viernes, 18 de mayo de 2018

TEXTOS SOBRE LA FE (V)

AÑO DE LA FE

“11... Precisamente en este horizonte, el “Año de la fe”, deberá expresar el compromiso unánime de redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el “Catecismo de la Iglesia Católica”. En efecto, en él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la sagrada escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología a los Santos de todos los siglos, el catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe.” (de la Carta Apostólica en forma de Motu Proprio “PORTA FIDEI” del Sumo Pontífice BENEDICTO XVI, con la que se convoca el Año de la Fe, dado en Roma, junto a San Pedro, el día 11 de octubre del año 2011)

ANEXO IV: TEXTOS DE LOS SANTOS PADRES

1. SAN CLEMENTE ROMANO (murió entre 99 y 101)

(1) LA FE Y LAS OBRAS. “... En suma, fueron glorificados y engrandecidos, no por sus méritos propios ni por sus obras o por su justicia, sino por la Voluntad de Dios. Por lo tanto, tampoco nosotros –que hemos sido llamados en Jesucristo por su misma voluntad- nos justificamos por nuestros propios méritos ni por nuestra sabiduría, inteligencia y piedad, o por las obras que hacemos en santidad de corazón, sino por la fe: porque el Dios Omnipotente, de quien es la gloria por los siglos de los siglos, justificó a todos desde el principio; a él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Entonces, ¿qué haremos, hermanos? ¿Seremos negligentes en las buenas obras y descuidaremos la caridad? No permita Dios que esto suceda. Al contrario, con esfuerzo y ánimo generoso apresurémonos a cumplir todo género de obras buenas...

... El buen trabajador toma con libertad el pan de su labor, mientras el perezoso y holgazán no se atreve a mirar el rostro de su amo. Por tanto, seamos prontos y diligentes en las buenas obras, ya que del Señor nos viene todo. Él mismo nos lo ha dicho: “he aquí el Señor, y su recompensa delante de su faz, para dar a cada uno según su trabajo” (Is 40,10). Con ello, nos exhorta a que pongamos en Él nuestra fe, con todo nuestro corazón, y a que no seamos perezosos ni negligentes en ningún género de obras buenas.” (de “Epístola a los corintios”)

2. SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA (murió el 106-107)

(2) “LA FE Y LA CARIDAD”. Procurad reuniros con más frecuencia para celebrar la acción de gracias y la alabanza divina. Cuando os reunís con frecuencia en un mismo lugar, se debilita el poder de Satanás, y la concordia de vuestra fe le impide causaros mal alguno. Nada mejor que la paz, que pone fin a toda discordia en el cielo y en la tierra.

Nada de esto os es desconocido, si mantenéis de un modo perfecto, en Jesucristo, la fe y la caridad, que son el principio y el fin de la vida: el principio es la fe, el fin es la caridad. Cuando ambas virtudes van a la par, se identifican con el mismo Dios, y todo lo demás que contribuye al bien obrar se deriva de ellas. El que profesa la fe no peca, y el que posee la caridad no odia. Por el fruto se conoce al árbol; del mismo modo, los que hacen profesión de pertenecer a Cristo se distinguen por sus obras. Lo que nos interesa ahora, más que hacer una profesión de fe, es mantenernos firmes en la fe hasta el fin.” (de la “Carta a los Efesios”)

(3) EL CONTENIDO DE LA FE. “Doy gracias a Jesucristo Dios, por haberos otorgado tan grande sabiduría; he podido ver, en efecto, cómo os mantenéis estables e inconmovibles en vuestra fe, como si estuvierais clavados en cuerpo y alma a la cruz del Señor Jesucristo, y cómo os mantenéis firmes en la caridad por la sangre de Cristo, creyendo con fe plena y firme en nuestro Señor, el cual procede verdaderamente de la estirpe de David, según la carne, es Hijo de Dios por la voluntad y el poder del mismo Dios, nació verdaderamente de la Virgen, fue bautizado por Juan para cumplir así todo lo que Dios quiere; finalmente, su cuerpo fue verdaderamente crucificado bajo el poder de Poncio Pilato y del tetrarca Herodes (y de su divina y bienaventurada pasión somos fruto nosotros), para, mediante su resurrección, elevar su estandarte para siempre a favor de sus santos y fieles, tanto judíos como gentiles, reunidos todos en el único cuerpo de su Iglesia.

Todo esto lo sufrió por nosotros, para que alcanzáramos la salvación; y sufrió verdaderamente, como también resucitó a sí mismo verdaderamente.

Yo sé que después de su resurrección tuvo un cuerpo verdadero, como sigue aún teniéndolo. Por esto, cuando se apareció a Pedro y a sus compañeros, les dijo: Tocadme y palpadme, y daos cuenta de que no soy un ser fantasmal e incorpóreo. Y, al punto, lo tocaron y creyeron, adhiriéndose a la realidad de su carne y de su espíritu. Esta fe les hizo capaces de despreciar y vencer la misma muerte.” (de la “Carta a los Esmirniotas”)

3. EPÍSTOLA LLAMADA DE BERNABÉ (70-130)

(4) LOS EFECTOS DE LA FE. “Aunque os haya hablado ya muchas veces, estoy profundamente convencido de que me quedan todavía muchas cosas por deciros, pues el Señor me ha acompañado por el camino de la justicia. Me siento obligado a amaros más que a mi propia vida, pues una gran fe y una gran caridad habitan en vosotros por la esperanza de alcanzar la vida divina. Considerando que obtendré una gran recompensa si me preocupo de hacer partícipes a unos espíritus como los vuestros, al menos en alguna medida, de los conocimientos que he recibido, he decidido escribiros con brevedad, a fin de que, con la fe, poseáis un conocimiento perfecto.

Tres son las enseñanzas del Señor: la esperanza de la vida, principio y término de nuestra fe; la justicia, comienzo y fin del juicio; el amor en la alegría y el regocijo, testimonio de las obras de la justicia.

El Señor, en efecto, nos ha manifestado por medio de sus profetas el pasado y el presente, y nos ha hecho gustar por anticipado las primicias de lo porvenir. Viendo, pues, que estas cosas se van cumpliendo en el orden en que él las había predicho, debemos adelantar en una vida más generosa y excelsa en el temor del Señor. Por lo que respecta a mí, no como maestro, sino como uno de vosotros, os manifestaré algunas enseñazas que os puedan alegrar en las presentes circunstancias.

Ya que los días son malos y que el Altivo posee poder, debemos, estando vigilantes sobre nosotros mismos, buscar las justificaciones del Señor. Nuestra fe tiene como ayuda el temor y la paciencia, y como aliados la longanimidad y el dominio de nosotros mismos. Si estas virtudes permanecen santamente en nosotros, en todo lo que atañe al Señor, tendrán la gozosa compañía de la sabiduría, la inteligencia, la ciencia y el conocimiento.” (del comienzo de la Carta)

4. SAN POLICARPO DE ESMIRNA (murió en 155)

(5) LA FE VIVIDA. “Permaneced, pues, en estos sentimientos y seguid el ejemplo del Señor, firmes e inquebrantables en la fe, amando a los hermanos, queriéndoos unos a otros, unidos en la verdad, estando atentos unos al bien de los otros con la dulzura del Señor, no despreciando a nadie. Cuando podáis hacer bien a alguien, no os echéis atrás, porque la limosna libra de la muerte. Someteos unos a otros y procurad que vuestra conducta entre los gentiles sea buena; así verán con sus propios ojos que os partáis honradamente; entonces os podrán alabar y el nombre del Señor no será blasfemado a causa de vosotros. Porque ¡ay de aquel por cuya causa ultrajan el nombre del Señor! Enseñad a todos la sobriedad y vivid también vosotros según ella.” (de la “Carta a los filipenses”)

5. SAN TEÓFILO DE ANTIOQUIA (murió hacia 180)

(6) LA FE Y LA VISIÓN DE DIOS. “Si entiendes todo esto y vives pura, santa y justamente, podrás ver a Dios; pero la fe y el temor de Dios han de tener la absoluta preferencia de tu corazón, y entonces entenderás todo esto. Cuando te despojes de lo mortal y te revistas de la inmortalidad, entonces verás a Dios de manera digna. Dios hará que tu carne sea inmortal junto con el alma, y entonces, convertido en inmortal, verás al que es inmortal, con tal de que ahora creas en él.” (del libro “A Autólico)

6. SAN IRENEO DE LYON (140-202)

(7) LA FE Y LA TRADICIÓN. “Extendida por toda la tierra hasta sus confines más remotos, la Iglesia recibió esta fe de los Apóstoles y de sus discípulos: hay un solo Dios, Padre, Omnipotente. Creador del cielo y de la tierra, del mar y de todo lo que se encuentra en ellos; y un único Jesucristo, Hijo de Dios, que se encarnó para nuestra salvación; y el Espíritu Santo que por medio de los profetas anunció el designio salvífico de Dios, su cumplimiento, la generación virginal, la pasión, resurrección de entre los muertos y la ascensión al cielo en la carne de nuestro amadísimo Señor Jesucristo, y su venida del cielo en la gloria del Padre, para recapitular todas las cosas y resucitar a todos los miembros del género humano; para que, ante Jesucristo Señor nuestro –según el beneplácito del Padre invisible-, toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el infierno, y toda lengua le confiese como Dios, Salvador y Rey. Él vendrá a dar cumplimiento al justo juicio de todos: mandará al fuego eterno a los espíritus inicuos y a los ángeles prevaricadores y apóstatas, y a los hombres impíos, injustos, inicuos y blasfemos; a los justos, en cambio, que observaron sus preceptos y perseveraron en su amor desde el principio o desde el momento de su conversión, les otorgará la vida eterna y la incorruptibilidad, y les rodeará de una luz que no conocerá ocaso.

Ésta es la doctrina y ésta es la fe que la Iglesia, diseminada por todo el mundo, custodia diligentemente formando una sola familia: la misma fe que cree con una sola alma y un solo corazón; la misma predicación y enseñanza que transmite como si tuviera una sola boca. Las lenguas son distintas, según las regiones de la tierra, pero una e idéntica es la fuerza de la Tradición. La Iglesia en Alemania no profesa una fe ni tiene una tradición diferente, ni tampoco la de España, Francia, Egipto, Libia, Oriente o Palestina. De igual manera que el sol, criatura de Dios, es uno solo e idéntico doquier e ilumina a todos los hombres que desean llegar al conocimiento de la verdad. Ni el más elocuente de los predicadores de la Iglesia enuncia más de lo dicho –nadie es superior al maestro-, ni el menos elocuente disminuye las enseñanzas tradicionales. La tradición es única e idéntica, y nadie puede añadir ni quitarle cosa alguna.” (de “Contra los herejes”)

7. SAN HIPÓLITO (murió el año 235)

(8) EL VERBO HECHO CARNE FUNDAMENTO DE LA FE. “No prestamos nuestra adhesión a discursos vacíos ni nos dejamos seducir por pasajeros impulsos del corazón, como tampoco por el encanto de discursos elocuentes, sino que nuestra fe se apoya en las palabras pronunciadas por el poder divino. Dios se las ha ordenado a su Palabra, y la Palabra las ha pronunciado, tratando con ellas de apartar al hombre de la desobediencia, no dominándolo como a un esclavo por la violencia que coacciona, sino apelando a su libertad y pena decisión.

Fue el Padre quien envió a la Palabra, al fin de los tiempos. Quiso que no siguiera hablando por medio de un profeta, ni que se hiciera adivinar mediante anuncios velados; sino que le dijo que se manifestara a rostro descubierto, a fin de que el mundo, al verla, pudiera salvarse.” (de “Refutación de todas las herejías”)

8. SAN CIPRIANO DE CARTAGO (205-258)

(9) LA FE Y LA UNIDAD DE LA IGLESIA. “Esta unidad de la Iglesia está prefigurada por la persona de Cristo en el Cantar de los Cantares, cuando el Espíritu Santo dice: “una sola es mi paloma, mi hermosa, única es para su madre, la elegida de ella”. Quien no guarda esta unidad de la Iglesia, ¿piensa acaso que conserva la fe? Quien resiste obstinadamente a la Iglesia, quien abandona la cátedra de Pedro, sobre la que está cimentada la Iglesia, ¿puede confiar que se halla en la Iglesia? El santo Apóstol Pablo enseña esto mismo y declara el misterio de la unidad con estas palabras: “un solo cuerpo y un solo espíritu, una sola esperanza de vuestra vocación, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios” ...

... Si alguien pudo salvarse fuera del arca de Noé, entonces lo pondrá también quien estuviere fuera de la Iglesia. Nos lo advierte el Señor cuando dice: “el que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama”. Quien rompe la paz y la concordia de Cristo está contra Cristo. Quien recoge en otra parte, fuera de la Iglesia, disipa la Iglesia de Cristo. Dice el Señor: “Yo y el Padre somos una sola cosa”; y también está escrito del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo: “estos tres son una sola cosa”. ¿Y piensa alguno que esta unidad procede del poder de Dios, que se halla firmemente asegurada por los misterios eclesiales, puede romperse en la Iglesia y escindirse por la discusión y el choque de voluntades? Quien no mantiene esta unidad, no cumple la ley de Dios, no guarda la fe en el Padre y en el Hijo, no obtiene la vida y la salvación.” (de “Sobre la unidad de la Iglesia Católica”)

(10) LA FE EN EL MARTIRIO. “La multitud de los presentes contempló admirada la celestial batalla por Dios y el espiritual combate por Cristo, vio cómo sus siervos confesaban abiertamente su fe con entera libertad, sin ceder en lo más mínimo, con la fuerza de Dios, enteramente desprovistos de las armas de este mundo, pero armados, como creyentes, con las armas de la fe. En medio del tormento, su fortaleza superó la fortaleza de aquéllos que los atormentaban, y los miembros golpeados y desgarrados vencieron a los garfios que los golpeaban y desgarraban...

... Con qué alegría estuvo allí Cristo, cuán de buena gana luchó y venció en aquellos siervos suyos, como protector de su fe, y dando a los que en él confiaban tanto cuanto cada uno confiaba en recibir. Estuvo presente en su combate, sostuvo, fortaleció, animó a los que combatían por defender el honor de su nombre. Y el que por nosotros venció a la muerte de una vez para siempre continúa venciendo en nosotros.” (de las “Cartas”)

9. SAN ATANASIO DE ALEJANDRÍA (295-373)

(11) LA FE Y LA SANTÍSIMA TRINIDAD. “Nuestra fe es ésta: La Trinidad santa y perfecta, que se distingue en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo, no tiene nada de extraño a sí misma ni añadido de fuera ni está constituida por el Creador y las criaturas, sino que es toda Ella potencia creadora y fuerza operativa. Una sola es su naturaleza, idéntica a sí misma; uno solo el principio activo, una sola la operación. En efecto, el Padre realiza todas las cosas por el Verbo en el Espíritu Santo; de este modo se conserva intacta la unidad de la santa Trinidad.

Por eso en la Iglesia se predica un solo Dios que está por encima de todas las cosas, que actúa por medio de todo y está en todas las cosas. Está por encima de todas las cosas ciertamente como Padre, principio y origen. Actúa a través de todo, sin duda por medio del Verbo. Obra, en fin, en todas las cosas en el Espíritu Santo. El Apóstol Pablo, cuando escribe a los Corintios sobre las realidades espirituales, reconduce todas las cosas a un solo Dios Padre como al Principio, diciendo: “hay diversidad de carismas, pero un solo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor; hay diversidad de operaciones, pero uno solo es Dios que obra todo en todos”. En efecto, aquellas cosas que el Espíritu distribuye a cada uno provienen del Padre por medio del Verbo, pues verdaderamente todo lo que es del Padre es también del Hijo. De ahí que todas las cosas que el Hijo concede en el Espíritu son verdaderos dones del Padre. Igualmente, cuando el Espíritu está en nosotros, también en nosotros está el Verbo de quien lo recibimos, y en el Verbo está también el Padre: de este modo se realiza lo que está dicho: “vendremos y pondremos en él nuestra morada”. Porque donde está la luz, allí se encuentra el esplendor; y donde está el esplendor, allí está también su eficacia y su espléndida gracia.

Lo mismo enseña san Pablo en la segunda epístola a los Corintios, con estas palabras: “la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunicación del Espíritu Santo estén con todos vosotros”. La gracia, en efecto, que es don de la Trinidad, es concedida por el Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu Santo. Como la gracia procede del Padre por medio del Hijo, así no podemos participar nosotros del don, sino en el Espíritu Santo. Y entonces, hechos partícipes de Él, tenemos en nosotros el amor del Padre, la gracia del Hijo y la comunión del mismo Espíritu.” (de “Carta I a Serapión”)

10. SAN ZENÓN DE VERONA (murió hacia 371)

(12) LA FE EN LAS VIRTUDES TEOLOGALES. “Tres cosas son fundamentales para la perfección del cristiano: la fe, la esperanza y la caridad; y del tal modo se enlazan estas virtudes entre sí, que cada una de ellas es necesaria a las otras. Si la esperanza no va por delante, ¿a quien aprovechará la fe? Si la fe no existe, ¿cómo nacerá la esperanza? Y si a la fe y a la esperanza les quitas la caridad, una y otra quedarán inútiles, pues ni la fe obra sin la caridad ni la esperanza sin la fe. Por consiguiente, el cristiano que desee ser perfecto ha de fundamentarse en las tres: si le falta alguna, no alcanzará la perfección de su obra.” (de “Tratado sobre la fe, la esperanza y la caridad”)

11. SAN BASILIO EL GRANDE (330-379)

(13) LA FE EN EL ESPÍRITU SANTO. “¿Quien habiendo oído los nombres que se dan al Espíritu, no siente levantado su ánimo y no eleva su pensamiento hacia la naturaleza divina? Ya que es llamado Espíritu de Dios y espíritu de verdad que procede del Padre; Espíritu firme, espíritu generoso, espíritu Santo son sus apelativos propios y peculiares...

... Así el Espíritu Santo está presente en cada hombre capaz de recibirlo, como si sólo él existiera y, no obstante, distribuye a todos gracia abundante y completa; todos disfrutan de él en la medida en que lo requiere la naturaleza de la criatura, pero no en la proporción con que él podría darse.

Por él los corazones se elevan a lo alto, por su mano son conducidos los débiles, por él los que caminan tras la virtud llegan a la perfección. Es él quien ilumina a los que se han purificado de sus culpas y al comunicarse a ellos los vuelve espirituales.” (del libro “El Espíritu Santo”)

12. SAN CIRILO DE JERUSALÉN (313-387)

(14) LAS DOS REALIDADES DE LA FE. “La fe, aunque por su nombre es una, tiene dos realidades distintas. Hay, en efecto, una fe por la que se cree en los dogmas y que exige que el espíritu atienda y la voluntad se adhiera a determinadas verdades; esta fe es útil al alma, como lo dice el mismo Señor: Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio; y añade: El que cree en el Hijo no está condenado, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida.

¡Oh gran bondad de Dios para con los hombres! Los antiguos justos, ciertamente, pudieron agradar a Dios empleando para este fin los largos años de su vida; mas lo que ellos consiguieron con su esforzado y generoso servicio de muchos años, eso mismo te concede a ti Jesús realizarlo en un solo momento. Si, en efecto, crees que Jesucristo es el Señor, y que Dios lo resucitó de entre los muertos, conseguirás la salvación y serás llevado al paraíso por aquel mismo que recibió en su reino al buen ladrón. No desconfíes ni dudes de si ello va a ser posible o no: el que salvó en el Gólgota al ladrón a causa de una sola hora de fe, él mismo te salvará a ti si creyeres.

La otra clase de fe aquella que Cristo concede a algunos como don gratuito: Uno recibe del espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo espíritu. Hay quien, por el mismo espíritu, recibe el don de la fe; y otro, por el mismo espíritu, don de curar.

Esta gracia de fe que da el Espíritu no consiste solamente en una fe dogmática, sino también en aquella otra fe capaz de realizar obras que superan toda posibilidad humana; quien tiene esta fe podrá decir a una montaña que viniera aquí, y vendría. Cuando uno, guiado por esta fe, dice esto y cree sin dudar en su corazón que lo que dice se realizará, entonces este tal ha recibido el don de esta fe.

Es de esta fe de que se afirma: Si fuera vuestra fe como un grano de mostaza. Porque así como el grano de mostaza, aunque pequeño en tamaño, está dotado de una fuerza parecida a la del fuego y, plantado aunque sea en un lugar exiguo, produce grandes ramas hasta el punto de que pueden cobijarse en él las aves del cielo, así también la fe, cuando arraiga en el alma, en pocos momentos realiza grandes maravillas. El alma, en efecto, iluminada por esta fe, alcanza a concebir en su mente una imagen de Dios, y llega incluso hasta contemplar al mismo Dios en la medida en que ello es posible; le es dado recorrer los límites del universo y ver, antes del fin del mundo, el juicio futuro y la realización de los bienes prometidos.

Procura, pues, llegar a aquella fe que de ti depende y que conduce al Señor a quien la posee, y así el Señor te dará también aquella otra que actúa por encima de las fuerzas humanas.” (de las “Catequesis”)

(15) LA FE EN EL CREDO. “Al aprender y profesar la fe, adhíerete y conserva solamente la que ahora te entrega la Iglesia, la única que las santas Escrituras, unos porque no saben leer, otros porque sus ocupaciones se lo impiden, para que ninguna alma perezca por ignorancia, hemos resumido, en pocos versículos del símbolo, el conjunto de los dogmas de la fe.

Procura, pues, que esta fe sea para ti como un viático que te sirva toda la vida y, de ahora en adelante, no admitas ninguna otra, aunque fuera yo mismo quien, cambiando de opinión, te dijera lo contrario, o aunque un ángel caído se presentara ante ti disfrazado de ángel de luz y te enseñara otras cosas para inducirte al error. Pues, si alguien os predica un Evangelio distinto del que os he predicado –seamos nosotros mismos o un ángel del cielo-, ¡sea maldito!

Esta fe que estáis oyendo con palabras sencillas retenedla en la memoria y, en el momento oportuno, comprenderéis, por medio de las santas Escrituras, lo que significa exactamente cada una de sus afirmaciones. Porque tenéis que saber que el símbolo de la fe no lo han compuesto los hombres según su capricho, sino que las afirmaciones que en él se contienen han sido entresacadas del conjunto de las santas Escrituras y resumen toda la doctrina de la fe. Y, a la manera de la semilla de mostaza que, a pesar de ser un grano tan pequeño, contiene ya en sí la magnitud de sus diversas ramas, así también las pocas palabras del símbolo de la fe resumen y contienen, como en una síntesis, todo lo que nos da a conocer el antiguo y el nuevo Testamento.” (de las “Catequesis”)

13. SAN AMBROSIO DE MILÁN (333?-397)

(16) LA FE Y LA VIDA EN CRISTO. “Hemos muerto con Cristo y llevamos en nuestro cuerpo la muerte de Cristo, para que la vida de Cristo se manifieste en nosotros. No vivimos ya aquella vida nuestra, sino la de Cristo, una vida de inocencia, de castidad, de simplicidad y de toda clase de virtudes; y ya que hemos resucitado con Cristo, vivamos en él, ascendamos en él, para que la serpiente no pueda dar en la tierra con nuestro talón para herirlo.

Huyamos de aquí. Puede huir en espíritu, aunque sigas retenido en tu cuerpo; puedes seguir estando aquí, y estar, al mismo tiempo, junto al Señor, si tu alma se adhiere a él, si andas tras sus huellas con tus pensamientos, si sigues sus caminos con la fe y no a base de apariencias, si te refugias en él, ya que él es refugio y fortaleza, como dice David: “A ti, Señor, me acojo; no quede yo derrotado para siempre.” (del tratado “Sobre la huída del mundo”)

(17) LA PUERTA DE LA FE. “Yo y el Padre vendremos y haremos morada en él. Que cuando venga encuentre, pues, tu puerta abierta, ábrele tu alma, extiende el interior de tu mente para que pueda contemplar en ella riquezas de rectitud, tesoros de paz, suavidad de gracia. Dilata tu corazón, sal al encuentro del sol de la luz eterna que alumbra a todo hombre. Esta luz verdadera brilla para todos, pero el que cierre sus ventanas se priva a sí mismo de la luz eterna. También tú, si cierras la puerta de tu alma, dejas fuera a Cristo. Aunque tiene poder para entrar, no quiere, sin embargo, ser inoportuno, no quiere obligar a la fuerza.

Él salió del seno de la Virgen como el sol naciente, para iluminar con su luz todo el orbe de la tierra. Reciben esta luz los que desean la claridad del resplandor sin fin, aquella claridad que no interrumpe noche alguna. En efecto, a este sol que vemos cada día suceden las tinieblas de la noche; en cambio, el Sol de justicia nunca se pone, porque a la sabiduría no sucede la malicia.

Dichoso, pues, aquel a cuya puerta llama Cristo. Nuestra puerta es la fe, la cual, si es resistente, defiende toda la casa. Por esta puerta entra Cristo. Por esto, dice la Iglesia en el Cantar de los cantares: “Oigo a mi amado que llama a la puerta. Escúchalo cómo llama, cómo desea entrar: “¡Ábreme, mi paloma sin mancha, que tengo la cabeza cuajada de rocío, mis rizos, del relente de la noche!” (del “comentario sobre el Salmo 118”)

14. SAN AGUSTÍN DE HIPONA (354-430)

(18) LA FE Y EL ENCUENTRO CON DIOS. “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y, sin embargo, Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre las cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían lejos de Ti esas cosas que, si no estuvieran en Ti, no existirían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, e hiciste huir mi ceguera. Exhalaste tu perfume, y respiré, y suspiro por Ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz.” (de “Confesiones”)

(19) LA FE Y LA VIDA EN DIOS. “Te invoco, Dios Verdad, principio, origen y fuente de la verdad de todas las cosas verdaderas. Dios Sabiduría, autor y fuente de la sabiduría de todos los que saben. Dios verdadero y suma Vida, en quien, de quien y por quien viven todas las cosas que suma y verdaderamente viven. Dios Bienaventuranza, en quien y por quien son bienaventurados todos los que son bienaventurados. Dios Bondad y Hermosura, principio, causa y fuente de todas las cosas buenas y hermosas. Dios Luz espiritual, que bañas de claridad todo lo que brilla a la inteligencia. Dios, cuyo reino es todo el mundo inaccesible a los sentidos. Dios que gobiernas los imperios con leyes que se derivan a los reinos de la tierra.

Separarse de Ti es caer; volverse a Ti, levantarse; permanecer en Ti es hallarse firme. Alejarse de Ti es morir, volver a Ti es revivir, morar en Ti es vivir. Nadie te pierde sino engañado, nadie te busca sino avisado, nadie te halla sino purificado. Dejarte a Ti es ir a la muerte, seguirte es amar, verte es poseerte. Para Ti nos despierta la fe, levanta la esperanza, une la caridad.” (de “Soliloquios”)

(20) LA FE Y LA SANTÍSIMA TRINIDAD. “Señor y Dios mío, en Ti creo, Padre, Hijo y Espíritu Santo. No diría la Verdad: “Id y bautizad a todas las gentes en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, si no fueras Trinidad. Y no mandarías a tus siervos ser bautizados, mi Dios y Señor, en el nombre de quien no es Dios y Señor. Y si Tú, Señor, no fueras al mismo tiempo Trinidad y un solo Dios y Señor, no diría la palabra divina: “Escucha Israel; el Señor, tu Dios, es un Dios único”. Y si Tú mismo fueras Dios Padre y fueras también Hijo, tu palabra Jesucristo, y el Espíritu Santo fuera vuestro Don, no leeríamos en las Escrituras canónicas: “Envió Dios a su Hijo”. Tú, ¡oh, Unigénito!, no dirías del Espíritu Santo: “que el Padre enviará en mi nombre”, y: que Yo os enviaré de parte del Padre”.

Fija la mirada de mi atención en esta regla de fe, te he buscado según mis fuerzas y en la medida que Tú me hiciste poder, y anhelé ver con mi inteligencia lo que creía mi fe, y disputé y me afané mucho. Señor y Dios mío, mi única esperanza, óyeme para que no sucumba al desaliento y deje de buscarte; haz que ansíe siempre tu rostro con ardor. Dame fuerzas para la búsqueda. Tú que hiciste que te encontrara y me has dado esperanzas de un conocimiento más perfecto. Ante Ti está mi firmeza y mi debilidad: sana ésta, conserva aquélla. Ante Ti está mi ciencia y mi ignorancia: si me abres, recibe la que entra; si me cierras, abre al que llama. Haz que me acuerde de Ti, que te comprenda y te ame. Acrecienta en mí estos dones hasta mi reforma completa.” (de “Sobre la Trinidad”)

(21) LA VIDA EN LA FE. LAS DOS VIDAS. “La Iglesia sabe de dos vidas, ambas anunciadas y recomendadas por el Señor; de ellas, una se desenvuelve en la fe, la otra en la visión; una durante el tiempo de nuestra peregrinación, la otra en las moradas eternas; una en medio de la fatiga, la otra en el descanso; una en el camino, la otra en la patria; una en el esfuerzo de la actividad, la otra en el premio de la contemplación.

La primera vida es significada por el apóstol Pedro, la segunda por el apóstol Juan. La primera se desarrolla toda ella aquí, hasta el fin de este mundo, que es cuando terminará; la segunda se inicia oscuramente en este mundo, pero su perfección se aplaza hasta el fin de él, y en el mundo futuro no tendrá fin. Por eso se le dice a Pedro: “Sígueme”, en cambio de Juan se dice: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme”. “Tú sígueme por la imitación en soportar las dificultades de esta vida; él que permanezca así hasta mi venida para otorgar mis bienes”. Lo cual puede explicarse más claramente así: “Sígame una actuación perfecta, impregnada del ejemplo de mi pasión; pero la contemplación incoada permanezca así hasta mi venida para perfeccionarla.” (del tratado “Sobre el Evangelio de san Juan”)

(22) FE Y PRESENCIA DE DIOS. “¿Por qué no vamos a esforzarnos sobre la tierra, de modo que, gracias a la fe, la esperanza y la caridad, con las que nos unimos a él, descansemos ya con él en los cielos? Mientras él está allí, sigue estando con nosotros; y nosotros, mientras estamos aquí, podemos estar ya con él allí. Él está con nosotros por su divinidad, su poder y su amor; nosotros, en cambio, aunque no podemos llevarlo a cabo con él por la divinidad, sí que podemos por el amor hacia él.” (de los sermones, “sobre la Ascensión del Señor”)

(23) LA FE Y LAS PROMESAS DE DIOS. “El período de las promesas se extiende desde los profetas hasta Juan el Bautista. El del cumplimiento desde éste hasta el fin de los tiempos.

Fiel es Dios que se ha constituido en deudor nuestro, no porque haya recibido nada de nosotros, sino por lo mucho que nos ha prometido. La promesa le pareció poco, incluso; por eso, quiso obligarse mediante escritura, haciéndonos, por así decirlo, un documento de sus promesas para que, cuando empezara a cumplir lo que prometió, viésemos en el escrito el orden sucesivo de su cumplimiento. El tiempo profético era, como he dicho muchas veces, el del anuncio de las promesas.

Prometió la salud eterna, la vida bienaventurada en la compañía eterna de los ángeles, la herencia inmarcesible, la gloria eterna, la dulzura de su rostro, la casa de su santidad en los cielos y la liberación del miedo a la muerte, gracias a la resurrección de los muertos. Esta última es como su promesa final, a la cual se enderezan todos nuestros esfuerzos y que, una vez alcanzada, hará que no deseemos ni busquemos ya cosa alguna. Pero tampoco silenció en qué orden va a suceder todo lo relativo al final, sino que lo ha anunciado y prometido.

Prometió a los hombres la divinidad, a los mortales la inmortalidad, a los pecadores la justificación, a los miserables la glorificación.

Sin embargo, hermanos, como a los hombres les parecía increíble lo prometido por Dios –a saber, que los hombres habían de igualarse a los ángeles de Dios, saliendo de esta mortalidad, corrupción, bajeza, debilidad, polvo y ceniza-, no sólo entregó la escritura a los hombres para que creyesen, sino que también puso un mediador de su fidelidad. Y no a cualquier príncipe, o a un ángel o arcángel, sino a su Hijo único. Por medio de éste había de mostrarnos y ofrecernos el camino por donde nos llevaría al fin prometido.

Poco hubiera sido para Dios haber hecho a su Hijo manifestador del camino. Por eso, le hizo camino, para que, bajo su guía, pudieras caminar por él.

Debía, pues, ser anunciado el unigénito Hijo de Dios en todos sus detalles: en que había de venir a los hombres y asumir lo humano y, por lo asumido, ser hombre, morir y resucitar, subir al cielo, sentarse a la derecha del Padre y cumplir entre las gentes lo que prometió. Y, después del cumplimiento de sus promesas, también cumplirá su anuncio de una segunda venida, para pedir cuentas de sus dones, discernir los vasos de ira de los de misericordia, y dar a los impíos las penas con que amenazó, y a los justos los premios que ofreció.

Todo esto debió ser profetizado, anunciado, encomiado como venidero, para que no asustase si acontecía de repente, sino que fuera esperado, porque primero fue creído.” (de “Sobre los salmos”, salmo 109)

(24) LA FE DE MARÍA. “Os pido que atendáis a lo que dijo Cristo, el Señor, extendiendo la mano sobre sus discípulos: Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre, que me ha enviado, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. ¿Por ventura no cumplió la voluntad del padre la Virgen María, ella que dio fe al mensaje divino, que concibió por su fe, que fue elegida para que ella naciera entre los hombres el que había de ser nuestra salvación, que fue creada por Cristo antes que Cristo fuera creado en ella?
Ciertamente, cumplió santa María, con toda perfección, la voluntad del Padre, y, por esto, es más importante su condición de discípula de Cristo que la de madre de Cristo, es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser madre de Cristo. Por esto, María fue bienaventurada, porque antes de dar a luz a su maestro, lo llevó en su seno.” (de “Sermón 25”)

15. SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA (murió en 444)

(25) EL CÓMO DE LA OBRA DE DIOS. “Así como nadie conoce la naturaleza de Dios y, sin embargo, es justificado el que cree que existe y que es remunerador de los que le buscan, así también, aunque ignore el modo en que Dios realiza las cosas, en particular, si confía a la fe el resultado y confiesa que Dios, superior a cuanto existe, lo puede todo, recibirá un premio no despreciable por su recta manera de pensar. Por eso, queriendo el mismo Señor de todos que nosotros tengamos esta disposición de ánimo, dice por el profeta: “No son mis pensamientos como los vuestros ni mis caminos son como vuestros caminos, dice el Señor; sino que, como dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y vuestros pensamientos de los míos. Porque el que nos supera tan grandemente en sabiduría y poder, ¿cómo no va a obrar cosas admirables y superiores a nuestra capacidad?

Quiero añadir a esto una comparación que me parece apropiada. Los que ejercen entre nosotros las artes mecánicas, muchas veces dicen que van a realizar una obra maravillosa, cuyo modo de llevarse a cabo escapa ciertamente a la perspicacia de los oyentes antes de que la vean; pero confiando en el arte que ellos tienen, lo aceptamos por fe incluso antes de que hagan el experimento, y hasta nos avergonzamos de poner resistencias. ¿Cómo, pues, habrá quien diga que no son reos de crimen gravísimo los que se atreven con su incredulidad a no dar fe a Dios, artífice supremo de todas las cosas, sino que se atreven a preguntar el cómo en lo que Dios hace ,,. aun después de conocer que Él es el dador de toda sabiduría y después de haber aprendido por la divina Escritura que es Todopoderoso.” (de “Comentario al Evangelio de san Juan)

(26) EFICACIA DE LA FE. “Pues mientras Cristo vivía corporalmente entre sus fieles, se les mostraba como el dispensador de todos sus bienes; pero cuando llegó la hora de regresar al Padre celestial, continuó presente entre sus fieles mediante su Espíritu, y habitando por la fe en nuestros corazones. De este modo, poseyéndole en nosotros, podríamos llamarle con confianza: “Abba, Padre”, y cultivar con ahínco todas las virtudes, y juntamente hacer frente con valentía invencible a las asechanzas del diablo y las persecuciones de los hombres, como quienes cuentan con la fuerza poderosa del Espíritu.” (del “Comentario al Evangelio de san Juan)

16. SAN PEDRO CRISÓLOGO (murió ¿en 458?)

(27) TOCANDO A CRISTO CON FE. “En esto –narra el evangelista-, una mujer que padecía un flujo de sangre hacía doce años, acercándose por detrás, le tocó el borde de su manto. La mujer recurre instintivamente a la fe, después de una larga e inútil cura. Se avergüenza de pedir una medicina: desea recobrar la salud, pero prefiere permanecer desconocida ante Aquél de quien cree que ha de alcanzar la salvación.

De modo semejante a como el aire es agitado por un torbellino de viento, esta mujer era turbada por una tempestad de pensamientos. Luchaban fe contra razón, esperanza contra temor, necesidad contra pudor. El hielo del miedo apagaba el ardor de la fe y la constricción del pudor oscurecía su luz, el inevitable recato debilitaba la confianza de la esperanza. De ahí que aquella mujer se encontrase agitada como por las olas tempestuosas de un océano.

Estudiaba la forma de actuar a escondidas de la gente, apartada de la muchedumbre. Se abría paso de manera que le fuera posible recobrar la salud sin forzar, a la vez, el propio pudor. Se preocupaba de que su curación no redundara en ofensa del médico. Se esforzaba porque la salvase, salvando la reverencia debida al Salvador (...)

(...) Pedro y Pablo, Príncipes de la fe cristiana, difundieron por el mundo el conocimiento del nombre de Cristo; pero fue primeramente una mujer la que enseñó el modo de acercarnos a Cristo.” (de “Sermón 34”)

17. SAN LEÓN MAGNO (murió en 461)

(28) LA FE EN EL COMBATE DE SANTIDAD. “Mirad, amadísimos, con qué dardos tan poderosos, con qué defensas tan insuperables nos arma este jefe insigne por tantos triunfos, este maestro invencible de la milicia cristiana. Nos ha ceñido con el cinturón de la castidad, ha calzado nuestros pies con las sandalias de la paz. En efecto, un soldado que no tenga ceñidos los lomos es pronto derrotado por el instigador de la impureza, y el que carece de calzado es fácilmente mordido por la serpiente. Nos ha dado el escudo de la fe para proteger todo el cuerpo, ha colocado en nuestra cabeza el casco de la salvación, ha puesto en nuestras manos la espada, es decir, la palabra de verdad. Así, el héroe de las luchas del espíritu no sólo está resguardado de las heridas, sino que puede dañar también a quien le ataca.” (de “Homilía 1 en la Cuaresma”)

(29) FORTALEZA EN LA FE. “Hemos sido establecidos y edificados por este modo de obrar divino, para que la gracia de Dios se manifestara más admirablemente, y así, a pesar de haber sido apartada de la vista de los hombres la presencia visible del Señor, por la cual que alimentaba el respeto de ellos hacia él, la fe se mantuviera firme, la esperanza inconmovible y el amor encendido.

En esto consiste, en efecto, el vigor de los espíritus verdaderamente grandes, esto es lo que realiza la luz de la fe en las almas verdaderamente fieles: creer sin vacilación lo que noven nuestros ojos, tener fijo el deseo en lo que no puede alcanzar nuestra mirada. ¿Cómo podría nacer esta piedad en nuestros corazones, o cómo podríamos ser justificados por la fe, si nuestra salvación consistiera tan sólo en lo que nos es dado ver?

Así, todas las cosas referentes a nuestro Redentor, que antes eran visibles, han pasado a ser ritos sacramentales; y para que nuestra fe fuese más firme y valiosa, la visión ha sido sustituida por la instrucción, de modo que, en adelante, nuestros corazones, iluminados por la luz celestial, deben apoyarse en esa instrucción.

Esta fe, aumentada por la ascensión del Señor y fortalecida con el don del Espíritu Santo, ya no se amilana por las cadenas, la cárcel, el destierro, el hambre, el fuego, las fieras ni los refinados tormentos de los crueles perseguidores. Hombres y mujeres, niños y frágiles doncellas han luchado, en todo el mundo, por esta fe, hasta derramar su sangre. Esta fe ahuyenta a los demonios, aleja las enfermedades, resucita a los muertos.” (del “Sermón 2 sobre la Ascensión del Señor”)

18. SAN VICENTE DE LERINS (murió en 450)

(30) EL PROGRESO EN LA FE. “Quizá alguno se pregunte: ¿entonces no es posible ningún progreso en la Iglesia de Cristo? ¡Claro que debe haberlo, y grandísimo! ¿Quién hay tan enemigo de los hombres y tan contrario a Dios, que trate de impedirlo? Ha de ser, sin embargo, con la condición de que se trate verdaderamente de progreso para la fe, y no de cambio. Es característico del progreso que una cosa crezca, permaneciendo siempre idéntica a sí misma; propio del cambio es, por el contrario, que una cosa se transforme en otra.

Crezca, por tanto, y progrese de todas las maneras posibles, el conocimiento de la inteligencia, la sabiduría tanto de cada uno como de la colectividad, tanto de un solo individuo como de toda la Iglesia, de acuerdo con la edad y con los tiempos; pero de modo que esto ocurra exactamente según su peculiar naturaleza, es decir, en el mismo dogma, en el mismo sentido, según la misma interpretación(...)

(...) No ocurra nunca, por tanto, que los rosales de la doctrina católica se transformen en cardos espinosos. No suceda nunca, repito, que en este paraíso espiritual donde germina el cinamomo y el bálsamo, despunten de repente la cizaña y las malas hierbas. Todo lo que la fe de nuestros padres ha sembrado en el campo de Dios, que es la Iglesia, todo eso deben los hijos cultivar y defender llenos de celo. Sólo esto, y no otras cosas, debe florecer y madurar, crecer y llegar a la perfección.” (de “Commonitorio”)

(31) LA REGLA DE LA FE. “Pero, dirá alguien: ¿qué deben hacer los católicos e hijos de la Madre Iglesia, si también el diablo y sus discípulos –de los que unos son pseudo-apóstoles, otros pseudo-profetas, otros pseudo-doctores, y todos herejes manifiestos-, usan de las palabras, de los dichos, de las promesas divinas? ¿Cómo discernirán en las santas Escrituras la verdad del error?

Pondrán sumo empeño en poner por obra aquello que, como escribimos al principio de este Commonitorio, nos han transmitido los varones santos y doctos: interpretar la Sagrada Escritura según las tradiciones de la Iglesia universal y conforme a las reglas del dogma católico. Del mismo modo, en esta Iglesia católica y apostólica, es necesario que sigan la universalidad, la antigüedad, el consentimiento; que si alguna vez una parte se rebela contra la universalidad, la novedad contra la antigüedad, la disensión de uno o de pocos extraviados contra el consentimiento de todos o de la mayor parte de los católicos, prefieran la integridad de la universalidad a la corrupción de la parte; que en esta misma universalidad, antepongan la religión de la antigüedad a lo profano de la novedad; y, de igual modo, que en la misma antigüedad, antepongan a la temeridad de uno o de unos pocos los decretos generales de un concilio universal, si los hubiere; y, si no los hubiere, sigan lo más próximo, es decir, el sentir unánime de muchos y grandes maestros. Si, con la ayuda de Dios, cumplimos estas normas con fidelidad, prudencia y solicitud, no nos será difícil detectar todos los errores perniciosos de cuantos herejes aparezcan.” (de “Commonitorio”)

19. SALVIANO DE MARSELLA (segunda mitad s. V)

(32) LA FE Y LOS PEQUEÑOS DEBERES. “Quizá alguno piensa que se ha pasado el tiempo de sufrir por Cristo lo que los Apóstoles soportaron en sus días. Es verdad: no hay emperadores paganos, no hay tiranos perseguidores, no se derrama la sangre de los santos, la fe no se ve sometida a prueba con los suplicios. Dios está contento de que le sirvamos en esta época de paz, que le agrademos con la pureza de las acciones y la santidad de la vida inmaculada. Por esto le debemos más fe y devoción, porque exige menos de nosotros, aunque nos haya dado más. Los emperadores son cristianos, no hay persecución alguna; la religión no se encuentra amenazada, nosotros no estamos obligados a manifestar nuestra fe con una dura prueba; por eso debemos agradar más a Dios con las obligaciones pequeñas. De hecho, demuestra estar pronto a empresas mayores, si las cosas lo exigiesen, aquél que sabe cumplir los pequeños deberes.” (de “Sobre el gobierno divino”)

20. SAN FULGENCIO DE RUSPE (467-533)

(33) LA FE EN JESUCRISTO. “Cree firmemente y de ningún modo dudes que el mismo Unigénito Dios Verbo se hizo carne para ofrecerse a Dios por nosotros como sacrificio y víctima en olor de suavidad. A Él, junto al Padre y al Espíritu Santo en los tiempos del Antiguo Testamento, los profetas, patriarcas y sacerdotes ofrecían el sacrificio de animales; y a Él ahora, en el tiempo del Nuevo Testamento –con el Padre y el Espíritu Santo, con los que es una sola divinidad-, la Santa Iglesia Católica no cesa de ofrecer en la fe y en la caridad, por todo el orbe terráqueo, el sacrificio del pan y del vino...

... Cree firmemente y de ningún modo dudes que el Verbo hecho carne conserva siempre aquella verdadera carne humana en la que nació de la Virgen, en la que fue crucificado, en la que murió y resucitó, en la que subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios, en la que también ha de venir para juzgar a los vivos y a los muertos. Por lo que los Apóstoles oyeron a los ángeles: “Vendrá de la misma suerte que le acabáis de ver subir al cielo”. Y san Juan dice: “He aquí que vendrá sobre las nubes, y le verán todos los ojos, y los mismos que le traspasaron; y le verán todos los pueblos de la tierra.” (de “Sobre la fe, a Pedro”)

21. SAN GREGORIO MAGNO (540-604)

(34) EL CAMINO A LA FE. “Con razón se designa con el nombre de amanecer o alba a toda la Iglesia de los elegidos, ya que el amanecer o alba es el paso de las tinieblas a la luz. La Iglesia, en efecto, es conducida de la noche de la incredulidad a la luz de la fe, y así, a imitación del alba, después de las tinieblas se abre al esplendor diurno de la claridad celestial. Por esto, dice acertadamente el Cantar de los Cantares: “¿Quién es ésta que se asoma como el alba?”. Efectivamente, la santa Iglesia, por su deseo del don de la vida celestial, es llamada alba, porque al tiempo que va desechando las tinieblas del pecado, se va iluminando con la luz de la justicia.” (de “Tratados morales”, sobre el libro de Job)

(35) LA FE COMO PRUEBA. “Respondió Tomás y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús contestó: porque me has visto has creído. Dice el apóstol San Pablo: “La fe es certeza en las cosas que se esperan; y prueba de las que no se ven”. Resulta claro que la fe es la prueba decisiva de las cosas que no se ven, pues las que se ven, ya no son objeto de la fe, sino del consentimiento. Ahora bien, ¿por qué cuando Tomás vio y palpó, el Señor le dice: porque me has visto has creído? Porque él vio una cosa y creó otra: el hombre mortal no puede ver la divinidad; por santo Tomás vio al hombre y confesó a Dios, diciendo: ¡Señor mío y Dios mío!: viendo al que conocía como verdadero hombre, creyó y aclamó a Dios, aunque como tal no podía verle.

Causa mucha alegría lo que sigue a continuación: bienaventurados los que sin haber visto han creído. En esta sentencia estamos especialmente comprendidos nosotros, que confesamos con el alma que no hemos visto en la carne. Sí, en ella se nos designa a nosotros, pero con tal que nuestras obras se conformen a nuestra fe, pues quien cumple en la práctica lo que cree, ése es el que cree de verdad. Por el contrario, de aquéllos que sólo creen con las palabras, dice san Pablo: “Hacen profesión de conocer a Dios, pero lo niegan con sus obras”. Y, por eso, dice Santiago: “La fe sin obras está muerta.” (de “Homilías sobre los Evangelios”)

22. SAN MÁXIMO EL CONFESOR (580-662)

(36) LA FE Y LA ENCARNACIÓN DEL VERBO. “Inmenso misterio de la divina encarnación, que sigue siendo siempre misterio; pues ¿de qué modo puede la Palabra hecha carne seguir siendo su propia persona esencialmente, siendo así que la misma persona existe al mismo tiempo con todo su ser en Dios Padre? ¿Cómo la Palabra, que es toda ella Dios por naturaleza, se hizo toda ella por naturaleza hombre, sin detrimento de ninguna de las dos naturalezas: ni de la divina, en cuya virtud es Dios, ni de la nuestra, en virtud de la cual se hizo hombre?

Sólo la fe capta estos misterios, ella precisamente que es la sustancia y la base de todas aquellas realidades que exceden la percepción y la razón de la mente humana en todo su alcance.” (en Centuria 1, de las cinco “Centurias”)

(Selección de textos: Julio Banacloche Pérez)

(Textos imprimidos como cuadernillo para divulgación gratuita y restringida en 2012)

No hay comentarios:

Publicar un comentario