sábado, 29 de septiembre de 2018

TRABAJO Y SANTIDAD
(notas para una charla)

Lo hemos oído y leído muchas veces: el ser humano ha sido creado para ser feliz, para la inmortalidad; y para trabajar.

- “Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer” (CIC nº 1718)

- “El hombre. Con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con su aspiración al infinito a la dicha, el hombre se interroga sobre la existencia de Dios. En todo esto se perciben signos de su alma espiritual. La “semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia” (Const. past. “Gaudium et spes”, 18), su alma no puede tener origen más que en Dios” (CIC nº 33)

- Sobre el trabajo, es frecuente recordar pasajes de la creación del mundo. El primero dice: “El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que lo trabajara y lo guardara” (Gn 2,15); después de la caída, dijo el Señor al hombre: “Maldita sea la tierra por tu causa. Con fatiga comerás de ella todos los días de tu vida” (Gn 3,17). Y en la expulsión del paraíso se dice: “así pues, el Señor Dios lo expulsó del jardín de Edén, para que trabajase la tierra de la que había sido tomado” (Gn 3,23).

1. LAS PALABRAS

También es frecuente acompañar estos textos con una explicación sobre el trabajo, la causa de su existir, su contenido, su trascendencia. De un modo u otro se explica que trabajar es una tarea propia de la condición humana, que la caída de los primeros lo que determinó fue “la fatiga del trabajo”. Y de ahí se pasa a una excursión etimológica que lleva a considerar que “trabajo” viene del término latino “tripalium” (el diccionario de la RAE. señala una forma hipotética del verbo “tripaliare”) y que esta palabra designaba un instrumento de tortura (“tres palos” en aspa) al que se sujetaba al reo. Palabras latinas “próximas” a “trabajo” hay; como el adjetivo “trabalis” (de viga, grueso como una viga). Según J. Corominas, en los años 1220-1250 “trabajar” quería decir: “sufrir”, “esforzarse” y fue en el siglo XIV cuando se empleó “laborar, obrar”; la forma primitiva habría sido “trebajo” que aún se pronuncia en el Alto Aragón, en catalán y en oc. Palabra próxima en español es “trebejo” (trebelho, en portugués) que, en su origen designaba un objeto para jugar y que hoy señala un “enser”, un “trasto”; de origen incierto, con referencias en el siglo XIII que pudo ser diminutivo de “trebe” (trípode).

Junto a esa reflexión es posible hacer otra. En la versión latina del Génesis los términos empleados se refieren a los verbos “operari” y “laborare” y no hay texto que emplee la palabra “tripalium”. Así, se puede leer, por una parte: “Tulit ergo Dominus Deus hominem et posuit eum in paradiso Eden, ut operaretur et custodiret illum” (Gn 2,15) y “Emisit eum Dominus Deus de Paradiso Eden, ut operaretur humum de qua sumptus est” (Gn 3,23); y, por otra parte: “In laboribus comedes ex ea cunctis dibeus vitae tuae” (Gn 3,17). Es curioso localizar los términos empleados en otros idiomas: “labour” (inglés), lavoro (italiano), “trabalho” (portugués), “travail” (francés).

En latín el empleo del verbo “laborare” o del verbo “operari” es relevante porque, mientras “laborare” quiere decir no sólo “trabajar”, sino incluso también “fatigarse” y comprende cualquier trabajo y, en especial, el trabajo en el campo (siembra, cultivo, cosecha), del “labrador”; en cambio, el verbo “operari” se emplea para un trabajo en el que la persona que debe realizarlo trasciende sobre él en su desarrollo y resultado (“locatio conductio operis” era la forma de designar el contrato de ejecución de obra por encargo, con un resultado individualizado en el que es relevante la formación, la inspiración, las cualidades del autor). La obra (“opus”) realizada, como resultado, es, sin duda, distinta a la labor (labor); tan distinto como tallar una imagen y sembrar.

Es, sin duda, confortador y estimulante ser conscientes de que nuestro trabajo, por sencillo que sea, es una obra única porque es nuestra obra, en la que ponemos todo nuestro saber, toda nuestra experiencia, toda nuestra atención. Es un detalle, preciso y precioso, como la que se señala en el anuncio de una marca de electrodomésticos que vemos y oímos en la televisión: se relacionan todas las características, prestaciones y ventajas que “tiene” el aparato y una empleada añade: “Y, además, tiene un poquito de mí”, por referencia al cuidado que ha puesto, ella y sus compañeros, en la fabricación.

- El Catecismo de la Iglesia Católica (nº 2427) dice: El trabajo humano procede directamente de personas creadas a imagen de Dios y llamadas a prolongar, unidas y para mutuo beneficio, la obra de la creación dominando la tierra” (cf. Gn 1,28; Const. past. “Gaudium et spes”, 34; Enc. “Centesimus annus” 31).

El trabajo es un deber. Puede servir como contexto de referencia: “… trabajamos día y noche con esfuerzo y fatiga, para no ser gravoso a ninguno ... para mostrarnos ante vosotros como modelo que imitar. Pues cuando estábamos con vosotros, os dimos esta norma: “Si alguno no quiere trabajar, que no coma” (2 Tes 2, 8-10). Es una curiosidad recordar que la expresión paulina es similar a la que se empleó en la Constitución soviética de 1936: Artículo 12. El trabajo es en la URSS una obligación y una causa de honor de cada ciudadano apto para el mismo, de acuerdo con el principio de “el que no trabaja, no come”.

“Estamos obligados a trabajar, y a trabajar a conciencia, con sentido de la responsabilidad, con amor y perseverancia, sin abandonos ni ligerezas: porque el trabajo es un mandato de Dios, y a Dios, como dice el salmista, hay que obedecerle “in laetitia” -¡con alegría! (“Forja” nº 681)

- Se puede completar esta breve consideración sobre el trabajo recordando también otras formas coloquiales de referirse al trabajo. Así, por ejemplo, la palabra “faena” que, en general, se refiere al trabajo corporal (aunque también son acepciones del diccionario: el trabajo mental, el quehacer y matar y descuartizar reses para el consumo), en la mar se refiere a los trabajos de la pesca, y en algunos territorios se refiere al trabajo en la casa de familia; pero faena es también “una mala pasada”; y en tauromaquia se refiere a la brega con el toro durante la lidia. También la palabra “tarea”, de tradición escolar (“las tareas”), se utiliza para referirse al trabajo, en especial, el encomendado, el que tiene tiempo señalado, el referido a un objeto o materia determinada. La “labor” que siempre ha identificado los trabajos en el campo y que se utilizaba también para los trabajos de hilo y aguja, se puede referir a otros desarrollos de la actividad humana, como ocurre por referencia a la labor apostólica. Y, así, otros muchos términos.

2. LOS CONCEPTOS

Por tener otra perspectiva para la consideración del trabajo, puede ser interesante, sobre todo por inusitado, recordar de forma sencilla y breve, alguno de lo que podríamos llamar aspectos fiscales del trabajo.

En la Ciencia de la Hacienda, en la parte dedicada a los ingresos tributarios y, en ella, al “principio de capacidad económica para contribuir”, como principio esencial de un sistema tributario justo (v. art. 31 CE), considerando que la “renta que se gana” es una de las manifestaciones de dicha capacidad (junto al “patrimonio que se tiene” y, de forma indirecta, la “renta que se gasta”), se estudia la evolución en el concepto de “renta”. Y, así, del mismo modo que se explica el camino que se ha seguido para llegar al concepto de “renta neta” (tributación: según la extensión de las tierras; según los ingresos obtenidos por la explotación de las tierras; según los rendimientos netos de una empresa o profesión calculados por diferencia entre los ingresos obtenidos y los gastos necesarios para obtenerlos), se expone la evolución del concepto de “renta” pasando de lo analítico (suma de rendimientos netos; rendimientos netos y ganancias patrimoniales; rendimientos netos, ganancias patrimoniales e imputaciones de renta no percibida) a lo sintético (diferencia entre patrimonio al principio del año y al final, más el consumo durante el año).

Como es natural, esa evolución doctrinal y normativa se produjo como consecuencia de la experiencia. A la exigencia de tributos a propietarios de tierras y pueblos y a comerciantes y artesanos, sucedió la correspondiente a prestamistas, arrendadores y profesionales. Y, así, se pudo distinguir entre: rendimientos de bienes inmuebles (contribuciones territoriales urbana y rústica), rendimientos de capital (mobiliario, como los intereses y dividendos; inmobiliario, como los alquileres), rendimientos del trabajo (en situaciones de dependencia civil, mercantil, administrativa, militar…) y rendimientos mixtos (trabajo independiente y capital propio y de terceros) de actividad (profesional, artística, deportiva). En esta relación de conceptos se consideró durante siglos que la renta del trabajo (del capital humano), determinada por la existencia temporal del trabajador y sus limitaciones por la edad o por las enfermedades, era una renta más débil (con menor exigencia fiscal: salarios) que la renta del capital, sin límite temporal cuando se materializa en dinero y duradera si es en bienes y derechos (con mayor exigencia fiscal: intereses, alquileres) y la renta de actividades empresariales y profesionales que, mixta de trabajo y capital (tributación intermedia: beneficios), participa de las limitaciones de aquel y los avatares propios del mundo de los negocios.

Todo ha ido cambiando, pero aún se producen situaciones que originan controversia. En nuestro ordenamiento tributario, en una reforma de 1998, se reguló el concepto de “renta disponible” para justificar así la no tributación de los mínimos de sobrevivencia (si para vivir durante un año una persona necesita un determinado importe de renta y si sobre esa renta se exigiera un impuesto por mínimo que fuera, indiscutiblemente, por definición, esa persona moriría ante se acabar el año). También se cambió el concepto de rendimientos del trabajo, de modo que se eliminó la nota de dependencia (trabajo por cuenta ajena) y se identificaron con todos los obtenidos sin organización por cuenta propia de medios (para distinguirlos de los rendimientos de actividad), incluyendo los rendimientos derivados de conferencias, seminarios, cursos.

Tan amplia referencia supone indeterminación y es origen de discrepancias y litigios, y si hace años fue conocido el debate para calificar si las becas de estudiantes que debían realizar un trabajo académico o escolar eran rendimientos del trabajo o de profesional, en estos días ha surgido otro aspecto cuestionable al considerar la Administración que las propinas que reciben los trabajadores de empresas por los clientes de éstas, son rendimientos del trabajo sujetos al impuesto sobre la renta ganada. Puede ser suficiente un repaso del Código civil (en especial, la parte referida a la causa de los contratos) para ver si se trata de una liberalidad (obligación natural de pago de una cantidad de dinero no exigible y no repetible) y, si lo es, para comprobar que los donativos y liberalidades no tributan por el impuesto sobre la renta ganada, sino por el impuesto sobre las adquisiciones gratuitas.

Esta excursión fiscal no se debe considerar inútil, sino todo lo contrario, en cuanto que, en lo que aquí interesa, trabajo es la obra de cada persona, en la que, según en su estado y condición, debe emplear su saber, sus cualidades, su experiencia. El estudiante, estudiando; el trabajador manual en su ocupación; el profesional, el artista, el deportista en el desarrollo de su actividad; e igual respecto del trabajo en el hogar y, también, en el servicio que debe prestar a otros el jubilado, el enfermo, el que está desempleado, puesto que el trabajo es un medio por el que cada persona realiza su función en el mundo mientras vive.

- “El trabajo honra los dones del Creador y los talentos recibidos. Puede ser también redentor. Soportando el peso del trabajo, en unión con Jesús, el carpintero de Nazaret y el crucificado del Calvario, el hombre colabora en cierta manera con el Hijo de Dios en su obra redentora. Se muestra como discípulo de Cristo llevando la Cruz cada día, en la actividad que está llamado a realizar. El trabajo puede ser un medio de santificación y de animación de las realidades terrenas en el espíritu de Cristo” (CIC nº 2427)

- Parece adecuado traer aquí el pasaje evangélico en el que se relata cómo Jesús curó al paralítico que estaba junto a la piscina que había en Jerusalén junto a la puerta de las ovejas y que sufría la enfermedad desde hacía treinta y ocho años. Los judíos perseguían a Jesús porque había hecho esto un sábado. “Jesús replicó: - Mi Padre no deja de trabajar, y yo también trabajo” (Jn 5,17)

- Y más adelante se lee: “Ellos preguntaron: - ¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios? Jesús les respondió: - Esta es la obra de Dios: que creáis en quien Él ha enviado” (Jn 6,28)

En gran parte, lo que sigue está tomado de obras de san Josemaría Escrivá de Balaguer. Aunque otros muchos santos ofrecen datos y textos que merecen alta estima y consideración, también parece evidente que hay motivos suficientes para justificar esta referencia. Por ejemplo, en las anotaciones que hacía para su propia vida interior se refería así a cómo cumplir la voluntad de Dios: “Estando nosotros siempre en el mundo, en el trabajo ordinario, en los propios deberes de estado, y allí, a través de todo, ¡santos!” (“Apuntes íntimos”, nº 154, cit. en Vázquez de Prada, A. “El Fundador del Opus Dei”). Y también: “Cualquier trabajo, aun el mas escondido, aun el más insignificante, ofrecido al Señor, ¡lleva la fuerza de la vida de Dios!” (“Forja” nº 49)

El 7 de octubre de 2002, en la Plaza de San Pedro, ante una multitud, el papa san Juan Pablo II, con ocasión de la canonización, dijo: “San Josemaría fue elegido por el Señor para anunciar la llamada universal a la sanidad y para indicar que la vida de todos los días, las actividades comunes, son camino de santificación. Se podría decir que fue el santo de lo ordinario. En efecto, estaba convencido de que, para quien vive en una perspectiva de fe, todo ofrece ocasión de un encuentro con Dios, todo se convierte en estímulo para la oración. La vida diaria, vista así, revela una grandeza insospechada. La santidad está realmente al alcance de todos”.

3. TRABAJO Y SANTIDAD

Escribe san Josemaría Escrivá: “La santificación del trabajo ordinario constituye como el quicio de la verdadera espiritualidad para los que -inmersos en las realidades temporales- estamos decididos a tratar a Dios. (Amigos de Dios, homilía: “Trabajo de Dios” nº 61).

Y, en el mismo sentido: “El Opus Dei he dicho que se apoya como en su quicio, en el trabajo ordinario, en el trabajo profesional ejercido en medio del mundo.” (Es Cristo que pasa, homilía: “En el taller de José”, nº 45).

Siguiendo los pasos de Jesús: “Jesús debía parecerse a José: en el modo de trabajar, en rasgos de su carácter, en la manera de hablar. En el realismo de Jesús, en su espíritu de observación, en su modo de sentarse a la mesa y de partir el pan, en su gusto por exponer la doctrina de manera concreta, tomando ejemplo de las cosas de la vida ordinaria, se refleja lo que ha sido la infancia y la juventud de Jesús y, por tanto, su trato con José” (Es Cristo que pasa, homilía “En el taller de José” nº 55)

- “Allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo” (Conversaciones, 113)

- “El trabajo profesional —sea el que sea— se convierte en un candelero que ilumina a vuestros colegas y amigos. Por eso suelo repetir a los que se incorporan al Opus Dei, y mi afirmación vale para todos los que me escucháis: ¡qué me importa que me digan que fulanito es buen hijo mío —un buen cristiano—, pero un mal zapatero! Si no se esfuerza en aprender bien su oficio, o en ejecutarlo con esmero, no podrá santificarlo ni ofrecérselo al Señor; y la santificación del trabajo ordinario constituye como el quicio de la verdadera espiritualidad para los que —inmersos en las realidades temporales— estamos decididos a tratar a Dios.” (Amigos de Dios, homilía “Trabajo de Dios” n º 61)

Con estas referencias iniciales es sencillo llegar a la base sólida que se formula así: santificar el trabajo, santificarnos con el trabajo, santificar por el trabajo:

- “Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Esta es la razón por la que os tenéis que santificar, contribuyendo, al mismo tiempo, a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo…” (Es Cristo que pasa, homilía: “En el taller de José”, nº 46)

“Para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios en el camino de sus vidas” (“Conversaciones”, 55).

1) SANTIFICAR EL TRABAJO

- “Pon un motivo sobrenatural en tu ordinaria deber profesional y habrás santificado el trabajo” (Camino nº 359)
“Si nos empeñamos diariamente en considerar nuestras obligaciones como un requerimiento divino aprenderemos a terminar la tarea con la mayor perfección humana y sobrenatural de que seamos capaces” (Amigos de Dios, homilía “Trabajo de Dios”, nº 57).

- Trabajar bien. “No podemos ofrecer al Señor algo que, dentro de las pobres limitaciones humanas, no sea perfecto, sin tacha, efectuado atentamente también los mínimos detalles: Dios no acepta chapuzas. “No presentaréis nada defectuoso… pues no sería digno de Él” (Lev 22,20)” (Amigos de Dios, homilía “Trabajo de Dios”, nº 55)

“Si queremos de veras santificar el trabajo, hay que cumplir ineludiblemente la primera condición: trabajar, ¡y trabajar bien!, con seriedad humana y sobrenatural” (“Forja” nº 698)

- El borrico. “¡Bendita perseverancia la del borrico de noria! - Siempre el mismo paso. Siempre las mismas vueltas. – Un día y otro: todos iguales. Sin eso, no habría madurez en los frutos, ni lozanía en el huerto, ni tendría aromas el jardín. Lleva ese pensamiento a tu vida interior” (“Camino” nº 998)

“¡Ojalá adquieras -las quieres alcanzar- las virtudes del borrico: humilde, duro para el trabajo y perseverante, ¡tozudo!, fiel, segurísimo en su paso, fuerte y -si tiene buen amo- agradecido y obediente” (“Forja” nº 380)

“Sigue considerando las cualidades del borrico, y fíjate que el burro, para hacer algo de provecho, ha de dejarse dominar por la voluntad de quien le lleva…: solo, no haría más que… burradas. De seguro que no se le ocurre otra cosa mejor que revolcarse en el suelo, correr al pesebre… y rebuznar. ¡Ah Jesús -díselo tú también- “ut iumentum factus sum apud te” – me has hecho tu borriquillo; no me dejes, “et ego semper tecum” – y estaré siempre Contigo. Llévame fuertemente atado con tu gracia: “tenuisti manum dexteram meam” – me has cogido por el ronzal; “et in voluntate tua deduxisti me…” -y hazme cumplir tu Voluntad. ¡Y así te amará por los siglos sin fin!- “et cum gloria suscepisti me!” (“Forja” nº 381)

2) SANTIFICARNOS CON EL TRABAJO

- “Hemos de conducirnos movidos por Amor, nunca como el soporta un castigo o una maldición: “Todo cuanto hacéis sea de palabra de obra, hacedlo todo en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, dando por medio de Él gracias a Dios Padre” (Col 3,17). Y así terminaremos nuestro quehacer con perfección, llenando el tiempo, porque seremos instrumentos enamorados de Dios, que advierten toda a responsabilidad y toda la confianza que el Señor deposita sobre sus hombros, a pesar de la propia debilidad” (Amigos de Dios, homilía “Trabajo de Dios”, nº 71)

- Pues ahora añado que también el trabajo tuyo debe ser oración personal, ha de convertirse en una gran conversación con Nuestro Padre del Cielo. (Amigos de Dios, homilía “Trabajo de Dios”, nº 64). El trabajo es, así, oración de acción de gracias porque nos sabemos colocados por Dios en la tierra, amados por Él, herederos de sus promesas.” (Es Cristo que pasa, homilía: “En el taller de José” nº 48)

- “Persuadíos de que no resulta difícil convertir el trabajo en un diálogo de oración. Nada más ofrecérselo y poner manos a la obra, Dios ya escucha, ya alienta… Porque nos invade la certeza de que Él nos mira, de paso que nos pide un vencimiento nuevo: ese pequeño sacrificio, esa sonrisa ante la persona inoportuna, ese comenzar por el quehacer menos agradable, pero más urgente, ese cuidar los detalles de orden, con perseverancia en el cumplimiento del deber cuando tan fácil sería abandonarlo, ese no dejar para mañana lo que hemos de terminar hoy: ¡Todo por darle gusto a Él, a nuestro Padre Dios!” (Amigos de Dios, homilía “Trabajo de Dios”, nº 67)

- “Y se sucederán, una tras otra, las horas de trabajo ofrecidas por lejanas naciones que nacen a la fe, por pueblos de oriente impedidos de profesar con libertad sus creencias, por los países de antigua tradición cristiana donde parece que se ha oscurecido la luz del Evangelio y las almas se debaten en las sombras de la ignorancia… Conviertes de un modo práctico y sencillo la contemplación en apostolado.” (Amigos de Dios, homilía “Trabajo de Dios”, nº 67)

3) SANTIFICAR POR EL TRABAJO

No servimos a Dios con lealtad “cuando abandonamos nuestra tarea; cuando no compartimos con los demás el empeño y la abnegación en el cumplimiento de los compromisos profesionales; cuando nos puedan señalar como vagos, informales, frívolos, desordenados, perezosos, inútiles… Porque quien descuida esas obligaciones, en apariencia menos importantes, difícilmente vencerá en otras de la vida interior, que ciertamente son más costosas: Quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho (Lc 16,10)” (Amigos de Dios, homilía “Trabajo de Dios” nº 62)

“El trabajo profesional es también apostolado, ocasión de entrega a los demás hombres para revelarles a Cristo y llevarlos a Dios Padre, consecuencia de la caridad que el Espíritu Santo derrama en las almas.” (Es Cristo que pasa, homilía “En el taller de José” nº 49)

4) PARA SERVIR, SERVIR

“El milagro que os pide el Señor es la perseverancia en vuestra vocación cristiana y divina, la santificación del trabajo de cada día: el milagro de convertir la prosa diaria en endecasílabos, en verso heroico por el amor que ponéis en vuestra ocupación habitual. Ahí os espera Dios… Por eso, como lema para vuestro trabajo, os puedo indicar éste: para servir, servir. Porque, en primer lugar, para realizar las cosas, hay que saber terminarlas. No creo en la rectitud de intención de quien no se esfuerza en lograr la competencia necesaria con el fin de cumplir debidamente las tareas que tiene encomendadas.” (Es Cristo que pasa, homilía “En el taller de José” nº 50)

- ¿Que no tiene tiempo?… Mejor. Precisamente a Cristo le interesan los que no tienen tiempo (Surco nº 199)

4. LAS VIRTUDES EN EL TRABAJO

Escribe san Josemaría: “Es toda una trama de virtudes la que se pone en juego al desempeñar nuestro oficio, con el propósito de santificarlo: la fortaleza, para perseverar en nuestra labor, a pesar de las naturales dificultades y sin dejarse vencer nunca por el agobio; la templanza, para gastarse sin reservas y para superar la comodidad y el egoísmo; la justicia, para cumplir nuestros deberes con Dios, con la sociedad, con la familia, con los colegas; la prudencia, para saber en cada caso qué es lo que conviene hacer y lanzarnos a la obra sin dilaciones… Te buscaremos y te encontraremos en la labor cotidiana que Tú deseas que convirtamos en obra de Dios, obra de Amor.” (Amigos de Dios, homilía “Trabajo de Dios”, nº 72)

“La devoción sincera, el verdadero amor a Dios, lleva al trabajo, al cumplimiento -aunque cueste- del deber de cada día” (“Forja” nº 733)

Del libro “Pasó haciendo el bien” (F. Fernández Carvajal, Ed. Palabra, 2017) se toman estos pasajes y palabras que sirven para reproducir textos referidos a ellas:

- Dificultades. “El esfuerzo, la dificultad, el espíritu de sacrificio acompañan de ordinario a la tarea bien hecha. Para trabajar bien, la persona necesita… practicar la constancia, la paciencia y el tesón… El perezoso, el holgazán, el flojo, el indolente son algo anómalo…” (F. Carvajal op. cit. pág. 273)

“Yo te voy a decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel…” (“Camino” nº 194)

- Alegría. “La alegría en el trabajo… Es el gozo de crear cosas… Dios nos ve mientras trabajamos… No hace falta contarle nada, basta buscarle en el centro del corazón… Trabajar mano a mano con el Señor viene a ser un gozo bien grande…” (F. Carvajal, op. cit. pág. 275)

“¿No hay alegría? – Piensa: hay un obstáculo entre Dios y yo. - Casi siempre acertarás” (“Camino” nº 662)

“Trabaja con alegría, con paz, con presencia de Dios. -De esta manera realizarás tu tarea, además, con sentido común: llegarás hasta el final aunque te rinda el cansancio, la acabarás bien…, y tus obras agradarán a Dios” (“Forja” nº 744)

- Pereza. “La pereza neutraliza las energías de la persona a través de pequeñas dejaciones, abandonos, omisiones, descuidos y tareas sin acabar… Es negligencia, indolencia y descuido de las cosas a las que estamos obligados; una repugnancia ante el esfuerzo…” (F. Carvajal, op. cit. pág. 276)

“Hay dos virtudes humanas -la laboriosidad y la diligencia-, que se confunden en una sola: en el empeño por sacar partido a los talentos que cada uno ha recibido de Dios. Son virtudes porque inducen a acabar las cosas bien” (“Amigos de Dios, 81)

“El heroísmo del trabajo está en “acabar” cada tarea” (Surco nº 488)

“La santidad está compuesta de heroísmos. - Por tanto, en el trabajo se nos pide el heroísmo de “acabar” bien las tareas que nos corresponden, día tras día, aunque se repitan las mismas ocupaciones. Si no, no queremos ser santos” (“Surco” nº 552)

- Atención. “Atención significa empeño por mantenerse fijo sobre determinado asunto, sin dejar que se desvíe hacia otras cuestiones... Se relaciona con las virtudes de constancia y tenacidad…” (F. Carvajal, op. cit. pág 279)

“El que es laborioso aprovecha el tiempo, que no sólo es oro, ¡es gloria de Dios! Hace lo que debe y está en lo que hace, no por rutina, ni por ocupar las horas, sino como un fruto de una reflexión atenta y ponderada. Por eso es diligente. El uso normal de esta palabra -diligente- nos evoca ya su origen latino. Diligente viene del verbo “diligo”, que es amar, apreciar, escoger como fruto de una atención esmerada y cuidadosa. No es diligente el que se precipita, sino el que trabaja con amor, primorosamente” (Amigos de Dios, homilía “Virtudes humanas” 81)

- Matar el tiempo. “El Señor tiene derecho -y cada uno de nosotros obligación- a que “en todo instante” le glorifiquemos. Luego, si desperdiciamos el tiempo, robamos gloria a Dios” (“Surco” nº 508)

“Malo sería que perdieses tú el tiempo, que no es tuyo, sino de Dios, y para su gloria. Pero si, además, haces que otros lo pierdan, disminuyes por un lado tu prestigio y, por otro, acrecientas el fraude de gloria que debes a Dios” (“Surco” nº 552)

“¡Qué pena matar el tiempo, que es un tesoro de Dios!” (“Forja” nº 706)

- Trabajo en el hogar. “Requiere el ejercicio de las mejores cualidades de la persona, la puesta en práctica de casi todas las virtudes: caridad, paciencia, benevolencia, humildad, generosidad, magnanimidad, elegancia, prudencia, respeto, optimismo, fortaleza, responsabilidad… Todas al servicio de la felicidad de los demás.” (F. Carvajal, op. cit. pág. 280)

“Me escribes en la cocina, junto al fogón. Está comenzando la tarde. Hace frío. A tu lado, tu hermana pequeña -la última que ha descubierto la locura divina de vivir a fondo su vocación cristiana- pela patatas. Aparentemente -piensas- su labor es igual que antes. Sin embargo, ¡hay tanta diferencia! – Es verdad: antes “sólo” pelaba patatas; ahora, se está santificando pelando patatas” (“Surco” nº 498)

“Las tareas profesionales -también el trabajo del hogar es una profesión de primer orden- son testimonio de la dignidad de la criatura humana; ocasión de desarrollo de la propia personalidad; vinculo de unión con los demás; fuente de recursos; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que vivimos, y de fomentar el progreso de la humanidad entera… - Para un cristiano, estas perspectivas se alargan y se amplían aún más, porque el trabajo -asumido por Cristo como realidad redimida y redentora- se convierte en medio y en camino de santidad, en concreta tarea santificable y santificadora” (“Forja” nº 702)

- Trabajo compartido. “Cada persona debe sentirse integrada en el conjunto, además de adaptarse a la tarea a realizar, todos deben conocerse entre sí, aceptarse y respetarse mutuamente, ser flexibles, ser leales con los demás, ayudarse ante lo difícil y costoso…” Los enemigos son “la compatibilidad movida por la ambición, el deseo de protagonismo y el afán de imponerse sobre los otros.” (F. Carvajal, op. cit. pág. 281)

“Le hacía decir el Señor a un alma que tenía un superior inmediato iracundo y grosero: Muchas gracias, Dios mío, por este tesoro verdaderamente divino, porque ¿cuándo encontraré otro que a cada amabilidad me corresponda con un par de coces?” (“Camino” nº 190)

“Y esta paciencia la que nos impulsa a ser comprensivos con los demás, persuadidos de que las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo” (Amigos de Dios, homilía “Virtudes humanas” 78)

- Situaciones complejas. “Contar con la ayuda de Dios para decidir, nos libera de egoísmos y ambiciones y es garantía de desear lo mejor para los demás.” (F. Caravajal, op. cit. pág. 28)

“Por tu condición de ciudadano corriente, precisamente por ese “laicismo” tuyo, igual -ni más, ni menos- al de tus colegas, has de tener la valentía, que en ocasiones no será poca, de hacer “tangible” tu fe; que vean tus buenas obras y el motivo que te empuja” (“Forja” nº 723)

5. UNA ORACIÓN

Este repaso de las virtudes que deben ejercitarse en el trabajo puede hacer oportuno recordar la oración que se refiere, precisamente, a la “operatio”, al trabajo, a la obra, en que ponemos lo mejor de nuestra atención y de nuestras habilidades y saberes: “Actiones nostras, quaesumus Domine, aspirando praeveni et adiuvando prosequere, ut cuncta nostra oratio et operatio a te semper incipiat et per te coepta finiatur. Per Christum Dominum nostrum” (Te rogamos, Señor, que prevengas nuestras acciones con tus inspiraciones y que las acompañes con tu ayuda, para que así toda nuestra oración y obra comience siempre por ti, y por ti se concluya. Por Cristo Señor nuestro) (en los misales, por ejemplo, después del “Cántico de los tres jóvenes”, Dn 3, 57-88 y 56, y de las estrofas del Salmo 150).

6. Y DOS CONSEJOS

- “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere -no lo olvides- dependen muchas cosas grandes” (Camino nº 755)

- “¿Quieres de verdad ser santo? - Cumple el pequeño deber de cada momento, haz lo que debes y está en lo que haces” (Camino nº 815)

Julio Banacloche Pérez

(29.09.18)

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