PREGUNTAS DEL SEÑOR
PRESENTACIÓN
En la fiesta de san José de 2017, con motivo del “día
del padre” recibí el regalo de un libro titulado “Las preguntas ESCUETAS del
Evangelio”, de Ermes Ronchi, religioso servita que predicó los ejercicios
espirituales al papa Francisco y a la Curia Romana. Se trataba de diez preguntas.
En la festividad de la Epifanía de 2022, los “Reyes Magos” me trajeron como
regalo el libro “Las preguntas de Jesús”, de Ludwig Monti, en cuya introducción
el autor dice: “según mis cálculos, Jesús planteó 217 preguntas (dentro de 136
pasajes porque en alguno hay varias preguntas) y recibió 141 (en 118 pasajes).
Aunque antes, en esa misma página, avisaba el autor de que a su pregunta
¿cuántas son las preguntas planteadas por Jesús? había recibido como respuesta
“desde un mínimo de 3 a un máximo de 100”. Y esos fueron los orígenes de este escrito.
La relación de preguntas y los textos que las
acompañan aparecieron a lo largo de dos años en un blog semanal digital
formando parte de la página segunda que habitualmente contiene textos
religiosos. En ella, a partir del texto del libro: “Sinopsis concordada de los
cuatro evangelios”, de Juan Leal, S.I. BAC, Madrid, 1961, y siguiendo su orden
cronológico y la redacción de los textos de aquel año, se ha llegado al
resultado que aquí se presenta. Total: 114 preguntas de Jesús. Pero en ese
número de preguntas hay alguna que coincide con otras, como es frecuente en
“los evangelios sinópticos”. En esos casos, se ha elegido uno de los textos y,
si es significativa la diferencia con otros, se ha señalado en el comentario.
Atendiendo a la literalidad y no a los contextos las preguntas serían muchas
más. Finalmente hay que decir que, en labor de “corta, pega”, como una secuela
de lo escrito cada semana en el blog, se ha elaborado la composición de textos
que se presenta en esta consideración final.
También es recomendable conocer, para quien quisiera
hacerlo sobre este tema, una relación bibliográfica. Se puede empezar, además de por el libro de
Ronchi, por la relación contenida en las notas a pie de página del citado libro
de Monti, entre otros: “The Questions of Jesus”, Image, New York 2004; “But Who
So You Say I AM”, de J. Marshall, Ambassador, Worchester (Massachusetts); “Le
domande di Gesu nel vangelio di Marco. Approccio pragmatico: ricorrenze, uso e
funzioni”, Glossa, Milano 1998; “Le domande del vangelio di Giovanni. Analisi
narrativa delle questioni presenti in Gv 1-2”, Citadella, Assisi, 2013. Y para
preguntas en toda la Biblia: “All the Questions in de Bible”, J.L. Hancock, 2011.
Con el deseo de que este escrito pueda ser de utilidad
espiritual e intelectual.
SUMARIO
I. Así empezó la historia
a) Nació en Belén de Juda
b) El Niño Jesús
c) El joven Jesús
II. Y el Señor pregunta
1) ¿Por qué me buscabáis? (Lc 2,49)
2) ¿Qué buscáis? (Jn 1,38)
3) ¿Qué nos va a ti y a mí? (Jn 2,4)
4) ¿Cómo creeréis si os hablare cosas del
cielo? (Jn 3,12)
5) ¿No decís vosotros que todavía faltan
cuatro meses mientras llega la siega? (Jn 4,35)
6) ¿Quieres curarte? (Jn 5,6)
7) ¿Cómo podéis creer vosotros que
aceptáis la gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene sólo
de Dios? (Jn 5,44)
8) ¿Qué es más fácil decir: Tus
pecados están perdonados; o decir: Levántate y anda? (Mt 9,3)
9) ¿Esto os escandaliza? Pues ¿si vierais
al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes? (Jn 6,60)
10) ¿Pueden los convidados al banquete
estar tristes mientras está con ellos el esposo? (Mt 9,15)
12) ¿Es lícito en sábado hacer bien o
hacer mal, salvar una vida o matarla? (Lc 6,9)
13) Vosotros sois la sal de la tierra.
Pero si la sal pierde su fuerza ¿con qué se salará? (Mt 5,13)
14) Si amáis a los que os aman, ¿qué
mérito tenéis, pues también los pecadores aman a los que los aman? (Lc 6,32)
15) ¿No vale la vida más que el alimento,
y el cuerpo más que el vestido? (Mt 6,25)
16) ¿Puede un ciego guiar a otro ciego?
(Lc 6,39)
17) ¿O habrá entre vosotros alguno a quien
su hijo le pida pan y le dé una piedra? (Mt 7,9)
18) Mujer, ¿dónde están tus acusadores?
(Jn 8,10)
19) ¿Por ventura se cogen uvas de los
espinos o higos de los zarzales? (Mt 7,16)
20) ¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no
hacéis lo que digo? (Lc 6,46)
21) Entonces ¿qué habéis ido a ver? ¿A un
profeta? (Lc 7,26)
22) ¿Qué salisteis a contemplar en el
desierto? ¿Una caña agitada por el viento? (Mt 11,7)
23) ¿Y con quien compararé a los hombres
de esta generación? ¿a quién se parecen? (Lc 7,31)
24) ¿Quién, pues, de ellos le amará más?
(Lc 7,42)
25) ¿Quién de estos tres te parece que se
mostró prójimo del que cayó en manos de los ladrones? (Lc 10,36)
26) ¿Qué padre hay entre vosotros que, si
su hijo le pide pan, le dé una piedra? (Lc 11,11)
27) ¿Cómo puede Satanás arrojar a Satanás?
(Mc 3,23)
28) ¿Cómo podéis decir cosas buenas, si
sois malos? (Mt 12,34)
29) ¿Quién es mi madre y quienes son mis
hermanos?
30) ¿No entendéis esta parábola? (Mc 4,13)
31) ¿Por ventura se tiene la lámpara para
meterla debajo del celemín o debajo de la cama? (Mc 4,21)
32) Quien hizo lo exterior ¿no hizo
también lo interior? (Lc 11,40)
33) ¿No venden cinco pájaros por dos ases?
(Lc 12,6)
34) Hombre, ¿quién me ha hecho a mi
vuestro juez o repartidor? (Lc 12,14)
35) ¿Quién de vosotros, con angustiarse, puede añadir
un codo a su existencia? (Lc 12,25)
36) ¿Quién
será el administrador prudente y fiel a quien el señor ponga al frente de su
servidumbre para que le dé a su tiempo la comida correspondiente? (Lc 12,42)
37) “Fuego he venido a traer a la tierra y
¿qué quiero sino que arda? (Lc 12,49)
38) ¿Cómo no estudiáis este tiempo? ¿Por
qué no juzgáis por vosotros mismos lo justo? (Lc 12,56)
39) ¿Creéis vosotros que esos galileos
eran más pecadores que los demás por haber sufrido semejante suerte? (Lc 13,2)
40) ¿No se podía soltar de su ligadura en
día de sábado? (Lc 13,16)
41) ¿Cómo compararemos el reino de Dios o
con qué parábola lo describiremos?” (Mc 4,30)
42) ¿Dónde está vuestra fe? (Lc 8,25)
43) ¿Cómo te llamas? (Mc 5,9)
44) ¿Quién me ha tocado? (Lc 8,45)
45) ¿Por qué alborotáis y gritáis? (Mc
5,39)
46) ¿Creéis que yo puedo hacer eso? (Mt
9,28)
47) ¿Es lícito curar en sábado o no? (Lc
14,3)
48) ¿Quién de vosotros, si su hijo o su
buey cae en un pozo, no lo saca en seguida en el día de sábado? (Lc 14,5)
49) ¿Quién de vosotros que quiere
construir una torre, no se sienta primero para calcular los gastos a ver si
tiene para acabar? … O ¿qué rey, que ha de hacer guerra a otro rey, no se pone
primero a considerar si será capar con diez mil hombres de salir al encuentro
del que viene contra él con veinte mil? (Lc 14,28.31)
50) ¿Quién de vosotros que tenga cien
ovejas y pierda una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va
en busca de la oveja perdida hasta que la encuentra? … O ¿qué mujer que tiene
diez dracmas, si pierde una, no enciende la lámpara y barre la casa y la busca
con gran diligencia hasta que la encuentra? (Lc 15, 3.8)
51) Si, pues, no habéis sido fieles en la
riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Y si no habéis sido fieles en
lo ajeno, ¿quién os dará lo vuestro? (Lc 16,11-12)
52) ¿No se venden dos pajaritos por un as?
(Mt 10,29)
53) ¿Dónde podemos comprar pan para que
coman éstos? (Jn 6,5)
54) Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”
(Mt 14,25-31)
55) ¿Queréis también marcharos vosotros?
(Jn 6,67)
56) ¿Y por qué vosotros quebrantáis el
mandamiento de Dios, por vuestra tradición? (Mt 15,3)
57) ¿También estáis vosotros sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo
que entra en la boca pasa al vientre y es arrojado al estercolero? (Mt 15,16)
58) ¿Cuántos panes tenéis? (Mt 15,34)
59) ¿Y no podéis discernir los signos de
los tiempos? (Mt 16,3); ¿Por qué pide esta generación una señal? (Mc 8,12)
60) ¿Por qué pensáis dentro de vosotros,
hombres de poca fe, que no tenéis pan? ¿No comprendéis ni os acordáis de los cinco
panes de los cinco mil hombres y cuántos canastos recogisteis? ¿Ni los siete
panes y los cuatro mil hombres y cuántas espuertas recogisteis? Pues ¿cómo no
comprendéis que no os he hablado de panes al decir guardaos de la levadura de
los fariseos y saduceos? (Mt 16,8-11)
61) ¿Quién dice la gente que soy yo? (Mc
8,37; cf. Mt 16,13, Lc 9,18)
62) “Pero vosotros ¿quién decís que soy
yo?” (Mc 8,29)
63) ¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el
mundo si pierde su alma?; ¿qué dará el hombre a cambio de su alma?” (Mc 8,36)
64) ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo
os voy a sufrir? (Mt 17,17)
65) ¿Qué te parece Simón? ¿De quiénes
perciben los reyes de la tierra los tributos? ¿De sus hijos o de los extraños?
(Mt 17,25)
66) ¿Qué os parece? Si uno tiene cien
ovejas y se extravía una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueve en los montes
y se irá a a buscar la extraviada? (Mt 18,12)
67) La sal es buena; pero si la sal se
convierte en insípida ¿con qué se le dará sabor? (Mc 9,50)
68) ¿Quién de vosotros que tenga un siervo
arando o con el rebaño le dirá cuando llegue del campo: entra enseguida y ponte
a la mesa? Más bien le dirá: prepárame la cena y cíñete para servirme mientras
como y bebo, y después comerás y beberás tú. ¿Por ventura tiene que agradecer
al siervo el que haga lo que le manda? (Lc 17,7-9)
69) ¿No han sido curados los diez? ¿Dónde
están los nueve? ¿No ha habido quien vuelva a dar gloria a Dios, sino sólo este
extranjero? (Lc 17,17)
70) ¿No os dio Moisés la ley y ninguno de
vosotros la cumple? ¿Por qué pretendéis matarme? … ¿os irritáis contra mí
porque he curado en sábado a todo el cuerpo? (Jn 7, 19.23)
71) “Mujer ¿dónde están? ¿Nadie te ha
condenado?” (Jn 8,10)
72) “… ¿Por qué hablo con vosotros? Mucho
tengo que decir y condenar de vosotros… ¿Por qué no comprendéis mis palabras? …
¿Quién de vosotros puede convencerme de pecado? Si digo verdad, ¿por qué no me
creéis?” (Jn 8,43-46)
73) ¿Tú crees en el Hijo del Hombre?” (Jn
9,35)
74) ¿Qué os mandó Moisés?” (Mc 10,2)
75) ¿Por qué me llamas bueno? (Mc 10,18)
76) ¿No son doce las horas del día? (Jn
11,9)
77) ¿Crees tú eso? Dícele: Sí, Señor, yo creo que
tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que viene al mundo… Señor, ya huele; lleva
cuatro días. Dícele Jesús: ¿No te he dicho que si creyeres verás la gloria de
Dios? (Jn 11,26.40)
78) ¿Podéis beber el cáliz que yo beberé? (Mt 20,22)
79) ¿Qué quieres que te haga? (Lc 18,41)
80) ¿Por qué molestáis a esta mujer? (Mt
26,10)
81) ¿No habéis leído nunca que de la boca
de los pequeñitos y niños de pecho te has hecho alabar?” (Mt 21,16)
82) Ahora mi alma está turbada. ¿Qué diré?
¿Padre, líbrame de esta hora? (Jn 12,27)
83) El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del
cielo o de los hombres? (Mt 21,25)
84) ¿Qué hará el amo de la viña?” (Mc
12,9)
85) Hipócritas, ¿por qué me tentáis? …
Díceles: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? (Mt 22,18)
86) ¿No habéis leído lo que os fue dicho
por Dios cuando dice: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de
Jacob? (Mt 22,31)
87) ¿Qué os parece del Mesías? ¿De quién
es hijo? ... ¿cómo David con inspiración le llama Señor cundo dice: Dijo el
Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos debajo
de tus pies? Si David le llama Señor ¿cómo es su hijo?” (Mt 22,41.45)
88) ¿Quién es pue, el siervo fiel y
prudente a quien el Señor puso al frente de la servidumbre para que le dé a su
tiempo la comida? (Mt 24,45)
89) ¿Quién es mayor, el que está a la mesa
o el que sirve? ¿No es verdad que el que está a la mesa? (Lc 22,27)
90) ¿Sabéis lo que he hecho con vosotros?
(Jn 13,12)
91) ¿Comprendéis lo que he hecho con
vosotros? (Jn 13,12).
92) Y dijo a todos: - Cuando os envié sin
bolsa, ni alforja, ni sandalias ¿os faltó algo? (Lc 22,35)
93) ¿No habéis podido velar una hora
conmigo? (Mt 26,40)
94) ¿Por qué dormís? Levantaos y orad,
para no caer en la tentación (Lc 22,46)
95) ¿A quién buscáis? (Jn 18, 4)
96) ¿A quién buscáis (Jn 18,7)
97) Amigo, ¿a qué vienes? (Mt 26,50)
98) Judas, ¿con un beso entregas al Hijo
del hombre? (Lc 22,48)
99) El cáliz que me ha dado mi Padre ¿No
lo voy a beber?” (Jn 18,11)
100) ¿Habéis salido con espadas y palos,
como a caza de un bandido? A diario estaba en el Templo con vosotros, y no me
echasteis mano. Pero ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas” (Lc
22,52)
101) ¿Dices eso por tu cuenta o te lo han
dicho otros?” (Jn 18,34)
102) A media tarde, Jesús gritó: - Elí,
Elí, lamá sabaktaní. (Es decir: - Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?)
103) Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién
buscas?” (Jn 20,15)
104) ¿Qué conversación es esa que traéis
mientras vais de camino? (Lc 24,17)
105) ¿Qué cosas? (Lc 24,19)
106) ¿No es verdad que era necesario que
el Cristo padeciese estas cosas antes de entrar en su gloria?” (Lc 24,26)
107) ¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen
dudas en vuestro interior? (Lc 24,38)
108) ¿Tenéis ahí algo de comer?” (Lc
24,41)
109) ¿Por qué me has visto has creído?
Dichosos los que crean sin haber visto” (Jn 20,29)
110) Muchachos ¿tenéis algo de comer? (Jn
21,5)
111) Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que
éstos? (Jn 21,15)
112) Simón, hijo de Juan ¿me amas? (Jn
21,16)
113) ¿Me quieres? (Jn 21,17)
114) “Si yo quiero que él permanezca hasta
que yo vuelva, ¿a ti, qué? Tú sígueme” (Jn 21,22)
III. SEMANA SANTA
IV. PASCUA DE RESURRECCIÓN
I. ASÍ EMPEZÓ LA HISTORIA
a) Nació en Belén de Judá
¡Navidad! Dios se hizo como nosotros por amor. Como
había anunciado los profetas: “Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha
dado. Sobre sus hombros está el imperio y lleva por nombre: Consejero
maravilloso, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la paz” (Is 9,5). Y
también: “Pero tú, Belén Efrata, aunque tan pequeña entre los clanes de Judá,
de ti saldrá el que ha de ser dominador en Israel; sus orígenes son muy
antiguos, de días remotos. Por eso él los entregará hasta el tiempo en que dé a
luz la que ha de dar a luz” (Mi 5,1-2).
“La generación de Jesucristo fue así. María, su madre,
estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había
concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era
justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba
él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: –
José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella
ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrá
por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto
sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta:
Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre
Enmanuel, que significa Dios-con-nosotros. Al despertarse, José hizo lo que el
ángel del señor le había ordenado y recibió a su esposa. Y, sin que la hubiera
conocido, dio ella a luz un hijo y le puso por nombre Jesús” (Mt 1,18-25)
“En aquellos días se promulgó un edicto de César
Augusto, para que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento se
hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse, cada uno
a su ciudad. José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret,
ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, para
empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y cuando ellos se
encontraban allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito;
lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para
ellos en el aposento” (Lc 2,1-7)
“Había unos pastores por aquellos contornos, que
dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. De improviso
un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de luz. Y
se llenaron de un gran temor. El ángel les dijo: - No temáis. Mirad que vengo a
anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido,
en la ciudad de David, el salvador, el Cristo, el Señor; y esto os servirá de
señal; encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre. De
pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que
alababa a Dios diciendo: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los
hombres en los que Él se complace”. Cuando los ángeles les dejaron, marchándose
hacia el cielo, los pastores se decían unos a otros: - Vayamos a Belén para ver
esto que ha ocurrido y que el Señor nos ha manifestado. Y fueron presurosos y
encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre. Al verlo
reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas sobre el niño. Y todos
los que lo oyeron se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho.
María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón. Y los pastores
regresaron, glorificando y alabando a Dios, por todo lo que habían oído y
visto, según les fue dicho” (Lc 2,8-20)
b) El Niño Jesús
Año nuevo, lucha nueva. Tiempo de conversión animosa y
esperanzada. Empezando con las primeras experiencias del Niño Jesús: “Cuando se
cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como
le había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno” (Lc
2.21)
Puede ser conveniente traer aquí y en este punto el
pasaje de la presentación del Niño y la purificación de María, a los cuarenta
días de nacer: “Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés,
lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley
del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor, y para presentar
como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del
Señor. Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo
y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo
estaba en él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría
antes de ver al Cristo del Señor. Así vino al templo movido por el Espíritu. Y
al entrar los padres con el niño Jesús, para cumplir lo que prescribía la ley
sobre él, lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo: -Ahora Señor, puedes
dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra… Vivía entonces una profetisa
llamada Ana, hija de Famuel, de la tribu de Aser. Era de edad muy avanzada,
había vivido con su marido siete años de casada y había permanecido viuda hasta
los ochenta y cuatro años, sin apartarse del Templo, sirviendo con ayunos y
oraciones noche y día. Y llegando en aquel mismo momento, alababa a Dios y
hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén” (Lc
2,22-29.36-38)
Después, para el cristiano, es obligado vivir con la
Sagrada Familia otros dos pasajes evangélicos. Uno, posiblemente, ya en una
casa en Belén. “Después de nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey
Herodes, unos magos llegaron de Oriente a Jerusalén, preguntando: -¿Dónde está
el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y
hemos venido a adorarle. Al oír esto, el rey Herodes se inquietó y con él toda
Jerusalén. Y, reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas
del pueblo, les interrogaba dónde había de nacer el Mesías. – En Belén de Juda
-le dijeron-, pues así está escrito por medio del profeta… Entonces, Herodes,
llamando en secreto a los Magos, se informó cuidadosamente por ellos del tiempo
en que había aparecido la estrella; y les envió a Belén, diciéndoles: - Id e
informaos bien acerca del niño, y cuando lo encontréis, avisadme para que
también yo vaya a adorarle. Ellos después de oír al rey, se pusieron en marcha.
Y, entonces, la estrella que habían visto en Oriente se colocó delante de
ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. Al ver la estrella se
llenaron de inmensa alegría. Y entrando en la casa, vieron al niño con María,
su madre, y postrándose le adoraron; luego abrieron sus cofres y le ofrecieron
presentes: oro, incienso y mirra. Y, después de recibir en sueños aviso de no
volver a Herodes, regresaron a su país por otro camino” (Mt 2,1-5.7-11).
El otro pasaje se narra a continuación. “Cuando se
marcharon, un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:
“-Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que
to te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. Él se levantó,
tomo de noche al niño y a su madre y huyó a Egipto. Allí permaneció hasta la
muerte de Herodes para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del
profeta Jeremías” (Mt 2,13-15).
c) El joven Jesús
La infancia y juventud de Jesús se resumen en un
brevísimo tiempo litúrgico.
- “Muerto Herodes, un ángel del Señor se le apareció
en sueños a José en Egipto y le dijo: - Levántate, toma al niño y a su madre y
vete a la tierra de Israel; porque han muerto ya los que atentaban contra la
vida del niño. Se levantó, tomó al niño y a su madre y vino a la tierra de
Israel. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes,
temió ir allá y avisado en sueños marchó a la región de Galilea. Y se fue a
vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por medio de
los Profetas: “Será llamado nazareno” (Mt 2,19-23). “Cuando se cumplieron todas
las cosas mandadas en la ley del Señor, regresaron a Galilea a su ciudad, a su
ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría,
y la gracia de Dios estaba con él” (Lc 2,39-40)
- Sus padres iban todos los años a Jerusalén para la
fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron a la fiesta, como era
costumbre. Pasados aquellos días, al regresar, el niño Jesús se quedó en
Jerusalén sin que lo advirtieran sus padres. Suponiendo que iba en la caravana,
hicieron un día de camino, buscándolo entre parientes y conocidos, y al no
encontrarlo, volvieron a Jerusalén en su busca. Y al cabo de tres días lo
encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándole y preguntándoles.
Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas. Al
verlo se maravillaron, y le dijo su madre: - Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?
Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos. Y él les dijo: - ¿Por qué
me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi
Padre? Pero ellos no comprendieron lo que les dijo. Bajó con ellos, vino a
Nazaret y les estaba sujeto. Y su madre guardaba estas cosas en su corazón. Y
Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los
hombres” (Lc 2, 41-52)
- “Y sucedió que en aquellos días vino Jesús desde
Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y nada más salir del
agua vio los cielos abiertos y el Espíritu que, en forma de paloma, descendía
sobre él; y se oyó una voz desde los cielos: - Tú eres mi Hijo, el amado, en ti
me he complacido” (Mt 3,13-17; Mc 1, 9-11)
- “Entonces fue conducido Jesús al desierto por el
espíritu para ser tentado por el diablo. Después de haber ayunado cuarenta días
con cuarenta noches, sintió hambre. Y acercándose el tentador le dijo: - Si
eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Él
respondió: - Escrito está: No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra
que procede de la boca de Dios. Luego, el diablo lo llevó a la Ciudad Santa y
lo puso sobre el pináculo del Templo. Y le dijo: - Si eres el Hijo de Dios, arrójate
abajo. Pues escrito está: dará órdenes a sus ángeles sobre ti, para que te
lleven en sus manos, no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra. Y le
respondió Jesús: -escrito está también: no tentarás al Señor tu Dios. De nuevo
lo llevó el diablo a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo y
su gloria, y le dijo: - Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras.
Entones respondió Jesús: -Apártate, Satanás, pues escrito está: Al Señor tu
Dios adorarás y solamente a Él darás culto. Entonces le dejó el diablo, y los
ángeles vinieron y le servían” (Mt 4,1-11).
II. Y EL SEÑOR PREGUNTA
1) ¿Por qué me buscabáis? (Lc 2,49)
Tiempo de hacer preguntas, de preguntarnos a nosotros
mismos, de responder a Jesús que nos pregunta. El cristiano busca y sigue las
palabras de Jesús en el Evangelio. Desde la primera transcrita: “Suponiendo que
iba en la caravana, hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y
conocidos, y, al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en su busca. Y al cabo
de tres días lo encontraron en el Templo… Al verlo se maravillaron y le dijo su
madre: - Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados,
te buscábamos. Y él les dijo: - ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es
necesario que yo esté en las cosas de mi Padre? (Lc 2,44-45.48-49).
Sus padres, María y José, no comprendieron lo que les
dijo, pero su madre guardaba todas estas cosas en su corazón.
2) ¿Qué buscáis? (Jn 1,38)
“Al día siguiente estaban allí de nuevo Juan y dos de
sus discípulos y fijándose en Jesús que pasaba, dijo: - Este es el Cordero de
Dios. Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús. Se volvió
Jesús y, viendo que le seguían, les preguntó: - ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron:
Rabbí -que significa Maestro- ¿dónde vives? Les respondió: - Venid y veréis.
Fueron y vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la
hora décima” (Jn 1,35-39).
El cristiano no olvida las palabras y repite en su
corazón: Fueron, vieron y se quedaron.
3) ¿Qué nos va a ti y a mí? (Jn 2,4)
Y, en esos amorosos diálogos ante el belén, del
cristiano con el Niño Jesús, cada uno sigue recordando preguntas de Jesús: “Al
tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea y asistía la madre de Jesús.
Fue también invitado Jesús con sus discípulos al banquete. Y como faltase el
vino, dice a Jesús su madre: - No tienen vino. Y Jesús le responde: ¿Qué nos va
a mí y a ti, mujer? Todavía no ha llegado mi hora. Dice su madre a los
sirvientes: - Haced lo que él os diga…” (Jn 2,1-5).
Mucho se ha considerado y escrito sobre este pasaje y
las palabras que se dijeron, pero el cristiano corriente, el sencillo seguidor
de Jesucristo se detiene en lo evidente: María está atenta a nuestras
necesidades y nada la detiene cuando tiene que interceder por nosotros ante
Jesús.
4) ¿Cómo creeréis si os hablare cosas del
cielo? (Jn 3,12)
El cristiano, atento a las preguntas de Jesús,
recuerda y medita las que están en el Evangelio. Nicodemo vino de noche y, en
la conversación, le preguntó Jesús: “¿Tú eres maestro de la Israel y no conoces
estas cosas? En verdad, en verdad te digo que hablamos lo que sabemos y damos
testimonio de lo que hemos visto, pero no recibís el testimonio nuestro. Si os
he hablado cosas de la tierra y no creéis ¿Cómo creeréis si os hablare cosas
del cielo? …” (Jn 3,10-12).
Y, meditando esas palabras el cristiano recuerda el
origen de esa cuestión: “Quien no naciere de nuevo, no puede ver el reino de
Dios” (Jn 3,3).
5) ¿No decís vosotros que todavía faltan
cuatro meses mientras llega la siega? (Jn 4,35)
Para algunos, los Evangelios sitúan después del
coloquio con Nicodemo (Jn 3,1-21), la estancia de Jesús y sus discípulos en
Judea (Jn 3,22) hasta después del arresto de Juan, el Bautista, que fue cuando
Jesús se retiró a Galilea y, dejando Nazaret, habitó en Cafarnaún (Mt 4,12, Mc
1,14, Lc 4,14, Jn 4,1). En ese viaje se sitúa el coloquio con la samaritana, en
Sicar, junto al pozo de Jacob. Y en ese pasaje se encuentra una pregunta de
Jesús a sus discípulos cuando, al volver de la ciudad a la que habían ido a
comprar de comer, Él les dijo: “Yo tengo por comida un alimento que vosotros no
conocéis”. Ellos se preguntaban si alguien le habría traído de comer, pero
Jesús les dijo: mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y acabar
su obra. ¿No decís vosotros que todavía faltan cuatro meses mientras llega la
siega? Yo os digo: levantad los ojos y contemplad los campos que ya están
blancos para la siega ..,” (Jn 4,35).
Son palabras que, de inmediato traen el recuerdo de
otras: “Y verán venir sl Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad
(Mt 24,29, Mc 12,26, Lc 21,27). Cuando comiencen a suceder estas cosas, animaos
y levantad vuestras cabezas, porque se aproxima vuestra redención” (Lc
21,27,28).
6) ¿Quieres curarte? (Jn 5,6)
- El cristiano, en el seguimiento de Cristo con el
Evangelio, encuentra y medita otra pregunta de Jesús: “Había allí un hombre
enfermo desde hacía treinta y ocho años. Lo vio Jesús tendido, y sabiendo que
llevaba enfermo mucho tiempo, le dijo: - ¿Quieres curarte? El enfermo le
respondió: - Señor no tengo una persona que cuando se agita el agua me eche en
la piscina; mientras yo me acerco, otro baja antes que yo. Dice Jesús: -
Levántate, toma tu camilla y camina” Y al momento quedó el hombre sano, tomó su
camilla y echó a andar” (Jn 5,5-9).
Este pasaje tiene un principio y una continuación. En
ese principio se describe el lugar, la piscina llamada en hebreo “Betzata”, en
Jerusalén, la multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos que esperaban el
movimiento de las aguas creyendo que el primero en entrar se curaba. En la
continuación, los judíos dijeron al que había sido curado: “Es sábado y no es
lícito llevar la camilla”. Como la contestación fue: “- El que me ha curado me
dijo: Toma tu camilla y anda”, le preguntaron quien fue, pero él no sabía quién
era. Después, Jesús lo encuentra en el templo y le dice: - Mira, estás curado.
No peques más, para que no te suceda algo peor”. El hombre se fue y dijo a los
judíos que era Jesús el que le había curado (cf. Jn 5,9-16). Jesús, que te
hagas el encontradizo, que me preguntes qué quiero, que me vaya contigo.
La memoria trae de inmediato otras situaciones con
detalles distintos o semejantes. Distintas, como la curación del paralítico en
Cafarnaúm cuando unos amigos lo llevaron hasta donde estaba Jesús y, al no
poder llegar hasta él por la muchedumbre, abrieron un hueco en el techo y por
él descolgaron al que yacía en la camilla. En ese pasaje Jesús le dijo,
primero: “- Hijo: tus pecados te son perdonados” y, después, “- Levántate toma
tu camilla y marcha a tu casa”. Él se levantó y tomó su camilla y salió enseguida”
(Lc 5,17-26). El otro pasaje que se recuerda es la curación del ciego de
nacimiento, porque allí tampoco el ciego que veía podía decir más: “- Ese
hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos y me dijo: - Ve a Siloé y
lávate. Así que fui, me lavé y comencé a ver. Le dijeron: ¿Dónde está ése? Él
respondió: - No lo sé… Oyó Jesús que le habían echado fuera y cuando se
encontró con él le dijo: - ¿Crees tú en el Hijo del hombre? -¿Quién es, Señor,
para que crea en él? – respondió. Le dijo Jesús: - Si lo has visto: el que está
hablando contigo, ése es” (Jn 9, 11-12. 35-37). Jesús, que crea, que te siga.
7) ¿Cómo podéis creer vosotros que
aceptáis la gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene sólo
de Dios? (Jn 5,44)
El cristiano, que vive siguiendo los pasos de Jesús
según se relata en los Evangelios, puede meditar recordando y considerando las
preguntas que Jesús hizo en su día y que sigue haciendo a todos. El cristiano
vive así la fe y con este encuentro cotidiano prepara el encuentro del último
día precisamente al pasar del tiempo a la eternidad. “Mas no queréis venir a mí
para poseer la vida. No busco la gloria de los hombres. Por lo demás, os
conozco. No tenéis en vosotros amor de Dios. Yo he venido en nombre de mi
Padre, y no me recibís. Si otro viene en nombre propio, lo recibiréis. ¿Cómo
podéis creer vosotros que aceptáis la gloria los unos de los otros, y no
buscáis la gloria que viene sólo de Dios? No penséis que yo os he de acusar
ante el Padre. Moisés en quien vosotros esperáis, es vuestro acusador. Si
creyeseis a Moisés me creeríais a mí, porque él escribió sobre mí. Pero si no
creéis en sus escritos, ¿cómo creeréis en mis palabras?” (Jn 5,40-47).
Cuántas palabras, cuantos mensajes de amor del Amor,
Así, el Tiempo Ordinario se convierte en camino cierto para el cielo que es
eternidad.
8) ¿Qué es más fácil decir: Tus
pecados están perdonados; o decir: Levántate y anda? (Mt 9,3)
Jesús predicaba en Cafarnaún. Unos hombres traían a un
paralítico en su camilla para que lo curara. Como la gente impedía que llegaran
hasta Jesús, subieron a la terraza y por entre las tejas lo pusieron con la
camilla en el medio, delante de Jesús. Viendo la fe de ellos, le dijo al
paralítico: - Hijo, tus pecados te son perdonados. Estaban allí sentados
algunos escribas que pensaban: ¿Por qué habla así éste? Blasfema. ¿Quién puede
perdonar los pecados, sino sólo Dios? Conociendo Jesús sus pensamientos les dijo:
- ¿Qué pensáis en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: Tus pecados
están perdonados; o decir: Levántate y anda? Pues para que veáis que el Hijo de
hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra, -dice entonces al
paralítico: - Levántate, toma tu camilla y marcha a tu casa. Se levantó y se
marchó a su casa. Todos se asombraron y glorificaron a Dios (cf. Mt 9,2-8; Mc
2,2-12; Lc 5,17-26).
En la meditación de ese pasaje pare inevitable
recordar otros en los que el Evangelio recoge la inquietante, a la vez que
esperanzadora, verdad de que Dios conoce nuestros pensamientos. Así: “Los
escribas y los fariseos le observaban a ver si curaba en sábado, para encontrar
de qué acusarle. Pero él conocía sus pensamientos y le dijo al hombre que tenía
la mano seca: … (Lc 6,7-8). También: “Pero Jesús, conociendo los pensamientos
de sus corazones, acercó a un niño, lo puso a su lado y les dijo…” (Lc 9,47). Y
otra: “Mientras estaba en Jerusalén durante la fiesta de la Pascua, muchos
creyeron en su nombre al ver los signos que hacía. Pero Jesús no se fiaba de
ellos, porque los conocía a todos, y no necesitaba que nadie le diera
testimonio acerca de hombre alguno, porque conocía el interior de cada hombre”
(Jn 2,23-25). El interior del hombre en el que están los deseos de todas las
ilusiones y donde se guardan los recuerdos de todos los fracasos. Y la
esperanza en Dios.
9) ¿Esto os escandaliza? Pues ¿si vierais
al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes? (Jn 6,60)
“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí
y yo en él… Al oír esto, muchos de sus discípulos dijeron: - Es dura esta
enseñanza, ¿quién puede escucharla? Jesús, conociendo en su interior que sus
discípulos estaban murmurando de esto les dijo: - ¿Esto os escandaliza? Pues
¿si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes? … En efecto, Jesús
sabía desde el principio quienes eran los que no creían y quien era el que lo
iba a entregar… Desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y ya no
andaban con él” (Jn 6,56.60-62,64.66).
10) ¿Pueden los convidados al banquete
estar tristes mientras está con ellos el esposo? (Mt 9,15)
“Los discípulos de Juan se acercan a él y dicen: -
¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos y tus discípulos no ayunan? Jesús les
respondió: - ¿Pueden los convidados al banquete estar tristes mientras está con
ellos el esposo? Ya vendrá tiempo en que les quiten al esposo y entonces
ayunarán” (Mt 9,14-15; cf. Mc 2, 18-19, Lc 5,33-35).
Casi sin pensarlo surgen desde la memoria las palabras
del Eclesiastés (Quohelet): “Todo tiene su momento y hay un tiempo para cada
cosa bajo el cielo; tiempo de nacer y tiempo de morir… tiempo de llorar y
tiempo de reír, tiempo de llevar luto y tiempo de bailar…” (Qo 3,1.4).
11) ¿No habéis leído siquiera lo que hizo
David cuando él y sus compañeros tuvieron hambre? (Lc 6,3)
Algunos, hace muchos años, estudiaron que este pasaje
evangélico se produjo en Galilea en el mes de mayo de la segunda Pascua que
pasó Jesús con sus discípulos, porque la primera la pasó en Judea. Después,
estudiando más, conocieron otras versiones en la localización temporal. Pero
siempre quedó el texto de los evangelios sinópticos: “Un sábado caminaba a
través de unos sembrados, y sus discípulos iban arrancando espigas que comían
desgranándolas con las manos. Y dijeron algunos fariseos: ¿Cómo hacéis lo que
no es lícito hacer en sábado? Respondióles Jesús: ¿No habéis leído siquiera lo
que hizo David cuando él y sus compañeros tuvieron hambre? ¿Cómo entró en la
casa de Dios y, tomando los panes de la proposición, comió y repartió entre sus
compañeros, siendo así que sólo está permitido comerlos a los sacerdotes? Y les
dijo: El hijo del hombre es señor aun del sábado” (Lc 6, 1-5; cf. Mc 2.23-28,
Mt 12,1-8).
En el evangelio de Mateo se añade: “Y si hubierais
comprendido lo que significa: amo la misericordia y no el sacrificio, no
hubierais condenado a los inocentes” (Mt 12,7).
12) ¿Es lícito en sábado hacer bien o hacer
mal, salvar una vida o matarla? (Lc 6,9)
“Otro sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar.
Había allí un hombre cuya mano derecha estaba seca. Los escribas y fariseos le
observaban por si curaba en sábado, para encontrar una acusación contra él. Él
conocía sus pensamientos y dijo al hombre que tenía la mano seca: “Levántate y
ponte en medio”. Se levantó y se colocó. Entonces les dijo Jesús: “Yo os
pregunto: ¿Es lícito en sábado hacer bien o hacer mal, salvar una vida o
matarla?”. Y mirando a todos ellos, le dijo a él: “Extiende tu mano”. Él lo
hizo y su mano se curó. Ellos se enfurecieron y discutían entre sí qué deberían
hacer con Jesús” (Lc 6,6-11).
En otro texto se dice que los miró con ira,
“entristecido por la dureza de sus corazones” (Mc 3-1-6). Y en otro: “Él les
contestó: ¿Quién hay entre vosotros que, si tiene una oveja y cae en un hoyo en
sábado, no la coge y levanta? Pues un hombre vale bastante más que una oveja.
De manera que es lícito hacer bien en sábado” (Mt 12,9-14). Los textos llenan
el alma de motivos de meditación.
13) Vosotros sois la sal de la tierra.
Pero si la sal pierde su fuerza ¿con qué se salará? (Mt 5,13)
Puede ser una ayuda apropiada repasar las preguntas
que hizo Jesús. “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su
fuerza ¿con qué se salará? Para nada sirve ya, sino para que, arrojada fuera,
sea pisada por los hombres” (Mt 5,13). Espontáneamente viene de la memoria el
recuerdo de la parábola del sembrador: “Salió el sembrador a sembrar su
semilla; y al sembrar, parte cayó junto al camino y la pisaron y la comieron
los pájaros del cielo… Los que están junto al camino son los que han escuchado,
viene el diablo y se lleva la palabra del corazón para que creyendo no se
salven” (Lc 8,5 y 12).
No es un recuerdo errático, sino que descubre en el
corazón el paralelismo de los textos. En el discurso de la montaña Jesús les
dice: primero, vosotros sois la sal de la tierra y, después, vosotros sois la
sal del mundo; y a la parábola del sembrador le sigue la parábola de la lámpara
que nadie que la ha encendido la oculta. Es la llamada a cada cristiano para
dar testimonio de su fe en toda ocasión.
14) Si amáis a los que os aman, ¿qué
mérito tenéis, pues también los pecadores aman a los que los aman? (Lc 6,32)
Amar a Dios es también meditar las preguntas que
Jesucristo hizo. “Pero a vosotros que escucháis os digo: Amad a vuestros
enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen,
orad por los que os calumnian. A quien te golpee en la mejilla ofrécele también
la otra, y a quien te quite el manto, déjale también la túnica. Da a todo el
que te pida y no reclames de quien te quite lo tuyo. Y como queréis que los
hombres hagan con vosotros, haced vosotros con ellos. Si amáis a los que os
aman, ¿qué mérito tenéis, pues también los pecadores aman a los que los aman? Y
si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los
pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir,
¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir
lo mismo. Más bien, amad a vuestros enemigos, haced bien, y prestad sin esperar
nada; y vuestra recompensa será grande y seréis hijos del Altísimo, que es
bueno con los ingratos y con los pecadores. Sed misericordiosos, como vuestro
Padre es misericordioso” (Lc 6,27-36).
Y en otra versión: “Habéis oído que se dijo; Ojo por
ojo y diente por diente. Pero yo os digo: No resistir al malo, sino que, si
alguno te hiere en tu mejilla derecha, preséntale también la otra. Y al quiere
citarte a juicio y llevarse tu túnica, déjale también el manto. Y si alguno te
requiere para una milla, ve con él dos. Da al que te pide y no rechaces al que
quiere que tú le prestes. Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y
odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los
que os persiguen para que seáis hijos de vuestro Padre que hace salir su sol
sobre malos y buenos y llueve sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los
que os aman, ¿qué mérito tenéis? ¿No hacen esto los publicanos? Y si saludáis
solamente a vuestros hermanos, ¡qué hacéis de más? ¿No hacen también eso los
gentiles? Sed pues vosotros perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”
(Mt 5,38-48)
15) ¿No vale la vida más que el alimento,
y el cuerpo más que el vestido? (Mt 6,25)
Escuchar, meditar y contestar con el corazón las
preguntas que hace Jesús en el Evangelio: “Por esto os digo: no os angustiéis
por vuestra existencia, qué comeréis o qué beberéis; ni por vuestro cuerpo,
cómo lo vestiréis; ¿no vale la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el
vestido? Mirad a las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni reúnen en
los graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta: ¿no valéis vosotros más
que ellas? ¿Quién de vosotros por angustiarse va a alargar su existencia un
codo? ¿Y del vestido por qué os angustiáis? Aprended de los lirios del campo
cómo crecen; ni trabajan ni hilan. Y yo os digo que ni Salomón n su gloria se
vistió como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy existe y mañana es
arrojada al horno, así la viste Dios, ¿cuánto más a vosotros, desconfiados? No
os angustiéis diciendo: ¿Qué comeremos? o ¿qué beberemos?, o ¿con qué nos
vestiremos? Porque todo eso los buscan los gentiles y vuestro Padre celestial
sabe lo que necesitáis. Buscad primero el reino y su justicia, y todas estas
cosas se os darán por añadidura. No os angustiéis por el día de mañana, porque
el día de mañana se cuidará de sí; bástale a cada día su trabajo” (Mt 6,25-34).
16) ¿Puede un ciego guiar a otro ciego?
(Lc 6,39)
Y escuchamos las preguntas del Señor. “Les dijo
también una parábola: ¿Puede por ventura un ciego guiar a otro ciego? ¿No
caerán ambos en una fosa? No hay discípulo superior al maestro; el discípulo
será perfecto si es como su maestro. ¿Por qué ves la paja que hay en el ojo de
tu hermano y no consideras la viga que llevas en tu ojo? ¿Cómo puedes decir a
tu hermano: Hermano, deja que te quite la paja que hay en tu ojo, si no ves la
viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces
verás bien para secar la paja en el ojo de tu hermano” (Lc 6,39-42; Mt 7,3-5).
Son dos preguntas con propuestas, con respuestas: primero hay que seguir al
maestro y andar por buen camino y así podrán acompañar otros que también
quieren ir con Jesús; primero, hay que limpiar nuestra mirada, y así seremos
útiles para caminar con otros por el sendero justo.
Y, con la meditación de esas preguntas del Señor,
viene el recuerdo de tantos pasajes del Evangelio. Como aquellos dos ciegos que
caminaron hacia Jesús sin caerse: Le siguieron dos ciegos diciendo a gritos: -
ten piedad de nosotros, Hijo de David! Cuando llegó a la casa se le acercaron
los ciegos y Jesús les dijo: - ¿Creéis que puedo hacer eso? – Sí, Señor – le
respondieron. Entonces les tocó los ojos diciendo: - Que se haga en vosotros
conforme a vuestra fe. Se les abrieron los ojos. Pero Jesús les ordenó severamente:
- Mirad que nadie lo sepa. Ellos en cambio, en cuanto salieron divulgaron la
noticia por toda aquella comarca” (Mt 9, 27-31)
17) ¿O habrá entre vosotros alguno a quien
su hijo le pida pan y le dé una piedra? (Mt 7,9)
El cristiano sigue los pasos del Señor y escucha y
medita sus preguntas. “Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se
os abrirá, porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra, y al que
llama se le abrirá. ¿O habrá entre vosotros alguno a quien su hijo le pida pan
y le de una piedra? ¿Si pide un pez, le dé una serpiente? Si vosotros, siendo
malos, sabéis dar dones buenos a vuestros hijos, ¿con cuánta más razón vuestro
Padre dará cosas buenas a los que le piden?” (Mt 7,7-11).
Y el final en otra versión: “¿Qué padre de entre
vosotros, si un hijo suyo le pide un pez, en lugar de un pez le da una
serpiente? ¿O si le pide un huevo le da un escorpión?” (Lc 11,11-12). Dios es
nuestro Padre. Un padre amoroso, lleno de ternura. Que nos perdona.
18) Mujer, ¿dónde están tus acusadores?
(Jn 8,10)
Precisamente para los cristianos que siguen las
preguntas de Jesús según aparecen en los evangelios se proclama el pasaje del
perdón de la mujer adúltera. Y en él, la amable pregunta que Jesús le hace a
continuación del silencio que da como respuesta a los acusadores y de la
recomendación final a la mujer. Así se realiza la petición del cristiano a Dios:
defiéndeme, sálvame, Tú eres mi fortaleza.
- “Los escribas y los fariseos le traen una mujer
sorprendida en adulterio, y colocándola en medio, le dijeron: - Maestro, esta
mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda
apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices? Le preguntaban esto para
comprometerlo y poder acusarlo. Pero, Jesús, inclinándose, escribía con el dedo
en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: -El que
esté sin pecado, que le tire la primera piedra. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo
uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó sólo Jesús, con la mujer, en
medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: - Mujer,
¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado? Ella contestó: -
Ninguno, Señor. Jesús dijo: Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no
peques más” (Jn 8,2-11).
19) ¿Por ventura se cogen uvas de los
espinos o higos de los zarzales? (Mt 7,16)
Tiempo de dar gracias a Dios, de acogernos a su
“misericordia” porque “pone su Sagrado Corazón en nuestra miseria”, de seguir
caminando con Jesús hasta llegar al cielo. Ayuda meditar las preguntas del
Señor. “Guardaos de los falsos profetas que vienen a vosotros vestidos de
ovejas y dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Por ventura
se cogen uvas de los espinos o higos de los zarzales? Así, todo árbol bueno
lleva frutos buenos y el árbol malo lleva frutos malos. Un árbol bueno no puede
llevar frutos malos ni un árbol malo llevar frutos buenos. Todo árbol que no
lleva fruto bueno se corta y se echa al fuego. Por sus frutos, pues, los
conoceréis (Mt 7,15-20).
En otra versión acaba así: “El hombre bueno saca el
bien del tesoro bueno de su corazón y el malo saca el mal del tesoro malo. Su
lengua habla de la abundancia del corazón” (Lc 6,43-46)
20) ¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no
hacéis lo que digo? (Lc 6,46)
Tiempo de meditar las preguntas que hace Jesús en los
textos evangélicos. “¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que
digo?” (Lc 6,46) es una pregunta que tiene respuesta en otro texto: “No todo el
que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la
voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor ¿no
profetizamos en tu nombre, y en tu nombre arrojamos a los demonios, y en tu
nombre hicimos muchos milagros? Y entonces yo les responderé: Jamás os he
conocido; alejaos de mí los que hicisteis el mal” (Mt 7,21).
21) Entonces ¿qué habéis ido a ver? ¿A un
profeta? (Lc 7,26)
Hasta llegar al cielo, ayuda al cristiano meditar las
preguntas que hizo. “Cuando se marcharon los enviados de Juan, comenzó a hablar
sobre Juan a las turbas: ¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña
agitada por el viento? Entonces ¿qué habéis ido a ver? ¿A un hombre vestido con
telas delicadas? Pero los que andan con vestidos espléndidos y lujosos están
ellos palacios. Entonces ¿qué habéis ido a ver? ¿A un profeta? Ciertamente, os
digo que a uno más que profeta… Porque yo os digo: Entre los nacidos de mujer
no hay ninguno mayor que Juan. Pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor
que él” (Lc 7,24-26. 28; Mt 11,1-9.11).
22) ¿Qué salisteis a contemplar en el
desierto? ¿Una caña agitada por el viento? (Mt 11,7)
Y en el camino pascual el cristiano anima el alma
recordando y meditando las preguntas del Señor en los Evangelios. “Cuándo ellos
se marchaban comenzó Jesús a hablar sobre Juan a las turbas: ¿Qué salisteis a
contemplar en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? Entonces, ¿qué
habéis ido a ver? ¿A un hombre vestido delicadamente? Pero los que llevan
vestidos delicados están en los palacios de los reyes. Entonces, ¿a qué habéis
ido? ¿A ver un profeta? Ciertamente os digo que a uno más que profeta. Este es
de quien está escrito: “He aquí que envío a mi ángel delante de ti, el cual
delante de ti, preparará tu camino” En verdad os digo que, entre los nacidos de
mujer no ha existido uno mayor que Juan Bautista. Pero el más pequeño en el
reino de los cielos es mayor que él” (Mt 11,7-11; Lc 7,24-30).
23) ¿Y con quien compararé a los hombres
de esta generación? ¿a quién se parecen? (Lc 7,31)
Y no faltan los recuerdos de las preguntas del Señor.
“¿Y con quien compararé a los hombres de esta generación? ¿a quién se parecen?
Son semejantes a los niños que cantan en la plaza y se cantan unos a otros
aquella letra: Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado; hemos tocado un
himno fúnebre y no habéis llorado. Porque vino Juan bautista que no comía pan
ni bebía vino y decís: Tiene un demonio. Ha venido el Hijo del hombre que come
y bebe, y decís: He aquí un hombre comedor y bebedor, amigo de publicanos y
pecadores. Más sus hijos han hecho justicia a la Sabiduría” (Lc 7, 31-35; Mt
11,12-19)
24) ¿Quién, pues, de ellos le amará más?
(Lc 7,42)
La vida ordinaria pone al cristiano en situaciones
para las que siempre le servirá recordar las preguntas del Señor: “Simón tengo
una cosa que decirte. Y él contestó: Maestro, di. Un acreedor tenía dos
deudores. Uno debía 500 denarios, y el otro 50. Como no tenían para pagar,
perdonó a los dos. ¿Quién, pues, de ellos le amará más? Respondió Simón:
Supongo que aquel a quien perdonó más. Él contestó: Has juzgado rectamente. Y,
vuelo hacia la mujer, decía: ¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa. No me has
puesto agua para los pies. Pero ella con las lágrimas ha lavado mis pies, y con
sus cabellos los ha secado. No me has dado un beso. Pero ella, desde que entré,
no ha dejado de besar mis pies. No has ungido mi cabeza con aceite. Pero ella
ha ungido mis pies con ungüento. Por eso te digo: están perdonados sus muchos
pecados, porque amó mucho” (Lc 7,40-47). Amor con amor se paga. Obras son
amores.
25) ¿Quién de estos tres te parece que se
mostró prójimo del que cayó en manos de los ladrones? (Lc 10,36)
Cristianismo es amor de Dios derramado en nuestros
corazones que deben rebosar alcanzado a todos y a todas las cosas como ceración
de Dios que son. Y en este camino de amor hasta el cielo, el cristiano
aprovecha para meditar las preguntas del Señor. De amor trata la parábola del
buen samaritano: “Levantóse un doctor de la ley para tentarle y le dijo:
“Maestro, ¿qué es lo que tengo que hacer para alcanzar la vida eterna?” Le
contestó: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees? ... ¿Quién de estos tres te
parece que se mostró prójimo del que cayó en manos de los ladrones? Contestó
él: “El que ejercitó con él la misericordia” Díjole Jesús: “Ve y haz tú lo
mismo” (Lc 10,25-26. 36-37). Examen de conciencia en hablando con Jesús: ¿cómo
lees lo escrito en la Ley? Confianza en su misericordia porque Jesús es mi
prójimo, está a mi lado continuamente.
26) ¿Qué padre hay entre vosotros que, si
su hijo le pide pan, le dé una piedra? (Lc 11,11)
Y en ese vivir en Dios, esperanzado, el cristiano
recuerda las preguntas del Señor: “Pedid y se os dará; buscad y encontraréis;
llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe, y el que busca,
encuentra, y a quien llama se le abre. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su
hijo le pide pan, le dé una piedra? Y si un pez, ¿por ventura le dará, en vez
del pez, una serpiente?, o si pide un huevo ¿le dará un escorpión? Pues si
vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más
el padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le ruegan” (Lc 11,9-13).
Siempre es tiempo de oración.
27) ¿Cómo puede Satanás arrojar a Satanás?
(Mc 3,23)
Y, en el recuerdo, las preguntas del Señor: “Y los
escribas que habían bajado de Jerusalén decían: Tiene a Beelzebul y arroja a
los demonios con el poder del príncipe de los demonios. Y llamándoles a su lado
les decía: ¿Cómo puede Satanás arrojar a Satanás?” (Mc 3,22-23). Con otras
construcciones (Mt 12, 24-30. 43-45; Lc 11,15-26) el pasaje incluye: “Si
Satanás está dividido contra sí, ¿cómo resistirá su reino?”. No es así en un
cristiano: “Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados,
ni lo presente ni lo futuro ni las potestades, ni la altura ni la profundidad
ni otra criatura alguna, podrá separarnos del amor de Dios manifestado en
Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 8,38-39). Y, mirando dentro, decimos: “No
permitas que me aparte de Ti”.
28) ¿Cómo podéis decir cosas buenas, si
sois malos? (Mt 12,34)
El cristiano medita las preguntas del Señor: “Si
tenéis un árbol bueno, su fruto será bueno. Si tenéis un árbol malo, su fruto
será malo, porque el árbol se conoce por el fruto. Raza de víboras ¿cómo podéis
decir cosas buenas, si sois malos? Porque de la abundancia del corazón habla la
lengua. El hombre bueno saca cosas buenas del buen tesoro, pero el hombre malo
saca cosas malas del mal tesoro Os digo que los hombres darán cuenta el día del
juicio de cualquier palabra ociosa que dijeren. Porque por tus palabras te
justificarás y por tus palabras te condenarás” (Mt 12,33-36). Este pasaje saca
de la memoria del cristiano otro con en el que Evangelio de Mateo acaba la
exposición de las parábolas y su explicación a los discípulos: “Todo escriba
instruido en el Reino de los Cielos es como un hombre, amo de su casa, que saca
de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas” (Mt 13,52). Y, así, el cristiano es
consciente del bien o del mal que puede hacer con su decir en la vida
ordinaria: la gravedad de la calumnia, de la murmuración, de la mentira, lo
conveniente de callar, la delicadeza en el consejo.
29) ¿Quién es mi madre y quienes son mis
hermanos?
Así, el cristiano, siguiendo lo que podría ser un
orden cronológico en la vida de Jesús según los evangelios, puede ayudarse en
mantener ese encuentro amoroso recordando y respondiendo las preguntas que hace
el Señor: “Díjole uno: -Tu madre y tus hermanos están fuera esperando para
hablarte. Y respondió a quien le había hablado: -¿Quién es mi madre y quienes
son mis hermanos?. Y, extendiendo la mano hacia sus discípulos, dijo: - He aquí
a mi madre y a mis hermanos. Pues quienquiera que cumpla la voluntad de mi
padre del Cielo, ése es mi hermano, hermana y madre” (Mt 12,47-50; cf. Mc
3,31-35, Lc 8,10-21). En el recuerdo: “Bienaventurado el vientre que te llevó y
los pechos que criaron” y la réplica de Jesús: “Bienaventurados más bien los
que escuchan la palabra de Dios y la guardan” (Lc 11,27-28)
Antes se puede leer: “Entonces llega a casa y se
vuelve a juntar la muchedumbre, de manera que no podían ni siquiera comer. Al
enterarse sus parientes fueron a llevárselo, porque decían que había perdido el
juicio” (Mc 3,20-21). Indiscutida la virginidad de María, por “los hermanos de
Jesús” (cf. Mc 3,1 y 6,3; 1 Co 9,50; Ga 1,19) se debe entender (CIC nº 500)
“parientes próximos”; así, Santiago y José “hermanos de Jesús” (Mt 13,55) son
los hijos de María, una discípula (Mt 27,56) que se designa como “la otra
María” (Mt 28,1).
30) ¿No entendéis esta parábola? (Mc 4,13)
La meditación de las preguntas del Señor en los
Evangelios ofrece ocasiones de repasar esa vivencia insuperable de estar oyendo
a Jesús, rodeado de quienes lo escucharon entonces y sintiéndose unidos todos
los que hacemos comunión con los santos. “Y añadió: ¿No entendéis esta
parábola? Entonces ¿cómo vais a entender todas las otras parábolas? El
sembrador siembra la palabra. Los que están a lo largo del camino son aquellos
donde se siembra la palabra y apenas han oído; viene enseguida Satanás y quita
la palabra sentada en ellos…” (Mc 4,13-15; cf. Mt 13,18-23; Lc 8,11-15). Y, el
cristiano termina la reflexión deseando que se cumpla en él el final de la
explicación de Jesús: Lo que cayó en buena tierra son los que, después de haber
oído la palabra, la conservan en su corazón noble y bueno y producen fruto con
constancia” (Lc 8,15). Y resuena en el corazón: “Os he elegido y os he
destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16).
Esa es la misión en comendada, el sentido de nuestra vida.
Y recuerdos. Del campo a sembrar: “Vosotros sois el
campo de Dios (1 Co 3,9). Del crecimiento de la semilla y del fruto: “El Reino
de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra y,
duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo.
Porque la tierra produce fruto ella sola: primero hierba, después espiga y por
fin trigo maduro en la espiga. Y en cuanto está s punto el fruto, enseguida
mete la hoz, porque ha llegado la siega” (Mc 4,26-29). Y del cuidado del Señor
por todo, por cada uno y por todos: “Fijaos los lirios del campo, como crecen,
no se fatigan ni hilan y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo
vestirse como uno de ellos” (Mt 6, 28-29). Y de la cosecha abundante del rico
insensato: “Las ciertas de cierto hombre rico dieron mucho fruto. Y se puso a
pensar para sus adentros: ¿qué puedo hacer ya que no tengo dónde guardar mi
cosecha? Y se dijo: Esto haré: voy a destruir mis graneros y construiré otros
mayores, y allí guardaré todo mi trigo y mis bienes. Entonces le diré a mi
alma: Alma ya tiene muchos bienes almacenados para muchos años. Descansa, come,
bebe, pásalo bien. Pero Dios le dijo: Insensato, esta misma noche te van a
reclamar el alma; lo que has preparado ¿para quién será? Así ocurre con quien
atesora para sí y no es rico ante Dios” (Lc 12, 16-21). “Doce nos, Domine; duce
nos”.
31) ¿Por ventura se tiene la lámpara para
meterla debajo del celemín o debajo de la cama? (Mc 4,21)
En el seguimiento del Señor, viviendo los pasajes
evangélicos como un personaje más, el cristiano guarda en el corazón muchos
detalles que, en otro momento, permiten fijar el recuerdo, saborearlo y hacerlo
fuente que mana el amor de Dios. Las preguntas del Señor pueden servir de guía
para ese fin. “Y les decía: ¿Por ventura se tiene la lámpara para meterla
debajo del celemín o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelabro?
Pues nada hay oculto sino para que se manifieste; nada está escondido sino para
que se haga público. Quien tenga oídos para oír, oiga” (Mc 4,21-23). Es un
pasaje que a muchos le lleva a recordar que nada está oculto para Dios que es
nuestro “Padre y ve en lo escondido” (Mt 6,4.6.18) y que nos recompensará por
nuestra oración, por nuestros sacrificios, por nuestra entrega a los
demás.
En el evangelio de Lucas se puede leer dos veces la
parábola de la lámpara y en dos momentos distintos: después de la parábola del
sembrador y en la subida a Jerusalén. Una: “Nadie que ha encendido una lámpara
la cubre con una vasija o la pone debajo del lecho, sino que la coloca sobre un
candelabro, para que todos los en entran vean la luz. No hay nada oculto que no
llegue a ser descubierto, ni secreto que no se haya de conocer y salga a la
luz” (Lc 8,16-18). Y otra: “Nadie que enciende una lámpara la pone oculta o
debajo del celemín, sino sobre el candelabro, para que los que entran vean el
resplandor. La lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Mientras tu ojo está sano, todo
tu cuerpo está iluminado; pero cuando está enfermo, tu cuerpo está en
tinieblas. Cuida, pues, que su luz no se convierta en oscuridad. Si tu cuerpo
todo está iluminado y no tiene parte alguna oscura, estará todo iluminado, como
cuando la lámpara te alumbra con el resplandor” (Lc 11, 33-36). Lo oculto es
ajeno a la relación con Dios: “Señor, Tú me sondeas y me conoces, me conoces
cuando me acuesto y me levanto, de lejos penetras mis pensamientos…” (salmo
138). “Entonces algunos escribas dijeron para sus adentros: - Éste blasfema.
Conociendo Jesús sus pensamientos” (Mt 9, 3-4)
En el evangelio de Mateo también hay dos referencias.
Una, después de las bienaventuranzas: “Vosotros sois la luz del mundo. No puede
ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz
para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a
todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres para que vean
vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt
5,15). Y otra, en las enseñanzas sobre la oración, la limosna y el ayuno: “La
lámpara del cuerpo es el ojo. Por eso, si tu ojo es sencillo, tu cuerpo estará
iluminado. Pero si tu ojo es malicioso, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Y
si la luz que hay en ti es tinieblas, ¡qué grande será la oscuridad! (Mt
6,22-23). El ojo es la luz que ilumina la realidad en que vivimos, la realidad
en que nos debemos santificar: “Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán
ambos en el hoyo? El discípulo no es más que su maestro. ¿Cómo es que ves la
mota en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que hay en tuyo? ¿Cómo
puedes decir a tu hermano: Hermano, deja que saque la mota que hay en tu ojo? …
Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces verás bien para sacar la
mota del ojo de tu hermano” (Lc 6,39-42). Y para meditar separadamente ese
terrible final: ¡qué grande será la oscuridad!
32) Quien hizo lo exterior ¿no hizo
también lo interior? (Lc 11,40)
Las preguntas del Señor ayudan a vivir en su presencia
y animan a conformar la propia vida siguiendo las actitudes, las palabras, los
pasos de Jesús como si fuéramos un acompañante en todas y cada una de sus
jornadas. “Cuando terminó de hablar, un fariseo le convidó a comer con él:
entró en la casa y se puso a la mesa. El fariseo quedó admirado al ver que no
se lavó antes de la comida. El Señor le dijo: Pues bien, vosotros los fariseos
purificáis el exterior de la copa y del plato, pero vuestro interior está lleno
de rapacidad y malicia. ¡Insensatos! Quien hizo lo exterior ¿no hizo también lo
interior? Pero dad limosna de vuestros bienes y todo lo tendréis puro. Mas ¡ay
de vosotros, fariseos, que dais el diezmo de la menta, de la ruda y de toda
legumbre, y dejáis a un lado la justicia y el amor de Dios! Es necesario
practicar esto y no omitir aquello” (Lc 11,37-42). Este final es clarificador:
sólo una cosa es necesaria, pero no hay que omitir lo demás que compete a cada
uno.
33) ¿No venden cinco pájaros por dos ases?
(Lc 12,6)
Cristianismo es amor y vivir con y en Cristo es vivir
su paso por esta tierra, siguiéndole, escuchándole. Y estar atentos a sus
preguntas para meditar. “A vosotros, amigos míos, os digo: No tengáis miedo a
los que matan el cuerpo y después de eso no tienen más que hacer. Yo os
enseñaré a quién debéis temer: Temed a a aquel que, después de haber matado,
tiene poder para enviar al infierno. Sí, os lo repito, a ése debéis temer. ¿No
venden cinco pájaros por dos ases? Pues bien, ni uno solo de ellos pasa olvidado
ante Dios. Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No
temáis; valéis más que muchos pájaros.” (Lc 12, 4-7). De inmediato la memoria
trae el recuerdo de las palabras del salmo: “El Señor es mi luz y mi salvación:
¿a quién temeré? El Señor es el refugio de mi vida: ¿de quién tendré miedo?”
(salmo 26). O también: “Aunque camine por valles oscuros, no temo ningún mal,
porque Tú estás conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan” (salmo 23).
Y, para la vida cotidiana, ese seguro de amor se
derrama en los textos evangélicos. “Por eso os digo: no estéis preocupados por
vuestra vida: qué vais a comer o por vuestro cuerpo con qué os vais a vestir.
¿Es que no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?
Mirad las aves del cielo: ni siembran ni siegan ni almacenan en graneros, y
vuestro Padre celestial las alimenta. ¿es que no valéis vosotros mucho más que
ellas? ¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su
estatura? Y sobre el vestir, ¿por qué os preocupáis? Fijaos en los lirios del
campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan y yo os digo que ni salomón en toda
su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Y si la hierba del campo, que hoy es
y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¿cuánto más a vosotros hombres de
poca fe? (Mt 6,25-30).
34) Hombre, ¿quién me ha hecho a mi
vuestro juez o repartidor? (Lc 12,14)
El cristiano sigue los pasos de Jesús situándose en el
Evangelio como un personaje más. Escucha las preguntas del Maestro y procura
meditar sobre su contenido. “Uno de entre la muchedumbre le dijo: Maestro, di a
mi hermano que reparta conmigo la herencia. Él le contestó: Hombre ¿quién me ha
hecho a mi vuestro juez o repartidor? Y les dijo Cuidad y guardaos de toda
avaricia; porque la vida de los ricos no se funda en sus riquezas” (Lc
12,13-15)
- Respecto de las herencias, es inevitable recordar y
meditar algunos pasajes evangélicos que tienen mucho que ver con la avaricia.
Así, en la parábola de los viñadores homicidas: “Por último les envió a su hijo
pensando: “A mi hijo lo respetarán” Pero los labradores, al ver al hijo, se
dijeron: “Este es el heredero. Vamos lo mataremos y nos quedaremos con su
heredad” Y lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron” (Mt
21,37-39). O, también, en la parábola del padre misericordioso: “Un hombre tenía
dos hijos. El más joven de ellos le dijo a su padre: “Padre dame la parte de la
herencia que me corresponde”. Y les repartió los bienes. No muchos días
después, el hijo más joven lo recogió todo, se fue a un país lejano y malgastó
allí su fortuna viviendo lujuriosamente. Después de gastarlo todo, hubo una
gran hambre en aquella región y él empezó a pasar necesidad” (Lc 15,11-14).
35) ¿Quién de vosotros, con angustiarse, puede añadir
un codo a su existencia? (Lc 12,25)
Y en el camino
hacia el cielo, acompañando a Jesús, el cristiano escucha y medita sus
palabras. Y procura llenar de contenidos traídos de la memoria las respuestas a
las preguntas del Señor: “¿Quién de vosotros, con angustiarse, puede añadir un
codo a su existencia? Por lo tanto, si no podéis lo más pequeño ¿por qué os
angustiáis de lo demás? … No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre
quiere daros el reino. Vended lo que tenéis y dad limosna. Haceos bolsas que no
envejecen, un tesoro que no se agota en el cielo, donde no llega el ladrón ni
la polilla destruye. Porque donde está vuestro tesoro, allí está vuestro
corazón” (Lc 12,25-26.32-34). Este final tiene un texto paralelo en Mateo: “No
amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y
donde los ladrones socavan y los roban. Amontonad en cambio tesoros en el
cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre corroen y donde los ladrones no
socavan ni roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón” (Mt
6,19-21)
36) ¿Quién
será el administrador prudente y fiel a quien el señor ponga al frente de su
servidumbre para que le dé a su tiempo la comida correspondiente? (Lc 12,42)
En ese caminar ayuda recordar y meditar las preguntas
del Señor: “Vosotros pues, estad preparados, porque el Hijo del hombre vendrá
en la hora que no pensáis. Pedro le dijo: Señor, ¿dices esta parábola a
nosotros o a todos? El Señor respondió: Pues ¿quién será el administrador
prudente y fiel a quien el señor ponga al frente de su servidumbre para que le
dé a su tiempo la comida correspondiente? Dichoso el siervo aquel a quien su
señor, al volver, encuentre obrando así. Verdaderamente os digo que le pondrá
al frente de todos sus bienes. Pero si el siervo dice en su corazón: Mi amo tarda
en venir, y comienza a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber
y a embriagarse, vendrá su amo en el día que no espera y en la hora que no
conoce, lo castigará severamente y le dará la suerte de los infieles” (Lc
12,40-46; cf. Mt 24,45-51).
37) “Fuego he venido a traer a la tierra y
¿qué quiero sino que arda? (Lc 12,49)
El cristiano sigue los pasos de Cristo, escucha,
medita y pone en obra su palabra; y una buena guía para seguirle es considerar
las preguntas que hizo según los evangelios. Así: “Fuego he venido a traer a la
tierra y ¿qué quiero sino que arda? Tengo que ser bautizado con un bautismo, y
¡qué ansias tengo hasta que se lleve a cabo! ¿Pensáis que he venido a traer paz
en la tierra? No, os digo, sino división. Pues desde ahora, habrá en una casa
cinco divididos: tres contra dos, y dos contra tres” (Lc 12,49-52). Fuego de
amor del Amor, bautismo de pasión y muerte en la Cruz, división porque muchos
le abandonaron (Jn 6,66; Mc 14,26) y pocos quedaron al pie de la Cruz (Jn
19,25-26) o, cerca, mirando lo que pasaba (Mt 27,55-56); y pidiendo el Cuerpo
y, llenos de amor, tomándolo y dejándolo en el sepulcro (Mt 27,57-61); y
buscándolo (Mt 28,1-10) y encontrándole (Jn 20,11-18: si te lo has llevado,
dónde lo has puesto, yo lo recogeré).
38) ¿Cómo no estudiáis este tiempo? ¿Por
qué no juzgáis por vosotros mismos lo justo? (Lc 12,56)
Y es una ayuda provechosa y adecuada seguir las
preguntas que Jesús nos hizo según queda escrito en el Evangelio. Les decía a
las turbas: “¡Hipócritas!, sabéis averiguar el estado de la tierra y del cielo,
y ¿cómo no estudiáis este tiempo? ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo
justo? Porque mientras vas con tu adversario al magistrado, procura librarte de
él, no sea que te arrastre hasta el juez, y el juez te entregue al guardia, y
el guardia te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que
pagues el último céntimo” (Lc 12,56-59). Están todas las palabras que permiten
la reflexión, la meditación y el propósito: ser consciente de, precisamente,
este tiempo; considerar lo que la llamada a la santidad señala como lo que debe
ser; caminar con otros aunque no todos ni siempre son amigos; defender lo
justo: conceder sin ceder con ánimo de recuperar; vivir el santo temor de Dios
que es un don del Espíritu Santo. Es un temor porque sabemos del amor de Dios y
queremos amarle siempre, continuamente sin descanso y sin cansancio: “¿Qué cuál
es el secreto de la perseverancia? El Amor - Enamórate, y no “le” dejarás”
(“Camino”, 999).
39) ¿Creéis vosotros que esos galileos
eran más pecadores que los demás por haber sufrido semejante suerte? (Lc 13,2)
En ese caminar esperanzado nos ayuda meditar con las
preguntas que hizo Jesús: “Llegaron entonces algunos anunciando lo de los
galileos, cuya sangre mezcló Pilato con la de sus sacrificios. Respondió y les
dijo: “¿Creéis vosotros que esos galileos eran más pecadores que los demás por
haber sufrido semejante suerte? No, os lo aseguro: si vosotros no os
arrepentís, todos, pereceréis igualmente. Y aquellos dieciocho sobre los cuales
cayó la torre de Siloé y los mató, ¿creéis vosotros que eran más culpables que
los demás que vivían en Jerusalén? No, os lo aseguro; si no os arrepentís,
todos pereceréis igualmente” (Lc 13,1-5). La advertencia sobre la necesidad de
arrepentimiento como requisito de salvación permite la reflexión.
40) ¿No se podía soltar de su ligadura en
día de sábado? (Lc 13,16)
Caminar hacia el cielo es seguir los pasos de Cristo
en la tierra y es una buena guía recordar las preguntas que hizo el Señor y
meditarlas mientras se avanza. “Enseñaba en una de las sinagogas un sábado y
había allí una mujer enferma hacía dieciocho años. Estaba encorvada y no podría
de ninguna manera ponerse derecha. Como la vio Jesús, la llamó en voz alta y le
dijo: Mujer, quedas libre de tu enfermedad. Y le impuso las manos. Al instante
se enderezó y glorificaba a Dios. El jefe de la sinagoga respondió enfadado,
porque Jesús había curado en día de sábado, y decía a la gente: Hay seis días
para ser curados y no en el día del sábado. El Señor respondió y le dijo:
Hipócritas, ¿no desata cada uno de vosotros su buey o su asno en sábado y lo
lleva desde el pesebre a beber? Ya ésta, que es hija de Abrahán, que ligó
Satanás hace dieciocho años, ¿no se podía soltar de su ligadura en día de
sábado? Con estas cosas que decía se avergonzaban todos sus adversarios, mientras
que todo el pueblo se alegraba de todas las maravillas que obraba” (Lc
13,10-17). No es sólo una curiosidad comprobar que la mujer encorvada no dice
nada, no pide nada, y que lo que se habla es para conocimiento y consideración
general: Jesús “la llamó en voz alta”, el jefe de la sinagoga “decía a la
gente” y el Señor se dirige al plural de asistentes: Hipócritas. Se
avergonzaban los adversarios y todo el pueblo se alegraba.
41) ¿Cómo compararemos el reino de Dios o
con qué parábola lo describiremos?” (Mc 4,30)
Siguiendo los pasos de Jesús y escuchando las
preguntas del Señor, podemos ser un personaje más en el pasaje del Evangelio de
que se trate. “Y decía ¿Cómo compararemos el reino de Dios o con qué parábola
lo describiremos?” (Mc 4,30); y también: “Les propuso otra parábola: El reino
de los cielos…” (Mt 13,31); o así: “Y decía: “¿A qué es semejante el reino de
Dios y a qué lo compararé?” (Lc 13,18). Siguen las parábolas del grano de
mostaza, de la levadura del tesoro escondido, del mercader de perlas, de la reda
barredera, y acaba así esta parte: “¿Habéis entendido todo esto? Ellos
contestan: sí. Y él les dijo: Por eso, todo escriba instruido del Reino de los
Cielos es como un hombre, amo de su casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y
cosas antiguas” (Mt 13,51-52). Y el cristiano, busca, repasa y medita sobre el
Reino de lo Cielos.
41) ¿Dónde está vuestra fe? (Lc 8,25)
- La pregunta del Señor. “Mientras navegaban, se
durmió. Y bajó sobre el lago tal torbellino de viento que empezaron a inundarse
y a peligrar. Se acercaron para despertarlo y dijeron: “Maestro, Maestro, que
perecemos”. Él se levantó, increpó al viento y a las olas del mar, que cesaron,
y sobrevino la calma. Entonces les dijo: “¿Dónde está vuestra fe? Ellos,
admirados y temerosos, decían entre sí: Pues ¿quién es éste? Porque manda a los
vientos y al mar y le obedecen” (Lc 8,23-25). En la versión de Mateo: “¿Por qué
os asustáis hombres de poca fe? (Mt 8,26). En la versión de Marcos se dice:
“Pero él dormía sobre un cabezal en la popa” (Mc 4,38). Y en otro pasaje en el
mar de Galilea, cuando Jesús apareció caminando sobre las aguas, ante la osada
confianza de Pedro, primero, y de su temor, después: “Jesús alargó la mano, lo
sujetó y dijo: - Hombre de poca fe ¿por qué has dudado? (Mt 14,31). Y, al
leerlo, todos vemos con el deseo la mano que alarga Jesús hacia nosotros,
porque sin Él podemos hundirnos.
43) ¿Cómo te llamas? (Mc 5,9)
Puede ser oportuno recordar y meditar las preguntas de
Jesús en diálogos con el demonio. Como ocurrió en la región de los gerasenos
que está enfrente de Galilea (cf. Lc 8,26), cuando al saltar a tierra desde la
barca, un hombre poseído por un espíritu inmundo. “Como viese desde lejos a
Jesús, corrió, se postró ante él y, gritando, dijo con gran voz: ¿Qué tenemos
que ver yo y tú, Hijo de dios altísimo? Te conjuro en nombre de Dios que no me
atormentes. Porque le decía: Sal de este hombre, espíritu inmundo. Y le
preguntó: ¿Cómo te llamas? Respondióle: Me llamo “Legión” porque somos muchos”
(Mc 5,6-9). El demonio en muchas ocasiones: “Y los espíritus impuros, cuando lo
veían, se arrojaban a sus pies y gritaban diciendo: - ¡Tú eres el Hijo de Dios!
(Mc 3,11). “Increpó al espíritu impuro diciéndole: ¡Espíritu mudo y sordo, yo
te lo mando, sal de él y ya no vuelvas a entrar en él! Y gritando y agitándole
violentamente, salió” (Mc 9,25-26). Danos más fe.
44) ¿Quién me ha tocado? (Lc 8,45)
En la intimidad, en el momento propicio y continuando
durante el día, el cristiano vive la presencia de Dios también siguiendo a Jesús
en su camino entre nosotros y meditando sus preguntas: “En el camino la gente
le apretujaba. Una mujer, que hacía doce años que padecía flujo de sangre, y
que, después de haber gastado en médicos toda su hacienda, no había podido ser
curada por ninguno, se aproximó por detrás, tocó el fleco de su manto y al
punto cesó el flujo de sangre. Y dijo Jesús: ¿Quién me ha tocado? Como todos lo
negasen, dijo Pedro: Maestro, las turbas te apretujan y te oprimen. Pero Jesús
dijo: Alguien me ha tocado, porque he sentido que de mí ha salido virtud. La
mujer, viéndose descubierta, fue temblando a postrarse ante él, y declaró,
delante de todo el pueblo, la causa por la cual le había tocado y cómo había
quedado curada instantáneamente. Y él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; vete
en paz” (Lc 8,42-48; cf. Mt 9, 20-22; Mc 5,23-34).
La paz es un don de Dios: “La paz os dejo, mi paz os
doy” (Jn 14,27). La paz es un fruto del espíritu Santo: caridad, gozo, paz…
(cf. Ga 5,22) y una bienaventuranza: los que buscan la paz serán llamados hijos
de Dios (Mt 5,9). Saludo de ángeles: “Gloria a Dios en los cielos y paz en la
tierra a los hombres en los que Él se complace” (Mt 2,14). Encomienda del alma
contrita y perdonada: “Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al
mundo… te conceda por el ministerio de la Iglesia el perdón y la paz”.
45) ¿Por qué alborotáis y gritáis? (Mc
5,39)
Tiempo de seguir los pasos de Jesús, de encontrar y
formar parte de las muchedumbres que le seguían; de oír sus palabras, de
meditar sus preguntas. “Y viene un jefe de sinagoga, llamado Jairo, que al
verle se echa a sus pies, y le suplica con mucha instancia, diciendo: Mi hija
está en las últimas; ven pon tus manos sobre ella para que sane y viva. Y se
fue con él y le seguía una gran multitud que le apretujaba … Llegan a la casa
del jefe de la sinagoga y contempla el alboroto de los que lloraban y gritaban mucho.
Entró y les dijo: ¿Por qué alborotáis y gritáis? La niña no ha muerto, sino que
está dormida. Y se reían de él… (Mc 5,22, 39-40). “Niña yo te digo, levántate”.
Se levantó la niña y andaba pues tenía doce años “Y quedaron sobrecogidos de
grande espanto, acaba Marcos; sus padres quedaron espantados dice Lucas; la
noticia se esparció por toda aquella comarca, escribe Mateo.
46) ¿Creéis que yo puedo hacer eso? (Mt
9,28)
Meditando las preguntas del Señor, también se llena el
alma de confianza en Dios, se anima a pedirle e impulsa a que se proclame la
misericordia de Dios por todas partes. “Al partir de allí Jesús, le siguieron
dos ciegos gritando: - Ten piedad de nosotros, Hijo de David”. Y al llegar a la
casa se le acercaron los ciegos, y les dice Jesús: - ¿Creéis que yo puedo hacer
eso? Respondieron ellos: - Sí, Señor. Entonces les tocó sus ojos, diciendo: -
Hágase en vosotros conforme a vuestra fe. Y se abrieron sus ojos. Y les intimó
Jesús con energía: - Mirad que nadie se entere. Pero ellos salieron y
extendieron su fama por toda la comarca” (Mt 9,27-31). Se lo dijeron tantas
veces que se ha llegado a conocer como la oración de Jesús: “Jesús, Hijo de
David, ten compasión de mí que soy un pecador”. En este milagro: Los ciegos se
acercaron a la casa, les preguntó si creían que podía curarlos, les tocó los
ojos, les curó por su fe, les intimó que no lo dijeron, pero lo proclamaron por
toda la comarca. En el Evangelio leemos otras curaciones. A cada uno según su
fe. “Y le seguía por el camino”, se dice de Bartimeo.
“Llegaron a Betsaida y le traen un ciego suplicándole
que le toque. Tomando de la mano al ciego lo sacó fuera de la aldea y, poniendo
saliva en sus ojos, le impuso las manos y le preguntó: - ¿Ves algo? Y alzando
la mirada dijo: - Veo a hombres como árboles que andan. Después le puso otra
vez las manos sobre los ojos, y comenzó a ver y quedó curado, de manera que
veía con claridad todas las cosas. Y lo envió a su caso diciéndole: - No entres
ni siquiera en la aldea” (Mc 8,22-26). En el precioso pasaje que relata la
curación del ciego de nacimiento: “Al pasar vio Jesús a un hombre ciego de
nacimiento… Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con saliva, lo aplicó en
sus ojos y le dijo: - Anda, lávate en la piscina de Siloé -que significa
“Enviado”. Entonces fue, se lavó y volvió con vista …” (Jn 9,1.6-7). “Cuando se
acercaban a Jericó, un ciego estaba sentado en el camino mendigando. Al oír que
pasaba mucha gente, preguntó qué era aquello. Le contestaron: - Es Jesús
Nazareno que pasa. Y gritó diciendo: - ¿Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí.
Y los que iban delante le reprendían para que estuviera callado. Pero él
gritaba mucho más: - ¡Hijo de David, ten piedad de mí! Jesús, parándose, mandó
que lo trajeran ante él. Y, cuando se acercó, le preguntó: - ¿Qué quieres que
te haga? – Señor, que vea - respondió él. Y Jesús le dijo: Recobra la vista, tu
fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista y le seguía glorificando a
Dios” (Lc 18,35-43; Mc 10,46-52; cf. Mt 20,29-34: dos ciegos). “Señor, ¡que
vea! ¡que sea!”.
47) ¿Es lícito curar en sábado o no? (Lc
14,3)
En este camino, de la mano de nuestra Madre, sobre la
tierra y mirando al cielo, se mantiene el ánimo repasando las preguntas del
Señor. “Habiendo entrado un sábado a comer en casa de un jefe de los fariseos,
ellos le observaban. Estaba delante de él un hombre hidrópico. Jesús preguntó a
los doctores de la ley y a los fariseos: ¿Es lícito curar en sábado o no? Ellos
callaron y, cogiéndole, lo curó y lo despidió. Y les dijo: ¿Quién de vosotros,
si su hijo o su buey cae en un pozo, no lo saca enseguida en el día de sábado?
Y no pudieron replicar a esto” (Lc 14,1-6). No es un inadecuado punto de
partida de meditación detenerse en las primaras palabras y situar a Jesús en el
tiempo actual: era un sábado y Jesús había quedado a comer con hombres versados
en Dios: doctores y fariseos, en la casa de un jefe de éstos. Ellos le
observaban… como ahora algunos intelectuales.
48) ¿Quién de vosotros, si su hijo o su
buey cae en un pozo, no lo saca en seguida en el día de sábado? (Lc 14,5)
En ese caminar aprovecha escuchar y meditar las
preguntas que hizo Jesús: “Habiendo entrado un sábado a comer a casa de un jefe
de los fariseos, ellos le observaban. Estaba delante de él un hombre hidrópico.
Jesús preguntó a los doctores de la ley y a los fariseos: ¿Es lícito curar en
sábado o no? Ellos callaron, y, cogiéndole, lo curó y los despidió. Y les dijo:
¿Quién de vosotros, si su hijo o su buey cae en un pozo, no lo saca en seguida
en el día de sábado? Y no pudieron replicar a esto” (Lc 14,1-6). Caerse al
pozo, Jesús que nos coge y nos saca enseguida.
Otro pasaje: “De nuevo entró en la sinagoga. Había un
hombre que tenía la mano seca. Le observaban de cerca por si curaba en sábado,
para acusarle. Y le dice al hombre que tenía la mano seca: - Ponte en medio. Y
les dice: - ¿Es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar la vida
de un hombre o quitársela? Ellos permanecían callados…” (Mc 3,1-4). Pero no
siempre acaba así la cuestión sobre curar en sábado. Así, también en la
curación del hombre de la mano seca en la sinagoga: “Al salir los fariseos se
pusieron de acuerdo contra él, para ver cómo prenderle” (Mt 12,14) y “Ellos se
llenaron de rabia y comenzaron a discutir entre sí qué harían contra Jesús” (Lc
6,11).
También hay recuerdos que se despiertan por la
comparación que hace Jesús: “Un sábado estaba enseñando en una sinagoga. Y
había allí una mujer poseída por un espíritu, enferma desde hacía dieciocho
años, y estaba encorvada sin poder enderezarse de ningún modo. Al verla, Jesús
la llamó y le dijo: -Mujer quedas libre de tu enfermedad. Y le impuso las
manos, y al instante se enderezó y glorificaba a Dios. Tomando la palabra el
jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús curaba en sábado, decía a la
muchedumbre: - Hay seis días para trabajar; venid pues, en ellos a ser curados,
y no un día de sábado. El Señor le respondió: - ¡Hipócrita! Cualquiera de
vosotros ¿no suelta del pesebre en sábado su buey o su asno y lo lleva a beber?
Y a ésta que es hija de Abrahán, a la que Satanás ató hace dieciocho años, ¿no
había de soltarla de esta atadura aun un día de sábado? Y cuando decía esto,
quedaban avergonzados todos sus adversarios, y toda la gente se alegraba por
todas las maravillas que hacía” (Lc 13,10-17).
49) ¿Quién de vosotros que quiere
construir una torre, no se sienta primero para calcular los gastos a ver si
tiene para acabar? … O ¿qué rey, que ha de hacer guerra a otro rey, no se pone
primero a considerar si será capar con diez mil hombres de salir al encuentro
del que viene contra él con veinte mil? (Lc 14,28.31)
Y en ese caminar es conveniente y provechoso vivir en
la presencia de Dios, siguiendo los pasos de Jesús y escuchando y meditando las
preguntas que hizo como las podemos leer en los Evangelios.
- “Caminaba con él mucha gente, y volviéndose les
dijo: Si alguno viene a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus
hijos, a sus hermanos y hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi
discípulo. Quien no lleva su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. Porque
¿quién de vosotros que quiere construir una torre, no se sienta primero para
calcular los gastos a ver si tiene para acabar? No sea que después de haber
echado los cimientos no pueda terminar, y todos los que se enteren comiencen a burlarse
de él, diciendo: Este hombre ha comenzado a construir y no pudo terminar. O ¿qué rey, que ha de hacer guerra a otro
rey, no se pone primero a considerar si será capar con diez mil hombres de
salir al encuentro del que viene contra él con veinte mil? En caso contrario,
cuando está todavía lejos, manda una embajada para pedir la paz. Así pues,
cualquiera de vosotros que no renuncie a todo lo que tiene no puede ser mi
discípulo.” (Lc 14,25-33).
Todas las palabras de los pasajes evangélicos son
fuente de meditación. Caminaba mucha gente con Jesús; detrás de él porque Él
“se volvió” para hablarles; detrás de Jesús y se vuelve y me habla. Quien no se
niega a sí mismo, nuestro “yo”, no puede ser discípulo de Jesús. Seguir a Jesús
es seguirle cargando con “la cruz de cada día”. “Renunciar a todo” es la
condición para ser discípulo de Jesús. “Porque el que quiera salvar su vida, la
perderá, pero el que pierda su vida por mí, ése la salvará” (Lc 9,24)
50) ¿Quién de vosotros que tenga cien
ovejas y pierda una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va
en busca de la oveja perdida hasta que la encuentra? … O ¿qué mujer que tiene
diez dracmas, si pierde una, no enciende la lámpara y barre la casa y la busca
con gran diligencia hasta que la encuentra? (Lc 15, 3.8)
En el evangelio de san Lucas se recogen seguidas tres
parábolas de “la misericordia”: la de la oveja perdida, la de la dracma perdida
y la del padre amoroso del hijo pródigo. En las dos primeras el Señor pregunta
a los fariseos y escribas que murmuraban porque “éste recibe a los pecadores y
come con ellos”. Los cristianos que necesitan del amor misericordioso de Dios,
llenan de paz el alma meditando las preguntas del Señor: “¿Quién de vosotros
que tenga cien ovejas y pierda una de ellas, no deja las noventa y nueve en el
desierto y va en busca de la oveja perdida hasta que la encuentra? Y cuando la
encuentra, la toma, lleno de gozo, sobre sus hombros, y, una vez que llega a
casa, convoca a sus amigos y vecinos y les dice: Alegraos conmigo, porque he
encontrado mi oveja perdida. Así os digo que habrá en el cielo más alegría por
un pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan
penitencia. O ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende la
lámpara y barre la casa y la busca con gran diligencia hasta que la encuentra?
Y, una vez que la encuentra, convoca a sus amigas y vecinas y les dice:
Alegraos conmigo, porque he encontrado la dracma que había perdido. Así, os
digo, se alegrarán los ángeles de Dios por un pecador que se arrepienta” (Lc
15,3-10).
También se podría considerar estas parábolas como “de
la alegría”, porque se convoca a amigos y vecinos para que se alegren y porque
hay alegría del cielo, alegría de los ángeles. Para algunos esa consideración
lleva a recordar otro pasaje y la alegría de Jesús y los discípulos: “Volvieron
los setenta y dos llenos de alegría, diciendo: - Señor, hasta los demonios se
nos sometían en tu nombre. Él les dijo: - Veía yo a Satanás caer del cielo como
un rayo… Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más
bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo” (Lc 10,17.18.20)
51) Si, pues, no habéis sido fieles en la
riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Y si no habéis sido fieles en
lo ajeno, ¿quién os dará lo vuestro? (Lc 16,11-12)
Seguir a Jesús es escuchar su palabra, meditarla y
ponerla por obra. Un buen itinerario se sigue reflexionando sobre las preguntas
del Señor, como la que hizo al exponer la parábola del mayordomo infiel que
redujo la deuda de los que debían a su amo para que, cuando éste le quitara la
administración de sus bienes, aquéllos, agradecidos, lo recibieran en su casa:
“Procuraos amigos con las riquezas injustas, para que, cuando os falten, os
reciban en las moradas eternas. El que es fiel en lo pequeño, lo es también en
lo grande, Si, pues, no habéis sido fieles en la riqueza injusta, ¿quién os
confiará la verdadera? Y si no habéis sido fieles en lo ajeno, quién os dará lo
vuestro. Ningún criado puede servir a dos señores: porque tendrá odio al uno y
amará al otro, o se ira con uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios
y a las riquezas” (Lc 16,9-14).
El Señor alabó al administrador malo, porque había
obrado con sagacidad, no por haber dispuesto de los bienes de su amo, no en
interés de éste, sino del suyo propio. Pero se lamentó de que los hijos de este
mundo, mundanos, sean más avisados que los hijos de la luz. Por riqueza injusta
se entiende lo mundano, lo pequeño, lo perecedero, lo ajeno porque no lo
llevaremos a la otra vida y se quedará en el mundo, se entiende bien que el
cristiano tiene y debe tener a Cristo en el centro de su vida, presente en todo,
y que debe servirse de lo mundano para ser mejor, para servir mejor a todos.
“El mundo es pasajero y también sus concupiscencias; pero quien cumple la
voluntad de Dios, permanece para siempre” (1 Jn 2,17).
“Que cada uno ponga al servicio de los demás el don
que ha recibido, como buenos administradores de la múltiple y variada gracia de
Dios” (1 Pe 4,9). “Que cada uno sea diligente para escuchar, lento para hablar
y lento para la ira (St 1,19). “Alegraos en el Señor, os lo repito, alegraos.
Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca.
No os preocupéis por nada” (Flp 4, 4-6). “Descargad sobre Él todas vuestras
preocupaciones, porque Él cuida de vosotros” (1 Pe 5,7)
52) ¿No se venden dos pajaritos por un as?
(Mt 10,29)
Tiempo de reflexión escuchando las preguntas que hizo
Jesús: “A vosotros amigos míos, os digo: No temáis a los que matan el cuerpo,
pero no pueden matar el alma, temed más bien a quien puede perder en el
infierno alma y cuerpo. ¿No se venden dos pajaritos por un as? Pues bien, no
cae a tierra ni uno sólo de ellos sin el consentimiento de vuestro Padre. De
vosotros hasta los cabellos de la cabeza están todos contados. Por tanto, no
temáis: valéis más que muchos pajaritos” (Mt 10,28-31; Lc 12, 4-7). Y, así, con
las palabras de Jesús, el alma se afianza en el amor de Dios: “No temáis
pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino” (Lc
12,32). Y también en el camino: “De pronto, Jesús les salió al encuentro y las
saludó. Ellas se acercaron, abrazaron sus pies y le adoraron. Entonces, Jesús
es dijo: - No tengáis miedo; id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea:
allí me verán” (Mt 28,9-10). “En el amor no hay temor” (1 Jn 4,18)
53) ¿Dónde podemos comprar pan para que
coman éstos? (Jn 6,5)
En el camino del amor a Dios es
beneficioso meditar las preguntas del Señor: “Levantó los ojos y, viendo que
una turba numerosa venía hacia él, dice a Felipe: “¿Dónde podemos comprar pan
para que coman éstos? Lo decía para probarle, pues él sabía lo que iba a hacer…
(Jn 6,5-6) “… Despídelos para que vayan a los campos y aldeas convecinas y se
compren algo que comer. Él les respondió: Dadles de comer vosotros. Le
responden: ¿Vamos nosotros a comprar doscientos denarios de pan para darles de
comer? Respondió él: ¿Cuántos panes tenéis? Id a ver. Después de velo, dicen:
Cinco y dos peces. Y les ordenó que hicieran a todos sentarse en grupos sobre
la verde hierba. Se agruparon pues, por grupos de ciento y de cincuenta … Todos
comieron hasta hartarse. Y recogieron doce canastos llenos de trozos de pan y
de los peces. Los que comieron eran cinco mil varones” (Mc 6,36-40. 43-44; cf.
Mt 14,14-21, Lc 9,12-17).
Providencia divina: “No estéis preocupados
por vuestra vida: qué vais a comer; o por vuestro cuerpo: con qué os vais a
vestir…Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todas estas cosas se os
añadirán. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su
propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6,25.33-34). “Alegraos
siempre en el Señor, os lo repito, alegraos. Que vuestra comprensión sea
patente a todos los hombres. El Señor está cerca. No os preocupéis por nada, al
contrario, en toda oración y súplica presentad a Dios vuestras peticiones con
acción de gracias” (Flp 4,4-6).
54) Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”
(Mt 14,25-31)
Toda la vida del cristiano, en cualquier tiempo
litúrgico, es caminar con Jesús hacia el cielo donde nos espera el Padre,
animados continuamente por el Espíritu Santo. Caminar con Jesús es mirarle,
escucharle. Y una forma de hacerlo es meditar las preguntas que hizo “en aquel
tiempo”. “A la cuarta vigilia de la noche, vino a ellos caminando sobre el mar.
Y los discípulos, al verle caminar por el mar, se turbaron y decían: “Es un
fantasma”, y por el miedo gritaron. Pero Jesús les dijo enseguida: “Confiad, soy
yo; no tengáis miedo”. Entonces Pedro le dijo: “Señor, si eres tú, mándame ir a
ti sobre las aguas”. Y él le contestó: “Ven”. Y, bajando de la barca, Pedro
caminó sobre las aguas y se dirigió hacia Jesús. Pero, al notar la violencia
del viento, sintió miedo y como comenzara a hundirse gritó: “Señor, sálvame” Al
punto Jesús alargó la mano y le cogió diciéndole: Hombre de poca fe, ¿por qué
dudaste?” (Mt 14,25-31).
La fe, se convierte en el asunto de meditación. La
misma fe de aquel padre: “Cuando llegó Jesús, el padre con humildad y confianza
desde su dolor, le rogó al Señor que tuviera compasión y le ayudara. Jesús le
dijo: - Todo es posible al que tiene fe. Entonces, el hombre gritó: Creo, pero
ayuda mi falta de fe” (Mc 9,24). La fe que nos hace pedir: Señor, ¡Aumenta
nuestra fe!.
55) ¿Queréis también marcharos vosotros?
(Jn 6,67)
Cristianismo es amor y la vida del cristiano es seguir
a Jesús, ser cómo el quiere que seamos. Y le seguimos mirándole, escuchándole.
Meditando las preguntas del Señor: “Desde entonces muchos de sus discípulos se
volvieron atrás, y ya no querían andar con él. Entonces Jesús dijo a los Doce:
¿Queréis también marcharos vosotros? Respondióle Simón Pedro: Señor, ¿a quién
vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros hemos creído y
sabemos que tú eres el santo de Dios. Jesús les respondió: ¿No os elegí yo a
los Doce? Pues bien, uno de vosotros es un diablo. Se refería a Judas, el de
Simón Iscariote; porque éste, uno de los Doce, le había de entregar” (Jn
6,66-71)
- En el Evangelio se narran desencuentros con Jesús.
“Pero él afligido, por estas palabras, se marchó triste, porque tenía muchas
posesiones” (Mc 10,22). “Y toda la gente de la región de los gerasenos le pidió
que se alejara de ellos, porque estaban sobrecogidos de temor” (Lc 8,37; Mt
8,34; Mc 5,17). “Y envió delante a unos mensajeros que entraron en una aldea de
samaritanos para prepararle hospedaje; pero no le acogieron porque llevaba la
intención de ir a Jerusalén” (Lc 9,52-53). “Entonces lo abandonaron y huyeron
todos. Y un joven que se cubría el cuerpo tan solo con una sábana se escapó
desnudo” (Mc 14,50-51)
- Y también encuentros con Jesús. “Sé que el Mesías,
el llamado Cristo va a venir -le dijo la mujer-. Cuando él venga nos anunciará
todas las cosas. Le respondió Jesús: - Yo soy, el que habla contigo” (Jn
4,25-26). “El que había sido curado no sabía quién era, pues Jesús se había
apartado de la muchedumbre allí congregada. Después de esto lo encontró Jesús
en el Templo y le dijo: Mira, estás curado; no peques más para que no te ocurra
algo peor” (Jn 5,13-14). “Oyó Jesús que le habían echado fuera, y cuando se
encontró con él le dijo: - ¿Crees tú en el Hijo del Hombre? - ¿Y quién es,
Señor, para que crea en él? - respondió. Le dijo Jesús: Si lo has visto: el que
está hablando contigo ese es” (Jn 9,35-37). “Le dijo Jesús: - Mujer, ¿por qué
lloras? ¿A quién buscas? Ella pensando que era el hortelano, le dijo: - Señor,
si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré. Jesús le
dijo. - ¡María!” (Jn 20,15-16)
56) ¿Y por qué vosotros quebrantáis el
mandamiento de Dios, por vuestra tradición? (Mt 15,3)
Y, en ese caminar con Jesús, es un gozo espiritual que
crece repasando, meditando, las preguntas del Señor: “Entonces se acercaron a
Jesús unos fariseos y escribas de Jerusalén y dijeron: ¿Por qué tus discípulos
quebrantan la tradición de los antiguos? Pues no se lavan las manos cuando
comen. Él les respondió: ¿Y por qué vosotros quebrantáis el mandamiento de
Dios, por vuestra tradición? Porque Dios dijo: Honrarás al padre y a la madre,
y quien maldiga al padre o a la madre, sea condenado a muerte. Pero vosotros
decís: quien diga al padre a o la madre: es ofrenda sagrada todo lo que te
sirve, ya no está obligado a honrar a su padre y a su madre; habéis anulado el
mandamiento de Dios, por vuestra tradición” (Mt 15,1-6; cf. Mc 7,1-13). Tentar
a Dios, como en Masá y Meribá, como el demonio en el desierto (Mt 4,1-11, Mc
1,12-13, Lc 4.1-13), como nosotros, en tantas ocasiones.
Preguntas al Señor, para tentarle: sobre el matrimonio
y la virginidad (Mt 19, 1-12), sobre los impuestos (Mt 22,15-17, Mc 13-17, Lc
20,20-26), sobre la resurrección (Mt 22,23-28), sobre el mandamiento mayor (Mt
22,34-36), sobre el divorcio (Mc 10,1-12). Inolvidable una estupenda “salida”
de Jesús a la pregunta de los príncipes de los sacerdotes y los ancianos: “¿Con
qué potestad haces estas cosas?... Os voy a contestar con una pregunta; si me
la contestáis entonces os diré con qué potestad…: ¿El bautismo de Juan, de
dónde era? ¿del cielo o de los hombres?... Ellos deliberaban… Y respondieron: -
No lo sabemos. Entonces él les dijo: - Pues tampoco yo os digo con qué potestad
hago estas cosas” (cf. Mt 21,23-27). Estar con Jesús, aprender de Jesús.
57) ¿También estáis vosotros sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo
que entra en la boca pasa al vientre y es arrojado al estercolero? (Mt 15,16)
Camino hacia el cielo.
Con Jesús a nuestro lado. Escuchamos sus palabras, meditamos sus preguntas:
“Entonces, tomando la palabra Pedro le dijo: Explícanos esa parábola. Y él
contesto: ¿También estáis vosotros sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo
lo que entra en la boca pasa al vientre y es arrojado al estercolero? Pero lo
que sale de la boca, viene del corazón, y eso es lo que contamina al hombre.
Porque del corazón salen los malos pensamientos” (Mt 15,15-19; Mc 7,17-21).
Bien sabe Jesús lo que pensamos. “Entonces algunos escribas dijeron para sus
adentros: “Éste blasfema. Conociendo Jesús sus pensamientos dijo: - ¿Por qué
pensáis mal en vuestros corazones? (Mt 9,3-4); “Jesús que conocía sus
pensamientos, les replicó: Todo reino dividido contra sí mismo queda desolado…”
(Mt 12,25); “Conociendo Jesús su malicia, respondió: ¿Por qué me tentáis
hipócritas? (Mt 22,18); “Y enseguida, conociendo Jesús en su espíritu qué
pensaban para sus adentros de este modo, les dijo: ¿Por qué pensáis estas cosas
en vuestros corazones?” (Mc 2,8); “Pero él conocía sus pensamientos y le dijo
al hombre que tenía la mano seca: “Levántate y ponte en medio” (Lc 6.8).
“Señor, tu me sondeas y me conoces… de lejos penetras mis pensamientos… No ha
llegado la palabra a mi boca y ya la conoces toda… Examíname Dios mío y conoce
mi corazón… Guíame por el camino eterno (salmo 138)
58) ¿Cuántos panes tenéis? (Mt 15,34)
Y, aquí y ahora, en ese caminar detrás Jesús, podemos
recordar las preguntas del Señor: “Jesús llamó a los discípulos y les dijo: Me
da compasión de la muchedumbre pues ya tres días que vienen conmigo y no tienen
qué comer; y no quiero despedirlos en ayunas, no sean que desfallezcan en el
camino. Dícenle los discípulos: ¿Cómo procurarnos en este desierto suficientes
panes para alimentar a tanta gente? Díceles Jesús: ¿Cuántos panes tenéis? Le
contestaron siete y unos pocos pececillos. Y habiendo ordenado a la gente que
se sentase en el suelo, tomó los siete panes y peces, dio gracias, los partió y
fue entregando a los discípulos y los discípulos a la muchedumbre…” (Mt
15,32-36; cf. Mc 8,1,7; Lucas no narra la segunda multiplicación). Todas
aquellas personas habían seguido a Jesús llenos de esperanza, de confianza,
incluso aunque no supieran con precisión en qué o por qué ni siquiera el para
qué.
59) ¿Y no podéis discernir los signos de
los tiempos? (Mt 16,3); ¿Por qué pide esta generación una señal? (Mc 8,12)
La Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús era cosa
anunciada. “Esta generación perversa y adúltera pide una señal, pero no se le
será dada otra señal que la del profeta Jonás. Igual que estuvo Jonás en el
vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en
las entrañas de la tierra tres días y tres noches (Mt 12,39-40). Sólo había que estar atento a las señales y a
las preguntas del Señor: “Acercáronse a él los fariseos y saduceos para tentarle
y le pidieron que les hiciese ver algún prodigio en el cielo. Él les respondió:
Al atardecer decís: buen tiempo, porque el cielo tiene color de fuego; y por la
mañana: hoy tormenta, porque el cielo está de un rojo oscuro. Sabéis discernir
el aspecto del cielo, ¿y no podéis discernir los signos de los tiempos?
¡Generación mala y adúltera! Busca una señal y no se le dará otra que la de
Jonás. Y dejándolos se marchó.” (Mt 16,3-4). Y también: “Y, suspirando en su
interior, dice: ¿Por qué pide esta generación una señal? Yo os aseguro que no se
le dará a esta generación ninguna señal. Y, dejándolos, se embarcó de nuevo y
marchó hasta la otra orilla” (Mc 8,12-13). Y sobre el final de los tiempos:
“Aprended de la higuera esta parábola: cuando sus ramas están ya tiernas y
brotan hojas, sabéis que está cerca el varano. Así también vosotros cuando
veáis estas cosas, sabed que es inminente que está a las puertas. En verdad os
digo que no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla. El cielo y la
tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24.12-35).
60) ¿Por qué pensáis dentro de vosotros,
hombres de poca fe, que no tenéis pan? ¿No comprendéis ni os acordáis de los
cinco panes de los cinco mil hombres y cuántos canastos recogisteis? ¿Ni los
siete panes y los cuatro mil hombres y cuántas espuertas recogisteis? Pues
¿cómo no comprendéis que no os he hablado de panes al decir guardaos de la
levadura de los fariseos y saduceos? (Mt 16,8-11)
Caminar con Jesús, atentos a sus gestos, a su mirada,
a las preguntas del Señor: “Llegaron los discípulos a la otra orilla y se
olvidaron de llevar pan. Díjoles Jesús: Mirad guardaos de la levadura de los
fariseos y saduceos. Ellos pensaban dentro de sí y se decían: Es que no hemos
traído pan. Lo conoció Jesús y dijo: ¿Por qué pensáis dentro de vosotros,
hombres de poca fe, que no tenéis pan? ¿No comprendéis ni os acordáis de los
cinco panes de los cinco mil hombres y cuántos canastos recogisteis? ¿Ni los siete
panes y los cuatro mil hombres y cuántas espuertas recogisteis? Pues ¿cómo no
comprendéis que no os he hablado de panes al decir guardaos de la levadura de
los fariseos y saduceos. Entonces comprendieron que les había querido decir que
se guardaran no de la levadura de los panes, sino de la doctrina de los
fariseos y saduceos” (Mt 16,5-12; cf. Mc 8,14,21). No es la primera vez que
tenían dificultades para comprender: “Pero ellos no comprendieron nada de esto;
era éste un lenguaje que les resultaba incomprensible, y no entendían las cosas
que decía” (Lc 18,34)
61) ¿Quién dice la gente que soy yo? (Mc
8,37; cf. Mt 16,13, Lc 9,18)
Meditar las preguntas del Señor: “Fue Jesús con sus
discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo, y en el camino les hizo esta
pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo? (Mc 8,37; cf. Mt 16,13, Lc 9,18).
También en tiempo pascual hay preguntas del Señor. A María Magdalena: “¿Mujer
por qué lloras? ¿A quién buscas? (Jn 20,15). A los discípulos camino de Emaús:
“¿De qué veníais hablando entre vosotros por el camino?” (Lc 24,17). A los
apóstoles y discípulos en Tiberiades: “Muchachos ¿tenéis algo de comer?” (Jn
21,5). A todas esas peguntas del Señor debemos responder cada uno. Y a la
principal: “¿Me amas más que éstos? ¿Me amas? ¿Me quieres? (Jn 21,15,16,17).
Eso es lo que importa. Lo demás, como le dijo Jesús a san Pedro: “¿Y a ti qué?”
(Jn 21,22)
62) “Pero vosotros ¿quién decís que soy
yo?” (Mc 8,29)
Y estamos atentos a las preguntas que nos hace: “Pero
vosotros ¿quién decís que soy yo? Respondió Pedro y dijo: Tú eres el Cristo. Y
les mandó que no hablasen con nadie de él” (Mc 8,29 y Lc 9,20-21; cf. Mt
16,15-16.20).
No faltan otros pasajes evangélicos sobre la misma
inquietud: “Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has
conocido?” (Jn 14,9). En el interrogatorio de Pilato: “¿Eres tú el rey de los
judíos? Jesús contestó: ¿Dices esto por ti mismo o te lo han dicho otros de
mí?... ¿O sea que tú eres rey? Jesús contestó: Tú lo dices yo soy rey. Para
esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la
verdad…” (Jn 18,33.37).
63) ¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el
mundo si pierde su alma?; ¿qué dará el hombre a cambio de su alma?” (Mc 8,36)
Los textos evangélicos están llenos de referencias al
camino, a andar. Jesús va delante, va deprisa. Siguiendo a Jesús, el cristiano
aprende de sus gestos, de sus reacciones, de sus silencios, de sus palabras y
sus preguntas: “Les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí
mismo, tome su cruz y me siga. Quien quiera salvar su vida, la perderá; y quien
pierda su vida por mi causa y por el Evangelio, la salvará. Porque ¿qué
aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?; ¿qué dará el hombre
a cambio de su alma?” (Mc 8,34-37; cf. Mt 16,24-26; Lc 9, 23-25).
“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por
sus amigos” (Jn 15,9). En el Evangelio el cristiano encuentra referencias sobre
perder la vida. Jesús da su vida por nosotros: “Yo soy el buen pastor … y doy
mi vida por las ovejas… doy mi vida para tomarla de nuevo… Nadie me la quita,
sino que la doy libremente” (Jn 10,14.15.17). Y los cristianos sabemos de la
vida que acaba y de la vida eterna, que debemos ganar: “Para mí la vida es
Cristo y una ganancia el morir” (Flp 1,21). “Si hemos muerto con Cristo,
creemos que también viviremos con él” (Rm 6,8). Así es: “Yo soy la Resurrección
y la Vida -le dijo Jesús-; El que cree en mí, aunque hubiera muerto vivirá” (Jn
11,25)
64) ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo
os voy a sufrir? (Mt 17,17)
Es tiempo propicio para recordar las preguntas que
hizo el Señor: “Cuando llegaron junto a la turba se le aproximó un hombre que,
arrodillándose ante él, le dijo: Señor, ten compasión de mi hijo, que es
lunático y está mal, pues muchas veces cae el fuego y al agua. Lo he presentado
a tus discípulos y no han podido curarlo. Jesús respondió: ¡Oh, generación
incrédula y perversa! ¿hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os voy a
sufrir? Traédmelo aquí. Le increpó Jesús, y salió del él el demonio, y quedó el
niño curado desde aquel momento” (Mt 17,14-18; cf. Lc 9,37-42).
En otro relato Jesús preguntó al padre del niño:
¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto? Y en la contestación -desde la niñez-
añadió el padre: Pero si tú puedes algo, compadécete de nosotros y ayúdanos. Y
la respuesta de Jesús fue: ¿Si puedo? Todo es posible para el que cree. Y gritó
el padre: Creo, ayuda a mi falta de fe” (Mc 9,14-27). Tiempo de fe y de
confianza: “Sin mí no podéis nada” (Jn 15,5). “Todo lo puedo en el que me
conforta” (Flp 4,13). Si tuvierais fe como un grano de mostaza… (Mt, 17,20). Y,
así, el monte va de un lado a otro o que echa al mar, como se pide con fe.
“Todo cuanto pidáis con fe en la oración lo recibiréis” (Mt 21,22).
65) ¿Qué te parece Simón? ¿De quiénes
perciben los reyes de la tierra los tributos? ¿De sus hijos o de los extraños?
(Mt 17,25)
El Espíritu Santo confirma la fe, asegura la
esperanza, es el amor. Y en el camino de la vida, los cristianos se saben
animados porque saben de la continua compañía de Dios que nos aconseja, nos
cuida, nos espera. La vida corriente, los que acontece en la vida ordinaria,
también es ocasión para saber que Dios está aquí, que nos ve, que nos oye. Y
recordamos su vida en Palestina y sus preguntas: “¿Qué te parece Simón? ¿De
quiénes perciben los reyes de la tierra los tributos? ¿De sus hijos o de los
extraños?” (Mt 17,25).
Jesús pagó el tributo del Templo, por él y por Pedro
con el estater que tenía en su boca el pez que pescó Simón. En el recuerdo,
otro pasaje: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt
17,27); “Dadle a cada uno lo que se le debe: a quien tributo, tributo; a quien
impuesto, impuesto” (Rm 13,7)
66) ¿Qué os parece? Si uno tiene cien
ovejas y se extravía una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueve en los montes
y se irá a a buscar la extraviada? (Mt 18,12)
Y, siguiendo a Jesús, caminando con Él, escuchamos sus
palabras y meditamos sus preguntas: “Pues el Hijo del hombre ha venido a salvar
lo que estaba perdido. ¿Qué os parece? Si uno tiene cien ovejas y se extravía
una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueve en los montes y se irá a a buscar
la extraviada? Y si logra encontrarla, os aseguro que se alegra por ella más
que por las noventa y nueve que no se habían extraviado” (Mt 18,11-13; Lc
15,3-5).
Es una de las parábolas de la misericordia que san
Lucas agrupa. Así, otra: “¿O qué mujer si tiene diez dracmas y pierde una, no
enciende una luz y barre la casa y cuida cuidadosamente hasta encontrarla? Y,
cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas…” (Lc 15,8-9). Y esta otra
del padre misericordioso y un hijo arrepentido, que pidió su parte de la
herencia, la recibió de su padre, se marchó, vivió lujuriosamente, hubo una
gran hambruna y pasó necesidad, y decidió volver a la casa del padre y pedirle perdón:
“Cuando aún estaba lejos, le vio el padre y se compadeció. Y corriendo a su
encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos…” (Lc 15,20)
67) La sal es buena; pero si la sal se
convierte en insípida ¿con qué se le dará sabor? (Mc 9,50)
Escuchamos su palabra y meditamos sus preguntas:
“Porque todo será salado con fuego. La sal es buena; pero si la sal se
convierte en insípida ¿con qué se le dará sabor? Tened sal en vosotros y vivid
en paz los unos con los otros” (Mc 9,49-50).
Tener sal no sólo es dar sentido -sabor- a nuestros
actos, sino también procurar que sean trascedentes, testimoniales, compasivos,
para los que están cerca. Así se tiene sal y se convive en paz. En el recuerdo otro pasaje: “Vosotros sois la
sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve
más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la sal del
mundo” (Mt 5,13-16).
68) ¿Quién de vosotros que tenga un siervo
arando o con el rebaño le dirá cuando llegue del campo: entra enseguida y ponte
a la mesa? Más bien le dirá: prepárame la cena y cíñete para servirme mientras
como y bebo, y después comerás y beberás tú. ¿Por ventura tiene que agradecer
al siervo el que haga lo que le manda? (Lc 17,7-9)
Y siguiendo los pasos de Jesús en el camino de la vida
hasta el cielo, también estamos atentos a sus palabras y meditamos sus
preguntas. “¿Quién de vosotros que tenga un siervo arando o con el rebaño le
dirá cuando llegue del campo: entra enseguida y ponte a la mesa? Más bien le
dirá: prepárame la cena y cíñete para servirme mientras como y bebo, y después
comerás y beberás tú. ¿Por ventura tiene que agradecer al siervo el que haga lo
que le manda? De la misma manera, vosotros, después de que hayáis hecho todo lo
que os he mandado, decid: somos siervos inútiles, sólo hemos hecho lo que
deberíamos hacer” (Lc 17,7-10).
Y en el recuerdo: “Dichosos aquellos siervos a los que
al volver su amo los encuentre vigilando. En verdad os digo que se ceñirá la
cintura, les hará sentar a la mesa y acercándose les servirá. Y si viniese en
la segunda vigilia o en la tercera, y los encontrase así, dichosos ellos” (Lc
12,37-38). Y en otro sitio se añade: “Le pondrá al frente de toda su hacienda”
(Mt 24,47). Un buen consejo “¿Quieres de verdad ser santo? Cumple el pequeño
deber de cada momento: haz lo que debes y está a lo que haces (Camino 815)”. Y
en toda circunstancia: “Alegraos siempre en el Señor, os lo repito alegraos”
(Flp 4,4). “Alegraos, sed perfectos” (2 Co 13,11).
69) ¿No han sido curados los diez? ¿Dónde
están los nueve? ¿No ha habido quien vuelva a dar gloria a Dios, sino sólo este
extranjero? (Lc 17,17)
Y procura seguir los pasos de Jesús, y medita sus
palabras y llena el camino de la vida con el interés de comprender y responder
las preguntas del Señor: “Y como entrase en una aldea, le salieron al encuentro
diez leprosos, que se detuvieron a distancia, y levantaron la voz diciendo:
“Maestro, Jesús, ten compasión de nosotros” Y, habiéndolos visto, les dijo: “Id
a presentaros a los sacerdotes”. Mientras iban quedaron curados. Y uno de
ellos, viéndose curado, se volvió, glorificando a Dios en alta voz. Postró su
rostro junto a sus pies, y le dio las gracias. Y éste era samaritano. Entonces
Jesús le dijo: ¿No han sido curados los diez? ¿Dónde están los nueve? ¿No ha
habido quien vuelva a dar gloria a Dios, sino sólo este extranjero? Y le dijo:
Levántate y marcha; tu fe te ha salvado” (Lc 17,12-19).
Imposible no recordar otro pasaje cuando Jesús le dijo
a Simón: “-¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los
pies. Ella en cambo me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado
con sus cabellos. No me diste el beso. Pero ella desde que entré no ha dejado
de besarme los ies. No has ungido mi cabeza con aceite. Ella en cambio ha
ungido mis pies con perfume…” (Lc 7,44,46). Son detalles de cariño con Jesús
que hay que cuidar en las genuflexiones, en el recogimiento de la mirada, en el
vestir, en guardar el silencio que ayuda a los demás que rezan o meditan.
70) ¿No os dio Moisés la ley y ninguno de
vosotros la cumple? ¿Por qué pretendéis matarme? … ¿os irritáis contra mí
porque he curado en sábado a todo el cuerpo? (Jn 7, 19.23)
Sigue a Jesús escuchando sus palabras, meditando sus
preguntas: “¿No os dio Moisés la ley y ninguno de vosotros la cumple? ¿Por qué
pretendéis matarme? La turba contestó: Estás endemoniado, ¿quién pretende
matarte? Respondió Jesús y les dijo: “Una obra he hecho y todos os admiráis.
Moisés os dio la circuncisión -no era de Moisés, sino de los patriarcas- y
vosotros circuncidáis en sábado. Si se circuncida en sábado para que no se
quebrante la ley de Moisés, ¿os irritáis contra mí porque he curado en sábado a
todo el cuerpo? No juzguéis por las apariencias, sino juzgad con recto juicio”
(Jn 7,19-22).
Fueron muchas las ocasiones en que intentaron prender
a Jesús y querían matarlo: “Después de esto caminaba Jesús por Galilea, pues no
quería andar por Judea, ya que los judíos le buscaban para matarlo” (Jn 7,1).
“Intentaban detenerle, pero nadie le puso las manos encima porque aún no había
llegado su hora” (Jn 7,30). “Los judíos recogieron otra vez piedras para
lapidarlo (Jn 10,31). “Intentaban entonces prenderlo otra vez, pero se escapó
de sus manos” (Jn 10,39). “Querían prenderlo, pero tuvieron miedo a la
multitud… Y dejándolo se fueron” (Mc 12,12). El cristiano lo acompaña.
71) “Mujer ¿dónde están? ¿Nadie te ha
condenado?” (Jn 8,10)
Y, así, lleno de Dios y metido en Dios, el cristiano
se conforta sintiendo la presencia de Jesús a su lado, oyendo sus palabras,
atendo a sus gestos, meditando las preguntas del Señor: “Los escribas y
fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio, la pusieron en el medio
y le dijeron: - Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.
En la ley, Moisés nos manda apedrear a éstas, ¿Tú que dices? … Jesús,
inclinándose se pudo a escribir con el dedo en el suelo. Como ellos persistiesen
en su pregunta, se incorporó y les dijo: - El que de vosotros esté sin pecado,
tire el primero sobre ella una piedra. E, inclinándose de nuevo se puso a
escribir en el suelo. Y ellos al oírlo, comenzaron a irse uno a uno, empezando
por los más viejos, hasta los últimos y quedó Jesús solo con la mujer, que
estaba delante. Jesús, levantándose, le dijo: Mujer ¿dónde están? ¿Nadie te ha
condenado? Ella respondió: Nadie, Señor. Díjole Jesús: Tampoco yo te condeno:
vete y en adelante no vuelvas a pecar” (Jn 8,3-5.6-11).
En el recuerdo, las palabras de Jesús al paralítico
sanado en la piscina “probática”: “Miras, estás curado; no peques más para que
no te ocurra algo peor” (Jn 5,14).
72) “… ¿Por qué hablo con vosotros? Mucho
tengo que decir y condenar de vosotros… ¿Por qué no comprendéis mis palabras? …
¿Quién de vosotros puede convencerme de pecado? Si digo verdad, ¿por qué no me
creéis?” (Jn 8,43-46)
Siguiendo los pasos de Jesús, atentos a sus gestos y a
sus palabras, también meditamos sus preguntas: “Ellos le dijeron: ¿Quién eres
tú? Díjoles Jesús: En verdad ¿por qué hablo con vosotros? Mucho tengo que decir
y condenar de vosotros… ¿Por qué no comprendéis mis palabras? … ¿Quién de
vosotros puede convencerme de pecado? Si digo verdad, ¿por qué no me creéis? El
que es de Dios oye las palabras de Dios; vosotros no las oís porque no sois de
Dios” (Jn 8,25.43.46).
Y, en el
recuerdo: “Todo el que oye estas palabras y las pone en práctica, es como un
hombre que edificó sobre toca; y cayó la lluvia y legaron las riadas y soplaron
los vientos: irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba
cimentada sobre roca” (Mt 7,24-25). El que oye estas palabras y no las pone en
práctica es como la casa edificada sobre arena que se derrumbó y fue tremenda
su ruina. Y, en otro pasaje, la mujer alzando la voz le dijo: - Bienaventurado
el vientre que te llevó y los pechos que te criaron. Pero Jesús replicó: “-
Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan (Lc
11,28)”
73) ¿Tú crees en el Hijo del Hombre?” (Jn
9,35)
Preguntas del Señor: “Oyó Jesús que lo habían echado
fuera; y cuando se encontró con él le dijo: - ¿Tú crees en el Hijo del Hombre?
Él respondió: - ¿Quién es Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: - Lo estás
viendo y es el que habla contigo. Dijo él: - Creo, Señor – y se postró ante él”
(Jn 9,35-38). “Señor, que vea” es la petición inevitable del cristiano cuando
se encuentra con Jesús, le adora y quiere seguirle y estar siempre junto a
Él. Jesús aquí sale al encuentro del
ciego de nacimiento que ya ve, como salió al encuentro del paralítico curado
(Jn 5,13-14) y en ambos casos, ellos no sabían quién era el que los había
curado. Y Jesús pregunta: Vosotros ¿quién decís que soy yo? (Mt 16,15)
74) ¿Qué os mandó Moisés?” (Mc 10,2)
El cristiano sigue los pasos de Jesús, escucha sus
palabras, medita sus preguntas: “Acercáronse los fariseos y le preguntaron, con
intención de probarle, si era lícito al hombre repudiar a su mujer. Les
contestó: ¿Qué os mandó Moisés? Respondieron ellos: Moisés permitió que se
escribiese un certificado de divorcio y repudiar. Jesús les dijo: Este mandamiento
lo escribió por vuestra dureza de corazón. Pero al principio de la creación,
Dios los hizo hombre y mujer. Por lo cual dejará el hombre a su padre y a su
madre y se unirá a su mujer, y los dos vendrán a ser una sola carne. De manera
que ya no son dos, sino una carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el
hombre” (Mc 10,2-9; cf. Mt 19,3-6).
75) ¿Por qué me llamas bueno? (Mc 10,18)
El cristiano sigue los pasos de Jesús, escucha sus
palabras, medita sus preguntas: “Había salido de camino y corrió uno que se le
arrodilló y le decía: Maestro buen, ¿qué haré para poseer la vida eterna? Jesús
le respondió: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Conoces
los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás
falso testimonio, no dañarás, honra a tu padre y a la madre. Él le dijo:
Maestro, todas esas cosas las he guardado desde mi juventud. Jesús le miró
fijamente, lo amó y le dijo: Una cosa te falta. Ve, vende cuanto tienes y dalo
a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Ven y sígueme, tomando la cruz.
Él puso mala cara con la respuesta y se marchó triste. Porque tenía muchos
bienes” (Mc 10,17-22).
76) ¿No son doce las horas del día? (Jn
11,9)
El cristiano sigue los pasos de Jesús, escucha sus
palabras, medita sus preguntas: “Después dijo a los discípulos: Vamos otra vez
a Judea. Dijéronle los discípulos: Maestro, te buscaban hace poco los judíos
para apedrearte ¿y vas otra vez allí? Contestó Jesús: ¿No son doce las horas
del día? Si uno camina de día, no tropieza porque ve la luz de este mundo; pero
si uno camina de noche, tropieza porque no tiene luz” (Jn 11,7-10).
¡La luz del mundo! Imposible para el cristiano no
retomar conciencia de las palabras del Señor: “De nuevo, les dijo Jesús: - Yo
soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá
la luz de la vida” (Jn 8,12). Y, también: “Vosotros sois la luz del mundo. No
puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una
luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre
a todos los de la casa. Alumbre así, vuestra luz ante los hombres para que vean
vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mt
5,14-16). Y: “La lámpara del cuerpo es tu ojo, Cuando tu ojo es sencillo todo
tu cuerpo también está iluminado. Pero cuando tu ojo es malicioso, también tu
cuerpo queda en tinieblas. Mira, por tanto, no sea que la luz que hay en ti sea
tinieblas. Y si todo tu cuerpo está iluminado, sin que haya en él parte alguna
oscura, todo él estará iluminado como cuando la lámpara te ilumina con su
resplandor” (Lc 11,34-36)
77) ¿Crees tú eso? Dícele: Sí, Señor, yo creo que
tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que viene al mundo… Señor, ya huele; lleva
cuatro días. Dícele Jesús: ¿No te he dicho que si creyeres verás la gloria de
Dios? (Jn 11,26.40)
El cristiano sigue los pasos de Jesús, escucha sus
palabras, medita sus preguntas: “Yo soy la resurrección y la vida; quien cree
en mí, aunque muera vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá para
siempre ¿Crees tú eso? Dícele: Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el
Hijo de Dios, que viene al mundo… Señor, ya huele; lleva cuatro días. Dícele
Jesús: ¿No te he dicho que si creyeres verás la gloria de Dios? (Jn
11,25-27.39-40).
La resurrección y la vida son fundamento de nuestra
fe: “Porque os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo
murió por nuestros pecados, según las escrituras, que fue sepultado y que
resucitó al tercer día según las escrituras” (1 Co 15,3-4).“Si no hay
resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha
resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe.
Resultamos ser además falsos testigos de Dios, porque, en contra de Dios,
testimoniamos que resucitó a Cristo, a quien no resucitó, si de verdad los
muertos no resucitan. Pues si los muertos no resucitan, tampoco los Cristo ha
resucitado; pero si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe, todavía estáis
en vuestros pecados. E incluso los que han muerto en Cristo perecieron. Y si
tenemos puesta la esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los más
miserables de todos los hombres” (1 Co 15,13-19).
78) ¿Podéis beber el cáliz que yo beberé? (Mt 20,22)
El cristiano sigue los pasos de Jesús, escucha sus
palabras, medita sus preguntas: “Di que estos dos hijos míos se sienten uno a
tu derecha y el otro a tu izquierda en tu reino. Jesús le contestó: No sabéis
lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo beberé? Le respondieron: Podemos. Díceles:
Beberéis mi cáliz, pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es mío
concederlo, sino a aquellos para los cuales está preparado por mi Padre” (Mt
20,21-23; cf. Mc 10,37-39).
El cristiano sabe bien el camino y la meta. “Si alguno quiere venir
detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque
el que quiera salvar su vida la perderá y pero el que pierda su vida por mí, la
encontrará. Porque, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si
pierde su vida?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Mt 16,21-26;
Mc 8,34-37; Lc 9,23-25). También: “El que ama su vida la perderá, y el que
aborrece su vida en este mundo la guardará para la vida eterna” (Jn
12,25). Y aún es más dura la aclaración:
“Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mi” (Mt 10,36). Y el apóstol
recuerda: “Porque el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden,
pero, para los que se salvan para nosotros, es fuerza de Dios” (1 Co 1,18).
79) ¿Qué quieres que te haga? (Lc 18,41)
El cristiano sigue los
pasos de Jesús, escucha sus palabras, medita sus preguntas: “Al acercarse a
Jericó, un ciego estaba sentado junto al camino pidiendo limosna… Los que iban
delante le increparon para que se callase. Pero él gritaba mucho más: - Hijo de
David, ten compasión de mí” Detúvose Jesús y mandó que se lo trajesen. Cuando
estuvo cerca, le preguntó: ¿Qué quieres que te haga? Él dijo: Señor, que vea. Y
Jesús le dijo: Ve, tu fe te ha curado” (Lc 18,35.39-42).
En Mateo (20,29-34) la
escena se sitúa “Al salir de Jericó, eran dos ciegos y Jesús les toco los ojos.
En Marcos (Mc 10,46-52), se dice “Llegaron a Jericó”, era un ciego que se
llamaba “Bartimeo, el hijo de Timeo”, cuando Jesús dijo “Llamadle” él arrojó su
manto y saltando llegó hasta Jesús. En los tres sinópticos, los ciegos que ya
veían “le siguieron por el camino”. Las diferencias se pueden comprender si se
piensa que Jericó tenía una ciudad vieja y otra nueva lo que permite decir que
salieron, se aceraron o llegaron de una a otra. Que un ciego tenga nombre
permite asegurar que al menos había uno.
80) ¿Por qué molestáis a esta mujer? (Mt
26,10)
Seguir los pasos de Jesús, estar a atentos a su
mirada, a sus palabras, a sus preguntas. En Betania, le dieron una cena en la
casa de Simón el leproso, Lázaro estaba con él en la mesa, Marta servía y María
tomó una libra de perfume de nardo legítimo, de gran precio, ungió los pies de
Jesús y los enjugó con sus cabellos. Los discípulos se enfadaron y, según san
Juan, fue Judas Iscariote el que preguntó por qué no se había vendido el
perfumen en 300 denarios para darlo a los pobres (Mt 26, 6-9; Mc 14,3-5; Jn 12,2-6).
Entonces preguntó Jesús: “¿Por qué molestáis a esta mujer? Ha hecho una buena
obra conmigo, porque los pobres los tendréis siempre entre vosotros, pero a mí
no me tendréis siempre…” (Mt 26,10-11).
Es inevitable el recuerdo del pasaje (Lc 7,36-50) que
narra la comida en la casa del fariseo en la que una mujer que era pública
pecadora, llevó un frasco de alabastro con ungüento, se puso detrás junto a los
pies de Jesús y ella empezó a llorar y a mojar los pies con sus lágrimas y a
secarlos con sus cabellos. La crítica y el reproche allí se refieren al
fariseo. Y, en la duda sobre la identificación de la mujer, en la liturgia
romana se puede identificar a las tres como una y en la oriental se puede distinguir
a las tres: la pecadora, María de Betania y María de Magdala. También en este
pasaje se hace referencia al amor a Dios: “Están perdonados sus muchos pecados,
porque amó mucho. Pero al que se le perdona poco, ama poco”.
81) ¿No habéis leído nunca que de la boca
de los pequeñitos y niños de pecho te has hecho alabar?” (Mt 21,16)
Todos están atentos a los gestos del Señor, a sus
palabras, a las preguntas que hizo de las que hay constancia en los evangelios:
Cuando los príncipes de los sacerdotes y los escribas vieron los milagros que
hacía y que los niños gritaban en el templo y decían: “Hosanna al hijo de
David”, se enfadaron y le dijeron: ¿No oyes lo que dicen éstos? Jesús les
contesto: Sí. ¿No habéis leído nunca que de la boca de los pequeñitos y niños
de pecho te has hecho alabar?” (Mt 21,15-16).
Puede ser una referencia a las palabras del salmista:
“De la boca de los pequeños y de los niños de pecho has preparado alabanza
frente a tus adversarios, para acabar con enemigos y rebeldes” (salmo 8,3). En
el pasaje evangélico según san Lucas es la multitud de discípulos la que, llena
de alegría, clama: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor!”; y, cuando
unos fariseos de entre la multitud dijeron a Jesús: - Maestro reprende a tus
discípulos, Él les respondió: - Os digo que si éstos callan gritarán las
piedras” (Lc 19,40). En ambos pasajes vemos a Jesús en el camino y a muchos con
él aclamándolo.
82) Ahora mi alma está turbada. ¿Qué diré?
¿Padre, líbrame de esta hora? (Jn 12,27)
Estando con Jesús se meditan sus preguntas: “Ahora mi
alma está turbada. ¿Qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? ¡Pero si para esto
he venido a esta hora! ¡Padre glorifica tu nombre!” (Jn 12,27-28).
¡La hora de Jesús! Con el corazón pasa el cristiano
las páginas de su vida en los recuerdos evangélicos: “Y como faltó vino, la
madre de Jesús, le dijo: - No tienen vino. Jesús le respondió: Mujer ¿qué nos
va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora” (Jn 2,3-2). “En verdad, en
verdad, os digo que llega la hora, y es ésta, en la que los muertos oirán la
voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán” (Jn 5,25). “Intentaban
detenerle, pero nadie le puso las manos encima porque aún no había llegado su hora”
(Jn 7,30). “Estas palabras las dijo Jesús en el gazofilacio, enseñando en el
Templo; y nadie le prendió porque aún no había llegado su hora” (Jn 8,20). “Ha
llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre” (Jn 12,23). “La
víspera de la fiesta de Pascua, como Jesús sabía que había llegado su hora de
pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el
mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13,1). “Mirad que llega la hora. y ya llegó,
en que os disperséis cada uno por su lado, y me dejaréis solo, aunque no estoy
solo porque el Padre está conmigo” (Jn 16,32). “Jesús, después de pronunciar
estas palabras, elevó los ojos al cielo y dijo: - Padre, ha llegado la hora.
Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique” (Jn 17,1)
“Otras horas”. Con la samaritana: “Estaba allí el pozo
de Jacob, Jesús fatigado del camino, se había sentado en el pozo. Era más o
menos la hora sexta… Le respondió Jesús: - Créeme, mujer, llega la hora en que
ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no
conocéis, nosotros adoramos lo conocemos, porque la salvación procede de los
judíos. Pero llega la hora, y es ésta, en la que los verdaderos adoradores
adorarán al Padre en espíritu en verdad” (Jn 4, 6.21-23). O en el final: “Era
alrededor de la hora sexta. Y toda la tierra se cubrió de tinieblas hasta la
hora nona. Se oscureció el sol, y el velo del templo se rasgó por la mitad. Y
Jesús, clamando con una gran voz, dijo: - Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu. Y diciendo esto expiró” (Lc 23, 44-46). “No hay más amor que el Amor”
(“Camino, 417)
83) El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del
cielo o de los hombres? (Mt 21,25)
Y, siguiendo los pasos de Jesús, meditamos sus
preguntas: “Llegó al tempo y cuando estaba enseñando, se le acercaron los
príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo y le dijeron: “¿Con qué
autoridad haces esto? ¿Y quién te ha dado ese poder? Respondióles Jesús:
También yo os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré yo con qué
autoridad hago esto: el bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los
hombres? Ellos pensaban para sus adentros: si decimos del cielo nos dirá: ¿pues
por qué no le creisteis? Y si decimos de los hombres, hemos de temer al pueblo,
ya que todos tienen a Juan como profeta. Respondieron y dijeron a Jesús: No
sabemos. Díjoles Él a su vez: Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago
esto” (Mt 21,23-27; Mc 11,27-33; Lc 20,1-8).
En el recuerdo: “Cuando terminó Jesús estos discursos
las multitudes quedaron admiradas de su enseñanza, porque les enseñaba como
quien tiene potestad y no como los escribas” (Mt 7,28-29; Mc 1,22). “¿Qué es
esto? Una enseñanza nueva con potestad. Manda incluso a los espíritus impuros y
le obedecen” (Mc 1.27; cf. Lc 4,36). “Pues aquel a quien ha enviado habla las
palabras de Dios porque da el Espíritu sin medida, El Padre ama al Hijo y todo
lo ha puesto en sus manos” (Jn 3,34-35)
84) ¿Qué hará el amo de la viña?” (Mc
12,9)
El Señor anima con sus preguntas, como al acabar la
parábola de los renteros homicidas: “Tenía todavía uno: el hijo querido. Se lo
envió el último, pensando: respetarán a mi hijo. Pero los labradores se
dijeron: éste es el heredero; vamos a matarlo y la herencia será nuestra. Lo
cogieron, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. ¿Qué hará el amo de la
viña? Irá, matará a los labradores y dará la viña a otros” (Mc 12,6-9; cf. Mt
21,37-41, Lc 20,13-16).
Es inevitable la identificación del hijo y encontrarlo
en otros pasajes. En el bautismo de Jesús: “Y nada más salir del agua vio los
cielos abiertos y el Espíritu que, en forma de paloma, descendía obre él; y se
oyó una voz desde los cielos: -Tú eres mi hijo, el amado, en ti me he
complacido” (Mc 1,10-11; cf. Mt 3,13-17, Lc 3,21-22). Y en la transfiguración:
“Entonces se formó una nube que los cubrió y se oyó una voz desde a nube: -
Éste es mi Hijo, el amado; escuchadle” (Mc 9,7; cf. Mt 17,5, Lc 9,35). Las mismas
palabras que se oyeron en el bautismo, pero referidas a la transfiguración, las
reproduce Pedro en su carta: “Y esta voz, venida del cielo, la oímos nosotros
estando con él en el monte santo” (2 Pe 1,18). Y en el evangelio de Juan se
dice de Juan el Bautista: “Juan dio testimonio diciendo: - He visto el Espíritu
que bajaba del cielo como una paloma y permanecía sobre él” (Jn 1,32)
85) Hipócritas, ¿por qué me tentáis? …
Díceles: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? (Mt 22,18)
Y, caminando, el cristiano medita las preguntas del
Señor. “Conoció Jesús su malicia y dijo: Hipócritas, ¿por qué me tentáis?
Mostradme la moneda del tributo. Ellos le presentaron un denario. Díceles: ¿De
quién es esta imagen y la inscripción? Le dijeron: Del césar. Él les contestó
Dad pues al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Al oír esto
se maravillaron, lo dejaron y se marcharon” (Mt 22,18-22; Mc 12,13-17; Lc 20,
23-26).
En el recuerdo, otras referencias fiscales. El tributo
para el Templo: “Al llegar a Cafarnaúm se acercaron a Pedro los recaudadores de
la contribución y le dijeron: No va a pagar vuestro Maestro la contribución.
Pedro respondió: Sí. Entró en la casa y, antes de hablar, Jesús le dijo: ¿Qué
te parece, Simón? ¿De quienes reciben tributo o censo los reyes de la tierra:
de sus hijos o de los extraños? Pedro respondió que de los extraños. Y dijo
Jesús: Luego los hijos están exentos; pero para no escandalizarlos, vete al
mar, echa el anzuelo y el primer pez que pique sujétalo, ábrele la boca y
encontrarás un estárter; lo tomas y lo das; por mí y por ti” (Mt 17,24-27). Y,
también: “¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo
de la menta, del eneldo y del comino, pero habéis abandonado lo más importante…
la justicia, la misericordia y la fidelidad!” (Mt 23,23). Y también es
reprochable la exigencia indebida de tributos, como en el pasaje referido a
Juan el Bautista: “Llegaron también unos publicanos para bautizarse y le
dijeron: - Maestro, ¿qué debemos hacer? Y él les contestó: - No exijáis más de
lo que se os ha señalado” (Lc 3,12-13).
Y en las cartas
de los apóstoles: “Por tanto es necesario estar sujeto no sólo por temor al
castigo, sino también por motivos de conciencia. Por esta razón, les pagáis
también impuestos; porque son ministros de Dios, dedicados precisamente a esa
función. Dadle a cada uno lo que se le debe: a quien tributo, tributo; a quien
impuestos, impuestos; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor” (Rm
13,1-7). No es lo mismo infracción que fraude, culpa que dolo. En el Catecismo
se lee: “Son también moralmente ilícitos, … la corrupción… los trabajos mal
hechos… el fraude fiscal…” (CIC nº 2409).
86) ¿No habéis leído lo que os fue dicho
por Dios cuando dice: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de
Jacob? (Mt 22,31)
Están atentos a sus gestos, sus palabras, y consideran
sus preguntas. “Aquel día se le acercaron unos saduceos, que niegan la
resurrección, y le preguntaron: Maestro, Moisés dijo: Si muere uno sin tener
hijos, que su hermano se case con la mujer de él para dar descendencia al
hermano. Había entre nosotros siete hermanos. Casado el primero, murió. Como no
tenía descendencia, dejó su mujer al hermano… después de todos murió la mujer,
En la resurrección ¿de cuál de los siete será la mujer? Porque todos la tuvieron.
Jesús respondió y les dijo: Erráis porque no entendéis las escrituras ni el
poder de Dios… Y sobre la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que
os fue dicho por Dios cuando dice: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac
y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de los que viven” (Mt 22,
23-25.27-29.31-32; cf. Mc 12,18-27 y Lc 20,27-40). En Marcos se interroga:
“Dijoles Jesús: ¿No es verdad que os equivocáis porque no conocéis las
escrituras y el poder de Dios? En Lucas no hay ningún texto entre
interrogaciones.
Cuando el tribuno dejó defenderse a san Pablo ante el
Sanedrín se lee: “Se produjo un enfrentamiento entre fariseos y saduceos y se
dividió la multitud. Porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni
ángeles ni espíritus; os fariseos, en cambio, confiesan una y otra cosa” (Hech
23,7-8; cf. Hech 24,21). La resurrección es fundamento de nuestra fe: “Si no
hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no
ha resucitado inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe… Pues
si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado, pero si cristo no ha
resucitado vana es vuestra fe… Y si tenemos puesta la esperanza en Cristo sólo
para esta vida, somos los más miserables de todos los hombres (1 Co
15,13-14.16.19)
87) ¿Qué os parece del Mesías? ¿De quién
es hijo? ... ¿cómo David con inspiración le llama Señor cundo dice: Dijo el
Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos debajo
de tus pies? Si David le llama Señor ¿cómo es su hijo?” (Mt 22,41.45)
El corazón, el cristiano sigue a Jesús, atento a sus
palabras, meditando sus preguntas: “Estando reunidos los fariseos, Jesús les
preguntó: ¿Qué os parece del Mesías? ¿De quién es hijo? Contestáronle: De
David. Díceles: Pues ¿cómo David con inspiración le llama Señor cundo dice:
Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos
debajo de tus pies? Si David le llama Señor ¿cómo es su hijo? Y nadie podría
contestarle palabra. Y desde aquel día ninguno se atrevió a preguntarle más”
(Mt 22,41-46; Mc 12, 35-37; Lc 20,41-44).
Y desde el recuerdo del cristiano, el corazón llama
otros pasajes evangélicos: “¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos contestaron:
Jun el Bautista. Y hay quienes que dicen que Elías, y otros que uno de los
profetas. Entonces Él les pregunta: - Y vosotros quién decís que soy yo? Le
respondió Pedro: Tú eres el Cristo. Y les ordenó que no hablasen a nadie sobre
esto” (Mc 8,27-30; Cf. Mt 16,13-19, Lc 9,18-21). Cristo es la traducción
literal del hebreo Mesías.
Pero Cristo tenía que padecer y padeció hasta morir en
la Cruz. “Desde entonces Jesús comenzó a mostrar a sus discípulos que debía ir
a Jerusalén y sufrir muchas cosas de parte de los ancianos de los sumos
sacerdotes y de los escribas, y ser muerto” (Mt 16,21-23; cf. Mc 8,31-33, Lc
9,21-22; y también en: Mt 17,22-23, Mc 9,30-32, Lc 9,43-45; y Mt 20,17-19, Mc
10,32-34, Lc 18,31-34). “Entonces comenzaron a escupirle en la cara y a darle
bofetadas. Los que le abofeteaban decía: - Profetiza, Cristo, ¿quién es el que
te ha pegado? (Mt 26,.67-68) “Puesto que Cristo padeció en su carne, armaos
también vosotros con esta consideración: quien padeció en la carne ha roto con
el pecado, para vivir el tiempo que le queda de su vida mortal, no ya según las
concupiscencias humanas, sino según su voluntad de Dios” (1 Pe,4,1-2)
88) ¿Quién es pue, el siervo fiel y
prudente a quien el Señor puso al frente de la servidumbre para que le dé a su
tiempo la comida? (Mt 24,45)
Recordamos las preguntas del Señor: “Por tanto,
también vosotros estad preparados porque el Hijo del hombre vendrá en la hora
que no pensáis. ¿Quién es pue, el siervo fiel y prudente a quien el Señor puso
al frente de la servidumbre para que le dé a su tiempo la comida? Dichoso el
siervo este si, cuando llega su señor, encontrarte que obra así” (Mt 24,
45-46). Antes, está el aviso para todos: Velad porque no sabéis en qué día
vuestro Señor…Estad también vosotros preparados porque a la hora que menos penséis
vendrá el Hijo del hombre (Mt 24,42.44). “El que pretenda guardarse su vida la
perderá; y el que la pierda la recobrará. Os digo esto: aquella noche estarán
dos en una cama: a unos elo llevarán y al otro lo dejarán; estarán moliendo
juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán” (Lc 17,35-36)
Hay que estar preparados, pero también confiados: “No
queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como
los hombres sin esperanza… Dios por medio de Jesús los llevará con é” (1 Tes
4,13.14). “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt
28,20).
89) ¿Quién es mayor, el que está a la mesa
o el que sirve? ¿No es verdad que el que está a la mesa? (Lc 22,27)
Sin perder un detalle de su mirada, de sus gestos, del
tomo de su voz. Recogiendo y meditando sus preguntas: “Hubo entre ellos una
contienda sobre cuál era el mayor. Y Él les dijo: Los reyes de los gentiles los
dominan y sus príncipes se llaman bienhechores. No así vosotros, sino que el
mayor sea como el menor, y el que manda como el que sirve. Porque ¿quién es
mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es verdad que el que está a la
mesa? Yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lc 22,24-27; cf. Mt
20,26-27)).
La llamada al servicio es una característica de la
vocación del cristiano: “Entonces Jesús se sentó, llamó a los doce y les dijo:
- Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de
todos” (Mc 9,35). Porque el Hijo del hombre no ha venido para que ser servido,
sino para servir y a dar su vida en redención de muchos” (Mc 10,45) o también:
“Así como el Hijo de hombre no vino para que le sirvan sino para servir y para
dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20,28). En el Evangelio son muchas las
llamadas al servicio: “Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a
uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede
servir a la vez a Dios y a las riquezas” (Mt 6,24). “Si alguien me sirve que me
siga, y donde yo estoy allí estará también mi servidor. Si alguien me sirve, mi
Padre le honrará” (Jn 12,26).
En las cartas de los apóstoles también encontramos
referencias al servicio: “Que cada uno ponga al servicio de los demás el don
que ha recibido, como buenos administradores de la múltiple y variada gracia de
Dios” (1 Pe 4,10). “Que la caridad esté libre de hipocresía, abominando del
mal, adhiriéndoos al bien; amándoos de corazón unos a otros con el amor
fraterno, honrando cada uno a los otros más que a sí mismo; diligentes en el
deber, fervorosos en el espíritu, servidores del Señor, alegres en la esperanza,
pacientes en la tribulación, constantes en la oración, compartiendo las
necesidades, procurando practicar la hospitalidad (Rm 12,9-13). Siempre
disponibles para servir, preparados para servir mejor: “Para servir, servir… No
basta querer hacer el bien, hay que saber hacerlo” (san Josemaría, “Es Cristo
que pasa” 50)
90) ¿Sabéis lo que he hecho con vosotros?
(Jn 13,12)
Y lo miramos, escuchamos lo que dice, meditamos las
preguntas del Señor: “Después de haberles lavado los pies, tomó su manto, se
puso de nuevo a la mesa y les dijo: “¿Sabéis lo que he hecho con vosotros?
Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, pues lo soy. Si yo, Señor y
Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a
otros, pues os he dado ejemplo para que hagáis también vosotros como yo he
hecho con vosotros” (Jn 13, 12-15).
Y en el recuerdo: “Vosotros, en cambio, no os dejéis
llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois
hermanos. No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque sólo uno es
vuestro Padre, el celestial. Tampoco os dejéis llamar doctores, porque vuestro
doctor es uno solo: Cristo. Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor.
El que se ensalce será humillado y el que se humille, será enaltecido” (Mt
23,8-12)
III. SEMANA SANTA
Semana Santa. En la liturgia de cada ciclo se señala
un relato de la Pasión y Muerte de Jesús, según el evangelista que, de los tres
sinópticos, corresponda. El Evangelio según san Lucas contienen preguntas de
Jesús que, complementadas con alguna de otros textos, pueden servir al
cristiano de guía para vivir más cerca de Jesús.
En la misa de la Cena del Señor, el Jueves Santo, al
cristiano que lee despacio medita lenta y profundamente, le cuesta pasar del
principio del texto evangélico: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo
Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado
a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Y,
por después, en ese mismo pasaje en el que se narra el lavatorio de los pies de
sus discípulos, está una pregunta del Señor:
91) “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? (Jn
13,12).
92) “Y dijo a todos: - Cuando os envié sin bolsa, ni
alforja, ni sandalias ¿os faltó algo? (Lc 22,35)
Contestaron:
-Nada Él añadió: - Pero ahora el que tenga bolsa que la coja, y lo mismo la
alforja; el que no tiene espada, que venda su manto y compre una. Porque os
aseguro que tiene que cumplirse en mí lo que está escrito: Fue contado con los
malhechores. Lo que se refiere a mí toca a su fin. Ellos dijeron: - Señor, aquí
hay dos espadas. Él contestó: - Basta. Y salió Jesús, como de costumbre, al
monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos” (Lc 22,35-39).
Ya en la noche, en el pasaje del prendimiento de Jesús
en el Huerto: pregunta a los discípulos:
93) “¿No habéis podido velar una hora conmigo?” (Mt
26,40)
Y, levantándose de la oración, fue hacia sus
discípulos, los encontró dormidos por la pena, y les dijo:
94) ¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en
la tentación (Lc 22,46)
Todavía estaba hablando, cuando aparece gente; y los
guiaba el llamado Judas, uno de los Doce. “Jesús sabiendo todo lo que venía
sobre él, se adelantó y les dijo:
95) ¿A quién buscáis? (Jn 18, 4)
Le contestaron: - A Jesús Nazareno. Les dijo Jesús: -
Yo soy. Estaba con ellos Judas el traidor. Al decirles “Yo soy”, retrocedieron
y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:
96) ¿A quién buscáis (Jn 18,7)
Y dijo a Judas:
97) “Amigo, ¿a qué vienes? (Mt 26,50)
Judas se acercó a besar a Jesús. Jesús le dijo:
98) Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?”
(Lc 22,48)
Pedro que llevaba una espada la sacó e hirió al criado
del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco.
Dijo entonces Jesús a Pedro: - Mete la espada en la vaina.
99) El cáliz que me ha dado mi Padre ¿No lo voy a
beber?” (Jn 18,11)
Jesús dijo a
los sumos sacerdotes y a los oficiales del Templo, y a los ancianos que habían
venido contra él:
100) ¿Habéis salido con espadas y palos, como a caza
de un bandido? A diario estaba en el Templo con vosotros, y no me echasteis
mano. Pero ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas” (Lc 22,52)
Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y
le dijo: - ¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús le contestó:
101) ¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho
otros?” (Jn 18,34)
102) A media tarde, Jesús gritó: - Elí, Elí, lamá
sabaktaní. (Es decir: - Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?)
Al oírlo, algunos de los que estaban allí dijeron: - A
Elías llama éste (Mt 27, 46)
IV. PASCUA DE RESURRECCIÓN.
En la aparición a María Magdalena. Ella les respondió:
Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. Al decir esto, se
volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie. Pero no sabía que era Jesús. Le dice
Jesús:
103)“- Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?” (Jn
20,15).
Ella, creyendo que era el hortelano, le dice: Señor,
si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo cogeré”. Tiempo de
meditar los tres “lo”, tantas veces saboreado: lo necesito, lo buscaré, no lo
soltaré. Y el “noli me tangere” (no me toques) que en las nuevas versiones es
“noli me tenere” (no me detengas), porque “aún tengo que subir al Padre”.
Después con los discípulos que iban a Emaús: Y sucedió
que, mientras ellos conversaban y discutían entre sí, el mismo Jesús se acercó
y caminaba con ellos. Pero sus ojos estaban dominados de modo que no
conocieron. Y les dijo:
104) ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais
de camino? (Lc 24,17)
Y se pararon con rostro triste. Respondió uno que se
llamaba Cleofás, y le dijo: ¿Tú eres el único peregrino de Jerusalén que no
sabe las cosas que han pasado en ella en estos días? Y les dijo:
105) ¿Qué cosas?
(Lc 24,19)
Ellos le respondieron: Lo referente a Jesús el
nazareno que fue varón profeta, poderoso en obras y palabra delante de Dios y
de todo el pueblo… Entonces él les dijo: ¡Oh, insensatos y tardos de corazón
para creer todo lo que dijeron los profetas!
106) ¿No es verdad que era necesario que el Cristo
padeciese estas cosas antes de entrar en su gloria?” (Lc 24,26)
Y ya de noche, cuando estaban encerrados en una casa
por miedo a los judíos, mientras contaban esto, él mismo se presentó en medio
de ellos y les dice: Paz con vosotros. Quedaron sobrecogidos y llenos de miedo;
creían ver un espíritu. Pero él les dijo:
107) ¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en
vuestro interior? (Lc 24,38)
Ved mis manos y mis pies. Soy yo mismo. Tocadme y ved.
Un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo. Y cuando esto
dijo, les mostró las manos y los pies. Como siguiesen incrédulos por la alegría
y admirados, añadió:
108) ¿Tenéis ahí algo de comer?” (Lc 24,41)
Y ellos le dieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y
comió delante de todos. Ochos días después estaban otra vez encerrados en la
misma casa, pero esta vez Tomás, que no creyó porque no estaba en la ocasión
anterior, estaba con ellos. Le dijo Jesús: “-Trae aquí tu dedo y mira mis
manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino
creyente. Respondió Tomás y le dijo: - ¡Señor mío y Dios mío! Jesús contestó: -
109) ¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los
que crean sin haber visto” (Jn 20,29)
Se apareció otra vez a los discípulos junto al lago
Tiberíades. No habían pescado nada durante la noche, al amanecer Jesús se
presentó en la orilla y les dice:
110) “Muchachos ¿tenéis algo de comer? (Jn 21,5)
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los
discípulos, después de resucitar de entre los muertos. Cuando acabaron de
comer, le dijo Jesús a Simón Pedro:
111) Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? (Jn
21,15)
Le respondió: - Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Y
le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a preguntarle por segunda vez: -
112) Simón, hijo de Juan ¿me amas? (Jn 21,16)
Le respondió: - Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Le
dijo: - Pastorea mis ovejas. Pedro se entristeció porque le preguntó por
tercera vez:
113) ¿Me quieres? (Jn 21,17)
Y le respondió: Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te
quiero” (Jn 21,5.14-17).
Y la última pregunta de Jesús:
114) “Si yo quiero que él permanezca hasta que yo
vuelva, ¿a ti, qué? Tú sígueme” (Jn 21,22).
(selección y elaboración por Julio Banacloche Pérez)
(12.12.23)
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