DE UN CRISTIANO (2017 / 2018)
ADVIENTO
Los cristianos empiezan el Tiempo de Adviento que prepara el alma para recibir a Dios hecho hombre, venido al mundo en Belén como niño, nacido de mujer; de una mujer virgen, antes del parto, en el parto y después del parto, María Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra, de cada uno; desposada con un hombre santo, san José, que escuchó y siguió fielmente lo que le decía el Espíritu Santo, dándonos ejemplo a todos y convirtiéndose en el intercesor que no falla como decía santa Teresa: “No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer” (Vida, 6)
El Adviento, como ocurre con todo anuncio de maternidad, mueve a todos, a la familia y a los amigos, a preparar el acontecimiento. María Santísima, nuestra Madre, se nos muestra en esa circunstancia, cuando se entera por el anuncio del arcángel san Gabriel, de que Isabel su pariente, anciana, está embarazada: “Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá” (Lc 1,39). Fue “deprisa” a ayudar en lo que fuera necesario y durante el tiempo en que pudiera ser útil: “María permaneció con ella tres meses y se volvió a su casa” (Lc 1,56). “Entretanto le llegó a Isabel el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Y sus vecinos y parientes oyeron la gran misericordia que el Señor le había mostrado y se congratulaban con ella” (Lc 1,55-58).
El Adviento es tiempo de “ir deprisa” a estar recogido en Dios, apoyado en su Corazón que parece que también late más rápido con la emoción del amor que llevó al Amor a amar hasta abajarse a tomar la condición de hombre: porque Cristo Jesús, “siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Flp 2, 6-8)
“Ir deprisa” no es ir atolondradamente, ni correr sin sentido. Es desprenderse de lo que nos impide estar a lo “único importante” (Lc 10,42: “sólo una cosa es necesaria”), es evitar obstáculos, es alejarse de las distracciones, es abandonar las excusas. Los pastores de fueron presurosos: “Cuando los ángeles les dejaron, marchándose hacia el cielo, los pastores se decían unos a otros: -Vayamos a Belén para ver esto que ha ocurrido y que el Señor nos ha manifestado. Y fueron presurosos, y encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre” (Lc 2, 15,16). Eso es lo que viene, lo que nos espera.
“Ir deprisa” es desterrar el “no tengo tiempo ahora, luego”. Es tener presente la poesía de Lope de Vega: “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? / ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, / que a mi puerta, cubierto de rocío, / pasas las noches del invierno obscuras? / ¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras, / pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío, si de mi ingratitud el hielo frío / secó las llagas de tus plantas puras! / ¡Cuántas veces, el ángel me decía: / “Alma, asómate agora a la ventana, / verás con cuánto amor llamar porfía”! / Y ¡cuántas, Hermosura soberana, / “Mañana le abriremos”, respondía, / para lo mismo responder mañana!
ADVIENTO
El cristiano vive el Adviento con la alegría serena de quien está de continuo con la Virgen Inmaculada que es madre de Dios y madre nuestra. Vivir con María es vivir en Nazaret, sin inventos de la imaginación, con la única licencia de sentirse cada uno como un vecino más en aquel pueblo.
Un vecino con la condición personal propia de la edad, de la situación familiar, de la dedicación al trabajo, de la salud o la enfermedad que tenemos cada uno. Un vecino que saluda al pasar, que visita la casa, que se alegra con la alegría de la noticia. Un vecino que ha heredado con el transcurso de los siglos la oración que repite: “Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que JAMÁS se oyó decir, que NINGUNO de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, reclamando vuestra asistencia, haya sido desamparado…”
Un vecino que es amigo de José, el artesano, desposado con María. Un hombre santo, prudente, amigo de verdad porque está demostrado que no falla nunca cuando algo se le pide. Por eso pedimos a Dios: “que, así como san José mereció tratar y llevar en sus brazos con cariño a tu Hijo Unigénito, nacido de la Virgen María, hagas que nosotros te sirvamos con corazón limpio y buenas obras…”. Con san José se vive la espera del nacimiento, el parto y la infancia de Jesús, aprendiendo en el Evangelio las virtudes de nuestro padre porque es el esposo de nuestra Madre y porque Jesús, que es Hermano nuestro, le trató como padre suyo. Modelo en obedecer a Dios: “Al despertarse José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado y recibió a su esposa” (Mt, 1,24). Modelo en proteger a la Madre y al Hijo: “Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre y huyó a Egipto” (Mt 2,14) hasta que el ángel del Señor le dijo que podía volver. Y, modelo de prudencia: “Se levantó, tomó al niño y a su madre y vino a la tierra de Israel. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea, en lugar de su padre Herodes, temió ir allá, y avisado en sueños marchó a la región de Galilea” (Mt 2,21).
Con san José nos acostumbramos a vivir con Jesús niño; en la vida oculta de Nazaret que es como un Adviento de su vida púbica: “Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarlo, le pusieron por nombre Jesús, como le había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno. Y, cumplidos los días de su purificación, según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor” (Lc 2, 21-22). En ese plural, “lo llevaron” se ve, junto a María, el brazo fuerte y cariñoso de Jesús llevando al Niño. Y con José, cuando creemos que lo hemos perdido, buscamos a Jesús y lo encontramos en el Templo (Lc 2,46). “Jesús, María y José, siempre con los tres”.
ADVIENTO
El Adviento es tiempo de esperanza activa, de preparación a la Navidad porque “amor con amor se paga” y con amor debemos recibir a Dios, que es Amor, y que, por amor a nosotros, se encarna como Niño y nace de una Virgen en Belén. Esa esperanza activa hace del Adviento un tiempo fuerte de oración más frecuente, más intensa, un tiempo de conversión, de purificación, de rectificación de fallos, de errores, de olvidos, para así poder presentar nuestra alma como obsequio y como morada al recién nacido y a su Madre, que es Madre nuestra. José nos acogerá y nos presentará con cariño de padre.
Pero en el Adviento también hay un tiempo especial dedicado a la alegría. Si en el rigor de la Cuaresma se celebra el domingo “Laetare”, el tercer domingo de Adviento es el domingo “Gaudete” en el que se canta la antífona de entrada: “Gaudete in Domino semper: iterum dico, gaudete. Dominus enim prope est” (“Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca”, vid. Flp 4,4-5).
¡Siempre alegres! “Siempre alegres” quiere decir en cualquier circunstancia, incluso en el dolor, en la enfermedad, en las preocupaciones y disgustos, en la incomprensión, en la soledad, en el abandono. Y también debemos estar alegres en la vida de cada día, en la pequeñez de las cosas cotidianas. “Os lo repito: ¡estad alegres!”. No se trata de no sentir, de no padecer, de vivir en la apatía o en la indiferencia. Se trata de encontrar el sentido de lo que ocurre, de ser conscientes de que todo pasa en esta “mala noche en una mala posada” que decía santa Teresa de Jesús (“Camino de Perfección” 40,9). También: “Todo es nada y menos que nada lo que se pasa y no contenta a Dios” (“Vida”, 20). Y también: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa. Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta: sólo Dios basta”.
El cristiano confía porque Dios sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos: “Porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis (Mt 6,8). El cristiano sabe que Dios nos quiere más que nadie. El cristiano sabe que “para los que aman a Dios todo es para el bien (Rm 8,28). Como escribía Juliana de Norwich: “Tú misma verás que todas las cosas serán para bien” (“Revelatio” 13,32)
Decía santo Tomás Moro poco antes de su martirio, consolando a su hija: “Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor” (v. CIC nº 313). Y, para cuando pensemos que Dios nos ha abandonado, leemos en Isaías: “¿Es que puede una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues, aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaré! (Is 49,15). Vivamos gozosos con las palabras de Jesús: “Os volveré a ver y se os alegrará el corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16,22)
NAVIDAD
Dios trinitario, el Hijo de Dios se hizo hombre, nació como Niño, sin perder su condición divina: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres…” (Flp 2, 5-7). Y hace más de dos mil años se cumplió lo que Isaías ya había profetizado: “Mirad, la virgen está encinta y dará a luz un hijo a quien pondrán por nombre Emmanuel” (Is 7, 14). Y todo lo ocurrido tuvo la sencillez de la simplicidad de Dios. ¿Celebro el acontecimiento como en el aniversario de la persona que más quiero?
- “En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto para que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. José como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David, llamada Belén, en Judea, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta…” ¿Me cuesta ir cerca de María, Madre de Dios y madre mía, para acompañarla y recordar con Ella?
- “Y cuando ellos se encontraban allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; …”. ¿Adoro al Niño Jesús, Dios hecho hombre, en su llegada al mundo?
- “lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre…” ¡Niño! ¡Envuelto en pañales!
- “porque no había lugar para ellos en el aposento” ¿Preparo mi alma para acogerlo?
- “Había unos pastores por aquellos contornos que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. De improviso, un ángel del Señor se les presentó y la gloria del Señor los rodeó de luz. Y se llenaron de un gran temor. El ángel les dijo: -No temáis. Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor, y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre… De pronto, apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial…” ¿Me siento rodeado de ángeles que también adoran al Niño? ¿hablo con mi ángel?
- “Cuando los ángeles les dejaron, marchándose hacia el cielo, los pastores se decían unos a otros: - Vayamos a Belén para ver esto que ha ocurrido y que el Señor nos ha manifestado. Y fueron presurosos y encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre. Al verlo reconocieron las cosas que les habían anunciado sobre este niño…” ¿Voy con frecuencia a estar un ratito con Él, en el belén, en el misterio, en el Sagrario?
- “Y todos los que lo oyeron se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho”. ¿Pienso a menudo en la Sagrada Familia en Belén? ¿Hablo de la Navidad, de Jesús?
- “María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón” ¿Me recojo junto a María para ponderar con Ella el misterio de amor de Dios, que es Amor?
- “Y los pastores regresaron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que había oído y visto, según les fue dicho” (Lc 2, 1-13, 15 a 20) ¿Vivo la santa alegría de la Navidad?
NAVIDAD
“Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como le había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno” (Lc 2,21). El cristiano sabe que, en esta vida, los acontecimientos se esperan con ilusión, se celebran y pasan. Y, si todo resulta bien, quedan buenos recuerdos. Pero en la vida espiritual ni el paso de fechas en el calendario ni la celebración año tras año de hechos memorables pueden afectar a lo que es camino de eternidad, ¡para siempre!
La eternidad es anterior al tiempo, que “se creó con la creación”, que permanece mientras hay tiempo y que seguirá sin fin cuando el tiempo se acabe. Cuando Dios dijo su nombre, “Soy el que soy”, estaba revelando “el eterno presente”; alguno considera que Dios es “el que siendo”, porque la eternidad, a diferencia del tiempo creado, no tiene ni puede tener tiempos “de parada”, de principio ni de fin. “La eternidad en el tiempo” la descubrimos cada año en la celebración de María, madre de Dios.
Nada más. Y nada menos. Madre de Jesús, Hijo Dios, hecho persona humana, entrando en el tiempo sin dejar de ser Dios eterno, que vivió entre la gente de su tiempo, que murió, resucitó, volvió al Padre, que permanece entre nosotros y nos espera porque nos tiene preparada una morada desde siempre y para siempre. “En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, segunda persona de la Santísima trinidad. La iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios (Theotokos)” (v. CIC nº 495). ¡Cuánto que decir, que meditar, ante el belén!
Nada más y nada menos. Madre de Dios y Madre nuestra: “Jesús es el Hijo único de María. Pero la maternidad espiritual de María se extiende a todos los hombres, a los cuales Él vino a salvar: Dio a luz al Hijo, al que Dios constituyó en Primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8,29), es decir, de los creyentes, a cuyo nacimiento y educación colabora con amor de madre” (v. CIC nº 501; Conc. Vat. II, const. dog. “Lumen Gentium”, 63). ¡Cuántas cosas que decirle al Niño en el pesebre y a nuestra Madre!
Pasemos la hoja del calendario, de un año a otro, haciendo coro con María en su canción al Niño: “Ella llevaba un niño, lo acariciaba, lo abrazaba, lo mimaba con las más hermosas palabras y le adoraba diciéndole: Maestro mío, dime que te abrace. Ya que eres mi Hijo, te acunaré con mis cantinelas: soy tu Madre, pero te honraré. Hijo mío, te he engendrado, pero Tú eres más antiguo que yo; Señor mío, te he llevado en el seno, pero Tú me sostienes en pie… Mientras te estrecho entre mis brazos, eres llevado por los querubines… Los serafines te proclaman tres veces santo: ¿qué más podré decirte, Señor? Los querubines te bendicen temblando, ¿cómo puedes ser honrado por mis canciones? ...” (San Efrén, Himno, 18). Tiempo de dar gracias, de pedir perdón y ayuda.
TIEMPO ORDINARIO
Y pasaron las fiestas de la Navidad. Pero no debe pasar la amabilidad, la comprensión, el ánimo para perdonar que hemos tenido, a veces, incluso, con la justificación de estar en “estos días”. No debe pasar la ternura, la piedad que hayamos podido sentir mirando al Niño Jesús en Belén, en el pesebre, en brazos de su madre o de José o de un pastor; y si no hemos sentido nada en estos días, tampoco debemos dejar que pase la oportunidad de decidirnos a ser mejores, más buena gente, más amables, más comprensivos que antes, de retarnos a cumplir ese propósito como si se lo exigiéramos a otro.
Y si del fondo te sale el “yo”, con toda la fuerza del cuerpo que domina el alma, rebélate, haz que tu racionalidad domine tu animalidad y convéncete de que lo mejor no es hacer mal a los demás, despreciar, criticar, murmurar; lo mejor es hacer el bien a los demás, ser amable, perdonar, ayudar, escuchar, comprender, callar. Y si un ladino “yo” te susurra que “cada uno es como es”, no le dejes seguir y dile: “yo soy como debo ser”. Recuerda que el “yo” es un amigo egoísta, claro, al que hay que querer, del que no te puedes separar, pero por el que no te debes dejar dominar. No podemos olvidarlo: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo” (Mt 16,24) … que tome su cruz y que me siga. La cruz de cada día, porque cada día tiene su preocupación (v. Mt 6, 34). ¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde el alma? (v. Mt 16, 28)
Año nuevo, lucha nueva. Tiempo ordinario, tiempo de amar más. Una guía infalible: el mejor en caridad. “La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13, 4-7)
Bautizados con Cristo. Siguiendo sus pasos en la vida corriente. “Por tanto, como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga queja contra otro; el Señor os ha personado, hacedlo así también vosotros… Y se agradecidos… Y todo cuanto hagáis de palabra o de obra, hacedlo todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él” (Col 3, 12. 13. 15. 17)
Caminando junto a Jesús, llenos de confianza: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas? ¿Quién presentará acusación contra los hijos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Cristo Jesús, el que murió, más aún, el que fue resucitado, el que además está a la derecha de Dios, el que está intercediendo por nosotros?” (Rm 8, 31-34). Nada nos apartará del amor del Amor.
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano da sus primeros pasos por el camino de este Tiempo Ordinario que señala la liturgia y, como cada año, descubre, medita y procura llevarlo a la vida cotidiana que el cristianismo es encuentro con Dios; encuentro en la primera conversión y encuentro con Dios también, continuado todos los días y muchas veces al día. Unas veces, será en tiempo de oración (“Señor, tú me sondeas y me conoces”); otras, en tiempo de turbación (“Hágase tu voluntad”); otras, en la soledad (“Quédate con nosotros que atardece”); otras, en el abandono (Toma, Señor, mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad; todo mi haber y mi poseer. Tú me lo diste, a Ti, Señor, lo torno. Todo es tuyo, dispón de mi según tu voluntad. Dame tu amor y tu gracia que eso me basta”).
Muchas veces, llevado de la mano de María, nuestra Madre (“Ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte”), confiados en Ella (“Recuerda que jamás se oyó decir que ninguno de cuantos han acudido bajo tu protección haya sido abandonado por ti), seguros estando junto a Ella, siendo de Ella (“Madre mía, me entrego enteramente a ti y en prueba de mi filial afecto, te consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón, y, en una palabra todo mi ser. Y ya que soy todo tuyo, Madre, guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya”)
- Encuentro. Llamada. Seguir a Jesús. “Mientras caminaba junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, el llamado Pedro, y Andrés, su hermano, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo: -Seguidme y os haré pescadores de hombres. Ellos, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos al momento, dejaron la barca, a su padre, y le siguieron” (Mt 4, 18-22). “Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al telonio, y le dijo: -Sígueme. Él se levantó y lo siguió” (Mc 2,14). ¿Y yo?
- Encuentros que llevan al encuentro. “Al día siguiente determinó encaminarse hacia Galilea y encontró a Felipe. Y le dijo Jesús: -Sígueme. Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encontró a Natanael y le dijo: Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profestas: Jesús de Nazaret, el hijo de José. Entonces le dijo Natanael: -¿De Nazaret puede salir algo bueno?- Ven y verás -le respondió Felipe. Vio Jesús a Natanael acercarse y dijo de él: “-Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez. Le contestó Natanael: - ¿De qué me conoces? Respondió Jesús y le dijo: - Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi” (Jn 1, 35-48). Y Natanael, creyó y siguió a Jesús. ¿Y yo?
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano que busca a Cristo, que ha encontrado a Cristo, que trata a Cristo, que ama a Cristo, ha descubierto que vivir en la presencia de Dios es la mejor forma de vivir, en la cotidianidad, en las contrariedades, en los disgustos, en las penas; y, desde luego, en el trabajo de cada día, en la convivencia con familiares, con los amigos y con quienes no lo son; y en las alegrías, en los éxitos y al acabar el trabajo bien hecho; y en la diversión y en el descanso; y, claro, en los proyectos ilusionados, en los deseos de mejoras, que se ponen al cuidado de Dios, del Amor que sabe lo que nos conviene.
Cada día. Todos los días. “Semper gaudete, sine intermisione orate, in ómnibus gratias agite” (Estad siempre alegres. Orad sin cesar. Dad gracias por todo”, 1 Tes 5,16). “Nolite deficere benefacientes” (No os canséis de hacer el bien, 2 Tes 3,13). En la vida corriente del cristiano, en el tiempo de recogimiento que no debe faltar cada día, se puede aprovechar para meternos en la vida de los personajes de que habla el Evangelio.
- “Se supo que estaba en casa y se juntaron tantos, que ni siquiera ante la puerta había ya sitio. Y les predicaba la palabra” (Mc 2,2). Las palabras de Jesús, la voz de Jesús, su expresión, sus gestos al hablar. Su mirada. Es buen pasaje para recoger el corazón y revivir aquella escena en Cafarnaún, como uno más de los que muchos apiñados en la casa y más allá de la puerta, queriendo ver sin reparar en esfuerzos o incomodidades, escuchando con atención sobre los inevitables ruidos de los muchos reunidos. Sólo ver a Jesús con el Corazón puede ser suficiente para oír lo que me dice, ¡tan oportunamente!, sobre mi estado, mi situación, mi circunstancia, aquí y ahora: trabajando, en un receso.
- “Entonces vinieron trayéndole un paralítico, llevado entre cuatro. Y como no podían acercarlo hasta él a causa del gentío, levantaron la techumbre por el sitio donde se encontraba y, después de abrir un hueco, descolgaron la camilla en la que yacía el paralítico” (Mc 2, 3-4). Los amigos. El que tiene un amigo tiene un tesoro (Eclo 6,14). Amigo tiene la misma raíz que amor. Amor que algunos entendemos como “Darse por entero, para siempre y sin condiciones”. Que es entrega sin contraprestación. ¿Soy amigo fiel, del que uno se puede fiar, y leal, que cumple? ¿Procuro dar a mis amigos de mi tiempo, de mis conocimientos, de mi experiencia, mi amabilidad?, ¿procuro acercarlos a Jesús?, ¿rezo por ellos? “Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: - Hijo, tus pecados te son perdonados” (Mc 2,5)
- “Estaban allí sentados algunos de los escribas” (Mc 2, 6). Sentados. Separados del gentío que se apretujaba. Juzgaban y criticaban a Jesús. He de meditar en mi “yo”. “Conociendo Jesús en su espíritu que pensaban para sus adentros…” (Mc 2,8). Acto de presencia: “Creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes…”. Dios con nosotros, junto a mí, en todo momento y para siempre.
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe que al atardecer de la vida nos examinarán del amor (“Dichos de luz y amor”, Juan de la Cruz). Esa es la labor que hay que realizar: recibir amor, dar amor. En la sabatina mariana de un colegio marista se rezaba de la Virgen María, nuestra Madre: “¡La Madre de Dios es mi Madre! Y Madre quiere decir amor, cariño, preocupación por sus hijos, miradas dulces, tiernas caricias, sacrificios, beneficios sin cuenta para nosotros. ¡Bendita seas madre mía!”. Del amor de Dios, amor de padre y de madre, hay pasajes evangélicos memorables: “Bien sabe vuestro Padre de que tenéis necesidad antes de que se lo pidáis” (Mt 6,8) y más: “Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados… Por tanto, no os preocupéis por el mañana porque el mañana traerá su propia preocupación, A cada día les basta su contrariedad” (Mt 6, 32 y 34)
- Pero el cristiano es menesteroso, tiene necesidades y pide. “Y vino hacia él un leproso que, rogándole de rodillas, le decía: -Si quieres, puedes limpiarme. Y, compadecido, extendió la mano, le tocó y le dijo: -Quiero, queda limpio. Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio”. Y aunque Jesús le conminó para que no dijera nada a nadie, salvo al sacerdote al presentar la ofrenda, “Sin embargo, en cuanto se fue empezó a proclamar y a divulgar la noticia (cf. Mc 1, 40-45) Es bueno, conviene, es necesario, vivir esta situación aquí y ahora, cada uno de nosotros. Cada uno con su “lepra”, su debilidad, su preocupación, su problema, su carácter, sus pasiones y su pasión. Señor, si quieres ….”. Una brevísima parada en el trabajo, en la tarea casera de cada día, un levantar la vista de lo escrito, una interrupción en ese pensamiento inútil inocuo, obsesivo, malsano. “Quiero, queda limpio”. Es tiempo de alegría y de dar gracias.
- El cristiano también pide, a veces, sin palabras. “De nuevo entró en la sinagoga. Había allí un hombre que tenía la mano seca. Le observaban de cerca por si lo curaba en sábado, para acusarle. Y le dice al que tenía la mano seca: - Ponte de pie en medio. Y les dice: -¿Es lícito en sábado hacer el bien o el mal, salvar la vida de un hombre o quitársela? Ellos permanecían callados… Entristecido por la ceguera de sus corazones, le dice al hombre: -Extiende la mano. La extendió, y su mano quedó curada. Nada más salir, los fariseos con los herodianos llegaron a un acuerdo contra él, para ver cómo perderle.” (Mc 3, 1-6). ¿Dónde encajamos cada uno de nosotros: débiles, necesitados, ¿nos abandonamos a la voluntad de nuestro Padre que nos quiere más que nadie puede querernos?, ¿nos resistimos, no encontramos tiempo, no nos parece conveniente “ponernos en pie en medio” junto a Dios, para gloria de Dios? ¿Criticamos el hacer de Dios, nos quejamos porque no hace lo que nos parece que debería hacer? ¿Vivimos como si Dios no existiera? ¿Convenimos con los enemigos de Cristo con los que matan, insultan, desprecian, a cristianos, por serlo?
María, nuestra Madre, está junto a la cruz. Un puñal de dolor atraviesa su corazón.
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano repasa con gusto la agenda que lee en la oración de san Buenaventura: “Te semper ambiat, te quaerat, te inveniat, ad te tendat, ad te perveniat, te meditetur, te loquatur, et omnia operetur in laudem et gloriam nominis tui” (Que camine siempre contigo, que te busque, que te encuentre, que tienda hacia Ti, que llegue hasta Ti, que medite en Ti, que te hable, y que todo lo que haga sea para alabanza y gloria de tu nombre). Como la dedicatoria que escribió san Josemaría en el libro que regaló: “Que busques a Cristo, Que encuentres a Cristo. Que ames a Cristo” (Camino nº 382)
No hay mejor forma de caminar esas etapas en el amor a Dios que vivir siempre cerca de Jesús, como se hace cuando uno se mete entre las gentes que le seguían y le escuchaban: “De nuevo comenzó a enseñar al lado del mar. Y se reunió en torno a él una muchedumbre tan grande que tuvo que subir a sentarse en una barca, en el mar, mientras la muchedumbre permanecía en tierra, en la orilla. Les explicaba con parábolas muchas cosas y les decía en su enseñanza: -Escuchad: salió el sembrador a sembrar…” (Mc 4, 1-2). Uno más entre la muchedumbre y ser consciente, tener la seguridad, de que su mirada se fija en cada uno y ve en el interior de cada corazón. Sentir que cada palabra que dice me la dirige a mí, para que la escuche atentamente y la haga realidad en mi vida ordinaria. Y con una expresión y un gesto que me invita a preguntarle lo que no entienda, a decirle que necesitaré su ayuda porque solo no puedo.
“Y cuando se quedó solo, los que le acompañaban junto con los doce le preguntaron por el significado de las parábolas… Y les dice: -… El que siembra, siembra la palabra. Los que están junto al camino donde se siembra la palabra son aquellos que en cuanto la oyen, al instante viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Los que reciben la semilla sobre terreno pedregoso son aquellos que cuando oyen la palabra, al momento la reciben con alegría, pero no tienen en sí raíz, sino que son inconstantes; y después, al venir una tribulación o una persecución por causa de la palabra, enseguida tropiezan y caen. Hay otros que reciben la semilla entre espinos: son aquellos que han oído la palabra, pero las preocupaciones de este mundo, la seducción de las riquezas y los apetitos de las demás cosas les asedian, ahogan la palabra y queda estéril” (Mc 4, 10.14-19). Me veo entre la gente escuchando con atención, ensimismado. ¡Qué bien habla, qué claro es, qué directo llega al alma! ¿Y yo? ¿Y tú? ¿en cuál de esos grupos estamos? ¿Qué debo hacer para amar a Dios en su palabra? Si no lo hecho bien: Nunc coepit!
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano aprovecha todas las ocasiones para encontrar caminos que llevan a Cristo, para poner señales que facilitan el recuerdo frecuente, permanente, de Dios. La liturgia de los domingos, a selección de las lecturas, es uno de esos indicadores y es un provechoso ejercicio espiritual dedicar un tiempo a la consideración de esos textos.
- “Habló Job diciendo: El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero; como el esclavo, suspira por la sombra, como el jornalero, aguarda el salario. Mi herencia son meses baldíos, me asignan noches de fatiga; al costarme pienso: ¿Cuándo me levantaré? Se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba. Mis días corren más que la lanzadera, y se consumen sin esperanza. Recuerda que mi vida es un soplo, y que mis ojos no verán más la dicha.” (Job 7, 2-4. 6-7)
Posiblemente sea preciso haber llegado a cierta edad para reconocer en esas palabras algunas de las reflexiones que nos hacemos, ante la carga de trabajo que hemos de soportar; ante los problemas personales, familiares, que hemos de afrontar; ante las dificultades económica, de salud, que hemos de superar; en momentos de abatimiento, de cansancio, cuando no vemos el horizonte ni luz; al caer en la cuenta de lo rápido que pasa el tiempo, y a más edad, más velocidad, perdida la capacidad de sorpresa, dominados los días y las horas por el “todos los días igual”. Ante la sospecha de la muerte, ante el dolor, el fracaso, la traición o el abandono del amigo, el inevitable alejamiento de los hijos, los deseos ilusionados que no se cumplen.
- “Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes” (1 Co 9, 22-23).
San Pablo recuerda a los de Corinto que predica porque se le ha encargado ese oficio, de modo que: ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! Al que está agobiado por las contrariedades de la vida, se le señala un camino por el que podrá andar con menos dificultad, con más ánimo: cuando sienta que Dios le ha señalado como misión a cumplir en los días de su vida, dejarse amar por el Amor y dar amor. “Pon amor donde no hay amor y sacarás amor” (S. Juan de la Cruz, carta a M. María de la Encarnación).
- “En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre… Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados… Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios… Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y al encontrarlo, le dijeron: - Todo el mundo te busca. Él respondió: Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas para predicar allí también” (Mc 1, 29-39). Un día ordinario de Jesús.
Y la esperanza: “Él sana los corazones destrozados, venda sus heridas” (salmo 147.3)
CUARESMA
El cristiano vive la Cuaresma con espíritu renovado cada año. Si el Adviento es un “tiempo fuerte” de oración y austeridad para preparar el alma aireada, clara y aseada para alojar al Niño Dios, la Cuaresma llama cada año a los corazones para recuperar amores de siempre, la caridad primera (Ap 2,4), el amor a Dios hecho hombre, que vivió y permanece entre nosotros (“el Reino de Dios está al llegar”, “ha llegado”, “está en medio de vosotros”: Mt 10,7; 12,28; Lc 17,21). Es otro “tiempo fuerte”, en el que debemos esforzarnos en seguir los pasos de Cristo, que los aceleraba camino de la Pasión (Mc 10,32), con oración, limosna y sacrificio. Tiempo de propósitos: concretos, sinceros, que nos cueste hacerlos, que nos hagan bien y que no mortifiquen a los demás.
- LIMOSNA. “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Por tanto, cuando des limosna no lo vayas pregonando, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, con el fin de que los alaben los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, por el contrario, cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna quede en lo oculto; de este modo, tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.” (Mt 6, 1-4). Limosna es dar, desprenderse de lo propio, compartir.
- ORACIÓN. “Cuando oréis, no seáis como los hipócritas que son amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para exhibirse delante de los hombres; en verdad os digo que ya han recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuanto te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.” (Mt 6, 5-6). Orar es tratar con Dios de nuestra vida, dar gracias y pedir “por mí, por otros”.
- SACRIFICIO. “Cuando ayunéis no so finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.” (Mt 6, 16-18). Sacrificio es ofrecer a Dios lo que nos cuesta con los demás: escuchar, sonréir, aconsejar o callar; también dejar de darnos el gusto de algunas cosas: negarnos algún capricho en el comprar, en el comer o en el beber; quitarnos de pequeños placeres: fumar, aperitivo, merienda; corregir manías y asumir buenos hábitos y costumbres: orden, puntualidad, aseo, gestos, modos de hablar, acritud, palabras que pueden herir o molestar, murmurar, criticar.
Y en todo esto conviene abandonar “el yo” que siempre se entromete: “y yo también”, “pues yo”, “como yo”. “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga” (Mt 16,24)
CUARESMA
Cuaresma. El cristiano sabe que camina hacia el cielo en una romería multitudinaria en la que están, también, los que animan desde el cielo, como hacen los que llegaron a la meta con los que vienen, y los que completan su camino aseando el alma antes de alcanzar la alegría celestial para siempre, porque pueden dar consejos saludables para llegar en las mejores condiciones; y, desde luego, los que marchan a nuestro lado con la seguridad de que el Padre nos espera, de que el Hijo camina a nuestro lado porque Él pasó hace años por esa misma senda y de que el Espíritu Santo no deja de darnos fuerzas, de ayudar a levantarse en las caídas, de aconsejar cómo y por dónde ir seguro. También es conveniente llevar una buena guía para el camino, frecuentemente y, desde luego, estar atentos a sus advertencias y seguir sus recomendaciones.
- “Nadie puede servir a dos señores, porque o tendrá odio a uno y amor a otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mt 6,24). “No todo el que me dice: “Señor, Señor” entrará en el reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7,21). “por lo tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca” (Mt 7, 24-25). Podría ser la primera página de las instrucciones al caminante para la marcha hacia el cielo. Hay que decidir con determinación dónde vamos, pata no distraer el camino y evitar el riesgo de perdernos o caer y hacernos daño. Hay que mirar hacia adelante, no salirse del camino ni, mucho menor, pararse o retroceder: es el cielo donde Dios, que es amor y que es Padre, nos espera y no deja de mirar para ver como avanzamos para salir a nuestro encuentro, abrazarnos y cubrirnos de besos, como hizo el padre misericordioso al volver el hijo pródigo (Lc 15,20)
- “No juzguéis para no ser juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis se os juzgará y con la medida con que midáis se os medirá. ¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en el tuyo? O ¿cómo vas a decir a tu hermano: Deja que saque la mota de tu ojo”, cuando tú tienes una viga en el tuyo? Hipócrita: saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad cómo la mota del ojo de tu hermano” (Mt 7,1-5). Esa es la mejor forma de caminar hacia el cielo: formando comunidad con los santos que están cielo y los que van decididos a conseguirlo, sin divisiones, sin críticas, sin rivalidad, evitando que sea “el yo” el jefe de la expedición.
- “Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos…” (Mt 7,12). “Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada por ello; y será grande vuestra recompensa… Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,35-36). Todo el camino se resume en eso: en amar. Recibir el amor de Dios, que es Amor, y derramar de ese amor a los demás.
CUARESMA
El cristiano procura vivir la Cuaresma procurando la unión con Dios en todo y continuamente, con una intensidad mayor que en otro tiempo y dando a lo que piensa, a lo que hace y a lo que no hace, el sentido que le da el caminante al andar de su camino, el artesano a la ejecución de su obra: hay que llegar a la Pascua de Resurrección con limpieza de alma, con mejoría en las virtudes, con una buena poda de deficiencias y vicios. La Cuaresma es tiempo de avanzar en la imitación de Cristo, de amar más y mejor a Dios y a todos, de abandono de malos hábitos, de cortar cadenas o hilos sutiles.
Y para hacer bien esa tarea la clave es la oración. Decía el santo Cura de Ars que “la oración es la elevación de nuestro corazón a Dios, una dulce conversación entre la criatura y su Criador” (Sermón sobre la oración) y santa Teresa de Jesús escribió: “No es otra cosa la oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (“Vida”, 8,2). “Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero ¿de qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “tratarse” (san Josemaría, Camino nº 91)
- “Y les dijo: - ¿Quién de vosotros que tenga un amigo y acuda a él a medianoche y le diga: “Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha llegado de viaje y no tengo que ofrecerle”, le responderá desde dentro: “No me molestes, ya está cerrada la puerta; los míos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos”? Os digo que si no se levanta a dáselos por ser su amigo, al menos por su impertinencia se levantará para darle cuanto necesite. Así pues, yo os digo: pedir y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá; porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá” (Lc 11,5-10). Perseverancia en la oración; eficacia de la oración.
- “Les proponía una parábola sobre la necesidad de orar siempre y sin desfallecer: “ -Había en una ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. También había en aquella ciudad una viuda que acudía a él diciéndole: “Hazme justicia ante mi adversario”. Y durante mucho tiempo no quiso. Sin embargo, al final se dijo a sí mismo: “Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda está molestándome, le haré justicia, para que no siga viniendo a importunarme”. Concluyó el Señor: -Prestad atención a lo que dice el juez injusto: ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él de día y de noche, y les hará esperar? Os aseguro que les hará justicia sin tardanza. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18 1-8). Confianza en la oración: “El Señor concede siempre más de lo que se le pide: el ladrón sólo le pedía que se acordase de él, pero el Señor le dice: Hoy estarás conmigo en el paraíso” (san Ambrosio, “Catena aurea”).
“¿Que no sabes orar? -Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: “Señor, ¡que no sé hacer oración! ...”, está seguro de que has empezado a hacerla” (san Josemaría, Camino, 90).
CUARESMA
Cuaresma. Cuarto domingo, conocido como “Laetare”, porque la antífona de entrada empieza con esa palabra (“Laetare, Ierusalem, et conventum facite, omnes qui diligitis eam…”: Festejad a Jerusalén y celebrad todos los que la amáis…). Son tiernas caricias litúrgicas en medio de tiempos austeros, como ocurre con el domingo “Gaudete” (Alegraos) en la tercera semana del Adviento. No debemos cesar en la oración, la limosna y el sacrificio; ni en recogernos frecuentemente junto a Dios; ni en nuestra disponibilidad para todos ni en nuestro desprendimiento de lo que nos ocupa o nos domina, empezando por el “yo”. Debemos aceptar las contrariedades ofreciéndolas a Dios y haciendo mortificaciones que no mortifiquen a los demás: desde la puntualidad a no discutir, a esforzarnos en comprender, a decir lo elogiable de otros y callar lo molesto. Es tiempo para recobrar ánimos confiados en la misericordia de Dios.
- “Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos le dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde” Y les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo más joven lo recogió todo, se fue a un país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente…”
“… Después de gastarlo todo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a pasar necesidad. Fue y se puso a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus tierras a guardar cerdos; le entraban ganas de saciarse con las algarrobas que comían los cerdos, y nadie se las daba…”
“… Recapacitando se dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: “Padre he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros”. Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre…”
“… Cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció…”
“… Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos…”
“… Comenzó a decirle el hijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo”. Pero el padre les dijo a sus sirvientes: “Pronto sacad el mejor traje y vestidle; poned un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”. Y se pusieron a celebrarlo” (Lc 15, 11-24)
Dios piensa en mí, en ti, en cada uno, desde antes del tiempo. Nos conoce por nuestro nombre. Está en lo más íntimo de mi interior. Sabe lo que deseo y lo que me fastidia. Oye lo que refunfuño. Dios me mira. Dios sonríe. Dios me quiere como soy, pero quiere que lo quiera. Y, si lo quiero: “Obras son amores”. Y sale a esperarme. Y me ve desde lejos y ¡Dios corre a mi encuentro! Dios me abraza. ¡Me ha abrazado Dios!
CUARESMA
La Cuaresma nos ayuda a encontrar el sentido de la vida. Dios, que es amor, está a nuestro lado y nos quiere más que nadie puede querernos; Dios, que es fiel, nos asegura que, viviendo confiados en su voluntad, podemos adelantar en nuestros días la experiencia del cielo futuro y para siempre. “Señor, haz de mí un instrumento de tu paz: que donde hay odio, ponga yo amor; que donde hay ofensa, ponga yo perdón; que donde hay discordia, ponga yo unión; que donde hay desesperación, ponga yo esperanza; que donde hay tinieblas, ponga luz; que donde hay tristeza, ponga alegría. Haz, Señor, que no busque tanto ser consolado como consolar; ser comprendido, como comprender; ser amado, como amar.” (San Francisco de Asís)
- “¿Qué diremos a esto? Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas? ¿Quién presentará acusación contra los elegidos de Dios? ¿Dios el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Cristo Jesús, el que murió, más aún, el que fue resucitado, el que además está a la derecha de Dios, el que está intercediendo por nosotros? ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? ...” (Rm 8, 31-35)
- “Pero en todas estas cosas venceremos con creces gracias a aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8, 37-39)
- “Yo bendigo al Señor, que me aconseja; / hasta de noche mi corazón me instruye. / Pongo ante mí al Señor sin cesar; / con Él a mi derecha, no vacilo. / Por eso se alegra mi corazón, / se goza mi alma, / hasta mi carne descansa en la esperanza. / Porque no abandonarás mi alma en el seol; / ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. / Me enseñas la senda de la vida, / saciedad de gozo en tu presencia, / dicha perpetua a tu derecha.” (salmo 16, Vg 15, 7-11)
San José, que vivió junto a Jesús, que trabajó con él, que disfrutó con él y con María la vida corriente del amor en familia, es amparo firme, seguro y permanente para todos los que acuden a su protección: “¡Oh feliz varón, bienaventurado José, a quien fue concedido no sólo ver y oír a Dios, a quien muchos reyes quisieron ver y no vieron, oír y no oyeron, sino también abrazarlo, besarlo, vestirlo y custodiarlo! Ruega por nosotros bienaventurado José. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.”
SEMANA SANTA
Semana Santa. El cristiano vive estos días metido en la Pasión y Muerte de Jesucristo. Y con los años y las tradiciones, siguen como en un rosario las cuentas de los pasos que se consideran. Es vivencia durante todo el año, pero en estos días el alma debe amar más.
- En el Rosario, los misterios dolorosos señalan: la Agonía de Nuestro Señor en el Huerto de los Olivos, la Flagelación del Señor, la Coronación de Espinas, Jesús carga con la Cruz, Jesús muere en la Cruz. ¿Distraerse? Hay que poner mucho más amor.
- En la rememoración conjunta del Rosario y del Vía Crucis, para una contemplación breve de los Misterios Dolorosos, el alma repasa: que no te traicione; que no me duerma; que no te abandone; que no te niegue; que no te siga de lejos, sino de cerca: ante Anás (un guardia abofetea a Jesús), ante Caifás (escupen, abofetean y golpean a Jesús), ante Herodes (no pronuncia palabra, lo viste como un loco), ante Poncio Pilato (¿Qué es la verdad?); que no prefiera a Barrabás; que me duela la flagelación, la coronación de espinas, el “Ecce homo”; y la condena injusta; y el peso de la cruz; que esté junto a Ti en la primera caída (las rodillas); que te abrace junto a tu Madre; que ayude al Cireneo; que acompañe a la Verónica (“vero icono”); que acuda junto a Ti en la segunda caída (los codos) y escuche tus palabras a las mujeres de Jerusalén; que te ayude en la tercera caída (herida en el pómulo); desnudo, clavado y expoliado; las siete palabras. “Hizo rodar una gran piedra a la puerta del sepulcro y se marchó” (Mt 27,60)
- De tiempos de la niñez, en algunos permanece el recuerdo de la meditación de las “Siete Palabras” en un acto que congregaba a todo el pueblo: 1ª “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). 2ª “En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43). 3ª “- Mujer, ahí tiene a tu hijo. – Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,26-27). 4ª “Elí, Elí, lamma sabachtani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46); 5ª “Tengo sed” (Jn 19,28); 6ª “Todo está cumplido” (Jn 19,30); y 7ª “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).
- Es tiempo de leer despacio los relatos evangélicos de la Pasión y Muerte y de parar, como hacía el viajero al encontrar un crucero de piedra en una encrucijada de caminos, para meditar y rezar. Es tiempo de encontrar palabras que de tanto oírlas, leerlas y meditarlas se han hecho familiares como reproches de conciencia, como pruebas de amor, como llamadas a amar más: “- ¿Soy yo acaso, Maestro? El respondió: - Tú lo has dicho” (Mt 26,25); “- ¿Ni siquiera habéis sido capaces de velar una hora conmigo?” (Mt 26,40); “Entonces lo abandonaron y huyeron todos” (Mc 14,50); “Entonces comenzó a imprecar y a jurar: - ¡No conozco a ese hombre! Y al momento cantó el gallo. Y Pedro se acordó de las palabras que Jesús le había dicho: Antes de que cante el gallo me habrás negado tres veces. Y salió fuera y lloró amargamente” (Mt 26,74); “Pilato le dijo: - ¿Qué es la verdad?” (Jn 18,38); “El centurión, que estaba enfrente de él, al ver cómo había expirado, dijo: -En verdad este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39)
- “A veces la Cruz aparece sin buscarla: es Cristo que pregunta por nosotros. Y si acaso ante esa Cruz inesperada, y tal vez por eso más oscura, el corazón mostrara repugnancia… no le des consuelos. Y, lleno de una noble compasión, cuando los pida, dile despacio, como en confidencia: corazón, ¡corazón en la Cruz!, ¡corazón en la Cruz!” (san Josemaría Escrivá, “Vía Crucis”, Quinta estación)
PASCUA DE RESURRECCIÓN
Pascua de Resurrección. “He resucitado y aún estoy contigo” (salmo 138,18).
- “Ofrezcan los cristianos / ofrendas de alabanza / a gloria de la Víctima / propicia de la Pascua. / Cordero sin pecado / que a las ovejas salva, / a Dios y a los culpables / unió con nueva alianza. / Lucharon vida y muerte / en singular batalla, / y, muerto el que es la Vida, / triunfante se levanta. / “¿Qué has visto de camino, / María, en la mañana?” / “A mi Señor glorioso, / la tumba abandonada, / los ángeles testigos, / sudarios y mortaja. / ¡Resucitó de veras / mi amor y mi esperanza! / Venid a Galilea, / allí el Señor aguarda; / allí veréis los suyos / la gloria de la Pascua.” / Primicia de los muertos, / sabemos por tu gracia / que estás resucitado; / la muerte en ti no manda. / Rey vencedor, apiádate / de la miseria humana / y da a tus fieles parte / en tu victoria santa. / Amén. Aleluya.” (Secuencia de la misa del domingo de la Pascua de Resurrección)
- “En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: - “Alegraos”. Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: - “No tengáis miedo: id y comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.” (Mt 28, 8-10). Dios sale al encuentro. Alegría del corazón.
- “El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echo a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús y les dijo: - “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro, se adelantó y llegó primero al sepulcro; y asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendasen el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20, 1-9). Es oportuno traer de la actitud de Juan, el amor y el respeto al Papa, siempre.
- “Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: - “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?” Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: - “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?” (Lc 24, 13-18). Conviene parar aquí: Jesús se acerca y camina con nosotros. Se interesa por nuestros asuntos. Cegados por “lo nuestro”, le preguntamos si Él no sabe lo que ha ocurrido.
- “Él les preguntó: “- ¿Qué?” Ellos le contestaron: - “Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso… cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron… Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: - “Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída…” (Lc 24, 19-29) ¡Quédate con nosotros”, decimos
PASCUA DE RESURRECCIÓN
Segunda semana de Pascua. Los cristianos repasan los textos que recuerdan y hacen vivir hoy lo que ocurrió entonces. Todo aquello nos sirve hoy. Somos como eran, y Dios sigue siendo el de siempre: Dios cercano, Dios que ama, Dios que busca y que encuentra, que ve y que oye, que no quita nada, que todo lo da. “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros ¿cómo no nos dará todo con Él?” (Rm 8, 31-32)
- “Tomás uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: - ¡Hemos visto al Señor! Pero él les respondió: -Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado no creeré” (Jn 20, 24-25). Así era y así somos: con un Dios a la medida que queremos, con una fe que no es fe porque sólo cree lo que ve, poniendo condiciones a Dios. La Pascua de Resurrección es un tiempo para pedir la gracia, la ayuda que nos aumente la fe, para vivir en Dios y con Dios cada día, en el trabajo, en las circunstancias ordinarias. Para vivir con Él lo que nos alegra y lo que no.
“A los ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo: - La paz esté con vosotros. Después le dijo a Tomás: -Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente. Respondió Tomás: -¡Señor mío y Dios mío! Jesús contestó: - Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído” (Jn 20, 26-29). Y así era y es Dios: siempre fiel, siempre amor, siempre “disponible” cuando queremos estar con Él.
Y, también en tiempo de Pascua de Resurrección, el cristiano busca en el alma, entre los papeles queridos, aquel escrito que contiene palabras de Jesús al Padre: “No ruego sólo por éstos, sino por los que van a creer en mí por su palabra: que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado… Tú me has enviado y los has amado como me amaste a mí. Padre quiero que donde yo estoy también estén conmigo los que Tú me has confiado, para que vean mi gloria, la que me has dado porque me amaste antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí; y éstos han conocido que Tú me has enviado. Les he dado a conocer tu nombre y lo daré a conocer para que el amor con que Tú me amaste esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17, 20-21 y 23-26). Decimos con san Josemaría: “¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y… no me he vuelto loco?” (Camino, 425)
PASCUA DE RESURRECCIÓN
Tercera semana de Pascua. ¡Ha resucitado! Jesucristo ha resucitado, ¡Aleluya! El cristiano que, durante este tiempo, en vez del “Angelus”, reza el “Regina coeli” se llena de amor y de alegría al decirle a la Madre: “Alégrate, reina del cielo, porque el que mereciste llevar en tu seno resucitó como había dicho. Ruega por nosotros a Dios. Goza y alégrate, Virgen María, porque el Señor ha resucitado realmente”. Y todo el texto salpicado de ¡Aleluya!, porque el alma se desborda de amor y de alegría. Así, día tras día, el cristiano sigue los pasos de Jesús resucitado, como se lee en el Evangelio.
- “Después volvió a aparecerse Jesús a sus discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se apareció así: estaban juntos Simón Pedro y Tomás -el llamado Dídimo-, Natanael -que era de Caná de Galilea-, los hijos de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Les dijo Simón Pedro: - Voy a pescar. Le contestaron: - Nosotros también vamos contigo. Salieron y subieron a la barca. Pero aquella noche no pescaron nada.” (Jn 21, 1-3). Este pasaje permite relacionarlo con el trabajo ordinario, con los fracasos o decepciones que a veces se producen en la tarea y en las relaciones corrientes de la vida. Pero, sobre todo, esa vuelta al trabajo -algunos de los siete eran pescadores- permite vivir el encuentro con Dios en la vida cotidiana, tanto familiar, como laboral o con amigos.
- “Cuando ya amaneció, se presentó Jesús en la orilla, pero sus discípulos no se dieron cuenta de que era Jesús. Les dijo Jesús: - Muchachos, ¿tenéis algo de comer? - No, le contestaron. Él les dijo: - Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. La echaron y casi no eran capaces de sacarla por la gran cantidad de peces. Aquel discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: - ¡Es el Señor! Al oír Simón Pedro que era el Señor se ató la túnica, porque estaba desnudo, y se echó al mar. Los otros discípulos vinieron en la barca, pues no estaban lejos de tierra, sino a unos doscientos codos, arrastrando la red con los peces.” (Jn 21,4-8). Jesús sale al encuentro; nos espera siempre; está junto a nosotros en todo momento. Hay que tener despierta el alma y decir: ¡Es el Señor!
- “Cuando descendieron a tierra, vieron unas brasas preparadas, un pez encima y pan. Jesús les dijo: -Traed algunos de los peces que habéis pescado ahora. Subió Simón Pedro y sacó a tierra la red llena de ciento cincuenta y tres peces grandes. Y a pesar de ser tantos no se rompió la red. Jesús les dijo: - Venid a comer. Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle: ¿Tú quien eres?, pues sabían que era el Señor. Vino Jesús, tomo el pan y lo distribuyó entre ellos y lo mismo el pez.” (Jn 21,9-13). Con Él y en Él siempre y para siempre: “En Cristo mi confianza, / y de Él solo mi asimiento, / en sus cansancios mi aliento / y en su imitación mi holganza” (santa Teresa de Jesús).
PASCUA DE RESURRECCIÓN
Los cristianos viven los cincuenta días de la Pascua de Resurrección procurando llevar su alegría espiritual al trabajo ordinario. En la liturgia diaria los cristianos buscan en las lecturas la confirmación de que Jesús resucitado está junto a los que caminan, los que se esconden, los que dudan, los que les cuesta creer. Viviendo los pasajes evangélicos como uno de aquellos que fueron protagonistas reales, viendo, oyendo y hablando con Jesús, sonríen al leer que Cleofás y su compañero, camino de Emaús, le preguntaron, ¡a Él!: “- ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días?” La sonrisa se convierte en gozo cuando escuchan la respuesta de Jesús: - “¿Qué ha pasado?” Y, sin perder de vista el trabajo que se está haciendo, surgen las palabras de amor, de admiración, de adoración; y el alma toma nota: Dios está aquí, me ve, me oye.
El cristiano repasa los detalles de lo ocurrido aquellos días. Cae en la cuenta de las carreras del domingo por la mañana: “María Magdalena fue al sepulcro y vio quitada la piedra del sepulcro. Entonces echó a correr y llegó hasta donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba…”; y sigue: “Salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa…” (Jn 20, 1-2 y 3-4). Y, puestos con el alma en aquel trance, queremos correr como ella y como ellos. Algunos se verán jóvenes, rápidos e impetuosos; otros, que también quieren vivir ahora el momento de entonces, vemos que nos cuesta hasta levantarnos, pero el alma vuela. Y es placer espiritual correr junto a la Magdalena, junto a Pedro y Juan.
Y, descubrir a Jesús, saber que es Él, con los ojos del corazón aunque la vista dude. En la segunda venida de Jesús resucitado al cenáculo, ya estaba Tomás con los demás discípulos. Y, ante el hueco que dejaron los calvos y la llaga del costado, dijo: ¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20,28), como nos sale del alma en la consagración durante la misa o ante el Sagrario o con el Santísimo expuesto o en la intimidad con Él. Y, otras veces, gritamos con el alma: ¡Es el Señor! (Jn 21, 7), provocando que Pedro se lance al lago para nadar hasta Jesús. Detrás nosotros. Y, cada día, le decimos a la Madre: Gózate y alégrate, Virgen María, porque ha resucitado verdaderamente el Señor. ¡Aleluya!
PASCUA DE RESURRECCIÓN
El cristiano vive la Pascua de Resurrección siguiendo con atención, meditando y encarnando en todos los momentos del día, los pasajes que la liturgia ofrece en estas semanas sobre el Pan de Vida. Porque creemos en la resurrección de Jesús, creemos también en la vida eterna y en que estamos llamados a vivirla para siempre en Dios:
- “Pues fuimos sepultados juntamente con él mediante el bautismo para unirnos a su muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva. Porque si hemos sido injertados en él con una muerte como la suya, también lo seremos con una resurrección como la suya, sabiendo esto: que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, para que fuera destruido el cuerpo del pecado, a fin de que nunca más sirvamos al pecado. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, porque sabemos que Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere más. La muerte ya no tiene dominio sobre él” (Rm 6,4-9). Todo un fundamento para la esperanza. Y el amor.
Precisamente en el amor del Amor encuentra el cristiano la clave para el buen entendimiento de lo escrito, para la esperanza y para la inmensa alegría, en pasajes como éstos: “Porque ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo le resucitaré en el último día” (Jn 6, 39-40). Y también: “Nadie puede venir a mí si no le atrae el Padre que me ha enviado, y yo le resucitaré en el último día” (Jn 6,44). Y más: “En verdad, en verdad, os digo que el que cree tiene vida eterna” (Jn 6,47).
Amor del Amor que hace que Cristo resucitado esté realmente con nosotros en la Eucaristía. En ese amor vivimos los cristianos al comulgar durante la misa con las debidas disposiciones y también en las visitas al Santísimo. Y saboreamos el amor al Amor, diciéndole muy despacio palabras como éstas: “Señor mío y Dios mío. Creo firmemente que estás aquí. Que me ves. Que me oyes…”. Y entendemos bien: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6,51). Y: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente” (Jn 6, 54-58). “Viva Jesús sacramentado. Viva y de todos sea amado”.
PASCUA DE RESURRECCIÓN
Sexta semana de Pascua de Resurrección. El cristiano ve que poco a poco se acaba la cincuentena pascual. Y la Liturgia de cada día le ayuda con lecturas llenas de sentimiento de despedida, con tristeza, pero también con alegría porque se va, pero se queda: “Dentro de poco no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver” (Jn 16,16). Como había dicho: “Todavía un poco más y el mundo ya no me verá, pero vosotros me veréis porque yo vivo y también vosotros viviréis” (Jn 14,19) Y se abre una sensación nueva en el alma con la esperanza por la anunciada llegada del Espíritu Santo: “Pero porque os he dicho esto, vuestro corazón se ha llenado de tristeza, pero yo os digo la verdad: os conviene que me vaya, porque si no me voy, el paráclito no vendrá a vosotros” (Jn 16,6-7). Y antes: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre” (Jn 14,15-16)
Considerando con el corazón las palabras de Jesús: “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo le amaré y yo mismo me manifestaré a él” (Jn 14,21). Y también: “Si alguno me ama guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). A pesar de tan clara manifestación amor de Jesús, no faltan pasajes evangélicos de abandono: “En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quien era el que le iba a entregar… Desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él” (Jn 6,64 y 66). Y también: “Mirad que llega la hora, y ya llegó, en que os dispersaréis, cada uno por su lado, y me dejaréis solo, aunque no estoy solo porque el Padre está conmigo” (Jn 16,32). Y en el prendimiento: “Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron” (Mt 26,56)
Estamos en un tiempo en el que sumamos al repaso diario, cada atardecer, anticipando y reviviendo esa otra tarde en la que nos “examinarán en el amor” (San Juan de la Cruz, “Dichos de luz y amor”), esa otra revisión que permite comprobar cómo hemos vivido la Pascua: desde aquellos días de la Semana Santa a los de la “Pascua Florida” en los que, como decía el catecismo de nuestra niñez, se debe cumplir con el mandamiento de la Iglesia y comulgar. Así hemos metido en nuestra vida el Pan de Vida.
- “¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada?” (Rm. 8,35). “Porque estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8, 38-39)
- “Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios ¡y lo somos!... Sabemos que cuando él se manifieste seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como es.” (1 Jn 3, 1 y 2)
Mes de mayo, mes de María. “Oh, dicha incomparable, la Madre de Dios es mi madre… Y madre quiere decir amor, preocupación por sus hijos, miradas dulces, tiernas caricias, sacrificios, beneficios sin cuenta para nosotros…” (sabatina de un colegio marista)
ASCENSIÓN DEL SEÑOR
El cristiano, metido y lleno de la gloria de Dios en la Pascua de Resurrección, celebra la Ascensión del Señor, repasando lo que dicen los Evangelios y haciéndose un personaje más. Y reza con más atención, con emoción, el Credo: “… y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo…”. La falta de atención en lo que decimos, de otros días, de otras ocasiones, se convierte en diálogo con Dios porque sólo Dios y el amor de Dios puede llevarnos a proclamar esa fe, con todos, ante todos, en voz alta y desde el alma. Si el cielo es estar con Dios, rezar el credo es estar en vida en el cielo.
- “Los sacó hasta cerca de Betania y levantando sus manos los bendijo. Y, mientras los bendecía, se alejó de ellos y comenzó a elevarse al cielo. Y ellos le adoraron y regresaron a Jerusalén con gran alegría. Y estaban continuamente en el Templo bendiciendo a Dios” (Lc 24,50-53). Vivamos aquí y ahora ese momento. Hagamos un acto de presencia: “Señor mío y Dios mío. Creo que estás aquí, que me ves, que me oyes…”. Y salimos de Jerusalén junto a Jesús, sin dejar de mirarlo, sin perder ni una de sus palabras, atentos a sus gestos, a su forma de andar, a cómo habla mientras caminamos. Hasta Betania. Una buena caminata. Un andar hecho oración. Y al llegar donde Jesús se para, lo rodeamos y el amor se nos derrama rebosando del alma. Cuando Jesús nos bendice y sentimos que se va, es como si se nos vaciara el cuerpo que quisiera ser tan leve como para ascender con Él. “¿Qué mirarán los ojos / que vieron de tu rostro la hermosura / que no les sea enojos? / Quien oyó tu dulzura / ¿que no tendrá por triste y desventura?” (“A la ascensión del Señor”, Fray Luis de León)
- “… ¡Bendita seas, Madre mía! María es mi madre, luego hay en ella preocupación por mí; hay ruegos y peticiones a Dios por mí; deseos vehementes de que yo sea bueno, persevere y me salve. ¡Oh María, muestra que eres mi madre! Demostremos que somos sus hijos. Para ello honrémosla imitando sus virtudes: seremos puros como María, amantes hijos suyos; copia exacta de nuestra Madre…” (sabatina de un colegio marista)
PENTECOSTÉS
Pentecostés. Para muchos es como la Pascua del Espíritu Santo, que llega al acabar los días de celebración de la Pascua de Resurrección. Es una forma de coronar un tiempo especial que empezó hace meses con el Adviento que prepara para la Pascua de Navidad. Ha sido un tiempo de celebrar el amor de Dios que es Amor: amor del Padre en el Hijo que se encarnó en la Virgen María por obra del Espíritu, que vivió entre nosotros, que padeció y murió para redimirnos; y que venció a la muerte con su resurrección; que subió al cielo. Así animados, caminamos con el amor de Dios y en su amor hasta llegar a la morada que está preparada en el cielo y para siempre.
El cristiano celebra la Pentecostés con palabras de la preciosa secuencia: “Ven, Espíritu divino, / manda tu luz desde el cielo. / Padre, amoroso del pobre; / don, en tus dones, espléndido; / luz que penetra las almas; / fuente del mayo consuelo. / Ven, dulce huésped del alma, / descanso de nuestro esfuerzo, / tregua en el duro trabajo, / brisa en las horas de fuego, / gozo que enjuga las lágrimas / y reconforta en los duelos. / Entra hasta el fondo del alma, / divina luz, y enriquécenos. / Mira el vacío del hombre, / si Tú le faltas por dentro; / mira el poder del pecado, / cuando no envías tu aliento. / Riega la tierra en sequía, / sana el corazón enfermo, / lavas las manchas, / infunde calor de vida en el hielo, / doma el espíritu indómito, / guía al que tuerce el sendero. / Reparte tus siete dones, / según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, / dale al esfuerzo su mérito; / salva al que busca salvarse / y danos tu gozo eterno.”
Al Espíritu Santo le rezamos para ofrecer lo que hacemos, para pedir ayuda y consejo, para superar nuestras debilidades: Veni, Sancte Spiritus, reple tuorum corda fidelium; et tui amoris in eis ignem accende” (Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor). Y le invocamos cada día: “Ure ignis, Sancti Spiritus, renes nostros et cor nostrum” (Enciende con el fuego del Espíritu Santo nuestras entrañas y nuestro corazón).
Y el Espíritu Santo que es “don espléndido en sus dones”, se nos da como Dios que es y con el amor de Dios que es amor. Los cristianos debemos recibir esos dones, ser conscientes del divino regalo y dar gracias por la gracia de Dios, por todos los beneficios recibidos, incluidos los que ignoramos (etiam ignotis): don de sabiduría, don de entendimiento, don de consejo, don de fortaleza, don de ciencia, don de piedad y don de temor de Dios. ¿Somos conscientes de estos regalos? ¿los hacemos vida nuestra? Del Espíritu Santo son los doce frutos: amor, alegría, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia y castidad (cf. Ga 5,22-23)
Virgen María, hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo, esposa de Dios Espíritu Santo. Y madre nuestra: “… Sobre todo, amémosla mucho, refugiémonos bajo su manto, obsequiémosla hoy con algún sacrificio: con nuestra oración más fervorosa, con la tentación vencida, el trabajo mejor hecho, el deber mejor cumplido. Llevemos con amor su medalla, vistamos su escapulario, veneremos su imagen bendita, recemos su rosario, las tres avemarías, invoquémosla en los peligros, llamémosla en las tentaciones…” (sabatina de un colegio marista)
TIEMPO ORDINARIO. SANTÍSIMA TRINIDAD
El cristiano vive anticipadamente la plenitud del gozo cuando celebra la Santísima Trinidad. Y presta más atención a lo que dice cada vez que se santigua “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Y cuando reza: “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén”. Y, viviendo con más intensidad ese amor a la Trinidad, descubrimos textos que escuchamos frecuentemente sin pensar que proclamamos el misterio. Como en el final del “Gloria”: “… Tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros: porque sólo Tú eres Santo, sólo Tú Señor; sólo Tú altísimo Jesucristo, con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre”.
Algunos descubrieron un día las continuas invocaciones al Padre en la misa: “Orad hermanos, para que este sacrificio, mío y vuestro, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso”; en los diferentes prefacios la atención amorosa se fija en las palabras: “Verdaderamente es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro”. En los diferentes textos de la Plegaria Eucarística se invoca al Padre. Así en la III: “Santo eres en verdad, Padre, y con razón te alaban todas las criaturas, ya que por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu Santo, das vida y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar, para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde sale el sol hasta el ocaso”. Y, en la exhortación final: “Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos. Amén”
Desde luego, el cristiano proclama su fe y manifiesta que cree en la Santísima Trinidad cuando reza el “Credo”: “Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos… Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una mismo adoración y gloria…” (niceno-constantinopolitano). Más breve, en el símbolo apostólico. No son pocos los que, además de la frecuente profesión de fe en el Credo, meditada o proclamada, disfrutan y confirman el gozo de su fe con el “Símbolo atanasiano” y el alma canta: “Quicumque vult salvus esse, ante omnia opus est…”
Mes de mayo, mes de María, nuestra Madre: “Si la Virgen nos sostiene, no caeremos; si Ella nos ampara, no perecemos; si la Virgen ruega por nosotros, nos salvaremos. ¡Oh, María, sin pecado concebida! Ruega por nosotros” (sabatina de un colegio marista)
CORPUS CHRISTI
Este tercer jueves, antes, “brillaba más que el sol”: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión. La vida moderna ha trasladado en España dos de esas celebraciones a domingos, salvo el Corpus en algunas ciudades. Fiesta de luz e incienso y procesión con la Custodia bajo palio. “Cuerpo de Cristo”, Dios encarnado: niño, joven, hombre; estudiante, trabajador; caminante… Y su mirada; y sus palabras. “¿Qué cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor. - Enamórate, y no “le” dejarás” (Camino 999)
El cristiano llena el día de detalles de amor a Jesús Sacramentado. Y, ante el Sagrario, reza con la mayor devoción el “Adorote devote”: “Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias, a Ti se somete mi corazón por completo y se rinde totalmente al contemplarte. / Al juzgar de Ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto, pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios, nada es más verdadero que esta palabra de verdad. / En la Cruz se esconde sola la divinidad, pero aquí también se esconde la humanidad; creo y confieso ambas cosas y pido lo que pidió el ladrón arrepentido. / No veo las llagas como las vio Tomás, pero confieso que eres mi Dios; haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere, que te ame. / ¡Oh memorial de la muerte del Señor!, pan vivo que da la vida al hombre, concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura. / Señor Jesús, bondadoso pelícano, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero. / Jesús, a quien ahora veo escondido, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío, que, al mirar tu rostro ya no oculto, sea yo feliz viendo tu gloria. Amén”.
Con añejo sabor espiritual, remontándose al siglo VI cuando Venancio Fortunato compuso el primer “Pange, lingua gloriosi”, los cristianos cantamos ahora, en la Exposición y Bendición del Santísimo, la composición de santo Tomás de Aquino: “Canta, oh lengua, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa, que el Rey de las naciones, Hijo de una Madre noble, derramó como rescate del mundo… / Adoremos, pues, humildemente, tan augusto Sacramento, y las ceremonias de la antigua Alianza cedan su puesto al nuevo rito; supla ahora la fe, la incapacidad de los sentidos. / Alabemos con cantos de júbilo, gloria, honor, poder y bendición, al Padre y al Hijo; tributemos también el mismo homenaje al Espíritu que de ambos procede. Amén”
- “Señora, si vacilamos en la tentación, danos la mano. / Si alguna vez caemos, ayúdanos a levantarnos. / Si el demonio trata de apartarnos de Jesús, llévanos a Él. / Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. / ¡Oh, clementísima!, ¡oh, piadosa!, ¡oh, dulce siempre virgen María! / Madre divina, si nos salvamos será por ti; / si caemos en pecado y nos condenamos, será por haberte olvidado. / Mientras mi vida alentare, todo mi amor para ti. / Mas si mi amor te olvidare, Madre mía, tú no te olvides de mi (sabatina de un colegio marista)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sigue el camino de la vida que lleva al cielo con la alegría de la brisa mañanera, del apacible descanso al fin de la jornada o con el rigor de la nieve y el viento helado o con el ardiente calor del verano. El tiempo creado, como la línea recta, es una sucesión ininterrumpida y no tiene cortes ni parones, pero los humanos hemos señalado “determinados tiempos en el tiempo” y así vive el cristiano la Liturgia. Celebrado Pentecostés, en primavera, se vuelve al Tiempo Ordinario que durará hasta Cristo Rey, ya en otoño, y el Adviento que prepara para la Navidad. En este “volver a empezar”, al retomar el Tiempo Ordinario, hemos cogido impulso y más ánimos con la celebración de la Santísima Trinidad, el Corpus Christi, el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María. Y, así, confortados en Dios, los cristianos, en medio de las tareas ordinarias propias del día, de la semana y del mes que vivimos, acabando el curso escolar o académico, rindiendo cuentas anuales en la tributación, buscamos orientación y ayuda para “hacer mejor lo que hay que hacer”.
“Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?” preguntó el joven rico (Mc 10,17). La contestación de Jesús: “… No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, no defraudarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre”, no nos deja indiferentes porque sabemos que esas referencias concretas no son otra cosa que aspectos concretos del “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,39) que es el corolario del “amarás a tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Mt 22,37). Y en ese amor y en esos aspectos sabemos que el amor a los otros hace que el “no matarás” sea no sólo no dañarlos de palabra o de obra ni tampoco desearles un mal, sino también ayudarles, escucharlos y comprenderlos y, desde luego, procurar su bien y estar disponibles e interceder en su favor. Y, así, todo lo demás.
Se trata de vivir la caridad y examinarnos con frecuencia en el ejercicio de esa virtud. “La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13,4-7). Y se trata de pedir ayuda a nuestra Madre.
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano vive el Tiempo Ordinario, como el caminante hace el camino de cada jornada, descansa por la noche y vuelve a empezar a la mañana siguiente. Ningún día es igual a otro, porque cambia el paisaje, la luz, el clima; ni siquiera el cuerpo de hoy es el de ayer, porque sin darnos cuenta células, conductos y órganos, están en un proceso continuo de eliminaciones y reproducciones y de envejecimiento y de deterioro y avería. “Cada día tiene su afán”, dicen algunas traducciones, otras dicen “sus preocupaciones” y otras “sus agobios” (Mt 6,34). Y, sea el que sea el término adecuado, el cristiano sabe que para todo tiene la benevolencia de Dios: “Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados” (Mt 6,32).
El cristiano vive confiado porque sabe que “todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios” (Rm 8,28). Del alma sale el convencimiento, como un grito aunque no se oye: “Omnia in bonum”, “Todo es para bien”. Porque “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? (Rm 8,31). Incluso en nuestros fallos, en nuestras traiciones, encontramos el verdadero sentido al “dolor de amor”, porque como dijo san Bernardo: “Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis” (Sermones del Cantar de los Cantares, sermón 26.5): como creaturas no podemos ofender a Dios, pero como Dios es amor y se encarnó por nosotros y para nuestra salvación, sí podemos hacerle sufrir de amor, como la madre, el padre, el amigo, sufre cuando ve al ser querido caer, enfermar gravemente, agonizar, y se compadece (cum patire, sentir, sufrir) con él.
Y como “el amor con amor se paga” y “obras son amores y no buenas razones”, los cristianos sabemos que Dios nos ama y que su amor es tanto que rebosamos amor que hemos de compartir (cum partiri, distribuir) con otros, conocidos o no, amigos o no. Y, como no caminamos solos hacia el cielo, debemos “querer hacer” realidad el mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo; no sólo como a nosotros mismos, sino como Dios nos ama.
Ese el es consejo de san Pedro: “amaos como hermanos, sed misericordiosos y humildes y no devolváis mal por mal” (1 Pe 3,8). Y el de san Pablo: “… amándoos unos a otros con el amor fraterno, honrando a cada uno a los otros más que a sí mismo; diligentes en el deber, fervorosos en el espíritu, servidores del Señor; alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación; constantes en la oración; … Bendecid a los que os persiguen… Alegraos con los que se alegran, llorad con los que lloran… No os tengáis por sabios ante vosotros mismos” (Rm 12,10-12, 14.15.16)
El cristiano repite: “La Madre de Dios es mi madre”. Una y otra vez. Y el corazón saca del recuerdo la más antigua oración a la Virgen: “Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios, no desprecies nuestras suplicas en nuestras necesidades, antes bien líbranos siempre de todo peligro, Virgen gloriosa y bendita” (Sub tuum praesidium confugimos, Sancta Dei Genitrix. Nostras deprecationes ne despicias in necessitatibus nostris, sed a periculis cunctis libera nos semper, Virgo gloriosa et benedicta).
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe que es hijo de Dios, pero, aunque parezca increíble, olvida con frecuencia esa gran dignidad. San Pablo lo explica bien: “Porque los que son guiados por el Espíritu de Dios estos son hijos de Dios… recibisteis un Espíritu de hijos de adopción en el que clamamos: “Abbá, Padre”. Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos; herederos de Dios, coherederos de Cristo” (v. Rm 8,14-17). Y añade: “Asimismo el espíritu acude en ayuda de nuestra flaqueza: porque no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables. Pero el que sondea los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu porque intercede según Dios en favor de los santos” (Rm 8,26-27).
“Imitad, por tanto, a Dios, como hijos queridísimos, y caminad en el amor, lo mismo que Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y ofrenda de suave olor ante Dios” (Ef 5,1-2). San Juan de la Cruz expresó bien esta ofrenda de amor que es amorosa convivencia: “Míos son los cielos y mía es la tierra. Mías las gentes, los justos son míos y míos los pecadores. Los ángeles son míos y la Madre de Dios y todas las cosas son mías. Y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. ¿Pues qué pides y buscas alma mía? Tuyo es todo esto y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en migajas que se caen de la mesa del Padre” (“Oración del alma enamorada”).
El amor de Dios y a Dios, la divina relación filial del cristiano, tiene su fundamento en la confianza: “Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros” (1 Pe 5,6). Confianza en Dios ante la tentación: “y fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; antes bien, con la tentación, os dará también el modo de poder soportarla con éxito” (1 Co 10,13). Por tanto: “Alegraos siempre en el Señor, os lo repito, alegraos. Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca” (Flp 4,4-5). Porque es así, hay que repetir con frecuencia: “Todo lo puedo en aquél que me conforta” (Flp 4,13)
“Estad siempre alegres. Orad sin cesar. Dad gracias a Dios por todo porque eso es lo que Dios quiere de vosotros en Cristo Jesús” (1 Tes 5,16-17). “Que desaparezca de vosotros toda amargura, ira, indignación, griterío o blasfemia y cualquier clase de malicia. Sed por el contrario benévolos unos con otros, compasivos, perdonándoos mutuamente como Dios perdonó en Cristo” (Ef 4,31-32). Así podremos decir como el apóstol: “Cuanto era para mí ganancia, por Cristo, lo considero como pérdida. Es más, considero que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Flp 3,7-8). Y también: “Porque para mí, el vivir es Cristo y el morir una ganancia” (Flp 1,21)
Hijos de Dios. La Virgen María es nuestra madre. No podemos dejar de pedirle: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros AHORA y en la HORA de nuestra muerte.”
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe que es milicia la vida del hombre sobre la tierra (Job 7,1) y su experiencia le enseña que cada día tiene su contrariedad y que el mañana traerá su propia preocupación (v. Mt 6,34). Pero también sabe, y vive, el cristiano que, en esa lucha diaria y en ante las contrariedades de cada día, está seguro en Cristo: “El Señor es tu guardián, / el Señor a tu derecha, es tu sombra protectora. / De día no te dañará el sol/ ni la luna de noche. / El Señor te guarda de todo mal, / guarda tu alma. / El Señor guarda tus salidas y entradas, / desde ahora y por siempre” (salmo 121)
El cristiano sabe que debe ser útil y quiere serlo. “Que tu vida no sea una vida estéril. - Sé útil. - Deja poso. Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor…” (san Josemaría Escrivá, “Camino” nº 1). El cristiano sabe de quien se ha fiado. “pues sé en quién he creído, y estoy seguro de que tiene poder para conservar mi depósito (2 Tim 1,12) y recuerda: “¿No se vende un par de pajarillos por un as? Pues bien, ni uno solo de ellos caerá en tierra sin que lo permita vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados. Por tanto, no tengáis miedo: vosotros valéis más que muchos pajarillos” (Mt 10,29-31)
- “Para servir, servir”. Es una expresión de fácil recuerdo y tan rica de contenido que permite tanto una larga meditación, como una palabra de ánimo para decidirse a hacer bien lo que se debe hacer. “Por eso, como lema para vuestro trabajo, os puedo indicar éste: para servir, servir. Porque, en primer lugar, para realizar las cosas hay que saber terminarlas. No creo en la rectitud de intención de quien no se esfuerza en lograr la competencia necesaria, con el fin de cumplir debidamente las tareas que tiene encomendadas. No basta querer hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo. Y, si realmente queremos, ese deseo se traducirá en el empeño por poner los medios adecuados para dejar las cosas acabadas con humana perfección.” (“Es cristo que pasa”, “En el Taller de José”, punto 50, san Josemaría Escrivá). Cuando se piensa lo que se dice y se asume lo que se quiere decir, sale del alma el “Podemos” con el que los hijos de Zebedeo, contestaron a Jesús, su disposición a beber el cáliz que Él debería beber (Mt 20,22)
- “Para servir a Dios y a usted”. Era una expresión de otros tiempos. Precisamente cuando la vida se hace servicio, a Dios y a los otros, se acepta con alegría la condición de siervos de Dios: Que cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido, como buenos administradores de la múltiple y variada gracia de Dios” (1 Pe 4,10)
El cristiano, siervo de Dios, pide la intercesión de la Virgen: “Concede nos famulos tuos, quaesumus, Domine Deus, perpetua mentis et corporis sanitate gaudere: et, gloriosa beatae Mariae semper Virginis intercessione, a praesenti liberari tristitia, et aeterna perfrui laetitia. Per Christum Dominum nostrum”. Te rogamos, Señor, que concedas a tus siervos gozar de perpetua salud de alma y cuerpo; y, por la intercesión de santa María, siempre Virgen, ser liberados de tristeza y disfrutar de eterna alegría”
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano vive del amor de Dios, en el amor de Dios y por el amor de Dios. Con frecuencia necesita tomar conciencia de ese amor del Amor y también necesita llenar los vacíos de su alma con más amor del Amor porque, su vida es amar dando del amor recibido. Aunque el “yo” quisiera absorber, para sí mismo, todo ese tesoro, el cristiano sabe que no debe atender esa reclamación porque el abandono en manos de Dios hace innecesario pensar y preocuparse más con el propio yo.
- “Yo enseñé a caminar a Efraín, tomándole por los brazos, pero ellos no sabían que yo los cuidaba. Los atraía con cuerdas humanas, con lazos de amor; yo era para ellos como las personas que alzan a un niño contra su mejilla; me inclinaba y le daba de comer” (Os 11, 4). Lamentos de Dios que derrama amor a manos llenas y, menesteroso de amor, que no recibe la limosna amorosa que pide a todos y a cada uno. Nos atrae “con lazos de amor”, pero ni notamos su dulzura ni nos dejamos guiar hacia el corazón de Dios. Nos alza Dios hasta sus mejillas como hacen las madres llenas de amor con sus hijos pequeños, como hace el padre feliz subiendo al hijo con la seguridad de su fuerza y con cuidado para no asustarlo. Dios se inclina hacia cada uno de nosotros, nos sonríe, nos dice palabras llenas de cariño. Y nos da de comer, cantándonos canciones sencillas, diciendo palabras amables, con gestos, guiños y juegos con los dedos de las manos para que, entre risas, comamos todo lo que nos da. Y así todos los días, cada día. Junto a nosotros en toda ocasión. El amor del Amor.
- “Sión había dicho: “El Señor me ha abandonado, mi Señor me ha olvidado.” ¿Es que puede una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues, aunque ellas se olvidaran, Yo no te olvidaré! Mira: te he grabado en las palmas de mis manos” (Is 49,14-19). ¡Cuántas veces nos quejamos del silencio de Dios! No se nos ocurre acercarnos al costado abierto de Jesús, meternos hasta su Corazón, para escuchar allí el consejo de confianza: Todo es para bien. Todo tiene sentido y se ve que es bueno cuando se mira como lo mira Dios, cuando se ve con proyección eterna. ¡Cuánto tiempo vivimos lejos de Dios, como si Dios no existiera, procurando que no impida, que nos deje hacer lo que queremos hacer! Según convenga, unas veces decimos: Nos ha olvidados Dios; otras: Déjame hacer a mí que yo sé lo que quiero. Y, Dios, nada menos que Dios, calla, nos deja hacer, pero nos espera. Quiere que volvamos. Y, cada vez, cuando la vida nos arroja en sus brazos, como las olas hacen con los restos de un naufragio oímos que Dios nos dice: “¡Ya has llegado! Te estaba esperando. Me tenías preocupado”. Palabras propias de un padre con su hijo amado.
- “Pastor que con tus silbos amorosos / me despertaste del profundo sueño; / tú, que hiciste cayado de ese leño / en que tiendes los brazos poderosos, / vuelve los ojos a mi fe piadosos, / pues te confieso por mi amor y dueño, / y la palabra de seguir te empeño / tus dulces silbos y tus pies hermosos. / Oye, Pastor, pues por amores mueres, / no te espante el rigor de mis pecados, / pues tan amigo de rendidos eres; / pero ¿cómo te digo que me esperes, / si estás para esperar los pies clavados?” (Lope de Vega)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano vive en la oración y con la oración en los labios y en el corazón. A veces siente y se lamenta de sus olvidos, de las distracciones, de la rutina y la velocidad en su oración, sin pensar en lo que dice, a quién lo dice ni por qué lo dice. Cuando se tranquiliza el espíritu o cuando la situación agobia, en la oración vocal las palabras cobran un sentido nuevo y se escriben en el aire con mayúsculas. Así: “… ruega por nosotros pecadores, AHORA y en la hora de nuestra muerte…”. O: “Acuérdate que JAMÁS se oyó decir que NINGUNO de cuantos han acudido bajo tu protección haya sido abandonado por ti.”. En la oración mental parece fundamental empezar haciendo, despacio, un acto de presencia de Dios: “Creo que estás aquí, que me ves, que me oyes…” Y, como un preámbulo provechoso o como un guión eficaz, puede ser conveniente echar mano a una oración conocida, a una poesía, a un salmo, a letanías… En devocionarios y misales se encuentran oraciones como ésta, del papa Clemente XI:
“Creo, Señor, haz que crea con más firmeza; espero, haz que espere con más confianza; me arrepiento, haz que tenga mayor dolor.
Te adoro como primer principio; te deseo como último fin; te alabo como bienhechor perpetuo; te invoco como defensor propicio.
Dirígeme con tu sabiduría, átame con tu justicia, consuélame con tu clemencia, protégeme con tu poder.
Te ofrezco, Señor, mis pensamientos, para que se dirijan a ti; mis palabras, para que hablen de ti; mis obras, para que sean tuyas; mis contrariedades, para que las lleve por ti
Quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como lo quieres, quiero hasta que quieras.
Señor, te pido que ilumines mi entendimiento, inflames mi voluntad, limpies mi corazón, santifiques mi alma. Que me aparte de mis pasadas iniquidades, rechace las tentaciones futuras, corrija las malas inclinaciones, practique las virtudes necesarias.
Concédeme, Dios de bondad, amor a ti, odio a mí, celo por el prójimo y desprecio a lo mundano. Que sepa obedecer a los superiores, ayudar a los inferiores, aconsejar a los amigos y perdonar a mis enemigos. Que venza la sensualidad con la mortificación, la avaricia con la generosidad, la ira con la bondad, la tibieza con la piedad. Hazme prudente en los consejos, constante en los peligros, paciente en las contrariedades, humilde en la prosperidad.
Señor, hazme atento en la oración, sobrio en la comida, constante en el trabajo, firme en los propósitos. Que procure tener inocencia interior, modestia exterior, conversación ejemplar y vida ordenada. Haz que esté atento a dominar mi naturaleza, a fomentar la gracia, servir a tu ley y a obtener la salvación. Que aprenda de ti qué poco es lo terreno, qué grande lo divino, qué breve el tiempo, qué durable lo eterno. Concédeme preparar la muerte, temer el juicio, evitar el infierno y alcanzar el paraíso. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano vive del amor de Dios que es amor. Aunque, a veces, se olvida, se despista, se escapa, siempre llega el momento en que quiere volver, siempre vuelve, casi siempre. En un momento u otro, el cristiano se sabe amado por Dios y confía en Él.
- “Vuestra soy, para Vos nací, / ¿qué mandáis hacer de mí? / Soberana Majestad, / eterna Sabiduría, / bondad buena al alma mía; / Dios, alteza, un ser, bondad, / la gran vileza mirad / que hoy os canta amor así. / ¿Qué mandáis hacer de mí?
Vuestra soy, pues me criaste; / vuestra, pues me redimiste; / vuestra, pues me sufriste; / vuestra, pues me llamaste; / vuestra, porque me esperaste; / vuestra, pues no me perdí. / ¿Qué mandáis hacer de mí?
¿Qué mandáis, pues, buen Señor, / que haga tan vil criado? / ¿Cuál oficio le habéis dado / a este esclavo pecador? / Veisme aquí mi dulce Amor, / Amor dulce, veisme aquí. / ¿Qué mandáis hacer de mí?
Veis aquí mi corazón, / yo le ponga en vuestra palma, / mi cuerpo, mi vida y alma, / mis entrañas y afición; / dulce Esposo y redención, / pues por vuestra me ofrecí. / ¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme muerte, dadme vida, / dad salud o enfermedad, / honra o deshonra me dad, / dadme guerra o paz crecida, / flaqueza o fuerza cumplida, / que a todo digo que sí. / ¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme riqueza o pobreza / dad consuelo o desconsuelo, / dadme alegría o tristeza, / dadme infierno, o dadme cielo, / vida dulce, sol sin velo, / pues del todo me rendí. / ¿Qué mandáis hacer de mí?
Si queréis, dadme oración; / si no, dadme sequedad, / si abundancia y devoción, / y si no esterilidad. / Soberana Majestad, / solo hallo paz aquí. / ¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme, pues, sabiduría, / o por amor, ignorancia; / dadme años de abundancia, o de hambre y carestía; / dad tiniebla o claro día, / revolvedme aquí o allí. / ¿Qué mandáis hacer de mí?
Si queréis que esté holgando, / quiero por amor holgar. / Si me mandáis trabajar, / morir quiero trabajando. / Decid, ¿dónde, cómo, cuándo? / Decid, dulce Amor, decí. / ¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme Calvario o Tabor, / desierto o tierra abundosa, / sea Job en el dolor, / o Juan que al pecho reposa; / sea viña fructuosa / o estéril, si cumple así. / ¿Qué mandáis hacer de mí?
San José puesto en cadenas, / o de Egipto Adelantado, / o David sufriendo penas, / o ya David encumbrado; / sea Jonás anegado, o libertado de allí. ¿Qué mandáis hacer de mí?
Esté callando o hablando, / haga fruto o no le haga, / muéstreme la Ley mi llaga, / goce de Evangelio blando; / esté penando o gozando, / solo Vos en mí viví. / ¿Qué mandáis hacer de mí? Vuestra soy, para Vos nací, ¿Qué mandáis hacer de mí?” (Teresa de Jesús)
TIEMPO ORDINARIO
El curso se acaba. Es tiempo de descanso, de rearmarse de fuerzas en el cuerpo y en el espíritu. El cristiano encuentra motivo de meditación, de adoración a Dios; de acción de gracias, por el curso pasado, por la vida recibida y sostenida; de petición, para cada uno, para los cercanos, para los lejanos, para los contrarios, para el que lo necesite, sea quien sea. Manteniendo la costumbre en el blog, sigue aquí la poesía del Padre Alarcón S.I. que reprodujo el Padre Coloma S.I., con texto en prosa intercalado, en su obra “Pequeñeces”, en el pasaje en el que, en una distribución de premios escolares, un niño recitaba a la Virgen. Adaptando las palabras a la actualidad de cada uno. Pensando.
- “Dulcísimo recuerdo de mi vida, / bendice a los que vamos a partir. / ¡Oh, Virgen del recuerdo dolorida, / recibe tú mi adiós de despedida, y acuérdate de mí!... / Lejos de aquestos tutelares muros, / los compañeros de la edad feliz / no serán a tu amor perjuros; / conservarán sus corazones puros; / ¡Se acordarán de ti! / Mas siento al alejarme una agonía / cual no la suele el corazón sentir…/ En palabras de niño ¿quién confía? / Temo… no sé qué temo, Madre mía, / por ellos y por mí…” Estos cortes circunstanciales en la rutina vital permiten recordar tiempos pasados en los que la fe, la piedad, la relación con Dios era intensa, amable, cordial. Conviene sacar ánimos de ahí.
- “Dicen que el mundo es un jardín ameno / y que áspides oculta ese jardín… / que hay frutos dulces de mortal veneno… / que el mar del mundo está de escollos lleno… / Y ¿por qué estará así? / Dicen que por el oro y los honores / hombres sin fe, de corazón ruín, /secan el manantial de sus amores, / y a su Dios y a su Patria son traidores… ¿Por qué serán así? / Dicen que de esta vida los abrojos / quieren trocar en mundanal festín; / que ellos, ellos motivan tus enojos, / y que ese llanto de tus dulces ojos/ lo causan ellos, ¡sí! / Ellos, ¡ingratos!, de pesar te llenan… / ¿Seré yo también sordo a tu gemir? / ¡No! ...; yo no quiero frutos que envenenan, / no quiero goces que a mi Madre apenan, / ¡no quiero ser así! / En los escollos de esta mar bravía / yo no quiero sin gloria sucumbir; / yo no quiero que llores por mí un día, / yo no quiero que llores, Madre mía… / ¡No quiero ser así!” Quizá nuestra experiencia vital empieza aquí, recordando tiempos de olvido de Dios, de alejamiento de Dios. También esa poesía de niño puede animarnos.
- “Y mientras yo responda a tu reclamo, / mientras me juzgue con tu amor feliz, / y ardiendo en este afecto en que me inflamo / te diga muchas veces que te amo, / ¿te olvidarás de mí? / ¡Ah, no, dulce recuerdo de mi vida! / Siempre que luche en poderosa lid, / siempre que llore mi alma dolorida, / al recordar mi adiós de despedida / ¡Te acordarás de mí! / Y en retorno de amor y fe sincera, / jamás sin tu recuerdo he de vivir: / tuya será mi lágrima postrera… / Hasta que muera, Madre, hasta que muera, / me acordaré de ti!” Así, con ese arrojo juvenil, aún en la edad madura, es tiempo de propósitos, de animarnos unos a otros, la mejor inversión: ¡el ciento por uno!
- “Tú en pago, Madre, cuando llegue el plazo / de alzar el vuelo al celestial confín, / estrechándome a ti con dulce abrazo, / no me apartes jamás de tu regazo, / ¡no me apartes de ti!”. No hay mayor seguridad que ir a Jesús de la mano de la Madre.
Unos a otros, todos nos deseamos un feliz descanso. Un “seguir sin parar” más pausado.
TIEMPO ORDINARIO. AGOSTO. EVA Y ADÁN
- “El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó En el jardín de Edén para que lo trabajara y los guardara; y el Señor Dios impuso al hombre este mandamiento: “-De todos los árboles del jardín podrás comer, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que comas morirás. Entonces dijo el Señor Dios: -No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda adecuada para él… Entonces el Señor Dios infundió un profundo sueño al hombre y éste se durmió; tomó luego una de sus costillas y cerró el hueco con carne. Y el Señor Dios, de la costilla que había tomado del hombre, formó una mujer y la presentó al hombre. Entonces dijo el hombre: - Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Se la llamará mujer, porque del varón fue hecha. Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne. Ambos estaban desnudos, el hombre y la mujer, y no sentían vergüenza” (Gn 2,15-18 y 21-25)
El pasaje recuerda un relato publicado hace muchos años en un periódico. Solos en el Paraíso, amándose y bien avenidos, Adán regaló un día a Eva una lagartija de preciosos colores. Probando distintos sitios, Eva se preguntaba dónde quedaría mejor. Y se la puso en el pelo. Quedaba muy bonita. Pensaban ir a pasear por Edén, ¿dónde si no?, como siempre. La mujer, sentando así un precedente secular, dijo que no le apetecía. El hombre se fue solo, no sin escuchar la advertencia de tener cuidado y volver pronto. Cuando regresó Adán, ella parecía dormida; él se recostó en una curvatura del terreno y se durmió. Eva se acercó a él y, delicadamente, suavemente y poco a poco, fue acariciando el costado de Adán y, en él, cada una de sus costillas: una, dos, tres… No faltaba ninguna. Eva entornó los ojos, suspiró tranquila y se durmió también.
- “La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que había hecho el Señor Dios, y dijo a la mujer: - ¿De modo que os ha mandado Dios que no comáis de ningún árbol del jardín? La mujer respondió a la serpiente: - Podemos comer del fruto de los árboles del jardín; pero Dios nos ha mandado: “No comáis ni toquéis el futo del árbol que está en medio del jardín, pues moriríais”. La serpiente dijo a la mujer: - No moriréis en modo alguno; es que Dios sabe que el día que comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal. La mujer se fijó que el árbol era bueno para comer, atractivo a la vista y que aquel árbol era apetecible para alcanzar sabiduría; tomo de su fruto, comió, y a su vez dio a su marido que también comió. Entonces se les abrieron los ojos y conocieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron. Y cuando oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, el hombre y su mujer se ocultaron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del jardín…” (Gen 3,1-8). “El Señor Dios hizo unas túnicas de piel para el hombre y la mujer, y los vistió… Así pues, el Señor Dios lo expulsó del jardín del Edén, para que trabajase la tierra de la que había sido tomado… (Gen 3,21.23)
- “Adán conoció a Eva, su mujer, que concibió y dio a luz a Caín. Y dijo: - He adquirido un varón gracias al Señor. Después, dio a luz a su hermano Abel. Abel fue pastor de ganado menor y Caín, labrador… Adán conoció de nuevo a su mujer, y ella dio a luz a un hijo al que puso por nombre Set, pues se dijo: “Dios me ha concedido otro descendiente en lugar de Abel, ya que lo mató Caín” (Gen 4,1-2, 25). El día 24 de diciembre celebramos los santos Adán y Eva.
TIEMPO ORDINARIO. AGOSTO. LA MADRE DE SANSÓN
Hubo un hombre de Sorá, de la estirpe de Dan, llamado Manóaj. Su mujer era estéril y no tenía hijos. Se le apareció un ángel del Señor a esta mujer y le dijo: - Mira eres estéril y no has tenido hijos, pero concebirás y darás a luz un hijo. Así que ahora guárdate de beber vino y licor y de comer nada impuro, pues concebirás y darás un hijo por cuya cabeza no pasará la navaja, ya que el muchacho será nazareo de Dios desde el vientre materno. Él comenzará a salvar a Israel de la mano de los filisteos.
La mujer se dirigió a su marido y le dijo: - Un hombre de Dios se ha dirigido a mí. Su aspecto era como el de un ángel de Dios, muy terrible, y no le he preguntado de dónde es, ni me ha dicho su nombre; pero me ha dicho: “Concebirás y darás a luz un hijo, así que ahora no bebas vino ni licor y no comas nada impuro, pues el muchacho será nazareo de Dios desde el vientre materno hasta el día de su muerte”. Manóaj invocó al Señor y le dijo: - Te ruego, Señor mío, que el hombre de Dios que nos enviaste venga de nuevo y nos enseñe qué debemos hacer con el muchacho que va a nacer. El Señor escuchó la voz de Manóaj y el ángel de Dios se dirigió de nevo a la mujer que estaba sentada en el campo sin que Manóaj, su marido, la acompañase.
La mujer corrió a avisar a su marido y le dijo: - Se me ha aparecido el hombre que se dirigió a mí el otro día. Manóaj se puso en marcha siguiendo a su mujer y se dirigió a aquel hombre diciéndole: - ¿Eres tú el hombre que habló a esta mujer? Él respondió: - Lo soy. Manóaj le dijo: - Cuando se cumpla lo que dijiste, ¿qué se debe hacer y qué comportamiento deberemos tener con el muchacho? El ángel del Señor le respondió: - Se abstendrá de todo lo que dije a esta mujer: no comerá nada de lo que produce la vid, no beberá vino ni licor, ni probará nada impuro. Y ella cumplirá todo lo que le he mandado.
Entonces Manóaj dijo al ángel del Señor: - Deja que te retengamos y te preparemos un cabrito. Y el ángel del Señor respondió: - Aunque me espere no probaré vuestra comida, pero si quieres hacer un holocausto al Señor, hazlo. Manóaj no sabía que era un ángel del Señor. Y preguntó Manóaj al ángel del Señor: - ¿Cuál es tu nombre, para que cuando se cumpla tu palabra te podamos honrar? A lo que le respondió: - ¿Por qué preguntas mi nombre que es misterioso?” (Jc 13, 2-19). Manóaj ofreció un cabrito como ofrenda en una roca; cuando la llama subía al cielo el ángel se elevó en esa llama. Manóaj y su mjer cayeron rostro en tierra. El ángel no se volvió a aparecer. Cuando Manóaj dijo a su mujer: “- Vamos a morir, pues hemos visto a Dios”, ella contestó que si el Señor hubiera querido que murieran no habría aceptado el holocausto y la ofrenda, ni habría informado de todas aquellas cosas.
“La mujer dio a luz un hijo y le puso el nombre de Sansón. El muchacho creció y el Señor lo bendijo. El espíritu del Señor comenzó a inspirarle en el campamento de Dan entre Sorá y Estaol.” (Jc 13,24-25)
Apresado por los filisteos y arrancados sus ojos, cuando murió Sansón, tirando con fuerza de las columnas que sostenían la casa, los muertos que ocasionó fueron muchos más que los que había matado en vida. “Sus hermanos y toda su familia bajaron para llevárselo y subieron a sepultarlo entre Sorá y Estaol, en la tumba de Manóaj, su padre” (Jc 16, 31).
TIEMPO ORDINARIO. AGOSTO. LA MADRE DE SAMUEL
“Había un hombre sufita llamado Elcaná, de Ramá, de la montaña de Efraím, hijo de Yerojam, hijo de Elí, hijo de Tojú, hijo de Suf, efraimita, que tenía dos mujeres: una llamada Ana y otra Peniná. Peniná tenía hijos, pero Ana no. Elcaná subía cada año desde su ciudad para adorar y ofrecer sacrificios al Señor de los ejércitos en Siló, donde los dos hijos de Elí, Jofní y Pinjás, eran sacerdotes del Señor. El día que Elcaná ofrecía sacrificios daba a Peniná y a todos sus hijos las porciones correspondientes. Sin embargo, a Ana, aunque la amaba, le daba una sola porción, pues el Señor había cerrado su seno. Su rival la importunaba con insolencia hasta humillarla porque el Señor la había hecho estéril. Esto ocurría año tras año; siempre que subían a la casa del Señor la importunaba del mismo modo. Así que Ana lloraba y no quería comer. Su marido, Elcaná, le decía: - Ana ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué se aflige tu corazón? ¿No soy yo para ti mejor que diez hijos?
En una ocasión, después de haber comido y bebido en Siló, Ana se levantó y se puso ante el Señor. El sacerdote Elí estaba sentado en su sede unto a las jambas del Santuario del Señor. Ella, con el alma llena de amargura, rogaba al Señor llorando sin cesar, y decidió hacer un voto diciendo: “- Señor de los ejércitos, si te dignas mirar la aflicción de tu sierva y te acuerdas de mí; si no te olvidas de tu sierva y me concedes un hijo varón, lo dedicará al Señor por todos los días de su vida de modo que nunca la navaja tocará su cabeza.”. Como se demoraba en sus ruegos al Señor, Elí se puso a observar el movimiento de su boca. Ana hablaba para sí y sus labios se movían sin que se oyera su voz, por lo que Elí supuso que estaba ebria, y le dijo: “- ¿Hasta cuando vas a estar ebria? Arroja el vino que llevas dentro”. Pero Ana contestó: “- No, mi señor. Yo soy una mujer angustiada. No he probado ni vino ni bebida embriagante; simplemente abría mi alma ante el Señor. Así que no consideres a tu sierva como una perdida, pues por mi gran dolor y angustia he hablado así”. Elí le respondió: “- Vete en paz. Que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido.” Y dijo ella: “- Que tu sierva encuentre gracia a tus ojos”. Entonces se marchó la mujer, comió, y su rostro ya no volvió a ser el mismo.
Se levantaron muy temprano, se postraron ante el Señor y regresaron a su casa en Ramá. Elcaná conoció a su mujer Ana, el Señor se acordó de ella, y al cabo del tiempo Ana concibió y dio a luz a un hijo al que puso por nombre Samuel, pues dijo: “Lo he pedido al Señor”.
Volvió a subir Elcaná con toda su casa a ofrecer el sacrificio anual y a cumplir sus votos. Pero Ana no subió, pues le dijo a su marido: - Cuando el niño haya sido destetado, lo llevaré. Entonces será presentado ante el Señor y se quedará allí para siempre” (1 Sam 1,1-22) … Así pues, se quedó la mujer y amamantó a su hijo hasta que lo destetó. “Entonces subió con él llevando consigo un novillo de tres años, un efah de flor de harina y un odre de vino; entró con él en la casa del Señor en Siló. El niño era todavía muy pequeño. Cuando inmolaron el novillo y presentaron al muchacho ante Elí, Ana le dijo: “- Perdona, señor; por tu vida, señor: yo soy aquella mujer que estuvo aquí en tu presencia implorando al Señor. Por este niño rogué y el Señor me ha concedido lo que le pedí. Ahora yo se lo devuelvo al Señor para que durante toda su vida esté entregado al Señor.” Y adoraron allí al Señor. (1 Sam 1,24-28). Sigue el cántico de Ana: “Mi corazón exulta en el Señor, mi frente se enaltece en el Señor, mi boca se ríe…”
TIEMPO ORDINARIO. AGOSTO. LA MUJER DE TOBÍAS
Ajicar, copero del rey Asarhadón, intercedió por Tobit que pudo regresar a su casa y le devolvieron a su esposa Ana y a su hijo Tobías. Una desgracia le tuvo ciego durante cuatro años, Ana se tuvo que poner a trabajar a sueldo, de costurera. Mientras en Nínive, Tobit pedía la muerte a Dios, ese mismo día, Sara, hija de Ragüel, el de Ecbatana de Media, escuchó injurias de una criada de su padre y también pidió la muerte a Dios. Esas oraciones fueron escuchadas y Dios envió a Rafael para curar a Tobit y para que Sara se pudiera casar con Tobias y así verse liberada del perverso demonio Asmodeo.
Se acordó Tobit del dinero que había dejado en depósito en Gabael en Ragués de Media. Y pensó: “Yo he pedido la muerte. ¿Por qué no llamo a mi hijo Tobias y le informa de ese dinero antes de morir? Llamó a su hijo y empezó un precioso discurso de últimas voluntades (Tb 4, 3-21): “… Hijo, acuérdate del Señor todos tus días y no quieras pecar ni vulnerar sus preceptos Realiza obras buenas todos los días de tu vida y no vayas por caminos de iniquidad…”. Respondió Tobías que haría todo lo mandado por su padre y salió a buscar a un hombre que le acompañara a Media y que conociera el camino. Encontró al ángel Rafael, que se presentó ante él, pero Tobías no sabía que fuera un ángel de Dios. Partieron hacia Media; en el río Tigris, como le dijo el ángel, Tobías agarró un gran pez que iba a devorar su pie, quitó y tiró los intestinos y guardó la hiel, el corazón y el hígado. Cuando llegaron a Media y estaban cerca de Ecbatana, Rafael dijo a Tobías: Conviene que esta noche nos hospedemos en casa de Ragüel. Tiene una hija llamada Sara y tú eres el pariente más cercano. Yo hablaré con el padre para que la recibas como esposa. Cuando regresemos de Ragüel celebraremos la boda. Tobías recordó que el demonio Asmodeo había matado a siete esposos cuando iban a acercarse a la muchacha. Rafael le recomendó que esa noche pusiera parte del hígado y del corazón del pez en las brasas del incienso: al inhalar ese aroma, el demonio huirá y no volverá. Y añadió: “No tengas miedo porque está destinada para ti desde la eternidad”.
En la noche esponsales, cuando terminaron de comer y de beber, decidieron ir a dormir. Acompañaron al muchacho y lo introdujeron en el aposento. Vencido el demonio, los esposos oraron para “suplicar al Señor que haga descender sobre nosotros misericordia y salvación” (Tb 8, 4-8). No murió el muchacho y dieron de nuevo gracias a Dios (Tb 8, 15-17). Transcurridos los catorce días de la boda, los que Ragüel había jurado dedicar a su hija, Tobías le pidió marchar a su casa. Salieron para Nínive y allí los esperaba Tobit. El perro seguía con ellos detrás de Rafael y de Tobías. Puso Rafael la hiel del pez en los ojos de Tobit y volvió a ver. Tobit se acercó a Sara y la bendijo: ¡Bienvenida seas, hija! ¡Bendito sea tu Dios que te ha traído hasta nosotros, hija! ¡Bendito sea tu padre, y bendito mi hijo Tobías, y también bendita tú, hija! Bienvenida a ésta tu casa con bendición y con gozo. ¡Entra hija! (Tb 11,17). Aquel día festejaron todos los judíos que vivían en Nínive; también vinieron los parientes y durante siete días celebraron con alegría las bodas.
Cuando murió su madre, Tobías la enterró junto a su padre y después se marchó con su esposa a Media. Se estableció en Ecbatana en casa de su suegro Ragüel. Cuidó de la ancianidad de sus suegros de forma digna y les dio sepultura en Ecbatana en Media. Murió estimado por todos.
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano vive en Cristo porque ha tenido un encuentro con Jesús, porque ha respondido a su llamada, porque se fue pero ha vuelto, como tantas veces antes en su vida. La vida del cristiano es caer y levantarse, es despistarse y volver de nuevo al buen camino. La vida del cristiano, como la de todo enamorado, es una lucha de amor: lucha entre el amar que “es darse por entero, para siempre y sin condiciones” y el amor al “yo”, que se deja seducir por los ídolos del propio capricho, de la ambición, del poder, de la soberbia sobre, contra y a pesar de los demás (cf. 1 Jn 2,16). La vida del cristiano es saber que “El Amor… ¡bien vale un amor!” (“Camino” nº 171). Y todos sabemos que Dios, ¡nada menos que Dios!, está a nuestro lado siempre y no nos abandona.
Septiembre es una nueva ocasión para “encontrarnos”, otra vez, con Jesús: como el paralítico de la piscina Betzata en Jerusalén: “El que había sido curado no sabía quién era, pues Jesús se había apartado de la muchedumbre allí congregada. Después de esto le encontró Jesús en el Templo y le dijo: - Mira, estás curado; no peques más…” (Jn 5, 13-14); como el ciego de nacimiento: “Oyó Jesús que le habían echado fuera, y cuando se encontró con él le dijo: -¿Crees tú en el Hijo del Hombre? – Y ¿quién es, Señor, para que crea en él? - respondió. Jesús le dijo: - Si lo has visto: el que está hablando contigo ése es. Y él exclamó: - Creo, Señor. Y se postró ante él” (Jn 9, 35-38). Es tiempo de encuentro con Jesús, “Hic et nunc” (Aquí y ahora): en la reanudación de las tareas después de las vacaciones, en la salud recobrada o en la enfermedad; en el éxito y en el fracaso, en la traición y en el abandono de los amigos; en el sufrir del corazón que producen otros y en el consuelo de los que nos quieren bien; en el desánimo y en las ganas de comernos el mundo. Encuentro con Jesús, al empezar la semana, al empezar el día, en cada tarea, muchas veces al día: “… Que busques a Cristo. Que encuentres a Cristo. Que ames a Cristo…” (cf. “Camino” nº 382)
María, nuestra Madre, también buscó y encontró al niño Jesús, que se había quedado en Jerusalén “sin que lo advirtiesen sus padres” (ni se perdió ni lo perdieron). Encontraron a Jesús que “bajó con ellos, vino a Nazaret y les estaba sujeto. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lc 2,51). “A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María” (san Josemaría Escrivá, “Camino” nº 495)
TIEMPO ORDINARIO
Los cristianos, hijos de María, la Madre de Dios y madre nuestra, estamos de celebraciones: el día 8 (Natividad de la Virgen) la felicitamos en su cumpleaños y el día 12 la felicitamos por su onomástica (el Santo Nombre de María). Los días 14 y 15 recordamos a nuestra Madre en la Exaltación de la Santa Cruz y como Nuestra Señora de los Dolores. Y, como homenaje de amor, no podemos menos que recordar el himno “Stabat Mater” que, indudablemente emparentado con el “Laudismus sanctae Crucis” de san Buenaventura OFM, muerto en 1274, se atribuye a Iacopone da Todi, que murió en 1306. Los de más edad lo cantan o lo recitan en latín, lengua en la que tiene una musicalidad inigualable: “Satabat Mater dolorosa iuxta crucem lacrimosa, dum pendebat Filius… Quis est homo qui no fleret, matrem Christi si videret in tanto supplicio?... En los misales se recoge en español con ritmo poético:
“La Madre piadosa estaba / junto a la cruz y lloraba / mientras el Hijo pendía; / cuya alma, triste y llorosa, / traspasada y dolorosa, / fiero cuchillo tenía.
¡Oh cuán triste y cuan aflicta / se vio la Madre bendita / de tantos tormentos llena! / Cuando triste contemplaba / y dolorosa miraba / del Hijo amado la pena.
Y ¿cuál hombre no llorara / si a la Madre contemplara / de Cristo en tanto dolor? / ¿Y quién no se entristeciera, / Madre piadosa, si os viera / sujeta a tanto rigor?
Por los pecados del mundo / vio a Jesús en tan profundo / tormento la dulce Madre. / Vio morir al Hijo amado / que rindió desamparado / el espíritu a su Padre.
¡Oh dulce fuente de amor! / Hazme sentir tu dolor / para que llore contigo. / Y que, por mi Cristo amado, / mi corazón abrasado / más viva en él que conmigo.
Y porque a amarle me anime, / en mi corazón imprima / las llagas que tuvo en sí. / Y de tu Hijo, Señora, / divide conmigo ahora / las que padeció por mí.
Hazme contigo llorar / y de veras lastimar / de sus penas mientras vivo; / porque acompañar deseo / en la cruz, donde le veo, / tu corazón compasivo.
¡Virgen de vírgenes santas! / Llore yo con ansias tantas / que el llanto dulce me sea; / porque su pasión y muerte / tenga en mi alma, de suerte / que siempre sus penas vea.
Haz que su cruz me enamore / y que en ella viva y more / de mi fe y amor indicio; / porque me inflame y encienda, / y contigo me defienda / en el día del juicio.
Haz que me ampare la muerte / de Cristo cuando, en tan fuerte / trance, vida y alma estén; / porque, cuando quede en calma / el cuerpo, vaya mi alma / a su eterna gloria. Amén”
El himno, sin duda, trae al alma el recuerdo de Jesús crucificado en palabras del Cuarto canto del Siervo: “… No hay en él parecer, no hay hermosura que atraiga nuestra mirada ni belleza que nos agrade en él. Despreciado y rechazado de los hombres, varón de dolores y experimentado en el sufrimiento; como quien se oculta el rostro, despreciado, ni le tuvimos en cuenta. Pero él tomó sobre sí nuestras enfermedades, cargó con nuestros dolores…” (Is 53,2-4). “Ad Jesum per Mariam”: mirando a nuestra Madre junto a la Cruz, le decimos: Madre del Amor Hermoso, ayuda a tus hijos.
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe que su religión, su vida religada a la fe que es un don de Dios, es la consecuencia de un encuentro con Jesús. Un encuentro en las circunstancias más diversas en el transcurso de la vida ordinaria; un encuentro con Dios, nada menos, que me busca y se hace el encontradizo y me llama. Una llamada, vocación a seguir toda esta vida con Él y para siempre; una llamada que espera amorosamente que respondamos: sí. Y si nos desviamos, si nos hemos perdido, si hemos abandonado a Dios en un rincón de nuestra alma, si hemos negado o renegado de Dios que es Amor, también sabe el cristiano, nosotros, yo, que Dios nos sigue llamado, nos espera y nos anima a volver a sus brazos. “Que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo”. ¿He intentado, por lo menos, vivir la primera etapa? (cf. “Camino” nº 382)
Conviene volver una y otra vez, sin descanso y sin cansancio, a recordar que Dios está a nuestro lado, junto a ti, junto a mí, permanentemente: “Mira, estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20). Conviene descubrir a Dios en cada momento y recordar cómo llama: “Mientras caminaba junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés, su hermano que echaban la reda al mar, pues eran pescadores. Y les dijo: - Seguidme y os haré pescadores de hombres. Ellos al momento dejaron las redes y le siguieron. Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes, y los llamó. Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre y le siguieron” (Mt 4,18-22). Y también: “Al marchar Jesús de allí, vio a un hombre sentado al telonio que se llamaba Mateo, y le dijo: - Sígueme. Él se levantó y le siguió” (Mt 9,9). Esa es la llamada: “sígueme”, y así debe ser la respuesta: “al momento”, sin excusas ni rodeos.
Aquí, ahora, al escribir o al leer estas líneas, Dios está conmigo. Hay que aprovechar el instante: “Dios mío, gracias, perdón y ayúdame más”, como decía el Beato Álvaro del Portillo. Un instante, muchos instantes durante el día. Y al empezar cada tarea, en los parones para proseguir, decirle: “Jesús, vamos a hacer esto juntos”.
Estar con Jesús. Juan, el evangelista no olvidó la primera vez, ni la hora: “Al día siguiente estaban allí de nuevo Juan (el Bautista) y dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo: - Ése es el Cordero de Dios. Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús. Se volvió Jesús y, viendo que le seguían, les preguntó: - ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: - Rabbi -que significa “Maestro”-, ¿dónde vives? Les respondió: - Venid y lo veréis. Fueron y vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era, más o menos, la hora décima” (Jn 1,35-40). Una tarde con Jesús. Jesús siempre con nosotros: “Le contestó Natanael: - ¿De qué me conoces? Respondió Jesús y le dijo: - Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi” (Jn 1,48)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano, que recibió el don de la fe con el bautismo, procura hacerla real en la vida ordinaria con la esperanza puesta en Dios que es Amor, que es Padre, que le ayuda, que le espera cuando se aleja y que le perdona. El cristiano, tú, y yo, sigue los pasos de Jesús con el que se encontró un día por primera vez y con el que se sigue encontrando porque le busca de continuo, porque a veces es Jesús el que se hace el encontradizo, porque otros le llevan a Él. Y allí lo trata, lo conoce más y lo ama. “¿Que cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor. Enamórate, y no “le” dejarás” (Camino, nº 999)
- Llamando a gritos. Al marcharse Jesús de allí, le siguieron dos ciegos diciendo agritos: -¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David! Cuando llegó a la casa, se le acercaron los ciegos y Jesús les dijo: - ¿Creéis que puedo hacer eso? – Sí, Señor – le respondieron. Entonces les tocó los ojos diciendo: -Que se haga en vosotros conforme a vuestra fe. Y se les abrieron los ojos…” (Mt 9,27-30). En esto una mujer cananea, venida de aquellos contornos, se puso a gritar: - ¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio… - ¡Mujer qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres. Y su hija quedó sana en aquel instante” (Mt 15,22.28)
- Acercándose a Jesús. “Al bajar del monte le seguía una gran multitud. En esto, se le acercó un leproso, se postró ante él y dijo: - Señor, si quieres, puedes limpiarme. Y, extendiendo Jesús la mano, le tocó diciendo: - Quiero, queda limpio. Y, al instante, quedó limpio de la lepra” (Mt 8,1-3). Al entrar en Cafarnaúm se le acercó un centurión que le rogó: - Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes. Jesús le dijo: - Yo iré y le curaré… Y en aquel momento quedó sano el criado” (Mt 8,5-7.13). Mientras les decía estas cosas, un hombre importante se acercó, se postró ante el y le dijo: - Mi hija se acaba de morir, pero ven, por la mano sobre ella y vivirá… entró, la tomó de la mano y la niña se levantó” (9,18.25). “En esto, una mujer que padecía flujo de sangre hacía doce años, acercándose por detrás, tocó el borde de su manto… Jesús se volvió y mirándola le dijo: - Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado. Y desde ese mismo momento quedó curada la mujer” (Mt 9, 20.22)
- Traer a Jesús. “Al atardecer, le trajeron muchos endemoniados; expulsó a los espíritus con su palabra y curó a todos los enfermos” (Mt 8,16). “Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: - Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados… levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mt 9,2 .6). Y, así, muchos textos más: para repasar, para meditar. Ya. Ahora.
Es el momento: acercarnos a Jesús, acercar a otros a Jesús. Pedir ayuda a la Madre.
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano vive buscando a Dios, tratando a Dios, amando a Dios y volviendo a Dios, si se había alejado, con la confianza de que Dios es Amor, que nos llama, que nos espera, que corre a abrazarnos cuando nos ve llegar, que celebra una fiesta porque hemos vuelto: “Mi hijo estaba perdido y ha sido encontrado” (Lc 15,24). Y, tratando con Jesús, en momentos de oración, a veces, parece que no sabemos qué decirle. “¿Que no sabes orar? - Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: “Señor, ¡que no sé hacer oración! ...”, está seguro de que has empezado a hacerla” (Camino, 90)
Un acto de presencia: “Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, san José mi padre y señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí”
Un salmo. “Señor, Tú me sondeas y me conoces. Conoces cuando me acuesto y me levanto. Penetras desde lejos mis pensamientos. Distingues mi camino y mi descanso. Todas mis sendas te son familiares. No ha llegado la palabra a mi boca y ya, Señor, la conoces toda. Me estrechas detrás y delante, me cubres con tu palma. Tanto saber me sobrepasa es sublime y no lo abarco. ¿Dónde iré lejos de tu aliento? ¿Dónde escaparé de tu mirada? Si subo al cielo, allí estás Tú; si bajo al abismo allí me encuentras. Si monto en las alas de la aurora y habito en los confines del mar, también allí me guiará tu mano, me sujetará tu diestra. Si digo: “¡Que al menos me cubran las tinieblas y la luz se haga noche en torno a mí”, tampoco las tinieblas son para ti oscuras, pues la noche brilla como el día, las tinieblas como la luz… Qué profundos son para mí tus pensamientos, Dios mío, qué grande su número. Si pudiera contarlos, son más que las arenas, si llegara hasta el fin, aún estaría contigo… Examíname, Dios mío, y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis pensamientos. Mira si voy por el mal camino y guíame por el camino eterno” (salmo 139, 1-12. 17-18. 23-24)
Una oración: “Toma, Señor, mi libertad, mi memoria, mi entendimiento; toda mi voluntad. Todo mi haber y mi poseer. Tú me lo diste a Ti, Señor, lo torno. Todo es tuyo. Dispón de mí según tu voluntad. Dame tu amor y tu gracia que esto me basta” (san Ignacio de Loyola)
Una oración a nuestra Madre: “¡Oh, Señora mía! ¡Oh, Madre mía! Yo me entrego enteramente a ti. Y, en prueba de mi filial afecto, te consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo tuyo, Madre de bondad, guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya” (¿siglo XVI?)
Y, claro, la oración de Jesús: “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy el pan nuestro de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe que Dios lo ha creado por amor, lo mantiene en su existencia por amor y lo espera para estar con él para siempre en el cielo también por amor. Y en la confianza en esa relación amorosa el cristiano puede encontrar textos que le confirman que Dios lo quiere como nadie puede querer.
- El cristiano puede construir una preciosa historia de amor enlazando textos: “Yo mismo pastorearé a mis ovejas y las haré descansar, dice el Señor Dios. Buscaré a la perdida, haré volver a la descarriada, a la que esté herida la vendaré, y curaré a la enferma. Tendré cuidado de la bien nutrida y de la fuerte. Las pastorearé con rectitud.” (Ez 34,15-16). “- ¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y sale en busca de la que se perdió hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso y, al llegar a casa reúne a los amigos y vecinos y les dice: “Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me perdió” Os digo que, del mismo modo, habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión” (Lc 15,1-7). “El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes prados me hace reposar; hacia aguas tranquilas me guía; reconforta mi alma, me conduce por sendas rectas por honor de su nombre. Aunque camine por valles oscuros no temo ningún mal, porque Tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan…” (salmo 23,1-4). “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas” (Jn 10,11)
- Aunque no faltan textos que recuerdan nuestras excusas y deserciones para no seguir a Jesús: “A otro le dijo: - Sígueme. Pero éste contestó: - Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre. – Deja a los muertos enterrar a sus muertos - le respondió Jesús; tú vete a anunciar el Reino de Dios. Y otro dijo: - Te seguiré, Señor, pero primero permíteme despedirme de los de mi casa. Jesús le dijo: - Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de los Dios” (Lc 9, 59-62). Se marchó el joven rico: “Al oír el joven estas palabras, se marchó triste, porque tenía muchas posesiones” (Mt 19, 22). Y algunos discípulos: “Desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él” (Jn 6,66). Y todos: “Entonces, todos los discípulos lo abandonaron (Mt 26,56)
- Pero Dios insiste, no se cansa: “Un hombre daba una gran cena e invitó a muchos. Y envió a su siervo a la hora de la ceba para decir a los invitados: “Venid, que ya está todo preparado. Y todos a una comenzaron a excusarse: El primero le dijo: “He comprado un campo y tengo necesidad de ir a verlo; te ruego que me des por excusado”. Y otro dijo: “Compré cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego que me des por excusado”. Otro dijo: “Acabo de casarme, y por eso no puedo ir”. Regresó el siervo y contó esto a su señor: Entonces, irritado el amo de la casa, dijo al siervo: “Sal ahora mismo a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a los pobres, a los tullidos, a los ciegos, a los cojos”. Y el siervo dijo: “Señor, se ha hecho lo que has mandado, y todavía hay sitio”. Entonces dijo el señor a su siervo: “Sal a los caminos y a los cercados y obliga a entrar, para que se llene mi casa” (Lc 14,16-23). ¡Al cielo, aunque sea a empujones del ángel!
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe que Cristo es su modelo, que el caminar de Jesús son los pasos a seguir, que Dios es Padre, todopoderoso y providente, y que el Espíritu Santo, el amor del amor de Dios que es amor, es nuestro defensor y consejero. El cristiano se anima en las adversidades, ante las necesidades, en los cansancios de la vida ordinaria recordando palabras del Evangelio: “Así pues, yo os digo: pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe; el que busca encuentra; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pez, en lugar de un pez le da una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le da un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lc 11,9-13)
Conviene recordar qué pedir y cómo pedir: “Codiciáis y no tenéis, matáis y tenéis envidia, y no podéis conseguir nada: lucháis y os hacéis la guerra. No tenéis porque no pedís. Pedís y no obtenéis, porque pedís mal, para derrochar en vuestros placeres” (St 4,2-3).
Y también conviene tener presente la experiencia apostólica en el segundo anuncio de la Pasión: “Y les decía: - El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán, y después de muerto resucitará a los tres días. Pero ellos no entendían sus palabras y temían preguntarle. Y llegaron a Cafarnaún. Estando ya en casa les preguntó: - ¿De qué hablabais por el camino? Pero ellos callaban porque en el camino habían discutido entre sí sobre quien sería el mayor. Entonces se sentó y, llamando a los doce, les dijo: Si alguno quieres ser el primero, que se haga el último y el servidor de todos” (Mc 9, 30-35). Una escena parecida se produce tras el tercer anuncio de la Pasión: “Iban de camino a Jerusalén. Jesús los precedía y ellos estaban sorprendidos: los que lo seguían tenían miedo. Tomó de nuevo a los doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder: - Mirad subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles; se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero después de tres días resucitará. Entonces se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, diciéndole: - Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedir. Él les dijo: - ¿Qué queréis que os haga? Y ellos contestaron: - Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria…” (Mc 10,35-37). Con igual final: “y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos” (Mc 10,44)
Como niños. Con el abandono de los niños, con la confianza de los niños cuando le piden algo a su padre, cuando se refugian en el abrazo de su madre. “Dejad que los niños vengan conmigo, y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios. En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él” (Mc 10,14-15). “Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial” (Mt 18,10). “Dios quiere que me abandone como un niño que no se preocupa de lo que harán con él” (santa Teresa del Niño Jesús, “Últimas conversaciones”, 15 VI)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano se sabe amado de Dios que es Amor. Vive cada momento sabiendo que Dios está con él, que todo lo suyo interesa a Dios y que, en todo, Dios procura lo mejor para él: “Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios” (Rm 8,28). El cristiano puede dejar que su corazón se desborde exclamando: “Omnia in bonum!”, ¡Todo es para bien!, porque sabe que Dios está con él en la tarea ordinaria de cada día, en lo pequeño y en lo grande, en los éxitos y en los fracasos, en la salud y en la enfermedad. “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? (Rm 8,31). “En todas estas cosas vencemos con creces gracias a aquel que nos amó” (Rm 8,37). Porque nada “podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,39)
El cristiano se anima y recobra fuerzas para hacer alegre el camino hacia el cielo recordando momentos evangélicos de alegría: “Volvieron los setenta y dos llenos de alegría diciendo: - Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre. - Él les dijo: -Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo… Pero no so alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo” (Lc 10,18 y 20). Y en el corazón del cristiano resuenan textos del Apocalipsis:
- “Al que venza le daré del maná escondido; le daré también una piedrecita blanca y escrito en la piedrecita un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe” (Ap 2,17)
- “El vencedor será revestido con vestiduras blancas y no borraré su nombre del libro de la vida; confesaré su nombre en la presencia de mi Padre y delante de los ángeles” (Ap 3,5). “A todo aquel que me confiese delante de los hombres, también el hijo del hombre le confesará delante de los ángeles de Dios” (Lc 12,8)
- “Al que venza le haré columna en el templo de mi Dios, y no saldrá fuera nunca más, escribiré sobre él el nombre de mi Dios, el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén que desciendo del cielo desde mi Dios, y mi nombre nuevo” (Ap 3,12)
- “Ésta es la morada de Dios con los hombres: Habitará con ellos y ellos serán su pueblo, y Dios habitando realmente en medio de ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos; y no habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior ya pasó.” (Ap 21,3-4). “El que venza heredará estas cosas, y yo seré para él Dios, y él será para mí hijo” (Ap. 21.7)
El cristiano vive la alegría de la fe, porque cree que Dios que es Padre, lo ama; la alegría de la esperanza, porque sabe que Dios, que es Espíritu Santo, lo espera; la alegría de la caridad, porque vive junto a Jesús que está siempre a su lado. No olvida sus palabras: “Así pues, también vosotros ahora os entristecéis, pero os volveré a ver y se os alegrará el corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada. En verdad, en verdad os digo: si le pedís al Padre algo en mi nombre, os lo concederá. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedir y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa” (Jn 16,22-24)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe que su vida es un camino que, si quiere llegar al cielo, debe recorrer mirando las pisadas de Cristo y siguiéndolas sin abandonarlas, sin descanso y sin cansancio, y retomando el camino si tropieza y cae, animoso porque sabe que no está solo. Le acompañan y ayudan muchos otros que siguen el mismo camino, le animan los santos del cielo, está a su lado su ángel de la guarda. La Madre de Dios que es madre nuestra, le aconseja, camina con él, canta con él y le consuela cuando es preciso. Y, Jesús, el buen pastor, si es necesario, nos coge en brazos y camina con nosotros hasta que podemos valernos para seguir por nuestro pie. Y así, ¡hasta el cielo!
- Negarse a uno mismo. Acallar y aherrojar el “yo”. “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga” (Lc 9,23). “Y el que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,27). “En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, hermanos o hermanas, madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, que no reciba en este mundo cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y en el siglo venidero, la vida eterna. Porque muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros” (Mc 10,29-31)
- Humildad. “Cuando alguien te invite a una boda, no vayas a ponerte en el primer puesto, no sea que otro más distinguido que tú haya sido invitado por él y, al llegar el que os invitó a ti y al otro, te diga: “Cédele el sitio a éste”, y entonces empieces a buscar, lleno de vergüenza, el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a ocupar el último lugar para que cuando llegue el que te invitó te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy honrado, ante los comensales. Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla serán ensalzado” (Lc 14,8-11). “Pues igual vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decir: “Somos unos siervos inútiles, no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer” (Lc 17,10)
- Fidelidad. “Quien es fiel en lo poco también es fiel en lo mucho; y quien es injusto en lo poco también es injusto en lo mucho… Ningún criado puede servir a dos señores, porque o tendrá odio a uno y amor a otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo; no podéis servir a Dios ya las riquezas” (Lc 16,10.13)
- Y siempre confiados, porque Dios es misericordioso y Jesucristo intercede por nosotros: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña y fue a buscar en ella fruto y no lo encontró. Entonces le dijo al viñador: “Mira, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera sin encontrarlo; córtala, ¿para qué va a ocupar terreno en balde? Pero él le dijo: “Señor, déjala también este año hasta que cave a su alrededor y eche estiércol, por si produce fruto; si no, ya la cortarás” (Lc 13,6-9).
Hoy, ahora, es tiempo de aprovechar la ocasión. Hay que recordar una y otra vez, siempre, la parábola del hijo pródigo: “Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre … Cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos” (Lc 15,20). ¡Dios con nosotros!
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano se sabe caminante hacia el cielo. Sabe que la vida en la tierra es una estancia pasajera. “Que no queramos regalos, hijas; bien estamos aquí; todo es una noche la mala posada” (santa Teresa de Jesús, “Camino de perfección”, cap.90). El cristiano que se sabe amado por Dios y que procura amarle, camina en confianza: “…porque será gran cosa a la hora de la muerte ver que vamos a ser juzgadas de quien habemos amado sobre todas las cosas. Seguras podremos ir con el pleito de nuestras deudas; no será ir a tierra extraña, sino propia, pues a la de quien tanto amamos y nos ama” (ibidem).
“Veis que somos viandantes. Preguntáis: “¿Qué significa caminar?” Os respondo en pocas palabras: “Avanzar, no sea que por no entenderlo caminéis con mayor pereza”. Avanzad, hermanos míos; examinaos continuamente sin engañaros, sin adularos ni pasaros la mano. Nadie hay contigo en tu interior ante el que te avergüences o te jactes. Allí hay alguien, pero uno al que le agrada la humildad; sea él quien te ponga a prueba. Ponte a prueba también tú mismo. Desagrádete siempre lo que eres si quieres llegar a lo que aún no eres, pues donde hallaste complacencia en ti, allí te quedaste. Mas si has dicho: “Es suficiente”, también pereciste. Añade siempre algo, camina continuamente, avanza sin parar; no te pares en el camino, no retrocedas, no te desvíes. Quien no avanza, queda parado; quien vuelve a las cosas de las que se había alejado, retrocede; quien apostata, se desvía. Mejor va un cojo por el camino que un corredor fuera de él. Vueltos al Señor…” (san Agustín, sermón 169)
Caminante confiado, porque el cristiano sabe bien del amor de Dios por él. Como escribe san Pablo: “Os vivificó con él y perdonó gratuitamente todos vuestros delitos, al borrar el pliego de cargos que nos era adverso, y que canceló clavándolo en la cruz” (Col 2,14). Y san Pedro: “Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros” (1P 5,7)
Caminante advertido es el cristiano porque sabe que Dios conoce nuestros corazones. “Conozco tus obras, que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Y, así, porque eres tibio, y no caliente ni frío, voy a vomitarte de mi boca. Porque dices: Soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad; y no sabes que eres un desdichado y miserable, pobre, ciego y desnudo… Yo, a cuantos amo, los reprendo y castigo. Por tanto, ten celo y arrepiéntete. Mira, estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo” (Ap 3,15-17 y19-20)
Camino del cristiano, camino de amor: “Me dices que sí, que quieres. - Bien, pero ¿quieres como un avaro quiere su oro, como una madre quiere a su hijo, como un ambicioso quiere los honores o como un probrecito sensual su placer? - ¿No? – Entonces, no quieres” (Camino nº 316).
Camino de cristiano agradecido. “Jesús le preguntó: - Qué quieres que te haga? – Rabboni, que vea – le respondió el ciego. Entonces Jesús le dijo: - Anda, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista. Y le seguía por el camino” (Mc 10,51-52)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano debe vivir en la alegría de saberse hijo de Dios: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1 Jn 3,1). Alegría porque sabemos que Dios nos tiene preparado el cielo para estar con Él para siempre: “Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya os prepararé sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros” (Jn 14,1-4). “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con Él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún resucitó y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros? (Rm 8,31-34)
La fe del cristiano, que cree y siente el amor de Dios, fundamenta una sólida esperanza. “Sabemos que quien resucitó al Señor Jesús también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros. Todo es para vuestro bien… Aunque nuestro hombre exterior se vaya deshaciendo, nuestro interior se renueva día a día. Y una tribulación pasajera y liviana produce un inmenso e incalculable tesoro de gloria. No nos fijamos en lo que se ve. Lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno” (2 Co 4,14. 16-18). Las palabras de Job son tan crudas, como animosas: “Yo sé que está vivo mi redentor, y que al final se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios; yo mismo lo veré, y no otro, mis propios ojos lo verán” (Jb 19, 26-27). “Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor” (salmo 26,13-14)
- Para mantener la alegría espiritual puede ser un buen consejo leer el “Decálogo de la Serenidad” de san Juan XXIII: “1. Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente el día, sin querer resolver el problema de mi vida todo de una vez… 2. Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie, sino a mi mismo… 3. Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en éste también… 4. Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos… 5. Sólo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiempo a una buena lectura: recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma… 6. Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie… 7. Sólo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere… 8. Sólo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión… 9. Sólo por hoy creeré firmemente -aunque las circunstancias demuestren los contario- que la buena providencia de Dios se ocupa de mi como si nadie existiera en el mundo… 10. Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello de creer en la bondad”. Siempre: “In pauca fidelis”.
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe que la vida corriente, la de cada día, no suele deparar situaciones extraordinarias. Cada día puede ser un día como los demás, con las mismas tareas, cerca de las mismas personas, en similares circunstancias, según el mismo programa desde despertar y levantarse hasta acostarse y conciliar el sueño. Cada día ofrece alguna satisfacción y algún disgusto; es posible que en algún momento del día nazca una ilusión, un proyecto; es frecuente, también, que surjan preocupaciones, motivos de inquietud. Pequeñas alegrías, penas que parecen grandes. Lo que sale bien, lo que acaba mal. Pero el cristiano puede y debe hacer de cada día, de cada instante de cada día, algo asombroso, porque puede llenarse de alegría al saber que Dios, ¡nada menos que Dios!, está con él, junto a él, trabajando con él.
El cristiano descubre, continuamente, a Dios en la tarea ordinaria, en la cercanía familiar, en el compañero de trabajo, en el amigo y en el que no quiere serlo. ¡Todo es para bien!, “Omnia in bonum!” (Rm 8,28); no es un consuelo, es la seguridad de que Dios quiere lo mejor para mí y de que Él sabe mejor que yo lo que me conviene, aunque sea cansancio, fracaso, desengaño. “Porque todo es para vuestro bien, a fin de que la gracia, multiplicada a través de muchos, haga abundar la acción de gracias para la gloria de Dios. Por eso no desfallecemos; al contrario, aunque nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a día. Porque la leve tribulación de un instante se convierte para nosotros, incomparablemente, en una gloria eterna y consistente” (2 Co 4,15-17)
- En la relación con todos: “No te dejes vencer por el mal, al contrario, vence el mal con el bien” (Rm 12,21). “No os canséis de hacer el bien” (2 Tes 3,13). “La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera todo lo soporta” (1 Co 13,4-7)
- En el comportamiento habitual: “Que desaparezca de vosotros toda amargura, ira, indignación, griterío o blasfemia y cualquier clase de malicia. Sed, por el contrario, benévolos unos con otros, compasivos, perdonándoos mutuamente como Dios os perdonó en Cristo” (Ef 4,31-32). “Alegraos siempre en el Señor, os lo repito, alegraos. Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca. No os preocupéis por nada; al contrario, en toda oración y súplica presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias. Y la paz de Dios que supera todo entendimiento custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Flp 4,4-7). “Estad siempre alegres. Orad sin cesar. Dad gracias por todo, porque eso es lo que Dios quiere de vosotros en Cristo Jesús” (1 Tes 5,16-18)
- Cerca de nuestra Madre: “Y, como faltó vino, la madre de Jesús le dijo: – No tienen vino. Jesús le respondió: - Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora. Dijo su madre a los sirvientes: - Haced lo que él os diga” (Jn 2,3-5). “Después le dice al discípulo: - Aquí tienes a tu madre” (Jn 19,27). ¡La Madre de Dios es mi madre!
JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO
Cristo Rey del Universo. Última semana del año litúrgico. El cristiano aprovecha la solemnidad para repasar textos evangélicos y para meditar sobre ellos. También es ocasión apropiada para recordar que proclamamos como Rey a Cristo en nuestras oraciones habituales. Entre todas, la primera, el “Padrenuestro”, la oración que Jesús nos enseñó y que, en una de sus siete peticiones, dice: “Venga a nosotros tu Reino”. Y, casi de inmediato, viene a la cabeza aquel aviso progresivo: “El Reino de los Cielos está al llegar” (Mt 4,17 y 10,7), “El reino de Dios ha llegado a vosotros” (Mt 12,28), “El Reino de Dios está ya en medio de vosotros” (Lc 17,21). Con esta doble referencia, a Cristo, Rey del Universo y al Reino de Dios, de los Cielos, podemos hacer del hoy el futuro al que aspiramos: “En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria…” (san Josemaría, “Amar al mundo apasionadamente”)
- Consejos de santidad. “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los cielos… Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia porque suyo es el Reino de los Cielos” (Mt 5,3.10). Sobre los mandamientos: “El que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos” (Mt 5,19), “En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos: Pues todo el que es humilde como este niño, ése es el mayo en el Reino de los cielos” (Mt 18,2-4). Amor al Papa: “Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos” (Mt 16,18-19)
- Santidad en la vida ordinaria. “A todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón” (Mt 13,19). “El Reino de los Cielos es como un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo y se fue” (Mt 13,24-25). “El Reino de los Cielos es como un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo; es, sin duda, la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la mayor de las hortalizas” (Mt 13,31-32). “El Reino de los Cielos es como la levadura que tomó una mujer y la mezcló en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo (Mt 13,33). “El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, en su alegría, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo” (Mt 13,44). “Asimismo, el Reino de los Cielos es como un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende cuanto tiene y la compra” (Mt 13, 45-46). “Asimismo, el Reino de los Cielos es como una reda barredera que se echa en el mar y recoge toda clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo” (Mt 13,47-48). “El Reino de los Cielos es como un hombre dueño de una propiedad que salió al amanecer a contratar obreros para su viña” (Mt 20,1). El Reino de los Cielos es como un hombre que celebró las bodas de su hijo” (Mt 22,2). El Reino de los Cielos será como diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron a recibir el esposo” (Mt 25,1). Y esto sólo con textos de Mateo. Cada uno un asunto para meditar.