sábado, 26 de noviembre de 2022

 

DE UN CRISTIANO

(2021-2022)

 

SUMARIO

1) Adviento

2) Adviento

3) Adviento

4) Adviento

5) Navidad

6) Tiempo Ordinario

7) Cuaresma

8) Semana Santa

9) Pascua de Resurrección

10) Ascensión del Señor

11) Pentecostés

12) Santísima Trinidad

13) Corpus Christi

14) Tiempo Ordinario

15) Agosto: Textos bíblicos (1): la viuda de Sarepta

16) Agosto: Textos bíblicos (2): el Dios verdadero

17) Agosto: Textos bíblicos (3): Elías y Dios

18) Agosto: Textos bíblicos (4): la viña de Nabot

19) Tiempo Ordinario

20) Jesucristo, Rey del Universo

 

REFLEXIONES

 

ADVIENTO

Adviento. Tiempo de esperanza. Los cristianos viven el misterio de la Encarnación como la expresión del amor del Amor, el mayor amor porque Dios es amor. Y así se recuerda con himnos de hace diez siglos: “Vox clara ecce intonat, obscura quaeque increpat: procul fugentur somnia; ab aethre Chiristus promicat”. “Escuchad cómo resuena la voz clara que pone en fuga las tinieblas: que se retiran deprisa los sueños; ya brilla Cristo en las almas. ¡Álzate, alma dormida! Que yaces enredada en tus culpas; porque ya reluce la nueva estrella, para espantar con su fulgor todo pecado. Desde el Cielo es enviado el Cordero, para saldar gratuitamente la deuda; nosotros, entre voces y llantos, imploremos su misericordia. Para que cuando vuelva por segunda vez y el mundo se vea ceñido por el temor, no nos castigue según nuestros delitos, sino que nos acoja en su inmensa piedad. Al Padre omnipotente, la gloria, a su Unigénito, la victoria, y al espíritu santo, la alabanza, por los siglos de los siglos. Amén” (Himno “Vox clara” de autor desconocido, compuesto antes del siglo XI).

El Adviento sitúa en pasajes evangélicos entrañables. El Adviento de María, Madre de Dios y Madre nuestra, empezó nueva meses antes de Navidad: “La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo” (Mt 1,18). También san José, nuestro padre y señor, vivió por aquellos días el principio de su Adviento: “José su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: -José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido, es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Jesús porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,19). Y año más, año menos, hubo un Adviento para los Magos: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle” (Mt 2,2). Años de esperanza, su propio Adviento, vivió el anciano Simeón: “Había recibido la revelación del Espíritu santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. Así, vino al Templo movido por el Espíritu. Y al entrar los padres con el niño Jesús, ara cumplir lo que prescribía la Ley sobre él, lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios, diciendo…” (Lc 2,26-27). También la profetisa Ana, de edad muy avanzada que no se apartaba del Templo, sirviendo con ayunos y oraciones día y noche: “Y llegando en aquel mismo momento, alababa a Dios y hablaba a él a todos” (Lc 2,38). Tiempo de Adviento: tiempo de escucha de la palabra de Dios, tiempo de hacer lo que nos dice, tiempo de abrazar al Niño, de hablar de Jesús a todos, tiempo de oración y sacrificio.

El Adviento de cada uno, la esperanza del caminar hasta que lleguemos al cielo, se vive continuadamente hasta el final, como escuchó el malhechor crucificado junto a Jesús en el Calvario: “- Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Y le respondió: -En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc 23,42-43). Para todos nosotros las puertas del cielo están abiertas desde entonces, por las propias palabras de Jesús: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Con Dios, que es amor, todo es esperanza, toda la vida es un Adviento. Es un camino que debemos recorrer con alegría.

ADVIENTO

El Adviento es un camino hacia la Navidad, un camino hacia el cielo. El Evangelio ayuda a caminar junto María y José con Jesús. “Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá, y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo” (Lc 1, 39-41). “José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David, llamada Belén, en Judea, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y cuando ellos se encontraban allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento” (Lc 2,4-7). “Cuando se marcharon, un ángel del señor se le apareció en sueños a José y le dijo: - Levántate, tomo al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre y huyó a Egipto” (Mt 2, 13-14). “Muerto Herodes, un ángel del Señor se le apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: - Levántate, toma al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel; porque ha muerto ya los que atentaban contra la vida del niño. Se levantó, tomó al niño y a su madre y vino a la tierra de Israel. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá; y avisado en sueños marchó a la región de Galilea. Y se fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret” (Mt 2,19-23). “Sus padres iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron a la fiesta como era costumbre … Bajó con ellos, vino a Nazaret y les estaba sujeto (Lc 2, 41-42.51).

Caminando con Jesús en el Adviento de la Pasión. “Y cuando iba a cumplirse el tiempo de su partida, Jesús decidió firmemente marchar hacia Jerusalén” (Lc 9,51). “Cuando

subía Jesús camino de Jerusalén tomó aparte a sus doce discípulos y les dijo: - Mirad, subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes ya los escribas, le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles para burlarse de él y crucificarlo, pero al tercer día resucitará (Mt 20,17-19; Lc 18,31-33). “Dicho esto, caminaba delante de ellos subiendo a Jerusalén” (Lc 19,28).  “Los que habían prendido a Jesús le condijeron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos” (Mt 26,57). Al llegar el amanecer, todos los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo se pusieron de acuerdo contra Jesús para darle muerte. Y atándolo lo llevaron y lo entregaron al procurador Pilato” (Mt 27,1-2). “Cuando salían encontraron a un hombre de Cirene que se llamaba Simón, y le forzaron a que llevara la cruz. Llegaron al lugar llamado Gólgota, es decir, lugar de la Calavera” (Mt 27,32-33) 

Caminado con Jesucristo en la Resurrección: “Ese mismo día, dos de ellos se dirigían a una aldea llamada Emaús, que distaba de Jerusalén sesenta estadios… Mientras comentaban y discutían, el propio Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos, aunque sus ojos eran incapaces de reconocerle… Él hizo ademán de continuar adelante, pero le retuvieron diciéndole: Quédate con nosotros porque se hace tarde y está anocheciendo y entró para quedarse con ellos…” (Lc 24,13-16. 28-29). Con Jesús: Adviento del cielo.

ADVIENTO

Adviento. Domingo “Gaudete”. El cristiano se recrea en la antífona de entrada: “Gaudete in Domino semper; iterum dico, gaudete. Dominus enim prope est”. “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca” (Flp 4,4). Los cristianos dicen en su corazón la Oración colecta: “Estás viendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe la fiesta del nacimiento de tu Hijo; concédenos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante”. En el ciclo C la lectura de la profecía de Sofonías (So 3) empieza también así: “Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel, alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén”. El texto del salmo responsorial se toma de Isaías: “El Señor es mi Dios y salvador, confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación” (Is 12,2). Y la segunda lectura se toma de la epístola a los Filipenses donde se puede leer: “Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios” (Flp 4,6)

Los cristianos viven el Adviento de la Navidad como se recorre el camino hacia el cielo. Conscientes de lo que se hace, de lo que se debe hacer; confiados en la compañía de los ángeles y de los santos; seguros de la mirada de Dios, en la mano atenta de Jesús para evitar que caigamos, llenos del Amor y de la Esperanza que el Espíritu Santo derrama en los corazones; con la Virgen, nuestra Madre y con san José, que sabe mucho de caminos, de idas y de huidas, de elegir el buen destino y de trabajar siempre y bien.

- Adivinando la sonrisa de Dios en Jesús: “Volvieron los setenta y dos llenos de alegría diciendo: - Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre. Él les dijo: Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado potestad para aplastar serpientes y escorpiones y sobre cualquier poder del enemigo, de manera que nada podrá haceros daños. Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo” (Lc 10,17-20)

- Recordando palabras de la alegría de Jesús “Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa” (Jn 15,9-11). “Padre Santo, guarda en tu nombre a aquéllos que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba con ellos yo los guardaba en tu nombre. He guardado a los que me diste y ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a Ti y digo estas cosas en el mundo para que tengan mi alegría completa en sí mismos” (Jn 17,11-13). “Padre, quiero que donde yo estoy también estén conmigo los que Tú me has confiado, para que vean mi gloria, la que me has dado porque me amaste antes de la creación del mundo” (Jn 17, 24)

Adviento camino de Navidad. “Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Y entrando en la casa vieron al Niño con María, su madre, y postrándose le adoraron” (Mt 2,10-11)

ADVIENTO

Adviento. Es el final del camino hasta Belén, hasta el cielo, hasta ver al Niño Jesús y a María y a José. El corazón se adelanta a los pasos, la imaginación vive anticipadamente el saludo a la Familia, el beso al Niño, el cantarle bajito cuánto le queremos. Es un canto aprendido de cuando éramos niños: “Ay del chiquirritín metidito entre pajas … No me hagas pucheritos, ay Niño querido, que con solo mirarte me has convencido”. Montando el belén, a solas ya montado y sin poner aún al Niño en el pesebre, le decimos: “Con solo mirarte me has convertido” y saltan las lágrimas porque aún falta conversión.

Tiempo de hacer preguntas, de preguntarnos a nosotros mismos, de responder a Jesús que nos pregunta. El cristiano busca y sigue las palabras de Jesús en el Evangelio. Desde la primera transcrita: “Suponiendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y conocidos, y, al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en su busca. Y al cabo de tres días lo encontraron en el Templo… Al verlo se maravillaron y le dijo su madre: - Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos. Y él les dijo: - ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre? (Lc 2,44-45.48-49). Sus padres, María y José, no comprendieron lo que les dijo, pero su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Y en el corazón del cristiano se agolpan los deseos de buscar a Jesús, la alegría de encontrarlo y de pedirle que nos ayude a no perder su cercanía a seguirle continuamente toda la vida; y el dolor de amor y el arrepentimiento y la inquietud por nuestra debilidad. Y la esperanza. “Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,38-39)

“Al día siguiente estaban allí de nuevo Juan y dos de sus discípulos y fijándose en Jesús que pasaba, dijo: - Este es el Cordero de Dios. Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús. Se volvió Jesús y, viendo que le seguían, les preguntó: - ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabbí -que significa Maestro- ¿dónde vives? Les respondió: - Venid y veréis. Fueron y vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima” (Jn 1,35-39). El cristiano no olvida las palabras y repite en su corazón: Fueron, vieron y se quedaron. Y el alma se promete que irá siempre junto a Jesús por el camino de esta vida; y que frecuentará las visitas al Sagrario y las comuniones espirituales durante el día cuando no sea posible acercarse al Templo; y que se quedará todo día mirando a Jesús, escuchándole, queriéndole y metiéndose y llenándose del amor del Amor.

Repetimos la oración aprendida de niño: “… ¡Oh mi buen Jesús, óyeme. Dentro de tus llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de Ti. Del enemigo malo defiéndeme. En la hora de mi muerte llámame; y mándame ir a Ti para que con tus santos te alabe por los siglos de los siglos”. Como en la oración en la misa antes de la comunión: “Fac me tuis semper inhaerere mandatis et a te nunquam separari permittas”. Y, si nos parece que Él se va a alejar, sacamos del recuerdo las palabras que le detienen: “Quédate con nosotros, porque se hace tarde y está ya anocheciendo” (Lc 24,29).

NAVIDAD

La Navidad es tiempo de paz y amor, porque no pueden ser otros los sentimientos de quien mira con ternura al Niño, que es Dios, envuelto en pañales y recostado en un pesebre, y a su lado, la Virgen María, que es Madre de Dios y Madre nuestra, de todos y cada uno, y con san José, “a quien le fue concedido no sólo ver y oír a Dios, sino también abrazarlo, besarlo, vestirlo y custodiarlo”, como dice la conocida oración. Las frecuentes visitas al belén mantienen el alma saturada del amor de Dios y rebosante del amor a Dios que aprovecha a todos.

Aunque es texto bíblico habitual en estas fechas el poético pasaje del libro de la Sabiduría: “Cuando un sereno silencio lo envolvía todo y la noche estaba a la mitad de su curso, tu omnipotente Palabra, desde el cielo” (Sb 18,14) y es inevitable quedarse ahí, los cristianos encuentran otros pasajes que traen palabras de ternura: “Mirad, el Señor Dios viene con poder, y su brazo lo somete todo. Mirad que trae su recompensa, y su premio va por delante. Apacienta su rebaño como un pastor, lo congrega con su brazo, lleva los corderillos en su regazo, y conduce con cuidado a las que están criando” (Is 40,10-11). “No temas, que te he redimido y te he llamado por tu nombre, tú eres mío” (Is 43,1). “Yo, yo soy quien borra tus delitos por Mi mismo, y no recordaré tus pecados” (Is 43,25). “Hasta vuestra vejez Yo seré el mismo, hasta la canicie Yo os soportaré: Yo os hice y Yo os llevaré, Yo os llevaré y salvaré” (Is 46,4)

Y, en esos amorosos diálogos ante el belén, del cristiano con el Niño Jesús, cada uno sigue recordando preguntas de Jesús: “Al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea y asistía la madre de Jesús. Fue también invitado Jesús con sus discípulos al banquete. Y como faltase el vino, dice a Jesús su madre: - No tienen vino. Y Jesús le responde: ¿Qué nos va a mí y a ti, mujer? Todavía no ha llegado mi hora. Dice su madre a los sirvientes: - Haced lo que él os diga…” (Jn 2,1-5). Mucho se ha considerado y escrito sobre este pasaje y las palabras que se dijeron, pero el cristiano corriente, el sencillo seguidor de Jesucristo se detiene en lo evidente: María está atenta a nuestras necesidades y nada la detiene cuando tiene que interceder por nosotros ante Jesús. “Madre quiere decir amor, cariño, preocupación por sus hijos, miradas dulces, tiernas caricias, sacrificios sin cuenta para nosotros”, dice la sabatina aprendida en el colegio hace setenta años”. Y Jesús no le niega nada a su Madre, que también es Madre nuestra.

¿Y la hora? El cristiano recuerda otros pasajes: “Mi tiempo aún no ha llegado, pero vuestro tiempo siempre está a punto. El mundo no puede odiaros, pero a mí me odia porque doy testimonio de él, de que sus obras son malas. Vosotros subid a la fiesta yo no subo a esta fiesta porque mi tiempo aún no se ha cumplido” (Jn 7,6-8). También: “Intentaban detenerle, pero nadie le puso las manos encima porque aún no había llegado su hora” (Jn 7,30). Y también: “Jesús, después de pronunciar estas palabras, elevó sus ojos al cielo y dijo: - Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique” (Jn 17,1). Y cerca del final: “La víspera de la fiesta de Pascua, como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13,1). Dios es amor.

NAVIDAD

Navidad. Mirando el belén, en la intimidad del hogar familiar, en la oración sin romper el silencio, la ternura derrama amor a la Sagrada Familia y llena de caricias y piropos al Niño Jesús. Es inevitable la sonrisa cuando, mirándolo tan pequeño en el pesebre, se recuerda las palabras de aquella niña que veía por primera vez a su hermanito recién nacido, aún en brazos de su madre y oyendo todo lo que decían los familiares: “Pero, si no hace nada”. Tan pequeño, no habla, no juega… ¡Es Dios! Es la alegría de la fe.

Mirando al Niño Jesús en el belén se hacen las mejores confidencias; sale, brota, de lo profundo del alma lo que cuesta sacar en los exámenes de conciencia. Y se hacen preguntas que en otras circunstancias se escapan antes de contestarlas; y se encuentra fundamento a lo que parecía no tenerlo: es que ¡Jesús es mi hermano!, al que no necesito contarle nada porque lo adivina con sólo mirarme, al que tengo como cómplice porque sé que lo comprende todo, lo perdona todo. Y así, el cristiano, con esas palabras que la memoria trae de los recuerdos, se recrea en textos que le llevan de la fe a la esperanza y a la seguridad del amor de Dios.

- Señor, Tú me sondeas y me conoces. Me conoces cuando me acuesto y me levanto. De lejos penetras mis pensamientos… No ha llegado la palabra a mi boca y ya Señor, te la sabes toda…” (salmo 139, 1-2.4). “Y, puesto que sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abbá, Padre!”. De manera que ya no eres siervo, sino hijo; y, como eres hijo, también heredero por la gracia de Dios” (Ga 4,6-7). “Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos de Dios, coherederos de Cristo…” (Rm 8,16-17). “Porque a los que de antemano eligió, también predestinó para que lleguen a ser conformes con la imagen de su Hijo, a fin de que él sea primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8,29). “La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta; no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree; todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 4-7).

El cristiano, atento a las preguntas de Jesús, recuerda y medita las que están en el Evangelio. Nicodemo vino de noche y, en la conversación, le preguntó Jesús: “¿Tú eres maestro de la Israel y no conoces estas cosas? En verdad, en verdad te digo que hablamos lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no recibís el testimonio nuestro. Si os he hablado cosas de la tierra y no creéis ¿Cómo creeréis si os hablare cosas del cielo? …” (Jn 3,10-12). Y, meditando esas palabras el cristiano recuerda el origen de esa cuestión: “Quien no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Jn 3,3). Y, como Nicodemo, nos preguntamos cómo nacer de nuevo con nuestra experiencia vital, con nuestras debilidades y nuestras caídas. Y se agolpan en el alma los recuerdos: “Os vivificó con él y perdonó gratuitamente todos vuestros delitos, al borrar el pliego de cargos que nos era adverso y que canceló clavándolo en la cruz” (Col 2,13-14). “No ruego sólo por éstos, sino por los que van a creer en mí por su palabra… Padre, quiero que donde yo estoy también estén conmigo los que Tú me has confiado … Para que el amor con que Tú me amas esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17,20.24.26)

NAVIDAD

Con el Bautismo del Señor litúrgicamente se acaba el tiempo de Navidad. Ha sido un tiempo intenso, lleno de amor de Dios. Con el Niño hemos vivido el Nacimiento, la visita de los pastores y de los magos de Oriente, la presentación en el Templo. Hemos visto crecer al Niño, en Egipto y de regreso a Nazaret, subiendo anualmente a Jerusalén con sus padres, con María y José, y el día del susto, cuando Jesús no se fue con la caravana y lo buscaron tres días angustiados hasta que lo encontraron. Y, algunos, hemos vivido la despedida, cuando Jesús bajó al Jordán para recibir el bautismo de Juan, su pariente. María, también nuestra Madre, guardaba todo en su corazón. Todo tan sencillo de contar, tan complicado como la vida misma, la de todos, tan lleno de momentos, porque el tiempo es un continuo hasta entrar en la eternidad, que es un presente sin principio, sin intermedio y sin final. “Para siempre, para siempre”, como repetía santa Teresa de Jesús, saliendo por la puerta del río Adaja, con su hermano Rodrigo, para ir a tierra de moros para que los descabezaran y así morir (“Vida”, 1,5).

Para algunos, los Evangelios sitúan después del coloquio con Nicodemo (Jn 3,1-21), la estancia de Jesús y sus discípulos en Judea (Jn 3,22) hasta después del arresto de Juan, el Bautista, que fue cuando Jesús se retiró a Galilea y, dejando Nazaret, habitó en Cafarnaún (Mt 4,12, Mc 1,14, Lc 4,14, Jn 4,1). En ese viaje se sitúa el coloquio con la samaritana, en Sicar, junto al pozo de Jacob. Y en ese pasaje se encuentra una pregunta de Jesús a sus discípulos cuando, al volver de la ciudad a la que habían ido a comprar de comer, Él les dijo: “Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis”. Ellos se preguntaban si alguien le habría traído de comer, pero Jesús les dijo: mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y acabar su obra. ¿No decís vosotros que todavía faltan cuatro meses mientras llega la siega? Yo os digo: levantad los ojos y contemplad los campos que ya están blancos para la siega ..,” (Jn 4,35). Son palabras que, de inmediato traen el recuerdo de otras: “Y verán venir sl Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad (Mt 24,29, Mc 12,26, Lc 21,27). Cuando comiencen a suceder estas cosas, animaos y levantad vuestras cabezas, porque se aproxima vuestra redención” (Lc 21,27,28). Palabras para meditar: el tiempo de la siega, la venida del Hijo del hombre, acabar la obra.

- Hacer la voluntad de Dios es el lema vital del cristiano. “Mi doctrina no es mías, sino del que me ha enviado. Si alguno quiere hacer su voluntad conocerá si mi doctrina es de Dios, o si yo hablo por mí mismo” (Jn 7,17). “Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo le resucitaré en el último día” (Jn 6,40). “No os amoldéis a este mundo, sino, por el contrario, transformaos con una renovación de la mente, para que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo agradable y perfecto” (Rm 12.2). “Porque ésta es la voluntad de Dios. vuestra santificación” (1 Tes 4,3). “Porque esta es la voluntad de Dios: que, haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos” (1 Pe 2,15). “Por tanto no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” (Ef 5,17). “Dad gracias por todo porque eso es lo Dios quiere de vosotros en Cristo Jesús” (1 Tes 5,18).  Y rezar con devoción: “Hágase tu voluntad, en la tierra, como se hace en el cielo”

TIEMPO ORDINARIO

“Hasta san Antón, Pascuas son”, dice el antiguo refrán en la fiesta de san Antonio, abad. Como otro refrán dice: “Desde Navidad a san Juan, medio año cabal”, por referencia a la festividad de san Juan bautista el 24 de junio. El cristiano, que hace días, desde el Bautismo del Señor, que está caminando por la senda del Tiempo Ordinario, sin cambiar el paso, ni desviar la mirada, agradece estas fiestas populares. Más aún en san Antón cuya celebración se aprovecha para la bendición de los animales, con los que, en su presencia o en su recuerdo, se mantienen vivos los afectos. Frases para meditar: “Ojalá quieras -las quieres alcanzar- las virtudes del borrico: humilde, duro, segurísimo en su paso, fuerte y -si tiene buen amo- agradecido y obediente” (“Forja” 380)

- El cristiano, en el seguimiento de Cristo con el Evangelio, encuentra y medita otra pregunta de Jesús: “Había allí un hombre enfermo desde hacía treinta y ocho años. Lo vio Jesús tendido, y sabiendo que llevaba enfermo mucho tiempo, le dijo: - ¿Quieres curarte? El enfermo le respondió: - Señor no tengo una persona que cuando se agita el agua me eche en la piscina; mientras yo me acerco, otro baja antes que yo. Dice Jesús: - Levántate, toma tu camilla y camina” Y al momento quedó el hombre sano, tomó su camilla y echó a andar” (Jn 5,5-9). Este pasaje tiene un principio y una continuación. En ese principio se describe el lugar, la piscina llamada en hebreo “Betzata”, en Jerusalén, la multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos que esperaban el movimiento de las aguas creyendo que el primero en entrar se curaba. En la continuación, los judíos dijeron al que había sido curado: “Es sábado y no es lícito llevar la camilla”. Como la contestación fue: “- El que me ha curado me dijo: Toma tu camilla y anda”, le preguntaron quien fue, pero él no sabía quién era. Después, Jesús lo encuentra en el templo y le dice: - Mira, estás curado. No peques más, para que no te suceda algo peor”. El hombre se fue y dijo a los judíos que era Jesús el que le había curado (cf. Jn 5,9-16). Jesús, que te hagas el encontradizo, que me preguntes qué quiero, que me vaya contigo.

- La memoria trae de inmediato otras situaciones con detalles distintos o semejantes. Distintas, como la curación del paralítico en Cafarnaúm cuando unos amigos lo llevaron hasta donde estaba Jesús y, al no poder llegar hasta él por la muchedumbre, abrieron un hueco en el techo y por él descolgaron al que yacía en la camilla. En ese pasaje Jesús le dijo, primero: “- Hijo: tus pecados te son perdonados” y, después, “- Levántate toma tu camilla y marcha a tu casa”. Él se levantó y tomó su camilla y salió enseguida” (Lc 5,17-26). El otro pasaje que se recuerda es la curación del ciego de nacimiento, porque allí tampoco el ciego que veía podía decir más: “- Ese hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos y me dijo: - Ve a Siloé y lávate. Así que fui, me lavé y comencé a ver. Le dijeron: ¿Dónde está ése? Él respondió: - No lo sé… Oyó Jesús que le habían echado fuera y cuando se encontró con él le dijo: - ¿Crees tú en el Hijo del hombre? -¿Quién es, Señor, para que crea en él? – respondió. Le dijo Jesús: - Si lo has visto: el que está hablando contigo, ése es” (Jn 9, 11-12. 35-37). Jesús, que crea, que te siga.

“¡Bendita perseverancia la del borrico de noria! – Siempre el mismo paso, siempre las mismas vueltas. – Un día y otro, todos iguales. Sin eso, no habría madurez en los frutos, ni lozanía en el huerto, ni tendría aroma el jardín. Lleva ese pensamiento a tu vida interior” (“Camino” 998). El cristiano se sabe acompañado de continuo. Dios me quiere.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano, que vive siguiendo los pasos de Jesús según se relata en los Evangelios, puede meditar recordando y considerando las preguntas que Jesús hizo en su día y que sigue haciendo a todos. El cristiano vive así la fe y con este encuentro cotidiano prepara el encuentro del último día precisamente al pasar del tiempo a la eternidad.

“Mas no queréis venir a mí para poseer la vida. No busco la gloria de los hombres. Por lo demás, os conozco. No tenéis en vosotros amor de Dios. Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís. Si otro viene en nombre propio, lo recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros que aceptáis la gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene sólo de Dios? No penséis que yo os he de acusar ante el Padre. Moisés en quien vosotros esperáis, es vuestro acusador. Si creyeseis a Moisés me creeríais a mí, porque él escribió sobre mí. Pero si no creéis en sus escritos, ¿cómo creeréis en mis palabras?” (Jn 5,40-47). Cuántas palabras, cuantos mensajes de amor del Amor, Así, el Tiempo Ordinario se convierte en camino cierto para el cielo que es eternidad.

“Por lo demás, os conozco”. “Señor, Tú me sondeas y me conoces. Me conoces cuando me acuesto y me levanto. De lejos penetras mis pensamientos. Distingues mi camino y mi descanso. Todas mis sendas te son familiares. No ha llegado la palabra a mi boca y ya, Señor, te la sabes toda. Me estrechas detrás y delante. Me cubres con tu mano. Tanto saber me sobrepasa. Es sublime y no lo abarco… Sondéame y conoce mi corazón. Ponme a prueba y conoce mis pensamientos. Mira si mi camino se desvía. Guíame por el camino eterno” (salmo 139)

“No tenéis en vosotros amor de Dios”. “Pero tengo contra ti que has perdido la caridad que tenías al principio. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, arrepiéntete y practica las obras de antes” (Ap. 2,4-5). “Por tanto ten celo y arrepiéntete. Mira que estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo (Ap 3,19-20). “Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo, Jesús, Señor nuestro” (Rm 8, 38-39)

“No buscáis la gloria que viene sólo de Dios”. “En fin, tanto si coméis, como si bebéis, o hacéis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Co 10,31). “Si uno ejerce un ministerio, hágalo en virtud del poder que Dios le otorga, para que en todas las cosas Dios sea glorificado por Jesucristo. Para él es la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén” (1 Pe 4.11)

“No penséis que yo os he de acusar ante el Padre”. “¿Quién acusará a los hijos de Dios? ¿Dios el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó y está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros?” (Rm 8,33-34). “Pero si alguno peca, tenemos un abogado ante el Padre: Jesucristo, el Justo. Él es víctima propiciatoria por nuestros pecados y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo” (1 Jn 2)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano que vive esta parte primera del Tiempo Ordinario, entre la Navidad y la Cuaresma, busca sentir a Dios cerca, ocupado de él, amándole como nadie puede amar porque Dios es amor (1Jn 4,8.16). En el caminar de este primer trimestre del año, el cristiano sabe que no está solo y busca y encuentra a menudo la compañía de La Virgen María, nuestra Madre, de san José padre y señor, del Ángel custodio y de muchos santos que, desde el cielo, ayudan intercediendo por nosotros para que lleguemos a estar con ellos, para siempre, eternamente. Y el cristiano sigue a Jesús y medita sus preguntas.

Jesús predicaba en Cafarnaún. Unos hombres traían a un paralítico en su camilla para que lo curara. Como la gente impedía que llegaran hasta Jesús, subieron a la terraza y por entre las tejas lo pusieron con la camilla en el medio, delante de Jesús. Viendo la fe de ellos, le dijo al paralítico: - Hijo, tus pecados te son perdonados. Estaban allí sentados algunos escribas que pensaban: ¿Por qué habla así éste? Blasfema. ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios? Conociendo Jesús sus pensamientos les dijo: - ¿Qué pensáis en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: Tus pecados están perdonados; o decir: Levántate y anda? Pues para que veáis que el Hijo de hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra, -dice entonces al paralítico: - Levántate, toma tu camilla y marcha a tu casa. Se levantó y se marchó a su casa. Todos se asombraron y glorificaron a Dios (cf. Mt 9,2-8; Mc 2,2-12; Lc 5,17-26). Dios conoce nuestros pensamientos. Hay que confiar: “Dame tu amor y tu gracia que eso me basta”. 

En la meditación de ese pasaje pare inevitable recordar otros en los que el Evangelio recoge la inquietante, a la vez que esperanzadora, verdad de que Dios conoce nuestros pensamientos. Así: “Los escribas y los fariseos le observaban a ver si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle. Pero él conocía sus pensamientos y le dijo al hombre que tenía la mano seca: … (Lc 6,7-8). También: “Pero Jesús, conociendo los pensamientos de sus corazones, acercó a un niño, lo puso a su lado y les dijo…” (Lc 9,47). Y otra: “Mientras estaba en Jerusalén durante la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver los signos que hacía. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos, y no necesitaba que nadie le diera testimonio acerca de hombre alguno, porque conocía el interior de cada hombre” (Jn 2,23-25). El interior del hombre en el que están los deseos de todas las ilusiones y donde se guardan los recuerdos de todos los fracasos. Y la esperanza en Dios. 

“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él… Al oír esto, muchos de sus discípulos dijeron: - Es dura esta enseñanza, ¿quién puede escucharla? Jesús, conociendo en su interior que sus discípulos estaban murmurando de esto les dijo: - ¿Esto os escandaliza? Pues ¿si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes? … En efecto, Jesús sabía desde el principio quienes eran los que no creían y quien era el que lo iba a entregar… Desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él” (Jn 6,56.60-62,64.66). “No me mueve, mi Dios para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte”, dice el poema. “Muéveme el verte, clavado en esa cruz…” sigue.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano recorre el camino de la vida acompasando su andar a las vicisitudes de cada día, a las circunstancias, procurando seguir los pasos de Jesús hasta llegar a ese momento tantas veces pedido con la oración aprendida desde niño: “En la hora de mi muerte llámame y mándame ir a Ti, para que con tus santos te alabe por los siglos de los siglos Amén.” Y cada día y en cada avemaría la petición a María que es Madre de Dios y Madre nuestra: “Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte”. Nada puede fallar, nada debería fallar: “Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía. Jesús, José y María, descanse en paz con vos el ama mía”. No deberíamos fallarle.

“Los discípulos de Juan se acercan a él y dicen: - ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos y tus discípulos no ayunan? Jesús les respondió: - ¿Pueden los convidados al banquete estar tristes mientras está con ellos el esposo? Ya vendrá tiempo en que les quiten al esposo y entonces ayunarán” (Mt 9,14-15; cf. Mc 2, 18-19, Lc 5,33-35). Casi sin pensarlo surgen desde la memoria las palabras del Eclesiastés (Quohelet): “Todo tiene su momento y hay un tiempo para cada cosa bajo el cielo; tiempo de nacer y tiempo de morir… tiempo de llorar y tiempo de reír, tiempo de llevar luto y tiempo de bailar…” (Qo 3,1.4). Y, meditando sobre el tiempo, es inevitable recordar el consejo de Jesús: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todas esas cosas se s añadirán. Por tanto, no os preocupéis por el mañana porque el mañana tiene su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6, 33-34)

- Tiempo de misión. “Y cuando iba a cumplirse el tiempo de su partida, Jesús decidió firmemente marchar a Jerusalén” (Lc 9,51). “Entonces Jesús les dijo: - Mi tiempo aún no ha llegado, pero vuestro tiempo siempre está a punto. El mundo no puede odiaros, pero a mí me odia porque doy testimonio de él, de que sus obras son mañes. Vosotros subid a la fiesta, yo no subo a esta fiesta, porque mi tiempo aún no se ha cumplido. Él dijo eso y se quedó en Galilea. Pero una vez que sus hermanos subieron a la fiesta él también subió, pero no públicamente, sino como a escondidas” (Jn 7, 6-10). “Iban de camino subiendo a Jerusalén, y Jesús caminaba delante de ellos, y estaban maravillados. Le seguían con miedo (Mc 10,32; cf. Mt 20,17, Lc 18,31).

- Estar preparados. “Al día siguiente, después que salieron de Betania, sintió hambre. Vio desde lejos una higuera con hoja, y fue por si encontraba en ella algo. Cuando se acercó no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos” (Mc 11,12-13; cf.  Mt 21,19). “Aprended de la higuera esta parábola: cuando sus ramas están ya tiernas y brotan las hojas, sabéis que está cerca el verano. Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, sabed que es inminente, que está a las puertas” (Mt 24,32-33). 

- Y el tiempo pasa. “Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez: “¿Me quieres?”, y le respondió: - Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero. Le dijo Jesús: - Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras más joven te ceñías tú mismo y te ibas adonde querías; pero cuando envejezcas extenderás tus manos y otro te ceñirá y llevará adonde no quieras -esto lo dijo indicando con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: - Sígueme” (Jn 21,17-19)

TIEMPO ORDINARIO

Los cristianos avanzan por el camino trazado por la liturgia del Tiempo Ordinario que precede a la Cuaresma y animan sus trabajos, los inconvenientes y hasta su rutina con la confianza en Dios: “Sé la roca de mi refugio, Señor, un baluarte donde me salve, tú que eres mi roca y mi baluarte; por tu nombre dirígeme y guíame” (salmo 30,3-4, en la antífona de entrada de la 6ª semana); “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3,16, de una antífona de comunión de la 6ª semana). Y, en el caminar hasta llegar al cielo, el cristiano sigue la senda del Evangelio considerando las preguntas de Jesús.

Algunos, hace muchos años, estudiaron que este pasaje evangélico se produjo en Galilea en el mes de mayo de la segunda Pascua que pasó Jesús con sus discípulos, porque la primera la pasó en Judea. Después, estudiando más, conocieron otras versiones en la localización temporal. Pero siempre quedó el texto de los evangelios sinópticos: “Un sábado caminaba a través de unos sembrados, y sus discípulos iban arrancando espigas que comían desgranándolas con las manos. Y dijeron algunos fariseos: ¿Cómo hacéis lo que no es lícito hacer en sábado? Respondióles Jesús: ¿No habéis leído siquiera lo que hizo David cuando él y sus compañeros tuvieron hambre? ¿Cómo entró en la casa de Dios y, tomando los panes de la proposición, comió y repartió entre sus compañeros, siendo así que sólo está permitido comerlos a los sacerdotes? Y les dijo: El hijo del hombre es señor aun del sábado” (Lc 6, 1-5; cf. Mc 2.23-28, Mt 12,1-8). En el evangelio de Mateo se añade: “Y si hubierais comprendido lo que significa: amo la misericordia y no el sacrificio, no hubierais condenado a los inocentes” (Mt 12,7).

- La regla de la misericordia. “No juzguéis para no ser juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis se os juzgará, y con la medida que midáis se os medirá” (Mt 7,1); “No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma medida con que midáis se os medirá” (Lc 6,37-38). “Pero Jesús se agachó y se puso a escribir con el dedo en la tierra. Como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: - El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero. Y agachándose otra vez, siguió escribiendo en la tierra. Al oírle, empezaron a marcharse uno tras otros, comenzando por los más viejos, y quedó Jesús solo, y la mujer, de pie, en medio. Jesús se incorporó y le dijo: - Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado? -Ninguno, Señor - respondió ella. Le dijo Jesús: - Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más” (Jn 8, 6-11)

- La regla de la caridad. “Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos” (Mt 7,12; Lc 6,31). “Pero a vosotros que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian; bendecid a os que os maldicen y rogad por los que os calumnian. Al que te pegue en una mejilla ofrécele también la otra, y al que te quite el manto no le niegues tampoco la túnica. Da a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no s ellos reclames” (Lc 6,27-30)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive de la Palabra de Dios en la persona de Jesucristo. Cristianismo es encontrarse con Jesús, como se encontró el ciego de nacimiento (Jn 9,35), escuchar a Jesús y admirarse de lo que nos dice porque habla con autoridad (Mt 7,29; Mc 1,27), preguntar a Jesús dónde vive y quedarse un día con él, como los discípulos de Juan el Bautista (Jn 1,39), caminar con Jesús aunque se adelante como en el camino a Jerusalén (Mc 10,32), pedir a Jesús que se quede con nosotros cuando haga intención de seguir, como hicieron los de Emaús (Lc 24,29). Cristianismo es saber que Jesús está con nosotros hasta el último día (Mt 28,20). Y, en esa intimidad, cristianismo es escuchar y responder con la propia vida las preguntas del Señor.

“Otro sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre cuya mano derecha estaba seca. Los escribas y fariseos le observaban por si curaba en sábado, para encontrar una acusación contra él. Él conocía sus pensamientos y dijo al hombre que tenía la mano seca: “Levántate y ponte en medio”. Se levantó y se colocó. Entonces les dijo Jesús: “Yo os pregunto: ¿Es lícito en sábado hacer bien o hacer mal, salvar una vida o matarla?”. Y mirando a todos ellos, le dijo a él: “Extiende tu mano”. Él lo hizo y su mano se curó. Ellos se enfurecieron y discutían entre sí qué deberían hacer con Jesús” (Lc 6,6-11). En otro texto se dice que los miró con ira, “entristecido por la dureza de sus corazones” (Mc 3-1-6). Y en otro: “Él les contestó: ¿Quién hay entre vosotros que, si tiene una oveja y cae en un hoyo en sábado, no la coge y levanta? Pues un hombre vale bastante más que una oveja. De manera que es lícito hacer bien en sábado” (Mt 12,9-14). Los textos llenan el alma de motivos de meditación:

- Jesús conoce nuestros pensamientos (“Conociendo Jesús sus pensamientos, dijo: -¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? Mt 9,4; cf. Mc 2,8); la mirada de Jesús (“Y Jesús fijó en él su mirada y quedó prendado de él. Y le dijo: - Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme. Pero él, afligido por estas palabras, se marchó triste porque tenía muchas posesiones” (Mc 10,21-27); la paciente espera, porque Jesús siempre pasará: “Estaba allí un hombre que padecía una enfermedad desde hacía treinta y ocho años. Jesús al verlo tendido y sabiendo que llevaba mucho tiempo, le dijo: - Quieres curarte?” Jn 5,5-6); la obediencia a las palabras de Jesús (“Dijo a Simón: - Guía mar adentro y echad vuestras redes para la pesca. Simón contestó: - Maestro, hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada; pero sobre tu palabra, echaré las redes”, Lc 5,6); el cristiano como apóstol “Volvieron los setenta y dos llenos de alegría diciendo: - Señor, hasta los demonios se nos sometían en tu nombre… Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres están escritos en el cielo” (Lc 10,17.20).

Y el amor de Dios: “- ¿Quién de vosotros si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y sale en busca de la que se perdió hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso, y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos… habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión” (Lc 15,4-6.7)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano, atento al tiempo litúrgico, ve cómo se acaba este breve paréntesis de Tiempo Ordinario porque se acerca la Cuaresma, y procura intensificar las vías y los medios que le recuerdan la presencia de Dios que está a nuestro lado en el camino hacia el cielo: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Puede ser una ayuda apropiada repasar las preguntas que hizo Jesús.

- “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su fuerza ¿con qué se salará? Para nada sirve ya, sino para que, arrojada fuera, sea pisada por los hombres” (Mt 5,13). Espontáneamente viene de la memoria el recuerdo de la parábola del sembrador: “Salió el sembrador a sembrar su semilla; y al sembrar, parte cayó junto al camino y la pisaron y la comieron los pájaros del cielo… Los que están junto al camino son los que han escuchado, viene el diablo y se lleva la palabra del corazón para que creyendo no se salven” (Lc 8,5 y 12). No es un recuerdo errático, sino que descubre en el corazón el paralelismo de los textos. En el discurso de la montaña Jesús les dice: primero, vosotros sois la sal de la tierra y, después, vosotros sois la sal del mundo; y a la parábola del sembrador le sigue la parábola de la lámpara que nadie que la ha encendido la oculta. Es la llamada a cada cristiano para dar testimonio de su fe en toda ocasión.  

“Los que están junto al camino y pisan la semilla”. La memoria trae pasajes bien diferentes con esa circunstancia. Por una parte, la maldición de la higuera: “Muy de mañana, cuando volvía a la ciudad, sintió hambre. Viendo una higuera junto al camino, se acercó, pero no encontró en ella nada más que hojas…” (Mt 21,18-19). Por otra parte, la curación del ciego Bartimeo a la entrada, y salida, de Jericó: “Llegan a Jericó. Y cuando salía él de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, un ciego, Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al lado del camino pidiendo limosna. Y al oír que era Jesús Nazareno, comenzó a decir a gritos: - ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!” (Mc 10,46-47). La higuera sólo tenía una bella apariencia, llena de hojas, porque no era tiempo de higos, pero Jesús se refiere también a los brotes de la higuera como anuncio de su venida: “Aprended de la higuera esta parábola: cuando sus ramas están ya tiernas y brotan las hojas, sabéis que está cerca el verano. Así también vosotros cuando veáis…” (Mc 13,28). El ciego Bartimeo (los dos ciegos de Mt 29,30) ha regalado a los cristianos un modelo de conversión: ciego, clama a Jesús con la jaculatoria universalmente repetida desde hace siglos y, recobrada la vista, le seguía por el camino. 

“Los que han escuchado”. “Mientras él estaba diciendo todo esto, una mujer de en medio de la multitud, alzando la voz, le dijo: - Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron. Pero él respondió: - Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan” (Lc 11,27-28). Y la advertencia de la carta de Santiago: “Recibid con mansedumbre la palabra sembrada en vosotros, capaz de salvar vuestras almas. Pero tenéis que ponerla en práctica y no sólo escucharla engañándoos a vosotros mismos. Porque quien se contenta con oír la palabra, sin ponerla en práctica es como un hombre que contempla la figura de su rostro n un espejo; se mira, se va e inmediatamente se olvida de cómo era” (St 1,21-24)

CUARESMA

Cristianismo es amar, porque cristiano es el que encuentra a Cristo, sigue a Cristo y vive en Cristo. Cristianismo es llenarse de amor de Dios y rebosar de amor en todos. “Queridísimos, amémonos unos a otros porque el amor procede de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama no ha llegado a conocer a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó entre nosotros el amor de Dios: en que Dios envió a su Hijo Unigénito al mundo para que recibiéramos por él la vida… Nosotros amamos porque Él nos amó primero. Si alguno dice “amo a Dios” y aborrece a su hermano es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, que ame también a su hermano” (1 Jn 7-919-21). Amar a Dios es también meditar las preguntas que Jesucristo hizo.

“Pero a vosotros que escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian. A quien te golpee en la mejilla ofrécele también la otra, y a quien te quite el manto, déjale también la túnica. Da a todo el que te pida y no reclames de quien te quite lo tuyo. Y como queréis que los hombres hagan con vosotros, haced vosotros con ellos. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis, pues también los pecadores aman a los que los aman? Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir lo mismo. Más bien, amad a vuestros enemigos, haced bien, y prestad sin esperar nada; y vuestra recompensa será grande y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los ingratos y con los pecadores. Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,27-36).

Y en otra versión: “Habéis oído que se dijo; Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: No resistir al malo, sino que, si alguno te hiere en tu mejilla derecha, preséntale también la otra. Y al quiere citarte a juicio y llevarse tu túnica, déjale también el manto. Y si alguno te requiere para una milla, ve con él dos. Da al que te pide y no rechaces al que quiere que tú le prestes. Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen para que seáis hijos de vuestro Padre que hace salir su sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? ¿No hacen esto los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¡qué hacéis de más? ¿No hacen también eso los gentiles? Sed pues vosotros perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5,38-48)

Y la progresión en el amor: el “amar como a uno mismo” pasa a ser “amar como Dios me ama”. Así: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento. El segundo es como éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22,36-39); “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros” (Jn 13,34-35)

CUARESMA

Cuaresma. Tiempo de preparación para la Pascua. Tiempo de limosna, de caridad, y de oración, de piedad, y de sacrificios, de negarse a uno mismo y seguir a Jesús (Mt 16,24; Mc 8,25; Lc 9,28). En la segunda semana de Cuaresma la liturgia llama a las almas a buscar el rostro del Señor (salmo 26, 8-9) en todas las circunstancias de la vida y a participar de la gloria de la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor (Lc 9,28b-36). Y muchos cristianos animan su camino hacia el cielo recordando las palabras de la Carta a los hebreos: “Adeamus cun fiducia ad thronum gratiae ut misericordiam consequamur el gratiam inveniamus in auxilio oportuno” (Hb 4,16): “Acerquémosnos confiadamente al trono de la gracia para que alcancemos misericordia y encontremos la gracia que nos ayude en el momento oportuno”. En el cariño: “ad thronum gloriae”.

Cuaresma es también de escuchar, meditar y contestar con el corazón las preguntas que hace Jesús en el Evangelio: “Por esto os digo: no os angustiéis por vuestra existencia, qué comeréis o qué beberéis; ni por vuestro cuerpo, cómo lo vestiréis; ¿no vale la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad a las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni reúnen en los graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta: ¿no valéis vosotros más que ellas? ¿Quién de vosotros por angustiarse va a alargar su existencia un codo? ¿Y del vestido por qué os angustiáis? Aprended de los lirios del campo cómo crecen; ni trabajan ni hilan. Y yo os digo que ni Salomón n su gloria se vistió como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy existe y mañana es arrojada al horno, así la viste Dios, ¿cuánto más a vosotros, desconfiados? No os angustiéis diciendo: ¿Qué comeremos? o ¿qué beberemos?, o ¿con qué nos vestiremos? Porque todo eso los buscan los gentiles y vuestro Padre celestial sabe lo que necesitáis. Buscad primero el reino y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura. No os angustiéis por el día de mañana, porque el día de mañana se cuidará de sí; bástale a cada día su trabajo” (Mt 6,25-34).

Cuaresma. Tiempo de desprendimiento. “Y mientras pasaba junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo Jesús: Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres. Y, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Y pasando un poco más adelante, vio a Santiago el de Zebedeo y a Juan, su hermano, que estaban en la barca remendando las redes; y enseguida los llamó. Y dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se fueron tras él” (Mc 1,16-20). “Y se fue otra vez a la orilla del mar, y toda la muchedumbre iba hacia él, y les enseñaba. Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al telonio, y le dijo: -Sígueme. Él se levantó y le siguió” (Mc 2,13-14). “Y llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles potestad sobre los espíritus impuros. Y les mandó que no llevasen nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; y que fueran calzados con sandalias y que no llevaran dos túnicas” (Mc 6,7-9). Y, al volver: “-Cuando os envié sin bolsa ni alforjas ni calzado, ¿acaso os faltó algo? -Nada -le respondieron” (Lc 22,35). “Haceos bolsas que no envejecen, un tesoro que no se agota en el cielo, donde el ladrón no llega ni la polilla corroe. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón” (Lc 12,33-34).

CUARESMA

Cuaresma. El cristiano vive la tercera semana del camino hacia la Pascua de Resurrección con la confianza que asegura tener los ojos puestos en el Señor (salmo 24) porque Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades… te colma de gracia y de ternura… El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia” (salmo 102). Es tiempo de penitencia porque nuestras infidelidades nos producen un sincero dolor de amor, porque ¡Dios nos ama tanto! Y, ante el crucifijo, decimos con el poeta: “Tú me mueves, Señor, de tal manera que, aunque no hubiera cielo, yo te amara y, aunque no hubiera infierno te temiera”.

Y escuchamos las preguntas del Señor. “Les dijo también una parábola: ¿Puede por ventura un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en una fosa? No hay discípulo superior al maestro; el discípulo será perfecto si es como su maestro. ¿Por qué ves la paja que hay en el ojo de tu hermano y no consideras la viga que llevas en tu ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: Hermano, deja que te quite la paja que hay en tu ojo, si no ves la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás bien para secar la paja en el ojo de tu hermano” (Lc 6,39-42; Mt 7,3-5). Son dos preguntas con propuestas, con respuestas: primero hay que seguir al maestro y andar por buen camino y así podrán acompañar otros que también quieren ir con Jesús; primero, hay que limpiar nuestra mirada, y así seremos útiles para caminar con otros por el sendero justo.

Cristianismo es caminar con Dios que es Amor. En ese macuto del caminante hacia el cielo no faltan papeles que acompañan y animan: “Si dices basta, estás perdido. Añade siempre, camina siempre, avanza siempre; no te pares en el camino, no retrocedas, no te desvíes. Se para el que no avanza, retrocede, el que vuelve a pensar en el punto de salida, se desvía el que apostata. Es mejor cojo que anda por el camino que el que corre fuera del camino. Examínate y no te contentes con lo que eras si quieres llegar a ser a lo que no eres. Porque en el instante que te complazcas contigo mismo, te habrás parado” (san Agustín, sermón 169,18).

Y, con la meditación de esas preguntas del Señor, viene el recuerdo de tantos pasajes del Evangelio. Como aquellos dos ciegos que caminaron hacia Jesús sin caerse: Le siguieron dos ciegos diciendo a gritos: - ten piedad de nosotros, Hijo de David! Cuando llegó a la casa se le acercaron los ciegos y Jesús les dijo: - ¿Creéis que puedo hacer eso? – Sí, Señor – le respondieron. Entonces les tocó los ojos diciendo: - Que se haga en vosotros conforme a vuestra fe. Se les abrieron los ojos. Pero Jesús les ordenó severamente: - Mirad que nadie lo sepa. Ellos en cambio, en cuanto salieron divulgaron la noticia por toda aquella comarca” (Mt 9, 27-31)

Y en la marcha con los demás compañeros de camino: “No juzguéis y no seréis juzgados. No condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la medida con que midáis se os medirá” (Lc 6,37-38)

CUARESMA

Cuaresma. Cuarta semana. Si en el rigor del Adviento en espera de la Pascua de Navidad se llamaba a la alegría a los cristianos en el tercer domingo, “Gaudete”, en la austera Cuaresma la liturgia también invita al gozo espiritual en la esperanza de la Pascua de Resurrección con el Domingo “Laetare”. En la antífona de entrada: “Laetare, Jerusalem, et conventium facite, omnes qui diligitis eam, gaudete cum laetitia, qui in tristitia fuistis, ut exultetis, et satiemini ab uberibus consolationis vestrae” (Festejad a Jerusalén y concurrid todos los que la amáis, gozad con su alegría los que por ella estuvisteis tristes, para que exultéis y os saciéis en los pechos de vuestro consuelo”. En el salmo porque “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias” (salmo 33,7). Y en la antífona de comunión: “Deberías alegrarte, hijo, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado” (Lc 15,32). Camino del cielo, de Jerusalén, en Cuaresma, los cristianos se animan en la vida ordinaria porque sabemos que ese es el destino y que Dios viene con nosotros y, aunque nos perdamos en el camino, nos espera y si nos ve, aunque sea lejos, corre a buscarnos y nos abraza y con Dios, que es nuestro Padre, se alegra el cielo.

El cristiano sigue los pasos del Señor y escucha y medita sus preguntas. “Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá, porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra, y al que llama se le abrirá. ¿O habrá entre vosotros alguno a quien su hijo le pida pan y le de una piedra? ¿Si pide un pez, le dé una serpiente? Si vosotros, siendo malos, sabéis dar dones buenos a vuestros hijos, ¿con cuánta más razón vuestro Padre dará cosas buenas a los que le piden?” (Mt 7,7-11). Y el final en otra versión: “¿Qué padre de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pez, en lugar de un pez le da una serpiente? ¿O si le pide un huevo le da un escorpión?” (Lc 11,11-12). Dios es nuestro Padre. Un padre amoroso, lleno de ternura. Que nos perdona.

Pedid y se os dará. “Al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque bien sabe vuestro padre de lo que tenéis necesidad antes de que se lo pidáis” (Mt 6,7-8). “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo Unigénito para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de Él” (Jn 3,16-17).

Filiación divina. Un Padre que sólo quiere lo mejor para nosotros: “Porque los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios. Porque no recibisteis un espíritu de esclavitud para estar de nuevo bajo el temor, sino que recibisteis un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: “Abbá, Padre” … Asimismo también el Espíritu acude en ayuda de nuestra flaqueza: porque no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables… Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios” (Rm 8,14-15. 26.28). “No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión” (2 P 3-9). Señor, aumenta nuestra fe.

CUARESMA

Cuaresma. Los cristianos viven el camino de la vida que los lleva al cielo considerando los acontecimientos que la liturgia va señalando. Los de más edad recordarán que, hace años, esta semana era la “semana de Pasión” y, el viernes, “Viernes de Dolores”, el día en que ahora se hace memoria de “Nuestra Señora al pie de la Cruz”. En las misas, la antífona de entrada también es un texto que llena de recuerdos a los mayores que fueron monaguillos cuando la misa era en latín y recitaban alternativamente con el sacerdote: “Iudica me, Deus, et discerne causam meam de gente non sancta; ab homine iniquo et doloso eripe (erue) me, quia tu es Deus meus et fortitudo mea” (del salmo 42). “Hazme justicia, Dios, defiende mi causa… sálvame… porque tú eres mi Dios y mi fortaleza”

Precisamente para los cristianos que siguen las preguntas de Jesús según aparecen en los evangelios, en la semana quinta de Cuaresma, se proclama el pasaje del perdón de la mujer adúltera. Y en él, la amable pregunta que Jesús le hace a continuación del silencio que da como respuesta a los acusadores y de la recomendación final a la mujer. Así se realiza la petición del cristiano a Dios: defiéndeme, sálvame, Tú eres mi fortaleza.

- “Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y colocándola en medio, le dijeron: - Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices? Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero, Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: -El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó sólo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: - Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado? Ella contestó: - Ninguno, Señor. Jesús dijo: Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más” (Jn 8,2-11).

Otros pasajes vienen a la memoria. Unos, sin palabras: “Y entonces una mujer pecadora que había en la ciudad, al enterarse de que estaba recostado a la mesa en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro con perfume, y por detrás se puso a sus pies llorando; y comenzó a bañarle los pies con sus lágrimas y los enjugaba con sus cabellos, los besaba y los ungía con el perfume. Al ver esto el fariseo que le había invitado, se decía: Si éste fuera profeta, sabría con certeza quién y qué clase de mujer es la que le toca: que es una pecadora… Y, vuelto hacia la mujer, le dijo a Simón: - …  Por eso te digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho. Aquel a quien menos se perdona, menos ama. Entonces le dijo a ella: - Tus pecados quedan perdonados” (Lc 7,37-39. 44. 47-48). Otros, sin petición, como en la curación del paralítico en la piscina que había en Jerusalén junto a la puerta de las ovejas: “El que había sido curado no sabía quien era, pues Jesús se había apartado de la muchedumbre allí congregada. Después de esto, lo encontró Jesús en el templo y le dijo: - Mira, estás curado; no peques más para que no te ocurra algo peor” (Jn 5,13-14). Y otros sin petición: “Cuando llegaron al lugar, llamado “Calavera”, le crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: - Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,33-34). Dios es compasivo y misericordioso.

SEMANA SANTA

Semana Santa. En la liturgia de cada ciclo se señala un relato de la Pasión y Muerte de Jesús, según el evangelista que, de los tres sinópticos, corresponda. El Evangelio según san Lucas contienen preguntas de Jesús que, complementadas con alguna de otros textos, pueden servir al cristiano de guía para vivir más cerca de Jesús.

- “Vosotros no hagáis así, sino que el primero entre vosotros pórtese como el menor, y el que gobierne, como el que sirve. Porque, ¿quién es más, el que está en la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está en la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22,26-27). “Y dijo a todos: - Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias ¿os faltó algo? Contestaron: -Nada Él añadió: - Pero ahora el que tenga bolsa que la coja, y lo mismo la alforja; el que no tiene espada, que venda su manto y compre una. Porque os aseguro que tiene que cumplirse en mí lo que está escrito: Fue contado con los malhechores. Lo que se refiere a mí toca a su fin. Ellos dijeron: - Señor, aquí hay dos espadas. Él contestó: - Basta. Y salió Jesús, como de costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos” (Lc 22,35-39).

- “Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la pena, y les dijo: - ¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación. Todavía estaba hablando, cuando aparece gente; y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús. Jesús le dijo: - Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?” (Lc 22, 45-48). “Jesús sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo: - ¿A quién buscáis? Le contestaron: - A Jesús Nazareno. Les dijo Jesús: - Yo soy. Estaba con ellos Judas el traidor. Al decirles “Yo soy”, retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez: - ¿A quién buscáis? … Pedro que llevaba una espada la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro: - Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre ¿No lo voy a beber?” (Jn 18,4-7.10-11).

 - “Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del Templo, y a los ancianos que habían venido contra él: - ¿Habéis salido con espadas y palos, como a caza de un bandido? A diario estaba en el Templo con vosotros, y no me echasteis mano. Pero ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas” (Lc 22,52-53). “Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: - ¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús le contestó: - ¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros?” (Jn 18,33-34). “A media tarde, Jesús gritó: - Elí, Elí, lamá sabaktaní. (Es decir: - Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?). Al oírlo, algunos de los que estaban allí dijeron: - A Elías llama éste (Mt 27, 46-47).

Durante la semana, lectura del libro de Isaías ayuda a vivir el ambiente dramático en el que el Amor de Dios que es amor, se entrega por amor. “El Señor me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás: ofrecía la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.” (Is 50,5-6). Y también está la llamada a la esperanza “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor, el día del desquite de nuestro Dios, para consolar a los afligidos…” (Is 61,1-3)

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Pascua de Resurrección. “Ofrezcan los cristianos / ofrendas de alabanza / a gloria de la Víctima / propicia de la Pascua. / Cordero sin pecado / que a las ovejas salva, / a Dios y a los culpables / unió con nueva alianza. / Lucharon vida y muerte / en singular batalla, / y muerto el que es la Vida, / triunfante se levanta. / ¿Qué has visto en el camino, / María, en la mañana? / A mi Señor glorioso, / la tumba abandonada, / los ángeles testigos, / sudarios y mortaja. / ¡Resucitó de veras / mi amor y mi esperanza! / Venid a Galilea, / allí el Señor aguarda; / allí veréis los suyos / la gloria de la Pascua. / Primicia de los muertos, / sabemos por tu gracia / que estás resucitado; / la muerte en ti no manda. / Rey vencedor, apiádate / de la miseria humana / y da a tus fieles parte / en tu victoria santa. Amén.” (Secuencia en la misa de la Pascua de la Resurrección del Señor)

Los cristianos celebran con alegría la Pascua que abre las puertas del cielo: “Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe, todavía estáis en vuestros pecados. E incluso los que han muerto en Cristo perecieron. Y si tenemos puesta la esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los más miserables de todos los hombres” (1 Co 15,16-19). Pero Cristo ha resucitado. ¡Aleluya! También es tiempo de seguir el camino meditando las preguntas de Jesús:

- “María estaba fuera, junto al sepulcro y lloraba. Estando así llorando, se inclinó hacia el sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco sentados donde había estado el cuerpo de Jesús. Uno a la cabecera y otro a los pies. Y le dijeron: Mujer ¿por qué lloras? Ella les respondió: Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. Al decir esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie. Pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, creyendo que era el hortelano, le dice: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo cogeré” (Jn 20,11-15). Tiempo de meditar los tres “lo”, tantas veces saboreado: lo necesito, lo buscaré, no lo soltaré. Y el “noli me tangere” (no me toques) que en las nuevas versiones es “noli me tenere” (no me detengas), porque “aún tengo que subir al Padre”. Y seguir a Jesús.

- “Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían entre sí, el mismo Jesús se acercó y caminaba con ellos. Pero sus ojos estaban dominados de modo que no conocieron. Y les dijo: ¿Qué conversación es ésa que lleváis entre vosotros en el camino? Y se pararon con rostro triste. Respondió uno que se llamaba Cleofás, y le dijo: ¿Tú eres el único peregrino de Jerusalén que no sabe las cosas que han pasado en ella en estos días? Y les dijo: ¿Qué cosas? Ellos le respondieron: Lo referente a Jesús el nazareno que fue varón profeta, poderoso en obras y palabra delante de Dios y de todo el pueblo… Entonces él les dijo: ¡Oh, insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No es verdad que era necesario que el Cristo padeciese estas cosas antes de entrar en su gloria?” (Lc 24, 15-20. 25-26)

- “Y mientras contaban esto, él mismo se presentó en medio de ellos y les dice: Paz con vosotros. Quedaron sobrecogidos y llenos de miedo; creían ver un espíritu. Pero él les dijo: ¿Por qué os turbáis y por qué dudáis en vuestros corazones? Ved mis manos y mis pies. Soy yo mismo. Tocadme y ved. Un espíritu no tiene carne y huesos, como véis que yo tengo. Y cuando esto dijo, les mostró las manos y los pies. Como siguiesen incrédulos por la alegría y admirados, añadió: ¿Tenéis aquí algo de comer? Y ellos le dieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de todos” (Lc 24, 36-42)

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Pascua de Resurrección. Domingo de la Divina Misericordia. El 23 de mayo de 2000 se establece la fiesta de la Divina Misericordia en el segundo domingo de Pascua. Así lo había anunciado san Juan pablo II durante la canonización de santa Faustina Kowalska. El mensaje: Dios es misericordioso y nos ama a todos “y cuanto más grande es el pecador tanto más grade es el derecho que tiene a mi Misericordia” (Diario, 723). Para los cristianos de más edad, el segundo domingo de Pascua es el domingo de “Quasi modo”. La antífona dice así: “Quasi modo geniti infantes, rationabile, sine dolo lac concupiscite, ut in eo crescatis in salutem alleluia” (“Como al niño recién nacido, ansiad la leche auténtica, no adulterada, para crecer con ella sanos. Aleluya”). Y la oración colecta empieza: “Dios de misericordia infinita…”. En la misa, en el ciclo C, el salmo 117 proclama: “Dad gracias a Dios porque es buena, porque es eterna su misericordia”.

Tiempo de dar gracias a Dios, de acogernos a su “misericordia” porque “pone su Sagrado Corazón en nuestra miseria”, de seguir caminando con Jesús hasta llegar al cielo. Ayuda meditar las preguntas del Señor. “Guardaos de los falsos profetas que vienen a vosotros vestidos de ovejas y dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Por ventura se cogen uvas de los espinos o higos de los zarzales? Así, todo árbol bueno lleva frutos buenos y el árbol malo lleva frutos malos. Un árbol bueno no puede llevar frutos malos ni un árbol malo llevar frutos buenos. Todo árbol que no lleva fruto bueno se corta y se echa al fuego. Por sus frutos, pues, los conoceréis (Mt 7,15-20). En otra versión acaba así: “El hombre bueno saca el bien del tesoro bueno de su corazón y el malo saca el mal del tesoro malo. Su lengua habla de la abundancia del corazón” (Lc 6,43-46)

Leyendo esos pasajes evangélicos vienen a la memoria muchos textos: “Dichoso el hombre que no sigue el consejo de impíos, ni se detiene en el camino de pecadores, ni toma asiento con farsantes, sino que se complace en la ley del Señor, y noche y día medita en su Ley. Será como un árbol plantado al borde de la acequia, que da fruto a su tiempo, y no se marchitan sus hojas: cuanto hace prospera. No así los impíos no así. Son como polvo que dispersa el viento” (salmo 1,1-4). Y otro referido a los impíos: “Se cuidan a sí mismos; son nubes sin agua zarandeados por los vientos, árboles de otoño sin fruto, dos veces muertos y arrancados de raíz; olas bravías del mar que echan la espuma de sus torpezas; astros errantes a los que está reservado para siempre la oscuridad tenebrosa” (Jds 12-13).

Y las sentencias: “Decid al justo que bien, que comerá del fruto de sus obras. Pero ¡ay del malvado! La irá mal, porque le pagarán según las obras de sus manos” (Is 3,10). “Esto dice el Señor: Maldito el varón que confía en el hombre y pone la carne en su apoyo, mientras su corazón se aparta del Señor. Será como matojo en la estepa, que no verá venir la dicha, pues habita en terrenos resecos del desierto, en tierra salobre e inhóspita. Bendito el varón que confía en el Señor y el Señor es su confianza. Será como árbol plantado junto al agua, que extiende sus raíces a la corriente, no teme que llegue el calor, y sus hojas permanecerán lozanas, no se inquieta en año de sequía, no dejará de dar frutos” (Jr 17,5-8). El Señor es compasivo y misericordioso (salmo 102).

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Pascua de Resurrección. Si la Cuaresma fueron cuarenta días, la Pascua son cincuenta que llegan hasta Pentecostés, como dice la etimología de la palabra, y que hacen que todos los domingos no sean “después de Pascua”, sino “de Pascua” como una prolongación del único domingo de celebración de la Resurrección del Señor. Tiempo de repetir el “aleluya”, que es palabra compuesta de la que significa alabanza (allelu)  y de la que inicia el nombre de Dios (Yah; Jehová). Y, sustituyendo en este tiempo al “Ángelus” por el “Regina coeli”, así lo cantamos los cristianos a nuestra Madre: “Reina del cielo, alégrate, aleluya, porque el que mereciste llevar en tu seno, aleluya, ha resucitado según predijo, aleluya. Ruega por nosotros a Dios, aleluya. Gózate y alégrate Virgen María, porque ha resucitado verdaderamente el Señor, aleluya”. En griego: Christos anesti! Alithos anesti! Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado.

Tiempo de alegría porque con la Resurrección de Jesucristo hemos sido redimidos, se ha abierto la puerta para la salvación, para poder llegar junto a Dios y quedarnos con Él para siempre. “El Señor es compasivo y misericordioso. Lento a la ira y rico en misericordia. No dura siempre su querella, ni guarda rencor perpetuamente. No nos trata según nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas… Él conoce de qué estamos hechos, recuerda que somos polvo. ¡El hombre! Como el heno son sus días: florece como flor silvestre; sobre él pasa el viento y no subsiste, ni se reconoce más su sitio. Pero la misericordia del Señor dura para siempre…” (salmo 103, 8-10, 14-17)

Tiempo pascual, tiempo de meditar las preguntas que hace Jesús en los textos evangélicos. “¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que digo?” (Lc 6,46) es una pregunta que tiene respuesta en otro texto: “No todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor ¿no profetizamos en tu nombre, yen tu nombre arrojamos a los demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces yo les responderé: Jamás os he conocido; alejaos de mí los que hicisteis el mal” (Mt 7,21). Ante esas palabras del alma se escapa el ofrecimiento ignaciano: “Toma Señor, mi libertad, mi memoria, mi entendimiento; toda mi voluntad; todo mi haber y poseer. Tú me lo diste, a Ti, Señor, lo torno. Todo es tuyo, dispón de mi según tu voluntad. Dame tu amor y tu gracia que esto me basta” Y acabar: “Nec aliud quidquam ultra posco”. Y llamamos Señor al Resucitado: “Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2); “Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28)”; “¡Es el Señor!” (Jn 21,7); “Señor, Tú que lo sabes todo, Tú sabes que te amo” (Jn 21,17)

Mes de mayo. Mes de María. Mes de romerías a santuarios de la Virgen. De llevar flores a María que Madre nuestra es. Venid y vamos todos con flores a María. Mes de mayo que empieza con la fiesta de san José, el artesano de Nazaret, que también trabajó en Egipto; cabeza de la Sagrada Familia: “¡Oh, feliz varón, bienaventurado José, a quien fue concedido no sólo ver y oír a Dios… sino también abrazarlo, besarlo, vestirlo y custodiarlo!”. Tiempo de invocar con frecuencia: “Madre mía inmaculada, san José, mi padre y señor, ángel de la guarda, interceded por mí”.

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Pascua de Resurrección. Domingo de Pascua, en la cuarta semana, del Buen Pastor. El cristiano se sabe hijo de Dios. Sabemos que somos hijos de Dios, que Dios se preocupa y ocupa de cada uno de nosotros. Mes de María: “Madre quiere decir amor, miradas dulces, tiernas caricias, sacrificios beneficios sin cuenta…” (sabatina marista)

El Buen Pastor de los profetas. “Porque esto dice el Señor Dios: Yo mismo buscaré mi rebaño y lo apacentaré. Como recuenta un pastor su rebaño cuando está en medio de sus ovejas que se han dispersado, así recontaré mis ovejas y las recogeré de todos los lugares en que se dispersaron en días de niebla y oscuridad… Las apacentaré en buenos pastos. Su aprisco estará en los montes altos de Israel. Descansarán allí en un aprisco bueno y encontrarán abundantes pastos en los montes de Israel. Yo mismo pastorearé mis ovejas y las haré descansar, dice el Señor Dios. Buscaré a la perdida, haré volver a la descarriada, a la que esté herida la vendaré, y curaré a la enferma, tendré de buen cuidado de la bien nutrida y de la fuerte” (Ez 34, 11-12. 14-16). Una a una, todas.

El Buen Pastor de los salmos. “El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes prados me hace reposar; hacia aguas tranquilas me guía, reconforta mi alma, me conduce por sendas rectas por honor de su Nombre. Aunque camine por valles oscuros no temo ningún mal, porque Tú estás conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan” (salmo 23).

Y Jesús nos dice: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas. El asalariado, el que no es pastor y al que no le pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye - y el lobo las arrebata y las dispersa- porque es asalariado y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor, conozco las mías y las mías me conocen. Como el Padre me conoce a mí, así yo conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor” (Jn 10,11-16). Y también: “¿Quién de vosotros si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y sale en busca de la que se perdió hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso, y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos y les dice: Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me perdió” (Lc 15,4-6). “Nuestro Señor Jesús, el gran Pastor de las ovejas” (Heb 13,20)    

Hasta llegar al cielo, ayuda al cristiano meditar las preguntas que hizo. “Cuando se marcharon los enviados de Juan, comenzó a hablar sobre Juan a las turbas: ¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? Entonces ¿qué habéis ido a ver? ¿A un hombre vestido con telas delicadas? Pero los que andan con vestidos espléndidos y lujosos están ellos palacios. Entonces ¿qué habéis ido a ver? ¿A un profeta? Ciertamente, os digo que a uno más que profeta… Porque yo os digo: Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan. Pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él” (Lc 7,24-26. 28; Mt 11,1-9.11). Pocas veces lo pensamos, pero estas palabras sobre Juan el Bautista pueden ayudar a meditar en Jesús. Es el mejor amigo, el mejor pariente. Y hasta el final: “Estaré con vosotros hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Mes de mayo: “Madre, ruega por nosotros, ahora y en la hora de la muerte”.

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Pascua de Resurrección. La alegría en Dios es eterna y difusiva porque nace y está llena de amor, del amor más grande, del Amor. Dios es caridad. Y en la esencia divina está la misericordia. Al avanzar en el camino del tiempo de Pascua la liturgia así lo recoge: “Cantate Domino canticum novum”, “Cantad al señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas; revela a las naciones su justicia. Aleluya”. Y la Iglesia así lo pide: “Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo” (Oración colecta del quinto domingo de Pascua). “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti” (salmo 32).       

Y en el camino pascual el cristiano anima el alma recordando y meditando las preguntas del Señor en los Evangelios. “Cuándo ellos se marchaban comenzó Jesús a hablar sobre Juan a las turbas: ¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? Entonces, ¿qué habéis ido a ver? ¿A un hombre vestido delicadamente? Pero los que llevan vestidos delicados están en los palacios de los reyes. Entonces, ¿a qué habéis ido? ¿A ver un profeta? Ciertamente os digo que a uno más que profeta. Este es de quien está escrito: “He aquí que envío a mi ángel delante de ti, el cual delante de ti, preparará tu camino” En verdad os digo que, entre los nacidos de mujer no ha existido uno mayor que Juan Bautista. Pero el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él” (Mt 11,7-11; Lc 7,24-30). Leyendo y meditando ese pasaje, la memoria arroja a la consideración otras referencias evangélicas.

“Una caña agitada por el viento” puede hacer recordar el pasaje de Isaías: “Mira a mi siervo a quien sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. He puesto mi Espíritu sobre él; llevará el derecho a las naciones. No gritará ni chillará, ni hará oír su voz en la calle. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo vacilante” (Is 41,1-3). Y “el hombre vestido delicadamente” puede traer la reflexión sobre el hombre rico, el epulón: “Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes. En cambio, un pobre llamado Lázaro yacía sentado en la puerta cubierto de llagas” (Lc 16, 19-20). Es un pasaje a incluir en los textos fatales: “Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán aunque uno resucite entre los muertos” (Lc 16,31), que exigen acudir a los textos de la misericordia: “Hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente” (Lc 15,10). Porque Dios “quiere que todos los hombres se salven” (1 Tm 2,4).  

Mes de mayo, mes de María. ¡La Madre de Dios es mi madre!, repetimos los cristianos. “Acordaos, oh piadosísima Virgen María que jamás se oyó decir que ninguno de cuantos han acudido bajo vuestra protección implorando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro haya sido abandonado de vos. Animado por esta confianza a vos también acudo, oh Madre y Virgen de vírgenes, y, gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. Oh, Madre de Dios, no deseches mis súplicas; antes bien, escúchalas y acógelas benignamente. Amén” 

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Pascua de Resurrección. Casi cuarenta días ya celebrando la pascua como si fuera un domingo que se prolonga todo este tiempo. Tiempo de alegría que debe llenar nuestro día y rebosar en todos con los que nos relacionamos: “Con gritos de júbilo anunciadlo y proclamadlo; publicadlo hasta el confín de la tierra. Decid: el Señor ha redimido a su pueblo. Aleluya” (antífona del sexto domingo de Pascua). y, pedimos a Dios que nos ayude a ser como Él quiere que seamos: “Concédenos, Dios todopoderoso, continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado, y que los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras” (oración colecta). Es la alegría desbordante de la bendición que es la Pascua: “El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación” (salmo 66).

El cristiano sabe que el camino hacia el cielo y hasta el cielo se hace teniendo la mirada fija en Jesús que nos acompaña continuamente, oyendo sus pasos cuando nos precede, sintiendo su mirada amorosa cuando sabemos que nos sigue de cerca para evitar que nos extraviemos, para apoyarnos si vamos a caer o para recogernos si hemos caído ¡tantas veces! Y, en esa compañía, no faltan los recuerdos de las preguntas del Señor. “¿Y con quien compararé a los hombres de esta generación? ¿a quién se parecen? Son semejantes a los niños que cantan en la plaza y se cantan unos a otros aquella letra: Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado; hemos tocado un himno fúnebre y no habéis llorado. Porque vino Juan bautista que no comía pan ni bebía vino y decís: Tiene un demonio. Ha venido el Hijo del hombre que come y bebe, y decís: He aquí un hombre comedor y bebedor, amigo de publicanos y pecadores. Más sus hijos han hecho justicia a la Sabiduría” (Lc 7, 31-35; Mt 11,12-19)

Como niños. “No te sorprendas de que te haya dicho que debéis nacer de nuevo” (Jn 3,7). “Dejad que los niños se acerquen a mí y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios. En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él” (Mc 10,14-15). Niños ante Dios; con la espontaneidad de los niños que no son capaces de contenerse en sus reacciones ni pueden ocultar sus sentimientos. Esa es su debilidad ante todos y ante Dios, la debilidad que Dios conoce y ama; y que nos da la esperanza del perdón en nuestras travesuras y maldades.

En la vida ordinaria. El comer y beber de Jesús en compañía llena de pasajes recordados en los textos evangélicos. Con pruebas de amor, unas veces, y descortesías, otras. Zaqueo, subido al sicómoro, como un niño, bajó rápido y recibió a Jesús en su casa con alegría. Todos murmuraban, pero él dijo: “Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres y si he defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces más” (Lc 19,8).       

Mayo. Mes de María, la Virgen Madre de Dios y Madre nuestra. El cristiano, mientras pasea, mientras conduce, mientras contempla, canta en voz alta, alegre, incluso haciendo dos voces, estando en soledad: “Toma Virgen pura nuestros corazones. No nos abandones. Jamás. Jamás”. El amoroso canto llega hasta el cielo y se oyen las risas de los ángeles y se adivina la mirada de la Madre, señalándonos ante su Hijo.

ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Ascensión del Señor. Aún viven muchos cristianos que aprendieron y repitieron: “Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”. Y así era: los cuarenta días siguientes al Domingo de Resurrección se cumplen un jueves, aunque las circunstancias hayan llevado a trasladar a un domingo, en la séptima semana de Pascua, la solemnidad de la Ascensión. La Pascua de Resurrección aún sigue hasta el domingo de Pentecostés que también debiera coincidir con los cincuenta días siguientes al Domingo de Resurrección, aunque no sea así.  Algunos pueden recordar unas palabras llenas de amor que consideraban los cuarenta días en que Cristo Resucitado se quedó con su Madre y los amigos como “una prórroga” que concedía el amor de Jesús. Y tampoco falta el cristiano que considera los diez días que deberían pasar de la Ascensión a Pentecostés, como un pequeño adviento, en espera del Espíritu Santo, que sería como una tercera Pascua. Son días para meditar una y otra vez: “Os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy os lo enviaré” (Jn 16,7). Fueron días con Jesús en el cielo y, con nosotros, hasta el fin del mundo. 

El evangelio de la misa del día de la Ascensión, en cada ciclo, acaba con la conclusión del texto de cada evangelista: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20); “Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban” (Mc 16,20); “Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios” (Lc 24,53). 

La vida ordinaria pone al cristiano en situaciones para las que siempre le servirá recordar las preguntas del Señor: “Simón tengo una cosa que decirte. Y él contestó: Maestro, di. Un acreedor tenía dos deudores. Uno debía 500 denarios, y el otro 50. Como no tenían para pagar, perdonó a los dos. ¿Quién, pues, de ellos le amará más? Respondió Simón: Supongo que aquel a quien perdonó más. Él contestó: Has juzgado rectamente. Y, vuelo hacia la mujer, decía: ¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa. No me has puesto agua para los pies. Pero ella con las lágrimas ha lavado mis pies, y con sus cabellos los ha secado. No me has dado un beso. Pero ella, desde que entré, no ha dejado de besar mis pies. No has ungido mi cabeza con aceite. Pero ella ha ungido mis pies con ungüento. Por eso te digo: están perdonados sus muchos pecados, porque amó mucho” (Lc 7,40-47). Amor con amor se paga. Obras son amores.

Acaba mayo. El mes dedicado a la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. Con ella pasamos cada día de nuestra vida, con Ella aprendemos a amar a Dios, de su mano caminamos hacia el cielo y Ella nos lleva a Jesús cuando nos perdemos. “Respice stellam, voca Mariam”: “Mira la estrella, llama a María”. Todo a Jesús por María; todo a María para Jesús”. Y cantamos a nuestra Madre: “Mientras mi vida alentare, todo mi amor para ti. Aunque mi amor te olvidare, tú no te olvides de mí” 

PENTECOSTÉS

Pentecostés. “Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5). Es la manifestación amorosa de la Trinidad: “Y si el Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo de entre los muertos dará vida también a vuestros cuerpos mortales por medio de sus Espíritu, que habita en vosotros” (Rm 8.11) 

Los cristianos celebran este domingo, que culmina los cincuenta días de la Pascua de Resurrección, cantando y meditando una preciosa secuencia: “Ven Espíritu Santo, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don en tus dones espléndido; luz que penetras las almas; fuente del mayor consuelo. / Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. / Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mitra el vacío del hombre si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento. / Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero. / Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos, por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito, salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.”

Los cristianos sentimos en esta celebración la alegría del amor de Dios, que es amor, y que, en la Trinidad, se manifiesta en el Espíritu Santo como el amor del Padre al Hijo. “… La tradición occidental expresa en primer lugar la comunión consubstancial entre el Padre y el Hijo diciendo que el espíritu procede del Padre y del Hijo (Filioque). Lo dice “de manera legítima y razonable”, porque el orden eterno de las personas divinas en su comunión consubstancial implica que el Padre sea el origen primero del Espíritu en tanto que “principio sin principio”, pero también que, en cuanto Padre del Hijo Único, sea con él “el único principio del que procede el Espíritu Santo”…” (CIC nº 248). La Trinidad es un misterio de fe que no puede ser conocido si no es revelado (CIC nº 237).

Cristianismo es amor de Dios derramado en nuestros corazones que deben rebosar alcanzado a todos y a todas las cosas como ceración de Dios que son. Y en este camino de amor hasta el cielo, el cristiano aprovecha para meditar las preguntas del Señor. De amor trata la parábola del buen samaritano: “Levantóse un doctor de la ley para tentarle y le dijo: “Maestro, ¿qué es lo que tengo que hacer para alcanzar la vida eterna?” Le contestó: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees? ... ¿Quién de estos tres te parece que se mostró prójimo del que cayó en manos de los ladrones? Contestó él: “El que ejercitó con él la misericordia” Díjole Jesús: “Ve y haz tú lo mismo” (Lc 10,25-26. 36-37). Examen de conciencia en hablando con Jesús: ¿cómo lees lo escrito en la Ley? Confianza en su misericordia porque Jesús es mi prójimo, está a mi lado continuamente.    

Junio. Mes de devoción al Sagrado Corazón de Jesús. La jaculatoria “¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!” escapa del alma porque el cristiano sabe que, porque “al fin de la jornada aquél que se salva sabe y el que no, no sabe nada”, todo lo que importa está en la misericordia de Dios. Dios es mi Padre, Dios me ama, yo le importo a Dios.

SANTÍSIMA TRINIDAD

La Santísima Trinidad. Cristianismo es amar, porque Dios es amor. La Santísima Trinidad es un misterio de amor y el cristiano goza de las virtudes de fe, esperanza y amor en la Santísima Trinidad, en Dios Padre, en Dios Hijo y en Dios Espíritu Santo. “El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana… Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales y el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela a los hombres, los aparta del pecado y los reconcilia y une consigo” (CIC 234).

En la misa del día, se lee: “Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Más aún, hasta nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia; la constancia, virtud probada; la virtud, esperanza; y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5.1-5). Y se canta el aleluya: “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Al Dios que es, que era y que viene (Ap, 1,8). Y decimos en el Prefacio: “En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias, siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Que con tu único Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios; no una sola Persona, sino tres Personas en una sola naturaleza.”

Saturado de Dios y sumido en Dios, el cristiano reconoce su debilidad, sus fallos, sus olvidos, sus graves osadías, pero también confía en la Misericordia divina, que, como Padre, como Hermano, como Defensor, poniendo en su Corazón nuestras miserias, nos busca, nos llama, nos acoge, nos perdona y quiere llevarnos al cielo para siempre. Y en ese vivir en Dios, esperanzado, el cristiano recuerda las preguntas del Señor: “Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe, y el que busca, encuentra, y a quien llama se le abre. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide pan, le dé una piedra? Y si un pez, ¿por ventura le dará, en vez del pez, una serpiente?, o si pide un huevo ¿le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le ruegan” (Lc 11,9-13). Siempre es tiempo de oración.

“Orar es levantar el corazón a Dios y pedirle mercedes”, decían los catecismos escolares (Astete, Ripalda). El Padrenuestro con el que Jesús nos enseñó a orar tiene siete peticiones (no son dos, sino la misma: “perdona nuestras ofensas” y “como nosotros perdonamos” y las pausas en medio son inadecuadas). Y si es verdad que “Pedís y no recibís porque pedís mal” (St 4,3), también lo es: “Ya sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis” (Mt 6,8 y 6.32). Necesitados de Dios y de su gracia.

El rosario nos acerca a la Santísima Trinidad invocando a la Virgen. Una devoción recita en las últimas cuentas que coronan con la Cruz: “Dios te salve María, Hija de Dios Padre, llena eres de gracia…”, “Dios te salve María, Madre de Dios Hijo, llena de gracia…”, “Dios te salve María, Esposa del Espíritu Santo, llena eres de gracia…” 

CORPUS CHRISTI

Corpus Christi. El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Misterio de amor, Dios toma la naturaleza humana para ser como nosotros en todo menos en el pecado (cf. Flp 2,6-11). Gran misterio: El Hijo de Dios, Jesucristo, nace, vive y muere, disfruta y padece, todas nuestras experiencias las ha conocido. Podemos recurrir a Él en toda ocasión porque sabe de qué hablamos, porque le interesa todo lo que nos pasa, porque conoce nuestros pensamientos y sabe lo que querríamos decir antes de decírselo (cf. Mt 6,25-32).

Y ante el Crucificado: “No me mueve, mi Dios, para quererte / el cielo que me tienes prometido, / ni me mueve el infierno tan temido, / para dejar por eso de ofenderte. / Tú me mueves, Señor, muéveme el verte / clavado en una cruz y escarnecido, / muéveme ver tu cuerpo tan herido, / muévenme tus afrentas y tu muerte. / Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera / que, aunque no hubiera cielo, yo te amara / y aunque no hubiera infierno te temiera. / No me tienes que dar porque te quiera, pues, aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera” (soneto anónimo, publicado en 1628).

Y ante el Sagrario: “Te adoro con devoción, Dios escondido, / oculto verdaderamente bajo estas apariencias. / A Ti se somete mi corazón por completo / y se rinde totalmente al contemplarte. / Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto, / pero basta el oído para creer con firmeza; / creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: / nada es más verdadero que esta Palabra de verdad. / En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, / pero aquí se esconde también la Humanidad; / sin embargo, creo y confieso ambas cosas / y pido lo que pidió el ladrón arrepentido. / No veo las llagas como las vio Tomás, / pero confieso que eres mi Dios: / haz que yo crea más en Ti, / que en Ti espere y que te ame. / ¡Memorial de la muerte del Señor! / Pan vivo que das vida al hombre: / concede a mi alma que de Ti viva / y que siempre saboree tu dulzura. / Señor Jesús, pelícano bueno, / lípiame a mí, inmundo, con tu Sangre, / de la que una sola gota puede liberar / de todos los crímenes al mundo entero. / Jesús, a quien ahora veo oculto, / te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: / que, al mirar tu rostro cara a cara, / sea yo feliz viendo tu gloria.” (quizá uno de los cincos himnos que escribió santo Tomás de Aquino en 1264 para la fiesta del Corpus Christi, a solicitud del papa Urbano IV)

En la comunión del Cuerpo de Cristo, la fe ensancha el alma y reconocemos que nos llenamos de Dios y nos metemos en Dios. “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6,57). Misterio de amor que el Maligno no comprende. Y, en el recuerdo, las preguntas del Señor: “Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: Tiene a Beelzebul y arroja a los demonios con el poder del príncipe de los demonios. Y llamándoles a su lado les decía: ¿Cómo puede Satanás arrojar a Satanás?” (Mc 3,22-23). Con otras construcciones (Mt 12, 24-30. 43-45; Lc 11,15-26) el pasaje incluye: “Si Satanás está dividido contra sí, ¿cómo resistirá su reino?”. No es así en un cristiano: “Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro ni las potestades, ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna, podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 8,38-39). Y, mirando dentro, decimos: “No permitas que me aparte de Ti”.

TIEMPO ORDINARIO

Aunque hace dos semanas que acabó la Pascua de Resurrección, los cristianos hemos seguido con celebraciones: la Santísima Trinidad, el Corpus Christi; y con fiestas entrañables: el Sagrado Corazón de Jesús, el Inmaculado Corazón de María. En el alma de los cristianos todas fechas del calendario son días que llaman a hacer con buen ánimo, alegría y esperanza el camino hacia el cielo, Dios es amor; cristianismo es recibir amor de Dios y derramar amor en todos. Lo ordinario, en fin, es vivir en Cristo.

“Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios” (Rm 8,28). “Si Dios está con nosotros ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con Él todas las cosas? ¿Quién presentará acusación contra los elegidos de Dios? ¿Dios el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Cristo Jesús que murió, más aún, el que fue resucitado, el que además está a la derecha de Dios, el que está intercediendo por nosotros? (Rm 8,31-34)

El cristiano sabe bien cómo vivir, como convivir: “Por tanto, como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga queja contra otro; como el señor os ha perdonado hacedlo así también vosotros; sobre todo revestíos con la caridad que es el vínculo de la perfección” (Col 3,12-14). “La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 4-7).

“¿Está triste alguno de vosotros? Que rece. ¿Está contento? Que cante salmos. ¿Está enfermo alguno de vosotros? Que llame a los presbíteros de la Iglesia y que oren sobre él, ungiéndole con aceite en nombre del Señor” (St 5,13-14). “Alegraos siempre en el Señor, os lo repito, alegraos. Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca. No os preocupéis por nada; al contrario: en toda ocasión y súplica, presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias” (Flp 4,4-6)

El cristiano medita las preguntas del Señor: “Si tenéis un árbol bueno, su fruto será bueno. Si tenéis un árbol malo, su fruto será malo, porque el árbol se conoce por el fruto. Raza de víboras ¿cómo podéis decir cosas buenas, si sois malos? Porque de la abundancia del corazón habla la lengua. El hombre bueno saca cosas buenas del buen tesoro, pero el hombre malo saca cosas malas del mal tesoro Os digo que los hombres darán cuenta el día del juicio de cualquier palabra ociosa que dijeren. Porque por tus palabras te justificarás y por tus palabras te condenarás” (Mt 12,33-36). Este pasaje saca de la memoria del cristiano otro con en el que Evangelio de Mateo acaba la exposición de las parábolas y su explicación a los discípulos: “Todo escriba instruido en el Reino de los Cielos es como un hombre, amo de su casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas” (Mt 13,52). Y, así, el cristiano es consciente del bien o del mal que puede hacer con su decir en la vida ordinaria: la gravedad de la calumnia, de la murmuración, de la mentira, lo conveniente de callar, la delicadeza en el consejo.

TIEMPO ORDINARIO

Tiempo Ordinario. Sentimientos diversos al pensar en los días pasados con sus ilusiones y frustraciones porque cada día tiene su propio agobio (Mt 6,34); y se piensa también en los días próximos más o menos inmediatos porque se podrá descansar y porque la diversión será variar en el quehacer. El cristiano, que vive en Cristo porque “Ya no vivo yo, es Cristo que vive en mi” (Ga 2,20), da un sentido trascedente el devenir de los días y es consciente de que la vida es camino hacia y hasta el cielo donde nos espera Dios, que es Padre. Es imposible no tener presente el pasaje evangélico del padre bueno, del hijo que abandonó el amor y volvió al amor y del hijo que vivió en el amor sin ser consciente de lo que es esa situación: “Cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos” (Lc 15,20). Y también: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo” (Lc 15,31)

Cristianismo es amor (“Amo porque amo”, san Bernardo. Sermón 83,4-6). Y amor es encuentro con el que nos ama y con el deberíamos amar y por eso el cristiano pide y se exige “querer querer” (Señor haz que te quiera como Tú quieres que te quiera”), que nada le aparte del amor de Dios (Rm 8,39) y a Dios, y desea vivir “metido en Dios” y “lleno de Dios”. Así, el cristiano, siguiendo lo que podría ser un orden cronológico en la vida de Jesús según los evangelios, puede ayudarse en mantener ese encuentro amoroso recordando y respondiendo las preguntas que hace el Señor: “Díjole uno: -Tu madre y tus hermanos están fuera esperando para hablarte. Y respondió a quien le había hablado: -¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?. Y, extendiendo la mano hacia sus discípulos, dijo: - He aquí a mi madre y a mis hermanos. Pues quienquiera que cumpla la voluntad de mi padre del Cielo, ése es mi hermano, hermana y madre” (Mt 12,47-50; cf. Mc 3,31-35, Lc 8,10-21). En el recuerdo: “Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que criaron” y la réplica de Jesús: “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan” (Lc 11,27-28)

Antes se puede leer: “Entonces llega a casa y se vuelve a juntar la muchedumbre, de manera que no podían ni siquiera comer. Al enterarse sus parientes fueron a llevárselo, porque decían que había perdido el juicio” (Mc 3,20-21). Indiscutida la virginidad de María, por “los hermanos de Jesús” (cf. Mc 3,1 y 6,3; 1 Co 9,50; Ga 1,19) se debe entender (CIC nº 500) “parientes próximos”; así, Santiago y José “hermanos de Jesús” (Mt 13,55) son los hijos de María, una discípula (Mt 27,56) que se designa como “la otra María” (Mt 28,1).

Hijos de Dios: “Pues el espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo con tal de que padezcamos con él, para ser con él también glorificados” (Rm 8,16-17). Pero al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos… De manera que ya no eres siervo, sino hijo; y, como eres hijo, también heredero por la gracia de Dios” (Ga 4, 4-5.7). “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo… Nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo…” (Ef 1,1.5).

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive de continuo en la presencia de Dios: “Señor, mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes, te adoro…”. En varias ocasiones durante el día hace la señal de la cruz invocando a la Santísima Trinidad: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” o dice el “Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo”; reza con frecuencia el “Padre nuestro”; tiene a Jesús en todo momento en el pensamiento o en los labios, con oraciones, como el “Señor mío Jesucristo” al “Alma de Cristo, santifícame”; con jaculatorias, como “Jesús, hijo de Dios, ten misericordia de mí que soy un pecador” o la sencilla y preciosa: “Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesus” (Jesús, Jesús, sé para mí siempre Jesús). También al Espíritu Santo, el “gran desconocido”, nuestro consejero, nuestro defensor, deberíamos encomendarnos en toda ocasión: “Ven Espíritu Creador, visita las almas de tus fieles…”. Y, entrando en el cielo con el alma, todos los cristianos viven sus días y sus noches en el amor de María que es Madre de Dios y Madre nuestra y amparados en san José, nuestro padre y señor.

La meditación de las preguntas del Señor en los Evangelios ofrece ocasiones de repasar esa vivencia insuperable de estar oyendo a Jesús, rodeado de quienes lo escucharon entonces y sintiéndose unidos todos los que hacemos comunión con los santos. “Y añadió: ¿No entendéis esta parábola? Entonces ¿cómo vais a entender todas las otras parábolas? El sembrador siembra la palabra. Los que están a lo largo del camino son aquellos donde se siembra la palabra y apenas han oído; viene enseguida Satanás y quita la palabra sentada en ellos…” (Mc 4,13-15; cf. Mt 13,18-23; Lc 8,11-15). Y, el cristiano termina la reflexión deseando que se cumpla en él el final de la explicación de Jesús: Lo que cayó en buena tierra son los que, después de haber oído la palabra, la conservan en su corazón noble y bueno y producen fruto con constancia” (Lc 8,15). Y resuena en el corazón: “Os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16). Esa es la misión en comendada, el sentido de nuestra vida.

Y recuerdos. Del campo a sembrar: “Vosotros sois el campo de Dios (1 Co 3,9). Del crecimiento de la semilla y del fruto: “El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo. Porque la tierra produce fruto ella sola: primero hierba, después espiga y por fin trigo maduro en la espiga. Y en cuanto está s punto el fruto, enseguida mete la hoz, porque ha llegado la siega” (Mc 4,26-29). Y del cuidado del Señor por todo, por cada uno y por todos: “Fijaos los lirios del campo, como crecen, no se fatigan ni hilan y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos” (Mt 6, 28-29). Y de la cosecha abundante del rico insensato: “Las ciertas de cierto hombre rico dieron mucho fruto. Y se puso a pensar para sus adentros: ¿qué puedo hacer ya que no tengo dónde guardar mi cosecha? Y se dijo: Esto haré: voy a destruir mis graneros y construiré otros mayores, y allí guardaré todo mi trigo y mis bienes. Entonces le diré a mi alma: Alma ya tiene muchos bienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, pásalo bien. Pero Dios le dijo: Insensato, esta misma noche te van a reclamar el alma; lo que has preparado ¿para quién será? Así ocurre con quien atesora para sí y no es rico ante Dios” (Lc 12, 16-21). “Doce nos, Domine; duce nos”. 

TIEMPO ORDINARIO

En el seguimiento del Señor, viviendo los pasajes evangélicos como un personaje más, el cristiano guarda en el corazón muchos detalles que, en otro momento, permiten fijar el recuerdo, saborearlo y hacerlo fuente que mana el amor de Dios. Las preguntas del Señor pueden servir de guía para ese fin. “Y les decía: ¿Por ventura se tiene la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelabro? Pues nada hay oculto sino para que se manifieste; nada está escondido sino para que se haga público. Quien tenga oídos para oír, oiga” (Mc 4,21-23). Es un pasaje que a muchos le lleva a recordar que nada está oculto para Dios que es nuestro “Padre y ve en lo escondido” (Mt 6,4.6.18) y que nos recompensará por nuestra oración, por nuestros sacrificios, por nuestra entrega a los demás. 

En el evangelio de Lucas se puede leer dos veces la parábola de la lámpara y en dos momentos distintos: después de la parábola del sembrador y en la subida a Jerusalén. Una: “Nadie que ha encendido una lámpara la cubre con una vasija o la pone debajo del lecho, sino que la coloca sobre un candelabro, para que todos los en entran vean la luz. No hay nada oculto que no llegue a ser descubierto, ni secreto que no se haya de conocer y salga a la luz” (Lc 8,16-18). Y otra: “Nadie que enciende una lámpara la pone oculta o debajo del celemín, sino sobre el candelabro, para que los que entran vean el resplandor. La lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Mientras tu ojo está sano, todo tu cuerpo está iluminado; pero cuando está enfermo, tu cuerpo está en tinieblas. Cuida, pues, que su luz no se convierta en oscuridad. Si tu cuerpo todo está iluminado y no tiene parte alguna oscura, estará todo iluminado, como cuando la lámpara te alumbra con el resplandor” (Lc 11, 33-36). Lo oculto es ajeno a la relación con Dios: “Señor, Tú me sondeas y me conoces, me conoces cuando me acuesto y me levanto, de lejos penetras mis pensamientos…” (salmo 138). “Entonces algunos escribas dijeron para sus adentros: - Éste blasfema. Conociendo Jesús sus pensamientos” (Mt 9, 3-4)

En el evangelio de Mateo también hay dos referencias. Una, después de las bienaventuranzas: “Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,15). Y otra, en las enseñanzas sobre la oración, la limosna y el ayuno: “La lámpara del cuerpo es el ojo. Por eso, si tu ojo es sencillo, tu cuerpo estará iluminado. Pero si tu ojo es malicioso, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Y si la luz que hay en ti es tinieblas, ¡qué grande será la oscuridad! (Mt 6,22-23). El ojo es la luz que ilumina la realidad en que vivimos, la realidad en que nos debemos santificar: “Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo? El discípulo no es más que su maestro. ¿Cómo es que ves la mota en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que hay en tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: Hermano, deja que saque la mota que hay en tu ojo? … Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces verás bien para sacar la mota del ojo de tu hermano” (Lc 6,39-42). Y para meditar separadamente ese terrible final: ¡qué grande será la oscuridad!

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano es cristiano porque se ha encontrado con Cristo y vive en su presencia. “Vivo yo, ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Y la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo por mi fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a la muerte por mí” (Ga 2,20). El cristiano vive en la esperanza confiada de que Dios está con nosotros, nos espera para estar siempre con Él y así lo pide Jesús al Padre: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20); “En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario ¡os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar. Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que donde yo estoy, estéis también vosotros” (Jn14,2-3); “Padre quiero que donde yo estoy también estén conmigo los que me has confiado” (Jn 17,24)

Las preguntas del Señor ayudan a vivir en su presencia y animan a conformar la propia vida siguiendo las actitudes, las palabras, los pasos de Jesús como si fuéramos un acompañante en todas y cada una de sus jornadas. “Cuando terminó de hablar, un fariseo le convidó a comer con él: entró en la casa y se puso a la mesa. El fariseo quedó admirado al ver que no se lavó antes de la comida. El Señor le dijo: Pues bien, vosotros los fariseos purificáis el exterior de la copa y del plato, pero vuestro interior está lleno de rapacidad y malicia. ¡Insensatos! Quien hizo lo exterior ¿no hizo también lo interior? Pero dad limosna de vuestros bienes y todo lo tendréis puro. Mas ¡ay de vosotros, fariseos, que dais el diezmo de la menta, de la ruda y de toda legumbre, y dejáis a un lado la justicia y el amor de Dios! Es necesario practicar esto y no omitir aquello” (Lc 11,37-42). Este final es clarificador: sólo una cosa es necesaria, pero no hay que omitir lo demás que compete a cada uno.

Lo necesario. “Cuando iban de camino entró en cierta aldea, y una mujer que se llamaba Marta, le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero María andaba afanada con numerosos quehaceres y poniéndose delante dijo: - Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servicio? Dile entonces que me ayude. Pero el Señor le responde: - Marte, Marte, tú te preocupa y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada” (Lc 10,38-42).

Los detalles. “Y vuelto hacia la mujer, le dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella en cambio me ha bañado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. No me diste el beso. Pero ella, dese que entré no ha dejado de besar mis pies. No has ungido mi cabeza con aceite. Ella en cambio ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho” (Lc 7,44-47). Y también: “Cuando terminó de hablar, cierto fariseo le rogó que comiera en su casa. Entró y se puso a la mesa. El fariseo se quedó extrañado al ver que Jesús no se había lavado antes de la comida. Pero el Señor le dijo: Así que vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad. ¡Insensatos! ¿Acaso quien hizo lo de fuera no ha hecho también lo de dentro?” (Lc 10,37-40). El amor no tiene excusas.

TIEMPO ORDINARIO. FIN DE CURSO

El calor, la calor y las calores, son grados en la tierra de María Santísima. ¡Ánimo!

El curso se acaba. Es tiempo de descanso, de rearmarse de fuerzas en el cuerpo y en el espíritu. El cristiano encuentra motivo de meditación, de adoración a Dios; de acción de gracias, por el curso acabado, por la vida recibida y sostenida; de petición, para cada uno, para los cercanos, para los lejanos, para los contrarios, para el que lo necesite, sea quien sea. Manteniendo la costumbre en el blog, sigue aquí la poesía del Padre Alarcón S.I. que reprodujo el Padre Coloma S.I., con texto en prosa intercalado, en su obra “Pequeñeces”, en el pasaje en el que, en una distribución de premios escolares, un niño recitaba a la Virgen. Adaptando las palabras a la actualidad de cada uno. Pensando.

- “Dulcísimo recuerdo de mi vida, / bendice a los que vamos a partir. / ¡Oh, Virgen del recuerdo dolorida, / recibe tú mi adiós de despedida, y acuérdate de mí!... / Lejos de aquestos tutelares muros, / los compañeros de la edad feliz / no serán a tu amor perjuros; / conservarán sus corazones puros; / ¡Se acordarán de ti! / Mas siento al alejarme una agonía / cual no la suele el corazón sentir…/ En palabras de niño ¿quién confía? / Temo… no sé qué temo, Madre mía, / por ellos y por mí…” Estos cortes circunstanciales en la rutina vital permiten recordar tiempos pasados en los que la fe, la piedad, la relación con Dios era intensa, amable, cordial. Conviene sacar ánimos de ahí. 

- “Dicen que el mundo es un jardín ameno / y que áspides oculta ese jardín… / que hay frutos dulces de mortal veneno… / que el mar del mundo está de escollos lleno… / Y ¿por qué estará así? / Dicen que por el oro y los honores / hombres sin fe, de corazón ruín, /secan el manantial de sus amores, / y a su Dios y a su Patria son traidores… ¿Por qué serán así? / Dicen que de esta vida los abrojos / quieren trocar en mundanal festín; / que ellos, ellos motivan tus enojos, / y que ese llanto de tus dulces ojos/ lo causan ellos, ¡sí! / Ellos, ¡ingratos!, de pesar te llenan… / ¿Seré yo también sordo a tu gemir? / ¡No! ...; yo no quiero frutos que envenenan, / no quiero goces que a mi Madre apenan, / ¡no quiero ser así! / En los escollos de esta mar bravía / yo no quiero sin gloria sucumbir; / yo no quiero que llores por mí un día, / yo no quiero que llores, Madre mía… / ¡No quiero ser así!” Quizá nuestra experiencia vital empieza aquí, recordando tiempos de olvido de Dios, de alejamiento de Dios. También esa poesía de niño puede animarnos.

- “Y mientras yo responda a tu reclamo, / mientras me juzgue con tu amor feliz, / y ardiendo en este afecto en que me inflamo / te diga muchas veces que te amo, / ¿te olvidarás de mí? / ¡Ah, no, dulce recuerdo de mi vida! / Siempre que luche en poderosa lid, / siempre que llore mi alma dolorida, / al recordar mi adiós de despedida / ¡Te acordarás de mí! / Y en retorno de amor y fe sincera, / jamás sin tu recuerdo he de vivir: / tuya será mi lágrima postrera… / Hasta que muera, Madre, hasta que muera, / me acordaré de ti!” Así, con ese arrojo juvenil, aún en la edad madura, es tiempo de propósitos, de animarnos unos a otros, la mejor inversión: ¡el ciento por uno!

- “Tú en pago, Madre, cuando llegue el plazo / de alzar el vuelo al celestial confín, / estrechándome a ti con dulce abrazo, / no me apartes jamás de tu regazo, / ¡no me apartes de ti!”. No hay mayor seguridad que ir a Jesús de la mano de la Madre.

Unos a otros, todos nos deseamos un feliz descanso. Un “seguir sin parar” más pausado.

TIEMPO ORDINARIO. AGOSTO

Recordando la Biblia (1): la viuda de Sarepta

“Elías, que era de Tisbé de Galaad, fue a decir a Ajab: Tan cierto como que vive Yavé, Dios de Israel, a quien sirvo, que no habrá estos años ni rocío ni lluvia, a menos que yo lo ordene.

Una palabra de Yavé fue dirigida a Elías: Sal de aquí y anda al este. Te esconderás en el torrente de Queret, al este del Jordán. Tomarás agua del torrente y he ordenado a los cuervos para que te provean allá abajo.

Salió pues Elías e hizo lo que Yavé le había dicho; fue a instalarse en el torrente de Querit, al este del Jordán, y los cuervos le traían pan en la mañana y carne en la tarde.

Pero al cabo de un tiempo el torrente se secó, porque no caía más lluvia en el país. Le fue dirigida entonces una palabra de Yavé: Levántate, anda a instalarte en Sarepta, en la región de Sidón. He dado órdenes allá a una viuda para que te alimente.

Se levantó y partió para Sarepta. Cuando llegó a la puerta de la ciudad, había allí una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo: ¿Quieres traerme un poco de agua en ese cántaro para que yo beba? Cuando iba a buscarla, la llamó y le dijo: ¿Podrías traerme también un trozo de pan?

Ella le respondió: Tan cierto como que vive Yavé, tu Dios, que no tengo nada cocido; sólo tengo un poco de harina en un tiesto y un poco de aceite en un cántaro. Estaba recogiendo dos atados de leña y vuelvo a mi casa para prepararlo para mí y para mi hijo. Lo comeremos y luego vendrá la muerte.

Elías le dijo: No temas, anda y haz lo que te digo; sólo que prepara primero un pancito que me traerás, luego harás otro para ti y para tu hijo. Porque esto dice Yavé, Dios de Israel: La harina del tiesto no se acabará y el aceite del cántaro no se terminará hasta el día en que Yavé haga llover sobre la tierra.

Ella se fue e hizo tal como le había dicho Elías, y durante mucho tiempo tuvieron qué comer, éste, ella y el hijo. La harina del tiesto no se acabó y el aceite del cántaro no se terminó, según la palabra que Yavé había dicho por boca de Elías.

Sucedió después que el hijo de la dueña de casa cayó enfermo; su enfermedad empeoró y exhaló el último suspiro. Entonces ella dijo a Elías: ¿Por qué te has metido en mi vida, hombre de Dios? ¿Has venido a mi casa para poner delante de Dios todas mis faltas y para hacer morir a mi hijo? Le respondió: Dame a tu hijo.

Elías lo tomó de los brazos de esa mujer, subió al cuarto de arriba, donde se alojaba, y lo acostó en su cama. Luego invocó a Yavé: Yavé, Dios mío, dijo, ¿harás que recaiga la desgracia aun sobre esta viuda que me aloja, haciendo que muera su hijo? Entonces se tendió tres veces sobre el niño e invocó a Yavé: Yavé, Dios mío, devuélvele a este niño el soplo de vida.

Yavé oyó la súplica de Elías y le volvió al niño la respiración: ¡estaba vivo! Elías tomó al niño, lo bajó del cuarto alto a la casa y se lo devolvió a su madre. Elías le dijo: Mira, tu hijo está vivo. Entonces la mujer dijo a Elías: ¡Ahora sé que tú eres un hombre de Dios y cuando tú dices la palabra de Dios, es verdad!” (1R 17, 1-24)

TIEMPO ORDINARIO. AGOSTO

Recordando la Biblia (2): El Dios verdadero

Ajab convocó a todo Israel al monte Carmelo, y también reunió a los profetas. 

Entonces Elías se acercó al pueblo y dijo: ¿Hasta cuándo saltarán de un pie al otro? Si Yavé es Dios, síganlo; si lo es Baal, síganlo. El pueblo no respondió.

Elías dijo al pueblo: Soy el único que queda de los profetas de Yavé, y ustedes ven aquí a cuatrocientos cincuenta profetas de Baal. ¡Dennos dos toros! Ellos tomarán uno, lo descuartizarán y lo pondrán sobre la leña sin prenderle fuego. Yo, prepararé el otro toro y lo pondré sobre la leña sin prenderle fuego.

Luego invocarán el nombre de su dios; yo invocaré el nombre de Yavé. El Dios que responda enviando fuego, ese es Dios. Todo el pueblo respondió: ¡Muy bien!

Elías dijo a los profetas de Baal: Como ustedes son más, elijan primero su toro. Prepárenlo, invoquen el nombre de su dios, pero sin prender fuego.

Tomaron pues el toro que les pasaron, lo prepararon e invocaron el nombre de Baal desde la mañana hasta la noche, gritando: ¡Baal, respóndenos!

Pero no se oyó nada ni hubo respuesta alguna mientras saltaban delante del altar que habían levantado.

Llegó el mediodía; Elías se mofaba de ellos: ¡Griten más fuerte!, les decía. Si bien es dios, tal vez está meditando, o está ocupado o anda viajando; a lo mejor está durmiendo y tienen que despertarlo. 

Gritaban pues cada vez más fuerte mientras se hacían, según sus costumbres, incisiones con cuchillos para que corriera la sangre.

Siguieron gesticulando toda la tarde hasta el momento en que se presenta la ofrenda vespertina, pero no se oía nada: ¡ni una respuesta, ni tampoco reacción alguna! 

Elías dijo entonces a todo el pueblo: Acérquense a mí. Todo el pueblo se acercó a Elías mientras éste levantaba de nuevo el altar de Yavé que había sido derribado.

Tomó doce piedras, según el número de las tribus de Jacob, del hombre que había recibido esta palabra de Yavé: Tu nombre será Israel. Elías arregló las piedras, después cavó alrededor del altar una zanja que podía contener como treinta litros de agua. Acomodó la leña, partió en trozos el toro y lo puso sobre la leña.

Luego dijo: Llenen con agua cuatro cántaros y vacíenla sobre el holocausto y la leña. Así lo hicieron y les dijo: ¡Háganlo de nuevo! Lo hicieron por segunda vez. Añadió: ¡Una vez más! Y lo hicieron por tercera vez. El agua escurría del altar y llenó toda la zanja.

En la hora en que se presenta la ofrenda de la tarde, Elías el profeta se adelantó y dijo: Yavé, Dios de Abrahán, de Isaac y de Israel, que sepan hoy que tú eres Dios de Israel, que yo soy tu servidor, y que en todo actúo según tu palabra. ¡Respóndeme, Yavé, respóndeme! ¡Que sepa este pueblo que tú eres Dios, tú Yavé, y que tú eres el que convierte su corazón!

Bajó entonces el fuego de Yavé, que consumió el holocausto y la leña y absorbió toda el agua que había en la zanja.

Al ver esto, todo el pueblo se echó con el rostro en tierra, gritando: “¡Yavé es Dios! ¡Yavé es Dios!”. (1R 18,20-39)

TIEMPO ORDINARIO. AGOSTO

Recordando la Biblia (3): Elías y Dios

Elías tuvo miedo y huyó para salvar su vida.

Llegó a Berseba en el territorio de Judá y allí dejó a su sirviente. Se adentró en el desierto durante todo un día de camino, luego fue a sentarse bajo un retamo y pidió la muerte: “Basta, dijo. Yavé, toma mi vida, porque ya no valgo más que mis padres”. Se acostó y se quedó dormido.

Un ángel tocó a Elías y le dijo: “Levántate y come”. Miró y vio que había allí cerca de él una tortilla cocida sobre piedras y un cántaro de agua. Comió, bebió y se volvió a acostar.

Por segunda vez el ángel de Yavé se le acercó, lo tocó y le dijo: “Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti”.

Comió y bebió. Confortado con ese alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta llegar al cerro de Dios, el Horeb. Allí se dirigió hacia la caverna y pasó la noche en ese lugar.

He aquí que le fue dirigida la palabra de Dios: “¿Elías, qué haces aquí?”

Respondió: “Ardo de indignación por Yavé Sabaot, porque los hijos de Israel te han abandonado. Han derribado tus altares, dado muerte a cuchillo a tus profetas; sólo he quedado yo y tratan de matarme”. Yavé le respondió: “Sal fuera y quédate en el monte delante de Yavé”.

Y Yavé pasa. Un viento fuerte y violento pasa delante de Yavé, hiende los montes y parte las rocas, pero Yavé no está en el viento. Después del viento viene un terremoto, pero Yavé no está en el terremoto. Después del terremoto, un fuego, pero Yavé no está en el fuego.

Después del fuego, se sintió el murmullo de una suave brisa. Cuando Elías la oyó, se cubrió el rostro con el manto, salió y se mantuvo a la entrada de la caverna. Entonces se oyó una voz: “¿Elías, qué haces aquí?”

Respondió: “Ardo de indignación por Yavé Sabaot, porque los hijos de Israel te han abandonado. Han derribado tus altares, dado muerte a cuchillo a tus profetas; sólo he quedado yo y tratan de matarme”.

Yavé le dijo: “Vuélvete por el mismo camino y anda hasta el desierto de Damasco. Cuando hayas llegado allá consagrarás como rey de Aram a Jazael, consagrarás a Jehú, hijo de Nimsi, como rey de Israel, y consagrarás a Eliseo, hijo de Safat, de Abel-Mejolá, como profeta en vez de ti.

Al que escape a la espada de Jazael, lo hará morir Jehú. Al que escape a la espada de Jehú, lo hará morir Eliseo. Pero dejaré con vida a siete mil hombres en Israel, que son todos aquellos cuyas rodillas no se doblaron delante de Baal y cuya boca no le dio un beso”.

Partió de allí Elías y encontró a Eliseo, hijo de Safat, quien estaba arando; tenía doce medias hectáreas de tierra para arar y estaba en la duodécima. Elías se le acercó y le tiró encima su manto. Inmediatamente, dejando sus bueyes, Eliseo corrió tras Elías: “Permíteme, le dijo, que vaya a abrazar a mi padre y te seguiré”. Pero Elías le respondió: “¡Puedes volverte, era algo sin importancia!” Eliseo se alejó, pero para tomar la yunta de bueyes y sacrificarlos; asó su carne con el yugo y se la sirvió a su gente, luego se levantó, salió tras Elías y entró a su servicio.” (1 R 19,3-21)

TIEMPO ORDINARIO. AGOSTO

Recordando la Biblia (4): la viña de Nabot

Nabot de Jezrael tenía una viña al lado de la casa de Ajab, rey de Samaría. Ajab dijo a Nabot: “Ya que tu viña está al lado de mi casa, dámela para que haga allí un huerto. En lugar de ella te daré otra viña mejor o, si prefieres, te pagaré el debido precio”. Nabot respondió a Ajab: “¡Líbreme Yavé de abandonar la herencia de mis padres!” Ajab volvió a su casa descorazonado y muy enojado por esa respuesta de Nabot de Jezrael: “No cederé la herencia de mis padres”. Se acostó en su cama, volvió la cara para la pared y no quería comer.

Jezabel, su mujer, fue a verlo y le dijo: “¿Por qué estás así? ¿Por qué no comes?” Le respondió: “Acabo de decir a Nabot de Jezrael: Dame tu viña, te la pagaré o, si prefieres, te daré otra por ella. Pero me respondió: no te daré mi viña”. Entonces su mujer Jezabel le dijo: “¡Y tú eres el rey de Israel! ¡Vamos! Levántate, come y no estés triste. Yo te voy a dar la viña de Nabot de Jezrael”. Escribió en nombre del rey una carta y la selló con el timbre del rey, luego se la envió a los ancianos y a los jefes de la ciudad, vecinos de Nabot. La carta decía: “Ordenen un ayuno y citen a Nabot a comparecer ante el pueblo. Consíganse a dos malvados para que le lancen esta acusación: ¡Tú maldijiste a Dios y al rey! Entonces lo sacarán fuera y lo matarán a pedradas”.

La gente de la ciudad, los ancianos y los jefes que vivían con Nabot, hicieron lo que Jezabel les ordenaba en la carta que les había enviado. Proclamaron un ayuno e hicieron comparecer a Nabot ante el pueblo. Entonces se presentaron dos malvados, se pusieron frente a Nabot para testimoniar contra él, y ante todo el pueblo dijeron: “¡Nabot maldijo a Dios y al rey!” Lo sacaron fuera de la ciudad y lo apedrearon. Y Nabot murió. Le comunicaron a Jezabel: “Nabot fue apedreado y murió”. Apenas supo Jezabel la muerte de Nabot, dijo a Ajab: “Levántate y toma posesión de la viña de Nabot de Jezrael, que no quería vendértela a ningún precio; Nabot ya no existe, porque murió”.  Cuando Ajab oyó que Nabot había muerto, se levantó, bajó a Jezrael y tomó posesión de la viña de Nabot.

Pero una palabra de Yavé fue dirigida a Elías de Tisbé: “Levántate, baja al encuentro de Ajab, rey de Israel. En este momento está en Samaría, pues fue a la viña de Nabot para tomar posesión de ella. Le dirás esta palabra de Yavé: “¡Así que matas y luego te apoderas de la herencia! Escucha pues esto: allí donde los perros han lamido la sangre de Nabot, lamerán también tu propia sangre”… Ajab dijo a Elías: “¡Me pillaste, enemigo mío!” Elías le respondió: “Sí, te pillé, porque te vendiste para hacer lo que es malo a los ojos de Yavé: Yo acarrearé sobre ti la desgracia…

También hubo una palabra de Yavé respecto a Jezabel: “Los perros se comerán a Jezabel al pie del muro de Jezrael. Aquel de la casa de Ajab que muera en la ciudad será devorado por los perros, y el que muera en el campo será comido por los pájaros del cielo”. No hubo nadie como Ajab para venderse y para hacer lo que es malo a los ojos de Yavé; era arrastrado a eso por su mujer Jezabel. Se comportó de manera espantosa, sirvió a los ídolos como lo hacían los amorreos, a los que Yavé había echado ante los israelitas. Al oír las palabras de Elías, Ajab rasgó su ropa, se vistió de saco y ayunó; dormía con el saco puesto y andaba cabizbajo. Entonces se le dirigió a Elías de Tisbé una palabra de Yavé: “¿Te has fijado como Ajab ha hecho penitencia en mi presencia? Ya que ha hecho penitencia ante mí, no le haré sobrevenir la desgracia durante su vida, sino que acarrearé la desgracia a su casa, durante la vida de su hijo”. (1 R 21, 1-20 y 23-29)

Recordando la biblia (5): la oveja del vecino pobre

"Envió Yahveh a Natán donde David, y llegando a él le dijo: “Había dos hombres en una ciudad, el uno era rico y el otro era pobre.

"El rico tenía ovejas y bueyes en gran abundancia; el pobre no tenía más que una corderilla, sólo una, pequeña, que había comprado. El la alimentaba y ella iba creciendo con él y sus hijos, comiendo su pan, bebiendo en su copa, durmiendo en su seno igual que una hija. Vino un visitante donde el hombre rico, y dándole pena tomar su ganado lanar y vacuno para dar de comer a aquel hombre llegado a su casa, tomó la ovejita del pobre, y dio de comer al viajero llegado a su casa.” David se encendió en gran cólera contra aquel hombre y dijo a Natán: “¡Vive Yahveh! que merece la muerte el hombre que tal hizo. "

"Pagará cuatro veces la oveja por haber hecho semejante cosa y por no haber tenido compasión.” Entonces Natán dijo a David: “Tú eres ese hombre. Así dice Yahveh Dios de Israel: Yo te he ungido rey de Israel y te he librado de las manos de Saúl. Te he dado la casa de tu señor y he puesto en tu seno las mujeres de tu señor; te he dado la casa de Israel y de Judá; y si es poco, te añadiré todavía otras cosas. ¿Por qué has menospreciado a Yahveh haciendo lo malo a sus ojos, matando a espada a Urías el hitita, tomando a su mujer por mujer tuya y matándole por la espada de los ammonitas? Pues bien, nunca se apartará la espada de tu casa, ya que me has despreciado y has tomado la mujer de Urías el hitita para mujer tuya. Así habla Yahveh: Haré que de tu propia casa se alce el mal contra ti. Tomaré tus mujeres ante tus ojos y se las daré a otro que se acostará con tus mujeres a la luz de este sol."

"Pues tú has obrado en lo oculto, pero yo cumpliré esta palabra ante todo Israel y a la luz del sol” David dijo a Natán: “He pecado contra Yahveh.” Respondió Natán a David: “También Yahveh perdona tu pecado; no morirás. Pero por haber ultrajado a Yahveh con ese hecho, el hijo que te ha nacido morirá sin remedio.” Y Natán se fue a su casa. Hirió Yahveh al niño que había engendrado a David la mujer de Urías y enfermó gravemente. David suplicó a Dios por el niño; hizo David un ayuno riguroso y entrando en casa pasaba la noche acostado en tierra. Los ancianos de su casa se esforzaban por levantarle del suelo, pero él se negó y no quiso comer con ellos. "

"El séptimo día murió el niño; los servidores de David temieron decirle que el niño había muerto, porque se decían: “Cuando el niño aún vivía le hablábamos y no nos escuchaba. ¿Cómo le diremos que el niño ha muerto? ¡Hará un desatino!” Vio David que sus servidores cuchicheaban entre sí y comprendió David que el niño había muerto y dijo David a sus servidores: “¿Es que ha muerto el niño?” Le respondieron: “Ha muerto.” David se levantó del suelo, se lavó, se ungió y se cambió de vestidos. Fue luego a la casa de Yahveh y se postró. Se volvió a su casa, pidió que le trajesen de comer y comió. Sus servidores le dijeron: “¿Qué es lo que haces? Cuando el niño aún vivía ayunabas y llorabas, y ahora que ha muerto te levantas y comes.” Respondió: “Mientras el niño vivía ayuné y lloré, pues me decía: ¿Quién sabe si Yahveh tendrá compasión de mí y el niño vivirá? Pero ahora que ha muerto, ¿por qué he de ayunar? ¿Podré hacer que vuelva? Yo iré donde él, pero él no volverá a mí.” David consoló a Betsabé su mujer, fue donde ella y se acostó con ella; dio ella a luz un hijo y se llamó Salomón; Yahveh le amó, " (2 Sam 2, 1-19)

TIEMPO ORDINARIO. AGOSTO

Los cristianos han convertido el mes de septiembre en un mes de María especial, con celebraciones personales en su recuerdo y populares en su celebración. El día 8 felicitamos a nuestra Madre en el día de la Natividad de Virgen María, como si fuera su cumpleaños. El día 12 felicitamos a nuestra Madre en el día que se celebra el Dulce Nombre de María, como si fuera su onomástica. Y el día 15 nos unimos a nuestra Madre en la liturgia de Nuestra Señora de los Dolores. Toda una vida resumida en tres fechas que marcan los tiempos del corazón del cristiano que ve, habla y medita con la Virgen Niña, con la Virgen Mujer y con la Virgen Madre al pie de la Cruz.

Y las celebraciones populares multiplican las advocaciones de la Virgen. Desde la Virgen de los Ángeles del Puig, el día 1, a la Virgen de la Cinta y a Nuestra Señora de la Consolación, los días 3 y 4, o a la celebración en España de la Virgen de Guadalupe el día 6. Y la catarata piadosa de nombres en el día 8: Nuestra Señora de los Llanos, de Meritxel, del Pino, de la Peña, de Fuensanta, de la Victoria, de Montserrate, de Covadonga, de san Lorenzo, de Nuria, del Coro, de Soterraña, de Arrate; y Nuestra Señora de Aránzazu, el día 9, de la Cueva Santa, el día 11, de Estíbaliz, de Lluc, el día 12. Y llegar al día 15 con las advocaciones de Nuestra Señora de los Dolores, de las Angustias, del Camino, de la Soledad, de la Bien Aparecida. Es todo el placer del amor mariano repasar las hojas del calendario y poder decirle a nuestra Madre los piropos de esos nombres en los que se expresa de mil maneras: ¡la madre de Dios es mi Madre!

Cristianismo es amor y vivir con y en Cristo es vivir su paso por esta tierra, siguiéndole, escuchándole. Y estar atentos a sus preguntas para meditar. “A vosotros, amigos míos, os digo: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo y después de eso no tienen más que hacer. Yo os enseñaré a quién debéis temer: Temed a a aquel que, después de haber matado, tiene poder para enviar al infierno. Sí, os lo repito, a ése debéis temer. ¿No venden cinco pájaros por dos ases? Pues bien, ni uno solo de ellos pasa olvidado ante Dios. Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis; valéis más que muchos pájaros.” (Lc 12, 4-7). De inmediato la memoria trae el recuerdo de las palabras del salmo: “El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré? El Señor es el refugio de mi vida: ¿de quién tendré miedo?” (salmo 26). O también: “Aunque camine por valles oscuros, no temo ningún mal, porque Tú estás conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan” (salmo 23).

Y, para la vida cotidiana, ese seguro de amor se derrama en los textos evangélicos. “Por eso os digo: no estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer o por vuestro cuerpo con qué os vais a vestir. ¿Es que no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: ni siembran ni siegan ni almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿es que no valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su estatura? Y sobre el vestir, ¿por qué os preocupáis? Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan y yo os digo que ni salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Y si la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¿cuánto más a vosotros hombres de poca fe? (Mt 6,25-30).

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sigue los pasos de Jesús situándose en el Evangelio como un personaje más. Escucha las preguntas del Maestro y procura meditar sobre su contenido. “Uno de entre la muchedumbre le dijo: Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia. Él le contestó: Hombre ¿quién me ha hecho a mi vuestro juez o repartidor? Y les dijo Cuidad y guardaos de toda avaricia; porque la vida de los ricos no se funda en sus riquezas” (Lc 12,13-15)

- Respecto de las herencias, es inevitable recordar y meditar algunos pasajes evangélicos que tienen mucho que ver con la avaricia. Así, en la parábola de los viñadores homicidas: “Por último les envió a su hijo pensando: “A mi hijo lo respetarán” Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Este es el heredero. Vamos lo mataremos y nos quedaremos con su heredad” Y lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron” (Mt 21,37-39). O, también, en la parábola del padre misericordioso: “Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos le dijo a su padre: “Padre dame la parte de la herencia que me corresponde”. Y les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo más joven lo recogió todo, se fue a un país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente. Después de gastarlo todo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a pasar necesidad” (Lc 15,11-14).

- Respecto de la vida de los ricos, es inevitable traer de la memoria la parábola de la gran cosecha con la que continúa el pasaje en que se encuentra la pregunta del Señor que aquí se considera. “Las tierras de cierto hombre rico dieron mucho fruto. Y se puso a pensar para sus adentros: “¿Qué puedo hacer, ya que no tengo dónde guardar mi cosecha?” Y se dijo: “Esto haré: voy a destruir mis graneros y construiré otros mayores, y allí guardaré todo mi trigo y mis bienes. Entonces le diré a mi alma: “Alma ya tiene muchos bienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, pásalo bien”. Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche te van a reclamar el alma; lo que has preparado ¿para quién será?”. Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios” (Lc 12,16-21)

- El cielo es la herencia que no se nos quitará. “No hay nadie que haya dejado casa, hermanos o hermanas, madre o padre, hijos o campos por mí y por el Evangelio, que no reciba en este mundo cien veces más en casa, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones, y en el siglo venidero, la vida eterna” (Mc 10,29-30)). “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario ¡Os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar?  Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar de nuevo vendré y os llevaré junto a mí para que donde yo estoy estéis también vosotros” (Jn 14,1-3). “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia nos ha engendrado de nuevo -mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos- a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada y que no se marchita, reservada en los cielos para vosotros que, por el poder de Dios, estáis custodiados mediante la fe hasta alcanzarla salvación preparada ya para ser manifestada en el tiempo último” (1 Pe 1,3-5). A pesar de los pesares, ¡merece la pena!

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive en Cristo, con Cristo: “Con Cristo estoy crucificado; vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe  del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí.” (Ga 2,19-20). Cristianismo es seguir los pasos de Jesús: “Si alguno quiere venir de tras de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará (Mt 16,24-25)

Y en el camino hacia el cielo, acompañando a Jesús, el cristiano escucha y medita sus palabras. Y procura llenar de contenidos traídos de la memoria las respuestas a las preguntas del Señor: “¿Quién de vosotros, con angustiarse, puede añadir un codo a su existencia? Por lo tanto, si no podéis lo más pequeño ¿por qué os angustiáis de lo demás? … No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre quiere daros el reino. Vended lo que tenéis y dad limosna. Haceos bolsas que no envejecen, un tesoro que no se agota en el cielo, donde no llega el ladrón ni la polilla destruye. Porque donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón” (Lc 12,25-26.32-34). Este final tiene un texto paralelo en Mateo: “No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones socavan y los roban. Amontonad en cambio tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre corroen y donde los ladrones no socavan ni roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón” (Mt 6,19-21)

- Vender y dar. “Cuando salía para ponerse en camino, vino uno corriendo y arrodillado ante Él, le preguntó: - Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna? Jesús le dijo: - ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno solo: Dios. Ya conoces los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, no defraudarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre. - Maestro, todo esto lo he guardado desde mi adolescencia -respondió él. Y Jesús fijo en él su mirada y quedó prendado de él. Y le dijo: - Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme. Pero él, afligido por estas palabras, se marchó triste, porque tenía muchas posesiones (Mc 10,17-22). Inevitable traer el recuerdo de otro pasaje: “Vio también a una viuda pobre que echaba allí dos monedas pequeñas y dijo: - En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos; pues todos estos han echado como ofrenda algo de lo que les sobra, ella, en cambio, en su necesidad ha echado todo lo que tenía para su sustento” (Lc 21,2-4). 

- El Reino de Dios. “Después de haber sido apresado Juan, vino Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, y diciendo: - El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar, convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,14-15). “A estos doce los envió Jesús, después de darles estas instrucciones: … Id y predicad: “El Reino de los cielos está al llegar” (Mt 10,1.7). “En aquel tiempo a unos fariseos que le preguntaban cuándo iba a llegar el reino de Dios, Jesús les contestó: El Reino de Dios no vendrá espectacularmente ni anunciarán que está aquí o está allí, porque mirad el reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,20-25). “Venga a nosotros tu reino”. Hay que vender todo y comprar el campo con el tesoro escondido o la perla de gran valor (Mt 13,44-46).

TIEMPO ORDINARIO

Vivir en Cristo, sumido en Dios y saturado de Dios, es seguir alegre y con paz los pasos de Jesús. El caminar del cristiano es la vida que Dios regala hasta que llama: “Vamos a la otra orilla” (cf. Mc 4,35), porque tampoco en ese trance nos deja solos, sino que nos acompaña y nos espera, porque se ha adelantado a prepararnos la morada (cf. Jn 14,2) de los que tienen su nombre escrito en el cielo (cf. Lc 10,17). En ese caminar ayuda recordar y meditar las preguntas del Señor: “Vosotros pues, estad preparados, porque el Hijo del hombre vendrá en la hora que no pensáis. Pedro le dijo: Señor, ¿dices esta parábola a nosotros o a todos? El Señor respondió: Pues ¿quién será el administrador prudente y fiel a quien el señor ponga al frente de su servidumbre para que le dé a su tiempo la comida correspondiente? Dichoso el siervo aquel a quien su señor, al volver, encuentre obrando así. Verdaderamente os digo que le pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si el siervo dice en su corazón: Mi amo tarda en venir, y comienza a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a embriagarse, vendrá su amo en el día que no espera y en la hora que no conoce, lo castigará severamente y le dará la suerte de los infieles” (Lc 12,40-46; cf. Mt 24,45-51).

Tareas de los siervos. Muchas y arriesgadas: “A su debido tiempo envió un siervo a los labradores para recibir se éstos los frutos de la viña. Pero ellos lo agarraron, lo golpearon y lo despacharon con las manos vacías. De nuevo envió otro siervo y a éste lo hirieron en en la cabeza y lo ultrajaron. Y envió otro y lo mataron y a otros muchos de los cuales a unos los herían y a otros los mataban” (Mc 12, 2-5). Incluso cuando se trata de invitar a una boda: “Pero ellos, sin hacer caso, se marcharon: quien a su campo, quien a su negocio. Los demás echaron manos a los siervos, los maltrataron y los mataron” (Mt 22,5-6). En otras ocasiones el siervo es el que da noticia de lo que ocurre: “Y llamando a uno de los ciervos le preguntó qué pasaba. Éste le dijo: Ha llegado tu hermano y tu padre ha matado el ternero cebado por haberlo recobrado sano” (Lc 15.26-27). Hay actitudes diferentes, como se dice en la parábola de los talentos y de las minas: “Le respondió su amo: Muy bien, siervo bueno y fiel, como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho entra en la alegría de tu señor… Siervo malo y perezoso, sabías que cosecho donde no he sembrado y que recojo donde no he esparcido, por eso mismo deberías haber dado tu dinero a los banqueros, así al venir yo hubiera recibido de mío con intereses. Por tanto, quitadle el talento y dádselo al que tiene diez” (Mt 25,21.23.26-28; Lc 19,12-26).

La realidad es la que es: “Si uno de vosotros tiene un siervo en la labranza o con el ganado y regresa del campo, ¿acaso dice: “Entra enseguida y siéntate a la mesa”? Por el contrario, ¿no le dirá más bien: “Prepárame la cena y disponte a servirme mientras como y bebo que después comerás y beberás tú? ¿Es que tiene que agradecerle al siervo que haya hecho lo que se le había mandado? Pues igual vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: Somos unos siervos inútiles, no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer” (Lc 17, 7-10). Pero nuestra alegría es mayor: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros en cambio os he llamado amigos porque todo lo que oí de mi Padre os lo he hecho conocer” (Jn 15,15)

TIEMPO ORDINARIO

Octubre es un mes lleno de alegrías para el corazón de los cristianos. Celebramos a Nuestra Madre la Virgen María en advocaciones: del Pilar, patrona de la Hispanidad, el día 12; del Rosario, el día 10; de Begoña, el día 11. El día 2 felicitamos cada uno a nuestro Angel custodio, de la guarda, que nos guía, nos protege, nos defiende del demonio y testificará a nuestro favor el día del Juicio. Y el mes está lleno de fiestas de santos, como: san Lucas evangelista, el día 18, y los apóstoles san Simón el cananeo y san Judas Tadeo, el día 28; santa Teresa del Niño Jesús, el día 1, y santa Teresa de Jesús, el 15; san Francisco de Borja el día 3 y san Francisco de Asís, el día 4; los papas san Juan XXIII, el día 11 y san Juan Pablo II, el día 22, y san Calixto I, papa y mártir, el día 14. Y otros muchos santos, como los fundadores: san Bruno, de los cartujos, el día 6; santa Soledad Torres Acosta, el día 11, de las siervas de María ministras de los enfermos; san Pablo de la Cruz, de los pasionistas, el día 19; san Antonio María Claret, de los claretianos, el día 24; y otros, como santa Margarita María de Alacoque, el día 16, santo Tomás de Villanueva, el día 10, san Pedro de Alcántara, el día19 y san Alonso Rodríguez, el día 31. Fiesta en el cielo hay todos los días; cada día un santo nos protege.

Y el día 5 celebramos las Témporas de Acción de Gracias y Petición por las cosechas del campo. Ahora no faltan motivos para agradecer, para meditar y rectificar lo que sea preciso que es la forma de preparar “la siembra del alma” que, primero, crecerá “para dentro”, y después, florecerá y, luego, dará el fruto que cosecharemos; y por todo daremos gracias en las próximas Témporas. Durante el año celebramos cuatro: las de primavera, en la segunda semana de Cuaresma; las de verano, en la primera semana después de Pentecostés; las de otoño en después de la fiesta de la Cruz de septiembre; y las de invierno, en los días siguientes a santa Lucía de diciembre. Eso es vivir en Dios.

El cristiano sigue los pasos de Cristo, escucha, medita y pone en obra su palabra; y una buena guía para seguirle es considerar las preguntas que hizo según los evangelios. Así: “Fuego he venido a traer a la tierra y ¿qué quiero sino que arda? Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡qué ansias tengo hasta que se lleve a cabo! ¿Pensáis que he venido a traer paz en la tierra? No, os digo, sino división. Pues desde ahora, habrá en una casa cinco divididos: tres contra dos, y dos contra tres” (Lc 12,49-52). Fuego de amor del Amor, bautismo de pasión y muerte en la Cruz, división porque muchos le abandonaron (Jn 6,66; Mc 14,26) y pocos quedaron al pie de la Cruz (Jn 19,25-26) o, cerca, mirando lo que pasaba (Mt 27,55-56); y pidiendo el Cuerpo y, llenos de amor, tomándolo y dejándolo en el sepulcro (Mt 27,57-61); y buscándolo (Mt 28,1-10) y encontrándole (Jn 20,11-18: si te lo has llevado, dónde lo has puesto, yo lo recogeré).       

De división hablan varios pasajes evangélicos en los que debemos meternos como un personaje más: desde el signo de contradicción en las palabras de Simeón a la Virgen Madre (Lc 2,34-35) a la división entre los discípulos por ser el primero en el cielo (Mt 20,24; Lc 22,24). Y en la gran tribulación (Mt 24,3-31) y el juicio final (Mt 25,31-46). 

La paz es la herencia de Jesús: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14,27) y su saludo: “La paz esté con vosotros” (Lc 24,36). “Pax in aeternum” es nuestro deseo para todos.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que su vida es un continuo caminar y que su destino final es el cielo. Allí tiene su morada que tiene preparada y esperándole desde que Jesús la preparó: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un ligar? Cuando me haya me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí para que, donde yo estoy, estéis también vosotros” (Jn 14,2-4). Aunque el cristiano sabe que, en el amor de Dios, ya vive un anticipo del cielo: “Si alguno me ama, guardará mis palabras, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23)

Cada año, cada mes, cada semana, cada día, cada hora y así en reducciones sucesivas se puede vivir con Dios, metido en Dios y lleno de Dios. Es bueno hacer por recordarlo y acostumbrarse a ser como Dios quiere que seamos “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere -no lo olvides- dependen muchas cosas grandes” (“Camino”, 755). La convivencia en el tiempo ordinario, los acontecimientos inusuales, inesperados, alegres o dolorosos, son puntos de avituallamiento que deben ayudar a recorrer con buen ánimo la etapa, el momento de sentir que Dios está con nosotros, que somos hijos de Dios, que no estamos solos. Imposible estarlo porque Dios me ama y nada me puede separar de su amor: “Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? ... Pero en todas esas cosas vencemos con creces gracias a aquel que nos amó Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,35.37-39).

Viviendo el tiempo presente, con los pies en la tierra y el corazón en el cielo, la vida en Cristo hace real el continuo amor, como los pasos en el camino: “¿Quieres de verdad ser santo? - Cumple el pequeño deber de cada momento, haz lo que debes y está en lo que haces” (“Camino”, 815). El clásico “carpe diem”, atrapa el día, aprovecha el momento, se puede convertir en medio eficaz de vivir en la presencia de Dios. Y es una ayuda provechosa y adecuada seguir las preguntas que Jesús nos hizo según queda escrito en el Evangelio. Les decía a las turbas: “¡Hipócritas!, sabéis averiguar el estado de la tierra y del cielo, y ¿cómo no estudiáis este tiempo? ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo justo? Porque mientras vas con tu adversario al magistrado, procura librarte de él, no sea que te arrastre hasta el juez, y el juez te entregue al guardia, y el guardia te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que pagues el último céntimo” (Lc 12,56-59). Están todas las palabras que permiten la reflexión, la meditación y el propósito: ser consciente de, precisamente, este tiempo; considerar lo que la llamada a la santidad señala como lo que debe ser; caminar con otros aunque no todos ni siempre son amigos; defender lo justo: conceder sin ceder con ánimo de recuperar; vivir el santo temor de Dios que es un don del Espíritu Santo. Es un temor porque sabemos del amor de Dios y queremos amarle siempre, continuamente sin descanso y sin cansancio: “¿Qué cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor - Enamórate, y no “le” dejarás” (“Camino”, 999).

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive en el amor del Amor y del amor del Amor: “En fin, tanto si coméis, como si bebéis, o hacéis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Co 31), porque “Con Cristo estoy crucificado: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2,19-29). Y nada nos apartará del amor de Dios que está en Cristo Jesús: “¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? (Rm 8,35), porque “Para mí, el vivir es Cristo y el morir, una ganancia” (Flp 1,21).

En esa vida, camino hacia y hasta el cielo, el cristiano sigue los pasos de Jesús, que sigue entre nosotros: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). En ese caminar esperanzado nos ayuda meditar con las preguntas que hizo Jesús: “Llegaron entonces algunos anunciando lo de los galileos, cuya sangre mezcló Pilato con la de sus sacrificios. Respondió y les dijo: “¿Creéis vosotros que esos galileos eran más pecadores que los demás por haber sufrido semejante suerte? No, os lo aseguro: si vosotros no os arrepentís, todos, pereceréis igualmente. Y aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre de Siloé y los mató, ¿creéis vosotros que eran más culpables que los demás que vivían en Jerusalén? No, os lo aseguro; si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lc 13,1-5). La advertencia sobre la necesidad de arrepentimiento como requisito de salvación permite la reflexión.

Arrepentimiento, según el diccionario, es el pesar por haber hecho o por haber omitido algo, pero la etimología de la palabra es discutida. Sin debate sobre las partículas: “ar” (reconvirtiendo “r” por “d” por asimilación, prefijo de direccionalidad, como “ad”: hacia; intención); “re” es un prefijo de intensidad (repetición, continuidad); “miento” (sufijo, por referencia a actitud como medio o instrumento); y “se” (porque arrepentirse es un verbo reflexivo, personal, que exige un pronombre: no cabe arrepentir, sino yo, tú… me, te, arrepiento, arrepientes). En cambio, en cuanto al verbo, si el origen es “poenitere” la etimología de arrepentirse lleva a tener pena (por dolor de amor porque he fallado); pero si es “paenitere” lleva a insatisfacción, descontento (porque el amor siempre exige amar más). “¡No hay más amor que el Amor!” (“Camino” 417), “¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y … no me he vuelto loco?” (“Camino” 425).   

El mensaje de Jesús. “Id, pues y aprended lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificios” porque he no venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Mt 9,13; cf. Lc 5,32). Y la vida del cristiano. “Producid, pues, frutos dignos de arrepentimiento” (Mt 3,8). “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo; y si se arrepiente perdónalo. Y si siete veces al día peca contra ti, y siete veces al día vuelve a ti diciendo: - Me arrepiento, perdónalo” (Lc 17, 3-4). “Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” (Lc 15,7-10). “La conversión es cosa de un instante. -La santificación es obra de toda la vida” (“Camino”, 285), “Precisamente tu vida interior debe ser eso: comenzar … y recomenzar” (“Camino” 292).

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano, en su camino hacia el cielo donde le espera el Padre que mira a lo lejos para ver si viene y que corre a abrazarlo (Lc 15,20), está acompañado porque la llamada a la santidad es general: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los cielos, ya en él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuésemos santos y sin mancha en su presencia, por amor; nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza y gloria de su gracia, con la cual nos hizo gratos en el Amado; en quien, mediante su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, según las riquezas de su gracia, que derramó sobre nosotros sobreabundantemente con toda sabiduría y prudencia (Ef 1,3-8). “Sed santos como vuestro Padre celestial es santo” (Mt 5,48).

Caminar hacia el cielo es seguir los pasos de Cristo en la tierra y es una buena guía recordar las preguntas que hizo el Señor y meditarlas mientras se avanza. “Enseñaba en una de las sinagogas un sábado y había allí una mujer enferma hacía dieciocho años. Estaba encorvada y no podría de ninguna manera ponerse derecha. Como la vio Jesús, la llamó en voz alta y le dijo: Mujer, quedas libre de tu enfermedad. Y le impuso las manos. Al instante se enderezó y glorificaba a Dios. El jefe de la sinagoga respondió enfadado, porque Jesús había curado en día de sábado, y decía a la gente: Hay seis días para ser curados y no en el día del sábado. El Señor respondió y le dijo: Hipócritas, ¿no desata cada uno de vosotros su buey o su asno en sábado y lo lleva desde el pesebre a beber? Ya ésta, que es hija de Abrahán, que ligó Satanás hace dieciocho años, ¿no se podía soltar de su ligadura en día de sábado? Con estas cosas que decía se avergonzaban todos sus adversarios, mientras que todo el pueblo se alegraba de todas las maravillas que obraba” (Lc 13,10-17). No es sólo una curiosidad comprobar que la mujer encorvada no dice nada, no pide nada, y que lo que se habla es para conocimiento y consideración general: Jesús “la llamó en voz alta”, el jefe de la sinagoga “decía a la gente” y el Señor se dirige al plural de asistentes: Hipócritas. Se avergonzaban los adversarios y todo el pueblo se alegraba. Y se puede meditar sobre el camino hacia el cielo en compañía de tantos -de todo el pueblo-, con alguno equivocado -que se dirige a la gente-, y sin que falte Jesús a nuestro lado (“Y sabed que estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”, Mt 28,20) que nos anima a estar “siempre dispuestos a dar respuesta todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3,15).  

En el seguimiento de Cristo, fieles, alegres, se nos hace más llevadero el camino hacia el cielo: Os ruego que “viváis, una vida digna de la vocación a la que habéis sido llamados, con toda humildad y mansedumbre, con longanimidad, sobrellevándoos unos a otros con caridad, continuamente dispuestos a conservar la unidad del espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como habéis sido llamados a una sola esperanza: la de vuestra vocación” (Ef 4,1-4); y “Alegraos siempre en el Señor, os lo repito, alegraos. Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca. No os preocupéis por nada; la contrario, en toda oración y súplica, presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias” (Flp 4,4-6). Ultreia! Et suseia!

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano reza con atención la oración que Jesús nos enseñó y en cada una de las peticiones encuentra motivo de meditación que trasladar a la propia vida, desde la primera palabra al llamar “Padre nuestro” a Dios. Al decir “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mt 6,10), aprendemos que el cielo es donde se hace la voluntad de Dios y deseamos que “venga tu reino” advertidos de que: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7,21).

Siguiendo los pasos de Jesús y escuchando las preguntas del Señor, podemos ser un personaje más en el pasaje del Evangelio de que se trate. “Y decía ¿Cómo compararemos el reino de Dios o con qué parábola lo describiremos?” (Mc 4,30); y también: “Les propuso otra parábola: El reino de los cielos…” (Mt 13,31); o así: “Y decía: “¿A qué es semejante el reino de Dios y a qué lo compararé?” (Lc 13,18). Siguen las parábolas del grano de mostaza, de la levadura del tesoro escondido, del mercader de perlas, de la reda barredera, y acaba así esta parte: “¿Habéis entendido todo esto? Ellos contestan: sí. Y él les dijo: Por eso, todo escriba instruido del Reino de los Cielos es como un hombre, amo de su casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas” (Mt 13,51-52). Y el cristiano, busca, repasa y medita sobre el Reino de lo Cielos.

- El reino de los cielos en nosotros. “Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: - Convertíos porque está al llegar el Reino de los Cielos… Recorría Jesús toda la Galilea enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia del pueblo” (Mt 4,17.23). “Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; … les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el reino de los Cielos… Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos” (Mt 5,1-3.10). “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia” (Mt 6,33).“Después de esto designó el Señor a otros setenta y dos y los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar a donde él había de ir. Y les decía: … en la ciudad donde entréis y os reciban… decidles: El Reino de Dios está cerca de vosotros. Pero en la ciudad donde entréis y no os acojan, salid a sus plazas y decid: hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies lo sacudimos contra vosotros; pero sabed esto: el Reino de Dios está cerca” (Lc 10,1.8-11). “Interrogado por los fariseos sobre cuándo llegaría el Reino de Dios, él les respondió: El Reino de Dios no viene con espectáculo, ni se podrá decir: Mirad está aquí o está allí; porque daos cuenta de que el reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,20-21).

- El reino eterno celestial. “A vosotros se os ha dado conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a los demás sólo a través de parábolas” (Lc 8,10). “Ahora sí que hablas claro y no dices ninguna parábola” (Jn 16,29). “Te daré las llaves del Reino de los cielos” (Mt 16,19). “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18,36). “Luego será el fin, cuando entregue a Dios Padre el Reino” (1 Co, 15,24). “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el el primer cielo y la primera tierra desaparecieron” (Ap 21.1) y “Ya no habrá noche: no tienen necesidad de luz de lámparas ni de la luz del sol, porque el Señor Dios alumbrará sobre ellos y reinarán por los siglos de los siglos (Ap. 22.5).

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que es hijo de Dios: “Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios ¡y los somos!” (1 Jn 3,1). Casi sería eso bastante para ordenar toda la vida en la correspondencia de amor de Dios y con Dios y en la esperanza confiada en que Dios nos ama, se ocupa por nosotros, nos llama, nos espera y nos perdona: “… nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo conforme al beneplácito de su voluntad para alabanza y gloria de su gracia con la cual nos hizo gratos en el Amado; en quien, mediante su sangre tenemos la redención, el perdón de los pecados, según las riquezas de su gracia … Por él también vosotros, una vez oída la palabra de la verdad -el Evangelio de nuestra salvación-, al haber creído, fuisteis sellados con el Espíritu Santo prometido, que es prenda de nuestra herencia, para redención de los que ha hecho suyos, para alabanza de su gloria” (Ef 1,3-7.13-14).

- Tiempos de fe. “Los apóstoles le dijeron al Señor: - Auméntanos la fe. Respondió el Señor: -Si tuvierais fe como un grano de mostaza diríais a esta morera: arráncate y plántate en el mar, y os obedecería” (Lc 17,5-6). Como un lamento, en la versión de otro evangelista, a la pregunta de los discípulos -¿por qué nosotros no hemos podido?- en la curación del muchacho lunático, se oye: “Por vuestra poca fe -les dijo- Porque os aseguro que si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este monte: “Trasládate de aquí allá”, y se trasladaría, y nada os sería imposible” (Mt 17,19-21). Y el cristiano que vive la escena como un personaje más se enamora más de Dios y procura recordar las preguntas del Señor y repasar lo allí ocurrido, para avanzar en la fe.    

- La pregunta del Señor. “Mientras navegaban, se durmió. Y bajó sobre el lago tal torbellino de viento que empezaron a inundarse y a peligrar. Se acercaron para despertarlo y dijeron: “Maestro, Maestro, que perecemos”. Él se levantó, increpó al viento y a las olas del mar, que cesaron, y sobrevino la calma. Entonces les dijo: “¿Dónde está vuestra fe? Ellos, admirados y temerosos, decían entre sí: Pues ¿quién es éste? Porque manda a los vientos y al mar y le obedecen” (Lc 8,23-25). En la versión de Mateo: “¿Por qué os asustáis hombres de poca fe? (Mt 8,26). En la versión de Marcos se dice: “Pero él dormía sobre un cabezal en la popa” (Mc 4,38). Y en otro pasaje en el mar de Galilea, cuando Jesús apareció caminando sobre las aguas, ante la osada confianza de Pedro, primero, y de su temor, después: “Jesús alargó la mano, lo sujetó y dijo: - Hombre de poca fe ¿por qué has dudado? (Mt 14,31). Y, al leerlo, todos vemos con el deseo la mano que alarga Jesús hacia nosotros, porque sin Él podemos hundirnos. 

- El elogio de la fe. “Al oírlo Jesús se admiró y les dijo a los que le seguían: -En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande…Y le dijo Jesús al centurión: - Vete y que se haga conforme has creído. Y en aquel momento quedó sano el criado” (Mt 8,10.13). Y la fe que trasciende: “Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: - Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados” (Mt 9,1-2). La hemorroisa se decía a sí misma: “Con solo tocar su manto me curaré” y dice el Evangelio: Jesús se volvió y mirándola le dijo: - Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado” (Mt 9,22). Y el corazón late con más fuerza cuando Jesús nos mira: ¡Hijos de Dios, herederos del cielo! La Madre nos sonríe.

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

Cristo, Rey del Universo. Acaba el año litúrgico con la gloriosa celebración de Cristo Rey. Y en el alma del cristiano resuenan textos con aroma real: “Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Y, cuando todo esté sometido, entonces también el Hijo se someteré a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos” (1 Co 15,26.28). Y también: “Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra. Aquel que no amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.” (Ap 1,5-6).

El cristiano reza hoy con mayor atención y sentimiento el Padrenuestro en el que pedimos que venga a nosotros el Reino. Puede ser oportuno recordar y meditar las preguntas de Jesús en diálogos con el demonio. Como ocurrió en la región de los gerasenos que está enfrente de Galilea (cf. Lc 8,26), cuando al saltar a tierra desde la barca, un hombre poseído por un espíritu inmundo. “Como viese desde lejos a Jesús, corrió, se postró ante él y, gritando, dijo con gran voz: ¿Qué tenemos que ver yo y tú, Hijo de dios altísimo? Te conjuro en nombre de Dios que no me atormentes. Porque le decía: Sal de este hombre, espíritu inmundo. Y le preguntó: ¿Cómo te llamas? Respondióle: Me llamo “Legión” porque somos muchos” (Mc 5,6-9).

- Desde el primer momento. “Enseguida el Espíritu lo impulsó hacia el desierto. Y estuvo en el desierto cuarenta días mientras era tentado por Satanás. Estaba con los animales y los ángeles le servían” (Mc 1,12-13). “No comió nada en estos días, y al final sintió hambre. Entonces le dijo el diablo: - Si eres el Hijo de Dios, dile a estas piedras que se conviertan en pan. Y Jesús le respondió: - Escrito está: No sólo de pan vive el hombre” (Lc 3,2-4; cf. Mt 4,3-4). “Luego, el diablo lo llevó a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo. Y le dijo: - Si eres el Hijo de Dios, arrójate abajo. Pues escrito está: Dará órdenes a sus ángeles sobre ti, para que te lleven en sus manos, no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra. Y le respondió Jesús: -escrito esta también: No tentarás al Señor, tu Dios. De nuevo lo llevó el diablo a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: - Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras. Entonces le respondió Jesús: - Apártate, Satanás, pues escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y solamente a Él darás culto. Entonces le dejó el diablo, y los ángeles vinieron y le servían” (Mt 4,5-11; cf. Lc 4,5-13). “No nos dejes caer”.

- En muchas ocasiones. “Y los espíritus impuros, cuando lo veían, se arrojaban a sus pies y gritaban diciendo: - ¡Tú eres el Hijo de Dios! (Mc 3,11). “Increpó al espíritu impuro diciéndole: ¡Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando, sal de él y ya no vuelvas a entrar en él! Y gritando y agitándole violentamente, salió” (Mc 9,25-26). Danos más fe.

Cristo Rey del Universo. Y, junto a la Cruz, en la que está clavado el letrero “Jesús Nazareno rey de los judíos”, los cristianos robamos el corazón de Jesús, como lo hizo el buen ladrón: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino” (cf. Lc 23,40). “Al cuerpo hay que darle un poco menos de lo justo. Si no, hace traición” (Camino 196)

(20.11.22)

No hay comentarios:

Publicar un comentario