martes, 12 de diciembre de 2023

PREGUNTAS DEL SEÑOR

 

PRESENTACIÓN

En la fiesta de san José de 2017, con motivo del “día del padre” recibí el regalo de un libro titulado “Las preguntas ESCUETAS del Evangelio”, de Ermes Ronchi, religioso servita que predicó los ejercicios espirituales al papa Francisco y a la Curia Romana. Se trataba de diez preguntas. En la festividad de la Epifanía de 2022, los “Reyes Magos” me trajeron como regalo el libro “Las preguntas de Jesús”, de Ludwig Monti, en cuya introducción el autor dice: “según mis cálculos, Jesús planteó 217 preguntas (dentro de 136 pasajes porque en alguno hay varias preguntas) y recibió 141 (en 118 pasajes). Aunque antes, en esa misma página, avisaba el autor de que a su pregunta ¿cuántas son las preguntas planteadas por Jesús? había recibido como respuesta “desde un mínimo de 3 a un máximo de 100”. Y esos fueron los orígenes de este escrito.

La relación de preguntas y los textos que las acompañan aparecieron a lo largo de dos años en un blog semanal digital formando parte de la página segunda que habitualmente contiene textos religiosos. En ella, a partir del texto del libro: “Sinopsis concordada de los cuatro evangelios”, de Juan Leal, S.I. BAC, Madrid, 1961, y siguiendo su orden cronológico y la redacción de los textos de aquel año, se ha llegado al resultado que aquí se presenta. Total: 114 preguntas de Jesús. Pero en ese número de preguntas hay alguna que coincide con otras, como es frecuente en “los evangelios sinópticos”. En esos casos, se ha elegido uno de los textos y, si es significativa la diferencia con otros, se ha señalado en el comentario. Atendiendo a la literalidad y no a los contextos las preguntas serían muchas más. Finalmente hay que decir que, en labor de “corta, pega”, como una secuela de lo escrito cada semana en el blog, se ha elaborado la composición de textos que se presenta en esta consideración final.   

También es recomendable conocer, para quien quisiera hacerlo sobre este tema, una relación bibliográfica.  Se puede empezar, además de por el libro de Ronchi, por la relación contenida en las notas a pie de página del citado libro de Monti, entre otros: “The Questions of Jesus”, Image, New York 2004; “But Who So You Say I AM”, de J. Marshall, Ambassador, Worchester (Massachusetts); “Le domande di Gesu nel vangelio di Marco. Approccio pragmatico: ricorrenze, uso e funzioni”, Glossa, Milano 1998; “Le domande del vangelio di Giovanni. Analisi narrativa delle questioni presenti in Gv 1-2”, Citadella, Assisi, 2013. Y para preguntas en toda la Biblia: “All the Questions in de Bible”, J.L. Hancock, 2011.

Con el deseo de que este escrito pueda ser de utilidad espiritual e intelectual.

SUMARIO

I. Así empezó la historia

a) Nació en Belén de Juda

b) El Niño Jesús

c) El joven Jesús

II. Y el Señor pregunta

1) ¿Por qué me buscabáis? (Lc 2,49)

2) ¿Qué buscáis? (Jn 1,38)

3) ¿Qué nos va a ti y a mí? (Jn 2,4)

4) ¿Cómo creeréis si os hablare cosas del cielo? (Jn 3,12)

5) ¿No decís vosotros que todavía faltan cuatro meses mientras llega la siega? (Jn 4,35)

6) ¿Quieres curarte? (Jn 5,6)

7) ¿Cómo podéis creer vosotros que aceptáis la gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene sólo de Dios? (Jn 5,44)

8) ¿Qué es más fácil decir: Tus pecados están perdonados; o decir: Levántate y anda? (Mt 9,3)

9) ¿Esto os escandaliza? Pues ¿si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes? (Jn 6,60)

10) ¿Pueden los convidados al banquete estar tristes mientras está con ellos el esposo? (Mt 9,15)

12) ¿Es lícito en sábado hacer bien o hacer mal, salvar una vida o matarla? (Lc 6,9)

13) Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su fuerza ¿con qué se salará? (Mt 5,13)

14) Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis, pues también los pecadores aman a los que los aman? (Lc 6,32)

15) ¿No vale la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? (Mt 6,25)

16) ¿Puede un ciego guiar a otro ciego? (Lc 6,39)

17) ¿O habrá entre vosotros alguno a quien su hijo le pida pan y le dé una piedra? (Mt 7,9)

18) Mujer, ¿dónde están tus acusadores? (Jn 8,10)

19) ¿Por ventura se cogen uvas de los espinos o higos de los zarzales? (Mt 7,16)

20) ¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que digo? (Lc 6,46)

21) Entonces ¿qué habéis ido a ver? ¿A un profeta? (Lc 7,26)

22) ¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? (Mt 11,7)

23) ¿Y con quien compararé a los hombres de esta generación? ¿a quién se parecen? (Lc 7,31)

24) ¿Quién, pues, de ellos le amará más? (Lc 7,42)

25) ¿Quién de estos tres te parece que se mostró prójimo del que cayó en manos de los ladrones? (Lc 10,36)

26) ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide pan, le dé una piedra? (Lc 11,11)

27) ¿Cómo puede Satanás arrojar a Satanás? (Mc 3,23)

28) ¿Cómo podéis decir cosas buenas, si sois malos? (Mt 12,34)

29) ¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?

30) ¿No entendéis esta parábola? (Mc 4,13)

31) ¿Por ventura se tiene la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama? (Mc 4,21)

32) Quien hizo lo exterior ¿no hizo también lo interior? (Lc 11,40)

33) ¿No venden cinco pájaros por dos ases? (Lc 12,6)

34) Hombre, ¿quién me ha hecho a mi vuestro juez o repartidor? (Lc 12,14)

35) ¿Quién de vosotros, con angustiarse, puede añadir un codo a su existencia? (Lc 12,25)

36) ¿Quién será el administrador prudente y fiel a quien el señor ponga al frente de su servidumbre para que le dé a su tiempo la comida correspondiente? (Lc 12,42)

37) “Fuego he venido a traer a la tierra y ¿qué quiero sino que arda? (Lc 12,49)

38) ¿Cómo no estudiáis este tiempo? ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo justo? (Lc 12,56)

39) ¿Creéis vosotros que esos galileos eran más pecadores que los demás por haber sufrido semejante suerte? (Lc 13,2)

40) ¿No se podía soltar de su ligadura en día de sábado? (Lc 13,16)

41) ¿Cómo compararemos el reino de Dios o con qué parábola lo describiremos?” (Mc 4,30)

42) ¿Dónde está vuestra fe? (Lc 8,25)    

43) ¿Cómo te llamas? (Mc 5,9)

44) ¿Quién me ha tocado? (Lc 8,45)

45) ¿Por qué alborotáis y gritáis? (Mc 5,39)

46) ¿Creéis que yo puedo hacer eso? (Mt 9,28)

47) ¿Es lícito curar en sábado o no? (Lc 14,3)

48) ¿Quién de vosotros, si su hijo o su buey cae en un pozo, no lo saca en seguida en el día de sábado? (Lc 14,5)

49) ¿Quién de vosotros que quiere construir una torre, no se sienta primero para calcular los gastos a ver si tiene para acabar? … O ¿qué rey, que ha de hacer guerra a otro rey, no se pone primero a considerar si será capar con diez mil hombres de salir al encuentro del que viene contra él con veinte mil? (Lc 14,28.31)

50) ¿Quién de vosotros que tenga cien ovejas y pierda una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va en busca de la oveja perdida hasta que la encuentra? … O ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende la lámpara y barre la casa y la busca con gran diligencia hasta que la encuentra? (Lc 15, 3.8)

51) Si, pues, no habéis sido fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Y si no habéis sido fieles en lo ajeno, ¿quién os dará lo vuestro? (Lc 16,11-12)

52) ¿No se venden dos pajaritos por un as? (Mt 10,29)

53) ¿Dónde podemos comprar pan para que coman éstos? (Jn 6,5)    

54) Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mt 14,25-31)

55) ¿Queréis también marcharos vosotros? (Jn 6,67)

56) ¿Y por qué vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios, por vuestra tradición? (Mt 15,3)

57) ¿También estáis vosotros sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que entra en la boca pasa al vientre y es arrojado al estercolero? (Mt 15,16)

58) ¿Cuántos panes tenéis? (Mt 15,34)

59) ¿Y no podéis discernir los signos de los tiempos? (Mt 16,3); ¿Por qué pide esta generación una señal? (Mc 8,12)

60) ¿Por qué pensáis dentro de vosotros, hombres de poca fe, que no tenéis pan? ¿No comprendéis ni os acordáis de los cinco panes de los cinco mil hombres y cuántos canastos recogisteis? ¿Ni los siete panes y los cuatro mil hombres y cuántas espuertas recogisteis? Pues ¿cómo no comprendéis que no os he hablado de panes al decir guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos? (Mt 16,8-11)

61) ¿Quién dice la gente que soy yo? (Mc 8,37; cf. Mt 16,13, Lc 9,18)

62) “Pero vosotros ¿quién decís que soy yo?” (Mc 8,29)  

63) ¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?; ¿qué dará el hombre a cambio de su alma?” (Mc 8,36) 

64) ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os voy a sufrir? (Mt 17,17)

65) ¿Qué te parece Simón? ¿De quiénes perciben los reyes de la tierra los tributos? ¿De sus hijos o de los extraños? (Mt 17,25)

66) ¿Qué os parece? Si uno tiene cien ovejas y se extravía una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueve en los montes y se irá a a buscar la extraviada? (Mt 18,12)

67) La sal es buena; pero si la sal se convierte en insípida ¿con qué se le dará sabor? (Mc 9,50)

68) ¿Quién de vosotros que tenga un siervo arando o con el rebaño le dirá cuando llegue del campo: entra enseguida y ponte a la mesa? Más bien le dirá: prepárame la cena y cíñete para servirme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú. ¿Por ventura tiene que agradecer al siervo el que haga lo que le manda? (Lc 17,7-9)

69) ¿No han sido curados los diez? ¿Dónde están los nueve? ¿No ha habido quien vuelva a dar gloria a Dios, sino sólo este extranjero? (Lc 17,17)       

70) ¿No os dio Moisés la ley y ninguno de vosotros la cumple? ¿Por qué pretendéis matarme? … ¿os irritáis contra mí porque he curado en sábado a todo el cuerpo? (Jn 7, 19.23)

71) “Mujer ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?” (Jn 8,10)

72) “… ¿Por qué hablo con vosotros? Mucho tengo que decir y condenar de vosotros… ¿Por qué no comprendéis mis palabras? … ¿Quién de vosotros puede convencerme de pecado? Si digo verdad, ¿por qué no me creéis?” (Jn 8,43-46)

73) ¿Tú crees en el Hijo del Hombre?” (Jn 9,35) 

74) ¿Qué os mandó Moisés?” (Mc 10,2)

75) ¿Por qué me llamas bueno? (Mc 10,18)

76) ¿No son doce las horas del día? (Jn 11,9)

77) ¿Crees tú eso? Dícele: Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que viene al mundo… Señor, ya huele; lleva cuatro días. Dícele Jesús: ¿No te he dicho que si creyeres verás la gloria de Dios? (Jn 11,26.40)

78) ¿Podéis beber el cáliz que yo beberé? (Mt 20,22)

79) ¿Qué quieres que te haga? (Lc 18,41)

80) ¿Por qué molestáis a esta mujer? (Mt 26,10)     

81) ¿No habéis leído nunca que de la boca de los pequeñitos y niños de pecho te has hecho alabar?” (Mt 21,16)

82) Ahora mi alma está turbada. ¿Qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? (Jn 12,27)

83) El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres? (Mt 21,25)

84) ¿Qué hará el amo de la viña?” (Mc 12,9)      

85) Hipócritas, ¿por qué me tentáis? … Díceles: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? (Mt 22,18)

86) ¿No habéis leído lo que os fue dicho por Dios cuando dice: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? (Mt 22,31)

87) ¿Qué os parece del Mesías? ¿De quién es hijo? ... ¿cómo David con inspiración le llama Señor cundo dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies? Si David le llama Señor ¿cómo es su hijo?” (Mt 22,41.45)

88) ¿Quién es pue, el siervo fiel y prudente a quien el Señor puso al frente de la servidumbre para que le dé a su tiempo la comida? (Mt 24,45)

89) ¿Quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es verdad que el que está a la mesa? (Lc 22,27)

90) ¿Sabéis lo que he hecho con vosotros? (Jn 13,12)

91) ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? (Jn 13,12).

92) Y dijo a todos: - Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias ¿os faltó algo? (Lc 22,35)

93) ¿No habéis podido velar una hora conmigo? (Mt 26,40)

94) ¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación (Lc 22,46)

95) ¿A quién buscáis? (Jn 18, 4)

96) ¿A quién buscáis (Jn 18,7)

97) Amigo, ¿a qué vienes? (Mt 26,50)

98) Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre? (Lc 22,48)

99) El cáliz que me ha dado mi Padre ¿No lo voy a beber?” (Jn 18,11)

100) ¿Habéis salido con espadas y palos, como a caza de un bandido? A diario estaba en el Templo con vosotros, y no me echasteis mano. Pero ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas” (Lc 22,52)

101) ¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros?” (Jn 18,34)

102) A media tarde, Jesús gritó: - Elí, Elí, lamá sabaktaní. (Es decir: - Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?)

103) Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?” (Jn 20,15)

104) ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino? (Lc 24,17)

105) ¿Qué cosas?  (Lc 24,19)

106) ¿No es verdad que era necesario que el Cristo padeciese estas cosas antes de entrar en su gloria?” (Lc 24,26)

107) ¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? (Lc 24,38)

108) ¿Tenéis ahí algo de comer?” (Lc 24,41)

109) ¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto” (Jn 20,29)

110) Muchachos ¿tenéis algo de comer? (Jn 21,5)

111) Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? (Jn 21,15)

112) Simón, hijo de Juan ¿me amas? (Jn 21,16)

113) ¿Me quieres? (Jn 21,17)

114) “Si yo quiero que él permanezca hasta que yo vuelva, ¿a ti, qué? Tú sígueme” (Jn 21,22)

III. SEMANA SANTA

IV. PASCUA DE RESURRECCIÓN

I. ASÍ EMPEZÓ LA HISTORIA

a) Nació en Belén de Judá

¡Navidad! Dios se hizo como nosotros por amor. Como había anunciado los profetas: “Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Sobre sus hombros está el imperio y lleva por nombre: Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la paz” (Is 9,5). Y también: “Pero tú, Belén Efrata, aunque tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti saldrá el que ha de ser dominador en Israel; sus orígenes son muy antiguos, de días remotos. Por eso él los entregará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz” (Mi 5,1-2).

“La generación de Jesucristo fue así. María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: – José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Enmanuel, que significa Dios-con-nosotros. Al despertarse, José hizo lo que el ángel del señor le había ordenado y recibió a su esposa. Y, sin que la hubiera conocido, dio ella a luz un hijo y le puso por nombre Jesús” (Mt 1,18-25)

“En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y cuando ellos se encontraban allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento” (Lc 2,1-7)

“Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. De improviso un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de luz. Y se llenaron de un gran temor. El ángel les dijo: - No temáis. Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el salvador, el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal; encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre. De pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace”. Cuando los ángeles les dejaron, marchándose hacia el cielo, los pastores se decían unos a otros: - Vayamos a Belén para ver esto que ha ocurrido y que el Señor nos ha manifestado. Y fueron presurosos y encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre. Al verlo reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas sobre el niño. Y todos los que lo oyeron se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho. María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón. Y los pastores regresaron, glorificando y alabando a Dios, por todo lo que habían oído y visto, según les fue dicho” (Lc 2,8-20)

b) El Niño Jesús

Año nuevo, lucha nueva. Tiempo de conversión animosa y esperanzada. Empezando con las primeras experiencias del Niño Jesús: “Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como le había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno” (Lc 2.21)

Puede ser conveniente traer aquí y en este punto el pasaje de la presentación del Niño y la purificación de María, a los cuarenta días de nacer: “Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor, y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor. Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. Así vino al templo movido por el Espíritu. Y al entrar los padres con el niño Jesús, para cumplir lo que prescribía la ley sobre él, lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo: -Ahora Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra… Vivía entonces una profetisa llamada Ana, hija de Famuel, de la tribu de Aser. Era de edad muy avanzada, había vivido con su marido siete años de casada y había permanecido viuda hasta los ochenta y cuatro años, sin apartarse del Templo, sirviendo con ayunos y oraciones noche y día. Y llegando en aquel mismo momento, alababa a Dios y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén” (Lc 2,22-29.36-38)

Después, para el cristiano, es obligado vivir con la Sagrada Familia otros dos pasajes evangélicos. Uno, posiblemente, ya en una casa en Belén. “Después de nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos magos llegaron de Oriente a Jerusalén, preguntando: -¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle. Al oír esto, el rey Herodes se inquietó y con él toda Jerusalén. Y, reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les interrogaba dónde había de nacer el Mesías. – En Belén de Juda -le dijeron-, pues así está escrito por medio del profeta… Entonces, Herodes, llamando en secreto a los Magos, se informó cuidadosamente por ellos del tiempo en que había aparecido la estrella; y les envió a Belén, diciéndoles: - Id e informaos bien acerca del niño, y cuando lo encontréis, avisadme para que también yo vaya a adorarle. Ellos después de oír al rey, se pusieron en marcha. Y, entonces, la estrella que habían visto en Oriente se colocó delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; luego abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Y, después de recibir en sueños aviso de no volver a Herodes, regresaron a su país por otro camino” (Mt 2,1-5.7-11).

El otro pasaje se narra a continuación. “Cuando se marcharon, un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “-Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que to te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. Él se levantó, tomo de noche al niño y a su madre y huyó a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del profeta Jeremías” (Mt 2,13-15).

c) El joven Jesús

La infancia y juventud de Jesús se resumen en un brevísimo tiempo litúrgico.

- “Muerto Herodes, un ángel del Señor se le apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: - Levántate, toma al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel; porque han muerto ya los que atentaban contra la vida del niño. Se levantó, tomó al niño y a su madre y vino a la tierra de Israel. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá y avisado en sueños marchó a la región de Galilea. Y se fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por medio de los Profetas: “Será llamado nazareno” (Mt 2,19-23). “Cuando se cumplieron todas las cosas mandadas en la ley del Señor, regresaron a Galilea a su ciudad, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él” (Lc 2,39-40)

- Sus padres iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron a la fiesta, como era costumbre. Pasados aquellos días, al regresar, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo advirtieran sus padres. Suponiendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino, buscándolo entre parientes y conocidos, y al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en su busca. Y al cabo de tres días lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándole y preguntándoles. Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas. Al verlo se maravillaron, y le dijo su madre: - Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos. Y él les dijo: - ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre? Pero ellos no comprendieron lo que les dijo. Bajó con ellos, vino a Nazaret y les estaba sujeto. Y su madre guardaba estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 2, 41-52)

- “Y sucedió que en aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y nada más salir del agua vio los cielos abiertos y el Espíritu que, en forma de paloma, descendía sobre él; y se oyó una voz desde los cielos: - Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me he complacido” (Mt 3,13-17; Mc 1, 9-11)

- “Entonces fue conducido Jesús al desierto por el espíritu para ser tentado por el diablo. Después de haber ayunado cuarenta días con cuarenta noches, sintió hambre. Y acercándose el tentador le dijo: - Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Él respondió: - Escrito está: No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios. Luego, el diablo lo llevó a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo. Y le dijo: - Si eres el Hijo de Dios, arrójate abajo. Pues escrito está: dará órdenes a sus ángeles sobre ti, para que te lleven en sus manos, no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra. Y le respondió Jesús: -escrito está también: no tentarás al Señor tu Dios. De nuevo lo llevó el diablo a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: - Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras. Entones respondió Jesús: -Apártate, Satanás, pues escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y solamente a Él darás culto. Entonces le dejó el diablo, y los ángeles vinieron y le servían” (Mt 4,1-11).

II. Y EL SEÑOR PREGUNTA

1) ¿Por qué me buscabáis? (Lc 2,49)

Tiempo de hacer preguntas, de preguntarnos a nosotros mismos, de responder a Jesús que nos pregunta. El cristiano busca y sigue las palabras de Jesús en el Evangelio. Desde la primera transcrita: “Suponiendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y conocidos, y, al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en su busca. Y al cabo de tres días lo encontraron en el Templo… Al verlo se maravillaron y le dijo su madre: - Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos. Y él les dijo: - ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre? (Lc 2,44-45.48-49).

Sus padres, María y José, no comprendieron lo que les dijo, pero su madre guardaba todas estas cosas en su corazón.

2) ¿Qué buscáis? (Jn 1,38)

“Al día siguiente estaban allí de nuevo Juan y dos de sus discípulos y fijándose en Jesús que pasaba, dijo: - Este es el Cordero de Dios. Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús. Se volvió Jesús y, viendo que le seguían, les preguntó: - ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabbí -que significa Maestro- ¿dónde vives? Les respondió: - Venid y veréis. Fueron y vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima” (Jn 1,35-39).

El cristiano no olvida las palabras y repite en su corazón: Fueron, vieron y se quedaron.

3) ¿Qué nos va a ti y a mí? (Jn 2,4)

Y, en esos amorosos diálogos ante el belén, del cristiano con el Niño Jesús, cada uno sigue recordando preguntas de Jesús: “Al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea y asistía la madre de Jesús. Fue también invitado Jesús con sus discípulos al banquete. Y como faltase el vino, dice a Jesús su madre: - No tienen vino. Y Jesús le responde: ¿Qué nos va a mí y a ti, mujer? Todavía no ha llegado mi hora. Dice su madre a los sirvientes: - Haced lo que él os diga…” (Jn 2,1-5).

Mucho se ha considerado y escrito sobre este pasaje y las palabras que se dijeron, pero el cristiano corriente, el sencillo seguidor de Jesucristo se detiene en lo evidente: María está atenta a nuestras necesidades y nada la detiene cuando tiene que interceder por nosotros ante Jesús.

4) ¿Cómo creeréis si os hablare cosas del cielo? (Jn 3,12)

El cristiano, atento a las preguntas de Jesús, recuerda y medita las que están en el Evangelio. Nicodemo vino de noche y, en la conversación, le preguntó Jesús: “¿Tú eres maestro de la Israel y no conoces estas cosas? En verdad, en verdad te digo que hablamos lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no recibís el testimonio nuestro. Si os he hablado cosas de la tierra y no creéis ¿Cómo creeréis si os hablare cosas del cielo? …” (Jn 3,10-12).

Y, meditando esas palabras el cristiano recuerda el origen de esa cuestión: “Quien no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Jn 3,3).

5) ¿No decís vosotros que todavía faltan cuatro meses mientras llega la siega? (Jn 4,35)

Para algunos, los Evangelios sitúan después del coloquio con Nicodemo (Jn 3,1-21), la estancia de Jesús y sus discípulos en Judea (Jn 3,22) hasta después del arresto de Juan, el Bautista, que fue cuando Jesús se retiró a Galilea y, dejando Nazaret, habitó en Cafarnaún (Mt 4,12, Mc 1,14, Lc 4,14, Jn 4,1). En ese viaje se sitúa el coloquio con la samaritana, en Sicar, junto al pozo de Jacob. Y en ese pasaje se encuentra una pregunta de Jesús a sus discípulos cuando, al volver de la ciudad a la que habían ido a comprar de comer, Él les dijo: “Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis”. Ellos se preguntaban si alguien le habría traído de comer, pero Jesús les dijo: mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y acabar su obra. ¿No decís vosotros que todavía faltan cuatro meses mientras llega la siega? Yo os digo: levantad los ojos y contemplad los campos que ya están blancos para la siega ..,” (Jn 4,35).

Son palabras que, de inmediato traen el recuerdo de otras: “Y verán venir sl Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad (Mt 24,29, Mc 12,26, Lc 21,27). Cuando comiencen a suceder estas cosas, animaos y levantad vuestras cabezas, porque se aproxima vuestra redención” (Lc 21,27,28).

6) ¿Quieres curarte? (Jn 5,6)

- El cristiano, en el seguimiento de Cristo con el Evangelio, encuentra y medita otra pregunta de Jesús: “Había allí un hombre enfermo desde hacía treinta y ocho años. Lo vio Jesús tendido, y sabiendo que llevaba enfermo mucho tiempo, le dijo: - ¿Quieres curarte? El enfermo le respondió: - Señor no tengo una persona que cuando se agita el agua me eche en la piscina; mientras yo me acerco, otro baja antes que yo. Dice Jesús: - Levántate, toma tu camilla y camina” Y al momento quedó el hombre sano, tomó su camilla y echó a andar” (Jn 5,5-9).

Este pasaje tiene un principio y una continuación. En ese principio se describe el lugar, la piscina llamada en hebreo “Betzata”, en Jerusalén, la multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos que esperaban el movimiento de las aguas creyendo que el primero en entrar se curaba. En la continuación, los judíos dijeron al que había sido curado: “Es sábado y no es lícito llevar la camilla”. Como la contestación fue: “- El que me ha curado me dijo: Toma tu camilla y anda”, le preguntaron quien fue, pero él no sabía quién era. Después, Jesús lo encuentra en el templo y le dice: - Mira, estás curado. No peques más, para que no te suceda algo peor”. El hombre se fue y dijo a los judíos que era Jesús el que le había curado (cf. Jn 5,9-16). Jesús, que te hagas el encontradizo, que me preguntes qué quiero, que me vaya contigo.

La memoria trae de inmediato otras situaciones con detalles distintos o semejantes. Distintas, como la curación del paralítico en Cafarnaúm cuando unos amigos lo llevaron hasta donde estaba Jesús y, al no poder llegar hasta él por la muchedumbre, abrieron un hueco en el techo y por él descolgaron al que yacía en la camilla. En ese pasaje Jesús le dijo, primero: “- Hijo: tus pecados te son perdonados” y, después, “- Levántate toma tu camilla y marcha a tu casa”. Él se levantó y tomó su camilla y salió enseguida” (Lc 5,17-26). El otro pasaje que se recuerda es la curación del ciego de nacimiento, porque allí tampoco el ciego que veía podía decir más: “- Ese hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos y me dijo: - Ve a Siloé y lávate. Así que fui, me lavé y comencé a ver. Le dijeron: ¿Dónde está ése? Él respondió: - No lo sé… Oyó Jesús que le habían echado fuera y cuando se encontró con él le dijo: - ¿Crees tú en el Hijo del hombre? -¿Quién es, Señor, para que crea en él? – respondió. Le dijo Jesús: - Si lo has visto: el que está hablando contigo, ése es” (Jn 9, 11-12. 35-37). Jesús, que crea, que te siga.

7) ¿Cómo podéis creer vosotros que aceptáis la gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene sólo de Dios? (Jn 5,44)

El cristiano, que vive siguiendo los pasos de Jesús según se relata en los Evangelios, puede meditar recordando y considerando las preguntas que Jesús hizo en su día y que sigue haciendo a todos. El cristiano vive así la fe y con este encuentro cotidiano prepara el encuentro del último día precisamente al pasar del tiempo a la eternidad. “Mas no queréis venir a mí para poseer la vida. No busco la gloria de los hombres. Por lo demás, os conozco. No tenéis en vosotros amor de Dios. Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís. Si otro viene en nombre propio, lo recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros que aceptáis la gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene sólo de Dios? No penséis que yo os he de acusar ante el Padre. Moisés en quien vosotros esperáis, es vuestro acusador. Si creyeseis a Moisés me creeríais a mí, porque él escribió sobre mí. Pero si no creéis en sus escritos, ¿cómo creeréis en mis palabras?” (Jn 5,40-47).

Cuántas palabras, cuantos mensajes de amor del Amor, Así, el Tiempo Ordinario se convierte en camino cierto para el cielo que es eternidad.

8) ¿Qué es más fácil decir: Tus pecados están perdonados; o decir: Levántate y anda? (Mt 9,3)

Jesús predicaba en Cafarnaún. Unos hombres traían a un paralítico en su camilla para que lo curara. Como la gente impedía que llegaran hasta Jesús, subieron a la terraza y por entre las tejas lo pusieron con la camilla en el medio, delante de Jesús. Viendo la fe de ellos, le dijo al paralítico: - Hijo, tus pecados te son perdonados. Estaban allí sentados algunos escribas que pensaban: ¿Por qué habla así éste? Blasfema. ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios? Conociendo Jesús sus pensamientos les dijo: - ¿Qué pensáis en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: Tus pecados están perdonados; o decir: Levántate y anda? Pues para que veáis que el Hijo de hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra, -dice entonces al paralítico: - Levántate, toma tu camilla y marcha a tu casa. Se levantó y se marchó a su casa. Todos se asombraron y glorificaron a Dios (cf. Mt 9,2-8; Mc 2,2-12; Lc 5,17-26). 

En la meditación de ese pasaje pare inevitable recordar otros en los que el Evangelio recoge la inquietante, a la vez que esperanzadora, verdad de que Dios conoce nuestros pensamientos. Así: “Los escribas y los fariseos le observaban a ver si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle. Pero él conocía sus pensamientos y le dijo al hombre que tenía la mano seca: … (Lc 6,7-8). También: “Pero Jesús, conociendo los pensamientos de sus corazones, acercó a un niño, lo puso a su lado y les dijo…” (Lc 9,47). Y otra: “Mientras estaba en Jerusalén durante la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver los signos que hacía. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos, y no necesitaba que nadie le diera testimonio acerca de hombre alguno, porque conocía el interior de cada hombre” (Jn 2,23-25). El interior del hombre en el que están los deseos de todas las ilusiones y donde se guardan los recuerdos de todos los fracasos. Y la esperanza en Dios. 

9) ¿Esto os escandaliza? Pues ¿si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes? (Jn 6,60)

“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él… Al oír esto, muchos de sus discípulos dijeron: - Es dura esta enseñanza, ¿quién puede escucharla? Jesús, conociendo en su interior que sus discípulos estaban murmurando de esto les dijo: - ¿Esto os escandaliza? Pues ¿si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes? … En efecto, Jesús sabía desde el principio quienes eran los que no creían y quien era el que lo iba a entregar… Desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él” (Jn 6,56.60-62,64.66).

10) ¿Pueden los convidados al banquete estar tristes mientras está con ellos el esposo? (Mt 9,15)

“Los discípulos de Juan se acercan a él y dicen: - ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos y tus discípulos no ayunan? Jesús les respondió: - ¿Pueden los convidados al banquete estar tristes mientras está con ellos el esposo? Ya vendrá tiempo en que les quiten al esposo y entonces ayunarán” (Mt 9,14-15; cf. Mc 2, 18-19, Lc 5,33-35).

Casi sin pensarlo surgen desde la memoria las palabras del Eclesiastés (Quohelet): “Todo tiene su momento y hay un tiempo para cada cosa bajo el cielo; tiempo de nacer y tiempo de morir… tiempo de llorar y tiempo de reír, tiempo de llevar luto y tiempo de bailar…” (Qo 3,1.4).

11) ¿No habéis leído siquiera lo que hizo David cuando él y sus compañeros tuvieron hambre? (Lc 6,3)

Algunos, hace muchos años, estudiaron que este pasaje evangélico se produjo en Galilea en el mes de mayo de la segunda Pascua que pasó Jesús con sus discípulos, porque la primera la pasó en Judea. Después, estudiando más, conocieron otras versiones en la localización temporal. Pero siempre quedó el texto de los evangelios sinópticos: “Un sábado caminaba a través de unos sembrados, y sus discípulos iban arrancando espigas que comían desgranándolas con las manos. Y dijeron algunos fariseos: ¿Cómo hacéis lo que no es lícito hacer en sábado? Respondióles Jesús: ¿No habéis leído siquiera lo que hizo David cuando él y sus compañeros tuvieron hambre? ¿Cómo entró en la casa de Dios y, tomando los panes de la proposición, comió y repartió entre sus compañeros, siendo así que sólo está permitido comerlos a los sacerdotes? Y les dijo: El hijo del hombre es señor aun del sábado” (Lc 6, 1-5; cf. Mc 2.23-28, Mt 12,1-8).

En el evangelio de Mateo se añade: “Y si hubierais comprendido lo que significa: amo la misericordia y no el sacrificio, no hubierais condenado a los inocentes” (Mt 12,7).

12) ¿Es lícito en sábado hacer bien o hacer mal, salvar una vida o matarla? (Lc 6,9)

“Otro sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre cuya mano derecha estaba seca. Los escribas y fariseos le observaban por si curaba en sábado, para encontrar una acusación contra él. Él conocía sus pensamientos y dijo al hombre que tenía la mano seca: “Levántate y ponte en medio”. Se levantó y se colocó. Entonces les dijo Jesús: “Yo os pregunto: ¿Es lícito en sábado hacer bien o hacer mal, salvar una vida o matarla?”. Y mirando a todos ellos, le dijo a él: “Extiende tu mano”. Él lo hizo y su mano se curó. Ellos se enfurecieron y discutían entre sí qué deberían hacer con Jesús” (Lc 6,6-11).

En otro texto se dice que los miró con ira, “entristecido por la dureza de sus corazones” (Mc 3-1-6). Y en otro: “Él les contestó: ¿Quién hay entre vosotros que, si tiene una oveja y cae en un hoyo en sábado, no la coge y levanta? Pues un hombre vale bastante más que una oveja. De manera que es lícito hacer bien en sábado” (Mt 12,9-14). Los textos llenan el alma de motivos de meditación.

13) Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su fuerza ¿con qué se salará? (Mt 5,13)

Puede ser una ayuda apropiada repasar las preguntas que hizo Jesús. “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su fuerza ¿con qué se salará? Para nada sirve ya, sino para que, arrojada fuera, sea pisada por los hombres” (Mt 5,13). Espontáneamente viene de la memoria el recuerdo de la parábola del sembrador: “Salió el sembrador a sembrar su semilla; y al sembrar, parte cayó junto al camino y la pisaron y la comieron los pájaros del cielo… Los que están junto al camino son los que han escuchado, viene el diablo y se lleva la palabra del corazón para que creyendo no se salven” (Lc 8,5 y 12).

No es un recuerdo errático, sino que descubre en el corazón el paralelismo de los textos. En el discurso de la montaña Jesús les dice: primero, vosotros sois la sal de la tierra y, después, vosotros sois la sal del mundo; y a la parábola del sembrador le sigue la parábola de la lámpara que nadie que la ha encendido la oculta. Es la llamada a cada cristiano para dar testimonio de su fe en toda ocasión.  

14) Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis, pues también los pecadores aman a los que los aman? (Lc 6,32)

Amar a Dios es también meditar las preguntas que Jesucristo hizo. “Pero a vosotros que escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian. A quien te golpee en la mejilla ofrécele también la otra, y a quien te quite el manto, déjale también la túnica. Da a todo el que te pida y no reclames de quien te quite lo tuyo. Y como queréis que los hombres hagan con vosotros, haced vosotros con ellos. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis, pues también los pecadores aman a los que los aman? Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir lo mismo. Más bien, amad a vuestros enemigos, haced bien, y prestad sin esperar nada; y vuestra recompensa será grande y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los ingratos y con los pecadores. Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,27-36).

Y en otra versión: “Habéis oído que se dijo; Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: No resistir al malo, sino que, si alguno te hiere en tu mejilla derecha, preséntale también la otra. Y al quiere citarte a juicio y llevarse tu túnica, déjale también el manto. Y si alguno te requiere para una milla, ve con él dos. Da al que te pide y no rechaces al que quiere que tú le prestes. Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen para que seáis hijos de vuestro Padre que hace salir su sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? ¿No hacen esto los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¡qué hacéis de más? ¿No hacen también eso los gentiles? Sed pues vosotros perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5,38-48)

15) ¿No vale la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? (Mt 6,25)

Escuchar, meditar y contestar con el corazón las preguntas que hace Jesús en el Evangelio: “Por esto os digo: no os angustiéis por vuestra existencia, qué comeréis o qué beberéis; ni por vuestro cuerpo, cómo lo vestiréis; ¿no vale la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad a las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni reúnen en los graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta: ¿no valéis vosotros más que ellas? ¿Quién de vosotros por angustiarse va a alargar su existencia un codo? ¿Y del vestido por qué os angustiáis? Aprended de los lirios del campo cómo crecen; ni trabajan ni hilan. Y yo os digo que ni Salomón n su gloria se vistió como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy existe y mañana es arrojada al horno, así la viste Dios, ¿cuánto más a vosotros, desconfiados? No os angustiéis diciendo: ¿Qué comeremos? o ¿qué beberemos?, o ¿con qué nos vestiremos? Porque todo eso los buscan los gentiles y vuestro Padre celestial sabe lo que necesitáis. Buscad primero el reino y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura. No os angustiéis por el día de mañana, porque el día de mañana se cuidará de sí; bástale a cada día su trabajo” (Mt 6,25-34).

16) ¿Puede un ciego guiar a otro ciego? (Lc 6,39)

Y escuchamos las preguntas del Señor. “Les dijo también una parábola: ¿Puede por ventura un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en una fosa? No hay discípulo superior al maestro; el discípulo será perfecto si es como su maestro. ¿Por qué ves la paja que hay en el ojo de tu hermano y no consideras la viga que llevas en tu ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: Hermano, deja que te quite la paja que hay en tu ojo, si no ves la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás bien para secar la paja en el ojo de tu hermano” (Lc 6,39-42; Mt 7,3-5). Son dos preguntas con propuestas, con respuestas: primero hay que seguir al maestro y andar por buen camino y así podrán acompañar otros que también quieren ir con Jesús; primero, hay que limpiar nuestra mirada, y así seremos útiles para caminar con otros por el sendero justo.

Y, con la meditación de esas preguntas del Señor, viene el recuerdo de tantos pasajes del Evangelio. Como aquellos dos ciegos que caminaron hacia Jesús sin caerse: Le siguieron dos ciegos diciendo a gritos: - ten piedad de nosotros, Hijo de David! Cuando llegó a la casa se le acercaron los ciegos y Jesús les dijo: - ¿Creéis que puedo hacer eso? – Sí, Señor – le respondieron. Entonces les tocó los ojos diciendo: - Que se haga en vosotros conforme a vuestra fe. Se les abrieron los ojos. Pero Jesús les ordenó severamente: - Mirad que nadie lo sepa. Ellos en cambio, en cuanto salieron divulgaron la noticia por toda aquella comarca” (Mt 9, 27-31)

17) ¿O habrá entre vosotros alguno a quien su hijo le pida pan y le dé una piedra? (Mt 7,9)

El cristiano sigue los pasos del Señor y escucha y medita sus preguntas. “Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá, porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra, y al que llama se le abrirá. ¿O habrá entre vosotros alguno a quien su hijo le pida pan y le de una piedra? ¿Si pide un pez, le dé una serpiente? Si vosotros, siendo malos, sabéis dar dones buenos a vuestros hijos, ¿con cuánta más razón vuestro Padre dará cosas buenas a los que le piden?” (Mt 7,7-11).

Y el final en otra versión: “¿Qué padre de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pez, en lugar de un pez le da una serpiente? ¿O si le pide un huevo le da un escorpión?” (Lc 11,11-12). Dios es nuestro Padre. Un padre amoroso, lleno de ternura. Que nos perdona.

18) Mujer, ¿dónde están tus acusadores? (Jn 8,10)

Precisamente para los cristianos que siguen las preguntas de Jesús según aparecen en los evangelios se proclama el pasaje del perdón de la mujer adúltera. Y en él, la amable pregunta que Jesús le hace a continuación del silencio que da como respuesta a los acusadores y de la recomendación final a la mujer. Así se realiza la petición del cristiano a Dios: defiéndeme, sálvame, Tú eres mi fortaleza.

- “Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y colocándola en medio, le dijeron: - Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices? Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero, Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: -El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó sólo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: - Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado? Ella contestó: - Ninguno, Señor. Jesús dijo: Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más” (Jn 8,2-11).

19) ¿Por ventura se cogen uvas de los espinos o higos de los zarzales? (Mt 7,16)

Tiempo de dar gracias a Dios, de acogernos a su “misericordia” porque “pone su Sagrado Corazón en nuestra miseria”, de seguir caminando con Jesús hasta llegar al cielo. Ayuda meditar las preguntas del Señor. “Guardaos de los falsos profetas que vienen a vosotros vestidos de ovejas y dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Por ventura se cogen uvas de los espinos o higos de los zarzales? Así, todo árbol bueno lleva frutos buenos y el árbol malo lleva frutos malos. Un árbol bueno no puede llevar frutos malos ni un árbol malo llevar frutos buenos. Todo árbol que no lleva fruto bueno se corta y se echa al fuego. Por sus frutos, pues, los conoceréis (Mt 7,15-20).

En otra versión acaba así: “El hombre bueno saca el bien del tesoro bueno de su corazón y el malo saca el mal del tesoro malo. Su lengua habla de la abundancia del corazón” (Lc 6,43-46)

20) ¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que digo? (Lc 6,46)

Tiempo de meditar las preguntas que hace Jesús en los textos evangélicos. “¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que digo?” (Lc 6,46) es una pregunta que tiene respuesta en otro texto: “No todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre arrojamos a los demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces yo les responderé: Jamás os he conocido; alejaos de mí los que hicisteis el mal” (Mt 7,21).

21) Entonces ¿qué habéis ido a ver? ¿A un profeta? (Lc 7,26)

Hasta llegar al cielo, ayuda al cristiano meditar las preguntas que hizo. “Cuando se marcharon los enviados de Juan, comenzó a hablar sobre Juan a las turbas: ¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? Entonces ¿qué habéis ido a ver? ¿A un hombre vestido con telas delicadas? Pero los que andan con vestidos espléndidos y lujosos están ellos palacios. Entonces ¿qué habéis ido a ver? ¿A un profeta? Ciertamente, os digo que a uno más que profeta… Porque yo os digo: Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan. Pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él” (Lc 7,24-26. 28; Mt 11,1-9.11).

22) ¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? (Mt 11,7)

Y en el camino pascual el cristiano anima el alma recordando y meditando las preguntas del Señor en los Evangelios. “Cuándo ellos se marchaban comenzó Jesús a hablar sobre Juan a las turbas: ¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? Entonces, ¿qué habéis ido a ver? ¿A un hombre vestido delicadamente? Pero los que llevan vestidos delicados están en los palacios de los reyes. Entonces, ¿a qué habéis ido? ¿A ver un profeta? Ciertamente os digo que a uno más que profeta. Este es de quien está escrito: “He aquí que envío a mi ángel delante de ti, el cual delante de ti, preparará tu camino” En verdad os digo que, entre los nacidos de mujer no ha existido uno mayor que Juan Bautista. Pero el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él” (Mt 11,7-11; Lc 7,24-30).

23) ¿Y con quien compararé a los hombres de esta generación? ¿a quién se parecen? (Lc 7,31)

Y no faltan los recuerdos de las preguntas del Señor. “¿Y con quien compararé a los hombres de esta generación? ¿a quién se parecen? Son semejantes a los niños que cantan en la plaza y se cantan unos a otros aquella letra: Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado; hemos tocado un himno fúnebre y no habéis llorado. Porque vino Juan bautista que no comía pan ni bebía vino y decís: Tiene un demonio. Ha venido el Hijo del hombre que come y bebe, y decís: He aquí un hombre comedor y bebedor, amigo de publicanos y pecadores. Más sus hijos han hecho justicia a la Sabiduría” (Lc 7, 31-35; Mt 11,12-19)

24) ¿Quién, pues, de ellos le amará más? (Lc 7,42)

La vida ordinaria pone al cristiano en situaciones para las que siempre le servirá recordar las preguntas del Señor: “Simón tengo una cosa que decirte. Y él contestó: Maestro, di. Un acreedor tenía dos deudores. Uno debía 500 denarios, y el otro 50. Como no tenían para pagar, perdonó a los dos. ¿Quién, pues, de ellos le amará más? Respondió Simón: Supongo que aquel a quien perdonó más. Él contestó: Has juzgado rectamente. Y, vuelo hacia la mujer, decía: ¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa. No me has puesto agua para los pies. Pero ella con las lágrimas ha lavado mis pies, y con sus cabellos los ha secado. No me has dado un beso. Pero ella, desde que entré, no ha dejado de besar mis pies. No has ungido mi cabeza con aceite. Pero ella ha ungido mis pies con ungüento. Por eso te digo: están perdonados sus muchos pecados, porque amó mucho” (Lc 7,40-47). Amor con amor se paga. Obras son amores.

25) ¿Quién de estos tres te parece que se mostró prójimo del que cayó en manos de los ladrones? (Lc 10,36)

Cristianismo es amor de Dios derramado en nuestros corazones que deben rebosar alcanzado a todos y a todas las cosas como ceración de Dios que son. Y en este camino de amor hasta el cielo, el cristiano aprovecha para meditar las preguntas del Señor. De amor trata la parábola del buen samaritano: “Levantóse un doctor de la ley para tentarle y le dijo: “Maestro, ¿qué es lo que tengo que hacer para alcanzar la vida eterna?” Le contestó: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees? ... ¿Quién de estos tres te parece que se mostró prójimo del que cayó en manos de los ladrones? Contestó él: “El que ejercitó con él la misericordia” Díjole Jesús: “Ve y haz tú lo mismo” (Lc 10,25-26. 36-37). Examen de conciencia en hablando con Jesús: ¿cómo lees lo escrito en la Ley? Confianza en su misericordia porque Jesús es mi prójimo, está a mi lado continuamente.

26) ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide pan, le dé una piedra? (Lc 11,11)

Y en ese vivir en Dios, esperanzado, el cristiano recuerda las preguntas del Señor: “Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe, y el que busca, encuentra, y a quien llama se le abre. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide pan, le dé una piedra? Y si un pez, ¿por ventura le dará, en vez del pez, una serpiente?, o si pide un huevo ¿le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le ruegan” (Lc 11,9-13). Siempre es tiempo de oración.

27) ¿Cómo puede Satanás arrojar a Satanás? (Mc 3,23)

Y, en el recuerdo, las preguntas del Señor: “Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: Tiene a Beelzebul y arroja a los demonios con el poder del príncipe de los demonios. Y llamándoles a su lado les decía: ¿Cómo puede Satanás arrojar a Satanás?” (Mc 3,22-23). Con otras construcciones (Mt 12, 24-30. 43-45; Lc 11,15-26) el pasaje incluye: “Si Satanás está dividido contra sí, ¿cómo resistirá su reino?”. No es así en un cristiano: “Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro ni las potestades, ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna, podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 8,38-39). Y, mirando dentro, decimos: “No permitas que me aparte de Ti”.

28) ¿Cómo podéis decir cosas buenas, si sois malos? (Mt 12,34)

El cristiano medita las preguntas del Señor: “Si tenéis un árbol bueno, su fruto será bueno. Si tenéis un árbol malo, su fruto será malo, porque el árbol se conoce por el fruto. Raza de víboras ¿cómo podéis decir cosas buenas, si sois malos? Porque de la abundancia del corazón habla la lengua. El hombre bueno saca cosas buenas del buen tesoro, pero el hombre malo saca cosas malas del mal tesoro Os digo que los hombres darán cuenta el día del juicio de cualquier palabra ociosa que dijeren. Porque por tus palabras te justificarás y por tus palabras te condenarás” (Mt 12,33-36). Este pasaje saca de la memoria del cristiano otro con en el que Evangelio de Mateo acaba la exposición de las parábolas y su explicación a los discípulos: “Todo escriba instruido en el Reino de los Cielos es como un hombre, amo de su casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas” (Mt 13,52). Y, así, el cristiano es consciente del bien o del mal que puede hacer con su decir en la vida ordinaria: la gravedad de la calumnia, de la murmuración, de la mentira, lo conveniente de callar, la delicadeza en el consejo.

29) ¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?

Así, el cristiano, siguiendo lo que podría ser un orden cronológico en la vida de Jesús según los evangelios, puede ayudarse en mantener ese encuentro amoroso recordando y respondiendo las preguntas que hace el Señor: “Díjole uno: -Tu madre y tus hermanos están fuera esperando para hablarte. Y respondió a quien le había hablado: -¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?. Y, extendiendo la mano hacia sus discípulos, dijo: - He aquí a mi madre y a mis hermanos. Pues quienquiera que cumpla la voluntad de mi padre del Cielo, ése es mi hermano, hermana y madre” (Mt 12,47-50; cf. Mc 3,31-35, Lc 8,10-21). En el recuerdo: “Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que criaron” y la réplica de Jesús: “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan” (Lc 11,27-28)

Antes se puede leer: “Entonces llega a casa y se vuelve a juntar la muchedumbre, de manera que no podían ni siquiera comer. Al enterarse sus parientes fueron a llevárselo, porque decían que había perdido el juicio” (Mc 3,20-21). Indiscutida la virginidad de María, por “los hermanos de Jesús” (cf. Mc 3,1 y 6,3; 1 Co 9,50; Ga 1,19) se debe entender (CIC nº 500) “parientes próximos”; así, Santiago y José “hermanos de Jesús” (Mt 13,55) son los hijos de María, una discípula (Mt 27,56) que se designa como “la otra María” (Mt 28,1).

30) ¿No entendéis esta parábola? (Mc 4,13)

La meditación de las preguntas del Señor en los Evangelios ofrece ocasiones de repasar esa vivencia insuperable de estar oyendo a Jesús, rodeado de quienes lo escucharon entonces y sintiéndose unidos todos los que hacemos comunión con los santos. “Y añadió: ¿No entendéis esta parábola? Entonces ¿cómo vais a entender todas las otras parábolas? El sembrador siembra la palabra. Los que están a lo largo del camino son aquellos donde se siembra la palabra y apenas han oído; viene enseguida Satanás y quita la palabra sentada en ellos…” (Mc 4,13-15; cf. Mt 13,18-23; Lc 8,11-15). Y, el cristiano termina la reflexión deseando que se cumpla en él el final de la explicación de Jesús: Lo que cayó en buena tierra son los que, después de haber oído la palabra, la conservan en su corazón noble y bueno y producen fruto con constancia” (Lc 8,15). Y resuena en el corazón: “Os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16). Esa es la misión en comendada, el sentido de nuestra vida.

Y recuerdos. Del campo a sembrar: “Vosotros sois el campo de Dios (1 Co 3,9). Del crecimiento de la semilla y del fruto: “El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo. Porque la tierra produce fruto ella sola: primero hierba, después espiga y por fin trigo maduro en la espiga. Y en cuanto está s punto el fruto, enseguida mete la hoz, porque ha llegado la siega” (Mc 4,26-29). Y del cuidado del Señor por todo, por cada uno y por todos: “Fijaos los lirios del campo, como crecen, no se fatigan ni hilan y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos” (Mt 6, 28-29). Y de la cosecha abundante del rico insensato: “Las ciertas de cierto hombre rico dieron mucho fruto. Y se puso a pensar para sus adentros: ¿qué puedo hacer ya que no tengo dónde guardar mi cosecha? Y se dijo: Esto haré: voy a destruir mis graneros y construiré otros mayores, y allí guardaré todo mi trigo y mis bienes. Entonces le diré a mi alma: Alma ya tiene muchos bienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, pásalo bien. Pero Dios le dijo: Insensato, esta misma noche te van a reclamar el alma; lo que has preparado ¿para quién será? Así ocurre con quien atesora para sí y no es rico ante Dios” (Lc 12, 16-21). “Doce nos, Domine; duce nos”. 

31) ¿Por ventura se tiene la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama? (Mc 4,21)

En el seguimiento del Señor, viviendo los pasajes evangélicos como un personaje más, el cristiano guarda en el corazón muchos detalles que, en otro momento, permiten fijar el recuerdo, saborearlo y hacerlo fuente que mana el amor de Dios. Las preguntas del Señor pueden servir de guía para ese fin. “Y les decía: ¿Por ventura se tiene la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelabro? Pues nada hay oculto sino para que se manifieste; nada está escondido sino para que se haga público. Quien tenga oídos para oír, oiga” (Mc 4,21-23). Es un pasaje que a muchos le lleva a recordar que nada está oculto para Dios que es nuestro “Padre y ve en lo escondido” (Mt 6,4.6.18) y que nos recompensará por nuestra oración, por nuestros sacrificios, por nuestra entrega a los demás. 

En el evangelio de Lucas se puede leer dos veces la parábola de la lámpara y en dos momentos distintos: después de la parábola del sembrador y en la subida a Jerusalén. Una: “Nadie que ha encendido una lámpara la cubre con una vasija o la pone debajo del lecho, sino que la coloca sobre un candelabro, para que todos los en entran vean la luz. No hay nada oculto que no llegue a ser descubierto, ni secreto que no se haya de conocer y salga a la luz” (Lc 8,16-18). Y otra: “Nadie que enciende una lámpara la pone oculta o debajo del celemín, sino sobre el candelabro, para que los que entran vean el resplandor. La lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Mientras tu ojo está sano, todo tu cuerpo está iluminado; pero cuando está enfermo, tu cuerpo está en tinieblas. Cuida, pues, que su luz no se convierta en oscuridad. Si tu cuerpo todo está iluminado y no tiene parte alguna oscura, estará todo iluminado, como cuando la lámpara te alumbra con el resplandor” (Lc 11, 33-36). Lo oculto es ajeno a la relación con Dios: “Señor, Tú me sondeas y me conoces, me conoces cuando me acuesto y me levanto, de lejos penetras mis pensamientos…” (salmo 138). “Entonces algunos escribas dijeron para sus adentros: - Éste blasfema. Conociendo Jesús sus pensamientos” (Mt 9, 3-4)

En el evangelio de Mateo también hay dos referencias. Una, después de las bienaventuranzas: “Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,15). Y otra, en las enseñanzas sobre la oración, la limosna y el ayuno: “La lámpara del cuerpo es el ojo. Por eso, si tu ojo es sencillo, tu cuerpo estará iluminado. Pero si tu ojo es malicioso, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Y si la luz que hay en ti es tinieblas, ¡qué grande será la oscuridad! (Mt 6,22-23). El ojo es la luz que ilumina la realidad en que vivimos, la realidad en que nos debemos santificar: “Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo? El discípulo no es más que su maestro. ¿Cómo es que ves la mota en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que hay en tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: Hermano, deja que saque la mota que hay en tu ojo? … Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces verás bien para sacar la mota del ojo de tu hermano” (Lc 6,39-42). Y para meditar separadamente ese terrible final: ¡qué grande será la oscuridad!

32) Quien hizo lo exterior ¿no hizo también lo interior? (Lc 11,40)

Las preguntas del Señor ayudan a vivir en su presencia y animan a conformar la propia vida siguiendo las actitudes, las palabras, los pasos de Jesús como si fuéramos un acompañante en todas y cada una de sus jornadas. “Cuando terminó de hablar, un fariseo le convidó a comer con él: entró en la casa y se puso a la mesa. El fariseo quedó admirado al ver que no se lavó antes de la comida. El Señor le dijo: Pues bien, vosotros los fariseos purificáis el exterior de la copa y del plato, pero vuestro interior está lleno de rapacidad y malicia. ¡Insensatos! Quien hizo lo exterior ¿no hizo también lo interior? Pero dad limosna de vuestros bienes y todo lo tendréis puro. Mas ¡ay de vosotros, fariseos, que dais el diezmo de la menta, de la ruda y de toda legumbre, y dejáis a un lado la justicia y el amor de Dios! Es necesario practicar esto y no omitir aquello” (Lc 11,37-42). Este final es clarificador: sólo una cosa es necesaria, pero no hay que omitir lo demás que compete a cada uno.

33) ¿No venden cinco pájaros por dos ases? (Lc 12,6)

Cristianismo es amor y vivir con y en Cristo es vivir su paso por esta tierra, siguiéndole, escuchándole. Y estar atentos a sus preguntas para meditar. “A vosotros, amigos míos, os digo: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo y después de eso no tienen más que hacer. Yo os enseñaré a quién debéis temer: Temed a a aquel que, después de haber matado, tiene poder para enviar al infierno. Sí, os lo repito, a ése debéis temer. ¿No venden cinco pájaros por dos ases? Pues bien, ni uno solo de ellos pasa olvidado ante Dios. Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis; valéis más que muchos pájaros.” (Lc 12, 4-7). De inmediato la memoria trae el recuerdo de las palabras del salmo: “El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré? El Señor es el refugio de mi vida: ¿de quién tendré miedo?” (salmo 26). O también: “Aunque camine por valles oscuros, no temo ningún mal, porque Tú estás conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan” (salmo 23).

Y, para la vida cotidiana, ese seguro de amor se derrama en los textos evangélicos. “Por eso os digo: no estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer o por vuestro cuerpo con qué os vais a vestir. ¿Es que no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: ni siembran ni siegan ni almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿es que no valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su estatura? Y sobre el vestir, ¿por qué os preocupáis? Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan y yo os digo que ni salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Y si la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¿cuánto más a vosotros hombres de poca fe? (Mt 6,25-30).

34) Hombre, ¿quién me ha hecho a mi vuestro juez o repartidor? (Lc 12,14)

El cristiano sigue los pasos de Jesús situándose en el Evangelio como un personaje más. Escucha las preguntas del Maestro y procura meditar sobre su contenido. “Uno de entre la muchedumbre le dijo: Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia. Él le contestó: Hombre ¿quién me ha hecho a mi vuestro juez o repartidor? Y les dijo Cuidad y guardaos de toda avaricia; porque la vida de los ricos no se funda en sus riquezas” (Lc 12,13-15)

- Respecto de las herencias, es inevitable recordar y meditar algunos pasajes evangélicos que tienen mucho que ver con la avaricia. Así, en la parábola de los viñadores homicidas: “Por último les envió a su hijo pensando: “A mi hijo lo respetarán” Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Este es el heredero. Vamos lo mataremos y nos quedaremos con su heredad” Y lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron” (Mt 21,37-39). O, también, en la parábola del padre misericordioso: “Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos le dijo a su padre: “Padre dame la parte de la herencia que me corresponde”. Y les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo más joven lo recogió todo, se fue a un país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente. Después de gastarlo todo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a pasar necesidad” (Lc 15,11-14).

35) ¿Quién de vosotros, con angustiarse, puede añadir un codo a su existencia? (Lc 12,25)

Y en el camino hacia el cielo, acompañando a Jesús, el cristiano escucha y medita sus palabras. Y procura llenar de contenidos traídos de la memoria las respuestas a las preguntas del Señor: “¿Quién de vosotros, con angustiarse, puede añadir un codo a su existencia? Por lo tanto, si no podéis lo más pequeño ¿por qué os angustiáis de lo demás? … No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre quiere daros el reino. Vended lo que tenéis y dad limosna. Haceos bolsas que no envejecen, un tesoro que no se agota en el cielo, donde no llega el ladrón ni la polilla destruye. Porque donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón” (Lc 12,25-26.32-34). Este final tiene un texto paralelo en Mateo: “No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones socavan y los roban. Amontonad en cambio tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre corroen y donde los ladrones no socavan ni roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón” (Mt 6,19-21)

36) ¿Quién será el administrador prudente y fiel a quien el señor ponga al frente de su servidumbre para que le dé a su tiempo la comida correspondiente? (Lc 12,42)

En ese caminar ayuda recordar y meditar las preguntas del Señor: “Vosotros pues, estad preparados, porque el Hijo del hombre vendrá en la hora que no pensáis. Pedro le dijo: Señor, ¿dices esta parábola a nosotros o a todos? El Señor respondió: Pues ¿quién será el administrador prudente y fiel a quien el señor ponga al frente de su servidumbre para que le dé a su tiempo la comida correspondiente? Dichoso el siervo aquel a quien su señor, al volver, encuentre obrando así. Verdaderamente os digo que le pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si el siervo dice en su corazón: Mi amo tarda en venir, y comienza a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a embriagarse, vendrá su amo en el día que no espera y en la hora que no conoce, lo castigará severamente y le dará la suerte de los infieles” (Lc 12,40-46; cf. Mt 24,45-51).

37) “Fuego he venido a traer a la tierra y ¿qué quiero sino que arda? (Lc 12,49)

El cristiano sigue los pasos de Cristo, escucha, medita y pone en obra su palabra; y una buena guía para seguirle es considerar las preguntas que hizo según los evangelios. Así: “Fuego he venido a traer a la tierra y ¿qué quiero sino que arda? Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡qué ansias tengo hasta que se lleve a cabo! ¿Pensáis que he venido a traer paz en la tierra? No, os digo, sino división. Pues desde ahora, habrá en una casa cinco divididos: tres contra dos, y dos contra tres” (Lc 12,49-52). Fuego de amor del Amor, bautismo de pasión y muerte en la Cruz, división porque muchos le abandonaron (Jn 6,66; Mc 14,26) y pocos quedaron al pie de la Cruz (Jn 19,25-26) o, cerca, mirando lo que pasaba (Mt 27,55-56); y pidiendo el Cuerpo y, llenos de amor, tomándolo y dejándolo en el sepulcro (Mt 27,57-61); y buscándolo (Mt 28,1-10) y encontrándole (Jn 20,11-18: si te lo has llevado, dónde lo has puesto, yo lo recogeré).

38) ¿Cómo no estudiáis este tiempo? ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo justo? (Lc 12,56)

Y es una ayuda provechosa y adecuada seguir las preguntas que Jesús nos hizo según queda escrito en el Evangelio. Les decía a las turbas: “¡Hipócritas!, sabéis averiguar el estado de la tierra y del cielo, y ¿cómo no estudiáis este tiempo? ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo justo? Porque mientras vas con tu adversario al magistrado, procura librarte de él, no sea que te arrastre hasta el juez, y el juez te entregue al guardia, y el guardia te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que pagues el último céntimo” (Lc 12,56-59). Están todas las palabras que permiten la reflexión, la meditación y el propósito: ser consciente de, precisamente, este tiempo; considerar lo que la llamada a la santidad señala como lo que debe ser; caminar con otros aunque no todos ni siempre son amigos; defender lo justo: conceder sin ceder con ánimo de recuperar; vivir el santo temor de Dios que es un don del Espíritu Santo. Es un temor porque sabemos del amor de Dios y queremos amarle siempre, continuamente sin descanso y sin cansancio: “¿Qué cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor - Enamórate, y no “le” dejarás” (“Camino”, 999).

39) ¿Creéis vosotros que esos galileos eran más pecadores que los demás por haber sufrido semejante suerte? (Lc 13,2)

En ese caminar esperanzado nos ayuda meditar con las preguntas que hizo Jesús: “Llegaron entonces algunos anunciando lo de los galileos, cuya sangre mezcló Pilato con la de sus sacrificios. Respondió y les dijo: “¿Creéis vosotros que esos galileos eran más pecadores que los demás por haber sufrido semejante suerte? No, os lo aseguro: si vosotros no os arrepentís, todos, pereceréis igualmente. Y aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre de Siloé y los mató, ¿creéis vosotros que eran más culpables que los demás que vivían en Jerusalén? No, os lo aseguro; si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lc 13,1-5). La advertencia sobre la necesidad de arrepentimiento como requisito de salvación permite la reflexión.

40) ¿No se podía soltar de su ligadura en día de sábado? (Lc 13,16)

Caminar hacia el cielo es seguir los pasos de Cristo en la tierra y es una buena guía recordar las preguntas que hizo el Señor y meditarlas mientras se avanza. “Enseñaba en una de las sinagogas un sábado y había allí una mujer enferma hacía dieciocho años. Estaba encorvada y no podría de ninguna manera ponerse derecha. Como la vio Jesús, la llamó en voz alta y le dijo: Mujer, quedas libre de tu enfermedad. Y le impuso las manos. Al instante se enderezó y glorificaba a Dios. El jefe de la sinagoga respondió enfadado, porque Jesús había curado en día de sábado, y decía a la gente: Hay seis días para ser curados y no en el día del sábado. El Señor respondió y le dijo: Hipócritas, ¿no desata cada uno de vosotros su buey o su asno en sábado y lo lleva desde el pesebre a beber? Ya ésta, que es hija de Abrahán, que ligó Satanás hace dieciocho años, ¿no se podía soltar de su ligadura en día de sábado? Con estas cosas que decía se avergonzaban todos sus adversarios, mientras que todo el pueblo se alegraba de todas las maravillas que obraba” (Lc 13,10-17). No es sólo una curiosidad comprobar que la mujer encorvada no dice nada, no pide nada, y que lo que se habla es para conocimiento y consideración general: Jesús “la llamó en voz alta”, el jefe de la sinagoga “decía a la gente” y el Señor se dirige al plural de asistentes: Hipócritas. Se avergonzaban los adversarios y todo el pueblo se alegraba.

41) ¿Cómo compararemos el reino de Dios o con qué parábola lo describiremos?” (Mc 4,30)

Siguiendo los pasos de Jesús y escuchando las preguntas del Señor, podemos ser un personaje más en el pasaje del Evangelio de que se trate. “Y decía ¿Cómo compararemos el reino de Dios o con qué parábola lo describiremos?” (Mc 4,30); y también: “Les propuso otra parábola: El reino de los cielos…” (Mt 13,31); o así: “Y decía: “¿A qué es semejante el reino de Dios y a qué lo compararé?” (Lc 13,18). Siguen las parábolas del grano de mostaza, de la levadura del tesoro escondido, del mercader de perlas, de la reda barredera, y acaba así esta parte: “¿Habéis entendido todo esto? Ellos contestan: sí. Y él les dijo: Por eso, todo escriba instruido del Reino de los Cielos es como un hombre, amo de su casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas” (Mt 13,51-52). Y el cristiano, busca, repasa y medita sobre el Reino de lo Cielos.

41) ¿Dónde está vuestra fe? (Lc 8,25)    

- La pregunta del Señor. “Mientras navegaban, se durmió. Y bajó sobre el lago tal torbellino de viento que empezaron a inundarse y a peligrar. Se acercaron para despertarlo y dijeron: “Maestro, Maestro, que perecemos”. Él se levantó, increpó al viento y a las olas del mar, que cesaron, y sobrevino la calma. Entonces les dijo: “¿Dónde está vuestra fe? Ellos, admirados y temerosos, decían entre sí: Pues ¿quién es éste? Porque manda a los vientos y al mar y le obedecen” (Lc 8,23-25). En la versión de Mateo: “¿Por qué os asustáis hombres de poca fe? (Mt 8,26). En la versión de Marcos se dice: “Pero él dormía sobre un cabezal en la popa” (Mc 4,38). Y en otro pasaje en el mar de Galilea, cuando Jesús apareció caminando sobre las aguas, ante la osada confianza de Pedro, primero, y de su temor, después: “Jesús alargó la mano, lo sujetó y dijo: - Hombre de poca fe ¿por qué has dudado? (Mt 14,31). Y, al leerlo, todos vemos con el deseo la mano que alarga Jesús hacia nosotros, porque sin Él podemos hundirnos. 

43) ¿Cómo te llamas? (Mc 5,9)

Puede ser oportuno recordar y meditar las preguntas de Jesús en diálogos con el demonio. Como ocurrió en la región de los gerasenos que está enfrente de Galilea (cf. Lc 8,26), cuando al saltar a tierra desde la barca, un hombre poseído por un espíritu inmundo. “Como viese desde lejos a Jesús, corrió, se postró ante él y, gritando, dijo con gran voz: ¿Qué tenemos que ver yo y tú, Hijo de dios altísimo? Te conjuro en nombre de Dios que no me atormentes. Porque le decía: Sal de este hombre, espíritu inmundo. Y le preguntó: ¿Cómo te llamas? Respondióle: Me llamo “Legión” porque somos muchos” (Mc 5,6-9). El demonio en muchas ocasiones: “Y los espíritus impuros, cuando lo veían, se arrojaban a sus pies y gritaban diciendo: - ¡Tú eres el Hijo de Dios! (Mc 3,11). “Increpó al espíritu impuro diciéndole: ¡Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando, sal de él y ya no vuelvas a entrar en él! Y gritando y agitándole violentamente, salió” (Mc 9,25-26). Danos más fe.

44) ¿Quién me ha tocado? (Lc 8,45)

En la intimidad, en el momento propicio y continuando durante el día, el cristiano vive la presencia de Dios también siguiendo a Jesús en su camino entre nosotros y meditando sus preguntas: “En el camino la gente le apretujaba. Una mujer, que hacía doce años que padecía flujo de sangre, y que, después de haber gastado en médicos toda su hacienda, no había podido ser curada por ninguno, se aproximó por detrás, tocó el fleco de su manto y al punto cesó el flujo de sangre. Y dijo Jesús: ¿Quién me ha tocado? Como todos lo negasen, dijo Pedro: Maestro, las turbas te apretujan y te oprimen. Pero Jesús dijo: Alguien me ha tocado, porque he sentido que de mí ha salido virtud. La mujer, viéndose descubierta, fue temblando a postrarse ante él, y declaró, delante de todo el pueblo, la causa por la cual le había tocado y cómo había quedado curada instantáneamente. Y él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz” (Lc 8,42-48; cf. Mt 9, 20-22; Mc 5,23-34).

La paz es un don de Dios: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14,27). La paz es un fruto del espíritu Santo: caridad, gozo, paz… (cf. Ga 5,22) y una bienaventuranza: los que buscan la paz serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). Saludo de ángeles: “Gloria a Dios en los cielos y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace” (Mt 2,14). Encomienda del alma contrita y perdonada: “Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo… te conceda por el ministerio de la Iglesia el perdón y la paz”.

45) ¿Por qué alborotáis y gritáis? (Mc 5,39)

Tiempo de seguir los pasos de Jesús, de encontrar y formar parte de las muchedumbres que le seguían; de oír sus palabras, de meditar sus preguntas. “Y viene un jefe de sinagoga, llamado Jairo, que al verle se echa a sus pies, y le suplica con mucha instancia, diciendo: Mi hija está en las últimas; ven pon tus manos sobre ella para que sane y viva. Y se fue con él y le seguía una gran multitud que le apretujaba … Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y contempla el alboroto de los que lloraban y gritaban mucho. Entró y les dijo: ¿Por qué alborotáis y gritáis? La niña no ha muerto, sino que está dormida. Y se reían de él… (Mc 5,22, 39-40). “Niña yo te digo, levántate”. Se levantó la niña y andaba pues tenía doce años “Y quedaron sobrecogidos de grande espanto, acaba Marcos; sus padres quedaron espantados dice Lucas; la noticia se esparció por toda aquella comarca, escribe Mateo.

46) ¿Creéis que yo puedo hacer eso? (Mt 9,28)

Meditando las preguntas del Señor, también se llena el alma de confianza en Dios, se anima a pedirle e impulsa a que se proclame la misericordia de Dios por todas partes. “Al partir de allí Jesús, le siguieron dos ciegos gritando: - Ten piedad de nosotros, Hijo de David”. Y al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y les dice Jesús: - ¿Creéis que yo puedo hacer eso? Respondieron ellos: - Sí, Señor. Entonces les tocó sus ojos, diciendo: - Hágase en vosotros conforme a vuestra fe. Y se abrieron sus ojos. Y les intimó Jesús con energía: - Mirad que nadie se entere. Pero ellos salieron y extendieron su fama por toda la comarca” (Mt 9,27-31). Se lo dijeron tantas veces que se ha llegado a conocer como la oración de Jesús: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí que soy un pecador”. En este milagro: Los ciegos se acercaron a la casa, les preguntó si creían que podía curarlos, les tocó los ojos, les curó por su fe, les intimó que no lo dijeron, pero lo proclamaron por toda la comarca. En el Evangelio leemos otras curaciones. A cada uno según su fe. “Y le seguía por el camino”, se dice de Bartimeo.

“Llegaron a Betsaida y le traen un ciego suplicándole que le toque. Tomando de la mano al ciego lo sacó fuera de la aldea y, poniendo saliva en sus ojos, le impuso las manos y le preguntó: - ¿Ves algo? Y alzando la mirada dijo: - Veo a hombres como árboles que andan. Después le puso otra vez las manos sobre los ojos, y comenzó a ver y quedó curado, de manera que veía con claridad todas las cosas. Y lo envió a su caso diciéndole: - No entres ni siquiera en la aldea” (Mc 8,22-26). En el precioso pasaje que relata la curación del ciego de nacimiento: “Al pasar vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento… Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con saliva, lo aplicó en sus ojos y le dijo: - Anda, lávate en la piscina de Siloé -que significa “Enviado”. Entonces fue, se lavó y volvió con vista …” (Jn 9,1.6-7). “Cuando se acercaban a Jericó, un ciego estaba sentado en el camino mendigando. Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué era aquello. Le contestaron: - Es Jesús Nazareno que pasa. Y gritó diciendo: - ¿Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí. Y los que iban delante le reprendían para que estuviera callado. Pero él gritaba mucho más: - ¡Hijo de David, ten piedad de mí! Jesús, parándose, mandó que lo trajeran ante él. Y, cuando se acercó, le preguntó: - ¿Qué quieres que te haga? – Señor, que vea - respondió él. Y Jesús le dijo: Recobra la vista, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista y le seguía glorificando a Dios” (Lc 18,35-43; Mc 10,46-52; cf. Mt 20,29-34: dos ciegos). “Señor, ¡que vea! ¡que sea!”.

47) ¿Es lícito curar en sábado o no? (Lc 14,3)

En este camino, de la mano de nuestra Madre, sobre la tierra y mirando al cielo, se mantiene el ánimo repasando las preguntas del Señor. “Habiendo entrado un sábado a comer en casa de un jefe de los fariseos, ellos le observaban. Estaba delante de él un hombre hidrópico. Jesús preguntó a los doctores de la ley y a los fariseos: ¿Es lícito curar en sábado o no? Ellos callaron y, cogiéndole, lo curó y lo despidió. Y les dijo: ¿Quién de vosotros, si su hijo o su buey cae en un pozo, no lo saca enseguida en el día de sábado? Y no pudieron replicar a esto” (Lc 14,1-6). No es un inadecuado punto de partida de meditación detenerse en las primaras palabras y situar a Jesús en el tiempo actual: era un sábado y Jesús había quedado a comer con hombres versados en Dios: doctores y fariseos, en la casa de un jefe de éstos. Ellos le observaban… como ahora algunos intelectuales.

48) ¿Quién de vosotros, si su hijo o su buey cae en un pozo, no lo saca en seguida en el día de sábado? (Lc 14,5)

En ese caminar aprovecha escuchar y meditar las preguntas que hizo Jesús: “Habiendo entrado un sábado a comer a casa de un jefe de los fariseos, ellos le observaban. Estaba delante de él un hombre hidrópico. Jesús preguntó a los doctores de la ley y a los fariseos: ¿Es lícito curar en sábado o no? Ellos callaron, y, cogiéndole, lo curó y los despidió. Y les dijo: ¿Quién de vosotros, si su hijo o su buey cae en un pozo, no lo saca en seguida en el día de sábado? Y no pudieron replicar a esto” (Lc 14,1-6). Caerse al pozo, Jesús que nos coge y nos saca enseguida.

Otro pasaje: “De nuevo entró en la sinagoga. Había un hombre que tenía la mano seca. Le observaban de cerca por si curaba en sábado, para acusarle. Y le dice al hombre que tenía la mano seca: - Ponte en medio. Y les dice: - ¿Es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar la vida de un hombre o quitársela? Ellos permanecían callados…” (Mc 3,1-4). Pero no siempre acaba así la cuestión sobre curar en sábado. Así, también en la curación del hombre de la mano seca en la sinagoga: “Al salir los fariseos se pusieron de acuerdo contra él, para ver cómo prenderle” (Mt 12,14) y “Ellos se llenaron de rabia y comenzaron a discutir entre sí qué harían contra Jesús” (Lc 6,11).

También hay recuerdos que se despiertan por la comparación que hace Jesús: “Un sábado estaba enseñando en una sinagoga. Y había allí una mujer poseída por un espíritu, enferma desde hacía dieciocho años, y estaba encorvada sin poder enderezarse de ningún modo. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: -Mujer quedas libre de tu enfermedad. Y le impuso las manos, y al instante se enderezó y glorificaba a Dios. Tomando la palabra el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús curaba en sábado, decía a la muchedumbre: - Hay seis días para trabajar; venid pues, en ellos a ser curados, y no un día de sábado. El Señor le respondió: - ¡Hipócrita! Cualquiera de vosotros ¿no suelta del pesebre en sábado su buey o su asno y lo lleva a beber? Y a ésta que es hija de Abrahán, a la que Satanás ató hace dieciocho años, ¿no había de soltarla de esta atadura aun un día de sábado? Y cuando decía esto, quedaban avergonzados todos sus adversarios, y toda la gente se alegraba por todas las maravillas que hacía” (Lc 13,10-17).

49) ¿Quién de vosotros que quiere construir una torre, no se sienta primero para calcular los gastos a ver si tiene para acabar? … O ¿qué rey, que ha de hacer guerra a otro rey, no se pone primero a considerar si será capar con diez mil hombres de salir al encuentro del que viene contra él con veinte mil? (Lc 14,28.31)

Y en ese caminar es conveniente y provechoso vivir en la presencia de Dios, siguiendo los pasos de Jesús y escuchando y meditando las preguntas que hizo como las podemos leer en los Evangelios.

- “Caminaba con él mucha gente, y volviéndose les dijo: Si alguno viene a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Quien no lleva su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. Porque ¿quién de vosotros que quiere construir una torre, no se sienta primero para calcular los gastos a ver si tiene para acabar? No sea que después de haber echado los cimientos no pueda terminar, y todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: Este hombre ha comenzado a construir y no pudo terminar.  O ¿qué rey, que ha de hacer guerra a otro rey, no se pone primero a considerar si será capar con diez mil hombres de salir al encuentro del que viene contra él con veinte mil? En caso contrario, cuando está todavía lejos, manda una embajada para pedir la paz. Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todo lo que tiene no puede ser mi discípulo.” (Lc 14,25-33).

Todas las palabras de los pasajes evangélicos son fuente de meditación. Caminaba mucha gente con Jesús; detrás de él porque Él “se volvió” para hablarles; detrás de Jesús y se vuelve y me habla. Quien no se niega a sí mismo, nuestro “yo”, no puede ser discípulo de Jesús. Seguir a Jesús es seguirle cargando con “la cruz de cada día”. “Renunciar a todo” es la condición para ser discípulo de Jesús. “Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí, ése la salvará” (Lc 9,24)

50) ¿Quién de vosotros que tenga cien ovejas y pierda una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va en busca de la oveja perdida hasta que la encuentra? … O ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende la lámpara y barre la casa y la busca con gran diligencia hasta que la encuentra? (Lc 15, 3.8)

En el evangelio de san Lucas se recogen seguidas tres parábolas de “la misericordia”: la de la oveja perdida, la de la dracma perdida y la del padre amoroso del hijo pródigo. En las dos primeras el Señor pregunta a los fariseos y escribas que murmuraban porque “éste recibe a los pecadores y come con ellos”. Los cristianos que necesitan del amor misericordioso de Dios, llenan de paz el alma meditando las preguntas del Señor: “¿Quién de vosotros que tenga cien ovejas y pierda una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va en busca de la oveja perdida hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la toma, lleno de gozo, sobre sus hombros, y, una vez que llega a casa, convoca a sus amigos y vecinos y les dice: Alegraos conmigo, porque he encontrado mi oveja perdida. Así os digo que habrá en el cielo más alegría por un pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia. O ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende la lámpara y barre la casa y la busca con gran diligencia hasta que la encuentra? Y, una vez que la encuentra, convoca a sus amigas y vecinas y les dice: Alegraos conmigo, porque he encontrado la dracma que había perdido. Así, os digo, se alegrarán los ángeles de Dios por un pecador que se arrepienta” (Lc 15,3-10).

También se podría considerar estas parábolas como “de la alegría”, porque se convoca a amigos y vecinos para que se alegren y porque hay alegría del cielo, alegría de los ángeles. Para algunos esa consideración lleva a recordar otro pasaje y la alegría de Jesús y los discípulos: “Volvieron los setenta y dos llenos de alegría, diciendo: - Señor, hasta los demonios se nos sometían en tu nombre. Él les dijo: - Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo… Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo” (Lc 10,17.18.20)

51) Si, pues, no habéis sido fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Y si no habéis sido fieles en lo ajeno, ¿quién os dará lo vuestro? (Lc 16,11-12)

Seguir a Jesús es escuchar su palabra, meditarla y ponerla por obra. Un buen itinerario se sigue reflexionando sobre las preguntas del Señor, como la que hizo al exponer la parábola del mayordomo infiel que redujo la deuda de los que debían a su amo para que, cuando éste le quitara la administración de sus bienes, aquéllos, agradecidos, lo recibieran en su casa: “Procuraos amigos con las riquezas injustas, para que, cuando os falten, os reciban en las moradas eternas. El que es fiel en lo pequeño, lo es también en lo grande, Si, pues, no habéis sido fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Y si no habéis sido fieles en lo ajeno, quién os dará lo vuestro. Ningún criado puede servir a dos señores: porque tendrá odio al uno y amará al otro, o se ira con uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Lc 16,9-14).

El Señor alabó al administrador malo, porque había obrado con sagacidad, no por haber dispuesto de los bienes de su amo, no en interés de éste, sino del suyo propio. Pero se lamentó de que los hijos de este mundo, mundanos, sean más avisados que los hijos de la luz. Por riqueza injusta se entiende lo mundano, lo pequeño, lo perecedero, lo ajeno porque no lo llevaremos a la otra vida y se quedará en el mundo, se entiende bien que el cristiano tiene y debe tener a Cristo en el centro de su vida, presente en todo, y que debe servirse de lo mundano para ser mejor, para servir mejor a todos. “El mundo es pasajero y también sus concupiscencias; pero quien cumple la voluntad de Dios, permanece para siempre” (1 Jn 2,17).

“Que cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido, como buenos administradores de la múltiple y variada gracia de Dios” (1 Pe 4,9). “Que cada uno sea diligente para escuchar, lento para hablar y lento para la ira (St 1,19). “Alegraos en el Señor, os lo repito, alegraos. Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca. No os preocupéis por nada” (Flp 4, 4-6). “Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros” (1 Pe 5,7)

52) ¿No se venden dos pajaritos por un as? (Mt 10,29)

Tiempo de reflexión escuchando las preguntas que hizo Jesús: “A vosotros amigos míos, os digo: No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma, temed más bien a quien puede perder en el infierno alma y cuerpo. ¿No se venden dos pajaritos por un as? Pues bien, no cae a tierra ni uno sólo de ellos sin el consentimiento de vuestro Padre. De vosotros hasta los cabellos de la cabeza están todos contados. Por tanto, no temáis: valéis más que muchos pajaritos” (Mt 10,28-31; Lc 12, 4-7). Y, así, con las palabras de Jesús, el alma se afianza en el amor de Dios: “No temáis pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino” (Lc 12,32). Y también en el camino: “De pronto, Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se acercaron, abrazaron sus pies y le adoraron. Entonces, Jesús es dijo: - No tengáis miedo; id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán” (Mt 28,9-10). “En el amor no hay temor” (1 Jn 4,18) 

53) ¿Dónde podemos comprar pan para que coman éstos? (Jn 6,5)    

En el camino del amor a Dios es beneficioso meditar las preguntas del Señor: “Levantó los ojos y, viendo que una turba numerosa venía hacia él, dice a Felipe: “¿Dónde podemos comprar pan para que coman éstos? Lo decía para probarle, pues él sabía lo que iba a hacer… (Jn 6,5-6) “… Despídelos para que vayan a los campos y aldeas convecinas y se compren algo que comer. Él les respondió: Dadles de comer vosotros. Le responden: ¿Vamos nosotros a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer? Respondió él: ¿Cuántos panes tenéis? Id a ver. Después de velo, dicen: Cinco y dos peces. Y les ordenó que hicieran a todos sentarse en grupos sobre la verde hierba. Se agruparon pues, por grupos de ciento y de cincuenta … Todos comieron hasta hartarse. Y recogieron doce canastos llenos de trozos de pan y de los peces. Los que comieron eran cinco mil varones” (Mc 6,36-40. 43-44; cf. Mt 14,14-21, Lc 9,12-17).

Providencia divina: “No estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer; o por vuestro cuerpo: con qué os vais a vestir…Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todas estas cosas se os añadirán. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6,25.33-34). “Alegraos siempre en el Señor, os lo repito, alegraos. Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca. No os preocupéis por nada, al contrario, en toda oración y súplica presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias” (Flp 4,4-6).

54) Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mt 14,25-31)

Toda la vida del cristiano, en cualquier tiempo litúrgico, es caminar con Jesús hacia el cielo donde nos espera el Padre, animados continuamente por el Espíritu Santo. Caminar con Jesús es mirarle, escucharle. Y una forma de hacerlo es meditar las preguntas que hizo “en aquel tiempo”. “A la cuarta vigilia de la noche, vino a ellos caminando sobre el mar. Y los discípulos, al verle caminar por el mar, se turbaron y decían: “Es un fantasma”, y por el miedo gritaron. Pero Jesús les dijo enseguida: “Confiad, soy yo; no tengáis miedo”. Entonces Pedro le dijo: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas”. Y él le contestó: “Ven”. Y, bajando de la barca, Pedro caminó sobre las aguas y se dirigió hacia Jesús. Pero, al notar la violencia del viento, sintió miedo y como comenzara a hundirse gritó: “Señor, sálvame” Al punto Jesús alargó la mano y le cogió diciéndole: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mt 14,25-31).

La fe, se convierte en el asunto de meditación. La misma fe de aquel padre: “Cuando llegó Jesús, el padre con humildad y confianza desde su dolor, le rogó al Señor que tuviera compasión y le ayudara. Jesús le dijo: - Todo es posible al que tiene fe. Entonces, el hombre gritó: Creo, pero ayuda mi falta de fe” (Mc 9,24). La fe que nos hace pedir: Señor, ¡Aumenta nuestra fe!.     

55) ¿Queréis también marcharos vosotros? (Jn 6,67)

Cristianismo es amor y la vida del cristiano es seguir a Jesús, ser cómo el quiere que seamos. Y le seguimos mirándole, escuchándole. Meditando las preguntas del Señor: “Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás, y ya no querían andar con él. Entonces Jesús dijo a los Doce: ¿Queréis también marcharos vosotros? Respondióle Simón Pedro: Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el santo de Dios. Jesús les respondió: ¿No os elegí yo a los Doce? Pues bien, uno de vosotros es un diablo. Se refería a Judas, el de Simón Iscariote; porque éste, uno de los Doce, le había de entregar” (Jn 6,66-71)

- En el Evangelio se narran desencuentros con Jesús. “Pero él afligido, por estas palabras, se marchó triste, porque tenía muchas posesiones” (Mc 10,22). “Y toda la gente de la región de los gerasenos le pidió que se alejara de ellos, porque estaban sobrecogidos de temor” (Lc 8,37; Mt 8,34; Mc 5,17). “Y envió delante a unos mensajeros que entraron en una aldea de samaritanos para prepararle hospedaje; pero no le acogieron porque llevaba la intención de ir a Jerusalén” (Lc 9,52-53). “Entonces lo abandonaron y huyeron todos. Y un joven que se cubría el cuerpo tan solo con una sábana se escapó desnudo” (Mc 14,50-51)

- Y también encuentros con Jesús. “Sé que el Mesías, el llamado Cristo va a venir -le dijo la mujer-. Cuando él venga nos anunciará todas las cosas. Le respondió Jesús: - Yo soy, el que habla contigo” (Jn 4,25-26). “El que había sido curado no sabía quién era, pues Jesús se había apartado de la muchedumbre allí congregada. Después de esto lo encontró Jesús en el Templo y le dijo: Mira, estás curado; no peques más para que no te ocurra algo peor” (Jn 5,13-14). “Oyó Jesús que le habían echado fuera, y cuando se encontró con él le dijo: - ¿Crees tú en el Hijo del Hombre? - ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? - respondió. Le dijo Jesús: Si lo has visto: el que está hablando contigo ese es” (Jn 9,35-37). “Le dijo Jesús: - Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella pensando que era el hortelano, le dijo: - Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré. Jesús le dijo. - ¡María!” (Jn 20,15-16)

56) ¿Y por qué vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios, por vuestra tradición? (Mt 15,3)

Y, en ese caminar con Jesús, es un gozo espiritual que crece repasando, meditando, las preguntas del Señor: “Entonces se acercaron a Jesús unos fariseos y escribas de Jerusalén y dijeron: ¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los antiguos? Pues no se lavan las manos cuando comen. Él les respondió: ¿Y por qué vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios, por vuestra tradición? Porque Dios dijo: Honrarás al padre y a la madre, y quien maldiga al padre o a la madre, sea condenado a muerte. Pero vosotros decís: quien diga al padre a o la madre: es ofrenda sagrada todo lo que te sirve, ya no está obligado a honrar a su padre y a su madre; habéis anulado el mandamiento de Dios, por vuestra tradición” (Mt 15,1-6; cf. Mc 7,1-13). Tentar a Dios, como en Masá y Meribá, como el demonio en el desierto (Mt 4,1-11, Mc 1,12-13, Lc 4.1-13), como nosotros, en tantas ocasiones.

Preguntas al Señor, para tentarle: sobre el matrimonio y la virginidad (Mt 19, 1-12), sobre los impuestos (Mt 22,15-17, Mc 13-17, Lc 20,20-26), sobre la resurrección (Mt 22,23-28), sobre el mandamiento mayor (Mt 22,34-36), sobre el divorcio (Mc 10,1-12). Inolvidable una estupenda “salida” de Jesús a la pregunta de los príncipes de los sacerdotes y los ancianos: “¿Con qué potestad haces estas cosas?... Os voy a contestar con una pregunta; si me la contestáis entonces os diré con qué potestad…: ¿El bautismo de Juan, de dónde era? ¿del cielo o de los hombres?... Ellos deliberaban… Y respondieron: - No lo sabemos. Entonces él les dijo: - Pues tampoco yo os digo con qué potestad hago estas cosas” (cf. Mt 21,23-27). Estar con Jesús, aprender de Jesús.

57) ¿También estáis vosotros sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que entra en la boca pasa al vientre y es arrojado al estercolero? (Mt 15,16)

Camino hacia el cielo. Con Jesús a nuestro lado. Escuchamos sus palabras, meditamos sus preguntas: “Entonces, tomando la palabra Pedro le dijo: Explícanos esa parábola. Y él contesto: ¿También estáis vosotros sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que entra en la boca pasa al vientre y es arrojado al estercolero? Pero lo que sale de la boca, viene del corazón, y eso es lo que contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos” (Mt 15,15-19; Mc 7,17-21). Bien sabe Jesús lo que pensamos. “Entonces algunos escribas dijeron para sus adentros: “Éste blasfema. Conociendo Jesús sus pensamientos dijo: - ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? (Mt 9,3-4); “Jesús que conocía sus pensamientos, les replicó: Todo reino dividido contra sí mismo queda desolado…” (Mt 12,25); “Conociendo Jesús su malicia, respondió: ¿Por qué me tentáis hipócritas? (Mt 22,18); “Y enseguida, conociendo Jesús en su espíritu qué pensaban para sus adentros de este modo, les dijo: ¿Por qué pensáis estas cosas en vuestros corazones?” (Mc 2,8); “Pero él conocía sus pensamientos y le dijo al hombre que tenía la mano seca: “Levántate y ponte en medio” (Lc 6.8). “Señor, tu me sondeas y me conoces… de lejos penetras mis pensamientos… No ha llegado la palabra a mi boca y ya la conoces toda… Examíname Dios mío y conoce mi corazón… Guíame por el camino eterno (salmo 138)

58) ¿Cuántos panes tenéis? (Mt 15,34)

Y, aquí y ahora, en ese caminar detrás Jesús, podemos recordar las preguntas del Señor: “Jesús llamó a los discípulos y les dijo: Me da compasión de la muchedumbre pues ya tres días que vienen conmigo y no tienen qué comer; y no quiero despedirlos en ayunas, no sean que desfallezcan en el camino. Dícenle los discípulos: ¿Cómo procurarnos en este desierto suficientes panes para alimentar a tanta gente? Díceles Jesús: ¿Cuántos panes tenéis? Le contestaron siete y unos pocos pececillos. Y habiendo ordenado a la gente que se sentase en el suelo, tomó los siete panes y peces, dio gracias, los partió y fue entregando a los discípulos y los discípulos a la muchedumbre…” (Mt 15,32-36; cf. Mc 8,1,7; Lucas no narra la segunda multiplicación). Todas aquellas personas habían seguido a Jesús llenos de esperanza, de confianza, incluso aunque no supieran con precisión en qué o por qué ni siquiera el para qué.

59) ¿Y no podéis discernir los signos de los tiempos? (Mt 16,3); ¿Por qué pide esta generación una señal? (Mc 8,12)

La Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús era cosa anunciada. “Esta generación perversa y adúltera pide una señal, pero no se le será dada otra señal que la del profeta Jonás. Igual que estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en las entrañas de la tierra tres días y tres noches (Mt 12,39-40).  Sólo había que estar atento a las señales y a las preguntas del Señor: “Acercáronse a él los fariseos y saduceos para tentarle y le pidieron que les hiciese ver algún prodigio en el cielo. Él les respondió: Al atardecer decís: buen tiempo, porque el cielo tiene color de fuego; y por la mañana: hoy tormenta, porque el cielo está de un rojo oscuro. Sabéis discernir el aspecto del cielo, ¿y no podéis discernir los signos de los tiempos? ¡Generación mala y adúltera! Busca una señal y no se le dará otra que la de Jonás. Y dejándolos se marchó.” (Mt 16,3-4). Y también: “Y, suspirando en su interior, dice: ¿Por qué pide esta generación una señal? Yo os aseguro que no se le dará a esta generación ninguna señal. Y, dejándolos, se embarcó de nuevo y marchó hasta la otra orilla” (Mc 8,12-13). Y sobre el final de los tiempos: “Aprended de la higuera esta parábola: cuando sus ramas están ya tiernas y brotan hojas, sabéis que está cerca el varano. Así también vosotros cuando veáis estas cosas, sabed que es inminente que está a las puertas. En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24.12-35).

60) ¿Por qué pensáis dentro de vosotros, hombres de poca fe, que no tenéis pan? ¿No comprendéis ni os acordáis de los cinco panes de los cinco mil hombres y cuántos canastos recogisteis? ¿Ni los siete panes y los cuatro mil hombres y cuántas espuertas recogisteis? Pues ¿cómo no comprendéis que no os he hablado de panes al decir guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos? (Mt 16,8-11)

Caminar con Jesús, atentos a sus gestos, a su mirada, a las preguntas del Señor: “Llegaron los discípulos a la otra orilla y se olvidaron de llevar pan. Díjoles Jesús: Mirad guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos. Ellos pensaban dentro de sí y se decían: Es que no hemos traído pan. Lo conoció Jesús y dijo: ¿Por qué pensáis dentro de vosotros, hombres de poca fe, que no tenéis pan? ¿No comprendéis ni os acordáis de los cinco panes de los cinco mil hombres y cuántos canastos recogisteis? ¿Ni los siete panes y los cuatro mil hombres y cuántas espuertas recogisteis? Pues ¿cómo no comprendéis que no os he hablado de panes al decir guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos. Entonces comprendieron que les había querido decir que se guardaran no de la levadura de los panes, sino de la doctrina de los fariseos y saduceos” (Mt 16,5-12; cf. Mc 8,14,21). No es la primera vez que tenían dificultades para comprender: “Pero ellos no comprendieron nada de esto; era éste un lenguaje que les resultaba incomprensible, y no entendían las cosas que decía” (Lc 18,34)

61) ¿Quién dice la gente que soy yo? (Mc 8,37; cf. Mt 16,13, Lc 9,18)

Meditar las preguntas del Señor: “Fue Jesús con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo, y en el camino les hizo esta pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo? (Mc 8,37; cf. Mt 16,13, Lc 9,18). También en tiempo pascual hay preguntas del Señor. A María Magdalena: “¿Mujer por qué lloras? ¿A quién buscas? (Jn 20,15). A los discípulos camino de Emaús: “¿De qué veníais hablando entre vosotros por el camino?” (Lc 24,17). A los apóstoles y discípulos en Tiberiades: “Muchachos ¿tenéis algo de comer?” (Jn 21,5). A todas esas peguntas del Señor debemos responder cada uno. Y a la principal: “¿Me amas más que éstos? ¿Me amas? ¿Me quieres? (Jn 21,15,16,17). Eso es lo que importa. Lo demás, como le dijo Jesús a san Pedro: “¿Y a ti qué?” (Jn 21,22)

62) “Pero vosotros ¿quién decís que soy yo?” (Mc 8,29)  

Y estamos atentos a las preguntas que nos hace: “Pero vosotros ¿quién decís que soy yo? Respondió Pedro y dijo: Tú eres el Cristo. Y les mandó que no hablasen con nadie de él” (Mc 8,29 y Lc 9,20-21; cf. Mt 16,15-16.20).

No faltan otros pasajes evangélicos sobre la misma inquietud: “Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido?” (Jn 14,9). En el interrogatorio de Pilato: “¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús contestó: ¿Dices esto por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?... ¿O sea que tú eres rey? Jesús contestó: Tú lo dices yo soy rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad…” (Jn 18,33.37).

63) ¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?; ¿qué dará el hombre a cambio de su alma?” (Mc 8,36) 

Los textos evangélicos están llenos de referencias al camino, a andar. Jesús va delante, va deprisa. Siguiendo a Jesús, el cristiano aprende de sus gestos, de sus reacciones, de sus silencios, de sus palabras y sus preguntas: “Les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga. Quien quiera salvar su vida, la perderá; y quien pierda su vida por mi causa y por el Evangelio, la salvará. Porque ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?; ¿qué dará el hombre a cambio de su alma?” (Mc 8,34-37; cf. Mt 16,24-26; Lc 9, 23-25).

“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,9). En el Evangelio el cristiano encuentra referencias sobre perder la vida. Jesús da su vida por nosotros: “Yo soy el buen pastor … y doy mi vida por las ovejas… doy mi vida para tomarla de nuevo… Nadie me la quita, sino que la doy libremente” (Jn 10,14.15.17). Y los cristianos sabemos de la vida que acaba y de la vida eterna, que debemos ganar: “Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir” (Flp 1,21). “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Rm 6,8). Así es: “Yo soy la Resurrección y la Vida -le dijo Jesús-; El que cree en mí, aunque hubiera muerto vivirá” (Jn 11,25)

64) ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os voy a sufrir? (Mt 17,17)

Es tiempo propicio para recordar las preguntas que hizo el Señor: “Cuando llegaron junto a la turba se le aproximó un hombre que, arrodillándose ante él, le dijo: Señor, ten compasión de mi hijo, que es lunático y está mal, pues muchas veces cae el fuego y al agua. Lo he presentado a tus discípulos y no han podido curarlo. Jesús respondió: ¡Oh, generación incrédula y perversa! ¿hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os voy a sufrir? Traédmelo aquí. Le increpó Jesús, y salió del él el demonio, y quedó el niño curado desde aquel momento” (Mt 17,14-18; cf. Lc 9,37-42).

En otro relato Jesús preguntó al padre del niño: ¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto? Y en la contestación -desde la niñez- añadió el padre: Pero si tú puedes algo, compadécete de nosotros y ayúdanos. Y la respuesta de Jesús fue: ¿Si puedo? Todo es posible para el que cree. Y gritó el padre: Creo, ayuda a mi falta de fe” (Mc 9,14-27). Tiempo de fe y de confianza: “Sin mí no podéis nada” (Jn 15,5). “Todo lo puedo en el que me conforta” (Flp 4,13). Si tuvierais fe como un grano de mostaza… (Mt, 17,20). Y, así, el monte va de un lado a otro o que echa al mar, como se pide con fe. “Todo cuanto pidáis con fe en la oración lo recibiréis” (Mt 21,22).

65) ¿Qué te parece Simón? ¿De quiénes perciben los reyes de la tierra los tributos? ¿De sus hijos o de los extraños? (Mt 17,25)

El Espíritu Santo confirma la fe, asegura la esperanza, es el amor. Y en el camino de la vida, los cristianos se saben animados porque saben de la continua compañía de Dios que nos aconseja, nos cuida, nos espera. La vida corriente, los que acontece en la vida ordinaria, también es ocasión para saber que Dios está aquí, que nos ve, que nos oye. Y recordamos su vida en Palestina y sus preguntas: “¿Qué te parece Simón? ¿De quiénes perciben los reyes de la tierra los tributos? ¿De sus hijos o de los extraños?” (Mt 17,25).

Jesús pagó el tributo del Templo, por él y por Pedro con el estater que tenía en su boca el pez que pescó Simón. En el recuerdo, otro pasaje: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 17,27); “Dadle a cada uno lo que se le debe: a quien tributo, tributo; a quien impuesto, impuesto” (Rm 13,7)       

66) ¿Qué os parece? Si uno tiene cien ovejas y se extravía una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueve en los montes y se irá a a buscar la extraviada? (Mt 18,12)

Y, siguiendo a Jesús, caminando con Él, escuchamos sus palabras y meditamos sus preguntas: “Pues el Hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido. ¿Qué os parece? Si uno tiene cien ovejas y se extravía una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueve en los montes y se irá a a buscar la extraviada? Y si logra encontrarla, os aseguro que se alegra por ella más que por las noventa y nueve que no se habían extraviado” (Mt 18,11-13; Lc 15,3-5).

Es una de las parábolas de la misericordia que san Lucas agrupa. Así, otra: “¿O qué mujer si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una luz y barre la casa y cuida cuidadosamente hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas…” (Lc 15,8-9). Y esta otra del padre misericordioso y un hijo arrepentido, que pidió su parte de la herencia, la recibió de su padre, se marchó, vivió lujuriosamente, hubo una gran hambruna y pasó necesidad, y decidió volver a la casa del padre y pedirle perdón: “Cuando aún estaba lejos, le vio el padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos…” (Lc 15,20)

67) La sal es buena; pero si la sal se convierte en insípida ¿con qué se le dará sabor? (Mc 9,50)

Escuchamos su palabra y meditamos sus preguntas: “Porque todo será salado con fuego. La sal es buena; pero si la sal se convierte en insípida ¿con qué se le dará sabor? Tened sal en vosotros y vivid en paz los unos con los otros” (Mc 9,49-50).

Tener sal no sólo es dar sentido -sabor- a nuestros actos, sino también procurar que sean trascedentes, testimoniales, compasivos, para los que están cerca. Así se tiene sal y se convive en paz.  En el recuerdo otro pasaje: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la sal del mundo” (Mt 5,13-16).

68) ¿Quién de vosotros que tenga un siervo arando o con el rebaño le dirá cuando llegue del campo: entra enseguida y ponte a la mesa? Más bien le dirá: prepárame la cena y cíñete para servirme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú. ¿Por ventura tiene que agradecer al siervo el que haga lo que le manda? (Lc 17,7-9)

Y siguiendo los pasos de Jesús en el camino de la vida hasta el cielo, también estamos atentos a sus palabras y meditamos sus preguntas. “¿Quién de vosotros que tenga un siervo arando o con el rebaño le dirá cuando llegue del campo: entra enseguida y ponte a la mesa? Más bien le dirá: prepárame la cena y cíñete para servirme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú. ¿Por ventura tiene que agradecer al siervo el que haga lo que le manda? De la misma manera, vosotros, después de que hayáis hecho todo lo que os he mandado, decid: somos siervos inútiles, sólo hemos hecho lo que deberíamos hacer” (Lc 17,7-10).

Y en el recuerdo: “Dichosos aquellos siervos a los que al volver su amo los encuentre vigilando. En verdad os digo que se ceñirá la cintura, les hará sentar a la mesa y acercándose les servirá. Y si viniese en la segunda vigilia o en la tercera, y los encontrase así, dichosos ellos” (Lc 12,37-38). Y en otro sitio se añade: “Le pondrá al frente de toda su hacienda” (Mt 24,47). Un buen consejo “¿Quieres de verdad ser santo? Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está a lo que haces (Camino 815)”. Y en toda circunstancia: “Alegraos siempre en el Señor, os lo repito alegraos” (Flp 4,4). “Alegraos, sed perfectos” (2 Co 13,11).

69) ¿No han sido curados los diez? ¿Dónde están los nueve? ¿No ha habido quien vuelva a dar gloria a Dios, sino sólo este extranjero? (Lc 17,17)       

Y procura seguir los pasos de Jesús, y medita sus palabras y llena el camino de la vida con el interés de comprender y responder las preguntas del Señor: “Y como entrase en una aldea, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia, y levantaron la voz diciendo: “Maestro, Jesús, ten compasión de nosotros” Y, habiéndolos visto, les dijo: “Id a presentaros a los sacerdotes”. Mientras iban quedaron curados. Y uno de ellos, viéndose curado, se volvió, glorificando a Dios en alta voz. Postró su rostro junto a sus pies, y le dio las gracias. Y éste era samaritano. Entonces Jesús le dijo: ¿No han sido curados los diez? ¿Dónde están los nueve? ¿No ha habido quien vuelva a dar gloria a Dios, sino sólo este extranjero? Y le dijo: Levántate y marcha; tu fe te ha salvado” (Lc 17,12-19).

Imposible no recordar otro pasaje cuando Jesús le dijo a Simón: “-¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella en cambo me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. No me diste el beso. Pero ella desde que entré no ha dejado de besarme los ies. No has ungido mi cabeza con aceite. Ella en cambio ha ungido mis pies con perfume…” (Lc 7,44,46). Son detalles de cariño con Jesús que hay que cuidar en las genuflexiones, en el recogimiento de la mirada, en el vestir, en guardar el silencio que ayuda a los demás que rezan o meditan.

70) ¿No os dio Moisés la ley y ninguno de vosotros la cumple? ¿Por qué pretendéis matarme? … ¿os irritáis contra mí porque he curado en sábado a todo el cuerpo? (Jn 7, 19.23)

Sigue a Jesús escuchando sus palabras, meditando sus preguntas: “¿No os dio Moisés la ley y ninguno de vosotros la cumple? ¿Por qué pretendéis matarme? La turba contestó: Estás endemoniado, ¿quién pretende matarte? Respondió Jesús y les dijo: “Una obra he hecho y todos os admiráis. Moisés os dio la circuncisión -no era de Moisés, sino de los patriarcas- y vosotros circuncidáis en sábado. Si se circuncida en sábado para que no se quebrante la ley de Moisés, ¿os irritáis contra mí porque he curado en sábado a todo el cuerpo? No juzguéis por las apariencias, sino juzgad con recto juicio” (Jn 7,19-22).

Fueron muchas las ocasiones en que intentaron prender a Jesús y querían matarlo: “Después de esto caminaba Jesús por Galilea, pues no quería andar por Judea, ya que los judíos le buscaban para matarlo” (Jn 7,1). “Intentaban detenerle, pero nadie le puso las manos encima porque aún no había llegado su hora” (Jn 7,30). “Los judíos recogieron otra vez piedras para lapidarlo (Jn 10,31). “Intentaban entonces prenderlo otra vez, pero se escapó de sus manos” (Jn 10,39). “Querían prenderlo, pero tuvieron miedo a la multitud… Y dejándolo se fueron” (Mc 12,12). El cristiano lo acompaña.

71) “Mujer ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?” (Jn 8,10)

Y, así, lleno de Dios y metido en Dios, el cristiano se conforta sintiendo la presencia de Jesús a su lado, oyendo sus palabras, atendo a sus gestos, meditando las preguntas del Señor: “Los escribas y fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio, la pusieron en el medio y le dijeron: - Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. En la ley, Moisés nos manda apedrear a éstas, ¿Tú que dices? … Jesús, inclinándose se pudo a escribir con el dedo en el suelo. Como ellos persistiesen en su pregunta, se incorporó y les dijo: - El que de vosotros esté sin pecado, tire el primero sobre ella una piedra. E, inclinándose de nuevo se puso a escribir en el suelo. Y ellos al oírlo, comenzaron a irse uno a uno, empezando por los más viejos, hasta los últimos y quedó Jesús solo con la mujer, que estaba delante. Jesús, levantándose, le dijo: Mujer ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Ella respondió: Nadie, Señor. Díjole Jesús: Tampoco yo te condeno: vete y en adelante no vuelvas a pecar” (Jn 8,3-5.6-11).

En el recuerdo, las palabras de Jesús al paralítico sanado en la piscina “probática”: “Miras, estás curado; no peques más para que no te ocurra algo peor” (Jn 5,14).

72) “… ¿Por qué hablo con vosotros? Mucho tengo que decir y condenar de vosotros… ¿Por qué no comprendéis mis palabras? … ¿Quién de vosotros puede convencerme de pecado? Si digo verdad, ¿por qué no me creéis?” (Jn 8,43-46)

Siguiendo los pasos de Jesús, atentos a sus gestos y a sus palabras, también meditamos sus preguntas: “Ellos le dijeron: ¿Quién eres tú? Díjoles Jesús: En verdad ¿por qué hablo con vosotros? Mucho tengo que decir y condenar de vosotros… ¿Por qué no comprendéis mis palabras? … ¿Quién de vosotros puede convencerme de pecado? Si digo verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios oye las palabras de Dios; vosotros no las oís porque no sois de Dios” (Jn 8,25.43.46).

 Y, en el recuerdo: “Todo el que oye estas palabras y las pone en práctica, es como un hombre que edificó sobre toca; y cayó la lluvia y legaron las riadas y soplaron los vientos: irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca” (Mt 7,24-25). El que oye estas palabras y no las pone en práctica es como la casa edificada sobre arena que se derrumbó y fue tremenda su ruina. Y, en otro pasaje, la mujer alzando la voz le dijo: - Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron. Pero Jesús replicó: “- Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan (Lc 11,28)”

73) ¿Tú crees en el Hijo del Hombre?” (Jn 9,35) 

Preguntas del Señor: “Oyó Jesús que lo habían echado fuera; y cuando se encontró con él le dijo: - ¿Tú crees en el Hijo del Hombre? Él respondió: - ¿Quién es Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: - Lo estás viendo y es el que habla contigo. Dijo él: - Creo, Señor – y se postró ante él” (Jn 9,35-38). “Señor, que vea” es la petición inevitable del cristiano cuando se encuentra con Jesús, le adora y quiere seguirle y estar siempre junto a Él.  Jesús aquí sale al encuentro del ciego de nacimiento que ya ve, como salió al encuentro del paralítico curado (Jn 5,13-14) y en ambos casos, ellos no sabían quién era el que los había curado. Y Jesús pregunta: Vosotros ¿quién decís que soy yo? (Mt 16,15)

74) ¿Qué os mandó Moisés?” (Mc 10,2)

El cristiano sigue los pasos de Jesús, escucha sus palabras, medita sus preguntas: “Acercáronse los fariseos y le preguntaron, con intención de probarle, si era lícito al hombre repudiar a su mujer. Les contestó: ¿Qué os mandó Moisés? Respondieron ellos: Moisés permitió que se escribiese un certificado de divorcio y repudiar. Jesús les dijo: Este mandamiento lo escribió por vuestra dureza de corazón. Pero al principio de la creación, Dios los hizo hombre y mujer. Por lo cual dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos vendrán a ser una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre” (Mc 10,2-9; cf. Mt 19,3-6).

75) ¿Por qué me llamas bueno? (Mc 10,18)

El cristiano sigue los pasos de Jesús, escucha sus palabras, medita sus preguntas: “Había salido de camino y corrió uno que se le arrodilló y le decía: Maestro buen, ¿qué haré para poseer la vida eterna? Jesús le respondió: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no dañarás, honra a tu padre y a la madre. Él le dijo: Maestro, todas esas cosas las he guardado desde mi juventud. Jesús le miró fijamente, lo amó y le dijo: Una cosa te falta. Ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Ven y sígueme, tomando la cruz. Él puso mala cara con la respuesta y se marchó triste. Porque tenía muchos bienes” (Mc 10,17-22).

76) ¿No son doce las horas del día? (Jn 11,9)

El cristiano sigue los pasos de Jesús, escucha sus palabras, medita sus preguntas: “Después dijo a los discípulos: Vamos otra vez a Judea. Dijéronle los discípulos: Maestro, te buscaban hace poco los judíos para apedrearte ¿y vas otra vez allí? Contestó Jesús: ¿No son doce las horas del día? Si uno camina de día, no tropieza porque ve la luz de este mundo; pero si uno camina de noche, tropieza porque no tiene luz” (Jn 11,7-10).

¡La luz del mundo! Imposible para el cristiano no retomar conciencia de las palabras del Señor: “De nuevo, les dijo Jesús: - Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). Y, también: “Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así, vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5,14-16). Y: “La lámpara del cuerpo es tu ojo, Cuando tu ojo es sencillo todo tu cuerpo también está iluminado. Pero cuando tu ojo es malicioso, también tu cuerpo queda en tinieblas. Mira, por tanto, no sea que la luz que hay en ti sea tinieblas. Y si todo tu cuerpo está iluminado, sin que haya en él parte alguna oscura, todo él estará iluminado como cuando la lámpara te ilumina con su resplandor” (Lc 11,34-36)

77) ¿Crees tú eso? Dícele: Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que viene al mundo… Señor, ya huele; lleva cuatro días. Dícele Jesús: ¿No te he dicho que si creyeres verás la gloria de Dios? (Jn 11,26.40)

El cristiano sigue los pasos de Jesús, escucha sus palabras, medita sus preguntas: “Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en mí, aunque muera vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre ¿Crees tú eso? Dícele: Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que viene al mundo… Señor, ya huele; lleva cuatro días. Dícele Jesús: ¿No te he dicho que si creyeres verás la gloria de Dios? (Jn 11,25-27.39-40).

La resurrección y la vida son fundamento de nuestra fe: “Porque os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las escrituras, que fue sepultado y que resucitó al tercer día según las escrituras” (1 Co 15,3-4).“Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe. Resultamos ser además falsos testigos de Dios, porque, en contra de Dios, testimoniamos que resucitó a Cristo, a quien no resucitó, si de verdad los muertos no resucitan. Pues si los muertos no resucitan, tampoco los Cristo ha resucitado; pero si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe, todavía estáis en vuestros pecados. E incluso los que han muerto en Cristo perecieron. Y si tenemos puesta la esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los más miserables de todos los hombres” (1 Co 15,13-19).

78) ¿Podéis beber el cáliz que yo beberé? (Mt 20,22)

El cristiano sigue los pasos de Jesús, escucha sus palabras, medita sus preguntas: “Di que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y el otro a tu izquierda en tu reino. Jesús le contestó: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo beberé? Le respondieron: Podemos. Díceles: Beberéis mi cáliz, pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es mío concederlo, sino a aquellos para los cuales está preparado por mi Padre” (Mt 20,21-23; cf. Mc 10,37-39).

El cristiano sabe bien el camino y la meta. “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá y pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. Porque, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Mt 16,21-26; Mc 8,34-37; Lc 9,23-25). También: “El que ama su vida la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo la guardará para la vida eterna” (Jn 12,25).  Y aún es más dura la aclaración: “Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mi” (Mt 10,36). Y el apóstol recuerda: “Porque el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden, pero, para los que se salvan para nosotros, es fuerza de Dios” (1 Co 1,18).

79) ¿Qué quieres que te haga? (Lc 18,41)

El cristiano sigue los pasos de Jesús, escucha sus palabras, medita sus preguntas: “Al acercarse a Jericó, un ciego estaba sentado junto al camino pidiendo limosna… Los que iban delante le increparon para que se callase. Pero él gritaba mucho más: - Hijo de David, ten compasión de mí” Detúvose Jesús y mandó que se lo trajesen. Cuando estuvo cerca, le preguntó: ¿Qué quieres que te haga? Él dijo: Señor, que vea. Y Jesús le dijo: Ve, tu fe te ha curado” (Lc 18,35.39-42).

En Mateo (20,29-34) la escena se sitúa “Al salir de Jericó, eran dos ciegos y Jesús les toco los ojos. En Marcos (Mc 10,46-52), se dice “Llegaron a Jericó”, era un ciego que se llamaba “Bartimeo, el hijo de Timeo”, cuando Jesús dijo “Llamadle” él arrojó su manto y saltando llegó hasta Jesús. En los tres sinópticos, los ciegos que ya veían “le siguieron por el camino”. Las diferencias se pueden comprender si se piensa que Jericó tenía una ciudad vieja y otra nueva lo que permite decir que salieron, se aceraron o llegaron de una a otra. Que un ciego tenga nombre permite asegurar que al menos había uno.

80) ¿Por qué molestáis a esta mujer? (Mt 26,10)

Seguir los pasos de Jesús, estar a atentos a su mirada, a sus palabras, a sus preguntas. En Betania, le dieron una cena en la casa de Simón el leproso, Lázaro estaba con él en la mesa, Marta servía y María tomó una libra de perfume de nardo legítimo, de gran precio, ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos. Los discípulos se enfadaron y, según san Juan, fue Judas Iscariote el que preguntó por qué no se había vendido el perfumen en 300 denarios para darlo a los pobres (Mt 26, 6-9; Mc 14,3-5; Jn 12,2-6). Entonces preguntó Jesús: “¿Por qué molestáis a esta mujer? Ha hecho una buena obra conmigo, porque los pobres los tendréis siempre entre vosotros, pero a mí no me tendréis siempre…” (Mt 26,10-11).

Es inevitable el recuerdo del pasaje (Lc 7,36-50) que narra la comida en la casa del fariseo en la que una mujer que era pública pecadora, llevó un frasco de alabastro con ungüento, se puso detrás junto a los pies de Jesús y ella empezó a llorar y a mojar los pies con sus lágrimas y a secarlos con sus cabellos. La crítica y el reproche allí se refieren al fariseo. Y, en la duda sobre la identificación de la mujer, en la liturgia romana se puede identificar a las tres como una y en la oriental se puede distinguir a las tres: la pecadora, María de Betania y María de Magdala. También en este pasaje se hace referencia al amor a Dios: “Están perdonados sus muchos pecados, porque amó mucho. Pero al que se le perdona poco, ama poco”.       

81) ¿No habéis leído nunca que de la boca de los pequeñitos y niños de pecho te has hecho alabar?” (Mt 21,16)

Todos están atentos a los gestos del Señor, a sus palabras, a las preguntas que hizo de las que hay constancia en los evangelios: Cuando los príncipes de los sacerdotes y los escribas vieron los milagros que hacía y que los niños gritaban en el templo y decían: “Hosanna al hijo de David”, se enfadaron y le dijeron: ¿No oyes lo que dicen éstos? Jesús les contesto: Sí. ¿No habéis leído nunca que de la boca de los pequeñitos y niños de pecho te has hecho alabar?” (Mt 21,15-16).

Puede ser una referencia a las palabras del salmista: “De la boca de los pequeños y de los niños de pecho has preparado alabanza frente a tus adversarios, para acabar con enemigos y rebeldes” (salmo 8,3). En el pasaje evangélico según san Lucas es la multitud de discípulos la que, llena de alegría, clama: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor!”; y, cuando unos fariseos de entre la multitud dijeron a Jesús: - Maestro reprende a tus discípulos, Él les respondió: - Os digo que si éstos callan gritarán las piedras” (Lc 19,40). En ambos pasajes vemos a Jesús en el camino y a muchos con él aclamándolo.

82) Ahora mi alma está turbada. ¿Qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? (Jn 12,27)

Estando con Jesús se meditan sus preguntas: “Ahora mi alma está turbada. ¿Qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? ¡Pero si para esto he venido a esta hora! ¡Padre glorifica tu nombre!” (Jn 12,27-28).

¡La hora de Jesús! Con el corazón pasa el cristiano las páginas de su vida en los recuerdos evangélicos: “Y como faltó vino, la madre de Jesús, le dijo: - No tienen vino. Jesús le respondió: Mujer ¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora” (Jn 2,3-2). “En verdad, en verdad, os digo que llega la hora, y es ésta, en la que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán” (Jn 5,25). “Intentaban detenerle, pero nadie le puso las manos encima porque aún no había llegado su hora” (Jn 7,30). “Estas palabras las dijo Jesús en el gazofilacio, enseñando en el Templo; y nadie le prendió porque aún no había llegado su hora” (Jn 8,20). “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre” (Jn 12,23). “La víspera de la fiesta de Pascua, como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13,1). “Mirad que llega la hora. y ya llegó, en que os disperséis cada uno por su lado, y me dejaréis solo, aunque no estoy solo porque el Padre está conmigo” (Jn 16,32). “Jesús, después de pronunciar estas palabras, elevó los ojos al cielo y dijo: - Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique” (Jn 17,1)    

“Otras horas”. Con la samaritana: “Estaba allí el pozo de Jacob, Jesús fatigado del camino, se había sentado en el pozo. Era más o menos la hora sexta… Le respondió Jesús: - Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis, nosotros adoramos lo conocemos, porque la salvación procede de los judíos. Pero llega la hora, y es ésta, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu en verdad” (Jn 4, 6.21-23). O en el final: “Era alrededor de la hora sexta. Y toda la tierra se cubrió de tinieblas hasta la hora nona. Se oscureció el sol, y el velo del templo se rasgó por la mitad. Y Jesús, clamando con una gran voz, dijo: - Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto expiró” (Lc 23, 44-46). “No hay más amor que el Amor” (“Camino, 417)

83) El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres? (Mt 21,25)

Y, siguiendo los pasos de Jesús, meditamos sus preguntas: “Llegó al tempo y cuando estaba enseñando, se le acercaron los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo y le dijeron: “¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te ha dado ese poder? Respondióles Jesús: También yo os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré yo con qué autoridad hago esto: el bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres? Ellos pensaban para sus adentros: si decimos del cielo nos dirá: ¿pues por qué no le creisteis? Y si decimos de los hombres, hemos de temer al pueblo, ya que todos tienen a Juan como profeta. Respondieron y dijeron a Jesús: No sabemos. Díjoles Él a su vez: Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto” (Mt 21,23-27; Mc 11,27-33; Lc 20,1-8).

En el recuerdo: “Cuando terminó Jesús estos discursos las multitudes quedaron admiradas de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas” (Mt 7,28-29; Mc 1,22). “¿Qué es esto? Una enseñanza nueva con potestad. Manda incluso a los espíritus impuros y le obedecen” (Mc 1.27; cf. Lc 4,36). “Pues aquel a quien ha enviado habla las palabras de Dios porque da el Espíritu sin medida, El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en sus manos” (Jn 3,34-35)     

84) ¿Qué hará el amo de la viña?” (Mc 12,9)

El Señor anima con sus preguntas, como al acabar la parábola de los renteros homicidas: “Tenía todavía uno: el hijo querido. Se lo envió el último, pensando: respetarán a mi hijo. Pero los labradores se dijeron: éste es el heredero; vamos a matarlo y la herencia será nuestra. Lo cogieron, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. ¿Qué hará el amo de la viña? Irá, matará a los labradores y dará la viña a otros” (Mc 12,6-9; cf. Mt 21,37-41, Lc 20,13-16).

Es inevitable la identificación del hijo y encontrarlo en otros pasajes. En el bautismo de Jesús: “Y nada más salir del agua vio los cielos abiertos y el Espíritu que, en forma de paloma, descendía obre él; y se oyó una voz desde los cielos: -Tú eres mi hijo, el amado, en ti me he complacido” (Mc 1,10-11; cf. Mt 3,13-17, Lc 3,21-22). Y en la transfiguración: “Entonces se formó una nube que los cubrió y se oyó una voz desde a nube: - Éste es mi Hijo, el amado; escuchadle” (Mc 9,7; cf. Mt 17,5, Lc 9,35). Las mismas palabras que se oyeron en el bautismo, pero referidas a la transfiguración, las reproduce Pedro en su carta: “Y esta voz, venida del cielo, la oímos nosotros estando con él en el monte santo” (2 Pe 1,18). Y en el evangelio de Juan se dice de Juan el Bautista: “Juan dio testimonio diciendo: - He visto el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y permanecía sobre él” (Jn 1,32)        

85) Hipócritas, ¿por qué me tentáis? … Díceles: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? (Mt 22,18)

Y, caminando, el cristiano medita las preguntas del Señor. “Conoció Jesús su malicia y dijo: Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Mostradme la moneda del tributo. Ellos le presentaron un denario. Díceles: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? Le dijeron: Del césar. Él les contestó Dad pues al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Al oír esto se maravillaron, lo dejaron y se marcharon” (Mt 22,18-22; Mc 12,13-17; Lc 20, 23-26).

En el recuerdo, otras referencias fiscales. El tributo para el Templo: “Al llegar a Cafarnaúm se acercaron a Pedro los recaudadores de la contribución y le dijeron: No va a pagar vuestro Maestro la contribución. Pedro respondió: Sí. Entró en la casa y, antes de hablar, Jesús le dijo: ¿Qué te parece, Simón? ¿De quienes reciben tributo o censo los reyes de la tierra: de sus hijos o de los extraños? Pedro respondió que de los extraños. Y dijo Jesús: Luego los hijos están exentos; pero para no escandalizarlos, vete al mar, echa el anzuelo y el primer pez que pique sujétalo, ábrele la boca y encontrarás un estárter; lo tomas y lo das; por mí y por ti” (Mt 17,24-27). Y, también: “¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, pero habéis abandonado lo más importante… la justicia, la misericordia y la fidelidad!” (Mt 23,23). Y también es reprochable la exigencia indebida de tributos, como en el pasaje referido a Juan el Bautista: “Llegaron también unos publicanos para bautizarse y le dijeron: - Maestro, ¿qué debemos hacer? Y él les contestó: - No exijáis más de lo que se os ha señalado” (Lc 3,12-13).

 Y en las cartas de los apóstoles: “Por tanto es necesario estar sujeto no sólo por temor al castigo, sino también por motivos de conciencia. Por esta razón, les pagáis también impuestos; porque son ministros de Dios, dedicados precisamente a esa función. Dadle a cada uno lo que se le debe: a quien tributo, tributo; a quien impuestos, impuestos; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor” (Rm 13,1-7). No es lo mismo infracción que fraude, culpa que dolo. En el Catecismo se lee: “Son también moralmente ilícitos, … la corrupción… los trabajos mal hechos… el fraude fiscal…” (CIC nº 2409).

86) ¿No habéis leído lo que os fue dicho por Dios cuando dice: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? (Mt 22,31)

Están atentos a sus gestos, sus palabras, y consideran sus preguntas. “Aquel día se le acercaron unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: Maestro, Moisés dijo: Si muere uno sin tener hijos, que su hermano se case con la mujer de él para dar descendencia al hermano. Había entre nosotros siete hermanos. Casado el primero, murió. Como no tenía descendencia, dejó su mujer al hermano… después de todos murió la mujer, En la resurrección ¿de cuál de los siete será la mujer? Porque todos la tuvieron. Jesús respondió y les dijo: Erráis porque no entendéis las escrituras ni el poder de Dios… Y sobre la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios cuando dice: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de los que viven” (Mt 22, 23-25.27-29.31-32; cf. Mc 12,18-27 y Lc 20,27-40). En Marcos se interroga: “Dijoles Jesús: ¿No es verdad que os equivocáis porque no conocéis las escrituras y el poder de Dios? En Lucas no hay ningún texto entre interrogaciones.

Cuando el tribuno dejó defenderse a san Pablo ante el Sanedrín se lee: “Se produjo un enfrentamiento entre fariseos y saduceos y se dividió la multitud. Porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángeles ni espíritus; os fariseos, en cambio, confiesan una y otra cosa” (Hech 23,7-8; cf. Hech 24,21). La resurrección es fundamento de nuestra fe: “Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe… Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado, pero si cristo no ha resucitado vana es vuestra fe… Y si tenemos puesta la esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los más miserables de todos los hombres (1 Co 15,13-14.16.19) 

87) ¿Qué os parece del Mesías? ¿De quién es hijo? ... ¿cómo David con inspiración le llama Señor cundo dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies? Si David le llama Señor ¿cómo es su hijo?” (Mt 22,41.45)

El corazón, el cristiano sigue a Jesús, atento a sus palabras, meditando sus preguntas: “Estando reunidos los fariseos, Jesús les preguntó: ¿Qué os parece del Mesías? ¿De quién es hijo? Contestáronle: De David. Díceles: Pues ¿cómo David con inspiración le llama Señor cundo dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies? Si David le llama Señor ¿cómo es su hijo? Y nadie podría contestarle palabra. Y desde aquel día ninguno se atrevió a preguntarle más” (Mt 22,41-46; Mc 12, 35-37; Lc 20,41-44).

Y desde el recuerdo del cristiano, el corazón llama otros pasajes evangélicos: “¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos contestaron: Jun el Bautista. Y hay quienes que dicen que Elías, y otros que uno de los profetas. Entonces Él les pregunta: - Y vosotros quién decís que soy yo? Le respondió Pedro: Tú eres el Cristo. Y les ordenó que no hablasen a nadie sobre esto” (Mc 8,27-30; Cf. Mt 16,13-19, Lc 9,18-21). Cristo es la traducción literal del hebreo Mesías.

Pero Cristo tenía que padecer y padeció hasta morir en la Cruz. “Desde entonces Jesús comenzó a mostrar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas de parte de los ancianos de los sumos sacerdotes y de los escribas, y ser muerto” (Mt 16,21-23; cf. Mc 8,31-33, Lc 9,21-22; y también en: Mt 17,22-23, Mc 9,30-32, Lc 9,43-45; y Mt 20,17-19, Mc 10,32-34, Lc 18,31-34). “Entonces comenzaron a escupirle en la cara y a darle bofetadas. Los que le abofeteaban decía: - Profetiza, Cristo, ¿quién es el que te ha pegado? (Mt 26,.67-68) “Puesto que Cristo padeció en su carne, armaos también vosotros con esta consideración: quien padeció en la carne ha roto con el pecado, para vivir el tiempo que le queda de su vida mortal, no ya según las concupiscencias humanas, sino según su voluntad de Dios” (1 Pe,4,1-2)

88) ¿Quién es pue, el siervo fiel y prudente a quien el Señor puso al frente de la servidumbre para que le dé a su tiempo la comida? (Mt 24,45)

Recordamos las preguntas del Señor: “Por tanto, también vosotros estad preparados porque el Hijo del hombre vendrá en la hora que no pensáis. ¿Quién es pue, el siervo fiel y prudente a quien el Señor puso al frente de la servidumbre para que le dé a su tiempo la comida? Dichoso el siervo este si, cuando llega su señor, encontrarte que obra así” (Mt 24, 45-46). Antes, está el aviso para todos: Velad porque no sabéis en qué día vuestro Señor…Estad también vosotros preparados porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre (Mt 24,42.44). “El que pretenda guardarse su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará. Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a unos elo llevarán y al otro lo dejarán; estarán moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán” (Lc 17,35-36)  

Hay que estar preparados, pero también confiados: “No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza… Dios por medio de Jesús los llevará con é” (1 Tes 4,13.14). “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

89) ¿Quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es verdad que el que está a la mesa? (Lc 22,27)

Sin perder un detalle de su mirada, de sus gestos, del tomo de su voz. Recogiendo y meditando sus preguntas: “Hubo entre ellos una contienda sobre cuál era el mayor. Y Él les dijo: Los reyes de los gentiles los dominan y sus príncipes se llaman bienhechores. No así vosotros, sino que el mayor sea como el menor, y el que manda como el que sirve. Porque ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es verdad que el que está a la mesa? Yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lc 22,24-27; cf. Mt 20,26-27)).

La llamada al servicio es una característica de la vocación del cristiano: “Entonces Jesús se sentó, llamó a los doce y les dijo: - Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35). Porque el Hijo del hombre no ha venido para que ser servido, sino para servir y a dar su vida en redención de muchos” (Mc 10,45) o también: “Así como el Hijo de hombre no vino para que le sirvan sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20,28). En el Evangelio son muchas las llamadas al servicio: “Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas” (Mt 6,24). “Si alguien me sirve que me siga, y donde yo estoy allí estará también mi servidor. Si alguien me sirve, mi Padre le honrará” (Jn 12,26).

En las cartas de los apóstoles también encontramos referencias al servicio: “Que cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido, como buenos administradores de la múltiple y variada gracia de Dios” (1 Pe 4,10). “Que la caridad esté libre de hipocresía, abominando del mal, adhiriéndoos al bien; amándoos de corazón unos a otros con el amor fraterno, honrando cada uno a los otros más que a sí mismo; diligentes en el deber, fervorosos en el espíritu, servidores del Señor, alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación, constantes en la oración, compartiendo las necesidades, procurando practicar la hospitalidad (Rm 12,9-13). Siempre disponibles para servir, preparados para servir mejor: “Para servir, servir… No basta querer hacer el bien, hay que saber hacerlo” (san Josemaría, “Es Cristo que pasa” 50)

90) ¿Sabéis lo que he hecho con vosotros? (Jn 13,12)

Y lo miramos, escuchamos lo que dice, meditamos las preguntas del Señor: “Después de haberles lavado los pies, tomó su manto, se puso de nuevo a la mesa y les dijo: “¿Sabéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, pues lo soy. Si yo, Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros, pues os he dado ejemplo para que hagáis también vosotros como yo he hecho con vosotros” (Jn 13, 12-15).

Y en el recuerdo: “Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos. No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque sólo uno es vuestro Padre, el celestial. Tampoco os dejéis llamar doctores, porque vuestro doctor es uno solo: Cristo. Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalce será humillado y el que se humille, será enaltecido” (Mt 23,8-12)

III. SEMANA SANTA

Semana Santa. En la liturgia de cada ciclo se señala un relato de la Pasión y Muerte de Jesús, según el evangelista que, de los tres sinópticos, corresponda. El Evangelio según san Lucas contienen preguntas de Jesús que, complementadas con alguna de otros textos, pueden servir al cristiano de guía para vivir más cerca de Jesús.

En la misa de la Cena del Señor, el Jueves Santo, al cristiano que lee despacio medita lenta y profundamente, le cuesta pasar del principio del texto evangélico: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Y, por después, en ese mismo pasaje en el que se narra el lavatorio de los pies de sus discípulos, está una pregunta del Señor:

91) “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? (Jn 13,12).

92) “Y dijo a todos: - Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias ¿os faltó algo? (Lc 22,35)

 Contestaron: -Nada Él añadió: - Pero ahora el que tenga bolsa que la coja, y lo mismo la alforja; el que no tiene espada, que venda su manto y compre una. Porque os aseguro que tiene que cumplirse en mí lo que está escrito: Fue contado con los malhechores. Lo que se refiere a mí toca a su fin. Ellos dijeron: - Señor, aquí hay dos espadas. Él contestó: - Basta. Y salió Jesús, como de costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos” (Lc 22,35-39).

Ya en la noche, en el pasaje del prendimiento de Jesús en el Huerto: pregunta a los discípulos:

93) “¿No habéis podido velar una hora conmigo?” (Mt 26,40)

Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la pena, y les dijo:

94) ¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación (Lc 22,46)

Todavía estaba hablando, cuando aparece gente; y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce. “Jesús sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo:

95) ¿A quién buscáis? (Jn 18, 4)

Le contestaron: - A Jesús Nazareno. Les dijo Jesús: - Yo soy. Estaba con ellos Judas el traidor. Al decirles “Yo soy”, retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:

96) ¿A quién buscáis (Jn 18,7)

Y dijo a Judas:

97) “Amigo, ¿a qué vienes? (Mt 26,50)

Judas se acercó a besar a Jesús. Jesús le dijo:

98) Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?” (Lc 22,48)

Pedro que llevaba una espada la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro: - Mete la espada en la vaina.

99) El cáliz que me ha dado mi Padre ¿No lo voy a beber?” (Jn 18,11)

 Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del Templo, y a los ancianos que habían venido contra él:

100) ¿Habéis salido con espadas y palos, como a caza de un bandido? A diario estaba en el Templo con vosotros, y no me echasteis mano. Pero ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas” (Lc 22,52)

Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: - ¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús le contestó:

101) ¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros?” (Jn 18,34)

102) A media tarde, Jesús gritó: - Elí, Elí, lamá sabaktaní. (Es decir: - Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?)

Al oírlo, algunos de los que estaban allí dijeron: - A Elías llama éste (Mt 27, 46)

IV. PASCUA DE RESURRECCIÓN.

En la aparición a María Magdalena. Ella les respondió: Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. Al decir esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie. Pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús:

103)“- Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?” (Jn 20,15).

Ella, creyendo que era el hortelano, le dice: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo cogeré”. Tiempo de meditar los tres “lo”, tantas veces saboreado: lo necesito, lo buscaré, no lo soltaré. Y el “noli me tangere” (no me toques) que en las nuevas versiones es “noli me tenere” (no me detengas), porque “aún tengo que subir al Padre”.

Después con los discípulos que iban a Emaús: Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían entre sí, el mismo Jesús se acercó y caminaba con ellos. Pero sus ojos estaban dominados de modo que no conocieron. Y les dijo:

104) ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino? (Lc 24,17)

Y se pararon con rostro triste. Respondió uno que se llamaba Cleofás, y le dijo: ¿Tú eres el único peregrino de Jerusalén que no sabe las cosas que han pasado en ella en estos días? Y les dijo:

105) ¿Qué cosas?  (Lc 24,19)

Ellos le respondieron: Lo referente a Jesús el nazareno que fue varón profeta, poderoso en obras y palabra delante de Dios y de todo el pueblo… Entonces él les dijo: ¡Oh, insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas!

106) ¿No es verdad que era necesario que el Cristo padeciese estas cosas antes de entrar en su gloria?” (Lc 24,26)

Y ya de noche, cuando estaban encerrados en una casa por miedo a los judíos, mientras contaban esto, él mismo se presentó en medio de ellos y les dice: Paz con vosotros. Quedaron sobrecogidos y llenos de miedo; creían ver un espíritu. Pero él les dijo:

107) ¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? (Lc 24,38)

Ved mis manos y mis pies. Soy yo mismo. Tocadme y ved. Un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo. Y cuando esto dijo, les mostró las manos y los pies. Como siguiesen incrédulos por la alegría y admirados, añadió:

108) ¿Tenéis ahí algo de comer?” (Lc 24,41)

Y ellos le dieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de todos. Ochos días después estaban otra vez encerrados en la misma casa, pero esta vez Tomás, que no creyó porque no estaba en la ocasión anterior, estaba con ellos. Le dijo Jesús: “-Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente. Respondió Tomás y le dijo: - ¡Señor mío y Dios mío! Jesús contestó: -

109) ¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto” (Jn 20,29)

Se apareció otra vez a los discípulos junto al lago Tiberíades. No habían pescado nada durante la noche, al amanecer Jesús se presentó en la orilla y les dice:

110) “Muchachos ¿tenéis algo de comer? (Jn 21,5)

Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. Cuando acabaron de comer, le dijo Jesús a Simón Pedro:

111) Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? (Jn 21,15)

Le respondió: - Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Y le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a preguntarle por segunda vez: -

112) Simón, hijo de Juan ¿me amas? (Jn 21,16)

Le respondió: - Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Le dijo: - Pastorea mis ovejas. Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez:

113) ¿Me quieres? (Jn 21,17)

Y le respondió: Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero” (Jn 21,5.14-17).

Y la última pregunta de Jesús:

114) “Si yo quiero que él permanezca hasta que yo vuelva, ¿a ti, qué? Tú sígueme” (Jn 21,22).

(selección y elaboración por Julio Banacloche Pérez)

(12.12.23)