lunes, 12 de febrero de 2018

DE UN CRISTIANO (2013 /2014)

(1) TIEMPO ORDINARIO (20.09.13)

Para el que no cree en Dios, para el que no quiere creer, puede ser inútil la prueba desde la razón de la existencia y de la naturaleza de Dios, inmenso, eterno. Con la razón se puede confirmar nuestra experiencia personal y exponer argumentos que la hacen razonable y no absurda. A Dios se llega por la fe que es un don que se nos da y respecto del que somos libres en su acogida y adhesión. En Dios, por la fe recibida y acogida, se vive. La fe acogida es vivir sabiendo que Dios está con cada uno, cerca y continuamente. La fe acogida nos lleva a interesarnos por conocer más de Dios y, como Hijo de Dios, de Jesucristo, Dios hecho hombre, que vivió entre los hombres como maestro y modelo y que murió crucificado para abrirnos la puerta del cielo. La fe acogida nos permite creer que Jesús, Dios hecho hombre, resucitó y también que se quedó con nosotros en la Eucaristía. Nos espera y estamos con Él cuando le visitamos en el Sagrario. Comulgar es unirnos física e íntimamente a Dios hecho hombre. Y, así, en esa vivencia, descubrimos que esa presencia de Dios es prueba de su amor infinito por nosotros, por cada uno de nosotros. Descubrimos que Dios es amor.

Así ya es más fácil entender la vida del cristiano. Todos tenemos la experiencia personal del amor y triste sería acabar una vida sin tenerla. Desde el amor a la madre al amor a la persona con la que algunos compartimos gran parte de nuestra existencia; desde lo que se conoce como primer amor, aunque sólo fuera el despertar de la atracción por la belleza, a la pasión pasajera tardía que parecía incontrolable; desde el amor intelectual que nació del atractivo de la sabiduría al amigo íntimo que siempre está junto a nosotros. En todas esas experiencias descubrimos a lo largo de la vida que el amor es darse uno mismo para hacer feliz a otro. Ahí acaba la errónea consideración de que la obsesión del cristiano debe ser sólo no pecar. Sería una vida negativa, llena de limitaciones y temores. Pero no es así. El cristiano vive su fe amando a Dios, recibiendo amor de Dios y rebosando ese amor en todos: los cercanos, los amigos, los desconocidos y los que no nos aman. La frase de san Agustín: “Ama y haz lo que quieras” no es la justificación para regirse por el propio capricho, por el propio interés, sino que ese “ama”, a Dios y a todos en Él, es la garantía de que nuestro amor excluirá el egoísmo que es amarme yo por encima de todo y de todos. Y, como en el oro, el “fiel contraste” para cada ocasión: “Dios mío ¿te parece bien? Porque te amo a mí también”.

(2) TIEMPO ORDINARIO (27.09.13)

Entre los que creen en Dios, unos viven sintiendo su presencia, se relacionan con él, se encomiendan a su protección, le piden, le dan gracias, a veces le protestan, otras le plantean sus dudas. Otros creen, pero aparcan a Dios como algo ajeno a su vida. Algunos consideran que es posible que exista Dios, pero no encuentran un camino razonable que les convenza de esa existencia. Y hay quien considera que Dios no existe.

Pero Dios, que es Amor, en todos los casos, está siempre al lado de todos y cada uno. A todos y a cada uno, ofrece el don de la fe y las fuerzas necesarias para vivirla, para mantenerla y aumentarla. La conciencia de cada uno decide libremente: atender a esa presencia, acoger o no ese don, vivir de acuerdo con ese Dios cercano que nos ama y correspondiendo a ese amor; o someter la fe a los límites de nuestra razón condicionando su existencia y su obrar a lo que a cada uno nos parece que debía ser y hacer. La alegría de la fe acogida que permite vivir en tan amorosa compañía y tener la esperanza cierta de que esa situación será así para siempre después del trance de la muerte, lleva al creyente a comunicarla a todos para que todos sepan el porqué de su alegría y a pedir a Dios que todos puedan tenerla. Y por ese motivo es natural que se pregunte a menudo si comunica su fe con su vida o si debe rectificar y que rece para que la fe arraigue, crezca y dé fruto en todos los que aún no la han acogido. ¿Lo hago yo?

(3) TIEMPO ORDINARIO

El encuentro con Dios por la fe acogida trasforma la vida del creyente que, así, es consciente de la presencia permanente de Dios con él y en él. No cambia su vida ordinaria que sigue el ritmo habitual de siempre: el trabajo, los desplazamientos, los inevitables trámites; las relaciones familiares, con amigos, con compañeros; los momentos de alegría, las preocupaciones, los sinsabores; el tiempo de diversión o de descanso. Un día tras otro, semanas, meses, con muchas referencias iguales o semejantes. Pero todos los instantes que conforman la vida adquieren un sentido diferente cuando se viven con un Dios cercano que se siente, al que se puede hablar, comentando lo que ocupa y lo que preocupa, al que se puede pedir sabiendo que Dios escucha, del que se sabe que se alegra con nuestras cosas buenas y que nos puede ayudar a dar sentido a lo que nosotros no lo encontramos. Recuerda san Pablo en su epístola a los romanos (Rm 8,28) que “sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios”.

Se podría pensar que vivir la presencia de Dios exige hacer cosas raras o extraordinarias, pero una vez más la propia experiencia amorosa personal –el amor de la madre a sus hijos; el amor a la persona amada, al amigo fiel- demuestra que no es así. No hay nada que pueda alejarnos del pensamiento en la persona amada. Dios es el Amor y nuestro amor. Y ese amor se manifiesta en los detalles por pequeños que sean. ¿Y yo?

(4) TIEMPO ORDINARIO

El cristiano que vive su fe no es un ser aislado frente a su Dios. El cristiano que vive su fe cree en la Iglesia y cree en la Comunión de los santos. Y vive sabiendo que el amor recibido de Dios es un amor que se desborda de su alma y que se debe dar a todos y a todo lo creado que es obra de Dios. “La Iglesia es el Pueblo de Dios porque Él quiso santificar y salvar a los hombres no aisladamente, sino constituyéndolos en un solo pueblo, reunido en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, nº 153).

“La expresión “comunión de los santos” designa también la comunión entre las personas santas (“sancti”), es decir, entre quienes por la gracia están unidos a Cristo muerto y resucitado. Unos viven aún peregrinos en este mundo; otros, ya difuntos, se purifican, ayudados también por nuestras plegarias; otros, finalmente, gozan ya de la gloria de Dios e interceden por nosotros. Todos juntos forman en Cristo una sola familia, la Iglesia, para alabanza y gloria de la Trinidad” (CCIC nº 195).

De este modo, el cristiano que ha acogido la fe y la realiza en su vida ordinaria, cada uno en su estado y en su profesión, descubre que sus sentimientos, sus actos y sus plegarias se proyectan más allá de sí mismo porque los vive en la presencia de Dios. Y esa sola convicción le hace convivir, trabajar, descansar, con alegría. Incluso en los momentos difíciles, cuando ofrece su sufrimiento o sus preocupaciones, el cristiano que vive su fe encuentra la paz de la esperanza y el gozo de la caridad.

El amor de Dios: la buena medida generosa, remecida, rebosante que recibimos (Lc. 6,38)

(5) TIEMPO ORDINARIO

El problema del legislador también se plantea a veces a los maestros escolares. Intentaba explicar uno qué era la eternidad. Y empezaba así: “Pensad que esta pizarra fuera inmensa, sin los límites del marco de madera”. Las caras de los alumnos le impidieron seguir. Intentó otras alternativas: el mar si no tuviera la raya del horizonte, el cielo si no existiera la tierra... “Pensad en el vacío del pensamiento antes de pensar nada. Sí, como tú cuando dices que te has quedado en blanco”. La sonrisa general abrió la puerta del argumento. “Ese espacio sin límites ni por arriba, ni por abajo, ni a los lados, que no empieza ni acaba, es la eternidad. ¿Y nosotros, y la tierra y las galaxias, dónde estamos? Ahora abrimos un paréntesis dejamos un espacio y lo cerramos. Ahí dentro estamos. En nuestra historia de siglos, pero siempre limitada, el paréntesis está dentro de la eternidad. De él salen las almas al morir. Y como en la eternidad no hay ahora ni antes ni después, podemos decir, sólo para entendernos, que de él salen los cuerpos gloriosos que están con Dios para siempre, indefinidamente...”

El cristiano que ha acogido la fe participa de lo eterno. Sabe que en Dios, eterno, inmenso, creador, se mantiene la existencia de todo lo creado. Sabe que Dios se ocupa de cada uno, lo cuida amorosamente, como hijos suyos que somos: como hijos de Dios. Sabe que Él está a nuestro lado, en nuestro descanso y en nuestro trabajo, en las alegrías y en las penas. El cristiano que ha acogido la fe en su vida, sabe que puede hablar con Dios, eterno, que lo escucha. Por ese motivo el cristiano que vive la fe acogida no se siente solo nunca. Y confía en Dios que conoce lo que cada uno necesita y lo que nos conviene para conseguir llegar a la meta de una vida junto a Él para siempre. “Creo en la resurrección y en la vida eterna”, profesamos en el credo. Vivir en Dios es recibir de Él, en gracias, cien veces más en esta vida, con persecuciones, y heredar la vida eterna (Mt 20,29; Mc 10,30; Lc 18,30). No hay mayor rentabilidad. Un negocio “divino”.

(6) TIEMPO ORDINARIO

Hay historias que pueden tener mucho de fantasía, pero que sirven para encontrar la trascendencia de la tarea ordinaria de cada día. Se trata de hacer bien lo que se debe hacer en cada momento de nuestra vida: cuando trabajo, trabajo; cuando descanso, descanso; con los amigos y con los que no lo son; y, desde luego, con Dios que está a nuestro lado, que nos aconseja, que nos anima y que disfruta viendo cómo procuramos aplicarnos en hacer bien lo que estamos haciendo. Dios que es amor, es Dios con nosotros y se interesa por nuestra vida, por nuestras necesidades, por nuestras inquietudes, por nuestras alegrías y por nuestras penas.

También esas historias que pueden tener mucho de fantasía permiten pensar en que podían haber ocurrido de otro modo. Un aparente éxito profesional sin esfuerzo podría llenar de orgullo y llevar a dejar de hacer lo que se debía. La perspectiva de un trabajo aparentemente imposible de realizar, podría haber producido el desánimo y una finalización inadecuada. También en casos así ser conscientes de la presencia de Dios con nosotros y confiar en su amor y en su ayuda, permite ver y decidir con claridad lo que debemos hacer, sin desánimo y con la alegría del niño que trabaja junto a su padre.

Y esas historias que pueden tener mucho de fantasía permiten pensar en la trascendencia de hacer bien nuestro trabajo: en su consideración social, como testimonio y, desde luego, porque así debemos compartir con todos el amor que recibimos de Dios. La amabilidad, la comprensión, son manifestaciones de ese amor que nos desborda.

(7) TIEMPO ORDINARIO

Cuando se trata de vivir en Cristo, siguiendo su ejemplo, sintiendo su presencia, atendiendo a sus sugerencias, confiando en su ayuda, buscándole como consuelo, todo lo que hay que hacer o no hacer encuentra sentido y fundamento. Vivir la fe acogida se resume en recibir el amor de Dios, llenar de él nuestra alma y trasladar a los demás ese amor que nos desborda en su abundancia. Porque es así, procuramos hacer lo que se debe y hacerlo bien dentro de nuestras posibilidades. Y, llena de amor divino nuestra vida, esa trascendencia alcanza a cercanos y lejanos, a conocidos y desconocidos, porque todos somos destinatarios del amor de Dios.

Si ese es el fundamento, la amabilidad es el sentido que debemos dar a nuestra relación con los demás. En el trabajo, en la familia, en las relaciones, la amabilidad genera comprensión, acogida, consideración, respeto, dulzura y suavidad, tratar como quisiéramos ser tratados, y aún mejor, aunque no seamos correspondidos. La amabilidad lleva a usar las palabras, a hacer o no hacer lo que pensamos que ayuda al otro o que no le molesta. Ser amable es incompatible con utilizar a los otros para nuestro interés o para nuestro gusto y mientras nos conviene. Y aunque pueda ser lo que más cuesta, ser amable lleva a los silencios, en la crítica, en la discusión, que frenan nuestro egoísmo y nuestra soberbia. Y, sobre todo, la amabilidad da también sentido a pedir perdón o a ofrecer disculpas cuando no lo hemos hecho bien.

Así es la vida del cristiano que experimenta el amor de Dios porque “ni muerte, ni vida, ni ángeles ni principados, ni presente ni futuro, ni potencias, ni altura ni profundidad, ni criatura alguna, puede apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo nuestro Señor” (Rom 8, 38-39)

(8) TIEMPO ORDINARIO

No existe la diferencia entre amar y amar efectivamente, porque amar es darse, compartir, vivir en, con y para el ser amado. El amor es permanente y se manifiesta en los pensamientos, en los deseos y en los actos hasta, y desde luego, en los detalles. El amor llega más allá de la muerte y la mejor prueba es el recuerdo de los seres queridos que nos acompaña y el deseo de estar a su lado eternamente. El amor lleva a la propia exigencia de portarnos mejor cada día con el ser amado y convierte en dolor de amor el reconocimiento de nuestros olvidos, nuestras omisiones o nuestro mal proceder. El amor nos urge a amar más y mejor porque sólo deseamos el bien, la felicidad, del ser amado.

Dios es amor (1 Jn 4,8 y 16). Nos ama porque Dios Padre piensa en cada uno de nosotros antes de la creación del mundo (Ef 1,4), porque nos quiere como hijos suyos ¡y lo somos! (1 Jn, 3,1), porque quiere que seamos santos (Ef 1,4). Dios nos ama porque el Hijo de Dios nos redimió y por él se nos perdonan (Ef 1,7) nuestros errores, nuestras deficiencias, nuestros fallos en el amor que le debemos. Dios nos ama porque el Espíritu Santo, Dios, es prenda de nuestra herencia (Ef 1,14). Y debemos estar alegres porque nuestros nombres están escritos en el cielo (Lc 10,20). Nosotros amamos porque Dios nos amó primero (1 Jn, 4,19). Porque esa creencia está en la fe acogida por los cristianos, la vida es un recibir para dar, es llenarse del amor de Dios que se desborda en el amor que hay que dar a los cercanos y a los que están lejos, físicamente o en sus pensamientos y acciones. Así es y así debe ser “efectivamente”.

(9) TIEMPO ORDINARIO

La lealtad, de “legalidad”, significa cumplir con la palabra dada, con los compromisos contraídos. Supone una referencia externa de contraste: la ley, el contrato, el pacto. Ser desleal va desde el mero incumplimiento a la traición. La fidelidad, de “fe”, referida al amigo, al amado, es esencialmente íntima y abarca desde las intenciones a las acciones y omisiones. La infidelidad va desde el engaño al dolo fraudulento. En la lealtad y en la fidelidad no cabe el “mientras me conviene”, ni tampoco aquellas cláusulas mercantiles “a prueba o ensayo”. El amor es voluntad, sin cansancio ni descanso, de procurar la felicidad del amado.

Dios que es el Amor nos ama desde el principio, antes de la creación, durante nuestra vida, cada instante, y nos espera para estar con Él y en Él para siempre, porque somos hijos. Sentirnos hijos de Dios es tener la seguridad de su amor. Vivir en la presencia de Dios es vivir dando sentido sobrenatural a todos los acontecimientos de nuestra vida, aunque algunos no podamos comprenderlos. Se expresa bien en el salmo 138, en la numeración de la Vulgata: “Señor, Tú me examinas y me conoces. Tú sabes cuando me siento y levanto. Penetras desde lejos mis pensamientos. Camine o descanse, Tú lo adviertes, todas mis sendas te son familiares. Pues aún no está una palabra en mi lengua, y ya, Señor, la conoces toda. Me aprietas por detrás y por delante, en mí tienes puesta tu mano. Misterioso es para mí este saber; demasiado elevado, no puedo alcanzarlo. ¿Adónde alejarme de tu espíritu? ¿Adónde huir de tu presencia? Si subo al cielo, allí estás Tú; si bajo hasta el abismo, allí te encuentras. Si monto en las alas de la aurora y habito en los confines del mar, también allí me guiará tu mano, me sujetará tu diestra. Si digo: “Que al menos me cubran las tinieblas y la luz se haga noche en torno a mí”, tampoco las tinieblas son para ti oscuras, pues la noche brilla como el día, las tinieblas, como la luz... Examíname, Dios mío, y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis pensamientos. Mira si voy por mal camino y guíame por el camino eterno”.

Ser cristiano es acoger la fe que se nos ha dado: sentirnos hijos, hijos de Dios, que se saben amados con el mayor amor que pueda existir. Es vivir la fe en la vida ordinaria, cada día. Con naturalidad, porque el amor recibido que nos rebosa, está en nuestro trabajo, en nuestro descanso, en nuestra relación con los otros, que son hijos del mismo Padre amoroso, hermanos de Cristo y protegidos del Espíritu Santo.

(11) TIEMPO ORDINARIO

El cristiano que acoge el don de la fe encuentra una guía segura para su vida: “Todo lo que queráis que hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos” (Mt 7,12, Lc 6,31). Y también: “No juzguéis para no ser juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis se os juzgará y con la medida que midáis se os medirá” (Mt 7,1-2, Lc 6,37). Y más: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperad nada por ello” (Lc 6,35). Y así se puede seguir: sed misericordiosos, perdonad y seréis perdonados...

La vida, todos los momentos de la vida, se llenan del amor que recibimos de Dios, que es Amor, y que nos rebosa derramándose en el amor a todos. “Amontonad tesoros en el cielo... Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6, 20-21)

En la tarea diaria, no estamos solos: Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá... Bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis. Todo en el Evangelio es una “buena noticia”, que eso quiere decir la palabra.

(12) ADVIENTO

La vida del cristiano es milicia, disciplina, lucha, casi siempre con uno mismo. Y, así, cada día tiene su afán. Se trata de tener la “determinada determinación” de progresar hacia la meta que es alcanzar una vida para siempre en y con Dios. El cristiano conoce de obstáculos, desánimos y caídas y sabe que su carrera consiste en levantarse y continuar animoso porque no está solo, sino que Dios, está a su lado y le ayuda. Los ciclos litúrgicos, desde el Adviento a Cristo Rey del Universo, pueden recordar a las vueltas al programa de los opositores: cada vez se conoce mejor, cada poco se producen olvidos o fallos que se corrigen y que se procura evitar en el futuro con señales nemotécnicas. Pero en el amor siempre hay esperanza. Como dice san Juan de la Cruz: “A la tarde te examinarán en el amor” (Avisos y sentencias, nº 57). Y ese examen se debe superar cada día, en cada ocasión.

Reflexionar sobre ese asunto debe llevar a “repasar la materia” desde los conceptos más elementales. La vida en familia, la vida en el trabajo, ofrecen muchos puntos de referencia para comprobar cómo se viven la amabilidad, la comprensión, la paciencia, la prudencia; el ejercicio de la colaboración, sonreír, poner buena cara; y los detalles: procurando hacer lo que agrada a los demás y evitar lo que puede molestar, señalando lo bueno de los otros y moderando la crítica, sabiendo callar, evitando disputas, eliminado rencores y listas de agravios, pidiendo perdón y perdonando. El cristiano debe vivir la caridad como señala san Pablo: “La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se compadece en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13, 4-7). Ese sí que es un programa de vida.

Y, además de a los cercanos, es necesario amar a los que tratamos sólo ocasionalmente, a los que no conocemos, pero de los que tenemos noticia de su sufrimiento o de sus desánimos, a los que no participan de nuestras ideas, a los que no nos aprecian. Para todos debe estar dispuesta y activa nuestra buena voluntad, porque el mandato de amor de Jesús va más allá del amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos, pues debemos amarlos como Dios nos ama. Así se puede conocer cómo debe vivir un cristiano.

(14) ADVIENTO

El cristiano que vive la fe acogida sabe que en su camino no está solo y que necesita la ayuda de Dios. Con esa compañía cierta y esa seguridad de amparo divino el cristiano construye, aun sin proponérselo, una relación confiada con Dios que es amor: “Así pues, no andéis preocupados... Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados... No os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6, 31, 34). Pedid y se os dará... Pues si vosotros sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se lo pidan? (Mt 7, 7, 11). Jesús no sólo enseñó el modelo de oración cuando dijo el “Padrenuestro”, sino que nos dio la seguridad de la confianza: “porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis” (Mt 6,8). Hacer de la vida una oración confiada es sentir cerca a Dios. Y esa cercanía es la que propicia el ofrecimiento de la jornada, del trabajo que se empieza, de la decisión que se ha de tomar, del momento por el que hay que pasar. Tener cerca de Dios es poder comentarle lo ocurrido o lo inesperado. Es darle gracias. Y expresarle nuestro sentimiento por los fallos, por los olvidos, pidiéndole ayuda para amarlo como Él quiere que lo amemos.

El amor es expansivo. El amor de Dios que recibimos rebosa nuestra alma y se derrama para hacer que amemos como Dios nos ama. No se puede tener callada la alegría del encuentro con Jesús. Y como Dios ama a todos, porque todos somos sus creaturas, en todos pensó antes de la creación y la existencia de todos se mantiene en Él, esa participación común lleva a la comunidad de todos, de modo que ninguno está solo, ninguno reza solo ni sólo por él. Todos nos beneficiamos de la oración de todos los que se confían al amor de Dios en la oración. Por ese motivo el “Padrenuestro” lo aprendemos y decimos empleando el plural. Dios es nuestro padre y a nuestro Padre le pedimos: que todos lo reconozcan como Dios todopoderoso que está cerca y nos ama; que vivamos ahora en su presencia anticipando la vida eterna junto a Él; que se haga su voluntad porque queremos lo que Él quiera y sabemos que, sea lo que sea, es lo mejor para nosotros; que nos dé lo que necesitamos cada día porque vivimos en Él y con Él nuestras tareas ordinarias; que nos perdone porque también nosotros queremos perdonar; que nos dé su ayuda y su gracia para que no caigamos cuando llegue la tentación; y que nos libre de las acechanzas del Malo.

(15) ADVIENTO

¡Buscad a Cristo!, es la llamada también a los cristianos que hayan podido alejar a Jesús de sus vidas, abandonarlo, olvidarlo en un rincón del alma. Él está siempre a nuestro lado y quiere que contemos con Él en todo y para todo. “Mira que estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20). Cristo nos llama: “Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28). Como escribía san Pedro: “Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros” (I P 5,7). Y, desde luego, nunca nos olvida: “¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ellas se olviden, yo no te olvidaré” (Is 49,15)

La fe acogida en Dios, que es Amor y nos ama, lleva de la mano el corazón de los amados. El enamoramiento humano se queda muy corto, infinitamente lejos, en la comparación con el amor divino, pero permite hacer más comprensible el sentido de las palabras que se puedan emplear para decir cómo amar a Dios: tenerlo presente en el pensamiento, qué decirle, cómo mirarlo. De continuo, sin descanso y sin cansancio. No se trata de dejar de hacer lo que se deba, se trata de hacerlo bien con Él y por Él.

La vida ordinaria se convierte en oración porque se sabe que Dios está a nuestro lado. Así nacen solos los actos de acción de gracias por lo que sale bien aunque sea una minucia, los actos de petición para que salga bien aunque sea el trabajo ordinario o la relación de convivencia habitual, los actos de intercesión para que les vaya bien a otros, los actos de abandono con la confianza del hijo en el padre que le ampara cuando las cosas no salen como se esperaba o como se deseaba o cuando no se entiende el porqué.

Con ese sentido divino que se encuentra en lo ordinario todos los actos de la vida son oración. Y los actos de oración se hacen sencillos porque son actos de amor a Dios que nos ama. En las oraciones aprendidas desde niños cada vez se encuentra un sentido nuevo a las palabras de siempre. En la oración espontánea las palabras son declaraciones de amor, preguntas, planteamientos, dichos con la seguridad de que Dios los escucha. Y cuando no nos salen las palabras, sirven igual los silencios, porque sabemos que Dios nos ve y lee en nuestro interior. “Dios me mira. Yo lo miro”.

(16) TIEMPO DE NAVIDAD

Tiempo de Navidad. La primera Pascua: Dios que, en el Hijo, se hace hombre, naciendo como un niño. El misterio inevitable para que se pudieran dar los misterios de la Pascua de Resurrección, Dios que, en Jesucristo, nos redime, nos da la salvación y nos abre las puertas de la vida eterna a su lado, y la Pascua de Pentecostés, Dios que es Amor y que, en el Espíritu Santo, permanece con nosotros como consejero, abogado, derramando la gracia divina. Tiempo de alegría porque Dios está con nosotros, con todos y con cada uno de nosotros. Porque Dios conoce nuestro nombre que está escrito en el cielo. Porque Dios nos eligió antes de la creación para ser santos y nos destinó a ser hijos suyos, ¡hijos de Dios!, pues lo somos (1Jn 3.1). Porque Dios nos redimió viviendo nuestra misma vida, como niño, como joven, como mayor, con cansancio, con hambre, con fatigas y con tentaciones del Malo. Porque Dios se ha quedado con nosotros y en la Eucaristía, fiel a su promesa de estar a nuestro lado, en nosotros, hasta el fin del mundo.

Es un placer revivir ahora aquellos días. Hacer junto a José y María el largo viaje desde Nazaret a Belén. Con la Virgen joven embarazada y el Niño en su seno. Cuánto cuidado, cuánta ternura, cuántos detalles, del santo esposo. Cuánta alegría de la Madre y de José al nacer el Niño. Y de los pastores, los primeros que fueron a verlo, a cantarle, a besarlo. Los que lo tuvieron en brazos y se lo pasaban de uno a otro como un tesoro. Y cada uno de nosotros también allí. Dios, niño, se deja, se ríe con los cariñosos achuchones, cuando le miramos los deditos de las manos y los pies. Y esos ojos que ya nos dicen que está feliz con nosotros. El belén que ponemos es mucho más que figuritas. Es nuestro corazón que se llena del amor divino y se derrama en los otros.

(18) TIEMPO DE NAVIDAD

Acabar un año, empezar un año nuevo, es tiempo adecuado para examinar lo que se ha hecho bien, lo que se puede mejorar y lo que se debe evitar. En el amor, en la amistad, constituye un acto de amor repasar los fallos, los descuidos, los olvidos, y hacer propósito para mejorar la relación, para hacer feliz a quien queremos. En el amor a Dios, que está continuamente pendiente de nosotros, establecer un plan de vida con tiempos dedicados a estar con Él, a ofrecerle el día, a agradecerle sus cuidados cada noche, es una forma de reconocer nuestras debilidades. Es expresión manifiesta de que no se quiere que nada pueda distraer de lo que verdaderamente importa. “Dios mío, yo me fío de Ti, pero no de mi”. Y la petición es de ayuda para amar más y mejor.

El enamorado de Dios no necesita de incentivos. Como dice el final del conocido soneto: “No me tienes que dar porque te quiera, / pues aunque lo que espero no esperara/ lo mismo que te quiero te quisiera”. Como dice san Gregorio Magno: “El que ama a Dios se contenta con agradarle, porque el mayor premio que podemos desear es el mismo amor” (Sermón 92)

(19) TIEMPO DE NAVIDAD

Los que hayan releído estos días el libro “La infancia de Jesús” de Benedicto XVI habrán podido recordar que el censo ordenado por Augusto para todo el imperio romano tenía como finalidad esencial la recaudación de impuestos. Y también que era una tarea difícil y laboriosa que duraba varios años y que se desarrollaba en dos períodos: el primero para hacer el censo de contribuyentes y el segundo para determinar la deuda tributaria. De ahí se puede deducir razonablemente que lo relevante no era tanto el lugar de residencia, sino la localización de propiedades. Y esa pudo ser la causa del viaje de Nazaret a Belén si san José tenía una propiedad allí, por pequeña que fuera (pág. 70). Donde menos se piensa se encuentra el rastro de un “hecho imponible”.

Del cumplimiento de los deberes tributarios hay constancia en los Evangelios. Tanto de la contribución “judía” para el Templo y de la existencia de “exenciones” (Mt 17, 24-27), como del pago de impuestos “romanos” (Mt 22, 15-22; Mc 12, 13-17; Lc 20, 20-26). San Pablo recuerda la obligación de pagar tributos (Rm 13,7: “Dadle a cada uno lo que se le debe: a quien tributo, tributo; a quien impuesto, impuesto”). Y menudean las referencias a “los publicanos” que recaudaban impuestos “romanos” (Mt 9, 9-11; Mc 2, 13-17; Lc 5, 27-32), con fama de “pecadores” y con noticia cierta de excesos. Así, en la entrañable conversión de Zaqueo, jefe de publicanos en Jericó, él mismo dice: “y si he defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces más”. La sensación colectiva y la conciencia individual se ponen de manifiesto en la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18, 9-14) que expone un modelo de oración. Y, en los textos patrísticos también hay referencias al asunto: “En cuanto a los tributos y contribuciones, nosotros (los cristianos) procuramos pagarlos antes que nadie a quienes vosotros tenéis para ello ordenado, tal como Él (Jesús) nos enseñó” (San Justino, “Apología”, 1, 17, 1)

El Catecismo de la Iglesia Católica se refiere también al pago de impuestos: “El fraude y otros subterfugios mediante los cuales algunos escapan a la obligación de la ley y a las prescripciones del deber social deben ser firmemente condenados por incompatibles con las exigencias de la justicia” (nº 1916). “Son también moralmente ilícitos... el fraude fiscal... Infligir voluntariamente un daño a las propiedades privadas o públicas es contrario a la ley moral y exige reparación” (nº 1409). “El décimo mandamiento desdobla y completa el noveno, que versa sobre la concupiscencia de la carne. Prohíbe la codicia del bien ajeno, raíz del robo, de la rapiña y del fraude, prohibidos por el séptimo mandamiento ...” (nº 2534)

En cambio, no es sencillo encontrar textos semejantes referidos a los empleados públicos que tienen encomendada la gestión de los tributos. Por lo general se cita este texto: “Llegaron también unos publicanos para bautizarse y le dijeron: “Maestro, ¿qué debemos hacer?”. Y él (Juan el Bautista) les contestó: “No exijáis más de lo que se os ha señalado” (Lc 3, 12-13). Y, a pesar de esos silencios y de esas diferencias en su consideración, la ética fiscal afecta tanto a los contribuyentes, como a quienes exigen deudas tributarias y a quienes tienen la disposición de recursos en el gasto público. En unos y otros casos, el engaño, la maquinación, son el requisito del fraude a la ley.

En el amor a Dios y a quienes con nosotros conviven no faltan la simulación y el fraude, la propia conveniencia y nuestra comodidad. Pero Dios es Padre amoroso, Jesucristo es el hermano, el amigo fiel, que conoce nuestras debilidades y el Espíritu Santo nuestro abogado. El amor nos lleva a pedir perdón y el Amor se alegra y nos ayuda sin medida.

(21) TIEMPO ORDINARIO

Todos, los que creen y los que no creen en Dios, los que procuran vivir según la fe que les ha sido dada y que han acogido y los que se han olvidado de Dios o lo han abandonado en un rincón del alma o los que acuden a Él sólo en algunas ocasiones o en los trances de la vida; todos somos hijos de Dios. Nada menos.

A todos y a cada uno nos tiene en cuenta desde antes de la creación, a todos y a cada uno nos ha elegido para ser santos por el amor, a todos y a cada uno nos ha destinado a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo que nos redimió y por el que se nos perdonan nuestras faltas de amor. Con todos y cada uno realiza un permanente derroche de gracia, sabiduría y prudencia. Y a todos no ha dado el Espíritu Santo que es prenda de nuestra herencia (cf. Ef 1,3-14). Sólo consiste en vivir en presencia de Dios y correspondiendo al Amor con el amor que le debemos y que debemos a todos porque, conocidos o desconocidos, cercanos o lejanos, son hijos de Dios como nosotros.

No es posible referirse a Dios sin escuchar la llamada al amor del Amor. De Él venimos, con Él estamos y a Él vamos. Y, así, a pesar de nuestra ingratitud y de nuestros fallos, vivimos en la fe que se nos ha dado, con la caridad del amor de Dios que nos rebosa y alcanza a todos, y en la esperanza cierta de un cielo nuevo y una tierra nueva: “Esta es la morada de Dios con los hombres: habitará con ellos y ellos serán su pueblo, y Dios, habitando realmente en medio de ellos, será su Dios. Y enjugará todas las lágrimas de sus ojos, y no habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior ya pasó. Y el que estaba sentado en el trono dijo: Todo lo hago nuevo.” (Ap 21, 3-4)

(22) TIEMPO ORDINARIO

En nuestra relación con Dios que es Padre amoroso, comprensivo, clemente y todopoderoso, a veces, tenemos la tentación de hacer un “dios a la medida”, un dios cómo nos gustaría en ese momento y para cada ocasión. Hacemos un programa “para Dios” atendiendo a nuestros deseos, a nuestras previsiones en un futuro inevitablemente limitado y siempre oscuro. Y olvidamos que Dios, que creó el tiempo, existe desde siempre y para siempre, para el que todo nuestro pasado y nuestro futuro son presente, que sabe lo que nos conviene y que, en todo caso, quiere lo que es mejor para nosotros, aunque no podamos comprenderlo.

El santo abandono es la actitud del hijo pequeñito que confía en su padre, absolutamente, sin dudas, sin reservas. Cuando, a cualquier edad, se decide vivir así en el amor de Dios, esa decisión es la prueba de que hemos comprendido que Dios es Dios, que nos ama como nadie puede amarnos, que todo lo que hace o permite es para bien porque Él sabe lo que nos conviene, que nuestro acierto es hacer o no hacer como Él quiere, que Él ve hasta lo más íntimo de nuestra alma y que, siendo el Amor, quiere que nuestra vida sea un fiel reflejo de la suya: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor” (San Juan de la Cruz, Carta a la Madre María de la Encarnación)

(24) TIEMPO ORDINARIO

Muchos cristianos traerán de la memoria el recuerdo de la parábola del sembrador (Mt 13, 3-23; Mc 4, 1-20; Lc 8, 4-15): salió un sembrador a sembrar y al echar la semilla, parte cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron; otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo, pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz; otra parte cayó entre espinos, crecieron los espinos y la ahogaron; otra, en cambio, cayó en buena tierra y comenzó a dar fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta. Cuando los discípulo pidieron a Jesús que explicara la parábola, lo hizo y se puede comprender así: lo sembrado en el camino se refiere a la Palabra que se oye y no se entiende y viene el Maligno y arrebata lo que había llegado al corazón; lo sembrado en terreno pedregoso se refiere a la Palabra que se oye y, al momento, se recibe con alegría, pero se es inconstante y al venir la tribulación o persecución por causa de la Palabra, enseguida se tropieza y se cae; lo sembrado entre espinos se refiere a la Palabra que se oye, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas la ahogan y queda estéril; y lo sembrado en buena tierra se refiere a la Palabra que se oye y se entiende y fructifica y da fruto más o menos abundante.

A cada uno nos corresponde examinar cómo acogemos las palabras que dirige Dios a nuestra alma. Son palabras que podemos escuchar ante la realidad del mundo en que vivimos, que Dios ha creado y que puede llamar nuestra atención: desde el cielo y el mar a los animales grandes o pequeños; y las personas de las que tenemos noticia o que conocemos o con las que convivimos, desde el niño recién nacido que cogemos en brazos al anciano que nos aconseja o que calla; el trabajo de cada día, en el cansancio y en el descanso, en los buenos y en los momentos no tan buenos; en la noticia del periódico, en el libro que estudiamos o leemos para distraernos o informarnos; en nuestras incursiones informáticas; en la homilía de la misa, en la predicación de un sacerdote; en nuestro diálogo con Dios ante el Sagrario que, quizá, hemos empezado diciendo “Creo que estás aquí, que me ves, que me oyes” y con el que hemos dejado en el Corazón de Cristo nuestras alegrías y nuestras preocupaciones, nuestros deseos y nuestras inquietudes. “Mira cómo estoy; mira lo que me pasa”. Y sabemos que Dios nos atiende y que hace suyas nuestras cosas, porque es el Amor.

Dios en todo y en todos. Las “parábolas del Reino”, recuerdan la progresión evangélica: El reino de Dios está cerca. El Reino de Dios ha llegado. El Reino de Dios está dentro de nosotros. Es el amor del Amor, el amor en el Amor, el amar porque Él nos ama.

(25) TIEMPO ORDINARIO

Sin ser conscientes de que es así, todos ajustamos al tiempo de cada año, de cada día, nuestros afectos y nuestra forma de manifestarlos. El amor de los jóvenes no es como el amor de los ancianos, pero siempre es amor, siempre es darse, querer lo mejor para el ser amado. Cambian las ilusiones, pero hay otras; cambia el grado de comprensión, la capacidad de sacrificio, los oportunos silencios, el hacer callado, la importancia de los pequeños detalles con el que se ama, las alegrías por poca cosa, las penas compartidas.

Y Dios, que es Amor, no se cansa ni descansa en su continuo dar, en sus consuelos, en sus llamadas, porque nos espera y nos habla en cada instante. “¿Es que puede una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues aunque ellas se olvidaran, Yo no te olvidaré” (Is. 49,15)

(27) TIEMPO ORDINARIO

La pervivencia de los conceptos elementales trae a la memoria la carta a la iglesia de Éfeso del Apocalipsis: “Pero tengo contra ti que has perdido la caridad que tenías al principio” (Ap. 2.4). Y recomienda: “arrepiéntete y practica las obras de antes”.

Cristianismo es caridad porque Dios es amor (1 Jn 4,8 y 16) y ser cristiano es amar a Dios “con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente” (Dt 6,5). Y, el “amarás al prójimo como a ti mismo”, en Jesucristo, ha dado paso a: “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Mt 15,12).

Esa es la caridad primera a la que somos llamados. Si tenemos recuerdos de infancia, de juventud, de conversión en la madurez, debemos volver a aquel amor sincero, pleno, confiado, en Dios y a aquel amor ilusionado, generoso y desinteresado a los demás. Ya sabemos: “obras son amores y no buenas razones”. Es tiempo de volver a la casa del Padre.

(28) TIEMPO ORDINARIO (22-2-14)

En el camino del amor, el que no avanza, retrocede. Y, por atractivo que sea el paisaje, que con el caminar siempre queda atrás, el caminante responsable de sus actos debe ser consciente de cada paso que da, para no desviarse, para no perderse, para no despeñarse. En el amor humano se sabe bien que es así y por eso la persona amada está continuamente en el pensamiento del que la ama, es su ánimo ante el cansancio o las dificultades y agudiza el ingenio y la voluntad para que la persona amada sepa de sus sentimientos.

El cristiano que ha acogido la fe en Dios, vive en su amor y de su amor que le desborda en amor a los otros. La humanidad de Jesucristo, Dios y hombre, nos permite expresar con Él y por Él el amor que tenemos y que damos, y así sentimos su cercanía y podemos decir que damos una alegría a Dios o que Dios sufre por nosotros. Porque Dios está con nosotros y nos espera, debemos vivir cuidando los detalles de amor a Dios, a los más próximos, a los lejanos y a quienes no conocemos.

(29) TIEMPO ORDINARIO (1-3-14)

La vida del cristiano que ha acogido el don de la fe que Dios nos regala supone una continua conversión para corregir fallos, errores, desviaciones y deficiencias porque se trata de amar y el amor es exigencia permanente que impulsa al corazón y a la voluntad a hacer feliz al amado y a sentirnos felices precisamente por eso.

Se trata de una conversión que llena de gozo espiritual y de paz interior, porque esos sentimientos son la consecuencia natural de amar sin reservas y de sentirse amado. Y se trata de una conversión positiva que no nace del temor ni de la angustia, sino que surge del deseo de amar más y mejor. Por ese motivo, en la vida del cristiano que ha acogido la fe, tan importante es tener la seguridad de que amar a Dios es amar al Amor que está con nosotros, que nos escucha, que nos anima, que nos ha preparado una morada junto a Él para siempre, como que el amor que damos es amor que recibimos de Dios con tal abundancia que rebosa nuestra alma y se derrama en efusión amorosa a los demás. Por mucho que se repita, no puede cambiar: seguir a Cristo, vivir en Cristo, es caminar y vivir en el amor del Amor. Y así es fácil comprender que los demás no son otros, sino que nosotros somos también los demás, todos amados como hijos de Dios que somos.

Esa continua conversión se manifiesta en los detalles de amor: la amabilidad, la comprensión, la paciencia, el consejo, el hablar y el callar oportunamente, el evitar pendencias y rencores, buscar a Dios, hablarle y descasar nuestro corazón en el suyo.

(31) TIEMPO ORDINARIO (8-3-14)

Los pesares humanos, sea cual sea su causa, como la enfermedad, la incomprensión, el trato injusto, pueden producir una sensación de desamparo y soledad. Nada es ajeno al amor de Dios, que es Amor, y nada puede ser ajeno al amor que debe dar el cristiano que vive su fe acogida porque seguir a Jesucristo es esencialmente amar. En ese amor se resume todo lo que debe hacer, lo que debe decir, lo que debe sentir y, también, lo que no debe hacer ni decir ni sentir. Ese es el “concepto cierre” del cristianismo: todo está sujeto a la ley del amor. No puede decir amor a Dios quien no ama a los otros ni quien sólo ama a los cercanos. Y no hay amor en la crítica, ni en juzgar a quienes son también hijos de Dios, hermanos en Cristo.

Si con el examen personal debemos procurar desterrar el yo, el mío, el para mí, mis justificaciones, también es bueno comprobar el sitio que ocupan los otros, conocidos o desconocidos, en nuestro corazón. ¡Corazón de Jesús! Él, siendo Dios, se hizo hombre para vivir y sentir como nosotros. Y fue inicuamente juzgado e injustamente condenado a morir crucificado. Perdónanos, Señor, porque parece que no sabemos lo que hacemos.

(32) CUARESMA (15-3-14)

Del sufrimiento de Dios, en su Hijo hecho hombre para salvarnos a todos, se llena el alma de los cristianos en la Cuaresma que prepara para vivir la Pasión, Muerte y Resurrección. De la contemplación conjunta de los misterios dolorosos del Rosario y del Vía Crucis se encuentran páginas escritas en el corazón lleno de amor:

Dios mío, que no te traicione (como Judas); que no me duerma (como Pedro, Juan y Santiago) y rece junto a Ti; que no te abandone (todos lo abandonaron); que no te niegue (como Pedro), que no te siga de lejos (como Pedro), sino bien de cerca; ante Anás (donde te abofeteó el criado), ante Caifás (con testigos falsos, cuando te escupieron y te pegaron).

Acompañándote ante Pilato que te recibió displicente y te envió a Herodes (que te trató como loco, te puso la túnica blanca y ante el que sólo respondiste con el silencio) del que se hizo amigo, y que, luego, buscó cobardes excusas. Buen Jesús que no prefiera a Barrabás (¿a quien queréis que suelte?), que sienta contigo el dolor de la brutal flagelación y de la ignominia de los soldados (te pusieron una clámide roja, uno tejió una corona de espinas -¡cuánta maldad!- y te coronó con ella, todos se burlaban de Ti, te pegaban, te escupían y te tiraban del pelo), que ante el “Ecce Homo” no sea capaz de gritar “¡Crucifícale!”.

Que me sienta morir de angustia cuando oiga la condena y te vea cargar con la cruz. ¿Qué hacer, Jesús mío, al ver tu primera caída abrumado por el peso de la cruz sobre tu cuerpo llagado y tan lleno de heridas? ¿qué sentir en el encuentro con tu Madre Dolorosa? ¡Qué ganas de ayudar al Cireneo para que pudieras andar! ¡Qué sentimiento cuando la Verónica limpió tu sudor y tu sangre para que pudieras ver y seguir! Y la segunda caída. Y la tercera, ya cerca de Calvario...”. Todo es amor y dolor.

(33) CUARESMA (22-3-14)

De recuerdos se construyen páginas escritas en el corazón de los cristianos que renuevan su amor a Jesucristo con los misterios dolorosos del Rosario y las estaciones del Vía Crucis. En aquel pueblo murciano, en la noche del Martes Santo, se reunía una multitud en la plaza, para oír el sermón de “Las Siete Palabras”. Después de la “tercera caída” (en la devota sucesión: las rodillas; los codos; la erosión en el pómulo), ya pasadas las murallas (sintiendo nosotros con Él el aroma de las flores del campo en la naciente primavera, como olorosa despedida de la Naturaleza al Hijo del Hombre, Dios, camino del Calvario), la subida de una corta pendiente, desnudado, clavado en la Cruz, expoliado en sus vestidos, se oyeron sus últimas palabras de amor.

Las siete frases tantas veces meditadas, en un orden no siempre igual y sin necesidad de mayor fundamento. 1ª En Lucas 23,34: “Perdónalos porque no saben lo que hacen” (¡perdón, Señor!). 2ª En Lucas 23,43: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (¡qué bien robó de tan amoroso Corazón la promesa el buen ladrón!). 3ª En Juan 19,26-27: “Aquí tienes a tu hijo... Aquí tienes a tu Madre” (y Juan la tomó “in sua”, en su corazón, en lo que más quería, como madre propia). 4ª En Juan 19,28: “Tengo sed” (y le dieron vinagre; Ël ya no tenía nada, salvo fiebre y dolor). 5ª En Mateo 27,46 y Marcos 15,34: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has desamparado?”. 6ª En Juan 19,30: “Todo está consumado”. 7ª En Lucas 23,46: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y acaba Juan, que estaba allí, al pie de la Cruz, junto a la Madre, nuestra Madre: “E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu”. El sermón de “Las Siete Palabras” terminaba con un silencio total. Y lágrimas. Muchas lágrimas que corrían por la cara de hombres, mujeres y niños.

Algunos corazones cristianos que meditan esos últimos momentos aún añaden dos recuerdos: la frase de los presentes (“En verdad, éste era Hijo de Dios”) y el testimonio de Mateo y Marcos (Mt 27,55; Mc 15,40): “Había allí muchas mujeres mirando desde lejos”. Lucas se refiere, además de a las mujeres, a “todos los conocidos de Jesús” (Lc 23,49). Todos “desde lejos”. Y esa lejanía empuja el alma a correr y abrazarse a la Cruz.

(34) CUARESMA (29-3-14)

En tiempo de Cuaresma, de oración, desprendimiento y sacrificio, todos los medios a utilizar son pocos para vivir unidos a la Pasión y Muerte de Jesucristo.

Puede ser útil releer este pasaje del profeta: “… No hay en él parecer, no hay hermosura que atraiga nuestra mirada, ni belleza que nos agrade en él. Despreciado y rechazado de los hombres, varón de dolores y experimentado en el sufrimiento; como quien se oculta el rostro, despreciado, ni le tuvimos en cuenta. Pero él tomó sobre sí nuestras enfermedades, cargó con nuestros dolores, y nosotros lo tuvimos por castigado, herido de Dios y humillado. Pero él fue traspasado por nuestras iniquidades, molido por nuestros pecados. El castigo, precio de nuestra paz, cayó sobre él, y por sus llagas hemos sido curados. Todos nosotros andábamos errantes como ovejas, cada uno seguía su propio camino, mientras el Señor cargaba sobre él la culpa de todos nosotros. Fue maltratado y él se dejó humillar, y no abrió la boca; como cordero llevado al matadero, y como oveja muda ante sus esquiladores. Por arresto y juicio fue arrebatado. De su linaje ¿quién se ocupará? Pues fue arrancado de la tierra de los vivientes, fue herido de muerte por el pecado de mi pueblo. Su sepulcro fue puesto entre los impíos, y su tumba entre los malvados, aunque él no cometió violencia ni hubo mentira en su boca...” (Isaías, 53, 2-9)

El que medita esas palabras sólo tiene que ponerse, aunque sea mentalmente, ante el crucifijo y revivir, en primera persona, como presente en aquellos hechos, las horas en las que se consumaron: la traición de un amigo escogido, el abandono de todos, el injusto juicio, la flagelación y la coronación de espinas. La imagen del conmociona con profundo dolor de amor. Y espanta el grito: “¡Crucifícale!

Hacemos el repaso personal de nuestro olvido: no hay hermosura que atraiga nuestra mirada, ni belleza en él que nos agrade...; despreciado, varón de dolores, experimentado en el sufrimiento... humillado, traspasado, molido... Cuántas veces “no lo tenemos en cuenta”. Es tiempo de propósitos firmes de amor. Tiempo de amar más y mejor al Amor. Sin descanso y sin cansancio. Tiempo de prometer y renovar nuestra fidelidad que es otro nombre del amor.

(35) CUARESMA (5-4-14)

Tiempo de Cuaresma. Tiempo de vivir la Pasión y Muerte de Jesús para alcanzar la alegría de la Pascua de Resurrección.

“Si eres Simón Cireneo, coge tu cruz y sigue a Cristo. Si estás crucificado con él como un ladrón, como el buen ladrón, confía en tu Dios. Si por ti y por tus pecados Cristo fue tratado como un malhechor, lo fue para que tú llegaras a ser justo. Adora al que por ti fue crucificado, e, incluso si estás crucificado por tu culpa, saca provecho de tu mismo pecado y compra con la muerte tu salvación. Entra en el paraíso con Jesús y descubre de qué bienes te habías privado. Contempla la hermosura de aquel lugar y deja que, fuera, quede muerto el murmurador con sus blasfemias. Si eres José de Arimatea, reclama el cuerpo del Señor a quien lo crucificó, y haz tuya la expiación del mundo. Si eres Nicodemo, el que de noche adoraba a Dios, ven a enterrar el cuerpo, y úngelo con ungüentos. Si eres una de las dos Marías, o Salomé, o Juana, llora desde el amanecer, procura ser el primero en ver la piedra quitada, y verás también quizá a los ángeles o incluso al mismo Jesús.” (“Sermones”, san Gregorio Nacianceno)

“No os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6,33). El cristiano que ha acogido el don de la fe y que la vive aprovecha cada día para buscar a Cristo, para encontrarlo y amarle más y más, sin descanso y sin cansancio, y para derramar amor para todos, amigos o no.

(36) CUARESMA (12-4-14)

Cuaresma. Tiempo de revivir la Pasión y Muerte de Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre para la salvación de todos. Si es provechoso para el alma releer las “Enarrationes in Psalmos” agustinianas, también lo es repasar algunos de sus pasajes para revivir ese tiempo de dolor.

Empieza así el salmo 22 (21 en la Vulgata), de David: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”. ¡Cómo olvidar esas palabras! Y dice más adelante: “Pero soy un gusano, no un hombre, oprobio de los hombres, desprecio del pueblo. Al verme, todos hacen burla de mí, tuercen los labios, mueven la cabeza: “Confió en el Señor, que lo salve Él, que lo libre, si es que lo ama...” Me derramo como el agua, se dislocan todos mis huesos; mi corazón se derrite como cera, se deshace en mis entrañas... Han taladrado mis manos y mis pies. Puedo contar todos mis huesos. Ellos miran, me observan, se reparten mis ropas y echan a suerte mi túnica...”

Qué difícil es para el corazón del cristiano pronunciar esas palabras delante de un Crucifijo. Pero eso es amor. El amor del Amor. El amor de Dios que se derrama, el amor que recibimos para amar nosotros. El amor que nos inunda y nos rebosa en todos.

(38) SEMANA SANTA (19-4-14)

“Semana Santa”. Tiempo de vivir con Jesús los últimos días de su vida entre nosotros. Tiempo de vivir la dificultad de comprensión de los discípulos ante los anuncios de la Pasión y Muerte del Señor.

Y tiempo de recordar el dolor de la Madre, de nuestra Madre: “Estaba la Madre dolorosa de pie, llorando junto a la Cruz, mientras el Hijo pendía./ Una espada traspasó su alma que gemía, contristada y dolorida./ ¡Qué desconsolada y triste estaba aquella Madre bendita del Hijo Unigénito de Dios! / Esta Madre piadosa se apenaba y afligía, contemplando la pena de su Hijo divino./ ¿Qué hombre no lloraría si viera la Madre de Cristo en tamaño suplicio?./ ¿Quién no se entristecería al poner los ojos en aquella Madre clemente que sufre a la par de su Hijo?/ Vio a Jesús torturado y azotado, a causa de los pecados del pueblo./ Presenció la muerte sin consuelo de su Hijo querido, cuando entregó el espíritu./ Cuando llegue la hora de partir de este mundo, haz, oh Jesús, que, por medio de tu Madre, consiga yo la palma de la victoria. Amén”. Es una traducción del latín de la famosa secuencia “Stabat Mater”, de autor incierto y que muchos atribuyeron a Iacopone da Todi, que murió en 1306. El texto es más amplio y se incluía dividida en tres partes, el “Stabat”, el “Eia Mater” y el “Virgo Virginum” entre los himnos de la Virgen de los Dolores que se celebraba el Viernes de la Semana de Pasión.

El corazón del cristiano “vive en un sin vivir” según se acerca la conmemoración de la Semana Santa. La vida ordinaria, con sus afanes y tareas, se convierte en medio de santificación cuando las mortificaciones de la Cuaresma llevan a hacer bien, lo mejor que podamos, la tarea de cada día; a procurar amar intensamente, en los detalles, a los que están junto a nosotros; y a tener presente en el alma el amor de Dios en el Hijo Crucificado.

(40) PASCUA DE RESURRECCIÓN (26-4-14)

Pascua de Resurrección. Tiempo de alegría cristiana. ¡Ha resucitado! Imposible olvidar lo ocurrido en la mañana de aquel domingo. Todos, apenados, alrededor de la Madre. En un momento dado apareció su sonrisa, inigualable, como el sol de primavera en el cielo azul sin una nube. Algo había pasado. Fue un encuentro gozoso con el Hijo. No hay noticia, pero no es posible pensar que el Hijo no viera a su Madre la primera. Ella, como siempre, lo guardaba en su corazón.

En la contemplación de los misterios gloriosos del rosario, algún cristiano rememora los hechos. La alegría de la Madre; la alegría de las mujeres (Mt 28,9), la de la Magdalena (Mc 16,9; Jn 20,17: “Noli me tenere” ); la alegría de Pedro (1 Co 15,5); la alegría en Emaús (Mc 16,12; Lc 24,13-35: “Quédate con nosotros porque ya atardece y el día declina”); las apariciones en el Cenáculo (Mc 16,14; Jn 20,19-29) y las dudas de Tomás (“Señor mío y Dios mío”); las apariciones a más de 500 hermanos a la vez (“la mayoría de los cuales viven todavía”) y a Santiago (1 Co 15,5-7). Y, así, hasta la aparición en el lago cuando Juan, el discípulo amado, adivinó a Jesús en la orilla: “Es el Señor” (Jn 21, 1-14).

Es como si no quisiera dejarnos. Y no nos ha dejado. El “Divino Cautivo” sigue con nosotros. Es el amor del Amor. Nos acompaña y nos espera. ¡Ha resucitado!

(41) PASCUA DE RESURRECCIÓN (26-4-14)

Tiempo de Pascua de Resurrección. En el Evangelio leemos que María Magdalena, ante el sepulcro vacío, no conoció a Jesús y creyó que era el hortelano, hasta que la llamó por su nombre y se le arrebató el corazón (Jn 20, 15-16). Tampoco lo conocieron los discípulos que iban camino de Emaús porque sus ojos eran incapaces de reconocerle hasta que se les abrieron y le reconocieron al partir y bendecir el pan (Lc 24, 16 y 31). Cuando se apareció a los once en el Cenáculo, se llenaron de espanto y de miedo, pensando que veían un espíritu (Lc 24, 36). El apóstol Tomás fue más reacio, pero Jesús volvió a presentarse en medio de ellos. De esa visita son frases que se llevan en el corazón: “¡Señor mío y Dios mío”, “Porque me has visto has creído, bienaventurados los que sin haber visto han creído” (Jn 20, 28-29).

Juan, el discípulo amado, nos da una lección doble: cuando corrió con Pedro y vieron el sepulcro vacío, aunque había llegado antes, entró después “vio y creyó” (Jn 20,8) y, en la pesca milagrosa, cuando desde la barca vieron a Jesús que les decía que echaran la red y la echaron capturando tanta pesca que no eran capaces de sacarla, le dijo a Pedro: “¡Es el Señor!” (Jn 21,7). Es el amor, la alegría que se desborda en los encuentros con Jesús.

Los cristianos que vivimos la fe estamos de celebración porque Jesús ha resucitado, lo hemos conocido, está con nosotros. En estos días lo sentimos así especialmente, pero es una alegría para todo el año, para toda nuestra vida. Y esa cercanía de Dios con nosotros nos anima, nos da confianza, de modo que el amor del Amor que llena y rebosa el alma nos lleva a procurar ser mejores hijos de Dios y a repartir amor a todos: cercanos, alejados y desconocidos, amigos y los que no quieren serlo.

(42) PASCUA DE RESURRECCIÓN (3-5-14)

La Pascua de Resurrección no es sólo un día para celebrar con alegría, ni siquiera para considerar sólo durante la Octava o hasta la Pascua de Pentecostés. La Resurrección de Jesús es fundamental para la fe del cristiano: “Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe... Y si tenemos puesta la esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los más miserables de todos los hombres” (1 Co 15, 17 y 19). La fe se debe vivir todos y cada uno de los días de la vida: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia nos ha engendrado de nuevo –mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos- a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada y que no se marchita, reservada en los cielos para vosotros” (1 Pe 1, 3-4).

¡Resucitar para la vida eterna! Como decía Benedicto XVI: “Y el hombre-Jesús, que es al mismo tiempo Dios, es para nosotros la garantía de que ser-hombre y ser-Dios pueden existir y vivir eternamente uno en el otro. Esto quiere decir que de cada uno de nosotros no seguirá existiendo sólo una parte que, por así decirlo, nos es arrancada, mientras las demás se corrompen; quiere decir más bien que Dios conoce y ama a todo el hombre, lo que somos. Y Dios acoge en su eternidad lo que ahora, en nuestra vida, hecha de sufrimiento y amor, de esperanza, de alegría y de tristeza, crece y se va transformando. Todo el hombre, toda su vida es tomada por Dios y, purificada en él, recibe la eternidad. Queridos amigos, yo creo que esta es una verdad que nos debe llenar de profunda alegría. El cristianismo no anuncia sólo una cierta salvación del alma en un impreciso más allá, en el que todo lo que en este mundo nos fue precioso y querido sería borrado, sino que promete la vida eterna, “la vida del mundo futuro”: nada de lo que para nosotros es valioso y querido se corromperá, sino que encontrará plenitud en Dios.” (Homilía, en la fiesta de la Asunción, el 15 de agosto de 2010)

(45) PASCUA DE RESURRECCIÓN (10-5-14)

¡Pascua de Resurrección! Tiempo de paz y de alegría. Los cristianos acomodamos nuestros sentimientos y nuestro andar al ritmo del corazón y de los pasos de Jesús que camina a nuestro lado, como hizo con los discípulos que iban a Emaús. Los Evangelios señalan el itinerario. Y, del mismo modo que nos señalan la importancia de la vida ordinaria de cada día con la falta de noticias desde el encuentro en el templo cuando Jesús tenía 12 años hasta el bautismo en el río Jordán casi veinte años después, nos animan en el quehacer cotidiano con Cristo también desde después de las apariciones del Domingo de Resurrección hasta la pesca milagrosa (Jn 21) y la Ascensión.

El papa Francisco recordaba en la Vigilia Pascual la invitación del Resucitado a volver a Galilea y comentaba: “Volver a Galilea significa, sobre todo, volver allí, a ese punto incandescente en el que la gracia de Dios me tocó al comienzo del camino”. Y así debemos estar los cristianos en estos días: llenos de amor y dando amor.

(46) PASCUA DE RESURRECCIÓN (17-5-14)

¡Pascua de Resurrección! Tiempo de paz y alegría en el corazón de los cristianos que viven el camino hacia el cielo siguiendo los pasos de Jesús, escuchando de su boca las Escrituras y que sienten cómo se conmueve su alma al asistir a la fracción del pan descubriendo que es Él, Jesús resucitado, que está real y verdaderamente presente en la Eucaristía y así está, en la Comunión, dentro de nosotros: Dios dentro de mí, mi pobre, limitado e imperfecto yo en Dios inmenso, eterno, la Bondad y la Misericordia infinitas.

Que momento tan adecuado para decirle, con cariño, despacio, sintiendo las palabras que decimos, la conocida invocación al Santísimo Redentor: “Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame. ¡Oh, buen Jesús!, óyeme. Dentro de tus llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de Ti. Del maligno enemigo, defiéndeme. En la hora de mi muerte, llámame. Y mándame ir a Ti, para que con tus santos te alabe, por los siglos de los siglos. Amén”

Pascua de Resurrección. Tiempo de cantares del sencillo pueblo cristiano en los que, durante siglos, el amor al Amor se desborda: “Con pureza de conciencia, y dignamente preparado, recibiré con frecuencia, a Jesús sacramentado. Si me preguntan a mi cómo se llama mi Amado, he de responder así: que es Jesús sacramentado”.

(47) PASCUA DE RESURRECCIÓN (24-5-14)

“Vivir como un cristiano”, no quiere decir “ser perfecto como un cristiano”, sino amar, fallar, caer, levantarse, volver a empezar, volver a caer en faltas de amor, en infidelidades, olvidos y omisiones y, una y otra vez, mirar al cielo desde el corazón, pedir fuerzas, confiar siempre en Dios y volver a caminar animosos hacia Él, con Él, en Él. Como dice santa Teresa de Jesús para los que quieren ir por el camino de la santidad: “importa mucho y el todo una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino, siquiera no tenga devoción para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo” (“Camino de perfección”, 21,2). El cristiano es un alma enamorada que vive del amor del Amor y que desborda del amor recibido poniendo amor en todo y para todos, cercanos o lejanos, conocidos o no.

Pascua de Resurrección. Tiempo de alegría, de fe y de esperanza. La oración que en este tiempo sustituye al “Ángelus” se hace cántico a la Madre de Dios y Madre nuestra: “Reina del cielo alégrate, aleluya./ Porque el que mereciste llevar en tu seno, aleluya/ ha resucitado como predijo, aleluya./ Ruega por nosotros a Dios, aleluya./ Gózate y alégrate, Virgen María, aleluya./ Porque ha resucitado verdaderamente el Señor, aleluya Y, así, nuestro camino, nuestro quehacer diario, nuestra vida ordinaria, se hace romería.

(48) LA ASCENSIÓN (31-5-14)

En el amor no hay porcentajes, ni tiempos de juego. Amar es darse por entero, para siempre y sin condiciones. Amar no es un capricho pasajero. Amar es entregarse todo en el amor al amado en un intercambio de amor. Como dice la conocida oración: “Toma, Señor, mi libertad; mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Todo mi haber y todo mi poseer. Tú me lo diste, a Ti, Señor, lo torno. Dispón de mi según tu voluntad. Dame tu amor y tu gracia, que esto me basta. Todo lo demás me sobra” (Amorem tui solum cum gratia tua mihi dones, et dives sum satis).

Amor es caridad que nunca acaba. “La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13, 4-7). Sería suficiente un examen sincero con esa referencia para conocer el estado de nuestro amor. Y, como en el oro, también tenemos el fiel contraste: No hay más amor que el Amor; porque Dios es amor.

La fiesta de la Ascensión del Señor es un hito en el tiempo pascual Y está transida de amor. Las palabras de Jesús son toda una declaración de amor: “os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros... vosotros ahora os entristecéis, pero os volveré a ver y se os alegrará el corazón y nadie os quitará vuestra alegría... Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa... Ese día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, ya que el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado y creído que yo salí de Dios. Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y voy al Padre... Os he dicho esto para que tengáis paz en mi. En el mundo tendréis sufrimiento, pero confiad: yo he vencido al mundo... Padre quiero que donde yo estoy también estén conmigo los que Tú me has confiado, para que vean mi gloria, la que me has dado porque me amaste antes de la creación del mundo.” (Jn 16, 7, 22, 24, 26,33; 17, 24).

Y resuena en el corazón el dicho popular: “Tres días hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y la Ascensión del Señor”.

(50) PENTECOSTÉS (7-6-14)

¡Pascua de Pentecostés! La manifestación del Espíritu Santo “no hecho ni creado ni engendrado, sino que procede del Padre y el Hijo”, dice el Símbolo Atanasiano; “el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que habita en nosotros (Rm 5,5). La secuencia que se lee en la misa es un tesoro litúrgico: “Ven, Espíritu Santo,/ manda tu luz desde el cielo./ Padre amoroso del pobre;/ don, en tus dones espléndido;/ luz que penetra las almas,/ fuente del mayor consuelo./ Ven, dulce huésped del alma,/ descanso de nuestro esfuerzo,/ tregua en el duro trabajo,/ brisa en las horas de fuego,/ gozo que enjuga las lágrimas/ y reconforta en los duelos./ Entra hasta el fondo del alma,/ divina luz, y enriquécenos./ Mira el vacío del hombre,/ si tú le faltas por dentro;/ mira el poder del pecado,/ cuando no envías tu aliento./ Riega la tierra en sequía,/ sana el corazón enfermo,/ lava las manchas, infunde/ calor de vida en el hielo,/ doma el espíritu indómito,/ guía al que tuerce el sendero./ Reparte tus siete dones,/ según la fe de tus siervos;/ por tu bondad y tu gracia,/ dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse/ y danos tu gozo eterno.”

Cada frase vale para que el alma se detenga, medite y sienta cómo se llena del Amor de ese “dulce huésped” que está en nosotros, junto a nosotros, procurándonos el descanso en nuestra tarea cotidiana de trabajo y de esfuerzo; dándonos consuelo en los momentos de desánimo; llamándonos a una esperanza cierta en el vacío que producen nuestras infidelidades, nuestras faltas de amor, cuando olvidamos, cuando arrinconamos, cuando oponemos nuestro yo al amor del Amor; dispuesto a cambiar todo si queremos cambiar: sana el corazón enfermo, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero... El Espíritu Santo nos da la fuerza de la gracia divina que nos santifica, es nuestro Defensor, nuestro Consejero. Sus dones nos regalan: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, temor de Dios, que nos permiten ver en cada ocasión la voluntad de Dios: lo que debemos hacer y lo que debemos evitar y tener el valor necesario. Así podremos hacer realidad sus frutos: amor, alegría, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia y castidad. Toda una relación de virtudes para meditar y hacer propósitos concretos.

Con el alma henchida del Espíritu Santo el cristiano se siente animado a superar todos los obstáculos, aunque sea el propio yo el que los pone. El Reino de Dios está cerca.

(51) TIEMPO ORDINARIO (14-6-14)

Los cristianos hemos vuelto al “Tiempo Ordinario” que durará hasta el Adviento en el próximo otoño. Aún tenemos fiestas litúrgicas importantes: la Santísima Trinidad, el Corpus Christi. Y el verano se llena de fiestas populares: san Juan, san Pedro y san Pablo, la Virgen del Carmen, Santiago, la Transfiguración, la Asunción, San Roque... En septiembre se celebran días de alegría con fiestas de la Virgen y con la de los Arcángeles con la que acaba el mes.

Jugando con las palabras, el tiempo “Ordinario” es un tiempo “corriente” porque corre sin parar y es “vulgar” porque es el tiempo de todo pueblo de Dios que camina hacia la tierra nueva y el cielo nuevo. Es la vida cotidiana en la que se deben realizar -hacer reales, vivirlas- todas las gracias y virtudes que nos han recordado los tiempos de las Pascuas y de su preparación.

En las oraciones que aprendimos de niños decimos palabras con las que damos gloria al Padre por el que todo existe, al Hijo que nos redimió y al Espíritu Santo que nos santifica; otra nos recuerda a la Virgen Madre, bendita entre todas las mujeres y al Niño Jesús, el bendito fruto de la que también es madre nuestra. Y, en todas, adoramos a Dios, damos gracias y pedimos.

La vida cotidiana para el cristiano es vida de amor en el Amor, de paz y alegría.

(52) TIEMPO ORDINARIO (21-6-14)

Para el cristiano la vida es camino que hay que andar en la dirección adecuada, sin pararse ni desviarse. Es tiempo de lucha, de caídas, de levantarse y de seguir, confiando en Dios porque “la vida del hombre es milicia” (Job 7,1), “si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros” (Rm 8,31) y “todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Fil 4,13).

No se trata de luchas extraordinarias, sino habituales en la vida cotidiana en las que Dios está a nuestro lado. Desde la frecuencia en la oración, en el ofrecimiento de nuestro trabajo, en nuestras peticiones, en los actos de acción de gracias y de desagravio por nuestros fallos de amor, hasta el cuidado en los detalles haciendo bien lo que debemos hacer, tratando amablemente, ayudando a todos sin necesidad de que lo pidan, haciendo real la regla de oro: trata a los demás como quieres que te traten (Mt 7,12)

(53) TIEMPO ORDINARIO (28-6-14)

En la vida del cristiano también conviene revisar la propia situación y nuestro proceder ordinario. En la lucha espiritual del mismo modo que se debe procurar avanzar en la práctica de las virtudes (fe, esperanza y caridad; prudencia, justicia, fortaleza, templanza; amabilidad, paciencia, prudencia, lealtad y fidelidad, honestidad, laboriosidad, castidad...), se ha de intentar erradicar las deficiencias, descubriendo y luchando contra el vicio dominante (soberbia, egoísmo, envidia, avaricia, juicios temerarios, ira, gula, lujuria...). Es una lucha que tiene avances y retrocesos, pero continua, sin descanso y sin cansancio, con la ayuda cierta de Dios que es fiel y nunca nos somete a pruebas sin darnos ayuda de sobra para superarlas (1 Co 10,13)

(54) TIEMPO ORDINARIO (5-7-14)

Es más sencillo ser santo, que ser tributarista. Como le contestó el santo doctor a su hermana que le preguntaba qué tenía que hacer para ser santa: “Querer serlo”. El cristiano se sabe llamado a la santidad: “Sed santos, como vuestro Padre es santo” (Mt 5,48). Y ser santo sólo exige desear serlo, luchar para serlo, confiar en Dios que no nos abandona y que nos proporciona toda la ayuda necesaria y sobrada para superar las dificultades y nuestras propias debilidades.

El himno de la epístola a los efesios (Ef 1, 3-8) es un regalo espiritual: “Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los cielos, ya que él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia, por el amor; nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza y gloria de su gracia, con la cual nos hizo gratos en el Amado; en quien, mediante su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, según las riquezas de su gracia, que derramó sobre nosotros sobreabundantemente con toda sabiduría y prudencia...”

(55) TIEMPO ORDINARIO (12-7-14)

En la vida ordinaria de los hombres se suceden también los tiempos de calma y de turbación. A veces tan intensa que parece que no se podrá superar. Para el afectado se conmueven los cimientos de la tierra. Pero también pasan los acontecimientos alegres o tristes, superables o irremediables. Como dice el Qohelet: “Todo tiene su momento y hay un tiempo para cada cosa bajo el cielo: tiempo de nacer y tiempo de morir, tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado… tiempo de llorar y tiempo de reír, tiempo de llevar luto y tiempo de bailar…” (Qo 3, 1-4). Es un texto que permite la reflexión y que, más adelante, señala: “He visto más bajo el sol: en lugar de derecho hay fraude, y en lugar de justicia, corrupción. Y dije para mis adentros: “Dios juzgará al justo y al corrupto, pues hay un tiempo para cada cosa y para cada acción.” (Qo 3, 16-17)

Para el cristiano, la vida (“una mala noche en una mala posada”, que decía santa Teresa de Jesús), vivida en Cristo, no está falta de consuelo: “Busqué al Señor y me ha escuchado, me ha librado de todos mis temores... Cuando el pobre invoca, el Señor le escucha y le salva de todas sus angustias. El ángel del Señor se sitúa alrededor de los que le temen para librarlos. Gustad y ved que bueno es el Señor, dichoso el hombre que se refugia en Él… Los ojos del Señor están pendientes de los justos, sus oídos, atentos a su clamor. El Señor está cerca de los contritos de corazón, y salva a los de espíritu abatido. Muchas son las aflicciones del justo, pero el Señor le libra de todas…” (Salmo, 34, Vg 33)

Todo consiste en vivir la fe que se nos ha dado y en llenarnos de la alegría por la confianza en lo que Dios, el Padre que no cuida y nos espera, nos tiene preparado: “Justificados, por tanto por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien también tenemos acceso en virtud de la fe a esta gracia en la que permanecemos y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de Dios. Pero no sólo esto: también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce la paciencia; la paciencia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Una esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado.” (Rm 5, 1-5). Incluso en las pequeñas contrariedades de cada día, las que ayudan al cristiano a avanzar en el camino de la santidad, podemos encontrar motivo de alegría. Y motivo de amor de Dios que agradecer y derrochar en los demás porque rebosa de nuestro corazón.

(56) TIEMPO ORDINARIO (19-7-14)

No faltarán quienes consideren preciso dedicar las vacaciones de verano al “dolce far niente”, al abandono de las exigencias del resto del año, a la relajación de todo y en todo. Se dice que es tiempo de egoísmos. Pero debe ser tiempo de mejorar en la convivencia. Es un estupendo tiempo para “servir” a los otros.

Es tiempo de crecer en el “darse” a los demás, porque hay más tiempo para sentir a Dios con nosotros: “Yo bendigo al Señor, que me aconseja: hasta de noche mi corazón me instruye. Pongo ante mí al Señor, sin cesar; con Él a mi derecha no vacilo. Por eso se alegra mi corazón, se goza mi alma, hasta mi carne descansa en la esperanza… Me enseñas la senda de la vida, saciedad de gozo en tu presencia, alegría perpetua a tu derecha.” (Sal 15 / 16 V)

(57) TIEMPO ORDINARIO (26-7-14)

Hay que estar a lo que se hace y hay que hacerlo bien. Y aún habría que añadir que hay que hacer más que lo mínimo, que “lo justo”, para cumplir, porque el amor debe ser la regla de vida y el amor exige dar, darse, siempre más y mejor. El cristiano debe saber que es así porque, llamado a ser santo (Mt 5,48), ha comprendido que esa llamada proviene del Amor (1 Jn 4,8) y exige vivir en el amor que recibe y dando a los demás de ese amor que rebosa. Todo momento es bueno para darse amando: ayudando sin necesidad de que nos lo pidan, comprendiendo, pidiendo perdón y perdonando, callando, eligiendo lo agradable y omitiendo lo que no lo es, adelantándose a lo que el otro querría. Cuidando los detalles de amor. Y, así, sin descanso y sin cansancio. Y con alegría.

Para amar sólo es necesario querer amar. Como decía aquel que quería ser santo: Dios mío, ya que no te quiero como Tú me quieres, que te quiera como Tú quieres que te quiera; o, al menos, que quiera quererte como Tú quieres que te quiera.

(58) AGOSTO (2-8-14)

“La encina de Mambré”. La historia se cuenta en el libro del Génesis (18, 1-15). El Señor se manifestó a Abrahán junto ese árbol, cuando estaba sentado a la puerta de la tienda en lo más caluroso del día. Abrahán alzó la vista y vio que tres hombres estaban de pie junto a él. Apenas los vio, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda diciendo: “Mi Señor, si he hallado gracia a tus ojos, no pases sin detenerte junto a tu siervo”. Le propuso descanso y comida y, como al Señor le pareció bien, les sirvió y permaneció en pie a su lado, bao el árbol mientras ellos comían. Y, a continuación, viene el pasaje que aquí interesa:

“Después, le preguntaron: - ¿Dónde está Sara? Él contestó: -Ahí en la tienda. Y uno le dijo: “Sin falta volveré a ti la próxima primavera y Sara tu mujer habrá tenido un hijo. Sara lo oyó desde la entrada de la tienda, pues estaba detrás del que hablaba. Abrahán y Sara eran ancianos, de edad avanzada, y a Sara le había cesado la regla de las mujeres. Sara se sonrió por dentro, diciendo: “¿Después de estar consumida, y con mi marido anciano, voy a sentir placer?”. El Señor dijo a Abrahán: -“¿Por qué se ha reído Sara, diciendo: ¿De veras voy a dar a luz siendo anciana? ¿Es que hay algo difícil para el Señor? En el tiempo señalado, la próxima primavera, volveré a ti y Sara habrá tenido un hijo. Sara lo negó diciendo: “- No me he reído –pues tenía miedo. Pero Él contestó: No es cierto, te has reído”.

Así de sencillo. Esa es la naturalidad con la que Dios, Amor, habla con cualquiera de nosotros cuando estamos en su presencia, cuando pensamos en Él, cuando hablamos sin pronunciar las palabras expresando lo que nos gustaría decirle. Esa es la atención que nos presta aunque creamos que no nos oye, que no nos atiende, que lo nuestro son naderías, que nosotros somos poca cosa. Parece una historia irrelevante, pero es una historia estupenda porque nos dice que Dios, desde antes de la creación del tiempo, ya sabe de nosotros y se interesa por nuestras cosas. También nos ayuda a caer en la cuenta de que Dios, además de estar siempre con nosotros, hay momentos en los que se manifiesta viniendo a nuestro encuentro y esperando una amable acogida por nuestra parte. El pasaje nos habla también de la generosidad de Dios con nosotros, sin límites, porque no los hay para Él y sus obras. Pero, sobre todo, nos anima a hablarle como a un Padre, como a un Amigo, sabiendo que Él se comporta así con nosotros. Y que Él tiene la última palabra. Sin reñir, sin imponer, sin darle mayor importancia, Dios no podía dejar así la cosa: “No es cierto, te has reído.” Y, así, también nosotros sonreímos.

Hablar con Dios. Hablarle de nuestras cosas. De nuestras ilusiones, de nuestros planes, de cómo va la jornada. Serán muchos instantes durante el día o unos ratos de oración que hemos reservado para estar con Él, animarnos, descansar. Merece la pena.

(59) AGOSTO (9-8-14)

Nada de lo que ocurre en el mundo puede ser ajeno al corazón amante del cristiano que rebosa del amor del Amor. “Si Dios nos ha amado así, también nosotros debemos amarnos unos a otros… Nosotros amamos, porque Él nos amó primero. Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de Él este mandamiento: quien ama a Dios, que ame también a su hermano.” (I Jn 4, 11 y 19 a 21)

La oración de intercesión, pidiendo por y para los demás, es una eficaz forma de amar. Y es una oportuna noticia para una amable reflexión en el verano aquella que recoge la intercesión de Moisés ante Dios, disgustado porque los israelitas adoraban un becerro de oro que habían hecho. “- ¿Por qué, Señor, ha de inflamarse tu cólera contra tu pueblo, al que has sacado del país de Egipto con gran poder y mano fuerte? ¿Por qué dar pie a que digan los egipcios: “Por malicia los ha sacado para matarlos entre las montañas y exterminarlos de la faz de la tierra”? Aplaca el furor de tu cólera y renuncia al mal con que amenazas a tu pueblo. Acuérdate de Abrahán, de Isaac y de Israel, tus siervos, a quienes juraste por ti mismo diciendo: “multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas y toda la tierra que os he prometido se la dará a vuestra descendencia, para que la posean en herencia para siempre”. El Señor renunció al mal que había anunciado hacer contra su pueblo.” (Ex 32, 11-14). Poco después, comprobado lo que había ocurrido, volvió Moisés ante el Señor y dijo: “- ¡Ay! Este pueblo ha cometido un pecado gravísimo, haciéndose un dios de oro. Ahora bien, si les perdonaras su pecado… Si no, bórrame a mí del libro que tú has escrito” (Ex 32,31). No fue esa la única vez que intercedió Moisés ante Dios, antes había clamado por su pueblo cuando encontraron las aguas amargas de Mará (Ex 15, 22-26), cuando se quejaron de hambre y Dios les envió las codornices y el maná (Ex 16) o cuando les proporcionó agua de la roca golpeada por el bastón de Moisés en Masá y Meribá (Ex 17, 1-7). También en “Números” se recogen otras intercesiones de Moisés a favor de su pueblo. El “Deuteronomio” acaba dando noticia de su muerte: “No ha vuelto a surgir en Israel profeta como Moisés, a quien el Señor trataba cara a cara” (Dt 34, 10)

Los cristianos saben por la fe que han acogido y viven que Dios está con ellos. Saben que Jesús se ha quedado con nosotros. Saben y creen en el Espíritu Santo que intercede por nosotros: “Asimismo el Espíritu acude en ayuda de nuestra flaqueza: porque no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables. Pero el que sondea los corazones, sabe cuál es el deseo del Espíritu, porque intercede según Dios a favor de los santos” (Rm 8, 26-27). Y, confiados, pedimos por todos, conocidos y desconocidos, amigos o no, vivos y muertos. Como en el juego infantil del “rescate”: “Por mí y por todos mis compañeros”.

(60) AGOSTO (16-8-14)

Lo que vale para lo humano también vale para lo divino. Algo así como si se dijera: “Si yo hubiera sido Dios hubiera actuado de otro modo”. Un estupendo ejemplo se encuentra en lo ocurrido (2R 5) con Naamán, que era jefe del ejército del rey de Siria, que era un valiente y que padecía lepra. En una incursión, habían traído a una jovencita de la tierra de Israel y pasó al servicio de la mujer de Naamán. Le dijo a su señora: “-Ojalá mi señor estuviera ante el profeta que hay en Samaría. Seguro que él lo curaría de la lepra”. Naamán se lo contó a su señor que envió cartas al rey de Israel. Partió llevando oro, plata y trajes. El rey de Israel se asustó, pensó en la curación imposible y temió que fuera un motivo para luchar contra él. Eliseo, el hombre de Dios, le dijo que se lo enviara a él.

Llegó Naamán con sus caballos y su carruela y se detuvo en la puerta de la casa de Eliseo. Eliseo le envió un mensajero a decirle: “-Vete y lávate siete veces en el Jordán y tu carne volverá a quedar sana”. Naamán se irritó y se dispuso a marchar diciendo: “-Yo me imaginaba que a buen seguro saldría hasta mi y de pie invocaría el nombre del Señor, su Dios, podría su mano está la lepra y me curaría de ella. ¿Acaso no son los ríos de Damasco, el Amaná y el Parpar, mejores que todos los ríos de Israel, para lavarme en ellos y quedar limpio?”. Dio media vuelta y se marchó con rabia. Pero se le acercaron sus siervos y le hablaron diciendo: “-Padre, si el profeta te hubiera mandado algo difícil, ¿no lo habrías hecho? Cuando más si te ha dicho: “Lávate y quedarás limpio”. Bajó y se metió siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del hombre de Dios, y entonces su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio.”

Lo que sigue son otras historias. En una, Naamán quiso entregar el regalo y Eliseo no lo aceptó. Naamán aseguró que no ofrecería holocaustos a otro dios que no fuera el Señor. Fiel a su rey, pidió perdón por anticipado por tener que postrarse en el templo de Rimón cuando acompañara a su rey para adorar a este dios. “Vete en paz”, fue la despedida de Eliseo. En la otra, Guejazí, el criado de Eliseo, pensó que éste había sido demasiado generoso y corrió tras Naamán para obtener algo. Lo obtuvo. Y mintió a Eliseo cuando le preguntó dónde había ido. Y el siervo sufrió el castigo por su acción.

El cristiano cree en Dios que es Padre, que sabe lo que necesita y que le da lo que más le conviene y cuando le conviene (Mt 6,32). También sabe que en la prueba Dios le envía al mismo tiempo la ayuda necesaria –sobreabundante- para resistir y vencer. En el “Libro de amigo y amado” (Ramón Llull, hacia el año 1.283) se puede leer esta máxima (12): “Di amigo –dijo el amado-, ¿tendrás paciencia si doblo tus pesares? –Sí, con tal de que dobles mis amores”. Si Dios con nosotros, ¿Quién contra nosotros? (Rm 8,31)

(61) AGOSTO (23-8-14)

No sería una noticia menor haber descubierto en estos días del verano que “Dios está a la escucha” permanentemente, esperando a todos, y a cada uno, los hijos que se marcharon, preparando su acogida sin darles tiempo ni siquiera a pedir perdón (Lc 15, 11-32) y que, en nuestra relación con Él, debe presidir la sencillez y la naturalidad. El cristiano que ha acogido la fe que se le ha dado, sabe que habla con el Padre, que tiene al Hijo como hermano y modelo y que está arropado con la gracia del Espíritu Santo que le anima, le ayuda y que intercede por él.

La historia de Jonás, en el breve libro que lleva su nombre, puede ser un precioso pasaje bíblico para pasar un rato disfrutando de lo que en él se dice. Todo empieza cuando el Señor se dirige a Jonás, hijo de Amitay, diciéndole: “-Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y pregona en contra de ella, porque su perversidad ha subido hasta mi presencia”. Tan peculiar mandato provoca una reacción “natural”: “Jonás se levantó para huir a Tarsis, lejos de la presencia del Señor” (Jon 1,3). A continuación, se relata el viaje y “el pez enorme”, incluido el salmo con el que Jonás oró al Señor (Jon 2) hasta que Dios ordenó al pez que vomitara a Jonás en tierra firme. Y allí se produce, por segunda vez, el mandato del Señor. Jonás se levantó y estuvo un día entero deambulando por la ciudad, predicando y diciendo: “- Dentro de cuarenta días Nínive será destruida”. Cumplir la voluntad de Dios, aunque a veces nos parezca imposible, tiene estas cosas: las gentes de Nínive creyeron en Dios. Convocaron a un ayuno y se vistieron de saco del mayor al más pequeño (Jon 3,5), incluyendo el rey y sus magnates. Dios miró sus obras, cómo se convertían de su mala conducta, y se arrepintió Dios del mal que había dicho que les iba a hacer y no lo hizo (Jon 3,10). De que cada uno cumpla la voluntad de Dios dependen cosas grandes que no se habría podido creer.

“Pero Jonás se llevó un gran disgusto y se enojó” (Jon 4.1); a veces la misericordia de Dios provoca reacciones inesperadas en los hombres que juzgan el hacer divino.

Y así se llega al pasaje divertido. Jonás salió de la ciudad y se detuvo a levante. Allí se hizo una cabaña, y se sentó debajo, a la sombra, a la espera de lo que sucediera en la ciudad. El Señor Dios dispuso que un ricino creciera por encima de Jonás para darle sombra en la cabeza y librarlo de su malestar. Jonás sintió gran dicha por aquel ricino. Pero el Señor dispuso que, al rayar la aurora, al día siguiente, un gusano atacara el ricino que se secó. Y, al brillar el sol, Dios dispuso un viento solano sofocante, y pegó en la cabeza de Jonás. Volvió a decir: “Más me vale morir que vivir”. Respondió Dios: “-¿Te parece bien enojarte por un ricino?”. Él contestó: “Me parece bien enojarme hasta morir”. Replicó el Señor: “Tú te apiadas por un ricino, por el que no te has pasado fatiga alguna, ni le has hecho crecer, que una noche ha nacido y una noche ha perecido. Pues Yo ¿no he de apiadarme de Nínive…?” (cf. Jon 4,5-10). Hablar con Dios. Nada menos.

(62) AGOSTO (30-8-14)

Agosto se acaba y también, aquí, el repaso de “noticias” del Antiguo Testamento. Para algunos no se puede recordar a Naamán el Sirio sin traer de la memoria la historia de la viuda en Sarepta de Sidón. Posiblemente el motivo subconsciente sea el pasaje de Lucas (4, 24-27) que se refiere a ambos para confirmar que “Ningún profeta es bien recibido en su tierra”. Dijo Jesús: “Muchas viudas había en Israel en tiempos de Elías, cuando durante tres años y seis meses se cerró el cielo y hubo gran hambre en toda la tierra, y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, más que Naamán el Sirio”.

La historia se recoge en I Reyes (8-16). Cuando vino la sequía, el Señor envió a Elías al torrente Querit, al este del río Jordán. Los cuervos le traían carne y pan por la mañana y él bebía del torrente. Cuando se secó, Dios le ordenó que fuera a Sarepta porque allí lo alimentaría una viuda. Y allí fue Elías. Hay que leer atentamente el pasaje y la angustia en que vivía la viuda. Hay que poner entonación a las palabras de cada uno. “Entraba por la puerta de la ciudad cuando una mujer viuda recogía leña. La llamó y le dijo: “- Por favor, tráeme en un vaso un poco de agua para beber”. Cuando ella iba a buscar el agua, él la llamó y le dijo: “- Por favor, tráeme en tus manos un trozo de pan”. Ella contestó: “- Vive el Señor, tu Dios, que no tengo ni una hogaza: sólo un puñado de harina en el cuenco y un poco de aceite en la alcuza. Ahora estoy recogiendo un par de leños para ir a prepararlo para mi hijo y para mi. Lo comeremos y luego moriremos.” Le dijo Elías: “- No tengas miedo. Anda, haz lo que dices; pero primero hazme a mí con eso una torta pequeña y tráemela; después vete y hazla para ti y tu hijo. Porque esto ha dicho el Señor, Dios de Israel: “El cuenco de harina no quedará sin nada y la alcuza de aceite no se vaciará hasta el día en que el Señor conceda la lluvia a la superficie del suelo”. Ella fue y actuó según la palabra de Elías, y comieron él y ella y su casa durante días. La harina del cuenco no se acabó ni el aceite de la alcuza se vació, según la palabra que el Señor había pronunciado por medio de Elías”.

Después, se narra la enfermedad y muerte del hijo de la viuda y cómo resucitó el niño. El cristiano que vive la fe recibida y acogida recibe de inmediato el mensaje que le lleva a confiar en Dios en todo y siempre. Incluso en situaciones en las que parece que no hay salida, es preciso confiar en el Amor que sabe lo que nos conviene, en el Padre que da a los hijos lo que necesitan (Mt 6,32). “¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré” (Is 49, 15). El tantas veces repetido “No tengáis miedo” (Mt 10, 26, 28, 31...), nos da la seguridad del santo abandono en el Amor, como se abandonan en sus padres los niños cuando dan sus primeros pasos, en sus caídas, en sus miedos.

(63) TIEMPO ORDINARIO (6-9-17)

Parece adecuado empezar el curso con una reflexión tranquila sobre la gestión de los impuestos de la que se encuentra noticias en el Nuevo Testamento. No se considera el tributo para sostenimiento del Templo, sino la exigencia de los impuestos romanos –gabelas- para el Imperio. La competencia estaba atribuida a los publicanos que, lógicamente, no tenían buena fama. Incluso Jesús fue criticado por comer con ellos (Mt 9,10; Mc 2,16; Lc 5,30). Pero para el corazón de Jesús no hay excluidos, marginados: todos estamos llamados a ser santos (Mt 5,48). Llamada directa fue la de Mateo: estaba en el telonio, dedicado a su tarea recaudatoria, cuando Jesús le dijo: “Sígueme”. Y él, se levantó y le siguió (Mt 9,9). Publicano era el de la parábola (Lc 18, 9-14) que, mientras era despreciado por el fariseo en el Templo (“Oh, Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano”), se dirigía a Dios con humildad, golpeándose el pecho (“Oh, Dios, ten compasión de mí que soy un pecador”). “Os aseguro que éste bajo justificado a su casa, y aquel no”, sentenció Jesús. Y es que: “Un corazón contrito y humillado, Dios mío, no lo desprecias” (salmo 51,17). Y a los publicanos se refirió Jesús (Mt 21,31) después de contar la parábola de los dos hijos: “En verdad os digo que los publicanos y las meretrices van a estar delante de vosotros en el Reino de Dios”

Y, en este contexto, es preciso traer aquí la preciosa historia de lo ocurrido en Jericó con Zaqueo que era “jefe de publicanos y rico” (Lc 19, 1-10). Intentaba ver a Jesús para conocerle, pero no podía a causa de la muchedumbre, porque era pequeño de estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, porque iba a pasar por allí. Cuando Jesús llegó al lugar, levantando la vista, le dijo: “- Zaqueo baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa”. Bajó rápido y lo recibió con alegría. Dice el Evangelio que “todos” murmuraban diciendo que había entrado a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo, de pie, le dijo al Señor: “- Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres y si he defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces más”. Jesús recuerda que ha llegado la salvación a esa casa, que también éste es hijo de Abrahán, que el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido. Desde luego, vistas las consecuencias del arrepentimiento de Zaqueo parece no sólo que era rico, sino también que podía haber sido un defraudador. Defraudar es traicionar la confianza de otro o incumplir con malicia el deber que es propio de cada uno en su estado y profesión. En este sentido pueden defraudar tanto los que deben contribuir, como los que tienen el deber de exigir la contribución justa. Zaqueo buscó a Jesús y, sólo con su intención puesta en práctica, sin necesidad de pedir, tuvo la cariñosa acogida que le llevó a una sincera y radical conversión. El cristiano que procura mantener viva la fe recibida es conciente de que muchas veces defrauda a Dios que es Padre amoroso, Amigo fiel, Consejero permanente, eficaz Abogado, el Amor, en fin, que no defrauda.

La noticia de Zaqueo regala un buen propósito para renovar al empezar el curso: “Que busques a Cristo. Que encuentres a Cristo. Que ames a Cristo”, escribió san Josemaría Escrivá. “El Señor es clemente y misericordioso... es bueno con todos” (salmo 144)

(64) TIEMPO ORDINARIO (13-9-17)

Nadie y nada de lo que ocurre cada día es ajeno ni indiferente para el cristiano que ha acogido la fe que se le ha dado porque toda su vida tiene como fin la mayor gloria de Dios. Y, como buen hijo de tan amoroso Padre, lo busca en todos los acontecimientos y quiere quedarse con Él cuando lo encuentra. Dios siempre se hace el encontradizo.

De los encuentros con Jesús hay muchas noticias en el Evangelio. Para algunos, uno de los pasajes más significativos es el de la curación del ciego de nacimiento (Jn 9). Al pasar vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Hizo lodo con su saliva, lo aplicó en sus ojos y le dijo: - “Anda a lavarte en la piscina de Siloé” (que significa “Enviado”). Fue se lavó y volvió con vista. Los vecinos y los que lo habían visto antes, cuando era mendigo, decían: - ¿No es éste el que estaba sentado y pedía limosna? Unos decían: -Sí, es él. Otros, en cambio: - De ningún modo, sino que se le parece. Él decía: - Soy yo. Y le preguntaban: - ¿Cómo se le abrieron los ojos? Él respondió: - Ese hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos y me dijo “Vete a la piscina de Siloé y lávate” Así que fui, me lavé y comencé a ver. Le dijeron: - ¿Dónde está ése? Él respondió no lo sé. Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego... Y los fariseos empezaron otra vez a preguntarle cómo había comenzado a ver. Él les respondió: - me puso lodo en los ojos, me levé y veo. Entonces algunos de los fariseos decían: - Ese hombre no es de Dios, porque no guarda el sábado. Pero otros decían: - ¿Cómo es que un hombre pecador puede hacer semejantes prodigios? Y había división entre ellos.

Le dijeron, pues, otra vez al ciego: - ¿Tú que dices de él, puesto que te ha abierto los ojos? – Que es un profeta, respondió. No creyeron los judíos y llamaron a sus padres y les preguntaron: ¿Es este vuestro hijo que decís que nació ciego? ¿Entonces cómo es que ahora ve? Respondieron los padres: - Nosotros sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Lo que no sabemos es cómo ahora ve. Tampoco sabemos quién le abrió los ojos. Preguntádselo a él, que dad tiene. Él podrá decir de sí mismo (san Juan dice que respondieron así porque tenían miedo). Y llamaron por segunda vez al que había sido ciego: - Da gloria a Dios; nosotros sabemos que ese hombre es un pecador. Él les contestó: - Yo no sé si es un pecador. Sólo sé una cosa: que yo era ciego y que ahora veo. Entonces le dijeron: - ¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos? – Ya os lo dije y no lo escuchasteis. ¿Por qué lo queréis oír de nuevo? ¿Es que también vosotros queréis haceros discípulos suyos? Ellos lo insultaron y dijeron: - Discípulo suyo serás tú; nosotros domos discípulos de Moisés. Sabemos que Dios habló a Moisés, pero ése no sabemos de dónde es. Aquel hombre les respondió: - Esto es precisamente lo asombroso que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores. En cambio, si uno honra a Dios y hace su voluntad, a ése lo escucha. Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no fuera de Dios no hubiese podido hacer nada. Ellos le replicaron: -Has nacido en pecado y ¿nos vas a enseñar tú a nosotros? Y le echaron fuera...

Oyó Jesús que lo habían echado fuera y cuando se encontró con él le dijo: - ¿Crees tú en el Hijo del Hombre? - ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?, respondió. Le dijo Jesús: - Sí lo has visto: el que está hablando contigo, ése es. Y él exclamó: - Creo, Señor.”

(65) TIEMPO ORDINARIO (20-9-14)

Buscar a Cristo. Encontrar a Cristo. Amar a Cristo. Es un lema de la vida del cristiano que ha acogido la fe que se le ha dado. En el Evangelio hay muchos pasajes que muestran la búsqueda de Cristo y los encuentros con Él. De las muestras del amor de Cristo a los hombres habla todo el Evangelio. Pero, para algunos, una preciosa expresión directa del amor a Cristo se relata en el texto de san Juan (Jn 21): “Después, volvió a aparecerse Jesús a sus discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se apareció así: estaban juntos Simón Pedro y Tomás –el llamado Dídimo-, Natanael –que era de Caná de Galilea-, los hijos de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Les dijo Simón Pedro: - Voy a pescar. Le contestaron: - Nosotros también vamos contigo. Salieron y subieron a la barca. Pero aquella noche no pescaron nada. Cuando ya amaneció, se presentó Jesús en la orilla, pero sus discípulos no se dieron cuenta de que era Jesús. Les dijo Jesús: - Muchachos ¿tenéis algo de comer? – No, le contestaron. Él les dijo: Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. La echaron y casi no eran capaces de sacarla por la gran cantidad de peces. Aquel discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: - ¡Es el Señor!”. Sin decirlo, es toda una expresión de amor, porque el que ama descubre al amado cuando otros no lo ven. Descubrir a Cristo, en todo, cuando muchos no lo ven, es amarlo, es una prueba de amor.

Y sigue el pasaje: “Al oír Simón Pedro que era el Señor se ató la túnica, porque estaba desnudo, y se echó al mar. Los otros discípulos vinieron en la barca, pues no estaba lejos de tierra, sino a unos doscientos codos, arrastrando la red con los peces. Cuando descendieron a tierra vieron unas brasas preparadas, un pez encima y pan. Jesús les dijo: - Traed algunos de los peces que habéis pescado ahora. Subió Simón Pedro y sacó a tierra la red llena de ciento cincuenta y tres peces grandes. Y a pesar de ser tantos no se rompió la red. Jesús les dijo: - Venid a comer. Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle: “¿Tú quien eres?”, pues sabían que era el Señor. Vino Jesús, tomó el pan y los distribuyó entre ellos, y lo mismo el pez. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos, después de resucitar de entre los muertos.”

Y termina el texto en lo que aquí interesa: “Cuando acabaron de comer, le dijo Jesús a Simón Pedro: - Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Le respondió: - Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Le dijo: - Apacienta mis corderos. Volvió a preguntarle por segunda vez: - Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Le respondió: - Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Le dijo: - Pastorea mis ovejas. Le preguntó por tercera vez: - Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez “¿Me quieres?”, y le respondió: - Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero...”

(66) TIEMPO ORDINARIO (26-9-14)

El cristiano que ha acogido el don de la fe que se le ha dado, viviendo en la presencia de Dios que está permanentemente junto a él, busca su consejo, su amparo y su ayuda para caminar seguro, sin desviarse del camino o volviendo a la buena senda cuando ha tropezado, cuando ha caído o cuando se ha desviado. El cristiano tiene la certidumbre de que con Dios todo lo puede y que nada puede sin Dios. Para el cristiano, la oración es como el respirar, como el latir del corazón. No le aparta de lo que debe hacer, sino que lo hace en Dios, con Él y para Él: con el ofrecimiento de su trabajo, en sus relaciones con los demás y en su lucha interior para mejorar, para rectificar, para volver después de los fallos, de los olvidos y de los abandonos. Dios está a su lado siempre (“Estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”, Mt 28,20) y siempre le espera, como hacía el padre en la parábola del hijo pródigo (Lc 15,20). No se puede olvidar la cariñosa invitación: “Mira, estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo” (Ap 3,20)

Es frecuente llamar la atención sobre la oración de Jesús que pasaba toda la noche en oración (Lc 6,12) o que frecuentemente se retiraba para orar. Y, desde luego, sobre la oración es inevitable recordar (Lc 11,1 y 2) la petición de los discípulos a Jesús para que les enseñara a orar y cómo les enseñó el “Padre nuestro”, que es el mejor modelo de oración. Algunos consideran un excelente objeto de reflexión lo que ocurrió en Getsemaní, en la “Oración del Huerto” (Mt 26, 36-44) que permite considerar la actitud de Jesús, sufriendo y orando, y la de sus discípulos, que se dormían. “Y se llevó a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, y comenzó a entristecerse y a sentir angustia. Entonces les dice: - Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo. Y, adelantándose un poco, se postró rostro en tierra mientras oraba diciendo: - Padre mío, si es posible aleja de mí este cáliz; pero no sea como yo quiero, sino como quieres tú. Vuelve junto a sus discípulos y los encuentra dormidos, entonces le dice a Pedro: - ¿Ni siquiera habéis sido capaces de velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil. De nuevo se apartó, por segunda vez, y oró diciendo: - Padre mío, si no es posible que esto pase sin que yo lo beba, hágase tu voluntad. Al volver los encontró dormidos, pues sus ojos estaban cargados de sueño. Y, dejándolos, se apartó una vez más, y oró por tercera vez repitiendo las mismas palabras.”. Aprendimos bien cómo pedir: lo que Tú quieras, porque Tú lo quieres.

(67) TIEMPO ORDINARIO (27-09-14)

El día 27 de septiembre de 2014 se celebró en Madrid la ceremonia de beatificación del obispo Álvaro del Portillo, madrileño. Su festividad se celebrará el día 12 de mayo de cada año, en recuerdo del día de su Primera Comunión. Según las noticias, asistieron casi doscientas mil personas –mujeres y hombres, mayores, jóvenes y muchos niños- que venían de todos los continentes del mundo. Al día siguiente, en el mismo lugar, se celebró una misa de acción de gracias, también con numerosa asistencia. La interrelación de las lecturas de esta misa (1ª Lect: Eclo 50, 24-26; 2ª Lect: Col 3, 12-17; Evg: Jn 15, 9-17) permite construir un provechoso esquema de meditación.

- Jesús nos llama amigos. Su mandamiento es que nos amemos unos a otros como Él nos ama. “En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en m amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor... Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer... (Evg). “Y por encima de todo esto, el amor que es el vínculo de la unidad perfecta (2ª Lect)

- La misericordia de Dios nos llena de alegría y de paz. Debemos agradecer tanto amor. “... Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud...” (Evg). “Que nos dé alegría de corazón y que haya paz en nuestros días, en Israel por los siglos de los siglos. Que su misericordia permanezca con nosotros y en nuestros días nos libere” (1ª Lect). “Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo. Sed también agradecidos... Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él” (2ª Lect)

- Jesús es quien nos ha elegido. Y nos envía para que demos fruto, con la ayuda de Dios, en el amor a los demás. “... No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os ha elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.” (Evg). “Bendecid al Dios del Universo, el que hace grandes cosas por doquier, el que enaltece nuestra vida desde el seno materno y nos trata según su misericordia” (1ª Lect). “Hermanos: como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo... La Palabra de Cristo hable en vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente...” (2ª Lect). Es un programa de vida para todos, a cualquier edad, en cualquier estado.

El beato Álvaro del Portillo, en la homilía de la misa en su 80º cumpleaños, enseñó una buena guía para andar el camino: “¡Gracias, Señor! Perdona mi escasa correspondencia y, desde hoy, ayúdame todavía más”. Siempre ayuda la jaculatoria: “Dulcísimo Corazón de María prepara y conserva el camino seguro”.

(68) TIEMPO ORDINARIO (4-10-14)

La vida del cristiano es vida de oración, constante presencia de Dios, como hijo de tan buen Padre. Por ese motivo es conveniente repasar palabras de Jesús sobre la oración:

- Sencillez y confianza. “Cuando oréis no seáis como los hipócritas... Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre que está en lo oculto, y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. Y al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles... Así pues, no seáis como ellos, porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis...” Y les enseñó el Padrenuestro (Mt 6, 5-13)

- Perseverancia . “Les proponía una parábola sobre la necesidad de orar y no desfallecer, diciendo: “Había en una ciudad un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. También había en aquella ciudad una viuda que acudía a él diciendo: “Hazme justicia ante mi adversario”. Y durante mucho tiempo no quiso. Sin embargo, al final se dijo a sí mismo: “Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda está molestándome, le haré justicia para que no siga viniendo a importunarme”. Concluyó el Señor: - Prestad atención a lo que dice el juez injusto. ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche, y les hará esperar?. Os aseguro que les hará justicia sin tardanza. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18,1-8)

- Humildad. “Dijo también esta parábola a alguno que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y despreciaban a los demás: Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo quedándose de pie, oraba para sus adentros: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo”. Pero el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador”. Os digo que éste bajó justificado a su casa y aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado y todo el que se humilla será ensalzado.” (Lc 18, 9-14)

- Eficacia. “Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá. “¿Quién de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pan, le da una piedra? O si le pide un pez, le da una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se lo pidan? (Mt 7, 7-11). En Lucas se incluye otra referencia: “¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? (Lc 11, 11-13). Y, antes, se pone otro ejemplo: “¿Quién de vosotros que tenga un amigo y acuda a él a medianoche y le diga: “Amigo, préstame tres panes porque un amigo mío y no tengo qué ofrecerle” responderá desde dentro: “No me molestes, ya está cerrada la puerta; los míos y yo estamos acostados, no puedo levantarme a dártelos”. Os digo que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos por su impertinencia se levantará para darle cuanto necesite.” (Lc 11, 5-8)

(69) TIEMPO ORDINARIO (11-10-14)

En la vida espiritual, la rutina es enemiga de la piedad. El cristiano vive la fe que se le ha dado y que ha acogido, confiado en Dios que es el Amor y recordando las palabras de Jesús: “Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que quieran, mi Padre que está en los cielos se lo concederá. Pues allí donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.” (Mt 18,19-20). También: “Por tanto os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo recibisteis y se os concederá” (Mc 11,24). “Ésta es la confianza que tenemos en Él: si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha. Y puesto que sabemos que nos va a escuchar en todo lo que pidamos, sabemos que tenemos ya lo que hemos pedido.” (1 Jn 5, 14-15). Así vivían su fe los primeros discípulos de Jesús: “Todos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús, y sus hermanos” (Hch 1,14). Y en la milagrosa liberación de San Pedro, se dice: “Consciente de su situación se dirigió a casa de María, madre de Juan, de sobrenombre Marcos, donde estaban muchos reunidos en oración” (Hch 12,12)

Es frecuente recordar la recomendación que hace San Pablo a los tesalonicenses: “Estad siempre alegres. Orad sin cesar. Dad gracias por todo, porque eso es lo que Dios quiere de vosotros en Cristo Jesús. No extingáis el Espíritu, ni despreciéis las profecías; sino examinad todas las cosas, retened lo bueno y apartaos de toda clase de mal” (1 Tes 5, 16-22). En la epístola a los romanos el apóstol nos regala una guía de conducta: “Que la caridad esté libre de hipocresía, abominando del mal, adhiriéndoos al bien; amándoos de corazón unos a otros con el amor fraterno, honrando cada uno a los otros más que a sí mismo; diligentes en el deber, fervorosos en el espíritu, servidores del Señor; alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación, constantes en la oración; compartiendo las necesidades de los santos, procurando practicar la hospitalidad...” (Rm 12, 9-13). Y así, con perseverancia: “Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias” (Col 4,2). En el pasaje también referido al sacramento de la Unción de Enfermos, es memorable la advertencia de Santiago sobre el valor de la oración: “¿Está triste alguno de vosotros? Que rece. ¿Está contento? Que cante salmos. ¿Está enfermo alguno de vosotros? Que llame a los presbíteros de la Iglesia, y que oren sobre él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor le hará levantarse, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados. Así pues confesaos unos a otros los pecados, y rezad unos por otros, para que seáis curados. La oración fervorosa del justo puede mucho” (St 5,13-17).Y es que, en la oración, nos unimos a Dios y descansamos en su amor: “Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque el cuida de vosotros” (1 Pe 5,7). Cristianismo es amor, en el Amor.

(70) TIEMPO ORDINARIO (19-10-14)

En la devoción de los cristianos, octubre es el mes del Rosario, corona de rosas en cuya contemplación obsequiamos a nuestra Madre la Virgen María con la consideración de los Misterios de la vida de Jesucristo, su Hijo y hermano nuestro, desde la Encarnación (Gozosos) a la Pasión (Dolorosos) y Resurrección (Gloriosos), pasando por la institución de la Eucaristía (Luminosos) en la que el amor al Amor nos lleva a recordar que se ha quedado con nosotros “hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Y, con la consideración y contemplación de esos Misterios, repasamos también la vida de Jesús que es modelo de nuestra vida y, con ella, la vida de María que “guardaba todas esas cosas en su corazón” (Lc 2,19 y 2.51) y es “la orante perfecta” (CIC nº 2679). De ahí que octubre sea, nada más y nada menos, como un tiempo de práctica intensiva de lo que es debe ser un curso ordinario durante todo el año, durante toda nuestra existencia aquí, de vida en Cristo, en la oración constante (1 Ts 5,17), sin desfallecer.

La edad lleva a muchos a recordar lo que aprendieron cuando eran niños que estudiaban el Catecismo. En el del P. Astete se preguntaba: “¿Qué cosa es orar?” y se respondía: “Es levantar el corazón a Dios y pedirle mercedes”. En el del P. Ripalda la respuesta era semejante: “Levantar a Dios el alma a pedirle mercedes”. En el Astete se definía así la oración mental: “Es la que se hace ejercitando las potencias del Alma: acordándonos con la memoria de alguna cosa buena; pensando y discurriendo con el entendimiento sobre ella; y haciendo con la voluntad varios actos como de dolor de los pecados, o varias resoluciones como confesarnos, de mudar de vida”. Y la oración vocal: “Es la que se hace con palabras exteriores, verbi gratia, la que hacemos cuando rezamos el Padrenuestro”. Y sobre cómo se ha de orar, se respondía: “Con atención, humildad, confianza y perseverancia”. El actual Catecismo de la Iglesia Católica resume: “La oración es la elevación del alma hacia Dios o la petición a Dios de bienes convenientes” (San Juan Damasceno, Expositio fidei, 68). Y presenta la oración: 1) como don de Dios (nº 2559 a 2561), porque en la oración “Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber”; 2) como alianza (nº 2562 a 2564) porque “es acción de Dios y del hombre; brota del Espíritu Santo y de nosotros, dirigida por completo al Padre, en unión con la voluntad humana del Hijo hecho hombre”; 3) y como comunión (nº 2565) en cuanto que “la vida de oración es estar habitualmente en presencia de Dios, tres veces Santo, y en comunión con Él”.

Podemos tomar frases de santos que pueden ser valiosos motivos de reflexión. Así, dice santa Teresa del Niño Jesús: “Para mí la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hasta el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto en medio de la prueba como en la alegría” (Manuscritos C, 25r). Y Santa Teresa de Jesús define así la oración contemplativa: “No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama” (Libro de la vida, 8). San Josemaría Escrivá dice: “Me has escrito “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” - ¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: -¡tratarse!” (Camino nº 91)

(71) TIEMPO ORDINARIO (25-10-14)

La vida del cristiano, hijo de Dios, hermano de Jesucristo, protegido del Espíritu Santo, es vida de oración. La amable convivencia, el trabajo bien hecho, las alegrías y los sinsabores, los éxitos y los fracasos, la sequedad y el consuelo espirituales, el paisaje urbano o rural, la fatiga y el descanso, todo es ocasión de ofrecimiento, de acción de gracias, de oración porque el cristiano vive con Él y en Él. Oración que se manifiesta en palabras repetidas durante siglos, en palabras que brotan del corazón y, muchas veces, sólo en miradas. “Yo le miro y Él me mira”, explicaba el lugareño al santo Cura de Ars cuando le preguntaba sobre sus diarias visitas al Santísimo. Cada mañana comentaba con Dios aquel estudiante que, al ir a misa, veía una veleta en un tejado, señalando siempre en la misma dirección, fijada así, quizá por temor a que se desprendiera por la herrumbre: “Señor, no cumple su función originaria, pero me recuerda la fidelidad inamovible a lo que de verdad importa y, además, hace que te hable cada mañana”.

La oración vocal, con palabras que no cambian a pesar de los años, permite mantener la alegría de la juventud cualquiera que sea la edad del que la dice. Los años que pasan lo que aseguran es el distinto sentido que damos a las palabras de siempre, aunque la oración sea tan entrañable como “Jesusito de mi vida, eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón. Tuyo es mío, no.”. Los de más edad, que han vivido amores y desengaños, saben bien lo que es dar el corazón y sienten la urgencia y la confianza de dárselo a Dios que es Amor y que no nos falla. Muchos mayores aún rezan cada mañana la oración de los tiempos de colegio: “Oh, Corazón Divino de Jesús, por medio del Corazón Inmaculado de María Santísima, os ofrezco las oraciones, obras y sufrimientos de este día, para reparar las ofensas que se os hacen y por las intenciones encomendadas para este mes y para éste día”. Y por la noche: “Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. Si me desamparas que será de mí. Ángel de la Guarda ruega a Dios por mí”. Y le han puesto nombre a su ángel y saludan a los ángeles que están en la casa que visitan o a los que están junto al Sagrario, día y noche, acompañando y dando gloria al Divino Cautivo por amor, o al de la persona con la que hablan. A cualquier edad, son cosas del corazón de niño que sabe que Dios es su Padre.

El sentido de las palabras. Ser consciente de lo que se dice: “Padre nuestro... Hágase tu voluntad... No nos dejes caer en la tentación...”; “Bendita eres... Ruega por nosotros ¡ahora! y en la hora de nuestra muerte”. En la misa más de uno sentirá que es algo “inaudito”, aunque se dice y se oye cada día, la confesión pública que hacemos: “Yo pecador, me confieso a Dios... y a vosotros, hermanos, que pequé con el pensamiento, palabra y obra... Por tanto ruego... a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí a Dios nuestro Señor”. Qué estupenda sensación de vivir en Iglesia, de participar de la Comunión de los Santos. Si la vida ordinaria es trabajo que se debe santificar, que nos santifica, que debe santificar a los demás, también la oración es trabajo. Muchos santos terminaban agotados después de la oración mental. Todos sabemos lo que es luchar con la desgana, con las distracciones. Ofreció un santo su burro al que rezara un Avemaría sin distracción. Empezó uno: “Dios te salve, María...”, paró y preguntó: “¿También la albarda?”. Se podrían haber oído las risas alborozadas de los ángeles en el cielo.

(72) TIEMPO ORDINARIO (2-11-14)

Noviembre empieza con la celebración de la Iglesia triunfante (Todos los santos) y de la Iglesia purgante (Los fieles difuntos). Este año incluye la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Puede ser conveniente repasar una de las peticiones del Padrenuestro: “Venga a nosotros tu Reino” (Mt 6,10; Lc 11,2). Dice el Catecismo: “El Reino de Dios es para nosotros lo más importante. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de Dios adviene en la Última Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre” (CIC nº 2816). Se encuentran varias referencias al Reino en las palabras de Jesús. Así, en la primera misión de los apóstoles debían anunciar: “El Reino de los Cielos está al llegar” (Mt 10,7); y en la predicación de los discípulos anunciaban:. “El Reino de Dios está cerca de vosotros” (Lc 10, 9 y 11). El propio Jesús decía: “Si yo expulso a los demonios por el Espíritu de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros” (Mt 12,28); y, también: “El Reino de Dios está ya en medio de vosotros (Lc 17,21)

El Reino es promesa realizada: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos” (Mt 5,3) y “Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos (Mt 5,10). Y el Reino de Dios es también es ley para la vida y fundamento de esperanza de los cristianos: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán” (Mt 6,33). “No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino. Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no envejecen, un tesoro que no se agota en el cielo, donde el ladrón no llega ni la polilla corroe. Porque donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón ( Lc 12, 32-34). “Vosotros sois los que habéis permanecido junto a mí en mis tribulaciones. Por eso yo os preparo un Reino como mi Padre me lo preparó a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino, y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel” (Lc 22, 28-30)

El Reino es vida y meta del cristiano. Por lo que debe evitar: “No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos” (Mt 7,21); “Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil a un camello entrar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios” (Mc 10, 24-25; v. Lc 18, 24-25); “Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62); “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis el Reino de los Cielos a los hombres! Porque ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a los que quieren entrar” (Mt 23, 13). Y por lo que debe hacer: “En verdad, en verdad te digo que si uno no nace de lo alto no puede ver el Reino de Dios... En verdad, en verdad te digo que si uno no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3, 3-5). “En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 18, 3). “Dejad a los niños y no les impidáis que vengan conmigo, porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 19,14). “En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él” (Mc 10,15; v. Lc 18, 16-17)

(73) TIEMPO ORDINARIO (8-11-14)

La vida del cristiano que ha acogido la fe que se le ha dado sólo debe perseguir un fin: “Tanto si coméis, como si bebéis, o hacéis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Co 10,31). Para vivir así, en estos días previos a la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, conviene tener presente las quince parábolas del Reino que proporcionan una guía segura de reflexión, partiendo de lo que es lo principal: “El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, en su alegría, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo (Mt 13,44). “Asimismo el Reino de los Cielos es como un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra” (Mt 13, 45-46)

Atender a la palabra de Dios. La parábola del sembrador nos sitúa en alguna de las situaciones: el que la oye y no la vive, el que la recibe con alegría, pero es inconstante y la abandona en tiempo de tribulación, el que se pierde en las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas y que la acoge y produce frutos (Mt 13, 3-9 y 18-23; v. Mc 4, 3-20; Lc 8, 4-15). Hemos de confiar porque la gracia hace que la palabra de Dios fructifique en el alma: “El Reino de Dios es como el hombre que echa la semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo” (Lc 4,26-29; v. Mc 4, 26-29). “El Reino de los Cielos es como un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo; es, sin duda, la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas, y llega a hacerse como un árbol, hasta el punto de que los pájaros del cielo acuden a anidar en sus ramas” (Mt 13, 31-32; v. Mc 4, 30-32; Lc 13, 18-19)

Todos somos llamados a vivir la santidad (1 Tes 4,3). Nos llama en cualquier momento, como a los viñadores (Mt 20, 1-16) y debemos ir con Él, aunque nos cueste, como el hijo que primero dijo “no” (Mt 21, 28-32), porque Dios nos invita a la alegría de las bodas del cielo y no debemos excusarnos como quien dijo que tenía que ir a su campo o quien tenía que ir a su negocio (Mt 22, 1-14; v. Lc 14, 15-24). El cristiano debe vivir en medio del mundo, aunque se haya sembrado también cizaña (Mt 13, 24-30 y 37-40), aunque en la red barredera haya también cosas malas (Mt 13, 47-50), y debe ser fermento de santidad, como la levadura que fermenta toda la masa (Mt 13, 33; v. Lc 13, 20). Y, acogiendo la vocación que Dios no hace, debemos utilizar los talentos que nos ha dado, muchos o pocos, pero que siempre pueden y deben producir frutos de amabilidad, de servicio a los demás, del trabajo bien hecho (Mt 25, 14-29; v. también la parábola de las minas en Lc 19, 11-27)

Si la prudencia es “conductora de las virtudes” (S. Bernardo), el cristiano debe vivir la fe que se le ha dado vigilante y prudente para evitar fallarle a Dios que nos ama, como hicieron las vírgenes de la parábola “porque no sabéis el día ni la hora” (Mt 25, 1-13). Y debemos pedir a Dios “más ayuda” para evitar la soberbia de los arrendatarios homicidas de la viña (Mt 21, 33-43; v. Mc 12, 1-12; Lc 20, 9-16) y para actuar siempre con la misericordia que no tuvo el deudor cruel (Mt 18, 23-35). Todo un plan de vida.

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