DE UN CRISTIANO
(2019-2020)
ADVIENTO
Adviento. Tiempo de preparación para la Navidad.
Tiempo de propósitos para el año litúrgico que empieza, pero también tiempo de
poner cimientos sólidos que sirvan de fundamento a esta nueva etapa de la vida.
El Adviento es un tiempo fuerte de oración, de mortificación; pero,
posiblemente, para muchos cristianos es un tiempo mariano, y lo aprovechan para
seguir el último mes de embarazo de María, la Virgen que va a ser madre, Madre
de Dios y Madre nuestra, de cada uno de nosotros. No son pocos los que en Adviento
miran y rezan ante imágenes, o con estampas, de la Virgen embarazada, como la
Expectación (Tuy) o de la Virgen con otras madres, todas con sus niños
pequeñitos, como en el retablo con la Santa Parentela (museo de Copenhage).
En Adviento, el rezo del “Angelus” adquiere un sentido
especial, en el que lo divino y lo humano se unen: “El ángel del Señor anunció
a María y concibió por obra del Espíritu Santo” (en un instante, ya está; ya
está aquí, entre nosotros, en el seno de la Virgen, el ser humano más divino).
“He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (una palabra; es
el “fiat” que abre la vida terrena al Niño Dios, que empieza a tomar forma, a
nutrirse, a tomar parecidos como los que van a nacer con sus madres). “Y el
Verbo se hizo carne. Y habitó entre nosotros” (el Rey de Reyes, el Señor de los
Señores se ha abajado; Dios, Creador, se ha hecho carne). La Virgen ya está de
ocho meses. Con qué alegría, con cuanta confianza, se reza: “Santa María, Madre
Dios, ruega por nosotros pecadores. Ahora y en la hora de nuestra muerte”.
Madre, Madre de Dios.
En este tiempo anterior al parto vienen en tropel a la
memoria y al corazón de los cristianos pasajes literarios que, antes, muchas
veces, se han leído, se han meditado, sin el mismo sentido que ahora se
encuentra en textos que vienen a cuento porque ellos se acomodan así en el
alma, porque Dios lo quiere. Inevitable: “Sed necessarium est ad aeternam
salutem, ut incarnationem quoque Domini nostril Iesu Christi fieliter credat”
(Pero para alcanzar la salvación eterna es preciso también creer firmemente en
la encarnación de nuestro Señor Jesucristo, Símbolo “Quicumque”, 27). Es Dios
engendrado de la misma substancia que el Padre antes del tiempo, y hombre
engendrado de la substancia de su Madre Santísima en el tiempo (ibidem 29).
Perfecto Dios y perfecto hombre: que subsiste con alma racional y carne humana.
Aunque es Dios y hombre, no son dos Cristos, sino un solo Cristo. Uno, no por
conversión de la divinidad en cuerpo, sino por asunción de la humanidad en
Dios” (ibidem, 37-38)
Adviento. Tiempo de vivir con María, la Virgen, los
mismos recuerdos que debió tener hace dos mil años y que eternamente revivirá
ya en el cielo: la visita del arcángel Gabriel; su viaje desde Nazaret, en
Galilea, al pueblo donde vivía su pariente Isabel, en la montaña de Judea y los
meses allí hasta que llegó el parto de san Juan el Bautista; el regreso a
Nazaret y los preparativos para cuando naciera Jesús, el Salvador, porque el
embarazo avanzaba. Y las vecinas atendiendo a la joven María. Y san José
trabajando y ayudando. Y ahora el viaje a Belén. También ése fue un tiempo de
Adviento. Hay que hacer el camino con aquella caravana, acercarse en la
oración. Ya estamos en marcha.
ADVIENTO
Segunda semana de Adviento. Tiempo de esperanza.
Tiempo de preparación. El cristiano recuerda parábolas de espera y procura
vivir con la lección aprendida porque el amor del Amor le enseña y le urge a
amar más y mejor. “Tened ceñidas vuestras cinturas y encendidas las lámparas y
estad como quienes aguardan a su amo cuando vuelve de las nupcias, para abrirle
al instante en cuanto venga y llame. Dichosos aquellos siervos a los que al
volver su amo los encuentre vigilando. En verdad os digo que se ceñirá la
cintura, les hará sentar a la mesa y acercándose les servirá. Y si viniese en
la segunda vigilia o en la tercera, y los encontrase así, dichosos ellos… (Lc
12,35-38). “El heroísmo del trabajo está en “acabar” cada tarea” (“Surco”, 488)
Adviento. Tiempo de espera ejercitando la fidelidad y
la prudencia: “¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el amo pondrá
al frente de la casa para dar la ración adecuada a la hora debida? Dichoso
aquel siervo a quien su amo cuando vuelva encuentre obrando así. En verdad os
digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si ese administrador
dijera en sus adentros: “Mi amo tarda en venir”, y comenzase a golpear a los
criados y criadas, a comer, a beber y a emborracharse, llegará el amo de aquel
siervo el día menos pensado, a una hora imprevista, le castigará duramente y le
dará el pago de los que no son fieles” (Lc 12,42-46). Cristianismo es
fidelidad, encuentro con Jesús, seguimiento de Jesús y fidelidad en todo,
incluso y sobre todo, en los detalles, como hacen los enamorados Fieles en lo poco:
“Muy bien, siervo bueno, porque has sido fiel en lo poco, ten potestad sobre
diez ciudades” (Lc 19,17)
Adviento. Tiempo de disponibilidad a la llamada de
Dios. “El Reino de los Cielos será como diez vírgenes que tomaron sus lámparas
y salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes,
pero las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite; las
prudentes, en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas.
Como tardaba en venir el esposo, les entró sueño a todas y se durmieron. A
medianoche se oyó una voz: “¡Ya está aquí el esposo! ¡Salid a su encuentro!
Entonces se levantaron todas aquellas vírgenes y aderezaron sus lámparas. Y las
necias les dijeron a las prudentes: “Dadnos aceite del vuestro porque nuestras
lámparas se apagan”. Pero las prudentes les respondieron: “Mejor es que vayáis
a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para vosotras y
nosotras”. Mientras fueron a comprarlo vino el esposo y las que estaban
preparadas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta…” (Mt 21,1-10). El
cristiano está atento y medita las palabras: “les entró sueño a todas y se
durmieron”, “las que estaban preparadas entraron con el esposo a las bodas”, “y
se cerró la puerta”. Y los ojos se abren y el corazón está atento y el alma no
descansa preparándose para recibir con ella al Niño que espera la Virgen María.
¡Es el Salvador!
“Virgen del Adviento, / esperanza nuestra, / de Jesús
la aurora, / del cielo la puerta. / Madre de los hombres, / de la mar estrella,
/ llévanos a Cristo, / danos sus promesas. / Eres, Virgen Madre, / la de gracia
llena, / del Señor la esclava, / del mundo la reina. / Alza nuestros ojos /
hacia tu belleza, / guía nuestros pasos / a la vida eterna” (Himno de Laudes en
Adviento).
ADVIENTO
Adviento. Tercer domingo. Domingo “Gaudete”, en cuya
Antífona de Entrada se dice: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito,
estad alegres. El Señor está cerca (Gaudete in Domine Semper: iterum dico,
gaudete. Dominus enim prope est). Es como un oasis espiritual a mitad de camino
del Adviento en un tiempo en el que la meditación intensa, la mortificación
frecuente, el desprendimiento como norma habitual, pueden atraer la tentación
de lo contrario a lo que debe ser limpiar, ordenar, airear, iluminar, preparar
el alma para celebrar como merece el misterio de la Encarnación, la fiesta
alegre de la Navidad. En la misa, las lecturas del ciclo A, en el libro de
Isaías, llevan a ese mismo alegre paisaje: “El desierto y el yermo se
regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de
narciso, se alegrará con gozo y alegría…Volverán los rescatados del Señor,
vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y
alegría. Pena y aflicción se alejarán.” (Is 35.1-6a.10)
El cristiano rebusca en sus recuerdos pasajes que le
llenen de alegría y confianza: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor
Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los
cielos, / ya que él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos
santos y sin mancha en su presencia, por el amor; / nos predestinó a ser sus
hijos adoptivos por Jesucristo conforme al beneplácito de su voluntad, para
alabanza y gloria de su gracia, nos hizo gratos en el Amado / en quien,
mediante su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, según la
riqueza de su gracia, que derramó sobre nosotros sobreabundantemente con toda
sabiduría y prudencia…” (Ef 1,3-8)
Y, pensando en el Niño Dios que va a nacer de la
Virgen María, como si fuera un villancico, el cristiano trae de la memoria
palabras referidas a la Sabiduría: “Cuando asentaba los cielos allí estaba yo,
cuando fijaba un límite a la superficie del océano, cuando sujetaba las nubes
en lo alto, cuando consolidaba las fuentes del océano, cuando ponía su límite
al mar para que las aguas no lo traspasaran, cuando fiaba los cimientos de la
tierra, yo estaba como artífice junto a Él, lo deleitaba día a día, jugando
ante Él en todo momento, jugando con el orbe de la tierra, y me deleitaba con
los hijos de Adán” (Prv 8, 27-31). Con recuerdos evangélicos: “En el principio
existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él
estaba al principio junto a Dios. Todo se hizo por él, y sin él no se hizo nada
de cuanto ha sido hecho.” (Jn 1,1-3)
Alegría en el Adviento. Palabras de Jesús: “Ahora voy
a Ti y digo estas cosas en el mundo, para que tengan alegría completa en sí
mismos” (Jn 17,13). “Os volveré a ver y se os alegrará el corazón y nadie os
quitará vuestra alegría (Jn 16,22). “Pedid y recibiréis para que vuestra
alegría sea completa” (Jn 16,24). Encuentros con Jesús, ocasión de alegría: “Al
ver al señor, los discípulos se alegraron” (Jn 20,20). Adviento, tiempo
mariano: “Monstra te esse matrem, sumat per te precem qui pro nobis natus tulit
esse tuus”: Muestra que eres Madre para que por ti acoja nuestra oración quien,
nacido para nuestro bien, se hizo llevar en tu seno (del himno “Ave maris
stella”, ss. VIII-IX)
ADVIENTO
Cuarta semana de Adviento. El cristiano sabe que todo
empieza por un encuentro con Jesús: su mirada, su voz, son suficientes para que
cambie nuestra vida. El principio no es el resultado de nuestro esfuerzo: Dios
viene a buscarnos, Dios está cerca de nosotros, dentro de nosotros: "Porque tú estabas más dentro de mí
que lo más íntimo de mí, y más alto que lo supremo de mi ser" -"interior
intimo meo et superior summo meo"- (san Agustín, “Confesiones”, III, 6, 11). Dios nos llama: “Mira,
estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta entraré en
su casa y cenaré con él, y él conmigo” (Ap. 3,20). Y nosotros podemos
contestar: “Nos hiciste, Señor, para
ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti" (san
Agustín, “Confesiones” I, 1, 1). Y nos decimos: “Dios que te hizo sin
ti, no te salvará sin ti” (san Agustín, Sermón 169). Toda la vida del cristiano
es comenzar y recomenzar. Y volver una y otra vez al principio, porque hemos
escuchado su voz que nos ha dicho: “Pero tengo contra ti que has perdido la
caridad que tenías al principio” (Ap. 2,4) y nos ha animado a seguir: “Sé fiel
hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Ap. 2,10)
Adviento es tiempo de volver a empezar. De estar
atento y de responder de inmediato, en cuanto oímos la voz de Dios: “Mientras
caminaba junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y
Andrés su hermano, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo:
- Seguidme y os haré pescadores de hombres. Ellos, al momento, dejaron las
redes y le siguieron. Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el
de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo
remendando sus redes, y los llamó. Ellos al momento, dejaron la barca y a su
padre, y le siguieron” (Mt 4,18-23). “Al marchar Jesús de allí, vio a un hombre
sentado al telonio, que se llamaba Mateo, y le dijo: - Sígueme. Él se levantó y
le siguió.” (Mt 9,9). “Cuando se acercaban a Jericó, un ciego estaba sentado al
lado del camino mendigando. Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué era
aquello. Le contestaron: - Es Jesús Nazareno, que pasa. Y gritó diciendo: -
¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! Y los que iban delante le reprendían
para que se estuviera callado. Pero él gritaba mucho más: - ¡Hijo de David, ten
piedad de mí! Jesús, parándose, mandó que lo trajeran ante él. Y cuando se
acercó, le preguntó: - ¿Qué quieres que te haga? – Señor, que vea -respondió
él. Y Jesús le dijo: - Recobra la vista, tu fe te ha salvado. Y al instante
recobró la vista y le seguía glorificando a Dios.” (Lc 19,1-10). El Adviento es
tiempo de vigilancia y atención a Cristo que pasa a nuestro lado. Tiempo de
seguir a Jesús.
En la última semana de Adviento que acoge la Navidad,
el cristiano hace más frecuente y más íntima la cercanía a la Virgen que va a
ser Madre de Dios y que es Madre nuestra. Los magos de Oriente ya venían camino
de Belén (Mt 2, 1-5). Los pastores cuidaban del ganado sin saber que, pronto,
acudirían presurosos a Belén “y encontrarían a María y a José y al niño
reclinado en un pesebre” (Lc 2,16). Y la Virgen María, que lo guardaba todo en
su corazón (Lc 2,19 y 51), viviendo el día de su maternidad divina, recordaría
cómo empezó todo nueve meses antes: “- He aquí la esclava del Señor, hágase en
mí según tu palabra” (Lc 1,38). Y pedimos: Mater Pulchrae Dilectionis, filios
tuos adiuva.
NAVIDAD
Navidad. Tiempo de amor y de paz. Tiempo de intimidad
con la Sagrada Familia en Belén. Tiempo de caricias y confidencias con el Niño
que es Dios hecho hombre.
“En aquellos días se promulgó un edicto de César
Augusto, para que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento se
hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse, cada uno
a su ciudad. José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret,
ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, para
empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y cuando ello se
encontraban allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito;
lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para
ellos en el aposento.” (Lc 2, 1-7)
“Había unos pastores por aquellos contornos, que
dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. De improviso
un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor les rodeó de luz. Y
se llenaron de un gran temor. El ángel les dijo: - No temáis. Mirad que vengo a
anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido,
en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os
servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un
pesebre. De pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia
celestial, que alababa a Dios diciendo:
Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que
Él se complace.” (Lc 2,8-14)
“Cuando los ángeles les dejaron, marchándose hacia el
cielo, los pastores se decían unos a otros: - Vayamos a Belén para ver esto que
ha ocurrido y que el Señor nos ha manifestado. Y fueron presurosos y
encontraron a María y a José y al niño reclinado en un pesebre. Al verlo,
reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas sobre este niño. Y todos
los que lo oyeron se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho.
María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón. Y los pastores
regresaron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído,
según les fue dicho” (Lc 2,15-20)
- Del siglo V es el himno compuesto por Sedulio que
ensalza las maravillas del nacimiento virginal de Cristo: “A solis ortus
cardine / adusque terrae limitem / Christum canamus principem, natum Maria
Virgine” : Desde la aurora naciente, hasta la puesta de sol, celebremos a
Cristo, el Príncipe nacido de la Virgen María”. Y siguen otras estrofas como
éstas: “La Doncella ha dado a luz al que anunció Gabriel, al mismo que Juan,
aún en el seno materno, presintió que María llevaba consigo. / No rechaza el
pesebre, ni dormir sobre unas pajas; tan sólo se conforma con un poco de leche,
el mismo que, en su providencia, concede alimento a los pájaros. / Se alegra el
coro de los Bienaventurados y los Ángeles cantan a Dios, cuando el Pastor, que
hizo el universo, se manifiesta visible a los pastores”. Y acaba: “Iesu, tibi sit
gloria, / qui natus es de Virgine, cum Patre et almo Spiritu, in sempiterna
soecula. Amen” (Gloria a Ti, Jesús, que has nacido de la Virgen, y también al
Padre y al Espíritu que da vida, por los siglos sin término. Amén”
Dios ha nacido. Se ha hecho hombre como niño. Todo es
dulce amor y ternura: “No me hagas pucheritos, Niño querido. Que con sólo
mirarme me has convencido”.
NAVIDAD
Navidad. La Epifanía del Señor. La fiesta de los
“reyes magos”. El día en que todos queremos ser como niños: inquietos e ilusionados
desde la noche antes, sorprendidos y admirados por la mañana, disfrutando
felices; con regalos, pocos o muchos, los que esperábamos u otros, grandes o
pequeños; compartiendo amor, alegrándonos con los demás porque ellos también
están contentos o para que lo estén. Y sin olvidar que, desde el belén, en el
portal, el Niño nos sonríe recostado en el pesebre, envuelto en pañales,
acompañado de María y José que tampoco pierden detalle de la alegría que se
desborda alrededor.
También hay penas y dolores ese día, también hay
necesidad y preocupaciones: ¡Ningún día sin cruz! Pero el cristiano sabe que
debe ser así: “A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6,34); “Si alguno
quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día,
y que me siga” (Lc 9,23); “No andéis preocupados diciendo ¿qué vamos a comer,
que vamos a beber, con qué nos vamos a vestir? Por todas esas cosas se afanan
los paganos. Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo estáis necesitados”
(Mt 6,32). “¿Quién de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pan, le da una
piedra? ¿O si le pide un pez le da una serpiente? Pues si vosotros, siendo
malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas ¿cuánto más vuestro Padre, que
está en los cielos, dará cosas buenas a los que se lo pidan?” Lo entendía bien
san Pablo cuando escribía: “Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien
de los que aman a Dios” (Rm 8,28). Nada podrá separarnos del amor de Dios (v.
Rm 8,39)
- “Después de nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos
del rey Herodes, unos Magos llegaron de Oriente a Jerusalén preguntando: -
¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el
Oriente y hemos venido a adorarle. Al oír esto, el rey Herodes se inquietó y
con él toda Jerusalén. Y, reuniendo a toso los príncipes de los sacerdotes y a
los escribas del pueblo, les interrogaba dónde había de nacer el Mesías. – En
Belén de Judá – le dijeron- pues está escrito por medio del Profeta: “Y tú,
Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales
ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel”
Entonces, Herodes, llamando en secreto a los Magos, se informó cuidadosamente
por ellos del tiempo en que había aparecido la estrella; y les envió a Belén,
diciéndoles: - Id e informaos bien acerca del niño, y cuando lo encontréis,
avisadme para que también yo vaya a adorarle. Ellos, después de oír al rey, se
pusieron en marcha. Y, entonces, la estrella que habían visto en el Oriente se
colocó delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. Al
ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Y entrando en la casa, vieron
al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; luego, abrieron sus
cofres, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Y, después de recibir
en sueños aviso de no volver a herodes, regresaron a su país por otro camino”
(Mt 2, 1-12)
“Iban los Magos siguiendo la estrella que les guiaba
por su camino; con la luz buscan la Luz y con sus dones confiesan a Dios”,
escribió Sedulio en el siglo V (himno “A solis ortus cardine”). Nosotros ante
el belén, cantamos al Niño y nos damos por entero a Él.
BAUTISMO DEL SEÑOR
Con la fiesta del Bautismo del Señor acaba la Navidad
y empieza el Tiempo Ordinario en el que los cristianos viven hasta que llegue
el tiempo de Cuaresma y que recuperarán después de la Pentecostés, este año al
empezar el mes de junio. Y, así, hasta Adviento, ya en otoño. Todo el año con
Dios, todos los tiempos caminando junto a Jesucristo.
En el rezo del rosario, el primero de los misterios
Luminosos que añadió el papa san Juan Pablo II para considerar y rezar los
jueves, se titula así: “El Bautismo del Señor” y se corresponde con el
principio de la vida pública de Jesús después de los treinta años de vida
ordinaria en Nazaret, desde que la Sagrada Familia regresó de Egipto (Mt
2,13-19), cuando san José consideró prudente que no fueran a Belén, en Judea,
sino instalarse en aquel pueblo de la Galilea (Mt 2,21-23). Esos años de vida
oculta, sin llamar la atención, como la familia de un artesano en un pequeño
pueblo, con viajes todos los años a Jerusalén en fechas señaladas (Lc 2,41),
sirven a los cristianos para llenar de sentido la vida corriente, las alegrías
y las penas de cada día, cada jornada de trabajo y el descanso y la diversión
en las fiestas, pensando en la vida de Jesús, que vivió como nosotros y que es
modelo para nosotros. De aquellos días, de aquellas relaciones de convivencia
en la vida de Jesús y de María y de José, en Nazaret, aprendemos cómo ser y
cómo actuar: la comprensión, la disponibilidad, sonreír, saber escuchar,
ayudar, pedir perdón y perdonar.
La contemplación del misterio del rosario lleva a
meterse, como un personaje más, en la situación que se considera. Y, así, se
recuerda y se vive el texto evangélico: “Al día siguiente estaban allí de nuevo
Juan y dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo: - Éste es
el Cordero de Dios. Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús.
Se volvió Jesús y, viendo que lo seguían, ls preguntó: - ¿Qué buscáis? Ellos
dijeron: - Rabbí – que significa “Maestro”-, ¿dónde vives? Les respondió: -
Venid y veréis. Fueron y vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día. Era
más o menos la hora décima” (Jn 1,35-40). El cristiano que ha ido siguiendo a
los discípulos de Juan el Bautista repasa en su alma frases que le ayudan a
trasladar a su vida ordinaria motivos para sentir la presencia de Dios,
continua a nuestro lado: “fijándose en Jesús que pasaba”, nos invita a caer en
la cuenta de que Jesús pasa junto a nosotros y si se lo pedimos, se queda y nos
acompaña (Ap 3,20); “y se quedaron con él aquel día”, es el maravilloso regalo
espiritual de descubrir que cada día puede ser “aquel día” en que podemos estar
continuamente con Jesús, pidiéndole consejo, ofreciéndole nuestra ocupación,
comentando con Él lo que nos pasa, lo que nos gustaría, pero no puede ser... Un
día con Jesús, es trabajar, descansar, reír y también sufrir a su lado; y caer
y levantarnos, sin duda, ayudados por su mano, por la fuerza de su brazo.
Lo que siente el alma del cristiano cuando vive “en el
Evangelio” hace inevitable que le lleve a compartir, a llamar y a dar. Andrés
era uno de que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Encontró a su
hermano Simón y lo llevó a Jesús. Al día siguiente Jesús le dijo a Felipe que
lo siguiera y Felipe encontró a Natanael y le dijo “Ven y verás” y le llevó a
Jesús. Al verlo Jesús le dijo: “Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas
debajo de la higuera, te vi” (Jn 1,40-48). A ti, a mí, también nos ve, nos ha
visto, Jesús.
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano aprovecha estas primeras semanas del
Tiempo Ordinario antes de la Cuaresma para confirmarse en el amor de Dios y en
el deseo de vivir siguiendo los pasos de Jesús y caminando en su compañía hasta
llegar al cielo. Del alma brotan, sin necesidad de dedicar un tiempo a la
búsqueda, las palabras del apóstol: “¿Quién nos apartará del amor de Cristo?
¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o
el peligro, o la espada? … Pero en todas estas cosas vencemos con creces
gracias a aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la
vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las
futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra
criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor
nuestro” (Rm 8, 35-39)
Y, ya entrados en lo íntimo del alma, es posible
escuchar la poesía que expresa la razón del amor: “No me mueve, Señor, para
quererte / el cielo que me tienes prometido; ni me mueve el infierno tan temido
/ para dejar por eso de ofenderte. / Tú me mueves, mi Dios, muéveme el verte /
clavado en esa cruz, y escarnecido. / Muéveme el ver tu cuerpo, tan herido; /
muévenme tus afrentas y tu muerte. / Muéveme en fin tu amor de tal manera / que
si no hubiera cielo yo te amara / y si no hubiera infierno te temiera. / No me
tienes que dar porque te quiera / pues, aunque lo que espero no esperara, / lo
mismo que te quiero, te quisiera.”
Y, desde ahí, es inevitable y sencillo, reposar en la
oración, lleno de Dios, sumido en Dios: “Toma, Señor, mi libertad; mi memoria,
mi entendimiento y toda mi voluntad. Todo mi haber y todo mi poseer. Tú me lo
diste, Señor, a Ti lo torno. Todo es tuyo, dispón de mí según tu voluntad. Dame
tu amor y tu gracia, que eso me basta”. Como escribía santa Teresa: “Nada te
turbe, / nada te espante, / todo se pasa. / Dios no se muda; / la paciencia /
todo lo alcanza; / quien a Dios tiene / nada le falta. / Sólo Dios basta”. Y,
como cantamos en el salmo 22: “El Señor es mi pastor, nada me falta. / En
verdes praderas me hace reposar, / me conduce a fuentes tranquilas / y conforta
mi alma. / Me guía por caminos seguros / por el honor de su nombre. / Aunque camine
por valles tenebrosos, / nada temo porque Tú vas conmigo; / tu vara y tu cayado
me sosiegan. / Preparas una mesa ante mí / frente a mis adversarios. / Unges mi
cabeza con perfume, / mi copa rebosa. / Tu bondad y tu misericordia me
acompañan / todos los días de mi vida; / y habitaré en la casa del Señor por
años sin término.”
Viviendo con normalidad, con naturalidad, el cristiano
encuentra guías sencillas para el camino en las palabras de los santos: “ …
Ayúdame, Señor, a tomarme tiempo para pensar; tomarme tiempo para rezar;
tomarme tiempo para reír que es la fuente del poder, que es la música del alma;
tomarme tiempo para trabajar; tomarme tiempo para dar; tomarme tiempo para ser
amable; tomarme tiempo para amar que es el privilegio que nos da Dios, que es
el camino hacia la felicidad” (santa Teresa de Calcuta)
El cristiano empieza y acaba todo y siempre con María:
“Oh, Señora mía. Oh, Madre mía. Yo me entrego enteramente a ti. Y, en prueba de
mi filial afecto, te consagro en este día mis ojos, mis oídos y mi lengua, mi
corazón; en una palabra, todo mi ser. Y ya que soy todo tuyo, Madre de bondad,
guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya. Amén”. Y es que: “A Jesús,
siempre, se va y “se vuelve” por María.” (Camino 495)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano que quiere seguir los pasos de Cristo
busca y encuentra apoyos sólidos para dar sentido a la vida ordinaria de cada
día, como camino hacia la eternidad feliz del cielo junto a Dios. Precisamente
porque Dios nos pensó y nos amó desde antes de crear el tiempo, el cristiano
sabe que “Existimos porque Él nos ama, porque Él nos ha pensado y nos ha
llamado a la vida. Existimos en los pensamientos y en el amor de Dios.
Existimos en toda nuestra realidad, son sólo en nuestra “sombra”. Nuestra
serenidad, nuestra esperanza, nuestra paz se fundan precisamente en esto: en
Dios, en su pensamiento y en su amor” (Benedicto XVI, homilía en la misa del
día 15 de agosto de 2010)
El cristiano siente en Cristo su llamada a la vida
eterna y supera inquietudes y dudas porque sabe que Dios lo ama íntegramente,
en su realidad actual y en el entorno que ama. “No sobrevive sólo una “sombra”
de nosotros mismos, sino que, en Él, en su amor creador, somos conservados e
introducidos en la eternidad con toda nuestra vida, con todo nuestro ser. Es su
amor lo que vence la muerte y nos da la eternidad, y es este amor lo que
llamamos “cielo”: Dios es tan grande que tiene sitio también para nosotros. Y
el “hombre Jesús”, que es al mismo tiempo Dios, es para nosotros garantía de
que “ser-hombre” y “ser-Dios” pueden existir y vivir eternamente uno en el
otro.” (op. cit.)
Y sigue la homilía: “Eso quiere decir que de cada uno
de nosotros no seguirá existiendo sólo una parte que, por así decirlo, nos es
arrancada, mientras las demás se corrompen; quiere decir, más bien, que Dios
conoce y ama todo el hombre, lo que somos. Y Dios acoge en su eternidad lo que
“ahora”, en nuestra vida, hecha de sufrimiento ya mor, de esperanza, de alegría
y de tristeza, crece y se va transformando. Todo el hombre, toda su vida, es
tomada por Dios y, purificada en Él, recibe la eternidad. Queridos amigos, yo
creo que esta es una verdad que nos debe llenar de profunda alegría. El
cristianismo no anuncia sólo una cierta salvación del alma en un impreciso más
allá en el que todo lo que en este mundo nos fue precioso y querido nos sería
borrado, sino que promete la vida eterna, “la vida del mundo futuro”: nada de
lo que para nosotros es valioso y querido se corromperá, sino que encontrará
plenitud en Dios…” (op. cit)
Y, un poco más adelante, siguen las palabras de
Benedicto XVI: “… Se comprende, entonces, que el cristianismo dé una esperanza
fuerte en un futuro luminoso y abra el camino hacia la realización de este
futuro. Estamos llamados, precisamente como cristianos, a edificar este mundo
nuevo, a trabajar para que se convierta un día en el “mundo de Dios”, un mundo
que sobrepasará todo lo que nosotros mismos podríamos construir. En María,
elevada al cielo, plenamente partícipe de la resurrección de su Hijo,
contemplamos la realización de la criatura humana, según el “mundo de Dios.”
(op.cit)
Esperanza al empezar el año. Esperanza en cualquier
etapa de la vida de cada uno. Esperanza confiada porque “Yo sé de quién me he
fiado” (2 Tm 12); porque: “Por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia
que se me dio no resultó inútil” (1 Co 10); y porque “los elegidos de Dios no
trabajan inútilmente” (Is 65,23). Gracias a Dios.
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano vive de esperanza. La esperanza no puede
ser la hermana ignorada de las virtudes teologales. “Sabemos que todas las
cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios” y “Si Dios está con
nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rm 8,28 y 31)
- “El Juicio de Dios es esperanza, tanto porque es
justicia, como porque es gracia. Si fuera solamente gracia que convierte en
irrelevante todo lo que es terrenal, Dios seguiría debiéndonos aún la respuesta
a la pregunta sobre la justicia, una pregunta decisiva para nosotros ante la
historia y ante Dios mismo. Si fuera pura justicia, podría ser al final sólo un
motivo de temor para todos nosotros. La encarnación de Dios en Cristo ha unido
uno con la otra -juicio y gracia- de tal modo que la justicia se establece con
firmeza: todos nosotros esperamos nuestra salvación “con temor y con temblor”
(Flp 2,12). No obstante, la gracia nos permite a todos esperar y encaminarnos
llenos de confianza al encuentro con el Juez, que conocemos como nuestro
“abogado”, “parakletos” (cf. 1 Jn 1,2)” (encíclica “Spes salvi”, 47)
- “El hombre tiene un valor tan grande para Dios que
se hizo hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre, de modo muy real,
en carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasíón de Jesús. Por eso
en cada pena humana ha entrado uno que comparte el sufrir y el padecer; de ahí
se difunde en cada sufrimiento la “con-solatio”, el consuelo del amor
participado de Dios y así aparece la estrella de la esperanza” (“Spes salvi”,
39)
- “La idea de poder “ofrecer” las pequeñas
dificultades cotidianas que nos aquejan una y otra vez como punzadas más o
menos molestas, dándoles así un sentido, eran parte de una forma de devoción
todavía muy difundida hasta no hace mucho tiempo, aunque hoy tal vez menos
practicada… Estas personas estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas
dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que así entraban a formar parte
de algún modo del tesoro de la compasión que necesita el género humano. De esta
manera las pequeñas contrariedades diarias podrán encontrar también un sentido
y contribuir a fomentar el bien y el amor entre los hombres.” (“Spes salvi”,
40)
- Ese inocente que sufre se ha convertido en
esperanza-certeza: Dios existe, y Dios sabe crear la justicia de un modo que
nosotros no somos capaces de concebir y que, sin embargo, podemos intuir en la
fe. Sí, existe la resurrección de la carne. Existe una justicia. Existe la
“revocación” del sufrimiento pasado, la reparación que restablece el derecho.
Por eso la fe en el Juicio final es ante todo y sobre todo esperanza …” (“Spes
salvi”, 43). “Por eso no desfallecemos; al contrario, aunque nuestro hombre
exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a
día. Porque la tribulación de un instante se convierte para nosotros,
incomparablemente, en una gloria eterna y consistente, ya que nosotros no
ponemos nuestros ojos en as cosas visibles, sino en las invisibles; pues la
visibles son pasajeras y, en cambio, las invisibles, eternas” (2 Co,16-18).
“Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo que, por su misericordia,
nos ha engendrado de nuevo … a una esperanza viva, a una herencia
incorruptible” (2 P 3).
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano vive como hijo de Dios y es consciente de
su permanente cercanía. Estar en presencia de Dios es garantía de paz de ánimo
y alegría de espíritu, cualesquiera que sean las circunstancias y situaciones
por las que se pasa. El cristiano sabe que Dios nos ama, que conoce lo que
necesitamos (Lc 12,30); que sabe de nuestras debilidades y defectos y así nos
quiere: animándonos cuando no nos atrevemos; ayudándonos cuando no podemos y
para que podamos; levantándonos en las caídas; consolándonos en el dolor, en la
desgracia, en el fracaso. Para los que aman a Dios, todo coopera a su bien (Rm
8,30). Por eso podemos decir: “Yo sé de quién me he fiado” (2 Tm 1,12).
De la presencia y cercanía de Dios, trata el salmo
138: “Señor, Tú me sondeas y me conoces. Me conoces cuando me acuesto y me
levanto. De lejos penetras mis pensamientos. Distingues mi camino y mi
descanso. Todas mis sendas te son familiares. No ha llegado la palabra a mi
boca y ya, Señor, te la sabes toda. Me abrazas detrás y delante, me cubres con
la palma de tu mano. Tanto saber me sobrepasa. Es sublime y no lo abarco.
¿Dónde iré lejos de tu aliento? ¿Dónde escaparé de tu presencia? Si escalo el
cielo, allí estás Tú. Si bajo al abismo, allí te encuentro. Si subo a las alas
de la aurora, si emigro a los confines del mar, allí me coge tu izquierda, tu
derecha me atrapa. Si digo que me cubran las tinieblas, ni las tinieblas son
oscuras para Ti, la noche es clara como el día…” Diciendo a menudo el salmo, se
acaba aprendiéndolo y surge de la memoria cuando más se necesita.
Nada se oculta a Dios: “Estaban allí sentados algunos
de los escribas y pensaban en sus corazones: ¿Por qué habla éste así? Blasfema.
¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios? Y enseguida, conociendo Jesús en
su espíritu que pensaban de este modo, les dice: ¿por qué pensáis estas cosas
en vuestros corazones?” (Mc 2,6-8, Lc 5,21-22). “Los escribas y los fariseos le
observaban a ver si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle. Pero él
conocía sus pensamientos…” (Lc 6,8). Y, también: “Les vino al pensamiento cuál
de ellos sería el mayor. Pero Jesús, conociendo los pensamientos de sus
corazones… “(Lc 9,46-47)
Dios conoce nuestra intimidad: “Porque del interior
del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones,
los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las
maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la
insensatez” (Mc 7,21-23). También del corazón sale lo bueno: “El hombre bueno
del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo:
porque de la abundancia del corazón habla su boca” (Lc 6,45).
Presencia silenciosa de Dios: “Cuando des limosna, que
tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna
quede en los oculto; de este modo, tu Padre, que ve en lo oculto, te
recompensará … cuando te pongas a oras, entra en tu aposento y, con la puerta
cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre que ve en lo oculto,
te recompensará … cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que
no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre que está en lo oculto, y tu
Padre que ve en lo oculto, te recompensará” (Mt 6, 3-4, 6 y 17-18).
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano vive de la Esperanza y en la Esperanza.
“Realmente mientras moramos en esta tienda gemimos oprimidos, porque no
queremos ser desvestidos, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por
la vida. Pero quien nos ha preparado para este fin es Dios, el cual nos ha dado
como arras al Espíritu” (2 Co 5,4-5). “Y nos gloriamos apoyados en la gloria de
Dios. Pero no sólo esto: también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo
que la tribulación produce la paciencia; la paciencia, la virtud probada; la
virtud probada, la esperanza” (Rm 5,2-4). “Nosotros, según la promesa,
esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habita la justicia”
(2 P 13).
“Estoy tan convencido, Dios mío, de que velas sobre
todos los que esperan en Ti, y de que no puede faltar cosa alguna a quien
aguarda en Ti todas las cosas, que he determinado vivir de ahora en adelante
sin ningún cuidado, descargando en Ti todas mis solicitudes: “En paz duermo y
enseguida descanso porque Tú solo, Señor, me has confirmado en la esperanza”
(salmo 4,10)”. Así escribía en su oración san Claudio La Colombière S.I. Y
seguía: “Despójenme en buena hora los hombres de los bienes y de la honra,
prívenme las enfermedades de las fuerza e instrumentos de serviros, pierda yo
mismo vuestra gracia pecando, que no por eso perderé la esperanza, antes la
conservaré hasta el postrer suspiro de mi vida, y vanos serán los esfuerzos de
todos los demonios del infierno por arrancármela”.
Dios es Padre amoroso de sus hijos. “Bien sabe vuestro
Padre de qué tenéis necesidad antes de que lo pidáis” (Mt 6,8). Un Padre al que
abandonamos los hijos y nos espera cada día: “Cuando aún estaba lejos, le vio
su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro se le echó al cuello y le
cubrió de besos” (Lc 15,20). Dios es el pastor bueno que busca a la oveja
perdida hasta que la encuentra lleno de alegría: “Os digo que del mismo modo
habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa
justos que no tienen necesidad de conversión” (Lc 15,7). Dios es el juez
misericordioso: “- Mujer, ¿dónde están? ¿ninguno te ha condenado? – Ninguno,
Señor - respondió ella. Le dijo Jesús: - Tampoco yo te condeno; vete y a partir
de ahora no peques más” (Jn 8,10-11)
Esperanza en llegar al Cielo. Como la pidió la madre
de los hijos de Zebedeo, cuando Jesús le preguntó qué quería: “Di que estos dos
hijos míos se sienten en tu reino, a uno a tu derecha y otro a tu izquierda”
(Mt 20,21). Como la pidió el “buen ladrón”: “Jesús, acuérdate de mí cuando
llegues a tu Reino” y él le respondió: - En verdad te digo: hoy estarás conmigo
en el Paraíso (Lc 23,42 y 43). “Porque esta es la voluntad de mi Padre: que
todo el que ve al Hijo y cree en él tendrá vida eterna, y yo le resucitaré en
el último día” (Jn 6,40)
“Mientras yo espere, estoy a salvo de toda desgracia;
y de que esperaré siempre estoy cierto, porque espero también esta esperanza
invariable … y para llegar de un solo vuelo con la esperanza hasta dónde puede
llegarse, espero a Ti mismo de Ti mismo, oh Creador mío, para el tiempo y la
eternidad. Amén” (san Claudio La Colombière).
TIEMPO ORDINARIO. MIÉRCOLES DE CENIZA
En esta última semana de esta primera parte del Tiempo
Ordinario antes de que empiece la Cuaresma, el cristiano, como los atletas,
antes de la prueba decisiva, comprueba su estado de forma físico y mental,
porque el esfuerzo que viene debe ser grande y merece la pena a la vista del
premio que se gana: “Los que compiten se abstienen de todo, y ello para
alcanzar una corona corruptible; nosotros, en cambio, una incorruptible” (1 Co
9,25). “Hermanos, yo no pienso haberlo conseguido aún; pero olvidando lo que
queda atrás, una cosa intento: lanzarme hacia lo que tengo por delante, correr
hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios nos llama desde lo alto por
Cristo Jesús” (Flp 3,13-14)
Es una lucha ascética esperanzada que describe bien
san Pablo: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Y si
yo hago lo que no quiero, no soy yo quien lo realiza, sino el pecado que habita
en mí… ¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte…? Gracias
sean Dadas a Dios por Jesucristo Señor nuestro…” (Rm 7,19.24). “No os ha
sobrevenido ninguna tentación que supere lo humano y fiel es Dios que no
permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; antes bien, con la
tentación os dará también el modo de poder soportarla con éxito” (1 Co 10, 13).
Porque “ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas
presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad,
ni cualquier criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo
Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,37-39)
En el camino hacia el cielo, en el esforzado maratón
para alcanzar el abrazo de Dios y permanecer a su lado para siempre, ayuda
recordar las palabras de san Agustín: “Pues, cuando te agradaste a ti mismo,
ahí te quedaste. Pues, si dijeras “basta”, en ese momento has perecido. Crece
siempre, camina siempre, avanza siempre, no te quedes en el camino, no vuelvas
atrás, no te desvíes. Se queda quien no avanza, retrocede quien se vuelve a las
cosas que ya había dejado; se desvía quien apostata. Es mejor andar cojo por el
camino que correr fuera del camino” (Sermones 169, 18)
Empieza la Cuaresma y el cristiano, que vive en el
mundo, “nel bel mezzo della estrada”, se prepara para llevar con garbo
desprendimientos, sacrificios, mortificaciones por amor a Dios que es Amor y
que, en Jesús crucificado, el Hijo de Dios, nos dio la prueba suprema del amor.
Hay textos que ayudan: “Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de
entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia.
Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga queja contra otro; como
el Señor nos ha perdonado, hacedlo así también vosotros. Sobre todo, revestíos
con la caridad, que es vínculo de la perfección. Y que la paz de Cristo se
adueñe de vuestros corazones: a ella habéis sido llamados en un solo cuerpo. Y
sed agradecidos…” (Col 3,12-15)
Y siempre alegres: “Alegraos siempre en el Señor; os
lo repito, alegraos. Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres.
El Señor está cerca. No os preocupéis por nada; al contrario: en toda oración y
súplica, presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias” (Flp
4,4-7).
CUARESMA
Cuaresma. Tiempo de penitencia por amor. Tiempo de
amor al Amor porque, siendo Dios, se hizo hombre por nosotros, porque dio su
vida por nosotros, porque se ha quedado con nosotros en la Eucaristía: “El que
come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último
día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El
que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí yo en él” (Jn 6,54-56). “Si
alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y
haremos morada en él” (Jn 14,23). “Os he dicho esto para que mi alegría esté en
vosotros y vuestra alegría sea completa. Éste es mi mandamiento que os améis
los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de
dar uno la vida por sus amigos.” (Jn 15,11-13)
Cuaresma. Tiempo de conversión. “La conversión se
realiza en la vida cotidiana mediante gestos de reconciliación, la atención a
los pobres, el ejercicio y la defensa de la justicia y del derecho, por el
reconocimiento de nuestras faltas ante los hermanos, la corrección fraterna, la
revisión de vida, el examen de conciencia, la dirección espiritual, la
aceptación de los sufrimientos, …” (CIC nº 1435)
Cuaresma. Tiempo de himnos: “Llorando los pecados / tu
pueblo está, Señor. / Vuélvenos tu mirada / y danos el perdón. / Seguiremos tus
pasos, / camino de la cruz, / subiendo hasta la cumbre / de la Pascua la luz. /
La Cuaresma es combate; / las armas: oración / limosnas, vigilias / por el
reino de Dios. / Convertid vuestra vida, / volved a vuestro Dios, y volveré a
vosotros”, / esto dice el Señor. / Tus palabras de vida / nos llevan hacia ti,
/ los días cuaresmales / nos lo hacen sentir. Amén.” (Antonio Alcalde)
Cuaresma. Tiempo de entrega de todo nuestro ser al
Amor –“Toma, Señor, mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, toda mi
voluntad, todo mi haber y mi poseer: Tú me lo diste a Ti, Señor lo torno;
dispón de mi según tu voluntad. Dame tu amor y tu gracia que esto me basta”-. y
tiempo de derramar amor a todos, de oración de petición, de limosna y de
mortificación. Tiempo de poner al “yo” en su sitio: disponible para darse sin
esperar nada a cambio; callado, sin aparecer. “Y dirigiéndose a todos, dijo: -El
que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se
venga conmigo” (Lc 9,23).
Cuaresma. Vivir con María. “Dame tu mano, María, / la
de las tocas moradas; / clávame tus siete espadas / en esta carne baldía. /
Quiero ir contigo en la impía / tarde negra y amarilla. /Aquí, en mi torpe
mejilla, / quiero ver si se retrata / esa lividez de plata, / esa lágrima que
brilla. / Déjame que te restañe / ese llanto cristalino, / y a la vera del
camino / permite que te acompañe. / Deja que en lágrimas bañe / la orla negra
de tu manto / a los pies del árbol santo, / donde tu fruto se mustia. /
Capitana de la angustia: / no quiero que sufras tanto. / Qué lejos, Madre, la
cuna / y tus gozos de Belén: / “No, mi niño, no. No hay quien / de mis brazos
te desuna.” / Y rayos tibios de luna, / entre las pajas de miel, / le
acariciaban la piel / sin despertarle. ¡Qué larga / es la distancia y qué
amarga / de Jesús muerto a Enmanuel. Amén” (Gerardo Diego, “Vía Crucis”).
CUARESMA
Segunda semana de Cuaresma. Oración, limosna y
sacrificios. El cristiano siente latir su corazón que va del dolor de amor a la
esperanza, de la Pasión a la Pascua de Resurrección. Porque “aunque nos hemos
rebelado, el Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona” (Dn 9,10). Y, en el
tiempo de meditación, recordamos las palabras de Jesús: “Sed compasivos como
vuestro Padre es compasivo; no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no
seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará: os verterán
una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis la
usarán con vosotros” (Lc 6,36-38).
¡Tantas palabras para reflexionar!: Dios es mi Padre,
soy hijo de Dios; si miseria es lo que carece de valor y utilidad, lo que se
tira, Dios que es Amor, pone nuestra miseria en su Sacratísimo Corazón porque
es misericordioso; y se une a nuestras debilidades, porque es compasivo y
comparte nuestras penas, nuestro dolor, nuestras angustias y preocupaciones. Y,
como fondo de nuestros pensamientos, la esperanza del cielo porque Dios me ama,
porque importo a Dios, porque se ocupa de mí y me tiene preparada para una
medida: generosa, no cicatera; colmada, hasta el borde y en el centro por
encima del borde; remecida, para que ninguna impureza se cuele, apretada para
que quepa más; y rebosante, porque lo que sobre no será inútil y será más
gracia para otros.
También es tiempo de consideración de nuestras caídas,
de nuestros olvidos, de nuestros descaminos: “Maldito quien confía en el
hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será
como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará, la aridez del
desierto, tierra salobre e inhóspita” (Jr 17,5-8). Un texto del Antiguo
Testamento que nos trae recuerdos del Nuevo: “se cuidan a sí mismos; son nubes
sin agua, zarandeados por los vientos; árboles de otoño sin fruto, dos veces
muertos y arrancados de raíz; olas bravías del mar que echan la espuma de sus
torpezas; astros errantes a los que está reservado para siempre la oscuridad
tenebrosa” (Jds 12,12-13). Y también: “Esos son fuentes sin agua y nieblas
arrastradas por el huracán a quienes está reservado el infierno tenebroso” (2 P
2,17)
El cristiano vive de esperanza y en la esperanza
segura de Dios: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por
su gran misericordia nos ha engendrado de nuevo -mediante la resurrección de
Jesucristo de entre los muertos- a una esperanza viva, a una herencia
incorruptible, inmaculada y que no se marchita, reservada en los cielos para
vosotros, que, por el poder de Dios, estáis custodiados mediante la fe hasta
alcanzar la salvación preparada ya para ser manifestada en el tiempo último.”
(1 P 1, 3-5). “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en
misericordia. No dura siempre su querella ni guarda rencor perpetuamente. No
nos trata según nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas” (salmo 103,
8-10).
Y la frase inolvidable: “Descargad sobre Él todas
vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros” (1 P 7)
CUARESMA
Tercera semana de Cuaresma. El cristiano repasa los
textos sagrados y se queda prendado con los que puede bordar en su alma un
bello tapiz que le mantenga junto a Dios con solo mirarlo. Y, así, procura
mantenerse en la presencia de Dios todo el día, superando las advertencias:
“Vuestra piedad es como bruma matinal, como rocío de madrugada que se evapora”
(Os 6,5). “Ya puedes repetirles este discurso, que no te escucharán; ya puedes
gritarles, que no te responderán. Les dirás: “Aquí está la gente que no escuchó
la voz del Señor, su Dios, y no quiso escarmentar. La sinceridad se ha perdido,
se la han arrancado de la boca” (Jr 7,27-28). Esto sería bastante para “hacer a
conciencia el examen de conciencia” (beato Álvaro del Portillo, Carta 8.12.76).
Cuaresma. Tiempo de reproches y de conversión en el
alma. “Mirad: el día en que ayunáis pretendéis aprovecharos y oprimís a
vuestros trabajadores. Ayunáis para litigar y querellar y golpeáis con el puño
sin piedad. No ayunéis como ahora. Para que vuestra voz se oiga en las alturas.
¿Es ese el ayuno que prefiero el día de humillarse el hombre? ¿Inclinar la
cabeza como un junco y preparar un lecho de saco y ceniza? ¿A eso llamáis ayuno
y día grato al Señor? ¿El ayuno que prefiero no es más bien romper las cadenas
de la iniquidad, soltar las ataduras del yugo, dejar libres a los oprimidos y
quebrar todo yugo? ¿No es compartir el pan con el hambriento e invitar a tu
casa a los pobres sin asilo? Al que veas desnudo, cúbrelo y no te escondas de
quien es carne tuya. Entonces tu luz despuntará como la aurora y tu curación
aparecerá al instante, tu justicia te precederá y la gloria del Señor cerrará
tu marcha. Entonces clamarás y el Señor te responderá, pedirás socorro y Él te
dirá: Aquí estoy” (Is, 58,3-9). “Me dejaré encontrar por quienes no
preguntaban, me hallaron los que no me buscaban. Dije: “¡Aquí estoy, aquí
estoy!” a una nación que no invocaba mi nombre. Extendía mi mano todo el día a
un pueblo rebelde que anda por un camino que no es bueno en pos de sus antojos”
(Is 65, 1-2). Ante la Cruz es bueno sincerarse y hacer propósitos de amor:
negarse a uno mismo; ayudar a quien lo necesita aunque no lo pida; escuchar,
comprender, callar; pedir perdón y perdonar; sonreír. Hacer lo que se debe y
estar a lo que se hace.
- Cuaresma. Tiempo de pedir ayuda. A Jesús, a nuestra
Madre, a nuestro ángel de la guarda. “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme
en tus sendas, haz que camine con lealtad, enséñame porque tú eres mi Dios y
Salvador… Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; …
Acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor” (salmo 25,4.5.6.7)
“Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi
culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado” (salmo 51,3-4)
- Y un texto para el consuelo, para la esperanza,
grabado en el alma: “Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan, mi
cólera se apartará de ellos. Seré para Israel como rocío, florecerá como
azucena, arraigará como álamo. Brotarán sus vástagos, será su esplendor como un
olivo, su aroma como del Líbano. Vuelven a descansar a su sombra…” (Os 14,5-8).
Y la frase de un Dios enamorado de sus criaturas: “Ojalá me escuchase mi pueblo
y caminase Israel por mi camino! ... Te alimentaría con flor de harina, te
saciaría con miel silvestre” (salmo 80,14 y17)
CUARESMA
Cuarta semana de Cuaresma. Domingo “Laetare”
(¡Alégrate!). En la mitad de este tiempo en que se vive con más intensidad la
oración, la mortificación y el sacrificio, los cristianos celebramos unos días
de alegría: “Porque estoy convencido de que los padecimientos del tiempo
presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en
nosotros” (Rm 8,18). “Mirad que voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva:
de lo pasado no habrá recuerdo ni vendrá pensamiento, sino que habrá gozo y
alegría perpetua por lo que voy a crear…” (Is 65, 17-18).
Amparados en Dios, nuestra vida se hace salmo de
alabanza. “Has cambiado mi llanto en danza, / has desatado mi saco y me has
vestido de alegría. / Por eso mi corazón te entona salmos sin cesar. / Señor,
Dios mío, te alabaré por siempre.” (salmo 30, 12-13). “Dios es nuestro refugio
y fortaleza, socorro fácil de encontrar en las angustias… / Un río y sus
canales alegran la ciudad de Dios, / la morada santa del altísima. / Dios está
en medio de ella: no podrá retemblar; al despuntar el alba, Dios la asiste
(salmo 46, 2.5-6)
Nuestro canto es el canto de un corazón nuevo. “Cantad
al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, la tierra entera. / Cantad al
Señor, bendecid su Nombre, anunciad, día tras día, su salvación. / Proclamad su
gloria a las naciones, sus maravillas a todos los pueblos… / Alégrense los
cielos y exulte la tierra, brame el mar cuanto lo llena; / que se gocen los
campos y cuanto hay en ellos.” (salmo 96, 1-3.11-12). “Dad gracias al Señor,
invocad su nombre, anunciad a los pueblos sus hazañas. / Cantadle, entonadle
salmos, proclamad todas sus maravillas. / Gloriaos en su nombre santo; que se
alegre el corazón de los que buscan al Señor. / Acudid al Señor y a su poder,
buscad su rostro de continuo” (salmo 105, 1-5)
Estamos alegres porque confiamos en Dios: “El Señor es
mi pastor nada me falta. / En verdes prados me hace reposar; / me conduce a
fuentes tranquilas y mi alma reposa; / me guía por el sendero recto por honor
de su Nombre. / Aunque camine por valles oscuros, nada temo, porque Tú vas
conmigo: / tu vara y tu cayado me sosiegan. / Preparas una mesa para mí frente
a mis adversarios. / Unges mi cabeza con perfume y mi copa rebosa. / Tu bondad
y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida; / y habitaré en la
casa del Señor por años sin término” (salmo 23)
Dios está con nosotros de continuo. “Si Dios está con
nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo,
sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con Él? ¿Quién
acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios el que justifica? ¿Quién condenará?
¿Cristo Jesús el que murió, más aún, él que fue resucitado, el que, además,
está a la derecha de Dios, el que está intercediendo por nosotros?” (Rm
8,31-34)
No podemos olvidarlo: somos hijos de Dios. “Mirad que
amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios ¡y lo
somos!” (1 Jn 3,1)
CUARESMA
Quinta semana de Cuaresma. La llamada “semana de Pasión”,
previa a la Semana Santa. El cristiano puede aprovechar estos días para
llenarse de piedad en el amor a Dios y en la entrega amorosa de su Hijo
Jesucristo para la salvación de muchos. “Seis días antes de la Pascua, marchó a
Betania, donde estaba Lázaro al que Jesús había resucitado de entre los
muertos. Allí le prepararon una cena. María servía, y Lázaro era uno de los que
estaban a la mesa con Él. María, tomando una libra de perfume de nardo puro,
muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se llenó
de la fragancia del perfume. Dijo Judas Iscariote, uno de los discípulos, el
que lo iba a entregar: - ¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos
denarios y se ha dado a los pobres?” (Jn 12, 1-5). He aquí un cuadro completo
de personajes para poder situarnos, sucesivamente, en el lugar de cada uno y
trasladando el sentimiento a nuestras actuales circunstancias: el amor a Jesús,
por entero, para siempre, sin condiciones, manifiesto y testimonial; servir a
Jesús y por Jesús; acompañar a Jesús agradecidos por todos sus beneficios
incluidos los que ignoramos; el temor de los respetos humanos, las
manifestaciones para figurar, la hipocresía espiritual…
Los “cantos del siervo” del profeta ayudan a la
meditación de los dolores de la Pasión: “He ofrecido mi espalda a los que me
golpeaban, y mis mejillas a quienes me arrancaban la barba. No he ocultado mi
rostro a las afrentas y salivazos” (Is 50,6). “Como muchos se horrorizaron de
él -tan desfigurado estaba, que no tenía aspecto de hombre ni apariencia de ser
humano- …” (Is 52,14). “No hay en él parecer, no hay hermosura que atraiga
nuestra mirada, ni belleza que nos agrade en él. Despreciado y rechazado de los
hombres, varón de dolores y experimentado en el sufrimiento; como de quien se
oculta el rostro, despreciado, ni le tuvimos en cuenta. Pero él tomó sobre sí
nuestras enfermedades, cargó con nuestros olores y nosotros lo tuvimos por
castigado, herido de Dios y humillado. Pero él fue traspasado por nuestras
iniquidades, molido por nuestros pecados. El castigo, precio de nuestra paz,
cayó sobre él, por sus llagas hemos sido curados…” (Is 53, 2-5). Parece
imposible leer esto y no llorar con el corazón.
“Ten misericordia de mí, Dios mío, según tu bondad,
según tu inmensa compasión borra mi delito. Lávame por completo de mi culpa y
purifícame de mi pecado. Pues yo reconozco mi delito y mi pecado está de
continuo ante mí. Contra Ti, contra Ti, yo solo pequé y he hecho lo que es malo
a tus ojos. Por eso has sido justo en tu sentencia, has tenido razón en tu
juicio … Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva en mi interior un
espíritu firme. No me arrojes de tu presencia, ni me retires tu santo espíritu.
Devuélveme el gozo de tu salvación y afírmame con un espíritu noble” (salmo
51,1-6.12-14). “Hazme caminar en tu fidelidad, instrúyeme, pues Tú eres mi Dios
salvador y en Ti espero todo el día. Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de
tu amor que son eternos” (salmo 25,5 y 6). Con un corazón contrito,
esperanzado, pedimos a Dios perdón y gracia.
Y, adelantando hasta llegar al final del suplicio en
la Cruz, el alma recuerda: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”
(Lc 23,34). Y se abraza a nuestra Madre.
SEMANA SANTA
Semana Santa. En este tiempo litúrgico lo humano y lo
divino se hacen uno: el Hijo de Dios hecho hombre para la salvación de los
hombres, se ve aclamado, primero, y, después, falsamente acusado, abofeteado,
escupido, flagelado, coronado de espinas, injustamente condenado y crucificado
en una cruz en la se identifica: “Jesús el Nazareno Rey de los judíos”, en
hebreo, latín y griego, para que todos lo vieran.
El Domingo de Ramos. “Se marcharon, encontraron el
borrico atado junto a una puerta, fuera, en un cruce de caminos, y lo
desataron. Algunos de los que estaban allí les decían: - ¿Qué hacéis desatando
el borrico? Ellos respondieron como Jesús les había dicho, y se lo permitieron.
Entonces llevaron el borrico a Jesús, echaron encima sus mantos y se montó
sobre él. Muchos extendieron sus mantos en el camino, otros el ramaje que
cortaban de los campos. Los que iban delante y los que seguían detrás gritaban:
¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el Reino que viene, el de
nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!” (Mc 11,4-10)
Días en que se atropellan en la mente de los
cristianos desde la traición de Judas, a la huida de todos los discípulos en el
Huerto de Getsemaní, a las tres negaciones y el arrepentimiento de san Pedro,
al hombre de Cirene forzado a llevar el travesaño de la cruz, a la piedad de la
Verónica, a los gritos de la multitud: ¡Crucifícalo! Y la flagelación, la
corona de espinas, la condena injusta, el expolio y las burlas hasta el final.
Y nuestro examen de conciencia: nuestros olvidos, nuestros abandonos de Jesús.
Las siete palabras. 1) “Padre, perdónales porque no
saben lo que hacen” (Lc 23,34). 2) “Y añadía: - Jesús: acuérdate de mí cuando
estés en tu reino. Y le respondió: -En verdad te digo que hoy estarás conmigo
en el paraíso” (Lc 23,43). 3) “Estaban junto a la cruz de Jesús su Madre y la
hermana de su Madre, María la de Cleofás y Mará Magdalena. Viendo, pues, a la
Madre y a su lado, de pie, al discípulo al que amaba, dijo Jesús a su Madre: -
Mujer, he ahí a tu hijo. Después dice al discípulo: - He ahí a tu Madre. Y, desde
aquella hora, el discípulo la tomo consigo” (Jn 19,23-27). 4) “Y hacia la hora
nona clamó Jesús con una gran voz y dijo: - Elí, Elí, lema sabactani?, esto es:
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 45-47; Mc 15, 33-35).
5) Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba cumplido, para que se
cumpliera la Escritura, dijo: - Tengo sed” (Jn 19,28). 6) “Había allí un vaso
lleno de vinagre. Tomaron una esponja empapada en vinagre, la pusieron en un
hisopo y la acercaron a su boca. Cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: - Está
cumplido” (Jn 19,29-30). 7) Y Jesús, dando una gran voz, dijo: - Padre, en tus
manos entrego mi espíritu. Y dicho esto, expiró” (Lc 23,46)
Y así acaba la Pasión y Muerte de Jesús. “Llegada la
tarde, vino un hombre rico de Arimatea, por nombre José, que se había hecho
también discípulo de Jesús. Éste fue s Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.
Y Pilato mandó que fuese dado. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana
limpia y lo colocó en un sepulcro nuevo, que había excavado en la roca. Después
hizo correr una gran piedra sobre la entrada del sepulcro y se marchó” (Mt 27,
57-60)
Semana Santa. Semana que acaba consolando a María,
Madre de Dios, nuestra Madre: “Iuxta crucem tecum stare / ac me tibi sociare /
in planctu desidero” (Deseo acompañarte, estar de pie junto a la cruz y unirme
a ti en el llanto).
PASCUA DE RESURRECCIÓN
Domingo de Pascua de Resurrección. ¡Ha resucitado!
¡Jesucristo ha resucitado! “Señor Dios, que en este día nos has abierto las
puertas de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte, concede a los
que celebramos la solemnidad de la resurrección de Jesucristo, ser renovados
por el Espíritu, para resucitar en el reino de la luz y de la vida” (Oración
colecta de la misa del día)
El cristiano se confirma en su fe recordando: “Porque
os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo murió por
nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al
tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y después a los
doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de
los cuales vive todavía y algunos ya han muerto. Luego se apreció a Santiago, y
después a todos los apóstoles…” (1 Co 15, 1-7). Y también: “Si no hay
resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha
resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también nuestra fe… si
Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe, todavía estáis en vuestros
pecados. E incluso los que han muerto en Cristo perecieron. Y si tenemos puesta
nuestra esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los más miserables de
todos los hombres” (1 Co 15, 13-14. 17-19)
La Iglesia ofrece en la Liturgia una encantadora
secuencia: “Ofrezcan los cristianos / ofrendas de alabanza / a gloria de la
Víctima / propicia de la Pascua. / Cordero sin pecado / que a las ovejas salva,
/ a Dios y a los culpables / unió con nueva alianza. / Lucharon vida y muerte /
en singular batalla / y, muerto el que es la Vida, / triunfante se levanta. / ¿Qué
has visto de camino, / María en la mañana? / A mi Señor glorioso, / la tumba
abandonada/ los ángeles testigos, / sudarios y mortaja. / ¡Resucitó de veras /
mi amor y m esperanza! / Venid a Galilea, / allí el Señor aguarda; / allí
veréis los suyos / la gloria de la Pascua. / Primicia de los muertos / sabemos
por tu gracia / que estás resucitado; / la muerte en ti no manda. / Rey
vencedor, apiádate / de la miseria humana / y da a tus fieles parte / en tu
victoria santa. Amén. Aleluya.”
Y todo fue sencillo en tan gloriosa historia. “El
primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando
aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue
donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien tanto quería Jesús y les
dijo: - Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos,
pero el oro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al
sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó
también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el
suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con
las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro
discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta
entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre
los muertos” (Jn 20, 1-9). En la meditación de este pasaje hay muchos detalles
para que cada cristiano pueda vivirlos con Jesús: el amor de María Magdalena
que hace madrugar sin esperar a la luz del día; la prisa con la que corre para
anunciar lo sucedido; la carrera también de Pedro y de Juan; el respeto de Juan
a Pedro, esperándolo para entrar en el sepulcro; y cómo se les abren los ojos
de la fe a los dos.
No se concibe la Pascua sin celebrarla con el amor a
la Madre de Dios y Madre nuestra.
PASCUA DE RESURRECCIÓN
¡Pascua de Resurrección! Las lecturas de la liturgia
de la segunda semana de Pascua ofrecen a los cristianos textos que les ayudan a
ordenar esta vida nueva que la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús nos ha
regalado. Son pasajes en los que se nos dan noticia de la vida de la primera
comunidad de cristianos que nos señalan muchos aspectos de la vida en Cristo
sin poder disfrutar de su presencia real, pero sabiendo que sigue con nosotros
y así hasta el fin del mundo. “Mirad, ahora es el tiempo favorable, ahora es el
día de la salvación” (2 Co 6,2). No podemos dejar que pase; se nos ofrece y
debemos aprovecharlo.
Pascua de Resurrección. Tiempo de renovación del alma.
No podemos dejar que pase la ocasión. “Mientras iban de camino, uno le dijo: -
Te seguiré donde vayas. Jesús le dijo: Las zorras tiene sus guaridas y los
pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la
cabeza. A otro le dijo: - Sígueme. Pero éste contestó: -Señor, permíteme ir
primero a enterrar a mi padre. - Deja a los murtos enterrar a sus muertos
-respondió Jesús-; tú vente a anunciar el Reino de Dios. Y otro dijo: - Te
seguiré Señor, pero primero permíteme despedirme de los de mi casa. Jesús le
dijo: - Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el
reino de Dios” (Lc 19,57-62).
“Todos ellos perseveraban unánimes en la oración,
junto con algunas mujeres y con María, la Madre de Jesús y sus hermanos …
Perseveraban en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, en la fracción
del pan y en las oraciones. El temor sobrecogía a todos y por medio de los
apóstoles se realizaban muchos prodigios y señales … Todos los días acudían al
Templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y comían juntos con
alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y gozando del favor de todo el
pueblo. Todos los días el Señor incorporaba a los que habían de salvarse” (Hech
1,14; 2,42-43.46-47). ¡Tantos temas para meditar! Tantos aspectos de nuestra
vida para “hacer a conciencia nuestro examen de conciencia”, para hacer
propósitos y poner el alma en cumplirlos, sin que este tiempo sea como el rocío
que pasa: unánimes en la oración con la Madre de Jesús; unidos a los apóstoles
y su doctrina; perseverantes en la comunión; amparados en el Señor.
Así se recomendaba en las cartas de los apóstoles:
“Que haya paz entre vosotros. Os exhortamos también, hermanos, a que corrijáis
a los indisciplinados, alentéis a los pusilánimes, sostengáis a los débiles y
tengáis paciencia con todos. Estad atentos para que nadie devuelva mal por mal;
al contrario, procurad siempre el bien mutuo y el de todos. Estad siempre
alegres. Orad sin cesar. Dad gracias en toso, porque es lo que Dios quiere de
vosotros en Cristo Jesús. No extingáis el Espíritu, ni despreciéis las
profecías; sino examinad todas las cosas, retened lo bueno y apartaos de toda
clase de mal” (1 Tes 5,13-21). Y, también: “¿Está triste alguno de vosotros?
Que rece. ¿Está contento? Que cante salmos. ¿Está enfermo alguno de vosotros?
Que llame a los presbíteros de la Iglesia, y que oren sobre él, ungiéndole con
aceite en el nombre del Señor.” (St 5,13-14). “Bajo tu amparo nos acogemos,
Santa Madre de Dios”.
PASCUA DE RESURRECCIÓN
Pascua de Resurrección. ¡Cristo ha resucitado! No es
vana nuestra fe. El cristiano se puede recrear en la alegría de amor de Dios
que es Amor, que nos ama, a todos y a cada uno. Alegría que lleva a cantar: “Yo
digo al Señor: Tú eres mi Señor. No tengo otro bien que Tú … Pongo ante mí al
Señor sin cesar; con Él a mi derecha no vacilo. Por eso se me alegra el
corazón, se goza mi alma, hasta mi carne descansa en la esperanza … Me enseña
el sendero de la vida, me sacia de gozo en su presencia, de dicha perpetua a su
derecha (salmo 15,1.8-9 y 11)
Por lo que pasó hace muchos años y se repite en
nuestras vidas, el cristiano sabe que Jesús nos sale al encuentro, camina con
nosotros a nuestro lado por el sendero de la vida y, caminando o en el
descanso, nos pregunta, nos enseña, nos aconseja. Dios se preocupa con nuestras
preocupaciones, porque “Dios es impasible pero no es incompasible”, sufre si
cualquiera de nosotros, hijos suyos, sufrimos.
“Ese mismo día, dos de ellos, se dirigían a una aldea
llamada Emaús, que distaba de Jerusalén sesenta estadios. Iban conversando
entre sí de todo lo que había acontecido. Y mientras comentaban y discutían, el
propio Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos, aunque sus ojos eran
incapaces de reconocerle. Y les dijo: - ¿De qué veníais hablando entre vosotros
por el camino? Y se detuvieron entristecidos. Uno de ellos, que se llamaba
Cleofás, le respondió: - ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe
lo que ha pasado allí estos días? Él les dijo: - ¿Qué ha pasado? Y le
contestaron: - Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y
en palabras, delante de Dios y ante todo el pueblo: cómo los principies de los
sacerdotes y nuestros magistrados lo entregaron para ser condenado a muerte y
lo crucificaron. Sin embargo, nosotros esperábamos que él sería quien redimiera
a Israel. Pero con todo es ya el tercer día desde que han pasado estas cosas.
Bien es verdad que algunas mujeres de las que están con nosotros nos han
sobresaltado, porque fueron al sepulcro de madrugada y, como no encontraron su
cuerpo, vinieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles que les
dijeron que está vivo. Después fueron algunos de los nuestros al sepulcro y lo
hallaron tal como dijeron las mujeres, pero a él no le vieron. Entonces Jesús
les dijo: - ¡Necios y torpes de corazón para creer todo lo que anunciaron los
profetas ¿No era preciso que el Cristo padeciera estas cosas y así entrara en
su gloria? Y, comenzando por Moisés y por todos los profetas, les interpretó en
todas las escrituras lo que se refería a él. Legaron cerca de la aldea adonde
iban y él hizo ademán de continuar adelante. Pero le retuvieron diciéndole: -
Quédate con nosotros, porque se hace tarde y está ya anocheciendo. Y entró para
quedarse con ellos” (Lc 24, 13-29)
Nosotros estábamos, estamos, allí. Y osamos
preguntarle si es el único que no sabe lo que está pasando; le hablamos de
nuestros problemas, del trabajo de cada día, de penas y de ilusiones; y le
pedimos que no nos deje, que se quede con nosotros, porque está anocheciendo…
Buscar a Cristo, encontrarle, tratarle y amarle. Sabemos que “A Jesús, siempre
se va y se “vuelve” por María” (“Camino”, 495)
PASCUA DE RESURRECCIÓN
Pascua de Resurrección; y en el mes mayo, mes de la
Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. El cristiano mantiene el recuerdo
del texto pascual: “Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con
algunas mujeres y con María, la madre de Jesús…” (Hech 1,14). En la inolvidable
sabatina colegial marista se decía: “Tan pura eres María, tan bella te halló
Dios en el momento de la encarnación, tan llena de gracia te vio, que vaciló en
bajar a tu seno virginal, elevándote a la sublime dignidad de Madre suya… Santa
Madre de Dios, Virgen inmaculada templo de Dios, sagrario del espíritu Santo,
Tú sola fuiste digna de ser Madre de Jesús. Pero hay más; María es también
madre nuestra. Nos la dio Jesús por Madre estando agonizando en la Cruz. ¡Oh
dicha incomparable la Madre de Dios es mi Madre!”.
La Pascua de Resurrección sigue recordando que la vida
del cristiano es fruto de un encuentro con Jesús y se mantiene y se recupera
con sucesivos encuentros durante toda nuestra existencia. En los Evangelios hay
muchos encuentros memorables y algunos con circunstancias paralelas. Cuando
Jesús curó al que padecía una enfermedad desde hacía treinta y ocho años que
estaba tendido junto a la piscina Betzata en la puerta de las ovejas de
Jerusalén, “el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar”. Los judíos
le dijeron que era sábado y no era licito llevar la camilla. Le interrogaron
sobre quien le había curado, pero “no sabía quien era, pues Jesús se había
apartado de la muchedumbre allí congregada”. Pero después de esto “lo encontró
Jesús en el Templo y le dijo: - Mira, estás curado; no peques más para que no
te ocurra algo peor” (cf. Jn 5,1-14). Otro encuentro con Jesús fue el que se
produjo con la curación del ciego de nacimiento. Cuando le preguntaban cómo se
le abrieron los ojos y él decía lo que había hecho “ese hombre llamado Jesús”,
le dijeron: “- ¿Dónde está ése? Él respondió: - No lo sé”. El pasaje termina
así: “Oyó Jesús que le habían echado fuera, y cuando se encontró con él le
dijo: -¿Crees tú en el Hijo del hombre? -¿Y quién es, Señor, para que crea en
él – respondió. Le dijo Jesús: - Si los has visto: el que está hablando
contigo, ése es. Y él exclamó: - Creo, Señor - y se postró ante él.” (Jn
9,1-38).
Así, una y otra vez, nos encontramos con Jesús en la
vida ordinaria: en la familia, con los amigos, en el trabajo, en las noticias y
en los paisajes; en la enfermedad y ante la muerte; en el cansancio, en el
desánimo, en la preocupación, en el temor, en la desconfianza, cuando cuesta
levantarse, mantenerse y seguir; pero también en los éxitos, en la salud, en la
alegría por dar, por ayudar, por consolar, por perdonar, porque nos han
perdonado, porque nos han comprendido, nos han ayudado. El cristiano sabe y
confía: “No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados.
Perdonad y se os perdonará; dad y se os dará, echarán en vuestro regazo una
buena medida, apretada, colmada, rebosante; porque con la misma que midáis
seréis medidos (Lc 6,37-38)
Las voces escolares recitan la sabatina: “Mucho es
tener una madre buena y santa; mejor si es buena, santa y rica;
incomparablemente mejor que sea buena, santa, rica, reina poderosa y amante de
sus hijos. Pues bien, todo eso es para nosotros María. ¡Oh María, Madre mía, oh
consuelo del mortal, amparadme y guiadme a la patria celestial!”
PASCUA DE RESURRECCIÓN
Pascua de Resurrección. El cristiano, que sabe que su
vida espiritual -sus afanes, su comportamiento, sus deseos- tiene su origen y
su fundamento en un encuentro con Cristo (Enc. “Deus caritas est”, 1), también
sabe que, aunque es frecuente que Él se haga el encontradizo, para encontrarle
hay que buscarle. “Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá”
(Mt 7,7). En la Pascua de Resurrección el buscar y el encontrar llevan a las
santas mujeres (Mt 28,9) y a María Magdalena (Jn 20,11-18). Pero, antes, son
inolvidables: las palabras de Jesús y los dos discípulos del Juan el Bautista
que le seguían: - ¿Qué buscáis? Ellos dijeron: - Rabbí – que significa
“Maestro”- ¿dónde vives? Les respondió: - Venid y lo veréis. Fueron y vieron
dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima” (Jn
1,35-39); al día siguiente, Jesús le dijo a Felipe: - Sígueme y Felipe encontró
a Natanael y le dijo: “- Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés
en la Ley y los Profetas: Jesús de Nazaret”. No lo creyó, pero le siguió al
oír: -Ven y lo verás (Jn 1,43-51).
Y de la memoria se recuperan búsquedas y encuentros
evangélicos: los Magos de Oriente (Mt 2, 1-12), la mujer cananea “venida de
aquellos contornos”, para pedir por su hija poseída por el demonio (Mt
15,21-28), el leproso que vino hacia Él, se puso de rodillas y le rogaba que le
sanase (Mc 1,40-45, Lc 5,12-14), el jefe de la sinagoga, Jairo, que vino y se
postró suplicando la curación de su hija; y, desde luego: la hemorroísa que oyó
hablar de Jesús, vino por detrás de la muchedumbre y le toco el manto (Mc
5,22-42), la mujer griega, sirofenicia de origen, que, en cuanto oyó hablar de
Él, le rogaba que expulsara el demonio impuro que poseía a su hija (Mc
7,24-30), el padre que había llevado a Jesús el hijo lunático que tenía un
espíritu mudo que los discípulos no pudieron expulsarlo, pero que se curó al
tiempo del acto de fe paterno: - Creo, Señor, ayuda mi incredulidad (Mc 9,
14-29; Lc 9,37-42). Desde luego, Nicodemo buscó a Jesús cuando fue a verlo de
noche y mantuvo con él un inolvidable diálogo (Jn 3,1-21); y en Caná de Galilea
un funcionario real al oír que Jesús venía de Judea a Galilea, se le acercó
para rogarle que bajase a Cafarnaún donde estaba su hijo enfermo y al que se le
pasó la fiebre (Jn 4,46-54)
También buscó y encontró a Jesús el centurión que
pedía la salud para su siervo (Mt 8,5-13); y el que llegó corriendo y se
arrodilló para preguntarle qué tenía que hacer para heredar la vida eterna (Mc
10,17-22; Lc 18,18-23); y la mujer pecadora que, al enterarse de que Jesús
estaba recostado a la mesa en casa de un fariseo, se puso a sus pies llorando y
ungiéndolos con perfume y Él le perdonó sus pecados (Lc 7,36-50); y los diez
leprosos que le salieron al paso, se detuvieron a distancia y le dijeron
gritando: - ¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros! Y no se puede olvidar a Zaqueo,
jefe de publicanos en Jericó, que intentaba ver a Jesús, pero no podía y se
adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle (Lc 19,1-9). Y las
multitudes le buscaban (Jn 6,22).
Mes de María. Cantos de sabatina escolar: “Y Madre
quiere decir amor, cariño, preocupación por sus hijos, miradas dulces, tiernas
caricias, sacrificios, beneficios sin cuenta para nosotros. ¡Bendita seas,
Madre mía!”
PASCUA DE RESURRECCIÓN
Pascua de Resurrección. El cristiano vive la Pascua
con alegría. La liturgia ha escogido como antífona de entrada en la misa del
domingo: “Con gritos de júbilo anunciadlo y proclamadlo; publicadlo hasta el
confín de la tierra. Decid: El Señor, ha redimido a su pueblo” (cf. Is 48,20).
Del alma nacen cantos alegres: “Alabad a su nombre con danzas, cantadle con
tambores y cítaras; porque el Señor ama a su pueblo y adorna con la vitoria a
los humildes. Que los fieles festejen su gloria y canten jubilosos en filas,
con vítores a Dios en la boca; es un honor para todos sus fieles” (salmo
149,3-6). “Que canten con alegría las naciones, porque riges el mundo con
justicia, riges los pueblos con rectitud…” (salmo 67,5). Y los textos
evangélicos: “Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en
alegría” (Jn 16,20); “Pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y
nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16,22); “Hasta ahora no habéis pedido
nada en mi nombre: pedid y recibiréis para que vuestra alegría sea completa”
(Jn 16,24)
- “Que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que
ames a Cristo” (v. “Camino” 382). Buscar y encontrar conducen al cristiano al
recuerdo de las parábolas de la misericordia. “Entonces les propuso esta
parábola: “¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las
noventa y nueve en el campo y sale en busca de la que se perdió hasta
encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso y, al
llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: Alegraos conmigo,
porque he encontrado la oveja que se me perdió”. Os digo que, del mismo modo,
habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa
y nueve justos que no tienen necesidad de conversión. ¿O qué mujer, si tiene
diez dracmas y pierde una, no enciende una luz y barre la casa y busca
cuidadosamente hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a las amigas y
vecinas y les dice: “Alegraos conmigo porque he encontrado la dracma que se me
perdió”. Así, os digo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que
se arrepiente” (Lc 15,3-10). Y en la parábola del hijo pródigo que deja la casa
del padre, cae en la miseria y decide volver arrepentido, es inolvidable el
pasaje: “Cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo
a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos…” (Lc 15,20); y
repetía: “porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba
perdido y ha sido encontrado” y “porque este hermano tuyo estaba muerto y ha
vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado” (Lc 15,24 y 32)
- Encontrar a Cristo. Como si se unieran las dos
Pascuas, también en el buscar y encontrar a Jesús resucitado, podemos revivir
la alegría de los pastores de Belén a los que el ángel les anunció: “una gran
alegría” (Lc 2,10); y el gozo de los Magos cuando volvieron a ver la estrella:
“se llenaron de una inmensa alegría” (Mt 2,10).
Mes de la Virgen. Y en el alma se repiten las palabras
de la sabatina marista en los años del colegio: “María es mi madre; luego hay
en Ella preocupación por mí, ruegos y peticiones a Dios por mí; deseos
vehementes de que yo sea bueno, persevere y me salve”.
PASCUA DE RESURRECCIÓN. LA ASCENSIÓN
A los cuarenta días desde la Resurrección, en la sexta
semana de Pascua, celebramos la solemnidad de la Ascensión del Señor. Muchos
cristianos recuerdan y meditan el texto de la poesía de Fray Luis de León: “¿Y
dejas, Pastor Santo, / tu grey en este valle hondo y oscuro, / de soledad y
llanto; / y Tú, rompiendo el puro / aire, te vas al inmortal seguro? /Los antes
bienhadados, / los ahora tristes y afligidos, a tus pechos criados, / por Ti
desposeídos /¿a dó convertirán ya sus sentidos? / ¿Qué mirarán los ojos / que
vieron de tu rostro la hermosura, / que no les sea enojos? / Quien oyó tu
dulzura, / ¿qué no tendrá por sordo y desventura? / Aqueste mar turbado /
¿quién le pondrá ya freno? ¿quién concierto / al viento fiero y airado? /
Estando Tú a cubierto / ¿qué norte guiará la nave al puerto? / ¡Ay, nube
envidiosa / aun de este breve gozo. ¿Qué te quejas? / ¿Do vuelas presurosa? /
¡Cuán rica tú te alejas! / ¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!”
En el Evangelio de Lucas el cristiano lee el pasaje
que “lo tiene todo” dentro de una preciosa sencillez: “Y mientras los bendecía
se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se
volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo
bendiciendo a Dios” (Lc 24,52-53). ¡Tantas referencias para la oración!: Jesús
subió por el cielo al Cielo; mientras, los bendecía; ellos se arrodillaron y,
mirando, vieron; y se llenaron de alegría: se les notaba el gozo cuando volvían
camino de Jerusalén; y, desde ese día, permanecían “siempre” en el templo,
bendiciendo a Dios. Cuantos propósitos, cuántos motivos de conversión, cuanta alegría
que regalar.
No acaba aún la Pascua, pero se acaba el mes de María.
Y muchos cristianos se recrean repasando el texto de san Bernardo: “Oh, tú que,
caminando por este miserable valle de lágrimas, andas zozobrando entre las
tempestades del mundo, si no quieres verte sumergido entre las olas, no apartes
jamás los ojos de esta brillante y luminosa estrella. / Si se levanta el
huracán de las tentaciones, si tropiezas contra los escollos de la tribulación,
mira la estrella, llama a María. / Si eres combatido por las olas del orgullo,
de la ambición, de la maledicencia, de la envidia, mira la estrella, invoca a
María. / Si la cólera, la avaricia o los estímulos de la carne arrastran la
navecilla de tu alama, vuelve tus ojos hacia María. / Si te turba el horror de
tus pecados, si la conciencia se estremece a la vista de su gravedad y número;
si el temor de los terribles juicios de Dios te induce a la desesperación,
piensa en María. / En los peligros, en las angustias, en las dudas, invoca a
María. / No se aparte su nombre de tus labios ni de tu corazón; y si quieres
que Ella ruegue por ti, procura imitar sus ejemplos. / Siguiéndola no te
desvías; rogándola, no desesperas; contemplándola, no yerras. / Si Ella te
protege, no temas, con su apoyo, no caerás; / si Ella te guía, no te cansarás;
/ si Ella te es propicia, llegarás finalmente a puerto.” (Evang. “Missus est”)
En la Ascensión de Jesús al cielo los cristianos
encuentran consuelo en las palabras: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos
los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Aún faltan alegrías próximas por
celebrar: la Pentecostés, la Santísima Trinidad y el Corpus Christi; en ellas
el cristiano se sabe bien acompañado. “Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida” (salmo 23,6)
PENTECOSTÉS
Pentecostés. Para algunos cristianos es como “la
tercera Pascua”, después de la Navidad y la Resurrección. Contando desde ésta:
a los cuarenta días, se celebraba la Ascensión, que era uno de los tres jueves
que relucían más que el sol -Jueves Santo, Corpus Christi y la Ascensión- y,
después de las siete semanas pascuales, a los cincuenta días, celebramos la
venida del Espíritu Santo: “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos
reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento
recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas
lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se
llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras,
cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. Se encontraban entonces en
Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido,
acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en
su propio idioma” (Hech 2,1-5).
San Pablo recuerda la importancia del Espíritu Santo
en nuestra vida: “Nadie puede decir: “Jesús es Señor” si no es bajo la acción
del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu … En cada
uno se manifiesta el Espíritu para el bien común … hemos sido bautizados en un
mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo
Espíritu” (1 Co 12,3-4.7.13). Del Espíritu Santo recibimos los siete dones: de
sabiduría, de inteligencia, de consejo, de fortaleza, de ciencia, de piedad y
de temor de Dios (CIC nº 1831). Y “gracias a este poder del Espíritu Santo”
(CIC nº 1832), los hijos de Dios pueden dar frutos: “de caridad, gozo, paz,
paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia,
continencia y castidad” (cf. Ga 5,22-23)
La alegría de haber recibido y de vernos asistidos y
consolados por el Espíritu Santo, nos hace cantar, recitar, meditar, la
secuencia: “Ven, Espíritu divino, / manda tu luz desde el cielo. / Padre
amoroso del pobre; / don en tus dones espléndido; / luz que penetra las almas;
/ fuente del mayor consuelo. / Ven, dulce huésped del alma, / descanso de
nuestro esfuerzo, / tregua en el duro trabajo, / brisa en las horas de fuego, /
gozo que enjuga las lágrimas/ y reconforta en os duelos. / Entra en el fondo
del alma, / divina luz, y enriquécenos. / Mira el vacío del hombre / si tú le
faltas por dentro; / mira el poder del pecado, / cuando no envías tu aliento. /
Riega la tierra en sequía, / sana el corazón enfermo, / lava las manchas, infunde
/ calor de vida en el hielo, / doma el espíritu indómito, / guía al que tuerce
el sendero. / Reparte tus siete dones, / según la fe de tus siervos; / por tu
bondad y tu gracia, / dale al esfuerzo su mérito; / salva al que busca salvarse
/ y danos tu gozo eterno.”
Se acaba el mes de María. En este año coincide con la fiesta de Pentecostés. En el cielo resuena la salve rociera: “Dios te salve, María, manantial de dulzura. A tus pies, noche y día te venimos a rezar. Dios te salve María, un rosal de hermosura eres tú Madre mía de pureza virginal”. Y el cristiano acaba su rosario: Santa María, Hija de Dios Padre. Santa María, Madre de Dios Hijo. Santa María, Esposa del Espíritu Santo. Ruega por nosotros para que seamos dignos del alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.
SANTÍSIMA TRINIDAD
La Santísima Trinidad. Dios Padre, Dios Hijo, Dios
Espíritu Santo, tres Personas y un solo Dios: “Vera et una Trinitas, una et
suma Deitas, sancta et una Unitas”. El cristiano recuerda las palabras del
apóstol: “Ahora, sin embargo, por Cristo Jesús, vosotros, que en otro tiempo
estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo… Y en su venida
os anunció la paz a vosotros que estabais lejos y también la paz a los de
cerca, pues por él unos y otros tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu”
(Ef 2,13.17-18). Y también: “Ya que hemos recibido la justificación por la fe,
estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos
obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos,
apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Más aún, hasta nos
gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia,
la constancia virtud probada, la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda,
porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu
Santo que se nos ha dado” (Rm 5,1-5)
El llamado símbolo atanasiano (“Quicumque vult salvus
ese…”), ya que no se puede explicar un misterio, expone con sencillez el de la
Trinidad en la Unidad: “Porque una es la Persona de Padre, otra la de Hijo y
otra la de Espíritu Santo. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una
sola divinidad, les corresponde igual gloria y majestad eterna. Cual es el
Padre, tal es el Hijo, tal el Espíritu Santo. Increado el Padre, increado el
Hijo, increado el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un
solo eterno. De la misma manera no son tres increados, ni tres inmensos, sino
un increado y un inmenso. Igualmente, omnipotente el Padre, omnipotente el
Hijo, omnipotente el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres omnipotentes,
sino un omnipotente. Del mismo modo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el
Espíritu Santo es Dios. Y, sin embargo, no son tres Dioses, sino un solo Dios.
Así el Padre es Señor, el Hijo es Señor, el Espíritu Santo es Señor. Y, sin
embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor. Porque, así como la verdad
cristiana nos obliga a creer que cada Persona es Dios y Señor, la religión
cristiana nos prohíbe que hablemos de tres Dioses o Señores. El Padre no ha sido hecho por nadie ni creado
ni engendrado. El Hijo procede solamente del Padre, no hecho ni creado, sino
engendrado. El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, no hecho ni creado
ni engendrado, sino procedente. Por tanto, hay un solo Padre, no tres Padres;
un Hijo, no tres Hijos, un Espíritu Santo, no tres Espíritus Santos. Y en esta
Trinidad nada hay anterior o posterior, nada mayor o menor: pues las tres
Personas son coeternas e iguales entre sí. De tal manera que, como ya se ha
dicho antes, hemos de venerar la Unidad en la Trinidad y la Trinidad en la
Unidad”.
En esto, por si pudiera ayudar, en la meditación del
misterio cabe recordar que “lo medible” y “las medidas” son creados y, por
tanto, limitados y que, como Dios es eterno (no tiene principio ni fin), cuando
creó el tiempo (que desde entonces tuvo el principio y en su momento tendrá un
fin), lo hizo sin dejar de ser, porque en la eternidad no hay un antes del
tiempo ni habrá un después del tiempo (Dios es el “eterno presente”). “Santa e
indivisa Trinidad, con todas las fuerzas de nuestro corazón y de nuestra voz,
te reconocemos, alabamos y bendecimos” (“Trisagio angélico”, antífona)
CORPUS CHRISTI
El Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. No ha quedado más
que un jueves de aquellos tres que estaban fijos en la memoria y en el corazón
de los cristianos viejos: “Tres jueves hay en el año que relucen más que el
sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”. Celebrar esta
solemnidad hace que el cristiano recuerde y vea realizadas las palabras de
Jesús: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario ¿os hubiera
dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya
preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí para que, donde yo
estoy, estéis también vosotros” (Jn 14,2-3) y “Habéis escuchado que os he
dicho: “Me voy y vuelvo a vosotros. Si me amaráis os alegraríais de que me vaya
al Padre…” (Jn 14,28). Jesús, eterno presente en la Trinidad Divina, sin dejar
de su eternidad, entró en el tiempo creado, se hizo hombre y habitó entre
nosotros; fue crucificado, muerto y sepultado y resucitó al tercer día; durante
cuarenta días “se dejó ver” por los que amaba y, cuando ascendió al cielo, sin
menoscabo alguno de su eternidad divina, se quedó entre nosotros: “Y sabed que
yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). El
cristiano, ante la Eucaristía, no comprende, pero cree sin reservas que: “sin
irse, vino; que se fue, pero se quedó”.
Salta el alma alborozada al ir recordando palabras de
Jesús: “… yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con
vosotros siempre…” (Jn 14,16); “… el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre
enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os
he dicho…” (Jn 14, 26). Y el cristiano, en la Eucaristía, al adorar, al
comulgar, al llenarse de Dios y sumirse en Dios, se llena de alegría al
relacionar esas palabras de Jesús con estas otras: “No os dejaré huérfanos, yo
volveré a vosotros. Todavía un poco más y el mundo ya no me verá, pero vosotros
me veréis porque yo vivo y también vosotros viviréis. Ese día conoceréis que yo
estoy en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros” (Jn 14,18-20). Y, así,
del alma salen las palabras llenas de fe y de amor: “Te adoro con devoción,
Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias, a Ti se somete mi
corazón por completo y se rinde totalmente al contemplarte. / Al juzgar de Ti,
se equivocan la vista, el tacto el gusto, pero basta el oído para creer con
firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios, nada es más verdadero que
esta palabra de verdad. / En la cruz se escondía sólo la divinidad, pero aquí
también se esconde la humanidad; creo y confieso ambas cosas y pido lo que
pidió el ladrón arrepentido. / No veo las llagas como las vio Tomás, pero
confieso que eres mi Dios; haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere,
que te ame. / ¡Oh, memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que da la vida al
hombre, concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura. /
Señor, Jesús, bondadoso pelícano, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la
que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero. / Jesús,
a quien ahora veo escondido, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío, que, al
mirar tu rostro ya no oculto, sea yo feliz viendo tu gloria. Amén” (“Adorote
devote”, santo Tomás de Aquino).
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano que acompasa su vida a la liturgia,
conoce en su alma los tiempos que se suceden desde Cristo Rey, allá por el
otoño, hasta el Corpus Christi, acabando la primavera. Se han sucedido el
Adviento, la Pascua de Navidad, con la Epifanía, y tras pocas semanas con
lecturas propias del Tiempo Ordinario, llega la Cuaresma y se alcanza la Pascua
de Resurrección; cuarenta días hasta la Ascensión, que son cincuenta hasta
Pentecostés y empieza el Tiempo Ordinario. Las solemnidades de la Santísima
Trinidad, el Corpus Christi y el Sagrado Corazón de Jesús, en dos domingos y un
viernes, evitan “el salto” anímico que supone zambullirse en el Tiempo
Ordinario que dura hasta Cristo Rey. El verano es tiempo de cosecha y frutas
hasta la vendimia, de vacaciones escolares, de calor en el hemisferio norte.
Hay trabajo, pero la vida corriente parece que se ralentiza. Buen tiempo para
meditar parábolas, para leer cartas, para recrearse en historias sagradas. El
cristiano vive así lo que se comenta en el Evangelio: “La gente, que era mucha,
disfrutaba escuchándolo” (Mc 12,37)
- “Un hombre daba una gran cena e invitó a muchos. Y
envió a su siervo a la hora de la cena para decir a los invitados: “Venid, ya
está todo preparado”. Y todos comenzaron a excusarse: El primero le dijo: “He
comprado un campo y tengo necesidad de ir a verlo; te ruego que me des por
excusado”. Y otro dijo: “Compré dos yuntas de bueyes, y voy a probarlas; te
ruego que me des por excusado”. Otro dijo: “Acabo de casarme, y por eso no
puedo ir”. Regresó el siervo y contó esto a su señor. Entonces, irritado el amo
de la casa, le dijo a su siervo: “Sal ahora mismo a las plazas y calles de la
ciudad y trae aquí a los pobres, a los tullidos, a los ciegos y a los cojos”. Y
el siervo dijo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio”.
Entonces dijo el señor a su siervo: “Sal a los caminos y a los cercados y
obliga a entrar, para que se llene mi casa. Porque os aseguro que ninguno de
aquellos hombres invitados gustará de mi cena” (Lc 14,16-24)
Toda una carta de amor de Dios que es amor: Él, Dios,
nos invita y nosotros ponemos excusas. Nos llama para que vayamos con Él, a
disfrutar de la cercanía y la alegría de Dios, pero no vamos. Dios no se
conforma y si empezó invitando a los amigos, nos busca ahora a los que estamos
en lo nuestro, en nuestro trabajo diario, en esa tarea cotidiana que procuramos
hacer bien, pero que no siempre nos sale bien porque somos “pobres, tullidos,
ciego y cojos”, limitados, distraídos, ambiciosos. Aún queda sitio en el cielo
y Dios quiere “que todos se salven” (cf. 1Tm 2,4). Y nos busca más lejos de las
ciudades: en los caminos y cercados. Allí, de camino o en la tarea diaria,
estamos más desanimados, más cansados, más desilusionados. Pero el deseo de
Dios se hace fuerza para llevarnos al cielo, junto a Él y para siempre. “Obliga
a entrar” le dice al siervo, a nuestro ángel de la guarda: “compelle intrare”
leemos en latín, “ut impleatur domus mea”, para que se llene mi casa. ¿Podremos
resistirnos a ir, a entrar, a quedarnos?
Qué oportunidad para recordar el final del precioso
soneto: “¡Cuántas veces el ángel me decía: / “Alma asómate ahora a la ventana,
/ verás con cuanto amor llamar porfía”. ¡Y cuántas, hermosura soberana, /
“Mañana abriremos·, respondía, / para lo mismo responder mañana” (Lope de Vega)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe, es consciente y cree que Dios está
continuamente a su lado, que todo lo suyo le interesa, que todo lo suyo le
importa, que Dios lo ama desde antes del tiempo y ahora en cada instante. ¡Dios
me ama! “Dios, nada menos que Dios, me ama” es la frase que quisiera repetirse
el cristiano sin descanso, sin olvidarlo, sin cansarse. “… Bien sabe vuestro
Padre de qué tenéis necesidad antes de se lo pidáis” (Mt 6,8), “… Bien sabe
vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados… Por tanto, no os
preocupéis porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta
su contrariedad” (Mt 6,32.34); “¿No se vende un par de pajarillos por un as?
Pues bien, ni uno solo de ellos caerá en tierra sin que lo permita vuestro
Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos
contados. Por tanto, no tengáis miedo, vosotros valéis más que muchos
pajarillos” (Mt 10,29-31). Así es Dios. Y así somos nosotros, distracciones,
olvidos, apuros… mucho que hacer, mucho que soñar. Tiempo Ordinario en la
liturgia, tiempo de vida corriente, tiempo de parábolas.
“Aquel día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla
del mar. Se reunió en torno a él una multitud tan grande que tuvo que subir a
sentarse en una barca, mientras toda la multitud permanecía en la playa. Y se
puso a hablarles muchas cosas con parábolas…” Pero no empezó con una sobre el
mar y los peces. Atrajo su atención así: “Salió el sembrador a sembrar. Y al
echar la semilla, parte cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la
comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra y
brotó pronto por no ser hondo el suelo, pero al salir el sol, se agostó y se
secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos, crecieron los espinos
y la ahogaron. Otra, en cambio, cayó en buena tierra y comenzó a dar fruto, una
parte ciento, otra el sesenta y otra treinta… (Mt 13,1-8). “Entonces sus
discípulos le preguntaron qué significaba la parábola. Él les dijo… Los que
están junto al camino son aquellos que han oído; pero viene luego el diablo y
se lleva la palabra de su corazón, no sea que creyendo se salven. Los que están
sobre piedras son aquellos que, cuando oyen, reciben la palabra con alegría,
pero no tienen raíz; éstos creen durante algún tiempo, pero a la hora de la
tentación se vuelven atrás. Lo que cayó entre espinos son los que oyeron, pero
en su caminar se ahogan a causa de las preocupaciones, riquezas y placeres de
la vida y no llegan a dar fruto. Y lo que cayó en tierra buena son los que oyen
la palabra con un corazón bueno y generoso, la conservan y dan fruto mediante
la perseverancia” (Lc 8,9.12-15)
Palabras para meditar sobre quiénes somos, cómo
escuchamos a Dios: “aquellos que han oído; pero viene luego el diablo y se
lleva la palabra de su corazón, no sea que creyendo se salven”; “cuando oyen,
reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; éstos creen durante algún
tiempo, pero a la hora de la tentación se vuelven atrás”; “los que oyeron, pero
en su caminar se ahogan a causa de las preocupaciones, riquezas y placeres de
la vida y no llegan a dar fruto”… No queremos ser así; queremos oír a Dios con
un corazón bueno y generoso, queremos dar fruto y perseverar en el amor:
“Aunque me canse, aunque no pueda, aunque reviente, aunque muera” (santa Teresa
de Jesús). ¡Señor que te quiera, que te quiera más, que te quiera como Tú
quieres que te quiera!
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe que existe por la voluntad de Dios,
que Dios lo acompaña en todo instante de su vida y que Dios lo espera en el
cielo. La fe, la esperanza y la caridad son dones de Dios (nº 1813 CIC); con
Dios todo lo puede y sin Dos no puede nada. El cristiano recuerda las palabras
de amor y de esperanza: “Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios”
(1 Co 3,22-23). Y, con san Agustín, sabe que “Dios que te creó sin ti, no te
salvará sin ti” (sermón 169). Tiempo ordinario; tiempo de parábolas.
“Es como un hombre que la marcharse de su tierra llamó
a sus servidores y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro
dos y a otro uno sólo: a cada uno según su capacidad; y se marchó. El que había
recibido cinco talentos fe inmediatamente y se puso a negociar con ellos y
llegó a ganar otros cinco. Del mismo modo, el que había recibido dos ganó otros
dos. Pero el que había recibido uno fue, hizo un hoyo en la tierra y escondió
el dinero de su señor. Después de mucho tiempo, regresó el amo de dichos
servidores e hizo cuentas con ellos. Cuando se presentó el que había recibido
los cinco talentos, entregó otros cinco diciendo: “Señor, cinco talentos me
entregaste; mira, he ganado otros cinco talentos”. Le respondió el amor: “Muy
bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo
mucho: entra en la alegría de tu señor”. Se presentó también el que había
recibido los dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me entregaste, mira he
ganado otros dos talentos”. Le respondió el amo: “Muy bien, siervo bueno y
fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho; entra en la
alegría de tu señor”. Cuando llegó por fin el que había recibido un talento,
dijo: “Señor, sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y
recoges donde no esparciste, por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en
tierra; aquí tienes lo tuyo”. Su amo le respondió: “Siervo malo y perezoso,
sabías que cosecho donde no he sembrado y que recojo donde no he esparcido; por
eso mismo debías haber dado tu dinero a los banqueros, y así al venir yo,
hubiera recibido lo mío con los intereses. Por lo tanto, quitadle el talento y
dádselo al que tiene diez…” (Mt 25,14-28)
Dios nos da para que demos frutos (“ut eatis et
fructum afferatis, et fructum vester manet”, Jn 15,16); nos da a todos, a cada
uno según su capacidad; nos da de lo suyo (“les entregó sus bienes”) para que,
sabiendo que es suyo (“escondí tu talento”), nos lo ha dejado para que lo
utilicemos como propio (“debías haber dado tu talento a los banqueros”). Y la
llegada del amo que es tiempo de hacer cuentas (“A la tarde nos examinarán del
amor” san Juan de Cruz). Y la alegría de escuchar las palabras de Dios: “Muy
bien, siervo bueno y fiel” (“Euge, serve bone et fidelis”). “Has sido fiel en
lo poco” (“Super pauca fuisti fidelis”). “Entra en la alegría de tu señor”
(“Intra in gaudium domini tui”). En el trabajo de cada día, en las tareas agobiantes,
en la rutina, en las preocupaciones, en los disgustos, el cristiano sabe que es
tiempo de emplear las cualidades que Dios le ha dado según su capacidad. Y el
alma se reanima pensando en las palabras del Señor si hace lo que puede, “si
hace lo que debe y está a lo que hace”. Y el amor y la fidelidad al encargo del
Señor nos da energía para seguir en la tarea, porque no queremos ser un “siervo
malo y perezoso”. “No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque no
hubiera cielo yo te amara y aunque no hubiera infierno te temiera”
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe resumir su fe con sencillez. En el
amor: creación, redención, salvación. Leyendo el primer nº 1 del Catecismo de
la Iglesia Católica se puede confirmar ese resumen: “Dios, infinitamente perfecto
y bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado
libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada. Por eso,
en todo tiempo y en todo lugar, se hace cercano al hombre, le llama y le ayuda
a buscarle, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los
hombres que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Para
lograrlo, llegada la plenitud de los tiempos, envió a su hijo como Redentor y
Salvador. En Él y por Él llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus
hijos de adopción, y, por tanto, los herederos de su vida bienaventurada”. Y
una oportuna parábola:
“Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos le
dijo a su padre: Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde”. Y les
repartió los bienes. No muchos días después, el hijo más joven lo recogió todo,
se fue a un país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente.
Después de gastarlo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a pasar
necesidad. Fue y se pudo a servir a un hombre de aquella región, el cual lo
mandó a sus tierras a guardar cerdos; le entraban ganas de saciarse con las
algarrobas que comían los cerdos, y nadie se las daba. Recapacitando se dijo:
“¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero
de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: “Padre, he pecado contra el
cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno
de tus jornaleros. Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre.
Cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se
compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de
besos. Comenzó a decirle el hijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra
ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo”. Pero el padre les dijo a sus
siervos: “Pronto sacad el mejor traje y vestidle, ponedle un anillo en la mano
y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a
celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la
vida, estaba perdido y ha sido encontrado”. Y se pusieron a celebrarlo… (Lc
15,11-24)
Esta es la primera parte de la parábola del Padre
misericordioso, aunque se conoce como la del hijo pródigo y, aunque también nos
da una lección, no se dice nada del otro hijo. Es difícil no vernos retratados
en este pasaje cuando lo referimos a Dios, que nos ha dado y nos da todo, y a
nosotros, que no podemos renunciar a nuestra voluntad, a nuestros derechos, a
los caprichos de nuestro “yo”. Sin rubor, le decimos a Dios: “Dame mi parte”,
aunque le debemos toda nuestra existencia. Sin escarmentar, una y otra vez,
volvemos a “vivir lujuriosamente para acabar pasando hambre”. Y, sin vergüenza,
porque sabemos que Dios es bueno y nos quiere como nadie puede querer, nos
acercamos a Él; y nos perdona, y nos abraza y nos besa, y nos llena de ¡amor de
Dios!
“¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y … no me he
vuelto loco? (“Camino”, 425)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano vive en la alegría de saber que es hijo
de Dios, que Dios es nuestro Padre (1Jn 3,1) y que Dios es amor (1Jn 4,8.16).
Dios es compasivo y misericordioso (salmo 85,15) y los cristianos cantamos: “Me
enseñas el sendero de la vida, saciedad de gozo en tu presencia, alegría
perpetua a tu derecha” (salmo, 15,11). Tiempo de parábolas de alegría y de
misericordia.
- “… El hijo mayor estaba en el campo; al volver y
acercarse a casa oyó la música y los cantos y, llamando a uno de los siervos le
preguntó qué pasaba. Éste le dijo: “Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado
el ternero cebado por haberle recobrado sano”. Se indignó y no quería entrar,
pero su padre salió a convencerle. Él replicó a su padre: “Mira cuántos años
hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un
cabrito para divertirme con mis amigos. Pero en cuanto ha venido ese hijo tuyo
que devoró tu fortuna con meretrices, has hecho matar para él el ternero
cebado”. Pero él respondió: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es
tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba
muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado” (Lc
15,15-32)
A veces se habla del buen hijo pródigo que se
arrepiente y del hijo malo, egoísta, soberbio y envidioso, olvidando que la
parábola es una historia de misericordia, de Dios, del Padre. Posiblemente la
condición de pecadores, y de redimidos por Cristo, lleva a la simpatía por el
hijo menor que se abandonó a su Padre y se alejó del cielo; pero no hay que
olvidar que el Padre no reprocha nada al hijo mayor, sino que le recuerda que
está en el cielo, junto a Él y gozando porque “todo lo mío es tuyo”. No podía
ser que, por destacar la misericordia con quien se marchó y vuelve por
necesidad, se condenara a quien, por no tener en cuenta que la Justicia alcanza
su plenitud con la misericordia, tuvo una mala reacción y se enfadó cuando
debió alegrarse con el Padre. Esa podría ser la aproximación a la meditación y
propósitos en esta segunda parte.
- ¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde
una, no deja las noventa y nueve en el campo y sale en busca de la que perdió
hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso y
al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: “Alegraos conmigo,
porque he encontrado la oveja que se me perdió”. Os digo que, del mismo modo,
habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa
y nueve justos que no tienen necesidad de conversión” (Lc 15,4-7). No puede
haber mayor alegría que ser alegría para Dios. Y Dios, que es amor, sale a
buscarnos a los que hemos perdido, cuando no abandonado, el buen camino.
También puede ser conveniente añadir a ese pasaje la
reflexión de este otro: “Yo buscaré mi rebaño y lo apacentaré… Yo mismo
pastorearé a mis ovejas y las haré descansar, dice el Señor Dios. Buscaré a la
perdida, haré volver a la descarriada, a la que esté herida la vendaré, y
curaré a la enferma. Tendré cuidado de la bien nutrida y de la fuerte. Las
pastorearé con rectitud… Voy a salvar a mi rebaño” (Ez 34,11.15-16.22). El buen
pastor protege de los carneros y machos cabríos al rebaño de ovejas. Cada oveja
recibe los cuidados que necesita su situación. Ninguna es abandonada. ¡Dios nos
cuida!
TIEMPO ORDINARIO. FINAL DE CURSO
El calor, la calor y las calores, son grados en la
tierra de María Santísima. ¡Ánimo!
El curso se acaba. Es tiempo de descanso, de rearmarse
de fuerzas en el cuerpo y en el espíritu. El cristiano encuentra motivo de
meditación, de adoración a Dios; de acción de gracias, por el curso acabado,
por la vida recibida y sostenida; de petición, para cada uno, para los
cercanos, para los lejanos, para los contrarios, para el que lo necesite, sea
quien sea. Manteniendo la costumbre en el blog, sigue aquí la poesía del Padre
Alarcón S.I. que reprodujo el Padre Coloma S.I., con texto en prosa
intercalado, en su obra “Pequeñeces”, en el pasaje en el que, en una
distribución de premios escolares, un niño recitaba a la Virgen. Adaptando las
palabras a la actualidad de cada uno. Pensando.
- “Dulcísimo recuerdo de mi vida, / bendice a los que
vamos a partir. / ¡Oh, Virgen del recuerdo dolorida, / recibe tú mi adiós de
despedida, y acuérdate de mí!... / Lejos de aquestos tutelares muros, / los
compañeros de la edad feliz / no serán a tu amor perjuros; / conservarán sus
corazones puros; / ¡Se acordarán de ti! / Mas siento al alejarme una agonía /
cual no la suele el corazón sentir…/ En palabras de niño ¿quién confía? / Temo…
no sé qué temo, Madre mía, / por ellos y por mí…” Estos cortes circunstanciales
en la rutina vital permiten recordar tiempos pasados en los que la fe, la
piedad, la relación con Dios era intensa, amable, cordial. Conviene sacar
ánimos de ahí.
- “Dicen que el mundo es un jardín ameno / y que
áspides oculta ese jardín… / que hay frutos dulces de mortal veneno… / que el
mar del mundo está de escollos lleno… / Y ¿por qué estará así? / Dicen que por
el oro y los honores / hombres sin fe, de corazón ruín, /secan el manantial de
sus amores, / y a su Dios y a su Patria son traidores… ¿Por qué serán así? /
Dicen que de esta vida los abrojos / quieren trocar en mundanal festín; / que
ellos, ellos motivan tus enojos, / y que ese llanto de tus dulces ojos/ lo
causan ellos, ¡sí! / Ellos, ¡ingratos!, de pesar te llenan… / ¿Seré yo también
sordo a tu gemir? / ¡No! ...; yo no quiero frutos que envenenan, / no quiero
goces que a mi Madre apenan, / ¡no quiero ser así! / En los escollos de esta
mar bravía / yo no quiero sin gloria sucumbir; / yo no quiero que llores por mí
un día, / yo no quiero que llores, Madre mía… / ¡No quiero ser así!” Quizá
nuestra experiencia vital empieza aquí, recordando tiempos de olvido de Dios,
de alejamiento de Dios. También esa poesía de niño puede animarnos.
- “Y mientras yo responda a tu reclamo, / mientras me
juzgue con tu amor feliz, / y ardiendo en este afecto en que me inflamo / te
diga muchas veces que te amo, / ¿te olvidarás de mí? / ¡Ah, no, dulce recuerdo
de mi vida! / Siempre que luche en poderosa lid, / siempre que llore mi alma
dolorida, / al recordar mi adiós de despedida / ¡Te acordarás de mí! / Y en
retorno de amor y fe sincera, / jamás sin tu recuerdo he de vivir: / tuya será
mi lágrima postrera… / Hasta que muera, Madre, hasta que muera, / me acordaré
de ti!” Así, con ese arrojo juvenil, aún en la edad madura, es tiempo de
propósitos, de animarnos unos a otros, la mejor inversión: ¡el ciento por uno!
- “Tú en pago, Madre, cuando llegue el plazo / de
alzar el vuelo al celestial confín, / estrechándome a ti con dulce abrazo, / no
me apartes jamás de tu regazo, / ¡no me apartes de ti!”. No hay mayor seguridad
que ir a Jesús de la mano de la Madre.
Unos a otros, todos nos deseamos un feliz descanso. Un
“seguir sin parar” más pausado.
AGOSTO
Eva y Adán. “Entonces dijo el Señor Dios: - No es
bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda adecuada para él. El
Señor Dios formó de la tierra todos los animales del campo y todas las aves del
cielo, y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, de modo que cada
ser vivo tuviera el nombre que él le hubiera impuesto. Y el hombre puso nombre
a todos los ganados, a las aves del cielo y a todas las fieras del campo; pero
para él no encontró una ayuda adecuada. Entones el Señor Dios infundió un
profundo suelo al hombre y éste se durmió; tomó luego una de sus costillas y
cerró el hueco con carne. Y el Señor Dios, de la costilla que había tomado del
hombre, formó una mujer y la presentó al hombre. Entonces dijo el hombre: -
Ésta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Se la llamará mujer, porque
del varón fue hecha. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se
unirá a su mujer y serán una sola carne. Ambos estaban desnudos, el hombre y la
mujer, y no sentían vergüenza.” (Gn 2,18-25)
“La serpiente era el más astuto de todos los animales
del campo que había hecho el Señor Dios, y dijo a la mujer: - ¿De modo que os
ha mandado Dios que no comáis de ningún árbol del jardín? La mujer respondió a
la serpiente: - Podemos comer del fruto de los árboles del jardín; pero Dios
nos han mandado: “No comáis ni toquéis del árbol que está en medio del jardín
pues moriríais”. La serpiente dijo a la mujer: - No moriréis en modo alguno; es
que Dios sabe que el día que comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como
Dios, conocedor del bien y del mal”. La mujer se fijó en que el árbol era bueno
para comer, atractivo a la vista y que aquel árbol era apetecible para alcanzar
sabiduría; tomó de su fruto, comió, y a su vez dio a su marido que también
comió. Entonces se les abrieron los ojos y conocieron que estaban desnudos;
entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.
Y cuando oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba
por el jardín a la hora de la brisa, el hombre y su mujer se ocultaron de la
presencia del Señor Dios entre los árboles del jardín. El Señor Dios llamó al
hombre y le dijo: - ¿Dónde estás? Éste contestó: - Oí tu voz en el jardín y
tuve miedo porque estaba desnudo; por eso me oculté. Dios le preguntó: - ¿Quién
te ha indicado que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol del que te
prohibí comer? El hombre contestó: - La mujer que me diste por compañera me dio
del árbol y comí. Entonces el Señor Dios dijo a la mujer: - ¿Qué es lo que has
hecho? La mujer respondió: - La serpiente me engañó y comí…” (Gn 3.1-14)
“… El Señor Dios hizo unas túnicas de piel para el
hombre y su mujer, y los vistió. Y el Señor les dijo: - He aquí que el hombre
ha llegado a ser como uno de nosotros en el conocimiento del bien y del mal;
que ahora no extienda la mano y tome también del árbol de la vida, coma y viva
para siempre. Así, pues, el Señor lo expulsó del jardín del Edén, para que
trabajase la tierra de la que había sido tomado. Cuando lo hubo expulsado,
puso, al oriente del jardín del Edén, querubines blandiendo espadas llameantes
para guardar el camino del árbol de la vida” (Gn 3,21-24)
“Adán conoció a Eva, su mujer, que concibió y dio a
luz a Caín. Y dijo: - He adquirido un varón gracias al Señor. Después dio a luz
a su hermano Abel. Abel fue pastor de ganado menor, y Caín labrador … (Gn
4,1-2). “Adán conoció de nuevo a su mujer, y ella dio a luz a un hijo al que
puso por nombre Set, pues dijo: “Dios me ha concedido otro descendiente en
lugar de Abel, ya que lo mató Caín.” (Gn 4,25).
AGOSTO
Agar madre de Ismael. “Saray, esposa de Abrán, no le
había dado hijos, pero tenía una esclava egipcia, llamada Agar. Saray dijo a
Abrán: - Mira el Señor me ha hecho estéril, acércate por favor a mi esclava, y
quizá tenga hijos de ella. Abrán asintió al ruego de Saray. Cuando Abrán
llevaba ya diez años asentado en la tierra de Canaán, Saray, esposa de Abrán,
tomó a su esclava egipcia Agar, y, al ver que había concebido, miraba con
desprecio a su señora. Entonces dijo Saray a Abrán: - Recaiga sobre ti mi
agravio; yo puse en tus brazos a mi esclava, y ella cuando ha visto que está
encinta, me mira con desprecio. Que el Señor juzgue entre tú y yo. Abrán
respondió a Saray: - Ahí tienes a tu esclava a tu disposición, haz con ella lo
que te parezca mejor. Entonces Saray la maltrató; y ella huyó de su lado.
Pero el ángel del Señor la encontró en el desierto
junto a una fuente de agua, junto a la fuente del camino del sur, y le dijo: -
Agar, esclava de Saray ¿de dónde vienes y a dónde vas? Ella respondió: - Huyo
de la presencia de Saray, mi señora. El ángel del Señor le dijo: - Vuelve a tu
señora y humíllate ante ella. El ángel del Señor añadió: - Multiplicaré tu
descendencia, tanto que no podrá contarse a causa de su gran número. Y aún le
dijo el ángel del Señor: - He aquí que estás encinta y darás a luz un hijo; le
llamarás Ismael, porque el Señor escuchó tu aflicción. Será como onagro humano;
levantará su mano contra todos y todos las manos contra él, y acampará frente a
todos sus hermanos. Ella llamó al Señor que le había hablado: “Tú eres El-Roy”.
Porque se dijo: “¿Verdaderamente, he visto yo aquí al que me ve? Por eso se le
llama el pozo que está entre Cadés y Béred pozo de Lajay-Roy. Agar dio a Abrán
un hijo; y Abrán puso por nombre Ismael al hijo que dio a luz Agar. Tenía Abrán
ochenta y seis años cuando Agar dio a luz a Ismael para Abrán” (Gn 16,1-16)
“El Señor cambió el nombre de Abrán por Abrahán, padre
de multitud de pueblos (Gn 17,5) y el nombre de Saray por Sara (Gn 17,15). El
Señor visitó a Sara como había dicho, y le concedió lo que le había prometido.
Sara concibió y dio un hijo a Abrahán en su vejez, en el plazo que Dios le
había fijado. Abrahán puso por nombre Isaac al hijo que le había nacido, el que
le había dado Sara. Y Abrahán circuncidó a su hijo Isaac cuando éste tenía ocho
días, tal como Dios le había ordenado. Abrahán tenía cien años cuando le nació
su hijo Isaac.” (Gn 21,1-5).
“El niño creció y dejaron de darle de mamar. Abrahán
dio un gran banquete el día que dejaron de dar de mamar a Isaac. Pero Sara vio
al hijo que Agar la egipcia había dado a Abrahán jugando con Isaac. Y dijo a
Abrahán: - Expulsa a esa esclava y a su hijo, pues no va a heredar el hijo de
esa esclava con mi hijo Isaac. A Abrahán le desagradó mucho la petición
respecto de su hijo. Pero Dios dijo a Abrahán: - No te desagrade lo del
muchacho. Haz que caso a Sara en todo lo que te dice, pues, por Isaac, una
estirpe llevará tu nombre; también al hijo de la esclava lo constituiré en un
gran pueblo, por ser descendencia tuya. Muy de mañana, Abrahán se levantó, tomo
pan y un odre de agua, y se lo dio a Agar; se los puso a la espalda con el niño
y la despidió. Ella se marchó y anduvo errante por el desierto de
Berseba…” (Gn 21,8-14)
“… Dios estaba con el niño, que creció, habitó en el
desierto y se convirtió en un buen arquero. Habitó en el desierto de Parán, y
su madre le buscó una esposa en el país de Egipto” (Gn 21, 20)
AGOSTO
Dalila seduce a Sansón. Después de esto, en el valle
de Sorec se enamoró de una mujer llamada Dalila. Se dirigieron a ella los
príncipes de los filisteos de los filisteos y le dijeron: - Sedúcelo y averigua
de dónde le viene su gran fuerza y cómo lo podríamos dominar y atarlo para
dejarlo inmóvil. Cada uno de nosotros te daremos cien mil monedas de plata.
Entonces Dalila dijo a Sansón: - Dime, por favor, de
dónde te viene tu gran fuerza y con qué habría que atarte para inmovilizarte.
Sansón le respondió: - Si me atan con siete nervios frescos, sin secar, me
debilitaré y seré como cualquier hombre. Los príncipes de los filisteos le
llevaron siete nervios frescos, sin secar. Dalila lo ató con ellos y le tendió
una emboscada en la habitación. Le dijo: - ¡Sansón, los filisteos viene sobre
ti! Pero él rompió los nervios con la facilidad con que se rompe un hilo de
estopa al calor del fuego; y no se descubrió el secreto de su fuerza.
Dalila dijo a Sansón: - Te has burlado de mi y me has
engañado. Así que haz el favor de decirme ahora con qué se te puede atar. Él
respondió: - Si me atan con cuerdas nuevas, que no se hayan usado para ningún
trabajo, me debilitaré y seré como cualquier hombre. Dalila tomó cuerdas
nuevas, lo ató con ellas y dijo: - ¡Sansón los filisteos viene sobre ti!
Mientras tanto, había tendido una emboscada en la habitación, pero él rompió
las cuerdas que ataban sus brazos como si fueran un hilo.
Dalila insistió a Sansón: - ¡Hasta cuando te vas a
burlar de mi y a engañarme? Dime con qué se te puede atar. Él le respondió: -
Si trenzas siete mechones de mi cabeza en un entramado, y lo fijas con una estaca,
me debilitaré y seré como cualquier hombre. Ella lo hizo dormir y trenzó siete
mechones de su cabeza en un entramado, lo fijó con una estaca, y le dijo: -
¡Sansón, los filisteos vienen sobre ti! Él despertó de su sueño y se llevó la
estaca del telar y el entramado. Dalila le dijo: - ¿Cómo dices que me amas si
tu corazón no está conmigo? Es la tercera vez que te burlas de mí y no me has
dicho de dónde viene tu fuerza.
Como todos los días lo presionaba con sus palabras y
lo importunaba, decayó su ánimo hasta la muerte y le contó todo lo que llevaba
en el corazón. Le dijo: - Nunca ha pasado una navaja por mi cabeza puesto que
soy nazareo de Dios desde el vientre de mi madre. Si se me rapara, mi fuerza se
apartaría de mí, me debilitaría y sería como todos los hombres. Dalila vio que
le había contado todo lo que llevaba en su corazón y mandó llamar a los
príncipes de los filisteos diciendo: - Venid que esta vez me ha contado todo lo
que llevaba en el corazón. Los príncipes de los filisteos se dirigieron hacia
ella levando la plata en sus manos. Ella lo hizo dormir sobre sus rodillas,
llamó a un hombre para que le cortara los siete mechones de su cabeza y comenzó
a dominarlo. Su fuerza se había apartado de él. Entonces dijo: - ¡Sansón, los
filisteos viene sobre ti! Mientras él se despertaba de su sueño se dijo: -
Saldré como en las ocasiones anteriores y me soltaré - pues no sabía que el
señor se había apartado de él.
En cuanto lo apresaron los filisteos le arrancaron lo
ojos, lo llevaron a Gaza, lo sujetaron con dos cadenas de bronce y lo pusieron
como molinero en la cárcel.
El cabello de su cabeza comenzó a salir de nuevo
después de que se lo cortaran (Jc 16,4-22)
AGOSTO
Jezabel la mujer de Nabot. Después de esto, sucedió lo
siguiente: Nabot, el yizreelita, tenía una viña en Yizreel, situada junto al
palacio de Ajab, rey de Samaria. Habló Ajab a Nabot proponiéndole: - Dame tu
viña para tenerla como huerto, pues está contigua a mi casa, y yo te daré a
cambio otra viña mejor o, si prefieres, te pagaré su precio en plata. Nabat
respondió a Ajab: - Que el Señor me libre de darte la heredad de mis padres.
Ajab volvió a su casa triste y enfadado por la
respuesta que le había dado Nabot el yizreelita, al decirle: “no te daré la
heredad de mis padres”. Se acostó en la cama, ocultó su rostro y no probó
alimento. Entones se acercó a él su mujer Jezabel y le preguntó: - ¿Qué pasa
que estás abatido y te niegas a comer pan? Le respondió: - Porque le he
propuesto a Nabot, el yizreelita: “Dame tu viña a cambio de plata, o si prefieres,
yo te daré otra viña a cambio”, y él ha contestado: “No te voy a entregar mi
viña”. Le replicó su esposa Jezabel: - Ahora tú tienes el reinado sobre Israel.
Levántate, come pan y alegra tu corazón. Yo te entregaré la viña de Nabot, el
yizreelita.
Ella escribió cartas en nombre de Ajab, las selló con
su sello y las envió a los ancianos y a los notables de la ciudad que vivían
cerca de Nabot. En las cartas escribió lo siguiente: “Proclamad ayuno y haced
sentar a Nanbot a la cabeza del pueblo. Haced sentar frente a él a dos hombres,
hijos de Belial, para que testimonien diciendo: “Has maldecido a Dios y al
rey”. Entonces sacadlo, apedreadlo, y que muera”.
Sus conciudadanos, los ancianos y los notables que
habitaban en su misma ciudad lo hicieron tal y como Jezabel les había mandado y
según estaba escrito en las cartas que les había enviado. Promulgaron un ayuno
e hicieron sentar a Nabot a la cabeza del pueblo. Llegaron los dos hombres,
hijos de Belial, se sentaron frente a él, y aquellos hijos de Belial
testimoniaron contra Nabot delante del pueblo diciendo: - Nabot ha maldecido a
Dios y al rey. Entones lo sacaron fuera de la ciudad, lo apedrearon y murió.
Enviaron a decir a Jezabel. – Nabot ha sido lapidado y muerto.
Cuando Jezabel se enteró de que Nabot había sido
lapidado y que había muerto, dijo a Ajab: - Levántate, aprópiate de la viña de
Nabot, el yizreelita,, la que él se negó a darte por dinero, pues Nabot ya no
vive, ha muerto. Al oír Ajab que había muerto Nabot, se levantó para bajar a la
viña de Nabot, el yizreelita, y apropiarse de ella.” (1 R 21,1-16)
“Ciertamente no hubo nadie como Ajab que se vendiera
para obrar el mal a los ojos del Señor pues fue inducido por su esposa Jezabel…
Cuando Ajab escuchó aquellas palabras rasgó sus vestiduras, se vistió de saco y
ayunó; dormía con el saco y andaba abatido. Entonces le llegó a Elías, el
tesbita, la palabra del Señor en estos términos: - ¿Has visto cómo se ha
humillado Ajab ante mí? Por haberse humillado ante mí, no traeré el mal en sus
días…” (1 R 21,25.27-29)
“El combate (contra el rey de Siria) arreció aquel
día. El rey … murió a la tarde. El rey murió y lo llevaron a Samaría donde lo
enterraron… El resto de los hechos de Ajab, y todo lo que realizó, el palacio
de marfil que construyó y todas las ciudades que edificó, ¿no está todo ello
escrito en el libro de las crónicas de los reyes de Israel? Ajab descansó con
sus padres y en su lugar reinó su hijo Ocozías” (1 R 22, 35.37.39-40).
AGOSTO
Herodías y Salomé. “En efecto, el propio herodes había
mandado apresar a Juan y le había encadenado en la cárcel a causa de Herodías,
la mujer de su hermano Filipo; porque se había casado con ella y Juan le decía
a Herodes: “No te es lícito tener a la mujer de tu hermano”. Herodías lo odiaba
y quería matarlo, pero no podía; porque Herodes tenía miedo de Juan, ya que se
daba cuenta de que era un hombre justo y santo. Y le protegía y al oírlo le
entraban muchas dudas; y le escuchaba con gusto.
Cuando llegó un
día propicio, en el que Herodes por su cumpleaños dio un banquete a sus
magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea, entró la hija de la
propia Herodías, bailó y gustó a Herodes y a los que con él estaban a la mesa.
Le dijo el rey a la muchacha: - Pídeme lo que quieras y te lo daré. Y le juró
varias veces: - Cualquier cosa que me pidas te daré, aunque sea la mitad de mi
reino.
Y, saliendo, le dijo a su madre: - ¿Qué le pido? – La
cabeza de Juan el Bautista - contestó ella. Y al instante, entrando deprisa
donde estaba el rey, le pidió: - Quiero que enseguida me des en una bandeja la
cabeza de Juan el Bautista.
El rey se entristeció, pero por el juramento y por los
comensales no quiso contrariarla. Y enseguida el rey envió a un verdugo con la
orden de traer su cabeza. Éste se marchó, lo decapitó en la cárcel y trajo su
cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha y la muchacha la entregó a su
madre. Cuando se enteraron sus discípulos vinieron, tomaron su cuerpo muerto y
lo pusieron en un sepulcro” (Mc 6,17-29)
En el Nuevo Testamento se habla de cuatro Herodes.
Jesús nació en tiempos de Herodes el Grande (Mt 2,1), que fue padre de Herodes
Antipas (Mt 14,1-12), abuelo de Herodes Agripa I, que mató al apóstol Santiago
y encarceló a san Pedro (Hech 12, 1-23), bisabuelo de Herodes Agripa II, que
interrogó a san Pablo en Cesarea (Hech 25,13-26.32); para evitar que fuera
asesinado en Jerusalén, el tribuno Claudio Lisias envió custodiado a Pablo al
Prefecto Felix, que estaba casado con Drusila, que era judía e hija de Herdodes
Agripa I y que lo interrogó en Cesarea; dos años después, Festo sucedió a Felix
y, cuando éste fue visitado por Agripa (Herodes Agripa II) y su esposa
Berenice, volvió a interrogar a Pablo; entonces fue cuando le dijo a Felix,
podría haber sido puesto en libertad si no hubiera apelado al César (Hech
26,32).
Herodes el Grande fue el que recibió a los Magos de
Oriente, el que ordenó matar a todos los niños que había en Belén y toda su
comarca y por el que la Sagrada Familia tuvo que huir a Egipto. Herodes
Antipas, gobernaba Galilea y de Perea, estaba casado con una hija del rey de
Arabia aunque vivía con Herodías que era la mujer de su hermano Filipo; fue el
que ordenó decapitar a Juan el Bautista. Cuando le dicen a Jesús que Herodes le
quería matar, dijo: “Id a decir a ese zorro: “Mira expulso demonios y realizo
curaciones hoy, mañana y al tercer día acabo…” (Lc 13,32). En el relato de la
Pasión, Pilato remitió a Jesús a Herodes que lo interrogó, aunque no tuvo
ninguna respuesta, y que lo devolvió a Pilato. “Herodes y Pilato se hicieron amigos
aquel día pues antes estaban enemistados entre sí” (Lc 23, 6-12)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano acompasa su vida espiritual a los tiempos
de la vida ordinaria en la convivencia familiar, en el trabajo, en la realidad
de cada día con las preocupaciones, la dedicación y el esfuerzo, los deseos y
las aspiraciones, los pequeños éxitos, las contrariedades, el momento feliz, la
sensación de vacío o de amargura. Y recuerda las frases evangélicas: “No os
preocupéis por el mañana porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada
día le basta su contrariedad” (Mt 6,34); y, también, desde luego: “Y sabed que
yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).
Días de iniciación de los cursos escolares y
universitarios. Algunos pueden considerar apropiado empezar como narran los
evangelios cómo empezó Jesús su vida pública. Después del bautismo de Jesús por
Juan el Bautista y de las tentaciones en el desierto, “entonces, por impulso
del espíritu volvió Jesús a Galilea y se extendió su fama por toda la región. Y
enseñaba en sus sinagogas y era horado por todos” (Lc 4,14). “Dejando Nazaret
se fue a vivir a Cafarnaún, ciudad marítima, … Desde entonces comenzó Jesús a
predicar y decir: “Convertíos porque está cerca el Reino de los Cielos” (Mt
4,13.17; cf. Mc 1,14 y 15). En ese tiempo se produjo la vocación de los
primeros discípulos: Simón y su hermano Andrés, Santiago y Juan, hijos de
Zebedeo, (Mt 4,18-22, Lc 5,1-11); Andrés llevó a Jesús a Felipe y éste llevó a
Jesús a Natanael (Jn 1,35-51), que algunos identificamos con Bartolomé. Parece
que es una buena forma de empezar un curso, de hacer propósitos, de llenar la
oración de peticiones.
Pero, para empezar, nada mejor que hacerlo de la mano
de nuestra Madre: “Al tercer día se celebraron unas bodas de Caná de Galilea, y
estaba allí la madre de Jesús. También fueron invitados a la boda Jesús y sus
discípulos. Y, como faltó vino, la madre de Jesús le dijo: - No tienen vino.
Jesús le respondió: - Mujer ¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi
hora. Dijo su madre a los sirvientes: - Haced lo que él os diga. Había allí
seis tinajas de piedra preparadas para las purificaciones de los judíos, cada
una con una capacidad de unas dos o tres metretas. Jesús les dijo: - Llenad de
agua las tinajas. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo: - Sacadlas
ahora y llevadlas al maestresala. Así lo hicieron. Cuando el maestresala probó
el agua convertida en vino sin saber de dónde procedía -aunque los sirvientes
que sacaron el agua lo sabían- y le dijo: - Todos sirven primero el mejor vino,
y cuando ya han bebido bien, el peor; tú, al contrario, has reservado el vino
bueno hasta ahora. Así en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de los signos
con el que manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él” (Jn 2,1-11).
Para meditar: María, la Madre de Jesús, la Madre de Dios es mi Madre; está
atenta a todo lo que necesito e intercede por mí ante Dios; y Dios no le niega
nada de lo que pide.
Tiempo de parábolas. “Les decía esta parábola: Un hombre
tenía una higuera plantada en su viña y fue a buscar en ella fruto y no lo
encontró. Entonces dijo al viñador: - Mira hace tres años que vengo a buscar
fruto en esta higuera sin encontrarlo; córtala, ¿para qué va a ocupar terreno
en balde? Pero él le respondió: -Señor, déjala también este año hasta que cave
a su alrededor y eche estiércol, por si produce fruto; si no la cortas” (Lc 13,
6-9). Dios bueno, espera un año más, como el curso que empieza. Y
ayúdanos.
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe que Dios es amor y que Dios le ama,
se interesa por él; el cristiano sabe que a Dios le importa, que Dios le ayuda
en todo y siempre. “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y
rico en misericordia. No dura siempre su querella, ni guarda rencor
perpetuamente. No nos trata según nuestros pecados, ni nos paga según nuestras
culpas… Como se apiada un padre de sus hijos, así el Señor tiene piedad de los
que le temen. Pues él conoce de qué estamos hechos, recuerda que somos polvo…
la misericordia del Señor perdura desde siempre y para siempre …” (salmo 103,
8-17). Danos, Señor, tu amor para que rebosemos amor en todos. Siguiendo a san
Buenaventura: como Dios, que es el Sumo Bien, es amor, puesto que “Bonum
diffusivum sui” hay que convenir en que “Amor diffusivum sui”: el amor se
difunde, se expande, rebosa del corazón y del alma y se derrama amando a los
otros.
“Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti” (san
Agustín, sermón 169) y, puesto que el propio Jesús pedía al Padre para los
suyos “No te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno”
(Jn 17,15), los cristiano sabemos que nuestra vida en este mundo es camino para
el cielo y que es en el mundo donde debemos ser, hacer y dar, con la ayuda de
Dios. “Ad cuius adventum omnes homines resurgere habent cum corporibus suiis et
reddituri sunt de factis propriis rationem” (Quicumque”: “A cuya venida todos
los hombres resurgirán con sus cuerpos y darán razón de sus hechos”). “A la
tarde te examinarán en el amor” (san Juan de la Cruz: “Dichos de amor y luz”).
Una parábola. “Un hombre noble marchó a una tierra
lejana a recibir la investidura real y volverse. Y llamó a diez siervos suyos,
les dio diez minas y les dijo: “Negociad hasta mi vuelta… Al volver recibida ya
la investidura real, mandó llamar ante sí a aquellos siervos a quienes había
dado el dinero para saber cuánto habían negociado. Vino el primero y dijo:
Señor, tu mina ha producido diez”. Y le dijo: “Muy bien, siervo bueno, porque
has sido fiel en lo poco, ten potestad sobre diez ciudades. Vino el segundo y
dijo: “Señor, tu mina ha producido cinco”. Le dijo a éste: “Tú ten también el
mando de cinco ciudades”. Vino el otro y dijo: “Señor, aquí está tu mina que he
tenido guardada en un pañuelo, pues tuve miedo de ti porque eres hombre severo,
recoges lo que no depositaste y cosechas lo que no sembraste”. Le dice: “Por
tus palabras te juzgo, siervo malo, ¿sabías que yo soy hombre severo que recojo
lo que no he depositado y cosecho lo que no he sembrado? ¿Por qué no pusiste mi
dinero en el banco? Así, al volver yo lo hubiera retirado con los intereses”. Y
les dijo a los presentes: “Quitadle la mina y dádsela al que tiene diez”.
Entonces le dijeron: “Señor, ya tiene diez minas”. Os digo: “A todo el que
tiene se le dará, pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará.” (Lc
19, 12-26). Fieles; en lo mucho o en lo poco. Se trata de procurar hacer bien
lo que en cada momento se debe hacer.
Por Dios y con Dios, emplear las cualidades que Él nos
ha dado: “Toma, Señor, mi libertad, mi memoria, mi entendimiento; toda mi
voluntad. Todo mi haber y mi poseer. Tú me lo diste, a Ti, Señor, lo torno.
Todo es tuyo. Dispón de mí, según tu voluntad. Dame tu amor y tu gracia. Eso me
basta”.
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano vive estos días de principio de curso, de
la llegada del otoño, de vendimia; animando al cuerpo y al espíritu ante las
nuevas tareas y con la esperanza de que todo vaya bien. Buen tiempo para
recordar la oración de san Claudio de la Colombière: “Dios mío estoy tan
persuadido de que velas sobre todos los que en Ti esperan y de que nada puede
faltar a quien de Ti espera todas las cosas, que he resuelto vivir en adelante
sin cuidado alguno descargando sobre Ti todas mis inquietudes. Yo dormiré en
paz y descansaré porque Tú, ¡oh Dios!, y solo Tú, has asegurado mi esperanza”.
Es como repetir lo que escribió san Pedro: “Descargad sobre él todas vuestras
preocupaciones, porque Él cuida de vosotros (1 P 5,7). Es como abrazarse a
Jesús y escucharle: “Bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de
que lo pidáis” (Mt 6,8). “Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso
estáis necesitados” (Mt 6,32).
Tiempo de ponerse en marcha, de hacer lo que hay que
hacer y de dar fruto. “Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo
sarmiento que en mí no da fruto lo corta y todo el que da fruto lo poda para
que dé más fruto… Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no
permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la
vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho
fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. En esto es glorificado mi Padre, en
que deis mucho fruto y seáis discípulos míos… “No me habéis elegido vosotros,
sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis
fruto y vuestro fruto permanezca…” (Jn 15, 1-2, 4-5, 16-17). “Ut eatis et
fructum afferatis, et fructus vester maneat…”; así, en latín, qué buena frase
para animarse, para meditar, dar gracias.
“El reino de los Cielos es como un hombre, dueño de
una propiedad que salió al amanecer a contratar obreros para su viña. Después
de haber convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.
Salió también hacia la hora tercia y vio a otros que estaban en la plaza
parados, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea
justo”. Ellos marcharon. De nuevo salió hacia la hora sexta y de nona e hizo lo
mismo. Hacia la hora undécima volvió a salir y todavía encontró a otros
parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis ociosos aquí todo el día?”. Le
contestaron: “Porque nadie nos ha contratado”. Les dijo: “Id también vosotros a
mi viña”. A la caída de la tarde le dijo el amo de la viña a su administrador:
“Llama a los obreros y dales el jornal, empezando por los últimos hasta llegar
a los primeros”. Vinieron los de la hora undécima y recibieron un denario cada
uno. Y cuando llegaron los primeros pensaron que cobrarían más, pero también
ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, se pusieron a murmurar
contra el dueño: “A estos últimos que han trabajado solo una hora los has hecho
iguales a nosotros que hemos soportado el peso del día y del calor”. Él le
respondió a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no
conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último
lo mismo que a ti. ¿No puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a
ver con malos ojos que yo sea bueno?” (Mt 20,1-15). ¡Ánimo!, aunque seamos de
la hora undécima. Él nos espera.
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe que su vida en este mundo es un
tránsito para la que empieza y no acaba. Sabe que esta vida es un anticipo de
la que le espera que es su continuación sin fin. Un anticipo porque el
cristiano vive participando del amor de Dios, auxiliado por la intercesión de
la virgen Santísima que es Madre de Dios y Madre nuestra, socorrido y acogido
en la Comunión de los Santos que hacen lo que pueden porque se santo es amar y
llevado de la mano por el ángel que Dios designó para su guarda. Como cuando se
aprende a nadar o a montar en bicicleta, rodeado por los brazos abiertos de
todos los que le quieren, el niño se suelta y bracea o pedalea animado por el
impulso de tanto amor.
“El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a
servir” (Mt 20,28), es la frase de Jesús; “He aquí la esclava del Señor” (Lc
1,38), fue la respuesta de nuestra Madre ante el anuncio de que iba a ser la
Madre de Dios. Los cristianos sabemos que cristianismo es amar y que servir es
una manifestación esencial del amor en el mundo, en cualquier estado, en
cualquier condición, en cualquier circunstancia. “Para servir, servir” (“Es
Cristo que pasa” 50). Servir quiere decir esforzarse en hacer bien lo que se
debe hacer; servir quiere decir procurar capacitarse cada uno para poder servir
con utilidad a todo el que lo necesite, para ayudar a quien vemos que no puede,
para animar al desanimado, para levantar al caído. Y servir es hacer todo por
Dios, porque la vida es servicio, sin esperar nada, porque sabemos que ya lo
tenemos todo: “No me tienes que dar porque Te quiera, pues, aunque lo espero no
esperara, lo mismo que te quiero te quisiera” (“A Jesús Crucificado”) . Y, al
servir, en el servir, no hay que desanimarse porque “Electi Dei non laborabunt
frustra”, “los elegidos de Dios no trabajan en vano” (Is 65,23).
Una parábola. “¿Quién es, pues, el administrador fiel
y prudente a quien el amo pondrá al frente de la casa para dar la ración
adecuada a la hora debida? Dichoso aquel siervo a quien su amo cuando vuelva
encuentre obrando así. En verdad os digo que le pondrá la frente de toda su
hacienda. Pero si ese siervo dijera en sus adentros: “Mi amo tarda en venir”, y
comenzase a golpear a los criados y criados, a comer, a beber y a
emborracharse, llegará el amo de aquel siervo el día menos pensado, a una hora
imprevista, lo castigará duramente y le dará el pago de los que no son fieles.
El siervo que conociendo la voluntad de su amo, no fue previsor ni actuó
conforme a la voluntad de aquél, recibirá muchos azotes; en cambio el que sin
saberlo hizo algo digno de castigo, recibirá pocos azotes. A todo aquel al que
se le ha dado, mucho se le exigirá, y al que le encomendaron mucho, mucho le
pedirán” (Lc 12,42-47). Para meditar: ¿procuro ser el siervo fiel y prudente
que hace la voluntad del señor? ¿o me merezco el pago de los que no son fieles?
Se me ha dado mucho, se me ha encomendado mucho… Sale espontánea del corazón la
frase “Servi inutiles sumus, quod debuimos facere, fecimos”: somos siervos
inútiles, lo que debemos hacer lo hacemos (Lc 17,10).
Pero también llegan desde la memoria las palabras de
Jesús: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor,
en cambio os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he
hecho conocer” (Jn 15,15)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe que la santidad se vive, se hace
vida, en las tareas ordinarias, en las relaciones habituales, en las
aspiraciones de progreso y en todas y cualquiera de las circunstancias de la
vida. “Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, están
maravillosamente llamados y preparados para producir siempre los frutos más
abundantes del Espíritu. En efecto, todas sus obras, oraciones, tareas
apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso
espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de
la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios
espirituales agradables a Dios por Jesucristo (cf. 1 P 2,5) …” (CIC nº 901). “…
Soportando el peso del trabajo, en unión con Jesús, el carpintero de Nazaret y
el crucificado del Calvario, el hombre colabora en cierta manera con el Hijo de
Dios en su obra redentora. Se muestra como discípulo de Cristo llevando la Cruz
de cada día en la actividad que está llamado a realizar. El trabajo puede ser
un medio de santificación y de animación de realidades terrenas en el espíritu
de Cristo” (CIC nº 2427).
Conviene quedarse en la memoria y en el corazón con
palabras del Evangelio que quizá se leyeron apresuradamente: “Mi Padre no deja
de trabajar, y yo también trabajo”. Y, así, unirlas a otros pasajes: “Terminó
Dios en el día séptimo la obra que había hecho y descansó en el día séptimo de
toda la obra que había hecho” (Gn 2,2). “El Señor tomó al hombre y lo colocó en
el jardín de Edén para que lo trabajara…” (Gn 2,15). Esa colaboración del
hombre en la creación de Dios se debería ver reflejada en la finalidad de esa
llamada de Dios: “ut operaretur”. La palabra latina “opus” se refiere a la
obra, el resultado de una tarea personal que así se identifican: la obra señala
a su autor; el autor se ve realizado en su obra. El contrato “locatio conductio
operis” (la ejecución de obra) se refería a un contrato con un artista para
realizar un encargo particular y porque se quería que constara quién era el
autor; a diferencia de la “locatio conductio operarum” de resultado genérico,
en serie, no individualizable. “Todo lo hizo bien” se dijo de Jesús y el
cristiano sabe que “al hacer lo que debe hacer”, debe añadir que ha de procurar
hacerlo bien. “Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar a
los demás con el trabajo” (san Josemaría, “Conversaciones”, 10), es la forma en
que se manifiesta el trabajo del cristiano que trabaja en presencia de Dios.
Sobre hacer bien lo que se debe hacer, porque se
trabaja en Dios y con Dios, se puede traer una referencia evangélica: “Todo el
que oye estas palabras y las pone en práctica es como un hombre prudente que
edificó su caso sobre roca; cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los
vientos: irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba
cimentada sobre roca. Pero todo el que oye estas palabras más y no las pone en
práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena; y cayó la
lluvia y legaron las riadas y soplaron los vientos: se precipitaron contra
aquella casa, y se derrumbó y fue tremenda su ruina” (Mt 7,24-27). “De que tú y
yo nos portemos como Dios quiere -no lo olvides- dependen muchas cosas grandes”
(“Camino”; 755)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe que no está solo ni siquiera cuando
está en soledad: Dios está con él. Dios sabe lo que le preocupa, conoce sus
aspiraciones y deseos, le anima, le consuela: Señor, Tú me sondeas y me
conoces. Me conoces cuando me acuesto y me levanto; de lejos penetras mis pensamientos,
distingues mi camino y mi descanso” (salmo 139). El cristiano sabe que puede
hablar cuando quiera con Dios. Eso es la oración. Orar es elevar el corazón a
Dios, adorarlo, darle gracias y pedirle, decía un antiguo Catecismo.
En el Evangelio el cristiano encuentra modelos a
imitar, consejos y guías de oración. “Cuando oréis, no seáis como los
hipócritas, que son amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las
esquinas de las plazas, para exhibirse delante de los hombres; en verdad os digo
que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar,
entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo
oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. Y al orar no empleéis
muchas palabras como los gentiles, que piensan que por su locuacidad van a ser
escuchados. Así pues no seáis como ellos, porque bien sabe vuestro Padre de qué
tenéis necesidad antes de que se lo pidáis. Vosotros, en cambio, orad así:
“Padre nuestro que están en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu
Reino; hágase tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra; danos hoy
nuestro pan cotidiano; y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros
perdonamos a nuestros deudores; y no nos pongas en tentación, sino libranos del
Malo” (Mt 6,5-13). “De madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se
fue a un lugar solitario, y allí hacía oración” (Mc 1,35). “En aquellos días
salió al monte a orar y pasó toda la noche en oración” (Lc 6,12).
Una parábola: “Dos hombres subieron al Templo a orar:
uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, quedándose en pie, oraba para
sus adentros: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres,
ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por
semana, pago el diezmo de todo lo que poseo. Pero el publicano, quedándose
lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se
golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador.
Os digo que éste bajó justificado a su casa y aquél no. Porque todo el que se
ensalza, será humillado y todo el que humilla será ensalzado” (Lc
18,10-14)
En las cartas apostólicas también se encuentran
recomendaciones: “Alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación, constantes
en la oración” (Rm 12,12“Orad sin cesar” (1 Tes 5,17); “Está triste alguno de
vosotros? Que rece” (St 5,13); “Descargad sobre Él todas vuestras
preocupaciones, porque Él cuida de vosotros” (1 P 5,7).
“No es otra cosa la oración mental, a mi parecer, sino
tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que
nos ama” (santa Teresa de Jesús, “Vida” 8,5). “Me has escrito: “Orar es hablar
con Dios. Pero ¿de qué?” – ¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y
fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!; y
hacimientos de gracias y peticiones; y Amor y desagravio. En dos palabras:
conocerlo y conocerte: “tratarlo” (san Josemaría, “Camino” 91)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe que es hijo de Dios, que ha sido
creado por Dios y que existe por Dios. Ese regalo divino lleva a dar gracias
sin descanso y sin cansancio. Y a que el corazón no pare de latir agradecido:
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido
en Cristo con toda bendición espiritual en los cielos, ya que en él nos eligió
antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su
presencia por el amor; nos predestino a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo
conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza y gloria de su gracia con
la cual nos hizo gratos en el Amado; en quien, mediante su sangre, tenemos la
redención, el perdón de los pecados, según las riquezas de su gracia, que
derramó sobre nosotros sobreabundantemente con toda sabiduría y prudencia.” (Ef
1,3-9).
Bendecir y dar gracias, de continuo, sin parar:
“Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran
misericordia nos ha engendrado de nuevo -mediante la resurrección de Jesucristo
de entre los muertos- a una esperanza viva, a una herencia incorruptible,
inmaculada y que no se marchita, reservada en los cielos para vosotros, que,
por el poder de Dios estáis custodiados mediante la fe hasta alcanzar la
salvación preparada ya para ser manifestada en el tiempo último” (1 P 1,3-5).
“Por nada os inquietéis, sino que, en todo tiempo, en la oración y en la
plegaria, sean presentadas a Dios vuestras peticiones acompañadas de acción de
gracias” (Flp 4,6). “Orad sin cesar. Dad en todo gracias a Dios, porque tal es
su voluntad en Cristo Jesús respecto de vosotros” (1 Tes 5,17). “Y todo cuanto
hacéis de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando
gracias a Dios Padre por Él” (Col 3,17)
Una parábola: “¿Qué os parece? Si a un hombre que
tiene cien ovejas se le pierde una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueve en
el monte y saldrá a buscar la que se le había perdido? Y si llega a
encontrarla, os aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y
nueve que no se habían perdido.” (Mt 18,12-13). Cómo no dar gracias, sin parar,
ante tanta misericordia: si nos perdemos, Dios, nos busca y se alegra al
vernos.
Y, aun así, nos olvidamos de Dios que nos ama: “Le
salieron al paso diez leprosos, que se detuvieron a distancia y le dijeron
gritando: - ¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros! Al verlos, les dijo: - Id
y presentaos a los sacerdotes. Y mientras iban quedaron limpios. Uno de ellos,
al verse curado, se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a
sus pies dándole las gracias. Y éste era samaritano. Ante lo cual dijo Jesús: -
¿No son diez los que han quedado limpios? Los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha
habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero? Y le dijo: -
Levántate y vete; tu fe te ha salvado” (Lc 17,11-19)
Acostúmbrate a elevar a Dios, en acción de gracias,
muchas veces al día. – Porque te da esto y lo otro- Porque te han despreciado.
-Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes. Porque hizo tan hermosa
a su Madre, que es también la tuya. – Porque creó el sol y la Luna, y aquel
animal y aquella otra planta. Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti
premioso… Dale gracias por todo, porque todo es bueno (“Camino” 268)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe que cristianismo es amar. Dios es
amor (1 Jn 4,8 y 16). El cristiano sabe que nada nos apartará del amor de Dios:
“Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su
propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él
todas las cosas? ¿Quién presentará acusación contra los elegidos de Dios?
¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Cristo Jesús, el que murió, más
aún, el que fue resucitado, el que además está a la derecha de Dios, el que
está intercediendo por nosotros? ¿Quién los apartará del amor de Cristo? ¿La
tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el
peligro, o la espada? ... Pero en todas estas cosas venceremos con creces
gracias a aquél que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte ni la
vida, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes,
ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni
cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo
Jesús, Señor nuestro (Rm 8, 31 a 35 y 36 a 39).
“Los fariseos, al oír que había hecho callar a los
saduceos, se pusieron de acuerdo y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó
para tentarle: - Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Él
respondió: - Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y
con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es como
éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,34-39). Los grados del amor
al prójimo se nos enseñan progresivos: “como a nosotros mismos”, “como yo os he
amado” (Jn 15,12) ¡Amar como Dios ama! “Esto os mando: que os améis los unos a
los otros” (Jn 15,17). Y, así, el cristiano descubre que el prójimo, el
próximo, no es el otro, sino que “debe ser él”, tú, yo, porque es el cristiano
el que se debe aproximar al que lo necesita, para junto a él y con él; darse
porque amar es darse por entero y sin condiciones.
Una parábola. Pero, queriéndose justificarse, preguntó
el doctor de la ley a Jesús: “- ¿Y quién es mi prójimo? Entonces Jesús tomando
la palabra, dijo: - Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de
unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y
se marcharon, dejándolo medio muerto. Bajaba casualmente por el mismo camino un
sacerdote y, al verlo, pasó de largo. Igualmente, un levita llegó cerca de
aquel lugar y, al verlo, también pasó de largo. Pero un samaritano que iba de
viaje se llegó hasta él y, al verlo, se llenó de compasión. Se acercó y le
vendó las heridas echando en ellas aceite y vino. Lo montó en su propia
cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. Al día siguiente,
sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que
gastes de más te lo daré a mi vuelta”. ¿Cuál de estos tres te parece que fue el
prójimo del que cayó en manos de los salteadores? Él le dijo: - El que tuvo
misericordia con él. – Pues anda -le dijo Jesús- y haz tu lo mismo” (Lc 10, 29-37). ¿Quién es
mi prójimo? ¿Quién el prójimo del que fue robado, herido y abandonado medio
muerto? El buen samaritano es el prójimo. El prójimo, el próximo, es el que ve
al necesitado y se aproxima y hace que el lejano sea próximo, sea su prójimo,
como se suele entender, sin pensar en el proceso de amor.
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano vive la Comunión de los Santos con la
alegría de saberse acompañado, ayudado, aconsejado y protegido por miles de
millones de personas buenas que, desde el cielo o desde el purgatorio, siguen
derramando el amor de Dios, que es amor, a todos los que, en esta vida, quieren
avanzar con acierto por el camino que se hace cada día. Precisamente en lo
ordinario de cada jornada, en las tareas corrientes, en las alegrías y en las
penas, el cristiano descubre “el valor divino de lo humano” y su corazón late
con el doble movimiento que lo anima: “de lo humano a lo divino”. Como escribe
san Josemaría: “De lejos -allá, en el horizonte- parece que el cielo se junta
con la tierra. No olvides que donde de veras la tierra y el cielo se juntan, es
en tu corazón de hijo de Dios” (Surco 309)
Una parábola: “Y decía: - El Reino de Dios viene a ser
como un hombre que echa la semilla sobre a tierra, y, duerma o vele noche y
día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo. Porque la tierra produce
fruto ella sola: primero hierba, después espiga y por fin trigo maduro en la
espiga. Y en cuanto está a punto el fruto, enseguida mete la hoz, porque ha
llegado la siega” (Mc 4,26-29). Es el mejor elogio a la vida sencilla de todos
y de cada uno. De la vida que transcurre sin que dependa de nosotros que llegue
el día o la noche ni las estaciones ni los años, sino que nos acomodamos a la
novedad de cada nuevo instante. El cristiano lo sabe bien: “No os preocupéis
por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le
basta su contrariedad” (Mt 6,34). Y también: “Bien sabe vuestro Padre de qué
tenéis necesidad antes de que se lo pidáis” (Mt 6,8). Y, en esa confianza en el
amor del Amor, que el cristiano vive en la confianza de que ese amor es para
derramar en todos, para tener un “traslado feliz: “Dad y se os dará; echarán en
vuestro regazo una buena medida, colmada, rebosante: porque con la medida con
que midáis se os medirá” (Lc 6,38)
Amar, sin juzgar, sin excusa. Como dice san Bernardo:
“Líbrate únicamente de ocuparte en vidas ajenas, como juez temerario o como
espía curioso. Aunque sorprendas a alguien en la mayor atrocidad, no juzgues a
tu prójimo, más bien excúsalo. Si no puedes escusar su acción, excusa su
intención: piensa que ha sido por ignorancia, por sorpresa o por debilidad.
Cuando la certeza haga imposible toda excusa, amonéstate a ti mismo y haz esta
reflexión: “Ha sido una tentación muy fuerte ¿Cómo habría hecho yo, si hubiese
sido tan violenta conmigo” (sermón 40)
Cristianismo es amar. Es el mandamiento nuevo: “Que os
améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto
conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros” (Jn
13,34-35). Y amar es vivir la caridad: “La caridad es paciente, la caridad es
amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no
busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la
injusticia, se complace en la verdad, todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo
espera, todo lo soporta” (1 Co 13,4-7). “… Me di sin tender la mano / para
cobrar el favor, / me di en salud y en dolor / a todos, y de tal suerte / que
me ha encontrado la muerte / sin nada más que el amor” (Oficio de lecturas del
Común de los Santos)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano sabe que vivir es caminar hacia el cielo,
que no está solo en el camino porque Dios, los santos y los ángeles están con
él y que cuando cruce la cinta de la meta se encontrará en los brazos del Padre
que sale cada día para ver si vuelve y que, al verlo venir, aún lejos, corrió
para estrecharlo en su pecho. Jesús nos lo ha dicho: “En la casa de mi Padre
hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un
lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y
os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros …
Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí…” (Jn 14, 2-3 y 11). Y también:
“Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y
haremos morada en él” (Jn 14,23). Y más: “Padre quiero que donde yo estoy
también estén conmigo los que tu me has confiado, para que vean mi gloria, la
que ma has dado porque me amaste antes de la creación del mundo” (Jn 17,24)
Para el cristiano, la muerte lleva el cielo. Y del
cielo se dice que “no ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre
las cosas que preparó Dios para los que le aman” (1 Co 2,9). Y también: “Esta
es la morada de Dios con los hombres: habitará con ellos y ellos serán su
pueblo y Dios habitando realmente en medio de ellos será su Dios. Y enjugará
toda lágrima de sus ojos y no habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor,
porque todo lo anterior pasó” (Ap 21, 3-4). Y es que: “Somos ciudadanos del
cielo, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo, el cual
transformará nuestro cuerpo vil en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud
del poder que tiene para someter a su dominio todas las cosas” (Flp 3, 20-21).
“Y les propuso una parábola diciendo: - Las tierras de
cierto hombre rico dieron mucho fruto. Y se puso a pensar para sus adentros:
“¿Qué puedo hacer ya que no tengo donde guardar mi cosecha? Y se dijo: “Esto
haré: voy a destruir mis graneros y construiré otros mayores y allí guardaré
todo mi trigo y mis bienes. Entonces le diré a mi alma: “Alma, ya tienes muchos
bienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, pásalo bien”. Pero
Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche te van a reclamar el alma; lo que
has preparado ¿para quién será?” Así ocurre con el que atesora para sí y no es
rico ante Dios” (Lc 12,16-21). Para meditar: hubo una gran cosecha, ¿cómo no
dar gracias a Dios?; las tierras dieron mucho fruto que durará para muchos
años, ¿cómo no procurar su conservación? No se trata de no celebrarlo, sino de
hacer partícipes a los que lo necesitan. Incluidos los enemigos: “Si tu enemigo
tuviese hambre, dale de comer; si tuviese sed, dale de beber; la hacer esto
amontonarás ascuas de fuego sobre su cabeza. No te dejes de vencer el mal; al
contrario, vence al mal con el bien” (Rm 12,20-21). Esa es la forma de hacerse
rico ante Dios.
“Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos.
Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca.
No os preocupéis por nada; al contrario, en toda oración y súplica presentad a
Dios vuestras peticiones con acción de gracias. Y la paz de Dios que supera
todo entendimiento custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en
Cristo Jesús” (Flp 4,4-8)
TIEMPO ORDINARIO
El cristiano inicia y acaba la jornada, cada día,
dando gracias y haciendo el propósito de seguir a Cristo y alcanzarle cuando se
vea en peligro o cuando note que el cansancio le obliga a pararse o a desviarse
del camino y, desde luego, de pedirle que vuelva a ayudarle cuando se haya
caído. El camino de cada día es fatigoso de andar por las pendientes, por
escabroso, por lo inesperado, por la rutina y el cristiano recuerda las
palabras de Jesús: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí
mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga” (Lc 9,23). Y también: “Entrad
por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce
a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué angosta es la puerta
y qué estrecho el camino que conduce a la vida y qué pocos son los que la
encuentran! (Mt 7,13-14)
La canción para el camino se compuso con las
bienaventuranzas: bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el
Reino de los Cielos; los que lloran, porque serán consolados; los mansos,
porque heredarán la tierra; los que tienen hambre y sed de justicia porque
quedarán saciados; los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia; los
limpios de corazón porque ellos verán a Dios; los pacíficos porque serán
llamados hijos de Dios; los que padecen persecución por causa de la justicia
porque suyo es el Reino de los Cielos; bienaventurados cuando os injurien, os
persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad, por mi causa.
Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en el cielo” (v. Mt
5, 3-12)
El camino del cristiano se hace en compañía y una
buena relación parece que acorta la senda, que la hace más llana: “No juzguéis
para no ser juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis se os juzgará, y
con la medida que midáis se os medirá” (Mt 7.1-2). “Todo lo que queráis que
hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos” (Mt 7,12).
El caminante hacia el cielo relee a menudo la carta del apóstol: “Están claras
las obras de la carne: la fornicación, la impureza, la lujuria, la idolatría,
la hechicería, las enemistades, los pleitos, los celos, las iras, las tiñas,
las discusiones, las divisiones, las envidias, las embriagueces, las orgías y
cosas semejantes. En cambio, los frutos del Espíritu son: la caridad, la
benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre, la continencia… Los que son de
Jesucristo han crucificado su carne con sus pasiones y sus concupiscencias. Si
vivimos por el Espíritu caminaremos también según el Espíritu” (Ga 5,19-25)
El caminante cristiano sabe el final del camino. Como
dice la parábola: “El Reino de los cielos es como una red barredera que se echa
en el mar y recoge toda clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la
orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera.
Así será al fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre
los justos y los arrojarán al horno de fuego” (Mt 13, 47.50). Dios nos espera:
la muerte es vida. “Porque para mí el vivir es Cristo, y morir una ganancia” (Flp
1,21). “Ven muerte tan escondida que no te sienta venir, porque el placer de
morir no me torne a dar la vida” (Comendador Escrivá, santa Teresa de Jesús,
Lope de Vega, Cervantes).
JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO
Jesucristo, Rey del Universo. El cristiano sabe que su
vida es un caminar hacia el cielo y que al llegar a ese destino eterno será
plenamente feliz con Dios, con los ángeles y los santos, “para siempre”. El
cristiano mientras camina no puede olvidar lo que quizá le llamó la atención en
la lectura del Evangelio: el reino de los cielos está cerca (Lc 10,9); el reino
de los cielos ya ha llegado (Mt 12,28); el reino de los cielos está entre
vosotros (Lc 17,21). Dios entre nosotros. Dios con nosotros. Sumidos en Dios,
llenos de Dios.
- “Mientras miraba en la visión nocturna vi venir en
las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se
presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y
lenguas lo respetarán. Su domino es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin”
(Dn 7,13-14)
- “Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de
entre los muertos, el príncipe de os reyes de la tierra. Aquel que nos amó, nos
ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y
hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de
los siglos. Amén. Mirad: Él viene en las nubes. Todo ojo lo verá; también los
que lo atravesaron. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa.
Sí. Amén. Dice el Señor: “Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el
que viene, el Todopoderoso” (Ap 1, 5-8)
- “En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: - “¿Eres tú
el rey de los judíos?” Jesús le contestó: - ¿Dices eso por tu cuenta o te lo
han dicho otros de mí?” Pilato replicó: - “¿Acaso soy yo judío?” Tu gente y los
sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?” Jesús le contestó: -
“Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia
habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es
de aquí” Pilato le dijo: - “Conque ¿tú eres rey?” Jesús le contestó: - Tú lo
dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser
testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn
18,33b-37)
- “En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a
Jesús, diciendo: - “A otros ha salvado, que se salve a sí mismo, si él es el
Mesías de Dios, el Elegido”. Se burlaban de él también los soldados,
ofreciéndole vinagre y diciendo: - “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a
ti mismo”. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: “Éste
es el rey de los judíos”. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba,
diciendo: - “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros” Pero el
otro lo increpaba: - ¿Ni siquiera temes a Dios, estando en el mismo suplicio? Y
lo nuestro es justo, porque recibidos el pago de lo que hicimos; en cambio,
éste no ha faltado en nada. Y decía: - “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a
tu reino” Jesús le respondió: - Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el
paraíso” (Lc 23,35-43)
Y una parábola: “El Reino de los Cielos es como un
tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo, un hombre, lo oculta y, en su
alegría, va y vende todo lo que tiene y compra el campo… Es como un comerciante
que busca perlas finas y cuando encuentra una de gran valor, va y vende todo
cuanto tiene y la compra” (Mt 13,44,46)
Julio Banacloche Pérez
(22.11.20)
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