I. LAS CARTAS
1. DILECTIS DEI
El día 28 de junio de 2008 se inició el "año paulino" que acabará el día 29 de junio de 2009, fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo. Y debemos aprovechar este tiempo para encontrar en la vida y en los escritos de "Saulo" motivos de reflexión que nos permitan confirmarnos en el amor a Dios y a los demás, puesto que la expresión más sencilla de nuestra espiritualidad es: amor al Amor, amor del Amor, entrega del amor del Amor que nos rebosa. Es el mandamiento nuevo: no se trata sólo de amar al otro como a mi mismo, sino como Dios me ama.
Si leemos la epístola a los Romanos, escrita en Corinto en el invierno-primavera del año 57-58, podremos descubrir el amor ya desde el saludo inicial: "a todos los que estáis en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos". Basta leer ese saludo para sentirnos empobrecidos en nuestros saludos habituales, rutinarios, sin contenido. Ni siquiera tenemos un deseo consciente de que tengan un buen día todos aquellos a los que ya desde la mañana les estamos diciendo "Buenos días", en un plural para el que tampoco vemos ni buscamos sentido. "¿Cuántos días?", podría preguntarnos aquel al que hemos saludado. Y no sabríamos qué decir. Pero ¿cómo escapar de un sentimiento consciente y verdadero cuando le escribimos a un amigo: amado de Dios, llamado a ser santo? Es, además, una expresión que se recuerda bien: "Dilectis Dei, vocatis sanctis". "Diligere" (amar; "dilectis", a los amados) es otra forma de decir "amar" en latín. Y es un "amar" que podríamos llamar nacido del conocimiento: es un amor elegido -electus-, fundamentado en cualidades, circunstancias, condiciones que llevan a "querer amar", como si fuera un segundo grado entre la entrega del "amare" (el "agapé" griego, el darse amoroso) y el "quaerere" (el "eros" griego, de posesión y disfrute), de modo que sería un término próximo al "fileos" griego, que también es un amar "con fundamento".
"Amados de Dios, llamados a ser santos". Como si no se dijera nada y ahí está el sentido de toda una vida. Estamos obligados a atrapar estas ocasiones (carpe diem!) y sacar de ellas el mayor provecho posible. ¿Me siento amado de Dios?. Cada uno de nosotros, con nuestro nombre, con nuestras circunstancias, en este momento (y antes y después). ¿Siento a Dios cerca de mi, ocupado en mí, preocupado por mí, esperándome?
También para esta pregunta tiene respuesta san Pablo: "porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado..." (Rom 5,5). "Pues el Espíritu mismo da testimonio, junto con nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos; herederos de Dios, coherederos de Cristo" (Rom 8, 16-17). "Asimismo también el Espíritu acude en ayuda de nuestra flaqueza: porque no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables" (Rom 8, 26). ¡Dios con nosotros! ¡Dios por nosotros!
(14 de julio de 2008)
2. HIMNO AL AMOR
"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas... y al prójimo como a ti mismo" (Mt 22, 37-39), era la síntesis del mandamiento del amor en la Ley antes de Jesús estableciera un grado mayor de amor y generosidad: "Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros" (Jn 13,34). Es fácil nuestro examen de conciencia: empezando por los más cercanos (en la familia, en el trabajo, amigos...) y acabando en las noticias del mundo que nos llegan. Más aún, incluyendo ese ramalazo que hemos sentido al pensar en quien no conocemos, en quien no sabemos donde está, pero del que sabemos que necesita amor... y rezado. Por él. A Jesús. A María: "Acordaos que JAMÁS se oyó decir que NINGUNO de cuantos han acudido bajo vuestra protección, haya sido abandonado..." Por nuestro amor sabrán cómo somos.
"Que la caridad esté libre de hipocresía, abominando el mal, adhiriéndoos al bien, amándoos de corazón unos a otros con el amor fraterno, honrando cada uno a los otros más que a sí mismo; diligentes en el deber, fervorosos en el espíritu, servidores del Señor; alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación; constantes en la oración; compartiendo las necesidades de los justos, procurando practicar la hospitalidad..." (Rom 12, 9-13)
¡Cómo se adelantó san Pablo a los modernos códigos de conducta de las grandes empresas! ¡Cuál de ellas no pagaría un dineral por ese "libro de estilo" que asegura el éxito! Pero no se trata sólo de un plan de vida que pone el amor en el centro de las acciones y programas. Es un requerimiento a nuestra conciencia. Y sobre esa "plantilla" sí que hemos de cortar:
"La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta" (1 Cor 13, 4-7). Por si el mandamiento nuevo pareciera poco concreto (¿cómo amar como Dios me ama?); por si el "libro de estilo" no precisara más allá de la sonrisa, los modales o el talante (aunque ya empiezan las exigencias: "honrando a los otros más que a sí mismo..."; "diligentes en el deber...", guste o no guste, con frío o calor; "constantes en la oración", sin excusas sobre el tiempo: no es encontrar un rato para rezar, es llenar de oración -ofreciendo, invocando, con miradas, con recuerdos...- todo el tiempo); aquí están las precisiones: ¿qué tal está nuestro aguante?, ¿y cuando andamos apurados?; ¿qué tal nuestra soberbia?, ¿algo orgullosillos?, ¿un poco egocéntricos?; ¿que tal nuestro desprendimiento? ¿o vamos a lo nuestro, exigimos lo nuestro, hacemos lo nuestro... y lo demás ¡a mí qué me cuentas!? ¿Nos irritamos?, ¿tenemos una libreta de agravios que impide el perdón, la generosidad, el amor...? Propósito: vivir "con" y "para" los demás. Plan de vida: amar por Dios. ¡Por Dios, amad!
(15 de julio de 2008)
3. PRESENCIA DE DIOS
La segunda epístola a los Corintios la escribió san Pablo en el otoño del año 57. Y, por los pocos meses que transcurren respecto de la primera, no se puede olvidar el final de ésta repitiendo las conocidas preguntas del profeta Oseas: "¿Donde está, muerte, tu victoria? ¿Donde está, muerte, tu aguijón?" (! Cor 15,55), que conducen a esa expresión aramea: "Marana tha!" (Ven, Señor nuestro) que es el pórtico de la segunda carta: "... el Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela de todas nuestras tribulaciones para que también nosotros seamos capaces de consolar..." (2 Cor 1, 3-4)
De la presencia de Dios junto a nosotros, de su cercanía, son expresión las palabras: "... hizo brillar la luz en nuestros corazones para que irradien el conocimiento de la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo" (2 Cor 4,6). Y así se entra en el conocido texto: "... llevamos ese tesoro en vasos de barro para que se reconozca que la sobreabundancia del poder es de Dios y que no proviene de nosotros; en todo atribulados, pero no angustiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados, llevando siempre en nuestro cuerpo el morir de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo" (2 Cor 4, 7-10)
Este es el tiempo de reflexionar. Es todo un reto espiritual decir despacio y con sinceridad la conocida oración: "Toma, Señor, mi libertad (ya sé que puedo elegir entre no hacer nada, mi capricho o entregarme a Ti y a los otros por Ti: pues aquí me tienes, libremente te escojo a ti me doy); mi memoria (tómala, Señor, porque en mi vida pasada hay mucho que quisiera olvidar y sólo Tú puedes perdonar mi culpa, borrar mis faltas, esperar que regrese y abrazarme); mi entendimiento (Señor, cuántas vueltas he dado en mi vida para esquivarte, para no escucharte, para discutir contigo; dame tu luz, toma mis sombras); toda mi voluntad (Señor, aquí estoy, acepto lo que quieras, cuando quieras, donde quieras, como quieras, porque Tú lo quieres...); todo mi haber (los talentos que me diste, esas cualidades de las que presumo como mías) y mi poseer (todo lo que me permites disfrutar sin ser mío, empezando por el tiempo que derrocho, que me agobia, que me falta, que se va y... que es nada comparado con la eternidad en la que me amas); Tú me lo diste, a Ti, Señor, lo torno (¿llegaremos hasta el final?; danos fuerzas, Señor); todo es tuyo; dispón de mi según tu voluntad; dame tu amor y tu gracia que eso me basta". ¡Amén, Amén, Amén!
"Mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es el día de la salvación..." (2 Cor 6,2). Es el tiempo de acreditarnos como amigos de Dios y amados por Él: en honra y en deshonra; en calumnia y en buena fama... como tristes, pero siempre alegres; ... como quienes nada tienen, aunque poseyéndolo todo" (2 Cor 6, 8-10). Si Dios está con nosotros, ¿quien contra nosotros? ¿Estamos con Él? Dios: mi amor, mi amigo.
(16 de julio de 2008)
4. NUESTRO OBRAR
San Pablo evangelizó en la parte sur de la Galacia, en Asia Menor, en su primer viaje apostólico, en los años 45-49. Se detuvo más tiempo en el segundo, en los años 50-52. Y volvió a ir en el año 53, quizá en el 54. Es bueno recordar estos tiempos contrastados para saber que sólo veinte años después de la Pascua con Cristo se tenía una fe viva que aún nos alienta.
Algunos podremos resumir la carta a los Gálatas en una situación de partida, la identificación con Cristo y la filiación divina, y en la inevitable consecuencia de la misma: nuestras obras. Por nuestra identificación vivimos en Cristo, por Cristo y para Cristo: "Con Cristo estoy crucificado: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mi" (Gal 2, 19-20). Es el primer punto para una buena reflexión: ¿sentimos en nuestra vida ordinaria, en varios momentos de "nuestro día" -en tiempos que parecen vacíos, en tiempos de tomar un respiro, en tiempos demasiado llenos o vacíos de "vida ordinaria"- esa cercanía íntima con Dios? Si no es así es que hemos olvidado que tenemos motivos para vivir como hijos de Dios: "En efecto, todos sois hijos de Dios por medio de la fe en Cristo..." (Gal 3,26), "... Y puesto que sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De manera que yo no eres siervo, sino hijo; y, como eres hijo, también heredero, por gracia de Dios" (Gal 4, 6-7). Así de claro. Así de sencillo. ¡Hijos de Dios! ¿Cómo olvidarlo? Sería una ingratitud a tanto amor divino que involucra a toda la Trinidad Santísima.
El Espíritu del Hijo que se nos ha dado, nos llama, nos anima y procura que nuestro en nuestro obrar se manifiesten los frutos del Espíritu: "Caridad, gozo espiritual, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia" (Gal 5,22). La catequesis cristiana añade: paciencia, fidelidad y modestia. Y es aconsejable, a nuestros años, contrastar esa forma de vivir con lo que fue pregunta del Catecismo de niños. "Nolite errare: Deus non irridetur" (Gal 6,7: No os engañéis: de Dios nadie se burla). Si tuviéramos la costumbre de dedicar un momento preciso de cada día a contrastar si esos son los frutos de nuestro obrar, llegaríamos a la conclusión de san Pablo: "No nos cansemos de hacer el bien -bonus autem facientes infatigabiles-, porque si perseveramos, a su tiempo recogeremos el fruto -tempore enim suo metemus non deficientes-. Por tanto, mientras disponemos de tiempo hagamos el bien a todos..." (Gal 6, 9-10)
El bien, el rebosar nuestros corazones del amor del Amor, transciende inevitablemente a los demás: nuestra consideración en todo a todos -caridad, longanimidad, benignidad, bondad, mansedumbre- nos llena de gozo interior, de paz, de fe y nos refuerza en la continencia. "Mientras disponemos de tiempo...". ¡Que inolvidable aviso para los que "limitan" su vida a un tiempo que acaba! Sin hacer el bien del amor, será tiempo perdido.
(11 de agosto de 2008)
5. DERROCHE DE AMOR
La carta a los Efesios es una de las que se suelen agrupar como "de la cautividad" porque fueron escritas en el tiempo en que san Pablo estaba en esa situación. Pero no significa que escribiera desde Roma, porque estuvo preso en diversas ocasiones y lugares. Analizando los textos, se considera razonable que la carta fuera posterior a la dirigida a los colosenses. Y, puesto que Colosas fue derruida por un terremoto en el año 60-64, esa fecha puede situar en el tiempo la dirigida las iglesias de la zona de Frigia (Éfeso, Laodicea...). En todo caso, se considera que contiene una síntesis acabada del pensamiento paulino.
Para quien, dispuesto a la reflexión, lee la "Carta a los Efesios" es posible que le ocurra como a tantos otros. Admirado del himno inicial, no podrá seguir leyendo sin volver una y otra vez a esa descripción extraordinaria del plan de Dios: 1) nos ha bendecido en Cristo; 2) nos eligió antes de la creación para que fuésemos santos y sin mancha por el amor; 3) nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo; 4) en quien tenemos la redención, el perdón de los pecados; 5) según la riqueza de su gracia que derramó sobre nosotros sobreabundantemente. 6) Nos dio a conocer su benévolo designio: recapitular en Cristo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra. 7) En Cristo fuimos constituidos herederos. 8) Por Cristo fuimos sellados con el Espíritu Santo prometido, que es prenda de nuestra herencia (Ef 1, 3-14). No se puede pensar en más amor ni en un proceder más generoso. Cada punto de los aquí señalados -con una belleza textual que merece la pena considerar despacio- es como la palabra de ese padre amoroso que tenemos como ideal. Nuestro padre -¡Abbá!-, Dios, camina a nuestro lado y nos recuerda: te bendije desde el principio, antes de la creación del tiempo; te elegí a ti con tu nombre, en tus años de vida, en tus circunstancias; y deseé que fueras santo. Te amo como hijo y el Hijo de Dios se hizo hombre para vivir la vida que tu mismo vives. Siendo necesaria nuestra redención, Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, se entregó por nosotros para abrirnos las puertas del cielo donde nos ha aguarda la morada con Dios para siempre. Por su Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección, por tanto amor al que estamos llamados a corresponder, no sólo se nos perdona los pecados y se restablece para nosotros la relación divina, sino que Dios hace un derroche de gracia para que podamos corresponder al amor del Amor. Ese es el plan, esa es nuestra herencia y el Espíritu Santo es garantía de que así será.
"¡Por gracia habéis sido salvados!" (Ef 2,8) ... Ya no sois extraños y advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios (Ef 2,19). "Si os enojáis, no pequéis; no se ponga el sol estando todavía airados y no deis ocasión al diablo... Y no entristezcáis al Espíritu de Dios con el que habéis sido sellados..." (Ef 4, 26 y 30). Redimiendo el tiempo. "Gratias agentes semper pro omnibus" (Ef 5,20: "Dando gracias siempre por todas las cosas"). Orando siempre (Ef 6, 18)
(12 de agosto de 2008)
6. VIVIR EN CRISTO
La carta a los Filipenses es otra de las llamadas "cartas de la cautividad", aunque san Pablo, aún no estaba en Roma cuando la escribió, sino, posiblemente, en Éfeso, entre los años 54 y 57. Es una carta entrañable que empieza derramando el amor recibido del Amor: "Doy gracias a Dios cada vez que os recuerdo y siempre que rezo por todos vosotros lo hago con alegría..." Todo un modelo del afecto entre quienes se saben amigos de Dios: os recuerdo y doy gracias a Dios; rezo por vosotros y lo hago con alegría. Una excelente ocasión para que repasemos nuestro mutuo afecto que debe estar transido del amor de Dios, en Él y por Él somos amigos. Debemos recordarnos a menudo y rezar unos por otros. La alegría de la amistad santificada rebosará en nuestro corazón que sembrará de amor en nuestra vida ordinaria.
El amor pleno se expresa en una conocida frase de san Pablo: "Mihi enim vivere Christus est, et mori lucrum": Para mí el vivir es Cristo; y el morir una ganancia (Flp 1, 21). Y sigue una lección para que todos encontremos el sentido de nuestra vida hasta que vayamos al cielo por la gracia de Dios: me siento apremiado por los dos extremos: el deseo que tengo de morir para estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; o permanecer en la carne, que es más necesario para vosotros" (Flp 1, 23-24). Permanecer para servir; nuestro vivir encuentra sentido en los demás. Por amor a otros aceptamos el retraso en estar con Cristo.
También hay un himno en esta carta. Es un tratado de cristología: "Tened en vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual siendo de condición divina,/ no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios,/ sino que se anonadó a sí mismo tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;/ y, mostrándose igual que los demás hombres,/ se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte,/ y muerte de cruz./ Y por eso Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre;/ para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos;/ y toda lengua confiese: “¡Jesucristo es el Señor!”, para gloria de Dios"
Ahí está expresada esa admirable manifestación del amor de Dios por nosotros. Por cada uno de nosotros. Rota la relación divina desde el principio del tiempo por el hombre, el Amor de Dios, aún antes del principio, quería remediar esa situación de todos y cada uno de los vivientes. Al incumplimiento del hombre ante Dios, Dios opone el cumplimiento del propio Dios en Cristo Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. Dios todopoderoso "se anonada", el Señor se hace siervo. Y el Hijo de Dios hecho hombre se ofrece como víctima para nuestra redención. Los hombres de su tiempo, como nosotros en el nuestro, demuestran y demostramos nuestra ignorancia, nuestras deficiencias, nuestra soberbia, nuestra ceguera. Y Jesús muere en la Cruz. Nos redime. Nos salva.
"Gaudete in Domino!" (Flp 4,4): ¡Alegraos en el Señor!
(25 de agosto de 2008)
7. REDIMIDOS
Cuando se toman notas de las epístolas de san Pablo, además de la lógica unidad de doctrina, se descubre una perfecta complementariedad entre ellas. La Epístola a los Filipenses contenía, al final, la conocida frase: "Todo lo puedo en Aquel que me conforta" (Flp 4,13) que cerraba una exhortación al ánimo en esta vida: "El Señor está cerca. No os preocupéis por nada; al contrario, en toda oración y súplica presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias. Y la paz de Dios que supera todo entendimiento custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús" (Flp 4, 5-7). Cristo con nosotros.
La epístola a los Colosenses es también una carta "de la cautividad" y debió ser escrita antes de los años 60 a 64 entre los que se produjo el terremoto que destruyó la ciudad. Y contiene un himno que, por referencia a Dios, se dedica al "Hijo de su amor" (Col 1,13), porque Cristo: "es la imagen del Dios invisible (1); primogénito de toda creación (2); por Él fueron creadas todas las cosas: todo ha sido creado por Él y para Él (3); Él es antes que todas las cosas y todas subsisten en Él (4); Él es también la cabeza del cuerpo que es la Iglesia (5); Él es el principio, el primogénito de entre los muertos para que Él sea el primero en todo (6); pues Dios tuvo a bien que en Él habitase toda la plenitud y por Él reconciliar todos los seres consigo, restableciendo la paz por medio de su sangre derramada en la cruz..." (Col 1, 15-20). Toda una definición de quien es Cristo en la historia de la salvación: el Dios que no vemos, pero por el que se crearon todas las cosas que subsisten por Él; Cristo es la cabeza del Cuerpo que somos quienes formamos la Iglesia; Cristo, como hombre, murió y resucitó y, en su gloria, nos ha reconciliado a todos con Dios. Cristo nuestro redentor.
En esa acción redentora, Dios desea nuestra cooperación y, por este motivo, san Pablo nos dice: "completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo". Nada faltaba, desde luego, para nuestra redención: "os vivificó con Él y perdonó gratuitamente todos vuestros delitos al borrar el pliego de cargo que nos era adverso y que canceló clavándolo en la cruz" (Col 2, 13-14), de modo que "si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba" (Col 3,1). Y esa cooperación que Dios espera de nosotros se concreta: como elegidos de Dios, santos y amados, por una parte, "mortificad la fornicación, la impureza, las pasiones, la concupiscencia mala y la avaricia", "desechad la ira, la indignación, la malicia, la blasfemia y la conversación deshonesta"; por otra parte, "revestíos de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia, sobrellevaos mutuamente y perdonaos... revestíos con la caridad... sed agradecidos" (Col 3, 12-15). Perseverad en la oración" (Col 4,2)
Y hay una frase al final de la carta que debe presidir todos los momentos de nuestra vida: "tempus redimentes", "Redimid el tiempo". Que Jesús, redentor, nos ayude a redimir nuestra vida.
(26 de agosto de 2008)
8. UNA RELACIÓN FIEL
La lealtad se refiere a la seguridad "legal" en el cumplimiento del deber. Una persona leal responde por los compromisos que ha adquirido. Un amigo leal cumple la ley del amor; con él siempre se puede contar. La fidelidad llega más allá. Protege de la traición, del engaño. Ni siquiera exige el recordatorio del compromiso. Tampoco encuentra excusa en lo inesperado ni en las dificultades. La fidelidad es la sinceridad, la transparencia, la entrega hasta el máximo. Un amigo fiel es un tesoro para siempre. Y fidelidad con fidelidad se paga.
De las dos cartas de san Pablo a los Tesalonicenses la primera, escrita en el invierno entre los años 51 y 52, es el escrito más antiguo del Nuevo Testamento. Las dos cartas se pueden unir como una doble exhortación para ordenar nuestra vida en el camino que hemos de seguir para recorrer con el Amigo y así alcanzar vida con Él. Y son una buena guía para ver cómo vamos.
"Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación; que os abstengáis de la fornicación; que cada uno sepa guardar su propio cuerpo castamente y con honor; sin dejarse dominar por la concupiscencia como los que no conocen a Dios" (1 Tes 4, 3-5). Dios nos llama a ser santos: con nuestro cuerpo, con nuestras debilidades, con nuestra conducta. Si "conocemos" a Dios, lo amaremos. Si vivimos con Él y para Él, será una "cuestión de honor" mantenernos fieles a la llamada de Dios a ser santos.
"No queremos que ignoréis lo que se refiere a los que han muerto para que no os entristezcáis como esos que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera también Dios, por medio de Jesús, reunirá con Él a los que murieron" (1 Tes 4, 13-14). Tiene sentido vivir y morir porque "esto" no acaba aquí. Dios que está junto a nosotros, nos espera. Dios quiere que nos reunamos con Él. Para siempre.
Y en el recuerdo de la epístola debemos guardar en el corazón el final. Por una parte, el conocido consejo: "Semper gaudete, sine intermisione orante" (1 Tes 5, 15-16). "Estad siempre alegres. Orad sin cesar". Por otra parte, la clave de esa norma de vida: "Fidelis est qui vocat vos, qui etiam faciet" (1 Tes 5,24): "Fiel es el que os llama, por eso lo cumplirá".
La segunda carta contiene lo que se podría considerar segunda exhortación: "Que nuestro Señor Jesucristo y Dios nuestro Padre, que nos amó y gratuitamente nos concedió un consuelo eterno y una feliz esperanza, consuele vuestros corazones y los afiance en toda obra y palabra buena" (2 Tes 2, 16-17). Todo nos lo ha dado: la vida, cada día, los buenos momentos y las contrariedades. Todo tiene sentido, incluso la muerte, cuando uno se sitúa en la perspectiva de Dios, Padre amoroso como nadie puede amar. El final es voz de ánimo y promesa: "Nolite deficere benefacientes" (2 Tes 3,13): "No os canséis de hacer el bien".
(10 de septiembre de 2008)
9. CONSEJOS DE AMIGO
La relación de epístolas paulinas se cierra con las llamadas "Cartas Pastorales". Son cartas personales llenas de amor: dos a Timoteo y una a Tito. Y aún hay otra más, brevísima, dirigida a Filemón para interceder por su esclavo Onésimo -que significa "útil"-, fugitivo, que regresa y para el que Pablo pide a Filemón: "Para que lo recuperes para siempre como hermano muy amado (Flm 12,16) ... Acógelo como si fuera yo mismo" (Flm 12,17)
La primera carta a Timoteo es una recomendación a la piedad: "Te encarezco ante todo que se hagan súplicas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres..." (1 Tm 2,1) porque Jesucristo se entregó a sí mismo en redención por todos (1 Tm. 2,6). El cristiano debe ser "otro Cristo" que debe amar como Dios nos ama, porque nuestro amor es "rebosamiento del Amor". Y sigue como un himno: "Unánimemente confesamos que es grande el misterio de la piedad: Él ha sido manifestado en la carne, justificado en el Espíritu; mostrado a los ángeles, predicado a las naciones; creído en el mundo, ascendido a la gloria" (1 Tm 3,16). Piedad de Dios en los hombres porque Él se ha hecho hombre por piedad y con piedad debemos corresponderle. "La piedad es un gran negocio cuando uno se contenta con lo suficiente. Pues nada hemos traído al mundo y nada podemos llevarnos de él" (1 Tm 6.6). Y así debemos vivir con la alegría de la esperanza porque: "Todo lo creado por Dios es bueno" (1 Tm 4,4); lo que nos debe animar: "Pelea el noble combate de la fe. Conquista la vida eterna a la que has sido llamado" (1 Tm 6,12)
La segunda carta a Timoteo está llena de amorosos consejos y motivos para vivir animosamente. "Tienes que reavivar el don de Dios que recibiste... porque Dios no nos dio un espíritu de timidez, sino de fortaleza, caridad y templanza" (2 Tm 1, 6-7). Y, como un himno: "Podéis estar seguros: si morimos con él, también viviremos con él;/ si perseveramos, también reinaremos con él;/ si lo negamos, también él nos negará;/ si no somos fieles, él permanece fiel;/ pues no puede negarse a sí mismo" (2 Tm 2, 11-13). Parece imposible decirlo más claro. Y en esa relación de fidelidad amorosa, san Pablo insiste: "Predica la palabra, insiste con ocasión y sin ella" (2 Tm 4,2)
La carta a Tito es un precioso colofón de esta amistosa charla que debería servirnos para nuestro examen personal y para reconducir nuestra vida familiar, laboral y social. "La bondad de Dios... y su amor a los hombres, nos salvó... por su misericordia, mediante el baño de la regeneración y de la renovación en el Espíritu Santo, que derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, fuéramos herederos de la vida eterna que esperamos" (Tt 3, 5-7). Dios es el Absoluto: el Bueno, el Justo, la Belleza, la Verdad. Dios es Amor. Desde el principio, antes de que llegáramos a ser, Dios nos ama. Nos da al Hijo que, en la cruz, nos da a la Madre. Y el Espíritu es nuestro valedor.
(2 de octubre de 2008)
II. CATEQUESIS PAULINA
1. DE LA CONVERSIÓN
El año paulino que celebramos los católicos nos permite disfrutar de las lecciones sobre el apóstol de los gentiles que el Papa nos regala magistral y bondadosamente (27 de agosto, 3, 10 y 24 de septiembre). En cuanto que Pablo se declara "anciano" en la carta a Filemón (Flm 9) y era "joven" cuando presenció la lapidación de Esteban que se relata en los "Hechos" (Hch 7,58), debió nacer el año 8 en Tarso de Cilicia (Hch 22,3) donde Cicerón fue cónsul el año 51 a.C. y donde en el año 41 a.C. se produjo el primer encuentro entre Marco Antonio y Cleopatra. De su padre aprendió el trabajo de "fabricar tiendas" y tenía la ciudadanía romana. Hacia los 12 años se trasladó a Jerusalén para ser educado a los pies del rabí Gamaliel el Viejo según las normas más rígidas del fariseísmo. Por este motivo, en tres ocasiones, recuerda Pablo en sus cartas que "persiguió encarnizadamente a la Iglesia de Dios". Después de la conversión en Damasco, hizo tres largos viajes misioneros. El primero, con Bernabé; el segundo, después del concilio de Jerusalén, con Silas, pasando por Filipos, Tesalónica, Atenas y Corinto. En Atenas predicó en el Ágora y en el Areópago donde aprovechó el altar "al dios desconocido" para hablar del Dios que esperaban. El tercer viaje llevó a Pablo a Éfeso, a Corinto, a Mileto, con regreso a Jerusalén donde fue arrestado por un malentendido que le pudo costar la muerte. Apeló al césar y el procurador Porcio Festo lo envió a Roma con una custodia militar. Allí vivió dos años (Hch 28,20). Ahí acaban las noticias ciertas. Tradiciones sucesivas hablan de una liberación, un viaje a España, otro por Oriente, un nuevo encarcelamiento en Roma con una sentencia desfavorable.
El "encuentro" que llevó a la conversión se produjo en Damasco, cuando se presentó ante él Cristo resucitado como una luz espléndida que lo dejó ciego (Hch 9, 22 y 26) hasta que en su bautismo Pablo da el "sí" definitivo a Cristo. De ese encuentro con el Resucitado da cuenta Pablo en sus cartas (1 Co 9,1 y 15,8). Ese "encuentro" cambia su vida: lo que antes era esencial se convierte en "basura"; ya no es "ganancia", sino pérdida, porque ahora cuenta sólo la vida en Cristo (Flp 3, 7-8)
En los tres años siguientes, Pablo se informa sobre Cristo con Pedro (Ga 1,18), Santiago (Ga 1,19) y Juan (Ga 2,19). Por ese motivo pudo escribir Pablo más tarde: "Os transmito lo que a mi vez recibí" (1 Co 15, 3-4). Eucaristía y Resurrección se transmiten fielmente con textos formulados en los años treinta.
Pablo señala como notas del apostolado: haber visto al Señor (1 Co 9,1); haber sido enviado por Jesucristo (1 Co 1,1); y ejercer el anuncio del Evangelio (1 Co 9,1), aunque seguir a Cristo sea para muchos "escándalo y necedad" (1 Co 4, 9-13). "¿Quien nos separará del amor de Cristo? ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?... Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida... ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios..." (Rm 8, 35-39)
(14 de octubre de 2008)
2. LA PRUEBA DEL AMOR
Amar es darse. Entregarse. Hasta dar la vida si fuera preciso. Una preciosa oración de amor es una “nota de entrega”: "Toma, Señor, mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, mi voluntad. Todo mi haber y mi poseer. Tú me lo diste, a Ti, Señor, lo torno. Todo es tuyo. Dispón de mi según tu voluntad. Dame tu amor y tu gracia que esto me basta". Se puede encontrar el mayor gozo espiritual considerando cada entrega: mi libertad (ayúdame en la elección entre mi egoísmo, mis apetitos y lo que sé que deseas), mi memoria (mi vida hasta hoy, borra mi pecado, perdona mi culpa y hazme revivir el amor que sentí en aquel momento, con aquellas obras buenas que he olvidado), mi entendimiento (esa inteligencia que me llena de soberbia), voluntad (que sea capaz de mirarte, a solas, Tú y yo, y decirte: lo que Tú quieras, como Tú quieras, cuando Tú quiera, porque Tú lo quieres). Todo mi haber (mis talentos, mis cualidades) y mi poseer (el tiempo que me has dado en usufructo, las circunstancias familiares y profesionales) porque Tú me lo has dado (para que yo lo administre y fructifique en amor a Ti a los demás), es tuyo y a Ti te lo he de devolver (dándote cuanta de
En la audiencia del día 29 de octubre el Papa se refería a la “teología de la Cruz” en san Pablo. Para el Apóstol decir Cruz quiere decir "salvación como gracia dada a cada criatura". La Cruz, y nuestra cruz de cada día, es la mejor prueba de amor y la garantía de la salvación. La Cruz es "escándalo" y "torpeza para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es poder de Dios". Para los judíos la Cruz es escándalo que contradice la esencia misma de Dios que se ha manifestado con signos prodigiosos (aceptar la Cruz significa realizar una profunda conversión en la forma de relacionarse con Dios); para los paganos la Cruz se opone a la razón y es torpeza: más que un error, un insulto al buen sentido (si ya era inaceptable un Dios hecho hombre, sumido en los límites del espacio y del tiempo, era decididamente inaceptable creer que Dios pudiera acabar en una Cruz). Aquella lógica griega aún es una lógica de nuestro tiempo. Aquella lógica ya no quería saber nada cuando, además, se añade que la Cruz lleva a la resurrección y que Dios, Cristo, vence a la muerte y retoma su cuerpo para vivir como resucitado: "Ya te oiremos otro día", le dicen los atenienses a san Pablo (Hch 17,32). Pero nosotros debemos recordarlo incesantemente.
Acaba el Papa recordando la segunda epístola a los Corintios: "Al que no conoció pecado a fin de que nosotros viniésemos a ser justicia de Dios en Él" (2 Cor 5, 20), ha muerto por todos (v. 14) y Dios nos ha reconciliado con Él no imputándonos nuestras culpas (vv. 18-20). La Cruz es salvación para todos nosotros. Y por este motivo debemos encontrar nuestra fuerza precisamente en la humildad del amor y nuestra sabiduría en nuestra renuncia. Porque de Dios todos podemos decir: "Me ha amado y se ha dado a sí mismo por mi". Y obras son amores...
(12 de noviembre de 2008)
3. ORIENTANDO EL CAMINO
Aquel cristiano viejo que intuía con sencillez el tránsito de la muerte y la indiscutible exigencia de purificación para alcanzar la definitiva y eterna morada con Dios, también intuía que si el fin del camino es Dios, se camina con más gozo si se tiene consciencia de que también Dios es nuestro acompañante. Y encomendó a las ánimas del Purgatorio que durante el día le avisaran de la presencia de Dios junto a él al iniciar cada nueva tarea, al descansar, en "los tiempos muertos", en los momentos difíciles. Los discípulos que iban a la aldea de Emaús son un buen ejemplo para vivir así el camino: a Aquél que les alcanza le abren el corazón, le cuentan que están confusos, que están tristes, que buscan el sentido de su vida después de haber andado junto a Jesús que ha muerto crucificado. Y el acompañante les escucha, les consuela, les explica el sentido de lo ocurrido y les señala que se han precipitado en su dolor porque el acontecimiento no había acabado como pensaban. Sin ser conscientes de lo que está pasando, notan que su corazón late con más firmeza: ardía su corazón. Y cuando Aquél al que no han llegado a reconocer hace ademán de despedirse, le ruegan: "Quédate con nosotros que ya atardece y el día está declinando".
El Papa, en la audiencia del día 5 de noviembre, nos regala otra excelente catequesis sobre la Resurrección en la teología de san Pablo. Y empieza sin preámbulos: "Si no resucitó Cristo es vacía nuestra predicación y es vacía nuestra fe... y vosotros estáis todavía en vuestros pecados" (1 Co 15, 14.17). Y añade: "Por sí sola la cruz no podría explicar la fe cristiana; más aún, sería una tragedia, señal de la absurdidad del ser. El misterio pascual consiste en el hecho de que ese Crucificado “resucitó al tercer día según las Escrituras” (1 Co 15,4) ... el que fue crucificado y que así manifestó el inmenso amor de Dios por el hombre, resucitó y está vivo en medio de nosotros". De ahí la importancia de las apariciones que son condición fundamental para la fe en el Resucitado: la tumba está vacía y Jesús se apareció realmente. Así se constituye la cadena de la tradición a través del testimonio de los Apóstoles y de los primeros discípulos.
El Papa nos recuerda que esto tiene importantes consecuencias para nuestra vida de fe: estamos llamados a participar hasta lo más profundo de nuestro ser en todo el acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo. "Compartiendo los sufrimientos de Cristo como preludio a la configuración plena con Él mediante la resurrección a la que miramos con esperanza... La teología de la cruz no es una teoría; es la realidad de la vida cristiana. Vivir en la fe en Jesucristo, vivir la verdad y el amor implica renuncias todos los días, implica sufrimientos. El cristianismo no es el camino de la comodidad; más bien es una escalada exigente, pero iluminada por la luz de Cristo y por la gran esperanza que nace de Él". Sintiéndolo así, cada instante de nuestro día es un paso gozoso. El cansancio, las caídas, ¡levantarse!... todo tiene sentido.
(17 de noviembre de 2008)
4. VIVIR EN CRISTO
"Examinadlo todo, quedándoos con lo bueno", escribe san Pablo en la epístola a los Tesalonicenses. Esa lección que nos lleva a la formación cristiana cada día y a ser como una esponja de todo lo bueno que podemos ver y escuchar. De la mano de la Madre, caminamos hacia Jesús.
El día 12 de noviembre el Papa se refirió a "la parusía", la segunda venida del Señor: desde la Resurrección las realidades últimas ya han comenzado, porque "Si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús..." (1 Ts 4,14) "... y así estaremos siempre con el Señor" (1 Ts 4,17). En cuanto creyentes, en nuestra vida ya estamos con el Señor: nuestro futuro, la vida eterna, ya ha comenzado, nos dice el Papa. Pero la espera de la parusía no dispensa del trabajo (2 Ts 3); precisamente así crece nuestra responsabilidad de trabajar “en” y “para” este mundo, porque ese día el Juez nos pedirá cuentas de los talentos que nos ha confiado: ¿Habéis dado fruto? Estar con Cristo, estar disponible para Dios, crea una gran libertad interior que se basa en tres pilares: la certeza de que Jesús ha resucitado, nos hace estar seguros y no tener miedo; la certeza de que Cristo está conmigo porque el futuro ya ha comenzado nos afirma en la esperanza; la responsabilidad con respecto al mundo nos hace confiar en la misericordia de Dios que es un Juez bueno. Caminamos en la fe y no en la visión; y clamamos: "Maranà thà!" ("Señor nuestro, ven", 1 Co 16,22), para que Cristo esté realmente presente hoy en nuestro mundo y lo renueve.
El día 19 de noviembre el Papa tomó textos paulinos para referirse a nuestra santificación. El encuentro con el Resucitado impulsa a afirmar que Cristo no es sólo nuestra vida, sino nuestro vivir, de forma que incluso morir es una ganancia (Flp 1,21). Ser santo es estar con Cristo y en Cristo. Y esto basta. No cabe aislar la fe como justificación ("cree y haz lo que quieras", "todo me es lícito" de los de Corinto) porque la fe en Cristo crea la caridad que es la realización de la comunión con Cristo. Así, estando unidos a Él, somos justos, y de ninguna otra forma. Por eso le pedimos a Dios que nos ayude a creer; y a amar.
El día 26 el Papa completa esta doctrina: Justificados por el don de la fe en Cristo, estamos llamados a vivir amando a Cristo en el prójimo. El amor cristiano es muy exigente porque brota del amor total de Cristo por nosotros. Las consecuencias de una fe que no se encarna en el amor son desastrosas porque se reduce al arbitrio y al subjetivismo. "Seremos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo en su vida mortal, el bien o el mal (2 Co 5,10). Es un pensamiento que debe iluminar cada día de nuestra vida. La ética cristiana no nace de un sistema de mandamientos, sino que es consecuencia de nuestra amistad con Cristo: nada ni nadie nos podrá separar nunca de su amor (Rm 8,39)
(22 de diciembre de 2008)
5. EL PECADO Y LA GRACIA
El amor que no sólo es sentimiento, pero tampoco es voluntad. Se puede "querer por amor", incluso a los enemigos, pero no es posible "amar por querer", porque el componente egoísta del "querer" es contradictorio con el darse del "amar".
El día 3 de diciembre nos hablaba el Papa del pecado tomando textos de san Pablo. En la historia de la Salvación el centro de la escena no se encuentra en Adán y en pecado original, sino en Cristo y la gracia que, mediante Él, ha sido derramada: "Pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rm 5,20). Dice el Papa: Nunca deberíamos tratar sobre el pecado de Adán y la humanidad separándolos del contexto de la salvación, es decir, sin situarlos en el horizonte de la justificación en Cristo. El pecado es una realidad concreta, visible para todos: el hombre sabe que debe hacer el bien e íntimamente también lo quiere hacer; pero al mismo tiempo siente otro impulso a hacer lo contrario, a hacer sólo lo que le agrada. ("Obro el mal que no quiero", Rm 7,19). La injusticia, la violencia, la mentira, la lujuria, son la prueba diaria de esta realidad. Tanto que ha llevado a decir "esto es humano" ante lo bueno, lo humanitario, y también para justificar que el mal es normal, es humano.
Junto a esa realidad del mal también existe la realidad del misterio. El primer misterio de la luz, en la fe, nos dice que en el hombre no hay dos principios (uno bueno y otro malo, se decía en la antigüedad), sino un solo principio: Dios creador, que es bueno y sin sombra de mal. Y tampoco hay una mezcla de bien y de mal (versión actual evolucionista y atea: el ser está abierto al bien y al mal, tiene un carácter mixto, sólo cuenta el propio interés), porque el ser como tal es bueno y es un bien existir, vivir. El misterio de la noche, del mal, no tiene la misma fuente que el ser, no es originario. El mal viene de una libertad que abusa. El mal es misterio porque no es lógico. Un nuevo misterio de luz señala que Dios es más fuerte. A la permanente fuente del mal Dios ha opuesto una fuente de puro bien: Cristo crucificado y resucitado. Está con y entre nosotros.
El día 10 de diciembre el Papa habla de esta presencia de Dios en, con y entre nosotros. El Espíritu de Cristo llama a las puertas de mi corazón. En el Bautismo de la Iglesia recibimos la fe. Nos dejamos formar por esta comunidad. Un cristiano autónomo, auto-producido, es una contradicción en sí mismo. Y la propia Iglesia vive el mismo proceso: sólo Cristo puede constituir la Iglesia. Cristo es el verdadero donante de los sacramentos. Llegar a ser cristiano es volver a nacer (muerte y resurrección) y es caminar en una vida nueva. En la Eucaristía Cristo se une personalmente a cada uno de nosotros y también al hombre y a la mujer que están a mi lado. La Eucaristía sin solidaridad con los demás es un abuso, dice el Papa. La Iglesia es un cuerpo. El Matrimonio es misterio de amor y tiene como modelo el amor de Cristo a la Iglesia. Dios con nosotros. ¡Querido Niño de Belén!
(23 de diciembre de 2008)
6. LA FE RAZONADA
Aunque parezca un contrasentido, fe es creer lo que no vemos, podemos racionalizar la Verdad revelada en la que creemos, comprendiendo que no es rechazable ni contraria a la razón, sino superior a lo que ésta puede alcanzar por sí misma. La catequesis ayuda a iniciarse y a avanzar en la fe. El día 7 de enero seguía la catequesis del Papa sobre san Pablo. Se refiere al culto espiritual y a tres textos de la "Carta a los Romanos".
- Considerando la expresión "instrumento de expiación" (Rm 3,25), señala que esa misteriosa fórmula evoca el "propiciatorio" del antiguo templo que en el día grande de la reconciliación -el "yom kippur"- era rociado con sangre de animales sacrificados lo que era expresión de los pecados del año pasado que se lanzaban al abismo de la bondad divina. Cristo, Hijo de Dios, haciéndose hombre, ha asumido en sí toda nuestra culpa. Cristo es "el propiciatorio" en que se pone en contacto la miseria humana y la misericordia divina; en su corazón se borra la masa triste del mal cometido por la humanidad y se renueva la vida. Así el culto real sustituye el simbólico.
- "Os exhorto a ofrecer vuestros cuerpos como sacrificio viviente... éste es vuestro culto espiritual" (Rm 12,1): se trata de honrar a Dios en la más concreta existencia cotidiana. Ese es el sacrificio "vivo", "santo" y "agradable a Dios". El hombre mismo se hace adoración, glorificación de Dios. Así se lee en el salmo 50: "Si tengo hambre no te lo diré porque mío es el mundo y cuanto contiene... Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza... No te agradan los sacrificios... un corazón contrito y humillado Tú no lo desprecias". Lo mismo se lee en las palabras de Azarías en medio del fuego: "No tenemos... jefe... ni holocausto... para presentarte primicias y obtener misericordia. Podemos ser acogidos con corazón contrito y con el espíritu humillado..." (Libro de Daniel 3,38). En la comunión de Cristo. realizada con fe y en los sacramentos, a pesar de nuestra insuficiencia, nos hacemos sacrificio viviente, "culto verdadero". Como dice San Agustín: "Este es el sacrificio de los cristianos: siendo muchos somos un solo cuerpo en Cristo... Toda la comunidad redimida, la congregación y la sociedad de los santos, se ofrece a Dios mediante el Sumo Sacerdote que se ha dado a sí mismo" (Ciudad e Dios, 10.6)
- Dice san Pablo: "La gracia que me ha sido dada por Dios... de ser sacerdote del evangelio de Dios para que los paganos se hagan oblación agradable, santificada por el Espíritu Santo" (Rm 15,15). Y enseña el Papa: san Pablo interpreta su acción misionera como acción sacerdotal en la preparación del verdadero sacrificio y la meta de la misión es la litúrgica cósmica, esto es: que los pueblos unidos en Cristo, el mundo, se haga gloria de Dios "oblación agradable, santificada en el Espíritu Santo". En comunión con Cristo, el mundo se hace espejo del amor divino.
(22 de enero de 2009)
7. NUESTRA FUERZA
Decía el Papa en su catequesis "paulina" del día 14 de enero: "si estamos unidos a Cristo no debemos temer a ningún enemigo, pero esto significa también que debemos permanecer bien unidos a él, sin soltar presa". Y añadía: "no existe, por una parte, el gran mundo material y por otra, esta pequeña realidad de la historia de nuestra Tierra, el mundo de las personas: todo es uno en Cristo. Esto lo recuerda san Pablo: "en Él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles" (Col 1,16); y también ese es el proyecto de Dios: "recapitular en Cristo todas las cosas, las del cielo y las de la tierra" (Ef 1,10).
También en el misterio reside nuestra fuerza. Unas veces se habla del "misterio de la voluntad" de Dios (Ef 1,9), otras del "misterio de Cristo" (Ef 3,4; Col 4,3) e incluso del "misterio de Dios que es Cristo, en el cual están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Col 2, 2-3). Dice el Papa: "si estamos con Cristo, aunque no podamos comprender intelectualmente todo, sabemos que estamos en el núcleo del "misterio" y en el camino de la verdad. En Cristo toma forma la "multiforme sabiduría de Dios" (Ef 3,10) ya que en Él "habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad" (Col 2,9). Y añade el Papa: No es que Dios no haya dejado huellas de su paso, puesto que el mismo Cristo es huella de Dios, su impronta máxima; sino que uno se da cuenta de "cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad" de este misterio que "sobrepasa todo conocimiento" (Ef 3,19). Reconociendo que muchas cosas están más allá de nuestras capacidades racionales, debemos confiar en la contemplación humilde y gozosa no sólo de la mente, sino también del corazón. El amor comprende mucho más que la sola razón.
Y concluye el Papa: "Si empezamos a entender que el cosmos es la huella de Cristo, aprendemos nuestra relación recta con el cosmos, con todos los problemas de su conservación. Aprendemos a verlo con la razón, pero con una razón movida por el amor, y con la humildad y el respecto que permiten actuar de forma correcta. Y si pensamos que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, que Cristo se ha dado a sí mismo por ella, aprendemos cómo vivir con Cristo el amor recíproco, el amor que nos une a Dios y que nos hace ver al otro como imagen de Cristo, como Cristo mismo"
El amor es nuestra fuerza. El amor que recibimos del Amor. El amor del Amor que nos rebosa y que nos hace amar la obra de Dios y a los hijos de Dios que son los que están junto a nosotros. Los amamos según "el mandamiento nuevo" como amamos a Dios, porque nuestro amor ya no es el querer de los humanos, sino el amor del Amor que Él nos da primero para que le amemos a Él y para que amemos por Él y con Él a los otros. Es un amor inmenso porque es el amor del Amor absoluto. Es un amor, un darse, a veces fácil en el amor que seduce por la armonía de las imperfecciones; a veces difícil cuando haya que querer por amor.
(10 de febrero de 2009)
8. FAMILIA DE DIOS
El 28 de enero se refirió el Papa a las llamadas "cartas pastorales", que son las epístolas dirigidas por san Pablo a Timoteo, dos, y a Tito. De Timoteo escribió san Pablo: "Pues a nadie tengo de tan iguales sentimientos que se preocupe sinceramente de vuestros intereses (Flp 2,20). Según Eusebio de Cesarea (siglo IV), Timoteo fue el primer obispo de Éfeso. De Tito escribió san Pablo: "lleno de celo... mi compañero y colaborador" (2 Co 8, 17-23) y "mi verdadero hijo en la fe" (Tt 1,4). Fue obispo de Cesarea (Tt 1,5)
En la carta a Timoteo, san Pablo se muestra como quien ha obtenido misericordia, porque Jesucristo "quiso manifestar primeramente en mí toda su paciencia para que yo sirviera de ejemplo a los habían de creer en él para obtener la vida eterna". Y comenta el Papa: "lo esencial es que realmente en san Pablo, perseguidor convertido por la presencia del Resucitado, se manifiesta la magnanimidad del Señor para liento nuestro, a fin de inducirnos a esperar y confiar en la misericordia del Señor que, a pesar de nuestra pequeñez, puede hacer cosas grandes"
En la epístola a Timoteo se hacen dos llamadas. La primera, a la lectura espiritual de la Sagrada Escritura (2 Tm 3, 14-17): se lee la Escritura correctamente poniéndose en diálogo con el Espíritu Santo, para sacar de ella luz "para enseñar, convencer, corregir y educar en la justicia" (2 Tm 3,16). "Así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena" (2 Tm 3, 17). La segunda llamada se refiere al "depósito", la tradición en la fe apostólica que hay que conservar con la ayuda del espíritu Santo que habita en nosotros. Escritura y Tradición, escritura y anuncio apostólico, se unen para formar juntas el "fundamento firme puesto por Dios" (2 Tm 2,19). La comunidad cristiana va configurándose en términos muy claros según una identidad que no sólo se aleja de interpretaciones incongruentes, sino que sobre todo afirma su propio arraigo en los puntos esenciales de la fe, que aquí es sinónimo de verdad. En la fe aparece la verdad esencial de quiénes somos, quién es Dios, cómo debemos vivir. Y de esta verdad (la verdad de la fe) la Iglesia se define "columna y apoyo" (1 Tm 3,15). Es una comunidad universal que reza por todos los hombres para que lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tm 2, 4-6)
En las cartas pastorales aparece la estructura ministerial de la Iglesia: el obispo (siempre en singular), los presbíteros y los diáconos. Son los orígenes de lo que se llama sucesión apostólica. Y así a lo esencial de la estructura católica, Escritura y Tradición, a esa estructura doctrinal, se añade la estructura personal: los sucesores de los apóstoles son testigos del anuncio apostólico. La Iglesia se comprende a sí misma como casa y familia. El obispo se considera padre de la comunidad cristiana (1 Tm 3,15). Los cristianos, "familia de Dios", pedimos por la tierna y firme paternidad de nuestros pastores.
(11 de febrero de 2009)
9. VIDA EN CRISTO
Es buena guía de oración el himno de la Carta a los Efesios: Dios me ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales; me eligió en la persona de Cristo antes de crear el mundo para que fuera santo ante Él por amor; que me destinó en la persona de Cristo, por su propia iniciativa, para ser su hijo, para que la gloria de su gracia que tan generosamente me ha concedido en su querido Hijo redunde en alabanza suya. Por su medio hemos heredado también nosotros... ¿Cómo no vivir continuamente junto a Cristo?. ¿Cómo no tener continuamente la sensación de ser hijo de Dios?. ¿Cómo traicionar a tal derroche de gracia, a tal abundancia de amor del Amor?
No era una Audiencia General, pero en la Homilía del día 2 de febrero, en la XIII Jornada de la vida consagrada, el Papa se refirió continuadamente a san Pablo. Y empezó así: "Hago mías las palabras del Apóstol: Doy gracias a Dios cada vez que me acuerdo de vosotros a causa de la colaboración que habéis prestado al Evangelio, desde el primer día hasta hoy (Flp 1, 3-5)". La vida consagrada es una vida en Cristo cercana, íntima. Las clausuras son bancos de gracia en los que diariamente debemos depositar nuestras oraciones. Y en la vida contemplativa en el mundo debemos sentir la fuerza que nos hermana en ese seguir a Cristo. "Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo" (1 Co 11,1). Y el Papa nos recuerda lo que san Pablo escribió a los de Filipos: "Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia" (Flp 1,21)
Otro aspecto fundamental de la vida de san Pablo es la "misión": "Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos" (1 Co 9,22). Nos urge la llamada al apostolado, de la oración, del ejemplo, de la valentía en la confesión de nuestra fe, de la confidencia amistosa para compartir la alegría de vivir en Cristo. Y no nos puede faltar la confianza: "Te basta mi gracia, pues mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza" (2 Co 12,9). Viviendo en Cristo, siguiendo su modelo de vida, errando y rectificando, cayendo y levantándonos con su gracia que nunca nos falta, se cumple la misión ineludible del cristiano.
Como dice el Papa: "San Pablo vive “para”, “con” y “en” Cristo: Estoy crucificado con Cristo y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 19-20)". Por eso recuerda el Papa la instrucción: "cada mañana el contacto vivo y constante con la Palabra que se proclama ese día, meditándola y guardándola en el corazón como un tesoro, convirtiéndola en la raíz de todos sus actos y el primer criterio de sus elecciones" (L´Observatore Romano, 13 de junio de 2008)
"Guardándola en su corazón". Para un cristiano oír esas palabras es sentir el salto del corazón hasta la cercanía de nuestra Madre. El Papa acaba con su recuerdo: que ella sea la madre que nos acompañe y sostenga a nosotros, hijos de Dios e hijos suyos, en el servicio generoso a Dios y a los hermanos".
(16 de febrero de 2009)
10. EL COMPROMISO
Es necesario reflexionar sobre las cosas ordinarias, sobre la rutina de lo cotidiano. Se descubren aspectos inesperados y se reciben lecciones provechosas. A veces se siente una especie de satisfacción cuando descubre el interés de tantos por oír o por leer sobre la vida cristiana. Esa sensación anima a seguir como el sembrador cree que la simiente cae en buena tierra y no repara en lo pedregoso del terreno o en los espinos que crecen aquí y allá. La curiosidad se disfraza de atención en muchas ocasiones; en otros sólo existe el interés por adquirir información para parecer a los demás lo que no se procura ser, para presumir cuando convenga de lo que nada tiene que ver con la propia vida; incluso para los que se ven tocados en el corazón al oír o al leer, esa sensación dura bien poco. No hay compromiso. No se puede exigir el compromiso. Sólo queda rezar.
El día 4 de febrero terminó el Papa su catequesis sobre san Pablo. Los Hechos de los Apóstoles terminan su relato con Pablo prisionero, pudiendo recibir a los que lo visitaban (Hch 28, 30-31). En la Carta a Timoteo se lee una premonición: "Porque estoy a punto de ser derramado en libación, y ha llegado el momento de desplegar las velas" (2 Tm 4,6). El primer testimonio explícito de la muerte de san Pablo es de mediados de los años 90, está en la carta que la Iglesia de Roma, por su obispo Clemente I, escribe a la de Corinto: "... Tras haber predicado la justicia en todo el mundo y tras haber llegado hasta el extremo de Occidente, sufrió el martirio ante los gobernantes; así partió de este mundo y llegó al lugar santo, convertido así en modelo de paciencia" (1 Clem 5,2). Vienen al recuerdo oraciones de cada día: "Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos dormidos, para que despertemos en Cristo y descansemos en paz. Amén". Y en el rezo de Completas: "Dame Señor una noche tranquila y una muerte santa"
En siglo IV, escribe sobre Nerón Eusebio de Cesarea: "Durante su reinado Pablo fue decapitado precisamente en Roma, y Pedro fue crucificado... (su nombre) aún hoy se conserva en sus sepulcros de esa ciudad" (Hist. eccl 2,25). Y se refiere a la declaración anterior de un presbítero romano, Gayo, a principios del siglo II: "Yo te puedo mostrar los trofeos de los apóstoles: si vas al Vaticano o a la vía Ostiense...". Dos tradiciones precisan más: el martirio tuvo lugar en las "Aquae Salviae" en la vía Laurentina, con triple rebote de la cabeza que causaron la salida de un chorro de agua dando lugar a las "Tre Fontane" (Hechos de Pedro y Pablo del Pseudo Marcelo, siglo IV); la sepultura tuvo lugar "en la segunda milla de la vía Ostiense... en la hacienda de Lucina (Pasión de Pablo del Pseudo Abdías, del siglo IV). Aquí Constantino erigió una primera iglesia.
El primer comentario patrístico conocido es el del teólogo alejandrino Orígenes. San Juan Crisóstomo escribió sus 7 panegíricos. Y termina la catequesis: "esta novedad paulina es la fidelidad más profunda al anuncio de Jesús". Compromiso.
(17 de febrero de 2009)
11. LAS CADENAS APOSTÓLICAS
La lectura frecuente y reiterada de las cartas de los Apóstoles nos permite descubrir aspectos que con menos atención pasarían desapercibidos. Las "cadenas" son verdaderas guías de oración y en el camino con y hacia Cristo. Éstas son algunas.
"También nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce la paciencia; la paciencia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Una esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado" (Rm 5, 3-5)
"... honrando cada uno a los otros más que a sí mismo; diligentes en el deber, fervorosos en el espíritu, servidores del Señor; alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación; constantes en la oración; compartiendo las necesidades de los santos, procurando practicar la hospitalidad" (Rm 12, 10-13)
".. trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen y bendecimos, nos persiguen y lo soportamos, nos ultrajan y respondemos con bondad. Hemos venido a ser hasta ahora como la basura del mundo, el desecho de todos" (1 Co 4, 12-13)
"Mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es el día de la salvación. A nadie damos motivo alguno de escándalo... como impostores, siendo veraces; como desconocidos, siendo bien conocidos; como moribundos y ya veis que vivimos; como castigados, pero no muertos; como tristes, pero siempre alegres; como pobres, pero enriqueciendo a muchos; como quienes nada tienen, aunque poseyéndolo todo" (2 Co 6, 2 y 8-10)
"Podéis estar seguros: Si morimos con él, viviremos con él; si perseveramos, también reinaremos con él; si lo negamos, también él nos negará; si no somos fieles, él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo" (2 Tm 11-13)
"Debéis poner de vuestra parte todo esmero en añadir a vuestra fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al conocimiento la templanza, a la templanza la paciencia, a la paciencia la piedad, a la piedad el amor fraterno, al amor fraterno la caridad. Porque si tenéis estas virtudes y crecen vigorosamente en vosotros, no quedaréis inoperantes e infecundos en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo" (2 Pe 1, 5-8)
"Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios, de los que son llamados según su designio. Porque a los que de antemano eligió también predestinó para que lleguen a ser conformes con la imagen de su Hijo a fin de que él sea primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó también los llamó, y a los que llamó también los justificó y a los que justificó también los glorificó" (Rm 8, 28-30)
(25 de febrero de 2009)
12. CONVERSIÓN
El pasado día 25 de febrero, miércoles de ceniza, recorrió el Papa la primera estación cuaresmal desde la iglesia de san Anselmo a la basílica de santa Sabina en el Aventino. Y en la homilía recordó que la conversión es el tema dominante de la liturgia del día: "Convertíos a mí de todo corazón... porque Dios es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad, y se arrepiente de sus amenazas" (Jl 2, 12-13). En el evangelio, Jesús, poniéndonos en guardia contra la carcoma de la vanidad que lleva a la ostentación y a la hipocresía, a la superficialidad y a la autocomplacencia, reafirma la necesidad de alimentar la rectitud del corazón. Para crecer en esta pureza de intención el medio es cultivar la intimidad con el Padre celestial.
Y, en este año jubilar, el Papa recuerda textos paulinos: "En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios" (2 Co 5,20). ¿Quien mejor que san Pablo para ayudar a recorrer fructuosamente el itinerario interior de la conversión?
San Pablo se sabe elegido como ejemplo referido a la conversión, a la transformación de la vida por el amor misericordioso de Dios: "Yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un violento, pero Dios tuvo compasión de mí... Y la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí" (1 Tm 1, 13-14) Toda su predicación y su existencia misionera estuvieron sostenidas por un impulso interior, experiencia fundamental de la gracia: "Por la gracia de Dios soy lo que soy... He trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo" (1 Co 15,10). Reconoce que todo en él es obra de la gracia divina.
Oración. Limosna. Ayuno. Los tres medios útiles que indica el Señor en el evangelio del día, encuentran eco en las palabras paulinas. Respecto de la "oración" exhorta a "perseverar" y a "velar en ella, dando gracias" (Rm 12,12; Col 4,2), a orar sin interrupción". Y el Papa dice: "Jesús está en el fondo de nuestro corazón. La relación con Dios está presente, permanece presente aunque estemos hablando, aunque estemos realizando nuestros deberes profesionales. Sobre la "limosna" el Papa considera conveniente subrayar que para san pablo la caridad es la cumbre de la vida del creyente, el "vínculo de la perfección": "Por encima de todo esto revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección" (Col 3,14). Y respecto del "ayuno" el Papa recoge el texto de san Pablo: "Los atletas se privan de todo; y eso por una corona corruptible; nosotros, en cambio, por una incorruptible" (1 Co 9,25). Y añade el Papa: "Para estar realmente unidos a Dios, debemos vivir en su presencia, estar en diálogo con Él".
San Pablo recomienda: "La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría; cantad agradecidos a Dios en vuestro corazón con salmos, himnos y cánticos inspirados". Y acaba el Papa: "abramos nuestro corazón a la acción vivificadora a la Palabra de Dios".
(15 de marzo de 2009)
III. LAS CARTAS DE PEDRO
LAS CARTAS DE PEDRO
Pedro es un apóstol cercano a todos. Espontáneo, sin doblez, con reacciones naturales. Se llena la memoria de recuerdos: desde su vocación hasta las tres negaciones en la última noche de Jesús entre nosotros; desde su amor "precipitado" que se anticipa a todos proclamando la divinidad de Jesús, que no puede admitir el anuncio de la Pasión de Jesús, que no puede dejar de exclamar "¡Qué bien se está aquí!" en la visión de la Transfiguración, que se niega a lavatorio de sus pies por Jesús en el Cenáculo, que pretende defender a espada el prendimiento de Jesús en Getsemani, hasta la triple exigencia de amor que Jesús le hace y a la que Pedro responde con la humildad de quien sabe que es Dios el que le reclama amor: "Señor Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo". Estar unido a Pedro es el camino seguro para seguir Jesucristo y para alcanzar el gozo de la eternidad con Dios. "Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!", es nuestra jaculatoria. Dos son las cartas de san Pedro que se incluyen en el Nuevo Testamento.
- La primera la escribió entre los años 57 y 58 y el año de su martirio. Y empieza con un texto que parece un "himno": "Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo que por su gran misericordia nos ha engendrado de nuevo -mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos- a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada y que no se marchita, reservada en los cielos para vosotros, que, por el poder de Dios, estáis custodiados mediante la fe hasta alcanzar la salvación preparada ya para ser manifestada en el tiempo último" (1 Pe 1, 3-5)
Y sigue así: "Pero vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido en propiedad, para que pregonéis las maravillas de Aquel que os llamó de las tinieblas a su admirable luz" (1 Pe 2,9)
Y termina con palabras de consuelo: "Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros. Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario, el diablo, como un león rugiente, ronda buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos dispersos por el mundo, soportan los mismos padecimientos. Y, después de haber sufrido un poco, el Dios de toda gracia, que os llamado en Cristo a su eterna gloria, os hará idóneos y os consolidará, os dará fortaleza y estabilidad" (1 Pe 5, 7-10)
- La segunda carta se debió redactar en Roma después del año 60. Además de una "cadena" sobre las virtudes cristianas, contiene una esperanzadora referencia al final del tiempo: "Pero hay algo, queridísimos hermanos, que no debéis olvidar: que para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. No tarda el Señor en cumplir su promesa, como algunos piensan; más bien tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos se conviertan" (2 Pe 3, 8-9)
(26 de febrero de 2009)
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