DE UN CRISTIANO
(2021-2022)
SUMARIO
1) Adviento
2) Adviento
3) Adviento
4) Adviento
5) Navidad
6) Tiempo Ordinario
7) Cuaresma
8) Semana Santa
9) Pascua de Resurrección
10) Ascensión del Señor
11) Pentecostés
12) Santísima Trinidad
13) Corpus Christi
14) Tiempo Ordinario
15) Agosto: Textos bíblicos (1): la viuda de Sarepta
16) Agosto: Textos bíblicos (2): el Dios verdadero
17) Agosto: Textos bíblicos (3): Elías y Dios
18) Agosto: Textos bíblicos (4): la viña de Nabot
19) Tiempo Ordinario
20) Jesucristo, Rey del Universo
REFLEXIONES
ADVIENTO
Adviento. Tiempo de esperanza. Los cristianos viven el
misterio de la Encarnación como la expresión del amor del Amor, el mayor amor
porque Dios es amor. Y así se recuerda con himnos de hace diez siglos: “Vox
clara ecce intonat, obscura quaeque increpat: procul fugentur somnia; ab aethre
Chiristus promicat”. “Escuchad cómo resuena la voz clara que pone en fuga las
tinieblas: que se retiran deprisa los sueños; ya brilla Cristo en las almas.
¡Álzate, alma dormida! Que yaces enredada en tus culpas; porque ya reluce la
nueva estrella, para espantar con su fulgor todo pecado. Desde el Cielo es
enviado el Cordero, para saldar gratuitamente la deuda; nosotros, entre voces y
llantos, imploremos su misericordia. Para que cuando vuelva por segunda vez y
el mundo se vea ceñido por el temor, no nos castigue según nuestros delitos,
sino que nos acoja en su inmensa piedad. Al Padre omnipotente, la gloria, a su
Unigénito, la victoria, y al espíritu santo, la alabanza, por los siglos de los
siglos. Amén” (Himno “Vox clara” de autor desconocido, compuesto antes del
siglo XI).
El Adviento sitúa en pasajes evangélicos entrañables.
El Adviento de María, Madre de Dios y Madre nuestra, empezó nueva meses antes
de Navidad: “La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba
desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había
concebido en su seno por obra del Espíritu Santo” (Mt 1,18). También san José,
nuestro padre y señor, vivió por aquellos días el principio de su Adviento:
“José su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó
repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se
le apareció en sueños y le dijo: -José, hijo de David, no temas recibir a
María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido, es obra del Espíritu
Santo. Dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Jesús porque él salvará a su
pueblo de sus pecados” (Mt 1,19). Y año más, año menos, hubo un Adviento para
los Magos: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella
en el Oriente y hemos venido a adorarle” (Mt 2,2). Años de esperanza, su propio
Adviento, vivió el anciano Simeón: “Había recibido la revelación del Espíritu
santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. Así, vino al Templo
movido por el Espíritu. Y al entrar los padres con el niño Jesús, ara cumplir
lo que prescribía la Ley sobre él, lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios,
diciendo…” (Lc 2,26-27). También la profetisa Ana, de edad muy avanzada que no
se apartaba del Templo, sirviendo con ayunos y oraciones día y noche: “Y
llegando en aquel mismo momento, alababa a Dios y hablaba a él a todos” (Lc
2,38). Tiempo de Adviento: tiempo de escucha de la palabra de Dios, tiempo de
hacer lo que nos dice, tiempo de abrazar al Niño, de hablar de Jesús a todos,
tiempo de oración y sacrificio.
El Adviento de cada uno, la esperanza del caminar
hasta que lleguemos al cielo, se vive continuadamente hasta el final, como
escuchó el malhechor crucificado junto a Jesús en el Calvario: “- Jesús,
acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Y le respondió: -En verdad te digo:
hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc 23,42-43). Para todos nosotros las
puertas del cielo están abiertas desde entonces, por las propias palabras de
Jesús: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Con Dios,
que es amor, todo es esperanza, toda la vida es un Adviento. Es un camino que
debemos recorrer con alegría.
ADVIENTO
El Adviento es un camino hacia la Navidad, un camino
hacia el cielo. El Evangelio ayuda a caminar junto María y José con Jesús. “Por
aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de
Judá, y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el
saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu
Santo” (Lc 1, 39-41). “José, como era de la casa y familia de David, subió
desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David, llamada Belén, en
Judea, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y cuando
ellos se encontraban allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo
primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había
lugar para ellos en el aposento” (Lc 2,4-7). “Cuando se marcharon, un ángel del
señor se le apareció en sueños a José y le dijo: - Levántate, tomo al niño y a
su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va
a buscar al niño para matarlo. Él se levantó, tomó de noche al niño y a su
madre y huyó a Egipto” (Mt 2, 13-14). “Muerto Herodes, un ángel del Señor se le
apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: - Levántate, toma al niño y a su
madre y vete a la tierra de Israel; porque ha muerto ya los que atentaban
contra la vida del niño. Se levantó, tomó al niño y a su madre y vino a la
tierra de Israel. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su
padre Herodes, temió ir allá; y avisado en sueños marchó a la región de
Galilea. Y se fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret” (Mt 2,19-23). “Sus
padres iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Y cuando
tuvo doce años, subieron a la fiesta como era costumbre … Bajó con ellos, vino
a Nazaret y les estaba sujeto (Lc 2, 41-42.51).
Caminando con Jesús en el Adviento de la Pasión. “Y
cuando iba a cumplirse el tiempo de su partida, Jesús decidió firmemente
marchar hacia Jerusalén” (Lc 9,51). “Cuando
subía Jesús camino de Jerusalén tomó aparte a sus doce
discípulos y les dijo: - Mirad, subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será
entregado a los príncipes de los sacerdotes ya los escribas, le condenarán a
muerte, y le entregarán a los gentiles para burlarse de él y crucificarlo, pero
al tercer día resucitará (Mt 20,17-19; Lc 18,31-33). “Dicho esto, caminaba
delante de ellos subiendo a Jerusalén” (Lc 19,28). “Los que habían prendido a Jesús le
condijeron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los
escribas y los ancianos” (Mt 26,57). Al llegar el amanecer, todos los príncipes
de los sacerdotes y los ancianos del pueblo se pusieron de acuerdo contra Jesús
para darle muerte. Y atándolo lo llevaron y lo entregaron al procurador Pilato”
(Mt 27,1-2). “Cuando salían encontraron a un hombre de Cirene que se llamaba
Simón, y le forzaron a que llevara la cruz. Llegaron al lugar llamado Gólgota,
es decir, lugar de la Calavera” (Mt 27,32-33)
Caminado con Jesucristo en la Resurrección: “Ese mismo
día, dos de ellos se dirigían a una aldea llamada Emaús, que distaba de
Jerusalén sesenta estadios… Mientras comentaban y discutían, el propio Jesús se
acercó y se puso a caminar con ellos, aunque sus ojos eran incapaces de
reconocerle… Él hizo ademán de continuar adelante, pero le retuvieron
diciéndole: Quédate con nosotros porque se hace tarde y está anocheciendo y
entró para quedarse con ellos…” (Lc 24,13-16. 28-29). Con Jesús: Adviento del
cielo.
ADVIENTO
Adviento. Domingo “Gaudete”. El cristiano se recrea en
la antífona de entrada: “Gaudete in Domino semper; iterum dico, gaudete.
Dominus enim prope est”. “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, estad
alegres. El Señor está cerca” (Flp 4,4). Los cristianos dicen en su corazón la
Oración colecta: “Estás viendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe la fiesta
del nacimiento de tu Hijo; concédenos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y
salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante”. En el ciclo C la
lectura de la profecía de Sofonías (So 3) empieza también así: “Regocíjate,
hija de Sión, grita de júbilo, Israel, alégrate y gózate de todo corazón,
Jerusalén”. El texto del salmo responsorial se toma de Isaías: “El Señor es mi Dios
y salvador, confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, él
fue mi salvación” (Is 12,2). Y la segunda lectura se toma de la epístola a los
Filipenses donde se puede leer: “Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión,
en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean
presentadas a Dios” (Flp 4,6)
Los cristianos viven el Adviento de la Navidad como se
recorre el camino hacia el cielo. Conscientes de lo que se hace, de lo que se
debe hacer; confiados en la compañía de los ángeles y de los santos; seguros de
la mirada de Dios, en la mano atenta de Jesús para evitar que caigamos, llenos
del Amor y de la Esperanza que el Espíritu Santo derrama en los corazones; con
la Virgen, nuestra Madre y con san José, que sabe mucho de caminos, de idas y
de huidas, de elegir el buen destino y de trabajar siempre y bien.
- Adivinando la sonrisa de Dios en Jesús: “Volvieron
los setenta y dos llenos de alegría diciendo: - Señor, hasta los demonios se
nos someten en tu nombre. Él les dijo: Veía yo a Satanás caer del cielo como un
rayo. Mirad, os he dado potestad para aplastar serpientes y escorpiones y sobre
cualquier poder del enemigo, de manera que nada podrá haceros daños. Pero no os
alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros
nombres están escritos en el cielo” (Lc 10,17-20)
- Recordando palabras de la alegría de Jesús “Como el
Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Si guardáis mis
mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de
mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto para que mi alegría esté en
vosotros y vuestra alegría sea completa” (Jn 15,9-11). “Padre Santo, guarda en
tu nombre a aquéllos que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando
estaba con ellos yo los guardaba en tu nombre. He guardado a los que me diste y
ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición para que se
cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a Ti y digo estas cosas en el mundo para
que tengan mi alegría completa en sí mismos” (Jn 17,11-13). “Padre, quiero que
donde yo estoy también estén conmigo los que Tú me has confiado, para que vean
mi gloria, la que me has dado porque me amaste antes de la creación del mundo”
(Jn 17, 24)
Adviento camino de Navidad. “Al ver la estrella se
llenaron de inmensa alegría. Y entrando en la casa vieron al Niño con María, su
madre, y postrándose le adoraron” (Mt 2,10-11)
ADVIENTO
Adviento. Es el final del camino hasta Belén, hasta el
cielo, hasta ver al Niño Jesús y a María y a José. El corazón se adelanta a los
pasos, la imaginación vive anticipadamente el saludo a la Familia, el beso al
Niño, el cantarle bajito cuánto le queremos. Es un canto aprendido de cuando
éramos niños: “Ay del chiquirritín metidito entre pajas … No me hagas
pucheritos, ay Niño querido, que con solo mirarte me has convencido”. Montando
el belén, a solas ya montado y sin poner aún al Niño en el pesebre, le decimos:
“Con solo mirarte me has convertido” y saltan las lágrimas porque aún falta
conversión.
Tiempo de hacer preguntas, de preguntarnos a nosotros
mismos, de responder a Jesús que nos pregunta. El cristiano busca y sigue las
palabras de Jesús en el Evangelio. Desde la primera transcrita: “Suponiendo que
iba en la caravana, hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y
conocidos, y, al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en su busca. Y al cabo
de tres días lo encontraron en el Templo… Al verlo se maravillaron y le dijo su
madre: - Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo,
angustiados, te buscábamos. Y él les dijo: - ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais
que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre? (Lc 2,44-45.48-49). Sus
padres, María y José, no comprendieron lo que les dijo, pero su madre guardaba
todas estas cosas en su corazón. Y en el corazón del cristiano se agolpan los
deseos de buscar a Jesús, la alegría de encontrarlo y de pedirle que nos ayude
a no perder su cercanía a seguirle continuamente toda la vida; y el dolor de
amor y el arrepentimiento y la inquietud por nuestra debilidad. Y la esperanza.
“Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni
los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni
la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del
amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,38-39)
“Al día siguiente estaban allí de nuevo Juan y dos de
sus discípulos y fijándose en Jesús que pasaba, dijo: - Este es el Cordero de
Dios. Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús. Se volvió
Jesús y, viendo que le seguían, les preguntó: - ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron:
Rabbí -que significa Maestro- ¿dónde vives? Les respondió: - Venid y veréis.
Fueron y vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la
hora décima” (Jn 1,35-39). El cristiano no olvida las palabras y repite en su
corazón: Fueron, vieron y se quedaron. Y el alma se promete que irá siempre
junto a Jesús por el camino de esta vida; y que frecuentará las visitas al
Sagrario y las comuniones espirituales durante el día cuando no sea posible
acercarse al Templo; y que se quedará todo día mirando a Jesús, escuchándole,
queriéndole y metiéndose y llenándose del amor del Amor.
Repetimos la oración aprendida de niño: “… ¡Oh mi buen
Jesús, óyeme. Dentro de tus llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de Ti.
Del enemigo malo defiéndeme. En la hora de mi muerte llámame; y mándame ir a Ti
para que con tus santos te alabe por los siglos de los siglos”. Como en la
oración en la misa antes de la comunión: “Fac me tuis semper inhaerere mandatis
et a te nunquam separari permittas”. Y, si nos parece que Él se va a alejar,
sacamos del recuerdo las palabras que le detienen: “Quédate con nosotros,
porque se hace tarde y está ya anocheciendo” (Lc 24,29).
NAVIDAD
La Navidad es tiempo de paz y amor, porque no pueden
ser otros los sentimientos de quien mira con ternura al Niño, que es Dios,
envuelto en pañales y recostado en un pesebre, y a su lado, la Virgen María,
que es Madre de Dios y Madre nuestra, de todos y cada uno, y con san José, “a
quien le fue concedido no sólo ver y oír a Dios, sino también abrazarlo,
besarlo, vestirlo y custodiarlo”, como dice la conocida oración. Las frecuentes
visitas al belén mantienen el alma saturada del amor de Dios y rebosante del
amor a Dios que aprovecha a todos.
Aunque es texto bíblico habitual en estas fechas el
poético pasaje del libro de la Sabiduría: “Cuando un sereno silencio lo
envolvía todo y la noche estaba a la mitad de su curso, tu omnipotente Palabra,
desde el cielo” (Sb 18,14) y es inevitable quedarse ahí, los cristianos
encuentran otros pasajes que traen palabras de ternura: “Mirad, el Señor Dios
viene con poder, y su brazo lo somete todo. Mirad que trae su recompensa, y su
premio va por delante. Apacienta su rebaño como un pastor, lo congrega con su
brazo, lleva los corderillos en su regazo, y conduce con cuidado a las que
están criando” (Is 40,10-11). “No temas, que te he redimido y te he llamado por
tu nombre, tú eres mío” (Is 43,1). “Yo, yo soy quien borra tus delitos por Mi
mismo, y no recordaré tus pecados” (Is 43,25). “Hasta vuestra vejez Yo seré el
mismo, hasta la canicie Yo os soportaré: Yo os hice y Yo os llevaré, Yo os
llevaré y salvaré” (Is 46,4)
Y, en esos amorosos diálogos ante el belén, del
cristiano con el Niño Jesús, cada uno sigue recordando preguntas de Jesús: “Al
tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea y asistía la madre de Jesús.
Fue también invitado Jesús con sus discípulos al banquete. Y como faltase el
vino, dice a Jesús su madre: - No tienen vino. Y Jesús le responde: ¿Qué nos va
a mí y a ti, mujer? Todavía no ha llegado mi hora. Dice su madre a los
sirvientes: - Haced lo que él os diga…” (Jn 2,1-5). Mucho se ha considerado y
escrito sobre este pasaje y las palabras que se dijeron, pero el cristiano
corriente, el sencillo seguidor de Jesucristo se detiene en lo evidente: María
está atenta a nuestras necesidades y nada la detiene cuando tiene que
interceder por nosotros ante Jesús. “Madre quiere decir amor, cariño,
preocupación por sus hijos, miradas dulces, tiernas caricias, sacrificios sin
cuenta para nosotros”, dice la sabatina aprendida en el colegio hace setenta
años”. Y Jesús no le niega nada a su Madre, que también es Madre nuestra.
¿Y la hora? El cristiano recuerda otros pasajes: “Mi
tiempo aún no ha llegado, pero vuestro tiempo siempre está a punto. El mundo no
puede odiaros, pero a mí me odia porque doy testimonio de él, de que sus obras
son malas. Vosotros subid a la fiesta yo no subo a esta fiesta porque mi tiempo
aún no se ha cumplido” (Jn 7,6-8). También: “Intentaban detenerle, pero nadie
le puso las manos encima porque aún no había llegado su hora” (Jn 7,30). Y
también: “Jesús, después de pronunciar estas palabras, elevó sus ojos al cielo
y dijo: - Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te
glorifique” (Jn 17,1). Y cerca del final: “La víspera de la fiesta de Pascua,
como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre,
habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn
13,1). Dios es amor.
NAVIDAD
Navidad. Mirando el belén, en la intimidad del hogar
familiar, en la oración sin romper el silencio, la ternura derrama amor a la
Sagrada Familia y llena de caricias y piropos al Niño Jesús. Es inevitable la
sonrisa cuando, mirándolo tan pequeño en el pesebre, se recuerda las palabras
de aquella niña que veía por primera vez a su hermanito recién nacido, aún en
brazos de su madre y oyendo todo lo que decían los familiares: “Pero, si no
hace nada”. Tan pequeño, no habla, no juega… ¡Es Dios! Es la alegría de la fe.
Mirando al Niño Jesús en el belén se hacen las mejores
confidencias; sale, brota, de lo profundo del alma lo que cuesta sacar en los
exámenes de conciencia. Y se hacen preguntas que en otras circunstancias se
escapan antes de contestarlas; y se encuentra fundamento a lo que parecía no
tenerlo: es que ¡Jesús es mi hermano!, al que no necesito contarle nada porque
lo adivina con sólo mirarme, al que tengo como cómplice porque sé que lo
comprende todo, lo perdona todo. Y así, el cristiano, con esas palabras que la
memoria trae de los recuerdos, se recrea en textos que le llevan de la fe a la
esperanza y a la seguridad del amor de Dios.
- Señor, Tú me sondeas y me conoces. Me conoces cuando
me acuesto y me levanto. De lejos penetras mis pensamientos… No ha llegado la
palabra a mi boca y ya Señor, te la sabes toda…” (salmo 139, 1-2.4). “Y, puesto
que sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el espíritu de su Hijo, que
clama: “¡Abbá, Padre!”. De manera que ya no eres siervo, sino hijo; y, como
eres hijo, también heredero por la gracia de Dios” (Ga 4,6-7). “Pues el
Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de
Dios. Y si somos hijos, también herederos de Dios, coherederos de Cristo…” (Rm
8,16-17). “Porque a los que de antemano eligió, también predestinó para que
lleguen a ser conformes con la imagen de su Hijo, a fin de que él sea
primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8,29). “La caridad es paciente, la
caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta; no es
ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se
alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree;
todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 4-7).
El cristiano, atento a las preguntas de Jesús,
recuerda y medita las que están en el Evangelio. Nicodemo vino de noche y, en
la conversación, le preguntó Jesús: “¿Tú eres maestro de la Israel y no conoces
estas cosas? En verdad, en verdad te digo que hablamos lo que sabemos y damos
testimonio de lo que hemos visto, pero no recibís el testimonio nuestro. Si os
he hablado cosas de la tierra y no creéis ¿Cómo creeréis si os hablare cosas
del cielo? …” (Jn 3,10-12). Y, meditando esas palabras el cristiano recuerda el
origen de esa cuestión: “Quien no naciere de nuevo, no puede ver el reino de
Dios” (Jn 3,3). Y, como Nicodemo, nos preguntamos cómo nacer de nuevo con
nuestra experiencia vital, con nuestras debilidades y nuestras caídas. Y se
agolpan en el alma los recuerdos: “Os vivificó con él y perdonó gratuitamente
todos vuestros delitos, al borrar el pliego de cargos que nos era adverso y que
canceló clavándolo en la cruz” (Col 2,13-14). “No ruego sólo por éstos, sino
por los que van a creer en mí por su palabra… Padre, quiero que donde yo estoy
también estén conmigo los que Tú me has confiado … Para que el amor con que Tú
me amas esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17,20.24.26)
NAVIDAD
Con el Bautismo del Señor litúrgicamente se acaba el
tiempo de Navidad. Ha sido un tiempo intenso, lleno de amor de Dios. Con el
Niño hemos vivido el Nacimiento, la visita de los pastores y de los magos de
Oriente, la presentación en el Templo. Hemos visto crecer al Niño, en Egipto y
de regreso a Nazaret, subiendo anualmente a Jerusalén con sus padres, con María
y José, y el día del susto, cuando Jesús no se fue con la caravana y lo
buscaron tres días angustiados hasta que lo encontraron. Y, algunos, hemos
vivido la despedida, cuando Jesús bajó al Jordán para recibir el bautismo de
Juan, su pariente. María, también nuestra Madre, guardaba todo en su corazón.
Todo tan sencillo de contar, tan complicado como la vida misma, la de todos,
tan lleno de momentos, porque el tiempo es un continuo hasta entrar en la
eternidad, que es un presente sin principio, sin intermedio y sin final. “Para
siempre, para siempre”, como repetía santa Teresa de Jesús, saliendo por la
puerta del río Adaja, con su hermano Rodrigo, para ir a tierra de moros para que
los descabezaran y así morir (“Vida”, 1,5).
Para algunos, los Evangelios sitúan después del
coloquio con Nicodemo (Jn 3,1-21), la estancia de Jesús y sus discípulos en
Judea (Jn 3,22) hasta después del arresto de Juan, el Bautista, que fue cuando
Jesús se retiró a Galilea y, dejando Nazaret, habitó en Cafarnaún (Mt 4,12, Mc
1,14, Lc 4,14, Jn 4,1). En ese viaje se sitúa el coloquio con la samaritana, en
Sicar, junto al pozo de Jacob. Y en ese pasaje se encuentra una pregunta de
Jesús a sus discípulos cuando, al volver de la ciudad a la que habían ido a
comprar de comer, Él les dijo: “Yo tengo por comida un alimento que vosotros no
conocéis”. Ellos se preguntaban si alguien le habría traído de comer, pero
Jesús les dijo: mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y acabar
su obra. ¿No decís vosotros que todavía faltan cuatro meses mientras llega la
siega? Yo os digo: levantad los ojos y contemplad los campos que ya están
blancos para la siega ..,” (Jn 4,35). Son palabras que, de inmediato traen el
recuerdo de otras: “Y verán venir sl Hijo del hombre en una nube, con gran
poder y majestad (Mt 24,29, Mc 12,26, Lc 21,27). Cuando comiencen a suceder
estas cosas, animaos y levantad vuestras cabezas, porque se aproxima vuestra
redención” (Lc 21,27,28). Palabras para meditar: el tiempo de la siega, la
venida del Hijo del hombre, acabar la obra.
- Hacer la voluntad de Dios es el lema vital del
cristiano. “Mi doctrina no es mías, sino del que me ha enviado. Si alguno
quiere hacer su voluntad conocerá si mi doctrina es de Dios, o si yo hablo por
mí mismo” (Jn 7,17). “Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que
ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo le resucitaré en el último día”
(Jn 6,40). “No os amoldéis a este mundo, sino, por el contrario, transformaos
con una renovación de la mente, para que podáis discernir cuál es la voluntad
de Dios, qué es lo bueno, lo agradable y perfecto” (Rm 12.2). “Porque ésta es
la voluntad de Dios. vuestra santificación” (1 Tes 4,3). “Porque esta es la voluntad
de Dios: que, haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres
insensatos” (1 Pe 2,15). “Por tanto no seáis insensatos, sino entendidos de
cuál sea la voluntad del Señor” (Ef 5,17). “Dad gracias por todo porque eso es
lo Dios quiere de vosotros en Cristo Jesús” (1 Tes 5,18). Y rezar con devoción: “Hágase tu voluntad, en
la tierra, como se hace en el cielo”
TIEMPO ORDINARIO
“Hasta san Antón, Pascuas son”, dice el antiguo refrán
en la fiesta de san Antonio, abad. Como otro refrán dice: “Desde Navidad a san
Juan, medio año cabal”, por referencia a la festividad de san Juan bautista el
24 de junio. El cristiano, que hace días, desde el Bautismo del Señor, que está
caminando por la senda del Tiempo Ordinario, sin cambiar el paso, ni desviar la
mirada, agradece estas fiestas populares. Más aún en san Antón cuya celebración
se aprovecha para la bendición de los animales, con los que, en su presencia o
en su recuerdo, se mantienen vivos los afectos. Frases para meditar: “Ojalá
quieras -las quieres alcanzar- las virtudes del borrico: humilde, duro,
segurísimo en su paso, fuerte y -si tiene buen amo- agradecido y obediente”
(“Forja” 380)
- El cristiano, en el seguimiento de Cristo con el
Evangelio, encuentra y medita otra pregunta de Jesús: “Había allí un hombre
enfermo desde hacía treinta y ocho años. Lo vio Jesús tendido, y sabiendo que
llevaba enfermo mucho tiempo, le dijo: - ¿Quieres curarte? El enfermo le
respondió: - Señor no tengo una persona que cuando se agita el agua me eche en
la piscina; mientras yo me acerco, otro baja antes que yo. Dice Jesús: -
Levántate, toma tu camilla y camina” Y al momento quedó el hombre sano, tomó su
camilla y echó a andar” (Jn 5,5-9). Este pasaje tiene un principio y una
continuación. En ese principio se describe el lugar, la piscina llamada en
hebreo “Betzata”, en Jerusalén, la multitud de enfermos, ciegos, cojos,
paralíticos que esperaban el movimiento de las aguas creyendo que el primero en
entrar se curaba. En la continuación, los judíos dijeron al que había sido curado:
“Es sábado y no es lícito llevar la camilla”. Como la contestación fue: “- El
que me ha curado me dijo: Toma tu camilla y anda”, le preguntaron quien fue,
pero él no sabía quién era. Después, Jesús lo encuentra en el templo y le dice:
- Mira, estás curado. No peques más, para que no te suceda algo peor”. El
hombre se fue y dijo a los judíos que era Jesús el que le había curado (cf. Jn
5,9-16). Jesús, que te hagas el encontradizo, que me preguntes qué quiero, que
me vaya contigo.
- La memoria trae de inmediato otras situaciones con
detalles distintos o semejantes. Distintas, como la curación del paralítico en
Cafarnaúm cuando unos amigos lo llevaron hasta donde estaba Jesús y, al no
poder llegar hasta él por la muchedumbre, abrieron un hueco en el techo y por
él descolgaron al que yacía en la camilla. En ese pasaje Jesús le dijo,
primero: “- Hijo: tus pecados te son perdonados” y, después, “- Levántate toma
tu camilla y marcha a tu casa”. Él se levantó y tomó su camilla y salió
enseguida” (Lc 5,17-26). El otro pasaje que se recuerda es la curación del
ciego de nacimiento, porque allí tampoco el ciego que veía podía decir más: “-
Ese hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos y me dijo: - Ve a
Siloé y lávate. Así que fui, me lavé y comencé a ver. Le dijeron: ¿Dónde está
ése? Él respondió: - No lo sé… Oyó Jesús que le habían echado fuera y cuando se
encontró con él le dijo: - ¿Crees tú en el Hijo del hombre? -¿Quién es, Señor,
para que crea en él? – respondió. Le dijo Jesús: - Si lo has visto: el que está
hablando contigo, ése es” (Jn 9, 11-12. 35-37). Jesús, que crea, que te siga.
“¡Bendita perseverancia la del borrico de noria! –
Siempre el mismo paso, siempre las mismas vueltas. – Un día y otro, todos
iguales. Sin eso, no habría madurez en los frutos, ni lozanía en el huerto, ni
tendría aroma el jardín. Lleva ese pensamiento a tu vida interior” (“Camino”
998). El cristiano se sabe acompañado de continuo. Dios me quiere.
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano, que vive siguiendo los pasos de Jesús
según se relata en los Evangelios, puede meditar recordando y considerando las
preguntas que Jesús hizo en su día y que sigue haciendo a todos. El cristiano
vive así la fe y con este encuentro cotidiano prepara el encuentro del último
día precisamente al pasar del tiempo a la eternidad.
“Mas no queréis venir a mí para poseer la vida. No
busco la gloria de los hombres. Por lo demás, os conozco. No tenéis en vosotros
amor de Dios. Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís. Si otro
viene en nombre propio, lo recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros que aceptáis
la gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene sólo de Dios?
No penséis que yo os he de acusar ante el Padre. Moisés en quien vosotros
esperáis, es vuestro acusador. Si creyeseis a Moisés me creeríais a mí, porque
él escribió sobre mí. Pero si no creéis en sus escritos, ¿cómo creeréis en mis
palabras?” (Jn 5,40-47). Cuántas palabras, cuantos mensajes de amor del Amor,
Así, el Tiempo Ordinario se convierte en camino cierto para el cielo que es
eternidad.
“Por lo demás, os conozco”. “Señor, Tú me sondeas y me
conoces. Me conoces cuando me acuesto y me levanto. De lejos penetras mis
pensamientos. Distingues mi camino y mi descanso. Todas mis sendas te son
familiares. No ha llegado la palabra a mi boca y ya, Señor, te la sabes toda.
Me estrechas detrás y delante. Me cubres con tu mano. Tanto saber me sobrepasa.
Es sublime y no lo abarco… Sondéame y conoce mi corazón. Ponme a prueba y
conoce mis pensamientos. Mira si mi camino se desvía. Guíame por el camino
eterno” (salmo 139)
“No tenéis en vosotros amor de Dios”. “Pero tengo
contra ti que has perdido la caridad que tenías al principio. Recuerda, por
tanto, de dónde has caído, arrepiéntete y practica las obras de antes” (Ap.
2,4-5). “Por tanto ten celo y arrepiéntete. Mira que estoy a la puerta y llamo:
si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él,
y él conmigo (Ap 3,19-20). “Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la
vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las
futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra
criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo, Jesús, Señor
nuestro” (Rm 8, 38-39)
“No buscáis la gloria que viene sólo de Dios”. “En
fin, tanto si coméis, como si bebéis, o hacéis cualquier otra cosa, hacedlo
todo para gloria de Dios” (1 Co 10,31). “Si uno ejerce un ministerio, hágalo en
virtud del poder que Dios le otorga, para que en todas las cosas Dios sea
glorificado por Jesucristo. Para él es la gloria y el poder por los siglos de
los siglos. Amén” (1 Pe 4.11)
“No penséis que yo os he de acusar ante el Padre”.
“¿Quién acusará a los hijos de Dios? ¿Dios el que justifica? ¿Quién condenará?
¿Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó y está a la derecha de
Dios intercediendo por nosotros?” (Rm 8,33-34). “Pero si alguno peca, tenemos
un abogado ante el Padre: Jesucristo, el Justo. Él es víctima propiciatoria por
nuestros pecados y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo” (1
Jn 2)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano que vive esta parte primera del Tiempo
Ordinario, entre la Navidad y la Cuaresma, busca sentir a Dios cerca, ocupado
de él, amándole como nadie puede amar porque Dios es amor (1Jn 4,8.16). En el
caminar de este primer trimestre del año, el cristiano sabe que no está solo y
busca y encuentra a menudo la compañía de La Virgen María, nuestra Madre, de
san José padre y señor, del Ángel custodio y de muchos santos que, desde el
cielo, ayudan intercediendo por nosotros para que lleguemos a estar con ellos,
para siempre, eternamente. Y el cristiano sigue a Jesús y medita sus preguntas.
Jesús predicaba en Cafarnaún. Unos hombres traían a un
paralítico en su camilla para que lo curara. Como la gente impedía que llegaran
hasta Jesús, subieron a la terraza y por entre las tejas lo pusieron con la
camilla en el medio, delante de Jesús. Viendo la fe de ellos, le dijo al
paralítico: - Hijo, tus pecados te son perdonados. Estaban allí sentados algunos
escribas que pensaban: ¿Por qué habla así éste? Blasfema. ¿Quién puede perdonar
los pecados, sino sólo Dios? Conociendo Jesús sus pensamientos les dijo: - ¿Qué
pensáis en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: Tus pecados están
perdonados; o decir: Levántate y anda? Pues para que veáis que el Hijo de
hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra, -dice entonces al
paralítico: - Levántate, toma tu camilla y marcha a tu casa. Se levantó y se
marchó a su casa. Todos se asombraron y glorificaron a Dios (cf. Mt 9,2-8; Mc
2,2-12; Lc 5,17-26). Dios conoce nuestros pensamientos. Hay que confiar: “Dame
tu amor y tu gracia que eso me basta”.
En la meditación de ese pasaje pare inevitable
recordar otros en los que el Evangelio recoge la inquietante, a la vez que
esperanzadora, verdad de que Dios conoce nuestros pensamientos. Así: “Los
escribas y los fariseos le observaban a ver si curaba en sábado, para encontrar
de qué acusarle. Pero él conocía sus pensamientos y le dijo al hombre que tenía
la mano seca: … (Lc 6,7-8). También: “Pero Jesús, conociendo los pensamientos
de sus corazones, acercó a un niño, lo puso a su lado y les dijo…” (Lc 9,47). Y
otra: “Mientras estaba en Jerusalén durante la fiesta de la Pascua, muchos
creyeron en su nombre al ver los signos que hacía. Pero Jesús no se fiaba de
ellos, porque los conocía a todos, y no necesitaba que nadie le diera
testimonio acerca de hombre alguno, porque conocía el interior de cada hombre”
(Jn 2,23-25). El interior del hombre en el que están los deseos de todas las
ilusiones y donde se guardan los recuerdos de todos los fracasos. Y la
esperanza en Dios.
“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí
y yo en él… Al oír esto, muchos de sus discípulos dijeron: - Es dura esta
enseñanza, ¿quién puede escucharla? Jesús, conociendo en su interior que sus
discípulos estaban murmurando de esto les dijo: - ¿Esto os escandaliza? Pues
¿si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes? … En efecto, Jesús
sabía desde el principio quienes eran los que no creían y quien era el que lo
iba a entregar… Desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y ya no
andaban con él” (Jn 6,56.60-62,64.66). “No me mueve, mi Dios para quererte el
cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar
por eso de ofenderte”, dice el poema. “Muéveme el verte, clavado en esa cruz…”
sigue.
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano recorre el camino de la vida acompasando
su andar a las vicisitudes de cada día, a las circunstancias, procurando seguir
los pasos de Jesús hasta llegar a ese momento tantas veces pedido con la
oración aprendida desde niño: “En la hora de mi muerte llámame y mándame ir a
Ti, para que con tus santos te alabe por los siglos de los siglos Amén.” Y cada
día y en cada avemaría la petición a María que es Madre de Dios y Madre
nuestra: “Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte”. Nada puede
fallar, nada debería fallar: “Jesús, José y María, asistidme en mi última
agonía. Jesús, José y María, descanse en paz con vos el ama mía”. No deberíamos
fallarle.
“Los discípulos de Juan se acercan a él y dicen: -
¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos y tus discípulos no ayunan? Jesús les
respondió: - ¿Pueden los convidados al banquete estar tristes mientras está con
ellos el esposo? Ya vendrá tiempo en que les quiten al esposo y entonces
ayunarán” (Mt 9,14-15; cf. Mc 2, 18-19, Lc 5,33-35). Casi sin pensarlo surgen
desde la memoria las palabras del Eclesiastés (Quohelet): “Todo tiene su
momento y hay un tiempo para cada cosa bajo el cielo; tiempo de nacer y tiempo
de morir… tiempo de llorar y tiempo de reír, tiempo de llevar luto y tiempo de
bailar…” (Qo 3,1.4). Y, meditando sobre el tiempo, es inevitable recordar el
consejo de Jesús: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todas esas
cosas se s añadirán. Por tanto, no os preocupéis por el mañana porque el mañana
tiene su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6,
33-34)
- Tiempo de misión. “Y cuando iba a cumplirse el
tiempo de su partida, Jesús decidió firmemente marchar a Jerusalén” (Lc 9,51).
“Entonces Jesús les dijo: - Mi tiempo aún no ha llegado, pero vuestro tiempo
siempre está a punto. El mundo no puede odiaros, pero a mí me odia porque doy
testimonio de él, de que sus obras son mañes. Vosotros subid a la fiesta, yo no
subo a esta fiesta, porque mi tiempo aún no se ha cumplido. Él dijo eso y se
quedó en Galilea. Pero una vez que sus hermanos subieron a la fiesta él también
subió, pero no públicamente, sino como a escondidas” (Jn 7, 6-10). “Iban de camino
subiendo a Jerusalén, y Jesús caminaba delante de ellos, y estaban
maravillados. Le seguían con miedo (Mc 10,32; cf. Mt 20,17, Lc 18,31).
- Estar preparados. “Al día siguiente, después que
salieron de Betania, sintió hambre. Vio desde lejos una higuera con hoja, y fue
por si encontraba en ella algo. Cuando se acercó no encontró más que hojas,
porque no era tiempo de higos” (Mc 11,12-13; cf. Mt 21,19). “Aprended de la higuera esta
parábola: cuando sus ramas están ya tiernas y brotan las hojas, sabéis que está
cerca el verano. Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, sabed
que es inminente, que está a las puertas” (Mt 24,32-33).
- Y el tiempo pasa. “Pedro se entristeció porque le
preguntó por tercera vez: “¿Me quieres?”, y le respondió: - Señor, tú lo sabes
todo. Tú sabes que te quiero. Le dijo Jesús: - Apacienta mis ovejas. En verdad,
en verdad te digo: cuando eras más joven te ceñías tú mismo y te ibas adonde
querías; pero cuando envejezcas extenderás tus manos y otro te ceñirá y llevará
adonde no quieras -esto lo dijo indicando con qué muerte había de glorificar a
Dios. Y dicho esto, añadió: - Sígueme” (Jn 21,17-19)
TIEMPO ORDINARIO
Los cristianos avanzan por el camino trazado por la
liturgia del Tiempo Ordinario que precede a la Cuaresma y animan sus trabajos,
los inconvenientes y hasta su rutina con la confianza en Dios: “Sé la roca de
mi refugio, Señor, un baluarte donde me salve, tú que eres mi roca y mi
baluarte; por tu nombre dirígeme y guíame” (salmo 30,3-4, en la antífona de entrada
de la 6ª semana); “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para
que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn
3,16, de una antífona de comunión de la 6ª semana). Y, en el caminar hasta
llegar al cielo, el cristiano sigue la senda del Evangelio considerando las
preguntas de Jesús.
Algunos, hace muchos años, estudiaron que este pasaje
evangélico se produjo en Galilea en el mes de mayo de la segunda Pascua que
pasó Jesús con sus discípulos, porque la primera la pasó en Judea. Después,
estudiando más, conocieron otras versiones en la localización temporal. Pero
siempre quedó el texto de los evangelios sinópticos: “Un sábado caminaba a
través de unos sembrados, y sus discípulos iban arrancando espigas que comían desgranándolas
con las manos. Y dijeron algunos fariseos: ¿Cómo hacéis lo que no es lícito
hacer en sábado? Respondióles Jesús: ¿No habéis leído siquiera lo que hizo
David cuando él y sus compañeros tuvieron hambre? ¿Cómo entró en la casa de
Dios y, tomando los panes de la proposición, comió y repartió entre sus
compañeros, siendo así que sólo está permitido comerlos a los sacerdotes? Y les
dijo: El hijo del hombre es señor aun del sábado” (Lc 6, 1-5; cf. Mc 2.23-28,
Mt 12,1-8). En el evangelio de Mateo se añade: “Y si hubierais comprendido lo
que significa: amo la misericordia y no el sacrificio, no hubierais condenado a
los inocentes” (Mt 12,7).
- La regla de la misericordia. “No juzguéis para no
ser juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis se os juzgará, y con la
medida que midáis se os medirá” (Mt 7,1); “No juzguéis y no seréis juzgados, no
condenéis y no seréis condenados Perdonad y seréis perdonados; dad y se os
dará; echarán una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la
misma medida con que midáis se os medirá” (Lc 6,37-38). “Pero Jesús se agachó y
se puso a escribir con el dedo en la tierra. Como ellos insistían en
preguntarle, se incorporó y les dijo: - El que de vosotros esté sin pecado que
tire la piedra el primero. Y agachándose otra vez, siguió escribiendo en la
tierra. Al oírle, empezaron a marcharse uno tras otros, comenzando por los más
viejos, y quedó Jesús solo, y la mujer, de pie, en medio. Jesús se incorporó y
le dijo: - Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado? -Ninguno, Señor -
respondió ella. Le dijo Jesús: - Tampoco yo te condeno; vete y a partir de
ahora no peques más” (Jn 8, 6-11)
- La regla de la caridad. “Todo lo que queráis que
hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos” (Mt 7,12; Lc
6,31). “Pero a vosotros que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos,
haced el bien a los que os odian; bendecid a os que os maldicen y rogad por los
que os calumnian. Al que te pegue en una mejilla ofrécele también la otra, y al
que te quite el manto no le niegues tampoco la túnica. Da a todo el que te
pida, y al que tome lo tuyo no s ellos reclames” (Lc 6,27-30)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano vive de la Palabra de Dios en la persona
de Jesucristo. Cristianismo es encontrarse con Jesús, como se encontró el ciego
de nacimiento (Jn 9,35), escuchar a Jesús y admirarse de lo que nos dice porque
habla con autoridad (Mt 7,29; Mc 1,27), preguntar a Jesús dónde vive y quedarse
un día con él, como los discípulos de Juan el Bautista (Jn 1,39), caminar con Jesús
aunque se adelante como en el camino a Jerusalén (Mc 10,32), pedir a Jesús que
se quede con nosotros cuando haga intención de seguir, como hicieron los de
Emaús (Lc 24,29). Cristianismo es saber que Jesús está con nosotros hasta el
último día (Mt 28,20). Y, en esa intimidad, cristianismo es escuchar y
responder con la propia vida las preguntas del Señor.
“Otro sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar.
Había allí un hombre cuya mano derecha estaba seca. Los escribas y fariseos le
observaban por si curaba en sábado, para encontrar una acusación contra él. Él
conocía sus pensamientos y dijo al hombre que tenía la mano seca: “Levántate y
ponte en medio”. Se levantó y se colocó. Entonces les dijo Jesús: “Yo os
pregunto: ¿Es lícito en sábado hacer bien o hacer mal, salvar una vida o
matarla?”. Y mirando a todos ellos, le dijo a él: “Extiende tu mano”. Él lo
hizo y su mano se curó. Ellos se enfurecieron y discutían entre sí qué deberían
hacer con Jesús” (Lc 6,6-11). En otro texto se dice que los miró con ira,
“entristecido por la dureza de sus corazones” (Mc 3-1-6). Y en otro: “Él les
contestó: ¿Quién hay entre vosotros que, si tiene una oveja y cae en un hoyo en
sábado, no la coge y levanta? Pues un hombre vale bastante más que una oveja.
De manera que es lícito hacer bien en sábado” (Mt 12,9-14). Los textos llenan
el alma de motivos de meditación:
- Jesús conoce nuestros pensamientos (“Conociendo
Jesús sus pensamientos, dijo: -¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? Mt
9,4; cf. Mc 2,8); la mirada de Jesús (“Y Jesús fijó en él su mirada y quedó
prendado de él. Y le dijo: - Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes
y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme.
Pero él, afligido por estas palabras, se marchó triste porque tenía muchas
posesiones” (Mc 10,21-27); la paciente espera, porque Jesús siempre pasará:
“Estaba allí un hombre que padecía una enfermedad desde hacía treinta y ocho
años. Jesús al verlo tendido y sabiendo que llevaba mucho tiempo, le dijo: - Quieres
curarte?” Jn 5,5-6); la obediencia a las palabras de Jesús (“Dijo a Simón: -
Guía mar adentro y echad vuestras redes para la pesca. Simón contestó: -
Maestro, hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada;
pero sobre tu palabra, echaré las redes”, Lc 5,6); el cristiano como apóstol
“Volvieron los setenta y dos llenos de alegría diciendo: - Señor, hasta los
demonios se nos sometían en tu nombre… Pero no os alegréis de que los espíritus
se os sometan; alegraos de que vuestros nombres están escritos en el cielo” (Lc
10,17.20).
Y el amor de Dios: “- ¿Quién de vosotros si tiene cien
ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y sale en busca de
la que se perdió hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus
hombros gozoso, y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos… habrá en el
cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve
justos que no tienen necesidad de conversión” (Lc 15,4-6.7)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano, atento al tiempo litúrgico, ve cómo se
acaba este breve paréntesis de Tiempo Ordinario porque se acerca la Cuaresma, y
procura intensificar las vías y los medios que le recuerdan la presencia de
Dios que está a nuestro lado en el camino hacia el cielo: “Y sabed que yo estoy
con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Puede ser una
ayuda apropiada repasar las preguntas que hizo Jesús.
- “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal
pierde su fuerza ¿con qué se salará? Para nada sirve ya, sino para que,
arrojada fuera, sea pisada por los hombres” (Mt 5,13). Espontáneamente viene de
la memoria el recuerdo de la parábola del sembrador: “Salió el sembrador a
sembrar su semilla; y al sembrar, parte cayó junto al camino y la pisaron y la
comieron los pájaros del cielo… Los que están junto al camino son los que han
escuchado, viene el diablo y se lleva la palabra del corazón para que creyendo
no se salven” (Lc 8,5 y 12). No es un recuerdo errático, sino que descubre en
el corazón el paralelismo de los textos. En el discurso de la montaña Jesús les
dice: primero, vosotros sois la sal de la tierra y, después, vosotros sois la
sal del mundo; y a la parábola del sembrador le sigue la parábola de la lámpara
que nadie que la ha encendido la oculta. Es la llamada a cada cristiano para
dar testimonio de su fe en toda ocasión.
“Los que están junto al camino y pisan la semilla”. La
memoria trae pasajes bien diferentes con esa circunstancia. Por una parte, la
maldición de la higuera: “Muy de mañana, cuando volvía a la ciudad, sintió
hambre. Viendo una higuera junto al camino, se acercó, pero no encontró en ella
nada más que hojas…” (Mt 21,18-19). Por otra parte, la curación del ciego
Bartimeo a la entrada, y salida, de Jericó: “Llegan a Jericó. Y cuando salía él
de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, un ciego, Bartimeo, el hijo
de Timeo, estaba sentado al lado del camino pidiendo limosna. Y al oír que era
Jesús Nazareno, comenzó a decir a gritos: - ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad
de mí!” (Mc 10,46-47). La higuera sólo tenía una bella apariencia, llena de
hojas, porque no era tiempo de higos, pero Jesús se refiere también a los
brotes de la higuera como anuncio de su venida: “Aprended de la higuera esta
parábola: cuando sus ramas están ya tiernas y brotan las hojas, sabéis que está
cerca el verano. Así también vosotros cuando veáis…” (Mc 13,28). El ciego
Bartimeo (los dos ciegos de Mt 29,30) ha regalado a los cristianos un modelo de
conversión: ciego, clama a Jesús con la jaculatoria universalmente repetida
desde hace siglos y, recobrada la vista, le seguía por el camino.
“Los que han escuchado”. “Mientras él estaba diciendo
todo esto, una mujer de en medio de la multitud, alzando la voz, le dijo: -
Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron. Pero él
respondió: - Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la
guardan” (Lc 11,27-28). Y la advertencia de la carta de Santiago: “Recibid con
mansedumbre la palabra sembrada en vosotros, capaz de salvar vuestras almas.
Pero tenéis que ponerla en práctica y no sólo escucharla engañándoos a vosotros
mismos. Porque quien se contenta con oír la palabra, sin ponerla en práctica es
como un hombre que contempla la figura de su rostro n un espejo; se mira, se va
e inmediatamente se olvida de cómo era” (St 1,21-24)
CUARESMA
Cristianismo es amar, porque cristiano es el que
encuentra a Cristo, sigue a Cristo y vive en Cristo. Cristianismo es llenarse
de amor de Dios y rebosar de amor en todos. “Queridísimos, amémonos unos a otros
porque el amor procede de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios, y conoce a
Dios. El que no ama no ha llegado a conocer a Dios, porque Dios es amor. En
esto se manifestó entre nosotros el amor de Dios: en que Dios envió a su Hijo
Unigénito al mundo para que recibiéramos por él la vida… Nosotros amamos porque
Él nos amó primero. Si alguno dice “amo a Dios” y aborrece a su hermano es un
mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a
quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, que ame
también a su hermano” (1 Jn 7-919-21). Amar a Dios es también meditar las
preguntas que Jesucristo hizo.
“Pero a vosotros que escucháis os digo: Amad a
vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os
maldicen, orad por los que os calumnian. A quien te golpee en la mejilla
ofrécele también la otra, y a quien te quite el manto, déjale también la
túnica. Da a todo el que te pida y no reclames de quien te quite lo tuyo. Y
como queréis que los hombres hagan con vosotros, haced vosotros con ellos. Si
amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis, pues también los pecadores aman a
los que los aman? Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis?
También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de quienes
esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los
pecadores, para recibir lo mismo. Más bien, amad a vuestros enemigos, haced
bien, y prestad sin esperar nada; y vuestra recompensa será grande y seréis
hijos del Altísimo, que es bueno con los ingratos y con los pecadores. Sed
misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,27-36).
Y en otra versión: “Habéis oído que se dijo; Ojo por
ojo y diente por diente. Pero yo os digo: No resistir al malo, sino que, si
alguno te hiere en tu mejilla derecha, preséntale también la otra. Y al quiere
citarte a juicio y llevarse tu túnica, déjale también el manto. Y si alguno te
requiere para una milla, ve con él dos. Da al que te pide y no rechaces al que
quiere que tú le prestes. Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y
odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los
que os persiguen para que seáis hijos de vuestro Padre que hace salir su sol
sobre malos y buenos y llueve sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los
que os aman, ¿qué mérito tenéis? ¿No hacen esto los publicanos? Y si saludáis
solamente a vuestros hermanos, ¡qué hacéis de más? ¿No hacen también eso los
gentiles? Sed pues vosotros perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”
(Mt 5,38-48)
Y la progresión en el amor: el “amar como a uno mismo”
pasa a ser “amar como Dios me ama”. Así: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento.
El segundo es como éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22,36-39); “Un
mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos
también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os
tenéis amor unos a otros” (Jn 13,34-35)
CUARESMA
Cuaresma. Tiempo de preparación para la Pascua. Tiempo
de limosna, de caridad, y de oración, de piedad, y de sacrificios, de negarse a
uno mismo y seguir a Jesús (Mt 16,24; Mc 8,25; Lc 9,28). En la segunda semana
de Cuaresma la liturgia llama a las almas a buscar el rostro del Señor (salmo
26, 8-9) en todas las circunstancias de la vida y a participar de la gloria de
la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor (Lc 9,28b-36). Y muchos
cristianos animan su camino hacia el cielo recordando las palabras de la Carta
a los hebreos: “Adeamus cun fiducia ad thronum gratiae ut misericordiam
consequamur el gratiam inveniamus in auxilio oportuno” (Hb 4,16):
“Acerquémosnos confiadamente al trono de la gracia para que alcancemos
misericordia y encontremos la gracia que nos ayude en el momento oportuno”. En
el cariño: “ad thronum gloriae”.
Cuaresma es también de escuchar, meditar y contestar
con el corazón las preguntas que hace Jesús en el Evangelio: “Por esto os digo:
no os angustiéis por vuestra existencia, qué comeréis o qué beberéis; ni por
vuestro cuerpo, cómo lo vestiréis; ¿no vale la vida más que el alimento, y el
cuerpo más que el vestido? Mirad a las aves del cielo, que no siembran, ni
siegan, ni reúnen en los graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta: ¿no
valéis vosotros más que ellas? ¿Quién de vosotros por angustiarse va a alargar
su existencia un codo? ¿Y del vestido por qué os angustiáis? Aprended de los
lirios del campo cómo crecen; ni trabajan ni hilan. Y yo os digo que ni Salomón
n su gloria se vistió como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy
existe y mañana es arrojada al horno, así la viste Dios, ¿cuánto más a
vosotros, desconfiados? No os angustiéis diciendo: ¿Qué comeremos? o ¿qué
beberemos?, o ¿con qué nos vestiremos? Porque todo eso los buscan los gentiles
y vuestro Padre celestial sabe lo que necesitáis. Buscad primero el reino y su
justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura. No os angustiéis por
el día de mañana, porque el día de mañana se cuidará de sí; bástale a cada día
su trabajo” (Mt 6,25-34).
Cuaresma. Tiempo de desprendimiento. “Y mientras
pasaba junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón,
que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo Jesús:
Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres. Y, al momento, dejaron las
redes y le siguieron. Y pasando un poco más adelante, vio a Santiago el de
Zebedeo y a Juan, su hermano, que estaban en la barca remendando las redes; y
enseguida los llamó. Y dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los
jornaleros y se fueron tras él” (Mc 1,16-20). “Y se fue otra vez a la orilla
del mar, y toda la muchedumbre iba hacia él, y les enseñaba. Al pasar, vio a
Leví, el de Alfeo, sentado al telonio, y le dijo: -Sígueme. Él se levantó y le
siguió” (Mc 2,13-14). “Y llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos,
dándoles potestad sobre los espíritus impuros. Y les mandó que no llevasen nada
para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un
bastón; y que fueran calzados con sandalias y que no llevaran dos túnicas” (Mc
6,7-9). Y, al volver: “-Cuando os envié sin bolsa ni alforjas ni calzado,
¿acaso os faltó algo? -Nada -le respondieron” (Lc 22,35). “Haceos bolsas que no
envejecen, un tesoro que no se agota en el cielo, donde el ladrón no llega ni
la polilla corroe. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro
corazón” (Lc 12,33-34).
CUARESMA
Cuaresma. El cristiano vive la tercera semana del
camino hacia la Pascua de Resurrección con la confianza que asegura tener los
ojos puestos en el Señor (salmo 24) porque Él perdona todas tus culpas y cura
todas tus enfermedades… te colma de gracia y de ternura… El Señor es compasivo
y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia” (salmo 102). Es tiempo de
penitencia porque nuestras infidelidades nos producen un sincero dolor de amor,
porque ¡Dios nos ama tanto! Y, ante el crucifijo, decimos con el poeta: “Tú me
mueves, Señor, de tal manera que, aunque no hubiera cielo, yo te amara y,
aunque no hubiera infierno te temiera”.
Y escuchamos las preguntas del Señor. “Les dijo
también una parábola: ¿Puede por ventura un ciego guiar a otro ciego? ¿No
caerán ambos en una fosa? No hay discípulo superior al maestro; el discípulo
será perfecto si es como su maestro. ¿Por qué ves la paja que hay en el ojo de
tu hermano y no consideras la viga que llevas en tu ojo? ¿Cómo puedes decir a
tu hermano: Hermano, deja que te quite la paja que hay en tu ojo, si no ves la
viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces
verás bien para secar la paja en el ojo de tu hermano” (Lc 6,39-42; Mt 7,3-5).
Son dos preguntas con propuestas, con respuestas: primero hay que seguir al
maestro y andar por buen camino y así podrán acompañar otros que también
quieren ir con Jesús; primero, hay que limpiar nuestra mirada, y así seremos
útiles para caminar con otros por el sendero justo.
Cristianismo es caminar con Dios que es Amor. En ese
macuto del caminante hacia el cielo no faltan papeles que acompañan y animan:
“Si dices basta, estás perdido. Añade siempre, camina siempre, avanza siempre;
no te pares en el camino, no retrocedas, no te desvíes. Se para el que no
avanza, retrocede, el que vuelve a pensar en el punto de salida, se desvía el
que apostata. Es mejor cojo que anda por el camino que el que corre fuera del
camino. Examínate y no te contentes con lo que eras si quieres llegar a ser a
lo que no eres. Porque en el instante que te complazcas contigo mismo, te
habrás parado” (san Agustín, sermón 169,18).
Y, con la meditación de esas preguntas del Señor,
viene el recuerdo de tantos pasajes del Evangelio. Como aquellos dos ciegos que
caminaron hacia Jesús sin caerse: Le siguieron dos ciegos diciendo a gritos: -
ten piedad de nosotros, Hijo de David! Cuando llegó a la casa se le acercaron
los ciegos y Jesús les dijo: - ¿Creéis que puedo hacer eso? – Sí, Señor – le
respondieron. Entonces les tocó los ojos diciendo: - Que se haga en vosotros
conforme a vuestra fe. Se les abrieron los ojos. Pero Jesús les ordenó
severamente: - Mirad que nadie lo sepa. Ellos en cambio, en cuanto salieron
divulgaron la noticia por toda aquella comarca” (Mt 9, 27-31)
Y en la marcha con los demás compañeros de camino: “No
juzguéis y no seréis juzgados. No condenéis y no seréis condenados. Perdonad y
seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena
medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la medida con que midáis se os
medirá” (Lc 6,37-38)
CUARESMA
Cuaresma. Cuarta semana. Si en el rigor del Adviento
en espera de la Pascua de Navidad se llamaba a la alegría a los cristianos en
el tercer domingo, “Gaudete”, en la austera Cuaresma la liturgia también invita
al gozo espiritual en la esperanza de la Pascua de Resurrección con el Domingo
“Laetare”. En la antífona de entrada: “Laetare, Jerusalem, et conventium
facite, omnes qui diligitis eam, gaudete cum laetitia, qui in tristitia
fuistis, ut exultetis, et satiemini ab uberibus consolationis vestrae”
(Festejad a Jerusalén y concurrid todos los que la amáis, gozad con su alegría
los que por ella estuvisteis tristes, para que exultéis y os saciéis en los
pechos de vuestro consuelo”. En el salmo porque “Si el afligido invoca al
Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias” (salmo 33,7). Y en la
antífona de comunión: “Deberías alegrarte, hijo, porque este hermano tuyo
estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado” (Lc 15,32).
Camino del cielo, de Jerusalén, en Cuaresma, los cristianos se animan en la
vida ordinaria porque sabemos que ese es el destino y que Dios viene con
nosotros y, aunque nos perdamos en el camino, nos espera y si nos ve, aunque
sea lejos, corre a buscarnos y nos abraza y con Dios, que es nuestro Padre, se
alegra el cielo.
El cristiano sigue los pasos del Señor y escucha y
medita sus preguntas. “Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se
os abrirá, porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra, y al que
llama se le abrirá. ¿O habrá entre vosotros alguno a quien su hijo le pida pan
y le de una piedra? ¿Si pide un pez, le dé una serpiente? Si vosotros, siendo
malos, sabéis dar dones buenos a vuestros hijos, ¿con cuánta más razón vuestro
Padre dará cosas buenas a los que le piden?” (Mt 7,7-11). Y el final en otra
versión: “¿Qué padre de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pez, en
lugar de un pez le da una serpiente? ¿O si le pide un huevo le da un
escorpión?” (Lc 11,11-12). Dios es nuestro Padre. Un padre amoroso, lleno de
ternura. Que nos perdona.
Pedid y se os dará. “Al orar no empleéis muchas
palabras como los gentiles que piensan que por su locuacidad van a ser
escuchados. No seáis como ellos, porque bien sabe vuestro padre de lo que
tenéis necesidad antes de que se lo pidáis” (Mt 6,7-8). “Tanto amó Dios al
mundo que dio a su Hijo Unigénito para que todo el que cree en él no se pierda,
sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar
al mundo, sino para salvarlo por medio de Él” (Jn 3,16-17).
Filiación divina. Un Padre que sólo quiere lo mejor
para nosotros: “Porque los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son
hijos de Dios. Porque no recibisteis un espíritu de esclavitud para estar de
nuevo bajo el temor, sino que recibisteis un Espíritu de hijos de adopción, en
el que clamamos: “Abbá, Padre” … Asimismo también el Espíritu acude en ayuda de
nuestra flaqueza: porque no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el
mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables… Sabemos que todas
las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios” (Rm 8,14-15. 26.28). “No
se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen,
sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino
que todos lleguen a la conversión” (2 P 3-9). Señor, aumenta nuestra fe.
CUARESMA
Cuaresma. Los cristianos viven el camino de la vida
que los lleva al cielo considerando los acontecimientos que la liturgia va
señalando. Los de más edad recordarán que, hace años, esta semana era la
“semana de Pasión” y, el viernes, “Viernes de Dolores”, el día en que ahora se
hace memoria de “Nuestra Señora al pie de la Cruz”. En las misas, la antífona
de entrada también es un texto que llena de recuerdos a los mayores que fueron
monaguillos cuando la misa era en latín y recitaban alternativamente con el
sacerdote: “Iudica me, Deus, et discerne causam meam de gente non sancta; ab
homine iniquo et doloso eripe (erue) me, quia tu es Deus meus et fortitudo mea”
(del salmo 42). “Hazme justicia, Dios, defiende mi causa… sálvame… porque tú
eres mi Dios y mi fortaleza”
Precisamente para los cristianos que siguen las
preguntas de Jesús según aparecen en los evangelios, en la semana quinta de
Cuaresma, se proclama el pasaje del perdón de la mujer adúltera. Y en él, la
amable pregunta que Jesús le hace a continuación del silencio que da como
respuesta a los acusadores y de la recomendación final a la mujer. Así se
realiza la petición del cristiano a Dios: defiéndeme, sálvame, Tú eres mi
fortaleza.
- “Los escribas y los fariseos le traen una mujer
sorprendida en adulterio, y colocándola en medio, le dijeron: - Maestro, esta
mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda
apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices? Le preguntaban esto para
comprometerlo y poder acusarlo. Pero, Jesús, inclinándose, escribía con el dedo
en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: -El que
esté sin pecado, que le tire la primera piedra. Ellos, al oírlo, se fueron
escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó sólo Jesús, con
la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó:
- Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado? Ella contestó:
- Ninguno, Señor. Jesús dijo: Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no
peques más” (Jn 8,2-11).
Otros pasajes vienen a la memoria. Unos, sin palabras:
“Y entonces una mujer pecadora que había en la ciudad, al enterarse de que
estaba recostado a la mesa en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro
con perfume, y por detrás se puso a sus pies llorando; y comenzó a bañarle los
pies con sus lágrimas y los enjugaba con sus cabellos, los besaba y los ungía
con el perfume. Al ver esto el fariseo que le había invitado, se decía: Si éste
fuera profeta, sabría con certeza quién y qué clase de mujer es la que le toca:
que es una pecadora… Y, vuelto hacia la mujer, le dijo a Simón: - … Por eso te digo: le son perdonados sus muchos
pecados, porque ha amado mucho. Aquel a quien menos se perdona, menos ama.
Entonces le dijo a ella: - Tus pecados quedan perdonados” (Lc 7,37-39. 44.
47-48). Otros, sin petición, como en la curación del paralítico en la piscina
que había en Jerusalén junto a la puerta de las ovejas: “El que había sido
curado no sabía quien era, pues Jesús se había apartado de la muchedumbre allí
congregada. Después de esto, lo encontró Jesús en el templo y le dijo: - Mira,
estás curado; no peques más para que no te ocurra algo peor” (Jn 5,13-14). Y
otros sin petición: “Cuando llegaron al lugar, llamado “Calavera”, le
crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la
izquierda. Y Jesús decía: - Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”
(Lc 23,33-34). Dios es compasivo y misericordioso.
SEMANA SANTA
Semana Santa. En la liturgia de cada ciclo se señala
un relato de la Pasión y Muerte de Jesús, según el evangelista que, de los tres
sinópticos, corresponda. El Evangelio según san Lucas contienen preguntas de
Jesús que, complementadas con alguna de otros textos, pueden servir al
cristiano de guía para vivir más cerca de Jesús.
- “Vosotros no hagáis así, sino que el primero entre
vosotros pórtese como el menor, y el que gobierne, como el que sirve. Porque,
¿quién es más, el que está en la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está
en la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc
22,26-27). “Y dijo a todos: - Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni
sandalias ¿os faltó algo? Contestaron: -Nada Él añadió: - Pero ahora el que
tenga bolsa que la coja, y lo mismo la alforja; el que no tiene espada, que
venda su manto y compre una. Porque os aseguro que tiene que cumplirse en mí lo
que está escrito: Fue contado con los malhechores. Lo que se refiere a mí toca
a su fin. Ellos dijeron: - Señor, aquí hay dos espadas. Él contestó: - Basta. Y
salió Jesús, como de costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron los
discípulos” (Lc 22,35-39).
- “Y, levantándose de la oración, fue hacia sus
discípulos, los encontró dormidos por la pena, y les dijo: - ¿Por qué dormís?
Levantaos y orad, para no caer en la tentación. Todavía estaba hablando, cuando
aparece gente; y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a
besar a Jesús. Jesús le dijo: - Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del
hombre?” (Lc 22, 45-48). “Jesús sabiendo todo lo que venía sobre él, se
adelantó y les dijo: - ¿A quién buscáis? Le contestaron: - A Jesús Nazareno.
Les dijo Jesús: - Yo soy. Estaba con ellos Judas el traidor. Al decirles “Yo
soy”, retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez: - ¿A quién
buscáis? … Pedro que llevaba una espada la sacó e hirió al criado del sumo
sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo
entonces Jesús a Pedro: - Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado
mi Padre ¿No lo voy a beber?” (Jn 18,4-7.10-11).
- “Jesús dijo a
los sumos sacerdotes y a los oficiales del Templo, y a los ancianos que habían
venido contra él: - ¿Habéis salido con espadas y palos, como a caza de un
bandido? A diario estaba en el Templo con vosotros, y no me echasteis mano.
Pero ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas” (Lc 22,52-53). “Entró
otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: - ¿Eres tú el rey de
los judíos? Jesús le contestó: - ¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho
otros?” (Jn 18,33-34). “A media tarde, Jesús gritó: - Elí, Elí, lamá sabaktaní.
(Es decir: - Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?). Al oírlo,
algunos de los que estaban allí dijeron: - A Elías llama éste (Mt 27, 46-47).
Durante la semana, lectura del libro de Isaías ayuda a
vivir el ambiente dramático en el que el Amor de Dios que es amor, se entrega
por amor. “El Señor me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás: ofrecía
la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no
me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.” (Is 50,5-6). Y también está la
llamada a la esperanza “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me
ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para
vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a
los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor, el día
del desquite de nuestro Dios, para consolar a los afligidos…” (Is 61,1-3)
PASCUA DE RESURRECCIÓN
Pascua de Resurrección. “Ofrezcan los cristianos /
ofrendas de alabanza / a gloria de la Víctima / propicia de la Pascua. /
Cordero sin pecado / que a las ovejas salva, / a Dios y a los culpables / unió
con nueva alianza. / Lucharon vida y muerte / en singular batalla, / y muerto
el que es la Vida, / triunfante se levanta. / ¿Qué has visto en el camino, /
María, en la mañana? / A mi Señor glorioso, / la tumba abandonada, / los
ángeles testigos, / sudarios y mortaja. / ¡Resucitó de veras / mi amor y mi
esperanza! / Venid a Galilea, / allí el Señor aguarda; / allí veréis los suyos
/ la gloria de la Pascua. / Primicia de los muertos, / sabemos por tu gracia /
que estás resucitado; / la muerte en ti no manda. / Rey vencedor, apiádate / de
la miseria humana / y da a tus fieles parte / en tu victoria santa. Amén.”
(Secuencia en la misa de la Pascua de la Resurrección del Señor)
Los cristianos celebran con alegría la Pascua que abre
las puertas del cielo: “Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha
resucitado; pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe, todavía estáis
en vuestros pecados. E incluso los que han muerto en Cristo perecieron. Y si
tenemos puesta la esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los más
miserables de todos los hombres” (1 Co 15,16-19). Pero Cristo ha resucitado.
¡Aleluya! También es tiempo de seguir el camino meditando las preguntas de
Jesús:
- “María estaba fuera, junto al sepulcro y lloraba.
Estando así llorando, se inclinó hacia el sepulcro y vio dos ángeles vestidos
de blanco sentados donde había estado el cuerpo de Jesús. Uno a la cabecera y
otro a los pies. Y le dijeron: Mujer ¿por qué lloras? Ella les respondió:
Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. Al decir esto, se
volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie. Pero no sabía que era Jesús. Le dice
Jesús: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, creyendo que era el
hortelano, le dice: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo
lo cogeré” (Jn 20,11-15). Tiempo de meditar los tres “lo”, tantas veces
saboreado: lo necesito, lo buscaré, no lo soltaré. Y el “noli me tangere” (no
me toques) que en las nuevas versiones es “noli me tenere” (no me detengas),
porque “aún tengo que subir al Padre”. Y seguir a Jesús.
- “Y sucedió que, mientras ellos conversaban y
discutían entre sí, el mismo Jesús se acercó y caminaba con ellos. Pero sus
ojos estaban dominados de modo que no conocieron. Y les dijo: ¿Qué conversación
es ésa que lleváis entre vosotros en el camino? Y se pararon con rostro triste.
Respondió uno que se llamaba Cleofás, y le dijo: ¿Tú eres el único peregrino de
Jerusalén que no sabe las cosas que han pasado en ella en estos días? Y les
dijo: ¿Qué cosas? Ellos le respondieron: Lo referente a Jesús el nazareno que
fue varón profeta, poderoso en obras y palabra delante de Dios y de todo el pueblo…
Entonces él les dijo: ¡Oh, insensatos y tardos de corazón para creer todo lo
que dijeron los profetas! ¿No es verdad que era necesario que el Cristo
padeciese estas cosas antes de entrar en su gloria?” (Lc 24, 15-20. 25-26)
- “Y mientras contaban esto, él mismo se presentó en
medio de ellos y les dice: Paz con vosotros. Quedaron sobrecogidos y llenos de
miedo; creían ver un espíritu. Pero él les dijo: ¿Por qué os turbáis y por qué
dudáis en vuestros corazones? Ved mis manos y mis pies. Soy yo mismo. Tocadme y
ved. Un espíritu no tiene carne y huesos, como véis que yo tengo. Y cuando esto
dijo, les mostró las manos y los pies. Como siguiesen incrédulos por la alegría
y admirados, añadió: ¿Tenéis aquí algo de comer? Y ellos le dieron un trozo de
pez asado. Él lo tomó y comió delante de todos” (Lc 24, 36-42)
PASCUA DE RESURRECCIÓN
Pascua de Resurrección. Domingo de la Divina
Misericordia. El 23 de mayo de 2000 se establece la fiesta de la Divina
Misericordia en el segundo domingo de Pascua. Así lo había anunciado san Juan
pablo II durante la canonización de santa Faustina Kowalska. El mensaje: Dios
es misericordioso y nos ama a todos “y cuanto más grande es el pecador tanto
más grade es el derecho que tiene a mi Misericordia” (Diario, 723). Para los
cristianos de más edad, el segundo domingo de Pascua es el domingo de “Quasi
modo”. La antífona dice así: “Quasi modo geniti infantes, rationabile, sine
dolo lac concupiscite, ut in eo crescatis in salutem alleluia” (“Como al niño
recién nacido, ansiad la leche auténtica, no adulterada, para crecer con ella
sanos. Aleluya”). Y la oración colecta empieza: “Dios de misericordia
infinita…”. En la misa, en el ciclo C, el salmo 117 proclama: “Dad gracias a
Dios porque es buena, porque es eterna su misericordia”.
Tiempo de dar gracias a Dios, de acogernos a su
“misericordia” porque “pone su Sagrado Corazón en nuestra miseria”, de seguir
caminando con Jesús hasta llegar al cielo. Ayuda meditar las preguntas del
Señor. “Guardaos de los falsos profetas que vienen a vosotros vestidos de
ovejas y dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Por ventura
se cogen uvas de los espinos o higos de los zarzales? Así, todo árbol bueno
lleva frutos buenos y el árbol malo lleva frutos malos. Un árbol bueno no puede
llevar frutos malos ni un árbol malo llevar frutos buenos. Todo árbol que no
lleva fruto bueno se corta y se echa al fuego. Por sus frutos, pues, los
conoceréis (Mt 7,15-20). En otra versión acaba así: “El hombre bueno saca el
bien del tesoro bueno de su corazón y el malo saca el mal del tesoro malo. Su
lengua habla de la abundancia del corazón” (Lc 6,43-46)
Leyendo esos pasajes evangélicos vienen a la memoria
muchos textos: “Dichoso el hombre que no sigue el consejo de impíos, ni se
detiene en el camino de pecadores, ni toma asiento con farsantes, sino que se
complace en la ley del Señor, y noche y día medita en su Ley. Será como un
árbol plantado al borde de la acequia, que da fruto a su tiempo, y no se
marchitan sus hojas: cuanto hace prospera. No así los impíos no así. Son como
polvo que dispersa el viento” (salmo 1,1-4). Y otro referido a los impíos: “Se
cuidan a sí mismos; son nubes sin agua zarandeados por los vientos, árboles de
otoño sin fruto, dos veces muertos y arrancados de raíz; olas bravías del mar
que echan la espuma de sus torpezas; astros errantes a los que está reservado para
siempre la oscuridad tenebrosa” (Jds 12-13).
Y las sentencias: “Decid al justo que bien, que comerá
del fruto de sus obras. Pero ¡ay del malvado! La irá mal, porque le pagarán
según las obras de sus manos” (Is 3,10). “Esto dice el Señor: Maldito el varón
que confía en el hombre y pone la carne en su apoyo, mientras su corazón se
aparta del Señor. Será como matojo en la estepa, que no verá venir la dicha,
pues habita en terrenos resecos del desierto, en tierra salobre e inhóspita.
Bendito el varón que confía en el Señor y el Señor es su confianza. Será como
árbol plantado junto al agua, que extiende sus raíces a la corriente, no teme
que llegue el calor, y sus hojas permanecerán lozanas, no se inquieta en año de
sequía, no dejará de dar frutos” (Jr 17,5-8). El Señor es compasivo y
misericordioso (salmo 102).
PASCUA DE RESURRECCIÓN
Pascua de Resurrección. Si la Cuaresma fueron cuarenta
días, la Pascua son cincuenta que llegan hasta Pentecostés, como dice la
etimología de la palabra, y que hacen que todos los domingos no sean “después
de Pascua”, sino “de Pascua” como una prolongación del único domingo de
celebración de la Resurrección del Señor. Tiempo de repetir el “aleluya”, que
es palabra compuesta de la que significa alabanza (allelu) y de la que inicia el nombre de Dios (Yah;
Jehová). Y, sustituyendo en este tiempo al “Ángelus” por el “Regina coeli”, así
lo cantamos los cristianos a nuestra Madre: “Reina del cielo, alégrate,
aleluya, porque el que mereciste llevar en tu seno, aleluya, ha resucitado según
predijo, aleluya. Ruega por nosotros a Dios, aleluya. Gózate y alégrate Virgen
María, porque ha resucitado verdaderamente el Señor, aleluya”. En griego:
Christos anesti! Alithos anesti! Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha
resucitado.
Tiempo de alegría porque con la Resurrección de
Jesucristo hemos sido redimidos, se ha abierto la puerta para la salvación,
para poder llegar junto a Dios y quedarnos con Él para siempre. “El Señor es
compasivo y misericordioso. Lento a la ira y rico en misericordia. No dura
siempre su querella, ni guarda rencor perpetuamente. No nos trata según
nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas… Él conoce de qué estamos
hechos, recuerda que somos polvo. ¡El hombre! Como el heno son sus días:
florece como flor silvestre; sobre él pasa el viento y no subsiste, ni se
reconoce más su sitio. Pero la misericordia del Señor dura para siempre…”
(salmo 103, 8-10, 14-17)
Tiempo pascual, tiempo de meditar las preguntas que
hace Jesús en los textos evangélicos. “¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no
hacéis lo que digo?” (Lc 6,46) es una pregunta que tiene respuesta en otro
texto: “No todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos,
sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán en aquel
día: Señor, Señor ¿no profetizamos en tu nombre, yen tu nombre arrojamos a los
demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces yo les responderé:
Jamás os he conocido; alejaos de mí los que hicisteis el mal” (Mt 7,21). Ante
esas palabras del alma se escapa el ofrecimiento ignaciano: “Toma Señor, mi
libertad, mi memoria, mi entendimiento; toda mi voluntad; todo mi haber y
poseer. Tú me lo diste, a Ti, Señor, lo torno. Todo es tuyo, dispón de mi según
tu voluntad. Dame tu amor y tu gracia que esto me basta” Y acabar: “Nec aliud
quidquam ultra posco”. Y llamamos Señor al Resucitado: “Se han llevado al Señor
del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2); “Señor mío y Dios
mío” (Jn 20,28)”; “¡Es el Señor!” (Jn 21,7); “Señor, Tú que lo sabes todo, Tú
sabes que te amo” (Jn 21,17)
Mes de mayo. Mes de María. Mes de romerías a
santuarios de la Virgen. De llevar flores a María que Madre nuestra es. Venid y
vamos todos con flores a María. Mes de mayo que empieza con la fiesta de san
José, el artesano de Nazaret, que también trabajó en Egipto; cabeza de la
Sagrada Familia: “¡Oh, feliz varón, bienaventurado José, a quien fue concedido
no sólo ver y oír a Dios… sino también abrazarlo, besarlo, vestirlo y
custodiarlo!”. Tiempo de invocar con frecuencia: “Madre mía inmaculada, san
José, mi padre y señor, ángel de la guarda, interceded por mí”.
PASCUA DE RESURRECCIÓN
Pascua de Resurrección. Domingo de Pascua, en la
cuarta semana, del Buen Pastor. El cristiano se sabe hijo de Dios. Sabemos que
somos hijos de Dios, que Dios se preocupa y ocupa de cada uno de nosotros. Mes
de María: “Madre quiere decir amor, miradas dulces, tiernas caricias,
sacrificios beneficios sin cuenta…” (sabatina marista)
El Buen Pastor de los profetas. “Porque esto dice el
Señor Dios: Yo mismo buscaré mi rebaño y lo apacentaré. Como recuenta un pastor
su rebaño cuando está en medio de sus ovejas que se han dispersado, así
recontaré mis ovejas y las recogeré de todos los lugares en que se dispersaron
en días de niebla y oscuridad… Las apacentaré en buenos pastos. Su aprisco
estará en los montes altos de Israel. Descansarán allí en un aprisco bueno y
encontrarán abundantes pastos en los montes de Israel. Yo mismo pastorearé mis
ovejas y las haré descansar, dice el Señor Dios. Buscaré a la perdida, haré
volver a la descarriada, a la que esté herida la vendaré, y curaré a la
enferma, tendré de buen cuidado de la bien nutrida y de la fuerte” (Ez 34,
11-12. 14-16). Una a una, todas.
El Buen Pastor de los salmos. “El Señor es mi pastor,
nada me falta. En verdes prados me hace reposar; hacia aguas tranquilas me
guía, reconforta mi alma, me conduce por sendas rectas por honor de su Nombre.
Aunque camine por valles oscuros no temo ningún mal, porque Tú estás conmigo;
tu vara y tu cayado me sosiegan” (salmo 23).
Y Jesús nos dice: “Yo soy el buen pastor. El buen
pastor da su vida por sus ovejas. El asalariado, el que no es pastor y al que
no le pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye - y
el lobo las arrebata y las dispersa- porque es asalariado y no le importan las
ovejas. Yo soy el buen pastor, conozco las mías y las mías me conocen. Como el
Padre me conoce a mí, así yo conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas.
Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que
las traiga y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor” (Jn
10,11-16). Y también: “¿Quién de vosotros si tiene cien ovejas y pierde una, no
deja las noventa y nueve en el campo y sale en busca de la que se perdió hasta
encontrarla? Y, cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso, y al
llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos y les dice: Alegraos conmigo,
porque he encontrado la oveja que se me perdió” (Lc 15,4-6). “Nuestro Señor
Jesús, el gran Pastor de las ovejas” (Heb 13,20)
Hasta llegar al cielo, ayuda al cristiano meditar las
preguntas que hizo. “Cuando se marcharon los enviados de Juan, comenzó a hablar
sobre Juan a las turbas: ¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña
agitada por el viento? Entonces ¿qué habéis ido a ver? ¿A un hombre vestido con
telas delicadas? Pero los que andan con vestidos espléndidos y lujosos están
ellos palacios. Entonces ¿qué habéis ido a ver? ¿A un profeta? Ciertamente, os
digo que a uno más que profeta… Porque yo os digo: Entre los nacidos de mujer
no hay ninguno mayor que Juan. Pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor
que él” (Lc 7,24-26. 28; Mt 11,1-9.11). Pocas veces lo pensamos, pero estas
palabras sobre Juan el Bautista pueden ayudar a meditar en Jesús. Es el mejor
amigo, el mejor pariente. Y hasta el final: “Estaré con vosotros hasta el fin
del mundo” (Mt 28,20). Mes de mayo: “Madre, ruega por nosotros, ahora y en la
hora de la muerte”.
PASCUA DE RESURRECCIÓN
Pascua de Resurrección. La alegría en Dios es eterna y
difusiva porque nace y está llena de amor, del amor más grande, del Amor. Dios
es caridad. Y en la esencia divina está la misericordia. Al avanzar en el
camino del tiempo de Pascua la liturgia así lo recoge: “Cantate Domino canticum
novum”, “Cantad al señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas; revela a
las naciones su justicia. Aleluya”. Y la Iglesia así lo pide: “Señor, tú que te
has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con
amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la
libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo” (Oración
colecta del quinto domingo de Pascua). “Que tu misericordia, Señor, venga sobre
nosotros, como lo esperamos de ti” (salmo 32).
Y en el camino pascual el cristiano anima el alma
recordando y meditando las preguntas del Señor en los Evangelios. “Cuándo ellos
se marchaban comenzó Jesús a hablar sobre Juan a las turbas: ¿Qué salisteis a
contemplar en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? Entonces, ¿qué
habéis ido a ver? ¿A un hombre vestido delicadamente? Pero los que llevan
vestidos delicados están en los palacios de los reyes. Entonces, ¿a qué habéis
ido? ¿A ver un profeta? Ciertamente os digo que a uno más que profeta. Este es
de quien está escrito: “He aquí que envío a mi ángel delante de ti, el cual
delante de ti, preparará tu camino” En verdad os digo que, entre los nacidos de
mujer no ha existido uno mayor que Juan Bautista. Pero el más pequeño en el
reino de los cielos es mayor que él” (Mt 11,7-11; Lc 7,24-30). Leyendo y
meditando ese pasaje, la memoria arroja a la consideración otras referencias
evangélicas.
“Una caña agitada por el viento” puede hacer recordar
el pasaje de Isaías: “Mira a mi siervo a quien sostengo, mi elegido, en quien
se complace mi alma. He puesto mi Espíritu sobre él; llevará el derecho a las
naciones. No gritará ni chillará, ni hará oír su voz en la calle. No quebrará
la caña cascada, ni apagará el pábilo vacilante” (Is 41,1-3). Y “el hombre vestido
delicadamente” puede traer la reflexión sobre el hombre rico, el epulón: “Había
un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días
celebraba espléndidos banquetes. En cambio, un pobre llamado Lázaro yacía
sentado en la puerta cubierto de llagas” (Lc 16, 19-20). Es un pasaje a incluir
en los textos fatales: “Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se
convencerán aunque uno resucite entre los muertos” (Lc 16,31), que exigen
acudir a los textos de la misericordia: “Hay alegría entre los ángeles de Dios
por un pecador que se arrepiente” (Lc 15,10). Porque Dios “quiere que todos los
hombres se salven” (1 Tm 2,4).
Mes de mayo, mes de María. ¡La Madre de Dios es mi
madre!, repetimos los cristianos. “Acordaos, oh piadosísima Virgen María que
jamás se oyó decir que ninguno de cuantos han acudido bajo vuestra protección
implorando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro haya sido abandonado
de vos. Animado por esta confianza a vos también acudo, oh Madre y Virgen de
vírgenes, y, gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante
vuestra presencia soberana. Oh, Madre de Dios, no deseches mis súplicas; antes
bien, escúchalas y acógelas benignamente. Amén”
PASCUA DE RESURRECCIÓN
Pascua de Resurrección. Casi cuarenta días ya
celebrando la pascua como si fuera un domingo que se prolonga todo este tiempo.
Tiempo de alegría que debe llenar nuestro día y rebosar en todos con los que
nos relacionamos: “Con gritos de júbilo anunciadlo y proclamadlo; publicadlo
hasta el confín de la tierra. Decid: el Señor ha redimido a su pueblo. Aleluya”
(antífona del sexto domingo de Pascua). y, pedimos a Dios que nos ayude a ser
como Él quiere que seamos: “Concédenos, Dios todopoderoso, continuar celebrando
con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado, y que los
misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se manifiesten en
nuestras obras” (oración colecta). Es la alegría desbordante de la bendición
que es la Pascua: “El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre
nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación” (salmo
66).
El cristiano sabe que el camino hacia el cielo y hasta
el cielo se hace teniendo la mirada fija en Jesús que nos acompaña
continuamente, oyendo sus pasos cuando nos precede, sintiendo su mirada amorosa
cuando sabemos que nos sigue de cerca para evitar que nos extraviemos, para
apoyarnos si vamos a caer o para recogernos si hemos caído ¡tantas veces! Y, en
esa compañía, no faltan los recuerdos de las preguntas del Señor. “¿Y con quien
compararé a los hombres de esta generación? ¿a quién se parecen? Son semejantes
a los niños que cantan en la plaza y se cantan unos a otros aquella letra: Os
hemos tocado la flauta y no habéis bailado; hemos tocado un himno fúnebre y no
habéis llorado. Porque vino Juan bautista que no comía pan ni bebía vino y
decís: Tiene un demonio. Ha venido el Hijo del hombre que come y bebe, y decís:
He aquí un hombre comedor y bebedor, amigo de publicanos y pecadores. Más sus
hijos han hecho justicia a la Sabiduría” (Lc 7, 31-35; Mt 11,12-19)
Como niños. “No te sorprendas de que te haya dicho que
debéis nacer de nuevo” (Jn 3,7). “Dejad que los niños se acerquen a mí y no se
lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios. En verdad os
digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él” (Mc
10,14-15). Niños ante Dios; con la espontaneidad de los niños que no son
capaces de contenerse en sus reacciones ni pueden ocultar sus sentimientos. Esa
es su debilidad ante todos y ante Dios, la debilidad que Dios conoce y ama; y
que nos da la esperanza del perdón en nuestras travesuras y maldades.
En la vida ordinaria. El comer y beber de Jesús en
compañía llena de pasajes recordados en los textos evangélicos. Con pruebas de
amor, unas veces, y descortesías, otras. Zaqueo, subido al sicómoro, como un
niño, bajó rápido y recibió a Jesús en su casa con alegría. Todos murmuraban,
pero él dijo: “Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres y si he
defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces más” (Lc 19,8).
Mayo. Mes de María, la Virgen Madre de Dios y Madre
nuestra. El cristiano, mientras pasea, mientras conduce, mientras contempla,
canta en voz alta, alegre, incluso haciendo dos voces, estando en soledad:
“Toma Virgen pura nuestros corazones. No nos abandones. Jamás. Jamás”. El
amoroso canto llega hasta el cielo y se oyen las risas de los ángeles y se
adivina la mirada de la Madre, señalándonos ante su Hijo.
ASCENSIÓN DEL SEÑOR
Ascensión del Señor. Aún viven muchos cristianos que
aprendieron y repitieron: “Tres jueves hay en el año que relucen más que el
sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”. Y así era: los
cuarenta días siguientes al Domingo de Resurrección se cumplen un jueves,
aunque las circunstancias hayan llevado a trasladar a un domingo, en la séptima
semana de Pascua, la solemnidad de la Ascensión. La Pascua de Resurrección aún
sigue hasta el domingo de Pentecostés que también debiera coincidir con los
cincuenta días siguientes al Domingo de Resurrección, aunque no sea así. Algunos pueden recordar unas palabras llenas
de amor que consideraban los cuarenta días en que Cristo Resucitado se quedó
con su Madre y los amigos como “una prórroga” que concedía el amor de Jesús. Y
tampoco falta el cristiano que considera los diez días que deberían pasar de la
Ascensión a Pentecostés, como un pequeño adviento, en espera del Espíritu
Santo, que sería como una tercera Pascua. Son días para meditar una y otra vez:
“Os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a
vosotros. En cambio, si yo me voy os lo enviaré” (Jn 16,7). Fueron días con
Jesús en el cielo y, con nosotros, hasta el fin del mundo.
El evangelio de la misa del día de la Ascensión, en
cada ciclo, acaba con la conclusión del texto de cada evangelista: “Y sabed que
yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20);
“Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de
Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el señor
cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban” (Mc
16,20); “Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo.
Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y
estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios” (Lc 24,53).
La vida ordinaria pone al cristiano en situaciones
para las que siempre le servirá recordar las preguntas del Señor: “Simón tengo
una cosa que decirte. Y él contestó: Maestro, di. Un acreedor tenía dos
deudores. Uno debía 500 denarios, y el otro 50. Como no tenían para pagar,
perdonó a los dos. ¿Quién, pues, de ellos le amará más? Respondió Simón:
Supongo que aquel a quien perdonó más. Él contestó: Has juzgado rectamente. Y,
vuelo hacia la mujer, decía: ¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa. No me
has puesto agua para los pies. Pero ella con las lágrimas ha lavado mis pies, y
con sus cabellos los ha secado. No me has dado un beso. Pero ella, desde que entré,
no ha dejado de besar mis pies. No has ungido mi cabeza con aceite. Pero ella
ha ungido mis pies con ungüento. Por eso te digo: están perdonados sus muchos
pecados, porque amó mucho” (Lc 7,40-47). Amor con amor se paga. Obras son
amores.
Acaba mayo. El mes dedicado a la Virgen María, Madre
de Dios y Madre nuestra. Con ella pasamos cada día de nuestra vida, con Ella
aprendemos a amar a Dios, de su mano caminamos hacia el cielo y Ella nos lleva
a Jesús cuando nos perdemos. “Respice stellam, voca Mariam”: “Mira la estrella,
llama a María”. Todo a Jesús por María; todo a María para Jesús”. Y cantamos a
nuestra Madre: “Mientras mi vida alentare, todo mi amor para ti. Aunque mi amor
te olvidare, tú no te olvides de mí”
PENTECOSTÉS
Pentecostés. “Porque el amor de Dios ha sido derramado
en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm
5,5). Es la manifestación amorosa de la Trinidad: “Y si el Espíritu de Aquél
que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que
resucitó a Cristo de entre los muertos dará vida también a vuestros cuerpos
mortales por medio de sus Espíritu, que habita en vosotros” (Rm 8.11)
Los cristianos celebran este domingo, que culmina los
cincuenta días de la Pascua de Resurrección, cantando y meditando una preciosa
secuencia: “Ven Espíritu Santo, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del
pobre; don en tus dones espléndido; luz que penetras las almas; fuente del
mayor consuelo. / Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las
lágrimas y reconforta en los duelos. / Entra hasta el fondo del alma, divina
luz, y enriquécenos. Mitra el vacío del hombre si tú le faltas por dentro; mira
el poder del pecado cuando no envías tu aliento. / Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero. / Reparte tus siete
dones, según la fe de tus siervos, por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo
su mérito, salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.”
Los cristianos sentimos en esta celebración la alegría
del amor de Dios, que es amor, y que, en la Trinidad, se manifiesta en el
Espíritu Santo como el amor del Padre al Hijo. “… La tradición occidental
expresa en primer lugar la comunión consubstancial entre el Padre y el Hijo
diciendo que el espíritu procede del Padre y del Hijo (Filioque). Lo dice “de
manera legítima y razonable”, porque el orden eterno de las personas divinas en
su comunión consubstancial implica que el Padre sea el origen primero del
Espíritu en tanto que “principio sin principio”, pero también que, en cuanto
Padre del Hijo Único, sea con él “el único principio del que procede el Espíritu
Santo”…” (CIC nº 248). La Trinidad es un misterio de fe que no puede ser
conocido si no es revelado (CIC nº 237).
Cristianismo es amor de Dios derramado en nuestros
corazones que deben rebosar alcanzado a todos y a todas las cosas como ceración
de Dios que son. Y en este camino de amor hasta el cielo, el cristiano
aprovecha para meditar las preguntas del Señor. De amor trata la parábola del
buen samaritano: “Levantóse un doctor de la ley para tentarle y le dijo:
“Maestro, ¿qué es lo que tengo que hacer para alcanzar la vida eterna?” Le
contestó: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees? ... ¿Quién de estos tres te
parece que se mostró prójimo del que cayó en manos de los ladrones? Contestó
él: “El que ejercitó con él la misericordia” Díjole Jesús: “Ve y haz tú lo
mismo” (Lc 10,25-26. 36-37). Examen de conciencia en hablando con Jesús: ¿cómo
lees lo escrito en la Ley? Confianza en su misericordia porque Jesús es mi
prójimo, está a mi lado continuamente.
Junio. Mes de devoción al Sagrado Corazón de Jesús. La
jaculatoria “¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!” escapa del alma porque
el cristiano sabe que, porque “al fin de la jornada aquél que se salva sabe y
el que no, no sabe nada”, todo lo que importa está en la misericordia de Dios.
Dios es mi Padre, Dios me ama, yo le importo a Dios.
SANTÍSIMA TRINIDAD
La Santísima Trinidad. Cristianismo es amar, porque
Dios es amor. La Santísima Trinidad es un misterio de amor y el cristiano goza
de las virtudes de fe, esperanza y amor en la Santísima Trinidad, en Dios
Padre, en Dios Hijo y en Dios Espíritu Santo. “El misterio de la Santísima
Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana… Toda la
historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los
medios por los cuales y el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu
Santo, se revela a los hombres, los aparta del pecado y los reconcilia y une
consigo” (CIC 234).
En la misa del día, se lee: “Ya que hemos recibido la
justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor
Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que
estamos; y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de
Dios. Más aún, hasta nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la
tribulación produce constancia; la constancia, virtud probada; la virtud,
esperanza; y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado
en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5.1-5). Y
se canta el aleluya: “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Al Dios
que es, que era y que viene (Ap, 1,8). Y decimos en el Prefacio: “En verdad es
justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias, siempre y en
todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Que con tu único
Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios; no una sola Persona, sino tres
Personas en una sola naturaleza.”
Saturado de Dios y sumido en Dios, el cristiano
reconoce su debilidad, sus fallos, sus olvidos, sus graves osadías, pero
también confía en la Misericordia divina, que, como Padre, como Hermano, como
Defensor, poniendo en su Corazón nuestras miserias, nos busca, nos llama, nos
acoge, nos perdona y quiere llevarnos al cielo para siempre. Y en ese vivir en
Dios, esperanzado, el cristiano recuerda las preguntas del Señor: “Pedid y se
os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide,
recibe, y el que busca, encuentra, y a quien llama se le abre. ¿Qué padre hay
entre vosotros que, si su hijo le pide pan, le dé una piedra? Y si un pez, ¿por
ventura le dará, en vez del pez, una serpiente?, o si pide un huevo ¿le dará un
escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas
buenas, ¿cuánto más el padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le
ruegan” (Lc 11,9-13). Siempre es tiempo de oración.
“Orar es levantar el corazón a Dios y pedirle
mercedes”, decían los catecismos escolares (Astete, Ripalda). El Padrenuestro
con el que Jesús nos enseñó a orar tiene siete peticiones (no son dos, sino la
misma: “perdona nuestras ofensas” y “como nosotros perdonamos” y las pausas en
medio son inadecuadas). Y si es verdad que “Pedís y no recibís porque pedís
mal” (St 4,3), también lo es: “Ya sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad
antes de que se lo pidáis” (Mt 6,8 y 6.32). Necesitados de Dios y de su gracia.
El rosario nos acerca a la Santísima Trinidad
invocando a la Virgen. Una devoción recita en las últimas cuentas que coronan
con la Cruz: “Dios te salve María, Hija de Dios Padre, llena eres de gracia…”,
“Dios te salve María, Madre de Dios Hijo, llena de gracia…”, “Dios te salve
María, Esposa del Espíritu Santo, llena eres de gracia…”
CORPUS CHRISTI
Corpus Christi. El Santísimo Cuerpo y Sangre de
Cristo. Misterio de amor, Dios toma la naturaleza humana para ser como nosotros
en todo menos en el pecado (cf. Flp 2,6-11). Gran misterio: El Hijo de Dios,
Jesucristo, nace, vive y muere, disfruta y padece, todas nuestras experiencias
las ha conocido. Podemos recurrir a Él en toda ocasión porque sabe de qué
hablamos, porque le interesa todo lo que nos pasa, porque conoce nuestros
pensamientos y sabe lo que querríamos decir antes de decírselo (cf. Mt 6,25-32).
Y ante el Crucificado: “No me mueve, mi Dios, para
quererte / el cielo que me tienes prometido, / ni me mueve el infierno tan
temido, / para dejar por eso de ofenderte. / Tú me mueves, Señor, muéveme el
verte / clavado en una cruz y escarnecido, / muéveme ver tu cuerpo tan herido,
/ muévenme tus afrentas y tu muerte. / Muéveme, en fin, tu amor, y en tal
manera / que, aunque no hubiera cielo, yo te amara / y aunque no hubiera
infierno te temiera. / No me tienes que dar porque te quiera, pues, aunque lo
que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera” (soneto anónimo,
publicado en 1628).
Y ante el Sagrario: “Te adoro con devoción, Dios
escondido, / oculto verdaderamente bajo estas apariencias. / A Ti se somete mi
corazón por completo / y se rinde totalmente al contemplarte. / Al juzgar de
Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto, / pero basta el oído para creer
con firmeza; / creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: / nada es más
verdadero que esta Palabra de verdad. / En la Cruz se escondía sólo la
Divinidad, / pero aquí se esconde también la Humanidad; / sin embargo, creo y
confieso ambas cosas / y pido lo que pidió el ladrón arrepentido. / No veo las
llagas como las vio Tomás, / pero confieso que eres mi Dios: / haz que yo crea
más en Ti, / que en Ti espere y que te ame. / ¡Memorial de la muerte del Señor!
/ Pan vivo que das vida al hombre: / concede a mi alma que de Ti viva / y que
siempre saboree tu dulzura. / Señor Jesús, pelícano bueno, / lípiame a mí,
inmundo, con tu Sangre, / de la que una sola gota puede liberar / de todos los
crímenes al mundo entero. / Jesús, a quien ahora veo oculto, / te ruego que se
cumpla lo que tanto ansío: / que, al mirar tu rostro cara a cara, / sea yo
feliz viendo tu gloria.” (quizá uno de los cincos himnos que escribió santo
Tomás de Aquino en 1264 para la fiesta del Corpus Christi, a solicitud del papa
Urbano IV)
En la comunión del Cuerpo de Cristo, la fe ensancha el
alma y reconocemos que nos llenamos de Dios y nos metemos en Dios. “El que come
mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6,57). Misterio de amor
que el Maligno no comprende. Y, en el recuerdo, las preguntas del Señor: “Y los
escribas que habían bajado de Jerusalén decían: Tiene a Beelzebul y arroja a
los demonios con el poder del príncipe de los demonios. Y llamándoles a su lado
les decía: ¿Cómo puede Satanás arrojar a Satanás?” (Mc 3,22-23). Con otras
construcciones (Mt 12, 24-30. 43-45; Lc 11,15-26) el pasaje incluye: “Si
Satanás está dividido contra sí, ¿cómo resistirá su reino?”. No es así en un
cristiano: “Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los
principados, ni lo presente ni lo futuro ni las potestades, ni la altura ni la
profundidad ni otra criatura alguna, podrá separarnos del amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 8,38-39). Y, mirando dentro,
decimos: “No permitas que me aparte de Ti”.
TIEMPO ORDINARIO
Aunque hace dos semanas que acabó la Pascua de
Resurrección, los cristianos hemos seguido con celebraciones: la Santísima
Trinidad, el Corpus Christi; y con fiestas entrañables: el Sagrado Corazón de
Jesús, el Inmaculado Corazón de María. En el alma de los cristianos todas
fechas del calendario son días que llaman a hacer con buen ánimo, alegría y
esperanza el camino hacia el cielo, Dios es amor; cristianismo es recibir amor
de Dios y derramar amor en todos. Lo ordinario, en fin, es vivir en Cristo.
“Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de
los que aman a Dios” (Rm 8,28). “Si Dios está con nosotros ¿quién contra
nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos
nosotros, ¿cómo no nos dará con Él todas las cosas? ¿Quién presentará acusación
contra los elegidos de Dios? ¿Dios el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Cristo
Jesús que murió, más aún, el que fue resucitado, el que además está a la
derecha de Dios, el que está intercediendo por nosotros? (Rm 8,31-34)
El cristiano sabe bien cómo vivir, como convivir: “Por
tanto, como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de
misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia.
Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga queja contra otro; como
el señor os ha perdonado hacedlo así también vosotros; sobre todo revestíos con
la caridad que es el vínculo de la perfección” (Col 3,12-14). “La caridad es
paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se
jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el
mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta,
todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 4-7).
“¿Está triste alguno de vosotros? Que rece. ¿Está
contento? Que cante salmos. ¿Está enfermo alguno de vosotros? Que llame a los
presbíteros de la Iglesia y que oren sobre él, ungiéndole con aceite en nombre
del Señor” (St 5,13-14). “Alegraos siempre en el Señor, os lo repito, alegraos.
Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca.
No os preocupéis por nada; al contrario: en toda ocasión y súplica, presentad a
Dios vuestras peticiones con acción de gracias” (Flp 4,4-6)
El cristiano medita las preguntas del Señor: “Si
tenéis un árbol bueno, su fruto será bueno. Si tenéis un árbol malo, su fruto
será malo, porque el árbol se conoce por el fruto. Raza de víboras ¿cómo podéis
decir cosas buenas, si sois malos? Porque de la abundancia del corazón habla la
lengua. El hombre bueno saca cosas buenas del buen tesoro, pero el hombre malo
saca cosas malas del mal tesoro Os digo que los hombres darán cuenta el día del
juicio de cualquier palabra ociosa que dijeren. Porque por tus palabras te
justificarás y por tus palabras te condenarás” (Mt 12,33-36). Este pasaje saca
de la memoria del cristiano otro con en el que Evangelio de Mateo acaba la
exposición de las parábolas y su explicación a los discípulos: “Todo escriba
instruido en el Reino de los Cielos es como un hombre, amo de su casa, que saca
de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas” (Mt 13,52). Y, así, el cristiano es
consciente del bien o del mal que puede hacer con su decir en la vida
ordinaria: la gravedad de la calumnia, de la murmuración, de la mentira, lo
conveniente de callar, la delicadeza en el consejo.
TIEMPO ORDINARIO
Tiempo Ordinario. Sentimientos diversos al pensar en
los días pasados con sus ilusiones y frustraciones porque cada día tiene su
propio agobio (Mt 6,34); y se piensa también en los días próximos más o menos
inmediatos porque se podrá descansar y porque la diversión será variar en el
quehacer. El cristiano, que vive en Cristo porque “Ya no vivo yo, es Cristo que
vive en mi” (Ga 2,20), da un sentido trascedente el devenir de los días y es
consciente de que la vida es camino hacia y hasta el cielo donde nos espera
Dios, que es Padre. Es imposible no tener presente el pasaje evangélico del
padre bueno, del hijo que abandonó el amor y volvió al amor y del hijo que
vivió en el amor sin ser consciente de lo que es esa situación: “Cuando aún
estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se
le echó al cuello y le cubrió de besos” (Lc 15,20). Y también: “Hijo, tú
siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo” (Lc 15,31)
Cristianismo es amor (“Amo porque amo”, san Bernardo.
Sermón 83,4-6). Y amor es encuentro con el que nos ama y con el deberíamos amar
y por eso el cristiano pide y se exige “querer querer” (Señor haz que te quiera
como Tú quieres que te quiera”), que nada le aparte del amor de Dios (Rm 8,39)
y a Dios, y desea vivir “metido en Dios” y “lleno de Dios”. Así, el cristiano,
siguiendo lo que podría ser un orden cronológico en la vida de Jesús según los
evangelios, puede ayudarse en mantener ese encuentro amoroso recordando y
respondiendo las preguntas que hace el Señor: “Díjole uno: -Tu madre y tus
hermanos están fuera esperando para hablarte. Y respondió a quien le había
hablado: -¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?. Y, extendiendo la
mano hacia sus discípulos, dijo: - He aquí a mi madre y a mis hermanos. Pues
quienquiera que cumpla la voluntad de mi padre del Cielo, ése es mi hermano,
hermana y madre” (Mt 12,47-50; cf. Mc 3,31-35, Lc 8,10-21). En el recuerdo:
“Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que criaron” y la réplica
de Jesús: “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la
guardan” (Lc 11,27-28)
Antes se puede leer: “Entonces llega a casa y se
vuelve a juntar la muchedumbre, de manera que no podían ni siquiera comer. Al
enterarse sus parientes fueron a llevárselo, porque decían que había perdido el
juicio” (Mc 3,20-21). Indiscutida la virginidad de María, por “los hermanos de
Jesús” (cf. Mc 3,1 y 6,3; 1 Co 9,50; Ga 1,19) se debe entender (CIC nº 500)
“parientes próximos”; así, Santiago y José “hermanos de Jesús” (Mt 13,55) son
los hijos de María, una discípula (Mt 27,56) que se designa como “la otra
María” (Mt 28,1).
Hijos de Dios: “Pues el espíritu mismo da testimonio
junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos,
también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo con tal de que
padezcamos con él, para ser con él también glorificados” (Rm 8,16-17). Pero al
llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer,
nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que
recibiéramos la adopción de hijos… De manera que ya no eres siervo, sino hijo;
y, como eres hijo, también heredero por la gracia de Dios” (Ga 4, 4-5.7).
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo… Nos predestinó a ser
sus hijos adoptivos por Jesucristo…” (Ef 1,1.5).
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano vive de continuo en la presencia de Dios:
“Señor, mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes,
te adoro…”. En varias ocasiones durante el día hace la señal de la cruz
invocando a la Santísima Trinidad: “En el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo” o dice el “Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo”;
reza con frecuencia el “Padre nuestro”; tiene a Jesús en todo momento en el
pensamiento o en los labios, con oraciones, como el “Señor mío Jesucristo” al
“Alma de Cristo, santifícame”; con jaculatorias, como “Jesús, hijo de Dios, ten
misericordia de mí que soy un pecador” o la sencilla y preciosa: “Iesu, Iesu,
esto mihi semper Iesus” (Jesús, Jesús, sé para mí siempre Jesús). También al
Espíritu Santo, el “gran desconocido”, nuestro consejero, nuestro defensor,
deberíamos encomendarnos en toda ocasión: “Ven Espíritu Creador, visita las
almas de tus fieles…”. Y, entrando en el cielo con el alma, todos los
cristianos viven sus días y sus noches en el amor de María que es Madre de Dios
y Madre nuestra y amparados en san José, nuestro padre y señor.
La meditación de las preguntas del Señor en los
Evangelios ofrece ocasiones de repasar esa vivencia insuperable de estar oyendo
a Jesús, rodeado de quienes lo escucharon entonces y sintiéndose unidos todos
los que hacemos comunión con los santos. “Y añadió: ¿No entendéis esta
parábola? Entonces ¿cómo vais a entender todas las otras parábolas? El
sembrador siembra la palabra. Los que están a lo largo del camino son aquellos
donde se siembra la palabra y apenas han oído; viene enseguida Satanás y quita
la palabra sentada en ellos…” (Mc 4,13-15; cf. Mt 13,18-23; Lc 8,11-15). Y, el
cristiano termina la reflexión deseando que se cumpla en él el final de la
explicación de Jesús: Lo que cayó en buena tierra son los que, después de haber
oído la palabra, la conservan en su corazón noble y bueno y producen fruto con
constancia” (Lc 8,15). Y resuena en el corazón: “Os he elegido y os he
destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16).
Esa es la misión en comendada, el sentido de nuestra vida.
Y recuerdos. Del campo a sembrar: “Vosotros sois el
campo de Dios (1 Co 3,9). Del crecimiento de la semilla y del fruto: “El Reino
de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra y,
duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo.
Porque la tierra produce fruto ella sola: primero hierba, después espiga y por
fin trigo maduro en la espiga. Y en cuanto está s punto el fruto, enseguida
mete la hoz, porque ha llegado la siega” (Mc 4,26-29). Y del cuidado del Señor
por todo, por cada uno y por todos: “Fijaos los lirios del campo, como crecen,
no se fatigan ni hilan y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo
vestirse como uno de ellos” (Mt 6, 28-29). Y de la cosecha abundante del rico
insensato: “Las ciertas de cierto hombre rico dieron mucho fruto. Y se puso a
pensar para sus adentros: ¿qué puedo hacer ya que no tengo dónde guardar mi
cosecha? Y se dijo: Esto haré: voy a destruir mis graneros y construiré otros
mayores, y allí guardaré todo mi trigo y mis bienes. Entonces le diré a mi
alma: Alma ya tiene muchos bienes almacenados para muchos años. Descansa, come,
bebe, pásalo bien. Pero Dios le dijo: Insensato, esta misma noche te van a
reclamar el alma; lo que has preparado ¿para quién será? Así ocurre con quien
atesora para sí y no es rico ante Dios” (Lc 12, 16-21). “Doce nos, Domine; duce
nos”.
TIEMPO ORDINARIO
En el seguimiento del Señor, viviendo los pasajes
evangélicos como un personaje más, el cristiano guarda en el corazón muchos
detalles que, en otro momento, permiten fijar el recuerdo, saborearlo y hacerlo
fuente que mana el amor de Dios. Las preguntas del Señor pueden servir de guía
para ese fin. “Y les decía: ¿Por ventura se tiene la lámpara para meterla
debajo del celemín o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelabro? Pues
nada hay oculto sino para que se manifieste; nada está escondido sino para que
se haga público. Quien tenga oídos para oír, oiga” (Mc 4,21-23). Es un pasaje
que a muchos le lleva a recordar que nada está oculto para Dios que es nuestro
“Padre y ve en lo escondido” (Mt 6,4.6.18) y que nos recompensará por nuestra
oración, por nuestros sacrificios, por nuestra entrega a los demás.
En el evangelio de Lucas se puede leer dos veces la
parábola de la lámpara y en dos momentos distintos: después de la parábola del
sembrador y en la subida a Jerusalén. Una: “Nadie que ha encendido una lámpara
la cubre con una vasija o la pone debajo del lecho, sino que la coloca sobre un
candelabro, para que todos los en entran vean la luz. No hay nada oculto que no
llegue a ser descubierto, ni secreto que no se haya de conocer y salga a la
luz” (Lc 8,16-18). Y otra: “Nadie que enciende una lámpara la pone oculta o
debajo del celemín, sino sobre el candelabro, para que los que entran vean el
resplandor. La lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Mientras tu ojo está sano, todo
tu cuerpo está iluminado; pero cuando está enfermo, tu cuerpo está en
tinieblas. Cuida, pues, que su luz no se convierta en oscuridad. Si tu cuerpo
todo está iluminado y no tiene parte alguna oscura, estará todo iluminado, como
cuando la lámpara te alumbra con el resplandor” (Lc 11, 33-36). Lo oculto es
ajeno a la relación con Dios: “Señor, Tú me sondeas y me conoces, me conoces
cuando me acuesto y me levanto, de lejos penetras mis pensamientos…” (salmo
138). “Entonces algunos escribas dijeron para sus adentros: - Éste blasfema.
Conociendo Jesús sus pensamientos” (Mt 9, 3-4)
En el evangelio de Mateo también hay dos referencias.
Una, después de las bienaventuranzas: “Vosotros sois la luz del mundo. No puede
ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz
para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a
todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres para que vean
vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt
5,15). Y otra, en las enseñanzas sobre la oración, la limosna y el ayuno: “La
lámpara del cuerpo es el ojo. Por eso, si tu ojo es sencillo, tu cuerpo estará
iluminado. Pero si tu ojo es malicioso, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Y
si la luz que hay en ti es tinieblas, ¡qué grande será la oscuridad! (Mt
6,22-23). El ojo es la luz que ilumina la realidad en que vivimos, la realidad
en que nos debemos santificar: “Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos
en el hoyo? El discípulo no es más que su maestro. ¿Cómo es que ves la mota en
el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que hay en tuyo? ¿Cómo puedes decir
a tu hermano: Hermano, deja que saque la mota que hay en tu ojo? … Hipócrita,
saca primero la viga de tu ojo y entonces verás bien para sacar la mota del ojo
de tu hermano” (Lc 6,39-42). Y para meditar separadamente ese terrible final:
¡qué grande será la oscuridad!
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano es cristiano porque se ha encontrado con
Cristo y vive en su presencia. “Vivo yo, ya no soy yo quien vive, sino que es
Cristo quien vive en mí. Y la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo por mi
fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a la muerte por mí” (Ga 2,20).
El cristiano vive en la esperanza confiada de que Dios está con nosotros, nos
espera para estar siempre con Él y así lo pide Jesús al Padre: “Sabed que yo
estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20); “En la
casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario ¡os hubiera dicho que voy
a prepararos un lugar. Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de
nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que donde yo estoy, estéis también
vosotros” (Jn14,2-3); “Padre quiero que donde yo estoy también estén conmigo
los que me has confiado” (Jn 17,24)
Las preguntas del Señor ayudan a vivir en su presencia
y animan a conformar la propia vida siguiendo las actitudes, las palabras, los
pasos de Jesús como si fuéramos un acompañante en todas y cada una de sus
jornadas. “Cuando terminó de hablar, un fariseo le convidó a comer con él:
entró en la casa y se puso a la mesa. El fariseo quedó admirado al ver que no
se lavó antes de la comida. El Señor le dijo: Pues bien, vosotros los fariseos
purificáis el exterior de la copa y del plato, pero vuestro interior está lleno
de rapacidad y malicia. ¡Insensatos! Quien hizo lo exterior ¿no hizo también lo
interior? Pero dad limosna de vuestros bienes y todo lo tendréis puro. Mas ¡ay
de vosotros, fariseos, que dais el diezmo de la menta, de la ruda y de toda
legumbre, y dejáis a un lado la justicia y el amor de Dios! Es necesario
practicar esto y no omitir aquello” (Lc 11,37-42). Este final es clarificador:
sólo una cosa es necesaria, pero no hay que omitir lo demás que compete a cada uno.
Lo necesario. “Cuando iban de camino entró en cierta
aldea, y una mujer que se llamaba Marta, le recibió en su casa. Tenía ésta una
hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Pero María andaba afanada con numerosos quehaceres y poniéndose delante dijo: -
Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servicio?
Dile entonces que me ayude. Pero el Señor le responde: - Marte, Marte, tú te
preocupa y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria:
María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada” (Lc 10,38-42).
Los detalles. “Y vuelto hacia la mujer, le dijo a
Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella
en cambio me ha bañado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus
cabellos. No me diste el beso. Pero ella, dese que entré no ha dejado de besar
mis pies. No has ungido mi cabeza con aceite. Ella en cambio ha ungido mis pies
con perfume. Por eso te digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha
amado mucho” (Lc 7,44-47). Y también: “Cuando terminó de hablar, cierto fariseo
le rogó que comiera en su casa. Entró y se puso a la mesa. El fariseo se quedó
extrañado al ver que Jesús no se había lavado antes de la comida. Pero el Señor
le dijo: Así que vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato,
pero vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad. ¡Insensatos! ¿Acaso
quien hizo lo de fuera no ha hecho también lo de dentro?” (Lc 10,37-40). El
amor no tiene excusas.
TIEMPO ORDINARIO. FIN DE CURSO
El calor, la calor y las calores, son grados en la
tierra de María Santísima. ¡Ánimo!
El curso se acaba. Es tiempo de descanso, de rearmarse
de fuerzas en el cuerpo y en el espíritu. El cristiano encuentra motivo de meditación,
de adoración a Dios; de acción de gracias, por el curso acabado, por la vida
recibida y sostenida; de petición, para cada uno, para los cercanos, para los
lejanos, para los contrarios, para el que lo necesite, sea quien sea.
Manteniendo la costumbre en el blog, sigue aquí la poesía del Padre Alarcón
S.I. que reprodujo el Padre Coloma S.I., con texto en prosa intercalado, en su
obra “Pequeñeces”, en el pasaje en el que, en una distribución de premios
escolares, un niño recitaba a la Virgen. Adaptando las palabras a la actualidad
de cada uno. Pensando.
- “Dulcísimo recuerdo de mi vida, / bendice a los que
vamos a partir. / ¡Oh, Virgen del recuerdo dolorida, / recibe tú mi adiós de
despedida, y acuérdate de mí!... / Lejos de aquestos tutelares muros, / los
compañeros de la edad feliz / no serán a tu amor perjuros; / conservarán sus
corazones puros; / ¡Se acordarán de ti! / Mas siento al alejarme una agonía /
cual no la suele el corazón sentir…/ En palabras de niño ¿quién confía? / Temo…
no sé qué temo, Madre mía, / por ellos y por mí…” Estos cortes circunstanciales
en la rutina vital permiten recordar tiempos pasados en los que la fe, la
piedad, la relación con Dios era intensa, amable, cordial. Conviene sacar
ánimos de ahí.
- “Dicen que el mundo es un jardín ameno / y que
áspides oculta ese jardín… / que hay frutos dulces de mortal veneno… / que el
mar del mundo está de escollos lleno… / Y ¿por qué estará así? / Dicen que por
el oro y los honores / hombres sin fe, de corazón ruín, /secan el manantial de
sus amores, / y a su Dios y a su Patria son traidores… ¿Por qué serán así? /
Dicen que de esta vida los abrojos / quieren trocar en mundanal festín; / que
ellos, ellos motivan tus enojos, / y que ese llanto de tus dulces ojos/ lo
causan ellos, ¡sí! / Ellos, ¡ingratos!, de pesar te llenan… / ¿Seré yo también
sordo a tu gemir? / ¡No! ...; yo no quiero frutos que envenenan, / no quiero
goces que a mi Madre apenan, / ¡no quiero ser así! / En los escollos de esta
mar bravía / yo no quiero sin gloria sucumbir; / yo no quiero que llores por mí
un día, / yo no quiero que llores, Madre mía… / ¡No quiero ser así!” Quizá
nuestra experiencia vital empieza aquí, recordando tiempos de olvido de Dios,
de alejamiento de Dios. También esa poesía de niño puede animarnos.
- “Y mientras yo responda a tu reclamo, / mientras me
juzgue con tu amor feliz, / y ardiendo en este afecto en que me inflamo / te
diga muchas veces que te amo, / ¿te olvidarás de mí? / ¡Ah, no, dulce recuerdo
de mi vida! / Siempre que luche en poderosa lid, / siempre que llore mi alma
dolorida, / al recordar mi adiós de despedida / ¡Te acordarás de mí! / Y en
retorno de amor y fe sincera, / jamás sin tu recuerdo he de vivir: / tuya será
mi lágrima postrera… / Hasta que muera, Madre, hasta que muera, / me acordaré
de ti!” Así, con ese arrojo juvenil, aún en la edad madura, es tiempo de
propósitos, de animarnos unos a otros, la mejor inversión: ¡el ciento por uno!
- “Tú en pago, Madre, cuando llegue el plazo / de
alzar el vuelo al celestial confín, / estrechándome a ti con dulce abrazo, / no
me apartes jamás de tu regazo, / ¡no me apartes de ti!”. No hay mayor seguridad
que ir a Jesús de la mano de la Madre.
Unos a otros, todos nos deseamos un feliz descanso. Un
“seguir sin parar” más pausado.
TIEMPO ORDINARIO. AGOSTO
Recordando la Biblia (1): la viuda de
Sarepta
“Elías,
que era de Tisbé de Galaad, fue a decir a Ajab: Tan cierto como que vive Yavé,
Dios de Israel, a quien sirvo, que no habrá estos años ni rocío ni lluvia, a
menos que yo lo ordene.
Una palabra
de Yavé fue dirigida a Elías: Sal de aquí y anda al este. Te esconderás en
el torrente de Queret, al este del Jordán. Tomarás agua del torrente y he
ordenado a los cuervos para que te provean allá abajo.
Salió
pues Elías e hizo lo que Yavé le había dicho; fue a instalarse en el torrente
de Querit, al este del Jordán, y los cuervos le traían pan en la mañana y carne
en la tarde.
Pero al
cabo de un tiempo el torrente se secó, porque no caía más lluvia en el país. Le
fue dirigida entonces una palabra de Yavé: Levántate, anda a instalarte en
Sarepta, en la región de Sidón. He dado órdenes allá a una viuda para que te
alimente.
Se
levantó y partió para Sarepta. Cuando llegó a la puerta de la ciudad, había
allí una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo: ¿Quieres traerme un poco
de agua en ese cántaro para que yo beba? Cuando iba a buscarla, la llamó y le
dijo: ¿Podrías traerme también un trozo de pan?
Ella le
respondió: Tan cierto como que vive Yavé, tu Dios, que no tengo nada cocido;
sólo tengo un poco de harina en un tiesto y un poco de aceite en un cántaro.
Estaba recogiendo dos atados de leña y vuelvo a mi casa para prepararlo para mí
y para mi hijo. Lo comeremos y luego vendrá la muerte.
Elías
le dijo: No temas, anda y haz lo que te digo; sólo que prepara primero un
pancito que me traerás, luego harás otro para ti y para tu hijo. Porque esto
dice Yavé, Dios de Israel: La harina del tiesto no se acabará y el aceite del
cántaro no se terminará hasta el día en que Yavé haga llover sobre la tierra.
Ella se
fue e hizo tal como le había dicho Elías, y durante mucho tiempo tuvieron qué
comer, éste, ella y el hijo. La harina del tiesto no se acabó y el aceite del
cántaro no se terminó, según la palabra que Yavé había dicho por boca de Elías.
Sucedió
después que el hijo de la dueña de casa cayó enfermo; su enfermedad empeoró y
exhaló el último suspiro. Entonces ella dijo a Elías: ¿Por qué te has metido en
mi vida, hombre de Dios? ¿Has venido a mi casa para poner delante de Dios todas
mis faltas y para hacer morir a mi hijo? Le respondió: Dame a tu hijo.
Elías
lo tomó de los brazos de esa mujer, subió al cuarto de arriba, donde se
alojaba, y lo acostó en su cama. Luego invocó a Yavé: Yavé, Dios mío,
dijo, ¿harás que recaiga la desgracia aun sobre esta viuda que me aloja,
haciendo que muera su hijo? Entonces se tendió tres veces sobre el niño e
invocó a Yavé: Yavé, Dios mío, devuélvele a este niño el soplo de vida.
Yavé
oyó la súplica de Elías y le volvió al niño la respiración: ¡estaba vivo! Elías
tomó al niño, lo bajó del cuarto alto a la casa y se lo devolvió a su madre.
Elías le dijo: Mira, tu hijo está vivo. Entonces la mujer dijo a Elías: ¡Ahora
sé que tú eres un hombre de Dios y cuando tú dices la palabra de Dios, es
verdad!” (1R 17, 1-24)
TIEMPO ORDINARIO. AGOSTO
Recordando la Biblia (2): El Dios
verdadero
“Ajab convocó a todo Israel al monte
Carmelo, y también reunió a los profetas.
Entonces
Elías se acercó al pueblo y dijo: ¿Hasta cuándo saltarán de un pie al otro? Si
Yavé es Dios, síganlo; si lo es Baal, síganlo. El pueblo no respondió.
Elías
dijo al pueblo: Soy el único que queda de los profetas de Yavé, y ustedes ven
aquí a cuatrocientos cincuenta profetas de Baal. ¡Dennos dos toros! Ellos
tomarán uno, lo descuartizarán y lo pondrán sobre la leña sin prenderle fuego.
Yo, prepararé el otro toro y lo pondré sobre la leña sin prenderle fuego.
Luego
invocarán el nombre de su dios; yo invocaré el nombre de Yavé. El Dios que
responda enviando fuego, ese es Dios. Todo el pueblo respondió: ¡Muy bien!
Elías
dijo a los profetas de Baal: Como ustedes son más, elijan primero su toro.
Prepárenlo, invoquen el nombre de su dios, pero sin prender fuego.
Tomaron
pues el toro que les pasaron, lo prepararon e invocaron el nombre de Baal desde
la mañana hasta la noche, gritando: ¡Baal, respóndenos!
Pero no
se oyó nada ni hubo respuesta alguna mientras saltaban delante del altar que
habían levantado.
Llegó
el mediodía; Elías se mofaba de ellos: ¡Griten más fuerte!, les decía. Si bien
es dios, tal vez está meditando, o está ocupado o anda viajando; a lo mejor
está durmiendo y tienen que despertarlo.
Gritaban
pues cada vez más fuerte mientras se hacían, según sus costumbres, incisiones
con cuchillos para que corriera la sangre.
Siguieron
gesticulando toda la tarde hasta el momento en que se presenta la ofrenda
vespertina, pero no se oía nada: ¡ni una respuesta, ni tampoco reacción
alguna!
Elías
dijo entonces a todo el pueblo: Acérquense a mí. Todo el pueblo se acercó a
Elías mientras éste levantaba de nuevo el altar de Yavé que había sido
derribado.
Tomó
doce piedras, según el número de las tribus de Jacob, del hombre que había
recibido esta palabra de Yavé: Tu nombre será Israel. Elías arregló las
piedras, después cavó alrededor del altar una zanja que podía contener como
treinta litros de agua. Acomodó la leña, partió en trozos el toro y lo
puso sobre la leña.
Luego
dijo: Llenen con agua cuatro cántaros y vacíenla sobre el holocausto y la leña.
Así lo hicieron y les dijo: ¡Háganlo de nuevo! Lo hicieron por segunda vez.
Añadió: ¡Una vez más! Y lo hicieron por tercera vez. El agua escurría del
altar y llenó toda la zanja.
En la
hora en que se presenta la ofrenda de la tarde, Elías el profeta se adelantó y
dijo: Yavé, Dios de Abrahán, de Isaac y de Israel, que sepan hoy que tú eres
Dios de Israel, que yo soy tu servidor, y que en todo actúo según tu
palabra. ¡Respóndeme, Yavé, respóndeme! ¡Que sepa este pueblo que tú eres
Dios, tú Yavé, y que tú eres el que convierte su corazón!
Bajó
entonces el fuego de Yavé, que consumió el holocausto y la leña y absorbió toda
el agua que había en la zanja.
Al ver esto, todo el pueblo se echó con el rostro en
tierra, gritando: “¡Yavé es Dios! ¡Yavé es Dios!”. (1R 18,20-39)
TIEMPO ORDINARIO. AGOSTO
Recordando la Biblia (3): Elías y Dios
“Elías tuvo miedo y huyó para salvar su vida.
Llegó a
Berseba en el territorio de Judá y allí dejó a su sirviente. Se adentró en
el desierto durante todo un día de camino, luego fue a sentarse bajo un retamo
y pidió la muerte: “Basta, dijo. Yavé, toma mi vida, porque ya no valgo más que
mis padres”. Se acostó y se quedó dormido.
Un
ángel tocó a Elías y le dijo: “Levántate y come”. Miró y vio que había
allí cerca de él una tortilla cocida sobre piedras y un cántaro de agua. Comió,
bebió y se volvió a acostar.
Por
segunda vez el ángel de Yavé se le acercó, lo tocó y le dijo: “Levántate y
come, porque el camino es demasiado largo para ti”.
Comió y
bebió. Confortado con ese alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches
hasta llegar al cerro de Dios, el Horeb. Allí se dirigió hacia la caverna
y pasó la noche en ese lugar.
He aquí
que le fue dirigida la palabra de Dios: “¿Elías, qué haces aquí?”
Respondió:
“Ardo de indignación por Yavé Sabaot, porque los hijos de Israel te han
abandonado. Han derribado tus altares, dado muerte a cuchillo a tus profetas;
sólo he quedado yo y tratan de matarme”. Yavé le respondió: “Sal fuera y
quédate en el monte delante de Yavé”.
Y Yavé
pasa. Un viento fuerte y violento pasa delante de Yavé, hiende los montes y
parte las rocas, pero Yavé no está en el viento. Después del viento viene un
terremoto, pero Yavé no está en el terremoto. Después del terremoto, un fuego,
pero Yavé no está en el fuego.
Después
del fuego, se sintió el murmullo de una suave brisa. Cuando Elías la oyó,
se cubrió el rostro con el manto, salió y se mantuvo a la entrada de la
caverna. Entonces se oyó una voz: “¿Elías, qué haces aquí?”
Respondió:
“Ardo de indignación por Yavé Sabaot, porque los hijos de Israel te han
abandonado. Han derribado tus altares, dado muerte a cuchillo a tus profetas;
sólo he quedado yo y tratan de matarme”.
Yavé le
dijo: “Vuélvete por el mismo camino y anda hasta el desierto de Damasco. Cuando
hayas llegado allá consagrarás como rey de Aram a Jazael, consagrarás a
Jehú, hijo de Nimsi, como rey de Israel, y consagrarás a Eliseo, hijo de Safat,
de Abel-Mejolá, como profeta en vez de ti.
Al que
escape a la espada de Jazael, lo hará morir Jehú. Al que escape a la espada de
Jehú, lo hará morir Eliseo. Pero dejaré con vida a siete mil hombres en
Israel, que son todos aquellos cuyas rodillas no se doblaron delante de Baal y
cuya boca no le dio un beso”.
Partió
de allí Elías y encontró a Eliseo, hijo de Safat, quien estaba arando; tenía
doce medias hectáreas de tierra para arar y estaba en la duodécima. Elías se le
acercó y le tiró encima su manto. Inmediatamente, dejando sus bueyes,
Eliseo corrió tras Elías: “Permíteme, le dijo, que vaya a abrazar a mi padre y
te seguiré”. Pero Elías le respondió: “¡Puedes volverte, era algo sin
importancia!” Eliseo se alejó, pero para tomar la yunta de bueyes y
sacrificarlos; asó su carne con el yugo y se la sirvió a su gente, luego se
levantó, salió tras Elías y entró a su servicio.” (1 R 19,3-21)
TIEMPO ORDINARIO.
AGOSTO
Recordando la Biblia (4): la viña de Nabot
“Nabot de Jezrael tenía
una viña al lado de la casa de Ajab, rey de Samaría. Ajab dijo a Nabot:
“Ya que tu viña está al lado de mi casa, dámela para que haga allí un huerto.
En lugar de ella te daré otra viña mejor o, si prefieres, te pagaré el debido
precio”. Nabot respondió a Ajab: “¡Líbreme Yavé de abandonar la herencia de
mis padres!” Ajab volvió a su casa descorazonado y muy enojado por esa
respuesta de Nabot de Jezrael: “No cederé la herencia de mis padres”. Se acostó
en su cama, volvió la cara para la pared y no quería comer.
Jezabel,
su mujer, fue a verlo y le dijo: “¿Por qué estás así? ¿Por qué no
comes?” Le respondió: “Acabo de decir a Nabot de Jezrael: Dame tu viña, te
la pagaré o, si prefieres, te daré otra por ella. Pero me respondió: no te daré
mi viña”. Entonces su mujer Jezabel le dijo: “¡Y tú eres el rey de Israel!
¡Vamos! Levántate, come y no estés triste. Yo te voy a dar la viña de Nabot de
Jezrael”. Escribió en nombre del rey una carta y la selló con el timbre del
rey, luego se la envió a los ancianos y a los jefes de la ciudad, vecinos de
Nabot. La carta decía: “Ordenen un ayuno y citen a Nabot a comparecer ante
el pueblo. Consíganse a dos malvados para que le lancen esta acusación:
¡Tú maldijiste a Dios y al rey! Entonces lo sacarán fuera y lo matarán a pedradas”.
La
gente de la ciudad, los ancianos y los jefes que vivían con Nabot, hicieron lo
que Jezabel les ordenaba en la carta que les había enviado. Proclamaron un
ayuno e hicieron comparecer a Nabot ante el pueblo. Entonces se
presentaron dos malvados, se pusieron frente a Nabot para testimoniar contra
él, y ante todo el pueblo dijeron: “¡Nabot maldijo a Dios y al rey!” Lo sacaron
fuera de la ciudad y lo apedrearon. Y Nabot murió. Le comunicaron a Jezabel: “Nabot fue apedreado y murió”. Apenas
supo Jezabel la muerte de Nabot, dijo a Ajab: “Levántate y toma posesión de la
viña de Nabot de Jezrael, que no quería vendértela a ningún precio; Nabot ya no
existe, porque murió”. Cuando Ajab oyó que Nabot había muerto, se
levantó, bajó a Jezrael y tomó posesión de la viña de Nabot.
Pero
una palabra de Yavé fue dirigida a Elías de Tisbé: “Levántate, baja al
encuentro de Ajab, rey de Israel. En este momento está en Samaría, pues fue a
la viña de Nabot para tomar posesión de ella. Le dirás esta palabra de
Yavé: “¡Así que matas y luego te apoderas de la herencia! Escucha pues esto:
allí donde los perros han lamido la sangre de Nabot, lamerán también tu propia
sangre”… Ajab dijo a Elías: “¡Me pillaste, enemigo mío!” Elías le
respondió: “Sí, te pillé, porque te vendiste para hacer lo que es malo a los
ojos de Yavé: Yo acarrearé sobre ti la desgracia…
También
hubo una palabra de Yavé respecto a Jezabel: “Los perros se comerán a Jezabel
al pie del muro de Jezrael. Aquel de la casa de Ajab que muera en la
ciudad será devorado por los perros, y el que muera en el campo será comido por
los pájaros del cielo”. No hubo nadie como Ajab para venderse y para hacer lo que es malo
a los ojos de Yavé; era arrastrado a eso por su mujer Jezabel. Se comportó
de manera espantosa, sirvió a los ídolos como lo hacían los amorreos, a los que
Yavé había echado ante los israelitas. Al oír las palabras de Elías,
Ajab rasgó su ropa, se vistió de saco y ayunó; dormía con el saco puesto y
andaba cabizbajo. Entonces se le dirigió a Elías de Tisbé una palabra de
Yavé: “¿Te has fijado como Ajab ha hecho penitencia en mi presencia? Ya
que ha hecho penitencia ante mí, no le haré sobrevenir la desgracia durante su
vida, sino que acarrearé la desgracia a su casa, durante la vida de su hijo”.
(1 R 21, 1-20 y 23-29)
Recordando la biblia (5): la oveja del vecino pobre
"Envió Yahveh a
Natán donde David, y llegando a él le dijo: “Había dos hombres en una ciudad,
el uno era rico y el otro era pobre.
"El rico tenía
ovejas y bueyes en gran abundancia; el pobre no tenía más que una corderilla,
sólo una, pequeña, que había comprado. El la alimentaba y ella iba creciendo
con él y sus hijos, comiendo su pan, bebiendo en su copa, durmiendo en su seno
igual que una hija. Vino un visitante donde el hombre rico, y dándole pena
tomar su ganado lanar y vacuno para dar de comer a aquel hombre llegado a su
casa, tomó la ovejita del pobre, y dio de comer al viajero llegado a su casa.”
David se encendió en gran cólera contra aquel hombre y dijo a Natán: “¡Vive
Yahveh! que merece la muerte el hombre que tal hizo. "
"Pagará cuatro
veces la oveja por haber hecho semejante cosa y por no haber tenido compasión.”
Entonces Natán dijo a David: “Tú eres ese hombre. Así dice Yahveh Dios de
Israel: Yo te he ungido rey de Israel y te he librado de las manos de Saúl. Te
he dado la casa de tu señor y he puesto en tu seno las mujeres de tu señor; te
he dado la casa de Israel y de Judá; y si es poco, te añadiré todavía otras
cosas. ¿Por qué has menospreciado a Yahveh haciendo lo malo a sus ojos, matando
a espada a Urías el hitita, tomando a su mujer por mujer tuya y matándole por
la espada de los ammonitas? Pues bien, nunca se apartará la espada de tu casa,
ya que me has despreciado y has tomado la mujer de Urías el hitita para mujer
tuya. Así habla Yahveh: Haré que de tu propia casa se alce el mal contra ti.
Tomaré tus mujeres ante tus ojos y se las daré a otro que se acostará con tus
mujeres a la luz de este sol."
"Pues tú has
obrado en lo oculto, pero yo cumpliré esta palabra ante todo Israel y a la luz
del sol” David dijo a Natán: “He pecado contra Yahveh.” Respondió Natán a
David: “También Yahveh perdona tu pecado; no morirás. Pero por haber ultrajado
a Yahveh con ese hecho, el hijo que te ha nacido morirá sin remedio.” Y Natán
se fue a su casa. Hirió Yahveh al niño que había engendrado a David la mujer de
Urías y enfermó gravemente. David suplicó a Dios por el niño; hizo David un
ayuno riguroso y entrando en casa pasaba la noche acostado en tierra. Los
ancianos de su casa se esforzaban por levantarle del suelo, pero él se negó y
no quiso comer con ellos. "
"El séptimo día murió el niño; los
servidores de David temieron decirle que el niño había muerto, porque se
decían: “Cuando el niño aún vivía le hablábamos y no nos escuchaba. ¿Cómo le
diremos que el niño ha muerto? ¡Hará un desatino!” Vio David que sus servidores
cuchicheaban entre sí y comprendió David que el niño había muerto y dijo David
a sus servidores: “¿Es que ha muerto el niño?” Le respondieron: “Ha muerto.”
David se levantó del suelo, se lavó, se ungió y se cambió de vestidos. Fue
luego a la casa de Yahveh y se postró. Se volvió a su casa, pidió que le
trajesen de comer y comió. Sus servidores le dijeron: “¿Qué es lo que haces?
Cuando el niño aún vivía ayunabas y llorabas, y ahora que ha muerto te levantas
y comes.” Respondió: “Mientras el niño vivía ayuné y lloré, pues me decía:
¿Quién sabe si Yahveh tendrá compasión de mí y el niño vivirá? Pero ahora que
ha muerto, ¿por qué he de ayunar? ¿Podré hacer que vuelva? Yo iré donde él,
pero él no volverá a mí.” David consoló a Betsabé su mujer, fue donde ella y se
acostó con ella; dio ella a luz un hijo y se llamó Salomón; Yahveh le amó,
" (2 Sam 2, 1-19)
TIEMPO ORDINARIO. AGOSTO
Los cristianos han convertido el mes de septiembre en
un mes de María especial, con celebraciones personales en su recuerdo y
populares en su celebración. El día 8 felicitamos a nuestra Madre en el día de
la Natividad de Virgen María, como si fuera su cumpleaños. El día 12
felicitamos a nuestra Madre en el día que se celebra el Dulce Nombre de María,
como si fuera su onomástica. Y el día 15 nos unimos a nuestra Madre en la
liturgia de Nuestra Señora de los Dolores. Toda una vida resumida en tres
fechas que marcan los tiempos del corazón del cristiano que ve, habla y medita
con la Virgen Niña, con la Virgen Mujer y con la Virgen Madre al pie de la
Cruz.
Y las celebraciones populares multiplican las
advocaciones de la Virgen. Desde la Virgen de los Ángeles del Puig, el día 1, a
la Virgen de la Cinta y a Nuestra Señora de la Consolación, los días 3 y 4, o a
la celebración en España de la Virgen de Guadalupe el día 6. Y la catarata
piadosa de nombres en el día 8: Nuestra Señora de los Llanos, de Meritxel, del
Pino, de la Peña, de Fuensanta, de la Victoria, de Montserrate, de Covadonga,
de san Lorenzo, de Nuria, del Coro, de Soterraña, de Arrate; y Nuestra Señora
de Aránzazu, el día 9, de la Cueva Santa, el día 11, de Estíbaliz, de Lluc, el
día 12. Y llegar al día 15 con las advocaciones de Nuestra Señora de los
Dolores, de las Angustias, del Camino, de la Soledad, de la Bien Aparecida. Es
todo el placer del amor mariano repasar las hojas del calendario y poder
decirle a nuestra Madre los piropos de esos nombres en los que se expresa de
mil maneras: ¡la madre de Dios es mi Madre!
Cristianismo es amor y vivir con y en Cristo es vivir
su paso por esta tierra, siguiéndole, escuchándole. Y estar atentos a sus
preguntas para meditar. “A vosotros, amigos míos, os digo: No tengáis miedo a
los que matan el cuerpo y después de eso no tienen más que hacer. Yo os
enseñaré a quién debéis temer: Temed a a aquel que, después de haber matado,
tiene poder para enviar al infierno. Sí, os lo repito, a ése debéis temer. ¿No
venden cinco pájaros por dos ases? Pues bien, ni uno solo de ellos pasa
olvidado ante Dios. Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados.
No temáis; valéis más que muchos pájaros.” (Lc 12, 4-7). De inmediato la
memoria trae el recuerdo de las palabras del salmo: “El Señor es mi luz y mi
salvación: ¿a quién temeré? El Señor es el refugio de mi vida: ¿de quién tendré
miedo?” (salmo 26). O también: “Aunque camine por valles oscuros, no temo
ningún mal, porque Tú estás conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan” (salmo
23).
Y, para la vida cotidiana, ese seguro de amor se
derrama en los textos evangélicos. “Por eso os digo: no estéis preocupados por
vuestra vida: qué vais a comer o por vuestro cuerpo con qué os vais a vestir.
¿Es que no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?
Mirad las aves del cielo: ni siembran ni siegan ni almacenan en graneros, y
vuestro Padre celestial las alimenta. ¿es que no valéis vosotros mucho más que
ellas? ¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su
estatura? Y sobre el vestir, ¿por qué os preocupáis? Fijaos en los lirios del
campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan y yo os digo que ni salomón en toda
su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Y si la hierba del campo, que hoy es
y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¿cuánto más a vosotros hombres de
poca fe? (Mt 6,25-30).
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sigue los pasos de Jesús situándose en el
Evangelio como un personaje más. Escucha las preguntas del Maestro y procura
meditar sobre su contenido. “Uno de entre la muchedumbre le dijo: Maestro, di a
mi hermano que reparta conmigo la herencia. Él le contestó: Hombre ¿quién me ha
hecho a mi vuestro juez o repartidor? Y les dijo Cuidad y guardaos de toda
avaricia; porque la vida de los ricos no se funda en sus riquezas” (Lc
12,13-15)
- Respecto de las herencias, es inevitable recordar y meditar
algunos pasajes evangélicos que tienen mucho que ver con la avaricia. Así, en
la parábola de los viñadores homicidas: “Por último les envió a su hijo
pensando: “A mi hijo lo respetarán” Pero los labradores, al ver al hijo, se
dijeron: “Este es el heredero. Vamos lo mataremos y nos quedaremos con su
heredad” Y lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron” (Mt
21,37-39). O, también, en la parábola del padre misericordioso: “Un hombre
tenía dos hijos. El más joven de ellos le dijo a su padre: “Padre dame la parte
de la herencia que me corresponde”. Y les repartió los bienes. No muchos días
después, el hijo más joven lo recogió todo, se fue a un país lejano y malgastó
allí su fortuna viviendo lujuriosamente. Después de gastarlo todo, hubo una gran
hambre en aquella región y él empezó a pasar necesidad” (Lc 15,11-14).
- Respecto de la vida de los ricos, es inevitable
traer de la memoria la parábola de la gran cosecha con la que continúa el
pasaje en que se encuentra la pregunta del Señor que aquí se considera. “Las
tierras de cierto hombre rico dieron mucho fruto. Y se puso a pensar para sus
adentros: “¿Qué puedo hacer, ya que no tengo dónde guardar mi cosecha?” Y se
dijo: “Esto haré: voy a destruir mis graneros y construiré otros mayores, y allí
guardaré todo mi trigo y mis bienes. Entonces le diré a mi alma: “Alma ya tiene
muchos bienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, pásalo bien”.
Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche te van a reclamar el alma; lo
que has preparado ¿para quién será?”. Así ocurre al que atesora para sí y no es
rico ante Dios” (Lc 12,16-21)
- El cielo es la herencia que no se nos quitará. “No
hay nadie que haya dejado casa, hermanos o hermanas, madre o padre, hijos o
campos por mí y por el Evangelio, que no reciba en este mundo cien veces más en
casa, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones, y en el
siglo venidero, la vida eterna” (Mc 10,29-30)). “No se turbe vuestro corazón.
Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas.
De lo contrario ¡Os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado
un lugar de nuevo vendré y os llevaré junto a mí para que donde yo estoy estéis
también vosotros” (Jn 14,1-3). “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor
Jesucristo, que por su gran misericordia nos ha engendrado de nuevo -mediante
la resurrección de Jesucristo de entre los muertos- a una esperanza viva, a una
herencia incorruptible, inmaculada y que no se marchita, reservada en los
cielos para vosotros que, por el poder de Dios, estáis custodiados mediante la
fe hasta alcanzarla salvación preparada ya para ser manifestada en el tiempo
último” (1 Pe 1,3-5). A pesar de los pesares, ¡merece la pena!
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano
vive en Cristo, con Cristo: “Con Cristo estoy crucificado; vivo, pero ya no
vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la
vivo en la fe del Hijo de Dios, que me
amó y se entregó a sí mismo por mí.” (Ga 2,19-20). Cristianismo es seguir los
pasos de Jesús: “Si alguno quiere venir de tras de mí, que se niegue a sí
mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el quiera salvar su vida, la
perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará (Mt 16,24-25)
Y en el camino
hacia el cielo, acompañando a Jesús, el cristiano escucha y medita sus
palabras. Y procura llenar de contenidos traídos de la memoria las respuestas a
las preguntas del Señor: “¿Quién de vosotros, con angustiarse, puede añadir un
codo a su existencia? Por lo tanto, si no podéis lo más pequeño ¿por qué os
angustiáis de lo demás? … No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre
quiere daros el reino. Vended lo que tenéis y dad limosna. Haceos bolsas que no
envejecen, un tesoro que no se agota en el cielo, donde no llega el ladrón ni
la polilla destruye. Porque donde está vuestro tesoro, allí está vuestro
corazón” (Lc 12,25-26.32-34). Este final tiene un texto paralelo en Mateo: “No
amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y
donde los ladrones socavan y los roban. Amontonad en cambio tesoros en el
cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre corroen y donde los ladrones no
socavan ni roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón” (Mt
6,19-21)
- Vender y dar.
“Cuando salía para ponerse en camino, vino uno corriendo y arrodillado ante Él,
le preguntó: - Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?
Jesús le dijo: - ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno solo: Dios.
Ya conoces los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no
dirás falso testimonio, no defraudarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre.
- Maestro, todo esto lo he guardado desde mi adolescencia -respondió él. Y
Jesús fijo en él su mirada y quedó prendado de él. Y le dijo: - Una cosa te
falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un
tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme. Pero él, afligido por estas palabras,
se marchó triste, porque tenía muchas posesiones (Mc 10,17-22). Inevitable traer
el recuerdo de otro pasaje: “Vio también a una viuda pobre que echaba allí dos
monedas pequeñas y dijo: - En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más
que todos; pues todos estos han echado como ofrenda algo de lo que les sobra,
ella, en cambio, en su necesidad ha echado todo lo que tenía para su sustento”
(Lc 21,2-4).
- El Reino de
Dios. “Después de haber sido apresado Juan, vino Jesús a Galilea predicando el
Evangelio de Dios, y diciendo: - El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios
está al llegar, convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,14-15). “A estos doce
los envió Jesús, después de darles estas instrucciones: … Id y predicad: “El
Reino de los cielos está al llegar” (Mt 10,1.7). “En aquel tiempo a unos
fariseos que le preguntaban cuándo iba a llegar el reino de Dios, Jesús les
contestó: El Reino de Dios no vendrá espectacularmente ni anunciarán que está
aquí o está allí, porque mirad el reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc
17,20-25). “Venga a nosotros tu reino”. Hay que vender todo y comprar el campo
con el tesoro escondido o la perla de gran valor (Mt 13,44-46).
TIEMPO
ORDINARIO
Vivir en Cristo, sumido en Dios y saturado de Dios, es
seguir alegre y con paz los pasos de Jesús. El caminar del cristiano es la vida
que Dios regala hasta que llama: “Vamos a la otra orilla” (cf. Mc 4,35), porque
tampoco en ese trance nos deja solos, sino que nos acompaña y nos espera,
porque se ha adelantado a prepararnos la morada (cf. Jn 14,2) de los que tienen
su nombre escrito en el cielo (cf. Lc 10,17). En ese caminar ayuda recordar y
meditar las preguntas del Señor: “Vosotros pues, estad preparados, porque el
Hijo del hombre vendrá en la hora que no pensáis. Pedro le dijo: Señor, ¿dices
esta parábola a nosotros o a todos? El Señor respondió: Pues ¿quién será el
administrador prudente y fiel a quien el señor ponga al frente de su
servidumbre para que le dé a su tiempo la comida correspondiente? Dichoso el
siervo aquel a quien su señor, al volver, encuentre obrando así. Verdaderamente
os digo que le pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si el siervo dice en
su corazón: Mi amo tarda en venir, y comienza a golpear a los criados y a las
criadas, a comer y a beber y a embriagarse, vendrá su amo en el día que no
espera y en la hora que no conoce, lo castigará severamente y le dará la suerte
de los infieles” (Lc 12,40-46; cf. Mt 24,45-51).
Tareas de los siervos. Muchas y arriesgadas: “A su
debido tiempo envió un siervo a los labradores para recibir se éstos los frutos
de la viña. Pero ellos lo agarraron, lo golpearon y lo despacharon con las
manos vacías. De nuevo envió otro siervo y a éste lo hirieron en en la cabeza y
lo ultrajaron. Y envió otro y lo mataron y a otros muchos de los cuales a unos
los herían y a otros los mataban” (Mc 12, 2-5). Incluso cuando se trata de
invitar a una boda: “Pero ellos, sin hacer caso, se marcharon: quien a su
campo, quien a su negocio. Los demás echaron manos a los siervos, los
maltrataron y los mataron” (Mt 22,5-6). En otras ocasiones el siervo es el que
da noticia de lo que ocurre: “Y llamando a uno de los ciervos le preguntó qué
pasaba. Éste le dijo: Ha llegado tu hermano y tu padre ha matado el ternero
cebado por haberlo recobrado sano” (Lc 15.26-27). Hay actitudes diferentes,
como se dice en la parábola de los talentos y de las minas: “Le respondió su
amo: Muy bien, siervo bueno y fiel, como has sido fiel en lo poco, yo te
confiaré lo mucho entra en la alegría de tu señor… Siervo malo y perezoso,
sabías que cosecho donde no he sembrado y que recojo donde no he esparcido, por
eso mismo deberías haber dado tu dinero a los banqueros, así al venir yo
hubiera recibido de mío con intereses. Por tanto, quitadle el talento y dádselo
al que tiene diez” (Mt 25,21.23.26-28; Lc 19,12-26).
La realidad es la que es: “Si uno de vosotros tiene un
siervo en la labranza o con el ganado y regresa del campo, ¿acaso dice: “Entra enseguida
y siéntate a la mesa”? Por el contrario, ¿no le dirá más bien: “Prepárame la
cena y disponte a servirme mientras como y bebo que después comerás y beberás
tú? ¿Es que tiene que agradecerle al siervo que haya hecho lo que se le había
mandado? Pues igual vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado,
decid: Somos unos siervos inútiles, no hemos hecho más que lo que teníamos que
hacer” (Lc 17, 7-10). Pero nuestra alegría es mayor: “Ya no os llamo siervos,
porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros en cambio os he
llamado amigos porque todo lo que oí de mi Padre os lo he hecho conocer” (Jn
15,15)
TIEMPO ORDINARIO
Octubre es un mes lleno de alegrías para el corazón de
los cristianos. Celebramos a Nuestra Madre la Virgen María en advocaciones: del
Pilar, patrona de la Hispanidad, el día 12; del Rosario, el día 10; de Begoña,
el día 11. El día 2 felicitamos cada uno a nuestro Angel custodio, de la
guarda, que nos guía, nos protege, nos defiende del demonio y testificará a
nuestro favor el día del Juicio. Y el mes está lleno de fiestas de santos,
como: san Lucas evangelista, el día 18, y los apóstoles san Simón el cananeo y
san Judas Tadeo, el día 28; santa Teresa del Niño Jesús, el día 1, y santa
Teresa de Jesús, el 15; san Francisco de Borja el día 3 y san Francisco de
Asís, el día 4; los papas san Juan XXIII, el día 11 y san Juan Pablo II, el día
22, y san Calixto I, papa y mártir, el día 14. Y otros muchos santos, como los
fundadores: san Bruno, de los cartujos, el día 6; santa Soledad Torres Acosta,
el día 11, de las siervas de María ministras de los enfermos; san Pablo de la
Cruz, de los pasionistas, el día 19; san Antonio María Claret, de los
claretianos, el día 24; y otros, como santa Margarita María de Alacoque, el día
16, santo Tomás de Villanueva, el día 10, san Pedro de Alcántara, el día19 y
san Alonso Rodríguez, el día 31. Fiesta en el cielo hay todos los días; cada
día un santo nos protege.
Y el día 5 celebramos las Témporas de Acción de
Gracias y Petición por las cosechas del campo. Ahora no faltan motivos para
agradecer, para meditar y rectificar lo que sea preciso que es la forma de
preparar “la siembra del alma” que, primero, crecerá “para dentro”, y después,
florecerá y, luego, dará el fruto que cosecharemos; y por todo daremos gracias
en las próximas Témporas. Durante el año celebramos cuatro: las de primavera,
en la segunda semana de Cuaresma; las de verano, en la primera semana después
de Pentecostés; las de otoño en después de la fiesta de la Cruz de septiembre; y
las de invierno, en los días siguientes a santa Lucía de diciembre. Eso es
vivir en Dios.
El cristiano sigue los pasos de Cristo, escucha,
medita y pone en obra su palabra; y una buena guía para seguirle es considerar
las preguntas que hizo según los evangelios. Así: “Fuego he venido a traer a la
tierra y ¿qué quiero sino que arda? Tengo que ser bautizado con un bautismo, y
¡qué ansias tengo hasta que se lleve a cabo! ¿Pensáis que he venido a traer paz
en la tierra? No, os digo, sino división. Pues desde ahora, habrá en una casa
cinco divididos: tres contra dos, y dos contra tres” (Lc 12,49-52). Fuego de
amor del Amor, bautismo de pasión y muerte en la Cruz, división porque muchos
le abandonaron (Jn 6,66; Mc 14,26) y pocos quedaron al pie de la Cruz (Jn 19,25-26)
o, cerca, mirando lo que pasaba (Mt 27,55-56); y pidiendo el Cuerpo y, llenos
de amor, tomándolo y dejándolo en el sepulcro (Mt 27,57-61); y buscándolo (Mt
28,1-10) y encontrándole (Jn 20,11-18: si te lo has llevado, dónde lo has
puesto, yo lo recogeré).
De división hablan varios pasajes evangélicos en los
que debemos meternos como un personaje más: desde el signo de contradicción en
las palabras de Simeón a la Virgen Madre (Lc 2,34-35) a la división entre los
discípulos por ser el primero en el cielo (Mt 20,24; Lc 22,24). Y en la gran
tribulación (Mt 24,3-31) y el juicio final (Mt 25,31-46).
La paz es la herencia de Jesús: “La paz os dejo, mi
paz os doy” (Jn 14,27) y su saludo: “La paz esté con vosotros” (Lc 24,36). “Pax
in aeternum” es nuestro deseo para todos.
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe que su vida es un continuo caminar y
que su destino final es el cielo. Allí tiene su morada que tiene preparada y
esperándole desde que Jesús la preparó: “En la casa de mi Padre hay muchas
moradas. De lo contrario ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un ligar?
Cuando me haya me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y
os llevaré junto a mí para que, donde yo estoy, estéis también vosotros” (Jn
14,2-4). Aunque el cristiano sabe que, en el amor de Dios, ya vive un anticipo
del cielo: “Si alguno me ama, guardará mis palabras, y mi Padre le amará, y
vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23)
Cada año, cada mes, cada semana, cada día, cada hora y
así en reducciones sucesivas se puede vivir con Dios, metido en Dios y lleno de
Dios. Es bueno hacer por recordarlo y acostumbrarse a ser como Dios quiere que
seamos “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere -no lo olvides- dependen
muchas cosas grandes” (“Camino”, 755). La convivencia en el tiempo ordinario,
los acontecimientos inusuales, inesperados, alegres o dolorosos, son puntos de
avituallamiento que deben ayudar a recorrer con buen ánimo la etapa, el momento
de sentir que Dios está con nosotros, que somos hijos de Dios, que no estamos
solos. Imposible estarlo porque Dios me ama y nada me puede separar de su amor:
“Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la
persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? ... Pero en
todas esas cosas vencemos con creces gracias a aquel que nos amó Porque estoy
convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados,
ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la
profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios que
está en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,35.37-39).
Viviendo el tiempo presente, con los pies en la tierra
y el corazón en el cielo, la vida en Cristo hace real el continuo amor, como
los pasos en el camino: “¿Quieres de verdad ser santo? - Cumple el pequeño
deber de cada momento, haz lo que debes y está en lo que haces” (“Camino”,
815). El clásico “carpe diem”, atrapa el día, aprovecha el momento, se puede
convertir en medio eficaz de vivir en la presencia de Dios. Y es una ayuda
provechosa y adecuada seguir las preguntas que Jesús nos hizo según queda
escrito en el Evangelio. Les decía a las turbas: “¡Hipócritas!, sabéis
averiguar el estado de la tierra y del cielo, y ¿cómo no estudiáis este tiempo?
¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo justo? Porque mientras vas con tu
adversario al magistrado, procura librarte de él, no sea que te arrastre hasta
el juez, y el juez te entregue al guardia, y el guardia te meta en la cárcel.
Te digo que no saldrás de allí hasta que pagues el último céntimo” (Lc
12,56-59). Están todas las palabras que permiten la reflexión, la meditación y
el propósito: ser consciente de, precisamente, este tiempo; considerar lo que
la llamada a la santidad señala como lo que debe ser; caminar con otros aunque
no todos ni siempre son amigos; defender lo justo: conceder sin ceder con ánimo
de recuperar; vivir el santo temor de Dios que es un don del Espíritu Santo. Es
un temor porque sabemos del amor de Dios y queremos amarle siempre, continuamente
sin descanso y sin cansancio: “¿Qué cuál es el secreto de la perseverancia? El
Amor - Enamórate, y no “le” dejarás” (“Camino”, 999).
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano vive en el amor del Amor y del amor del
Amor: “En fin, tanto si coméis, como si bebéis, o hacéis cualquier otra cosa,
hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Co 31), porque “Con Cristo estoy
crucificado: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida
que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se
entregó a sí mismo por mí” (Ga 2,19-29). Y nada nos apartará del amor de Dios
que está en Cristo Jesús: “¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La
tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el
peligro, o la espada? (Rm 8,35), porque “Para mí, el vivir es Cristo y el
morir, una ganancia” (Flp 1,21).
En esa vida, camino hacia y hasta el cielo, el
cristiano sigue los pasos de Jesús, que sigue entre nosotros: “Y sabed que yo
estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). En ese
caminar esperanzado nos ayuda meditar con las preguntas que hizo Jesús:
“Llegaron entonces algunos anunciando lo de los galileos, cuya sangre mezcló
Pilato con la de sus sacrificios. Respondió y les dijo: “¿Creéis vosotros que
esos galileos eran más pecadores que los demás por haber sufrido semejante
suerte? No, os lo aseguro: si vosotros no os arrepentís, todos, pereceréis
igualmente. Y aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre de Siloé y los
mató, ¿creéis vosotros que eran más culpables que los demás que vivían en
Jerusalén? No, os lo aseguro; si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente”
(Lc 13,1-5). La advertencia sobre la necesidad de arrepentimiento como
requisito de salvación permite la reflexión.
Arrepentimiento, según el diccionario, es el pesar por
haber hecho o por haber omitido algo, pero la etimología de la palabra es
discutida. Sin debate sobre las partículas: “ar” (reconvirtiendo “r” por “d”
por asimilación, prefijo de direccionalidad, como “ad”: hacia; intención); “re”
es un prefijo de intensidad (repetición, continuidad); “miento” (sufijo, por
referencia a actitud como medio o instrumento); y “se” (porque arrepentirse es
un verbo reflexivo, personal, que exige un pronombre: no cabe arrepentir, sino yo,
tú… me, te, arrepiento, arrepientes). En cambio, en cuanto al verbo, si el
origen es “poenitere” la etimología de arrepentirse lleva a tener pena (por
dolor de amor porque he fallado); pero si es “paenitere” lleva a
insatisfacción, descontento (porque el amor siempre exige amar más). “¡No hay
más amor que el Amor!” (“Camino” 417), “¿Saber que me quieres tanto, Dios mío,
y … no me he vuelto loco?” (“Camino” 425).
El mensaje de Jesús. “Id, pues y aprended lo que
significa “Misericordia quiero y no sacrificios” porque he no venido a llamar a
justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Mt 9,13; cf. Lc 5,32). Y la vida
del cristiano. “Producid, pues, frutos dignos de arrepentimiento” (Mt 3,8). “Si
tu hermano peca contra ti, repréndelo; y si se arrepiente perdónalo. Y si siete
veces al día peca contra ti, y siete veces al día vuelve a ti diciendo: - Me
arrepiento, perdónalo” (Lc 17, 3-4). “Así os digo que hay gozo delante de los
ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos
que no necesitan de arrepentimiento” (Lc 15,7-10). “La conversión es cosa de un
instante. -La santificación es obra de toda la vida” (“Camino”, 285),
“Precisamente tu vida interior debe ser eso: comenzar … y recomenzar” (“Camino”
292).
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano, en su camino hacia el cielo donde le
espera el Padre que mira a lo lejos para ver si viene y que corre a abrazarlo
(Lc 15,20), está acompañado porque la llamada a la santidad es general:
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido
en Cristo con toda bendición espiritual en los cielos, ya en él nos eligió
antes de la creación del mundo para que fuésemos santos y sin mancha en su
presencia, por amor; nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo
conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza y gloria de su gracia,
con la cual nos hizo gratos en el Amado; en quien, mediante su sangre, tenemos
la redención, el perdón de los pecados, según las riquezas de su gracia, que
derramó sobre nosotros sobreabundantemente con toda sabiduría y prudencia (Ef
1,3-8). “Sed santos como vuestro Padre celestial es santo” (Mt 5,48).
Caminar hacia el cielo es seguir los pasos de Cristo
en la tierra y es una buena guía recordar las preguntas que hizo el Señor y
meditarlas mientras se avanza. “Enseñaba en una de las sinagogas un sábado y
había allí una mujer enferma hacía dieciocho años. Estaba encorvada y no podría
de ninguna manera ponerse derecha. Como la vio Jesús, la llamó en voz alta y le
dijo: Mujer, quedas libre de tu enfermedad. Y le impuso las manos. Al instante
se enderezó y glorificaba a Dios. El jefe de la sinagoga respondió enfadado,
porque Jesús había curado en día de sábado, y decía a la gente: Hay seis días
para ser curados y no en el día del sábado. El Señor respondió y le dijo:
Hipócritas, ¿no desata cada uno de vosotros su buey o su asno en sábado y lo
lleva desde el pesebre a beber? Ya ésta, que es hija de Abrahán, que ligó
Satanás hace dieciocho años, ¿no se podía soltar de su ligadura en día de sábado?
Con estas cosas que decía se avergonzaban todos sus adversarios, mientras que
todo el pueblo se alegraba de todas las maravillas que obraba” (Lc 13,10-17).
No es sólo una curiosidad comprobar que la mujer encorvada no dice nada, no
pide nada, y que lo que se habla es para conocimiento y consideración general:
Jesús “la llamó en voz alta”, el jefe de la sinagoga “decía a la gente” y el
Señor se dirige al plural de asistentes: Hipócritas. Se avergonzaban los
adversarios y todo el pueblo se alegraba. Y se puede meditar sobre el camino
hacia el cielo en compañía de tantos -de todo el pueblo-, con alguno equivocado
-que se dirige a la gente-, y sin que falte Jesús a nuestro lado (“Y sabed que
estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”, Mt 28,20) que nos
anima a estar “siempre dispuestos a dar respuesta todo el que os pida razón de
vuestra esperanza” (1 Pe 3,15).
En el seguimiento de Cristo, fieles, alegres, se nos
hace más llevadero el camino hacia el cielo: Os ruego que “viváis, una vida digna
de la vocación a la que habéis sido llamados, con toda humildad y mansedumbre,
con longanimidad, sobrellevándoos unos a otros con caridad, continuamente
dispuestos a conservar la unidad del espíritu con el vínculo de la paz. Un solo
Cuerpo y un solo Espíritu, como habéis sido llamados a una sola esperanza: la
de vuestra vocación” (Ef 4,1-4); y “Alegraos siempre en el Señor, os lo repito,
alegraos. Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor
está cerca. No os preocupéis por nada; la contrario, en toda oración y súplica,
presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias” (Flp 4,4-6).
Ultreia! Et suseia!
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano reza con atención la oración que Jesús
nos enseñó y en cada una de las peticiones encuentra motivo de meditación que
trasladar a la propia vida, desde la primera palabra al llamar “Padre nuestro”
a Dios. Al decir “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mt 6,10),
aprendemos que el cielo es donde se hace la voluntad de Dios y deseamos que
“venga tu reino” advertidos de que: “No todo el que me dice: Señor, Señor,
entrará en el reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que
está en los cielos” (Mt 7,21).
Siguiendo los pasos de Jesús y escuchando las
preguntas del Señor, podemos ser un personaje más en el pasaje del Evangelio de
que se trate. “Y decía ¿Cómo compararemos el reino de Dios o con qué parábola
lo describiremos?” (Mc 4,30); y también: “Les propuso otra parábola: El reino
de los cielos…” (Mt 13,31); o así: “Y decía: “¿A qué es semejante el reino de
Dios y a qué lo compararé?” (Lc 13,18). Siguen las parábolas del grano de
mostaza, de la levadura del tesoro escondido, del mercader de perlas, de la
reda barredera, y acaba así esta parte: “¿Habéis entendido todo esto? Ellos
contestan: sí. Y él les dijo: Por eso, todo escriba instruido del Reino de los
Cielos es como un hombre, amo de su casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y
cosas antiguas” (Mt 13,51-52). Y el cristiano, busca, repasa y medita sobre el
Reino de lo Cielos.
- El reino de los cielos en nosotros. “Desde entonces
comenzó Jesús a predicar y a decir: - Convertíos porque está al llegar el Reino
de los Cielos… Recorría Jesús toda la Galilea enseñando en las sinagogas,
predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia del
pueblo” (Mt 4,17.23). “Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; … les
enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el
reino de los Cielos… Bienaventurados los que padecen persecución por causa de
la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos” (Mt 5,1-3.10). “Buscad
primero el Reino de Dios y su justicia” (Mt 6,33).“Después de esto designó el
Señor a otros setenta y dos y los envió de dos en dos delante de él a toda
ciudad y lugar a donde él había de ir. Y les decía: … en la ciudad donde
entréis y os reciban… decidles: El Reino de Dios está cerca de vosotros. Pero
en la ciudad donde entréis y no os acojan, salid a sus plazas y decid: hasta el
polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies lo sacudimos contra
vosotros; pero sabed esto: el Reino de Dios está cerca” (Lc 10,1.8-11).
“Interrogado por los fariseos sobre cuándo llegaría el Reino de Dios, él les
respondió: El Reino de Dios no viene con espectáculo, ni se podrá decir: Mirad
está aquí o está allí; porque daos cuenta de que el reino de Dios está dentro
de vosotros” (Lc 17,20-21).
- El reino eterno celestial. “A vosotros se os ha dado
conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a los demás sólo a través
de parábolas” (Lc 8,10). “Ahora sí que hablas claro y no dices ninguna
parábola” (Jn 16,29). “Te daré las llaves del Reino de los cielos” (Mt 16,19).
“Mi reino no es de este mundo” (Jn 18,36). “Luego será el fin, cuando entregue
a Dios Padre el Reino” (1 Co, 15,24). “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva,
pues el el primer cielo y la primera tierra desaparecieron” (Ap 21.1) y “Ya no
habrá noche: no tienen necesidad de luz de lámparas ni de la luz del sol,
porque el Señor Dios alumbrará sobre ellos y reinarán por los siglos de los
siglos (Ap. 22.5).
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe que es hijo de Dios: “Mirad qué amor
tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios ¡y los
somos!” (1 Jn 3,1). Casi sería eso bastante para ordenar toda la vida en la
correspondencia de amor de Dios y con Dios y en la esperanza confiada en que
Dios nos ama, se ocupa por nosotros, nos llama, nos espera y nos perdona: “…
nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo conforme al beneplácito
de su voluntad para alabanza y gloria de su gracia con la cual nos hizo gratos
en el Amado; en quien, mediante su sangre tenemos la redención, el perdón de
los pecados, según las riquezas de su gracia … Por él también vosotros, una vez
oída la palabra de la verdad -el Evangelio de nuestra salvación-, al haber
creído, fuisteis sellados con el Espíritu Santo prometido, que es prenda de
nuestra herencia, para redención de los que ha hecho suyos, para alabanza de su
gloria” (Ef 1,3-7.13-14).
- Tiempos de fe. “Los apóstoles le dijeron al Señor: -
Auméntanos la fe. Respondió el Señor: -Si tuvierais fe como un grano de mostaza
diríais a esta morera: arráncate y plántate en el mar, y os obedecería” (Lc
17,5-6). Como un lamento, en la versión de otro evangelista, a la pregunta de los
discípulos -¿por qué nosotros no hemos podido?- en la curación del muchacho
lunático, se oye: “Por vuestra poca fe -les dijo- Porque os aseguro que si
tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este monte: “Trasládate
de aquí allá”, y se trasladaría, y nada os sería imposible” (Mt 17,19-21). Y el
cristiano que vive la escena como un personaje más se enamora más de Dios y
procura recordar las preguntas del Señor y repasar lo allí ocurrido, para
avanzar en la fe.
- La pregunta del Señor. “Mientras navegaban, se
durmió. Y bajó sobre el lago tal torbellino de viento que empezaron a inundarse
y a peligrar. Se acercaron para despertarlo y dijeron: “Maestro, Maestro, que
perecemos”. Él se levantó, increpó al viento y a las olas del mar, que cesaron,
y sobrevino la calma. Entonces les dijo: “¿Dónde está vuestra fe? Ellos,
admirados y temerosos, decían entre sí: Pues ¿quién es éste? Porque manda a los
vientos y al mar y le obedecen” (Lc 8,23-25). En la versión de Mateo: “¿Por qué
os asustáis hombres de poca fe? (Mt 8,26). En la versión de Marcos se dice:
“Pero él dormía sobre un cabezal en la popa” (Mc 4,38). Y en otro pasaje en el
mar de Galilea, cuando Jesús apareció caminando sobre las aguas, ante la osada
confianza de Pedro, primero, y de su temor, después: “Jesús alargó la mano, lo
sujetó y dijo: - Hombre de poca fe ¿por qué has dudado? (Mt 14,31). Y, al
leerlo, todos vemos con el deseo la mano que alarga Jesús hacia nosotros,
porque sin Él podemos hundirnos.
- El elogio de la fe. “Al oírlo Jesús se admiró y les
dijo a los que le seguían: -En verdad os digo que en nadie de Israel he
encontrado una fe tan grande…Y le dijo Jesús al centurión: - Vete y que se haga
conforme has creído. Y en aquel momento quedó sano el criado” (Mt 8,10.13). Y
la fe que trasciende: “Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una
camilla. Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: - Ten confianza,
hijo, tus pecados te son perdonados” (Mt 9,1-2). La hemorroisa se decía a sí
misma: “Con solo tocar su manto me curaré” y dice el Evangelio: Jesús se volvió
y mirándola le dijo: - Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado” (Mt 9,22). Y
el corazón late con más fuerza cuando Jesús nos mira: ¡Hijos de Dios, herederos
del cielo! La Madre nos sonríe.
JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO
Cristo, Rey del Universo. Acaba el año litúrgico con
la gloriosa celebración de Cristo Rey. Y en el alma del cristiano resuenan
textos con aroma real: “Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus
enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Y,
cuando todo esté sometido, entonces también el Hijo se someteré a Dios, al que
se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos” (1 Co 15,26.28).
Y también: “Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos,
el príncipe de los reyes de la tierra. Aquel que no amó, nos ha librado de
nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho
sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los
siglos. Amén.” (Ap 1,5-6).
El cristiano reza hoy con mayor atención y sentimiento
el Padrenuestro en el que pedimos que venga a nosotros el Reino. Puede ser
oportuno recordar y meditar las preguntas de Jesús en diálogos con el demonio.
Como ocurrió en la región de los gerasenos que está enfrente de Galilea (cf. Lc
8,26), cuando al saltar a tierra desde la barca, un hombre poseído por un
espíritu inmundo. “Como viese desde lejos a Jesús, corrió, se postró ante él y,
gritando, dijo con gran voz: ¿Qué tenemos que ver yo y tú, Hijo de dios
altísimo? Te conjuro en nombre de Dios que no me atormentes. Porque le decía:
Sal de este hombre, espíritu inmundo. Y le preguntó: ¿Cómo te llamas?
Respondióle: Me llamo “Legión” porque somos muchos” (Mc 5,6-9).
- Desde el primer momento. “Enseguida el Espíritu lo
impulsó hacia el desierto. Y estuvo en el desierto cuarenta días mientras era
tentado por Satanás. Estaba con los animales y los ángeles le servían” (Mc
1,12-13). “No comió nada en estos días, y al final sintió hambre. Entonces le
dijo el diablo: - Si eres el Hijo de Dios, dile a estas piedras que se
conviertan en pan. Y Jesús le respondió: - Escrito está: No sólo de pan vive el
hombre” (Lc 3,2-4; cf. Mt 4,3-4). “Luego, el diablo lo llevó a la Ciudad Santa
y lo puso sobre el pináculo del Templo. Y le dijo: - Si eres el Hijo de Dios,
arrójate abajo. Pues escrito está: Dará órdenes a sus ángeles sobre ti, para
que te lleven en sus manos, no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra. Y
le respondió Jesús: -escrito esta también: No tentarás al Señor, tu Dios. De
nuevo lo llevó el diablo a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del
mundo y su gloria, y le dijo: - Todas estas cosas te daré si postrándote me
adoras. Entonces le respondió Jesús: - Apártate, Satanás, pues escrito está: Al
Señor tu Dios adorarás y solamente a Él darás culto. Entonces le dejó el
diablo, y los ángeles vinieron y le servían” (Mt 4,5-11; cf. Lc 4,5-13). “No
nos dejes caer”.
- En muchas ocasiones. “Y los espíritus impuros,
cuando lo veían, se arrojaban a sus pies y gritaban diciendo: - ¡Tú eres el
Hijo de Dios! (Mc 3,11). “Increpó al espíritu impuro diciéndole: ¡Espíritu mudo
y sordo, yo te lo mando, sal de él y ya no vuelvas a entrar en él! Y gritando y
agitándole violentamente, salió” (Mc 9,25-26). Danos más fe.
Cristo Rey del Universo. Y, junto a la Cruz, en la que
está clavado el letrero “Jesús Nazareno rey de los judíos”, los cristianos
robamos el corazón de Jesús, como lo hizo el buen ladrón: “Jesús, acuérdate de
mí cuando llegues a tu reino” (cf. Lc 23,40). “Al cuerpo hay que darle un poco
menos de lo justo. Si no, hace traición” (Camino 196)
(20.11.22)