sábado, 21 de noviembre de 2020

DE UN CRISTIANO
(2019-2020)

ADVIENTO

Adviento. Tiempo de preparación para la Navidad. Tiempo de propósitos para el año litúrgico que empieza, pero también tiempo de poner cimientos sólidos que sirvan de fundamento a esta nueva etapa de la vida. El Adviento es un tiempo fuerte de oración, de mortificación; pero, posiblemente, para muchos cristianos es un tiempo mariano, y lo aprovechan para seguir el último mes de embarazo de María, la Virgen que va a ser madre, Madre de Dios y Madre nuestra, de cada uno de nosotros. No son pocos los que en Adviento miran y rezan ante imágenes, o con estampas, de la Virgen embarazada, como la Expectación (Tuy) o de la Virgen con otras madres, todas con sus niños pequeñitos, como en el retablo con la Santa Parentela (museo de Copenhage).

En Adviento, el rezo del “Angelus” adquiere un sentido especial, en el que lo divino y lo humano se unen: “El ángel del Señor anunció a María y concibió por obra del Espíritu Santo” (en un instante, ya está; ya está aquí, entre nosotros, en el seno de la Virgen, el ser humano más divino). “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (una palabra; es el “fiat” que abre la vida terrena al Niño Dios, que empieza a tomar forma, a nutrirse, a tomar parecidos como los que van a nacer con sus madres). “Y el Verbo se hizo carne. Y habitó entre nosotros” (el Rey de Reyes, el Señor de los Señores se ha abajado; Dios, Creador, se ha hecho carne). La Virgen ya está de ocho meses. Con qué alegría, con cuanta confianza, se reza: “Santa María, Madre Dios, ruega por nosotros pecadores. Ahora y en la hora de nuestra muerte”. Madre, Madre de Dios.

En este tiempo anterior al parto vienen en tropel a la memoria y al corazón de los cristianos pasajes literarios que, antes, muchas veces, se han leído, se han meditado, sin el mismo sentido que ahora se encuentra en textos que vienen a cuento porque ellos se acomodan así en el alma, porque Dios lo quiere. Inevitable: “Sed necessarium est ad aeternam salutem, ut incarnationem quoque Domini nostril Iesu Christi fieliter credat” (Pero para alcanzar la salvación eterna es preciso también creer firmemente en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo, Símbolo “Quicumque”, 27). Es Dios engendrado de la misma substancia que el Padre antes del tiempo, y hombre engendrado de la substancia de su Madre Santísima en el tiempo (ibidem 29). Perfecto Dios y perfecto hombre: que subsiste con alma racional y carne humana. Aunque es Dios y hombre, no son dos Cristos, sino un solo Cristo. Uno, no por conversión de la divinidad en cuerpo, sino por asunción de la humanidad en Dios” (ibidem, 37-38)

Adviento. Tiempo de vivir con María, la Virgen, los mismos recuerdos que debió tener hace dos mil años y que eternamente revivirá ya en el cielo: la visita del arcángel Gabriel; su viaje desde Nazaret, en Galilea, al pueblo donde vivía su pariente Isabel, en la montaña de Judea y los meses allí hasta que llegó el parto de san Juan el Bautista; el regreso a Nazaret y los preparativos para cuando naciera Jesús, el Salvador, porque el embarazo avanzaba. Y las vecinas atendiendo a la joven María. Y san José trabajando y ayudando. Y ahora el viaje a Belén. También ése fue un tiempo de Adviento. Hay que hacer el camino con aquella caravana, acercarse en la oración. Ya estamos en marcha. 

ADVIENTO

Segunda semana de Adviento. Tiempo de esperanza. Tiempo de preparación. El cristiano recuerda parábolas de espera y procura vivir con la lección aprendida porque el amor del Amor le enseña y le urge a amar más y mejor. “Tened ceñidas vuestras cinturas y encendidas las lámparas y estad como quienes aguardan a su amo cuando vuelve de las nupcias, para abrirle al instante en cuanto venga y llame. Dichosos aquellos siervos a los que al volver su amo los encuentre vigilando. En verdad os digo que se ceñirá la cintura, les hará sentar a la mesa y acercándose les servirá. Y si viniese en la segunda vigilia o en la tercera, y los encontrase así, dichosos ellos… (Lc 12,35-38). “El heroísmo del trabajo está en “acabar” cada tarea” (“Surco”, 488)

Adviento. Tiempo de espera ejercitando la fidelidad y la prudencia: “¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el amo pondrá al frente de la casa para dar la ración adecuada a la hora debida? Dichoso aquel siervo a quien su amo cuando vuelva encuentre obrando así. En verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si ese administrador dijera en sus adentros: “Mi amo tarda en venir”, y comenzase a golpear a los criados y criadas, a comer, a beber y a emborracharse, llegará el amo de aquel siervo el día menos pensado, a una hora imprevista, le castigará duramente y le dará el pago de los que no son fieles” (Lc 12,42-46). Cristianismo es fidelidad, encuentro con Jesús, seguimiento de Jesús y fidelidad en todo, incluso y sobre todo, en los detalles, como hacen los enamorados Fieles en lo poco: “Muy bien, siervo bueno, porque has sido fiel en lo poco, ten potestad sobre diez ciudades” (Lc 19,17)

Adviento. Tiempo de disponibilidad a la llamada de Dios. “El Reino de los Cielos será como diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes, pero las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite; las prudentes, en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas. Como tardaba en venir el esposo, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Ya está aquí el esposo! ¡Salid a su encuentro! Entonces se levantaron todas aquellas vírgenes y aderezaron sus lámparas. Y las necias les dijeron a las prudentes: “Dadnos aceite del vuestro porque nuestras lámparas se apagan”. Pero las prudentes les respondieron: “Mejor es que vayáis a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para vosotras y nosotras”. Mientras fueron a comprarlo vino el esposo y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta…” (Mt 21,1-10). El cristiano está atento y medita las palabras: “les entró sueño a todas y se durmieron”, “las que estaban preparadas entraron con el esposo a las bodas”, “y se cerró la puerta”. Y los ojos se abren y el corazón está atento y el alma no descansa preparándose para recibir con ella al Niño que espera la Virgen María. ¡Es el Salvador!

“Virgen del Adviento, / esperanza nuestra, / de Jesús la aurora, / del cielo la puerta. / Madre de los hombres, / de la mar estrella, / llévanos a Cristo, / danos sus promesas. / Eres, Virgen Madre, / la de gracia llena, / del Señor la esclava, / del mundo la reina. / Alza nuestros ojos / hacia tu belleza, / guía nuestros pasos / a la vida eterna” (Himno de Laudes en Adviento).

ADVIENTO

Adviento. Tercer domingo. Domingo “Gaudete”, en cuya Antífona de Entrada se dice: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca (Gaudete in Domine Semper: iterum dico, gaudete. Dominus enim prope est). Es como un oasis espiritual a mitad de camino del Adviento en un tiempo en el que la meditación intensa, la mortificación frecuente, el desprendimiento como norma habitual, pueden atraer la tentación de lo contrario a lo que debe ser limpiar, ordenar, airear, iluminar, preparar el alma para celebrar como merece el misterio de la Encarnación, la fiesta alegre de la Navidad. En la misa, las lecturas del ciclo A, en el libro de Isaías, llevan a ese mismo alegre paisaje: “El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría…Volverán los rescatados del Señor, vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.” (Is 35.1-6a.10)

El cristiano rebusca en sus recuerdos pasajes que le llenen de alegría y confianza: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los cielos, / ya que él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia, por el amor; / nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza y gloria de su gracia, nos hizo gratos en el Amado / en quien, mediante su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, según la riqueza de su gracia, que derramó sobre nosotros sobreabundantemente con toda sabiduría y prudencia…” (Ef 1,3-8)

Y, pensando en el Niño Dios que va a nacer de la Virgen María, como si fuera un villancico, el cristiano trae de la memoria palabras referidas a la Sabiduría: “Cuando asentaba los cielos allí estaba yo, cuando fijaba un límite a la superficie del océano, cuando sujetaba las nubes en lo alto, cuando consolidaba las fuentes del océano, cuando ponía su límite al mar para que las aguas no lo traspasaran, cuando fiaba los cimientos de la tierra, yo estaba como artífice junto a Él, lo deleitaba día a día, jugando ante Él en todo momento, jugando con el orbe de la tierra, y me deleitaba con los hijos de Adán” (Prv 8, 27-31). Con recuerdos evangélicos: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba al principio junto a Dios. Todo se hizo por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho.” (Jn 1,1-3)

Alegría en el Adviento. Palabras de Jesús: “Ahora voy a Ti y digo estas cosas en el mundo, para que tengan alegría completa en sí mismos” (Jn 17,13). “Os volveré a ver y se os alegrará el corazón y nadie os quitará vuestra alegría (Jn 16,22). “Pedid y recibiréis para que vuestra alegría sea completa” (Jn 16,24). Encuentros con Jesús, ocasión de alegría: “Al ver al señor, los discípulos se alegraron” (Jn 20,20). Adviento, tiempo mariano: “Monstra te esse matrem, sumat per te precem qui pro nobis natus tulit esse tuus”: Muestra que eres Madre para que por ti acoja nuestra oración quien, nacido para nuestro bien, se hizo llevar en tu seno (del himno “Ave maris stella”, ss. VIII-IX)

ADVIENTO

Cuarta semana de Adviento. El cristiano sabe que todo empieza por un encuentro con Jesús: su mirada, su voz, son suficientes para que cambie nuestra vida. El principio no es el resultado de nuestro esfuerzo: Dios viene a buscarnos, Dios está cerca de nosotros, dentro de nosotros: "Porque tú estabas más dentro de mí que lo más íntimo de mí, y más alto que lo supremo de mi ser" -"interior intimo meo et superior summo meo"- (san Agustín, “Confesiones”, III, 6, 11). Dios nos llama: “Mira, estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo” (Ap. 3,20). Y nosotros podemos contestar: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti" (san Agustín, “Confesiones” I, 1, 1). Y nos decimos: “Dios que te hizo sin ti, no te salvará sin ti” (san Agustín, Sermón 169). Toda la vida del cristiano es comenzar y recomenzar. Y volver una y otra vez al principio, porque hemos escuchado su voz que nos ha dicho: “Pero tengo contra ti que has perdido la caridad que tenías al principio” (Ap. 2,4) y nos ha animado a seguir: “Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Ap. 2,10)

Adviento es tiempo de volver a empezar. De estar atento y de responder de inmediato, en cuanto oímos la voz de Dios: “Mientras caminaba junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés su hermano, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo: - Seguidme y os haré pescadores de hombres. Ellos, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes, y los llamó. Ellos al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron” (Mt 4,18-23). “Al marchar Jesús de allí, vio a un hombre sentado al telonio, que se llamaba Mateo, y le dijo: - Sígueme. Él se levantó y le siguió.” (Mt 9,9). “Cuando se acercaban a Jericó, un ciego estaba sentado al lado del camino mendigando. Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué era aquello. Le contestaron: - Es Jesús Nazareno, que pasa. Y gritó diciendo: - ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! Y los que iban delante le reprendían para que se estuviera callado. Pero él gritaba mucho más: - ¡Hijo de David, ten piedad de mí! Jesús, parándose, mandó que lo trajeran ante él. Y cuando se acercó, le preguntó: - ¿Qué quieres que te haga? – Señor, que vea -respondió él. Y Jesús le dijo: - Recobra la vista, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista y le seguía glorificando a Dios.” (Lc 19,1-10). El Adviento es tiempo de vigilancia y atención a Cristo que pasa a nuestro lado. Tiempo de seguir a Jesús.

En la última semana de Adviento que acoge la Navidad, el cristiano hace más frecuente y más íntima la cercanía a la Virgen que va a ser Madre de Dios y que es Madre nuestra. Los magos de Oriente ya venían camino de Belén (Mt 2, 1-5). Los pastores cuidaban del ganado sin saber que, pronto, acudirían presurosos a Belén “y encontrarían a María y a José y al niño reclinado en un pesebre” (Lc 2,16). Y la Virgen María, que lo guardaba todo en su corazón (Lc 2,19 y 51), viviendo el día de su maternidad divina, recordaría cómo empezó todo nueve meses antes: “- He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Y pedimos: Mater Pulchrae Dilectionis, filios tuos adiuva.

NAVIDAD

Navidad. Tiempo de amor y de paz. Tiempo de intimidad con la Sagrada Familia en Belén. Tiempo de caricias y confidencias con el Niño que es Dios hecho hombre.

“En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y cuando ello se encontraban allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento.” (Lc 2, 1-7)

“Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. De improviso un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor les rodeó de luz. Y se llenaron de un gran temor. El ángel les dijo: - No temáis. Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre. De pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo:  Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace.” (Lc 2,8-14)

“Cuando los ángeles les dejaron, marchándose hacia el cielo, los pastores se decían unos a otros: - Vayamos a Belén para ver esto que ha ocurrido y que el Señor nos ha manifestado. Y fueron presurosos y encontraron a María y a José y al niño reclinado en un pesebre. Al verlo, reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas sobre este niño. Y todos los que lo oyeron se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho. María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón. Y los pastores regresaron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído, según les fue dicho” (Lc 2,15-20)

- Del siglo V es el himno compuesto por Sedulio que ensalza las maravillas del nacimiento virginal de Cristo: “A solis ortus cardine / adusque terrae limitem / Christum canamus principem, natum Maria Virgine” : Desde la aurora naciente, hasta la puesta de sol, celebremos a Cristo, el Príncipe nacido de la Virgen María”. Y siguen otras estrofas como éstas: “La Doncella ha dado a luz al que anunció Gabriel, al mismo que Juan, aún en el seno materno, presintió que María llevaba consigo. / No rechaza el pesebre, ni dormir sobre unas pajas; tan sólo se conforma con un poco de leche, el mismo que, en su providencia, concede alimento a los pájaros. / Se alegra el coro de los Bienaventurados y los Ángeles cantan a Dios, cuando el Pastor, que hizo el universo, se manifiesta visible a los pastores”. Y acaba: “Iesu, tibi sit gloria, / qui natus es de Virgine, cum Patre et almo Spiritu, in sempiterna soecula. Amen” (Gloria a Ti, Jesús, que has nacido de la Virgen, y también al Padre y al Espíritu que da vida, por los siglos sin término. Amén”

Dios ha nacido. Se ha hecho hombre como niño. Todo es dulce amor y ternura: “No me hagas pucheritos, Niño querido. Que con sólo mirarme me has convencido”.

NAVIDAD

Navidad. La Epifanía del Señor. La fiesta de los “reyes magos”. El día en que todos queremos ser como niños: inquietos e ilusionados desde la noche antes, sorprendidos y admirados por la mañana, disfrutando felices; con regalos, pocos o muchos, los que esperábamos u otros, grandes o pequeños; compartiendo amor, alegrándonos con los demás porque ellos también están contentos o para que lo estén. Y sin olvidar que, desde el belén, en el portal, el Niño nos sonríe recostado en el pesebre, envuelto en pañales, acompañado de María y José que tampoco pierden detalle de la alegría que se desborda alrededor.

También hay penas y dolores ese día, también hay necesidad y preocupaciones: ¡Ningún día sin cruz! Pero el cristiano sabe que debe ser así: “A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6,34); “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga” (Lc 9,23); “No andéis preocupados diciendo ¿qué vamos a comer, que vamos a beber, con qué nos vamos a vestir? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo estáis necesitados” (Mt 6,32). “¿Quién de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez le da una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas ¿cuánto más vuestro Padre, que está en los cielos, dará cosas buenas a los que se lo pidan?” Lo entendía bien san Pablo cuando escribía: “Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios” (Rm 8,28). Nada podrá separarnos del amor de Dios (v. Rm 8,39)

- “Después de nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos Magos llegaron de Oriente a Jerusalén preguntando: - ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle. Al oír esto, el rey Herodes se inquietó y con él toda Jerusalén. Y, reuniendo a toso los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les interrogaba dónde había de nacer el Mesías. – En Belén de Judá – le dijeron- pues está escrito por medio del Profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel” Entonces, Herodes, llamando en secreto a los Magos, se informó cuidadosamente por ellos del tiempo en que había aparecido la estrella; y les envió a Belén, diciéndoles: - Id e informaos bien acerca del niño, y cuando lo encontréis, avisadme para que también yo vaya a adorarle. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en marcha. Y, entonces, la estrella que habían visto en el Oriente se colocó delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; luego, abrieron sus cofres, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Y, después de recibir en sueños aviso de no volver a herodes, regresaron a su país por otro camino” (Mt 2, 1-12)    

“Iban los Magos siguiendo la estrella que les guiaba por su camino; con la luz buscan la Luz y con sus dones confiesan a Dios”, escribió Sedulio en el siglo V (himno “A solis ortus cardine”). Nosotros ante el belén, cantamos al Niño y nos damos por entero a Él.

BAUTISMO DEL SEÑOR

Con la fiesta del Bautismo del Señor acaba la Navidad y empieza el Tiempo Ordinario en el que los cristianos viven hasta que llegue el tiempo de Cuaresma y que recuperarán después de la Pentecostés, este año al empezar el mes de junio. Y, así, hasta Adviento, ya en otoño. Todo el año con Dios, todos los tiempos caminando junto a Jesucristo.

En el rezo del rosario, el primero de los misterios Luminosos que añadió el papa san Juan Pablo II para considerar y rezar los jueves, se titula así: “El Bautismo del Señor” y se corresponde con el principio de la vida pública de Jesús después de los treinta años de vida ordinaria en Nazaret, desde que la Sagrada Familia regresó de Egipto (Mt 2,13-19), cuando san José consideró prudente que no fueran a Belén, en Judea, sino instalarse en aquel pueblo de la Galilea (Mt 2,21-23). Esos años de vida oculta, sin llamar la atención, como la familia de un artesano en un pequeño pueblo, con viajes todos los años a Jerusalén en fechas señaladas (Lc 2,41), sirven a los cristianos para llenar de sentido la vida corriente, las alegrías y las penas de cada día, cada jornada de trabajo y el descanso y la diversión en las fiestas, pensando en la vida de Jesús, que vivió como nosotros y que es modelo para nosotros. De aquellos días, de aquellas relaciones de convivencia en la vida de Jesús y de María y de José, en Nazaret, aprendemos cómo ser y cómo actuar: la comprensión, la disponibilidad, sonreír, saber escuchar, ayudar, pedir perdón y perdonar.

La contemplación del misterio del rosario lleva a meterse, como un personaje más, en la situación que se considera. Y, así, se recuerda y se vive el texto evangélico: “Al día siguiente estaban allí de nuevo Juan y dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo: - Éste es el Cordero de Dios. Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús. Se volvió Jesús y, viendo que lo seguían, ls preguntó: - ¿Qué buscáis? Ellos dijeron: - Rabbí – que significa “Maestro”-, ¿dónde vives? Les respondió: - Venid y veréis. Fueron y vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima” (Jn 1,35-40). El cristiano que ha ido siguiendo a los discípulos de Juan el Bautista repasa en su alma frases que le ayudan a trasladar a su vida ordinaria motivos para sentir la presencia de Dios, continua a nuestro lado: “fijándose en Jesús que pasaba”, nos invita a caer en la cuenta de que Jesús pasa junto a nosotros y si se lo pedimos, se queda y nos acompaña (Ap 3,20); “y se quedaron con él aquel día”, es el maravilloso regalo espiritual de descubrir que cada día puede ser “aquel día” en que podemos estar continuamente con Jesús, pidiéndole consejo, ofreciéndole nuestra ocupación, comentando con Él lo que nos pasa, lo que nos gustaría, pero no puede ser... Un día con Jesús, es trabajar, descansar, reír y también sufrir a su lado; y caer y levantarnos, sin duda, ayudados por su mano, por la fuerza de su brazo.

Lo que siente el alma del cristiano cuando vive “en el Evangelio” hace inevitable que le lleve a compartir, a llamar y a dar. Andrés era uno de que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Encontró a su hermano Simón y lo llevó a Jesús. Al día siguiente Jesús le dijo a Felipe que lo siguiera y Felipe encontró a Natanael y le dijo “Ven y verás” y le llevó a Jesús. Al verlo Jesús le dijo: “Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi” (Jn 1,40-48). A ti, a mí, también nos ve, nos ha visto, Jesús.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano aprovecha estas primeras semanas del Tiempo Ordinario antes de la Cuaresma para confirmarse en el amor de Dios y en el deseo de vivir siguiendo los pasos de Jesús y caminando en su compañía hasta llegar al cielo. Del alma brotan, sin necesidad de dedicar un tiempo a la búsqueda, las palabras del apóstol: “¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? … Pero en todas estas cosas vencemos con creces gracias a aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8, 35-39)

Y, ya entrados en lo íntimo del alma, es posible escuchar la poesía que expresa la razón del amor: “No me mueve, Señor, para quererte / el cielo que me tienes prometido; ni me mueve el infierno tan temido / para dejar por eso de ofenderte. / Tú me mueves, mi Dios, muéveme el verte / clavado en esa cruz, y escarnecido. / Muéveme el ver tu cuerpo, tan herido; / muévenme tus afrentas y tu muerte. / Muéveme en fin tu amor de tal manera / que si no hubiera cielo yo te amara / y si no hubiera infierno te temiera. / No me tienes que dar porque te quiera / pues, aunque lo que espero no esperara, / lo mismo que te quiero, te quisiera.”

Y, desde ahí, es inevitable y sencillo, reposar en la oración, lleno de Dios, sumido en Dios: “Toma, Señor, mi libertad; mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Todo mi haber y todo mi poseer. Tú me lo diste, Señor, a Ti lo torno. Todo es tuyo, dispón de mí según tu voluntad. Dame tu amor y tu gracia, que eso me basta”. Como escribía santa Teresa: “Nada te turbe, / nada te espante, / todo se pasa. / Dios no se muda; / la paciencia / todo lo alcanza; / quien a Dios tiene / nada le falta. / Sólo Dios basta”. Y, como cantamos en el salmo 22: “El Señor es mi pastor, nada me falta. / En verdes praderas me hace reposar, / me conduce a fuentes tranquilas / y conforta mi alma. / Me guía por caminos seguros / por el honor de su nombre. / Aunque camine por valles tenebrosos, / nada temo porque Tú vas conmigo; / tu vara y tu cayado me sosiegan. / Preparas una mesa ante mí / frente a mis adversarios. / Unges mi cabeza con perfume, / mi copa rebosa. / Tu bondad y tu misericordia me acompañan / todos los días de mi vida; / y habitaré en la casa del Señor por años sin término.”

Viviendo con normalidad, con naturalidad, el cristiano encuentra guías sencillas para el camino en las palabras de los santos: “ … Ayúdame, Señor, a tomarme tiempo para pensar; tomarme tiempo para rezar; tomarme tiempo para reír que es la fuente del poder, que es la música del alma; tomarme tiempo para trabajar; tomarme tiempo para dar; tomarme tiempo para ser amable; tomarme tiempo para amar que es el privilegio que nos da Dios, que es el camino hacia la felicidad” (santa Teresa de Calcuta)

El cristiano empieza y acaba todo y siempre con María: “Oh, Señora mía. Oh, Madre mía. Yo me entrego enteramente a ti. Y, en prueba de mi filial afecto, te consagro en este día mis ojos, mis oídos y mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Y ya que soy todo tuyo, Madre de bondad, guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya. Amén”. Y es que: “A Jesús, siempre, se va y “se vuelve” por María.” (Camino 495)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano que quiere seguir los pasos de Cristo busca y encuentra apoyos sólidos para dar sentido a la vida ordinaria de cada día, como camino hacia la eternidad feliz del cielo junto a Dios. Precisamente porque Dios nos pensó y nos amó desde antes de crear el tiempo, el cristiano sabe que “Existimos porque Él nos ama, porque Él nos ha pensado y nos ha llamado a la vida. Existimos en los pensamientos y en el amor de Dios. Existimos en toda nuestra realidad, son sólo en nuestra “sombra”. Nuestra serenidad, nuestra esperanza, nuestra paz se fundan precisamente en esto: en Dios, en su pensamiento y en su amor” (Benedicto XVI, homilía en la misa del día 15 de agosto de 2010)

El cristiano siente en Cristo su llamada a la vida eterna y supera inquietudes y dudas porque sabe que Dios lo ama íntegramente, en su realidad actual y en el entorno que ama. “No sobrevive sólo una “sombra” de nosotros mismos, sino que, en Él, en su amor creador, somos conservados e introducidos en la eternidad con toda nuestra vida, con todo nuestro ser. Es su amor lo que vence la muerte y nos da la eternidad, y es este amor lo que llamamos “cielo”: Dios es tan grande que tiene sitio también para nosotros. Y el “hombre Jesús”, que es al mismo tiempo Dios, es para nosotros garantía de que “ser-hombre” y “ser-Dios” pueden existir y vivir eternamente uno en el otro.” (op. cit.)

Y sigue la homilía: “Eso quiere decir que de cada uno de nosotros no seguirá existiendo sólo una parte que, por así decirlo, nos es arrancada, mientras las demás se corrompen; quiere decir, más bien, que Dios conoce y ama todo el hombre, lo que somos. Y Dios acoge en su eternidad lo que “ahora”, en nuestra vida, hecha de sufrimiento ya mor, de esperanza, de alegría y de tristeza, crece y se va transformando. Todo el hombre, toda su vida, es tomada por Dios y, purificada en Él, recibe la eternidad. Queridos amigos, yo creo que esta es una verdad que nos debe llenar de profunda alegría. El cristianismo no anuncia sólo una cierta salvación del alma en un impreciso más allá en el que todo lo que en este mundo nos fue precioso y querido nos sería borrado, sino que promete la vida eterna, “la vida del mundo futuro”: nada de lo que para nosotros es valioso y querido se corromperá, sino que encontrará plenitud en Dios…” (op. cit)

Y, un poco más adelante, siguen las palabras de Benedicto XVI: “… Se comprende, entonces, que el cristianismo dé una esperanza fuerte en un futuro luminoso y abra el camino hacia la realización de este futuro. Estamos llamados, precisamente como cristianos, a edificar este mundo nuevo, a trabajar para que se convierta un día en el “mundo de Dios”, un mundo que sobrepasará todo lo que nosotros mismos podríamos construir. En María, elevada al cielo, plenamente partícipe de la resurrección de su Hijo, contemplamos la realización de la criatura humana, según el “mundo de Dios.” (op.cit)

Esperanza al empezar el año. Esperanza en cualquier etapa de la vida de cada uno. Esperanza confiada porque “Yo sé de quién me he fiado” (2 Tm 12); porque: “Por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que se me dio no resultó inútil” (1 Co 10); y porque “los elegidos de Dios no trabajan inútilmente” (Is 65,23). Gracias a Dios.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive de esperanza. La esperanza no puede ser la hermana ignorada de las virtudes teologales. “Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios” y “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rm 8,28 y 31)

- “El Juicio de Dios es esperanza, tanto porque es justicia, como porque es gracia. Si fuera solamente gracia que convierte en irrelevante todo lo que es terrenal, Dios seguiría debiéndonos aún la respuesta a la pregunta sobre la justicia, una pregunta decisiva para nosotros ante la historia y ante Dios mismo. Si fuera pura justicia, podría ser al final sólo un motivo de temor para todos nosotros. La encarnación de Dios en Cristo ha unido uno con la otra -juicio y gracia- de tal modo que la justicia se establece con firmeza: todos nosotros esperamos nuestra salvación “con temor y con temblor” (Flp 2,12). No obstante, la gracia nos permite a todos esperar y encaminarnos llenos de confianza al encuentro con el Juez, que conocemos como nuestro “abogado”, “parakletos” (cf. 1 Jn 1,2)” (encíclica “Spes salvi”, 47)

- “El hombre tiene un valor tan grande para Dios que se hizo hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasíón de Jesús. Por eso en cada pena humana ha entrado uno que comparte el sufrir y el padecer; de ahí se difunde en cada sufrimiento la “con-solatio”, el consuelo del amor participado de Dios y así aparece la estrella de la esperanza” (“Spes salvi”, 39)

- “La idea de poder “ofrecer” las pequeñas dificultades cotidianas que nos aquejan una y otra vez como punzadas más o menos molestas, dándoles así un sentido, eran parte de una forma de devoción todavía muy difundida hasta no hace mucho tiempo, aunque hoy tal vez menos practicada… Estas personas estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que así entraban a formar parte de algún modo del tesoro de la compasión que necesita el género humano. De esta manera las pequeñas contrariedades diarias podrán encontrar también un sentido y contribuir a fomentar el bien y el amor entre los hombres.” (“Spes salvi”, 40)

- Ese inocente que sufre se ha convertido en esperanza-certeza: Dios existe, y Dios sabe crear la justicia de un modo que nosotros no somos capaces de concebir y que, sin embargo, podemos intuir en la fe. Sí, existe la resurrección de la carne. Existe una justicia. Existe la “revocación” del sufrimiento pasado, la reparación que restablece el derecho. Por eso la fe en el Juicio final es ante todo y sobre todo esperanza …” (“Spes salvi”, 43). “Por eso no desfallecemos; al contrario, aunque nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a día. Porque la tribulación de un instante se convierte para nosotros, incomparablemente, en una gloria eterna y consistente, ya que nosotros no ponemos nuestros ojos en as cosas visibles, sino en las invisibles; pues la visibles son pasajeras y, en cambio, las invisibles, eternas” (2 Co,16-18). “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo que, por su misericordia, nos ha engendrado de nuevo … a una esperanza viva, a una herencia incorruptible” (2 P 3).

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive como hijo de Dios y es consciente de su permanente cercanía. Estar en presencia de Dios es garantía de paz de ánimo y alegría de espíritu, cualesquiera que sean las circunstancias y situaciones por las que se pasa. El cristiano sabe que Dios nos ama, que conoce lo que necesitamos (Lc 12,30); que sabe de nuestras debilidades y defectos y así nos quiere: animándonos cuando no nos atrevemos; ayudándonos cuando no podemos y para que podamos; levantándonos en las caídas; consolándonos en el dolor, en la desgracia, en el fracaso. Para los que aman a Dios, todo coopera a su bien (Rm 8,30). Por eso podemos decir: “Yo sé de quién me he fiado” (2 Tm 1,12).

De la presencia y cercanía de Dios, trata el salmo 138: “Señor, Tú me sondeas y me conoces. Me conoces cuando me acuesto y me levanto. De lejos penetras mis pensamientos. Distingues mi camino y mi descanso. Todas mis sendas te son familiares. No ha llegado la palabra a mi boca y ya, Señor, te la sabes toda. Me abrazas detrás y delante, me cubres con la palma de tu mano. Tanto saber me sobrepasa. Es sublime y no lo abarco. ¿Dónde iré lejos de tu aliento? ¿Dónde escaparé de tu presencia? Si escalo el cielo, allí estás Tú. Si bajo al abismo, allí te encuentro. Si subo a las alas de la aurora, si emigro a los confines del mar, allí me coge tu izquierda, tu derecha me atrapa. Si digo que me cubran las tinieblas, ni las tinieblas son oscuras para Ti, la noche es clara como el día…” Diciendo a menudo el salmo, se acaba aprendiéndolo y surge de la memoria cuando más se necesita.

Nada se oculta a Dios: “Estaban allí sentados algunos de los escribas y pensaban en sus corazones: ¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios? Y enseguida, conociendo Jesús en su espíritu que pensaban de este modo, les dice: ¿por qué pensáis estas cosas en vuestros corazones?” (Mc 2,6-8, Lc 5,21-22). “Los escribas y los fariseos le observaban a ver si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle. Pero él conocía sus pensamientos…” (Lc 6,8). Y, también: “Les vino al pensamiento cuál de ellos sería el mayor. Pero Jesús, conociendo los pensamientos de sus corazones… “(Lc 9,46-47)

Dios conoce nuestra intimidad: “Porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez” (Mc 7,21-23). También del corazón sale lo bueno: “El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo: porque de la abundancia del corazón habla su boca” (Lc 6,45). 

Presencia silenciosa de Dios: “Cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna quede en los oculto; de este modo, tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará … cuando te pongas a oras, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre que ve en lo oculto, te recompensará … cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre que está en lo oculto, y tu Padre que ve en lo oculto, te recompensará” (Mt 6, 3-4, 6 y 17-18).

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive de la Esperanza y en la Esperanza. “Realmente mientras moramos en esta tienda gemimos oprimidos, porque no queremos ser desvestidos, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida. Pero quien nos ha preparado para este fin es Dios, el cual nos ha dado como arras al Espíritu” (2 Co 5,4-5). “Y nos gloriamos apoyados en la gloria de Dios. Pero no sólo esto: también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce la paciencia; la paciencia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza” (Rm 5,2-4). “Nosotros, según la promesa, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habita la justicia” (2 P 13).

“Estoy tan convencido, Dios mío, de que velas sobre todos los que esperan en Ti, y de que no puede faltar cosa alguna a quien aguarda en Ti todas las cosas, que he determinado vivir de ahora en adelante sin ningún cuidado, descargando en Ti todas mis solicitudes: “En paz duermo y enseguida descanso porque Tú solo, Señor, me has confirmado en la esperanza” (salmo 4,10)”. Así escribía en su oración san Claudio La Colombière S.I. Y seguía: “Despójenme en buena hora los hombres de los bienes y de la honra, prívenme las enfermedades de las fuerza e instrumentos de serviros, pierda yo mismo vuestra gracia pecando, que no por eso perderé la esperanza, antes la conservaré hasta el postrer suspiro de mi vida, y vanos serán los esfuerzos de todos los demonios del infierno por arrancármela”.

Dios es Padre amoroso de sus hijos. “Bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que lo pidáis” (Mt 6,8). Un Padre al que abandonamos los hijos y nos espera cada día: “Cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro se le echó al cuello y le cubrió de besos” (Lc 15,20). Dios es el pastor bueno que busca a la oveja perdida hasta que la encuentra lleno de alegría: “Os digo que del mismo modo habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa justos que no tienen necesidad de conversión” (Lc 15,7). Dios es el juez misericordioso: “- Mujer, ¿dónde están? ¿ninguno te ha condenado? – Ninguno, Señor - respondió ella. Le dijo Jesús: - Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más” (Jn 8,10-11)

Esperanza en llegar al Cielo. Como la pidió la madre de los hijos de Zebedeo, cuando Jesús le preguntó qué quería: “Di que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, a uno a tu derecha y otro a tu izquierda” (Mt 20,21). Como la pidió el “buen ladrón”: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino” y él le respondió: - En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc 23,42 y 43). “Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tendrá vida eterna, y yo le resucitaré en el último día” (Jn 6,40)

“Mientras yo espere, estoy a salvo de toda desgracia; y de que esperaré siempre estoy cierto, porque espero también esta esperanza invariable … y para llegar de un solo vuelo con la esperanza hasta dónde puede llegarse, espero a Ti mismo de Ti mismo, oh Creador mío, para el tiempo y la eternidad. Amén” (san Claudio La Colombière).

TIEMPO ORDINARIO. MIÉRCOLES DE CENIZA

En esta última semana de esta primera parte del Tiempo Ordinario antes de que empiece la Cuaresma, el cristiano, como los atletas, antes de la prueba decisiva, comprueba su estado de forma físico y mental, porque el esfuerzo que viene debe ser grande y merece la pena a la vista del premio que se gana: “Los que compiten se abstienen de todo, y ello para alcanzar una corona corruptible; nosotros, en cambio, una incorruptible” (1 Co 9,25). “Hermanos, yo no pienso haberlo conseguido aún; pero olvidando lo que queda atrás, una cosa intento: lanzarme hacia lo que tengo por delante, correr hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios nos llama desde lo alto por Cristo Jesús” (Flp 3,13-14)

Es una lucha ascética esperanzada que describe bien san Pablo: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Y si yo hago lo que no quiero, no soy yo quien lo realiza, sino el pecado que habita en mí… ¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte…? Gracias sean Dadas a Dios por Jesucristo Señor nuestro…” (Rm 7,19.24). “No os ha sobrevenido ninguna tentación que supere lo humano y fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; antes bien, con la tentación os dará también el modo de poder soportarla con éxito” (1 Co 10, 13). Porque “ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni cualquier criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,37-39)

En el camino hacia el cielo, en el esforzado maratón para alcanzar el abrazo de Dios y permanecer a su lado para siempre, ayuda recordar las palabras de san Agustín: “Pues, cuando te agradaste a ti mismo, ahí te quedaste. Pues, si dijeras “basta”, en ese momento has perecido. Crece siempre, camina siempre, avanza siempre, no te quedes en el camino, no vuelvas atrás, no te desvíes. Se queda quien no avanza, retrocede quien se vuelve a las cosas que ya había dejado; se desvía quien apostata. Es mejor andar cojo por el camino que correr fuera del camino” (Sermones 169, 18)

Empieza la Cuaresma y el cristiano, que vive en el mundo, “nel bel mezzo della estrada”, se prepara para llevar con garbo desprendimientos, sacrificios, mortificaciones por amor a Dios que es Amor y que, en Jesús crucificado, el Hijo de Dios, nos dio la prueba suprema del amor. Hay textos que ayudan: “Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga queja contra otro; como el Señor nos ha perdonado, hacedlo así también vosotros. Sobre todo, revestíos con la caridad, que es vínculo de la perfección. Y que la paz de Cristo se adueñe de vuestros corazones: a ella habéis sido llamados en un solo cuerpo. Y sed agradecidos…” (Col 3,12-15)

Y siempre alegres: “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca. No os preocupéis por nada; al contrario: en toda oración y súplica, presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias” (Flp 4,4-7).

CUARESMA

Cuaresma. Tiempo de penitencia por amor. Tiempo de amor al Amor porque, siendo Dios, se hizo hombre por nosotros, porque dio su vida por nosotros, porque se ha quedado con nosotros en la Eucaristía: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí yo en él” (Jn 6,54-56). “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). “Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa. Éste es mi mandamiento que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos.” (Jn 15,11-13)

Cuaresma. Tiempo de conversión. “La conversión se realiza en la vida cotidiana mediante gestos de reconciliación, la atención a los pobres, el ejercicio y la defensa de la justicia y del derecho, por el reconocimiento de nuestras faltas ante los hermanos, la corrección fraterna, la revisión de vida, el examen de conciencia, la dirección espiritual, la aceptación de los sufrimientos, …” (CIC nº 1435)

Cuaresma. Tiempo de himnos: “Llorando los pecados / tu pueblo está, Señor. / Vuélvenos tu mirada / y danos el perdón. / Seguiremos tus pasos, / camino de la cruz, / subiendo hasta la cumbre / de la Pascua la luz. / La Cuaresma es combate; / las armas: oración / limosnas, vigilias / por el reino de Dios. / Convertid vuestra vida, / volved a vuestro Dios, y volveré a vosotros”, / esto dice el Señor. / Tus palabras de vida / nos llevan hacia ti, / los días cuaresmales / nos lo hacen sentir. Amén.” (Antonio Alcalde)

Cuaresma. Tiempo de entrega de todo nuestro ser al Amor –“Toma, Señor, mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer: Tú me lo diste a Ti, Señor lo torno; dispón de mi según tu voluntad. Dame tu amor y tu gracia que esto me basta”-. y tiempo de derramar amor a todos, de oración de petición, de limosna y de mortificación. Tiempo de poner al “yo” en su sitio: disponible para darse sin esperar nada a cambio; callado, sin aparecer. “Y dirigiéndose a todos, dijo: -El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo” (Lc 9,23).

Cuaresma. Vivir con María. “Dame tu mano, María, / la de las tocas moradas; / clávame tus siete espadas / en esta carne baldía. / Quiero ir contigo en la impía / tarde negra y amarilla. /Aquí, en mi torpe mejilla, / quiero ver si se retrata / esa lividez de plata, / esa lágrima que brilla. / Déjame que te restañe / ese llanto cristalino, / y a la vera del camino / permite que te acompañe. / Deja que en lágrimas bañe / la orla negra de tu manto / a los pies del árbol santo, / donde tu fruto se mustia. / Capitana de la angustia: / no quiero que sufras tanto. / Qué lejos, Madre, la cuna / y tus gozos de Belén: / “No, mi niño, no. No hay quien / de mis brazos te desuna.” / Y rayos tibios de luna, / entre las pajas de miel, / le acariciaban la piel / sin despertarle. ¡Qué larga / es la distancia y qué amarga / de Jesús muerto a Enmanuel. Amén” (Gerardo Diego, “Vía Crucis”).

CUARESMA

Segunda semana de Cuaresma. Oración, limosna y sacrificios. El cristiano siente latir su corazón que va del dolor de amor a la esperanza, de la Pasión a la Pascua de Resurrección. Porque “aunque nos hemos rebelado, el Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona” (Dn 9,10). Y, en el tiempo de meditación, recordamos las palabras de Jesús: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis la usarán con vosotros” (Lc 6,36-38).

¡Tantas palabras para reflexionar!: Dios es mi Padre, soy hijo de Dios; si miseria es lo que carece de valor y utilidad, lo que se tira, Dios que es Amor, pone nuestra miseria en su Sacratísimo Corazón porque es misericordioso; y se une a nuestras debilidades, porque es compasivo y comparte nuestras penas, nuestro dolor, nuestras angustias y preocupaciones. Y, como fondo de nuestros pensamientos, la esperanza del cielo porque Dios me ama, porque importo a Dios, porque se ocupa de mí y me tiene preparada para una medida: generosa, no cicatera; colmada, hasta el borde y en el centro por encima del borde; remecida, para que ninguna impureza se cuele, apretada para que quepa más; y rebosante, porque lo que sobre no será inútil y será más gracia para otros.

También es tiempo de consideración de nuestras caídas, de nuestros olvidos, de nuestros descaminos: “Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará, la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita” (Jr 17,5-8). Un texto del Antiguo Testamento que nos trae recuerdos del Nuevo: “se cuidan a sí mismos; son nubes sin agua, zarandeados por los vientos; árboles de otoño sin fruto, dos veces muertos y arrancados de raíz; olas bravías del mar que echan la espuma de sus torpezas; astros errantes a los que está reservado para siempre la oscuridad tenebrosa” (Jds 12,12-13). Y también: “Esos son fuentes sin agua y nieblas arrastradas por el huracán a quienes está reservado el infierno tenebroso” (2 P 2,17)

El cristiano vive de esperanza y en la esperanza segura de Dios: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia nos ha engendrado de nuevo -mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos- a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada y que no se marchita, reservada en los cielos para vosotros, que, por el poder de Dios, estáis custodiados mediante la fe hasta alcanzar la salvación preparada ya para ser manifestada en el tiempo último.” (1 P 1, 3-5). “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia. No dura siempre su querella ni guarda rencor perpetuamente. No nos trata según nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas” (salmo 103, 8-10).

Y la frase inolvidable: “Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros” (1 P 7)

CUARESMA

Tercera semana de Cuaresma. El cristiano repasa los textos sagrados y se queda prendado con los que puede bordar en su alma un bello tapiz que le mantenga junto a Dios con solo mirarlo. Y, así, procura mantenerse en la presencia de Dios todo el día, superando las advertencias: “Vuestra piedad es como bruma matinal, como rocío de madrugada que se evapora” (Os 6,5). “Ya puedes repetirles este discurso, que no te escucharán; ya puedes gritarles, que no te responderán. Les dirás: “Aquí está la gente que no escuchó la voz del Señor, su Dios, y no quiso escarmentar. La sinceridad se ha perdido, se la han arrancado de la boca” (Jr 7,27-28). Esto sería bastante para “hacer a conciencia el examen de conciencia” (beato Álvaro del Portillo, Carta 8.12.76).

Cuaresma. Tiempo de reproches y de conversión en el alma. “Mirad: el día en que ayunáis pretendéis aprovecharos y oprimís a vuestros trabajadores. Ayunáis para litigar y querellar y golpeáis con el puño sin piedad. No ayunéis como ahora. Para que vuestra voz se oiga en las alturas. ¿Es ese el ayuno que prefiero el día de humillarse el hombre? ¿Inclinar la cabeza como un junco y preparar un lecho de saco y ceniza? ¿A eso llamáis ayuno y día grato al Señor? ¿El ayuno que prefiero no es más bien romper las cadenas de la iniquidad, soltar las ataduras del yugo, dejar libres a los oprimidos y quebrar todo yugo? ¿No es compartir el pan con el hambriento e invitar a tu casa a los pobres sin asilo? Al que veas desnudo, cúbrelo y no te escondas de quien es carne tuya. Entonces tu luz despuntará como la aurora y tu curación aparecerá al instante, tu justicia te precederá y la gloria del Señor cerrará tu marcha. Entonces clamarás y el Señor te responderá, pedirás socorro y Él te dirá: Aquí estoy” (Is, 58,3-9). “Me dejaré encontrar por quienes no preguntaban, me hallaron los que no me buscaban. Dije: “¡Aquí estoy, aquí estoy!” a una nación que no invocaba mi nombre. Extendía mi mano todo el día a un pueblo rebelde que anda por un camino que no es bueno en pos de sus antojos” (Is 65, 1-2). Ante la Cruz es bueno sincerarse y hacer propósitos de amor: negarse a uno mismo; ayudar a quien lo necesita aunque no lo pida; escuchar, comprender, callar; pedir perdón y perdonar; sonreír. Hacer lo que se debe y estar a lo que se hace.  

- Cuaresma. Tiempo de pedir ayuda. A Jesús, a nuestra Madre, a nuestro ángel de la guarda. “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad, enséñame porque tú eres mi Dios y Salvador… Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; … Acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor” (salmo 25,4.5.6.7) “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado” (salmo 51,3-4)

- Y un texto para el consuelo, para la esperanza, grabado en el alma: “Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan, mi cólera se apartará de ellos. Seré para Israel como rocío, florecerá como azucena, arraigará como álamo. Brotarán sus vástagos, será su esplendor como un olivo, su aroma como del Líbano. Vuelven a descansar a su sombra…” (Os 14,5-8). Y la frase de un Dios enamorado de sus criaturas: “Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino! ... Te alimentaría con flor de harina, te saciaría con miel silvestre” (salmo 80,14 y17)

CUARESMA

Cuarta semana de Cuaresma. Domingo “Laetare” (¡Alégrate!). En la mitad de este tiempo en que se vive con más intensidad la oración, la mortificación y el sacrificio, los cristianos celebramos unos días de alegría: “Porque estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros” (Rm 8,18). “Mirad que voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva: de lo pasado no habrá recuerdo ni vendrá pensamiento, sino que habrá gozo y alegría perpetua por lo que voy a crear…” (Is 65, 17-18).

Amparados en Dios, nuestra vida se hace salmo de alabanza. “Has cambiado mi llanto en danza, / has desatado mi saco y me has vestido de alegría. / Por eso mi corazón te entona salmos sin cesar. / Señor, Dios mío, te alabaré por siempre.” (salmo 30, 12-13). “Dios es nuestro refugio y fortaleza, socorro fácil de encontrar en las angustias… / Un río y sus canales alegran la ciudad de Dios, / la morada santa del altísima. / Dios está en medio de ella: no podrá retemblar; al despuntar el alba, Dios la asiste (salmo 46, 2.5-6)

Nuestro canto es el canto de un corazón nuevo. “Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, la tierra entera. / Cantad al Señor, bendecid su Nombre, anunciad, día tras día, su salvación. / Proclamad su gloria a las naciones, sus maravillas a todos los pueblos… / Alégrense los cielos y exulte la tierra, brame el mar cuanto lo llena; / que se gocen los campos y cuanto hay en ellos.” (salmo 96, 1-3.11-12). “Dad gracias al Señor, invocad su nombre, anunciad a los pueblos sus hazañas. / Cantadle, entonadle salmos, proclamad todas sus maravillas. / Gloriaos en su nombre santo; que se alegre el corazón de los que buscan al Señor. / Acudid al Señor y a su poder, buscad su rostro de continuo” (salmo 105, 1-5)

Estamos alegres porque confiamos en Dios: “El Señor es mi pastor nada me falta. / En verdes prados me hace reposar; / me conduce a fuentes tranquilas y mi alma reposa; / me guía por el sendero recto por honor de su Nombre. / Aunque camine por valles oscuros, nada temo, porque Tú vas conmigo: / tu vara y tu cayado me sosiegan. / Preparas una mesa para mí frente a mis adversarios. / Unges mi cabeza con perfume y mi copa rebosa. / Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida; / y habitaré en la casa del Señor por años sin término” (salmo 23) 

Dios está con nosotros de continuo. “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con Él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Cristo Jesús el que murió, más aún, él que fue resucitado, el que, además, está a la derecha de Dios, el que está intercediendo por nosotros?” (Rm 8,31-34)

No podemos olvidarlo: somos hijos de Dios. “Mirad que amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios ¡y lo somos!” (1 Jn 3,1)

CUARESMA

Quinta semana de Cuaresma. La llamada “semana de Pasión”, previa a la Semana Santa. El cristiano puede aprovechar estos días para llenarse de piedad en el amor a Dios y en la entrega amorosa de su Hijo Jesucristo para la salvación de muchos. “Seis días antes de la Pascua, marchó a Betania, donde estaba Lázaro al que Jesús había resucitado de entre los muertos. Allí le prepararon una cena. María servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con Él. María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se llenó de la fragancia del perfume. Dijo Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo iba a entregar: - ¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?” (Jn 12, 1-5). He aquí un cuadro completo de personajes para poder situarnos, sucesivamente, en el lugar de cada uno y trasladando el sentimiento a nuestras actuales circunstancias: el amor a Jesús, por entero, para siempre, sin condiciones, manifiesto y testimonial; servir a Jesús y por Jesús; acompañar a Jesús agradecidos por todos sus beneficios incluidos los que ignoramos; el temor de los respetos humanos, las manifestaciones para figurar, la hipocresía espiritual…   

Los “cantos del siervo” del profeta ayudan a la meditación de los dolores de la Pasión: “He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban, y mis mejillas a quienes me arrancaban la barba. No he ocultado mi rostro a las afrentas y salivazos” (Is 50,6). “Como muchos se horrorizaron de él -tan desfigurado estaba, que no tenía aspecto de hombre ni apariencia de ser humano- …” (Is 52,14). “No hay en él parecer, no hay hermosura que atraiga nuestra mirada, ni belleza que nos agrade en él. Despreciado y rechazado de los hombres, varón de dolores y experimentado en el sufrimiento; como de quien se oculta el rostro, despreciado, ni le tuvimos en cuenta. Pero él tomó sobre sí nuestras enfermedades, cargó con nuestros olores y nosotros lo tuvimos por castigado, herido de Dios y humillado. Pero él fue traspasado por nuestras iniquidades, molido por nuestros pecados. El castigo, precio de nuestra paz, cayó sobre él, por sus llagas hemos sido curados…” (Is 53, 2-5). Parece imposible leer esto y no llorar con el corazón.

“Ten misericordia de mí, Dios mío, según tu bondad, según tu inmensa compasión borra mi delito. Lávame por completo de mi culpa y purifícame de mi pecado. Pues yo reconozco mi delito y mi pecado está de continuo ante mí. Contra Ti, contra Ti, yo solo pequé y he hecho lo que es malo a tus ojos. Por eso has sido justo en tu sentencia, has tenido razón en tu juicio … Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva en mi interior un espíritu firme. No me arrojes de tu presencia, ni me retires tu santo espíritu. Devuélveme el gozo de tu salvación y afírmame con un espíritu noble” (salmo 51,1-6.12-14). “Hazme caminar en tu fidelidad, instrúyeme, pues Tú eres mi Dios salvador y en Ti espero todo el día. Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor que son eternos” (salmo 25,5 y 6). Con un corazón contrito, esperanzado, pedimos a Dios perdón y gracia.

Y, adelantando hasta llegar al final del suplicio en la Cruz, el alma recuerda: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Y se abraza a nuestra Madre.

SEMANA SANTA

Semana Santa. En este tiempo litúrgico lo humano y lo divino se hacen uno: el Hijo de Dios hecho hombre para la salvación de los hombres, se ve aclamado, primero, y, después, falsamente acusado, abofeteado, escupido, flagelado, coronado de espinas, injustamente condenado y crucificado en una cruz en la se identifica: “Jesús el Nazareno Rey de los judíos”, en hebreo, latín y griego, para que todos lo vieran.

El Domingo de Ramos. “Se marcharon, encontraron el borrico atado junto a una puerta, fuera, en un cruce de caminos, y lo desataron. Algunos de los que estaban allí les decían: - ¿Qué hacéis desatando el borrico? Ellos respondieron como Jesús les había dicho, y se lo permitieron. Entonces llevaron el borrico a Jesús, echaron encima sus mantos y se montó sobre él. Muchos extendieron sus mantos en el camino, otros el ramaje que cortaban de los campos. Los que iban delante y los que seguían detrás gritaban: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el Reino que viene, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!” (Mc 11,4-10)

Días en que se atropellan en la mente de los cristianos desde la traición de Judas, a la huida de todos los discípulos en el Huerto de Getsemaní, a las tres negaciones y el arrepentimiento de san Pedro, al hombre de Cirene forzado a llevar el travesaño de la cruz, a la piedad de la Verónica, a los gritos de la multitud: ¡Crucifícalo! Y la flagelación, la corona de espinas, la condena injusta, el expolio y las burlas hasta el final. Y nuestro examen de conciencia: nuestros olvidos, nuestros abandonos de Jesús.   

Las siete palabras. 1) “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). 2) “Y añadía: - Jesús: acuérdate de mí cuando estés en tu reino. Y le respondió: -En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43). 3) “Estaban junto a la cruz de Jesús su Madre y la hermana de su Madre, María la de Cleofás y Mará Magdalena. Viendo, pues, a la Madre y a su lado, de pie, al discípulo al que amaba, dijo Jesús a su Madre: - Mujer, he ahí a tu hijo. Después dice al discípulo: - He ahí a tu Madre. Y, desde aquella hora, el discípulo la tomo consigo” (Jn 19,23-27). 4) “Y hacia la hora nona clamó Jesús con una gran voz y dijo: - Elí, Elí, lema sabactani?, esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 45-47; Mc 15, 33-35). 5) Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: - Tengo sed” (Jn 19,28). 6) “Había allí un vaso lleno de vinagre. Tomaron una esponja empapada en vinagre, la pusieron en un hisopo y la acercaron a su boca. Cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: - Está cumplido” (Jn 19,29-30). 7) Y Jesús, dando una gran voz, dijo: - Padre, en tus manos entrego mi espíritu. Y dicho esto, expiró” (Lc 23,46)

Y así acaba la Pasión y Muerte de Jesús. “Llegada la tarde, vino un hombre rico de Arimatea, por nombre José, que se había hecho también discípulo de Jesús. Éste fue s Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que fuese dado. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo colocó en un sepulcro nuevo, que había excavado en la roca. Después hizo correr una gran piedra sobre la entrada del sepulcro y se marchó” (Mt 27, 57-60)

Semana Santa. Semana que acaba consolando a María, Madre de Dios, nuestra Madre: “Iuxta crucem tecum stare / ac me tibi sociare / in planctu desidero” (Deseo acompañarte, estar de pie junto a la cruz y unirme a ti en el llanto).

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Domingo de Pascua de Resurrección. ¡Ha resucitado! ¡Jesucristo ha resucitado! “Señor Dios, que en este día nos has abierto las puertas de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte, concede a los que celebramos la solemnidad de la resurrección de Jesucristo, ser renovados por el Espíritu, para resucitar en el reino de la luz y de la vida” (Oración colecta de la misa del día)

El cristiano se confirma en su fe recordando: “Porque os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y después a los doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales vive todavía y algunos ya han muerto. Luego se apreció a Santiago, y después a todos los apóstoles…” (1 Co 15, 1-7). Y también: “Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también nuestra fe… si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe, todavía estáis en vuestros pecados. E incluso los que han muerto en Cristo perecieron. Y si tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los más miserables de todos los hombres” (1 Co 15, 13-14. 17-19)

La Iglesia ofrece en la Liturgia una encantadora secuencia: “Ofrezcan los cristianos / ofrendas de alabanza / a gloria de la Víctima / propicia de la Pascua. / Cordero sin pecado / que a las ovejas salva, / a Dios y a los culpables / unió con nueva alianza. / Lucharon vida y muerte / en singular batalla / y, muerto el que es la Vida, / triunfante se levanta. / ¿Qué has visto de camino, / María en la mañana? / A mi Señor glorioso, / la tumba abandonada/ los ángeles testigos, / sudarios y mortaja. / ¡Resucitó de veras / mi amor y m esperanza! / Venid a Galilea, / allí el Señor aguarda; / allí veréis los suyos / la gloria de la Pascua. / Primicia de los muertos / sabemos por tu gracia / que estás resucitado; / la muerte en ti no manda. / Rey vencedor, apiádate / de la miseria humana / y da a tus fieles parte / en tu victoria santa. Amén. Aleluya.”

Y todo fue sencillo en tan gloriosa historia. “El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien tanto quería Jesús y les dijo: - Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el oro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20, 1-9). En la meditación de este pasaje hay muchos detalles para que cada cristiano pueda vivirlos con Jesús: el amor de María Magdalena que hace madrugar sin esperar a la luz del día; la prisa con la que corre para anunciar lo sucedido; la carrera también de Pedro y de Juan; el respeto de Juan a Pedro, esperándolo para entrar en el sepulcro; y cómo se les abren los ojos de la fe a los dos.

No se concibe la Pascua sin celebrarla con el amor a la Madre de Dios y Madre nuestra.

PASCUA DE RESURRECCIÓN

¡Pascua de Resurrección! Las lecturas de la liturgia de la segunda semana de Pascua ofrecen a los cristianos textos que les ayudan a ordenar esta vida nueva que la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús nos ha regalado. Son pasajes en los que se nos dan noticia de la vida de la primera comunidad de cristianos que nos señalan muchos aspectos de la vida en Cristo sin poder disfrutar de su presencia real, pero sabiendo que sigue con nosotros y así hasta el fin del mundo. “Mirad, ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación” (2 Co 6,2). No podemos dejar que pase; se nos ofrece y debemos aprovecharlo. 

Pascua de Resurrección. Tiempo de renovación del alma. No podemos dejar que pase la ocasión. “Mientras iban de camino, uno le dijo: - Te seguiré donde vayas. Jesús le dijo: Las zorras tiene sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza. A otro le dijo: - Sígueme. Pero éste contestó: -Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre. - Deja a los murtos enterrar a sus muertos -respondió Jesús-; tú vente a anunciar el Reino de Dios. Y otro dijo: - Te seguiré Señor, pero primero permíteme despedirme de los de mi casa. Jesús le dijo: - Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el reino de Dios” (Lc 19,57-62).

“Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la Madre de Jesús y sus hermanos … Perseveraban en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. El temor sobrecogía a todos y por medio de los apóstoles se realizaban muchos prodigios y señales … Todos los días acudían al Templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y gozando del favor de todo el pueblo. Todos los días el Señor incorporaba a los que habían de salvarse” (Hech 1,14; 2,42-43.46-47). ¡Tantos temas para meditar! Tantos aspectos de nuestra vida para “hacer a conciencia nuestro examen de conciencia”, para hacer propósitos y poner el alma en cumplirlos, sin que este tiempo sea como el rocío que pasa: unánimes en la oración con la Madre de Jesús; unidos a los apóstoles y su doctrina; perseverantes en la comunión; amparados en el Señor.

Así se recomendaba en las cartas de los apóstoles: “Que haya paz entre vosotros. Os exhortamos también, hermanos, a que corrijáis a los indisciplinados, alentéis a los pusilánimes, sostengáis a los débiles y tengáis paciencia con todos. Estad atentos para que nadie devuelva mal por mal; al contrario, procurad siempre el bien mutuo y el de todos. Estad siempre alegres. Orad sin cesar. Dad gracias en toso, porque es lo que Dios quiere de vosotros en Cristo Jesús. No extingáis el Espíritu, ni despreciéis las profecías; sino examinad todas las cosas, retened lo bueno y apartaos de toda clase de mal” (1 Tes 5,13-21). Y, también: “¿Está triste alguno de vosotros? Que rece. ¿Está contento? Que cante salmos. ¿Está enfermo alguno de vosotros? Que llame a los presbíteros de la Iglesia, y que oren sobre él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor.” (St 5,13-14). “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios”.

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Pascua de Resurrección. ¡Cristo ha resucitado! No es vana nuestra fe. El cristiano se puede recrear en la alegría de amor de Dios que es Amor, que nos ama, a todos y a cada uno. Alegría que lleva a cantar: “Yo digo al Señor: Tú eres mi Señor. No tengo otro bien que Tú … Pongo ante mí al Señor sin cesar; con Él a mi derecha no vacilo. Por eso se me alegra el corazón, se goza mi alma, hasta mi carne descansa en la esperanza … Me enseña el sendero de la vida, me sacia de gozo en su presencia, de dicha perpetua a su derecha (salmo 15,1.8-9 y 11)

Por lo que pasó hace muchos años y se repite en nuestras vidas, el cristiano sabe que Jesús nos sale al encuentro, camina con nosotros a nuestro lado por el sendero de la vida y, caminando o en el descanso, nos pregunta, nos enseña, nos aconseja. Dios se preocupa con nuestras preocupaciones, porque “Dios es impasible pero no es incompasible”, sufre si cualquiera de nosotros, hijos suyos, sufrimos.

“Ese mismo día, dos de ellos, se dirigían a una aldea llamada Emaús, que distaba de Jerusalén sesenta estadios. Iban conversando entre sí de todo lo que había acontecido. Y mientras comentaban y discutían, el propio Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos, aunque sus ojos eran incapaces de reconocerle. Y les dijo: - ¿De qué veníais hablando entre vosotros por el camino? Y se detuvieron entristecidos. Uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: - ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días? Él les dijo: - ¿Qué ha pasado? Y le contestaron: - Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras, delante de Dios y ante todo el pueblo: cómo los principies de los sacerdotes y nuestros magistrados lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Sin embargo, nosotros esperábamos que él sería quien redimiera a Israel. Pero con todo es ya el tercer día desde que han pasado estas cosas. Bien es verdad que algunas mujeres de las que están con nosotros nos han sobresaltado, porque fueron al sepulcro de madrugada y, como no encontraron su cuerpo, vinieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles que les dijeron que está vivo. Después fueron algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como dijeron las mujeres, pero a él no le vieron. Entonces Jesús les dijo: - ¡Necios y torpes de corazón para creer todo lo que anunciaron los profetas ¿No era preciso que el Cristo padeciera estas cosas y así entrara en su gloria? Y, comenzando por Moisés y por todos los profetas, les interpretó en todas las escrituras lo que se refería a él. Legaron cerca de la aldea adonde iban y él hizo ademán de continuar adelante. Pero le retuvieron diciéndole: - Quédate con nosotros, porque se hace tarde y está ya anocheciendo. Y entró para quedarse con ellos” (Lc 24, 13-29)

Nosotros estábamos, estamos, allí. Y osamos preguntarle si es el único que no sabe lo que está pasando; le hablamos de nuestros problemas, del trabajo de cada día, de penas y de ilusiones; y le pedimos que no nos deje, que se quede con nosotros, porque está anocheciendo… Buscar a Cristo, encontrarle, tratarle y amarle. Sabemos que “A Jesús, siempre se va y se “vuelve” por María” (“Camino”, 495)

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Pascua de Resurrección; y en el mes mayo, mes de la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. El cristiano mantiene el recuerdo del texto pascual: “Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús…” (Hech 1,14). En la inolvidable sabatina colegial marista se decía: “Tan pura eres María, tan bella te halló Dios en el momento de la encarnación, tan llena de gracia te vio, que vaciló en bajar a tu seno virginal, elevándote a la sublime dignidad de Madre suya… Santa Madre de Dios, Virgen inmaculada templo de Dios, sagrario del espíritu Santo, Tú sola fuiste digna de ser Madre de Jesús. Pero hay más; María es también madre nuestra. Nos la dio Jesús por Madre estando agonizando en la Cruz. ¡Oh dicha incomparable la Madre de Dios es mi Madre!”.

La Pascua de Resurrección sigue recordando que la vida del cristiano es fruto de un encuentro con Jesús y se mantiene y se recupera con sucesivos encuentros durante toda nuestra existencia. En los Evangelios hay muchos encuentros memorables y algunos con circunstancias paralelas. Cuando Jesús curó al que padecía una enfermedad desde hacía treinta y ocho años que estaba tendido junto a la piscina Betzata en la puerta de las ovejas de Jerusalén, “el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar”. Los judíos le dijeron que era sábado y no era licito llevar la camilla. Le interrogaron sobre quien le había curado, pero “no sabía quien era, pues Jesús se había apartado de la muchedumbre allí congregada”. Pero después de esto “lo encontró Jesús en el Templo y le dijo: - Mira, estás curado; no peques más para que no te ocurra algo peor” (cf. Jn 5,1-14). Otro encuentro con Jesús fue el que se produjo con la curación del ciego de nacimiento. Cuando le preguntaban cómo se le abrieron los ojos y él decía lo que había hecho “ese hombre llamado Jesús”, le dijeron: “- ¿Dónde está ése? Él respondió: - No lo sé”. El pasaje termina así: “Oyó Jesús que le habían echado fuera, y cuando se encontró con él le dijo: -¿Crees tú en el Hijo del hombre? -¿Y quién es, Señor, para que crea en él – respondió. Le dijo Jesús: - Si los has visto: el que está hablando contigo, ése es. Y él exclamó: - Creo, Señor - y se postró ante él.” (Jn 9,1-38).   

Así, una y otra vez, nos encontramos con Jesús en la vida ordinaria: en la familia, con los amigos, en el trabajo, en las noticias y en los paisajes; en la enfermedad y ante la muerte; en el cansancio, en el desánimo, en la preocupación, en el temor, en la desconfianza, cuando cuesta levantarse, mantenerse y seguir; pero también en los éxitos, en la salud, en la alegría por dar, por ayudar, por consolar, por perdonar, porque nos han perdonado, porque nos han comprendido, nos han ayudado. El cristiano sabe y confía: “No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y se os perdonará; dad y se os dará, echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante; porque con la misma que midáis seréis medidos (Lc 6,37-38)

Las voces escolares recitan la sabatina: “Mucho es tener una madre buena y santa; mejor si es buena, santa y rica; incomparablemente mejor que sea buena, santa, rica, reina poderosa y amante de sus hijos. Pues bien, todo eso es para nosotros María. ¡Oh María, Madre mía, oh consuelo del mortal, amparadme y guiadme a la patria celestial!”

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Pascua de Resurrección. El cristiano, que sabe que su vida espiritual -sus afanes, su comportamiento, sus deseos- tiene su origen y su fundamento en un encuentro con Cristo (Enc. “Deus caritas est”, 1), también sabe que, aunque es frecuente que Él se haga el encontradizo, para encontrarle hay que buscarle. “Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá” (Mt 7,7). En la Pascua de Resurrección el buscar y el encontrar llevan a las santas mujeres (Mt 28,9) y a María Magdalena (Jn 20,11-18). Pero, antes, son inolvidables: las palabras de Jesús y los dos discípulos del Juan el Bautista que le seguían: - ¿Qué buscáis? Ellos dijeron: - Rabbí – que significa “Maestro”- ¿dónde vives? Les respondió: - Venid y lo veréis. Fueron y vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima” (Jn 1,35-39); al día siguiente, Jesús le dijo a Felipe: - Sígueme y Felipe encontró a Natanael y le dijo: “- Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas: Jesús de Nazaret”. No lo creyó, pero le siguió al oír:  -Ven y lo verás (Jn 1,43-51).  

Y de la memoria se recuperan búsquedas y encuentros evangélicos: los Magos de Oriente (Mt 2, 1-12), la mujer cananea “venida de aquellos contornos”, para pedir por su hija poseída por el demonio (Mt 15,21-28), el leproso que vino hacia Él, se puso de rodillas y le rogaba que le sanase (Mc 1,40-45, Lc 5,12-14), el jefe de la sinagoga, Jairo, que vino y se postró suplicando la curación de su hija; y, desde luego: la hemorroísa que oyó hablar de Jesús, vino por detrás de la muchedumbre y le toco el manto (Mc 5,22-42), la mujer griega, sirofenicia de origen, que, en cuanto oyó hablar de Él, le rogaba que expulsara el demonio impuro que poseía a su hija (Mc 7,24-30), el padre que había llevado a Jesús el hijo lunático que tenía un espíritu mudo que los discípulos no pudieron expulsarlo, pero que se curó al tiempo del acto de fe paterno: - Creo, Señor, ayuda mi incredulidad (Mc 9, 14-29; Lc 9,37-42). Desde luego, Nicodemo buscó a Jesús cuando fue a verlo de noche y mantuvo con él un inolvidable diálogo (Jn 3,1-21); y en Caná de Galilea un funcionario real al oír que Jesús venía de Judea a Galilea, se le acercó para rogarle que bajase a Cafarnaún donde estaba su hijo enfermo y al que se le pasó la fiebre (Jn 4,46-54)       

También buscó y encontró a Jesús el centurión que pedía la salud para su siervo (Mt 8,5-13); y el que llegó corriendo y se arrodilló para preguntarle qué tenía que hacer para heredar la vida eterna (Mc 10,17-22; Lc 18,18-23); y la mujer pecadora que, al enterarse de que Jesús estaba recostado a la mesa en casa de un fariseo, se puso a sus pies llorando y ungiéndolos con perfume y Él le perdonó sus pecados (Lc 7,36-50); y los diez leprosos que le salieron al paso, se detuvieron a distancia y le dijeron gritando: - ¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros! Y no se puede olvidar a Zaqueo, jefe de publicanos en Jericó, que intentaba ver a Jesús, pero no podía y se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle (Lc 19,1-9). Y las multitudes le buscaban (Jn 6,22).

Mes de María. Cantos de sabatina escolar: “Y Madre quiere decir amor, cariño, preocupación por sus hijos, miradas dulces, tiernas caricias, sacrificios, beneficios sin cuenta para nosotros. ¡Bendita seas, Madre mía!”

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Pascua de Resurrección. El cristiano vive la Pascua con alegría. La liturgia ha escogido como antífona de entrada en la misa del domingo: “Con gritos de júbilo anunciadlo y proclamadlo; publicadlo hasta el confín de la tierra. Decid: El Señor, ha redimido a su pueblo” (cf. Is 48,20). Del alma nacen cantos alegres: “Alabad a su nombre con danzas, cantadle con tambores y cítaras; porque el Señor ama a su pueblo y adorna con la vitoria a los humildes. Que los fieles festejen su gloria y canten jubilosos en filas, con vítores a Dios en la boca; es un honor para todos sus fieles” (salmo 149,3-6). “Que canten con alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud…” (salmo 67,5). Y los textos evangélicos: “Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría” (Jn 16,20); “Pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16,22); “Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre: pedid y recibiréis para que vuestra alegría sea completa” (Jn 16,24)

- “Que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo” (v. “Camino” 382). Buscar y encontrar conducen al cristiano al recuerdo de las parábolas de la misericordia. “Entonces les propuso esta parábola: “¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y sale en busca de la que se perdió hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso y, al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me perdió”. Os digo que, del mismo modo, habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión. ¿O qué mujer, si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una luz y barre la casa y busca cuidadosamente hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas y les dice: “Alegraos conmigo porque he encontrado la dracma que se me perdió”. Así, os digo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente” (Lc 15,3-10). Y en la parábola del hijo pródigo que deja la casa del padre, cae en la miseria y decide volver arrepentido, es inolvidable el pasaje: “Cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos…” (Lc 15,20); y repetía: “porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado” y “porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado” (Lc 15,24 y 32)

- Encontrar a Cristo. Como si se unieran las dos Pascuas, también en el buscar y encontrar a Jesús resucitado, podemos revivir la alegría de los pastores de Belén a los que el ángel les anunció: “una gran alegría” (Lc 2,10); y el gozo de los Magos cuando volvieron a ver la estrella: “se llenaron de una inmensa alegría” (Mt 2,10).

Mes de la Virgen. Y en el alma se repiten las palabras de la sabatina marista en los años del colegio: “María es mi madre; luego hay en Ella preocupación por mí, ruegos y peticiones a Dios por mí; deseos vehementes de que yo sea bueno, persevere y me salve”.  

PASCUA DE RESURRECCIÓN. LA ASCENSIÓN

A los cuarenta días desde la Resurrección, en la sexta semana de Pascua, celebramos la solemnidad de la Ascensión del Señor. Muchos cristianos recuerdan y meditan el texto de la poesía de Fray Luis de León: “¿Y dejas, Pastor Santo, / tu grey en este valle hondo y oscuro, / de soledad y llanto; / y Tú, rompiendo el puro / aire, te vas al inmortal seguro? /Los antes bienhadados, / los ahora tristes y afligidos, a tus pechos criados, / por Ti desposeídos /¿a dó convertirán ya sus sentidos? / ¿Qué mirarán los ojos / que vieron de tu rostro la hermosura, / que no les sea enojos? / Quien oyó tu dulzura, / ¿qué no tendrá por sordo y desventura? / Aqueste mar turbado / ¿quién le pondrá ya freno? ¿quién concierto / al viento fiero y airado? / Estando Tú a cubierto / ¿qué norte guiará la nave al puerto? / ¡Ay, nube envidiosa / aun de este breve gozo. ¿Qué te quejas? / ¿Do vuelas presurosa? / ¡Cuán rica tú te alejas! / ¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!”

En el Evangelio de Lucas el cristiano lee el pasaje que “lo tiene todo” dentro de una preciosa sencillez: “Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios” (Lc 24,52-53). ¡Tantas referencias para la oración!: Jesús subió por el cielo al Cielo; mientras, los bendecía; ellos se arrodillaron y, mirando, vieron; y se llenaron de alegría: se les notaba el gozo cuando volvían camino de Jerusalén; y, desde ese día, permanecían “siempre” en el templo, bendiciendo a Dios. Cuantos propósitos, cuántos motivos de conversión, cuanta alegría que regalar.

No acaba aún la Pascua, pero se acaba el mes de María. Y muchos cristianos se recrean repasando el texto de san Bernardo: “Oh, tú que, caminando por este miserable valle de lágrimas, andas zozobrando entre las tempestades del mundo, si no quieres verte sumergido entre las olas, no apartes jamás los ojos de esta brillante y luminosa estrella. / Si se levanta el huracán de las tentaciones, si tropiezas contra los escollos de la tribulación, mira la estrella, llama a María. / Si eres combatido por las olas del orgullo, de la ambición, de la maledicencia, de la envidia, mira la estrella, invoca a María. / Si la cólera, la avaricia o los estímulos de la carne arrastran la navecilla de tu alama, vuelve tus ojos hacia María. / Si te turba el horror de tus pecados, si la conciencia se estremece a la vista de su gravedad y número; si el temor de los terribles juicios de Dios te induce a la desesperación, piensa en María. / En los peligros, en las angustias, en las dudas, invoca a María. / No se aparte su nombre de tus labios ni de tu corazón; y si quieres que Ella ruegue por ti, procura imitar sus ejemplos. / Siguiéndola no te desvías; rogándola, no desesperas; contemplándola, no yerras. / Si Ella te protege, no temas, con su apoyo, no caerás; / si Ella te guía, no te cansarás; / si Ella te es propicia, llegarás finalmente a puerto.” (Evang. “Missus est”)

En la Ascensión de Jesús al cielo los cristianos encuentran consuelo en las palabras: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Aún faltan alegrías próximas por celebrar: la Pentecostés, la Santísima Trinidad y el Corpus Christi; en ellas el cristiano se sabe bien acompañado. “Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida” (salmo 23,6)

PENTECOSTÉS

Pentecostés. Para algunos cristianos es como “la tercera Pascua”, después de la Navidad y la Resurrección. Contando desde ésta: a los cuarenta días, se celebraba la Ascensión, que era uno de los tres jueves que relucían más que el sol -Jueves Santo, Corpus Christi y la Ascensión- y, después de las siete semanas pascuales, a los cincuenta días, celebramos la venida del Espíritu Santo: “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma” (Hech 2,1-5).

San Pablo recuerda la importancia del Espíritu Santo en nuestra vida: “Nadie puede decir: “Jesús es Señor” si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu … En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común … hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1 Co 12,3-4.7.13). Del Espíritu Santo recibimos los siete dones: de sabiduría, de inteligencia, de consejo, de fortaleza, de ciencia, de piedad y de temor de Dios (CIC nº 1831). Y “gracias a este poder del Espíritu Santo” (CIC nº 1832), los hijos de Dios pueden dar frutos: “de caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad” (cf. Ga 5,22-23)

La alegría de haber recibido y de vernos asistidos y consolados por el Espíritu Santo, nos hace cantar, recitar, meditar, la secuencia: “Ven, Espíritu divino, / manda tu luz desde el cielo. / Padre amoroso del pobre; / don en tus dones espléndido; / luz que penetra las almas; / fuente del mayor consuelo. / Ven, dulce huésped del alma, / descanso de nuestro esfuerzo, / tregua en el duro trabajo, / brisa en las horas de fuego, / gozo que enjuga las lágrimas/ y reconforta en os duelos. / Entra en el fondo del alma, / divina luz, y enriquécenos. / Mira el vacío del hombre / si tú le faltas por dentro; / mira el poder del pecado, / cuando no envías tu aliento. / Riega la tierra en sequía, / sana el corazón enfermo, / lava las manchas, infunde / calor de vida en el hielo, / doma el espíritu indómito, / guía al que tuerce el sendero. / Reparte tus siete dones, / según la fe de tus siervos; / por tu bondad y tu gracia, / dale al esfuerzo su mérito; / salva al que busca salvarse / y danos tu gozo eterno.” 

Se acaba el mes de María. En este año coincide con la fiesta de Pentecostés. En el cielo resuena la salve rociera: “Dios te salve, María, manantial de dulzura. A tus pies, noche y día te venimos a rezar. Dios te salve María, un rosal de hermosura eres tú Madre mía de pureza virginal”. Y el cristiano acaba su rosario: Santa María, Hija de Dios Padre. Santa María, Madre de Dios Hijo. Santa María, Esposa del Espíritu Santo. Ruega por nosotros para que seamos dignos del alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

 SANTÍSIMA TRINIDAD

La Santísima Trinidad. Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, tres Personas y un solo Dios: “Vera et una Trinitas, una et suma Deitas, sancta et una Unitas”. El cristiano recuerda las palabras del apóstol: “Ahora, sin embargo, por Cristo Jesús, vosotros, que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo… Y en su venida os anunció la paz a vosotros que estabais lejos y también la paz a los de cerca, pues por él unos y otros tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu” (Ef 2,13.17-18). Y también: “Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Más aún, hasta nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia, la constancia virtud probada, la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,1-5)

El llamado símbolo atanasiano (“Quicumque vult salvus ese…”), ya que no se puede explicar un misterio, expone con sencillez el de la Trinidad en la Unidad: “Porque una es la Persona de Padre, otra la de Hijo y otra la de Espíritu Santo. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola divinidad, les corresponde igual gloria y majestad eterna. Cual es el Padre, tal es el Hijo, tal el Espíritu Santo. Increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno. De la misma manera no son tres increados, ni tres inmensos, sino un increado y un inmenso. Igualmente, omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres omnipotentes, sino un omnipotente. Del mismo modo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. Y, sin embargo, no son tres Dioses, sino un solo Dios. Así el Padre es Señor, el Hijo es Señor, el Espíritu Santo es Señor. Y, sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor. Porque, así como la verdad cristiana nos obliga a creer que cada Persona es Dios y Señor, la religión cristiana nos prohíbe que hablemos de tres Dioses o Señores.  El Padre no ha sido hecho por nadie ni creado ni engendrado. El Hijo procede solamente del Padre, no hecho ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, no hecho ni creado ni engendrado, sino procedente. Por tanto, hay un solo Padre, no tres Padres; un Hijo, no tres Hijos, un Espíritu Santo, no tres Espíritus Santos. Y en esta Trinidad nada hay anterior o posterior, nada mayor o menor: pues las tres Personas son coeternas e iguales entre sí. De tal manera que, como ya se ha dicho antes, hemos de venerar la Unidad en la Trinidad y la Trinidad en la Unidad”.

En esto, por si pudiera ayudar, en la meditación del misterio cabe recordar que “lo medible” y “las medidas” son creados y, por tanto, limitados y que, como Dios es eterno (no tiene principio ni fin), cuando creó el tiempo (que desde entonces tuvo el principio y en su momento tendrá un fin), lo hizo sin dejar de ser, porque en la eternidad no hay un antes del tiempo ni habrá un después del tiempo (Dios es el “eterno presente”). “Santa e indivisa Trinidad, con todas las fuerzas de nuestro corazón y de nuestra voz, te reconocemos, alabamos y bendecimos” (“Trisagio angélico”, antífona)

CORPUS CHRISTI

El Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. No ha quedado más que un jueves de aquellos tres que estaban fijos en la memoria y en el corazón de los cristianos viejos: “Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”. Celebrar esta solemnidad hace que el cristiano recuerde y vea realizadas las palabras de Jesús: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí para que, donde yo estoy, estéis también vosotros” (Jn 14,2-3) y “Habéis escuchado que os he dicho: “Me voy y vuelvo a vosotros. Si me amaráis os alegraríais de que me vaya al Padre…” (Jn 14,28). Jesús, eterno presente en la Trinidad Divina, sin dejar de su eternidad, entró en el tiempo creado, se hizo hombre y habitó entre nosotros; fue crucificado, muerto y sepultado y resucitó al tercer día; durante cuarenta días “se dejó ver” por los que amaba y, cuando ascendió al cielo, sin menoscabo alguno de su eternidad divina, se quedó entre nosotros: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). El cristiano, ante la Eucaristía, no comprende, pero cree sin reservas que: “sin irse, vino; que se fue, pero se quedó”.  

Salta el alma alborozada al ir recordando palabras de Jesús: “… yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre…” (Jn 14,16); “… el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho…” (Jn 14, 26). Y el cristiano, en la Eucaristía, al adorar, al comulgar, al llenarse de Dios y sumirse en Dios, se llena de alegría al relacionar esas palabras de Jesús con estas otras: “No os dejaré huérfanos, yo volveré a vosotros. Todavía un poco más y el mundo ya no me verá, pero vosotros me veréis porque yo vivo y también vosotros viviréis. Ese día conoceréis que yo estoy en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros” (Jn 14,18-20). Y, así, del alma salen las palabras llenas de fe y de amor: “Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias, a Ti se somete mi corazón por completo y se rinde totalmente al contemplarte. / Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto el gusto, pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios, nada es más verdadero que esta palabra de verdad. / En la cruz se escondía sólo la divinidad, pero aquí también se esconde la humanidad; creo y confieso ambas cosas y pido lo que pidió el ladrón arrepentido. / No veo las llagas como las vio Tomás, pero confieso que eres mi Dios; haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere, que te ame. / ¡Oh, memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que da la vida al hombre, concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura. / Señor, Jesús, bondadoso pelícano, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero. / Jesús, a quien ahora veo escondido, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío, que, al mirar tu rostro ya no oculto, sea yo feliz viendo tu gloria. Amén” (“Adorote devote”, santo Tomás de Aquino).

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano que acompasa su vida a la liturgia, conoce en su alma los tiempos que se suceden desde Cristo Rey, allá por el otoño, hasta el Corpus Christi, acabando la primavera. Se han sucedido el Adviento, la Pascua de Navidad, con la Epifanía, y tras pocas semanas con lecturas propias del Tiempo Ordinario, llega la Cuaresma y se alcanza la Pascua de Resurrección; cuarenta días hasta la Ascensión, que son cincuenta hasta Pentecostés y empieza el Tiempo Ordinario. Las solemnidades de la Santísima Trinidad, el Corpus Christi y el Sagrado Corazón de Jesús, en dos domingos y un viernes, evitan “el salto” anímico que supone zambullirse en el Tiempo Ordinario que dura hasta Cristo Rey. El verano es tiempo de cosecha y frutas hasta la vendimia, de vacaciones escolares, de calor en el hemisferio norte. Hay trabajo, pero la vida corriente parece que se ralentiza. Buen tiempo para meditar parábolas, para leer cartas, para recrearse en historias sagradas. El cristiano vive así lo que se comenta en el Evangelio: “La gente, que era mucha, disfrutaba escuchándolo” (Mc 12,37)

- “Un hombre daba una gran cena e invitó a muchos. Y envió a su siervo a la hora de la cena para decir a los invitados: “Venid, ya está todo preparado”. Y todos comenzaron a excusarse: El primero le dijo: “He comprado un campo y tengo necesidad de ir a verlo; te ruego que me des por excusado”. Y otro dijo: “Compré dos yuntas de bueyes, y voy a probarlas; te ruego que me des por excusado”. Otro dijo: “Acabo de casarme, y por eso no puedo ir”. Regresó el siervo y contó esto a su señor. Entonces, irritado el amo de la casa, le dijo a su siervo: “Sal ahora mismo a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a los pobres, a los tullidos, a los ciegos y a los cojos”. Y el siervo dijo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio”. Entonces dijo el señor a su siervo: “Sal a los caminos y a los cercados y obliga a entrar, para que se llene mi casa. Porque os aseguro que ninguno de aquellos hombres invitados gustará de mi cena” (Lc 14,16-24)

Toda una carta de amor de Dios que es amor: Él, Dios, nos invita y nosotros ponemos excusas. Nos llama para que vayamos con Él, a disfrutar de la cercanía y la alegría de Dios, pero no vamos. Dios no se conforma y si empezó invitando a los amigos, nos busca ahora a los que estamos en lo nuestro, en nuestro trabajo diario, en esa tarea cotidiana que procuramos hacer bien, pero que no siempre nos sale bien porque somos “pobres, tullidos, ciego y cojos”, limitados, distraídos, ambiciosos. Aún queda sitio en el cielo y Dios quiere “que todos se salven” (cf. 1Tm 2,4). Y nos busca más lejos de las ciudades: en los caminos y cercados. Allí, de camino o en la tarea diaria, estamos más desanimados, más cansados, más desilusionados. Pero el deseo de Dios se hace fuerza para llevarnos al cielo, junto a Él y para siempre. “Obliga a entrar” le dice al siervo, a nuestro ángel de la guarda: “compelle intrare” leemos en latín, “ut impleatur domus mea”, para que se llene mi casa. ¿Podremos resistirnos a ir, a entrar, a quedarnos?

Qué oportunidad para recordar el final del precioso soneto: “¡Cuántas veces el ángel me decía: / “Alma asómate ahora a la ventana, / verás con cuanto amor llamar porfía”. ¡Y cuántas, hermosura soberana, / “Mañana abriremos·, respondía, / para lo mismo responder mañana” (Lope de Vega)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe, es consciente y cree que Dios está continuamente a su lado, que todo lo suyo le interesa, que todo lo suyo le importa, que Dios lo ama desde antes del tiempo y ahora en cada instante. ¡Dios me ama! “Dios, nada menos que Dios, me ama” es la frase que quisiera repetirse el cristiano sin descanso, sin olvidarlo, sin cansarse. “… Bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de se lo pidáis” (Mt 6,8), “… Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados… Por tanto, no os preocupéis porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6,32.34); “¿No se vende un par de pajarillos por un as? Pues bien, ni uno solo de ellos caerá en tierra sin que lo permita vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. Por tanto, no tengáis miedo, vosotros valéis más que muchos pajarillos” (Mt 10,29-31). Así es Dios. Y así somos nosotros, distracciones, olvidos, apuros… mucho que hacer, mucho que soñar. Tiempo Ordinario en la liturgia, tiempo de vida corriente, tiempo de parábolas.

“Aquel día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno a él una multitud tan grande que tuvo que subir a sentarse en una barca, mientras toda la multitud permanecía en la playa. Y se puso a hablarles muchas cosas con parábolas…” Pero no empezó con una sobre el mar y los peces. Atrajo su atención así: “Salió el sembrador a sembrar. Y al echar la semilla, parte cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo, pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos, crecieron los espinos y la ahogaron. Otra, en cambio, cayó en buena tierra y comenzó a dar fruto, una parte ciento, otra el sesenta y otra treinta… (Mt 13,1-8). “Entonces sus discípulos le preguntaron qué significaba la parábola. Él les dijo… Los que están junto al camino son aquellos que han oído; pero viene luego el diablo y se lleva la palabra de su corazón, no sea que creyendo se salven. Los que están sobre piedras son aquellos que, cuando oyen, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; éstos creen durante algún tiempo, pero a la hora de la tentación se vuelven atrás. Lo que cayó entre espinos son los que oyeron, pero en su caminar se ahogan a causa de las preocupaciones, riquezas y placeres de la vida y no llegan a dar fruto. Y lo que cayó en tierra buena son los que oyen la palabra con un corazón bueno y generoso, la conservan y dan fruto mediante la perseverancia” (Lc 8,9.12-15)

Palabras para meditar sobre quiénes somos, cómo escuchamos a Dios: “aquellos que han oído; pero viene luego el diablo y se lleva la palabra de su corazón, no sea que creyendo se salven”; “cuando oyen, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; éstos creen durante algún tiempo, pero a la hora de la tentación se vuelven atrás”; “los que oyeron, pero en su caminar se ahogan a causa de las preocupaciones, riquezas y placeres de la vida y no llegan a dar fruto”… No queremos ser así; queremos oír a Dios con un corazón bueno y generoso, queremos dar fruto y perseverar en el amor: “Aunque me canse, aunque no pueda, aunque reviente, aunque muera” (santa Teresa de Jesús). ¡Señor que te quiera, que te quiera más, que te quiera como Tú quieres que te quiera!

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que existe por la voluntad de Dios, que Dios lo acompaña en todo instante de su vida y que Dios lo espera en el cielo. La fe, la esperanza y la caridad son dones de Dios (nº 1813 CIC); con Dios todo lo puede y sin Dos no puede nada. El cristiano recuerda las palabras de amor y de esperanza: “Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios” (1 Co 3,22-23). Y, con san Agustín, sabe que “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti” (sermón 169). Tiempo ordinario; tiempo de parábolas.

“Es como un hombre que la marcharse de su tierra llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno sólo: a cada uno según su capacidad; y se marchó. El que había recibido cinco talentos fe inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco. Del mismo modo, el que había recibido dos ganó otros dos. Pero el que había recibido uno fue, hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo, regresó el amo de dichos servidores e hizo cuentas con ellos. Cuando se presentó el que había recibido los cinco talentos, entregó otros cinco diciendo: “Señor, cinco talentos me entregaste; mira, he ganado otros cinco talentos”. Le respondió el amor: “Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor”. Se presentó también el que había recibido los dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me entregaste, mira he ganado otros dos talentos”. Le respondió el amo: “Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho; entra en la alegría de tu señor”. Cuando llegó por fin el que había recibido un talento, dijo: “Señor, sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste, por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra; aquí tienes lo tuyo”. Su amo le respondió: “Siervo malo y perezoso, sabías que cosecho donde no he sembrado y que recojo donde no he esparcido; por eso mismo debías haber dado tu dinero a los banqueros, y así al venir yo, hubiera recibido lo mío con los intereses. Por lo tanto, quitadle el talento y dádselo al que tiene diez…” (Mt 25,14-28)

Dios nos da para que demos frutos (“ut eatis et fructum afferatis, et fructum vester manet”, Jn 15,16); nos da a todos, a cada uno según su capacidad; nos da de lo suyo (“les entregó sus bienes”) para que, sabiendo que es suyo (“escondí tu talento”), nos lo ha dejado para que lo utilicemos como propio (“debías haber dado tu talento a los banqueros”). Y la llegada del amo que es tiempo de hacer cuentas (“A la tarde nos examinarán del amor” san Juan de Cruz). Y la alegría de escuchar las palabras de Dios: “Muy bien, siervo bueno y fiel” (“Euge, serve bone et fidelis”). “Has sido fiel en lo poco” (“Super pauca fuisti fidelis”). “Entra en la alegría de tu señor” (“Intra in gaudium domini tui”). En el trabajo de cada día, en las tareas agobiantes, en la rutina, en las preocupaciones, en los disgustos, el cristiano sabe que es tiempo de emplear las cualidades que Dios le ha dado según su capacidad. Y el alma se reanima pensando en las palabras del Señor si hace lo que puede, “si hace lo que debe y está a lo que hace”. Y el amor y la fidelidad al encargo del Señor nos da energía para seguir en la tarea, porque no queremos ser un “siervo malo y perezoso”. “No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque no hubiera cielo yo te amara y aunque no hubiera infierno te temiera” 

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe resumir su fe con sencillez. En el amor: creación, redención, salvación. Leyendo el primer nº 1 del Catecismo de la Iglesia Católica se puede confirmar ese resumen: “Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, se hace cercano al hombre, le llama y le ayuda a buscarle, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los hombres que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Para lograrlo, llegada la plenitud de los tiempos, envió a su hijo como Redentor y Salvador. En Él y por Él llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y, por tanto, los herederos de su vida bienaventurada”. Y una oportuna parábola:

“Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos le dijo a su padre: Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde”. Y les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo más joven lo recogió todo, se fue a un país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente. Después de gastarlo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a pasar necesidad. Fue y se pudo a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus tierras a guardar cerdos; le entraban ganas de saciarse con las algarrobas que comían los cerdos, y nadie se las daba. Recapacitando se dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros. Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre.

Cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos. Comenzó a decirle el hijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo”. Pero el padre les dijo a sus siervos: “Pronto sacad el mejor traje y vestidle, ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”. Y se pusieron a celebrarlo… (Lc 15,11-24)

Esta es la primera parte de la parábola del Padre misericordioso, aunque se conoce como la del hijo pródigo y, aunque también nos da una lección, no se dice nada del otro hijo. Es difícil no vernos retratados en este pasaje cuando lo referimos a Dios, que nos ha dado y nos da todo, y a nosotros, que no podemos renunciar a nuestra voluntad, a nuestros derechos, a los caprichos de nuestro “yo”. Sin rubor, le decimos a Dios: “Dame mi parte”, aunque le debemos toda nuestra existencia. Sin escarmentar, una y otra vez, volvemos a “vivir lujuriosamente para acabar pasando hambre”. Y, sin vergüenza, porque sabemos que Dios es bueno y nos quiere como nadie puede querer, nos acercamos a Él; y nos perdona, y nos abraza y nos besa, y nos llena de ¡amor de Dios!

“¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y … no me he vuelto loco? (“Camino”, 425)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive en la alegría de saber que es hijo de Dios, que Dios es nuestro Padre (1Jn 3,1) y que Dios es amor (1Jn 4,8.16). Dios es compasivo y misericordioso (salmo 85,15) y los cristianos cantamos: “Me enseñas el sendero de la vida, saciedad de gozo en tu presencia, alegría perpetua a tu derecha” (salmo, 15,11). Tiempo de parábolas de alegría y de misericordia.

- “… El hijo mayor estaba en el campo; al volver y acercarse a casa oyó la música y los cantos y, llamando a uno de los siervos le preguntó qué pasaba. Éste le dijo: “Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado por haberle recobrado sano”. Se indignó y no quería entrar, pero su padre salió a convencerle. Él replicó a su padre: “Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos. Pero en cuanto ha venido ese hijo tuyo que devoró tu fortuna con meretrices, has hecho matar para él el ternero cebado”. Pero él respondió: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado” (Lc 15,15-32)

A veces se habla del buen hijo pródigo que se arrepiente y del hijo malo, egoísta, soberbio y envidioso, olvidando que la parábola es una historia de misericordia, de Dios, del Padre. Posiblemente la condición de pecadores, y de redimidos por Cristo, lleva a la simpatía por el hijo menor que se abandonó a su Padre y se alejó del cielo; pero no hay que olvidar que el Padre no reprocha nada al hijo mayor, sino que le recuerda que está en el cielo, junto a Él y gozando porque “todo lo mío es tuyo”. No podía ser que, por destacar la misericordia con quien se marchó y vuelve por necesidad, se condenara a quien, por no tener en cuenta que la Justicia alcanza su plenitud con la misericordia, tuvo una mala reacción y se enfadó cuando debió alegrarse con el Padre. Esa podría ser la aproximación a la meditación y propósitos en esta segunda parte.

- ¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y sale en busca de la que perdió hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso y al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: “Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me perdió”. Os digo que, del mismo modo, habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión” (Lc 15,4-7). No puede haber mayor alegría que ser alegría para Dios. Y Dios, que es amor, sale a buscarnos a los que hemos perdido, cuando no abandonado, el buen camino.

También puede ser conveniente añadir a ese pasaje la reflexión de este otro: “Yo buscaré mi rebaño y lo apacentaré… Yo mismo pastorearé a mis ovejas y las haré descansar, dice el Señor Dios. Buscaré a la perdida, haré volver a la descarriada, a la que esté herida la vendaré, y curaré a la enferma. Tendré cuidado de la bien nutrida y de la fuerte. Las pastorearé con rectitud… Voy a salvar a mi rebaño” (Ez 34,11.15-16.22). El buen pastor protege de los carneros y machos cabríos al rebaño de ovejas. Cada oveja recibe los cuidados que necesita su situación. Ninguna es abandonada. ¡Dios nos cuida!

TIEMPO ORDINARIO. FINAL DE CURSO

El calor, la calor y las calores, son grados en la tierra de María Santísima. ¡Ánimo!

El curso se acaba. Es tiempo de descanso, de rearmarse de fuerzas en el cuerpo y en el espíritu. El cristiano encuentra motivo de meditación, de adoración a Dios; de acción de gracias, por el curso acabado, por la vida recibida y sostenida; de petición, para cada uno, para los cercanos, para los lejanos, para los contrarios, para el que lo necesite, sea quien sea. Manteniendo la costumbre en el blog, sigue aquí la poesía del Padre Alarcón S.I. que reprodujo el Padre Coloma S.I., con texto en prosa intercalado, en su obra “Pequeñeces”, en el pasaje en el que, en una distribución de premios escolares, un niño recitaba a la Virgen. Adaptando las palabras a la actualidad de cada uno. Pensando.

- “Dulcísimo recuerdo de mi vida, / bendice a los que vamos a partir. / ¡Oh, Virgen del recuerdo dolorida, / recibe tú mi adiós de despedida, y acuérdate de mí!... / Lejos de aquestos tutelares muros, / los compañeros de la edad feliz / no serán a tu amor perjuros; / conservarán sus corazones puros; / ¡Se acordarán de ti! / Mas siento al alejarme una agonía / cual no la suele el corazón sentir…/ En palabras de niño ¿quién confía? / Temo… no sé qué temo, Madre mía, / por ellos y por mí…” Estos cortes circunstanciales en la rutina vital permiten recordar tiempos pasados en los que la fe, la piedad, la relación con Dios era intensa, amable, cordial. Conviene sacar ánimos de ahí. 

- “Dicen que el mundo es un jardín ameno / y que áspides oculta ese jardín… / que hay frutos dulces de mortal veneno… / que el mar del mundo está de escollos lleno… / Y ¿por qué estará así? / Dicen que por el oro y los honores / hombres sin fe, de corazón ruín, /secan el manantial de sus amores, / y a su Dios y a su Patria son traidores… ¿Por qué serán así? / Dicen que de esta vida los abrojos / quieren trocar en mundanal festín; / que ellos, ellos motivan tus enojos, / y que ese llanto de tus dulces ojos/ lo causan ellos, ¡sí! / Ellos, ¡ingratos!, de pesar te llenan… / ¿Seré yo también sordo a tu gemir? / ¡No! ...; yo no quiero frutos que envenenan, / no quiero goces que a mi Madre apenan, / ¡no quiero ser así! / En los escollos de esta mar bravía / yo no quiero sin gloria sucumbir; / yo no quiero que llores por mí un día, / yo no quiero que llores, Madre mía… / ¡No quiero ser así!” Quizá nuestra experiencia vital empieza aquí, recordando tiempos de olvido de Dios, de alejamiento de Dios. También esa poesía de niño puede animarnos.

- “Y mientras yo responda a tu reclamo, / mientras me juzgue con tu amor feliz, / y ardiendo en este afecto en que me inflamo / te diga muchas veces que te amo, / ¿te olvidarás de mí? / ¡Ah, no, dulce recuerdo de mi vida! / Siempre que luche en poderosa lid, / siempre que llore mi alma dolorida, / al recordar mi adiós de despedida / ¡Te acordarás de mí! / Y en retorno de amor y fe sincera, / jamás sin tu recuerdo he de vivir: / tuya será mi lágrima postrera… / Hasta que muera, Madre, hasta que muera, / me acordaré de ti!” Así, con ese arrojo juvenil, aún en la edad madura, es tiempo de propósitos, de animarnos unos a otros, la mejor inversión: ¡el ciento por uno!

- “Tú en pago, Madre, cuando llegue el plazo / de alzar el vuelo al celestial confín, / estrechándome a ti con dulce abrazo, / no me apartes jamás de tu regazo, / ¡no me apartes de ti!”. No hay mayor seguridad que ir a Jesús de la mano de la Madre.

Unos a otros, todos nos deseamos un feliz descanso. Un “seguir sin parar” más pausado.

AGOSTO

Eva y Adán. “Entonces dijo el Señor Dios: - No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda adecuada para él. El Señor Dios formó de la tierra todos los animales del campo y todas las aves del cielo, y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, de modo que cada ser vivo tuviera el nombre que él le hubiera impuesto. Y el hombre puso nombre a todos los ganados, a las aves del cielo y a todas las fieras del campo; pero para él no encontró una ayuda adecuada. Entones el Señor Dios infundió un profundo suelo al hombre y éste se durmió; tomó luego una de sus costillas y cerró el hueco con carne. Y el Señor Dios, de la costilla que había tomado del hombre, formó una mujer y la presentó al hombre. Entonces dijo el hombre: - Ésta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Se la llamará mujer, porque del varón fue hecha. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne. Ambos estaban desnudos, el hombre y la mujer, y no sentían vergüenza.” (Gn 2,18-25)

“La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que había hecho el Señor Dios, y dijo a la mujer: - ¿De modo que os ha mandado Dios que no comáis de ningún árbol del jardín? La mujer respondió a la serpiente: - Podemos comer del fruto de los árboles del jardín; pero Dios nos han mandado: “No comáis ni toquéis del árbol que está en medio del jardín pues moriríais”. La serpiente dijo a la mujer: - No moriréis en modo alguno; es que Dios sabe que el día que comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedor del bien y del mal”. La mujer se fijó en que el árbol era bueno para comer, atractivo a la vista y que aquel árbol era apetecible para alcanzar sabiduría; tomó de su fruto, comió, y a su vez dio a su marido que también comió. Entonces se les abrieron los ojos y conocieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.

Y cuando oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, el hombre y su mujer se ocultaron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del jardín. El Señor Dios llamó al hombre y le dijo: - ¿Dónde estás? Éste contestó: - Oí tu voz en el jardín y tuve miedo porque estaba desnudo; por eso me oculté. Dios le preguntó: - ¿Quién te ha indicado que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol del que te prohibí comer? El hombre contestó: - La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí. Entonces el Señor Dios dijo a la mujer: - ¿Qué es lo que has hecho? La mujer respondió: - La serpiente me engañó y comí…” (Gn 3.1-14)

“… El Señor Dios hizo unas túnicas de piel para el hombre y su mujer, y los vistió. Y el Señor les dijo: - He aquí que el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros en el conocimiento del bien y del mal; que ahora no extienda la mano y tome también del árbol de la vida, coma y viva para siempre. Así, pues, el Señor lo expulsó del jardín del Edén, para que trabajase la tierra de la que había sido tomado. Cuando lo hubo expulsado, puso, al oriente del jardín del Edén, querubines blandiendo espadas llameantes para guardar el camino del árbol de la vida” (Gn 3,21-24)

“Adán conoció a Eva, su mujer, que concibió y dio a luz a Caín. Y dijo: - He adquirido un varón gracias al Señor. Después dio a luz a su hermano Abel. Abel fue pastor de ganado menor, y Caín labrador … (Gn 4,1-2). “Adán conoció de nuevo a su mujer, y ella dio a luz a un hijo al que puso por nombre Set, pues dijo: “Dios me ha concedido otro descendiente en lugar de Abel, ya que lo mató Caín.” (Gn 4,25).

AGOSTO

Agar madre de Ismael. “Saray, esposa de Abrán, no le había dado hijos, pero tenía una esclava egipcia, llamada Agar. Saray dijo a Abrán: - Mira el Señor me ha hecho estéril, acércate por favor a mi esclava, y quizá tenga hijos de ella. Abrán asintió al ruego de Saray. Cuando Abrán llevaba ya diez años asentado en la tierra de Canaán, Saray, esposa de Abrán, tomó a su esclava egipcia Agar, y, al ver que había concebido, miraba con desprecio a su señora. Entonces dijo Saray a Abrán: - Recaiga sobre ti mi agravio; yo puse en tus brazos a mi esclava, y ella cuando ha visto que está encinta, me mira con desprecio. Que el Señor juzgue entre tú y yo. Abrán respondió a Saray: - Ahí tienes a tu esclava a tu disposición, haz con ella lo que te parezca mejor. Entonces Saray la maltrató; y ella huyó de su lado.

Pero el ángel del Señor la encontró en el desierto junto a una fuente de agua, junto a la fuente del camino del sur, y le dijo: - Agar, esclava de Saray ¿de dónde vienes y a dónde vas? Ella respondió: - Huyo de la presencia de Saray, mi señora. El ángel del Señor le dijo: - Vuelve a tu señora y humíllate ante ella. El ángel del Señor añadió: - Multiplicaré tu descendencia, tanto que no podrá contarse a causa de su gran número. Y aún le dijo el ángel del Señor: - He aquí que estás encinta y darás a luz un hijo; le llamarás Ismael, porque el Señor escuchó tu aflicción. Será como onagro humano; levantará su mano contra todos y todos las manos contra él, y acampará frente a todos sus hermanos. Ella llamó al Señor que le había hablado: “Tú eres El-Roy”. Porque se dijo: “¿Verdaderamente, he visto yo aquí al que me ve? Por eso se le llama el pozo que está entre Cadés y Béred pozo de Lajay-Roy. Agar dio a Abrán un hijo; y Abrán puso por nombre Ismael al hijo que dio a luz Agar. Tenía Abrán ochenta y seis años cuando Agar dio a luz a Ismael para Abrán” (Gn 16,1-16)

“El Señor cambió el nombre de Abrán por Abrahán, padre de multitud de pueblos (Gn 17,5) y el nombre de Saray por Sara (Gn 17,15). El Señor visitó a Sara como había dicho, y le concedió lo que le había prometido. Sara concibió y dio un hijo a Abrahán en su vejez, en el plazo que Dios le había fijado. Abrahán puso por nombre Isaac al hijo que le había nacido, el que le había dado Sara. Y Abrahán circuncidó a su hijo Isaac cuando éste tenía ocho días, tal como Dios le había ordenado. Abrahán tenía cien años cuando le nació su hijo Isaac.” (Gn 21,1-5).

“El niño creció y dejaron de darle de mamar. Abrahán dio un gran banquete el día que dejaron de dar de mamar a Isaac. Pero Sara vio al hijo que Agar la egipcia había dado a Abrahán jugando con Isaac. Y dijo a Abrahán: - Expulsa a esa esclava y a su hijo, pues no va a heredar el hijo de esa esclava con mi hijo Isaac. A Abrahán le desagradó mucho la petición respecto de su hijo. Pero Dios dijo a Abrahán: - No te desagrade lo del muchacho. Haz que caso a Sara en todo lo que te dice, pues, por Isaac, una estirpe llevará tu nombre; también al hijo de la esclava lo constituiré en un gran pueblo, por ser descendencia tuya. Muy de mañana, Abrahán se levantó, tomo pan y un odre de agua, y se lo dio a Agar; se los puso a la espalda con el niño y la despidió. Ella se marchó y anduvo errante por el desierto de Berseba…”  (Gn 21,8-14)

“… Dios estaba con el niño, que creció, habitó en el desierto y se convirtió en un buen arquero. Habitó en el desierto de Parán, y su madre le buscó una esposa en el país de Egipto” (Gn 21, 20)

AGOSTO

Dalila seduce a Sansón. Después de esto, en el valle de Sorec se enamoró de una mujer llamada Dalila. Se dirigieron a ella los príncipes de los filisteos de los filisteos y le dijeron: - Sedúcelo y averigua de dónde le viene su gran fuerza y cómo lo podríamos dominar y atarlo para dejarlo inmóvil. Cada uno de nosotros te daremos cien mil monedas de plata.

Entonces Dalila dijo a Sansón: - Dime, por favor, de dónde te viene tu gran fuerza y con qué habría que atarte para inmovilizarte. Sansón le respondió: - Si me atan con siete nervios frescos, sin secar, me debilitaré y seré como cualquier hombre. Los príncipes de los filisteos le llevaron siete nervios frescos, sin secar. Dalila lo ató con ellos y le tendió una emboscada en la habitación. Le dijo: - ¡Sansón, los filisteos viene sobre ti! Pero él rompió los nervios con la facilidad con que se rompe un hilo de estopa al calor del fuego; y no se descubrió el secreto de su fuerza.

Dalila dijo a Sansón: - Te has burlado de mi y me has engañado. Así que haz el favor de decirme ahora con qué se te puede atar. Él respondió: - Si me atan con cuerdas nuevas, que no se hayan usado para ningún trabajo, me debilitaré y seré como cualquier hombre. Dalila tomó cuerdas nuevas, lo ató con ellas y dijo: - ¡Sansón los filisteos viene sobre ti! Mientras tanto, había tendido una emboscada en la habitación, pero él rompió las cuerdas que ataban sus brazos como si fueran un hilo.

Dalila insistió a Sansón: - ¡Hasta cuando te vas a burlar de mi y a engañarme? Dime con qué se te puede atar. Él le respondió: - Si trenzas siete mechones de mi cabeza en un entramado, y lo fijas con una estaca, me debilitaré y seré como cualquier hombre. Ella lo hizo dormir y trenzó siete mechones de su cabeza en un entramado, lo fijó con una estaca, y le dijo: - ¡Sansón, los filisteos vienen sobre ti! Él despertó de su sueño y se llevó la estaca del telar y el entramado. Dalila le dijo: - ¿Cómo dices que me amas si tu corazón no está conmigo? Es la tercera vez que te burlas de mí y no me has dicho de dónde viene tu fuerza.

Como todos los días lo presionaba con sus palabras y lo importunaba, decayó su ánimo hasta la muerte y le contó todo lo que llevaba en el corazón. Le dijo: - Nunca ha pasado una navaja por mi cabeza puesto que soy nazareo de Dios desde el vientre de mi madre. Si se me rapara, mi fuerza se apartaría de mí, me debilitaría y sería como todos los hombres. Dalila vio que le había contado todo lo que llevaba en su corazón y mandó llamar a los príncipes de los filisteos diciendo: - Venid que esta vez me ha contado todo lo que llevaba en el corazón. Los príncipes de los filisteos se dirigieron hacia ella levando la plata en sus manos. Ella lo hizo dormir sobre sus rodillas, llamó a un hombre para que le cortara los siete mechones de su cabeza y comenzó a dominarlo. Su fuerza se había apartado de él. Entonces dijo: - ¡Sansón, los filisteos viene sobre ti! Mientras él se despertaba de su sueño se dijo: - Saldré como en las ocasiones anteriores y me soltaré - pues no sabía que el señor se había apartado de él.

En cuanto lo apresaron los filisteos le arrancaron lo ojos, lo llevaron a Gaza, lo sujetaron con dos cadenas de bronce y lo pusieron como molinero en la cárcel.

El cabello de su cabeza comenzó a salir de nuevo después de que se lo cortaran (Jc 16,4-22)

AGOSTO

Jezabel la mujer de Nabot. Después de esto, sucedió lo siguiente: Nabot, el yizreelita, tenía una viña en Yizreel, situada junto al palacio de Ajab, rey de Samaria. Habló Ajab a Nabot proponiéndole: - Dame tu viña para tenerla como huerto, pues está contigua a mi casa, y yo te daré a cambio otra viña mejor o, si prefieres, te pagaré su precio en plata. Nabat respondió a Ajab: - Que el Señor me libre de darte la heredad de mis padres.

Ajab volvió a su casa triste y enfadado por la respuesta que le había dado Nabot el yizreelita, al decirle: “no te daré la heredad de mis padres”. Se acostó en la cama, ocultó su rostro y no probó alimento. Entones se acercó a él su mujer Jezabel y le preguntó: - ¿Qué pasa que estás abatido y te niegas a comer pan? Le respondió: - Porque le he propuesto a Nabot, el yizreelita: “Dame tu viña a cambio de plata, o si prefieres, yo te daré otra viña a cambio”, y él ha contestado: “No te voy a entregar mi viña”. Le replicó su esposa Jezabel: - Ahora tú tienes el reinado sobre Israel. Levántate, come pan y alegra tu corazón. Yo te entregaré la viña de Nabot, el yizreelita.

Ella escribió cartas en nombre de Ajab, las selló con su sello y las envió a los ancianos y a los notables de la ciudad que vivían cerca de Nabot. En las cartas escribió lo siguiente: “Proclamad ayuno y haced sentar a Nanbot a la cabeza del pueblo. Haced sentar frente a él a dos hombres, hijos de Belial, para que testimonien diciendo: “Has maldecido a Dios y al rey”. Entonces sacadlo, apedreadlo, y que muera”.

Sus conciudadanos, los ancianos y los notables que habitaban en su misma ciudad lo hicieron tal y como Jezabel les había mandado y según estaba escrito en las cartas que les había enviado. Promulgaron un ayuno e hicieron sentar a Nabot a la cabeza del pueblo. Llegaron los dos hombres, hijos de Belial, se sentaron frente a él, y aquellos hijos de Belial testimoniaron contra Nabot delante del pueblo diciendo: - Nabot ha maldecido a Dios y al rey. Entones lo sacaron fuera de la ciudad, lo apedrearon y murió. Enviaron a decir a Jezabel. – Nabot ha sido lapidado y muerto.

Cuando Jezabel se enteró de que Nabot había sido lapidado y que había muerto, dijo a Ajab: - Levántate, aprópiate de la viña de Nabot, el yizreelita,, la que él se negó a darte por dinero, pues Nabot ya no vive, ha muerto. Al oír Ajab que había muerto Nabot, se levantó para bajar a la viña de Nabot, el yizreelita, y apropiarse de ella.” (1 R 21,1-16)

“Ciertamente no hubo nadie como Ajab que se vendiera para obrar el mal a los ojos del Señor pues fue inducido por su esposa Jezabel… Cuando Ajab escuchó aquellas palabras rasgó sus vestiduras, se vistió de saco y ayunó; dormía con el saco y andaba abatido. Entonces le llegó a Elías, el tesbita, la palabra del Señor en estos términos: - ¿Has visto cómo se ha humillado Ajab ante mí? Por haberse humillado ante mí, no traeré el mal en sus días…” (1 R 21,25.27-29)

“El combate (contra el rey de Siria) arreció aquel día. El rey … murió a la tarde. El rey murió y lo llevaron a Samaría donde lo enterraron… El resto de los hechos de Ajab, y todo lo que realizó, el palacio de marfil que construyó y todas las ciudades que edificó, ¿no está todo ello escrito en el libro de las crónicas de los reyes de Israel? Ajab descansó con sus padres y en su lugar reinó su hijo Ocozías” (1 R 22, 35.37.39-40).

AGOSTO

Herodías y Salomé. “En efecto, el propio herodes había mandado apresar a Juan y le había encadenado en la cárcel a causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo; porque se había casado con ella y Juan le decía a Herodes: “No te es lícito tener a la mujer de tu hermano”. Herodías lo odiaba y quería matarlo, pero no podía; porque Herodes tenía miedo de Juan, ya que se daba cuenta de que era un hombre justo y santo. Y le protegía y al oírlo le entraban muchas dudas; y le escuchaba con gusto.

 Cuando llegó un día propicio, en el que Herodes por su cumpleaños dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea, entró la hija de la propia Herodías, bailó y gustó a Herodes y a los que con él estaban a la mesa. Le dijo el rey a la muchacha: - Pídeme lo que quieras y te lo daré. Y le juró varias veces: - Cualquier cosa que me pidas te daré, aunque sea la mitad de mi reino.

Y, saliendo, le dijo a su madre: - ¿Qué le pido? – La cabeza de Juan el Bautista - contestó ella. Y al instante, entrando deprisa donde estaba el rey, le pidió: - Quiero que enseguida me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.

El rey se entristeció, pero por el juramento y por los comensales no quiso contrariarla. Y enseguida el rey envió a un verdugo con la orden de traer su cabeza. Éste se marchó, lo decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha y la muchacha la entregó a su madre. Cuando se enteraron sus discípulos vinieron, tomaron su cuerpo muerto y lo pusieron en un sepulcro” (Mc 6,17-29)

En el Nuevo Testamento se habla de cuatro Herodes. Jesús nació en tiempos de Herodes el Grande (Mt 2,1), que fue padre de Herodes Antipas (Mt 14,1-12), abuelo de Herodes Agripa I, que mató al apóstol Santiago y encarceló a san Pedro (Hech 12, 1-23), bisabuelo de Herodes Agripa II, que interrogó a san Pablo en Cesarea (Hech 25,13-26.32); para evitar que fuera asesinado en Jerusalén, el tribuno Claudio Lisias envió custodiado a Pablo al Prefecto Felix, que estaba casado con Drusila, que era judía e hija de Herdodes Agripa I y que lo interrogó en Cesarea; dos años después, Festo sucedió a Felix y, cuando éste fue visitado por Agripa (Herodes Agripa II) y su esposa Berenice, volvió a interrogar a Pablo; entonces fue cuando le dijo a Felix, podría haber sido puesto en libertad si no hubiera apelado al César (Hech 26,32).

Herodes el Grande fue el que recibió a los Magos de Oriente, el que ordenó matar a todos los niños que había en Belén y toda su comarca y por el que la Sagrada Familia tuvo que huir a Egipto. Herodes Antipas, gobernaba Galilea y de Perea, estaba casado con una hija del rey de Arabia aunque vivía con Herodías que era la mujer de su hermano Filipo; fue el que ordenó decapitar a Juan el Bautista. Cuando le dicen a Jesús que Herodes le quería matar, dijo: “Id a decir a ese zorro: “Mira expulso demonios y realizo curaciones hoy, mañana y al tercer día acabo…” (Lc 13,32). En el relato de la Pasión, Pilato remitió a Jesús a Herodes que lo interrogó, aunque no tuvo ninguna respuesta, y que lo devolvió a Pilato. “Herodes y Pilato se hicieron amigos aquel día pues antes estaban enemistados entre sí” (Lc 23, 6-12)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano acompasa su vida espiritual a los tiempos de la vida ordinaria en la convivencia familiar, en el trabajo, en la realidad de cada día con las preocupaciones, la dedicación y el esfuerzo, los deseos y las aspiraciones, los pequeños éxitos, las contrariedades, el momento feliz, la sensación de vacío o de amargura. Y recuerda las frases evangélicas: “No os preocupéis por el mañana porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6,34); y, también, desde luego: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

Días de iniciación de los cursos escolares y universitarios. Algunos pueden considerar apropiado empezar como narran los evangelios cómo empezó Jesús su vida pública. Después del bautismo de Jesús por Juan el Bautista y de las tentaciones en el desierto, “entonces, por impulso del espíritu volvió Jesús a Galilea y se extendió su fama por toda la región. Y enseñaba en sus sinagogas y era horado por todos” (Lc 4,14). “Dejando Nazaret se fue a vivir a Cafarnaún, ciudad marítima, … Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: “Convertíos porque está cerca el Reino de los Cielos” (Mt 4,13.17; cf. Mc 1,14 y 15). En ese tiempo se produjo la vocación de los primeros discípulos: Simón y su hermano Andrés, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, (Mt 4,18-22, Lc 5,1-11); Andrés llevó a Jesús a Felipe y éste llevó a Jesús a Natanael (Jn 1,35-51), que algunos identificamos con Bartolomé. Parece que es una buena forma de empezar un curso, de hacer propósitos, de llenar la oración de peticiones.

Pero, para empezar, nada mejor que hacerlo de la mano de nuestra Madre: “Al tercer día se celebraron unas bodas de Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. También fueron invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Y, como faltó vino, la madre de Jesús le dijo: - No tienen vino. Jesús le respondió: - Mujer ¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora. Dijo su madre a los sirvientes: - Haced lo que él os diga. Había allí seis tinajas de piedra preparadas para las purificaciones de los judíos, cada una con una capacidad de unas dos o tres metretas. Jesús les dijo: - Llenad de agua las tinajas. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo: - Sacadlas ahora y llevadlas al maestresala. Así lo hicieron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino sin saber de dónde procedía -aunque los sirvientes que sacaron el agua lo sabían- y le dijo: - Todos sirven primero el mejor vino, y cuando ya han bebido bien, el peor; tú, al contrario, has reservado el vino bueno hasta ahora. Así en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de los signos con el que manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él” (Jn 2,1-11). Para meditar: María, la Madre de Jesús, la Madre de Dios es mi Madre; está atenta a todo lo que necesito e intercede por mí ante Dios; y Dios no le niega nada de lo que pide. 

Tiempo de parábolas. “Les decía esta parábola: Un hombre tenía una higuera plantada en su viña y fue a buscar en ella fruto y no lo encontró. Entonces dijo al viñador: - Mira hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera sin encontrarlo; córtala, ¿para qué va a ocupar terreno en balde? Pero él le respondió: -Señor, déjala también este año hasta que cave a su alrededor y eche estiércol, por si produce fruto; si no la cortas” (Lc 13, 6-9). Dios bueno, espera un año más, como el curso que empieza. Y ayúdanos. 

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que Dios es amor y que Dios le ama, se interesa por él; el cristiano sabe que a Dios le importa, que Dios le ayuda en todo y siempre. “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia. No dura siempre su querella, ni guarda rencor perpetuamente. No nos trata según nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas… Como se apiada un padre de sus hijos, así el Señor tiene piedad de los que le temen. Pues él conoce de qué estamos hechos, recuerda que somos polvo… la misericordia del Señor perdura desde siempre y para siempre …” (salmo 103, 8-17). Danos, Señor, tu amor para que rebosemos amor en todos. Siguiendo a san Buenaventura: como Dios, que es el Sumo Bien, es amor, puesto que “Bonum diffusivum sui” hay que convenir en que “Amor diffusivum sui”: el amor se difunde, se expande, rebosa del corazón y del alma y se derrama amando a los otros.

“Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti” (san Agustín, sermón 169) y, puesto que el propio Jesús pedía al Padre para los suyos “No te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno” (Jn 17,15), los cristiano sabemos que nuestra vida en este mundo es camino para el cielo y que es en el mundo donde debemos ser, hacer y dar, con la ayuda de Dios. “Ad cuius adventum omnes homines resurgere habent cum corporibus suiis et reddituri sunt de factis propriis rationem” (Quicumque”: “A cuya venida todos los hombres resurgirán con sus cuerpos y darán razón de sus hechos”). “A la tarde te examinarán en el amor” (san Juan de la Cruz: “Dichos de amor y luz”).     

Una parábola. “Un hombre noble marchó a una tierra lejana a recibir la investidura real y volverse. Y llamó a diez siervos suyos, les dio diez minas y les dijo: “Negociad hasta mi vuelta… Al volver recibida ya la investidura real, mandó llamar ante sí a aquellos siervos a quienes había dado el dinero para saber cuánto habían negociado. Vino el primero y dijo: Señor, tu mina ha producido diez”. Y le dijo: “Muy bien, siervo bueno, porque has sido fiel en lo poco, ten potestad sobre diez ciudades. Vino el segundo y dijo: “Señor, tu mina ha producido cinco”. Le dijo a éste: “Tú ten también el mando de cinco ciudades”. Vino el otro y dijo: “Señor, aquí está tu mina que he tenido guardada en un pañuelo, pues tuve miedo de ti porque eres hombre severo, recoges lo que no depositaste y cosechas lo que no sembraste”. Le dice: “Por tus palabras te juzgo, siervo malo, ¿sabías que yo soy hombre severo que recojo lo que no he depositado y cosecho lo que no he sembrado? ¿Por qué no pusiste mi dinero en el banco? Así, al volver yo lo hubiera retirado con los intereses”. Y les dijo a los presentes: “Quitadle la mina y dádsela al que tiene diez”. Entonces le dijeron: “Señor, ya tiene diez minas”. Os digo: “A todo el que tiene se le dará, pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará.” (Lc 19, 12-26). Fieles; en lo mucho o en lo poco. Se trata de procurar hacer bien lo que en cada momento se debe hacer.

Por Dios y con Dios, emplear las cualidades que Él nos ha dado: “Toma, Señor, mi libertad, mi memoria, mi entendimiento; toda mi voluntad. Todo mi haber y mi poseer. Tú me lo diste, a Ti, Señor, lo torno. Todo es tuyo. Dispón de mí, según tu voluntad. Dame tu amor y tu gracia. Eso me basta”.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive estos días de principio de curso, de la llegada del otoño, de vendimia; animando al cuerpo y al espíritu ante las nuevas tareas y con la esperanza de que todo vaya bien. Buen tiempo para recordar la oración de san Claudio de la Colombière: “Dios mío estoy tan persuadido de que velas sobre todos los que en Ti esperan y de que nada puede faltar a quien de Ti espera todas las cosas, que he resuelto vivir en adelante sin cuidado alguno descargando sobre Ti todas mis inquietudes. Yo dormiré en paz y descansaré porque Tú, ¡oh Dios!, y solo Tú, has asegurado mi esperanza”. Es como repetir lo que escribió san Pedro: “Descargad sobre él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros (1 P 5,7). Es como abrazarse a Jesús y escucharle: “Bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que lo pidáis” (Mt 6,8). “Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados” (Mt 6,32).

Tiempo de ponerse en marcha, de hacer lo que hay que hacer y de dar fruto. “Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no da fruto lo corta y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto… Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis discípulos míos… “No me habéis elegido vosotros, sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca…” (Jn 15, 1-2, 4-5, 16-17). “Ut eatis et fructum afferatis, et fructus vester maneat…”; así, en latín, qué buena frase para animarse, para meditar, dar gracias.

“El reino de los Cielos es como un hombre, dueño de una propiedad que salió al amanecer a contratar obreros para su viña. Después de haber convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió también hacia la hora tercia y vio a otros que estaban en la plaza parados, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo”. Ellos marcharon. De nuevo salió hacia la hora sexta y de nona e hizo lo mismo. Hacia la hora undécima volvió a salir y todavía encontró a otros parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis ociosos aquí todo el día?”. Le contestaron: “Porque nadie nos ha contratado”. Les dijo: “Id también vosotros a mi viña”. A la caída de la tarde le dijo el amo de la viña a su administrador: “Llama a los obreros y dales el jornal, empezando por los últimos hasta llegar a los primeros”. Vinieron los de la hora undécima y recibieron un denario cada uno. Y cuando llegaron los primeros pensaron que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, se pusieron a murmurar contra el dueño: “A estos últimos que han trabajado solo una hora los has hecho iguales a nosotros que hemos soportado el peso del día y del calor”. Él le respondió a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno?” (Mt 20,1-15). ¡Ánimo!, aunque seamos de la hora undécima. Él nos espera.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que su vida en este mundo es un tránsito para la que empieza y no acaba. Sabe que esta vida es un anticipo de la que le espera que es su continuación sin fin. Un anticipo porque el cristiano vive participando del amor de Dios, auxiliado por la intercesión de la virgen Santísima que es Madre de Dios y Madre nuestra, socorrido y acogido en la Comunión de los Santos que hacen lo que pueden porque se santo es amar y llevado de la mano por el ángel que Dios designó para su guarda. Como cuando se aprende a nadar o a montar en bicicleta, rodeado por los brazos abiertos de todos los que le quieren, el niño se suelta y bracea o pedalea animado por el impulso de tanto amor.

“El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir” (Mt 20,28), es la frase de Jesús; “He aquí la esclava del Señor” (Lc 1,38), fue la respuesta de nuestra Madre ante el anuncio de que iba a ser la Madre de Dios. Los cristianos sabemos que cristianismo es amar y que servir es una manifestación esencial del amor en el mundo, en cualquier estado, en cualquier condición, en cualquier circunstancia. “Para servir, servir” (“Es Cristo que pasa” 50). Servir quiere decir esforzarse en hacer bien lo que se debe hacer; servir quiere decir procurar capacitarse cada uno para poder servir con utilidad a todo el que lo necesite, para ayudar a quien vemos que no puede, para animar al desanimado, para levantar al caído. Y servir es hacer todo por Dios, porque la vida es servicio, sin esperar nada, porque sabemos que ya lo tenemos todo: “No me tienes que dar porque Te quiera, pues, aunque lo espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera” (“A Jesús Crucificado”) . Y, al servir, en el servir, no hay que desanimarse porque “Electi Dei non laborabunt frustra”, “los elegidos de Dios no trabajan en vano” (Is 65,23).

Una parábola. “¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el amo pondrá al frente de la casa para dar la ración adecuada a la hora debida? Dichoso aquel siervo a quien su amo cuando vuelva encuentre obrando así. En verdad os digo que le pondrá la frente de toda su hacienda. Pero si ese siervo dijera en sus adentros: “Mi amo tarda en venir”, y comenzase a golpear a los criados y criados, a comer, a beber y a emborracharse, llegará el amo de aquel siervo el día menos pensado, a una hora imprevista, lo castigará duramente y le dará el pago de los que no son fieles. El siervo que conociendo la voluntad de su amo, no fue previsor ni actuó conforme a la voluntad de aquél, recibirá muchos azotes; en cambio el que sin saberlo hizo algo digno de castigo, recibirá pocos azotes. A todo aquel al que se le ha dado, mucho se le exigirá, y al que le encomendaron mucho, mucho le pedirán” (Lc 12,42-47). Para meditar: ¿procuro ser el siervo fiel y prudente que hace la voluntad del señor? ¿o me merezco el pago de los que no son fieles? Se me ha dado mucho, se me ha encomendado mucho… Sale espontánea del corazón la frase “Servi inutiles sumus, quod debuimos facere, fecimos”: somos siervos inútiles, lo que debemos hacer lo hacemos (Lc 17,10).

Pero también llegan desde la memoria las palabras de Jesús: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor, en cambio os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he hecho conocer” (Jn 15,15)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que la santidad se vive, se hace vida, en las tareas ordinarias, en las relaciones habituales, en las aspiraciones de progreso y en todas y cualquiera de las circunstancias de la vida. “Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y preparados para producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu. En efecto, todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo (cf. 1 P 2,5) …” (CIC nº 901). “… Soportando el peso del trabajo, en unión con Jesús, el carpintero de Nazaret y el crucificado del Calvario, el hombre colabora en cierta manera con el Hijo de Dios en su obra redentora. Se muestra como discípulo de Cristo llevando la Cruz de cada día en la actividad que está llamado a realizar. El trabajo puede ser un medio de santificación y de animación de realidades terrenas en el espíritu de Cristo” (CIC nº 2427).

Conviene quedarse en la memoria y en el corazón con palabras del Evangelio que quizá se leyeron apresuradamente: “Mi Padre no deja de trabajar, y yo también trabajo”. Y, así, unirlas a otros pasajes: “Terminó Dios en el día séptimo la obra que había hecho y descansó en el día séptimo de toda la obra que había hecho” (Gn 2,2). “El Señor tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que lo trabajara…” (Gn 2,15). Esa colaboración del hombre en la creación de Dios se debería ver reflejada en la finalidad de esa llamada de Dios: “ut operaretur”. La palabra latina “opus” se refiere a la obra, el resultado de una tarea personal que así se identifican: la obra señala a su autor; el autor se ve realizado en su obra. El contrato “locatio conductio operis” (la ejecución de obra) se refería a un contrato con un artista para realizar un encargo particular y porque se quería que constara quién era el autor; a diferencia de la “locatio conductio operarum” de resultado genérico, en serie, no individualizable. “Todo lo hizo bien” se dijo de Jesús y el cristiano sabe que “al hacer lo que debe hacer”, debe añadir que ha de procurar hacerlo bien. “Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar a los demás con el trabajo” (san Josemaría, “Conversaciones”, 10), es la forma en que se manifiesta el trabajo del cristiano que trabaja en presencia de Dios.

Sobre hacer bien lo que se debe hacer, porque se trabaja en Dios y con Dios, se puede traer una referencia evangélica: “Todo el que oye estas palabras y las pone en práctica es como un hombre prudente que edificó su caso sobre roca; cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca. Pero todo el que oye estas palabras más y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena; y cayó la lluvia y legaron las riadas y soplaron los vientos: se precipitaron contra aquella casa, y se derrumbó y fue tremenda su ruina” (Mt 7,24-27). “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere -no lo olvides- dependen muchas cosas grandes” (“Camino”; 755)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que no está solo ni siquiera cuando está en soledad: Dios está con él. Dios sabe lo que le preocupa, conoce sus aspiraciones y deseos, le anima, le consuela: Señor, Tú me sondeas y me conoces. Me conoces cuando me acuesto y me levanto; de lejos penetras mis pensamientos, distingues mi camino y mi descanso” (salmo 139). El cristiano sabe que puede hablar cuando quiera con Dios. Eso es la oración. Orar es elevar el corazón a Dios, adorarlo, darle gracias y pedirle, decía un antiguo Catecismo.

En el Evangelio el cristiano encuentra modelos a imitar, consejos y guías de oración. “Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que son amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para exhibirse delante de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. Y al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles, que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados. Así pues no seáis como ellos, porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis. Vosotros, en cambio, orad así: “Padre nuestro que están en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra; danos hoy nuestro pan cotidiano; y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos pongas en tentación, sino libranos del Malo” (Mt 6,5-13). “De madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí hacía oración” (Mc 1,35). “En aquellos días salió al monte a orar y pasó toda la noche en oración” (Lc 6,12).

Una parábola: “Dos hombres subieron al Templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, quedándose en pie, oraba para sus adentros: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo. Pero el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador. Os digo que éste bajó justificado a su casa y aquél no. Porque todo el que se ensalza, será humillado y todo el que humilla será ensalzado” (Lc 18,10-14) 

En las cartas apostólicas también se encuentran recomendaciones: “Alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación, constantes en la oración” (Rm 12,12“Orad sin cesar” (1 Tes 5,17); “Está triste alguno de vosotros? Que rece” (St 5,13); “Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros” (1 P 5,7).

“No es otra cosa la oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama” (santa Teresa de Jesús, “Vida” 8,5). “Me has escrito: “Orar es hablar con Dios. Pero ¿de qué?” – ¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!; y hacimientos de gracias y peticiones; y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerlo y conocerte: “tratarlo” (san Josemaría, “Camino” 91)

TIEMPO ORDINARIO     

El cristiano sabe que es hijo de Dios, que ha sido creado por Dios y que existe por Dios. Ese regalo divino lleva a dar gracias sin descanso y sin cansancio. Y a que el corazón no pare de latir agradecido: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los cielos, ya que en él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia por el amor; nos predestino a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza y gloria de su gracia con la cual nos hizo gratos en el Amado; en quien, mediante su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, según las riquezas de su gracia, que derramó sobre nosotros sobreabundantemente con toda sabiduría y prudencia.” (Ef 1,3-9).

Bendecir y dar gracias, de continuo, sin parar: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia nos ha engendrado de nuevo -mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos- a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada y que no se marchita, reservada en los cielos para vosotros, que, por el poder de Dios estáis custodiados mediante la fe hasta alcanzar la salvación preparada ya para ser manifestada en el tiempo último” (1 P 1,3-5). “Por nada os inquietéis, sino que, en todo tiempo, en la oración y en la plegaria, sean presentadas a Dios vuestras peticiones acompañadas de acción de gracias” (Flp 4,6). “Orad sin cesar. Dad en todo gracias a Dios, porque tal es su voluntad en Cristo Jesús respecto de vosotros” (1 Tes 5,17). “Y todo cuanto hacéis de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por Él” (Col 3,17)

Una parábola: “¿Qué os parece? Si a un hombre que tiene cien ovejas se le pierde una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueve en el monte y saldrá a buscar la que se le había perdido? Y si llega a encontrarla, os aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se habían perdido.” (Mt 18,12-13). Cómo no dar gracias, sin parar, ante tanta misericordia: si nos perdemos, Dios, nos busca y se alegra al vernos.  

Y, aun así, nos olvidamos de Dios que nos ama: “Le salieron al paso diez leprosos, que se detuvieron a distancia y le dijeron gritando: - ¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros! Al verlos, les dijo: - Id y presentaos a los sacerdotes. Y mientras iban quedaron limpios. Uno de ellos, al verse curado, se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a sus pies dándole las gracias. Y éste era samaritano. Ante lo cual dijo Jesús: - ¿No son diez los que han quedado limpios? Los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero? Y le dijo: - Levántate y vete; tu fe te ha salvado” (Lc 17,11-19)

Acostúmbrate a elevar a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. – Porque te da esto y lo otro- Porque te han despreciado. -Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes. Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también la tuya. – Porque creó el sol y la Luna, y aquel animal y aquella otra planta. Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti premioso… Dale gracias por todo, porque todo es bueno (“Camino” 268)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que cristianismo es amar. Dios es amor (1 Jn 4,8 y 16). El cristiano sabe que nada nos apartará del amor de Dios: “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas? ¿Quién presentará acusación contra los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Cristo Jesús, el que murió, más aún, el que fue resucitado, el que además está a la derecha de Dios, el que está intercediendo por nosotros? ¿Quién los apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? ... Pero en todas estas cosas venceremos con creces gracias a aquél que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, Señor nuestro (Rm 8, 31 a 35 y 36 a 39).

“Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle: - Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Él respondió: - Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es como éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,34-39). Los grados del amor al prójimo se nos enseñan progresivos: “como a nosotros mismos”, “como yo os he amado” (Jn 15,12) ¡Amar como Dios ama! “Esto os mando: que os améis los unos a los otros” (Jn 15,17). Y, así, el cristiano descubre que el prójimo, el próximo, no es el otro, sino que “debe ser él”, tú, yo, porque es el cristiano el que se debe aproximar al que lo necesita, para junto a él y con él; darse porque amar es darse por entero y sin condiciones.

Una parábola. Pero, queriéndose justificarse, preguntó el doctor de la ley a Jesús: “- ¿Y quién es mi prójimo? Entonces Jesús tomando la palabra, dijo: - Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto. Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote y, al verlo, pasó de largo. Igualmente, un levita llegó cerca de aquel lugar y, al verlo, también pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje se llegó hasta él y, al verlo, se llenó de compasión. Se acercó y le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino. Lo montó en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta”. ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores? Él le dijo: - El que tuvo misericordia con él. – Pues anda -le dijo Jesús-  y haz tu lo mismo” (Lc 10, 29-37). ¿Quién es mi prójimo? ¿Quién el prójimo del que fue robado, herido y abandonado medio muerto? El buen samaritano es el prójimo. El prójimo, el próximo, es el que ve al necesitado y se aproxima y hace que el lejano sea próximo, sea su prójimo, como se suele entender, sin pensar en el proceso de amor.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive la Comunión de los Santos con la alegría de saberse acompañado, ayudado, aconsejado y protegido por miles de millones de personas buenas que, desde el cielo o desde el purgatorio, siguen derramando el amor de Dios, que es amor, a todos los que, en esta vida, quieren avanzar con acierto por el camino que se hace cada día. Precisamente en lo ordinario de cada jornada, en las tareas corrientes, en las alegrías y en las penas, el cristiano descubre “el valor divino de lo humano” y su corazón late con el doble movimiento que lo anima: “de lo humano a lo divino”. Como escribe san Josemaría: “De lejos -allá, en el horizonte- parece que el cielo se junta con la tierra. No olvides que donde de veras la tierra y el cielo se juntan, es en tu corazón de hijo de Dios” (Surco 309)

Una parábola: “Y decía: - El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre a tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo. Porque la tierra produce fruto ella sola: primero hierba, después espiga y por fin trigo maduro en la espiga. Y en cuanto está a punto el fruto, enseguida mete la hoz, porque ha llegado la siega” (Mc 4,26-29). Es el mejor elogio a la vida sencilla de todos y de cada uno. De la vida que transcurre sin que dependa de nosotros que llegue el día o la noche ni las estaciones ni los años, sino que nos acomodamos a la novedad de cada nuevo instante. El cristiano lo sabe bien: “No os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6,34). Y también: “Bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis” (Mt 6,8). Y, en esa confianza en el amor del Amor, que el cristiano vive en la confianza de que ese amor es para derramar en todos, para tener un “traslado feliz: “Dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, colmada, rebosante: porque con la medida con que midáis se os medirá” (Lc 6,38)  

Amar, sin juzgar, sin excusa. Como dice san Bernardo: “Líbrate únicamente de ocuparte en vidas ajenas, como juez temerario o como espía curioso. Aunque sorprendas a alguien en la mayor atrocidad, no juzgues a tu prójimo, más bien excúsalo. Si no puedes escusar su acción, excusa su intención: piensa que ha sido por ignorancia, por sorpresa o por debilidad. Cuando la certeza haga imposible toda excusa, amonéstate a ti mismo y haz esta reflexión: “Ha sido una tentación muy fuerte ¿Cómo habría hecho yo, si hubiese sido tan violenta conmigo” (sermón 40)

Cristianismo es amar. Es el mandamiento nuevo: “Que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros” (Jn 13,34-35). Y amar es vivir la caridad: “La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad, todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13,4-7). “… Me di sin tender la mano / para cobrar el favor, / me di en salud y en dolor / a todos, y de tal suerte / que me ha encontrado la muerte / sin nada más que el amor” (Oficio de lecturas del Común de los Santos)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que vivir es caminar hacia el cielo, que no está solo en el camino porque Dios, los santos y los ángeles están con él y que cuando cruce la cinta de la meta se encontrará en los brazos del Padre que sale cada día para ver si vuelve y que, al verlo venir, aún lejos, corrió para estrecharlo en su pecho. Jesús nos lo ha dicho: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros … Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí…” (Jn 14, 2-3 y 11). Y también: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Y más: “Padre quiero que donde yo estoy también estén conmigo los que tu me has confiado, para que vean mi gloria, la que ma has dado porque me amaste antes de la creación del mundo” (Jn 17,24)

Para el cristiano, la muerte lleva el cielo. Y del cielo se dice que “no ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre las cosas que preparó Dios para los que le aman” (1 Co 2,9). Y también: “Esta es la morada de Dios con los hombres: habitará con ellos y ellos serán su pueblo y Dios habitando realmente en medio de ellos será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos y no habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior pasó” (Ap 21, 3-4). Y es que: “Somos ciudadanos del cielo, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo, el cual transformará nuestro cuerpo vil en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene para someter a su dominio todas las cosas” (Flp 3, 20-21).

“Y les propuso una parábola diciendo: - Las tierras de cierto hombre rico dieron mucho fruto. Y se puso a pensar para sus adentros: “¿Qué puedo hacer ya que no tengo donde guardar mi cosecha? Y se dijo: “Esto haré: voy a destruir mis graneros y construiré otros mayores y allí guardaré todo mi trigo y mis bienes. Entonces le diré a mi alma: “Alma, ya tienes muchos bienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, pásalo bien”. Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche te van a reclamar el alma; lo que has preparado ¿para quién será?” Así ocurre con el que atesora para sí y no es rico ante Dios” (Lc 12,16-21). Para meditar: hubo una gran cosecha, ¿cómo no dar gracias a Dios?; las tierras dieron mucho fruto que durará para muchos años, ¿cómo no procurar su conservación? No se trata de no celebrarlo, sino de hacer partícipes a los que lo necesitan. Incluidos los enemigos: “Si tu enemigo tuviese hambre, dale de comer; si tuviese sed, dale de beber; la hacer esto amontonarás ascuas de fuego sobre su cabeza. No te dejes de vencer el mal; al contrario, vence al mal con el bien” (Rm 12,20-21). Esa es la forma de hacerse rico ante Dios.   

“Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca. No os preocupéis por nada; al contrario, en toda oración y súplica presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias. Y la paz de Dios que supera todo entendimiento custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Flp 4,4-8)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano inicia y acaba la jornada, cada día, dando gracias y haciendo el propósito de seguir a Cristo y alcanzarle cuando se vea en peligro o cuando note que el cansancio le obliga a pararse o a desviarse del camino y, desde luego, de pedirle que vuelva a ayudarle cuando se haya caído. El camino de cada día es fatigoso de andar por las pendientes, por escabroso, por lo inesperado, por la rutina y el cristiano recuerda las palabras de Jesús: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga” (Lc 9,23). Y también: “Entrad por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué angosta es la puerta y qué estrecho el camino que conduce a la vida y qué pocos son los que la encuentran! (Mt 7,13-14)

La canción para el camino se compuso con las bienaventuranzas: bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos; los que lloran, porque serán consolados; los mansos, porque heredarán la tierra; los que tienen hambre y sed de justicia porque quedarán saciados; los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia; los limpios de corazón porque ellos verán a Dios; los pacíficos porque serán llamados hijos de Dios; los que padecen persecución por causa de la justicia porque suyo es el Reino de los Cielos; bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad, por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en el cielo” (v. Mt 5, 3-12)

El camino del cristiano se hace en compañía y una buena relación parece que acorta la senda, que la hace más llana: “No juzguéis para no ser juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis se os juzgará, y con la medida que midáis se os medirá” (Mt 7.1-2). “Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos” (Mt 7,12). El caminante hacia el cielo relee a menudo la carta del apóstol: “Están claras las obras de la carne: la fornicación, la impureza, la lujuria, la idolatría, la hechicería, las enemistades, los pleitos, los celos, las iras, las tiñas, las discusiones, las divisiones, las envidias, las embriagueces, las orgías y cosas semejantes. En cambio, los frutos del Espíritu son: la caridad, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre, la continencia… Los que son de Jesucristo han crucificado su carne con sus pasiones y sus concupiscencias. Si vivimos por el Espíritu caminaremos también según el Espíritu” (Ga 5,19-25)

El caminante cristiano sabe el final del camino. Como dice la parábola: “El Reino de los cielos es como una red barredera que se echa en el mar y recoge toda clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera. Así será al fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno de fuego” (Mt 13, 47.50). Dios nos espera: la muerte es vida. “Porque para mí el vivir es Cristo, y morir una ganancia” (Flp 1,21). “Ven muerte tan escondida que no te sienta venir, porque el placer de morir no me torne a dar la vida” (Comendador Escrivá, santa Teresa de Jesús, Lope de Vega, Cervantes).

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

Jesucristo, Rey del Universo. El cristiano sabe que su vida es un caminar hacia el cielo y que al llegar a ese destino eterno será plenamente feliz con Dios, con los ángeles y los santos, “para siempre”. El cristiano mientras camina no puede olvidar lo que quizá le llamó la atención en la lectura del Evangelio: el reino de los cielos está cerca (Lc 10,9); el reino de los cielos ya ha llegado (Mt 12,28); el reino de los cielos está entre vosotros (Lc 17,21). Dios entre nosotros. Dios con nosotros. Sumidos en Dios, llenos de Dios. 

- “Mientras miraba en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su domino es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin” (Dn 7,13-14) 

- “Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de os reyes de la tierra. Aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. Mirad: Él viene en las nubes. Todo ojo lo verá; también los que lo atravesaron. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa. Sí. Amén. Dice el Señor: “Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso” (Ap 1, 5-8)

- “En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: - “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús le contestó: - ¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?” Pilato replicó: - “¿Acaso soy yo judío?” Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?” Jesús le contestó: - “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí” Pilato le dijo: - “Conque ¿tú eres rey?” Jesús le contestó: - Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn 18,33b-37)

- “En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: - “A otros ha salvado, que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido”. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: - “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: “Éste es el rey de los judíos”. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: - “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros” Pero el otro lo increpaba: - ¿Ni siquiera temes a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibidos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada. Y decía: - “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino” Jesús le respondió: - Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,35-43)

Y una parábola: “El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo, un hombre, lo oculta y, en su alegría, va y vende todo lo que tiene y compra el campo… Es como un comerciante que busca perlas finas y cuando encuentra una de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra” (Mt 13,44,46)

Julio Banacloche Pérez

(22.11.20)


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