domingo, 26 de noviembre de 2023

DE UN CRISTIANO

(2022 / 2023)

 

ADVIENTO

Adviento. Los cristianos preparan la llegada de la Navidad, con alegría y deseando poder recibir al Niño Jesús dignamente. Y, cada día de la semana elige un canto de bienvenida: “El Señor viene con esplendor a visitar a su pueblo con la paz y a comunicarle la vida eterna” (Antífona del Viernes de la 1ª semana). “Ven, Señor, tú que te sientas sobre querubines, que brille tu rostro y nos salve (almo 79,4.2). “Tú, Señor, estás cerca y todos tus mandamientos son estables; hace tiempo que comprendí tus preceptos, porque tú existes desde siempre” (salmo 118, 151-152). “El Señor llegará sin retrasarse, él iluminará lo que esconden las tinieblas y se manifestará a todos los pueblos” (Ha 2,3 y 1 Co 4,5).

En la preparación el cristiano procura el aseo del alma; y servir a todos: “amándoos de corazón unos a otros con el amor fraterno, honrando cada uno a los otros más que a uno mismo, diligentes en el deber, fervorosos en el espíritu, servidores del Señor, alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación, constantes en la oración; compartiendo las necesidades, procurando practicar la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen y no maldigáis. Alegraos con los que se alegran, llorad con los que lloran. Tened los mismos sentimientos los unos hacia los otros, sin dejaros llevar por apasionamientos soberbios, sino acomodándoos a las cosas humildes. No os tengáis por sabios ante vosotros mismos. No devolváis a nadie mal por mal… Si es posible, en lo que está de vuestra parte, vivid en paz con todos los hombres… No os venguéis, queridísimos, sino dejad el castigo en manos de Dios… No te dejes vencer por el mal, al contrario, vence el mal con el bien” (Rm 12,10-16, 17, 18, 19, 21). Un precioso texto para llevar en el corazón y para repartir, de corazón a corazón, como felicitación navideña.

En la intimidad, en el momento propicio y continuando durante el día, el cristiano vive la presencia de Dios también siguiendo a Jesús en su camino entre nosotros y meditando sus preguntas: “En el camino la gente le apretujaba. Una mujer, que hacía doce años que padecía flujo de sangre, y que, después de haber gastado en médicos toda su hacienda, no había podido ser curada por ninguno, se aproximó por detrás, tocó el fleco de su manto y al punto cesó el flujo de sangre. Y dijo Jesús: ¿Quién me ha tocado? Como todos lo negasen, dijo Pedro: Maestro, las turbas te apretujan y te oprimen. Pero Jesús dijo: Alguien me ha tocado, porque he sentido que de mí ha salido virtud. La mujer, viéndose descubierta, fue temblando a postrarse ante él, y declaró, delante de todo el pueblo, la causa por la cual le había tocado y cómo había quedado curada instantáneamente. Y él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz” (Lc 8,42-48; cf. Mt 9, 20-22; Mc 5,23-34). “El “gaudium cum pace” -la alegría y la paz- es fruto seguro y sabroso del abandono” (Camino 768)

La paz es un don de Dios: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14,27). La paz es un fruto del espíritu Santo: caridad, gozo, paz… (cf. Ga 5,22) y una bienaventuranza: los que buscan la paz serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). Saludo de ángeles: “Gloria a Dios en los cielos y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace” (Mt 2,14). Encomienda del alma contrita y perdonada: Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo… te conceda por el ministerio de la Iglesia el perdón y la paz.

ADVIENTO

Segunda semana de Adviento. El cristiano en la primera semana inició el camino con confianza exclamando “Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado (salmo 24) y con alegría: “Vamos alegres a la casa del Señor”. En la segunda semana, el cristiano ve que está acerca la llegada del Mesías y escucha al profeta: “Mira al Señor que viene a salvar a los pueblos. El Señor hará oír la majestad de su voz y os alegraréis de todo corazón” (Is 30,19 y 30) y canta: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” (salmo 125)

El Adviento es un tiempo fuerte en el que la esperanza da sentido a la conversión como ocurre cuando se aproxima un acontecimiento y se hace todo lo posible para aprovechar lo que viene. Dios se hizo persona humana, vivió en esta tierra y no se marchó porque nos aseguró su continua presencia: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). “Por eso, siempre estamos de buen ánimo, aun sabiendo que mientras moramos en el cuerpo, estamos en destierro lejos del Señor, pues caminamos en la fe y no en la visión. Así pues, estamos llenos de buen ánimo y preferimos salirnos de este cuerpo y volver junto al Señor. Por eso, tanto ahora en el cuerpo como fuera de él. Nos empeñamos en agradarle” (2 Co 5, 6-9).

Adviento. “Mirad ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación”. Tiempo de seguir los pasos de Jesús, de encontrar y formar parte de las muchedumbres que le seguían; de oír sus palabras, de meditar sus preguntas. “Y viene un jefe de sinagoga, llamado Jairo, que al verle se echa a sus pies, y le suplica con mucha instancia, diciendo: Mi hija está en las últimas; ven pon tus manos sobre ella para que sane y viva. Y se fue con él y le seguía una gran multitud que le apretujaba … Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y contempla el alboroto de los que lloraban y gritaban mucho. Entró y les dijo: ¿Por qué alborotáis y gritáis? La niña no ha muerto, sino que está dormida. Y se reían de él… (Mc 5,22, 39-40). “Niña yo te digo, levántate”. Se levantó la niña y andaba pues tenía doce años “Y quedaron sobrecogidos de grande espanto, acaba Marcos; sus padres quedaron espantados dice Lucas; la noticia se esparció por toda aquella comarca, escribe Mateo.

Adviento. Tiempo de conversión. De estar con Jesús. De fe en la resurrección. “En cuanto Marta oyó que Jesús venía, salió a recibirle; María en cambio, se quedó sentada en casa… En cuanto dijo esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en un aparte. – El Maestro está aquí y te llama. Ella, en cuanto lo oyó, se levantó enseguida y fue hacia él… Entonces María llegó donde se encontraba Jesús y, al verle, se postró a sus pies y le dijo: - Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Jesús cuando la vio llorando y que los judíos que la acompañaban también lloraban, se estremeció por dentro, se conmovió y dijo: - ¿Dónde le habéis puesto? Le contestaron – Señor, ven a verlo. Jesús rompió a llorar” (Jn 11, 20.28.32-35)

“Y yo buscaba al Dios desconocido / en los altares, sobre la vidriera / en que jugaba el sol a ser fuego y cristal. / Y ella añadía: “No le busques fuera, / cierra los ojos, oye su latido. / Tú, eres, hijo, la mejor catedral” (Martín Descalzo “Visita a la catedral”)

ADVIENTO

Tercera semana de Adviento. Domingo “Gaudete”. El cristiano siente gozo ante la cercanía de la Navidad: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad siempre alegres. El Señor está cerca”, se dice en la Antífona tomando el texto de la epístola a los Filipenses. En las lecturas de la misa del domingo sigue siendo Juan el Bautista el mensajero de la llegada del Mesías. Y durante la semana resuenan las profecías de Isaías proclamando la misericordia de Dios: “Yo soy el Señor y no hay otro. No hay otro Dios fuera de mí. Yo soy un Dios justo y salvador y no hay ninguno más” (Is 45, 18); “Aunque se retiren los montes y vacilen las colinas, no se retirará de ti mi misericordia, ni mi alianza de paz vacilará” (Is 54,10); “Guardad el derecho, practicad la justicia, que mi salvación está para llegar, y se va a revelar mi victoria” (Is 56, 3)

Meditando las preguntas del Señor, también se llena el alma de confianza en Dios, se anima a pedirle e impulsa a que se proclame la misericordia de Dios por todas partes. “Al partir de allí Jesús, le siguieron dos ciegos gritando: - Ten piedad de nosotros, Hijo de David”. Y al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y les dice Jesús: - ¿Creéis que yo puedo hacer eso? Respondieron ellos: - Sí, Señor. Entonces les tocó sus ojos, diciendo: - Hágase en vosotros conforme a vuestra fe. Y se abrieron sus ojos. Y les intimó Jesús con energía: - Mirad que nadie se entere. Pero ellos salieron y extendieron su fama por toda la comarca” (Mt 9,27-31). Se lo dijeron tantas veces que se ha llegado a conocer como la oración de Jesús: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí que soy un pecador”. En este milagro: Los ciegos se acercaron a la casa, les preguntó si creían que podía curarlos, les tocó los ojos, les curó por su fe, les intimó que no lo dijeron, pero lo proclamaron por toda la comarca. En el Evangelio leemos otras curaciones. A cada uno según su fe. “Y le seguía por el camino”, se dice de Bartimeo.

“Llegaron a Betsaida y le traen un ciego suplicándole que le toque. Tomando de la mano al ciego lo sacó fuera de la aldea y, poniendo saliva en sus ojos, le impuso las manos y le preguntó: - ¿Ves algo? Y alzando la mirada dijo: - Veo a hombres como árboles que andan. Después le puso otra vez las manos sobre los ojos, y comenzó a ver y quedó curado, de manera que veía con claridad todas las cosas. Y lo envió a su caso diciéndole: - No entres ni siquiera en la aldea” (Mc 8,22-26). En el precioso pasaje que relata la curación del ciego de nacimiento: “Al pasar vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento… Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con saliva, lo aplicó en sus ojos y le dijo: - Anda, lávate en la piscina de Siloé -que significa “Enviado”. Entonces fue, se lavó y volvió con vista …” (Jn 9,1.6-7). “Cuando se acercaban a Jericó, un ciego estaba sentado en el camino mendigando. Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué era aquello. Le contestaron: - Es Jesús Nazareno que pasa. Y gritó diciendo: - ¿Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí. Y los que iban delante le reprendían para que estuviera callado. Pero él gritaba mucho más: - ¡Hijo de David, ten piedad de mí! Jesús, parándose, mandó que lo trajeran ante él. Y, cuando se acercó, le preguntó: - ¿Qué quieres que te haga? – Señor, que vea - respondió él. Y Jesús le dijo: Recobra la vista, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista y le seguía glorificando a Dios” (Lc 18,35-43; Mc 10,46-52; cf. Mt 20,29-34: dos ciegos). “Señor, ¡que vea! ¡que sea!”.

ADVIENTO

Cuarta semana de Adviento. Sólo faltan siete días para celebrar el nacimiento de Jesús, Dios hecho hombre por amor. En los monasterios los monjes cantaban las Antífonas Mayores desde el día 17 de diciembre: Oh Sapientia; Oh Adionai; Oh Radis Jese; Oh Clavis David; Oh Orien; Oh Rex Gentium; Oh Enmanuel. Al otro lado de los muros, en se oía el eco de los cánticos monacales y el pueblo fiel los acompañaba con sus “oes”. Tanto, que el día 18 en que se celebra a la Virgen María en la advocación: “Expectación del parto” y también de “Nuestra Señora de la Esperanza”, los cánticos del pueblo fiel llevaron a añadir la advocación de “María de la O”. ¡La Madre de Dios es mi Madre!, repetía san Estanislao de Kostka y es continuo el eco en la voz de los cristianos repitiéndolo. En la sabatina marista se dice: “¡María es mi Madre! Hay en ella preocupación por mí, ruegos y peticiones a Dios por mí, deseos buenos de que yo sea bueno, persevere y me salve”. Y, como si fuera un villancico de todo el año, cantamos “La Salve” y le pedimos a nuestra Madre: Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.

En la vida del cristiano es un camino seguro seguir los pasos de Jesús y también esto se lo pedimos a la Madre: “Mater pulchrae dilectionis, filios tuos adiuba!”, Madre del Amor Hermoso, ayuda a tus hijos. Y también: “Cor Mariae Dulcissimum, iter para tutum!”: Dulcísimo Corazón de María prepáranos un camino seguro. En este camino, de la mano de nuestra Madre, sobre la tierra y mirando al cielo, se mantiene el ánimo repasando las preguntas del Señor. “Habiendo entrado un sábado a comer en casa de un jefe de los fariseos, ellos le observaban. Estaba delante de él un hombre hidrópico. Jesús preguntó a los doctores de la ley y a los fariseos: ¿Es lícito curar en sábado o no? Ellos callaron y, cogiéndole, lo curó y lo despidió. Y les dijo: ¿Quién de vosotros, si su hijo o su buey cae en un pozo, no lo saca enseguida en el día de sábado? Y no pudieron replicar a esto” (Lc 14,1-6). No es un inadecuado punto de partida de meditación detenerse en las primaras palabras y situar a Jesús en el tiempo actual: era un sábado y Jesús había quedado a comer con hombres versados en Dios: doctores y fariseos, en la casa de un jefe de éstos. Ellos le observaban… como ahora algunos intelectuales.

De fondo se pueden oírlas voces de los niños sentados en la plaza que jugaban a representar lo que expresaban gestos y cantos y que gritan a otros: “- Hemos tocado la flauta y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado”. Y Jesús le diría “a la gente”: “- Vino Juan que ni comía ni bebía y dicen: Tiene un demonio. Viene el Hijo del hombre, que come y bebe y dicen: Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores. Pero los hechos dan razón la sabiduría de Dios” (cf. Mt 11, 17-19). Y, no se sabe cómo, “estaba delante de él un hombre hidrópico”. Jesús lo curó y preguntó a los doctores de la ley y a los fariseos…

Metido en el pasaje, allí está el cristiano que sigue los pasos de Jesús y que se sienta a comer donde Él y que recompone el cuadro trayendo otras palabras: “Cuando des un banquete invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos. Entonces serás dichoso…” (Lc 14,13); y también: “Cuando alguien te invite a un banquete de bodas no te sientes en el lugar principal” (Lc 14.8). “Y no pudieron replicar”. El buey, el hijo…

NAVIDAD

¡Navidad! Dios se hizo como nosotros por amor. Como había anunciado los profetas: “Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Sobre sus hombros está el imperio y lleva por nombre: Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la paz” (Is 9,5). Y también: “Pero tú, Belén Efrata, aunque tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti saldrá el que ha de ser dominador en Israel; sus orígenes son muy antiguos, de días remotos. Por eso él los entregará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz” (Mi 5,1-2).

“La generación de Jesucristo fue así. María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “ – José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Enmanuel, que significa Dios-con-nosotros. Al despertarse, José hizo lo que el ángel del señor le había ordenado y recibió a su esposa. Y, sin que la hubiera conocido, dio ella a luz un hijo y le puso por nombre Jesús” (Mt 1,18-25)

“En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y cuando ellos se encontraban allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento” (Lc 2,1-7)

“Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. De improviso un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de luz. Y se llenaron de un gran temor. El ángel les dijo: - No temáis. Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el salvador, el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal; encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre. De pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace”. Cuando los ángeles les dejaron, marchándose hacia el cielo, los pastores se decían unos a otros: - Vayamos a Belén para ver esto que ha ocurrido y que el Señor nos ha manifestado. Y fueron presurosos y encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre. Al verlo reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas sobre el niño. Y todos los que lo oyeron se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho. María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón. Y los pastores regresaron, glorificando y alabando a Dios, por todo lo que habían oído y visto, según les fue dicho” (Lc 2,8-20)

NAVIDAD

Año nuevo, lucha nueva. Tiempo de conversión animosa y esperanzada. Empezando con las primeras experiencias del Niño Jesús: “Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como le había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno” (Lc 2.21)

Aunque la celebración litúrgica la tenemos después puede ser conveniente traer aquí y en este punto el pasaje de la presentación del Niño y la purificación de María, a los cuarenta días de nacer: “Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor, y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor. Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. Así vino al templo movido por el Espíritu. Y al entrar los padres con el niño Jesús, para cumplir lo que prescribía la ley sobre él, lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo: -Ahora Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra… Vivía entonces una profetisa llamada Ana, hija de Famuel, de la tribu de Aser. Era de edad muy avanzada, había vivido con su marido siete años de casada y había permanecido viuda hasta los ochenta y cuatro años, sin apartarse del Templo, sirviendo con ayunos y oraciones noche y día. Y llegando en aquel mismo momento, alababa a Dios y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén” (Lc 2,22-29.36-38)

Después, para el cristiano, es obligado vivir con la Sagrada Familia otros dos pasajes evangélicos. Uno, posiblemente, ya en una casa en Belén. “Después de nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos magos llegaron de Oriente a Jerusalén, preguntando: -¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle. Al oír esto, el rey Herodes se inquietó y con él toda Jerusalén. Y, reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les interrogaba dónde había de nacer el Mesías. – En Belén de Juda -le dijeron-, pues así está escrito por medio del profeta… Entonces, Herodes, llamando en secreto a los Magos, se informó cuidadosamente por ellos del tiempo en que había aparecido la estrella; y les envió a Belén, diciéndoles: - Id e informaos bien acerca del niño, y cuando lo encontréis, avisadme para que también yo vaya a adorarle. Ellos después de oír al rey, se pusieron en marcha. Y, entonces, la estrella que habían visto en Oriente se colocó delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; luego abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Y, después de recibir en sueños aviso de no volver a Herodes, regresaron a su país por otro camino” (Mt 2,1-5.7-11). El otro pasaje se narra a continuación. “Cuando se marcharon, un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “-Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que to te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. Él se levantó, tomo de noche al niño y a su madre y huyó a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del profeta Jeremías” (Mt 2,13-15).

BAUTISMO DEL SEÑOR. TIEMPO ORDINARIO

Cristianismo es vivir en Cristo. El cristiano encontró a Jesús y le preguntó dónde vivía y se quedó un día con Él (cf. Jn 1,38-40). “Enamórate, y no “le dejarás” (cf. Camino 999). La infancia y juventud de Jesús se resumen en un brevísimo tiempo litúrgico.

- “Muerto Herodes, un ángel del Señor se le apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: - Levántate, toma al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel; porque han muerto ya los que atentaban contra la vida del niño. Se levantó, tomó al niño y a su madre y vino a la tierra de Israel. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá y avisado en sueños marchó a la región de Galilea. Y se fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por medio de los Profetas: “Será llamado nazareno” (Mt 2,19-23). “Cuando se cumplieron todas las cosas mandadas en la ley del Señor, regresaron a Galilea a su ciudad, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él” (Lc 2,39-40)

- Sus padres iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron a la fiesta, como era costumbre. Pasados aquellos días, al regresar, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo advirtieran sus padres. Suponiendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino, buscándolo entre parientes y conocidos, y al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en su busca. Y al cabo de tres días lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándole y preguntándoles. Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas. Al verlo se maravillaron, y le dijo su madre: - Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos. Y él les dijo: - ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre? Pero ellos no comprendieron lo que les dijo. Bajó con ellos, vino a Nazaret y les estaba sujeto. Y su madre guardaba estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 2, 41-52)

- “Y sucedió que en aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y nada más salir del agua vio los cielos abiertos y el Espíritu que, en forma de paloma, descendía sobre él; y se oyó una voz desde los cielos: - Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me he complacido” (Mt 3,13-17; Mc 1, 9-11)

- “Entonces fue conducido Jesús al desierto por el espíritu para ser tentado por el diablo. Después de haber ayunado cuarenta días con cuarenta noches, sintió hambre. Y acercándose el tentador le dijo: - Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Él respondió: - Escrito está: No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios. Luego, el diablo lo llevó a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo. Y le dijo: - Si eres el Hijo de Dios, arrójate abajo. Pues escrito está: dará órdenes a sus ángeles sobre ti, para que te lleven en sus manos, no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra. Y le respondió Jesús: -escrito está también: no tentarás al Señor tu Dios. De nuevo lo llevó el diablo a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: - Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras. Entones respondió Jesús: -Apártate, Satanás, pues escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y solamente a Él darás culto. Entonces le dejó el diablo, y los ángeles vinieron y le servían” (Mt 4,1-11).

TIEMPO ORDINARIO

Tiempo Ordinario. Aún resuena en el corazón de los cristianos el gozo y la alegría de los días de Navidad, ese desbordarse del corazón en generosidad, comprensión y ayuda a todos, porque se siente al Niño mecido en los brazos y se camina junto a la Madre y a san José, sin dejar de mirarle y de escucharle. Ha sido muy corto el tiempo de disfrutar de la pacífica convivencia, de asimilar que amar es darse por entero y sin condiciones. Y así se empieza el camino del Tempo Ordinario en su primera etapa que nos llevará a la Cuaresma y, luego, a la Pascua de Resurrección. Cosa de meses. “Tempus fugit”.

Hay que aprovechar las fuerzas y los ánimos renovados en la Navidad para emprender contentos el camino que, antes o después, debe llevar al cielo, porque “Dios quiere que todos los hombres se salven” (1 Tm 2,4). En ese caminar aprovecha escuchar y meditar las preguntas que hizo Jesús: “Habiendo entrado un sábado a comer a casa de un jefe de los fariseos, ellos le observaban. Estaba delante de él un hombre hidrópico. Jesús preguntó a los doctores de la ley y a los fariseos: ¿Es lícito curar en sábado o no? Ellos callaron, y, cogiéndole, lo curó y los despidió. Y les dijo: ¿Quién de vosotros, si su hijo o su buey cae en un pozo, no lo saca en seguida en el día de sábado? Y no pudieron replicar a esto” (Lc 14,1-6). Caerse al pozo, Jesús que nos coge y nos saca enseguida.

- Otro pasaje: “De nuevo entró en la sinagoga. Había un hombre que tenía la mano seca. Le observaban de cerca por si curaba en sábado, para acusarle. Y le dice al hombre que tenía la mano seca: - Ponte en medio. Y les dice: - ¿Es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar la vida de un hombre o quitársela? Ellos permanecían callados…” (Mc 3,1-4). Pero no siempre acaba así la cuestión sobre curar en sábado. Así, también en la curación del hombre de la mano seca en la sinagoga: “Al salir los fariseos se pusieron de acuerdo contra él, para ver cómo prenderle” (Mt 12,14) y “Ellos se llenaron de rabia y comenzaron a discutir entre sí qué harían contra Jesús” (Lc 6,11).

- También hay recuerdos que se despiertan por la comparación que hace Jesús: “Un sábado estaba enseñando en una sinagoga. Y había allí una mujer poseída por un espíritu, enferma desde hacía dieciocho años, y estaba encorvada sin poder enderezarse de ningún modo. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: -Mujer quedas libre de tu enfermedad. Y le impuso las manos, y al instante se enderezó y glorificaba a Dios. Tomando la palabra el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús curaba en sábado, decía a la muchedumbre: - Hay seis días para trabajar; venid pues, en ellos a ser curados, y no un día de sábado. El Señor le respondió: - ¡Hipócrita! Cualquiera de vosotros ¿no suelta del pesebre en sábado su buey o su asno y lo lleva a beber? Y a ésta que es hija de Abrahán, a la que Satanás ató hace dieciocho años, ¿no había de soltarla de esta atadura aun un día de sábado? Y cuando decía esto, quedaban avergonzados todos sus adversarios, y toda la gente se alegraba por todas las maravillas que hacía” (Lc 13,10-17). Dar de beber al buey o al asno, cuidar de “lo nuestro” por encima de todo.                  

Estos pasajes son un buen guión para meditar cuando empieza el Tiempo Ordinario: Dios se ocupa de nosotros aunque no lo pidamos, todos nos alegramos con las maravillas del Señor. Algunos callan, otros rabian y quieren echarlo de sus vidas.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que su vida es lucha: “Militia est vita hominis super terram” (Job 7,1). “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16,24). “Quien se prepara para la lucha, de todo se abstiene, y eso para alcanzar una corona corruptible; pero, nosotros, para alcanzar una incorruptible. Y yo corro no como a la aventura, así lucho no como quien azota el aire, sino que castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que, habiendo sido heraldo para los otros, resulte yo descalificado” (1 Co 9,25-27). “Combate las fatigas como buen soldado de Cristo Jesús. El que milita, para complacer al que loe alistó como soldado, no se embaraza con los negocios de la vida” (2 Tm 2,3-4). “Pero nosotros, hijos de del día, seamos sobrios, revestidos de la coraza de la fe y de la caridad y del yelmo de la esperanza en la salvación” (1 Tes 5-8). “Y quienquiera que compite en el estadio no es coronado si no compite legítimamente” (2 Tm 2,5). “He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está preparada la corona de la justicia que me otorgará aquel día el Señor, justo juez, y no sólo a mí, sino a todos los que aman su manifestación” (2 Tm 4,7-8). “Porque todo el engendrado de Dios vence al mundo; y ésta es la victoria que ha vencido al mundo” (1 Jn 5,4)

El Tiempo Ordinario, aun dividido en dos, es la larga etapa del camino hacia el cielo en la que se puede santificar lo positivo y lo negativo de la vida corriente: las alegrías y las penas, los éxitos y los fracasos, la salud y la enfermedad, las luces y las sombras. Y en ese caminar -en el que el amor a Dios y a los demás anima, da sentido a la rutina y evita perder la ruta, avanzar en el error-, es conveniente y provechoso vivir en la presencia de Dios, siguiendo los pasos de Jesús y escuchando y meditando las preguntas que hizo como las podemos leer en los Evangelios.

- “Caminaba con él mucha gente, y volviéndose les dijo: Si alguno viene a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Quien no lleva su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. Porque ¿quién de vosotros que quiere construir una torre, no se sienta primero para calcular los gastos a ver si tiene para acabar? No sea que después de haber echado los cimientos no pueda terminar, y todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: Este hombre ha comenzado a construir y no pudo terminar.  O ¿qué rey, que ha de hacer guerra a otro rey, no se pone primero a considerar si será capar con diez mil hombres de salir al encuentro del que viene contra él con veinte mil? En caso contrario, cuando está todavía lejos, manda una embajada para pedir la paz. Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todo lo que tiene no puede ser mi discípulo.” (Lc 14,25-33).

Todas las palabras de los pasajes evangélicos son fuente de meditación. Caminaba mucha gente con Jesús; detrás de él porque Él “se volvió” para hablarles; detrás de Jesús y se vuelve y me habla. Quien no se niega a sí mismo, nuestro “yo”, no puede ser discípulo de Jesús. Seguir a Jesús es seguirle cargando con “la cruz de cada día”. “Renunciar a todo” es la condición para ser discípulo de Jesús. “Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí, ése la salvará” (Lc 9,24)

TIEMPO ORDINARIO

Cristianismo es misericordia. Es el elogio y la promesa de Dios: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” Amar es darse por entero y sin condiciones, pero misericordia es el amor mayor: amar lo miserable, poner el corazón en la miseria. Por eso el amor empieza por uno mismo, las propias debilidades, y esa es una medida de amor a los otros. El modelo es amar como Dios nos ama (Jn 15,34)

En el evangelio de san Lucas se recogen seguidas tres parábolas de “la misericordia”: la de la oveja perdida, la de la dracma perdida y la del padre amoroso del hijo pródigo. En las dos primeras el Señor pregunta a los fariseos y escribas que murmuraban porque “éste recibe a los pecadores y come con ellos”. Los cristianos que necesitan del amor misericordioso de Dios, llenan de paz el alma meditando las preguntas del Señor: “¿Quién de vosotros que tenga cien ovejas y pierda una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va en busca de la oveja perdida hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la toma, lleno de gozo, sobre sus hombros, y, una vez que llega a casa, convoca a sus amigos y vecinos y les dice: Alegraos conmigo, porque he encontrado mi oveja perdida. Así os digo que habrá en el cielo más alegría por un pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia. O ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende la lámpara y barre la casa y la busca con gran diligencia hasta que la encuentra? Y, una vez que la encuentra, convoca a sus amigas y vecinas y les dice: Alegraos conmigo, porque he encontrado la dracma que había perdido. Así, os digo, se alegrarán los ángeles de Dios por un pecador que se arrepienta” (Lc 15,3-10).

Una reflexión que se puede hacer al leer esas parábolas podría ser que “amor es misericordia”, porque no se puede amar sin atender, sin comprender, sin perdonar; y que “misericordia es amor” porque amar es procurar atender a los otros, amigos, familiares, compañeros, cualquiera que lo necesite, incluso en los pequeños, miserables, detalles. El amor misericordioso, la misericordia en el amor, llama a pedir perdón, a perdonar, a servir a los demás, a dar la vida: “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,44-45); “Nadie tiene más amor más grande que el de dar la vida por sus amigos” (Jn 15,13). 

También se podría considerar estas parábolas como “de la alegría”, porque se convoca a amigos y vecinos para que se alegren y porque hay alegría del cielo, alegría de los ángeles. Para algunos esa consideración lleva a recordar otro pasaje y la alegría de Jesús y los discípulos: “Volvieron los setenta y dos llenos de alegría, diciendo: - Señor, hasta los demonios se nos sometían en tu nombre. Él les dijo: - Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo… Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo” (Lc 10,17.18.20)         

Y un mensaje para el cristiano. No debemos regatear esfuerzos en el “darse al otro”: el pastor deja las ovejas en el desierto, sale a buscar la perdida y al encontrarla la pone lleno de gozo en sus hombros; la mujer que pierde la dracma, enciende la lámpara, barre la casa y la busca “con gran diligencia”. “Vence el mal con el bien” (Rm 12,21).

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive en el mundo, pero no es mundano, porque Jesús vivió en el mundo y no dejó de cumplir la voluntad de Dios Padre ni un solo instante. El cristiano en medio de la vida corriente se sabe acompañado de Jesús en todo momento porque así lo dijo al tiempo de su ascensión al cielo: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Los Evangelios nos aseguran que podemos caminar en nuestra vida en este mundo siguiendo a Jesús con confianza: “No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones socavan y los roban. Amontonad en cambio tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre corroen y donde los ladrones no socavan ni roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón” (Mt 6,19-21) y también: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todas esas cosas se os añadirán. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad (Mt 6,33-34). Él siempre está ahí, aunque parezca dormido, donde y cuando lo necesitamos: “¡Señor, sálvanos, que perecemos! Jesús les respondió: - ¿Por qué os asustáis, hombres de poca fe? Entonces, puesto en pie, increpó a los vientos y al mar y sobrevino una gran calma” (Mt 8,25-26)”   

Seguir a Jesús es escuchar su palabra, meditarla y ponerla por obra. Un buen itinerario se sigue reflexionando sobre las preguntas del Señor, como la que hizo al exponer la parábola del mayordomo infiel que redujo la deuda de los que debían a su amo para que, cuando éste le quitara la administración de sus bienes, aquéllos, agradecidos, lo recibieran en su casa: “Procuraos amigos con las riquezas injustas, para que, cuando os falten, os reciban en las moradas eternas. El que es fiel en lo pequeño, lo es también en lo grande, Si, pues, no habéis sido fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Y si no habéis sido fieles en lo ajeno, quién os dará lo vuestro. Ningún criado puede servir a dos señores: porque tendrá odio al uno y amará al otro, o se ira con uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Lc 16,9-14). El Señor alabó al administrador malo, porque había obrado con sagacidad, no por haber dispuesto de los bienes de su amo, no en interés de éste, sino del suyo propio. Pero se lamentó de que los hijos de este mundo, mundanos, sean más avisados que los hijos de la luz. Por riqueza injusta se entiende lo mundano, lo pequeño, lo perecedero, lo ajeno porque no lo llevaremos a la otra vida y se quedará en el mundo, se entiende bien que el cristiano tiene y debe tener a Cristo en el centro de su vida, presente en todo, y que debe servirse de lo mundano para ser mejor, para servir mejor a todos. “El mundo es pasajero y también sus concupiscencias; pero quien cumple la voluntad de Dios, permanece para siempre” (1 Jn 2,17).

“Que cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido, como buenos administradores de la múltiple y variada gracia de Dios” (1 Pe 4,9). “Que cada uno sea diligente para escuchar, lento para hablar y lento para la ira (St 1,19). “Alegraos en el Señor, os lo repito, alegraos. Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca. No os preocupéis por nada” (Flp 4, 4-6). “Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros” (1 Pe 5,7)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que esta vida, larga o corta, es camino hacia el cielo. Sabe que Dios le acompaña en el camino y que le espera con los brazos abiertos cuando llegue: “Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida. Y habitaré en la casa del Señor por años sin término” (salmo 23.6). Lo importante es no abandonar, no salirse del camino: “añade siempre, camina siempre, avanza siempre; no te pares en el camino, no retrocedas, no te desvíes. Se para el que no avanza; retrocede el que vuelve a pensar en el punto de salida, se desvía el que apostata. Es mejor el cojo que anda por el camino que el que corre fuera del camino” (san Agustín, sermón 169). Y, mientras caminamos, nos animan todos los santos y las almas del purgatorio y todos los ángeles: como las muchedumbres, el gentío, que buscaban al Señor, que lo encontraban y que lo seguían cuando decía “vamos” a otras aldeas o “pasemos” a la otra orilla. Dios con nosotros. 

Pero, en esta vida, en el camino, no faltan dudas, distracciones, tropiezos, caídas. También desde el cielo se sigue con atención esos momentos; Dios se ocupa y se preocupa por cada uno de nosotros continuamente, aunque parezca dormido o ausente. Son momentos para reafirmarnos en la confianza en Dios: “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?” (Rm 8,31-32). Tiempo de reflexión escuchando las preguntas que hizo Jesús: “A vosotros amigos míos, os digo: No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma, temed más bien a quien puede perder en el infierno alma y cuerpo. ¿No se venden dos pajaritos por un as? Pues bien, no cae a tierra ni uno sólo de ellos sin el consentimiento de vuestro Padre. De vosotros hasta los cabellos de la cabeza están todos contados. Por tanto, no temáis: valéis más que muchos pajaritos” (Mt 10,28-31; Lc 12, 4-7). Y, así, con las palabras de Jesús, el alma se afianza en el amor de Dios: “No temáis pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino” (Lc 12,32). Y también en el camino: “De pronto, Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se acercaron, abrazaron sus pies y le adoraron. Entonces, Jesús es dijo: - No tengáis miedo; id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán” (Mt 28,9-10). “En el amor no hay temor” (1 Jn 4,18) 

- Desde los primeros pasajes. “No temas, Abrán yo soy un escudo para ti; tu recompensa será grande” (Gn 15.1); y a Jacob: “Yo soy Dios, el Dios de tu padre No temas bajar a Egipto porque te constituiré allí un gran pueblo” (Gn 46,3); y en paso del Mar Rojo: “No temáis… el Señor peleará por vosotros” (Ex 14,13-14); y a Moisés: “Mira el Señor, tu Dios, te ha dado el país. Sube, toma posesión de él, como te ha dicho el Señor, Dios de tus padres. No temas ni te asustes” (Dt 1,21) y a Josué: “No los temáis porque el Señor, vuestro Dios, es quien lucha por vosotros” (Dt 3,22). A la época apostólica. “Por la noche el Señor le dijo a Pablo en una visión: No tengas miedo, sigue hablando y no calles que yo estoy contigo” (Hech 18,9)

Tiempo de cantar con los salmos: “El Señor es mi luz y me salvación ¿a quién temeré? El Señor es el refugio de mi vida ¿de quién tendré miedo?” (salmo 27,1); “Busqué al Señor y me ha escuchado, me ha librado de todos mis temores… Gustad y ved que bueno es el Señor, dichoso el que se refugia en Él” (salmo 34, 5.9)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que la vida en Cristo es amor, por entero, para siempre y sin condiciones. Sin descanso y sin cansancio; exige esfuerzo, pero el amor transforma la fatiga: “Ubi amatur non laboratur, aut si laboratur, labor est amatur”, en el amor no hay cansancio, y en el trabajo hay amor (san Agustín “De bono viduitatis, 21-26). Amor y sacrificio, sacrificio hecho amor. “Si alguno quiere seguirme que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí la encontrará” (Mt 16,24-25).

Negarse a sí mismo, darse por entero. “Nadie puede servir a dos señores, porque o tendrá odio a uno y amor al otro o prestará su adhesión al primero y menos preciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mt 6,24). La adoración de los ídolos llevó a decir que Dios es un Señor celoso (Ex 20, 4-5) y el apóstol lo recordaba: “Porque estoy celoso de vosotros con celo de Dios: os he desposado con un solo esposo” (2 Co 11,2). Vale la pena seguir al camino del amor a Dios: “Perdonad y seréis perdonados, dad y se os dará, echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma medida con que midáis se os medirá” (Lc 6, 37-38). Y también: “No hay nadie que haya dejado su casa, hermano o hermana, madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, que no reciba en este mundo cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y en el siglo venidero, la vida eterna (Mc 10,29-30).     

En el camino del amor a Dios es beneficioso meditar las preguntas del Señor: “Levantó los ojos y, viendo que una turba numerosa venía hacia él, dice a Felipe: “¿Dónde podemos comprar pan para que coman éstos? Lo decía para probarle, pues él sabía lo que iba a hacer… (Jn 6,5-6) “… Despídelos para que vayan a los campos y aldeas convecinas y se compren algo que comer. Él les respondió: Dadles de comer vosotros. Le responden: ¿Vamos nosotros a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer? Respondió él: ¿Cuántos panes tenéis? Id a ver. Después de velo, dicen: Cinco y dos peces. Y les ordenó que hicieran a todos sentarse en grupos sobre la verde hierba. Se agruparon pues, por grupos de ciento y de cincuenta … Todos comieron hasta hartarse. Y recogieron doce canastos llenos de trozos de pan y de los peces. Los que comieron eran cinco mil varones” (Mc 6,36-40. 43-44; cf. Mt 14,14-21, Lc 9,12-17).  Providencia divina: “No estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer; o por vuestro cuerpo: con qué os vais a vestir…Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todas estas cosas se os añadirán. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6,25.33-34). Alegraos siempre en el Señor, os lo repito, alegraos. Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca. No os preocupéis por nada, al contrario, en toda oración y súplica presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias (Flp 4,4-6).

Lleno de Dios, metido en Dios. “Porque para mí vivir es Cristo y el morir una ganancia” (Flp 1,21). “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5: “Sine me nihil potestis facere”). “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4,13: “Omnia posum in eo qui me confortat”). “Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros” (1 Pe 7). Y es que: “Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre, que nos llamemos hijos de Dios ¡y lo somos!” (1Jn 2,3). Y empezamos la Cuaresma.

CUARESMA

Primera semana de Cuaresma. Un “tiempo fuerte” que los cristianos viven introduciendo elementos de sacralidad en el quehacer de cada día, sin cosas raras, pero con intensidad, con profundidad. Con frecuencia se incorpora alguna nueva mortificación, precisamente, porque es el tiempo que lleva a la Pascua de Resurrección, pero pasando por el Calvario. Por la Cruz. Siempre con la regla de que “nuestra mortificación no mortifique a los demás”. La Cuaresma es camino de esperanza porque es camino de misericordia. “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado… Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso, Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza” (salmo 50, 3-4, 12-13. 14 y 17)

Cuaresma también es tiempo de caminar por la “vía Crucis” y de hacer con devoción esa práctica de piedad que es el “Vía Crucis”. Toda la vida del cristiano, en cualquier tiempo litúrgico, es caminar con Jesús hacia el cielo donde nos espera el Padre, animados continuamente por el Espíritu Santo. Caminar con Jesús es mirarle, escucharle. Y una forma de hacerlo es meditar las preguntas que hizo “en aquel tiempo”. “A la cuarta vigilia de la noche, vino a ellos caminando sobre el mar. Y los discípulos, al verle caminar por el mar, se turbaron y decían: “Es un fantasma”, y por el miedo gritaron. Pero Jesús les dijo enseguida: “Confiad, soy yo; no tengáis miedo”. Entonces Pedro le dijo: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas”. Y él le contestó: “Ven”. Y, bajando de la barca, Pedro caminó sobre las aguas y se dirigió hacia Jesús. Pero, al notar la violencia del viento, sintió miedo y como comenzara a hundirse gritó: “Señor, sálvame” Al punto Jesús alargó la mano y le cogió diciéndole: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mt 14,25-31). La fe, se convierte en el asunto de meditación. La misma fe de aquel padre: “Cuando llegó Jesús, el padre con humildad y confianza desde su dolor, le rogó al Señor que tuviera compasión y le ayudara. Jesús le dijo: “Todo es posible al que tiene fe”. Entonces, el hombre gritó: Creo, pero ayuda mi falta de fe” (Mc 9,24). La fe que nos hace pedir: Señor, ¡Aumenta nuestra fe!.     

La mano de Jesús. La mano amorosa del Amor. Así ocurrió con la suegra de Pedro: “Le tomó la mano y la fiebre la dejó; y ella se levantó y le servía” (Mt 8,15; cf. Mc 1,31). Y en la resurrección de la hija de Jairo: “Pero cuando habían echado fuera a la gente, Él entró y la tomó de la mano; y la niña se levantó” (Mt 9,25; cf. Mc, 5.41, Lc 8,54). Y, también en la curación del muchacho lunático: “Pero ellos guardaron silencio. Y Él tomándolo de la mano lo sanó y lo despidió” (Mc 9,27; cf. Lc 14.4).

Cuaresma también es tiempo de cánticos con salmos: “Pero yo estaré siempre contigo me agarraste con la mano derecha. Me guías según tu designio y después me acogerás en tu gloria… Para mí lo mejor es estar junto a Dios. He puesto mi refugió en el Señor, mi Dios, para anunciar todas sus obras a las puertas de la hija de Sion” (salmo 73,23-24.28).

CUARESMA

Cuaresma. Segunda semana. El cristiano que vive su existencia como un camino hacia el cielo, acompañado de ángeles y santos, con el cuidado propio de la Sagrada Familia porque “Dios es mi padre” y “la Madre de Dios es mi Madre”, como rebosa tantas veces de su corazón. Andar el camino de la vida cantando salmos es propio del que ama a Dios y quiere amarlo más y siempre: “¿Quién podrá subir al monte del Señor? ¿Quién podrá estar en su lugar santo? El de manos inocentes y de corazón puro, el que no dirige su alma a la vanidad ni jura en falso. Él recibirá la bendición del Señor y la justificación de Dios, su Salvador” (salmo 24, 3-5). “Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus sendas. Hazme caminar en tu fidelidad, instrúyeme, pues tú eres mi Dios salvador, en Ti espero todo el día. Acuérdate, señor de tu misericordia y de tu amor que son eternos” (salmo 25, 4-6). “Una cosa pido al Señor, ésta sólo busco: habitar en la Casa del Señor todos los días de mi vida, para gozar de las delicias del Señor y contemplar su templo” (salmo 27,4). “Yo te instruiré y te indicaré el camino que has de andar. Te aconsejaré, mis ojos fijos en ti” (salmo 32, 8)

Cristianismo es amor y la vida del cristiano es seguir a Jesús, ser cómo el quiere que seamos. Y le seguimos mirándole, escuchándole. Meditando las preguntas del Señor: “Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás, y ya no querían andar con él. Entonces Jesús dijo a los Doce: ¿Queréis también marcharos vosotros? Respondióle Simón Pedro: Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el santo de Dios. Jesús les respondió: ¿No os elegí yo a los Doce? Pues bien, uno de vosotros es un diablo. Se refería a Judas, el de Simón Iscariote; porque éste, uno de los Doce, le había de entregar” (Jn 6,66-71)

- En el Evangelio se narran desencuentros con Jesús. “Pero él afligido, por estas palabras, se marchó triste, porque tenía muchas posesiones” (Mc 10,22). “Y toda la gente de la región de los gerasenos le pidió que se alejara de ellos, porque estaban sobrecogidos de temor” (Lc 8,37; Mt 8,34; Mc 5,17). “Y envió delante a unos mensajeros que entraron en una aldea de samaritanos para prepararle hospedaje; pero no le acogieron porque llevaba la intención de ir a Jerusalén” (Lc 9,52-53). “Entonces lo abandonaron y huyeron todos. Y un joven que se cubría el cuerpo tan solo con una sábana se escapó desnudo” (Mc 14,50-51)

- Y también encuentros con Jesús. “Sé que el Mesías, el llamado Cristo va a venir -le dijo la mujer-. Cuando él venga nos anunciará todas las cosas. Le respondió Jesús: - Yo soy, el que habla contigo” (Jn 4,25-26). “El que había sido curado no sabía quién era, pues Jesús se había apartado de la muchedumbre allí congregada. Después de esto lo encontró Jesús en el Templo y le dijo: Mira, estás curado; no peques más para que no te ocurra algo peor” (Jn 5,13-14). “Oyó Jesús que le habían echado fuera, y cuando se encontró con él le dijo: - ¿Crees tú en el Hijo del Hombre? - ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? - respondió. Le dijo Jesús: Si lo has visto: el que está hablando contigo ese es” (Jn 9,35-37). “Le dijo Jesús: - Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella pensando que era el hortelano, le dijo: - Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré. Jesús le dijo. - ¡María!” (Jn 20,15-16)

CUARESMA

Tercera semana de Cuaresma. Cuando el cristiano clama: “Señor, que convirtamos todos los momentos y circunstancias de nuestra vida en ocasión de amarte”, hace al mismo tiempo, una confesión de fe, una manifestación de esperanza y una petición de amor a Dios, que es amor, para poder recibir el amor de Dios y poder derramarlo en todos. En todos los momentos y circunstancias, llevaderos o dificultosos, felices o dolorosos, el cristiano sabe que Dios está a su lado y no quiere separarse de Él: “¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? … Pero en todas estas cosas vencemos con creces gracias a aquel que nos amó” (Rm 8,35.37). En el recuerdo, para la meditación: “Allí estaré yo ante ti, sobre Lapeña, en Horeb, golpearás la peña, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo”, Moisés lo izo así a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Masá y Meribá, por la reyerta de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo: - ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros? (Ex 17,6-7). Y también: “Ojalá escuchéis hoy su voz: No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron aunque habían visto mis obras” (salmo 94,8-9) 

En el camino cuaresmal, lleno de propósitos para llegar en las mejores condiciones a la fiesta de la Pascua de Resurrección, florecido de actos de penitencia por amor, queremos sentir que nuestros pasos siguen los de Jesús, ¡pisar donde Él ha pisado! Querer lo que Él quiere, no querer lo que Él no quiere; amistad divina, sacralizando la antigua referencia latina en definición recogida por Salustio (“Idem velle, idem nolle. Ea demum firma amicitia est”). Y, en ese caminar con Jesús, es un gozo espiritual que crece repasando, meditando, las preguntas del Señor: “Entonces se acercaron a Jesús unos fariseos y escribas de Jerusalén y dijeron: ¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los antiguos? Pues no se lavan las manos cuando comen. Él les respondió: ¿Y por qué vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios, por vuestra tradición? Porque Dios dijo: Honrarás al padre y a la madre, y quien maldiga al padre o a la madre, sea condenado a muerte. Pero vosotros decís: quien diga al padre a o la madre: es ofrenda sagrada todo lo que te sirve, ya no está obligado a honrar a su padre y a su madre; habéis anulado el mandamiento de Dios, por vuestra tradición” (Mt 15,1-6; cf. Mc 7,1-13). Tentar a Dios, como en Masá y Meribá, como el demonio en el desierto (Mt 4,1-11, Mc 1,12-13, Lc 4.1-13), como nosotros, en tantas ocasiones.

Preguntas al Señor, para tentarle: sobre el matrimonio y la virginidad (Mt 19, 1-12), sobre los impuestos (Mt 22,15-17, Mc 13-17, Lc 20,20-26), sobre la resurrección (Mt 22,23-28), sobre el mandamiento mayor (Mt 22,34-36), sobre el divorcio (Mc 10,1-12). Inolvidable una estupenda “salida” de Jesús a la pregunta de los príncipes de los sacerdotes y los ancianos: “¿Con qué potestad haces estas cosas?... Os voy a contestar con una pregunta; si me la contestáis entonces os diré con qué potestad…: ¿El bautismo de Juan, de dónde era? ¿del cielo o de los hombres?... Ellos deliberaban… Y respondieron: - No lo sabemos. Entonces él les dijo: - Pues tampoco yo os digo con qué potestad hago estas cosas” (cf. Mt 21,23-27). Estar con Jesús, aprender de Jesús.

CUARESMA

Cuaresma. Cuarta semana. Domingo “Laetare”. Las casullas rosas. A mitad del tiempo de austeridad y mortificación, la liturgia regala este domingo (“Laetare Ierusalem, et conventum facite, omnes qui diligitis eam…”) “Festejad a Jerusalén, gozad de ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto…” (Is 66,10): Gozad con la Iglesia, alegraos con su alegría. Es nuestra “Santa Madre” que nos acoge y que se forma con todos nosotros y con todos los santos. Es la Madre Iglesia que se alegra (“Gaudet Mater Ecclesia”, discurso de Juan XXIII en la inauguración del Concilio Vaticano II, eñ día 11 de octubre de 1962): “La Iglesia católica estima, por lo tanto, como un deber suyo el trabajar con toda actividad para que se realice el gran misterio de aquella unidad que con ardiente plegaria invocó Jesús al Padre celestial, estando inminente su sacrificio. Goza ella de suave paz, pues tiene conciencia de su unión íntima con dicha plegaria; y se alegra luego grandemente cuando ve que tal invocación aumenta su eficacia con saludables frutos, hasta entre quienes se hallan fuera de su seno. Y aún más; si se considera esta misma unidad, impetrada por Cristo para su Iglesia, parece como refulgir con un triple rayo de luz benéfica y celestial: la unidad de los católicos entre sí, que ha de conservarse ejemplarmente firmísima; la unidad de oraciones y ardientes deseos, con que los cristianos separados de esta Sede Apostólica aspiran a estar unidos con nosotros; y, finalmente, la unidad en la estima y respeto hacia la Iglesia católica por parte de quienes siguen religiones todavía no cristianas…; aquellas palabras de San Cipriano: "La Iglesia, envuelta en luz divina, extiende sus rayos sobre el mundo entero y, con todo, constituye una sola luz que se difunde por doquier sin que su unidad sufra división. Extiende sus ramas por toda la tierra, para fecundarla, a la vez que multiplica, con mayor largueza, sus arroyos; pero siempre es única la cabeza, único el origen, ella es madre única copiosamente fecunda: de ella hemos nacido todos, nos hemos nutrido de su leche, vivimos de su espíritu”

Cuaresma camino hacia la Pascua de Resurrección. Camino hacia el cielo. Con Jesús a nuestro lado. Escuchamos sus palabras, meditamos sus preguntas: “Entonces, tomando la palabra Pedro le dijo: Explícanos esa parábola. Y él contesto: ¿También estáis vosotros sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que entra en la boca pasa al vientre y es arrojado al estercolero? Pero lo que sale de la boca, viene del corazón, y eso es lo que contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos” (Mt 15,15-19; Mc 7,17-21). Bien sabe Jesús lo que pensamos. “Entonces algunos escribas dijeron para sus adentros: “Éste blasfema. Conociendo Jesús sus pensamientos dijo: - ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? (Mt 9,3-4); “Jesús que conocía sus pensamientos, les replicó: Todo reino dividido contra sí mismo queda desolado…” (Mt 12,25); “Conociendo Jesús su malicia, respondió: ¿Por qué me tentáis hipócritas? (Mt 22,18); “Y enseguida, conociendo Jesús en su espíritu qué pensaban para sus adentros de este modo, les dijo: ¿Por qué pensáis estas cosas en vuestros corazones?” (Mc 2,8); “Pero él conocía sus pensamientos y le dijo al hombre que tenía la mano seca: “Levántate y ponte en medio” (Lc 6.8). “Señor, tu me sondeas y me conoces… de lejos penetras mis pensamientos… No ha llegado la palabra a mi boca y ya la conoces toda… Examíname Dios mío y conoce mi corazón… Guíame por el camino eterno (salmo 138)

CUARESMA

Quinta semana de Cuaresma. Semana de Pasión para los cristianos viejos. Antiguos tiempos de paños morados e imágenes cubiertas. De recogimiento y silencio. De acercarse al Monte de los Olivos (Jn 8,1): Judas el que lo iba a entregar conocía el lugar, porque Jesús se reunía frecuentemente allí con sus discípulos” (cf. Jn 18,1-2). Pero también es la semana de la esperanza, de la misericordia y de la resurrección. Con las lecturas de este tiempo se puede hacer un rosario de la confianza en el amor de Dios por nosotros: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu” (salmo 50,12-13). “Convertíos al Señor, vuestro Dios, porque es clemente y compasivo, lento a la ira y rico en misericordia” (Jl 2,13). No quiero la muerte del malvado -dice el Señor- sino que cambie de conducta y viva” (Ez 33,11). “Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor” (salmo 26,14). Dichosos los que con un corazón noble y generoso guardan la palabra de Dios y dan fruto perseverando (cf. Lc 8,13). Tus palabras, Señor, son espíritu y vida; tú tienen palabras de vida eterna (cf. Jn 6,63-68)

El cristiano sigue el paso de Jesús hacia Jerusalén, cuando se adelantaba a los que lo acompañaban que quedaban admirados: “Iban de camino subiendo a Jerusalén. Jesús los precedía y ellos estaban sorprendidos: los que le seguían tenían miedo” (Mc 10,32). En Jerusalén esperan la Pasión y Muerte, pero también la Resurrección. Y, aquí y ahora, en ese caminar detrás Jesús, podemos recordar las preguntas del Señor: “Jesús llamó a los discípulos y les dijo: Me da compasión de la muchedumbre pues ya tres días que vienen conmigo y no tienen qué comer; y no quiero despedirlos en ayunas, no sean que desfallezcan en el camino. Dícenle los discípulos: ¿Cómo procurarnos en este desierto suficientes panes para alimentar a tanta gente? Díceles Jesús: ¿Cuántos panes tenéis? Le contestaron siete y unos pocos pececillos. Y habiendo ordenado a la gente que se sentase en el suelo, tomó los siete panes y peces, dio gracias, los partió y fue entregando a los discípulos y los discípulos a la muchedumbre…” (Mt 15,32-36; cf. Mc 8,1,7; Lucas no narra la segunda multiplicación). Todas aquellas personas habían seguido a Jesús llenos de esperanza, de confianza, incluso aunque no supieran con precisión en qué o por qué ni siquiera el para qué.

Quizá para muchos, al leer este pasaje evangélico, lo primero que resuena son aquellas palabras de Pedro: “- Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido ¿qué recompensa tendremos?” (Mt 19,27). En otro autor (Lc 18,29) falta la pregunta final. Pero la respuesta es parecida en todos los sinópticos. Aunque muchos prefieren ésta que aparece en otro contexto: “En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, hermanos o hermanas, madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, que no reciba en este mundo cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones, y en el siglo venidero la vida eterna” (Mc 10,2930). Y es que no se puede olvidar la condición del discípulo: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a si mismo que tome su cruz y que me siga (Mt 16,24). Imposible olvidar la recompensa: “… Dad y se os dará; se os dará una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestro vestido” (Lc 6,38).

SEMANA SANTA. DOMINGO DE RAMOS

Semana Santa. El cristiano, discípulo de Jesucristo, vive lo que dicen los Evangelios que ocurrió.  En los textos de cada día. Del domingo: “Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé junto al monte de los Olivos, Jesús mandó a dos discípulos, diciéndoles: - Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, desatadla y traédmelos” (Mt 21,1-2; cf. Lc 19,28-30). El lunes, en la cena de Betanía: “Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro… María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costos, le ungió los pies y se los enjugó con sus cabellos. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: - ¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres? Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa llevaba lo que iban echando” (Jn 12,1. 4-7; cf. Mt 26,6-16; Mc 14,3-11;). El martes: “En aquel tiempo, Jesús, profundamente conmovido, dijo: - Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar” (Jn 13,21). El miércoles: “El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: - ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de la Pascua? (Mt 26,16; cf. Mc 14,13; Lc 22,7-9).

En la misa de la Cena del Señor, el Jueves Santo, al cristiano que lee despacio medita lenta y profundamente, le cuesta pasar del principio del texto evangélico: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Y, por después, en ese mismo pasaje en el que se narra el lavatorio de los pies de sus discípulos, está una pregunta del Señor: “ ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? (Jn 13,12). Ya en la noche, en el pasaje del prendimiento de Jesús en el Huerto: pregunta a los discípulos: “No habéis podido velar una hora conmigo?” (Mt 26,40); y, luego a Judas: “Amigo, ¿a qué vienes? (Mt 26,50); y a la gente: “¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como a un bandido?” (Mt 26,55) “¿A quién buscáis? (Jn 18, 4 y 7). Y, cuando Pedro hirió a Malco, el criado del sumo sacerdote: “El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber? (Jn 18,11). Y, en la misma noche, cuando Pilato pregunta: ¿Eres tú el rey de los judíos?, contesta Jesús preguntando: ¿Dices esto por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?” (Jn 19,34)

Y, ya junto a la Cruz, queriendo sentir el mayor dolor que pudiera servir de consoladora compañía a Jesús y a su Madre, nuestra Madre, algún cristiano podrá recordar el pregón de “Las siete palabras”, desde aquella primera ocasión, en la plaza del pueblo de sus abuelos, al “Vía Crucis”, que en la ancianidad considera, desde luego, los viernes de Cuaresma: “Perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43). “Mujer, ahí tiene a tu hijo. Ahí tiene s a tu madre” (Jn 19,26-27). “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt 27,46). “Tengo sed” (Jn 19,28). “Todo está cumplido” (Jn 19, 30). “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23,46). En el “Vía Crucis” que escribí san Josemaría, se puede leer: “Muy cerca del calvario, en un huerto, José de Arimatea se había hecho labrar en la peña un sepulcro nuevo. Y por ser víspera de la gran Pascua de los judíos, ponen a Jesús allí. Luego, José, “arrimando una gran piedra, cierra la puerta del sepulcro y se va” (Mt 27,60). Sin nada vino Jesús al mundo, y sin nada -ni siquiera el lugar donde reposa- se nos ha ido”.

PASCUA. DOMINGO DE RESURRECCIÓN

¡Feliz Pascua de Resurrección! Es el grito de los corazones llenos de alegría porque: ¡Ha resucitado! Muchos cristianos viejos recordarán cuando se celebraba el Sábado de Gloria. En todas partes, a las doce del mediodía, las campanas llenaban de regocijo la vida ordinaria y en algunos pueblos con esa tradición se celebraba la fiesta con tracas y petardos y tirando a la basura trastos viejos, porque empieza la vida nueva. Y la procesión “del Resucitado” y su emocionante encuentro con la Madre Dolorosa que lo saludaba con la inclinación de los anderos que llevaban “los tronos”.

Hoy, y en la Octava de Pascua, es tiempo de cantar y meditar la Secuencia: “Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propia de la Pascua. Cordero sin pecado que a las ovejas salva, a Dios y a los culpables unió con nueva alianza. Lucharon vida y muerte en singular batalla y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta. ¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! Venid a Galilea, allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos la gloria de la Pascua. Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia que estás resucitado; la muerte en ti no manda. Rey vencedor apiádate de la miseria human y da a tus fieles parte en tu victoria santa. Amén. Aleluya.” ¡Ha resucitado! Repetimos sin cesar.

De aquellos días no le falta a los cristianos la consideración de las preguntas del Señor. El mismo domingo, primero a María Magdalena: “- Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?” (Jn 20,15). Después con los discípulos que iban a Emaús: “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino? … Y uno de ellos que se llamaba Cleofás, le replicó: - ¿Eres el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días? Él les preguntó: - ¿Qué?” (Lc 24,17.19). Y más adelante les dice: ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?” (Lc 24, 26). Y ya de noche, cuando estaban encerrados en una casa por miedo a los judíos: “Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies soy yo en persona ... ¿Tenéis ahí algo de comer?” (Lc 24,38.41). Ochos días después estaban otra vez encerrados en la misma casa, pero esta vez Tomás, que no creyó porque no estaba en la ocasión anterior, estaba con ellos. Le dijo Jesús: “-Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente. Respondió Tomás y le dijo: - ¡Señor mío y Dios mío! Jesús contestó: - ¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto” (Jn 20,27-29)

Se apareció otra vez a los discípulos junto al lago Tiberíades. No habían pescado nada durante la noche, al amanecer Jesús se presentó en la orilla y les dice: “Muchachos ¿tenéis algo de comer? ... Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. Cuando acabaron de comer, le dijo Jesús a Simón Pedro: - Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Le respondió: - Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Y le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a preguntarle por segunda vez: - Simón, hijo de Juan ¿me amas’ Le respondió: - Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Le dijo: - Pastorea mis ovejas. Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez: ¿Me quieres? Y le respondió: Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero” (Jn 21,5.14-17). Y la última pregunta de Jesús: “Si yo quiero que él permanezca hasta que yo vuelva, ¿a ti, qué? Tú sígueme” (Jn 21,23). Para Pedro; para ti y para mí.

PASCUA

Semana segunda de Pascua. Domingo de “Quasi modo” y de la Divina Misericordia. Alegría de los cristianos: ¡Ha resucitado! Lo repetimos una y otra vez durante estos días pascuales, porque nuestra vida tiene sentido: “Y si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también nuestra fe. Resultamos ser además falsos testigos de Dios, porque en contra de Dios, testimoniamos que resucitó Cristo, a quien no resucitó si de verdad los muertos no resucitan. Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; pero si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe, todavía estáis en vuestros pecados…” (1 Co 15,14-17). “Ahora bien, Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primer fruto de los que mueren. Porque como por un hombre vino la muerte, también por un hombre la resurrección de los muertos. Y así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados…”  (1 Co 15,20-22). “Así será la resurrección de los muertos: se siembre en corrupción, resucita en incorrupción; se siembra en vileza, resucita en gloria; se siembra en debilidad, resucita en poder; se siembre un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual…” (1 Co 15,42-44). “Porque es necesario que este cuerpo corruptible, se revista de incorruptibilidad, y este cuerpo mortal se revista en inmortalidad” (1 Co 15,53).

La Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús era cosa anunciada. “Esta generación perversa y adúltera pide una señal, pero no se le será dada otra señal que la del profeta Jonás. Igual que estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en las entrañas de la tierra tres días y tres noches (Mt 12,39-40).  Sólo había que estar atento a las señales y a las preguntas del Señor: “Acercáronse a él los fariseos y saduceos para tentarle y le pidieron que les hiciese ver algún prodigio en el cielo. Él les respondió: Al atardecer decís: buen tiempo, porque el cielo tiene color de fuego; y por la mañana: hoy tormenta, porque el cielo está de un rojo oscuro. Sabéis discernir el aspecto del cielo, ¿y no podéis discernir los signos de los tiempos? ¡Generación mala y adúltera! Busca una señal y no se le dará otra que la de Jonás. Y dejándolos se marchó.” (Mt 16,3-4). Y también: “Y, suspirando en su interior, dice: ¿Por qué pide esta generación una señal? Yo os aseguro que no se le dará a esta generación ninguna señal. Y, dejándolos, se embarcó de nuevo y marchó hasta la otra orilla” (Mc 8,12-13). Y sobre el final de los tiempos: “Aprended de la higuera esta parábola: cuando sus ramas están ya tiernas y brotan hojas, sabéis que está cerca el varano. Así también vosotros cuando veáis estas cosas, sabed que es inminente que está a las puertas. En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24.12-35).

Es difícil expresarlo mejor: “Todo el hombre, toda su vida es tomada por Dios y, purificada en Él, recibe la eternidad… esta es una verdad que nos debe llenar de alegría.  El cristianismo no anuncia sólo una cierta salvación del alma en un impreciso más allá, en el que todo lo que en este mundo nos fue precioso y querido será borrado, sino que promete la vida eterna, “la vida del mundo futuro”: nada de lo que para nosotros es valioso y querido se corromperá, sino que encontrará plenitud en Dios” (Benedicto XVI, homilía en la misa del día de la Asunción de María, el 15 de agosto de 2010)

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Tercera semana de Pascua. Los himnos pascuales se remontan a los siglos V y VI y siguen cantándose, alguno como el “O Rex aeternae Domine” y su segunda parte “Tibi Redemptor ómnium” que se prescribió en Reglas de san Cesáreo y san Aurelio de Arlés y fue muy elogiado por san Beda el Venerable. Escribió así el autor deconocido: “Tú, una vez resucitado, recibes del Padre la gloria que mereces y nosotros creemos sinceramente que, también por Ti, algún día resucitaremos. Sé Tú, Jesús, para nuestras almas el gozo perenne de la Pascua, y dígnate hacernos partícipes de tu triunfo, a quienes hemos renacido a la gracia. Para Ti, Señor, toda la gloria que, vencida la muerte, reluces deslumbrante con el Padre y el espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén” Y queda en el alma el sabor del latín: “Tu surrexisti, gloriam a Patre sumens debitan; per te et nos resurgere devota mente credimus”.

Alegría pascual que lleva a cantar salmos mientras se camina hacia el cielo haciendo las tareas de cada día: “Que se alegren los que a Ti se acogen, que exulten por los siglos. Protégelos para que en Ti se llenen de gozo los que aman tu Nombre. Pues Tú, Señor, bendices al justo y tu benevolencia lo rodea como un escudo” (salmo 5,12-13). Cantar a Jesús, caminar con Jesús, atentos a sus gestos, a su mirada, a las preguntas del Señor: “Llegaron los discípulos a la otra orilla y se olvidaron de llevar pan. Díjoles Jesús: Mirad guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos. Ellos pensaban dentro de sí y se decían: Es que no hemos traído pan. Lo conoció Jesús y dijo: ¿Por qué pensáis dentro de vosotros, hombres de poca fe, que no tenéis pan? ¿No comprendéis ni os acordáis de los cinco panes de los cinco mil hombres y cuántos canastos recogisteis? ¿Ni los siete panes y los cuatro mil hombres y cuántas espuertas recogisteis? Pues ¿cómo no comprendéis que no os he hablado de panes al decir guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos. Entonces comprendieron que les había querido decir que se guardaran no de la levadura de los panes, sino de la doctrina de los fariseos y saduceos” (Mt 16,5-12; cf. Mc 8,14,21). No es la primera vez que tenían dificultades para comprender: “Pero ellos no comprendieron nada de esto; era éste un lenguaje que les resultaba incomprensible, y no entendían las cosas que decía” (Lc 18,34)

Los fariseos. Nosotros. Cada uno: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo cuando os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen, pero no hacen. Atan cargas pesadas e insoportables y las echan sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas. Hacen todas su obras para que los vean los hombres. Ensanchan sus filacterias y alargan sus franjas. Anhelan los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas y que les saluden en las plazas y que las gentes les llamen rabbi. Vosotros, al contrario, no os hagáis llamar, porque sólo uno es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos… Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor” (Mt 23,2-8.11; Mc 12,38-40)

Tiempo pascual. Tiempo de pedir luz y gracia: “Quédate con nosotros, porque se hace tarde y está ya anocheciendo… Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su presencia. Y se dijeron uno a otro: ¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientas nos hablaba por el camino…? (Lc 24,29.31-32)

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Cuarta semana de Pascua. Domingo del Buen Pastor. En la Resurrección el alma se llena de cielo que inunda los corazones que laten alegres al ritmo de la Misericordia de Dios, de la Ternura del Buen Pastor, del amor fraterno. Los cristianos viven la liturgia del tiempo transida de la misericordia de Dios para con nosotros. “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia” (salmo 108,8). “El Señor es bueno con todos y su misericordia se extiende a todas sus obras” (salmo 145,6-7). “Pero Tú, Señor, Dios compasivo y misericordioso lento a la ira y rico en misericordia y fidelidad, mírame y ten piedad” (salmo 86, 15-16). “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (salmo 118,29). “Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el hombre que se refugia en él” (salmo 34,9).

Ternura del Buen Pastor. “El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes praderas me hace recostar; me conduce a fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo por el honor de su Nombre. Aunque camine por cañadas oscuras nada temo porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan… Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida; y habitaré en la Casa del Señor por años sin término” (salmo 23). “Yo mismo pastorearé a mis ovejas y las haré descansar, dice el Señor Dios. Buscaré la perdida, haré volver a la descarriada, a la que esté herida la vendaré, y curaré a la enferma. Tendré cuidado de la bien nutrida y de la fuerte. Las pastorearé con rectitud” (Ez 34,15-16). “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas… Yo soy el buen pastor, conozco las mías y las mías me conocen…Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor” (Jn 10, 11,14,16)

Primeros cristianos. “Todos los días acudían al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y comían juntos con alegría y sencillez de corazón.” (Hechos 2,46). La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma, y nadie consideraba como suyo lo que poseía, sino que compartían todas las cosas (Hechos 4,32). Se desató aquel día una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén y todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria… Los que se habían dispersado iban de un lugar a otro anunciando la palabra del Evangelio (Hechos 8,1.4).

Vivir la Pascua de Resurrección también es seguir a Jesús en la vida corriente de cada día. Meditar las preguntas del Señor: “Fue Jesús con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo, y en el camino les hizo esta pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo? (Mc 8,37; cf. Mt 16,13, Lc 9,18). También en tiempo pascual hay preguntas del Señor. A María Magdalena: “¿Mujer por qué lloras? ¿A quién buscas? (Jn 20,15). A los discípulos camino de Emaús: “¿De qué veníais hablando entre vosotros por el camino?” (Lc 24,17). A los apóstoles y discípulos en Tiberiades: “Muchachos ¿tenéis algo de comer?” (Jn 21,5). A todas esas peguntas del Señor debemos responder cada uno. Y a la principal: “¿Me amas más que éstos? ¿Me amas? ¿Me quieres? (Jn 21,15,16,17). Eso es lo que importa. Lo demás, como le dijo Jesús a san Pedro: “¿Y a ti qué?” (Jn 21,22)

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Quinta Semana de Pascua. Mes de la Virgen. En el camino hacia el cielo del cristiano que sigue a Jesús, que camina tras sus pasos, se oyen risas y cánticos porque ¡Ha resucitado! La Madre de Jesús, nuestra Madre, está radiante, lo vemos en su mirada, en la sonrisa y en ese cantar bajito, en un susurro que viene del corazón donde guarda todo lo que sucede, todo lo que nos pasa, todo lo que llevan y traen a Dios nuestros ángeles, todo lo que encomiendan los santos del cielo al tiempo que dan, de continuo, gloria a Dios, todas las vicisitudes de la Iglesia católica, como hacen todas las madres con sus hijos, pero María, nuestra Madre, más y mejor. Tú.

Alegría Pascual. Tiempo de cantar con los salmos. “Tú das a mi corazón un gozo mayor que a ellos cuando abundan en trigo y vino. En paz de acuesto y enseguida me duermo, porque Tú solo, Señor, me haces vivir seguro” (salmo 4, 8-9). “Que se alegren los que a Ti se acogen, que exulten por los siglos. Protégelos para que en Ti se llenen de gozo los que aman tu Nombre” (salmo 5,12). “Me alegro, me regocijo en Ti, y canto salmos a tu Nombre, ¡oh, Altísimo!” (salmo 9,3). “Yo confío en tu misericordia; mi corazón se goza en tu salvación. Cantaré al Señor por el bien que me hace” (salmo 13.6). “Por eso se alegra mi corazón, se goza mi alma, hasta mi carne descansa en la esperanza... Me enseñas el camino de la vida, saciedad de gozo en tu presencia, de dicha perpetua a tu derecha” (salmo 16, 9.11). “Los preceptos del Señor son rectos, alegran el corazón” (salmo 19.9) “Has cambiado mi llanto en danza has desatado mi saco y me has vestido de alegría” (salmo 30,12). “Alegros, justos, y regocijaos en el Señor, exultad todos los rectos de corazón” (salmo 32,11). “En Él se alegra nuestro corazón” (salmo 33.21)

En mayo el camino hacia el cielo resulta más ameno. No podemos separar nuestros ojos del rostro Jesús: “Vultum tuum requiram, Domine!” Y estamos atentos a las preguntas que nos hace: “Pero vosotros ¿quién decís que soy yo? Respondió Pedro y dijo: Tú eres el Cristo. Y les mandó que no hablasen con nadie de él” (Mc 8,29 y Lc 9,20-21; cf. Mt 16,15-16.20). No faltan otros pasajes evangélicos sobre la misma inquietud: “Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido?” (Jn 14,9). En el interrogatorio de Pilato: “¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús contestó: ¿Dices esto por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?... ¿O sea que tú eres rey? Jesús contestó: Tú lo dices yo soy rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad…” (Jn 18,33.37). En nuestros días, con confianza de hijos de Dios, contestamos a la pregunta sobre quién es Jesús, como hacía Él, con una jaculatoria: “Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesus”. Jesús, sé para mí, siempre Jesús.

Mayo. Mes de María. Como en el colegio marista, se oye palabras de la “Sabatina”: “Madre quiere decir amor, cariño, miradas dulces, tiernas caricias, sacrificios, beneficios sin cuenta para nosotros ¡Bendita seas, Madre mía! María es mi Madre, luego hay en ella preocupación por mí; ruegos y peticiones a Dios por mí; deseos vehementes de que yo sea bueno, persevere y me salve ¡Oh María, muestra que eres mi Madre!” Y así toma cuerpo la jaculatoria tantas veces repetida, mirando a la Virgen María: “Monstra Te esse Matrem”.

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Sexta semana de Pascua. En el camino hacia el cielo, los cristianos hacen de esta etapa mensual un tiempo de alegría y de cantos. Los salmos llenan el ambiente. “¡Venid!, cantemos jubilosos al Señor, ... Vayamos a su presencia con acción de gracias, aclamémosle con salmos” (salmo 95,1-2). “En tus estatutos pongo mi gozo, no olvidaré tus palabras… Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón…” (salmo 119,16.111). “Aclamad al Señor, la tierra entera; servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con júbilo” (salmo 100,1-2). “El Señor ha hecho con nosotros cosas grandes: estamos llenos de alegría… Al marchar iban llorando, llevando las semillas. Al volver vienen cantando trayendo sus gavillas” (salmo 126,3.6)

- Cantando con salmos, se hace mejor el camino hasta el cielo; y el canto se hace compañía, diálogo, petición, acción de gracias. “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro y renueva en mi interior un espíritu firme. No me arrojes de tu presencia, ni me retires tu santo Espíritu. Devuélveme el gozo de tu salvación y afírmame con un espíritu noble” (salmo 51,12-14). “Pero los justos se alegran, se deleitan en la presencia de Dios y se gozan con alegría” (salmo 68.3). “Mis labios exultarán al cantarte, lo mismo que mi alma, que has redimido” (salmo 71,23). “Sácianos de mañana con tu misericordia, exultaremos y nos alegraremos todos nuestros días” (salmo 90,14). “Porque me alegras, Señor, con tus hazañas, y exulto con las obras de tus manos” (salmo 92,5). “La luz ha sido esparcida para el justo, la alegría para los rectos de corazón” (salmo 97,11). “Este es el día que hizo el Señor, exultemos y alegrémonos en él” (salmo 118,24).  

- Los textos evangélicos están llenos de referencias al camino, a andar. Jesús va delante, va deprisa. Siguiendo a Jesús, el cristiano aprende de sus gestos, de sus reacciones, de sus silencios, de sus palabras y sus preguntas: “Les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga. Quien quiera salvar su vida, la perderá; y quien pierda su vida por mi causa y por el Evangelio, la salvará. Porque ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?; ¿qué dará el hombre a cambio de su alma?” (Mc 8,34-37; cf. Mt 16,24-26; Lc 9, 23-25). “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,9). En el Evangelio el cristiano encuentra referencias sobre perder la vida. Jesús da su vida por nosotros: “Yo soy el buen pastor … y doy mi vida por las ovejas… doy mi vida para tomarla de nuevo… Nadie me la quita, sino que la doy libremente” (Jn 10,14.15.17). Y los cristianos sabemos de la vida que acaba y de la vida eterna, que debemos ganar: “Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir” (Flp 1,21). “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Rm 6,8). Así es: “Yo soy la Resurrección y la Vida -le dijo Jesús-; El que cree en mí, aunque hubiera muerto vivirá” (Jn 11,25)

- Mes de María. Sabatina marista: “Demostremos que somos sus hijos. Honrémosla imitando sus virtudes: seremos puros como María, amantes hijos suyos, copia exacta de nuestra Madre. Sobre todo, amémosla mucho, confiémosle nuestras penas, refugiémonos bajo su manto, obsequiémosla hoy con algún sacrificio, con nuestra oración más fervorosa, con la tentación vencida, el trabajo mejor hecho, el deber mejor cumplido…”. “Toma, Virgen pura, nuestros corazones. No nos abandones. Jamás.”

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

La Ascensión del Señor. Séptima semana de Pascua. Mes de María. Es inevitable recordar la poesía para aquellos que la aprendieron en el colegio hace más de medio siglo: “¿Y dejas Pastor santo / tu grey en este valle hondo y oscuro, / con soledad y llanto; / y Tú, rompiendo el puro aire, / te vas al inmortal seguro? / Los antes bienhadados, / los agora tristes y afligidos, / a tus pechos criados, / de Ti desposeídos, / ¿a dó convertirán ya sus sentidos? / ¿Qué mirarán los ojos / que vieron de tu rostro la hermosura / que no les sea enojos? / Quien oyó tu dulzura, ¿qué no tendrá por sordo y desventura? / Aqueste mar turbado, / ¿quién le pondrá ya freno? / ¿Quién concierto al viento fiero y airado? / Estando Tú a cubierto / ¿qué norte guiará la nave al puerto? / ¡Ay, nuble envidiosa / aun deste breve gozo, ¿qué te aquejas? / ¿Dó vuelas presurosa? / ¡Cuán rica tú te alejas! / ¡Cuán pobres y cuán tristes, ay, nos dejas!” (Fray Luis de León)

 

Es imposible mirar en el corazón sin recordar la promesa de Jesús: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Dios está a nuestro lado, a mi lado, continuamente, siempre, haga lo que haga, piense lo que piense, alegrándose conmigo, conociendo mis pensamientos, participando de mis sentimientos, y con pena por mis fallos, cuando me olvido de Él, cuando lo arrincono, cuando vivo “como si Dios no existiera” (Etsi Deus non daretur). Pero existe. Y Jesús nos acompaña continuamente, nos espera siempre, nos perdona siempre que se lo pedimos, porque lo amamos, porque nos inunda de amor con su amor. Porque Dios es amor (1 Jn 4,8.16).

Vivir la Pascua con Jesús Resucitado también es seguir y aprender de la vida de los primeros cristianos según se relata en Hechos de los Apóstoles: “Todos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús, y sus hermanos” (Hech. 1,14). “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma, y nadie consideraba como suyo lo que poseía, sino que compartían todas las cosas” (Hech. 4,32). También hubo encarcelamientos (Hech. 4.3.5,18), azotes (Hech. 5,40) y el martirio de san Esteban (Hech. 6 y 7). “Aquel día se desató una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén, y todos, excepto los apóstoles se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría (Hech. 8.1). Y, entonces, como ahora, con María. Siempre con la Virgen. “Madre, mientras mi vida alentare todo mi amor para ti”.

La Pascua de Resurrección también es tiempo propicio para recordar las preguntas que hizo el Señor: “Cuando llegaron junto a la turba se le aproximó un hombre que, arrodillándose ante él, le dijo: Señor, ten compasión de mi hijo, que es lunático y está mal, pues muchas veces cae el fuego y al agua. Lo he presentado a tus discípulos y no han podido curarlo. Jesús respondió: ¡Oh, generación incrédula y perversa! ¿hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os voy a sufrir? Traédmelo aquí. Le increpó Jesús, y salió del él el demonio, y quedó el niño curado desde aquel momento” (Mt 17,14-18; cf. Lc 9,37-42). En otro relato Jesús preguntó al padre del niño: ¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto? Y en la contestación -desde la niñez- añadió el padre: Pero si tú puedes algo, compadécete de nosotros y ayúdanos. Y la respuesta de Jesús fue: ¿Si puedo? Todo es posible para el que cree. Y gritó el padre: Creo, ayuda a mi falta de fe” (Mc 9,14-27). Pascua: tiempo de fe y de confianza: “Sin mí no podéis nada” (Jn 15,5). “Todo lo puedo en el que me conforta” (Flp 4,13). Si tuvierais fe como un grano de mostaza… (Mt, 17,20). Y, así, el monte va de un lado a otro o que echa al mar, como se pide con fe. “Todo cuanto pidáis con fe en la oración lo recibiréis” (Mt 21,22).

PENTECOSTÉS

Pentecostés. Semana VIII de Pascua. Mes de María. Para muchos cristianos, aunque no fuera así en la Liturgia, está es la tercera Pascua, la del Espíritu Santo, anunciado y prometido por Jesús, como en el Adviento se anunciaba la Pascua de Navidad y en la Cuaresma se prepara la Pascua de Resurrección. “El Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho” (Jn 14,26); “Cuando venga el paráclito que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de mí” (Jn 15,26); “Os conviene que me vaya, porque si no me voy, el paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy, os lo enviaré” (Jn 16,7).

Secuencia de Pentecostés: “Ven, Espíritu divino, / manda tu luz desde el cielo. / Padre amoroso del pobre; / don en tus dones espléndido; / luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo. / Ven, dulce huésped del alma, / descanso de nuestro esfuerzo, / tregua en el duro trabajo, / brisa en las horas de fuego, / gozo que enjuga las lágrimas / y reconforta en los duelos. / Entra hasta el fondo del alma, / divina luz, y enriquécenos. / Mira el vacío del hombre / si tú le faltas por dentro; / mira el poder del pecado / cuando no envías tu aliento. / Riega la tierra en sequía, / sana el corazón enfermo, / lava las manchas, infunde / calor de vida en el hielo, / doma el espíritu indómito, / guía al que tuerce el sendero. / Reparte tus siete dones / según la fe de tus siervos; / por tu bondad y tu gracia, / dale al esfuerzo su mérito; / salva al que busca salvarse / y danos tu gozo eterno”. Como dice san Pablo: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu que se nos ha dado” (Rm 5,5); “Porque el que siembra para el Espíritu, del Espíritu recogerá vida eterna” (Ga 6,8).

Dones y frutos. “Los dones del Espíritu santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios” (CIC nº 1831). “Los frutos del Espíritu Santo son: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad (nº 1832 CIC; cf. Ga, 22).

El Espíritu Santo confirma la fe, asegura la esperanza, es el amor. Y en el camino de la vida, los cristianos se saben animados porque saben de la continua compañía de Dios que nos aconseja, nos cuida, nos espera. La vida corriente, los que acontece en la vida ordinaria, también es ocasión para saber que Dios está aquí, que nos ve, que nos oye. Y recordamos su vida en Palestina y sus preguntas: “¿Qué te parece Simón? ¿De quiénes perciben los reyes de la tierra los tributos? ¿De sus hijos o de los extraños?” (Mt 17,25). Jesús pagó el tributo del Templo, por él y por Pedro con el estater que tenía en su boca el pez que pescó Simón. En el recuerdo, otro pasaje: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 17,27); “Dadle a cada uno lo que se le debe: a quien tributo, tributo; a quien impuesto, impuesto” (Rm 13,7)       

Mes de María, Al acabar el mes, en el patio del colegio marista se oía con la fuerza de los corazones jóvenes: “Lo prometí, soy hijo de María. Hermano soy del mismo Salvador. A ti me doy, oh, dulce Madre mía. Mi corazón recibe por favor. Lo prometí, lo prometí con alegría, fiel permaneceré: ¡Hijo soy de María!

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

La Santísima Trinidad. Muchos cristianos viven esta solemnidad y el Corpus a celebrar el próximo domingo como esos finales de pirotécnicos de las fiestas populares en los que el alma de niños, jóvenes y ancianos, sentía junto a la alegría desbordante de la ocasión, el sabor de días inolvidables y la incertidumbre esperanzada ante la vida ordinaria, el trabajo corriente que espera al día siguiente. Ha sido tan bello, tan intenso, tan largo y tan corto: Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua de Resurrección y Pentecostés. Y este regalo litúrgico, para acabar antes de volver a empezar.

“Quicumque vult salvus esse…” así empieza el Símbolo Atanasiano: “Todo el que quiera salvarse…” Y sigue más adelante: “Y esta es la fe católica: que veneremos a un solo Dios en la Trinidad Santísima y a la Trinidad en la Unidad. Sin confundir las Personas, ni separar la substancia. Porque una es la Persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, son una sola divinidad, les corresponde igual gloria y majestad eterna…” Y, así, hasta el final: “Haec est fides cathólica…” (“Esta es la fe católica…”) y la antífona final: “Gloria tibi, Trinitas aequalis, una deitas et ante omnia soecula et nunc et in perpetuum”: “Gloria a Ti, Trinidad igual, única deidad, antes de todos los siglos y ahora y siempre”.

Y lo que así se reza o se medita, es lo mismo que lleva a encontrar a la Trinidad en muchos pasajes evangélicos: “Os he hablado de todo esto estando con vosotros, pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho” (Jn 14,25-26). “Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de mí” (Jn 15,26). “Sancta et individuam Trinitatem, toto corde et ore confitemur, laudamus atque bendicimus: tibi gloria in soecula” (Trisagio Angélico)

La vida del cristiano es camino hacia el cielo, participación anticipada de la gloria celestial por el amor de Dios que nos ama porque Dios es amor (1 Jn 4,8.16). Y, siguiendo a Jesús, caminando con Él, escuchamos sus palabras y meditamos sus preguntas: “Pues el Hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido. ¿Qué os parece? Si uno tiene cien ovejas y se extravía una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueve en los montes y se irá a a buscar la extraviada? Y si logra encontrarla, os aseguro que se alegra por ella más que por las noventa y nueve que no se habían extraviado” (Mt 18,11-13; Lc 15,3-5). Es una de las parábolas de la misericordia que san Lucas agrupa. Así, otra: “¿O qué mujer si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una luz y barre la casa y cuida cuidadosamente hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas…” (Lc 15,8-9). Y esta otra del padre misericordioso y un hijo arrepentido, que pidió su parte de la herencia, la recibió de su padre, se marchó, vivió lujuriosamente, hubo una gran hambruna y pasó necesidad, y decidió volver a la casa del padre y pedirle perdón: “Cuando aún estaba lejos, le vio el padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos…” (Lc 15,20) 

La Santísima Trinidad es un misterio de misericordia, de amor creativo, y en ella vemos a la Virgen María, hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo, esposa del Espíritu Santo.

CORPUS CHRISTI

Corpus Christi. El Cuerpo y la Sangre de Cristo. Aunque en muchas partes el Corpus sea domingo, para el cristiano es un día especial de “comunión” con Dios. “Yo soy el pan de vida: el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed” (Jn 6, 35), “Yo soy el pan de vida que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo… En verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.” (Jn 6,51.53-56).

“Pange, lingua, gloriosi corporis mysterium, sanguinisque pretiosi, quem in mundi pretium fructus ventris generosi Rex effudit gentium”. “Canta, oh lengua, el misterio del Cuerpo glorioso y d ela Sangre preciosa, que el rey de las naciones, Hijo de una Madre noble, derramó, como rescate del mundo” Y la historia cantada sigue: “Nos fue dado, nos nació, de una Virgen sin mancilla, habiendo vivido en el mundo, una vez esparcida la semilla de su palabra, clausuró la etapa de su vida mortal, con una institución admirable. Así, la noche de la última Cena, recostado a la mesa con los Apóstoles, cumplidas las reglas sobre la comida legal, se da con sus propias manos, a Sí mismo, como alimento a los doce. Con su palabra, el Verbo, hecho Carne, convierte el pan en su Cuerpo y el vino en su propia Sangre; aunque fallen los sentidos, es suficiente la fe, para cerciorar de ello a un corazón puro. Adoremos, pues humildemente, tan augusto Sacramento y las ceremonias de la antigua Alianza cedan su puesto al nuevo rito; supla ahora la fe, la incapacidad de los sentidos…” Son versos del “Tantum ergo sacramentum”, atribuido a santo Tomás de Aquino a imitación del himno de Venancio Fortunato (“Pange lingua gloriosi proelium certaminis…”) de seiscientos años antes.

Contraste de los sentidos que fallan y la verdad sacramental, como se reza en el “Adorote devote” cuando se dice: “Visus, tactus, gustus in te fallitur, sed auditu solo tuto creditur…”. Pero cuando el cristiano se encuentra con Jesús, en este tiempo, descubre que es Él, le sigue como le siguieron sus discípulos. Queremos vivir con Él y para Él. Escuchamos su palabra y meditamos sus preguntas: “Porque todo será salado con fuego. La sal es buena; pero si la sal se convierte en insípida ¿con qué se le dará sabor? Tened sal en vosotros y vivid en paz los unos con los otros” (Mc 9,49-50). Tener sal no sólo es dar sentido -sabor- a nuestros actos, sino también procurar que sean trascedentes, testimoniales, compasivos, para los que están cerca. Así se tiene sal y se convive en paz.  En el recuerdo otro pasaje: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la sal del mundo” (Mt 5,13-16). En los dos pasajes la trascendencia; en los dos el peligro de “la sal sosa”, “la sal insípida”, cuando “el yo” –“el que quiera seguirme que se niegue a sí mismo”-, cierra, obstruye, el canal del amor recibido de Dios y que hemos de repartir. Y, cada día, al comulgar: “Jesús, no permitas que el enemigo de mi salvación, me arrebate el tesoro que llevó en mi corazón”.

TIEMPO ORDINARIO

Tiempo Ordinario. El cristiano empieza una nueva etapa en su camino hacia el cielo que es esta vida. En cada semana encuentra nuevos ánimos con el recuerdo y la celebración de santos que acompañan, enseñan el camino, aconsejan y ayudan a no descaminar con atajos peligrosos, a no caer, a levantarse en las caídas y a proseguir con alegría. En este días se puede caminar en compañía de san Luis Gonzaga, con una vida de poco más de veinte años en la que es modelo de pureza y penitencia; de “aquellos santos ingleses” que fueron el obispo Juan Fisher y Tomás Moro, que traen a la reflexión sobre las relaciones de la Iglesia y el Estado, en todo tiempo; y reviviremos pasajes del Evangelio en el nacimiento de Juan el Bautista, cuando la joven Virgen María, la “llena de gracia” (Lc 1,28), desposada con un varón que se llamaba José (Lc 1, 27), dijo al arcángel Gabriel (Lc 1,26), el “fiat”, el “Hágase en mí según tu palabra”, de nuestra salvación (Lc 1,38) y cuando, enterada de que su prima Isabel, “en su ancianidad”, esperaba un niño (Lc 1,36), viajó inmediatamente, “cum festinatione”, a una ciudad de Judá en la montaña (Lc 1,39) para acompañarla durante unos tres meses (Lc 1,56) y “entretanto” le llegó a Isabel el tiempo del parto (Lc 1,57). Así, paso a paso, los cristianos sabemos que cristianismo es encuentro con Dios que es amor, que es vida en Cristo que es Hijo del hombre, con la gracia que derrama el Espíritu Santo, Consejero y Defensor nuestro.      

Nada nos apartará del amor de Dios. “Ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,38-39). Y “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas? ¿Quién presentará acusación contra los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Cristo Jesús, el que murió, más aún, el que fue resucitado, el que además está a la derecha de Dios, el que está intercediendo por nosotros?” (Rm 31-34)

Y siguiendo los pasos de Jesús en el camino de la vida hasta el cielo, también estamos atentos a sus palabras y meditamos sus preguntas. “¿Quién de vosotros que tenga un siervo arando o con el rebaño le dirá cuando llegue del campo: entra enseguida y ponte a la mesa? Más bien le dirá: prepárame la cena y cíñete para servirme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú. ¿Por ventura tiene que agradecer al siervo el que haga lo que le manda? De la misma manera, vosotros, después de que hayáis hecho todo lo que os he mandado, decid: somos siervos inútiles, sólo hemos hecho lo que deberíamos hacer” (Lc 17,7-10). Y en el recuerdo: “Dichosos aquellos siervos a los que al volver su amo los encuentre vigilando. En verdad os digo que se ceñirá la cintura, les hará sentar a la mesa y acercándose les servirá. Y si viniese en la segunda vigilia o en la tercera, y los encontrase así, dichosos ellos” (Lc 12,37-38). Y en otro sitio se añade: “Le pondrá al frente de toda su hacienda” (Mt 24,47). Un buen consejo “¿Quieres de verdad ser santo? Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está a lo que haces (Camino 815)”. Y en toda circunstancia: “Alegraos siempre en el Señor, os lo repito alegraos” (Flp 4,4). “Alegraos, sed perfectos” (2 Co 13,11).

TIEMPO ORDINARIO

Haciendo el camino de la vida hacia el cielo el cristiano vive en el corazón la confianza de que Dios le ve, le espera, le anima, le orienta, le corrige si se descamina, le ayuda a levantarse cuando ha caído y le coge la mano para salvarlo. Como en el pasaje evangélico: “Jesús les habló: - Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo. Entonces Pedro le respondió. - Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. – Ven - le dijo él. Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero, al ver que el viento era muy fuerte, se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar: - ¡Señor, sálvame! Al instante, Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo: - Hombre de poca fe ¿por qué has dudado?” (Mt 14,27-32). Dios alarga la mano y sujeta

En todo tiempo el cristiano encuentra en los salmos un camino de alabanza y petición: “Miradlo los humildes, y alegraos, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Que el Señor escucha a los pobres, no desprecia a los cautivos. Alábenlo el cielo y la tierra, las aguas y cuanto bulle en ellas” (salmo 68,33-35). “Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre” (salmo 32,18-19). “Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes, y lo seguiré puntualmente. Enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón. Guíame por la senda de tus mandatos, porque ella es mi gozo. Inclina mi corazón a tus preceptos, y no al interés. Aparta mis ojos de las vanidades, dame vida con tu palabra. Mira cómo ansío tus decretos. Dame vida con tu justicia” (salmo 118,33-37.40). “Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es grande su misericordia” (salmo 105, 1-2).        

En el amor de Dios encuentra el cristiano la alegría del cielo prometido porque sabe que Dios es fiel. Y procura seguir los pasos de Jesús, y medita sus palabras y llena el camino de la vida con el interés de comprender y responder las preguntas del Señor: “Y como entrase en una aldea, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia, y levantaron la voz diciendo: “Maestro, Jesús, ten compasión de nosotros” Y, habiéndolos visto, les dijo: “Id a presentaros a los sacerdotes”. Mientras iban quedaron curados. Y uno de ellos, viéndose curado, se volvió, glorificando a Dios en alta voz. Postró su rostro junto a sus pies, y le dio las gracias. Y éste era samaritano. Entonces Jesús le dijo: ¿No han sido curados los diez? ¿Dónde están los nueve? ¿No ha habido quien vuelva a dar gloria a Dios, sino sólo este extranjero? Y le dijo: Levántate y marcha; tu fe te ha salvado” (Lc 17,12-19). Imposible no recordar otro pasaje cuando Jesús le dijo a Simón: “-¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella en cambo me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. No me diste el beso. Pero ella desde que entré no ha dejado de besarme los ies. No has ungido mi cabeza con aceite. Ella en cambio ha ungido mis pies con perfume…” (Lc 7,44,46).  Son detalles de cariño con Jesús que hay que cuidar en las genuflexiones, en el recogimiento de la mirada, en el vestir, en guardar el silencio que ayuda a los demás que rezan o meditan. Y, siempre, ser agradecidos y estar atentos a Dios que está cerca, que nos ve, nos oye y nos habla. “Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas y no quisiste” (Mt 23,37).

TIEMPO ORDINARIO

Tiempo Ordinario. El cristiano sabe que, en la vida corriente, sin hacer cosas raras, sin necesidad de hacer cosas extraordinarias, está llamado a ser santo (“Sed santos como vuestro Padre celestial es santo” (Mt 5,48). “Porque yo soy el Señor, vuestro Dios: santificaos y sed santos, porque yo soy santo… Habéis de ser santos porque yo soy santo” (Lv 11,44.45; cf. Lv 19,2). “Santificaos y sed santos, porque yo soy el Señor, vuestro Dios. Guardad mis preceptos y cumplidlos. Yo soy el Señor que os santifica” 20,6-8). Esa es la conclusión del pasaje en el que Jesús decía: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan para que seáis hijos de vuestro padre que está en los cielos, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos?” (Mt 5,43-47).

Lo entendió bien san Pedro cuando escribió: “Por lo cual tened dispuesto el ánimo, vivid con sobriedad y poned toda vuestra esperanza en aquella gracia que os llegará con la manifestación de Jesucristo. Como hijos obedientes, no conforméis vuestra vida a las antiguas concupiscencias del tiempo de vuestra ignorancia, sino que, así como es santo el que os llamó, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta, conforme a lo dicen las escrituras: Se santos, porque Yo soy santo” (1 Pe 1,13-16).

Y así lo recordaba san Juan: “Hijos que nadie os engañe. El que obra la justicia es justo, como él (Dios) es justo. El que comete pecado, es del diablo, porque el diablo peca desde el principio. Para esto se manifestó el Hijo de Dios: para destruir las obras del diablo. Todo el que ha nacido de Dios no peca, porque el germen divino permanece en él; no puede pecar porque ha nacido de Dios. En esto se distinguen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano” (1 Jn 3,7-10).

Metido en Dios, lleno de Dios, el cristiano vive en el Evangelio y sigue a Jesús escuchando sus palabras, meditando sus preguntas: “¿No os dio Moisés la ley y ninguno de vosotros la cumple? ¿Por qué pretendéis matarme? La turba contestó: Estás endemoniado, ¿quién pretende matarte? Respondió Jesús y les dijo: “Una obra he hecho y todos os admiráis. Moisés os dio la circuncisión -no era de Moisés, sino de los patriarcas- y vosotros circuncidáis en sábado. Si se circuncida en sábado para que no se quebrante la ley de Moisés, ¿os irritáis contra mí porque he curado en sábado a todo el cuerpo? No juzguéis por las apariencias, sino juzgad con recto juicio” (Jn 7,19-22). Fueron muchas las ocasiones en que intentaron prender a Jesús y querían matarlo: “Después de esto caminaba Jesús por Galilea, pues no quería andar por Judea, ya que los judíos le buscaban para matarlo” (Jn 7,1). “Intentaban detenerle, pero nadie le puso las manos encima porque aún no había llegado su hora” (Jn 7,30). “Los judíos recogieron otra vez piedras para lapidarlo (Jn 10,31). “Intentaban entonces prenderlo otra vez, pero se escapó de sus manos” (Jn 10,39). “Querían prenderlo, pero tuvieron miedo a la multitud… Y dejándolo se fueron” (Mc 12,12). El cristiano lo acompaña.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive el Tiempo Ordinario caminando hacia el cielo, primero, en invierno, antes de Cuaresma, y, después, en las tres otras estaciones del año: primavera, verano y otoño. El cuerpo del caminante ilusionado se acomoda a todo y procura aprovechar el devenir de la vida natural para aprovecharlo aumentando el amor a Dios, sintiendo que está más cercano, que camina a nuestro lado, que nos anima. No faltan los obstáculos, las cuestas arriba, los momentos de cansancio, los tiempos de caminar rutinario como si la mente no tuviera actividad y el cuerpo se moviera con automatismo; y hay caídas; y tentaciones de pararse, se coger un atajo, de andar fuera del camino. Son muchos los que recuerdan el aviso de san Agustín: “Es mejor cojear por el camino que avanzar a grandes pasos fuera de él, pues quien cojea, aunque avance poco, se acerca a la meta, mientras que quien va fuera de él, cuanto más corre más se aleja” (sermón 169). Y al hablar del camino no faltarán cristianos que recuerden el versículo del salmo II tantas veces repetido: “Aprehendite disciplinam, ne quando irascatur, et pereatis de via, cum exarserit in brevi ira eirus” (Abrazad la buena doctrina, no sea que al fin se enoje, y perezcáis fuera del camino, cuando dentro de poco se inflame su ira”). Y acabad, caminando animosos, como acaba el salmo: Bienaventurados los que confían en Dios.

El alma del cristiano, caminante hacia el cielo, repite, alegre, frases del Nuevo Testamento grabadas en el corazón: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”, “Nada nos separará del amor de Dios que está en Cristo Jesús” (Rm 8,31.39) Y, así, lleno de Dios y metido en Dios, el cristiano se conforta sintiendo la presencia de Jesús a su lado, oyendo sus palabras, atendo a sus gestos, meditando las preguntas del Señor: “Los escribas y fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio, la pusieron en el medio y le dijeron: - Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. En la ley, Moisés nos manda apedrear a éstas, ¿Tú que dices? … Jesús, inclinándose se pudo a escribir con el dedo en el suelo. Como ellos persistiesen en su pregunta, se incorporó y les dijo: - El que de vosotros esté sin pecado, tire el primero sobre ella una piedra. E, inclinándose de nuevo se puso a escribir en el suelo. Y ellos al oírlo, comenzaron a irse uno a uno, empezando por los más viejos, hasta los últimos y quedó Jesús solo con la mujer, que estaba delante. Jesús, levantándose, le dijo: Mujer ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Ella respondió: Nadie, Señor. Díjole Jesús: Tampoco yo te condeno: vete y en adelante no vuelvas a pecar” (Jn 8,3-5.6-11). En el recuerdo, las palabras de Jesús al paralítico sanado en la piscina “probática”: “Miras, estás curado; no peques más para que no te ocurra algo peor” (Jn 5,14).

Tiempo de perdón: “No te digo que hasta siete, sino hasta setenta veces siete” respondió Jesús cuando san Pedro le preguntó cuántas veces debía perdonar a su hermano (Mt 18,22). Y a sus discípulos les dijo: “Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale. Y si peca siete veces al día contra ti y siete veces vuelve a ti diciendo “Me arrepiento”, le perdonarás” (Lc 17,3-4). A Simón, el fariseo en cuya casa comió Jesús, cuando criticó los detalles de amor de la mujer pecadora, le dijo: “Por eso te digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho. Aquel a quien menos se perdona menos ama” (Lc 7,47). “Perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).

TIEMPO ORDINARIO

Tiempo Ordinario. La vida del cristiano es camino hacia y hasta el cielo, viviendo de continuo la presencia de Dios, sabiéndose hijo de Dios, dando gracias por las maravillas que ha hecho y sigue haciendo desde la creación: “Mi Padre no deja de trabajar, y yo también trabajo … pues las obras que me ha dado mi Padre para que as lleve a cabo, las mismas obras que yo hago, dan testimonio acerca de mí, de que el Padre e ha enviado” (Jn 5,17.36). La Liturgia regala al cristiano caminante pasajes a propósito de este obrar de Dios. Como éste: “Tú visitas la tierra, la riegas y la enriqueces generosamente. El manantial de Dios rebosa de aguas; haces crecer sus trigos, pues así la preparas: riegas sus surcos, aplanas sus terrones, la ablandas con las lluvias, bendices sus brotes. Coronas el año con tus beneficios y tus huellas rezuman abundancia. Rezuman los pastos del desierto, las colinas se ciñen de alegría. Las praderas se visten de rebaños y los valles se cubren de grano: gritan de alegría y cantan” (salmo 64). Obras de Dios, fruto de Dios, “magnalia Dei” (Hech. “Iudei quoque et proseliti cretes et arabes audivimus loquentes eos nostris linguas magnalia Dei”: Cretenses y árabes les oímos hablar en nuestros propios idiomas, los grandes hechos de Dios). Y el corazón del cristiano se anima porque: “Electi Dei non laborabunt frustra” (Is 65,23): “Y de las obras de sus manos disfrutarán mis elegidos. No trabajarán en vano”.

En el camino, el cristiano no anda solo. Unos a otros se animan, unos a otros recuerdan textos y disfrutan, cantan, ríen o callan mientras piensan lo que se dice. Uno: “Dichosos el hombre que no sigue el consejo de los impíos ni se detiene en el camino de pecadores, ni toma asiento con farsantes, sino que se complace en la Ley del Señor, y noche y día medita su ley. Será como un árbol plantado al borde de la acequia, que da fruto a su tiempo y no se marchitan sus hojas: cuanto hace prospera. No así los impíos, no así, son como polvo que dispersa el viento” (salmo 1). Y otro: “Se cuidan a sí mismos; son nubes sin agua, zarandeadas por los vientos; árboles de otoño, sin fruto, dos veces muertos y arrancados de raíz; olas bravías del mar que echan la espuma de sus torpezas; astros errantes a los está reservado para siempre la oscuridad tenebrosa” (Jd 12,12-13). “Por sus frutos los conoceréis” (Mt,7,16.20).

Siguiendo los pasos de Jesús, atentos a sus gestos y a sus palabras, también meditamos sus preguntas: “Ellos le dijeron: ¿Quién eres tú? Díjoles Jesús: En verdad ¿por qué hablo con vosotros? Mucho tengo que decir y condenar de vosotros… ¿Por qué no comprendéis mis palabras? … ¿Quién de vosotros puede convencerme de pecado? Si digo verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios oye las palabras de Dios; vosotros no las oís porque no sois de Dios” (Jn 8,25.43.46).  Y, en el recuerdo: “Todo el que oye estas palabras y las pone en práctica, es como un hombre que edificó sobre toca; y cayó la lluvia y legaron las riadas y soplaron los vientos: irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca” (Mt 7,24-25). El que oye estas palabras y no las pone en práctica es como la casa edificada sobre arena que se derrumbó y fue tremenda su ruina. Y, en otro pasaje, la mujer alzando la voz le dijo: - Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron. Pero Jesús replicó: “- Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan (Lc 11,28)”

TIEMPO ORDINARIO

Tiempo Ordinaria. Verano avanzado. Con distinto clima según los hemisferios, pero sea el que sea, la vida del cristiano es avanzar en el camino hacia el cielo. Vivir el Evangelio es hacer realidad en cada paso la confianza en la Providencia paternal de Dios: “No estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer; o por vuestro cuerpo, con qué os vais a vestir; ¿es que no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Quién de vosotros por mucho que cavile puede añadir un solo codo a su estatura? Y sobre el vestir, ¿por qué os preocupáis? Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Y si la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? Así pues, no andéis preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿qué vamos a beber? ¿con qué nos vamos a vestir? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados. Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os añadirán. Por tanto, no os preocupéis por el mañana porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6,25-34). Ya lo había dicho antes: “porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis” (Mt 6,8). Y, aún así, Jesús nos enseña a rezar: Danos hoy nuestro pan cotidiano” (Mt 6,11).

Caminar con Jesús, incluso cuando notamos que nos adelanta, que va con prisa, para cumplir la voluntad del Padre: “Iban camino subiendo a Jerusalén. Jesús les precedía y ellos estaban sorprendidos: los que le seguían tenían miedo. Tomó de nuevo a los doce y comenzó a decirles lo que iba a suceder: Mirad, subimos a Jerusalén y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas y le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles” (Mc 10,32-33; cf. Mt 20,17, Lc 18,31). La confidencia a “los doce” que fueron elegidos (Mt 10,1-4, Mc 3,13-19; Lc 6,12-16), enviados de dos en dos (Mc 6,7) que regresaron con alegría (Mc 6,30; Lc 9,10), que estuvieron y huyeron en el prendimiento en Getsemani (Mt 36-56, Mc 14,50), tiene en este pasaje una anotación en Lucas: “Pero ellos no comprendieron nada d esto, era éste un lenguaje que les resultaba incomprensible y no entendían las cosas que decía” (Lc 18,34). Pero, también en otras cuatro ocasiones, Jesús predijo su Pasión y Muerte (Mt 16,21; 17,22; 20,18; y 26,2)  

Preguntas del Señor: “Oyó Jesús que lo habían echado fuera; y cuando se encontró con él le dijo: - ¿Tú crees en el Hijo del Hombre? Él respondió: - ¿Quién es Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: - Lo estás viendo y es el que habla contigo. Dijo él: - Creo, Señor – y se postró ante él” (Jn 9,35-38). “Señor, que vea” es la petición inevitable del cristiano cuando se encuentra con Jesús, le adora y quiere seguirle y estar siempre junto a Él.  Jesús aquí sale al encuentro del ciego de nacimiento que ya ve, como salió al encuentro del paralítico curado (Jn 5,13-14) y en ambos casos, ellos no sabían quién era el que los había curado. Y Jesús pregunta: Vosotros ¿quién decís que soy yo? (Mt 16,15)

VERANO

El calor, la calor y las calores, son grados en la tierra de María Santísima. ¡Ánimo!

El curso se acaba. Es tiempo de descanso, de rearmarse de fuerzas en el cuerpo y en el espíritu. El cristiano encuentra motivo de meditación, de adoración a Dios; de acción de gracias, por el curso acabado, por la vida recibida y sostenida; de petición, para cada uno, para los cercanos, para los lejanos, para los contrarios, para el que lo necesite, sea quien sea. Manteniendo la costumbre en el blog, sigue aquí la poesía del Padre Alarcón S.I. que reprodujo el Padre Coloma S.I., con texto en prosa intercalado, en su obra “Pequeñeces”, en el pasaje en el que, en una distribución de premios escolares, un niño recitaba una poesía a la Virgen. Adaptemos las palabras a cada uno. Pensando.

- “Dulcísimo recuerdo de mi vida, / bendice a los que vamos a partir. / ¡Oh, Virgen del recuerdo dolorida, / recibe tú mi adiós de despedida, y acuérdate de mí!... / Lejos de aquestos tutelares muros, / los compañeros de la edad feliz / no serán a tu amor perjuros; / conservarán sus corazones puros; / ¡Se acordarán de ti! / Mas siento al alejarme una agonía / cual no la suele el corazón sentir…/ En palabras de niño ¿quién confía? / Temo… no sé qué temo, Madre mía, / por ellos y por mí…” Estos cortes circunstanciales en la rutina vital permiten recordar tiempos pasados en los que la fe, la piedad, la relación con Dios era intensa, amable, cordial. Conviene sacar ánimos de ahí. 

- “Dicen que el mundo es un jardín ameno / y que áspides oculta ese jardín… / que hay frutos dulces de mortal veneno… / que el mar del mundo está de escollos lleno… / Y ¿por qué estará así? / Dicen que por el oro y los honores / hombres sin fe, de corazón ruín, /secan el manantial de sus amores, / y a su Dios y a su Patria son traidores… ¿Por qué serán así? / Dicen que de esta vida los abrojos / quieren trocar en mundanal festín; / que ellos, ellos motivan tus enojos, / y que ese llanto de tus dulces ojos/ lo causan ellos, ¡sí! / Ellos, ¡ingratos!, de pesar te llenan… / ¿Seré yo también sordo a tu gemir? / ¡No! ...; yo no quiero frutos que envenenan, / no quiero goces que a mi Madre apenan, / ¡no quiero ser así! / En los escollos de esta mar bravía / yo no quiero sin gloria sucumbir; / yo no quiero que llores por mí un día, / yo no quiero que llores, Madre mía… / ¡No quiero ser así!” Quizá nuestra experiencia vital empieza aquí, recordando tiempos de olvido de Dios, de alejamiento de Dios. También esa poesía de niño puede animarnos.

- “Y mientras yo responda a tu reclamo, / mientras me juzgue con tu amor feliz, / y ardiendo en este afecto en que me inflamo / te diga muchas veces que te amo, / ¿te olvidarás de mí? / ¡Ah, no, dulce recuerdo de mi vida! / Siempre que luche en poderosa lid, / siempre que llore mi alma dolorida, / al recordar mi adiós de despedida / ¡Te acordarás de mí! / Y en retorno de amor y fe sincera, / jamás sin tu recuerdo he de vivir: / tuya será mi lágrima postrera… / Hasta que muera, Madre, hasta que muera, / me acordaré de ti!” Así, con ese arrojo juvenil, aún en la edad madura, es tiempo de propósitos, de animarnos unos a otros, la mejor inversión: ¡el ciento por uno!

- “Tú en pago, Madre, cuando llegue el plazo / de alzar el vuelo al celestial confín, / estrechándome a ti con dulce abrazo, / no me apartes jamás de tu regazo, / ¡no me apartes de ti!”. No hay mayor seguridad que ir a Jesús de la mano de la Madre.

Unos a otros, todos nos deseamos un feliz descanso. Un “seguir sin parar” más pausado.

VERANO

Meses de verano. Tiempo de viajes. Tiempo de cartas y postales. Tiempo de recuerdos.

La carta de san Pablo a los de Roma. Por otra parte, sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio. Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó. Después de esto, ¿qué diremos? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios y que además intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; como está escrito: Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.” (Rm 8, 28-39)

Lleno de Dios, metido en Dios, el cristiano sigue los pasos de Jesús, escucha sus palabras, medita sus preguntas: “Acercáronse los fariseos y le preguntaron, con intención de probarle, si era lícito al hombre repudiar a su mujer. Les contestó: ¿Qué os mandó Moisés? Respondieron ellos: Moisés permitió que se escribiese un certificado de divorcio y repudiar. Jesús les dijo: Este mandamiento lo escribió por vuestra dureza de corazón. Pero al principio de la creación, Dios los hizo hombre y mujer. Por lo cual dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos vendrán a ser una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre” (Mc 10,2-9; cf. Mt 19,3-6). En la memoria del cristiano no faltan recuerdos de pasajes relacionados con éste.

Pasajes de diálogo con la mujer samaritana: “Anda, llama a tu marido y vuelve aquí. No tengo marido -le respondió la mujer. Jesús le contestó: - Bien has dicho: No tengo marido, porque has tenido cinco y el que tienes ahora no es tu marido; en esto has dicho la verdad” (Jn 4,16-18). Pasajes de intenciones torcidas: “Eran siete hermanos. El primero tomó mujer y murió sin dejar descendencia. Lo mismo el segundo: la tomó por mujer y murió sin dejar descendencia. De igual manera el tercero. Los siete no dejaron descendencia. Después de todos murió también la mujer. En la resurrección, cuando resuciten, ¿de cual de ellos será esposa? Porque los siete la tuvieron por esposa. Y Jesús les contestó: - ¿No estáis equivocados precisamente por no entender las escrituras ni el poder de dios? Cuando resuciten de entre los muertos no se casarán ni ellas ni ellos, sino que serán como los ángeles en el cielo” (Mc 12,20-25). Con Dios, la vida eterna.

“Dios mío, estoy tan persuadido de que velas sobre todos los que en Ti esperan y de que nada puede faltar a quien de Ti aguarda todas las cosas, que he resuelto vivir en adelante sin cuidado alguno, descargando sobre Ti todas mis inquietudes. Yo dormiré en paz y descansaré porque Tú, Señor, has asegurado mi esperanza” (san Claudio Colombière)

 VERANO

Meses de verano. Tiempo de viajes. Tiempo de cartas y postales. Tiempo de recuerdos.

De san Pablo. La primera carta a los de Corinto. “Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde. Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría. El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca. Las profecías, por el contrario, se acabarán; las lenguas cesarán; el conocimiento se acabará. Porque conocemos imperfectamente e imperfectamente profetizamos; 1mas, cuando venga lo perfecto, lo imperfecto se acabará. Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre, acabé con las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es ahora limitado; entonces conoceré como he sido conocido por Dios. En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor.” (1 Co 13,1-13)

Lleno de Dios, metido en Dios, el cristiano sigue los pasos de Jesús, escucha sus palabras, medita sus preguntas: “Había salido de camino y corrió uno que se le arrodilló y le decía: Maestro buen, ¿qué haré para poseer la vida eterna? Jesús le respondió: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no dañarás, honra a tu padre y a la madre. Él le dijo: Maestro, todas esas cosas las he guardado desde mi juventud. Jesús le miró fijamente, lo amó y le dijo: Una cosa te falta. Ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Ven y sígueme, tomando la cruz. Él puso mala cara con la respuesta y se marchó triste. Porque tenía muchos bienes” (Mc 10,17-22).

La vida eterna es la vida verdadera con plenitud. “Sí, Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). “Ya que le diste autoridad sobre todos los hombres, para que él diera vida eterna a todos los que Tú le has dado” (Jn 17,2). “El que cree en el Hijo tiene vida eterna. El que se niega a creer en el Hijo no verá la. vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él” (Jn 3,36). “Esta es la voluntad de mi Padre: el que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna y que yo lo resucite en el último día” (Jn 6,40). “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54). “El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la vida eterna” (Jn 4,14). “Estos irán al castigo y los justos a la vida eterna” (Mt 25,46). “Os aseguro que el que escucha mi palabra y cree en Aquel que me ha enviado, tiene vida eterna y no está sometido a juicio, sino que ya ha pasado de la muerte a la vida” (Jn 5,24). “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo” (Jn 17.3). “Estoy seguro de que seré eternamente feliz porque firmemente espero serlo porque de Ti, oh Dios mío!, es de quien lo espero” (san Claudio de la Colombière)

VERANO

Meses de verano. Tiempo de viajes. Tiempo de cartas y postales. Tiempo de recuerdos.

La carta de san Pablo a los de Galacia. “Digo además que mientras el heredero es menor de edad, en nada se diferencia de un esclavo siendo como es dueño de todo, sino que está bajo tutores y administradores hasta la fecha fijada por su padre. Lo mismo nosotros, cuando éramos menores de edad, estábamos esclavizados bajo los elementos del mundo. Mas cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial. Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba, Padre!”. Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.” (Ga 4,1-7)

Lleno de Dios, metido en Dios, el cristiano sigue los pasos de Jesús, escucha sus palabras, medita sus preguntas: “Después dijo a los discípulos: Vamos otra vez a Judea. Dijéronle los discípulos: Maestro, te buscaban hace poco los judíos para apedrearte ¿y vas otra vez allí? Contestó Jesús: ¿No son doce las horas del día? Si uno camina de día, no tropieza porque ve la luz de este mundo; pero si uno camina de noche, tropieza porque no tiene luz” (Jn 11,7-10). ¡La luz del mundo! Imposible para el cristiano no retomar conciencia de las palabras del Señor: “De nuevo, les dijo Jesús: - Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). Y, también: “Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así, vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5,14-16). Y: “La lámpara del cuerpo es tu ojo, Cuando tu ojo es sencillo todo tu cuerpo también está iluminado. Pero cuando tu ojo es malicioso, también tu cuerpo queda en tinieblas. Mira, por tanto, no sea que la luz que hay en ti sea tinieblas. Y si todo tu cuerpo está iluminado, sin que haya en él parte alguna oscura, todo él estará iluminado como cuando la lámpara te ilumina con su resplandor” (Lc 11,34-36)

Y los apóstoles nos lo recuerdan. Como Juan: “Éste es el mensaje que le hemos oído y que os anunciamos: Dios es luz y no hay en Él tinieblas de ninguna clase. Si decimos que estamos en comunión con Él y sin embargo caminamos en las tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad. En cambio, si caminamos en la luz, del mismo modo que Él está en la luz, entonces estamos en comunión unos con otros y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado” (1 Jn 1,5). O como Pablo: “En otro tiempo eráis tinieblas, ahora, en camio, sois luz en el Señor; caminad como hijos de la luz, porque el fruto de la luz se manifiesta en toda bondad, justicia y verdad. Sabiendo discernir lo que es agradable al Señor, no participéis en las obras estériles de las tinieblas, antes bien combatidlas, pues lo que éstos hacen a escondidas da vergüenza hasta el decirlo. Todas estas cosas, al ser puestas en evidencia por luz, quedan a la vista, pues todo lo que se ve es luz” (Ef 5,8-14).

La Virgen dijo a santa Matilde: “El nombre de María significa Señora de la Luz, que indica que Dios me colmó de sabiduría y luz, para iluminar los cielos y la tierra” (san Luis María Grignion de Montfort, “El secreto admirable del Santísimo Rosario”)

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El principio de la carta a los de Éfeso, contiene un precioso himno. “Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios, a los santos, que están en Éfeso, a los fieles en Cristo Jesús: Gracia y paz a vosotros de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo. Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, / que nos ha bendecido en Cristo / con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. / Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo / para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. / Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, / según el beneplácito de su voluntad, / a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, / que tan generosamente nos ha concedido en el Amado. / En él, por su sangre, tenemos la redención, / el perdón de los pecados, / conforme a la riqueza de la gracia que en su sabiduría y prudencia / ha derrochado sobre nosotros, / dándonos a conocer el misterio de su voluntad: el plan que había proyectado realizar por Cristo, / en la plenitud de los tiempos: / recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra. En él hemos heredado también / los que ya estábamos destinados por decisión / del que lo hace todo según su voluntad, para que seamos alabanza de su gloria / quienes antes esperábamos en el Mesías. / En él también vosotros, / después de haber escuchado la palabra de la verdad / -el evangelio de vuestra salvación-, / creyendo en él / habéis sido marcados con el sello del Espíritu Santo prometido. / Él es la prenda de nuestra herencia, / mientras llega la redención del pueblo de su propiedad, / para alabanza de su gloria.” (Ef 1,1-14) 

Lleno de Dios, metido en Dios, el cristiano sigue los pasos de Jesús, escucha sus palabras, medita sus preguntas: “Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en mí, aunque muera vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre ¿Crees tú eso? Dícele: Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que viene al mundo… Señor, ya huele; lleva cuatro días. Dícele Jesús: ¿No te he dicho que si creyeres verás la gloria de Dios? (Jn 11,25-27.39-40). La resurrección y la vida son fundamento de nuestra fe: “Porque os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las escrituras, que fue sepultado y que resucitó al tercer día según las escrituras” (1 Co 15,3-4).

“Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe. Resultamos ser además falsos testigos de Dios, porque, en contra de Dios, testimoniamos que resucitó a Cristo, a quien no resucitó, si de verdad los muertos no resucitan. Pues si los muertos no resucitan, tampoco los Cristo ha resucitado; pero si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe, todavía estáis en vuestros pecados. E incluso los que han muerto en Cristo perecieron. Y si tenemos puesta la esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los más miserables de todos los hombres” (1 Co 15,13-19).

Caminando con Jesús, como en el camino de Emaús, “comenzando por Moisés y por todos los profetas les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a Él. Y, como entonces, “hizo ademán de continuar adelante, pero le retuvieron diciéndole: Quédate con nosotros, porque se hace tarde y está ya anocheciendo” (Lc 24, 28-29). Y, así, también nosotros nos quedamos con Él.

VERANO

Meses de verano. Tiempo de viajes. Tiempo de cartas y postales. Tiempo de recuerdos.

La primera carta de Juan. Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados. Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Nosotros amamos a Dios, porque él nos amó primero. Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano.” (1 Jn 4, 7-21)

Lleno de Dios, metido en Dios, el cristiano sigue los pasos de Jesús, escucha sus palabras, medita sus preguntas: “Di que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y el otro a tu izquierda en tu reino. Jesús le contestó: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo beberé? Le respondieron: Podemos. Díceles: Beberéis mi cáliz, pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es mío concederlo, sino a aquellos para los cuales está preparado por mi Padre” (Mt 20,21-23; cf. Mc 10,37-39). El cristiano sabe bien el camino y la meta. “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá y pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. Porque, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Mt 16,21-26; Mc 8,34-37; Lc 9,23-25). También: “El que ama su vida la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo la guardará para la vida eterna” (Jn 12,25).  Y aún es más dura la aclaración: “Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mi” (Mt 10,36). Y el apóstol recuerda: “Porque el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden, pero, para los que se salvan para nosotros, es fuerza de Dios” (1 Co 1,18).

- “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros” (Jn 14,1-3)

VERANO

Meses de verano. Tiempo de viajes. Tiempo de cartas y postales. Tiempo de recuerdos.

La primera carta de Pedro. “Pero revestíos todos de humildad en el trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes. Así pues, sed humildes bajo la poderosa mano de Dios, para que él os ensalce en su momento. Descargad en él todo vuestro agobio, porque él cuida de vosotros. Sed sobrios, velad. Vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar. Resistidle, firmes en la fe, sabiendo que vuestra comunidad fraternal en el mundo entero está pasando por los mismos sufrimientos. Y el Dios de toda gracia que os ha llamado a su gloria eterna en Cristo Jesús, después de sufrir un poco, él mismo os restablecerá, os afianzará, os robustecerá y os consolidará. Suyo es el poder por los siglos. Amén.” (1 Pe 5,6-11)

Lleno de Dios, metido en Dios, el cristiano sigue los pasos de Jesús, escucha sus palabras, medita sus preguntas: “Al acercarse a Jericó, un ciego estaba sentado junto al camino pidiendo limosna… Los que iban delante le increparon para que se callase. Pero él gritaba mucho más: - Hijo de David, ten compasión de mí” Detúvose Jesús y mandó que se lo trajesen. Cuando estuvo cerca, le preguntó: ¿Qué quieres que te haga? Él dijo: Señor, que vea. Y Jesús le dijo: Ve, tu fe te ha curado” (Lc 18,35.39-42). En Mateo (20,29-34) la escena se sitúa “Al salir de Jericó, eran dos ciegos y Jesús les toco los ojos. En Marcos (Mc 10,46-52), se dice “Llegaron a Jericó”, era un ciego que se llamaba “Bartimeo, el hijo de Timeo”, cuando Jesús dijo “Llamadle” él arrojó su manto y saltando llegó hasta Jesús. En los tres sinópticos, los ciegos que ya veían “le siguieron por el camino”. Las diferencias se pueden comprender si se piensa que Jericó tenía una ciudad vieja y otra nueva lo que permite decir que salieron, se aceraron o llegaron de una a otra. Que un ciego tenga nombre permite asegurar que al menos había uno.

Sea como sea, el “Domine ¡Ut videam!”, “Señor ¡Que vea!”, de Bartimeo, el ciego de Jericó, se ha convertido en una jaculatoria llena de esperanza que los cristianos han repetido a lo largo de los siglos y en medio de diversas circunstancias. Y también han sido muchísimas las ocasiones en las que el buen consejo al que lo necesita se ha concretado en: “Pídele: Señor, ¡que vea!”. En esta curación pone de manifiesto una vez más la fuerza extraordinaria de la fe: esta “- Tu fe te ha curado”, es la misma que: “Os aseguro que si tuvierais fe como un grano de mostaza podríais decir a ese monte “Trasládate de aquí allá” y se trasladaría, y nada os sería imposible” (Mt 17-20). A cuyo texto responde el alma con otro: “Os aseguro que, si tenéis fe, y no dudáis, no solamente haréis esto de la higuera, sin que si decís a este monte que se quite de ahí y se arroje al mar, así ocurrirá. Todo cuanto pidáis orando con fe, lo recibiréis” (Mt 21,22; cf. Mc 11,23). A veces necesita tiempo: “Llegan a Betsaida y le traen a un ciego, suplicándole que lo toque. Tomando de la mano al ciego lo sacó fuera de la aldea y poniendo saliva en sus ojos, le impuso las manos y le preguntó: - ¿Ves algo? Y alzando la mirada dijo: - Veo a hombres como árboles que andan. Después le puso otra vez las manos sobre los ojos, y comenzó a ver y quedó curado, de manera que veía con claridad todas las cosas” (Mc 8,22-25). No preguntó al ciego de nacimiento (Jn 9,6): le aplicó la saliva y lo curó.

TIEMPO ORDINARIO

Se acaba el verano. En la liturgia, el Tiempo Ordinario continúa unas semanas más. Es el camino del cristiano. Un camino de amor de Dios y de amor a Dios: “En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados… Nosotros amamos porque Él nos amó primero” (1 Jn 4,10 y 19). Y también: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y, si lo recibiste, ¿por qué te glorías, como si no lo hubieras recibido” (1 Co 4,7).

Caminar con el Señor, Seguir los pasos de Jesús, estar a atentos a su mirada, a sus palabras, a sus preguntas. En Betania, le dieron una cena en la casa de Simón el leproso, Lázaro estaba con él en la mesa, Marta servía y María tomó una libra de perfume de nardo legítimo, de gran precio, ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos. Los discípulos se enfadaron y, según san Juan, fue Judas Iscariote el que preguntó por qué no se había vendido el perfumen en 300 denarios para darlo a los pobres (Mt 26, 6-9; Mc 14,3-5; Jn 12,2-6). Entonces preguntó Jesús: “¿Por qué molestáis a esta mujer? Ha hecho una buena obra conmigo, porque los pobres los tendréis siempre entre vosotros, pero a mí no me tendréis siempre…” (Mt 26,10-11). Es inevitable el recuerdo del pasaje (Lc 7,36-50) que narra la comida en la casa del fariseo en la que una mujer que era pública pecadora, llevó un frasco de alabastro con ungüento, se puso detrás junto a los pies de Jesús y ella empezó a llorar y a mojar los pies con sus lágrimas y a secarlos con sus cabellos. La crítica y el reproche allí se refieren al fariseo. Y, en la duda sobre la identificación de la mujer, en la liturgia romana se puede identificar a las tres como una y en la oriental se puede distinguir a las tres: la pecadora, María de Betania y María de Magdala. También en este pasaje se hace referencia al amor a Dios: “Están perdonados sus muchos pecados, porque amó mucho. Pero al que se le perdona poco, ama poco”.       

En septiembre los cristianos celebramos la Natividad de la Virgen (día 8), su cumpleaños, el Santo Nombre de María (día 12), su santo, y sus Dolores junto a la Cruz (día 14). Del amor a Dios y de Dios, la Virgen María, nuestra Madre, es maestra sin igual y está siempre a nuestro lado: “El motivo de amar a Dios es Dios; la medida de amarle, amarle sin medida (san Bernardo, AmD I,1). “Si se levanta el huracán de las tentaciones, si tropiezas contra los escollos de la tribulación, mira la estrella, llama a María… En los peligros, en las angustias, en las dudas, invoca a María… Siguiéndola, no te desvías; rogándola, no desesperas; contemplándola, no yerras. Si Ella te protege, no temas, con su apoyo, no caerás; si Ella te guía, no te cansarás; si Ella te es propicia, llegarás finalmente al puerto” (san Bernardo, Evg. “Missus est”). En el amor no hay fatiga, porque la fatiga misma es amor: “Ubi amatur non laboratur aut si laboratur labor est amatur” (s. Agustín, De bono viduitatis, 21,26).

TIEMPO ORDINARIO

Otoño. Tiempo Ordinario. En el camino al cielo que es la vida del cristiano la brújula señala siempre e inevitablemente al amor. Amor de Dios, que es amor, porque “El que no ama no ha llegado a conocer a Dios porque Dios es amor” y “Nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4,8.16). Y amor de Dios, del que nada nos apartará: “Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,38-39). Es un amor que recibimos y que rebosa nuestro corazón alcanzando a todos a nuestro alrededor: “Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos” (Tes 3,10)

El camino hacia el cielo es un camino acompañado. Jesús lo hace junto cada uno de los caminantes. Y el ángel de la guarda. Y los santos del cielo. Y los que aún estamos haciendo en camino: hombre y mujeres, sanos y enfermos, fuertes y débiles; ancianos, maduros, jóvenes, adolescentes y niños. Todos están atentos a los gestos del Señor, a sus palabras, a las preguntas que hizo de las que hay constancia en los evangelios: Cuando los príncipes de los sacerdotes y los escribas vieron los milagros que hacía y que los niños gritaban en el templo y decían: “Hosanna al hijo de David”, se enfadaron y le dijeron: ¿No oyes lo que dicen éstos? Jesús les contesto: Sí. ¿No habéis leído nunca que de la boca de los pequeñitos y niños de pecho te has hecho alabar?” (Mt 21,15-16). Puede ser una referencia a las palabras del salmista: “De la boca de los pequeños y de los niños de pecho has preparado alabanza frente a tus adversarios, para acabar con enemigos y rebeldes” (salmo 8,3). En el pasaje evangélico según san Lucas es la multitud de discípulos la que, llena de alegría, clama: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor!”; y, cuando unos fariseos de entre la multitud dijeron a Jesús: - Maestro reprende a tus discípulos, Él les respondió: - Os digo que si éstos callan gritarán las piedras” (Lc 19,40). En ambos pasajes vemos a Jesús en el camino y a muchos con él aclamándolo.

Infancia espiritual. “En verdad os digo: si nos convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe” (Mt 18,2-5; Lc 9,48). “Dejad que los niños vengan conmigo y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios. En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él” (Mc 10,14-15; Lc 18,16-17). Y, también: “Yo te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños” (Lc 10,21; cf. Mt 11,25). Escribe san Josemaría: “El trabajo rinde tu cuerpo y no puedes hacer oración. Estás siempre en la presencia de tu Padre. Si no le hablas, mírale de cuando en cuando como un niño chiquitín… y Él sonreirá” (“Camino” 895)

TIEMPO ORDINARIO

La vida del cristiano es participación de Dios al que busca, en quien confía y con quien desea estar para siempre. Porque “El Señor es ternura y compasión, lento a la cólera y lleno de amor” (salmo 103). “El Señor es ternura y compasión, paciente y lleno de amor; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas” (salmo 145). Y le pide: “¡Señor, no me niegues tu ternura, que tu amor y tu verdad me guarden siempre!” (salmo 40). “Que venga a mi tu ternura y me dé vida, porque mis delicias son tu ley” (salmo 119). Y es que “El Señor es ternura y misericordia; perdona nuestros pecados y nos salva en momentos de angustia (Sirácida 2,11). “Yo, Yo soy, quien borra tus delitos por Mí mismo, y no recordaré tus pecados” (Is 43,25). “Borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros, lo quitó de en medio clavándolo en la cruz” (Col 2,6). En el amor de Dios, en su ternura, la vida del cristiano se hace así perseverante. Escribe san Josemaría “¿Qué cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor. -Enamórate, y no “le” dejarás” (“Camino”, 999).

Vida en Jesús y con Jesús es interesarse en Él porqué Él se interesa por cada uno. Estando con Jesús se meditan sus preguntas: “Ahora mi alma está turbada. ¿Qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? ¡Pero si para esto he venido a esta hora! ¡Padre glorifica tu nombre!” (Jn 12,27-28). ¡La hora de Jesús! Con el corazón pasa el cristiano las páginas de su vida en los recuerdos evangélicos: “Y como faltó vino, la madre de Jesús, le dijo: - No tienen vino. Jesús le respondió: Mujer ¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora” (Jn 2,3-2). “En verdad, en verdad, os digo que llega la hora, y es ésta, en la que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán” (Jn 5,25). “Intentaban detenerle, pero nadie le puso las manos encima porque aún no había llegado su hora” (Jn 7,30). “Estas palabras las dijo Jesús en el gazofilacio, enseñando en el Templo; y nadie le prendió porque aún no había llegado su hora” (Jn 8,20). “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre” (Jn 12,23). “La víspera de la fiesta de Pascua, como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13,1). “Mirad que llega la hora. y ya llegó, en que os disperséis cada uno por su lado, y me dejaréis solo, aunque no estoy solo porque el Padre está conmigo” (Jn 16,32). “Jesús, después de pronunciar estas palabras, elevó los ojos al cielo y dijo: - Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique” (Jn 17,1)    

“Otras horas”. Con la samaritana: “Estaba allí el pozo de Jacob, Jesús fatigado del camino, se había sentado en el pozo. Era más o menos la hora sexta… Le respondió Jesús: - Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis, nosotros adoramos lo conocemos, porque la salvación procede de los judíos. Pero llega la hora, y es ésta, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu en verdad” (Jn 4, 6.21-23). O en el final: “Era alrededor de la hora sexta. Y toda la tierra se cubrió de tinieblas hasta la hora nona. Se oscureció el sol, y el velo del templo se rasgó por la mitad. Y Jesús, clamando con una gran voz, dijo: - Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto expiró” (Lc 23, 44-46). “No hay más amor que el Amor” (“Camino, 417)

TIEMPO ORDINARIO

Octubre. Mes del Rosario. Las cuentas y la sucesión de los misterios en sus cuatro partes hacen que muchos cristianos trasladen el camino de la vida cotidiana a lo que se medita, desde el anuncio a la Virgen María a su coronación como Reina de cielos y tierra. Desde el himno “A solis ortus cardine” (Sedulio, siglo V) y su estrofa: “Enixa est puérpera quem Gabriel praedixerat, quem matris alvo gestiens clausus Ioannes senserat” (La Doncella ha dado a luz al que anunció Gabriel, al mismo que Juan, aún en el seno materno, presintió que María llevaba consigo”. Al “Satabat mater” (siglo XIV, quizá de Iacopone da Todi) y a su segunda parte (“Eia Mater”) con la estrofa: “Iuxta crucem tecum stare ac me tibi sociare in planctu desidero” (Deseo acompañarte, estar de pie junto a la Cruz, y unirme a ti en el llanto). Y hasta llegar a último misterio glorioso con el himno “Gaudium mundi” (siglo XI, san Pedro Damián, OSB Camald): “Gaudium mundo, nova stella coeli, procreans solem, pariens parentem, da manum lapsis, fer opem caducis, virgo María” (Oh, Virgen María, alegría del mundo y estrella nueva del Cielo, que engendraste al Sol, de Quien tú misma eres creatura;no dejes de acercar tu mano y auxiliar al caído). Camino al cielo, con Jesús a nuestro lado, con su Madre, que es nuestra Madre, también a nuestro paso. Con todos los ángeles y santos mirando.

Y, siguiendo los pasos de Jesús, meditamos sus preguntas: “Llegó al tempo y cuando estaba enseñando, se le acercaron los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo y le dijeron: “¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te ha dado ese poder? Respondióles Jesús: También yo os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré yo con qué autoridad hago esto: el bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres? Ellos pensaban para sus adentros: si decimos del cielo nos dirá: ¿pues por qué no le creisteis? Y si decimos de los hombres, hemos de temer al pueblo, ya que todos tienen a Juan como profeta. Respondieron y dijeron a Jesús: No sabemos. Díjoles Él a su vez: Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto” (Mt 21,23-27; Mc 11,27-33; Lc 20,1-8). En el recuerdo: “Cuando terminó Jesús estos discursos las multitudes quedaron admiradas de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas” (Mt 7,28-29; Mc 1,22). “¿Qué es esto? Una enseñanza nueva con potestad. Manda incluso a los espíritus impuros y le obedecen” (Mc 1.27; cf. Lc 4,36). “Pues aquel a quien ha enviado habla las palabras de Dios porque da el Espíritu sin medida, El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en sus manos” (Jn 3,34-35)     

Rosario, corona de flores a la Virgen que es maestra de amor de la que aprendemos a vivir en caridad: “El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es maleducado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límite, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites” (1 Co 13,47). Así se hace el camino al cielo evitando peligros y obstáculos: Evita discusiones necias e insustanciales, pues ya se sabe que degeneran en peleas. Y no es propio de uno que sirve al Señor pelearse, sino ser amable con todos, hábil para enseñar, paciente, que corrija con mansedumbre a los que disienten por si Dios les da un arrepentimiento que les lleva a reconocer la verdad (2 Tm 2, 23-25). Camino esforzado, pero placentero, porque el Padre nos mira y no espera.

TIEMPO ORDINARIO

La vida del cristiano es camino hacia el cielo y Dios le acompaña y le espera con los brazos abiertos. “Enséñame la senda que debo seguir, Señor, indícame el camino por donde debo andar. ¡Guíame por medio de tu verdad, en séñame! Porque Tú eres el Dios que me da salvación; en nadie sino en Ti tengo esperanza todo el día” (salmo 25,4-5). “El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace recostar; me conduce a fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras nada temo porque Tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; unges mi cabeza con perfume, y mi copa rebosa. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término” (salmo 22,-6). No se puede exponer mejor el camino hasta el cielo: Dios con nosotros. Y “si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rm 8,31).

Una semana de octubre que nos lleva de santa Teresa de Jesús, el día 15, a san Lucas evangelista, el día 18. En la misa del día del santo, en la antífona de comunión, se recoge estas palabras de su evangelio, siempre itinerante, siempre mensajero, siempre misericordioso: “Envió el Señor a los discípulos a anunciar por los pueblos: Está cerca de vosotros el reino de Dios” (cf. Lc 10.1.9). De la santa Teresa debe ser permanente el recuerdo que anima: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa. Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta. Sólo Dios basta”.

En el camino que lleva al cielo el cristiano se sabe acompañado por Jesús. Su mirada, sus gestos, sus palabras, hacen llevadero lo que de otro modo llevaría al desánimo, a tropezar y caer sin fuerzas para levantarse, a peligros incontables. El Señor anima con sus preguntas, como al acabar la parábola de los renteros homicidas: “Tenía todavía uno: el hijo querido. Se lo envió el último, pensando: respetarán a mi hijo. Pero los labradores se dijeron: éste es el heredero; vamos a matarlo y la herencia será nuestra. Lo cogieron, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. ¿Qué hará el amo de la viña? Irá, matará a los labradores y dará la viña a otros” (Mc 12,6-9; cf. Mt 21,37-41, Lc 20,13-16). Es inevitable la identificación del hijo y encontrarlo en otros pasajes. En el bautismo de Jesús: “Y nada más salir del agua vio los cielos abiertos y el Espíritu que, en forma de paloma, descendía obre él; y se oyó una voz desde los cielos: -Tú eres mi hijo, el amado, en ti me he complacido” (Mc 1,10-11; cf. Mt 3,13-17, Lc 3,21-22). Y en la transfiguración: “Entonces se formó una nube que los cubrió y se oyó una voz desde a nube: - Éste es mi Hijo, el amado; escuchadle” (Mc 9,7; cf. Mt 17,5, Lc 9,35). Las mismas palabras que se oyeron en el bautismo, pero referidas a la transfiguración, las reproduce Pedro en su carta: “Y esta voz, venida del cielo, la oímos nosotros estando con él en el monte santo” (2 Pe 1,18). Y en el evangelio de Juan se dice de Juan el Bautista: “Juan dio testimonio diciendo: - He visto el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y permanecía sobre él” (Jn 1,32)        

El cielo nos espera. Hay que hacer bien el camino porque: “Todo es nada y menos que nada lo que se acaba y no contenta a Dios” (santa Teresa de Jesús, Vida 20,26)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que, en el camino hacia el cielo, siempre hay esfuerzo y lucha interior y externa (“Militia est vita hominis super terram”, Job 7,1) y que hay tiempo para alegría y para penas, para reír y para llorar, para cantar y meditar: “Señor, ¿quién puede morar en tu tienda? ¿Quién puede habitar en tu monte santo? El que camina con integridad, el que practica la justicia, el que habla con corazón sincero, no calumnia con su lengua, no hace mal al hermano, ni levanta infamia contra su prójimo; el que tiene por vil al réprobo y honra a los que temen al Señor; el que no se desdice aunque jure en propio daño, el que no presta a usura su dinero ni acepta soborno contra el inocente” (salmo 14). “Protégeme Dios mío que me refugio en Ti… Me enseñas el camino de la vida, saciedad de gozo en tu presencia, dicha perpetua a tu derecha” (salmo 15). 

Y, caminando, el cristiano medita las preguntas del Señor. “Conoció Jesús su malicia y dijo: Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Mostradme la moneda del tributo. Ellos le presentaron un denario. Díceles: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? Le dijeron: Del césar. Él les contestó Dad pues al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Al oír esto se maravillaron, lo dejaron y se marcharon” (Mt 22,18-22; Mc 12,13-17; Lc 20, 23-26). En el recuerdo, otras referencias fiscales. El tributo para el Templo: “Al llegar a Cafarnaúm se acercaron a Pedro los recaudadores de la contribución y le dijeron: No va a pagar vuestro Maestro la contribución. Pedro respondió: Sí. Entró en la casa y, antes de hablar, Jesús le dijo: ¿Qué te parece, Simón? ¿De quienes reciben tributo o censo los reyes de la tierra: de sus hijos o de los extraños? Pedro respondió que de los extraños. Y dijo Jesús: Luego los hijos están exentos; pero para no escandalizarlos, vete al mar, echa el anzuelo y el primer pez que pique sujétalo, ábrele la boca y encontrarás un estárter; lo tomas y lo das; por mí y por ti” (Mt 17,24-27). Y, también: “¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, pero habéis abandonado lo más importante… la justicia, la misericordia y la fidelidad!” (Mt 23,23). Y también es reprochable la exigencia indebida de tributos, como en el pasaje referido a Juan el Bautista: “Llegaron también unos publicanos para bautizarse y le dijeron: - Maestro, ¿qué debemos hacer? Y él les contestó: - No exijáis más de lo que se os ha señalado” (Lc 3,12-13).

 Y en las cartas de los apóstoles: “Por tanto es necesario estar sujeto no sólo por temor al castigo, sino también por motivos de conciencia. Por esta razón, les pagáis también impuestos; porque son ministros de Dios, dedicados precisamente a esa función. Dadle a cada uno lo que se le debe: a quien tributo, tributo; a quien impuestos, impuestos; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor” (Rm 13,1-7). No es lo mismo infracción que fraude, culpa que dolo. En el Catecismo se lee: “Son también moralmente ilícitos, … la corrupción… los trabajos mal hechos… el fraude fiscal…” (CIC nº 2409).

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano canta en el camino hacia y hasta el cielo. Tiene que ser así: va acompañado de Jesús, de María, de su ángel de la guarda, de su santo… el Espíritu Santo le aconseja, le defiende, le consuela y el Padre no lo pierde vista y lo llena de amor porque Dios es Amor. Nole faltan al cristiano “los salmos del camino” para cantar con la Iglesia: “Dichoso el hombre que no sigue el consejo de impíos ni se detiene en el camino de pecadores…Porque el Señor vela sobre el camino de los justos, mientras el de los impíos acaba en perdición” (salmo 1,1.6); “Señor, guíame con tu justicia frente a los que me persiguen; alláname el camino” (salmo 5,9); ¿Quién puede habitar en tu monte santo? El que camina con integridad…” (salmo 14,1.2); “Me enseñas el sendero de la vida, saciedad de gozo en tu presencia, dicha perpetua a tu derecha” (salmo 15,11); “Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus sendas… El Señor es bueno y recto; por eso muestra el camino a los pecadores, guía a los mansos en la justicia enseña su camino a los humildes… ¿quién es el hombre que teme el Señor? Él le muestra el camino que debe elegir” (salmo 24,4.8-9.12.); “Hazme justicia, Señor, pues camino con integridad y confío en el Señor sin vacilar… Que tengo ante mis ojos tu misericordia y camino en tu fidelidad…Que yo camino con integridad… Mi pie sigue firme en el camino recto” (salmo 25,1.3.11.12); “Indícame, Señor, tu camino, guíame por el sendero recto…” (salmo 26, 11);    

Entre canciones los que caminan con Jesús están atentos a sus gestos, sus palabras, y consideran sus preguntas. “Aquel día se le acercaron unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: Maestro, Moisés dijo: Si muere uno sin tener hijos, que su hermano se case con la mujer de él para dar descendencia al hermano. Había entre nosotros siete hermanos. Casado el primero, murió. Como no tenía descendencia, dejó su mujer al hermano… después de todos murió la mujer, En la resurrección ¿de cuál de los siete será la mujer? Porque todos la tuvieron. Jesús respondió y les dijo: Erráis porque no entendéis las escrituras ni el poder de Dios… Y sobre la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios cuando dice: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de los que viven” (Mt 22, 23-25.27-29.31-32; cf. Mc 12,18-27 y Lc 20,27-40). En Marcos se interroga: “Dijoles Jesús: ¿No es verdad que os equivocáis porque no conocéis las escrituras y el poder de Dios? En Lucas no hay ningún texto entre interrogaciones.

Cuando el tribuno dejó defenderse a san Pablo ante el Sanedrín se lee: “Se produjo un enfrentamiento entre fariseos y saduceos y se dividió la multitud. Porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángeles ni espíritus; os fariseos, en cambio, confiesan una y otra cosa” (Hech 23,7-8; cf. Hech 24,21). La resurrección es fundamento de nuestra fe: “Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe… Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado, pero si cristo no ha resucitado vana es vuestra fe… Y si tenemos puesta la esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los más miserables de todos los hombres (1 Co 15,13-14.16.19) 

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano en el camino hacia el cielo que es la vida descubre las maravillas de Dios, “magnalia Dei” y queda extasiado hasta el extremo de cantar: “Te envuelves en luz como de un manto, extiendes los cielos como una tienda. Construyes sobre las aguas tus altas moradas, haces de las nubes tu carroza, caminas sobre las alas del viento. Haces de los vientos tus mensajeros, de los fuegos llameantes, tus ministros. Asentaste la tierra sobre sus bases: no vacilará jamás. El abismo la cubría como un vestido; sobre los montes permanecían las aguas; pero huyeron ante tu amenaza se precipitaron ante el sonido de tu trueno. Suben los montes, bajan los valles a los lugares que les habías asignado. Les pusiste un límite: ni lo traspasarán, ni volverán a cubrir la tierra. Tú haces afluir las fuentes en los arroyos y a través de los montes se abren camino las aguas. En ellas abrevan las bestias del campo y apagan su sed los onagros. Sobre ellas habitan las aves del cielo, que emiten sus trinos entre la fronda. Tú, de tus altas cámaras, irrigas los montes: del fruto de tus obras se sacia la tierra. Haces germinar hierba para el ganado y plantas para que sirvan al hombre y pueda sacar el pan de la tierra, el vino que alegra el corazón del hombre, el aceite, con el que da lustre a su rostro, y el alimento que da fuerza al corazón del hombre. Se sacian los árboles del Señor, los cedros del Líbano que Él plantó. Allí anidan los pájaros, en sus copas hace su casa la cigüeña. Las altas peñas son para las cabras monteses, las rocas, madrigueras para los conejos” (salmo 103,2-18).

Y, así, ensanchada el alma, lleno de amor de Dios el corazón, el cristiano sigue a Jesús, atento a sus palabras, meditando sus preguntas: “Estando reunidos los fariseos, Jesús les preguntó: ¿Qué os parece del Mesías? ¿De quién es hijo? Contestáronle: De David. Díceles: Pues ¿cómo David con inspiración le llama Señor cundo dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies? Si David le llama Señor ¿cómo es su hijo? Y nadie podría contestarle palabra. Y desde aquel día ninguno se atrevió a preguntarle más” (Mt 22,41-46; Mc 12, 35-37; Lc 20,41-44). Y desde el recuerdo del cristiano, el corazón llama otros pasajes evangélicos: “¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos contestaron: Jun el Bautista. Y hay quienes que dicen que Elías, y otros que uno de los profetas. Entonces Él les pregunta: - Y vosotros quién decís que soy yo? Le respondió Pedro: Tú eres el Cristo. Y les ordenó que no hablasen a nadie sobre esto” (Mc 8,27-30; Cf. Mt 16,13-19, Lc 9,18-21). Cristo es la traducción literal del hebreo Mesías.

Pero Cristo tenía que padecer y padeció hasta morir en la Cruz. “Desde entonces Jesús comenzó a mostrar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas de parte de los ancianos de los sumos sacerdotes y de los escribas, y ser muerto” (Mt 16,21-23; cf. Mc 8,31-33, Lc 9,21-22; y también en: Mt 17,22-23, Mc 9,30-32, Lc 9,43-45; y Mt 20,17-19, Mc 10,32-34, Lc 18,31-34). “Entonces comenzaron a escupirle en la cara y a darle bofetadas. Los que le abofeteaban decía: - Profetiza, Cristo, ¿quién es el que te ha pegado? (Mt 26,.67-68) “Puesto que Cristo padeció en su carne, armaos también vosotros con esta consideración: quien padeció en la carne ha roto con el pecado, para vivir el tiempo que le queda de su vida mortal, no ya según las concupiscencias humanas, sino según su voluntad de Dios” (1 Pe,4,1-2)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano camina hacia el cielo y en el cielo, en el aire, en la luz y en el paisaje siente la alegría que llena el alma de divinidad: “Los cielos pregonan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día le anuncia el mensaje al otro día y una noche le da la noticia a la otra noche. Sin discurso, sin palabras, sin que se oiga su voz, se esparce su rumor por toda la tierra y su pregón hasta los confines del orbe” (salmo 18). Y el cristiano se acerca al principio, “como era en el principio, ahora y siempre”, para ver de cerca a la Sabiduría: “El Señor me tuvo al principio de sus caminos, antes de que hiciera cosa alguna, desde antaño. Desde la eternidad fui formada, desde el comienzo, antes que la tierra. Cuando no existían los océanos fui dada a luz, cuando no había fuentes repletas de agua. Antes de que se asentaran los montes, antes que las colinas fui dada a luz. Aún no había hecho la tierra ni los campos, ni el polvo primero del mundo. Cuando asentaba los cielos, allí estaba yo, cuando fijaba un límite a la superficie del océano, cuando sujetaba las nubes en lo alto, cuando consolidaba las fuentes del océano, cuando ponía sus límites al mar para que las aguas no lo traspasaran, cuando fijaba los cimientos de la tierra, yo estaba como artífice junto a Él, lo deleitaba día a día, jugando ante Él en todo momento, jugando con el orbe de la tierra y me deleitaba con los hijos de Adán” (Pr 8,22-31). Vivir, caminar, con Dios y en Dios: “Porque lo que puede conocerse de Dios lo tienen a la vista; Dios mismo se lo ha puesto delante. Desde a creación del mundo, sus perfecciones invisibles, su poder eterno y divinidad, son visibles para la inteligencia a través de las cosas creadas” (Rm 1,19-20).

En el camino de la vida estamos seguros de que Jesús que nos acompaña, también nos espera: “Os volveré a ver y se os alegrará el corazón y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16,22). Y nos fortalecemos en los padecimientos: “En el mundo tendréis sufrimientos, pero confiad yo he vendido al mundo” (Jn 16,33). Y esperamos en Dios para el final de esta vida: Padre, quiero que donde yo estoy también estén conmigo los que Tú me has confiado” (Jn 17,24). Recordamos las preguntas del Señor: “Por tanto, también vosotros estad preparados porque el Hijo del hombre vendrá en la hora que no pensáis. ¿Quién es pue, el siervo fiel y prudente a quien el Señor puso al frente de la servidumbre para que le dé a su tiempo la comida? Dichoso el siervo este si, cuando llega su señor, encontrarte que obra así” (Mt 24, 45-46). Antes, está el aviso para todos: Velad porque no sabéis en qué día vuestro Señor…Estad también vosotros preparados porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre (Mt 24,42.44). “El que pretenda guardarse su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará. Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a unos elo llevarán y al otro lo dejarán; estarán moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán” (Lc 17,35-36)  

Hay que estar preparados, pero también confiados: “No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza… Dios por medio de Jesús los llevará con é” (1 Tes 4,13.14). “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). En palabras de san Josemaría: “¿Quieres de verdad ser santo? – Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces” (Camino 815).

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano avanza por la vida, año a año. La liturgia le ayuda y llena su camino de referencias del paisaje que son textos bíblicos que le orientan y animan, que le ayudan a levantarse y reemprender el camino. El camino hacia el cielo debe ser camino de alegría. “Y cantarán los caminos del Señor, porque grande es la gloria del Señor, porque el Señor es excelso y se fija en el humilde, pero al soberbio lo conoce de lejos” (salmo 137, 5-6). Y mientras se camina hacia el cielo, mientras se siente que el cuerpo pesa más, vienen los recuerdos: “Tú has formado mis entrañas, me has plasmado en el vientre de mi madre. Te doy gracias porque me has hecho como un prodigio: tus obras son maravillosas, bien lo sabe mi alma. No se te ocultan mis huesos, cuando en secreto iba yo siendo hecho, cuando era formado en lo profundo de la tierra. Todavía informe, me veían tus ojos, pues todo está escrito en tu libro, mis días estaban todos contados, antes que ninguno existiera… Mira si voy por el mal camino y guíame por el camino eterno” (salmo 138, 13-16.24).

Se acerca el final del año litúrgico. Otra etapa del camino hacia el cielo. Con Jesús, siguiendo sus pasos, pero muy cerca de Él. Sin perder un detalle de su mirada, de sus gestos, del tomo de su voz. Recogiendo y meditando sus preguntas: “Hubo entre ellos una contienda sobre cuál era el mayor. Y Él les dijo: Los reyes de los gentiles los dominan y sus príncipes se llaman bienhechores. No así vosotros, sino que el mayor sea como el menor, y el que manda como el que sirve. Porque ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es verdad que el que está a la mesa? Yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lc 22,24-27; cf. Mt 20,26-27)). La llamada al servicio es una característica de la vocación del cristiano: “Entonces Jesús se sentó, llamó a los doce y les dijo: - Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35). Porque el Hijo del hombre no ha venido para que ser servido, sino para servir y a dar su vida en redención de muchos” (Mc 10,45) o también: “Así como el Hijo de hombre no vino para que le sirvan sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20,28). En el Evangelio son muchas las llamadas al servicio: “Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas” (Mt 6,24). “Si alguien me sirve que me siga, y donde yo estoy allí estará también mi servidor. Si alguien me sirve, mi Padre le honrará” (Jn 12,26).

En las cartas de los apóstoles también encontramos referencias al servicio: “Que cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido, como buenos administradores de la múltiple y variada gracia de Dios” (1 Pe 4,10). “Que la caridad esté libre de hipocresía, abominando del mal, adhiriéndoos al bien; amándoos de corazón unos a otros con el amor fraterno, honrando cada uno a los otros más que a sí mismo; diligentes en el deber, fervorosos en el espíritu, servidores del Señor, alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación, constantes en la oración, compartiendo las necesidades, procurando practicar la hospitalidad (Rm 12,9-13). Siempre disponibles para servir, preparados para servir mejor: “Para servir, servir… No basta querer hacer el bien, hay que saber hacerlo” (san Josemaría, “Es Cristo que pasa” 50)

CRISTO REY

Cristo, Rey del Universo. En el camino hacia el cielo que es la vida, el cristiano celebra esta solemnidad como si estuviera llegando al final y viera más cerca la gloria de Dios, como adivinando la ciudad santa: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe. Vi también la ciudad santa, la nueva Jerusalén que baja del cielo de parte de Dios, ataviada como una novia que se engalana para su esposo. Y oi una fuerte voz procedente del trono que decía: ésta es la morada de Dios con los hombres. Habitará con ellos y ellos serán su pueblo. y Dios, habitando realmente en medio de ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos; y no habrá ya muerte ni llanto ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior ya pasó” (Ap 21,1-4). “Pero no vi templo alguno en ella, pues su templo es el Señor, Dios omnipotente y el Cordero. La ciudad no tiene necesidad de que la alumbren el sol ni la luna: la ilumina la gloria de Dios y su lámpara es el Cordero. A su luz caminarán las naciones y los reyes de la tierra le rendirán su gloria. Sus puertas no se cerrarán en todo el día porque allí no habrá noche. Llevarán a ella la gloria y las riquezas de las naciones, pero no entrará nada profano, ni el que comete abominación y falsedad, sino los que están escritos en el libro de la vida del Cordero” (Ap 21,22-27).

El cristiano puede dar razón de su esperanza mientras camina hacia el cielo donde Dios le espera, aunque no le ha perdido de vista en ningún momento, porque el Reino de Dios está cerca, está en medio de nosotros. En medio, delante y siguiéndonos con los brazos extendidos por si tiene que levantarnos, camina Jesús con nosotros. Y lo miramos, escuchamos lo que dice, meditamos las preguntas del Señor: “Después de haberles lavado los pies, tomó su manto, se puso de nuevo a la mesa y les dijo: “¿Sabéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, pues lo soy. Si yo, Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros, pues os he dado ejemplo para que hagáis también vosotros como yo he hecho con vosotros” (Jn 13, 12-15). Y en el recuerdo: “Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos. No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque sólo uno es vuestro Padre, el celestial. Tampoco os dejéis llamar doctores, porque vuestro doctor es uno solo: Cristo. Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalce será humillado y el que se humille, será enaltecido” (Mt 23,8-12)

La humildad un camino seguro hacia el Reino. “Cuando te inviten, ve a ocupar el último lugar para que cuando llegue el que te ha invitado te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy honrado ante todos los comensales. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado” (Lc 14,10-11). Subir o bajar, Jesús nos llama en cualquier ocasión: “Cuando Jesús llegó al lugar, levantando la vista le dijo: -Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa … Jesús le dijo: Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán; porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,5.9-10). Y también llamó a María de Betania: “Magister adest et vocat te” (Jn 11,28): “El Maestro está aquí y te llama”. Ella se levantó en seguida y fue hacia Él. Nos llama.

Julio Banacloche Pérez

(26.11.23)