martes, 24 de octubre de 2017

DE UN CRISTIANO (2015 / 2016)

1) ADVIENTO

El cristiano hace de esta vida camino hacia el cielo donde nos espera Dios y nuestra Madre, la Virgen María, y san José y todos los santos y los ángeles. Nos han acompañado y animado en las caídas para levantarnos y seguir; en los despistes y en los atajos erróneos y peligrosos, para volver al buen camino; en los desfallecimientos, en las ganas de parar o de volver atrás a aquel paraje placentero que tanto nos costó dejar cuando nos dimos cuenta de que debíamos seguir, que debíamos llegar a nuestro destino donde Dios enjugará toda lágrima y “no habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior pasó” (Ap.21,4). Y así, en el amor del Amor, para siempre.

El Adviento prepara para la Pascua de la Navidad y es tiempo de asear y de adornar el alma para poner en ella el belén que hacemos con nuestro amor al Niño. Reflexionar sobre pasajes del Evangelio es una forma de preparación que puede ayudar. Consiste en aplicarse cada uno lo que allí se dice. Y sacar algún propósito concreto.

“Un hombre daba una gran cena e invitó a muchos. Y envió a su siervo a la hora de la cena para decir a los invitados: “Venid, que ya está todo preparado”. Y todos a una comenzaron a excusarse: El primero le dijo: “He comprado un campo y tengo necesidad de ir a verlo; te ruego que me des por excusado. Y otro dijo: “Compré cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlas; te ruego que me des por excusado”. Otro dijo: “Acabo de casarme, y por eso no puedo ir”. Dios nos invita, uno a uno, por nuestro nombre, para estar con Él desde ya y para siempre. Dios me llama. Y nuestras excusas. Nos parecen tan razonables como para dejar de acudir a la llamada. Otra vez será, decimos a Dios.

“Regresó el siervo y contó esto a su señor. Entonces irritado el amo de la casa, le dijo a su siervo: “Sal ahora mismo a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a los pobres, a los tullidos, a los ciegos, a los cojos”. Quizá sea para mí esta llamada: mi pobreza de amor a Dios, la falta de fuerzas para seguirlo, a veces en la oscuridad como sin fe, siguiéndole a trompicones como los cojos. Pero Dios nos quiere. Y nos llama.

“Y el siervo dijo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio”. Entonces dijo el señor a su siervo: Sal a los caminos y a los cercados y obliga a entrar, para que se llene mi casa”. Primero invitó a los más cercanos, a los que se dicen amigos, a los que presumen de cercanía a Dios y se excusaron; después invitó a los necesitados de su ciudad, nunca se lo habrían esperado, pero les dio esa alegría y fueron al banquete. Y ahora la invitación alcanza a los alejados, a los desconocidos que pasan por allí y ordena insistirles hasta que se sientan obligados. Así, todos, cada uno, quedamos sin excusa.

“Porque os aseguro que ninguno de aquellos hombres invitados gustará de mi cena” (Lc 14,16-24). Es Cristo que pasa y me llama. Qué pena, si le dejamos ir. ¡Vamos con Él! (172)

2) ADVIENTO

El cristiano vive el Adviento que prepara el alma para recibir de forma especial al Niño Jesús en la Navidad. Aprovecha el tiempo para revisar cómo está su relación con Dios: si piensa en Él que es Amor; si le habla para ofrecer el día, la tarea que empieza, para comentarle lo que sale bien y lo que no; si le encomienda sus asuntos, sus deseos, sus inquietudes y preocupaciones; si lo trata con frecuencia en la intimidad eucarística, en los momentos de oración, en la lectura espiritual, con jaculatorias, con comuniones espirituales. O si tiene a Dios arrinconado en el fondo del alma, debajo de mil asuntos temporales más o menos importantes; o si es algo olvidado que sólo se recuerda en la zozobra, en los peligros, en el miedo a la muerte, a la enfermedad, al fracaso; o si ha hecho un Dios a la propia medida, como le conviene; o si lo señala como enemigo a negar, a combatir, a arrancar del corazón de todos los que creen en Él.

El cristiano aprovecha los textos evangélicos para vivir más cerca de Cristo, como si estuviera con Él hace dos mil años, como si fuera destinatario directo de sus palabras. Así se recuerda, con la parábola de la invitación al banquete, que Dios quiere que todos se salven y que a todos nos invita para estar con Él en el cielo para siempre.

- “Cuando salía de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, un ciego, Bartimeo, hijo de Timeo, estaba sentado al lado del camino pidiendo limosna. Y al oír que era Jesús Nazareno, comenzó a decir a gritos: -Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!”. Quizá en nuestra vida espiritual estamos como el ciego, sin ver lo que hay que ver, con necesidad del verdadero amor y de amar, sobreviviendo o malviviendo. Toda ocasión es buena para llamar la atención del alma ciega: viene un gentío, viene con Jesús. Es el momento de llamarle a gritos. Es el momento de la audacia espiritual.

- “Y muchos le reprendían para que se callara. Pero él gritaba mucho más: -¡Hijo de David, ten piedad de mi!”. Muchos intentarán que el alma que no ve a Dios, pero que lo intuye cerca y grita pidiendo luz y amor, se calle, que siga ciega. Desde amonestaciones a burlas, incluso de los cercanos. Pero no se puede dejar que Dios pase a nuestro lado sin hablarse, sin pedirle. Hay que gritar más que los que quieren que nos callemos.

- “Se paró Jesús y dijo: -Llamadlo. Llamaron al ciego diciéndole: -¡Ánimo!, levántate, te llama. Él arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús”. ¿Cuál será el sentimiento del alma cuando Dios se para y quiere tenerla a su lado? Cómo serán lo latidos de sea corazón amado por el que es el Amor. Qué felicidad en el alma. Aleja, Señor, de mí lo que me separe de ti.

- “Jesús le preguntó: -¿Qué quieres que te haga?. –Rabboni, que vea –le respondió el ciego. Entonces Jesús le dijo: -Anda tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista. Y le seguía por el camino.” (Mc 10,46-52). Hay que parar en esa frase final: Y le seguía por el camino. Es el momento de comprometerse seriamente con Dios: contigo Dios mío, siempre, para siempre. Y de pedir ayuda a nuestra Madre. Todo a Jesús por María. Todo a María para Jesús. (174)

3) ADVIENTO

El cristiano vive el camino hacia la Navidad repasando en su corazón que Dios quiere que todos se salven. Sabe que Dios invita a todos: también a los que ponen excusas, como en la parábola del banquete. El cristiano sabe que, aunque se sienta ciego y menesteroso echado a un lado del camino, si se lo pide, Dios se parará y lo llamará y le devolverá la vista, como hizo Jesús con Bartimeo. El cristiano sabe que la salvación está en el encuentro con Él y busca a Dios.

- “Entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos y rico. Intentaba ver a Jesús para conocerle, pero no podía a causa de la muchedumbre, porque era pequeño de estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, porque iba a pasar por allí.”

Aunque se esté lejos de Dios, aunque se le tenga apartado en un rincón oscuro del alma, aunque se niegue su existencia y su amor unas veces por soberbia, otras por el que dirán. Da igual, Dios nos espera y el Adviento es como el alboroto que se produjo en Jericó, hace dos mil años, cuando Jesús pasó por sus calles. Este es el momento, hoy, precisamente ahora, para intentar ver a Dios de cerca. Aunque haya que dejar lo que estamos haciendo, lo que nos parece tan importante, tan divertido, tan reconfortante. Y si no podemos verlo porque es poca nuestra estatura espiritual, es el momento de poner aquí el arrojo, el ánimo que ponemos para lo que nos interesa. Y subirnos a la higuera.

- “Cuando Jesús llegó al lugar, levantando la vista, le dijo: -Zaqueo, baja pronto, porque hoy conviene que me quede en tu casa”. Bajó rápido y lo recibió con alegría”

La mujer y el hombre, creados, tienen la posibilidad de dar una alegría a Dios, al Creador, al Omnipotente. Dios que es Amor, que nos conoce por nuestro nombre y que nos mira y nos pide amor, se parará junto a nosotros si lo buscamos y nos dirá que quiere alojarse en nuestra alma. Y sentiremos la alegría del amor de Dios.

- “Al ver esto, todos murmuraban diciendo que había entrado a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo, de pie, le dijo al Señor: -Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces más.”

El amor es darse por entero, para siempre y sin condiciones. El amor es desear lo mejor para el amado. El dolor de amor no es la rabia y la soberbia por haber fallado, sino amor, más amor, porque hemos podido amar más y mejor a quien nos ama sin medida. Zaqueo lo entendió bien. Nosotros, cada uno, debemos amar y lo comprenderemos.

- “Jesús le dijo: -Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán, porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.” (Lc 19, 1-10)
No es verdad lo que algunos dicen. Dios nos ama como nadie puede amar. Dios nos busca, quiere alojarse en nuestra alma y nos invita a ir al cielo para siempre. (176)

4) ADVIENTO

El cristiano vive el Adviento como un camino de conversión del alma a Dios, de encuentro con Jesús que invita e insiste en su invitación al banquete del cielo para estar con Dios para siempre (Lc 14, 15-24); con Jesús que pasa a nuestro lado y nos llama, como ocurrió con el ciego Bartimeo, porque quiere que veamos la luz del Amor y seamos felices siguiéndole (Lc 18, 35-43); con Jesús al que queremos conocer, como Zaqueo, y al que recibimos con alegría cuando viene a hospedarse en nuestra alma (Lc 19, 1-10). Y, ya próxima la Navidad, el cristiano que ha buscado a Cristo, que lo ha tratado y que se ha enamorado del Amor, procura dar un paso más para conformar el alma al Divino Espíritu. Y el Evangelio ofrece un pasaje adecuado tanto para quienes aún tienen miedo al que dirán otros de su amor al Amor, como para quienes luchan contra las preocupaciones y distracciones que apartan al alma de “la sola cosa necesaria” (Lc 10,42) y buscan la soledad y el silencio para dejarse inundar del Amor y para rebosar amor a todos. Y, así, se tiene este diálogo con Jesús (Jn 3, 1-9):

- “Había entre los fariseos un hombre que se llamaba Nicodemo, judío influyente. Éste vino a él de noche y le dijo: -Rabbí, sabemos que has venido de parte de Dios, como Maestro, pues nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él”

Ahí estamos, de noche, a escondidas, aunque seamos, o quizá porque lo somos, un buen cristiano, al menos en las prácticas o en apariencia. Pero queremos ser como Nicodemo que, en vez de desaparecer en tiempo de riesgo y dolor, va con José de Arimatea y da sepultura a Jesús (Jn 19, 38-42). Estamos hablando con Dios, como podemos hacerlo en cualquier momento del día o de la noche, como estamos cerca del mismo Jesús cuando le hacemos confidencias junto al Sagrario.

- “Contestó Jesús, y le dijo: -En verdad, en verdad te digo que si uno no nace de lo alto no puede ver el Reino de Dios. Nicodemo le respondió: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?”
Y ahí seguimos como siempre, reconduciendo la voluntad de Dios a nuestro parecer, a lo que yo haría, a lo que se ajusta a nuestra lógica. Es tiempo de cambiar, de escuchar con atención, de identificarnos con la voluntad de Dios: Lo que quieras, como quieras, cuando quieras, hasta que quieras, porque Tú lo quieres (oración del papa Clemente XI)

- “Jesús contestó: -En verdad, en verdad te digo que si uno no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios...”. Y así sigue el diálogo que acaba con estas palabras de Jesús: “Pues todo el que obra el mal odia la luz y no viene a luz, para que sus obras no le acusen. Pero el que obra según la verdad viene a la luz, para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según Dios”. Nuestra alma, la de todos, sabe bien de ese disimular y de ocultarse, y también de la alegría de manifestar que Dios nos ama y que lo amamos. La Navidad es la luz que nos orienta. Dios está con nosotros. Es el Niño que se deja “abrazar, besar, vestir y custodiar” (oración a San José) y que se ríe con nuestros cantos y caricias: “No me hagas pucheritos, Niño querido” (178)

5) NAVIDAD

“Sin Encarnación no habría Resurrección”, es un dicho popular que refleja con sencillez toda la emoción y los sentimientos que llenan el alma del cristiano en la Navidad. Esta Octava se vive aún más allá, hasta hacer que se hable de “Navidades”. No es el único tiempo del año para ser amables y generosos con todos, pero ahora se alerta el espíritu, lo anima y trasciende a nuestra conducta. En Navidad todo el mundo va a Belén.

- “Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. José como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta.” No podemos quedarnos indiferentes, hay que ir a Belén con el corazón, con el gesto, con las obras.

- “Y cuando ellos se encontraban allí, les llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento”. Dios se hizo niño. Así es el amor: sencillo, entregado.

- “Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. De improviso un ángel del Señor se le presentó, y la gloria del Señor los rodeó de luz. Y se llenaron de un gran temor. El ángel les dijo: - No temáis. Mirad que vengo a anunciaron una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño, envuelto empáñales y reclinado en un pesebre. De pronto, apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios, diciendo: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace.” ¿Qué tal si nos esforzamos, vamos al belén y vemos con el alma muchos ángeles? ¿Le decimos algo a nuestro ángel de la guarda?

- “Cuando los ángeles los dejaron, marchándose hacia el cielo, los pastores se decían unos a otros: -Vayamos a Belén para ver esto que ha ocurrido y que el Señor nos ha manifestado. Y fueron presurosos y encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre. Al verlo, reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas sobre este niño. Y todos los que lo oyeron se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho.” ¿Hacemos de pastores? ¡Vamos! Podremos coger al Niño en brazos. Y besar a la Madre y abrazar a san José. Y todos notarán nuestra alegría y les diremos por qué.

- “María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón.” (Lc 2, 3-19). Jesús, María y José que esté siempre con los tres.
“¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! Tened confianza en Él. Arriesgaos a seguirle. Eso exige evidentemente que salgáis de vosotros mismos, de vuestros razonamientos, de vuestra prudencia, de vuestra indiferencia, de vuestra suficiencia, de costumbres no cristianas que habéis quizá adquirido. Sí; esto pide renuncias, una conversión, que primeramente debéis atreveros a desear, pedirla en la oración y comenzar a practicar. Dejad que Cristo sea para vosotros el camino, la verdad y la vida.” (San Juan Pablo II, en Montmartre, el 1 de junio de 1980) (179)

6) NAVIDAD

El cristiano vive el Tiempo de Navidad como si recordara lo que él mismo vivió. Con el corazón, mirando el belén, ante el Sagrario, en la tarea ordinaria de cada día, ve al Niño Jesús pequeño, precioso, sonriente, durmiendo, creciendo. Y caminando con sus padres, María y José, les acompaña al templo a los ocho días. Y se imagina un traslado desde la cueva del nacimiento hasta una casa en Belén. Y también la incorporación al trabajo de cada día: María con las nuevas ocupaciones de madre joven; José retomando la tarea, con los instrumentos de siempre que trajo de Nazaret, recibiendo encargos de los nuevos clientes y haciendo las cosas muy bien. Así, bajo la cariñosa mirada de la Sagrada Familia, el cristiano procura santificar el trabajo, santificarse con el trabajo y santificar en el trabajo a los que se relacionan con él.

- “Después de nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos Magos llegaron de oriente a Jerusalén preguntando: -¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle”. ¿Busco a Jesús en la tarea ordinaria de cada día?, ¿en lo que ocurre, en las personas con las que me relaciono, descubro la estrella que Dios pone para orientar mis pensamientos, mis palabras, mis acciones?, ¿me veo haciendo el camino del cielo en lo cotidiano?

- “Al oír esto, el rey Herodes se inquietó y con él toda Jerusalén. Y, reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a todos los escribas del pueblo, les interrogaba dónde había de nacer el Mesías. –En Belén de Judá –le dijeron-, pues así está escrito por medio del Profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel”. Entonces Herodes, llamando en secreto a los Magos, se informó cuidadosamente por ellos del tiempo en que había aparecido la estrella; y les envió a Belén, diciéndoles: -Id e informaos bien acerca del niño; y cuando lo encontréis, avisadme para que vaya a adorarle”. Ante las diversas formas de ser, intenciones y creencias de aquellos con los que trato ¿ofrezco comprensión, evito juzgar y doy amor?

- “Ellos, después de oír al rey, se pusieron en marcha. Y entonces la estrella que habían visto en el Oriente se colocó delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría.”. ¿Me lleno de alegría porque Dios está conmigo de continuo?; porque me ve, me oye, me ama.

- “Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron. Luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.” ¿Hago mi oración estos días con la actitud y las palabras como si estuviera con el Niño Jesús y con María, Madre de Dios y Madre nuestra, y con José, como padre y señor nuestro?

- “Y, después de recibir en sueños aviso de no volver a Herodes, regresaron a su país por otro camino.” (Mt 2, 1-12). Tiempo de propósito firme de huir de las ocasiones adversas para el bien de nuestra alma, de cumplir la amabilísima voluntad de Dios. (182)

7) NAVIDAD

El Evangelio de san Juan no relata el nacimiento del Niño en Belén, pero permite pensar en la encarnación de Dios en cada uno de los hombres: “La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo... a cuantos le recibieron les dio potestad de ser hijos de Dios a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios.” (Jn 1, 9 y12). Y también: “Mira qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios ¡y lo somos!” (1 Jn 3.1). ¡Soy hijo de Dios!

Por otra parte, el cristiano no puede acabar el tiempo de Navidad sin abrazarse a san José, su padre y señor, el padre de Jesús, el esposo de María, madre de Dios y madre nuestra. Es modelo de la vida ordinaria, conviviendo con Dios sin llamar la atención. Atento a la voluntad de Dios y cumplidor sin demora, sin dudas, sin quejas. Entre la zozobra de la Anunciación (Mt 1, 18-25), la zozobra del parto en la cueva de Belén (Lc 2, 6-7) y la zozobra del Niño cuando se quedó en el templo (Lc 2, 41-30), hay más zozobras para José. Podemos estar ahora con él y pedirle que nos enseñe cómo estar.

- “Cuando se marcharon, un ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: - Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre y huyó a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: “De Egipto llamé a mi hijo” (Mt 2, 13-15).

- “Muerto Herodes, un ángel del Señor se le apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: -Levántate, toma al niño y a su madre y ve a la tierra de Israel; porque han muerto ya los que atentaban contra la vida del niño. Se levantó, tomó al niño y a su madre y vino a la tierra de Israel. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá; y avisado en sueños marchó a la región de Galilea. Y se fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por medio de los Profetas: “Será llamado nazareno” (Mt 2, 19-23)

Como san José, el cristiano sabe que debe hacer lo que debe y estar a lo que hace y que esa buena disposición de ánimo debe ser más generosa: siempre y en todo debe estar disponible para cumplir la voluntad de Dios. Poco, nada que ver con nuestras habituales excusas, nuestras quejas, nuestra mala cara, el mal humor que tienen que soportar otros.

Es tiempo de llenarnos de alegría y de repartirla con amor porque somos hijos de Dios.

Y decimos con santa Teresa de Jesús: “Dadme pues, sabiduría,/ o por amor, ignorancia;/ dadme años de abundancia,/ o de hambre y carestía;/ dad tiniebla o claro día,/ revolvedme aquí o allí./ ¿Qué mandáis hacer de mí?./ Si queréis que esté holgando, quiero por amor holgar./ Si me mandáis trabajar,/ morir quiero trabajando./ Decid, ¿dónde, cómo y cuándo?/ Decid, dulce amor, decí./ ¿Qué mandáis hacer de mí?” (183)

8) TIEMPO ORDINARIO

El cristiano que acompasa su vida a los tiempos litúrgicos aprovecha estos días del Tiempo Ordinario después de Navidad y antes de Cuaresma para renovarse, convertirse, conformarse con Cristo ajustando su querer y su hacer a la amabilísima voluntad de Dios. Se trata de saber que Dios me llama, decidirse, no excusarse y perseverar.

- Vocación y decisión. “Y mientras pasaba junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo Jesús: -Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres. Y, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Y pasando un poco más adelante, vio a Santiago el de Zebedeo y a Juan, su hermano que estaban en la barca remendando las redes; y enseguida los llamó. Y dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se fueron tras él” (Mc 1,16-20). “Y se fue otra vez a la orilla del mar. Y toda la muchedumbre iba hacia él, y les enseñaba. Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado al telonio, y le dijo: -Sígueme. El se levantó y le siguió” (Mc 2,13-14). Así nos llama Dios en nuestro trabajo, en nuestro estado civil, con nuestra salud o en la enfermedad. Y así debe ser nuestra respuesta. Es tiempo de decisión, de propósitos concretos.

- Sin excusas. “¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?/ ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,/ que mi puerta, cubierto de rocío,/ pasas las noches del invierno obscuras?/ ¡Oh cuanto fueron mis entrañas duras,/ pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,/ si de mi ingratitud el hielo frío/ secó las llagas de tus plantas puras!/ ¡Cuántas veces el ángel me decía:/ “Alma asómate agora a la ventana,/ verás con cuanto amor llamar porfía”!/ Y ¡cuántas, Hermosura soberana,/ “Mañana le abriremos”, respondía,/ para lo mismo responder mañana!” (“A Jesucristo”, Lope de Vega). Mira al Niño, mira a la Cruz. No podemos fallarle. Y si hemos fallado, si fallamos, una mirada a nuestra Madre y arriba.

- Perseverancia. Hasta alcanzar la vida eterna: “Con una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabajase lo que se trabajase, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino, siquiera no tenga devoción para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo” (“Camino de perfección”, 21,2, santa Teresa de Jesús)
Y, así, por Él, con Él y en Él, descansamos en la misericordia del Corazón de Jesús: “No temas, que te he redimido y te he llamado por tu nombre; tú eres mío” (Is 43,1) (186)

9) TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive la fe recibida de Dios procurando dar testimonio de ella en su estado, en sus circunstancias, en la familia, en la salud, en la enfermedad, en el éxito, en el fracaso, en el trabajo, en el descanso, en la preocupación, en el hablar y en el callar. Y encuentra en el Evangelio muchas referencias para andar sin perderse, sin desorientarse, el camino al cielo. Sólo hay que ponerse en lugar de esos personajes... y ante Dios.

- Testimonio. Los pastores: “Fueron presurosos y encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre. Al verlo, reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas sobre el niño. Y todos los que lo oyeron se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho” (Lc 2,16-18). Los ciegos: “Y se les abrieron los ojos. Pero Jesús les ordenó severamente: mirad que nadie lo sepa. Ellos, en cambio, en cuanto salieron divulgaron la noticia por toda aquella comarca” (Mt 9,29-31). El leproso: “Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio. Enseguida le conminó y le despidió. Le dijo: -Mira, no digas a nadie, pero anda, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda que ordenó Moisés por tu curación, para que les sirva de testimonio. Sin embargo, en cuanto se fue, comenzó a proclamar y a divulgar la noticia, hasta el punto de que ya no podía entrar abiertamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios. Pero acudían a él de todas partes.” (Mc 1,40; Lc 5,12-16). El endemoniado: “En cuanto él subió a la barca, el que había estado endemoniado le suplicaba quedarse con él; pero no lo admitió, sino que le dijo: -Vete a tu casa con los tuyos y anúnciales las grades cosas que el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti. Se fue y comenzó a proclamar en la Decápolis lo que Jesús había hecho con él. Y todos se admiraban” (Mc 5,18-20; Lc 8,26-39). El sordomudo: “Y se le abrieron los oídos, quedó suelta la atadura de su lengua y empezó a hablar correctamente. Y les ordenó que no se lo dijeran a nadie. Pero cuando más se lo mandaba, más lo proclamaban; y estaban tan maravillados que decían: -Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7,35-37) ¿Noto que Dios está conmigo? ¿Hablo de que nos quiere? ¿Animo a quererlo?

- Llevar a Dios. Los apóstoles: “Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús: Encontró primero a su hermano Simón y le dijo: -Hemos encontrado al Mesías –que significa “Cristo”. Y lo llevó a Jesús. Jesús le miró y le dijo: -Tú eres Simón, el hijo de Juan, tú te llamarás Cefás –que significa “Piedra”... Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encontró a Natanael y le dijo: -Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José. Entonces le dijo Natanael: -¿De Nazaret puede salir algo bueno? –Ven y verás –le respondió Felipe.” (Jn 1,40-46). Los amigos: “Entonces unos hombres, que traían en una camilla a un paralítico, intentaban meterlo dentro y colocarlo delante de él. Y como no encontraban por dónde introducirlo a causa del gentío, subieron al terrado, y por entre las tejas lo descolgaron en la camilla hasta ponerlo en medio, delante de Jesús. Al ver Jesús la fe de ellos, dijo: -Hombre tus pecados te son perdonados” (Lc 5,18-20). Amigos que llevan a Dios. Llevarle amigos. (189)

10) TIEMPO ORDINARIO

El cristiano, cuando su alma empieza a intuir que ya está cerca el tiempo de intimidad y silencio de Cuaresma para preparar la Pascua de Resurrección, se encuentra con la ocasión de aprovechar la fiesta en que se celebra la penúltima referencia a los primeros años de Jesús. El día 2 de febrero, se celebra la fiesta de la Presentación del Señor. Cumpliendo lo prescrito en la ley mosaica, a los cuarenta días contados desde el nacimiento, Jesús fue presentado en el Templo al mismo tiempo que su Madre realizaba la ceremonia de la purificación. Es una fiesta que ya se celebraba en Jerusalén a finales del siglo IV, desde donde se extendió a Oriente y Occidente. El Evangelio del día es una ocasión propicia para vivir como uno más de los presentes en aquellos actos.

- “Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la Ley. Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: - Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.” ¿Siento que el Espíritu Santo está en mí, que me habla, que me guía? ¿Procuro frecuentar mi trato con Él?

- “Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María su madre: - Mira, éste está puesto para que muchos de Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti una espada te traspasará el alma.” Debo decirle a la Madre que la actitud de mi corazón es amar la voluntad de Dios y que necesito que Ella me ayude.

- “Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose a en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.” Hay que vencer el miedo al qué dirán otros cuando vean que procuro ser un buen cristiano y que eso me lleva a ser amable, comprensivo; cuando vean que fallo, pero que empiezo de nuevo con alegría.

- “Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose, y se llenaba sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba” (Lc 2, 24-40). ¿Qué es eso de no practicante? No hay madres, ni hijos, no practicantes, no hay enamorados que no aman. Si comprendemos que cumplir los mandamientos de Dios y de la Iglesia son actos de amor; que Dios derrocha de gracia en los sacramentos que son signo de amor, nuestra vida será crecer y fortalecer nuestra fe junto a Jesús que es Dios, hermano, amigo y que nos quiere santos. (191)

11) CUARESMA

Para algún cristiano en esta semana en la que empieza la Cuaresma puede ser conveniente hacer que coincida esa circunstancia con la última noticia que san Lucas (2, 41-52) da de la infancia de Jesús y de su vida en Nazaret. Y, en la meditación de lo ocurrido, cada uno se puede situar como un personaje más y aplicarse lo que oye.

- “Sus padres iban todos los años para la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron a la fiesta, como era costumbre. Pasados aquellos días, al regresar, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo advirtiesen sus padres. Suponiendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y conocidos, y al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en su busca”. Es fácil pensar que fue la Virgen María la que contó a san Lucas lo ocurrido: la costumbre familiar, cómo era el viaje de “subida” desde Nazaret hasta Jerusalén, los grupos de hombres, de mujeres y de niños, lo que se decía, lo que se cantaba. Y también lo que sintieron José y María cuando echaron en falta al “niño Jesús” (también en 2, 27), en expresión del evangelista que hay que escuchar con la voz y el tono de la Madre. Es tiempo de examinar si en nuestra vida ordinaria, en la familia, en el trabajo, con los amigos, caminamos junto a Jesús, hablando, cantando, acudiendo a María y José para no perder la senda. Y es tiempo de pensar en los olvidos, en el abandono, en el desaprecio. ¿Volvemos en su busca?

- “Y al cabo de tres días lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles. Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas. Al verlo se maravillaron, y le dijo su madre: - Hijo ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos. Y él les dijo: - ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre? Pero ellos no comprendieron lo que les dijo”. Si este tantas comentado pasaje se lee con el alma acostumbrada al diálogo habitual y sencillo con Jesús, se descubren interesantes matices: ni los padres perdieron al niño; ni el Niño se perdió; la Virgen pregunta, como Madre, en nombre de los dos (tu padre y yo), Jesús contesta a ambos (me buscabais, no sabíais); pensando en la vida familiar la respuesta podría ser equivalente a: Pero si lo hemos hablado muchas veces: tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre. Lo habían hablado muchas veces, sin precisar el momento y, claro, sin que el lenguaje humano pudiera expresar el misterio trinitario que hacía al Hijo hablar a “sus padres” de “mi Padre”. Ellos no comprendieron. En el amor no hay nada que comprender. Es tiempo de hacer propósito, y de cumplirlo, de tratar a menudo con Jesús, de leer una y otra vez, unos minutos cada día, el evangelio. Y de acercarnos cada poco tiempo y cuando sea necesario a la gracia de Dios mediante el sacramento de la reconciliación.

“Bajó con ellos, vino a Nazaret y les estaba sujeto. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres”. Dios se ha hecho carne (Verbum caro factum est): fue y es como tú y como yo. Estudió, trabajó, se cansó, sintió lástima, se reía, bromeaba, rezaba. Debemos acostumbrarnos a convivir con Dios, que nos ve, nos oye, nos habla. Que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que trates a Cristo, que ames a Cristo (san Josemaría) (192)

12) CUARESMA

Cuaresma. En el año jubilar de la Misericordia. El cristiano se ve urgido a vivir con más intensidad su seguimiento de Cristo: “Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontrareis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es suave y ni carga ligera” (Mt 11,28-30). Es tiempo de vivir en el amor de Dios cada uno y compartiendo con todos ese derroche de amor que se derrama del alma. Tiempo de actualizar con obras de ahora aquellas palabras antiguas: visitar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, redimir al cautivo, enterrar a los muertos. Y también: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo ha de menester, corregir al que yerra, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia las flaquezas del prójimo, pedir a Dios por vivos y muertos. Oración, Limosna, Sacrificio. Tenemos que llenar la Cuaresma de actos de amor, de ofrecimientos a Dios por los demás.

Es tiempo de vencernos y convencernos en la realidad de la Santísima Humanidad de Cristo y vivir que Dios se ha hecho carne como yo: se ha encarnado. Sabe lo que siento, lo que quiero, lo que me cuesta, lo que hago por Él y para Él y cómo me excuso cuando le abandono, cuando le niego. Dios vive conmigo mi cansancio, mis disgustos, mi dolor, mi fiebre, mis preocupaciones y mis frustraciones; y también comparte, quiere compartir, conmigo las alegrías y lo que me alegra. Posiblemente sonríe cuando me oye algunas peticiones que afectan a otros: que no se dé cuenta, que escarmiente, que se olvide, que salga bien aunque lo he hecho mal. Y nosotros, cada uno, debemos aprovechar este tiempo para “aprender para siempre” a vivir con Dios, encarnado, que me ve, que me oye, que está conmigo, que me habla, que me ayuda.

Cuaresma es tiempo de buscar a Jesús y hablar con Él: “- Maestro ¿qué obra buena debo hacer para alcanzar la vida eterna?... – Todo esto le he guardado –le dijo el joven-. ¿Qué me falta aún? Jesús le respondió: - Si quieres ser perfecto, anda vende tus bienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos. Luego, ven y sígueme... Al oír el joven estas palabras, se marchó triste, porque tenía muchas posesiones” (Mt 19, 16-22). Trátalo con Jesús, que es Dios encarnado. No lo negocies. Hay que pedir luces, entender qué quiere decir desprendimiento. Y rezar a menudo: “Toma, Señor, mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad. Todo mi haber y mi poseer. Tú me lo diste; a Ti, Señor, lo torno. Todo es tuyo. Dispón de mí según tu voluntad. Dame tu amor y tu gracia que eso me basta” (San Ignacio de Loyola). En latín acaba así: “nec aliud quidquam ultra posco”, es decir: cualquier otra cosa más me sobra. Amén. (195)

13) CUARESMA

Cuaresma. En este tiempo fuerte el cristiano aprovecha para examinar el alma, para fortalecer la voluntad con la práctica de las virtudes (prudencia, justicia, fortaleza templanza, humildad y servicio, generosidad y perdón, entrega y amabilidad, pureza y castidad, sobriedad y autonegación en lo prescindible, laboriosidad y cuidado en los detalles) y para corregir lo que desvía del camino al cielo. Oración y Sacramentos son los fundamentos y los medios necesarios para llegar a esa meta ¡para siempre!. Meterse en un pasaje evangélico como el que sigue (Jn 4, 1-42) es un buen procedimiento.

“Llegó entonces a una ciudad de Samaría, llamada Sicar, junto al campo que le dio Jacob a su hijo José. Estaba allí el pozo de Jacob. Jesús fatigado del camino, se había sentado en el pozo. Era más o menos la hora sexta”. Dios nos ha hecho el regalo de aprehender la realidad de la Santísima Humanidad de Jesús, Hijo de Dios, con carne, cuerpo, con rasgos de hombre judío, con acento galileo, que se fatiga... Y puedo estar con él, sentado en el suelo, en una piedra, junto al pozo, bajo el sol del mediodía. ¿A que no necesitamos hablar? Nos basta mirarlo sin descanso y sin cansancio; y escuchar. Tenemos tantas ocasiones durante el día. Al menos un momento.

“Vino una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dijo: -Dame de beber –sus discípulos se habían marchado a la ciudad a comprar alimentos. Entonces le dijo a la mujer samaritana: -¿Cómo tú siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana? –porque los judíos no se tratan con los samaritanos. Jesús le respondió: -Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva”. Que estupenda vivencia: en nuestro quehacer ordinario de cada día, ¡encontrarnos con Jesús! Y me dice que tiene necesidad de mí (“Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, san Agustín, sermón 169) y me invita a pedirle a Él: Dame de beber... tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva.

“La mujer le dijo: -Señor, no tienes nada con qué sacar agua, y el pozo es hondo, ¿de dónde vas a sacar el agua viva? ¿O es que eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados? –Todo el que bebe de esta agua tendrá sed de nuevo –respondió Jesús-, pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna. –Señor, dame de esa agua, para que no tenga sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla, le dijo la mujer”. Es un delicioso pasaje lleno de ternura e ingenuidad. Es el hablar y el discurrir humano... con Dios. Cuántas veces hemos dicho a Dios palabras parecidas: cuando le preguntamos ¿no te das cuenta?; o le aconsejamos: lo que deberías hacer; o le corregimos: deberías haber hecho otra cosa; o le insistimos: ¿no oyes mis oraciones?; o nos crecemos: con lo que yo hago por ti... Hablar con Dios es vivir ya en el cielo. Cuaresma y Misericordia: amar la voluntad de Dios y tratar con amorosa confianza a la Trinidad Santísima. “Vosotros sois mis amigos... yo os he elegido... Nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 15, 15-16; 16,22) (197)

14) CUARESMA

Cuaresma. Tiempo de encuentro con Cristo en el camino, en la vida ordinaria, en el dolor o en la enfermedad, en el trabajo habitual o en el esfuerzo extraordinario. Y si con nuestra vida, sin sermones, somos testimonio de que Dios nos ama a todos, la Cuaresma es tiempo de conversión también para los que lo olvidaron, para los que prefieren no encontrarse con Él, para los que “no saben lo que hacen”.

- “Después que Jesús salió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón. En esto una mujer cananea, venida de aquellos contornos, se puso a gritar: - ¡Señor, Hijo de David, apiádate de mi! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio. Pero él no le respondió palabra. Entonces se le acercaron sus discípulos para rogarle: - Atiéndela y que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros. Él respondió: - No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de las casas de Israel. Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo: - ¡Señor, ayúdame! Él le respondió: - No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos. Pero ella dijo: - Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Entonces Jesús le respondió: -¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres. Y su hija quedó sana en aquel instante” (Mt 15, 21-28; Mc 7, 24-30)

¡Las palabras! La mujer empieza “gritando” y termina acercándose, postrada ante Jesús y “diciendo”. Jesús, primero, “no responde palabra”, responde, después, y acaba exclamando: ¡que grande es tu fe! La mujer, venida de los contornos, aparece de pronto –“en esto”- y empieza a gritar: ha buscado a Jesús, ha encontrado a Jesús y al verlo no quiere que se escape: grita desde lejos, gritando le sigue y así hasta que se acerca y se postra. Conquista el corazón de Jesús. Es una contienda de amores en el que un amor humano enamora al amor de Dios. Esto hace una madre por su hija. ¿Y yo por mi alma, por el alma de los que quiero, por el alma de los que no Le quieren? Esto hace Dios cuando se le busca, se le encuentra, se le pide con fe. Tiempo de buscar a Dios. ¿Y yo?

- “Al entrar en Cafarnaún se le acercó un centurión que le rogó: -Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes. Jesús le dijo: - Yo iré y le curaré. Pero el centurión respondió: -Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa. Pero basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Pues también yo soy un hombre que se encuentra bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes. Le digo a uno “Vete”, y va; y a otro: “Ven” y viene; y a mi siervo: “Haz esto” y lo hace. Al oírlo Jesús se admiró y les dijo a los que le seguían: - En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande. Y os digo que muchos de oriente y occidente vendrán y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán arrojados a las tinieblas de afuera: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Y le dijo Jesús al centurión: -Vete y que se haga conforme has creído. Y en aquel momento quedó sano el criado” (Mt 8, 5-13; Lc 7, 1-10; Jn 4,46-54). Es el tiempo oportuno. Es el negocio de nuestra vida y para siempre. Merece la pena. (199)

15) CUARESMA

El cristiano vive la Cuaresma como hijo de la Iglesia, con la Iglesia, en oración con todos como una sola alma, dando gracias con todos como un solo corazón y con actos de desagravio con todos y por todos. La Cuaresma es un tiempo de conversión, de revisión y de propósitos, pero también de esfuerzo contra la rutina, la pereza, la aridez y aún lo que parece desesperanza. El examen específico para avanzar en la práctica de las virtudes y en la erradicación de vicios e inclinaciones, el examen del día para comprobar el rumbo, la marcha y tomar las medidas necesarias o convenientes, se hacen en Cuaresma con más detalle, con más atención, con más ánimo. El domingo “Laetare” (“Alegraos y gozad con Jerusalén todos los que la amáis”, Is 66,10) es como un oasis en el rigor del tiempo fuerte dedicado en especial a la conversión y la penitencia.

El cristiano no pierde la conciencia de que en su amor al Amor falla a menudo, de que la soberbia empuja para que “el yo” se manifieste y procure ocupar el centro de los deseos y preferencias en la actividad del día, en las decisiones del momento, en las conversaciones incluso las más banales. Pero el cristiano sabe dónde acudir para encontrar consuelo. Y más en este año de la Misericordia.

- Se le acercaban todos los publicanos y pecadores para oírle. Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: - Éste recibe a los pecadores y come con ellos. Entonces les propuso esta parábola. – ¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y sale en busca de la que se perdió hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso, y, al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: “Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me perdió”. Os digo que, del mismo modo, habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión” (Lc 15, 1-7)

Es conveniente recordar lo que contestó Jesús cuando los discípulos le preguntaron “¿Por qué les hablas con parábolas?”. Lo que les dijo vale para todos los que se acercan a ellas sin atender ni entender que por esa vía habla Dios a las almas más allá y más dentro de las palabras que se oyen o escriben. Ningún pastor deja las ovejas en el campo para ir a buscar a una que se perdió, ninguno la pone sobre sus hombros cuando la encuentra, ninguno reúne a sus amigos para celebrar que la ha encontrado. ¿Por una oveja torpe? Eso sólo lo hace un enamorado, un loco de amor, que ha perdido a la persona amada, que deja lo que sea para ir a buscarla, que al encontrarla quiere decírselo a todo el mundo. Y, así, se entiende muy bien la parábola.

Es el Amor de Dios. Cantar de los salmos: “Ten misericordia de mí, Dios mío, según tu bondad; según tu inmensa compasión borra mi delito. Lávame por completo de mi culpa, y purifícame de mi pecado... Crea en mí, Dios mío, un corazón puro y renueva en mi interior un espíritu firme... Devuélveme el gozo de tu salvación.” (salmo 51) (200)

16) CUARESMA

Cuaresma. Tiempo de conversión: tiempo de mirar lo que hay en el interior del alma, sin dejar rincones en la oscuridad de lo que sabemos que está ahí y no queremos ver. Tiempo de rectificar lo que nos desvía del camino al cielo, de echar lejos lo que nos impide ver, oír, recibir, alojar a Dios como se merece. “Mira, estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap. 3,20).

- “Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y despreciaban a los demás: “- Dos hombres subieron al Templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo”. Pero el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh Dios, ten compasión de mí que soy un pecador”. Os digo que este bajó justificado a su casa y aquel no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado” (Lc 18, 9-14; este final igual en Lc 14,11; vid. Mt 23,11)

Quizá no presumimos de buenos, pero sí que hacemos una misericordia de Dios a nuestra medida que nos sirve para esconder en el fondo del alma la mala conciencia por nuestros fallos. Quizá no nos hemos parado a pensar que no debemos medir las buenas obras y las omisiones y malas acciones como leyes, méritos y castigos, sino como “lo que el amor pide” o “la infidelidad al amor que nos da el Amor”. Es otro ámbito en el que no hay que razonar, ni alegar, ni excusar. Y así siempre estaremos insatisfechos porque queremos amar más al Amor y por el Amor.

- Cuaresma. Tiempo de revisión y de conversión también para los que se creen buenos y para los que saben que no lo son, pero aparentan serlo. Jesús ya señalaba: “Vosotros os hacéis pasar por justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones...” (Lc 16,14). Y también: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas que pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, pero habéis abandonado lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad! Hay que hacer esto sin abandonar lo otro.” (Mt 23,23). Y: “Hacen todas sus obras para que les vean los hombres” (Mt 23,5)

Cuaresma. Tiempo de pedirle ayuda a Dios que ve en lo escondido. “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos...” (Mt 6, 1-18). “Examíname, Dios mío, y conoce mi corazón; ponme a prueba y conoce mis pensamientos. Mira si voy por el mal camino, y guíame por el camino eterno” (sal. 139) (203)

17) SEMANA SANTA

Semana Santa. En estos días, santos en la conmemoración, el cristiano procura que su ocupación ordinaria, su quehacer habitual, en la vida de familia, en el trabajo, en la convivencia tengan un sentido especial. Es fácil seguir y sentir en cada día de la semana lo que el Evangelio va relatando con precisión bastante como para vivir con Jesús lo que hizo cada día. Lo que sigue puede ser una guía. Desde el Jueves, la liturgia de cada día.

- “Jesús, seis días antes de la Pascua, marchó a Betania, donde estaba Lázaro, al que Jesús había resucitado de entre los muertos. Allí le prepararon una cena. Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con él” (Jn 12,1-2; v. Mt 26, 6-13; Mc 14, 3-9; Jn 12, 2-11)

- “Al día siguiente las muchedumbres que iban a la fiesta, oyendo que Jesús se acercaba a Jerusalén, tomaron ramos de palmas, salieron a su encuentro y se pusieron a gritar: -¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel!” (Jn 12,12-13; v. Mt 21, 1-11; Mc 11, 1-10; Lc 19, 29-14). Al acercarse a Jerusalén lloró sobre ella, diciendo: Si en este día hubieras conocido tú también la visita de la paz... (v. Lc 19,41). En el templo se le acercaron unos ciegos y cojos y los curó... (v. Mt 21,14). Unos griegos de los que había subido para doraren la fiesta se presentaron a Felipe que era de Betsaida de Galilea y le rogaron que querían ver a Jesús. Felipe se lo dijo a Andrés y los dos a Jesús (v. Jn 12,20). Predicó en el Templo (v. Lc 19,47) y, después, salió para Betania donde pasó la noche (v. Mt 21,17; Mc 11,11)

- “Al día siguiente después que salieron de Betania, sintió hambre. Vió desde lejos una higuera con hojas y fue por si encontraba en ella. Cuando llegó no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos...” (Mc 11,26; v. Mt 21, 18-22). Jesús llegó al Templo y estaba enseñando cuando se le acercaron los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo preguntándole con qué poder hacía lo que hacía... Jesús contesta con una pregunta que ellos no saben responder (v. Mt 21, 23-27; Mc 11, 27-33; Lc 20, 1-8). Parábolas de los dos hijos (v. Mt 21, 28-32), de los renteros homicidas (v. Mt 21,33-46; Mc 12, 1-12; Lc 20, 9-19), de los invitados a las bodas del hijo del rey (v. Mt 22, 1-14). Los fariseos preguntan a Jesús si se debe pagar el tributo al César (v. Mt 22, 15-22; Mc 12, 13-17; Lc 20, 20-26); los saduceos le preguntan sobre la resurrección (v. Mt 22, 23-33; Mc 12, 18-27; Lc 20, 27-40), un escriba pregunta cuál es el mayor de los mandamientos (v. Mt 22, 34-40; Mc 12, 28-34). Jesús pregunta a los fariseos sobre la naturaleza divina de Cristo (v. Mt 23, 41-46; Mc 12, 35-37; Lc 20, 41-44). Jesús habla a la gente y a sus discípulos sobre la soberbia, la hipocresía y el castigo de escribas y fariseos (v. Mt 23, 1-39; Mc 12, 38-40; Lc 20, 45-47). Jesús alaba la ofrenda de la viuda (v. Mc 12, 41-44; Lc 21, 1-4). Pero los judíos no creían en él (v. Jn 12, 37-50). Salieron del Templo y llegaron al monte de los Olivos donde Jesús pronunció el discurso escatológico (v. Mt 24, 1-51; Mc 13, 1-32; Lc 21, 5-36). Puede enlazar aquí la parábola de las vírgenes, la de los talentos y la descripción del juicio final (v. Mt 25, 1-46)

Una antigua tradición sitúa en el miércoles el consejo secreto del sanedrín (Mt 26, 1-16; Mc 14, 1-11; Lc 22, 1-4) y el pacto con Judas: “¿Qué me dais y os lo entregaré?” (204)

18) PASCUA DE RESURRECCIÓN

¡Ha resucitado! El grito de alegría desde el corazón llena el cuerpo y el alma y se expande porque la resurrección es el fundamento que confirma nuestra fe. Las palabras de san Pablo nos llevan de la mano: “Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe, todavía estáis en vuestros pecados... Ahora bien, Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primer fruto de los que mueren... Por tanto, amados hermanos míos, manteneos firmes, inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, sabiendo que en el Señor vuestro trabajo no es vano” (1 Co 15, 16-17, 20 y 56). Una breve guía de hechos y palabras puede servir para facilitar el recuerdo de aquellos días:

- Jesús resucita (Mt 28, 2-4). Muy de mañana, al alborear el día, al salir el sol, las mujeres van al sepulcro (v. Mt 28,1; Mc 10, 2-4; Lc 24, 1-2; Jn 20,1). La Magdalena corre a buscar a Simón Pedro y al otro discípulo a quien amaba Jesús y les dice que han robado el cuerpo (Jn 20,2). Los ángeles anuncian a las mujeres que Jesús ha resucitado y corren a decírselo a los discípulos y Pedro y Juan van deprisa al sepulcro (Mt 28, 5-8; Mc 16, 5-8; Lc 24, 3-12; Jn 20, 3-10). Los guardias anuncian a los pontífices lo sucedido y éstos resuelven dar bastante dinero a los soldados y decirles: “Decid que sus discípulos vinieron por la noche estando nosotros dormidos y lo robaron. Y si esto llega a oídos del presidente nosotros le convenceremos de modo que vosotros quedéis seguros”. Ellos tomaron el dinero y procedieron como habían sido instruidos. Y esta versión se ha propagado entre los judíos hasta el día de hoy (Mt 28, 11-15)

- La Magdalena ve a Jesús (Mc 16, 9-11; Jn 20, 11-16): “Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dijo Jesús: -Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré. Jesús le dijo: ¡María! Ella volviéndose exclamó en hebreo: - ¡Rabbuni! – que quiere decir: Maestro... Fue María Magdalena y anunció a los discípulos: ¡He visto al Señor!, y me ha dicho estas cosas” (Jn 20, 14-16 y 18). También lo vieron las mujeres (Mt 28,9) y Simón (Lc 24,34)

- La aparición a los de Emaús (v. Mt 16, 12-13; Lc 24, 13-35): “Y se detuvieron entristecidos. Uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días?”

- Apariciones en el cenáculo (v. Mc 16,14; Lc 24,36-43; Jn 20, 19-29): “¡Hemos visto al Señor! Pero él respondió: - Si no veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré... A los ocho días... Respondió Tomás y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío!”

- La aparición en el lago de Galilea (v. Jn 21, 1-23): “Echaron la red y casi no eran capaces de sacarla de la gran cantidad de peces. Aquel discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: ¡Es el Señor!”
María, madre de Jesús (Hch 1,14), cómo dudarlo, fue la primera que vio al Resucitado. (205)

19) TIEMPO PASCUAL

Tiempo Pascual. Tiempo de encuentros con el Señor. A veces, leyendo, comentando, escribiendo sobre un asunto humano se siente que Dios está cerca, que hace mucho tiempo que no pensamos en Él, que no hablamos con Él, que no vamos junto al Sagrario y estamos en silencio un ratito. Es provechoso siempre y no tiene contraindicaciones.

- “Estaba allí el pozo de Jacob, Jesús, fatigado del camino, se había sentado en el pozo. Era más o menos la hora sexta. Vino una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dijo: -Dame de beber... – Sé que el Mesías, el llamado Cristo, va a venir –le dijo la mujer-. Cuando él venga nos anunciará todas las cosas. Le respondió Jesús: -Yo soy, el que habla contigo... La mujer dejó su cántaro, fue a la ciudad y le dijo a la gente: - Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?... Así que, cuando los samaritanos llegaron a donde él estaba, le pidieron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Entonces creyeron en él muchos más por su predicación. Y le decían a la mujer: -Ya no creemos por tu palabra, nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es en verdad el salvador del mundo” (Jn 4, 6-7. 25-26. 28-29.40-42). Hay que tomar nota: encontrar a Jesús, hablar con Jesús y de Jesús, animar a otros.

- “Estaba allí un hombre que padecía una enfermedad desde hacía treinta y ocho años. Jesús al verlo tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo le dijo: - ¿Quieres curarte?... Le dijo Jesús: -Levántate, toma tu camilla y ponte a andar. Al instante aquel hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar … Le interrogaron: - ¿Quién es el hombre que te dijo: “Toma tu camilla y anda”? El que había sido curado no sabía quién era, pues Jesús se había apartado de la muchedumbre allí congregada. Después de esto lo encontró Jesús en el Templo y le dijo: - Mira, estás curado; no peques más para que no te ocurra algo peor. Se marchó aquel hombre y les dijo a los judíos que era Jesús el que le había curado.” (Jn 5, 5-6. 8-9. 12-15). Encontrar a Jesús, escuchar a Jesús, hacer lo que Jesús nos dice: “cargar” con la camilla de nuestras debilidades y “andar” en el trabajo de cada día, hablar de Jesús y animar a otros para que disfruten de su amistad.

- “Cuando la multitud vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, subieron a alas barcas y fueron a Cafarnaún buscando a Jesús. Y al encontrarle en la otra orilla del mar, le preguntaron: - Maestro ¿cuándo has llegado aquí?” (Jn 6,24-25). Buscar a Jesús, encontrar a Jesús, tratar a Jesús, amar a Jesús. Llama la atención que no le preguntaron cómo había llegado, sino cuándo. Cuando se quiere estar con Jesús, escucharle, pedirle, lo importante es no perder el tiempo y aprender para otra ocasión.

- “Y al pasar vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento... Y le preguntaban: - ¿Cómo se te abrieron los ojos? Él respondió: - Ese hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos y me dijo: Vete a Siloé y lávate. Así que fui, me lavé y comencé a ver... Oyó Jesús que le habían echado fuera, y cuando se encontró con él le dijo: - Crees tú en el Hijo del Hombre? -¿Y quien es, Señor, para que crea en él? –respondió. Le dijo Jesús: - Si lo has visto: el que está hablando contigo, ése es. Y él exclamó: - Creo, Señor – y se postró ante él.” (Jn 9, 1. 10-11.35-38). Los encuentros con Jesús son así: sencillos, un dulce sobresalto del corazón y saberse inundados de Dios. Y amar. (207)

20) TIEMPO PASCUAL

Pascua de Resurrección. Los cristianos que, en la adoración de la Eucaristía, meditan el himno “Adorote devote”, entre otras “paradas” también lo hacen al decir ”credo quidquid dixit Dei Filii, nil hoc verbo veritatis verius” (creo en lo que dijo el Hijo de Dios, ninguna otra palabra es mayor verdad). Lo que dijo el Hijo de Dios, la “palabra de Dios” que proclaman, a veces inconscientemente, los asistentes a misa, permite un seguimiento evangélico que regala frases inesperadas provechosas.

“En verdad, en verdad os digo que el que escucha mi palabra y cree en el que me envió tiene vida eterna” (Jn 5,24). No dice el que “oye”, sino el que “escucha y cree en el que me envió”, no dice “tendrá” vida eterna, en futuro, sino “tiene”, en presente, ya, ahora.

- Y también: “Si vosotros permanecéis en mi palabra, sois en verdad discípulos míos, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8,31-32). Personalizando (vosotros) y sustituyendo la referencia al momento (el que escucha y cree) por lo que debe ser toda una vida (permanecéis), proclama un reconocimiento (sois discípulos míos) y asegura una consecuencia provechosa (conoceréis la verdad y la verdad os hará libres) frente a ambiciones y las ilusiones del momento, pasajeras, que perseguimos con esfuerzo y sacrificio esclavizando el corazón y que al final producen tristeza y desencanto.

- Y para más claridad: “¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis oír mi palabra. Vosotros tenéis por padre al diablo y queréis cumplir las apetencias de vuestro padre: él era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de los suyo habla, porque es mentiroso y el padre de la mentira... El que es de Dios escucha las palabras de Dios. Sin embargo a mí, que digo la verdad, no me creéis... En verdad en verdad os digo: si alguno guarda mi palabra jamás verá la muerte” (Jn 8, 43-45. 51). Pasará por la muerte a la vida eterna, como dijo Jesús a Marta: “Yo soy la resurrección y la Vida, el que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre” (Jn 11,25-26). Como dice la sabiduría popular: “al final de la jornada aquel que salva, sabe y el que no, no sabe nada”.

- Y más: “Si alguno me ama, guardará la palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama, no guarda mis palabras; ...” (Jn 14,23-24; cf. Jn 12,47-50). “Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedir lo que queráis y se os concederá” (Jn 15,7). Hacernos morada de la Santísima Trinidad significa llenarnos (saturarnos) de Dios y meternos (sumirnos) dentro de Dios. Es la consecuencia inevitable de quien recibe el amor del Amor y, en vez de cerrarse, se deja inundar hasta derramarse en todos los demás, compartiendo así el amor del Amor: “Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor... Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15, 9.12)

- “Tuyos eran, Tú me los confiaste y ellos han guardado tu palabra... Yo ruego... por los que me has dado porque son tuyos” (Jn 17, 6.9). Jesús, Dios, ¡ruega por nosotros! (210)

21) TIEMPO PASCUAL

Pascua de Resurrección. Parece sencillo, pero es la historia del mayor amor que se ha producido y que se pueda producir: Jesús se hizo hombre, vivió como nosotros, sufrió por nosotros, murió en la Cruz y resucitó para nuestra redención y salvación. Él mismo lo había dicho: “Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos” (Jn 15,13). “En realidad, es difícil encontrar alguien que muera por un hombre justo. Quizá alguien se atreva a morir por una persona buena. Pero Dios muestra su amor hacia nosotros porque, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. (Rm 5, 7-8). Del amor habla el amor. La experiencia de amar, de haber amado, de haber sido amado ayuda a acercarse en la comprensión del Amor de Dios.

El cristiano puede encontrar referencias familiares que le ayuden a meditar sobre el amor. En el Antiguo Testamento, como: “¿Es que puede una mujer olvidarse de su hijo de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues aunque ellas se olvidaran, Yo no te olvidaré!” (Is 49,15). Es un precioso texto que se expone con alguna de las dos versiones (“aunque ella”; “aunque ellas”), pero que con la referencia plural, referida a las entrañas y no a la mujer, parece que gana no sólo en literalidad, sino también en intensidad de sentimiento. Y en el Nuevo Testamento, como: “¿Quién de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez le da una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos, dará cosas buenas a los que se lo piden?” (Mt 7, 9-11; Lc 11,11-13, añade: “¿O si le pide un huevo le dará un escorpión?”). Incluso con la alusión al Padre Bueno y a los humanos que podemos ser padres “malos”, el texto se refiere a que los padres quieren lo bueno para los hijos y no les dan lo que es malo.

Porque Dios es el Amor al que debemos un amor por encima de cualquier otro: “Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10, 37). Porque, como en el amor humano uno es feliz haciendo feliz al otro, el amor al Amor es conformar nuestra vida a lo que sabemos que le agrada: “Aún estaba él hablando a las multitudes, cuando su madre y sus hermanos se hallaban fuera intentando hablar con él. Alguien le dijo entonces: - Mira, tu madre y tus hermanos están ahí fuera intentando hablar contigo. Pero él respondió al que se lo decía: - ¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Mt 12, 49-50; v. Mc 3, 31-35; Lc 8, 19-21). Y, naturalmente, Dios, el Amor, a quien así le ama le regala el amor eterno, para siempre: “Y todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna” (Mt 19,29; v. Mc 10, 29-30 que añade “con persecuciones”; Lc 18, 29-39)

Y acabar así: “Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, le dijo a su madre: - Mujer, aquí tienes a tu hijo. Después le dice al discípulo: - Aquí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19, 26-27) (212)

22) TIEMPO PASCUAL

Pascua de Resurrección. “Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús, y sus hermanos” (Hech 1,14). “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros” (Jn 13, 34). “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,12). Qué útil brújula en el mar de la vida.

- Los peligros: “Escuchad pues vosotros la parábola del sembrador. A todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino. Los sembrado sobre terreno pedregoso es el que oye la palabra y al momento la recibe con alegría, pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropieza y cae. Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda estéril. Y lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta.” (Mt 13, 18-23; v. Mc 4,15-20, Lc 8, 11-15). Algún cristiano mete en el bolsillo papelitos para vivir la presencia de Dios.

- Nuestras reticencias: “Y se le acercó un escriba: -Maestro, te seguiré donde vayas- le dijo. Jesús le contestó: -Las zorras tienen su guarida y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza. Otro de sus discípulos le dijo: -Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre. -Sígueme y deja a los muertos enterrar a sus muertos –le respondió Jesús.” (Mt 8, 19-22; Lc 9, 57-62 añade y acaba: “Y otro dijo: -Te seguiré, Señor, pero primero permíteme despedirme de los de mi casa. Jesús le dijo: Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios”). Se trata de ordenarlo todo según la voluntad de Dios.

- Nuestras excusas. “Un hombre daba una gran cena e invitó a muchos. Y envió a su siervo a la hora de la cena para decir a los invitados: “Venid, que ya está todo preparado”. Y todos a una comenzaron a excusarse. El primero le dijo: he comprado un campo y tengo necesidad de ir a verlo te ruego que me des por excusado. Y otro dijo: Compré cincuenta yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego que me des por excusado. Otro dijo acabo de casarme, y por eso no puedo ir.” (Lc 14, 16-20). El amo ordenó salir a las plazas y calles y, luego, a los caminos para llenar su casa con otros.

- La entrega sin condiciones. “Entonces, subiendo a una de las barcas que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado, enseñaba a la multitud desde la barca. Cuando terminó de hablar le dijo a Simón: -Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca. Simón le contestó: -Maestro hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada; pero sobre tu palabra echaré las redes. Lo hicieron y recogieron gran cantidad de peces. Tantos, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que viniesen y les ayudasen. Vinieron y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían.” (Lc 5, 3-7). Todo lo puedo con Dios (omnia possum in eo qui me confortat: Flp 4,13). Sin Dios, nada (sine me nihil potestis facere: Jn 15.5). (214)

23) TIEMPO PASCUAL

El cristiano tiene un fiel contraste al que ajustar su vida y que produce estremecimiento: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Nos lo dice Jesús, en la cruz. Antes ya nos había señalado el camino: “Este es mi mandamiento que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,12), “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan” (Mt 5,44; Lc 6,27), “No juzguéis y no seréis juzgados” (Lc 6,37; Mt 7.1); “Si tu hermano peca, repréndele y si se arrepiente, perdónale. Y si peca siete veces al día contra ti, y siete veces vuelve a ti diciendo: “Me arrepiento”, le perdonarás” (Lc 17,3-4). Hay acogida, pero el acogido debe desearlo desde el amor.

Cristianismo es correspondencia de amor: “Como mi Padre me amó, así os he amado yo... este es mi mandamiento que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15, 9.12). El amor de Dios que inunda nuestro corazón se ha de derramar en los demás. “Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo ante el Sanedrín; y el que le maldiga será reo del fuego del infierno” (Mt 5,22). Del amor recibido del Amor se nutre el amor comprometido ante Dios: “¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo hombre y mujer, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre” (Mt 19,4-7). Y también: “Pero yo os digo que todo el que repudia a su mujer –excepto en el caso de fornicación- la expone a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio” (Mt 5.32; y lo repite en Mt 19,9; Lc 16,18). “Porque del interior del corazón proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia, la insensatez” (Mc 7,21-22). Esas son debilidades nuestras. Ni cabe justificar el mal ni mantenerse en él. Fallamos, nos arrepentimos, pedimos perdón. Confiamos en su Misericordia: ¡Dios me ama! (218)

24) TIEMPO PASCUAL

Pascua de Resurrección. El cristiano vive la alegría de los encuentros con Jesús resucitado, se siente feliz sintiendo adelantada en su alma la abundancia de gracia que derrama el Espíritu Santo en la Pascua de Pentecostés, tan próxima, y, sin esfuerzo intelectual, con el solo latir del corazón, participa del amor inmenso, eterno, de la Santísima Trinidad. El mes de mayo, el mes dedicado a María, Madre de Dios y madre nuestra, aporta el aroma del amor de hijos y la ternura de la mirada y cuidados de ella.

Tiempo para el alma de invitaciones para que sea como debe, como Dios quiere. “Deixém fer a Déu y faxam el que Déu mana. ¿Que mana Déu? Que´l amen de bona gana”, decía Fr. Pedro Esteve, el “Pare Pere”: Dejemos hacer a Dios y hagamos lo que Dios quiere. ¿Qué quiere Dios? Que lo amen de buena gana. Otros repiten a Jesús: “Haz que te quiera como Tú quieres que te quiera”. Y del alma sale con la fuerza y la seguridad del corazón enamorado: “Volo quidquid vis. Volo quia vis. Volo quomodo vis. Volo quamdiu vis”. Hablando con Dios: Quiero lo que quieras, lo quiero porque lo quieres, lo quiero como quieres, lo quiero hasta que quieras (oración del papa Clemente XI). Siguiendo la huella de Jesús hasta caminar a su lado. No hay mejor caminar.

Tiempo de cuidar el aseo, de sacar brillo a lo que pueda lucir, de poner graciosas lañas a lo que se pueda reparar, de quitar estorbos, de abrir las ventanas al aire y al sol. El criterio humano ofrece comprensión para las situaciones de otros cuando se piensa que así puede estar, o está, uno mismo; relativiza “el valor los valores” que hace depender de la propia conveniencia. Y, así, uno aprovecha la comprensión de los demás para mantenerse en la irregularidad, para reclamar un trato como si no existiera, sin hacer esfuerzo para corregir, sin tener pesar por los propios errores, sin pedir ayuda a quien puede y está deseando prestarla. “Entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no vestía traje de boda; y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin llevar traje de boda? Pero él se calló. Entonces el rey les dijo a los servidores: “... Echadlo a las tinieblas exteriores...” (Mt 22,11-14).

Dios nos invita a que estemos con Él en el banquete de su gloria y debemos corresponder con todo nuestro amor hasta el detalle. Con la comprensión que pedimos a otros, debemos atender a las palabras que escuchó la mujer: “Le dijo Jesús: Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más” (Jn 8,11). Es tan sencillo. (219)

25) PENTECOSTÉS

Pascua de Pentecostés. Fiesta de alegría de los cristianos: en el Padre vemos la creación del mundo, mi creación; en el Hijo hecho hombre, Jesús, agradecemos la redención y la salvación que nos abre, a cada uno, la morada del cielo; en el Espíritu Santo, celebramos que Dios es nuestro Defensor, nuestro Consejero. La Trinidad Santísima, tres Personas distintas y un solo Dios, derrama su amor y su gracia sobre nosotros: “Y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre” (Jn 14,16) ... “el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho” (Jn 14,26). “Pero yo os digo la verdad: os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy, os lo enviaré” (Jn 16,7).

Celebramos la venida del Espíritu Santo. “Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Co 2,11), “Nadie puede decir: ¡Jesús es Señor! sino por influjo del Espíritu Santo” (1 Co 12,3). “El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene: más el espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8,26). “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios... y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo” (Rm 8, 4.17)

Recordamos con el corazón los dones del Espíritu Santo: “sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios” (cf. Is 11, 1-2) que completan y llevan a la perfección las virtudes de quienes los reciben (CIC nº 1831). Y repasamos haciendo propósitos de vida los frutos del Espíritu Santo: “caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad” (Ga 5, 22-23) que son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna (CIC nº 1832)

Y cantamos la entrañable Secuencia: “Ven, Espíritu divino,/ manda tu luz desde el cielo./ Padre amoroso del pobre; / don, en tus dones espléndido;/ luz que penetra en las almas;/ fuente del mayor consuelo./ Ven, dulce huésped del ama,/ descanso de nuestro esfuerzo,/ tregua en el duro trabajo,/ brisa en las horas de fuego,/ gozo que enjuga las lágrimas/ y reconforta en los duelos./ Entra hasta el fondo del alma,/ divina luz, y enriquécenos./ Mira el vacío del hombre,/ si tú le faltas por dentro;/ mira el poder del pecado,/ cuando no envías tu aliento./ Riega la tierra en sequía,/ sana el corazón enfermo,/ lava las manchas, infunde/ calor de vida en el hielo,/ doma el espíritu indómito,/ guía al que tuerce el sendero./ Reparte tus siete dones,/ según la fe de tus siervos;/ por tu bondad y tu gracia,/ dale al esfuerzo su mérito;/ salva al que busca salvarse/ y danos tu gozo eterno.” (222)

26) TIEMPO ORDINARIO

Tiempo Ordinario. El cristiano procura acompasar la vida espiritual a los tiempos litúrgicos. En estos días, acabadas las Pascuas, reflexiona sobre la intensidad con que el alma ha vivido los meses pasados: los cuarenta días del Adviento que preparaban para la Pascua de Navidad y el misterio de la Encarnación; los cuarenta días de la Cuaresma que preparaban para la Pascua de Resurrección y el misterio de la Pasión y Muerte de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, que nos redime y nos salva; y los cincuenta días que llevan a la alegría de la Pascua de Pentecostés. En esos tiempos señalados ha podido haber momentos de conversión, redescubriendo rincones donde hemos abandonado dones y gracias que Dios nos ha regalado, rectificando desviaciones, limpiando manchas; momentos de unión con Dios que nos han llenado de alegría y nos han hecho reír y cantar; momentos de dolor de amor no tanto porque hemos caído, sino sobre todo porque le hemos fallado al Amor que sabemos que nos espera, que nos sigue amando. Y hemos hecho muchos propósitos. Y muchos, también, los hemos olvidado.

El Espíritu Santo, el Gran Desconocido, el Dulce Huésped del alma, es nuestro protector y nos defiende, nos aconseja, nos consuela. Si prestamos atención notaremos su cercanía en esa buena idea inesperada, en ese consejo interior de hacer, de no hacer, de decir o de callar, que a veces nos hace decir: Gracias a Dios, sin pensarlo. Hasta los alejados de la fe lo dicen. Decir sin pensar nos pasa a todos: al hacer la señal de la cruz decimos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; al rezar el “Credo” proclamamos nuestra fe al decir creo en Dios Padre, creador del cielo y de la tierra, en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo...; también lo hacemos al rezar el “Gloria”: gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo...En cada invocación debería volar nuestra alma y meterse en la interioridad entrañable del amor trinitario para llenarse de amabilidad y ternura para dar.

Es preciso iniciar esta etapa del Tiempo Ordinario con el entusiasmo del romero, del peregrino que se ve con fuerzas para llegar y que no duda que Dios se las dará si le faltan. Frente a desánimos, frente a cansancios, frente a la desconfianza en nosotros mismos, para un descaso en el camino, y también ahora al iniciarlo, puede venir bien recordar esta parábola que nos debe llenar de esperanza, de confianza en Dios: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña y fue a buscar en ella fruto y no lo encontró. Entonces le dijo al viñador: “Mira, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera sin encontrarlo: córtala, ¿para qué va a ocupar terreno en balde?”. Pero él le respondió: “Señor, déjala también este año hasta que cave alrededor y eche estiércol, por si produce fruto; si no, ya la cortarás” (Lc 13,6-9)

Año de la Misericordia. Tiempo de invocar: “El Señor es clemente y compasivo,/ lento a la ira y rico en misericordia./ El Señor es bueno con todos,/ y su misericordia se extiende a todas su obras./... El Señor sostiene a los que van a caer,/ y endereza a los que se encorvan./ Los ojos de todos se dirigen a ti esperando:/ Tú les das el alimento a su tiempo./... El Señor es justo en todos sus caminos,/ misericordioso en todas sus acciones./ El señor está cerca de los que le invocan,/ de cuantos le invocan de verdad...” (sal. 145, Vg 144) (224)

27) TIEMPO ORDINARIO

Se comenta en un medio de comunicación que el Ministerio de Hacienda alerta a TVE de “un grave problema ético” con la serie televisada en la que sus protagonistas han tenido que hacer declaraciones respecto de las acusaciones por un presunto delito contra la Hacienda. Una advertencia así, que excede con mucho de la justificación de las medidas cautelares, parece un prejuicio moral ajeno al Estado de Derecho.

Durante el Tiempo Ordinario el cristiano puede vivir la sucesión de los días como un camino hacia el cielo que es meta segura porque Dios es fiel (1 Co 1,9): ha venido a salvarnos (Jn 12,47), nos ha dicho que tenemos una morada preparada en el cielo (Jn 14,2-3) y quiere que estemos con Él para siempre. No se hace en solitario este andar. Cuando se es consciente de esta compañía, tan numerosa como todas las personas vivas, el caminar diario tiene un sentido nuevo. Se ve a los cercanos y se entra en relación. Es ocasión para participar de alegrías y de penas; en deseos y esperanzas que se comparten y en el amargo sabor de fracasos, desilusiones, pérdidas que necesitan comprensión y consuelo; en cansancios y desánimos que sólo se pueden superar con la voz amistosa y la palabra amable y oportuna. Ese caminar en compañía permite aunar, con la mirada que se extiende hasta el horizonte, a los grupos familiares con miembros de todas las edades, a los amigos que cambian de lado o el paso pero que siguen juntos, a los animosos y alegres y a los que caminan sin hablar y mirando el suelo. Caminantes lejanos y cercanos, los que andan sin salirse del camino y los que han tomado senderos y atajos equivocados que les alejan hasta que se pierden y los que rectifican a tiempo y vuelven.

Vida ordinaria que no debe ser vida de rutinas. La naturaleza llena y cambia los pequeños detalles del paisaje y la mirada fija en el terreno: la nube que avanza por el cielo, el color de las hojas de los árboles, la forma de las peñas... el insecto que va de un lado a otro, la hoja que nace y verdea el suelo, la flor que abre, que se inclina, la forma y el color de cada una de las piedras, la distinta composición y textura de la tierra. Y así es la vida en compañía, con cambios de situación, de tarea y de talante. A cada uno se le debe acoger de corazón, darle atención, comprensión y ayuda; desde el gesto amable a la palabra oportuna o el silencio que tranquiliza, suaviza y evita roces. A cada uno que está cerca, que queremos, o a los que están lejos en el espacio o en el ánimo. Amando, con gestos, miradas, palabras, silencios y obras, se da sentido al camino de la vida.

“Ese mismo día, dos de ellos se dirigían a una aldea llamada Emaús... Iban conversando entre sí todo lo que había acontecido. Y mientras comentaban y discutían, el propio Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos, aunque sus ojos eran incapaces de reconocerle. Y les dijo: -¿De qué veníais hablando entre vosotros por el camino? Y se detuvieron entristecidos... Uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: ¿Eres tú el único forastero de Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días? ...” (Lc 24,13-18). ¡Vaya pregunta! Y precisamente a Jesús. Cuántas veces nosotros...

De camino y de misericordia canta el salmo 23 (Vg 22): “El Señor es mi pastor, nada me falta./ En verdes prados me hace reposar;/ hacia aguas tranquilas me guía;/ reconforta mi alma,/ me conduce por sendas rectas por honor de su Nombre./ Aunque camine por valles oscuros, no temo ningún mal, porque Tú estás conmigo;/ tu vara y tu cayado me sosiegan.../ Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida;/ y habitaré en la casa del Señor por dilatados días.” (225)

28) TIEMPO ORDINARIO

El cristiano tiene motivos para descubrir en su vida cotidiana que, aunque incurre en errores y omisiones, falla en sus propósitos y deja de cumplir lo que debe y hace lo que no debe (“Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero”, Rm 7,19), Dios, que es amor (“Porque Dios es amor”, 1 Jn 4,8 y 4,16), no sólo lo conoce en su debilidad, sino que lo quiere como hijo (“Mirad que amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, ¡y lo somos!”, 1 Jn 3.1), desea que recapacite, que rectifique, que cambie y que vuelva. Y lo espera (“Cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de beses” Lc 15,29). El cristiano conoce sus infidelidades en el amor a Dios cuando cede a la tentación del tener, del usar y consumir, del aparentar y figurar, del yo lo primero; y que es consciente de sus deslealtades cuando actúa contra lo que Dios quiere; a pesar de todo eso, sabe que puede tener confianza en Dios que es fiel (“Fiel es Dios por quien fuisteis llamados a la unión con su Hijo, Jesucristo, Nuestro Señor”, 1 Co 1,9). Vivir con Dios, junto a Él, tratándole, amándolo, es la mejor inversión, el negocio más rentable que se puede hacer: “En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, hermanos... campos por mí y por el Evangelio, que no reciba en este mundo cien veces más en casas, hermanos … campos, con persecuciones; y en el siglo venidero, la vida eterna” (Mc 10,29). “Son dos horas de vida y grandísimo el premio; y cuando no hubiera ninguno, sino cumplir lo que nos aconsejó el Señor, es grande la paga en imitar en algo a Su Majestad” (Santa. Teresa, “Camino de Perfección”, 2,7)

Cuando la vida ordinaria encuentra sentido y se procura lograr una meta que merece la pena (“Por eso, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”, Mt 5,48), el fiel contraste, la aguja de marear, la rosa de los vientos, las estrellas que orientan en la noche, deja de ser el temor y pasa a ser el amor. Y se es consciente de que ese amor que se debe a Dios procede Dios que llena el alma y que hace que rebose el corazón en amor a otros: cercanos, lejanos; familiares, amigos, compañeros, contrarios, desconocidos. Así se llevan mejor las contrariedades, se soportan las mortificaciones sobrevenidas, se aprecia el sacrificio de las cosas pequeñas, de los detalles. Como se animaba a quien no apreciaba avances en sus buenos propósitos: si eres olvidadizo, ofrece el día por la mañana y renueva el ofrecimiento cuando te acuerdes; si eres de espíritu crítico, recuerda que no es malo tener criterio y también que es preciso ponderar el pronto con posibles circunstancias desconocidas: un mal día, una mala noche, un intenso dolor, una gran preocupación no compartida. Así, la Justicia se realiza con misericordia.

Una guía de conducta: “... diligentes en el deber, fervorosos en el espíritu, servidores del Señor; alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación; constantes en la oración, compartiendo las necesidades... “. Y más: “bendecid a los que os persiguen; bendecidlos y no los maldigáis. Alegraos con los que se alegran, llorad con los que lloran... No os tengáis por sabios ante vosotros mismos... No devolváis a nadie mal por mal... No os venguéis...”. Y, en resumen: “No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien” (Rm 12, 11-13, 14-16, 17-21). (227)

29) TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que el amor está hecho de detalles. Sabe que no tiene más que un corazón y que si con él se entrega en el amor humano, inevitablemente con él se debe entregar en el amor a Dios derramando a los demás el amor que recibe de Dios, el que inunda su corazón. Y sabe cómo se esponja ánimo con los pequeños detalles de amor de sus familiares, de sus amigos, incluso de los que no conoce: desde el saludo por la mañana al buen talante en las últimas horas del día cuando el cuerpo siente la fatiga acumulada durante la jornada y el pensamiento parece que no puede desprenderse del recuerdo de lo ocurrido ni de lo que se presenta como pendiente para mañana, para la semana que viene y aún después. Todos estamos cansados. Todos debemos tener de detalles de amor, unos con otros. No es un propósito, debe ser ley de nuestra vida.

“Sentado Jesús frente al gazofilacio, miraba cómo la gente echaba en él monedas de cobre, y bastante ricos echaban mucho. Y al llegar una viuda pobre, echó dos monedas pequeñas que hacen la cuarta parte de un as...” ¿Siento la mirada de Jesús cuando estoy en la iglesia? ¿me comporto con Dios como un hijo, como un hermano, como un amigo, como quien sabe que lo necesita, confía en que será escuchado y se entrega siendo él mismo un detalle de amor, algo que vale poco pero que Dios ama mucho?. La cuarta parte de un as; un as era la dieciseisava parte de un denario; un denario el jornal de un trabajador del campo. Las viudas vivían de la caridad de los parientes, la viuda pobre no tenía amparo: fue a pedir dándose ella misma. “... Llamando a los discípulos les dijo: -En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos los que han echado en el gazofilacio, pues todos han echado algo de lo que les sobra, ella, en cambio, en su necesidad ha echado todo lo que tenía, todo su sustento” (Mc 12, 41-44)

La cuestión no es sólo dar dinero, compartir. Eso viene por sí solo cuando se vive en el corazón y con obras el amor de Dios y el amor a los demás. Cuando se pone el “yo” en segundo plano: pensar que lo que haces o dices está mejor hecho o dicho que lo de los demás; disputar sin razón o insistir con tozudez y de mala manera cuando la tienes; dar tu parecer sin que te lo pidan ni lo exija la caridad; despreciar el punto de vista de los demás; citarte a ti mismo como ejemplo en las conversaciones; hablar mal de ti mismo para que formen buen juicio de ti; dolerte de que otros sean más estimados que tú; buscar o desear singularizarte; insinuar en la conversación palabras de alabanza propia... (cf. nº 263, “Surco”, san Josemaría). Como en la dedicatoria de la que hablaba el santo: “A mí con la admiración que me tengo”. Como en las palabras ante el espejo: “Primero yo, después yo, y lo que sobre para mí”. Como en el telegrama de felicitación: “Enhorabuena por el premio que te han dado, yo estoy agobiado de trabajo”

“Obras son amores”. Y amor son detalles. El trabajo bien hecho es el que lo está hasta en los pequeños detalles. La vida de amor cristiana está llena de detalles con Dios (pensamientos, miradas, ofrecimientos, jaculatorias, comuniones espirituales...) y con los otros (una sonrisa, una palabra, un oportuno silencio, prestar atención...). Nunc coepi. (230)

30) TIEMPO ORDINARIO

El cristiano es persona en el mundo y ha vivido experiencias propias en ocasiones diversas que le permiten considerar con fundamento lo que en cada momento ocurre y valorar y decidir razonablemente las circunstancias del momento. El cristiano puede, debe, vivir en oración permanente, porque hay la necesidad de orar siempre (Lc 18,1), de ser constantes en la oración (Rm 12,12), de rezar sin cesar (Ts 5,17), pero trabajando y relacionándose con otros. En ese trabajo y en esa relación se santifica, procura que su trabajo esté bien hecho y así lo santifica ofreciéndolo a Dios y, en lo posible, ayuda a la santificación de los demás. Así, el trabajo ofrecido es oración. Y es oración la palabra amable, el silencio oportuno, la colaboración, la escucha atenta, la comprensión, la sonrisa. Conviene recordar: “tanto si coméis, como si bebéis, o hacéis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Co 10,13)

En esa experiencia personal todos podemos encontrar tiempos de esfuerzo y sacrificio para conseguir lo que nos interesaba, para llegar donde queríamos, y recordamos el momento en que obtuvimos el fruto, o el momento de disgusto, de dolor, de desánimo por la mala noticia a pesar de todo lo que habíamos hecho (“electi Dei non laborabunt frustra”: los elegidos de Dios no trabajan en vano, Is 65,23). También recordamos el momento en que nos sobrepusimos, tomamos aire y decidimos empezar de nuevo (nunc coepi!). Y la alegría interior de saber que Dios está a nuestro lado en todos los instantes de nuestra vida. Así es también en la consideración de nuestros trabajos, de nuestro camino hacia el cielo. San Agustín decía: “In eo quod amatur aut non laboratur aut et labor amatur” (en hacer lo que se ama no hay fatiga y si la hay aún la propia fatiga se ama). La vida del cristiano es milicia (Job 7,1) y debe estar dispuesto y en la lucha aunque sea la batalla de los pequeños detalles.

La mortificación (darse muerte; sin matar, claro) mantiene el tono y el talante, el ánimo y la alegría del cristiano. Mortificaciones pasivas para ofrecer: calor, frío, dolor, esperas prolongadas, contestaciones bruscas... Mortificaciones activas en las relaciones con otros: puntualidad, afabilidad, cortesía, vencer los estados de ánimo inconvenientes, pedir perdón, pedir por favor, ofrecer disculpas, perdonar. Mortificaciones en el trabajo: intensidad, orden, con finura, con buen acabado, sin chapuzas; con consideración para los jefes, para los compañeros, para los subordinados, para los clientes y proveedores. Mortificación de la inteligencia: evitando perder el tiempo en fantasías, evitando la curiosidad, el cotilleo, la murmuración, los juicios temerarios, las críticas y más si con ellas faltamos a la caridad. Mortificación de la voluntad: luchando contra el amor propio, la vanagloria, la exaltación del yo. Mortificación de la sensibilidad: corrigiendo que se convierta en objetivo vital el pasarlo bien, el disfrute personal, el capricho.

No faltará quien considere pesada, indeseable, esa vida de lucha, victorias y derrotas, en animosa milicia. Sólo hay que pedirle que defienda lo contrario: no perdonar, no ser amable, trabajar mal, tener mal humor y que los demás lo soporten. No lo hará. No ha sido en vano: habrá pensado en eso. Y Dios, que es Misericordia, nos ayuda. (232)

31) TIEMPO ORDINARIO

El cristiano enriquece su vida en medio del mundo, en sus relaciones familiares y sociales ordinarias, en su trabajo corriente, sintiendo que Dios está junto a él, dentro de él y que él está inmerso en el amor a Dios que le llena y se derrama en el amo a los otros, a todos y en todo. El cristiano comprende esa situación vital y tiene referencias que confirman que es así: “No soy yo, es Cristo que vive en mí” (Ga 2,20), “Tú me sondeas y me conoces. Me conoces cuando me acuesto y me levanto. De lejos penetras mi pensamiento...” (salmo 139); y encuentra un sentido especial en frases evangélicas: “Cuando estabas debajo de la higuera, yo te vi” (Jn 1,48), porque sabe que “Dios ve en lo escondido” (Mt 6. 4, 6 y 18) y “conoce los pensamientos de los hombres” (Mt 9,4; Lc 5,22. 6,8. 9,47 ). “Todo está desnudo y patente a los ojos de Aquel a quien hemos de rendir cuentas” (Hb 4,13). Dios conoce lo más íntimo del interior de cada uno: “Intimior intimo meo” (s. Agustín, “Confesiones”, 1, 3, c, 6). Con esa seguridad interior el cristiano avanza por el camino del cielo, con la ayuda de santos y constante en la oración: que te sea fiel, que sea como Tú quieres que sea, que te quiera, que te quiera más, y más.

Año santo de la Misericordia Divina. Los misericordiosos alcanzarán misericordia (Mt 5,7). Misericordia es más que amor; misericordia no es compasión. En la raíz de la palabra latina se puede encontrar una referencia que identificaría lo mísero con lo deficiente, lo necesitado, lo inútil e insuficiente, lo desechable, lo que se tira. Es lo que se quiere decir respecto de un ser mísero, un habitáculo mísero; y por extensión, lo que se considera un ánimo miserable, un acto o una conducta miserable o toda una vida. También inmisercorde responde a esa etimología. Misericordia es poner el corazón en esas penosas realidades, es un amor cualificado, es el amor que tiene el gran corazón con el que no le corresponde, el que le traiciona, el que le abandona, el que le niega... En esas palabras se ve la Misericordia de Jesús en su Pasión.

“La palabra del Señor es recta y hace con fidelidad todas sus obras. Él ama la justicia y el derecho: la tierra está llena de su misericordia... Que tu misericordia, Señor, esté sobre nosotros, que hemos puesto en Ti nuestra esperanza” (salmo 33, 4-5 y 22). “Por tu amor misericordioso, ¡sálvame!” (salmo 6,5). “Por tu misericordia, sálvame” (salmo 31,17). “Extiende tu misericordia a los que te conocen y tu justicia a los rectos de corazón” (salmo 36,11). “Examíname, Señor, ponme a prueba, explora mis entrañas y mi corazón. Que tengo ante mis ojos tu misericordia y camino en tu fidelidad” (salmo 26, 2 y 3). “Pues Tú, Señor, eres bueno e indulgente, rico en misericordia con los que te invocan... Pero Tú, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en misericordia y fidelidad, mírame y ten piedad” (salmo 86, 5 y 15). “Yo confío en tu misericordia; mi corazón se goza en tu salvación” (salmo 13,6). “Me alegraré y me gozaré en tu misericordia, pues te has fijado en mi miseria, has comprendido la angustia de mi alma...” (salmo 31,8). “Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida” (salmo 23,6). “Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor, que son eternos” (salmo 25,6). Como una oración. Y puede guiar una meditación. (232)

32) TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que en la vida hay tiempos de tempestad y tiempos de calma, en las circunstancias del mundo y en la vida interior. El propio talante cambia, también el ánimo, las propias fuerzas. Pero Dios no cambia. Dios es amor. Siempre amor. No hay más amor que el Amor. Esa es, debe ser, la fuerza, el ánimo, para ser como Dios quiere. En el Evangelio se encuentran frases que sirven para mantener el tono vital: “Por eso os digo que no estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer, o por vuestro cuerpo, con qué os vais a vestir. ¿Es que no vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo no siembran ni siegan ni almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su estatura?... Así pues, no andéis preocupados... Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados” (Mt 6, 25-27. 30. 32). “Y al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles, que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados. Así pues, no seáis como ellos, porque bien sabe vuestro Padre de que tenéis necesidad antes de que lo pidáis.” (Mt 6, 7-9)

Y también: “Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá... ¿Quién de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez le da una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se lo pidan? (Mt 7, 9-11). “No todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos” (Mt 7, 21)

Y más: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed ante todo al que puede hacer perder el alma y el cuerpo en el infierno. No se venden un pajarillos por un as? Pues bien, ni uno sólo de ellos caerá en tierra sin que se lo permita vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. Por tanto, no tengáis miedo: vosotros valéis más que muchos pajarillos.” (Mt 10,28-31). “Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.” (Mt 11, 28-30)

“Enviará Dios su misericordia y su fidelidad... Porque tu misericordia es más grande que los cielos, tu fidelidad más alta que las nubes” (salmo 57, 4 y 12). “Dios mío que tu misericordia me preceda” (salmo 59,11). “Tú, Señor, no me cierres tus entrañas; tu misericordia y verdad me guarden de continuo” (salmo 40,12). “De día el Señor mandaba su misericordia, de noche me acompañaba su canto” (salmo 42,9). “¡Levántate a socorrernos! Por tu misericordia, ¡redímenos!” (salmo 44). Que tuya, Señor, es la misericordia; que Tú retribuyes a cada uno según sus obras (salmo 62,13). “Ten misericordia de mí, Dios mío, según tu bondad; según tu inmensa compasión borra mi delito” (salmo 51,3). Misericordia en salmos: la voz del amor que canta al Amor. (236)

33) TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que es templo de Dios (1 Co 3,16), que Dios habita en el alma del que le ama (Jn 14,23) y que debe glorificar a Dios con su cuerpo (1 Co 6,20), con su vida ordinaria, con su quehacer cotidiano, en las relaciones con sus próximos y con los que están lejos, incluso desconocidos. La vida de oración tiene ese amplísimo panorama de siembra, de petición, de desagravio, de acción de gracias. Como la oración de un niño a su Padre Dios: por mí, por estos que te pido, por todos los que no sé sus nombres; por los que te quieren amar más, por los que te aman poco, por los que te olvidan, por los que dicen que te odian, por los que dicen que no existes; por los moribundos, por los enfermos, por los heridos, por los que son objeto de violencia; por los que más te necesitan, por los que están en peligro, por los que sufren; por las familias, por los matrimonios, por el amor de los esposos, por la gracia y el amparo en el desánimo o en la desavenencia, por el amor de los hijos a los padres y de los padres a los hijos, por el amor entre hermanos, por la Iglesia, por el Papa, por los obispos y sacerdotes, por los religiosos; por las benditas almas del Purgatorio: vacíalo ahora... Gracias, Padre.

- Podemos encontrar preciosas referencias a la casa para mantener en Dios la vida del cristiano. Poner los medios, pedir fuerzas a Dios y ayuda a los demás: “Porque ¿quién de vosotros, al querer edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos a ver si tiene para acabarla? No sea que, después de poner los cimientos y no poder acabar, todos los que lo vean empiecen a burlarse de él, y digan: “Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar” (Lc 14, 28-30)

- Obras son amores. Pedir fidelidad. “Por tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, escomo un hombre prudente que edificó su casa sobre roca; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca. Pero todo el que oye estas palabras y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: se precipitaron contra aquella casa, y se derrumbó y fue tremenda su ruina.” (Mt 7,24-27)

- Tener la confianza en Dios y desconfiar de nuestras fuerzas. “Por eso: velad, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor. Sabed esto: si el dueño de la casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, estaría ciertamente velando y no dejaría que se horadase su casa. Por tanto, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre” (Mt 24, 42-44)

- Tener la seguridad de que el Malo existe. “Cuando el espíritu impuro ha salido de un hombre, vaga por lugares áridos en busca de descanso, pero al no encontrarlo dice: “Me volveré a mi casa de donde salí”. Y al llegar la encuentra bien barrida y en orden. Entonces va, toma otros siete espíritus peores que él, y entrando se instalan allí con lo que la situación última de aquel hombre resulta peor que la primera” (Lc 11, 24-26). Y, siempre, pedir a nuestra Madre que esté con nosotros, que nos ayude, que nos cuide. (239)

34) TIEMPO ORDINARIO

- “Muy de mañana, cuando volvía a la ciudad sintió hambre. Viendo una higuera junto al camino, se acercó, pero no encontró en ella nada más que hojas. Y le dijo: -Que nunca jamás brote de ti fruto alguno. Y al instante se secó la higuera. Al ver esto los discípulos se maravillaron y dijeron: -¿Cómo tan de repente se ha secado la higuera?. Jesús les dijo: -En verdad os digo que si tenéis fe y no dudáis, no sólo haréis lo de la higuera, sino que incluso si le decía a este monte: “Arráncate y échate al mar”, se hará. Y todo cuanto pidáis con fe en la oración lo recibiréis” (Mt 21, 18-22). Este pasaje que lleva a unos a considerar la humanidad de Jesús (que tuvo hambre) y a otros a reflexionar sobre la omnipotencia divina y la fuerza de la oración y otros sobre la esterilidad y vacío espiritual de las apariencias, no es frecuente que se lea y medite atendiendo a la importancia de estar donde se está y hacer lo que se debe, porque “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere –no lo olvides- dependen muchas cosas grandes” (Camino, nº 755). Esta higuera, cumplió (“no era tiempo de higos”, Mc 11,13) y puede que esté en el cielo. ¿Cumplimos nosotros? ¿Cumplo yo?

- “Aprended de la higuera esta parábola: cuando sus ramas están ya tiernas y brotan las hojas, sabéis que está cerca el verano. Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, sabed que es inminente, que está a las puertas. En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24, 32-35, Mc 13, 24-27). Este pasaje del discurso escatológico viene a continuación del comienzo de las tribulaciones por las persecuciones por causa del Evangelio que darán paso, primero, a la gran tribulación y, luego, a la venida del Hijo del Hombre. Son palabras que sirven tanto para la reflexión sobre el final de este mundo (Ap, 21,1), que es tiempo de fijación desconocida, pero al que “se está llegando” desde Belén, el Calvario, la Resurrección y la Pentecostés, como para una consideración individual de cada día con su trabajo, sus alegrías, sus inquietudes y su esperanza, porque cada jornada tiene su agobio (Mt 6,34) y se vive “mejor” con el sentimiento del romero, del rociero, que cada día se ve entrando en el cielo. ¿Vivimos así? ¿Vivo yo así?

- “Les decía esta parábola: -Un hombre tenía una higuera plantada en su viña y fue a buscar en ella fruto y no lo encontró. Entonces dijo al viñador: “Mira, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera sin encontrarlo; córtala, ¿para qué va a ocupar terreno de balde?”. Pero él le respondió: “Señor, déjala también este año hasta que cave a su alrededor y eche estiércol, por si produce fruto; si no, ya la cortarás” (Lc 13,6-9). La misericordia como perfección de la justicia. Mensaje a todos, a todos, para confiar en Dios, para saber que espera amor de nosotros, el Dios que pide al hombre.

- “Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, yo te vi” (Jn 1,48). Vocación de Bartolomé. Vocación, una y otra vez, cada día, para cada uno de nosotros. Porque conoce nuestro interior (interior intimo meo) y nos espera. (241)

35) TIEMPO ORDINARIO

Dijo uno: no se va a elevar el Impuesto de Sociedades, sino el pago a cuenta, que es como la retención en el IRPF, y se conmovieron los que saben de eso. Dijo otro: subirá el impuesto a cargo de la clase media trabajadora; más conmoción. La aclaración fue peor: se quitó el mínimo a cuenta y no se enteró quien debía enterarse; o no se lo dijeron; o todos lo sabían en tiempo de elecciones.

- “Voy a cantar a mi amado la canción de mi amigo a su viña: Mi amado tenía una viña en una loma fértil. La cercó con una zanja y la limpió de piedras, la plantó de cepas selectas, construyó en medio una torre, y excavó un lagar. Esperó a que diera uvas, pero dio agraces. Ahora, habitantes de Jerusalén y hombres de Judá: juzgad entre mi viña y yo. ¿Qué más pude hacer por mi viña que no lo hiciera? ¿Por qué esperaba que me diera uvas y dio agraces? Pues ahora os daré a conocer lo que voy a hacer con mi viña: arrancaré su seto para que sirva de leña; derribaré su cerca para que la pisoteen; la haré un erial, no la podarán ni la labrarán, crecerán cardos y zarzas, y mandaré las nubes que no descarguen lluvia sobre ella” (Is 5, 1-6). Este precioso poema que ayuda a meditar sin esfuerzo intelectual al que se sincera a solas, íntimamente, con Dios, nos deja prendido en el alma esa pregunta que es una llamada de amor: ¿Qué más pude hacer por mi viña que no lo hiciera? Dios mío, creo que estás aquí, que me ves, que me oyes, ¿cómo agradecer todo lo que has hecho y haces por mí, por nosotros? ¿cómo podemos, cómo puedo, responderte así: con olvidos, con desprecios, con traiciones? Y Dios repite una y otra vez: ¿Qué más pude hacer?

- “Y comenzó a hablarles con parábolas: -Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, excavó un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de allí. A su debido momento envió un siervo a los labradores, para recibir de éstos los frutos de la viña. Pero ellos lo agarraron, lo golpearon y lo despacharon con las manos vacías. De nuevo les envió otro siervo, y a éste le hirieron en la cabeza y lo ultrajaron. Y envió otro y lo mataron; y a otros muchos, de los cuales a unos los herían y a otros los mataban. Todavía le quedaba uno, su hijo amado; y lo envió por último a ellos, pensando: “A mi hijo lo respetarán”. Pero aquellos labradores se dijeron: “Este es el heredero. Vamos, lo mataremos y será nuestra la heredad”. Y lo agarraron, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. ¿Qué hará, pues el amo de la viña?...” (Mc 12, 1-9; Mt 21, 33-46; Lc 20, 9-19). Desde el día que amanece hasta que acaba por la noche Dios se nos manifiesta en la naturaleza, en acontecimientos, en nuestro trabajo y nuestras relaciones, en palabras que leemos, que oímos, en personas que conocemos, con las que tratamos, en nuestros propios sentimientos: todo nos hablan de Dios que espera de nosotros el recuerdo, la oración, la obra buena. ¿Y nosotros?

- Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mi no da fruto lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí es arrojado fuera, como los sarmientos, y se seca; luego los recogen, los arrojan al fuego y arden...” (Jn 15, 1-6). Cercanía de Dios, junto a Dios, continuamente. Vivir dentro de Dios, inmenso; tener a Dios dentro, corazón con Corazón.

- “¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: “Hijo, vete hoy a trabajar en la viña”. Pero él le contestó: “No quiero”. Sin embargo, se arrepintió después y fue. Se dirigió entonces al segundo y le dijo lo mismo. Éste le respondió: “Voy, señor”; pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre? - El primero, dijeron ellos.” (Mt 21, 28-31). Jesús respondía a preguntas capciosas de los príncipes de los sacerdotes y de los ancianos del pueblo. Y nosotros, tú y yo, qué respondemos. También en este pasaje nos vemos retratados en nuestra relación diaria, continua con Dios. Sabemos cuál es su voluntad, rezamos que se cumpla. Y Dios nos dice que la hagamos. Muchas veces contestamos “no quiero”. Es tiempo de amar, de amar mucho. De ir. (242)

36) AGOSTO

El Evangelio de san Mateo empieza con la Genealogía de Jesucristo. Desde Abrahán a David, desde David a la deportación a Babilonia y, después, desde Jeconías hasta decir: “Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo” (Mt 1, 1-16). En esa relación de generaciones se suele destacar la referencia a cuatro mujeres, todas extranjeras que, de modo sorprendente, se incorporaron a la historia de Israel, a la historia de la salvación. Esta circunstancia se ha considerado como un símbolo de que la redención alcanza a toda la humanidad.
“Judá engendró a Farés y a Zara, de Tamar” (Mt 1,3). Judá era uno de los doce hijos de Jacob. Después de que los hermanos vendieran a José a los ismaelitas por veinte monedas de plata y de que Jacob creyera que había muerto devorado por una fiera salvaje, Judá se alejó de sus hermanos y se fue hasta donde vivía un adulamita llamado Jirá. Allí vio Judá a la hija de un cananeo llamado Suá, la tomó por esposa y tuvo hijos con ella. Para su primogénito, llamado Er, buscó una esposa llamada Tamar. Murió pronto Er y, siguiendo la costumbre, Judá le dijo a Onan, hermano de Er, que procurara la descendencia del hermano muerto. Pero Onan evitó tener hijos con ella. Judá aconsejó a Tamar que fuera a vivir con su padre hasta que tuviera más edad Selá, que era otro hijo.

Pasó mucho tiempo. Murió la mujer de Judá. Un día subió a Tinná, al esquileo de sus ovejas, con su amigo Jirá, el adulamita. Le comunicaron a Tamar que venía Judá. Ella se quitó el vestido de viuda, se cubrió con un velo y disfrazada se sentó a la entrada de Enaim que está en el camino de Tinmná, pues veía que Selá había crecido y ella no había sido dada a él por esposa. Judá la vió y la tomó por una prostituta, pues tenía cubierto el rostro. No reconoció que era su nuera. Judá le prometió que le enviaría un cabrito del rebaño y le dejó en prenda el cordón y el bastón. Cuando él se fue, Tamar, quitándose el manto, se vistió de nuevo las ropas de viuda. El amigo adulamita de Judá no encontró a la mujer cuando le llevó el cabrito prometido. La gente del lugar le dijo que allí no había habido ninguna prostituta. Volvió el amigo y se lo dijo a Judá que decidió no decir nada.

Unos tres meses después le comunicaron a Judá que su nuera se había prostituido y estaba embarazada. Judá dijo: - Que la saquen fuera y la quemen. Cuando la sacaban, ella envió a decir a su suegro: - El hombre a quien pertenece esto me ha dejado embarazada. Y añadió: - Comprueba por favor de quién son este sello, los cordones y el bastón. Judá los reconoció y dijo: - Es más inocente que yo, puesto que no le di a mi hijo Selá.
Llegó el momento del parto y resultó que tenía mellizos. Al dar a luz salió una mano; la agarró la comadrona, y ató a la mano una cinta roja, diciendo: - Éste ha salido primero. Pero sucedió que retiró la mano, y salió su hermano. Entonces ella dijo: - ¡Qué brecha te has abierto! Y le puso por nombre Peres (Fares). Después salió su hermano con la cinta roja en la mano, y le puso por nombre Zéraj (Zara) (Gn 38).

Una historia como ésta hay que entenderla y comprenderla en su tiempo y permite hacer propósito de evitar los juicios temerarios, las murmuraciones, el cotilleo. No juzguéis y no seréis juzgados. (243)

37) AGOSTO

En la Genealogía de Jesús (Mt 1,5) se lee: “Salmón engendró a Booz de Rahab”. Según el libro 1 Crónicas (2.1-9): Er, primogénito de Judá murió sin descendencia y Tamar, nuera de Judá, dio a luz a Peres (Farés) y Zéraj (Zara). Peres tuvo dos hijos: Jesrón y Jamul. Descendientes de Jesrón fueron en generaciones sucesivas: Ram, Aminadab, Najsón y Salmá (Salmón). Éste engendró a Booz. Y la historia de Rahab, de la que nació un antepasado de Jesús, se puede resumir como sigue.

Josué, hijo de Nun, envió en secreto desde Sitim dos exploradores diciendo: - Id e inspeccionad la tierra, especialmente Jericó. Ellos se fueron, llegaron a casa de una prostituta llamada Rajab y se alojaron allí, pero enseguida llegó la noticia al rey de Jericó: - Mira, unos israelitas han llegado aquí esta noche para explorar toda esta tierra. El rey de Jericó mandó que dijeran a Rajab: - Saca a los hombres que se han llegado a ti, los que vinieron a tu casa, porque vienen a espiar toda esta tierra. Pero la mujer tomó a los dos hombres, los escondió y dijo: - Es verdad, unos hombres vinieron aquí, pero yo no sabía de dónde eran. Al oscurecer cuando iban a cerrar la puerta, esos hombres se marcharon. No sé dónde han ido, Perseguidlos aprisa, que los alcanzaréis. Ella los había hecho subir a la azotea de su casa y los había escondido entre unos haces de lino que tenía almacenados en la azotea. Entonces los otros iniciaron su búsqueda camino del Jordán, hacia los vados. En cuanto salieron se cerró la puerta.

Todavía no se habían acostado los exploradores cuando ella subió a la azotea en la que estaban y les dijo: - Sé que el Señor os ha otorgado esta tierra y estamos atemorizados... De modo que haced ahora el favor de jurarme por el Señor que, así como he tenido piedad de vosotros, también vosotros tendréis piedad de mi familia; dadme como prenda alguna señal de que dejaréis con vida a mi padre, madre, hermanos, hermanas y todo lo que poseen, y de que nos libraréis de la muerte. Los hombres le respondieron: -Vuestra vida por la nuestra siempre que no nos delates. Cuando el Señor nos entregue esta tierra te seremos fieles y tendremos piedad de ti. Entonces ella los descolgó con una soga a través de su ventana, porque la casa en donde vivía estaba en la misma pared de la muralla y les dijo: - Escapad hacia el monte, no vaya a ser que vuestros perseguidores den con vosotros. Escondeos allí durante tres días hasta que ellos regresen. Después, reemprended vuestro camino.
Los hombres le respondieron: - Nosotros cumpliremos la promesa que nos has hecho jurar. Así que, cuando entremos en esta tierra, ata este cordón de hilo púrpura a la ventana por la que nos has descolgado y reúne en tu casa a tu padre, madre, hermanos y a toda tu familia. Si alguien sale fuera de las puertas de tu casa, él será responsable de su muerte y nosotros seremos inocentes. Pero si alguien pone la mano encima de cualquiera que esté contigo en casa, su sangre caerá sobre nuestras cabezas. En cambio, si nos delatas, seremos inocentes de que no se cumpla esta promesa que nos has hecho jurar. Ella respondió: - Sea conforme a vuestra palabra – y los despidió... (Jos 2, 1-21)

… Los jóvenes exploradores fueron y sacaron a Rajab, a su padre, a su madre, a sus hermanos y todo lo que tenía. Sacaron a toda su familia y los instalaron fuera del campamento de Israel. Prendieron fuego a la ciudad y a cuanto había en ella... Josué dejó con vida a Rajab, la prostituta, a su parentela y todo lo que tenía. Ella se quedó con Israel hasta el día de hoy por haber escondido a los mensajeros que Josué había enviado a explorar a Jericó.” (Jos 6, 23-25)

De esta historia se puede tomar como tema de reflexión las virtudes de lealtad (de legalidad: cumplir lo que se debe) y de fidelidad (de fe, en quien se puede confiar, más allá de lo que es obligado cumplir). Y para recordar: Señor, yo me fío de ti; pero no te fíes de mí y ayúdame. (244)

38) AGOSTO

Dice la Genealogía de Jesús (Mt 1,5): “Booz, engendró a Obed de Rut”. En el libro 1 Crónicas (2,12) en la sucesión generacional de Fares a Jesrón, Najsón, Salmá y Booz, se puede leer: “Booz engendró a Obed”. En Rut 4,12 se lee: que el Señor te conceda de esta muchacha haga que tu casa sea como la casa de Peres que Tamar engendró para Judá. La historia de Rut se puede resumir así:

En los tiempos de los jueces hubo una gran hambre en el país, y un hombre de Belén de Judá se marchó a vivir a los campos de Moab, junto con su mujer y sus dos hijos. Dicho hombre se llamaba Elimélec, su mujer Noemí, y sus hijos Majlón y Quilyón; eran efratitas de Belén de Judá. Llegaron pues a los campos de Moab y se establecieron allí. Cuando murió Elimélec, el marido de Noemí,m ella se quedó con sus dos hijos; éstos tomaron mujeres moabitas, una se llamaba Orpá y la otra Rut, y permanecieron allí unos diez años al cabo de los cuales murieron los dos, Majlón y Quilyón. La mujer se quedó sin su marido y sin sus dos hijos.

Entonces, como Noemí había oído en los campos de Moab que el Señor había visitado a su pueblo para darles pan, se dispuso a volver desde los campos de Moab con sus dos nueras... e inició el camino de regreso a la tierra de Judá. Pero Noemí dijo a sus dos nueras: - Marchaos, regresad cada una a la casa de su madre, y que el Señor tenga con vosotras la misericordia que habéis tenido con los difuntos y conmigo, y que os conceda a las dos encontrar descanso en casa de un nuevo esposo. A continuación las besó. Ellas comenzaron a llorar a gritos, y le dijeron: - Regresaremos contigo a tu pueblo. Pero Noemí insistió: Marchaos hijas mías. ¿Por qué vais a venir conmigo? ¿Acaso tengo todavía hijos en mi vientre para que sean vuestros maridos? Volved, hijas mías, regresad porque ya soy demasiado vieja para tomar esposo. Y aunque pudiera decir: “Tengo esperanza pues un hombre me ha poseído esta noche” e incluso: “He dado a luz unos hijos”, ¿acaso ibais a absteneros de contraer matrimonio hasta que ellos crecieran? No, hijas mías, que mi amargura es mucho mayor que la vuestra porque la mano del Señor se ha alzado contra mí.” Entonces ellas de nuevo prorrumpieron en llanto. Orpá besó a su suegra y después de marchó; sin embargo Rut se quedó con ella. Noemí le insistió: - Mira que tu cuñada regresa a su pueblo y a sus dioses ¡vete con ella!. Pero Rut le respondió: - No me obligarás a marcharme y a alejarme de ti, pues adonde vayas iré y donde pases las noches las pasaré yo; tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios; donde mueras moriré y allí mismo recibiré sepultura. Que el Señor me haga esto y aquello y me añada, si no es la muerte lo que nos separe a ti y a mi. Al ver Noemí la firmeza de Rut dejó de insistirle. Entonces las dos se pusieron en camino y llegaron a Belén... al comienzo de la siega de la cebada (Rt 1, 1-19 y 22)
Noemí tenía un pariente de su marido llamado Booz, fuerte y poderoso. Rut la moabita pidió permiso a Noemí para ir al campo a espigar “tras aquel que me mire con benevolencia”. Autorizada por su suegra, casualmente se dirigió a la parcela de Booz. Éste llegó de Belén y preguntó de quién era la muchacha. Le dijeron que había venido de Moab con Noemí. Booz le dijo que espigara con sus muchachas y le aseguró que nadie la molestaría. Él comió con ella y con los segadores y les ordenó que la dejaran espigar: “No la humilléis. Soltadle también algo de los manojos y dejadlo para que lo espigue sin molestarla”. Rut se lo contó todo a Noemí que le aconsejó estar con Booz por la noche. Él le dijo que ella tenía un protector más próximo y, llamando a éste, le propuso comprar la parcela correspondiente a Elimélec si quería ejercer su derecho, lo que conllevaba hacerse cargo de Rut. No ejerció su derecho y Booz compró la parcela ante diez ancianos y todo el pueblo. Y tuvo un hijo con Rut. Lo llamaron Obed. (Rt 2 a 4). Meditación y propósito: amor a los familiares, amabilidad en el trato, pedir perdón y perdonar. (245)

39) AGOSTO

En la Genealogía de Jesús (Mt 1,6) se lee: “Obed engendró a Jesé. Jesé engendró al rey David. David engendró a Salomón de la que fue mujer de Urías”. En el libo 1 Crónicas (3.1) se da noticia de los hijos de David: los seis que nacieron en Hebrón y los nueve que nacieron en Jerusalén, “sin contar los hijos de las concubinas”. Con Betsabé tuvo cuatro hijos: Simá, Sobab, Natán y Salomón.

“Al cabo de un año, en la época en que los reyes suelen salir de campaña, David envió a Joab con sus más leales y con todo Israel. Hicieron estragos entre los amonitas y sitiaron Rabá. David mientras tanto permanecía en Jerusalén. Sucedió una tarde que David, al levantarse de la cama se puso a pasear por la terraza del palacio real y vio desde allí a una mujer que estaba bañándose. Era muy bella. David mandó a preguntar por la mujer y le dijeron: - Es Betsabé, hija de Eliam, mujer de Urías, el hitita. David envió a unos para que se la trajeran, y cuando llegó, durmió con ella, que acababa de purificarse de la regla. Después, ella se volvió a casa. La mujer quedó embarazada y mandó recado a David para comunicárselo: - Estoy encinta. David entonces le mandó decir a Joab: - Envíame a Urías, el hitita (2 Sam 11, 1-6).

Cuando llegó Urías, David le preguntó por las tropas y por la marcha de la guerra. Luego le dijo a Urías: - Baja a tu casa y lávate los pies. Salió Urías de casa del rey y le hicieron llegar un obsequio de la mesa real. Urías durmió a la puerta de la casa del rey junto a otros servidores de su señor, y no bajó a su casa. Se lo comunicaron a David: - Urías no ha bajado a su casa. Entonces David dijo a Urías: ¿No has hecho un largo camino? ¿Por qué no has bajado a tu casa? Urías respondió: - El arca, el pueblo de Israel y el de Judá habitan en tiendas. Joab, mi señor, y los soldados de mi señor acampan en el suelo, ¿voy a ir yo a mi casa a comer y a beber y a dormir con mi mujer? Por tu vida y por tu persona que no haré tal cosa. David dijo a Urías: - Quédate un día más y mañana te despediré. Permaneció Urías en Jerusalén aquel día. Al día siguiente David le invitó a comer y beber con él y lo emborrachó. Por la tarde salió para acostarse en su puesto con los servidores de su señor y tampoco bajó a su casa (2 Sam 11, 7-13).

Al amanecer, David envió un recado para Joab por medio de Urías. En ese recado escribió: “Poned a Urías en primera línea, donde más recio sea el combate y dejadlo solo para que sea alcanzado y muera”. Así pues, cuando Joab estaba sitiando la ciudad, puso a Urías en el puesto donde sabía que se encontraban los más aguerridos. Los hombres de la ciudad salieron y atacaron a Joab. Cayeron bastantes de su ejército y de los hombres de David, y también murió Urías, el hitita... La mujer de Urías se enteró de que Urías, su marido, había muerto e hizo duelo por él. Pasado el tiempo del luto, David mandó traerla a su casa y la hizo su esposa. Ella le dio a luz un hijo. Pero todo esto que David había hecho desagradó al Señor (2 Sam 11, 14-27). El niño enfermó de gravedad y murió.

La intervención del profeta Natán (2 Sam 12 1-14) llevó a la penitencia a David. La historia que le cuenta a David, de un rico que tenía ovejas y bueyes en abundancia y un pobre que no tenía más que una corderilla y que la llegada de un huésped lleva a aquél a robar la corderilla al pobre y prepararla para darla de comer al viajero, es tan enternecedora y produce tal estremecimiento de ánimo que el lector no la olvida. Del arrepentimiento de David quedó constancia: “Ten misericordia de mí, Dios, según tu bondad, según tu inmensa compasión borra mi delito. Lávame por completo de mi culpa, y purifícame de mi pecado” (salmo 51, 3-4)

Podemos hacer muchos propósitos: dominar la imaginación, evitar las ocasiones; no mirar, no ir... (246)

40) AGOSTO

El repaso a la genealogía de Jesús según los relatos del Antiguo Testamento referidos a las mujeres señaladas como madres de sus antepasados puede acabar con textos referidos a Jesús y a María Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra:
- Se puede recordar, primero, la breve reseña del nacimiento: “Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo” (Mt 1,16).

- Luego, la concepción virginal: “Fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José de la casa de David. La virgen se llamaba María. Y entró donde ella estaba y le dijo: - Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podría significar este saludo. Y el ángel le dijo: - No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús... María le dijo al ángel: - ¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón? Respondió el ángel y le dijo: - El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios... Dijo entonces María: - He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra...” (Lc 1, 26-38). ¿Nos abandonamos así en Él?

- De la visita y estancia de María con santa Isabel, que en la ancianidad iba a ser madre, recordamos: “María se levantó y marchó deprisa a montaña, a una ciudad de Judá: y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel... – Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien que venga la madre de mi Señor a visitarme? ...” (Lc 1, 39-45). Y saboreamos cada versículo del Magnificat (Lc 1, 46 a 55)

- Y nació el Niño. “Y cuando ellos se encontraban allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento...” (Lc 2, 6 y 7). Y le doraron los pastores: “Y fueron presurosos y encontraron a María y a José y al Niño reclinado en el pesebre. Al verlo, reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas sobre el niño... María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón” (Lc 2, 16-19). Y también le adoraron los reyes: “Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; luego abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra” (Mt 2,11). Y se puede repasar la presentación del Niño (Lc 2, 22-38)

- “Sus padres iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron a la fiesta ... Al verlo se maravillaron y le dijo su madre: - Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos. Y él les dijo: - ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?... Bajo con ellos y les estaba sujeto. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón ...” (Lc 2, 41 y 48-51). ¿Qué guardamos en nuestro corazón?
Después, el milagro de Caná (Jn 2, 1-12) y así hasta ver a la Madre (Jn 19, 25-26) junto a la Cruz. Hay que vivir estos recuerdos. Caminar con María al lado de Jesús. Qué bien. (247)

41) TIEMPO ORDINARIO

Si empieza el curso escolar, empieza una vez más la vida de todos. Incluso los ancianos sienten como un reflejo interior de lo que ocurrió muchos años antes. Si ha habido un tiempo de descanso aún se nota más el regreso a la vida ordinaria. El cuerpo se prepara para los cambios de clima y temperatura que se avecinan. Y, por mucho que se intente no pensar en eso, en el fondo del consciente aparece, y permanece, un tiempo largo, muy largo, de trabajo, de tareas que cumplir, de horarios y falta de tiempo, que parece no tener fin. Es el momento de decidirse y de vencer esa sensación. Nunc coepi!. Ahora empiezo. Como en el minuto heroico de cada mañana para los que se quedarían un poquito más entre las sábanas: ¡Ahora, arriba!

¡Dios lo quiere!, dice el cristiano. Y rebusca en su memoria textos de animosas decisiones en los Evangelios. Para algunos, el primero que aparecerá será el “cum festinatione” al relatar la reacción de la Virgen María cuando, en la Anunciación oye del arcángel Gabriel que su prima santa Isabel está embarazada, a pesar de ser de edad avanzada: “... María se levantó y marchó deprisa –cum festinatione- a la montaña, a una ciudad de Judá y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel” (Lc 1, 39-40). Hasta el texto parece tener prisa. Para ayudar a los otros en la necesidad, para compartir sus alegrías y trabajos, “no hay tiempo que perder”.

Con la alegría en el corazón porque se trata del querido y venerado san José, otros encontrarán también las referencias evangélicas a sus inmediatas decisiones en cuanto conocía la voluntad de Dios: cuando el ángel le dice en sueños que el hijo que espera María es obra del Espíritu Santo, echa fuera las dudas y “José hizo lo que el ángel del señor le había ordenado y recibió a su esposa” (Mt 1,24); cuando después de la adoración de los Magos, el ángel del Señor le dice que huya Egipto para escapar de la matanza de los Inocentes ordenada por Herodes el Grande (padre de Herodes Antipas que ordenó decapitar a Juan el Bautista; abuelo de Herodes Agripa I que dio muerte a espada a Santiago, el Mayor, el hermano de Juan evangelista, hacia el año 42 ó 43; y bisabuelo de herodes Agripa II que interrogó a san Pablo en Casarea cuando con su hermana Berenice visitó al Prefecto Festo), se dice de san José: “Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre y huyó a Egipto” (Mt 2,14). Allí permaneció la sagrada Familia hasta que, muerto Herodes, un ángel del Señor le dijo a José que volviera a Israel. Lo hizo de inmediato y decidiendo sobre la marcha lo más conveniente: “Se levantó, tomó al niño y a su madre y vino a la tierra de Israel. Pero, al oír que Arquelao reinaba en Judea, en lugar de su padre Herodes, temió ir allí; y avisado en sueños marchó a la región de Galilea. Y se fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret...” (Mt 2, 21-23). Herodes el Grande murió hacia el año 4 y su hijo Arquelao fue etnarca de Judea y Samaria hasta el año 6. Para cuidar del Niño Jesús y de la Virgen María, su madre, para estar con ellos “no hay tiempo que perder”.

Llenos de amor porque Dios es amor, algunos completarían estos recuerdos con el último viaje a Jerusalén antes de la Cruz: “Iban de camino subiendo a Jerusalén. Jesús los adelantaba y estaban sorprendidos: los que le seguían tenían miedo” (Mc 10,32) (250)

42) TIEMPO ORDINARIO

El cristiano no tiene el ejemplo de Jesús, María y José como una referencia lejana en el espacio, allá en el cielo, y en el tiempo, hace dos mi años, sino que procura convertirlo en forma de ser y estar en su vida ordinaria. Jesús fue un niño que aprendió de sus padres desde el modo de hablar hasta los conocimientos elementales y las oraciones, fue un joven que ayudó en las tareas familiares, que estudió y que trabajó en el taller de José y, luego, fue hombre que tenía una actividad de artesano, con tareas, esfuerzo, cansancio y problemas que resolver como todos los que trabajan. Día a día, en cada instante del día, el cristiano puede pensar qué haría, cómo lo haría, Jesús en una ocasión semejante. No falla ese modelo, sino que las supera, en las ocasiones tristes, angustiosas: lloró la muerte de un amigo, se compadeció y procuró consuelo o remedio para los necesitados, para todos los que acudían a él; sabiendo lo que iba a venir soportó la agonía de Getsemaní y, luego, la Pasión y la Muerte en la cruz. Y murió perdonando.

San José, como modelo de vida, nos enseña a hacer lo que se debe y a estar en lo que se hace: atento a la voluntad de Dios, la ejecutó de inmediato, y procuró hacerlo bien. Con nuestra Madre, la Virgen María, el aprendizaje se hace sereno, tierno, confiado, amable, porque nos regala todo lo que guarda en su corazón (Lc 2,19 y 51), nos cuenta todo lo que aprendió cerca de Jesús: cómo miraba, cómo hablaba, sus silencios, sus risas, cómo trabajaba, cómo animaba, cómo consolaba. María nos enseña a hablar a Jesús con confianza (no tienen vino, Jn 2 1-12) e, incluso, con el desconcierto de lo que se nos escapa (te hemos estado buscando; Lc 2, 41-52). María es Madre nuestra (ahí tienes a tu hijo; ahí tienes a tu madre; Jn 19, 26-27) y eso es un compromiso de Dios que es fiel.

La vida del cristiano es sencilla, aunque no sea fácil: “Mientras caminaba junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés su hermano, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo: - Seguidme y os haré pescadores de hombres. Ellos, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Psando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo, y Juan, su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo, remendando sus redes; y los llamó. Ellos al momento dejaron la barca y a su padre y le siguieron” (Mt 4,18-23) e igual, después, en la pesca milagrosa: “Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron” (Lc 5,11): También en la vocación de Mateo: “... vio a un publicano, llamado Leví, sentado al telonio y le dijo: -Sígueme. Y dejadas todas las cosas, se levantó y le siguió” (Lc 5, 27-28). Y en el pasaje con el ciego Bartimeo, en Jericó, se lee: “Y al instante recobró la vista y le seguía glorificando a Dios” (Lc 18, 43)

Nuevo curso. De nuevo las tareas, las alegrías y sinsabores de cada día. Y Dios con nosotros: Lo que Tú quieras, como quieras, hasta que quieras, porque Tú lo quieres. (253)

43) TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que cristianismo es amor, porque Dios es amor (1 Jn 4, 8 y 16). Por amor, Dios, Santísima Trinidad, creó el mundo, al hombre y a la mujer (Gn 2, 7 y 22). Por amor, el mismo Dios, en la persona del Hijo, se hizo hombre, encarnándose en el seno de la Virgen María (Lc 2,7), naciendo en Belén, viviendo (Lc 2,51) y trabajando (Mt 13, 55) en Nazaret durante una treintena de años y, en su vida pública, enseñando y haciendo el bien (Mt 4,23), y sufriendo la Pasión y la muerte en la Cruz para redimir y salvar al mundo, y resucitando al tercer día como estaba anunciado en la Escritura (Lc 24,7) para enseñarnos el camino y abrirnos las puertas del cielo, para estar con Él, y con todos los santos y los ángeles, para siempre. “Me enseñas el sendero de la vida, me sacias de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha” (salmo 16,11).
Dios nos amó primero (1 Jn 4,19). A Dios se va por el amor que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones (Rm 5,5). En Dios, como hijos suyos (1 Jn 3,1), y con Dios (1 Jn 4,15) se vive amándolo y amando a los otros como Dios nos ha amado (Jn 15,12). Es conveniente confirmarnos frecuentemente en esa amorosa realidad y, en cada empezar (el curso, el año, la temporada, el tiempo litúrgico, cada mañana, durante el día y por la noche, cada tarea). El cristiano puede y debe vivir esa experiencia: Dios mío, creo que estás aquí, que me ves, que me oyes. Creo que soy hijo tuyo. Creo que para los que aman a Dios todas las cosas cooperan al bien (Rm 8,28). Y esa experiencia, vivida como el respirar, nos ayudará a ser amables, a comprender, a ayudar, a perdonar y a pedir perdón, a hacer bien nuestro trabajo sin perder el tiempo que es otro regalo de Dios, a procurar la mejora en nuestra formación profesional, a estudiar más y mejor si es nuestro deber, a manifestarnos como enamorados de Dios.

Vivir la caridad. “La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.” (1 Co 13, 4-7)

Y amar generosamente: “No me mueve, Señor, para quererte/ el cielo que me tienes prometido,/ ni me mueve el infierno tan temido/ para dejar por eso de ofenderte./ Tú me mueves, mi Dios, muéveme el verte/ clavado en esa cruz escarnecido/. Muéveme ver tu cuerpo tan herido/. Muevenme tus afrentas y tu muerte./ Muéveme, en fin, tu amor en tal manera/ que si no hubiera cielo yo te amara,/ y si no hubiera infierno te temiera./ No me tienes que dar porque te quiera/ porque si cuanto espero no esperara,/ lo mismo que te quiero te quisiera.” (Anónimo, publicado por Antonio Rojas en el año 1628)

Y anonadarse por tanto amor recibido: “En este trueque de amor/ no es mi falta,/ es tu abundancia/ lo que me asusta, Señor” (José María Pemán) (256)

44) TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que es peregrino hacia el cielo, sabe que sus pasos recorren el camino de la vida ordinaria y que su santificación está en hacer bien lo que debe hacer. “Que cada uno permanezca en la vocación en que fue llamado” (1 Co 7,20), de modo que “nadie se gloríe en los hombres” (1 Co 3.21). Porque toda la gloria es de Dios y para Dios: “tanto si coméis, como si bebéis, o hacéis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Co 10,31). El cristiano pertenece a Cristo y en Él vive porque “todas las cosas son vuestras, vosotros de Cristo y Cristo de Dios” (1 Co 3,22-23). Como escribía san Juan de la Cruz: “Míos son los cielos y mía la tierra. Mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores. Los ángeles son míos, y la Madre de Dios, y todas las cosas son mías. Y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. ¿Pues qué pides y buscas alma mía?” (Oración del alma enamorada)

En ese peregrinar hacia el cielo, en ese itinerario de santidad que hay que recorrer, el cristiano no olvida que también debe luchar: “Pues nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones” (san Agustín, “Enarrationes in Psalmos, 60,3). De ahí el consejo y el ánimo de san Pablo: “Por tanto el que piense estar en pie, que tenga cuidado de no caer. No os ha sobrevenido ninguna tentación que supere lo humano, y fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; antes bien, con la tentación, os dará también el modo de poder soportarla con éxito” (1 Co 10,12-13)

Cristianismo es amor. El cristiano es un alma enamorada: “Dichoso el corazón enamorado/ que en solo Dios ha puesto el pensamiento,/ por El renuncia a todo lo criado,/ y en El halla su gloria y su contento./ Aun de sí mismo vive descuidado,/ porque en su Dios está todo su intento,/ y así alegre pasa y muy gozoso/ las ondas de este mar tempestuoso” (Santa Teresa de Jesús) (259)

45) TIEMPO ORDINARIO

Año de la Misericordia. Que tuya, Señor, es la misericordia; que tú distribuyes a cada uno según sus obras (s. 62,13). Tu misericordia vale más que la vida (s. 63.4). Porque tu misericordia es más grande que los cielos, tu fidelidad más alta que las nubes (s. 108, 5). Pues en el Señor está la misericordia, en Él, la redención abundante (s. 130, 7)

- BUENO Y CLEMENTE. Pues Tú eres bueno e indulgente, rico en misericordia con los que te invocan (s. 86, 5)... Pero Tú, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en misericordia y fidelidad, mírame y ten piedad (s. 86,15). El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia (s. 103,8). ¡Aleluya! Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia (s. 106, 1; s. 107, 1)... Den gracias al Señor por su misericordia (s. 107, 8, 15, 21 y 31)... ¡Aleluya! Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia (s. 118, 1 y 29; s. 136)... Señor, tu misericordia es eterna (s. 138, 8). El Señor es clemente y compasivo, lento a la ira y rico en misericordia. El Señor es bueno con todos, y su misericordia se extiende a todas sus obras (s. 145, 9)... El Señor es justo en todos sus caminos, misericordioso en todas sus acciones (s. 145, 17)

- MISERICORDIA Y FIELIDAD. Justicia y derecho son el fundamento de tu trono, misericordia y fidelidad preceden tu rostro (s. 89, 15). Porque el Señor es bueno: su misericordia es eterna y su fidelidad, por todas las generaciones (s. 100, 5). Porque firme es con nosotros su misericordia, la fidelidad del Señor permanece para siempre (s. 117, 2)

- CANTAR LA MISERICORDIA. La misericordia del Señor cantaré eternamente; de generación en generación anunciaré con mi boca tu fidelidad (s. 89, 2). Sácianos de mañana con tu misericordia, exultaremos y nos alegraremos todos nuestros días (s. 90, 14). Es bueno dar gracias al Señor y entonar salmos a tu Nombre, ¡oh Altísimo!; anunciar de mañana tu misericordia y de noche tu fidelidad (s. 92, 2-3). Cantaré la misericordia y la justicia para Ti, Señor, entonaré salmos (s. 101, 1). De mañana hazme sentir tu misericordia porque confío en Ti (s. 143, 8)

- CONSUELO Y AYUDA. Bendito sea Dios, que no ha rechazado mi plegaria ni me ha retirado su misericordia (s. 66.20). Escúchame Señor, que tu misericordia es benigna, vuélvete hacia mi con tu inmensa compasión (s. 69,17). Señor, muéstranos tu misericordia y danos tu salvación (s. 85,8). Cuando pienso: “Mi pie vacila”, tu misericordia Señor, me sostiene (s. 94,18). La misericordia del Señor dura desde siempre y para siempre con los que le temen; y su justicia con los hijos de los hijos, con los que guardan su alianza y recuerdan sus mandatos y los cumplen (s. 103,17-18). Socórreme, Señor, Dios mío, sálvame por tu misericordia (s. 109, 26) Que tu misericordia me consuele (s. 119,76).. Haz con tu siervo según tu misericordia (s. 119, 124) ... Copiosas son tus misericordias, Señor; hazme vivir según tus juicios (s. 119, 156). Misericordia mía, fortaleza mía, mi alcázar y mi libertador; mi escudo con el que me protejo (s. 144, 2) (260)

46) TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que su vida es caminar hacia el cielo. Los desánimos, los miedos, las excusas no deben disminuir ni distraer las fuerzas para ir a buen paso, con decisión. Y así debe ser cualquiera que sea la edad y las circunstancias. En la parábola del hijo pródigo se encuentra un ejemplo del valor y el ánimo para superar malos momentos: “Me levantaré e iré a mi padre... Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre” (Lc 15, 18 y 20). Dicho y hecho. Y ya sabemos lo que sigue: “Cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos” (Lc. 15, 20). Dios que es Amor es también Misericordia. Pero hay que decidirse, levantarse, ponerse en camino: “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti” (san Agustín, Sermones 169,13). “Poneos en camino” (Lc 10,12)

En el caminar del cristiano hacia el cielo, su fuente de energía es la confianza en el amor de Dios. Como dice san Francisco de Sales: “Cuando la tierna madre enseña a andar a su hijito, le ayuda y sostiene cuanto es necesario, dejándole dar algunos pasos por los sitios menos peligrosos y más llanos asiéndole de la mano y sujetándole, o tomándole en sus brazos y llevándole en ellos. De la misma manera Nuestro Señor tiene cuidado continuo de los pasos de sus hijos” (Tratado del amor de Dios, 3,4). Y dice san Pablo: “Ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni altura ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,38-39)

Caminar hacia Dios, con Dios y en Dios. Y ser consciente de que es así. San Agustín anima a avanzar sin detenerse: “Que siempre te desagrade lo que eres si quieres llegar a lo que todavía no eres. Pues cuando te agradaste a ti mismo, ahí te quedaste. Pues si dijeras “basta”, en ese momento has perecido. Crece siempre, camina siempre, avanza siempre, no te quedes en el camino, no vuelvas atrás, no te desvíes. Se queda quien no avanza: retrocede quien se vuelve a las cosas que ya había dejado; se desvía quien apostata. Es mejor andar cojo por el camino que correr fuera del camino” (Serm. 169,8)

Es, sin duda, un caminar alegre. Lo dice san Pablo: “Alegraos siempre en el Señor, os lo repito alegraos. Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca. No os preocupéis por nada; al contrario, en toda oración y súplica, presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias. Y la paz de Dios que supera todo entendimiento custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Flp 4, 4-7). “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Flp 4,13). Y también san Pedro: “Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros” (1 P 5,7). No es caminar hacia la muerte, es caminar hacia la gloria para siempre: “Porque para mí, el vivir es Cristo, y morir una ganancia” (Flp 1,21). “Cuanto era para mí ganancia, por Cristo lo considero como pérdida. Es más, considero que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Flp. 3,7)

“Quiero en la vida seguirte/ y, por sus caminos, irte/ alabando y bendiciendo,/ y bendecirte sufriendo/ y muriendo bendecirte” (J.M. Pemán, Ante el Cristo de la Buena Muerte) (261)

47) TIEMPO ORDNARIO

Mes de octubre. Mes del rosario. “Respice stellam, voca Mariam!”, “Mira a la estrella, llama a María”, es una saeta de amor a la Virgen, aprendida en tiempos escolares y que se escapa de labios de ancianos en situaciones para las que se necesita ayuda, al encomendar a personas o sin otro motivo que el amor a la Madre que se desborda del corazón y que sale embelleciendo silencios, llenando tiempos que parecían vacíos. María es Madre “y madre quiere decir amor, cariño, preocupación por sus hijos, miradas dulces, tiernas caricias, sacrificios, beneficios sin cuenta” según se reza en la sabatina aprendida hace medio siglo. “A Dios se va, y se vuelve, por María” (Camino, 495).

Rosario, corona de rosas que se ofrece a la Madre del Amor Hermoso. “Mater Pulchrae Dilectionis, filios tuos adiuva!”, dice la jaculatoria que pone en las manos de la Virgen todo, porque no hay mejores manos: ”Oh, Señora mía, oh Madre mía, yo me entrego enteramente a ti. Y, en prueba de mi filial afecto, te consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón y, en una palabra, todo mi ser. Y ya que soy todo tuyo, oh Madre de Bondad, guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya”.

En los misterios gozosos (lunes y sábados) acompañamos a María en la vida oculta de Jesús: desde la anunciación (con el sí de la Virgen nos hicimos hijos de Dios y herederos del cielo) al fin de la búsqueda angustiosa de María y de José con el encuentro en el templo cuando Jesús tenía once años y se quedó en Jerusalén (ya se había hablado de eso -¿No sabíais que...?-, pero se produjo inesperadamente; y para guardar en el corazón: lo primero, Dios, lo que quiera como quiera cuando quiera).

En los misterios luminosos (jueves) revivimos con María las noticias que llegan de la vida pública de Jesús, desde el Bautismo en el río Jordán y la llamada a los primeros discípulos (también a cada uno nos dice “Sígueme” y a los más reticentes nos recuerda que “Cuando estabas debajo de la higuera, te ví”, para que sepamos que ve en nuestro corazón, que nada hay oculto y que nos ama y nos espera) hasta la institución de la Eucaristía (Jesús se queda con nosotros, está en el Sagrario, cuando comulgamos nos llenamos de Dios y nos metemos en la divinidad, anegados y sumidos). ¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y ... no me he vuelto loco? (Camino, 425).

En los misterios dolorosos (martes y viernes) nos abrazamos a María mientras Jesús, en Getsemaní, se abandona en las manos del Padre, se va abandonado por todos, negado por Pedro, abofeteado, escupido, flagelado, coronado de espinas, presentado ante los vociferantes que piden su muerte en la cruz (Dios mío, que yo no prefiera a Barrabás, que no me lave las manos, que no grite ¡Crucifícale!, que yo no diga “Que se baje de la cruz”, que te pida perdón y que te acuerdes de mí) y, en tanto dolor, que tomemos a María como la Madre que Jesús nos da: “Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre”.

Y en los misterios gloriosos (miércoles y domingos) vivimos ya con María la alegría de la resurrección, la venida del Espíritu Santo, la Asunción de nuestra Madre y su coronación como reina de cielos y tierra. (263)

48) TIEMPO ORDINARIO

El cristiano no puede olvidar que es hijo de Dios. Así, sin reservas, sin matizaciones: hijo de Dios. La filiación divina es una realidad que no puede olvidarse, debería ser imposible vivir sin recordarla, sin tenerla en cuenta permanentemente, sin que sea fiel contraste de nuestros actos, de nuestras palabras, de lo que debemos hacer y no hacer. Inconcebible, así, rezar el “Padre nuestro” sin pararse ahí para ser consciente que Dios es mi padre, que soy, que todos somos, hijos de Dios.

“Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios ¡y lo somos! (1 Jn 3,1). “Porque no recibisteis un espíritu de esclavitud para estar de nuevo bajo el temor, sino que recibisteis un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: ¡Abbá, Padre!. Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos; herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con él, para ser con él también glorificados” (Rm 8,15-17). “Y, puesto que sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abbá, Padre!”. De manera que ya no eres siervo, sino hijo; y como eres hijo, también coheredero por gracia de Dios (Ga 4,6)

Todos estamos en el plan de Dios y debemos alabarle y darle gracias: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los cielos, ya que en él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuésemos santos y sin mancha en su presencia por el amor; nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza y gloria de su gracia, con la cual nos hizo gratos en el amado; en quien mediante su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, según las riquezas de su gracia, que derramó sobre nosotros sobreabundantemente con toda sabiduría y prudencia.” (Ef 1, 3-8)

En el amor de padre a sus hijos nos reconoce Jesús: “¿Qué padre de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pez, en lugar de un pez le da una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le da un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan”” (Lc 11, 11-13). Y también: “Así pues, no andéis preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a vestir? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6, 31-34).

“Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros” (1 Pe 5,7). Esa es la paz que se vive en el amor de Dios, sabiéndose hijos de un Padre que pensó en cada uno desde el principio, que conoce la debilidad de nuestra voluntad, que sabe de nuestros fallos y olvidos y que conoce nuestros pensamientos. Cada uno puede decir: Dios es mi padre, me quiere como nadie puede querer, me llama, me espera y sale a mi encuentro desde que me ve a lo lejos (Lc 15.20).

“Oye, pastor, que por amores mueres,/ no te aparte el rigor de mis pecados/ pues tan amigo de rendidos eres/. Espera, pues, y escucha mis cuidados/ Pero, cómo te digo que me esperes/ si estás para esperar los pies clavados” (“Pastor que con tus silbos amorosos”, Lope de Vega) (265)

49) TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que en el camino hacia el cielo las ganas y el cansancio los pone él, pero que en esa lucha no está sólo. El “sed santos como vuestro Padre celestial es santo” (Mt 5,48; v. Lv 11,44) es una referencia individual y colectiva como lo es el “Padre nuestro que estás en el cielo”. Hay muchos interesados -la comunión de los santos- en el éxito de nuestro negocio espiritual, en el fruto de la mejor inversión: la que rinde “aquí, el ciento por uno con persecuciones y, después, la vida eterna” (v. Mc 10,30) con Dios, disfrutando de Dios “para siempre, para siempre”, como repetía santa Teresa de Jesús a su hermano Rodrigo (“Vida”, Cap. I).

De la multitud de los santos habla el Apocalipsis (Ap 7, 9), pero de multitudes habla frecuentemente el Evangelio. Y el cristiano aprovecha cada texto para animar, para alegrar, el alma, durante la romería que son los días, los años, de esta vida. “En esto, habiéndose reunido una muchedumbre de miles de personas, hasta atropellarse unos a otros...” (Lc 12,1). Allí estamos, todos, cada uno, siguiendo a Jesús, sedientos de su palabra, con el corazón preparado para acoger su doctrina como la buena tierra de la parábola del sembrador (Mt 13,1-23) que produjo fruto abundante, sin dejar que los caminantes pisen la simiente o que no arraigue de modo que una tribulación impide que fructifique o que se ahogue entre los espinos de las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas.

En aquella ocasión, en ésta para nosotros, “hic et nunc”, aquí y ahora, Jesús empezó a decir: “Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Nada hay oculto que no sea descubierto, ni secreto que no llegue a saberse. Porque cuanto hayáis dicho en la oscuridad, será escuchado a la luz; cuanto hayáis hablado bajo techo será pregonado sobre los terrados...” (Lc 12, 2-3). Como la brisa suave o como el viento impetuoso llegan los recuerdos: “Y vuestro Padre que ve en lo escondido...” (Mt 6,18), “cuando estabas debajo de la higuera, te vi” (Jn 1,48), “Señor, Tú me sondeas y me conoces... No ha llegado la palabra a mi boca y ya, Señor, te la sabes toda...” (salmo 138, 1 y 4). Y cada uno repasa: cuándo ha actuado por apariencias, cuándo por el qué dirán, cuándo por conveniencia, cuándo por quedar bien. A veces faltando a la justicia, o a la verdad. Y también aparecen los comentarios injustos, las murmuraciones, los juicios temerarios. El “yo”, en fin.

Pero Jesús, como en aquella ocasión, nos anima: “¿No se venden cinco pajarillos por dos ases? Pues bien, ni uno sólo de ellos queda olvidado ante Dios. Aún más, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No tengáis miedo: valéis más que muchos pajarillos” (Lc 12,7). Pocas veces se cae en la cuenta de la amabilidad y confianza con la que Dios, ¡todo un Dios!, nos habla. Como lo haría un padre, un buen amigo, un amable maestro. Jesús sabe qué decirnos y cómo hacerlo.

“El Señor es mi pastor, nada me falta... Aunque camine por cañadas oscuras nada temo porque Tú estás conmigo... Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida” (salmo 23) (267)

50) TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que “es milicia la vida del hombre sobre la tierra, y sus días como los de jornalero” (Jb 7,1) y, precisamente porque es así, encuentra sentido trascendente a lo ordinario de cada día. Se sabe “amado de Dios y llamado a ser santo” (cf. Rm 1,7), “santificado en Cristo Jesús y llamado a ser santo” (cf. 1 Co 1). El cristiano se sabe peregrino hacia el cielo, procurando no caer, levantándose cuando cae, sabiendo que Dios está siempre a su lado y que al final nos espera “un cielo nuevo y una tierra nueva...” y que esa es “la morada de Dios con los hombres”, donde Dios “enjugará toda lágrima de sus ojos y no habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior ya pasó” (Ap 21, 3.4). En esa romería caminamos todos, con nuestras peculiaridades personales, pero formando “inmensa muchedumbre” (Ap 19,5) porque Dios es misericordioso, pone a todos y a cada uno en su Sagrado Corazón y, por el Espíritu Santo, derrama así su inmenso amor.

A “multitudes” (Mt 5,1) -“toda la multitud intentaba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos” (Lc 6,19)-, se refiere el Evangelio, cuando Jesús enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu, … los que lloran, … los mansos, … los que tienen hambre y sed de justicia, … los misericordiosos, … los limpios de corazón, … los pacíficos, … los que padecen persecución por causa de la justicia; y: bienaventurados cuando os injurien, os persigan y mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa; alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en el cielo...” (cf. Mt 5, 3-12). Oyendo las bienaventuranzas, el romero, todos y cada uno de los viandantes que han escuchado la voz de Dios y que han decidido meditarla, puede descubrir que le habla un Dios cercano que sabe lo que pasa en su vida; un Dios que sabe que “cada día tiene su preocupación (Mt 6,34) y que no sólo dice a cada uno que “se niegue a sí mismo” y que “tome su cruz y le siga” (cf. Mt 16,24), sino también que vayan a él “todos los agobiados y cansados”, porque “mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,28.30).

En medio de la multitud de caminantes, avanzando con ellos, cantando con ellos, sufriendo con ellos, en las palabras de Jesús también se recibe el ánimo para seguir sin parar por el camino: “Vosotros sois la sal de la tierra... vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5, 13.14). También señala la buena dirección: “... vete primero a reconciliarte con tu hermano”, “... más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo acabe en el infierno”, “... que vuestro modo de hablar sea: sí, sí, no, no; lo que exceda de esto viene del Maligno”; “a quien te pida, dale; y no rehúyas al que quiere de ti algo prestado”; “amad a vuestro enemigos y rezad por los que os persigan para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir el sol sobre buenos y malos , y hace llover sobre justos y pecadores” (Mt 5, 44). Y Dios, que es bueno, nos aconseja para evitar que obremos, o dejemos de hacer, “por las apariencias”, “por el que dirán”, “por la propia conveniencia”: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean”, porque Dios, nuestro Padre, “ve en lo oculto” y recompensa (Mt 6, 4.6.18).

De Jesús podemos escuchar: “bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que lo pidáis” (Mt 6.8 y 6,32). Por eso, con toda la confianza con la que un hijo se dirige al padre que lo quiere más que nadie, decimos: “Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu reino; hágase tu voluntad, como en el cielo también en la tierra; danos hoy nuestro pan cotidiano; perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos pongas en tentación, sino líbranos del mal” (Mt 6,9-13). Jesús nos dice como vivir: “No juzguéis para no ser juzgados” (Mt 7,1), “Pedid y se os dará” (Mt 7,7), “Todo lo que queráis que los hombres hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos” (Mt 7,12). Y avisa: “No todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el Reino, sino el que hace la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21) (269)

51) TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que es hijo de Dios (1 Jn 3.1), que es un hijo amado con el mayor amor porque Dios es Amor (1 Jn 1,8). El cristiano sabe que vive en un mundo habitado por hijos de Dios y experimenta el deseo y la necesidad de pensar y actuar en favor de todos, de cualquiera, de los que le rodean. Lleno de amor, sumido en el Amor, derrama amor que se expresa en la amabilidad del gesto, en la comprensión, en el escuchar, en el callar, en la paciencia, en pedir perdón y perdonar; en arrinconar el “yo” del que sólo trata con Dios que ve en su interior, para el que no hay nada oculto, porque sabe que Dios lo ama en su debilidad y que le anima a seguir y a levantarse cuando el “yo”, por soberbia, por egoísmo, por comodidad, se impone sobre el amor a Dios y a los otros. El cristiano, hijo entre hijos de Dios, sabe que, como en el amor humano, también en “pequeñeces” está el amor a divino (v. Camino, 824) y también que la “santidad grande” está en cumplir los “deberes pequeños” de cada instante (v. Camino, 817). Cristiano entre multitudes, amando a todos.

- “Cuando terminó Jesús estos discursos, las multitudes quedaron admiradas por su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas” (Mt 7,28-29). Y sigue el Evangelio: “Al bajar del monte le seguía una gran multitud. En esto, se le acercó un leproso, se postró ante él y dijo: - Señor, si quieres, puedes limpiarme. Y extendiendo Jesús la mano, le tocó diciendo: - Quiero, queda limpio. Y al instante quedó limpio de la lepra” (Mt 8,1-3). De este modo, empieza la relación de una serie de milagros. De cada uno se puede sacar una lección personal, empezando por ese “Volo, mundare!” (Quiero, queda limpio) que se puede convertir en una industria humana para mantener el alma en presencia de Dios, para hablar a Dios con confianza porque sabemos que nos ve, que nos oye, que nos ama con el mayor amor: “¡No hay más amor que el Amor!” (Camino, 417). Es así de sencilla y natural la relación con Dios: Señor, ayúdame.

Jesús curó al criado del centurión que yacía “paralítico con dolores muy fuertes”. Sin duda, lo que se recuerda de aquella escena son las palabras del centurión: “No soy digno de que entres en mi casa” (Mt 8,8), que repetimos antes de la Comunión; pero conviene atender también a aquel criado, postrado entre dolores, y a aquel que intercede por él; así, cada uno puede ocupar el papel de uno -necesitado- o de otro -que ayuda, que intercede por aquel- o de los dos: porque necesitamos de Dios, cada día, cada instante, en cada tarea, en cada relación, y porque no podemos ser indiferentes a los que sufren a nuestro alrededor, a los despistados, a los que parecen malos, a los que quieren serlo. Y, luego, Jesús cura a la suegra de Pedro que “se levantó y se puso a servirle” (Mt 8,14-15): no hacen falta más palabras para que cada uno nos apliquemos la lección. Al atardecer, llevaron a Jesús muchos endemoniados y él los “curó a todos” (Mt 8,16-17). Por grande que sea la caída, mucho, infinitamente mayor, es el amor del Amor que perdona. Sólo hay que tomar del amor que recibimos y ponerlo ante Dios: “Si quieres...”

- Al ver Jesús a la multitud que estaba a su alrededor ordenó marchar a la otra orilla (Mt 8,18). Después se subió a una barca y le siguieron sus discípulos. “De repente, se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Se le acercaron para despertarle diciendo: -¡Señor, sálvanos, que perecemos!...” (Mt 8, 23-24). Y Jesús calmó la mar y el viento. Para meditar: la Divina Humanidad de Jesús -cansado, dormía- y la Omnipotencia divina.

“¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?/ ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,/ que a mi puerta, cubierto de rocío,/ pasas las noches del invierno obscuras?” (“A Jesucristo”, Lope de Vega) (270)

52) TIEMPO ORDINARIO

El cristiano se sabe hijo de Dios (1 Jn 3,1), amado de Dios y llamado a ser santo (Rm 1,7), santificado en Cristo, Jesús (1 Co 1,2), amado de Dios Padre y guardado para Jesucristo (Jds 1,1), considerado “santo y fiel hermano de Cristo” (Col 1,2) y ciudadano del cielo (Flp 3,20). En esta romería hasta llegar al abrazo de Dios que llama y espera, el cristiano sigue los pasos de Jesús y en el camino repasa textos que le animan: “Para mí vivir es Cristo y el morir una ganancia (Flp 1,21); “Hacedlo todo sin murmuraciones ni discusiones para que lleguéis a ser irreprochables y sencillos hijos de Dios” (Flp 2,14), “Alegraos siempre en el Señor, os lo repito, alegraos. Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca. No os preocupéis por nada; al contrario: en toda oración y súplica presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias. Y la paz de Dios que supera todo entendimiento custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Flp 4, 4-7); “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Flp 4,13). Toda una guía para la vida, una nota de consuelo para todo trance. Los caminantes saben de la utilidad de esos pequeños detalles que le hacen caminar con paso firme, clara la mirada y cantando el corazón.

- El cristiano vive en el mundo, nada de lo que ocurre le es ajeno, todo le debe importar porque todo lo humano tiene que ver con Dios. Uno entre muchos, el cristiano sigue a Jesús, escucha y aprende de sus palabras. San Marcos ofrece un pasaje que permite a cada uno verse así: “Jesús se alejó con sus discípulos hacia el mar. Y le siguió una gran muchedumbre de Galilea y de Judea. También de Jerusalén, de Idumea, de más allá del Jordán y de los alrededores de Tiro y Sidón, vino hacía él una gran multitud al pír las cosas que hacía. Y les dijo a sus discípulos que le tuviesen dispuesta una pequeña barca por causa de la muchedumbre, para que no le aplastasen; porque sanaba a tantos, que todos los que tenían enfermedades se le echaban encima para tocarle” (Mc 3, 7-10). Es una estupenda aventura meterse con la imaginación en esa época y en ese lugar; es una breve escapada para sustituir “el no tengo tiempo” por “merece la pena estar con Él” y el “yo por encima de todo” por el todos con Él, todo para Él. Como decimos en el conocido ofrecimiento (“Suscipe Domine...”): “Tú me lo diste; a Ti, Señor, lo torno. Todo es tuyo. Dispón de mí según tu voluntad (Quidiquid habeo vel possideo mihi largitus es; et tibi totum restituo, ac tuae prorsus voluntati trado gobernandum)... Dame tu amor y tu gracia que eso me basta. Todo lo demás sobra” (Amorem tui solum cum gratia tua mihi dones, et dives sum satis; nec aliud quidquam ultra posco)

“Entonces llega a la casa y se vuelve a juntar la muchedumbre, de manera que no podían ni siquiera comer. Al enterarse, sus parientes fueron a llevárselo, porque decían que había perdido el juicio” (Mc 3,20-21). “Cuando llega su madre y sus hermanos se quedaron fuera y enviaron a llamarlo “Y estaba sentada a su alrededor una muchedumbre y le dicen: Mira, tu madre, tus hermanos y tus hermanas te buscan fuera. Y, en respuesta, les dice: -¿Quien es mi madre y quienes mis hermanos?. Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor dice: - Éstos son mi madre y mis hermanos: quien hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Mc 3,31-35). Si nos metemos de corazón en esa circunstancia, entre esa muchedumbre, si meditamos lo ocurrido, podremos decir: Yo estaba allí. He visto a la Virgen. Me ha besado. Y yo a ella. He sentido en el alma la mirada de Jesús y he oído lo que me ha dicho. Y le he prometido que haré su voluntad. Y les he pedido que me ayuden.
”Esfuérzate para responder en cada instante a lo que te pide Dios: ten voluntad de amarle con obras – Con obras pequeñas, pero sin dejar ni una” (san Josemaría, “Forja” 82). Y también: “Acostúmbrate a dar gracias anticipadas a los Ángeles Custodios... para obligarles más” (Forja, 93) (273)

53) CRISTO REY

El domingo de Cristo Rey del Universo es el último del año litúrgico; también ha acabado el año de la Misericordia. Para los cristianos es tiempo de agradecer el amor de Dios, de examinar cómo hemos correspondido a tanto amor, de comprobar qué ha supuesto para cada uno esa celebración de toda la Iglesia en la que, sin duda, han participado -intercediendo, ayudando- todos los santos, todas las almas que se preparan para entrar en el cielo. Alguno aún provechará la última semana del Tiempo Ordinario, para hacer lo que no ha hecho, para recuperar lo que aún no está perdido. Y todos, unos y otros, tomarán conciencia de que esto no es el final de la carrera, sino el final de una etapa y que es el momento de hacer el esfuerzo, de hacer propósitos y de comprometer su cumplimiento, porque en la meta nos está esperando nada menos que Dios. Como se decía el atleta: preparado en la salida, el Espíritu Santo me aconseja, me anima, me levanta y me impulsa; a cada paso en la carrera, oigo junto a mi los de Cristo y veo que me mira con entusiasmo, que me sonríe feliz; y antes de llegar a la línea de meta, creo volar al ver los brazos abiertos del Padre. Y también está la Madre. Y san José. Y mis padres. Y mi ángel, muchos ángeles, animando, aplaudiendo.

Es tiempo de cantar el salmo 136: “Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Dad gracias al Dios de los dioses, porque es eterna su misericordia. Dad gracias al Señor d ellos señores, porque es eterna su misericordia. Al Único que hace grandes maravillas, porque es eterna su misericordia. Él hizo con sabiduría los cielos, porque es eterna su misericordia. El afrimó la tierra sobre las aguas, porque es eterna su misericordia. Él hizo las grandes lumbreras, porque es eterna su misericordia: el sol para regular el día, porque es eterna su misericordia; y la luna y las estrelas para regular la noche, porque es eterna su misericordia... Él en nuestra humillación, se acordó de nosotros, porque es eterna su misericordia; y nos libró de nuestros adversarios, porque es eterna su misericordia. Él da alimento a todo ser viviente, porque es eterna su misericordia. Dad gracias al Dios de los cielos, porque es eterna su misericordia”.

Tiempo de leer y vivir el Evangelio. “De nuevo comenzó a enseñar al lado del mar. Y se reunió en torno a él una muchedumbre tan grande, que tuvo que subir a sentarse en una barca, en el mar, mientras la muchedumbre permanecía en tierra, en la orilla. Les explicaba con parábolas muchas cosas...” (Mc 4,1-2). “Aquel día, llegada la tarde, les dice: - Crucemos a la otra orilla. Y, despidiendo a la muchedumbre, le llevaron en la barca... Y se levantó una gran tempestad... Él estaba en la popa durmiendo sobre un cabezal; entonces le despiertan...” (Mc 4, 35-38). Y llegaron a a la región de los gerasenos. Allí echó al demonio “Legión” (“porque somos muchos”) del poseso. Éste “le suplicaba quedarse con él, pero no lo admitió, sino que le dijo: -Vete a tu casa con los tuyos y anúnciales las grandes coas que el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti” (Mc 5, 18-19).

Tiempo también de recitar con santa Teresa de Jesús: “Dadme muerte, dadme vida,/ dad salud o enfermedad,/ honra o deshonra me dad,/ dadme guerra o paz crecida,/ flaqueza o fuerza cumplida,/ que a todo digo que sí./ ¿Qué mandáis hacer de mí?/ Dadme riqueza o pobreza,/ dad consuelo o desconsuelo,/ dadme alegría o tristeza,/ dadme infierno o dadme cielo,/ vida dulce, sol sin velo,/ pues del todo me rendí./ ¿Qué mandáis de hacer de mí?./ Si queréis dadme oración;/ si no, dadme sequedad,/ si abundancia y devoción,/ y si no esterilidad./ Soberana Majestad,/ sólo hallo paz aquí./ ¿Qué mandáis haced de mí?/. Dadme, pues, sabiduría,/ o por amor, ignorancia;/ dadme años de abundancia,/ o de hambre y carestía;/ dad tiniebla o claro día,/ revolvedme aquí o allí./ ¿Qué mandáis hacer de mí?./ Si queréis que esté holgando,/ quiero por amor holgar./ Si me mandáis trabajar,/ morir quiero trabajando./ Decid, ¿dónde, cómo y cuándo?/. Decid, dulce Amor, decí. / ¿Qué mandáis hacer de mí?...” (275)