DE UN CRISTIANO (2020-2021)
SUMARIO
Adviento
Navidad
Tiempo Ordinario
Cuaresma
Semana Santa
Pascua de Resurrección
Pentecostés
Santísima Trinidad
Corpus Christi
Tiempo Ordinario
Tiempo Ordinario. Agosto
Tiempo Ordinario
Jesucristo, Rey del Universo
ADVIENTO
Adviento. Camino de la Navidad. Tiempo de renovación
interior. Tiempo de vernos como somos. Tiempo de pedir ayuda y de ayudar.
Tiempo de rezar. El cristiano, lleno del amor del Amor, reza con el latido de
su corazón: Jesús, que te quiera; que te quiera mucho; que te quiera más; que
te quiera como Tú quieres que te quiera. “Me dices que sí, que quieres. - Bien,
¿pero quieres como un avaro quiere su oro, como una madre quiere a su hijo,
como un ambicioso quiere los honores o como un pobrecito sensual su placer? -
¿No? – Entonces no quieres” (Camino, 316). Y es que: “El Amor … ¡bien vale un
amor!” (Camino, 171)
Camino de Adviento. Camino hacia el Amor de los amores
que es un Niño, envuelto en pañales en los brazos de María, que es su madre y
nuestra Madre, con san José. Un Niño que nos sonríe. Un Niño que ve dentro de
nosotros y conoce nuestras debilidades y que ya, tan pequeño, nos quiere, nos
quiere muchísimo: “Saber que me quieres tanto, Dios mío, ¿y … no me he vuelto
loco?” (Camino, 425). Porque “Ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los
principados, ni las cosas presentes, ni las futuras ni las potestades. Ni la
altura, ni la profundidad, nie cualquier otra criatura podrá separarnos del
amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,38-39). Nada nos
debe apartar de su lado: “Si no le dejas, Él no te dejará” (Camino, 730).
Adviento, tiempo de buscar, encontrar y tratar a Dios
con fe, con confianza, llenos de amor. Tiempo de procurar estar en continua
presencia de Dios. Tiempo de adorar y de pedir. De pedir porque necesitaos
mucha ayuda. Unidos a la oración de los santos: “Vino otro ángel y se quedó en
pie junto al altar con un incensario de oro. Le entregaron muchos perfumes para
que los ofreciera, con las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro
que está ante el trono. Y ascendió el humo d ellos perfumes, con las oraciones
de los santos, desde la mano del ángel hasta la presencia de Dios” (Ap 8,3-4).
Oración continua y confiada. Como en la parábola:
“Había en una ciudad un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres.
También había en aquella ciudad una viuda que acudía a él diciendo: “Hazme
justicia ante mi adversario”. Y durante mucho tiempo no quiso. Sin embargo, al
final se dijo a sí mismo: “Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como
esta viuda está molestándome, le haré justicia, para que no siga viniendo a
importunarme”. Concluyó el Señor: “- Prestad atención a lo que dice el juez
injusto. ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y
noche, y les hará esperar? Os aseguro que les hará justicia sin tardanza. Pero
cuando venga el Hijo del Hombre ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18,2-8).
“Estad siempre
alegres. Orad sin cesar. Dad gracias por todo, porque eso es lo que Dios quiere
de vosotros en Cristo Jesús” (1 Tes 5,16-18). Y perseverar: “Venga lo que
viniere, suceda lo que sucediere, trabajase lo que se trabajase, murmure quien
murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino, siquiera no
tenga devoción para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo”
(santa Teresa de Jesús “Camino de perfección”, 21,2)
ADVIENTO
Adviento. El cristiano vive este tiempo fuerte de
introspección, de propósitos, de esfuerzo por empezar, por mejorar, con
humildad porque se conoce en sus debilidades y con la confianza puesta en Dios
porque sabe que es Amor. El Adviento es un tiempo de preparación para
acontecimientos cercanos porque se aproxima la Navidad y para el tiempo futuro,
inmediato o no, del nacimiento a la vida eterna, para siempre, sin fin. Como en
la Cuaresma, que es otro tiempo fuerte, en los días del Aviento la oración se
hace más intensa, más íntima, más enamorada (“Que te quiera, que te quiera
mucho, que te quiera más, que te quiera como Tú quieres que te quiera”), el
sacrificio se hace ineludible (“El que quiera seguirme que se niegue a sí
mismo, que tome su cruz y me siga”) y amable (“Ningún día sin cruz; cada día con
su cruz”). Adviento tiempo de espera y preparación para recibir al Niño Jesús,
para dar el paso de la vida a la Vida.
La segunda semana de Adviento podría ser la semana de
la confianza: “Aquí está vuestro Dios. Mirad el Señor Dios llega con poder y su
brazo manda. Mirad viene con su salario y su recompensa le precede. Como un
pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos
y hace recostar a las que están criando… El da fuerza al cansado, acrecienta el
vigor del inválido; se cansan los muchachos, se fatigan los jóvenes tropiezan y
vacilan, pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como
las águilas, corren si cansarse, marchan sin fatigarse” (Is 40,10-11.29-31).
“Nosotros confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una
tierra nueva en que habite la justicia” (2 Pe 3,13). “Vendrá el Señor y con él
todos sus santos, aquel día brillará una gran luz” (Za 14,5).
Adviento.
Tiempo de trabajar, de procurar hacer bien lo que se debe hacer. Tiempo de
ayudar, tiempo de perdonar y de pedir perdón. Si en la parábola de los talentos
y en la de las minas se animaba a hacer rendir todas las cualidades y los dones
que Dios nos ha regalado, aunque no tuviéramos éxito en nuestro hacer, en esta
otra parábola se nos anima a hacer servir las cosas terrenas para mejorar en el
camino hacia el cielo, a vivir la vida ordinaria sabiendo que se acaba y que lo
importante es el futuro para siempre. “Había un hombre rico, que tenía un
administrador al que acusaron ante el amo de malversar la hacienda. Le llamó y
le dijo: “¿Qué es esto que oigo de ti? Dame cuentas de tu administración porque
ya no podrás seguir administrando”. Y dijo para sí el administrador: “¿Qué voy
a hacer, ya que mi señor me quita la administración? Cavar no puedo, mendigar
me da vergüenza. Ya sé lo que haré para que me reciban en sus casas cuando me
despidan de la administración”. Y, convocando uno a uno a los deudores de su
amo, le dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?” Él respondió: “Cien medidas
de aceite”. Y le dijo: “Toma tu recibo, aprisa, siéntate y escribe cincuenta”.
Después le dijo a otro: “¿Y tú cuanto debes?” Él respondió: “Cien cargas de
trigo”. Y le dijo: “Toma tu recibo y escribe ochenta”. El amo alabó al
administrador infiel por haber actuado sagazmente, porque los hijos de este
mundo son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz” (Lc 16,1-9). No se
alaba la deslealtad, ni la astucia desalmada. El cristiano da trascendencia
celestial a lo terreno: las obras de misericordia.
ADVIENTO
Adviento. Domingo “Gaudete”. El color de los
ornamentos puede ser rosa, en vez de morado como en los otros domingos. El
cristiano canta con el corazón la antífona de entrada: “Gaudete in domino
Semper; iterum dico, gaudete” (“Estad siempre alegres en el Señor; os lo
repito, estad alegres”). Adecuado al Adviento es el pasaje: “El desierto y el
yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerán como flor
de narciso, se alegrará con gozo y alegría” (Is 35.1-2) que lleva al cristiano
a desear el cambio de su vida interior que se reflejará en su quehacer diario,
porque quiere llenarse de Dios y meterse en Dios, para estar con Él aquí, ahora
y para siempre. Y también: “Estad siempre alegres. Sed constantes en el orar.
Dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en cristo Jesús
respecto de vosotros” (1 Tes 5,16-18) que son la guía para un plan de vida en
el seguimiento fiel a Jesucristo. Y de nuevo: “El Señor está cerca. Nada os
preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de
gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios” (Flp 4,6). Gaudete!
Alegres.
En el repaso evangélico se abre como página primera
para la alegría la de las bienaventuranzas que son la relación de pases para llegar
y quedarse en el cielo: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es
el Reino de los Cielos. Bienaventurados los que lloran, porque serán
consolados. Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán
saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios. Bienaventurados
los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que
padezcan persecución por causa de la justicia, porque suyo será el Reino de los
Cielos. Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan
contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque
vuestra recompensa será grande en el cielo: de la misma manera persiguieron a
los profetas de antes de vosotros” (Mt 5,3-12). Tiempo de Adviento, tiempo de
examen y propósitos. En parábola: “Asimismo el Reino de los Cielos es como una
red barredera que se echa en el mar y recoge toda clase de peces. Y cuando está
llena la arrastran a la orilla y se sientan para echar lo bueno en los cestos,
y lo malo tirarlo fuera” (Mt 13,47-48)
Y el pasaje de la alegría: “Volvieron los setenta y
dos llenos de alegría diciendo: - Señor, hasta los demonios se nos someten en
tu nombre. Él les dijo: - Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad,
os he dado potestad para aplastar serpientes y escorpiones y sobre cualquier
poder del enemigo, de manera que nada podrá haceros daño. Pero no os alegréis
de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres
están escritos en el cielo” (Lc 10,17-20). “Vi a los muertos, grandes y
pequeños, en pie ante el trono, y fueron abiertos los libros. También fue abierto
otro libro, el de la vida. Y los muertos fueron juzgados por lo que estaba
escrito en los libros, según sus obras” (Ap 20, 12). “El vencedor será
revestido con vestiduras blancas y no borraré su nombre del libro de la vida;
confesaré su nombre en la presencia de mi padre y delante de sus ángeles” (Ap
3,5)
ADVIENTO. NAVIDAD
Adviento y Navidad. Esta semana reúne la preparación y
el acontecimiento. Con el segundo domingo de Adviento, acabó la consideración
de la segunda venida, al final del tiempo, y se pregona: “Mirad, el Señor Dios
llega con poder y su brazo manda. Mirad, viene con él su salario y su
recompensa le preceder; como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo
reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres” (Is 40, 9-11);
y proclamábamos: “Confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y
una tierra nueva en que habite la justicia” (2 Pe 3,13). En el tercer domingo,
próxima ya la llegada del Niño Dios a este mundo, el corazón y el alma se
llenaron de alegría. Y en el cuarto domingo, cuando la Virgen encinta está a
pocos días de dar a luz, escapa del alma el salmo: “Cantaré eternamente las
misericordias del Señor, anunciaré su fidelidad por todas las edades” (salmo
88). Y rezamos a la Virgen, nuestra Madre: “Llena de gracia. Bendita entre
todas las mujeres. Santa María, Madre de Dios”.
Adviento. Tiempo de preparación y tiempo de estar en
vela. para cuando llegue el momento. Como en la parábola: “Entones el Reino de
los cielos será como diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron a
recibir al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes; pero las
necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite; las prudentes, en
cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas. Como tardaba en venir
el esposo, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz:
“¡Ya está aquí el esposo! ¡Salid a su encuentro!” Entonces se levantaron todas
aquellas vírgenes y aderezaron sus lámparas.
Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos aceite del vuestro porque
nuestras lámparas se apagan”. Pero las prudentes les respondieron: “Mejor es
que vayáis a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para vosotras
y nosotras”. Mientras fueron a comprarlo vino el esposo, y las que estaban preparadas
entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. Luego llegaron las otras
vírgenes diciendo: ¡Señor, Señor, ábrenos! Pero él les respondió: “En verdad os
digo que no os conozco” (Mt 25,1-12). Palabras para meditar: les entró sueño a
todas y se durmieron; se levantaron todas y aderezaron sus lámparas; las que
estaban preparadas entraron a las bodas; y se cerró la puerta.
En la transición de la Nochebuena, en ese breve
instante entre la oscuridad y la aurora, serán muchos los cristianos que recuerden,
sacándolo de su terrible contexto, el bellísimo pasaje: “Cuando un sereno
silencio lo envolvía todo y la noche estaba a la mitad de su curso, tu
omnipotente Palabra, desde el Cielo, desde los tronos reales … se lanzó sobre
aquella tierra desolada” (Sb 18,14-15). Y el profeta lo anticipa: “El propio
Señor os da un signo: Mirad, la virgen está encinta y dará a luz un hijo a
quien pondrán por nombre Enmanuel” (Is. 7,14). Jesús con nosotros, ahora y
siempre.
“Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. José
como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret ciudad de Galilea,
a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, para empadronarse con María, su
esposa, que estaba encinta” (Lc 2,3-5). Y, con la sencillez de lo santo, el
Nacimiento se nos narra así: “Y cuando ellos se encontraban allí, le llegó la
hora del parto y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo
recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento” (Lc
2,3-7)
NAVIDAD
Año nuevo. Todas
las personas de buena voluntad se desean lo mejor, unos a otros, y más después
de haber sufrido tantísimo en el año 2020 que termina. El cristiano no es
indiferente a esa sucesión anual. Hace tiempo estaba generalizada la práctica
de un examen de conciencia anual y de hacer confesión general al acabar cada
año. Hacer a conciencia el examen de conciencia y hacer propósitos claros,
concretos, realizables. Todo eso y nada menos que eso, poniendo el alma y el
corazón ante Dios, que ve en lo más íntimo de nuestro interior, “interior
intimo meo” (san Agustín, Confesiones III, 6,11). Empezar el año es tiempo de
confirmar en la fe, de renovar la esperanza en la misericordia de Dios y de
comprometernos a recibir y regalar el amor del Amor.
Año nuevo. Tiempo
de animar las fuerzas del corazón y el alma. “¿No es acaso milicia la vida del
hombre sobre la tierra, y sus días son como los de jornalero?” (Job 7,1). “Que
la vida del hombre sobre la tierra es milicia, lo dijo Job hace muchos siglos.
-Todavía hay comodones que no se han enterado” (Camino, 306). “Año nuevo, lucha
nueva”, proclamó san Josemaría en el año 1972, como había animado a la lucha
interior, a vencer: “Me dices que sí, que quieres. – Bien, pero ¿quieres como
un avaro quiere su oro, como una madre quiere a su hijo, como un ambicioso
quiere los honores o como un pobrecito sensual su placer? - ¿No? – Entonces no
quieres”. La hermana de santo Tomas de Aquino le preguntó en una carta qué
había que hacer para ser santo y él le dijo “Querer”. Así, sencillamente, haciendo
realidad el “Semper idem velle atque idem nolle” (Séneca, “Epístolas morales”)
que expresa la sabiduría en la amistad: siempre querer lo mismo y no querer lo
mismo. “Quiero lo que Tú quieras, lo quiero porque lo quieres, lo quiero como
lo quieres, lo quiero en cuanto lo quieres” (Papa Clemente IX)
Una parábola para
el nuevo año y para todos los años: “El Reino de los Cielos es como un hombre
que sembró buena semilla en su campo. Pero mientras dormían los hombres, vino
su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando brotó la hierba y
echó espiga, entonces apareció también la cizaña. Los siervos del amo de la
casa fueron a decirle: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo
es que tiene cizaña?”. Él les dijo: “Algún enemigo lo habrá hecho”. Le
respondieron los siervos: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. Pero él les
respondió: “No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también
con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la
siega les diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas
para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en el granero” (Mt 13, 24-30).
En la meditación del pasaje no se puede olvidar la rápida acción del enemigo:
vino, sembró y se fue. Hay que estar vigilantes, no dormir, y hay que tener
presente que en un instante se produce mucho mal. Para todo el año que
empezamos a vivir, debemos recordar que se convive con la maldad y que podemos
ser cizaña. Pero puede ser más íntimo, más manejable, sin riesgo de
maniqueísmo, recordar que somos “campo de Dios” (1 Co 3,9). Y ese
convencimiento animará a ser buena tierra (Mt 13,23), fértil, a dar mucho
fruto, a obrar el bien, y no crecerá en nuestra alma la cizaña que, como los
espinos, las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas (Mt
13,22), ahogan en el alma la palabra de Dios.
Uno de enero.
Santa María Madre de Dios. ¡La Madre de Dios es mi Madre!
NAVIDAD
Segundo domingo de Navidad. Ya en el nuevo año, el
cristiano hace propósitos para ser mejor, para caminar por el camino adecuado,
para recorrer los días con la mirada fija en el cielo, sabiendo que no camina
solo porque con él, junto a él son muchos los que avanzan por el mismo sendero.
Se reanima el alma recibiendo amor del Amor y dando amor a otros, al servir, al
ayudar, al dar gratis lo que se recibió gratis.
El cielo es el estado feliz en el que se hace la
voluntad de Dios: “Hágase tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo”,
decimos en el Padrenuestro. “Que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres
tú”, oraba Jesús a Dios Padre en Getsemaní durante su Pasión. “Haced que
procure obedecer a los superiores, atender a los inferiores, favorecer a los
amigos, perdonar a los enemigos” (Papa Clemente IX). “Hágase, cúmplase, sea
alabada y eternamente ensalzada, la justísima y amabilísima voluntad de Dios,
sobre todas las cosas. -Amén. – Amén” (“Camino” 691). Viviendo así y todo con
alegría y confianza: “Dios mío, estoy tan persuadido de que velas sobre todos
los que en Ti esperan y de que nada puede faltar a quien de Ti aguarda todas
las cosas, que he resuelto vivir en adelante sin cuidado alguno, descargando
sobre Ti todas mis inquietudes. Yo dormiré en paz y descansaré porque Tú, oh
Señor, y sólo Tú, has asegurado mi esperanza” (san Claudio de la
Colombière)
Y si cuesta, si la primera reacción es decir no, el
cristiano espera la ayuda de Dios para decirle sí. Como en la parábola: “¿Qué
os parece? Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: “Hijo
vete hoy a trabajar en la viña. Pero él le contestó: “No quiero”. Sin embargo,
se arrepintió después y fue. Se dirigió entonces al segundo y le dijo lo mismo.
Éste le respondió: Voy, señor”; pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad
del padre? - El primero - dijeron ellos. En verdad os digo que los publicadnos
y las meretrices van a estar por delante de vosotros en el Reino de Dios.
Porque vino Juan a vosotros con un camino de justicia y no le creísteis; en
cambio los publicanos y las meretrices le creyeron. Pero vosotros, ni siquiera
viendo esto os arrepentisteis después para creerle” (Mt 21,28-32).
Principios de año, tiempo de propósitos, tiempo de
ayudarse del ingenio para vivir de continuo la presencia de Dios, para hacer
realidad el servicio a los que lo necesiten, para levantarnos si caemos. “¡Oh,
qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío: que queráis a quien no os quiere,
que abráis a quien no os llama, que deis salud a quien gusta de estar enfermo y
anda procurando la enfermedad! Vos decís, Señor mío, que venía a buscar a los
pecadores. Estos, Señor, son los verdaderos pecadores. No miréis nuestra
ceguedad, mi Dios, sino a la mucha sangre que derramo vuestro Hijo por
nosotros” (“Exclamaciones”, Santa teresa de Jesús)
Y, si decaemos, si nos faltan las fuerzas, acudamos a
san José con la oración del papa: “Salve, custodio del Redentor y esposo de la
Virgen María. A ti Dios confió a su hijo, en ti María depositó su confianza,
contigo Cristo se forjó como hombre. Oh, bienaventurado José, muéstrate padre
también a nosotros y guíanos en el camino de la vida. Concédenos gracia,
misericordia y valentía, y defiéndenos de todo mal. Amén”
BAUTISMO DEL SEÑOR
El cristiano vive de la liturgia para orientarse mejor
en su camino hacia el cielo, para animar el alma con los cambios de panorama y
colorido del paisaje que recorre durante el año, para buscar y encontrar nuevos
motivos de amar a Dios y vivir continuamente en su presencia: “Señor Tú me
sondeas y me conoces. Me conoces cuando me acuesto y me levanto; de lejos penetras
mis pensamientos, distingues mi camino y mi descanso; todas mis sendas te son
familiares. No ha llegado la palabra a mi boca y ya, Señor, te la sabes toda.
Me estrechas detrás y delante; me cubres con tu palma. Tanto saber me sobrepasa
es sublime y no lo abarco. ¿Dónde iré lejos de tu aliento? ¿Dónde escaparé de
tu mirada? … Si digo que la tiniebla me cubra, que la luz se haga noche sobre
mí, ni la tiniebla es oscura para Ti, la noche es clara como el día… Señor,
sondéame y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis pensamientos, mira si
mi camino se desvía, guíame por el sendero eterno” (salmo 138, 1-7, 11-12 y
23-24)
Domingo del Bautismo del Señor. Primer misterio de los
Luminosos que san Juan Pablo II añadió a los seculares Gozosos, Dolorosos y
Gloriosos. Meditación de la vida oculta de Jesús de la que los Evangelios no
dan noticia después del regreso de Egipto y cuando se quedó en Jerusalén a los
doce años. Toda una vida de niño, adolescente y hombre joven que hemos pasado
en quince días desde la celebración de la Navidad. Tiempo de vida ordinaria,
corriente que se convierte en sagrada porque la vivió Jesús, Dios. Tiempo de
trabajo, de alegrías y penas, de cansancio y descanso, todo santificado, porque
todo lo vivió Jesús, Dios. Tiempo de vivir con Jesús, con María y también con
José hasta que murió en tan sagrada compañía. Patrón de los trabajadores,
patrón de la buena muerte; hombre justo, marido amante y fiel, padre ejemplar.
Sagrada Familia.
Y con el Bautismo de Jesús, los primeros discípulos:
Andrés y Juan, Pedro, Felipe, Bartolomé, Santiago el hermano de Juan, los
parientes de Jesús; el primer milagro en Caná… Tres años de vida pública que
empezaron con aquel encuentro de Jesús con Juan el Bautista. Tiempo
inolvidable: un apóstol no lo olvidó y dejó constancia hasta de la hora
(décima, las cuatro de la tarde; Jn 1,39) en la que él y otro siguieron a Jesús
y pasaron el día con Él. El cristiano quiere vivir cada día como ese día: con
Él, junto a Él.
Una cartilla de vida: “Guardaos de hacer vuestra
justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no
tendréis recompensa de vuestro padre que está en los cielos … Bien sabe vuestro
Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis… No podéis servir a
Dios y a las riquezas… No os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá
su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad… No juzguéis para
no ser juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis se os juzgará y con la
medida con que midáis se os medirá… Pedir y se os dará, buscad y hallaréis,
llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe el que busca encuentra y
al que llama se le abrirá… Todo lo que queráis que hagan los hombres con
vosotros hacedlo también vosotros con ellos…” (Mt 6, 1. 8. 24. 34; 7, 1, 7.12).
El Reino de Dios. “Es como un grano de mostaza que tomó un hombre y los echó en
el huerto, y creció y llegó a hacerse un árbol, y las aves del cielo anidaron
en sus ramas” (Lc 13,18-19).
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano hace el camino diario en jornadas en las
que procura seguir los pasos de Jesús. En el paralelismo de textos evangélicos
el cristiano descubre y conserva en su corazón frases inolvidables que repite
con frecuencia. “Al bajar del monte le seguía una gran multitud. En esto se le
acerca un leproso, se postró ante Él y dijo: - Señor si quieres, puedes
limpiarme. Y extendiendo Jesús la mano, le tocó diciendo: - Quiero, queda
limpio. Y al instante quedó limpio de la lepra…” (Mt 8 1,3) “Al entrar en
Cafarnaún se le acercó un centurión que le rogó: - Señor, mi criado yace
paralítico en casa con dolores muy fuertes. Jesús le dijo: - Yo iré y le
curaré. Pero el centurión le respondió: - Señor, no soy digno de que entres en
mi casa. Pero basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano…Y le dijo
Jesús al centurión: -Vete y que se haga conforme has creído. Y en aquel momento
quedó sano el criado” (Mt 8, 5-8 y 13). “Al llegar Jesús a casa de Pedro vio a
la suegra de éste en cama con fiebre. La tomó de la mano y le desapareció la
fiebre; entonces ella se levantó y se puso a servirle” (Mt 8, 14-15). “Al
atardecer, le trajeron muchos endemoniados; expulsó a los espíritus con su
palabra y curó a todos los enfermos, para que se cumpliera lo dicho por medio
del profeta Isaías: Él tomo nuestras dolencias y cargó con nuestras
enfermedades” (Mt 8,16-17).
En la meditación de esa jornada de Jesús, es
inevitable desear la confianza del leproso para acercarnos a Jesús con
confianza, por grave y pertinaz que sea nuestra “lepra”: -Señor, si quieres…
(Si vis, potest me mundare). En nuestro corazón escucharemos las palabras de
Jesús: Quiero, queda limpio (Volo, mundare!). Confianza y fe, porque sabemos
que Dios está con nosotros y que somos hijos de Dios, aunque somos débiles,
aunque le olvidamos, aunque le traicionamos: “- No soy digno…” (Domine, non sum
dignus ut intres sub tectum meum). Así, sin más, con fe, seguros del amor de
Dios por nosotros. Jesús, apreciará nuestra fe y nos dirá: - Vete y que se haga
como has creído”. Confianza también aun sin pedir nada. Confianza y
agradecimiento: Jesús vio a la suegra de Pedro con fiebre, tomó su mano y
desapareció la fiebre. Y ella se levantó de la cama y se puso a servirle. Y el
cristiano, al meditar el pasaje, repasa en conciencia el estado de su fe, y se
pregunta si da gracias a menudo y por menudo por todos los beneficios que
recibe de Dios. Y parece oportuno recordar, una vez más, aquel consejo: “De que
tú y yo nos portemos como Dios quiere -no lo olvides-dependen muchas cosas
grandes” (“Camino” 755).
Los relatos evangélicos acaban la jornada de Jesús (al
atardecer) con la curación de los muchos enfermos que “le llevaron”. Para el
cristiano esas palabras le traen a la memoria el pasaje de los amigos que
llevaron en camilla a un paralítico y que, al no pode entrar en la casa,
subieron al terrado, levantaron las tejas y descolgaron la camilla con su amigo
en ella. Son inolvidables las palabras del Evangelio: “Al ver Jesús “la fe de
ellos” (Mt 9,2-7) le dijo al paralítico: - Ten confianza, hijo, tus pecados te
son perdonados… y, después, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. La fe
de los amigos que cura al que tanto quieren, que lleva a Jesús al que lo había
abandonado. Vocación a dar testimonio en la vida ordinaria. “Si no le dejas, Él
no te dejará” (“Camino”, 730)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe, vive y se recrea en la consciencia
de que Dios es amor, que cristianismo es amar. “Queridísimos: amémonos unos a
otros, porque el amor procede de Dios, y toto el que ama ha nacido de Dios, y
conoce a Dios. El que no ama no ha llegado a conocer a Dios, porque Dios es
amor. En este se manifestó entre nosotros el amor de Dios: en que Dios envió a
su hijo Unigénito al mundo para que recibiéramos por Él la vida. En esto
consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Diios, sino en que Él nos
amó y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados.
Queridísimos: si Dios nos ha amado así, también nosotros debemos amarnos unos a
otros” (1 Jn 4,7-11)
Del amor de Dios trata la parábola de los viñadores
homicidas. “Escuchad esta parábola: Había un hombre, dueño de una propiedad,
que plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una
torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de allí. Cuando se acercó
el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus
frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos y a uno lo golpearon, a
otro lo mataron y a otro lo lapidaron. De nuevo envió a otros siervos más
numerosos que los primeros, pero les hicieron lo mismo. Por último, les envió a
su hijo, pensando: “A mi hijo lo respetarán”. Pero los labradores, al ver al
hijo, se dijeron: Éste es el heredero. Vamos, lo mataremos y nos quedaremos con
su heredad”. Y lo agarraron y lo sacaron fuera de la viña y lo mataron- Cuando
venga el amo de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? …” (Mt 21, 33-40).
¡Tantos puntos para meditar! El cristiano necesita poco esfuerzo para verse
retratado en su vida y en considerar su falta de correspondencia al amor de
Dios.
Por la mente del cristiano desfilan los detalles del
pasaje evangélico. El amor del dueño de la viña para prepararla con todo lo
necesario para ser segura, confortable y fructífera; la muestra de confianza
con los arrendatarios a los que no controla ni vigila hasta que llega el tiempo
de los frutos; y, ante el trato -golpeados, lapidados, asesinados- que habían
dado los labradores a los siervos que habían ido a recoger los frutos, no duda,
sino que confía en ellos cuando decide enviar a su hijo; pero el trato al hijo
es aún peor y la mala intención es manifiesta. El cristiano, identificado en su
ingratitud, en su deslealtad, en sus olvidos de Dios, en sus abandonos, en sus
desprecios a Dios que tanto lo ama, abrumado por la vergüenza, por el dolor,
por la tristeza del “dolor de amor”, no sabe cómo, se agarra al recuerdo que le
viene a la mente y oye las palabras de Cristo en la Cruz: Padre, perdónales
porque no saben lo que hacen (Lc 23,34).
“Desde que mi voluntad / está a la vuestra rendida, / conozco yo la medida
/ de la mejor libertad / Venid, Señor, y tomad / las riendas de mi albedrío; /
de vuestra mano me fío / y a vuestra mano me entrego, / que es poco lo que me
niego / si yo soy vuestro y vos mío. / A fuerza de amor humano / me abraso en
amor divino. / La santidad es camino / que va de mí hacia mi hermano. / Me di
sin tender la mano / para cobrar el favor; / me di en salud y en dolor / a
todos, y de tal suerte / que me ha encontrado la muerte / sin nada más que el
amor” (Cristina de Arteaga).
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano vive durante toda su existencia dando gracias a Dios
continuamente. Desde la oración de la mañana, como la que se aprende en los
colegios: “Os adoro Dios, os amo con todo mi corazón y sobre todas las cosas.
Os doy gracias por haberme creado, por haberme hecho cristiano y por haberme
conservado hasta el presente…” Como se dice en el himno de la hora canónica: “Gracias, Señor, por la aurora;/ gracias, por el nuevo día;
/ gracias, por la Eucaristía; / gracias, por nuestra Señora: / Y gracias, por
cada hora / de nuestro andar peregrino. / Gracias, por el don divino / de tu
paz y de tu amor, / la alegría y el dolor, / al compartir tu camino. / Gloria
al Padre, gloria al Hijo, / gloria al Espíritu Santo, / por los siglos de los
siglos. /Amén.”(Laudes, Semana I). Como rezaba con frecuencia san Josemaría: “Sancte Pater,
omnipotens, æterne et misericors Deus, Beata Maria intercedente, gratias tibi
ago pro universis beneficiis tuis etiam ignotis” (Padre santo, omnipotente,
eterno y misericordioso Dios, por intercesión de María Santísima, te doy
gracias por tus muchos beneficios, incluidos los ignorados).
Llenar
la vida de acciones de gracias, hacer de la propia vida una acción de gracias,
es la recomendación continuada que se puede leer en las cartas apostólicas: “Y
la paz de Cristo reine en vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados
en un solo cuerpo. Sed agradecidos… Y todo cuanto hacéis de palabra o de obra,
hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por Él”
(Col 3,15.17); “Por nada os inquietéis, sino que, en todo tiempo, en la oración
y en la plegaria, sean presentadas a Dios vuestras peticiones acompañadas de
acción de gracias” (Flp 4,6); “Orad sin cesar. Dad en todo tiempo gracias a
Dios, porque tal es su voluntad en Cristo Jesús respecto de vosotros” (1 Tes
5,17).
Un
himno precioso e inolvidable de acción de gracias es el que inicia la epístola
a los efesios: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que
nos ha bendecido en cristo con toda bendición espiritual en los cielos, / ya
que él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin
mancha en su presencia, por el amor; / nos predestinó a ser sus hijos adoptivos
por Jesucristo conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza y gloria
de su gracia, con la cual nos hizo gratos en el Amado; / en quien, mediante su
sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, según las riquezas de
su gracia, que derramó sobre nosotros sobreabundantemente con toda sabiduría y
prudencia. Nos dio a conocer el misterio de su voluntad, según el benévolo
designio que se había propuesto realizar mediante él y llevarlo a cabo en la
plenitud de los tiempos: recapitular en Cristo todas las cosas, las de los
cielos y las de la tierra” (Ef 1,4-10)
A
Jesús le agrada nuestro agradecimiento: “Le salieron al paso diez leprosos que
se detuvieron a distancia y le dijeron gritando: - ¡Jesús, Maestro, ten piedad
de nosotros! Al verlos, les dijo: “- Id y presentaos a los sacerdotes. Y
mientras iban quedaron limpios. Uno de ellos, al verse curado, se volvió
glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a sus pies dándole gracias. Y
éste era samaritano. Ante lo cual dijo Jesús: - ¿No eran diez los que han quedado
limpios? Los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar
gloria a Dios más que este extranjero? Y le dijo: - Levántate y vete; tu fe te
ha salvado” (Lc 17,12-19). Gracias, dar gracias, agradecer, agradar a Dios.
¡Madre de Dios, llena de gracia, mediadora de gracias, ruega por nosotros!
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe que esta vida es un camino hacia el
cielo y también que en esta vida podemos anticipar la vida en el cielo, porque
el cielo es donde se hace la voluntad de Dios, como rezamos en el Padrenuestro
cada día: “Hágase tu voluntad aquí, como se hace en el cielo”. Inolvidables,
objeto de meditación frecuente las palabras de Jesús al Padre: “Padre quiero
que donde yo estoy también estén conmigo los que Tú me has confiado” (Jn 17,24).
Y también: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario ¿os
hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya
preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que donde yo
estoy, estéis también vosotros” (Jn 14,2-3). Una morada en el cielo que ya se
puede disfrutar: “Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre le amará, y
vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23).
Los catecismos de nuestra niñez daban definiciones
sencillas del cielo: “- ¿Qué cosa es la Gloría? - El conjunto de todos los
bienes sin mezcla de mal alguno” (P. Jerónimo de Ripalda, 1535-1618); “- ¿Qué
es la Gloria? – Un estado perfectísimo, en el cual se hallan todos los bienes
sin experimentarse mal alguno, como en el Infierno se hallan todos los males
sin experimentarse bien alguno” (P. Gaspar Astete, 1537-1601). El Catecismo de
la Iglesia Católica (nº 1023) dice: “Los que mueren en la gracia y la amistad
de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son
para siempre semejantes a Dios, porque le ven “tal cual es” (1 Jn 3,2), cara a
cara (1 Co 13,12)”. Y también: “Vivir en el cielo es “estar con Cristo”. Los
elegidos “viven en Él”, aún más, tiene allí, o mejor, encuentran allí su
verdadera identidad, su propio nombre (cf. Ap. 2,17)” y sigue una cita de san
Ambrosio: “Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la
vida, allí está el reino” (“Expositio evangelio secundum Lucam” 10,121). Aunque
toda definición del cielo se queda corta, porque “Ni ojo vió ni oreja oyó ni
pasó a hombre por pensamiento las cosas que Dios tiene preparadas para aquellos
que le aman” (1 Co 2,9)
“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo
es el reino de los cielos” (Mt 5,3). Y algún cristiano puede meditar:
bienaventurado el pobre que se ha abandonado en Dios en todo instante de su
vida, procurando hacer bien lo que debe hacer, porque es la voluntad de Dios y
es para gloria de Dios y por amor a Dios. Porque la vida es milicia, trabajo, y
si se hace por amor no hay fatiga: “Ubi amatur non laboratur aut si laboratur
labor es amatur” (san Agustín “De bono divinitatis 21,26). Trabajando, haciendo
lo que hay que hacer, por amor a Dios, se santifica el trabajo, uno se
santifica en el trabajo y se santifica a otros con el trabajo.
El cielo es abandonarse en Dios. “Toma, Señor, mi
libertad, mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad; todo mi haber y mi
poseer. Tú me lo diste a Ti, Señor, lo torno. Todo es tuyo; dispón de mí según
tu voluntad. Dame tu amor y tu gracia que esto me basta”. Mirando a María: “Oh,
Señora mía. Oh, Madre mía. Yo me entrego enteramente a ti y, en prueba de mi
filial afecto, te consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi
corazón; en una palabra, todo mi ser. Y ya que soy todo tuyo, oh Madre de
bondad, guárdame y protégeme como cosa y posesión tuya. Amén”
CUARESMA
El cristiano empieza la Cuaresma con la seguridad que
le da la esperanza en Dios y con el recelo que le originan sus propias
debilidades. La historia de la propia vida es la expresión que confirman la
razón de esos sentimientos. Tiempo de oración, limosna y penitencia. Tiempo de
acompañar a Jesús desde Getsemani hasta el Calvario. Tiempo de estar cerca de
la Madre, que es nuestra Madre. Tiempo de amar porque el amor del Amor y al
amor se hace más intenso: Señor, que te quiera, que te quiera mucho, que te
quiera más, que te quiera como Tú quieres que te quiera.
“Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino
finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes. En cambio, un pobre
llamado Lázaro yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse
de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían a lamerle las
llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno
de Abrahán; murió también el rico y fue sepultado. Estando en los infiernos, en
medio de los tormentos, levantando sus ojos vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro
en su seno; y gritando dijo: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro
para que moje la punta de su dedo en agua y me refresque la lengua, porque
estoy atormentado en estas llamas”. Contestó Abrahán: “Hijo, acuérdate de que
tú recibiste bienes durante tu vida y Lázaro, en cambio, males; ahora aquí él
es consolado y tú atormentado. Además de todo esto, entre vosotros y nosotros
se interpone un gran abismo, de modo que los que quieren atravesar de aquí
hasta vosotros, no pueden; ni tampoco pueden pasar de ahí hasta nosotros”. Y él
dijo: “Te ruego entonces, padre, que le envíes a casa de mi padre porque tengo
cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también a este lugar de
tormentos”. Pero, replicó Abrahán: “Tienen a Moisés y a los Profetas. ¡Que los
oigan!” Él dijo: “No, padre Abrahán, pero si alguno de entre los muertos va a
ellos, se convertirán”. Y le dijo: “Si no escuchan a Moisés y los Profetas,
tampoco se convencerán aunque uno resucite de entre los muertos.” (Lc 16, 19-31)
“Llevaban con él a dos malhechores para matarlos.
Cuando llegaron al lugar llamado “Calavera”, le crucificaron allí a él ya los
malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: - Padre,
perdónales, porque no saben lo que hacen” (Jn 23-32-34)
“Si Dos está con nosotros, ¿quién estará contra
nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos
nosotros, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas? ¿Quién presentará acusación
contra los elegidos de Dios? ¿Dios el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Cristo
el que murió, más aún el que fue resucitado, el que además está a la derecha de
Dios, el que está intercediendo por nosotros?” (Rm 8,31-34). “Por el poder de
Dios estáis custodiados mediante la fe hasta alcanzar la salvación preparada ya
para ser manifestada en el tiempo último” (1 Pe 1,5)
“Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que, aunque no hubiera
cielo yo te amara y aunque no hubiera infierno te temiera” (soneto “A Jesús
crucificado”).
“Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, ahora
y en la hora de nuestra muerte”
CUARESMA
Cuaresma. El cristiano sabe que en su camino hacia el
cielo no está solo. Lo confirma si mira el panorama con los ojos de Dios, desde
la misericordia de su amor con quienes no creen en Dios, con quienes conocen a
Dios de modo distinto, con quienes creen en Dios, pero lo olvidaron, lo han
abandonado o incluso pretenden ofenderlo; también con quienes lo amamos, pero
llenos de debilidades, cayendo y levantándonos por el camino. El camino al
cielo es una romería al cielo; una romería universal, que trasciende el tiempo
presente y alcanza la inmortalidad al incluir a las almas que caminaron, las
que están por llegar y las que ya gozan de la presencia de Dios para siempre.
El cristiano no puede olvidar las muchedumbres de los
pasajes evangélicos. Un especial recuerdo el de aquel encuentro de muchedumbres
en Naím: “Después marchó a una ciudad llamada Naín, e iban con él sus
discípulos y una gran muchedumbre. Al acercarse a la puerta de la ciudad,
resultó que llevaban a enterrar un difunto, hijo único de su madre, que era
viuda. Y la acompañaba una gran muchedumbre de la ciudad. El Señor la vio y se
compadeció de ella. Y le dijo: - No llores. Se acercó y tocó el féretro. Los
que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: - Muchacho a ti te digo, levántate. Y el
que estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar. Y se lo entregó a su madre.
Y se llenaron todos de temor y glorificaban a Dios diciendo: “Un gran profeta
ha surgido entre nosotros”, y “Dios ha visitado a su pueblo”. Esta opinión
sobre él se divulgó por toda Judea y por todas las regiones vecinas” (Lc
7,11-17). Será fácil concluir que aquellas dos grandes muchedumbres, se
juntaron en una inmensa y se dirigieron cantando a la ciudad, cantando,
alegres, porque ya no había luto, porque iban con el Hijo de Dios. Así debe ser
la romería universal hacia el cielo.
Así, en esa compañía, el caminar es oración. Y oración
compartida, de intercesión. Porque queremos convencer a Dios, queremos que nos
perdone. Como Abrahán pidió por Sodoma: “¿Vas a destruir al justo con el
malvado? Quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad; ¿la vas a destruir?;
¿no la perdonarás en atención a los cincuenta justos que haya dentro de ella?
Lejos de ti hacer tal cosa; matar al justo con el malvado, y equiparar al justo
y el malvado; lejos de ti ¿Es que el juez de toda la tierra no va a hacer
justicia? El Señor respondió: - Si encuentro en Sodoma cincuenta justos dentro
de la ciudad, la perdonaré en atención a ellos” (Gn 18,23-26). Y así, con 45,
40, 30, 20, 10, “No la destruiré en atención a los diez”. O como Moisés en el
Sinaí: “¿Por qué Señor ha de inflamarse tu cólera contra tu pueblo, al que has
sacado del país de Egipto con gran poder y mano fuerte? ¿Por qué dar pie a que
digan los egipcios: Por malicia los ha sacado para matarlos entre las montañas
y exterminarlos de la faz de la tierra…” (Ex 32,11-12) “Volvió, pues Moisés,
hasta el Señor y dijo: - ¡Ay! Este pueblo ha cometido un pecado gravísimo,
haciéndose un dios de oro. Ahora bien, si les perdonaras su pecado… Si no,
bórrame a mí del libro que tú has escrito” (Ex 32,30-32)
Oración de intercesión de Jesucristo: “Padre,
perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Pidiendo a Dios todos por
todos, como en el “Yo pecador” en la misa, colaboramos en el plan de salvación
de Dios. Que nos quiere con Él. Y Él es fiel.
CUARESMA
Cuaresma, segunda semana. El cristiano experimenta las
contrariedades de la vida, sufre las pérdidas y las limitaciones, sabe que debe
caminar y cree que Dios está con él, con cada uno de nosotros. Pero teme, desconfía,
aunque sabe que abandonarse en Dios es el consuelo. Sabe que el final del
camino está en la tarde de la vida, cuando nos examinarán en amor. Y, como en
tiempo de exámenes, hace un repaso más y busca dónde poner su confianza. “Amas
a todos los seres y no odias nada de lo que hiciste; porque si odiaras algo, no
lo hubieras dispuesto. ¿Cómo podría permaneces algo, si Tú no lo quisieras?
¿Cómo podría conservarse algo que Tú no llamaras? Tú perdonas a todos, porque
son tuyos, Señor, amigo de la vida” (Sab 11, 24-26)
Dios quiere nuestra salvación. “No he venido a llamar
a los justos, sino a los pecadores” (Mc 2,17). “Dios nuestro salvador, que
quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
Porque uno solo es Dios y uno solo también el mediador entre Dios y los
hombres: Jesucristo hombre, que se entregó a sí mismo en redención por todos”
(1 Tm 3-6). “Dios que nos ha salvado y nos ha llamado a una vocación santa, no
en razón de nuestras obras, sino por su designio y por la gracia que nos ha
concedido por medio de Cristo Jesús desde la eternidad. Esta gracia ha sido
mostrada ahora mediante la manifestación de Jesucristo nuestro Salvador, que ha
destruido la muerte y ha revelado la vida y la inmortalidad por medio del
Evangelio” (2 Tm 1,9-10). “No tarda el Señor en cumplir su promesa, como
algunos piensan; más bien tiene paciencia con vosotros porque no quiere que
nadie se pierda, sino que todos se conviertan (2 Pe 9)
Dios con nosotros: “No os ha sobrevenido ninguna
tentación que supere los humano, y fiel es Dios, que no permitirá que seáis
tentados por encima de vuestras fuerzas; antes bien, con la tentación os dará
también el modo de poder superarla con éxito” (1 Co 10, 13). “Hijos míos, os
escribo estas cosas para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos un
abogado ante el Padre, Jesucristo, el Justo. Él es la víctima propiciatoria por
nuestros pecados; y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo” (1
Jn 2,1-2)
El cielo es para todos. “Bendito sea Dios, Padre de nuestro
Señor Jesucristo, que por su gran misericordia nos ha engendrado de nuevo
-mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos- a una esperanza
viva, a una herencia incorruptible, inmaculada, que no se marchita, reservada
en los cielos para vosotros, que por el poder de Dios estáis custodiados
mediante la fe hasta alcanzar la salvación preparada ya para ser manifestada en
el tiempo último” (Pe 1,4-5).
Sin temor. “Nosotros hemos visto y damos testimonio de
que el Padre envió a su Hijo como salvador del mundo. Si alguno confiesa que
Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios” (1 Jn 4,14-15) “En
esto alcanza el amor su perfección en nosotros: en que tengamos confianza en el
día del Juicio, porque tal como es él, así somos nosotros en este mundo. En el
amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor, porque el
temor supone castigo, y el que teme no es perfecto en el amor” (1 Jn 4,17-18). “Porque
no abandonarás mi alma en el seol, ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. Me
enseñas el sendero de la vida, me llenas de gozo en tu presencia, de dicha
perpetua a tu derecha” (salmo 15, 10-11). Hijo de Dios. Querido por Dios.
CUARESMA
Algunos cristianos viven la Cuaresma con sincero
sentimiento de conversión, de examen interior, de dolor de amor, de
arrepentimiento y de propósitos firmes de seguir a Jesús, con Jesús, hasta
estar con Él para siempre. Los pequeños detalles de la meditación se convierten
palabras clave del quehacer cotidiano. Desde la búsqueda amorosa de María
Magdalena, con los tres “lo”: “Si te lo has llevado, dime donde lo has puesto y
yo lo recogeré” (Jn 20,15); al testimonio del ciego de nacimiento (Jn 9,15)
respecto de Jesús que lo curó de la ceguera y le dijo que se lavara en la
piscina de Siloé, que hace de tres palabras un lema: “Abii, lavi, vidi” (fui,
me lavé y veo); o al inolvidable pasaje de los primeros discípulos: “Fueron y
vieron y se quedaron” (Jn 1,29). Era más o menos la hora décima y se quedaron
con él aquel día. ¡Se quedaron con Jesús! Qué fácil pasar de ahí a: “Que
busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo” (v. “Camino”
382). “Andando, saltando y alabando a Dios” (Hech 3,8).
La Cuaresma se vive como camino para la Pascua de
resurrección, pero pasando por la Pasión y Muerte de Jesús. Y se hace
inevitable meditar en la “vida perdurable” que rezamos con palabras del Credo.
“Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida; y habitaré
en la Casa del Señor por dilatados días” (salmo 23,6). “Pero yo estaré siempre
contigo: me agarraste con la mano derecha. Me guías según tu designio y después
me acogerás en tu gloria” (salmo 73,23-24). Has perdonado la culpa de tu
pueblo, has cubierto todos sus pecados. Has depuesto toda tu ira, has revocado
el ardor de tu cólera. Conviértenos Dios de nuestra salvación, calma tu enojo
con nosotros. ¿Estarás siempre airado? ¿Vas a prolongar tu ira por todas las
generaciones? ¿No volverás a darnos la vida para que se alegre en Ti tu pueblo?
Señor, muéstranos tu misericordia y danos tu salvación (salmo 85, 3-8)
Misericordia es el clamor del alma. Y por la mente
pasan todos los milagros de Jesús que perdonó los pecados incluso a quien no lo
había pedido. Al paralítico que le llevaron sus amigos descolgando la camilla
desde el techo: “Al ver Jesús la fe de ellos, dijo: - Hombre tus pecados te son
perdonados” (Lc 5,20). A la mujer que querían lapidar: “- Tampoco yo te
condeno; vete y a partir de ahora no peques más” (Jn 8,11). Nada nos separará
del amor de Dios (Rm 8,38-39).
Esperanza en el amor de
Dios por nosotros. “Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él
cuida de vosotros” (1 Pe 7) Porque: “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra
nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros,
¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los hijos de Dios? ¿Dios el que
justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo que murió, más aún, que
resucitó y que está sentado a la derecha de Dios y que está intercediendo por
nosotros? (Rm 8,31-34). Porque Dios quiere que todos se salven (1 Tm 2,4).
Todos en el cielo y para siempre. “Esta es la morada
de Dios con los hombres. Habitará con ellos y ellos serán su pueblo, y Dios,
habitando realmente en medio de ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de
sus ojos; y no habrá ya muerte, ni llanto ni lamento ni dolor porque todo lo
anterior ya pasó” (Ap 21,3-4). Ya no habrá nada maldito (Ap 22,3)
CUARESMA
Cuaresma. Domingo “Laetare”. Es la palabra con la que
empieza la antífona de entrada de este día: “Laetare, Ierusalem, et conventium
fácite, omnes qui diligitis eam, gaudete cum laetitia, qui in tristitia
fuistis…” (Festejad a Jerusalén, haced celebración todos los que la amáis,
gozad con su alegría los que vivisteis en tristeza…). Este domingo es como un
oasis para el cuerpo y el alma en medio de la austeridad del desierto de la
Cuaresma. Durante treinta días, el cristiano ha procurado hacer más intensa la
oración, más generosa la limosna, más riguroso el ayuno; y, en sus
meditaciones, ha reflexionado sobre su vida y sobre su muerte, ha sentido dolor
de amor y temor por sus muchos fallos, por sus frecuentes caídas, y se ha
repetido una y mil veces que Dios nos quiere, nos ayuda, nos comprende, nos
perdona y nos anima. Es este un día, una semana, de mirar con esperanza, de
sonreír adivinando en el cielo la sonrisa de Dios.
Los salmos hacen cantar los corazones: “Bendigo al
Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría
en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. / Proclamad conmigo la
grandeza del Señor, ensalcemos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. / Contemplad y quedaréis radiantes, vuestro
rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo
salva de sus angustias.” (salmo 33, 2-7). “Bendice alma mía al Señor, y todo mi
ser a su Nombre santo. Bendice alma mía al Señor, no olvides ninguno de sus
beneficios… / El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en
misericordia. No dura siempre su querella ni guarda rencor perpetuamente. No
nos trata según nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas…/ Como se
apiada un padre de sus hijos, así el Señor tiene piedad de los que le
temen. Pues Él conoce de qué estamos
hechos, recuerda que somos polvo… (salmo 102, 1-2. 8-10.13-14).
Domingo “Laetare”, alegría en la Cuaresma. “Pero Dios,
que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, aunque estábamos
muertos por nuestros pecados, nos dio vida en Cristo -por gracia habéis sido
salvados-, y con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos por Cristo
Jesús, a fin de manifestar a los siglos venideros las abundantes riquezas de su
gracia, por su bondad con nosotros por medio de Cristo. Así pues, por gracia
habéis sido salvados mediante la fe; y esto no procede de vosotros puesto que
es un don de Dios: es decir, no procede de las obras, para que nadie se gloríe,
ya que somos hechura suya, creados en Cristo Jesús, para hacerlas obras buenas,
que Dios había preparado para que las practicáramos.” (Ef 2, 4-10)
Y la gloria. “Recibisteis un espíritu de hijos de
adopción en el que clamamos: ¡Abbá, Padre”. Pues el Espíritu mismo da
testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos
hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo, con tal de
que padezcamos con él, para ser con él también glorificados. Porque estoy
convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con
la gloria futura que se va a manifestar en nosotros” (Rm 8, 15-18). “Ahora
somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que
cuando él se manifieste seremos semejantes a él, porque le veremos tal como
es.” (1 Jn 3,2)
CUARESMA
Cuaresma. Los cristianos de más edad viven estos días con el espíritu de la
antigua Semana de Pasión en la que estaba el Viernes de Dolores, para recuerdo
de nuestra Madre que ya sentía en su corazón, atravesándolo, la espada que le
anunció el anciano Simeón (Lc 2,35). En las localidades pequeñas se sentía la
proximidad de la Semana Santa, en la preparación de los pasos procesionales, en
los ensayos de las bandas de música que los acompañaban, en el morado para
cubrir imágenes en los altares. Aunque parece que muchas circunstancias podrían
llevar a cambiar ese estado de ánimo, ni los cambios litúrgicos, ni la
coincidencia con la celebración de la Anunciación del Señor, ni la pandemia, ni
los confinamientos, ni las inquietudes, los trabajos, los cansancios, las
rutinas de la vida ordinaria, pueden enfriar el amor de Dios, el amor a Dios y
el dolor de amor que llena el alma porque se acerca el tiempo de la Pasión y
Muerte del Señor.
Nace del alma la oración: “Señor, escucha mi oración, llegue hasta Ti mi
clamor. No me escondas tu rostro, el día de mi angustia, inclina tu oído hacia
mí; el día que te invoco, date prisa en correrme. / Pues mis días se disipan
como humo, mis huesos arden como brasas. Mi corazón está abatido, se ha secado
como hierba; hasta me olvido de comer mi pan. Por la vehemencia de mis gemidos
se han pegado mis huesos a la piel. Me parezco a un búho del desierto, soy como
lechuza de las ruinas. Me encuentro insomne y gimiendo; estoy como pájaro
solitario en el tejado…” (salmo 102, 2-8)
Sin perder la esperanza. “Desde lo más profundo Te invoco, Señor. Señor
escucha mi clamor; estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica. / Si llevas
cuenta de las culpas, Señor, Señor mío, ¿quién podrá quedar en pie? Pero en Ti
está el perdón y así mantenemos tu temor. / Espero en Ti, Señor. Mi alma espera
en tu palabra; mi alma espera en el Señor más que los centinelas la aurora. /
Los centinelas esperan la aurora, pero tú, Israel, espera en el Señor; pues en
el señor está la misericordia, en Él, la redención abundante.” (salmo 130)
Dispuestos en la espera. “Vigilaos a vosotros mismos para que vuestros
corazones no estén ofuscados por la crápula, la embriaguez y los afanes de esta
vida, y aquel día no sobrevenga de improviso sobre vosotros, porque caerá como
un lazo sobre todos aquellos que habitan en la faz de toda la tierra. Vigilad,
orando en todo tiempo a fin de que podáis evitar todos estos males que van a
suceder, y estar en pie delante del Hijo del Hombre” (Lc 21,34-35)
Porque es una esperanza fundada en la palabra de Jesucristo. “No ruego sólo
por éstos, sino por los que van a creer en mí por su palabra; que todos sean
uno, como Tú, en mí y yo en Ti, que así ellos estén en nosotros, para que el
mundo crea que Tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que Tú me diste,
para que sean uno como nosotros somos unos… Padre quiero que donde yo estoy
también estén conmigo los que Tú me has confiado, para que vean mi gloria, la
que me has dado porque me amaste antes de la creación del mundo. Padre justo,
el mundo no te conoció; pero yo te conocí, y estos han conocido que Tú me
enviaste. Les he dado a conocer tu nombre y lo daré a conocer, para que el amor
con que Tú me amaste esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17, 20-22.24-26)
SEMANA SANTA
Semana Santa. El cristiano vive con sincero dolor de
amor esos pasos de Jesús que van desde la entrada en Jerusalén entre
aclamaciones el domingo, al derroche de amor sin límites de la cena de Jueves
Santo junto a sus discípulos y a las trágicas horas que van desde el
prendimiento en la noche del jueves hasta el Viernes Santo, cuando Jesús, el
Hijo de Dios, muere clavado en la Cruz. El cristiano vive la soledad de María,
la Madre de Dios y Madre nuestra, en el Sábado Santo. Y el cristiano nota que
su corazón rebosa de alegría desde la mañana del Domingo de Resurrección.
Aquel domingo… Una gran multitud extendió sus propios
mantos por el camino; otros cortaron ramas de árboles y las echaban por el
camino. Las multitudes que iban delante de él y las que seguían detrás gritaban
diciendo: - ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del
Señor! ¡Hosanna en las alturas! Al entrar en Jerusalén, se conmovió toda la
ciudad y se preguntaban: -¿Quién es éste? - Éste es el profeta Jesús, el de
Nazaret de Galilea- decía la multitud … Mientras estaba en el Templo, se acercaron
a él ciegos y cojos y los curó… Salió fuera de la ciudad, a Betania, y allí
pasó la noche” (Mt 21,8-11.17).
Y el lunes. “Muy de mañana, cuando volvía a la ciudad,
sintió hambre. Viendo una higuera junto al camino, se acercó, pero no encontró
en ella nada más que hojas. Y le dijo: -Que nunca jamás brote de ti fruto
alguno. Y al instante se secó la higuera.” (Mt 21,18-19). El martes, en el
Templo empezaron las preguntas: los príncipes de los sacerdotes y los ancianos
del pueblo, preguntaron sobre su potestad; a los príncipes de los sacerdotes y
a los fariseos les habló con la parábola de los invitados a las bodas; los
fariseos enviaron a sus discípulos con los herodianos para preguntarle sobre
pagar el tributo al César; los saduceos le preguntaron sobre la resurrección y
la ley del levirato; un doctor de la ley le preguntó cuál era el mandamiento
principal de la ley. Y Jesús preguntó a unos fariseos que estaban reunidos
sobre de quién es hijo el Mesías. “Y nadie podía responderle una palabra y,
desde aquel día ninguno se atrevió a hacerle ya más preguntas” (v. Mt 21,23-46
y 22,1-46). El miércoles Jesús les dijo a sus discípulos: -Sabéis que dentro de
dos días será la Pascua y el Hijo del hombre será entregado para que lo
crucifiquen (Mt 26,2). Aquel día, durante la comida en casa de Simón el
leproso, en Betania, una mujer derramó sobre la cabeza de Jesús el perfume de
gran valor que guardaba en un frasco de alabastro. Y Judas Iscariote fue donde
los príncipes de los sacerdotes y les dijo: “¿Qué me queréis dar a cambio de
que os lo entregue?” (Mt 26,15)
El jueves, los discípulos prepararon la cena de la
Pascua y, al anochecer, Jesús se recostó a la mesa con los doce; y cuando
estaban cenando dijo: “- En verdad os digo que uno de vosotros me va a
entregar” (Mt 26, 20-21). Instituyó la Eucaristía (Mt 26,26-28). Después de
recitar el himno salieron hacia el Monte de los Olivos y Jesús predijo el
abandono de sus discípulos; así fue en el prendimiento en Getsemaní: “Entonces
todos los discípulos lo abandonaron y huyeron” (Mt 26,56). El Viernes Santo fue
crucificado Jesús. Decía: “- Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”
(Lc 23,34). A la hora nona clamó: “- Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu” (Lc 23,46). Y expiró.
PASCUA DE RESURRECCIÓN
Los cristianos celebramos la Pascua de Resurrección
con la alegría de la seguridad del cielo en que creemos porque “la fe es
fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven” (Heb 11.1)
y resuenan en nuestra alma las palabras de san Pablo: “Y si Cristo no ha
resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también nuestra fe.
Resultamos además falsos testigos de Dios, porque en contra de Dios,
testimoniamos que resucitó a Cristo a quien no resucitó, si de verdad los
muertos no resucitan. Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha
resucitado; pero si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe, todavía estáis
en vuestros pecados. E incluso los que han muerto en Cristo perecieron. Y si
tenemos puesta la esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los más
miserables de todos los hombres. Ahora bien, Cristo ha resucitado de entre los
muertos, como primer fruto de los que mueren” (1 Co 15, 13-20).
“Porque es necesario que este cuerpo corruptible se
revista de incorruptibilidad, y este cuerpo mortal, se revista de inmortalidad.
Y cuando este cuerpo corruptible se haya revestido de incorruptibilidad, y este
cuerpo mortal se haya revestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la
palabra que está escrita: La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde
está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?” (1 Co 15,53-55).
“Sepultados con él por medio del Bautismo, también fuisteis resucitados con él
mediante la fe en el poder de Dios que lo resucitó de entre los muertos. Y a
vosotros, que estabais muertos por los delitos y por la falta de circuncisión
de vuestra carne, os vivificó con él, y perdonó gratuitamente todos vuestros
delitos, al borrar el pliego de cargos que nos era adverso y que canceló
clavándolo en la cruz (Col 2,12-14). “No queremos, hermano, que ignoréis lo que
se refiere a los que han muerto para que no os entristezcáis como esos otros
que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual
manera también Dios, por medio de Jesús reunirá con Él a los que murieron” (1
Tes 4,13-14)
En la misa del domingo es obligado decir la Secuencia:
“Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propicia
de la Pascua. / Cordero sin pecado que a las ovejas salva, a Dios y a los
culpables unió con nueva alianza. / Lucharon vida y muerte en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta. / “¿Qué has visto de
camino, María, en la mañana?” / “A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los
ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi
esperanza! / Venid a Galilea, allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos la
gloria de la Pascua.” / Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia que
estás resucitado; la muerte en ti no manda. / Rey vencedor, apiádate de la
miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa. Amén. Aleluya”
Los cristianos llenamos la Pascua de encuentros con
Jesús: “Ellas partieron al instante del sepulcro con temor y una gran alegría y
corrieron a dar la noticia a los discípulos. De pronto Jesús les salió al
encuentro y las saludó. Ellas se acercaron, abrazaron sus pies y le adoraron”
(Mt 28, 8-9). Luego estuvo con los de Emaús, entró en el cenáculo dos veces,
también se apareció a Santiago y a quinientos (1 Co 15,5-7) y, finalmente, en
la pesca milagrosa (Jn 21). Y, primero, sin duda, estuvo con su Madre. Nuestra
Madre.
PASCUA DE RESURRECCIÓN
Pascua de Resurrección. La liturgia facilita al
cristiano textos que le acompañan en la alegría del tiempo pascual. Las
antífonas de Comunión permiten encontrar un sentido nuevo, con más intensidad,
a la celebración de la Eucaristía. Y las palabras se saborean, despacio, en
silencio, llenos de Dios, sumidos en Dios: “Jesús se puso en medio de sus
discípulos y les dijo, paz a vosotros” (Jn 20,19). “Era necesario que el Mesías
padeciera y resucitara de entre los muertos, para entrar en su gloria” (cf. Lc
24, 46,26). “Dice el Señor: Yo os he escogido, sacándoos del mundo y os he
destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure” (Cf. Jn 15,
16.19). “Cristo nuestro Señor fue entregado por nuestros pecados y resucitado
para nuestra justificación” (Rm 4,25). “Padre este es mi deseo: que los que me
confiaste estén conmigo, donde yo estoy y contemplen la gloria que me has dado”
(Jn 17,24). Cada frase es una meditación, reclama una acción de gracias y llena
el alma que rebosa así del amor de Dios.
La liturgia de cada día está llena de textos adecuados
a las celebraciones que se corresponden con el tiempo pascual. Desde los textos
de la misa a los de las Horas, con sus lecturas, sus himnos, los salmos, todo
permite meditar, mantener el espíritu pascual. Pero no faltan cristianos que
buscan, además, otros apoyos, otras manifestaciones de cómo celebra el alma
este tiempo especial. Si no ha resucitado somos los más miserables de los
hombres, vana es nuestra fe (cf. 1 Co 15, 17,19). Pero ha resucitado y está con
nosotros. Y en la memoria hay reservados textos que rebosan alegría:
- “Entró en Jericó y atravesó la ciudad. Había un
hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos y rico. Intentaba ver a Jesús
para conocerle, pero no podía a causa de la muchedumbre, porque era de pequeña
estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, porque iba
a pasar por allí. Cuando Jesús llegó al lugar, levantando la vista, le dijo: -
Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa. Bajó rápido y
lo recibió con alegría. Al ver esto, todos murmuraban diciendo que había
entrado a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo, de pie, le dijo al
Señor: - Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he defraudado en
algo a alguien le devuelvo cuatro veces más. Jesús le dijo: - Hoy ha llegado la
salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán, porque el Hijo del
hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 1-10). Un
cristiano viejo, octogenario, aún recordaba la mano de su padre cuando le
narraba el pasaje haciendo el gesto de Jesús dirigiéndose a Zaqueo subido en el
árbol. Bajó rápido y recibió a Jesús con alegría. Y calló a los murmuradores
demostrando que “quien se alegra porque da, ya sabe lo que es amar”.
Alegría compartida con Jesús. “Volvieron los setenta y
dos llenos de alegría, diciendo: - Señor, hasta los demonios se nos someten en
tu nombre. Él les dijo: - Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad,
os he dado potestad para aplastar serpientes y escorpiones y sobre cualquier
poder del enemigo, de manera que nada podrá haceros daño. Pero no os alegréis
de que los espíritus se os someten; alegraos más bien de que vuestros nombres
están escritos en el cielo” (Lc 10,17-20). “¡Alegraos, siempre en el Señor! Os
lo repito, alegraos”. El Señor está cerca” (Flp 4,4-5) ¡Dios está con nosotros!
PASCUA DE RESURRECCIÓN
El cristiano busca en la Pascua de Resurrección
pasajes evangélicos que se le fijen en la memoria y en el corazón para poder
volver una y otra vez sobre ellos en los días pascuales, durante el resto del
año y para toda la vida. Inolvidable e incansablemente repetido las palabras de
los discípulos que iban camino de Emaús: “Mane nobiscum, quoniam advesperascit
et inclinata est iam díem” (Quédate con nosotros, porque ya atardece y el día
va de caída”, Lc 24,29). Y, como una confirmación, la despedida de Jesús: “Et
ecce ego vobiscum sum ómnibus diebus usque ad consummationem saeculi” (“Yo
estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos”, Mt
28,20)
La Pascua de Resurrección es motivo inevitable de
acción de gracias. Pecadores, los cristianos buscan refugio en las llagas de
Cristo y nos agarramos a sus palabras en el primer momento de la crucifixión:
“Perdónales, porque no saben lo que hacen”. Esas palabras, que aún sentimos,
prendieron también otros corazones. Así, cuando después de la curación del cojo
de nacimiento, estando Pedro y Juan en el pórtico de Salomón, el pueblo corrió
hacia ellos y dijo Pedro: “El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de
nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis
y rechazasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo. Rechazasteis al
santo, al justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la
vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos.
Sin embargo, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia y vuestras
autoridades lo mismo…” (Hech 3,17). Cuando el diácono Esteban iba a morir en el
martirio, sus palabras fueron: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”
(Hech 7,60). Y, en la carta a Timoteo, dando gracias a Dios por la confianza
que en él había depositado, dice san Pablo: “Antes era blasfemo, perseguidor e
insolente. Pero alcancé misericordia porque actué por ignorancia cuando no
tenía fe. Y sobreabundó en mi la gracia de nuestro Señor, junto con la fe y la
caridad en Cristo Jesús” (1 Tim 1,13-14).
“Por tanto, como elegidos de Dios, santos y amados,
revestíos de entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre,
de paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga queja
contra otro; como el Señor nos ha perdonado, hacedlo también vosotros. Sobre
todo, revestíos con la caridad, que es el vínculo de la perfección. Y que la
paz de Cristo se adueñe de vuestros corazones: a ella habéis sido llamados en
un solo cuerpo. Y sed agradecidos. Que la palabra de Cristo habite en vosotros
abundantemente. Enseñaos con la verdadera sabiduría, animaos unos a otros con
salmos, himnos y canticos espirituales, cantando agradecidos en vuestros
corazones. Y todo cuanto hagáis de palabra o de obra, hacedlo en nombre del
Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.” (Col 3,12-17)
“Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios en acción de
gracias, muchas veces al día. - Porque te ha dado esto y lo otro. -Porque te
han despreciado. – Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes. Porque
hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. – Porque creó el sol y
la luna y aquel animal y aquella otra planta. – Porque hizo a aquel hombre
elocuente y a ti te hizo premioso. Dale gracias por todo, porque todo es bueno”
(san Josemaría, “Camino” 268)
PASCUA DE RESURRECCIÓN
El tiempo pascual es un tiempo se alegría porque tiene
como fundamento la misericordia de Dios que ha puesto su corazón en la miseria,
en las debilidades, en los fallos, en las negligencias, en los olvidos, en la
desconfianza, de sus creaturas. Alegría y misericordia que tienen sus raíces en
que Dios nos ama, en que Dios nos busca si nos alejamos de Él, en que Dios está
con nosotros, porque somos hijos de Dios.
Dios nos ama. “Como el Padre me amó, así os he amado
yo. Permaneced en m amor. Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi
amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea
completa” (Jn 15,9-11)
Dios nos busca. “El que entra por la puerta es pastor
de las ovejas. A éste le abre el portero y las ovejas atiende su voz, llama a
sus propias ovejas por su nombre y las conduce fuera. Cuando las ha sacado todas,
va delante de ellas y las ovejas le siguen porque conocen su voz… Yo soy el
buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas… Yo soy el buen pastor,
conozco las mías y las mías me conocen. Como el Padre me conoce a mí, así yo
conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son
de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y
formarán un solo rebaño, con un solo pastor.” (Jn 10, 2-4. 11. 14-16)
Dios está con nosotros. “Si alguno me ama guardará mi
palabra y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él… Yo soy la
vid y vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho
fruto porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí es
arrojado fuera, como los sarmientos, y se seca; luego los recogen, los arrojan
al fuego y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros
pedid lo que queráis y se os concederá. En esto es glorificado mi Padre, en que
deis mucho fruto y seáis discípulos míos” (Jn 14,23, 15,5-8)
Somos hijos de Dios. “Bendito sea el Dios y Padre de
nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda bendición
espiritual en los cielos, ya que en él nos eligió antes de la creación del
mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia por el amor; nos
predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo conforme al beneplácito de
su voluntad…” (Ef 1,3-5). “Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre:
que nos llamemos hijos de Dios ¡y lo somos! Por eso el mundo no nos conoce,
porque no le conoció a Él. Queridísimos: ahora somos hijos de Dios, y aún no se
ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos
semejantes a él, porque lo veremos tal como es.” (1 Jn 3,1-2).
“Si Dios está con nosotros ¿quién contra nosotros? El
que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo
no nos dará con Él todas las cosas? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios?
¿Dios el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Cristo Jesús, el que murió, más aún
el que resucitó, el que está a la derecha de Dios, el que está intercediendo
por nosotros?” (Rm 8,31-34). “¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y… no me
he vuelto loco? (“Camino” 425)
PASCUA DE RESURRECCIÓN
Pascua florida. Mes de Mayo dedicado a María, Madre de
Dios y Madre nuestra. Los días se llenan de actos de amor y devoción: “Madre
quiere decir amor, cariño, preocupación por sus hijos, miradas dulces, tiernas
caricias, sacrificios, beneficios sin cuenta para nosotros”, rezaban los
alumnos del colegio marista hace más de medio siglo y aún recuerdan las
palabras, y las repiten cada sábado y en este mes, los ancianos que aún no han
ido a abrazar a la Madre en el cielo. Y susurran: “María es mi Madre, luego hay
en ella preocupación por mí, ruegos y peticiones a Dios por mí, deseos
vehementes de que yo sea bueno, persevere y me salve”.
Durante la Pascua, los cristianos buscan y encuentran
textos evangélicos que les remueven el alma llenándola de acciones de gracias a
Dios porque Jesús ha resucitado, está aquí y estará con nosotros hasta el fin
del mundo (Mt 28,20). Y, esta cercanía de Dios, metidos en Dios y llenos de
Dios, hace sentir la presencia divina que nos ve, aunque estemos lejos, y que
nos sostiene en cada instante de nuestra vida.
- En nuestra vocación. “Felipe era de Betsaida, la
ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encontró a Natanael y le dijo: - Hemos
encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas, Jesús
de Nazaret, el hijo de José. Entonces le dijo Natanael: - ¿De Nazaret puede
salir algo bueno? – Ven y verás – le respondió Felipe. Vio Jesús a Natanael
acercarse y dijo de él: - Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay
doblez. Le contestó Natanael: - ¿De qué me conoces? Respondió Jesús y le dijo:
- Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te ví”
(Jn 1,44-48)
- Ante los peligros. “Y enseguida Jesús mandó a los
discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, junto
a Betsaida, mientras él despedía a la multitud. Y, después de despedirla, se
retiró al monte a orar, Cuando se hizo de noche la barca estaba en medio del
mar, y él solo en tierra. Y viéndoles remar con gran fatiga, porque el viento
les era contrario, hacia la cuarta vigilia de la noche vino a ellos andando
sobre el mar e hizo ademán de pasar de largo. Ellos cuando lo vieron andando
sobre el mar, pensaron que era un fantasma y empezaron a gritar… Pero al
instante él habló con ellos, y les dijo: - Tened confianza soy yo, no tengáis miedo…”
(Mc 6,45-50)
- En nuestros abandonos. “Me levantaré e iré a mi
padre y le diré: Padre he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno
de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros” Y levantándose
se puso en camino hacia la casa de su padre. Cuando aún estaba lejos, le vio su
padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y lo
cubrió de beses” (Lc 15,18-20)
- Y en los éxitos “Volvieron los setenta y dos llenos
de alegría, diciendo: - Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.
Él les dijo: Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo… Pero no os alegréis
de que los espíritus se os sometan, alegraos más bien de que vuestros nombres
están escritos en el cielo (Lc 10,17-18 y 20)
Y en la sabatina marista se reza: “Mientras mi vida
alentare todo mi amor para ti, más si mi amor te olvidare, Madre mía, tú no te
olvides de mí”
PASCUA DE RESURRECCIÓN
Pascua de Resurrección. Mes de mayo, el mes dedicado a
nuestra Madre la Virgen María. “Venid y vamos todos con flores a porfía, con
flores a María, que Madre nuestra es”, es la canción que para muchos permanece
en el recuerdo de los tiempos escolares. Los cristianos, ahora, pueden
encontrar una oportunidad para repasar cómo va su relación con Dios, sus encuentros
con Jesús, su vocación de cada día. Y sus excusas.
- “Mientras iban de camino, uno le dijo: - Te seguiré
adonde vayas. Jesús le dijo: - Las zorras tienen guaridas y los pájaros del
cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza. A
otro le dijo: - Sígueme. Pero éste contestó: - Señor, permíteme ir primero a
enterrar a mi padre. – Deja a los muertos enterrar a sus muertos – le respondió
Jesús-, tú vete a anunciar el Reino de Dios. Y otro dijo: - Te seguiré, Señor,
pero primero permíteme despedirme de los de mi casa. Jesús le dijo: - Nadie que
pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios”” (Lc
9,57-62). “Iba con él mucha gente, y se volvió hacia ellos y les dijo: - Si
alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos
y a sus hermanos y a sus hermanas, hasta su propia vida, no puede ser mi
discípulo. Y el que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi
discípulo (Lc 14, 25-27). No se trata de postergaciones materiales, sino de
prioridades espirituales: todo con Dios, todo por Dios. “Lo que quieras, como
quieras, hasta que quieras, porque Tú lo quieres”.
- Los apóstoles respondieron sin excusas a la llamada
del Señor: “Mientras caminaba junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón
el llamado Pedro y Andrés su hermano, que echaban la red al mar, pues eran
pescadores. Y les dijo: - Seguidme y os haré pescadores de hombres. Ello, al
momento, dejaron las redes y se siguieron. Pasando adelante, vio a otros dos
hermanos, Santiago, el de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca
con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al momento,
dejaron la barca y a su padre y siguieron.” (Mt 4,18-22). “Al marchar Jesús de
allí, vio a un hombre sentado al telonio, que se llamaba Mateo, y le dijo: -
Sígueme. Él se levantó y le siguió” (Mt 9,9). Los apóstoles descubrieron la
mejor inversión en este mundo: darse a Cristo, darse por Cristo.
“Comenzó Pedro a decir: - Ya ves que nosotros lo hemos
dejado todo y te hemos seguido. Jesús respondió: - En verdad os digo que no hay
nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre o padre, o hijos o campos
por mí y por el Evangelio, que no reciba en este mundo cien veces más en casas,
hermanos, hermanas, madre, hijos y campos, con persecuciones y, en siglo
venidero, la vida eterna” (Mc 10,29-30). Y es que Dios no nos quita nada ni
perdemos nada cuando nos damos a Él y a todos por Él. Amar es darse por entero,
para siempre y sin condiciones. Y si fallamos, si le olvidamos, Dios nunca nos
falla: Dios se hace hombre en Cristo y nos conoce, nos comprende, nos perdona y
nos ayuda, Porque somos hijos de Dios (1 Jn 3,1) y, en Jesucristo, está siempre
con nosotros (Mt 28,20). De la sabatina colegial prendió en los corazones de
aquellos jóvenes: ¡Oh dicha incomparable, la Madre de Dios es mi Madre!
LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR
La Ascensión del Señor. Los cambios litúrgicos no han
conseguido aún que se olvide el dicho de los cristianos viejos que aún repiten
a pesar del calendario: “Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol:
Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”. Sólo el Jueves Santo
sigue siendo jueves. En cambio, a pesar de los ciclos de lecturas, en la
primera de las misas de la solemnidad permanece el texto igual en los tres
(hechos 1, 1-11); en los evangelios, para cada ciclo, se proclama la conclusión
de los sinópticos. En otro orden se puede reunir los finales: “Y sabed que
estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20); “Y
mientras les bendecía se separó de ellos, subiendo hasta el cielo. Ellos se
postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban
siempre en el tempo bendiciendo a Dios” (Lc24,52-53); “Ellos se fueron a
pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la
palabra con las señales que los acompañaban” (Mc 16,20)
Los himnos litúrgicos han servido para cantar la
alegría de la Ascensión: “Tu esto nostrum gaudium, qui est futurum premium; sit
nostra in te gloria per cuncta semper saecula. Amen” (“Sé Tú, Señor, nuestra
alegría que es el premio futuro; sea nuestra gloria en Ti por todos los siglos.
Amén”, del himno “Iesu nostra redemptio”, de entre el siglo VII y el VIII para
las vísperas). “Tu, Christe, nostrum gaudium, manere perenne praemium, mundum
regis, que fabrican, mundana vicens gaudia” (“Cristo, nuestro gozo, premio
perenne que permanece, tú que riges el devenir del mundo, superando las
alegrías de la tierra”, del himno “Aeterne Rex altissime”, del siglo XI para el
oficio de lectura). “Nunc, Christe, scandens aethera ad te cor nostrum subleva,
tuum Patrisque Spiritum emittens nobis coelitus. Amen” (“Ahora. Cristo, que
subes al cielo, lleva nuestro corazón contigo, infundiéndonos el Espíritu del
Padre. Amén”, del himno “Optatus votis”, del siglo XI para Laudes).
Tiempo también de poesía, desde el colegio, muchos ancianos
recordarán los versos de fray Luis de León: “¿Y dejas, Pastor santo, / tu grey
en este valle hondo y oscuro, / con soledad y llanto; / y Tú, rompiendo el puro
/ aire, te vas al inmortal seguro? / Los antes bienhadados / y los agora
tristes y afligidos, / a tus pechos criados, / por Ti desposeídos, ¿a dó
convertirán ya sus sentidos? / ¿Qué mirarán los ojos / que vieron de tu rostro
la hermosura, / que no les sea enojos? / Quien oyó tu dulzura, /¿qué no tendrá
por sordo y desventura? / Aqueste mar turbado, / ¿quién le pondrá ya freno?
¿Quién concierto / al viento fiero y airado? / Estando tu encubierto, / ¿qué
norte guiará la nave al puerto? / ¡Ay nube envidiosa / aun deste breve gozo.
¿Qué te quejas? / ¿Dó vuelas presurosa? / ¡Cuán rica tú te alejas! / ¡Cuán
pobres y cuán ciegos, ¡ay! nos dejas!”
“Cristo nos espera. “Vivimos ya como ciudadanos del
cielo” (Flp 3,20), siendo plenamente ciudadanos de la tierra, en medio de
dificultades, de injusticias, de incomprensiones, pero también en medio de la
alegría y de la serenidad que da el saberse hijo amado de Dios” (san Josemaría,
“Es Cristo que pasa”, 126)
Como en la canción popular, en la sabatina colegial
también se decía: “Oh María, Madre mía; oh, consuelo del mortal, amparadme y
guiadme a la patria celestial.”
PENTECOSTÉS
Pentecostés. Algunos cristianos celebran Pentecostés como una Pascua,
además de las de Navidad y de la Resurrección. Celebran la venida del Espíritu
Santo, aunque siempre, eternamente, está. Como recuerda san Pablo: “Sabemos que
hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no
sólo eso, también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu gemimos en
nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de
nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvados. Y una esperanza que se ve
ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno aquello que ve? Cuando
esperamos lo que novemos, aguardamos con perseverancia. Pero, además, el
Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir
lo que os conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos
inefables. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu,
y que su intercesión por los santos es según Dios” (Rm 8,22-27)
Y, como en la Pascua de Navidad y en la de Resurrección, cantando Gloria o
Aleluya, muchos nos recreamos y saboreamos con las palabras de la Secuencia:
“Ven, Espíritu divino, / manda tu luz desde el cielo. / Padre amoroso del
pobre; / don en tus dones espléndido; /luz que penetra las almas; / fuente del
mayor consuelo. / Ven, dulce huésped del alma, / descanso de nuestro esfuerzo,
/ tregua en el duro trabajo, / brisa en las horas de fuego, / gozo que enjuga
las lágrimas / y reconforta en los duelos. / Entra hasta el fondo del alma, /
divina luz, y enriquécenos. / Mira el vacío del hombre, / si tú le faltas por
dentro; / mira el poder del pecado, / cuando no envías tu aliento. / Riega la
tierra en sequía, / sana el corazón enfermo, / lava las manchas, / infunde
calor de vida en el hielo, / doma el espíritu indómito, / guía al que tuerce el
sendero. / reparte tus siete dones, / según la fe de tus siervos; / por tu
bondad y tu gracia, / dale al esfuerzo su mérito; / salva al que busca salvarse
/ y danos tu gozo eterno.”
Los dones del Espíritu Santo, los que aprendimos en la escuela siendo
niños, son regalos actuales que nos permiten ser y estar como Dios quiere: don
de sabiduría, para saber lo que se ajusta al plan de Dios; don de
entendimiento, que nos ilumina para conocer las verdades reveladas; don de
consejo, que nos ayuda en las decisiones que hemos de tomar en nuestra vida;
don de ciencia, para conocer lo bueno de la obra de Dios; don de temor de Dios,
que nos hace vivir unidos a Él sin querer lo que nos separe; don de fortaleza,
que nos ayuda en las pruebas que debemos pasar por causa nuestra fe; don de
piedad, que nos hace amar y dar amor del amor que Dios nos da.
Con esa ayuda podremos ir y dar fruto y nuestro fruto permanecerá (Jn
15,16). Y así podremos dar los frutos del Espíritu Santo que son perfecciones
que forma en nosotros como primicias de la gloria eterna: caridad, gozo, paz,
paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia,
continencia y castidad (CIC nº 1832; cf Ga 5,22-23).
María vivió Pentecostés como vivió la Pasión. “… ¡Qué
manera tan graciosa / de enseñarnos la preciosa / lección del callar doliente!
/ Tronaba el cielo rugiente. / La tierra se estremecía. / Bramaba el agua…
María / estaba, sencillamente” (J.M. Pemán).
LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Santísima Trinidad. Últimos días del mes de mayo, el
mes de la Virgen María. Como dice el Símbolo Atanasiano y se recoge en el
Catecismo: “La fe católica es ésta: que veneremos un solo Dios en la Trinidad y
la Trinidad en la unidad, no confundiendo las Personas ni separando la
substancia; una es la persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu
Santo; pero del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo una es la divinidad,
igual la gloria, coeterna la majestad” (Quicumque; CIC nº 266)
“La Trinidad es una. No confesamos tres dioses, sino
un solo Dios en tres personas: “La Trinidad consubstancial” (Concilio
Constantinopolitano II, año 553). Las personas divinas no se reparten la única
divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios. “El Padre es lo
mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo
mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza” (XI
Concilio de Toledo, año 675). “Cada una de las tres personas es esta realidad,
es decir, la substancia, la esencia o la naturaleza divina” (IV Concilio de
Letrán, año 1215)” (CIC nº 253). “A causa de esta unidad, el Padre está todo en
el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el
Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo”
(Concilio de Florencia, año1442)” (CIC nº 255).
“Si lo comprendes no es Dios” (san Agustín, sermón
117.5). “La trinidad es un misterio de fe en sentido estricto, uno de los
misterios escondido de Dios “que no pueden ser conocidos si no son revelados
desde lo alto”. Dios, ciertamente, ha dejado huellas de su ser trinitario en su
obra de Creación y en su Revelación a lo largo del Antiguo testamento. Pero la
intimidad de su Ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la
sola razón e incluso a la fe de Israel antes de la Encarnación del Hijo de Dios
y en Envío del Espíritu Santo” (CIC n 237)
En la Santísima Trinidad descansa el alma. “Dios mío,
Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí misma para
establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la
eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, mi inmutable,
sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu Misterio.
Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu
reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí
enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin
reservas a tu acción creadora” (beata Isabel de la Trinidad “Élévation á la
Trinité: Escrits spirituels”, 50) (CIC 260).
Con la Santísima Trinidad se reza a la Virgen María:
“Dulce Madre, no te alejes, / tu vista de mí no apartes,/ ven conmigo a todas
partes / y solo nunca me dejes. / Ya que me proteges tanto / como verdadera
Madre, / haz que me bendiga el Padre, / el Hijo y el Espíritu Santo” (oración
que, siendo niño, aprendió de labios de su madre el beato Álvaro del Portillo).
Se medita y se crece en el amor a Dios: “La Virgen. ¿Quién puede ser mejor Maestra
de amor a Dios que esta Reina, que esta Señora, que esta Madre, que tiene la
relación más íntima con la Trinidad: Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo,
Esposa del Espíritu Santo, y que es a la vez Madre nuestra? – Acude
personalmente a su intercesión” (San Josemaría, “Forja”, 555)
CORPUS CHRISTI
Corpus Christi. Solemnidad del Cuerpo y Sangre de
Cristo. Inevitable para tantos cristianos recordar y rezar el “Adorote devote”,
si es posible ante el Sagrario o ante la custodia en la Exposición del Santísimo:
“Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas
apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo y se rinde totalmente al
contemplarte. / Al juzgar de Ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero
basta el oído para creer firmemente; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios;
nada es más verdadero que esta Palabra de verdad. / En la Cruz se escondía sólo
la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; sin embargo, creo y
confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido. / ¡Memorial
de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre, concede a mi alma que
de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura. / Señor Jesús, Pelicano bueno,
límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de
todos los crímenes al mundo entero. / Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego
que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro cara a cara, sea yo
feliz viendo tu gloria. Amén”.
Así, todos los días, en especial en este día, se
saborea mejor las palabras del evangelio de Juan: “Yo soy el pan de vida; el
que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed… Este
es el pan que baja del cielo, para que si alguien lo come no muera. Yo soy el
pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente y
el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo…En verdad, en verdad os
digo que, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no
tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida
eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera
comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre
permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por
el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado
del cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan
vivirá eternamente” (Jn 6,35. 50-51. 53-58).
Y así los cristianos vivimos en cada misa: “Mientras
cenaban, tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, se lo dio a
ellos y dijo: - Tomad, esto es mi
cuerpo. Y, tomando el cáliz, habiendo dado gracias, se lo dio y todos bebieron
de él. Y les dijo: - Ésta es mi sangre de la nueva alianza, que es derramada
por muchos (Mc 14,22-24).
Del alma sale el cántico alegre y enamorado del “Pange
lingua”: “Canta, oh lengua, del glorioso / Cuerpo de Cristo el misterio, y de
la Sangre preciosa / que, en precio del mundo / vertió el Rey de las naciones.
/ Fruto del más noble seno. / Veneremos, pues, postrados / tan augusto
sacramente: / y el oscuro rito antiguo / ceda a la luz de este nuevo; supliendo
la fe sencilla / al débil sentido nuestro. / Al Padre y al Hijo, / gloria y
vítores sin cuento; / salud, honor y poder, / bendición y gozo eterno: / y al
que procede de ambos / demos igual alabanza. Amén”. Y la sentida oración: “Oh
Dios que en este Sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te
pedimos nos concedas venerar de tal modo los Sagrados Misterios de tu Cuerpo y
de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu
Redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén”.
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano vive la reanudación del Tiempo Ordinario,
después de la Cuaresma y de la Pascua de Resurrección, con buen ánimo y
conservando el aroma espiritual de las solemnidades de la Santísima Trinidad,
del Corpus Christi y del Sagrado Corazón de Jesús y la fiesta del Inmaculado
Corazón de María. En el alma resuenan como cánticos celestiales las frases que
llenan de gozo espiritual y que permiten continuar el camino con una confianza
renovada: Dios está con nosotros. Somos hijos de Dios. La Madre de Dios es mi
Madre. Sentimos con nosotros a san José, que trabaja a nuestro lado. Y nos
sabemos ayudados por el ángel al que Dios encomendó nuestra guarda y
protección. En la Iglesia, en la Comunión de los Santos, se vive la
participación en la gloria y el amor de Dios y la intercesión de todos los que
piden por y para nosotros, los que viven con zozobra santa nuestras
inseguridades, cualquier traspiés, las caídas pequeñas; y las grandes.
El Catecismo de la Iglesia contiene referencias que
ayudan a mantener el ánimo en el camino hacia el cielo (CIC nº 313): “En todas
cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (“Diligentibus Deum, omnia
cooperantur in bonun”, Rm 8,28). “Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo
lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor” (santo
Tomás Moro). “Yo comprendí, pues por la gracia de Dios, que es preciso
mantenerme firmemente en la fe (…) y creer con no menos firmeza que todas las
cosas serán para bien (…). Tú
misma verás que todas las cosas serán para bien” (Thou shalt seee thyself that
all MANNER of thing shall be well; santa Juliana de Norwich, “Revelatio”).
Es tiempo de recordar las bienaventuranzas para
descubrir el sentido divino de nuestros afanes, de lo que hacemos, de lo que
nos ocurre: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el reino de
los Cielos. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.
Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra. Bienaventurados los que
tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados. Bienaventurados los
misericordiosos, porque alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de
corazón porque verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque serán
llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa
de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados
cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo
de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será
grande en el cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas antes de
vosotros” (Mt 5,3-12)
Y, así, el cristiano encuentra cada día ánimo para
seguir: “No os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia
preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6,34). “Bien sabe
vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis” (Mt 6,8). “Si
alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y
que me siga. Porque el quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su
vida por mí, la encontrará. Porque ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo
entero si pierde su vida?” (Mt 16,24-26). Y, siempre, continuadamente, sin
soltarnos por nada del mundo, de la mano de la Madre de Dios que es nuestra
Madre.
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano aprovecha el Tiempo Ordinario para
disfrutar de la alegría del Evangelio que le permite descubrir lo que antes no
había llamado su atención o no había considerado con suficiente detenimiento.
Son cosas pequeñas, pero son ocasión de vivir más cerca aún de Jesús,
reviviendo a su lado, aquellos días de su paso por esta tierra.
La higuera guarda el secreto de la vocación de
Natanael. “Vio Jesús a Natanael acercarse y dijo de él: - Aquí tenéis a un
verdadero israelita en quien no ha doblez. Le contestó Natanael: - ¿De qué me
conoces? Respondió Jesús y dijo: - Antes de que Felipe te llamara, cuando
estabas debajo de la higuera, te ví. Respondió Natanael: - Rabí tú eres el Hijo
de Dios, tú eres el Rey de Israel. Contestó Jesús: - Porque te he dicho que te
vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores verás.” (Jn 1,47-50). ¡Te sigo,
Señor!
La higuera nos muestra la misericordia de Dios con
nosotros, con nuestros fallos y debilidades, a pesar de los pesares: “Les decía
esta parábola: - Un hombre tenía una higuera plantada en su viña y fue a buscar
en ella fruto y no lo encontró. Entonces le dijo al viñador: Mira, hace tres
años que vengo a buscar fruto en esta higuera sin encontrarlo, córtala, ¿para
qué va a ocupar terreno en balde? Pero él le respondió: Señor, déjala también
este año hasta que cave a su alrededor y eche estiércol, por si produce fruto;
si no ya la cortarás” (Lc 13, 6-9) ¡Danos de tu amor para rebosar amor!
Precisamente la higuera fue instrumento empleado por
Jesús para enseñarnos la fuerza de la fe, que mueve montañas, aunque, a veces,
cuando el pasaje tiene dos partes (Mc 11,12-14 y 19-24), se lee separadamente y
así quizá podría tener otro sentido. “Muy de mañana, cuando volvía a la ciudad,
sintió hambre. Viendo una higuera junto al camino, se acercó, pero no encontró en
ella nada más que hojas. Y le dijo: - Que nunca jamás brote de ti fruto alguno.
Y al instante se secó la higuera. Al ver esto los discípulos se maravillaron y
dijeron: - ¿Cómo tan de repente se ha secado la higuera? Jesús les dijo: - En
verdad os digo que, si tenéis fe y no dudáis, no sólo haréis lo de la higuera,
sino que incluso si le decís a este monte “Arráncate y échate al mar”, se hará.
Y todo cuanto pidáis con fe en la oración lo recibiréis” (Mt 21,18-22) ¡Aumenta
nuestra fe!
La higuera sirve para llamar a la vigilancia, para
tener el espíritu preparado para la segunda venida. “Aprended de la higuera
esta parábola: cuando sus ramas están ya tiernas y brotan as hojas, sabéis que
está cerca el verano. Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas,
sabed que es inminente, que está a las puertas.” (Mt 24,32-33).
También la higuera se cita en la descripción de la
vida en paz: “Cada uno se sentará bajo su parra y bajo su higuera, sin que
nadie le alarme, porque ha hablado el Señor de los ejércitos. Todos los pueblos
caminan cada uno en nombre de su dios; pero nosotros caminaremos en el Nombre
del Señor, nuestro Dios, por siempre jamás” (Miq 4,4-5)
Pequeñas cosas. Con san Josemaría: “¿No has visto en
qué “pequeñeces” está el amor humano? – Pues también en “pequeñeces” está el
amor divino” (Camino 824). “¿Quieres de verdad ser santo? - Cumple el pequeño
deber de cada momento, haz lo que debes y está en lo que haces” (Camino 815)
TIEMPO ORDINARIO
Tiempo Ordinario. El cristiano aprovecha este tiempo
para recrearse en la lectura y consideración de pasajes evangélicos que le dan
ánimo y luces en el caminar hacia el cielo, en compañía de Dios y sus ángeles,
con María, nuestra Madre y todos los santos.
Tiempo de poner a producir los talentos que se nos han
dado para que “vayáis y deis frutos y vuestro fruto permanezca” (“ut vos eatis
et fructum afferatis et fructus vester maneat”, Jn 15,16). Y en la parábola hay
que pararse a pensar en cada inciso y ver en qué afecta a cada uno. El Reino de
los Cielos “es como un hombre que al marcharse a su tierra llamó a sus
servidores y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y
a otro uno sólo: a cada uno según su capacidad, y se marchó. El que había
recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y
llegó a ganar otros cinco. Del mismo modo, el que había recibido dos ganó otros
dos. Pero el que había recibido uno fue hizo un hoyo en la tierra y escondió el
dinero de su señor. Después de mucho tiempo, regresó el amo de dichos servidores
e hizo cuentas con ellos. Cuando se presentó el que había recibido los cinco
talentos, entregó otros cinco diciendo: “Señor, cinco talentos me entregaste;
mira, he ganado otros cinco talentos”. Le respondió su amo: “Muy bien, siervo
bueno y fiel, como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en
la alegría de tu señor”. E presentó también el que había recibido dos talentos
y dijo: “Señor, dos talentos me entregaste; mira, he ganado otros dos
talentos”. Le respondió su amor: “Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido
fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor”.
Cuando llegó por fin el que había recibido un talento, dijo: “Señor, sé que
eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no
esparciste; por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra: aquí tienes
lo tuyo”. Su amo le respondió: “Siervo malo y perezoso, sabías que cosecho
donde no he sembrado y que recojo donde no he esparcido; por eso mismo deberías
haber dado tu dinero a los banqueros, y así, al venir yo, hubiera recibido lo
mío con los intereses. Por lo tanto, quitadle el talento y dádselo al que tiene
los diez”. “Porque a todo el que tiene se le dará y tendrá en abundancia, pero
al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará” (Mt 25,14-29)
Es inevitable meditar las palabras con detalle, como
si nos las dijera Jesús mismo: “la capacidad de cada uno”, “les entregó sus
bienes”; “inmediatamente se puso a negociar”, “escondió el dinero de su señor”;
“mira, he ganado otros”, “tuve miedo, aquí tienes lo tuyo”; “deberías haber
dado tu dinero… y yo hubiera recibido lo mío con intereses”, “siervo bueno y
fiel”, “siervo malo y perezoso”; “entra en la alegría de tu señor”. Y viene el
recuerdo de otras palabras, de otros negocios, de otras inversiones.
“Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a
sí mismo, que tome su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida la
perderá, pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.
Porque ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? (Mc
8,34-36). “No hay nadie que haya dejado casa, hermanos o hermanas, madre o
padre, hijos o campos por mí y por el Evangelio que no reciba en este mundo
cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con
persecuciones y en el siglo venidero, la vida eterna” (Mc 10,29-30).
TIEMPO ORDINARIO
En el Tiempo Ordinario, el cristiano vive el Evangelio
como la propia vida y de sus páginas aprende, recuerda y saborea,
conversaciones con Jesús. Eso es rezar: “No es otra cosa la oración mental, a
mi parecer, sino tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con
quien sabemos nos ama” (santa Teresa de Jesús, “Vida”, 8). “Y para que no
creáis que se saca poco provecho de rezar vocalmente con perfección, os digo
que es muy posible que mientras rezáis el padrenuestro u otra oración vocal, os
ponga el Señor en contemplación perfecta; que así es como demuestra Dios que
oye al que habla y le habla” (“Camino de perfección, 25).
Hablar con Jesús. Conversar con Dios. Hablarle,
escucharle. Desde el principio de los evangelios hasta el final. Al principio:
“Entonces vino Jesús al Jordán desde Galilea para ser bautizado por Juan. Pero
éste se resistía diciendo: - Soy yo quien necesita ser bautizado y ¿vienes tú a
mí? Jesús le respondió: - Déjame ahora, así es como debemos cumplir nosotros
toda justicia. Entones Juan se lo permitió” (Mt 3,13-15). Y al final: “Pedro se
entristeció porque le preguntó por tercera vez: ¿Me quieres?” y le respondió: -
Señor, tú sabes que te quiero. Le dijo Jesús: Apacienta mis ovejas. En verdad,
en verdad te digo: cuando eras más joven te ceñías tú mismo y te ibas adonde
querías; pero cuando envejezcas; pero cuando envejezcas extenderás tus manos y
otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras -esto lo dijo indicando con qué
muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto añadió: - Sígueme. Se volvió
Pedro y vio que le seguía aquel discípulo que Jesús amaba, el que en la cena se
había recostado en su pecho y le había preguntado: “Señor, ¿quién es el que te
va a entregar?” Y Pedro, al verlo, le dijo a Jesús: - Señor, ¿y éste qué? Jesús
le respondió: - Si yo quiero que él permanezca hasta que yo vuelva, ¿a ti qué?
Tú sígueme” (Jn 21,17-22)
Jesús, amigo: “Le dijo Marta a Jesús: - Señor, si
hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano, pero incluso ahora sé que
todo cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá. – Tu hermano resucitará – le
dijo Jesús. Marte le respondió: - Ya sé que resucitará en la resurrección en el
último día. – Yo soy la resurrección y la Vida -le dijo Jesús-, el que cree en
mí, aunque hubiera muerto vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá
para siempre. ¿Crees esto? – Sí, Señor – le contestó- Yo creo que tú eres el
Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a este mundo… Entonces María llegó
donde se encontraba Jesús y, al verle, se postró a sus pies y le dijo: - Señor,
si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Jesús cuando la vio
llorando y que los judíos que la acompañaban también lloraban, se estremeció
por dentro, se conmovió y dijo: - ¿Dónde lo habéis puesto? Le contestaron:
Señor, ven a verlo. Jesús rompió a llorar” (Jn 11,21-27, 32-35)
Con confianza: “¡Hijo de David, ten piedad de mí! Se
paró Jesús y dijo: - Llamadlo. Llamaron al ciego diciéndole: -¡Ánimo!
Levántate, te llama. Él arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le preguntó: - ¿Qué quieres que te haga? – Rabboni, que vea – le
respondió el ciego. Entonces Jesús le dijo: - Anda, tu fe te ha salvado. Y al instante
recobró la vista. Y le seguía por el camino” (Mc 10,48-52). “Persevera en la
oración. - Persevera, aunque tu labor parezca inútil. - La oración es siempre
fecunda” (san Josemaría “Camino” 101)
TIEMPO ORDINARIO
En el Tiempo Ordinario hay cristianos que encuentran
ocasión para saborear más detalladamente los pasajes evangélicos y encontrar
ánimos y fundamento para avanzar, junto a Jesús, en el camino hacia el cielo:
“Me guía por el sendero justo, por el honor de tu nombre. Aunque camine por
cañadas oscuras, nada temo porque tu vas conmigo: tu vara y tu cayado me
sosiegan…” (del salmo 22)
Las condiciones para seguir a Jesús: “Al ver Jesús a
la multitud que estaba a su alrededor, ordenó marchar a la otra orilla. Y se le
acercó un escriba: - Maestro, te seguiré donde vayas -le dijo. Jesús le
contestó: - Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos,
pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza. Otro de sus
discípulos le dijo: - Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre. – Sígueme y deja a los muertos enterrar a sus
muertos – le respondió Jesús” (Mt 8,18-22). “Entonces les dijo Jesús a sus
discípulos: - Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo,
que tome su cruz y que me siga. Porque el quiera salvar su vida la perderá;
pero el que pierda su vida por mí la encontrará” (Mt 16,24-25). “Quien ama a su
padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo a su
hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no toma su cruz y me sigue, no es
digno de mí. Quien encuentre su vida la perderá; pero quien pierda su vida por
mí, la encontrará” (Mt 10,37-39).
Siguiendo a Jesús. “Mientras caminaba junto al mar de
Galilea vio a dos hermanos, simón el llamado Pedro y Andrés su hermano, que
echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo: -Seguidme y os haré
pescadores de hombres. Ellos, al momento, dejaron las redes y le siguieron.
Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su
hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y
los llamó. Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron”
(Mt 4,18-22). Al marchar Jesús de allí, vio a un hombre sentado al telonio, que
se llamaba Mateo, y le dijo: - Sígueme. Él se levantó y le siguió” (Mt 9,9). “Y
al oír que era Jesús Nazareno, comenzó a decir a gritos: - ¡Jesús, hijo de
David, ten piedad de mí! Y muchos le reprendían para que callara. Pero él
gritaba mucho más: - ¡Hijo de David, ten piedad de mí! Se paró Jesús y dijo: -
Llamadle. Y llamaron al ciego diciéndole: - ¡Ánimo! Levántate, te llama. ´Él
arrojando el mano, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le preguntó: - ¿Qué
quieres que te haga? - Rabboni, que vea- le respondió el ciego. Entonces Jesús
le dijo: Anda, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista. Y le seguía
por el camino.” (Mc 10,47-52)
Vivir compañía de Jesús, es vivir cantando en su
alabanza: “Dios y rey mío, yo te alabaré, bendeciré tu nombre siempre y para
siempre. / Un día tras otro bendeciré tu nombre y no cesará mi boca de
alabarte. / El Señor es compasivo y misericordioso, / lento para enojarse y generoso para
perdonar. / Bueno es el Señor para con todos y su amor se extiende a todas sus
creaturas. / El Señor es siempre fiel a sus palabras, y lleno de bondad en sus
acciones. / Da su apoyo el Señor al que tropieza y alivia al agobiado. / Que te
alaben, Señor, todas tus obras y que todos tus fieles te bendigan. / Que
proclamen la gloria de tu reino y den a conocer tus maravillas” (salmo 144)
TIEMPO ORDINARIO
Tiempo Ordinario. Tiempo de revisar, de confirmar los
fundamentos y de rectificar lo que proceda, porque el amor de Dios es eterno y
el premio del amor a Dios es infinito.
Abandonando a Jesús.
“Entonces toda la piara se lanzó corriendo por la pendiente hacia el mar y
pereció en el agua. Los porqueros huyeron y, al llegar a la ciudad, contaron
todas estas cosas, y lo sucedido a los endemoniados. Así que toda la ciudad
vino al encuentro de Jesús y, cuando le vieron, le rogaron que se alejara de su
región” (Mt 8,30-34). “Todo esto lo he guardado -le dijo el joven- ¿Qué me
falta aún? Jesús le respondió: - Si quieres ser perfecto, anda vende tus bienes
y dáselos a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos. Luego ven y sígueme.
Al oír el joven estas palabras, se marchó triste, porque tenía muchas
posesiones” (Mt 19,20-22). “Y envió por delante a unos mensajeros, que entraron
en una aldea de samaritanos para prepararle hospedaje, pero no le acogieron
porque llevaba la intención de ir a Jerusalén (Lc 9,52-53). “Al oír estas
cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira y se levantaron, le echaron
fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba
edificada la ciudad para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se
marchó” (Lc 4,28-30). “Desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y
ya no andaban con él” (Jn 6,66). “Entonces todos los discípulos lo abandonaron
y huyeron (Mt 26,56).
Buscando a Jesús. “En tiempos del rey Herodes, unos
Magos llegaron de Oriente a Jerusalén preguntando: - ¿Dónde está el rey de los
Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a
adorarle. Al oír esto, el rey Herodes se inquietó, y con él toda Jerusalén…
Entonces, Herodes, llamando en secreto a los Magos, se informó cuidadosamente
por ellos del tiempo en que se había aparecido la estrella; y les envió a Belén,
diciéndoles: - Id e informaos bien acerca del niño y cuando lo encontréis,
avisadme para que también yo vaya a adorarle. Ellos, después de oír al rey, se
pusieron en marcha. Y entonces, la estrella que habían visto en Oriente se
colocó delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño” (Mt
2, 1-3.7-9). “Al día siguiente estaban allí de nuevo Juan y dos de sus
discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo: - Este es el Cordero de
Dios. Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús. Se volvió
Jesús y, viendo que le seguían, les preguntó: - ¿Qué buscáis? Ellos dijeron: -
Rabbí -que significa “Maestro”- ¿dónde vives? Les respondió: Venid y veréis.
Fueron y vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la
hora décima” (Jn 1,35-39). “Había entre los fariseos un hombre que se llamaba
Nicodemo, judío influyente. Éste vino a él de noche y le dijo: - Rabbí, sabemos
que has venido de parte de Dios como Maestro, pues nadie puede hacer los
prodigios que tú haces si Dios no está con él” (Jn 3,1-2). “Cuando la multitud
vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, subieron a las barcas y fueron
a Cafarnaún buscando a Jesús” (Jn 6,24). Entre los que subieron a adorar a Dios
en la fiesta había algunos griegos. Así que éstos se acercaron a Felipe, el de
Betsaida de Galilea y comenzaron a rogarle: - Señor, queremos ver a Jesús” (Jn
12,20-21). “¡El Amor bien vale un amor!” (“Camino” 171)
TIEMPO ORDINARIO. FIN DE CURSO
El calor, la calor y las calores, son grados en la tierra
de María Santísima. ¡Ánimo!
El curso se acaba. Es tiempo de descanso, de rearmarse
de fuerzas en el cuerpo y en el espíritu. El cristiano encuentra motivo de
meditación, de adoración a Dios; de acción de gracias, por el curso acabado,
por la vida recibida y sostenida; de petición, para cada uno, para los
cercanos, para los lejanos, para los contrarios, para el que lo necesite, sea
quien sea. Manteniendo la costumbre en el blog, sigue aquí la poesía del Padre
Alarcón S.I. que reprodujo el Padre Coloma S.I., con texto en prosa
intercalado, en su obra “Pequeñeces”, en el pasaje en el que, en una
distribución de premios escolares, un niño recitaba a la Virgen. Adaptando las
palabras a la actualidad de cada uno. Pensando.
- “Dulcísimo recuerdo de mi vida, / bendice a los que
vamos a partir. / ¡Oh, Virgen del recuerdo dolorida, / recibe tú mi adiós de
despedida, y acuérdate de mí!... / Lejos de aquestos tutelares muros, / los
compañeros de la edad feliz / no serán a tu amor perjuros; / conservarán sus
corazones puros; / ¡Se acordarán de ti! / Mas siento al alejarme una agonía /
cual no la suele el corazón sentir…/ En palabras de niño ¿quién confía? / Temo…
no sé qué temo, Madre mía, / por ellos y por mí…” Estos cortes circunstanciales
en la rutina vital permiten recordar tiempos pasados en los que la fe, la
piedad, la relación con Dios era intensa, amable, cordial. Conviene sacar
ánimos de ahí.
- “Dicen que el mundo es un jardín ameno / y que
áspides oculta ese jardín… / que hay frutos dulces de mortal veneno… / que el
mar del mundo está de escollos lleno… / Y ¿por qué estará así? / Dicen que por
el oro y los honores / hombres sin fe, de corazón ruín, /secan el manantial de
sus amores, / y a su Dios y a su Patria son traidores… ¿Por qué serán así? /
Dicen que de esta vida los abrojos / quieren trocar en mundanal festín; / que
ellos, ellos motivan tus enojos, / y que ese llanto de tus dulces ojos/ lo
causan ellos, ¡sí! / Ellos, ¡ingratos!, de pesar te llenan… / ¿Seré yo también
sordo a tu gemir? / ¡No! ...; yo no quiero frutos que envenenan, / no quiero
goces que a mi Madre apenan, / ¡no quiero ser así! / En los escollos de esta
mar bravía / yo no quiero sin gloria sucumbir; / yo no quiero que llores por mí
un día, / yo no quiero que llores, Madre mía… / ¡No quiero ser así!” Quizá
nuestra experiencia vital empieza aquí, recordando tiempos de olvido de Dios,
de alejamiento de Dios. También esa poesía de niño puede animarnos.
- “Y mientras yo responda a tu reclamo, / mientras me
juzgue con tu amor feliz, / y ardiendo en este afecto en que me inflamo / te
diga muchas veces que te amo, / ¿te olvidarás de mí? / ¡Ah, no, dulce recuerdo
de mi vida! / Siempre que luche en poderosa lid, / siempre que llore mi alma
dolorida, / al recordar mi adiós de despedida / ¡Te acordarás de mí! / Y en
retorno de amor y fe sincera, / jamás sin tu recuerdo he de vivir: / tuya será
mi lágrima postrera… / Hasta que muera, Madre, hasta que muera, / me acordaré
de ti!” Así, con ese arrojo juvenil, aún en la edad madura, es tiempo de
propósitos, de animarnos unos a otros, la mejor inversión: ¡el ciento por uno!
- “Tú en pago, Madre, cuando llegue el plazo / de
alzar el vuelo al celestial confín, / estrechándome a ti con dulce abrazo, / no
me apartes jamás de tu regazo, / ¡no me apartes de ti!”. No hay mayor seguridad
que ir a Jesús de la mano de la Madre.
Unos a otros, todos nos deseamos un feliz descanso. Un
“seguir sin parar” más pausado.
TIEMPO ORDINARIO. AGOSTO
“Al ver el Señor que
la maldad del hombre crecía sobre la tierra y que todos los pensamientos de su
corazón tienden siempre y únicamente al mal, el Señor se arrepintió de
haber creado al hombre en la tierra y le pesó de corazón. Dijo, pues, el
Señor: “Voy a borrar de la superficie de la tierra al hombre que he hecho,
junto con los cuadrúpedos, reptiles y aves del cielo, pues me pesa haberlos
hecho”. Pero Noé obtuvo el favor del Señor. Esta es la historia de
Noé. Noé era un hombre justo e íntegro entre sus contemporáneos. Noé siguió los
caminos de Dios y engendró tres hijos: Sem, Cam y Jafet. La tierra
estaba corrompida ante Dios y llena de violencia. Dios vio la tierra y, en
efecto, estaba corrompida, pues todas las criaturas de la tierra se habían
corrompido en su proceder. Dios dijo a Noé: “Por lo que a mí respecta, ha
llegado el fin de toda criatura, pues por su culpa la tierra está llena de
violencia; así que he pensado exterminarlos junto con la tierra. Fabrícate
un arca de madera de ciprés. Haz compartimentos en el arca, y calafatéala por
dentro y por fuera. La fabricarás así: medirá ciento cincuenta metros de
larga, veinticinco de ancha y quince de alta. Haz una claraboya a medio
metro del remate, pon una puerta al costado del arca y haz una cubierta inferior,
otra intermedia y otra superior. Yo voy a enviar el diluvio a la tierra
para exterminar toda criatura viviente bajo el cielo; todo cuanto existe en la
tierra perecerá. Pero yo estableceré mi alianza contigo, y entrarás en el
arca con tu mujer, tus hijos y sus mujeres. Meterás también en el arca una
pareja de cada criatura viviente, macho y hembra, para que conserve la vida
contigo. Recoge toda clase de alimentos y almacénalos para que os sirva de
sustento a ti y a ellos”. Noé hizo todo lo que le mandó Dios.” (Gn 6,5-19.
21-22)
“El diluvio duró
cuarenta días sobre la tierra; el agua creció y levantó el arca, que se alzó
por encima de la tierra. El agua se hinchaba y crecía mucho sobre la
tierra y el arca flotaba sobre la superficie del agua. El agua se hinchaba
más y más sobre la tierra, hasta cubrir las montañas más altas bajo el
cielo; unos siete metros por encima subió el agua, cubriendo las
montañas. Perecieron todas las criaturas que se movían en la tierra: aves,
ganados, fieras y cuanto bullía sobre la tierra; y todos los hombres. Todo
lo que exhalaba aliento de vida, todo cuanto existía en la tierra firme,
murió. Así fueron exterminados todos los seres de la superficie del suelo,
desde los hombres hasta los ganados, los reptiles y las aves del cielo; todos
fueron exterminados de la tierra. Solo quedó Noé y los que estaban con él en el
arca. Las aguas llenaron la tierra durante ciento cincuenta días.” (Gn
7,17-24)
“El año seiscientos
uno, el día primero del mes primero se secó el agua en la tierra. Noé abrió la
claraboya del arca, miró y vio que la superficie del suelo estaba seca. El
día veintisiete del mes segundo la tierra estaba seca. Entonces dijo Dios
a Noé: “Sal del arca con tu mujer, tus hijos y tus nueras. Haz salir
también todos los animales que están contigo, todas las criaturas: aves,
ganados y reptiles; que se muevan por la tierra, sean fecundos y se
multipliquen en ella”. Salió, pues, Noé con sus hijos, su mujer y sus
nueras. También salieron del arca, por familias, todos los animales, todos
los ganados, todas las aves y todos los reptiles que se mueven sobre la
tierra. Noé construyó un altar al Señor, tomó animales y aves de toda
especie pura y los ofreció en holocausto sobre el altar. El Señor olió el
aroma que aplaca y se dijo: “No volveré a maldecir el suelo a causa del hombre,
porque la tendencia del corazón humano es mala desde la juventud. No volveré a
destruir a los vivientes como acabo de hacerlo. Mientras dure la tierra no
han de faltar siembra y cosecha, frío y calor, verano e invierno, día y noche”.
(Gn 8,13-22)
TIEMPO ORDINARIO. AGOSTO
“El Señor dijo: “El
clamor contra Sodoma y Gomorra es fuerte y su pecado es grave: voy a
bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la queja llegada a mí; y si
no, lo sabré”. Los hombres se volvieron de allí y se dirigieron a Sodoma,
mientras Abrahán seguía en pie ante el Señor. Abrahán se acercó y le dijo:
“¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta
inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás el lugar por los
cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti tal cosa!, matar al
inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del
culpable; ¡lejos de ti! El juez de toda la tierra, ¿no hará justicia”. El
Señor contestó: “Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes,
perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos”. Abrahán respondió: “¡Me
he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza! Y si faltan
cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la
ciudad?”. Respondió el Señor: “No la destruiré, si es que encuentro allí
cuarenta y cinco”. Abrahán insistió: “Quizá no se encuentren más que
cuarenta”. Él dijo: “En atención a los cuarenta, no lo haré”. Abrahán
siguió hablando: “Que no se enfade mi Señor si sigo hablando. ¿Y si se
encuentran treinta?”. Él contestó: “No lo haré, si encuentro allí treinta”. “Insistió Abrahán: “Ya
que me he atrevido a hablar a mi Señor, ¿y si se encuentran allí veinte?”.
Respondió el Señor: “En atención a los veinte, no la destruiré”. Abrahán
continuó: “Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más: ¿Y si se encuentran
diez?”. Contestó el Señor: “En atención a los diez, no la destruiré”. Cuando
terminó de hablar con Abrahán, el Señor se fue; y Abrahán volvió a su lugar.
Los dos ángeles
llegaron a Sodoma al atardecer, mientras Lot estaba sentado a la puerta de
Sodoma … Los visitantes dijeron a Lot: “¿A quién más tienes aquí? Saca de
este lugar a tus yernos, hijos, hijas y todo cuanto poseas en la
ciudad, porque vamos a destruir este lugar, pues el clamor contra ellos
ante el Señor es enorme, y el Señor nos ha enviado para destruirlo”. Lot
salió a hablar con sus yernos, prometidos de sus hijas, y les dijo: “Levantaos,
salid de este lugar, porque el Señor va a destruir la ciudad”. Pero sus yernos
lo tomaron a broma. Al amanecer, los ángeles urgieron a Lot: “Levántate,
toma a tu mujer y a tus dos hijas que están aquí, no vayas a perecer por culpa
de la ciudad”. Y como no se decidía, los hombres los tomaron de la mano a
él, a su mujer y a sus dos hijas, por la misericordia del Señor hacia
él, y lo sacaron, poniéndolo fuera de la ciudad y diciéndole: “Ponte a
salvo; por tu vida, no mires atrás ni te detengas en la vega; ponte a salvo en
los montes, para no perecer”. Lot les respondió: “No, Señor
mío. Aunque tu siervo ha alcanzado tu favor, pues me has tratado con gran
misericordia, salvándome la vida, yo no puedo ponerme a salvo en los montes; la
desgracia me alcanzará y moriré. Mira, cerca de aquí hay una ciudad
pequeña, donde puedo refugiarme. ¡Permíteme escapar allá! ¿No es acaso muy
pequeña? Así yo salvaré la vida». Le contestó: “Accedo a lo que pides, no
arrasaré la ciudad que dices. Aprisa, ponte a salvo allí, pues no puedo
hacer nada hasta que llegues allá”. Por eso la ciudad se llama Soar. Salía
el sol sobre la tierra cuando Lot llegó a Soar. El Señor hizo llover sobre
Sodoma y Gomorra azufre y fuego desde el cielo. Arrasó aquellas ciudades y
toda la vega; los habitantes de las ciudades y la vegetación del suelo. La
mujer de Lot miró atrás, y se convirtió en estatua de sal. Abrahán madrugó
y se dirigió al sitio donde había estado delante del Señor. Miró en
dirección de Sodoma y Gomorra, toda la extensión de la vega, y vio humo que
subía del suelo, como humo de horno. Cuando Dios destruyó las ciudades de
la vega, se acordó de Abrahán y sacó a Lot de la catástrofe, al arrasar las
ciudades donde había vivido Lot. (Gn 18, 20-33. 19, 1, 12-29)
TIEMPO ORDINARIO. AGOSTO
“La comunidad de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el
desierto, diciendo: “¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en la
tierra de Egipto, cuando nos sentábamos alrededor de la olla de carne y
comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de
hambre a toda la comunidad”. El Señor dijo a Moisés: “Mira, haré llover pan
del cielo para vosotros: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día;
lo pondré a prueba, a ver si guarda mi instrucción o no... El Señor dijo a Moisés: “He oído las
murmuraciones de los hijos de Israel. Diles: “Al atardecer comeréis carne, por
la mañana os hartaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor Dios
vuestro”. (Ex 16, 1-4 y 12
“Entonces toda la comunidad empezó a dar gritos y el pueblo se pasó
llorando toda la noche. Los hijos de Israel murmuraban contra Moisés y
Aarón, y toda la comunidad les decía: “¡Ojalá hubiéramos muerto en Egipto; o,
si no, ojalá hubiéramos muerto en ese desierto! ¿Por qué nos ha traído
el Señor a esta tierra, para que caigamos a espada, y nuestras mujeres e hijos
caigan cautivos? ¿No es mejor volvernos a Egipto?”. Y se decían unos a
otros: “Nombraremos un jefe y nos volveremos a Egipto”. Moisés y Aarón se
postraron rostro en tierra ante toda la comunidad de los hijos de Israel. Josué, hijo de Nun, y
Caleb, hijo de Jefuné, dos de los que habían explorado el país, se rasgaron los
vestidos 7y dijeron a la comunidad de los hijos de
Israel: “La tierra que hemos recorrido y explorado es una tierra excelente. Si el Señor nos es
favorable, nos introducirá en ella y nos la entregará: es una tierra que mana
leche y miel. Pero no os rebeléis contra el Señor ni temáis al pueblo del país, pues
nos los comeremos. Su sombra protectora se ha apartado de ellos, mientras que
el Señor está con nosotros. ¡No les tengáis miedo!”. 1Pero la comunidad
entera hablaba de apedrearlos, cuando la gloria del Señor apareció en la Tienda
del Encuentro ante todos los hijos de Israel.
El Señor dijo a Moisés: “¿Hasta cuándo me va a rechazar este pueblo?
¿Hasta cuándo van a desconfiar de mí, con todos los signos que he hecho entre
ellos? Voy a herirlo de peste y a desheredarlo. Pero de ti sacaré un pueblo
grande y más numeroso que ellos». Moisés replicó al Señor: “Se enterarán
los egipcios, de entre los cuales sacaste poderosamente a este pueblo y se lo
contarán a los habitantes de esta tierra; estos han oído decir que tú,
Señor, estás en medio de este pueblo y te dejas ver cara a cara; y que tu Nube
está sobre ellos y caminas delante de ellos en columna de nube de día, y en columna
de fuego de noche; y oirán que has dado muerte a este pueblo como
a un solo hombre. Entonces dirán las naciones que han oído hablar de ti: “El Señor no ha podido
llevar a este pueblo a la tierra que les había prometido con juramento, por eso
los ha matado en el desierto”. Por tanto, muestra tu gran fuerza, como lo
has prometido diciendo: “Señor, lento a la ira y rico en piedad, que
perdona la culpa y el delito, pero no lo deja impune, que castiga la culpa de
los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación”. Perdona,
pues, la culpa de este pueblo, por tu gran piedad, igual que lo has soportado
desde Egipto hasta aquí”. El Señor respondió: “Le perdono, como me lo
pides. Pero, ¡por mi vida y por la gloria del Señor que llena toda la
tierra!, ninguno de los hombres que vieron mi gloria y los signos que hice en
Egipto y en el desierto, y me han puesto a prueba diez veces ya, y no han
escuchado mi voz; ninguno de ellos verá la tierra que prometí con
juramento a sus padres.” (Num 14, 1-23)
TIEMPO ORDINARIO. AGOSTO
“Jerubaal, es decir Gedeón, y todo el pueblo que estaba con él
madrugaron y acamparon en En Jarod, quedando el campamento de Madián al norte
del suyo, junto a la colina de Moré, en el valle. El Señor dijo a Gedeón: “Es
mucha la gente que está contigo, como para que yo entregue a Madián en tu mano.
No vaya a engreírse Israel ante mí, diciendo: “Mi mano me ha
salvado””. Ahora, pues, pregona a oídos del pueblo: “Quien tenga miedo y
tiemble, vuelva y márchese por el monte Galaad”. Se volvieron veintidós mil del
pueblo y quedaron diez mil. Mas el Señor dijo a Gedeón: “Es todavía mucha
gente. Haz que bajen a la fuente y allí los seleccionaré. Y del que yo te diga:
“Ese ha de ir contigo”, ese irá contigo; y del que te diga: “Ese no ha de ir
contigo”, ese no irá contigo”. Gedeón hizo que el pueblo bajara a la
fuente y el Señor le dijo: “A todo el que beba lamiendo el agua con su lengua,
como lame el perro, lo pondrás aparte, y lo mismo a cuantos doblen la rodilla
para beber”. El número de los que lamieron el agua llevándola con las
manos a la boca fue de trescientos. El resto de la gente dobló la rodilla para
beber agua. El Señor declaró a Gedeón: “Os salvaré con los trescientos hombres que
han lamido y entregaré a Madián en tu mano. El resto de la gente, que cada uno
se vuelva a su casa”. Entonces cogieron en sus manos las vituallas del
pueblo y los cuernos. Despidió a todos los demás israelitas, cada cual a su
tienda, y retuvo a los trescientos hombres. El campamento de Madián se
encontraba más abajo del suyo, en el valle. El Señor le dijo
aquella noche: “Levántate, baja al campamento, pues voy a entregarlo en tus
manos. Y si tienes miedo de bajar, desciende hasta el campamento con tu
criado Furá. Cuando escuches lo que hablan, se fortalecerá tu mano y
bajarás contra el campamento”.
… Al oír Gedeón el relato del sueño y su interpretación, se postró.
Volvió al campamento de Israel y ordenó: “¡Levantaos, pues el Señor ha
entregado en vuestras manos el campamento de Madián!”. Dividió los
trescientos hombres en tres cuerpos y puso en manos de todos ellos cuernos y
cántaros vacíos con antorchas en el interior de los cántaros. Les ordenó:
“Miradme y haced lo mismo. Cuando llegue al extremo del campamento, haced lo
mismo que yo. Tocaré el cuerno con todos los que estén conmigo. Entonces,
también vosotros tocaréis el cuerno alrededor del campamento y exclamaréis:
¡por el Señor y por Gedeón!”. Gedeón y los cien hombres que estaban con él
llegaron al extremo del campamento al comienzo de la segunda vigilia, cuando
acababan de relevarse los centinelas. Tocaron los cuernos y rompieron los
cántaros que llevaban en las manos. Los tres grupos tocaron los cuernos y
rompieron los cántaros. Cogieron en la izquierda las antorchas y en la derecha
los cuernos para tocar, y gritaron: “¡Espada para el Señor y para
Gedeón!”. Permanecieron cada cual en su puesto, alrededor del campamento.
Todos los del campamento corrían y, dando gritos, huían. Los trescientos
tocaron los cuernos y el Señor hizo que esgrimieran la espada unos contra otros
en todo el campamento y que huyeran hasta Bet Sitá, hacia Sererá, hasta la
ribera de Abel Mejolá, en dirección de Tabat. Los israelitas de
Neftalí, de Aser y de todo Manasés se reunieron y persiguieron a Madián.
Gedeón despachó mensajeros a toda la montaña de Efraín, para decir: “Bajad
al encuentro de Madián y tomadles los puntos de agua hasta Bet Bará y el Jordán”.
Se reunieron todos los hombres de Efraín y tomaron los puntos de agua hasta Bet
Bará y el Jordán. Capturaron a dos príncipes de Madián, a Oreb y a Zeeb.”
(Jc 7, 1-10, 15-25)
TIEMPO ORDINARIO. AGOSTO
“El Señor dirigió su palabra a Jonás, hijo de Amitai, en
estos términos: - Ponte en marcha, ve a Nínive, la gran ciudad,
y llévale este mensaje contra ella, pues me he enterado de sus crímenes. Jonás se puso en marcha para huir a Tarsis, lejos del Señor.
Bajó a Jafa y encontró un barco que iba a Tarsis; pagó el pasaje y embarcó para
ir con ellos a Tarsis, lejos del Señor. Pero el Señor envió un viento recio y una fuerte tormenta en
el mar, y el barco amenazaba con romperse. Los marineros se atemorizaron y
se pusieron a rezar, cada uno a su dios. Después echaron al mar los objetos que
había en el barco, para aliviar la carga. Jonás bajó al fondo de la nave y se
quedó allí dormido. El capitán se le acercó y le dijo: - ¿Qué haces
durmiendo? Levántate y reza a tu dios; quizá se ocupe ese dios de nosotros y no
muramos. Se dijeron unos a otros: - Echemos suertes para
saber quién es el culpable de que nos haya caído esta desgracia. Echaron
suertes y le tocó a Jonás…
… El Señor dirigió la palabra por segunda vez a Jonás.
Le dijo así: - Ponte en marcha y ve a la gran ciudad de Nínive; allí
les anunciarás el mensaje que yo te comunicaré. Jonás se puso en marcha
hacia Nínive, siguiendo la orden del Señor. Nínive era una ciudad inmensa;
hacían falta tres días para recorrerla. Jonás empezó a recorrer la ciudad
el primer día, proclamando: “Dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada”. Los
ninivitas creyeron en Dios, proclamaron un ayuno y se vistieron con rudo sayal,
desde el más importante al menor. La noticia llegó a oídos del rey de
Nínive, que se levantó de su trono, se despojó del manto real, se cubrió con
rudo sayal y se sentó sobre el polvo. Después ordenó proclamar en Nínive
este anuncio de parte del rey y de sus ministros: “Que hombres y animales,
ganado mayor y menor no coman nada; que no pasten ni beban agua. Que
hombres y animales se cubran con rudo sayal e invoquen a Dios con ardor. Que
cada cual se convierta de su mal camino y abandone la violencia. ¡Quién
sabe si Dios cambiará y se compadecerá, se arrepentirá de su violenta ira y no
nos destruirá!”. Vio Dios su comportamiento, cómo habían abandonado el mal
camino, y se arrepintió de la desgracia que había determinado enviarles. Así
que no la ejecutó.
Jonás se disgustó y se indignó profundamente. Y rezó al Señor en estos
términos: - ¿No lo decía yo, Señor, cuando estaba en mi tierra? Por eso intenté
escapar a Tarsis, pues bien sé que eres un Dios bondadoso, compasivo, paciente
y misericordioso, que te arrepientes del mal. Así que, Señor, toma mi
vida, pues vale más morir que vivir. Dios le contestó: - ¿Por qué tienes
ese disgusto tan grande?
Salió Jonás de la ciudad y se instaló al oriente. Armó una choza y se quedó
allí, a su sombra, hasta ver qué pasaba con la ciudad. Dios hizo que una
planta de ricino surgiera por encima de Jonás, para dar sombra a su cabeza y
librarlo de su disgusto. Jonás se alegró y se animó mucho con el
ricino. Pero Dios hizo que, al día siguiente, al rayar el alba, un gusano
atacase al ricino, que se secó. Cuando salió el sol, hizo Dios que soplase
un recio viento solano; el sol pegaba en la cabeza de Jonás, que desfallecía y
se deseaba la muerte: “Más vale morir que vivir”, decía. Dios dijo
entonces a Jonás: - ¿Por qué tienes ese disgusto tan grande por lo del ricino?
Él contestó: - Lo tengo con toda razón. Y es un disgusto de muerte. Dios
repuso: - Tú te compadeces del ricino, que ni cuidaste ni ayudaste a crecer,
que en una noche surgió y en otra desapareció, ¿y no me he de compadecer
yo de Nínive, la gran ciudad, donde hay más de ciento veinte mil personas, que
no distinguen la derecha de la izquierda, y muchísimos animales? (Jonás 1,1-7,
2-4)
TIEMPO ORDINARIO
“… El Señor habló a Job desde la tormenta: “¿Quién
es ese que enturbia mis designios sin saber siquiera de qué habla? Si
eres hombre, cíñete los lomos; voy a interrogarte y tú me instruirás.
¿Dónde estabas cuando cimenté la tierra? Cuéntamelo, si tanto
sabes. ¿Quién señaló sus
dimensiones (¡seguro que lo sabes!) o le aplicó la cinta de medir? ¿Dónde
encaja su basamento o quién asentó su piedra angular entre
la aclamación unánime de los astros de la mañana y los vítores de los hijos de
Dios? ¿Quién cerró el mar con
una puerta, cuando escapaba impetuoso de su seno, cuando
le puse nubes por mantillas y nubes tormentosas por pañales, cuando
le establecí un límite poniendo puertas y cerrojos, y
le dije: “Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí se romperá la arrogancia de
tus olas”? ¿Has mandado en tu vida
a la mañana o señalado su puesto a la aurora, para
que agarre la tierra por los bordes y sacuda de ella a los malvados; para
marcarla como arcilla bajo el sello y teñirla lo mismo que un vestido; para
negar la luz a los malvados y quebrar el brazo sublevado? ¿Has
entrado por las fuentes del Mar o paseado por la hondura del Océano? ¿Te
han enseñado las puertas de la Muerte o has visto los portales de las Sombras? ¿Has
examinado la anchura de la tierra? Cuéntamelo, si lo sabes todo. ¿Por
dónde se va a la casa de la luz?, ¿dónde viven las tinieblas? ¿Podrías
conducirlas a su tierra o enseñarles el camino de su casa? Lo
sabrás, pues ya habías nacido y has cumplido tantísimos años. ¿Has
entrado en los silos de la nieve y observado los graneros del granizo, que
reservo para la hora del peligro, para el día de la guerra y del combate?
¿Por dónde se dispersa el relámpago, por dónde se difunde el
viento del Este? ¿Quién
ha abierto un canal al aguacero y una ruta al relámpago y al trueno, para
que llueva en las tierras despobladas, en la estepa no habitada por el hombre; para
que empape el desierto desolado y brote la hierba en el páramo? ¿Tiene
padre la lluvia?, ¿quién engendra el rocío?, ¿de
qué seno sale el hielo?, ¿quién da a luz la escarcha de los cielos, cuando
el agua se endurece como piedra y se cierra la superficie del Abismo?...
… El Señor interpeló a Job: “¿Quiere
el censor discutir con el Todopoderoso? El que critica a Dios, que responda”. Job
respondió al Señor: “Me
siento pequeño, ¿qué replicaré? Me
taparé la boca con la mano. Hablé
una vez, no insistiré; dos veces, nada añadiré». El
Señor replicó a Job desde la tormenta: “Si
eres hombre, cíñete los lomos; voy a
interrogarte, y tú me instruirás: ¿Te
atreves a violar mi derecho, | a condenarme por salir tú absuelto? ¿Tienes
el poder de Dios?, ¿truena tu voz como la suya? ¡Pues
vístete de gloria y majestad, cúbrete de fasto y esplendor, derrama
la riada de tu cólera y abate al soberbio con tu mirada; humilla
con tu mirada al arrogante y aplasta a los malvados donde estén; entiérralos
juntos en el polvo, venda sus rostros en la tumba! Entonces
yo también te alabaré: “Tu diestra te ha dado la victoria” …
… Job respondió al
Señor: “Reconozco que lo puedes todo, que ningún proyecto te resulta imposible.
Dijiste: “¿Quién es ese que enturbia mis designios sin saber siquiera de qué
habla?”. Es cierto, hablé de cosas que ignoraba, de maravillas que superan mi
comprensión. Dijiste: “Escucha y déjame hablar; voy a interrogarte y tú me instruirás”. Te conocía solo de oídas, pero ahora
te han visto mis ojos; por eso, me retracto y me arrepiento, echado en el polvo y la ceniza …” El Señor bendijo a Job al final de
su vida más aún que al principio… Murió anciano tras una larga vida.” (Job
38, 1-30, 40, 1-14, 42.1-6. 12 y 17)
TIEMPO ORDINARIO
Septiembre. Aunque mayo sea el mes de María,
septiembre es el mes de las celebraciones marianas con fiestas en muchísimos
pueblos de España y en la liturgia: el día 8 celebramos la Natividad de la
Santísima Virgen María, el “cumpleaños” de nuestra Madre; el día 12 celebramos
el Santo Nombre de María, el “santo” de nuestra Madre querida; y el día 15
acompañamos a nuestra Madre en los Dolores de la Pasión de Jesucristo, su hijo,
el Hijo de Dios, hecho hombre, que murió en la Cruz para nuestra redención,
abriendo así la puerta del cielo para nuestra salvación. Y, así, estar con
Dios, “Para siempre. Para siempre”, como repetía santa Teresa de Jesús.
- “Canten hoy, pues nacéis vos, / los ángeles, gran
Señora, / y ensáyense, desde ahora, / para cuando nazca Dios. / Canten hoy,
pues a ver vienen / nacida su Reina bella, / que el fruto que esperan de ella /
es por quien la gracia tienen. / Digan, Señora, de vos, que habéis de ser su
Señora, / y ensáyense, desde ahora, / para cuando nazca Dios. /Pues de aquí a
catorce años, / que en buena hora cumpláis, verán el bien que nos dais, /
remedio de tantos daños. / Canten y digan, por vos, / que desde hoy tienen
Señora / y ensáyense desde ahora, para cuando venga Dios. / Y nosotros, que
esperamos / que llegue pronto Belén, / prepararemos también / el corazón y las
manos. / Vete sembrando, Señora, / de paz nuestro corazón, / y ensayemos, desde
ahora / para cuando nazca Dios. Amén” (Himno de Vísperas en la fiesta de la
Natividad de la Santísima Virgen María; Lope de Vega, 1562-1635).
- “Quien podrá tanto alabarte / según es tu merecer; /
quién sabrá tan bien loarte / que no le falte saber; / pues que, para nos
valer, / tanto vales, / da remedio a nuestro males. / ¡Oh Madre de Dios y
hombre! / ¡Oh concierto de concordia! / Tú que tienes por renombre / Madre de
misericordia; / pues, para quitar discordia, / tanto vales, / da remedio a
nuestro males. / Tú que estabas ya criada / cuando el mundo se crio; / tú que
estabas muy guardada / para quien de ti nació; / pues por ti nos conoció, / si
nos vales, / fenecerán nuestros males. / Tú que eres flor de las flores, / tú que
del cielo eres puerta, / tú que eres olor de olores, / tú que das gloria muy
cierta; / si de la muerte muy muerta / no nos vales, / no hay remedio a
nuestros males” (del Himno de Laudes del Común de Santa María Virgen; Juan del
Enzina, 1468-1529).
- “¡Hay dolor, dolor, dolor, / por mi Hijo y mi Señor!
/ Yo soy aquella María / del linaje de David: / ¡Oíd, hermanos, oíd / la gran
desventura mía! / A mí me dijo Gabriel / que el Señor era conmigo, / y me dejó
sin abrigo / más amarga que la hiel. / Díjome que era bendita / entre todas las
nacidas, / y soy de las doloridas / la más triste y afligida. / Decid hombres
que corréis / por la vía mundanal, / decidme si visto habéis / igual dolor que
mi mal. / Y vosotras que tenéis / padres, hijos y maridos, / ayudadme con
gemidos, / si es que mejor no podéis. / Llore conmigo la gente, / alegres y
atribulados, / por lavar cuyos pecados / mataron al Inocente. / ¡Mataron a mi
Señor, / mi redentor verdadero! / ¡Cuitada! ¿cómo no muerto / con tan extremo
dolor? / Señora, santa María, dejadme llorar contigo, / pues muere Dios y mi
amigo, / y muerta está mi alegría. / Y, pues os dejan sin Hijo, / dejadme ser
hijo vuestro. /¡Tendréis mucho más que amar, / aunque os amen mucho menos!”
(Himno de Vísperas en la Memoria de la Nuestra Señora, la Virgen de los
Dolores; Gómez Manrique, 1412-1490).
Qué alegría sentimos todos, cada uno: nuestra Madre
¡La Madre de Dios es mi Madre!
TIEMPO ORDINARIO
Los salmos son una buena compañía espiritual al dar
los primeros pasos en la iniciación del curso académico, del volver a empezar
en el trabajo habitual. Todo consiste en vivir siendo conscientes de que Dios
está a nuestro lado, se preocupa por nosotros, nos ama.
- Dios conmigo. Lleno de Dios. Metido en Dios. “Señor,
Tú me sondeas y me conoces. / Tú sabes cuando me acuesto y me levanto. / De
lejos penetras mis pensamientos. / Camine o descanse Tú lo adviertes. / Todas
mis sendas te son familiares. / No ha llegado la palabra a mi boca y ya, Señor,
la conoces toda. / Me estrechas por detrás y por delante; / en mí tienes puesta
tu mano. / Tanto saber me sobreasa, es sublime y no lo abarco. / ¿Dónde iré
lejos de tu aliento? / ¿Dónde escaparé de tu mirada? / Si escalo el cielo, allí
estás Tú, / si bajo hasta el abismo, allí te encuentro. / Si monto en las alas
de la aurora / y llego a los confines del mar, / también allí me guiará tu
mano, / me agarrará tu diestra. / Si digo: “Que la tiniebla me cubra, / que se
haga noche en torno a mí”, / ni la tiniebla es oscura para Ti, / la noche es clara
como el día… / ¡Qué incomparables son tus designios! / ¡Qué inmenso es su
conjunto! / Si me pongo a contarlos, son más que arena; / si los doy por
terminados aún me quedas Tú. / Señor, sondéame y conoce mi corazón, / ponme a
prueba y conoce mis pensamientos. / Mira si mi camino se desvía / y guíame por
el camino eterno” (salmo 139; Vulgata 138, 1-12, 17-18 y 23-24)
- Creo, confío. Yo sé de quien me he fiado. “El Señor
es mi pastor, nada me falta. / En verdes praderas me hace reposar. / Me conduce
a fuentes tranquilas; / y repera mis fuerzas; / me conduce por el camino justo
/ por el honor de su Nombre. / Aunque camine por cañadas oscuras, / nada temo
porque Tú vas conmigo, / tu vara y tu cayado me sosiegan. / Preparas una mesa
ante mí / delante de mis enemigos. / Unges mi cabeza con perfume / y mi copa
rebosa. / Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida; /
y habitaré en la Casa del Señor por años sin término” (salmo 23, Vulgata 22)
- Amor a Dios. Lleno de amor, rebosando amor. No hay
más amor que el Amor. “Yo digo al Señor: Tú eres mi Señor. / No tengo otro bien
que Tú… / Yo bendigo al Señor que me aconseja; / hasta de noche mi corazón me
instruye. / Pongo ante mí al Señor, sin cesar; / con Él a mi derecha no vacilo.
/ Por eso se alegra mi corazón, / se goza mi alma, / hasta mi carne descansa
esperanzada” (salmo 16, Vulgata 15, 1. 7-9)
- Y, así, hasta el cielo. “Inclina tu oído, Señor,
escúchame, / que soy pobre y desvalido. / Guarda mi alma que soy un fiel tuyo.
/ Dios mío, salva a tu siervo que confía en Ti. / Ten piedad de mi, Señor mío,
que te invoco todo el día. / Alegra la vida de tu siervo, que a Ti, Señor,
levanto mi alma… / Enséñame, Señor, tu camino / para que ande en tu fidelidad.
/ Haz que mi corazón sea sencillo / para que tema tu Nombre. / Te daré gracias
de todo corazón, Señor, Dios mío, / y glorificaré tu Nombre por siempre, / pues
tu misericordia es grande conmigo / y has librado mi alma del castigo eterno.”
(salmo 86, Vulgata 85, 1-4, 11-13)
“Que busques a Cristo, Que encuentres a Cristo. Que
ames a Cristo” (“Camino”, 382)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano empieza el curso con nuevos ánimos para
caminar por la vida diaria hacia el cielo preparado desde y para la eternidad
para los que se salven. Y, como en la vida misma, en este paseo otoñal también
descubre colores nuevos en el paisaje. Y se detiene y mira y admira la obra de
Dios. Y se siente lleno de amor y sumido en el Amor.
- “Ante Ti el universo entero es como una mota de
polvo en la balanza, / como gota de rocío mañanero que baja a la tierra. / Pero
te apiadas de todos, porque todo lo puedes; / no miras los pecados de los
hombres a fin de que se conviertan. / Amas a todos los seres y no odias nada de
lo que hiciste; / porque si odiaras algo, no lo hubieras dispuesto. / ¿Cómo
podrá permanecer algo, si Tú no lo quisieras? / ¿Cómo podría conservarse algo
que Tú no llamaras? / Tú perdonas a todos, poque son tuyos, / Señor, amigo de
la vida.” (Sb 11, 22-26)
- “Todas sus obras están ante Él como el sol, / y sus
ojos contemplan siempre sus caminos. / No se le ocultan sus iniquidades, y
todos sus pecados están presentes al Señor. / La limosna del hombre es para Él
como un sello, / su generosidad la guardará como a la niña de sus ojos. / Al
final se levantará y les retribuirá, / y pondrá sobre su cabeza el premio
merecido. / Además a los arrepentidos les ofrece la conversión, / consuela a
cuantos han perdió la paciencia, / y les destinará la suerte de la fidelidad.”
(Si 17, 16-20). “¿Qué es el hombre? ¿De
qué sirve? / ¿Qué bien puede hacer y qué mal? / El número de días del hombre,
cien años como mucho, / Como una gota de agua de mar son reputados, / como
grano de arena, sus pocos años en la eternidad. / No obstante el Señor es
paciente con los hombres / y derrama sobre ellos su misericordia. /Ve su
destino, que es miserable; / conoce su rebeldía, que es maligna, / por ello
multiplica el perdón. / Por tanto, colma en ellos su propiciación / y les
muestra el camino de la justicia. / La misericordia del hombre se limita al prójimo
/ pero la misericordia de Dios abarca a toda carne.” (Si 18, 7-12). “¡Señor,
padre y dueño de mi vida, / no me abandones en mis caprichos, / no me dejes
caer en ellos! / ¿Quién aplicará el azote a mis pensamientos / y la disciplina
sabia mi corazón, / para que no se disimulen mis errores / y no den pie a mis
pecados? … / ¡Señor, Padre y Dios de mi vida, / no me abandones a mis
pensamientos, / no me des ojos altaneros!” (Si 23, 1-2 y 4)
- “Alegría de corazón: ésta es vida para el hombre, /
un tesoro inacabable de santidad; / y gozo de un hombre es larga vida. /
Distrae tu alma y consuela tu corazón; / echa lejos la melancolía. / Pues la
tristeza perdió a muchos, / y nada provechoso se saca de ella. / Envidia e ira
acortan a cortan los días, / y las preocupaciones anticipan la vejez. / Corazón
radiante y bueno da buen apetito, / y aprovecha los alimentos.” (Si 30, 23-27).
Alegría en Dios. “Y sabed que yo estoy con vosotros
todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Pedro, junto con Juan, le
dijo al cojo de nacimiento: Levántate y anda. Lo tomó de la mano, se le
fortalecieron los tobillos, de un brinco se puso en pie, comenzó a andar, entro
con ellos en el templo “andando, saltando y alabando a Dios” (cf. Hech 3,8).
“Os volveré a ver… Nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16,22)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano, caminante hacia el cielo, caminante con
Dios a su lado y hacia Dios que le espera, tiene momentos de descanso para
tomar fuerzas y seguir después. La lectura y la meditación le ayudan y la oración
constante se retroalimenta así.
- “Señor mi corazón espera en Ti; / que viva mi
espíritu, / sáname y hazme vivir. / Pero mi amargura se ha cambiado en paz, /
porque Tú has librado mi vida de la fosa de la corrupción, / pues echaste a tu
espalda todos mis pecados. / Porque el seol no te alaba, / ni la muerte te
celebra, / ni esperan en tu fidelidad / los que bajan a la fosa. / Los vivos,
los vivos son los que ate alaban, / como yo hoy.” (Is 38, 16-19)
- “No temas, que te he redimido / y te he llamado por
tu nombre: / tú eres mío. / Si atravesaras por aguas, estaría contigo; / si por
ríos, no te anegarían. / Si caminaras por el fuego, no te quemaría, / ni te
abrasarían las llamas, / porque Yo soy el Señor, tu Dios, el Santo de Israel,
tu Salvador … Yo soy quien borra tus delitos por mí mismo / y no me acordaré de
tus pecados. / Hazme recordar / vayamos juntos a juicio. / Declara tú para
justificarte.” (Is 43, 1-3, 25.26)
- “¿Es que puede una mujer olvidarse de su niño de
pecho, / no compadecerse del hijo de sus entrañas? / ¡Pues, aunque ellas se
olvidaran, yo no te olvidaré!” (Is 49, 14-15).
“Aunque se aparten los montes / y vacilen las colinas, / mi amor no se
apartará de ti, / ni vacilará mi alianza de paz, / dice el que se apiada de ti,
el Señor. (Is 54,10)
- “Guardad el
derecho y practicad la justicia / que pronto va a llegar mi salvación / y a
revelarse mi justicia” (Is 56, 1). “Mirad que no se ha acortado la mano del
Señor para salvar, /ni se ha endurecido su oído para oír” (Is. 59,1). Mirad el
Señor viene con poder, / y su brazo le somete todo. / Mirad que trae su
recompensa, / y su premio va por delante” (Is 40,10 y 62,11).
- “Me dejé encontrar por quienes no preguntaban, /me
hallaron los que no me buscaban” (Is 65, 1). “Quien desee ser bendecido en la
tierra / será bendecido por el Dios del Amén, / y quien preste juramento en la
tierra, / jurará por el Dios del Amén, / porque las angustias pasadas serán
olvidadas, / y quedarán ocultas a mis ojos. / Porque he aquí que Yo creo unos
cielos nuevos y una tierra nueva. / Las cosas pasadas no serán recordadas, / no
vendrán a la memoria. / Al contrario, alegraos y regocijaos eternamente de lo
que yo voy a crear” (Is 65, 16-18)
- “Pues ahora, Señor, eres nuestro Padre; / nosotros
el barro, Tú nuestro alfarero, / y todos nosotros la obra de tus manos” (Is
63,7). Porque esto dice el Señor: / “Mirad: yo hago discurrir hacia ella, como
un río, la paz, / y, como un torrente desbordado, la gloria de las naciones. /
Os amamantaréis, seréis llevados en brazos, / y acariciados sobre las rodillas.
/ Como alguien a quien su madre consuela, / así Yo os consolaré” (Is 66,
12-13). “Yo que conozco sus obras y pensamientos, vendré para reunir a todas
las naciones y lenguas, que acudirán y verán mi gloria” (Is 66,18)
Y, todos, cada uno, nos regocijamos: Dios me ama. Soy
hijo de Dios. Dios es mi Padre.
TIEMPO ORDINARIO
Octubre. Mes del Rosario, el día 7 celebramos a
nuestra Señora del Rosario. Mes de la Hispanidad, el día 12 celebramos Nuestra
Señora del Pilar. Mes de los ángeles de la guarda (los custodios), el día 2 les
hemos dado las gracias por su compañía, consejo y defensa. Mes de los
“Francisco”, el día 3 celebramos a san Francisco de Borja S.I. y recordamos su
frase ante el cadáver de la bellísima emperatriz Isabel: “Nunca volveré a
servir a un señor que pueda morir”; y el día 4, san Francisco de Asís, la
santidad en la sencillez y en la naturalidad, en la paz y en el abandono en las
manos de Dios, y onomástica del Papa Francisco. Mes de las “Teresas”, el día 1
celebramos con santa Teresa del Niño Jesús, carmelita descalza de clausura,
doctora de la Iglesia, patrona de las misiones; y el día 15, santa Teresa de
Jesús, monja carmelita, doctora de la Iglesia. Y, el día 6 celebramos a san
Bruno, fundador de la Cartuja.
Octubre, mes en que celebramos (el día 5 y, en lo
posible, otros dos días de la misma semana) las Témporas de acción de gracias
(por las cosechas del verano, por las vacaciones y el descanso) y de petición
(para el curso que empieza, para las siembras, el inevitable otoño de cada año,
como lo es el de la vida. Mes de esperanza en la llegada de la Pascua de
Navidad y en la expectación de la primavera de la Pascua de Resurrección. “Me
siento muy contenta de irme pronto al cielo. Pero cuando pienso en aquellas
palabras del Señor: “Traigo conmigo mi salario para pagar a cada uno según sus
obras”, me digo a mí misma que en mi caso Dios va a verse en un gran apuro: ¡Yo
no tengo obras! Así que no podrá pagarme según mis obras… Pues bien, me pagará
“según las suyas” (Ms C fol 31.r)
- Ángel santo de la guarda / compañero de mi vida, /
tú que nunca me abandonas, ni de noche ni de día. / Aunque espíritu invisible,
/ sé que ta hallas a mi lado, / escuchas mis oraciones / y cuentas todos mis
pasos. / En las sombras de la noche / me defiendes del demonio, / tendiendo
sobre mi pecho, / tus alas de nácar y oro. / Ángel de Dios, que to escuche / tu
mensaje y que lo siga, / que vaya siempre contigo / hacia Dios, que me lo envía
/ Testigo de lo invisible, / presencia del cielo amiga, / gracias por tu fiel
custodia, / gracias por tu compañía. / En presencia de los ángeles / suba al
cielo nuestro canto: / gloria la Padre, gloria al Hijo, / gloria al Espíritu
Santo.” (himno de Laudes)
- “Loado seas por toda criatura mi Señor, / y en
especial loado por el hermano sol / que alumbra y abre el día y es bello en su
esplendor / y lleva por los cielos noticia de su autor… /…Y por los que
perdonan y aguantan por tu amor / los males corporales y la tribulación: /
¡Felices los que sufren en paz con el Señor, / porque les llega el tiempo de la
consolación! / ¡Y por la hermana muerte: loado mi Señor! / Ningún viviente
escapa de su persecución; / ¡ay si el pecado grave sorprende al pecador! /
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios! … (“Loado sea”)
- “Santa María del Pilar, escucha / nuestra plegaria,
al celebrar tu fiesta, / Madre de Dios y Madre de los hombres, / Reina y
Señora. / Tú la alegría y el honor del pueblo, / eres dulzura y esperanza
nuestra: / desde tu trono, miras, guardas y velas / Madre de España” (himno de
Laudes)
TIEMPO ORDINARIO
Octubre, mes teresiano. Son muchos los que han
encontrado en santa Teresa de Jesús el camino seguro hacia el cielo. Cuántas
veces se ha encontrado ánimo y consuelo: “Nada te turbe / nada te espante, /
todo se pasa. / Dios no se muda, / la paciencia / todo lo alcanza; / quien a
Dios tiene / nada le falta / sólo Dios basta” (Poesía 30). Y es que con santa
Teresa se aprende a valorar con la mirada en el cielo: “Pues todo es nada y
menos que nada lo que se acaba y no contenta a Dios” (“Vida”, 20). En la
Eucaristía: “Si tenemos fe dará lo que le pidamos, pues está en nuestra casa.
Porque no suele el Señor pagar mal la posada si le hacen buen hospedaje”
(“Camino de Perfección”, 34)
- “Ahora, volviendo a los que quieren ir hacia Él y no
parar hasta el fin -que es llegar a beber de esta agua de vida-, el modo en que
han de comenzar digo que importa mucho y todo una grande y muy determinada
determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo
que sucediere, trabajase lo que se trabajare, murmure quien murmurare, aunque
llegue allá, aunque se muera en el camino, aunque no tenga devoción para los
trabajos que hay en él, aunque se hunda el mundo” (“Camino de Perfección”,
21,2). Y es que “Un alma en Dios escondida / ¿qué tiene que desear / sino amar
y más amar, / y en amor toda encendida / tornarte de nuevo a amar? (Poesía,
28).
- “Vuestra soy, para vos nací, / ¿qué mandáis hacer de
mí? … / Dadme muerte, dadme vida, / dad salud o enfermedad, / honra o deshonra
me dad, / dadme guerra o paz crecida, / flaqueza o fuerza cumplida, / que a todo
digo que sí. ¿Qué mandáis hacer de mí? / Dadme riqueza o pobreza / dad consuelo
o desconsuelo, / dadme alegría o tristeza, / dadme infierno o dadme cielo, /
vida dulce, sol sin velo, / pues del todo me rendí. / ¿Qué mandáis hacer de mí?
/ Si queréis dadme oración; si no, dadme sequedad, / si abundancia y devoción,
y si no, esterilidad. /Soberana Majestad, sólo hallo paz aquí. / ¿Qué mandáis
hacer de mí? / Dadme pues sabiduría, / o por amor, ignorancia; / dadme años de
abundancia, / o de hambre y carestía; / dad tiniebla o claro día, / revolvedme
a aquí o allí. / ¿Qué mandáis hacer de mí? / Si queréis que esté holgando, /
quiero por amor holgar. / Si me mandáis trabajar, / morir quiero trabajando. /
Decid ¿dónde, cómo y cuándo? / Decid, dulce Amor decí. / ¿Qué mandáis hacer de
mí? … (Poesía 2). “Que no queramos comodidades, hijas; bien estamos aquí; sólo
es una noche la mala posada” (“Camino de perfección” 40)
“Aquí está mi vida, aquí está mi honra y mi voluntad;
todo te lo he dado, tuya soy, dispón de mi conforme a tu voluntad. Bien veo yo,
mi Señor, lo poco que puedo; pero llegada a a Ti, no apartándote de mí, todo lo
podré” (“Vida”, 21). Como en la poesía de san Ignacio de Loyola: “Toma, Señor,
mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Todo mi haber y
poseer. Tú me lo diste a ti, Señor, lo torno. Todo es tuyo, dispón de mí según
tu voluntad. Dame tu amor y tu gracia que me basta”. Como un camino para el
ofrecimiento diario a nuestra Madre: “Oh, Señora mía, Oh Madre mía, yo me
entrego del todo a ti y, en prueba de mi filial afecto, te consagro en este día
mis ojos, mis oídos y mi lengua, mi corazón, en una palabra, todo mi ser. Y ya
que soy todo tuyo, o Madre de bondad, guárdame y defiéndeme como cosa y
posesión tuya. Amén”
TIEMPO ORDINARIO
Dios es amor (1 Jn 4,3 y16) y cristianismo es amar,
porque Dios derrama su amor en todos y cada uno rebosamos del amor de Dios en
los demás. “Tú has creado el universo para derramar tu amor sobre todas las
creaturas (Plegaria Eucarística IV). Los cristianos sabemos que por amor fuimos
creados, hemos sido redimidos y estamos acompañados del amor de Dios hasta que
lleguemos al cielo donde el Amor no espera y con Él estaremos para siempre.
“Nosotros amamos porque Él nos amó primero” (1 Jn 4,19)
“En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en
el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos días
nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien instituyó heredero de todas las
cosas y por quien hizo también el universo” (Heb. 1, 1-2). “Bendito sea el Dios
y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda
bendición espiritual en los cielos, ya que él nos eligió antes de la creación
del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia por el amor”
(Ef 1,1-4)
Alianza de amor de Dios con todos, con sus creaturas.
“Pondré mi ley en su pecho y la escribiré en su corazón, y yo seré su Dios y
ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que enseñar el uno a su prójimo y el otro
a su hermano, diciendo: “Conoced al Señor”, pues todos ellos me conocerán desde
el menor al mayor -oráculo del Señor-, porque habré perdonado su culpa y no me
acordaré más de sus pecados” (Is 31, 33-34)
Dios nos ama. Con amor de madre, con amor de novio,
con amor de padre. “¿Es que puede una mujer olvidarse de su criatura, no
compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues, aunque ellas se olvidaran, Yo no
te olvidaré!” (Is 49,15). “Como un joven se desposa con una virgen, contigo se
desposará tu constructor, y como se alegra el novio con la novia se deleitará
en ti el Señor.” (Is 62,5). “Yo enseñé a andar a Efraín, lo tomaba en mis
brazos, pero ellos no entendían que Yo los cuidaba. Con vínculos de afecto, los
atraje con lazos de amor. Era para ellos como quien alza a un niño hasta sus
mejillas, y me inclinaba a él y le daba de comer” (Os 11,3-4).
Dios se hizo como nosotros por amor. “Tanto amó Dios
al mundo que el entregó a su Hijo Unigénito para que todo el que cree en él no
perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para
juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 16-17). Y es
que: “En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba junto a Dios y el
Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Todo se hizo por él y
sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. En él estaba la vida, y la vida
era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no
le recibieron… Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos visto
su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn
1, 1-5 y 14).
Y Dios está con nosotros. Con cada uno. “Como el Padre
me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Si guardáis mis
mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de
mi Padre y permanezco en su amor… Este es mi mandamiento que os améis los unos
a los otros como yo os he amado, Nadie tiene más amor más grande que el de dar
su vida por sus amigos” (Jn 15, 9-13).
TIEMPO ORDINARIO
Los cristianos viven la fe que profesan muchas veces
cada día cuando rezan. El Credo: “Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del
cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue
concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen,
padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado muerto y sepultado,
descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a
los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí
ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo…” El
Padrenuestro: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu
nombre. Hágase tu voluntad en el cielo como en la tierra…” El Señor mío
Jesucristo: “Dios y hombre verdadero. Creador, padre y redentor mío…”. Y sigue
el Credo relacionando las verdades de nuestra fe: “… la santa Iglesia Católica,
la comunión de los santos, el perdón de los pecados y la vida eterna. Amén”. Y,
en comunión con toda la Iglesia, decimos: “Yo pecador me confieso a Dios
todopoderoso, a la Bienaventurada siempre virgen María… a todos los santos y a
vosotros hermanos…” Y a ellos les pedimos: “que roguéis por mí a Dios nuestro
Señor”. Como leemos en la epístola: “La fe es la garantía de lo que se espera;
la prueba de lo que no se ve” (Hb 11,1)
Los cristianos sienten el gozo de la fe cuando leen
pasajes del Evangelio: Pedir con fe por nosotros mismos, como hizo la
hemorroísa que con fe tocó el manto de Jesús que le dijo: - Hija, tu fe te ha
salvado. Vate en paz y queda curada de tu dolencia” (Mc 5,34). Pedir con
insistencia y confianza como el ciego Bartimeo: “¡Jesús, hijo de David, ten
piedad de mí!; muchos le reprendían y gritaba mucho más; Se paró Jesús y dijo:
- Llamadle. Llamaron al ciego diciéndole: - ¡Ánimo! levántate, te llama. Él
arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le preguntó: - ¿Qué
quieres que te haga? – Rabboni, que vea – le respondió el ciego. Entonces Jesús
le dijo: - Anda tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista. Y le
seguía por el camino “(Mc 10,47-52). Pedir por nuestros seres queridos, como
ocurrió con la hija de Jairo: “Tu hija ha muerto, ¿para qué molestas ya al
Maestro? Jesús, al oír lo que hablaban, le dice al jefe de la sinagoga: - No
temas, tan solo ten fe” (Mc 5, 35-36). Pedir con fe para el amigo: “Vinieron
trayéndole un paralítico, llevado entre cuatro. Y como no podían acercarlo
hasta él a causa del gentío, levantaron la techumbre por el sitio en donde se
encontraba y después de abrir un hueco, descolgaron la camilla en la que yacía
el paralítico. Jesús, al ver la fe de ellos, le dijo al paralítico: - Hijo tus
pecados te son perdonados… Para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene
potestad en la tierra para perdonar los pecados -se dirigió al paralítico- a ti
te dijo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mc 2, 3-5 y 10-11).
Jesús dijo a sus apóstoles: “Tened fe en Dios” (Mc 11,22) porque la fe mueve
montañas.
María, Madre de Dios y Madre nuestra, modelo de
creyente, nos precede en la fe. Desde el “fiat”, el “Hágase, según tu palabra”
hasta el Calvario cuando permaneció junto a su Hijo crucificado, “Stabat Mater
dolorosa, iuxta crucem lacrimosa dum pendebat Filius”. El Avemaría: “Dios te
salve María, llena eres de gracia. El Señor está contigo. Bendita eres entre
todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jesús… Ruega por
nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano vive en la esperanza de que, después de
esta vida, tendrá otra que dura para siempre. Y si piensa que así lo tiene Dios
dispuesto para cada uno desde antes de la creación del tiempo y para cuando el
tiempo ya no exista, el cristiano siente que vivir un tiempo en el amor de Dios
merece la pena, a pesar de los pesares. “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva,
pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron y el mar ya no existe…
Y oí una fuerte voz procedente del trono que decía: Esta es la morada de Dios
con los hombres. Habitará con ellos y ellos serán su pueblo, y Dios, habitando
realmente en medio de ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos
y no habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior
ya pasó” (Ap 21,1. 3-4). Por tanto, ten celo y arrepiéntete. Mira, estoy a la
puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y
cenaré con él y él conmigo. Al que venza le concederé sentarse conmigo en mi
trono, igual que yo he vencido yme he sentado con mi Padre en su trono” (Ap
3,20-21)
El Catecismo de la Iglesia Católica dice: “La
esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a
la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las
promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios
de la gracia del Espíritu Santo…” (1817). “La virtud de la esperanza
corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo
hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las
purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento;
sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la
bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y
conduce a la dicha de la caridad.” (1818).
“A todos los que esperan se puede aplicar lo que dijo
san Pablo de Abrahán: creyó, esperando contra toda esperanza (Rm 4,8). Diréis
todavía. ¿Cómo puede suceder esto? Sucede porque se aferra a tres verdades.
Dios es omnipotente. Dios me ama inmensamente. Dios es fiel a las promesas. Y
es Él, el Dios de las misericordias, quien enciende en mí la confianza; por lo
cual yo no me siento ni solo, ni inútil, ni abandonado, sino implicado en un
destino de salvación, que desembocará un día en el paraíso” (Juan Pablo I,
Alocución el 20 de septiembre de 1978)
“Esperar es no sólo creer en Dios, sino creer y estar
ciertos de que nos ama y desea nuestro bien; y por esto es una gran gracia
cristiana. Pero la fe sin esperanza no basta para llevarnos a Cristo. Los
diablos creen y tiemblan (St 11). Creen, pero no van a Cristo porque no
esperan, sino desesperan (cardenal J.H. Newman, “Sermón para el domingo IV
después de Epifanía”)
“Y ahora, hijos, permaneced en Él, para que cuando se
manifieste, tengamos confianza y no quedemos avergonzados lejos de Él, en su
venida…” (1 Jn 2,28). Porque nos espera una “herencia incorruptible, inmaculada
y que no se marchita, reservada en los cielos para vosotros” (1 Pe 1,4) Y, en
el Calvario, el malhechor esperanzado le dijo: “ - Jesús, acuérdate de mí
cuando llegues a tu Reino. Y le respondió: En verdad te digo: hoy estarás
conmigo en el Paraíso” (Lc 23,42-43). ¡Santa María, esperanza nuestra!
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe que seguir a Cristo es acertar en el
camino que lleva al cielo. Y recuerda las palabras de Jesús: “Si alguno quiere
venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga.
Porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por
mí, la encontrará” (Mt 16, 24-25, Lc 9, 23-24)
- El camino del cielo. “Entrad por la puerta angosta,
porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la perdición, y son
muchos los que entran por ella. ¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino
que conduce a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran!” (Mt 7,13-14).
“Esforzaos para entrar por la puerta angosta, porque muchos, os digo,
intentarán entrar y no podrán. Una vez que el dueño de la casa haya entrado y
cerrado la puerta, os quedaréis fuera y empezaréis a golpear la puerta,
diciendo: “Señor, ábrenos”. Y os responderá: “No sé de dónde sois”. Entonces
empezaréis a decir: “Hemos comido y hemos bebido contigo, y has enseñado en
nuestras plazas” Y os dirá: “No sé de dónde sois, apartaos de mí todos los
servidores de la inequidad” (Lc 13, 24-27). Y, en el recuerdo, la parábola de
las vírgenes imprudentes: “Luego llegaron las otras vírgenes diciendo: ¡Señor,
señor, ábrenos! Pero él les respondió: - En verdad, os digo que no os conozco.
Por eso, velad porque no sabéis el día ni la hora (Mt 25, 11-13)
- La llamada de amor del Amor. “En verdad, en verdad
os digo: el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta
por otra parte, ése es un ladrón y un salteador. Pero el que entra por la
puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero y las ovejas atienden
a su voz, llama a sus propias ovejas por su nombre y las conduce fuera. Cuando
las ha sacado todas, va delante de ellas y las ovejas le siguen porque conocen
su voz. Pero a un extraño no le seguirán, sino que huirán de él, porque no
conocen la voz de los extraños. Jesús les propuesto esta comparación, pero
ellos no entendieron qué era lo que les decía. Entonces volvió a decir Jesús: -
En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos cuantos han
venido antes que yo son ladrones y salteadores, pero las ovejas no les
escucharon. Yo soy la puerta: si alguno entra a través de mí, se salvará, y
entrará y saldrá y encontrará pastos. El ladrón no viene sino para robar, matar
y destruir. Yo he venido a para que tengan vida y la tengan en abundancia. Yo
soy el buen pastor” (Jn 10,1-11). Y esta es la llamada: “Venid a mí todos los
fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y
aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso para
vuestras almas; porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,28-30).
- Las puertas del cielo. “Sus puertas no se cerrarán
en todo el día, porque allí no habrá noche. Llevarán a ella la gloria y las
riquezas de las naciones, pero no entrará nada profano, ni el que comete
abominación y falsedad, sino los que están escritos en el libro de la vida del
Cordero” (Ap 21, 25-27). Y en el recuerdo las palabras de Jesús a sus
discípulos: “Veía yo a Satanás hacer del cielo como un rayo… Pero no os
alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros
nombres están escritos en el cielo” (Lc 10,18 y 20).
JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO
Los cristianos acaban el año litúrgico celebrando a
Jesucristo Rey del Universo y cantando el himno de Laudes: “Oh Jesucristo,
Redentor de todos, / que, antes de que la luz resplandeciera, / naciste de tu
Padre soberano / con gloria semejante a la paterna. / Tú que eres luz y
resplandor del Padre / y perpetua esperanza de los hombres, / escucha las
palabras que tus siervos / elevan hasta ti de todo el orbe. / La tierra, el
mar, el cielo y cuanto existe / bajo la muchedumbre de sus astros / rinden
tributo con un canto nuevo / a quien la nueva salvación nos trajo. / Y
nosotros, los hombres, los que fuimos / lavados con tu sangre sacratísima, /
celebramos también, con nuestros cantos / y nuestras alabanzas, tu venida. /
Gloria sea al divino Jesucristo, / que nació de tan puro y casto seno, / y
gloria igual al Padre y al Espíritu / por infinitos e infinitos tiempos.
Amén.
El cristiano gusta de recordar. Es una forma cariñosa
de estar más cerca de Jesús, como uno más de los que fueran detrás de los
apóstoles, los discípulos y las mujeres que iban con Él (Lc 8,1-3). “Después de
nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos Magos llegaron de
Oriente a Jerusalén preguntando: - ¿Dónde está el rey de los judíos que ha
nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle. Al
oír esto, el rey Herodes se inquietó y con él todo Jerusalén…” (Mt 2,1-3)
Como las madres piden para sus hijos. Como ellos
contestan apasionados. “Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo
con sus hijos, y se postró ante él para hacerle una petición. Él le preguntó: -
¿Qué quieres? Ella le dijo: - Di que estos dos hijos míos se sienten en tu
Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Jesús respondió: - No sabéis lo
que pedías ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? – Podemos – le dijeron.
Él añadió: Beberéis el cáliz, pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me
corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto por mi Padre”
(Mt 20,20-23)
Y acompañar a Jesús entre el gentío y saber que Él
sabe que estamos allí, que le seguimos.
“Al día siguiente las muchedumbres que iban a la fiesta, oyendo que
Jesús se acercaba a Jerusalén, toaron ramos de palmas, salieron a su encuentro
y se pusieron a gritar: - ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor,
el Rey de Israel! Jesús encontró un borriquillo y se montó sobre él, conforme a
lo que está escrito: No temas ¡, hija de Sión, Mira a tu Rey que llega montado
en un borrico de asna” (Jn 12,12-15)
“Hicieron comparecer a Jesús ante el procurador. El
procurador le interrogó: - ¿Eres tú el Rey de los judíos? - Tú lo dices – contestó Jesús (Mt 27,11, Mc
15,2.9 y 12). “Los soldados lo condujeron dentro del patio, es decir, el
pretorio, y convocaron a toda la cohorte. Lo vistieron de púrpura y le pusieron
una corona de espinas que habían trenzado. Y comenzaron a saludarle: - Salve,
Rey de los judíos. Y le golpeaban en la cabeza con una caña, le escupían e
hincando las rodillas se postraban ante él. Después de reírse de él, le despojaron
de la púrpura y le colocaron sus vestiduras. Entonces lo sacaron para
crucificarlo” (Mc 15,16-20). “Sobre su cabeza pusieron por escrito la causa de
su condena: “Éste es Jesús, el Rey de los judíos”. Luego, fueron crucificados
con él dos ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda” (Mt 37-38; Mc
15,26)
Julio Banacloche Pérez
(21.11.21)
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