su voluntad en todos los acontecimientos, ver a Cristo en todos los hombres, tanto cercanos como extraños; juzgar rectamente sobre la verdadera significación y el valor de las realidades temporales, consideradas en sí mismas y en orden al fin del hombre.” (decreto, “Apostolicam actuositatem”, del nº 4)
39. FE Y FAMILIA. “El Creador de todas las cosas estableció la sociedad conyugal como punto de partida y fundamento de la sociedad humana, y con su gracia la convirtió en sacramento grande en Cristo y en la Iglesia (cf. Ef 5,32). Por ello, el apostolado de los esposos y las familias tiene singular importancia tanto para la Iglesia como para la sociedad civil.
Los esposos cristianos son mutuamente para sí, para sus hijos y para los restantes familiares, cooperadores de la gracia y testigos de la fe. Son para sus hijos los primeros predicadores y educadores de la fe; con su ejemplo y su palabra los forman para la vida cristiana y apostólica, los ayudan prudentemente a elegir la vocación y fomentan con todo cuidado la vocación sagrada cuando despunta en ellos.” (decreto, “Apostolicam actuositatem”, del nº 11)
40. FE Y CARISMAS EN EL PUEBLO CRISTIANO. “El pueblo santo de Dios participa también del carácter profético de Cristo dando un testimonio vivo de Él, sobre todo con la vida de fe y amor, y ofrendo a Dios un sacrificio de alabanza, fruto de unos labios que aclaman su nombre (cf. Heb 13,15). La totalidad de los fieles que tienen la unción del Santo (1 Jn 2,20 y 27) no puede equivocarse en la fe. Se manifiesta esta propiedad suya, tan peculiar, en el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo: cuando “desde los obispos hasta el último de los laicos cristianos” muestran estar totalmente de acuerdo en cuestiones de fe y de moral. El Espíritu de la verdad suscita y sostiene ese sentido de la fe. Con él, el Pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio al que obedece con fidelidad, recibe, no ya una simple palabra humana, sino la palabra de Dios (cf. 1 Tes 2,13). Así se adhiere indefectiblemente “a la fe transmitida a los santos de una vez para siempre” (Jud 3), la profundiza con un juicio recto y la aplica cada día más plenamente en la vida.” (constitución, “Lumen gentium”, del nº 12)
41. FE Y SANTIDAD. En los diversos géneros de vida y ocupación, todos cultivan la misma santidad. En efecto, todos, por la acción del Espíritu de Dios, obedientes a la voz del Padre, adorando a Dios Padre en espíritu y en verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y con la cruz a cuestas para merecer tener parte en su gloria. Sin embargo, cada uno, según sus dones y funciones, debe avanzar con decisión por el camino de la fe viva, que suscita esperanza y se traduce en obras de amor.” (constitución, “Lumen gentium”, del nº 41)
5. La Iglesia comunidad de fe
42. LA IGLESIA COMUNIDAD DE FE. “Cristo, el único Mediador, estableció en este mundo su Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y amor, como un organismo visible. La mantiene así sin cesar para comunicar por medio de ella a todos los la verdad y la gracia. Pero la sociedad dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo místico de Cristo, el grupo visible y la comunidad espiritual, la Iglesia de la tierra y la Iglesia llena de bienes del cielo, no son dos realidades distintas. Forman más bien una realidad compleja en la que están unidos el elemento divino y el humano. Por eso, a causa de esta analogía nada despreciable, es semejante al misterio del Verbo encarnado. En efecto, así como la naturaleza humana asumida está al servicio del Verbo divino como órgano vivo de salvación que le está indisolublemente unido, de la misma manera el organismo social de la Iglesia está al servicio del Espíritu de Cristo que le da vida para que el cuerpo crezca (cf. Ef 4,16)
43. IGLESIAS PARTICULARES Y FE. “La santa Iglesia católica, que es Cuerpo místico de Cristo, consta de fieles que se unen orgánicamente al Espíritu Santo por la misma fe, los mismos sacramentos y el mismo gobierno, y que, agrupadas en varias comunidades unidas por la jerarquía, constituyen Iglesias particulares o ritos. Entre ellas rige una admirable comunión, de tal modo que su variedad en la Iglesia no sólo no daña a su unidad, sino que más bien la manifiesta; es, pues, deseo de la Iglesia católica que las tradiciones de cada Iglesia particular o rito se conserven y mantengan íntegras, y quiere igualmente adaptar su forma de vida a las distintas necesidades de tiempo y lugar.” (decreto, “Orientalium Ecclesiarum”, del nº 2)
44. JERARQUÍA Y FE. “Cristo el Señor, para dirigir al Pueblo de Dios y hacerle progresar siempre, instituyó en su Iglesia diversos ministerios que están ordenados al bien de todo el Cuerpo. En efecto, los ministros que poseen la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos para que todos los que son miembros del Pueblo de Dios y tienen, por tanto, la verdadera dignidad de cristianos, aspirando al mismo fin, en libertad y orden, leguen a la salvación.
Este sagrado Sínodo, en continuidad con el Vaticano I, enseña y declara con él que Jesucristo, Pastor eterno, edificó su santa Iglesia enviando a su vez a los Apóstoles como Él mismo había sido enviado por el Padre (cf. Jn 20,21). Cristo quiso que los sucesores de los Apóstoles, es decir, los obispos, fueran en su Iglesia pastores hasta la consumación del mundo. Ahora bien, a fin de que el episcopado fuera uno y no estuviera dividido, puso a Pedro al frente de los demás Apóstoles e instituyó en él para siempre el principio y fundamento perpetuo y visible, de la unidad de la fe y de comunión. El sagrado Sínodo propone de nuevo a todos los fieles como verdad de fe la institución, perpetuidad, poder y razón de ser del sagrado primado del Romano Pontífice y de su magisterio infalible. Prosiguiendo en la tarea comenzada, quiere proponer y declarar ante todos la doctrina acerca de los obispos, sucesores de los Apóstoles, que dirigen junto con el sucesor de Pedro, Vicario de Cristo y Cabeza visible de toda la Iglesia, la casa de Dios vivo.” (constitución, “Lumen gentium” nº 18)
45. FE Y ECUMENISMO (1). “Hay que conocer la mentalidad de los hermanos separados. Para esto se requiere necesariamente un estudio que debe realizarse según la verdad y con espíritu benévolo. Los católicos adecuadamente preparados deben adquirir un mejor conocimiento de la doctrina y de la historia, de la vida espiritual y cultual, de la psicología religiosa y de la cultura propia de los hermanos. Ayudan mucho a conseguir este conocimiento las reuniones den ambas partes, para principalmente discutir cuestiones teológicas, en un nivel de igualdad, siempre que los que participan en ellas, bajo la vigilancia de los prelados, sean verdaderamente expertos. De este diálogo se obtendrá un conocimiento más claro aún de cuál es el verdadero carácter de la Iglesia católica. Por este camino también se conocerá mejor la mentalidad de los hermanos separados y se les expondrá más adecuadamente la fe.” (decreto, “Unitatis redintegratio”, nº 9)
46. FE Y ECUMENISMO (2). “El modo y el sistema de expresar la fe católica no deben convertirse de ninguna manera en un obstáculo para el diálogo con los hermanos. Es del todo necesario que se exponga claramente toda la doctrina. No hay nada tan ajeno al ecumenismo como ese falso irenismo que daña la pureza de la doctrina católica y oscurece su sentido genuino.
Al mismo tiempo, la fe católica debe ser explicada con mayor profundidad y exactitud, con una forma y un lenguaje que los hermanos separados puedan comprender también rectamente.
Además, los teólogos católicos, afianzados en la doctrina de la Iglesia, deben seguir adelante en el diálogo ecuménico con amor a la verdad, caridad y humildad, investigando juntamente con los hermanos separados sobre los misterios divinos. Al comparar las doctrinas, han de recordar que existe un orden o “jerarquía” de las verdades de la doctrina católica, puesto que es diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana. Así se preparará el camino por el cual todos, por esta emulación fraterna, se estimularán a un conocimiento y a una exposición más clara de las riquezas de Cristo.” (decreto, “Unitatis redintegratio” nº 11)
47. FE Y LIBERTAD RELIGIOSA. “Ciertamente, Dios llama a los hombres a servirle en espíritu y en verdad. Por ello, quedan vinculados por su conciencia, pero no coaccionados. Pues Dios tiene en cuenta la dignidad de la persona humana, creada por Él, que debe guiarse por su propio criterio y disfrutar de libertad.
Esto se hizo patente, sobre todo, en Cristo Jesús, en el que Dios mismo se manifestó a Sí mismo y descubrió sus caminos. En efecto, Cristo, que es nuestro Maestro y Señor, manso y humilde de corazón, atrajo e invitó pacientemente a sus discípulos. Apoyó y confirmó su predicación con milagros para suscitar y comprobar la fe de los oyentes, no para ejercer coacción en ellos. Ciertamente, reprobó la incredulidad de los oyentes, pero dejando a Dios el castigo para el día del Juicio. Al enviar a los Apóstoles al mundo les dijo: “El que creyere y fuere bautizado, se salvará; mas el que no creyere, se condenará” (Mc 16,16). El mismo, sabiendo que se había sembrado cizaña con el trigo, mandó que se permitiera crecer a los dos hasta la siega, que tendrá lugar el fin del mundo. Negándose a ser un Mesías político y dominador por la fuerza, prefirió decir que él era el Hijo del hombre, que ha venido “a servir y dar su vida para redención de muchos” (Mc 10,45). Se ofreció como el Siervo perfecto de Dios, que “no rompe la caña cascada ni extingue la mecha humeante” (Mt 12,20). Reconoció los derechos del poder civil al ordenar dar el tributo al César, pero advirtió con claridad que deben respetarse los derechos superiores de Dios: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21). Finalmente, completando en la cruz la obra de redención, con la que adquirió la salvación y la verdadera libertad para los hombres, concluyó su revelación. Dio testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradecían. Pues su Reino no se defiende a golpes, sino que se establece dando testimonio de la verdad y oyéndola, y crece por el amor con que Cristo, exaltado en la cruz, atrae a los hombres hacia Él.” (declaración, “ Dignitatis humanae”, del nº11)
6. La fe y la Santísima Virgen
48. LA FE Y LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA.
- “Por eso es también saludada como miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia y como su prototipo y modelo destacadísimo en la fe y en el amor. La Iglesia católica, enseñada por el Espíritu Santo, la honra como a madre amantísima con sentimientos de piedad filial” (constitución, “Lumen gentium”, del nº 53)ç
- “Por eso no pocos Padres antiguos, en su predicación, coincidieron gustosos con él al afirmar: “el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe, lo desató la Virgen María por su fe”. Comparándola con Eva, llaman a María “Madre de los vivientes” y afirman con mayor frecuencia: “la muerte vino por Eva, la vida por María.” (constitución, “Lumen gentium”, del nº 56)
- “Así también la Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie (cf. Jn 19,25), sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima. Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras: “Mujer, ahí tiene a tu hijo” (cf. Jn 19, 26-27).” (constitución, “Lumen gentium”, del nº 58)
- “La Santísima Virgen, predestinada desde la eternidad como Madre de Dios junto con la encarnación del Verbo de Dios por decisión de la divina Providencia, fue en la tierra la excelsa Madre del divino Redentor, la compañera más generosa de todas y la humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, sufriendo con su Hijo que moría en la cruz, colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia.” (constitución, “Lumen gentium”, nº 61)
- “La Bienaventurada Virgen, por el don y la función de ser Madre de Dios, por la que está unida al Hijo Redentor, y por sus singulares gracias y funciones, está también íntimamente unida a la Iglesia. La Madre de Dios es figura de la Iglesia, como ya enseñaba san Ambrosio: en el orden de la fe, del amor y de la unión perfecta con Cristo. Ciertamente, en el misterio de la Iglesia, que también es llamada con razón madre y virgen, la Santísima Virgen María fue por delante mostrando en forma eminente y singular el modelo de virgen y madre. En efecto, por su fe y su obediencia engendró en la tierra al Hijo mismo del Padre, ciertamente sin conocer varón, cubierta con la sombra del Espíritu Santo, como nueva Eva, prestando fe no adulterada por ninguna duda al mensaje de Dios, y no a la antigua serpiente. Dio a luz al Hijo, al que Dios constituyó el mayor de muchos hermanos (Rom 8,29), es decir, de los creyentes, a cuyo nacimiento y educación colabora con amor de madre.” (consitución, “Lumen gentium”, nº 63)
- “La Iglesia, procurando la gloria de Cristo, se hace más semejante a su excelso modelo, progresando continuamente en la fe, la esperanza y el amor y buscando y obedeciendo la voluntad de Dios en todo. Por eso, también en su acción apostólica, la Iglesia con razón mira hacia aquella que engendró a Cristo, concebido del espíritu Santo y nacido de la Virgen, para que por medio de la Iglesia nazca y crezca también en el corazón de los creyentes. La Virgen fue en su vida ejemplo de aquel amor de madre que debe animar a todos los que colaboran en la misión apostólica de la Iglesia para engendrar a los hombres a una vida nueva.” (consituticón, “Lumen gentium”, del nº 65)
7. La fe y el hombre contemporáneo
49. LA FE Y EL HOMBRE CONTEMPORÁNEO (1). PREGUNTAS. “En nuestros días, la humanidad, admirada de sus propios descubrimientos y su propio poder, se plantea, sin embargo, muchas veces preguntas angustiosas sobre la evolución actual del mundo, el lugar y la función del hombre en el universo, el sentido de su esfuerzo individual y colectivo y, sobre todo, el fin último de las cosas y de los hombres. Por ello, el Concilio, testificando y exponiendo la fe de todo el Pueblo de Dios, congregado por Cristo, no puede mostrar de modo más elocuente la solidaridad, respeto y amor de éste hacia toda la familia humana, en la que está inserto, que entablando con ella un diálogo sobre todos estos problemas, aportando la luz tomada del Evangelio y suministrando a la humanidad las fuerzas salvíficas que la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, recibe de su Fundador. Hay que salvar, en efecto, a la persona humana y renovar la sociedad humana. Por consiguiente, el hombre, pero el hombre en su unidad y totalidad, con cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad, será el eje de toda nuestra exposición.” (constitución, “Gaudium et spes”, del nº 3)
50. LA FE Y EL HOMBRE CONTEMPORÁNEO (2). VÍAS DE SOLUCIÓN. “El Pueblo de Dios, movido por la fe, por la cual cree que es guiado por el Espíritu del Señor, que llena el orbe de la tierra, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos que comparte con sus contemporáneos, cuáles son los signos verdaderos de la presencia o del designio de Dios. Pues la fe ilumina todo con una luz nueva y manifiesta el plan divino sobre la vocación integral del hombre, y por ello dirige la mente hacia soluciones plenamente humanas.” (constitución, “Gaudium et spes”, del nº 11)
51. LA FE Y EL HOMBRE CONTEMPORÁNEO (3). LA MUERTE. “Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, sin embargo, aleccionada por la Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz más allá de los límites de la miseria terrestre. La fe cristiana enseña que la muerte corporal, de la cual el hombre se habría librado si no hubiera pecado, será vencida cuando el Salvador, omnipotente y misericordioso, restituya al hombre la salvación, perdida por su culpa. Pues Dios llamó y llama al hombre para que se adhiera a Él con toda su naturaleza, en la perpetua comunión de la incorruptible vida divina. Cristo resucitado a la vida ha conseguido esta victoria, liberando con su muerte al hombre de la muerte. Así pues, la fe, apoyada en sólidos argumentos, ofrece a todo hombre que reflexiona una respuesta a su ansiedad sobre su destino futuro, y le da al mismo tiempo la posibilidad de una comunión en Cristo con los hermanos queridos arrebatados ya por la muerte, confiriéndoles la esperanza de que ellos han alcanzado en Dios la vida verdadera.” (constitución, “Gaudium et spes”, del nº 18)
52. LA FE Y EL HOMBRE CONTEMPORÁNEO (4). EL FENÓMENO DEL ATEÍSMO. “Con la palabra “ateísmo” se designan fenómenos muy diferentes entre sí. Pues mientras unos niegan expresamente la existencia de Dios, otros piensan que el hombre no puede afirmar absolutamente nada sobre Él; hay otros que someten a examen el problema de Dios con tal método que parece carecer de sentido. Muchos, rebasando indebidamente los límites de las ciencias positivas, pretenden explicar todo sólo con la razón científica o, por el contrario, no admiten la existencia de ninguna verdad absoluta. Algunos exaltan tanto al hombre, que la fe en Dios resulta debilitada, ya que les interesa más, según parece, la afirmación del hombre que la negación de Dios. Otros se representan a Dios de tal manera que esa falsa imagen, que rechazan, no es de ningún modo el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera se plantean las cuestiones acerca de Dios, porque no parecen sentir inquietud religiosa ni advierten por qué han de ocuparse de la religión. Además, muchas veces el ateismo surge, bien de una violenta protesta contra el mal en el mundo, bien de una adjudicación indebida del carácter absoluto a algunos bienes humanos que son considerados prácticamente como dioses. La misma civilización actual, no por sí misma, sino porque está demasiado enredada en las realidades humanas, puede dificultar a veces el acceso a Dios.” (constitución, “Gaudium et spes”, del nº 19)
53. LA FE Y EL HOMBRE CONTEMPORÁNEO (5). REMEDIOS ANTE EL ATEÍSMO. El remedio que se ha de aplicar al ateísmo hay que buscarlo en la exposición adecuada de la doctrina y en la integridad de la vida de la Iglesia y de sus miembros. La Iglesia tiene que hacer presentes y casi visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado, renovándose y purificándose sin cesar bajo la guía del Espíritu Santo. Esto se obtiene, en primer lugar, con el testimonio de una fe viva y madura educada para ser capaz de percibir con lucidez las dificultades y superarlas. Numerosos mártires dieron y dar preclaro testimonio de esta fe. Fe que debe manifestar su fecundidad impregnando toda la vida de los creyentes, también la profana, e impulsándolos a la justicia y al amor, sobre todo con los necesitados. A la manifestación de la presencia de Dios contribuye, finalmente, sobre todo, la caridad fraterna de los fieles, que con espíritu unánime colaboran con la fe del Evangelio y se muestran como signo de unidad.” (constitución, “Gaudium et spes”, del nº 21)
54. LA FE Y EL HOMBRE CONTEMPORÁNEO (6). ACTIVIDAD COTIDIANA. “El Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de las dos ciudades, a que se afanen por cumplir fielmente sus deberes temporales, guiados por el Espíritu del Evangelio. Se alejan de la verdad quienes, sabiendo que nosotros no tenemos aquí una ciudad permanente, sino que buscamos la futura, piensan que pueden por ello descuidar sus deberes terrestres, sin comprender que ellos por su misma fe están más obligados a cumplirlos, cada uno según su vocación a la que ha sido llamado. Pero no se equivocan menos quienes, por el contrario, piensan que pueden sumergirse en los negocios terrestres, como si éstos fueran totalmente ajenos a la vida religiosa, porque piensan que ésta consiste sólo en actos de culto y en el cumplimiento de algunos deberes morales. La separación entre la fe que profesan y la vida cotidiana de muchos debe ser considerada como uno de los errores más graves de nuestro tiempo. Ya en el Antiguo Testamento los profetas condenaban vehementemente este escándalo, y mucho más en el Nuevo Testamento, donde el mismo Jesucristo amenazaba por él con grandes castigos. Por consiguiente, no deben oponerse falsamente entre sí las actividades profesionales y sociales, por una parte, y la vida religiosa por otra. El cristiano que descuida sus deberes temporales, descuida sus deberes con el prójimo, e incluso al mismo Dios y pone en peligro su salvación eterna. Siguiendo el ejemplo de Cristo, que ejercitó un trabajo manual, alégrense más bien los cristianos de poder ejercer todas sus actividades terrestres, uniendo en una síntesis vital los esfuerzos humanos, domésticos, profesionales, científicos o técnicos con los bienes religiosos, bajo cuya altísima ordenación todo se coordina para la gloria de Dios.” (constitución, “Gaudium et spes”, del nº 43)
55. LA FE Y EL HOMBRE CONTEMPORÁNEO (7). LOS PRESBÍTEROS. “Los presbíteros deben tener presente que nunca están solos en la realización de su tarea, sino que Dios todopoderoso les ayuda con su poder. Con la fe en Cristo, que los llamó a participar de su sacerdocio, y, con toda confianza, han de entregarse a su ministerio sabiendo que Dios es capaz de aumentar en ellos el amor. También han de recordar que tienen como compañeros a sus hermanos en el sacerdocio, más aún, incluso a los creyentes de todo el mundo. En efecto, todos los presbíteros colaboran en la realización del plan de salvación de Dios, es decir, en el misterio o sacramento de Cristo, escondido desde toda la eternidad en Dios. Esto sólo se hace realidad poco apoco, mediante la colaboración de todos los ministerios en la construcción del Cuerpo de Cristo, hasta que se llegue a la plenitud de la madurez. Todo esto está escondido con Cristo en Dios. Por eso puede percibirse, sobre todo, por la fe. Es necesario, en efecto, que los guías del Pueblo de Dios caminen movidos por la fe, siguiendo el ejemplo de Abrahán, el creyente. Éste, por la fe, “obedeció para ir al lugar que recibiría como herencia, y salió, sin saber adónde iba” (Heb 11,8). Sin duda, el administrador de los misterios de Dios se parece al sembrador del que dijo el Señor: “ya duerma o esté levantado, noche y día la semilla germina y crece sin que él se dé cuenta” (Mc 4,27). Por los demás, el Señor Jesús, que dijo: “Tened confianza, yo he vencido al mundo” (Jn 16,33), no prometió a su Iglesia con estas palabras una victoria total en este mundo. Pero el sacrosanto Sínodo, se alegra de que la tierra sembrada con la semilla del Evangelio ahora da fruto en muchos lugares bajo la guía del Espíritu del Señor. Es el Espíritu el que llena el orbe de la tierra y el que suscita en los corazones de muchos sacerdotes y fieles un espíritu verdaderamente misionero. El sacrosanto Sínodo, lleno de amor, agradece todo eso a todos los presbíteros del mundo: “Al que es capaz de hacer mucho más de lo que pedimos o comprendemos, según el poder que actúa en nosotros: a Él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús (Ef 3, 20-21).” (decreto, “Presbyterorum ordinis”, del nº 22)
(Selección de textos: Julio Banacloche Pérez)
(Textos imprimidos en 2012 como cuadernillo distribuido de forma gratuita y restringida)
No hay comentarios:
Publicar un comentario