miércoles, 27 de noviembre de 2019

DE UN CRISTIANO (2018 / 2019)

ADVIENTO

Adviento. El cristiano vive las semanas de Adviento, como viven las familias la espera de un nacimiento que ya está cerca. Para muchos cristianos la oración del “Angelus” es la que parece ajustada a este tiempo. Y la rezan despacio y con sentimiento: “El ángel del Señor anunció a María y concibió del Espíritu Santo”. ¡María ha concebido! ¡Dios ha venido y se ha hecho como nosotros! “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Pensar en el “Fiat” de María es sentirse dentro de una realidad de amor imposible de describir. Si la maternidad, toda maternidad, es maravilla de amor, aceptar, asumir y vivir como madre del Niño Dios es la mayor alegría que se puede imaginar. “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. Dios, que es amor, hace lo que ni el mayor amor humano podría pensar. El Creador se hace criatura. El Infinito, el Eterno, se hace limitado en el tiempo, en el espacio, en todas las medidas. El Niño es un niño. Lo podemos coger, besar, acunar. Eso es, entre ilusión y sueño, en medio de la realidad del trajín de cada día, la vida del cristiano que espera la Navidad.

Sin que sea necesaria una explicación, precisamente ese ir y venir de las tareas diarias llevando en el corazón al Niño Dios que va a llegar, hace que el cristiano encuentre como lectura adecuada para el Adviento este pasaje del Evangelio: “Reunidos los apóstoles con Jesús explicaron todo lo que habían hecho y enseñado. Y les dice: - Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco. Porque eran muchos los que iban y venían y ni siquiera tenían tiempo para comer. Y se marcharon en la barca a un lugar apartado ellos solos. Pero los vieron marchar, y muchos los reconocieron. Y desde todas las ciudades, salieron de prisa hacia allí por tierra y llegaron antes que ellos. Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc 6,30-34)

Y otro pasaje. Buscando a Jesús, encontrando a Jesús: “Al día siguiente, la multitud que estaba al otro lado del mar vio que no había allí más que una sola barca, y que Jesús no había subido a ella con sus discípulos, sino que éstos se habían marchado solos. De Tiberíades otras barcas llegaron cerca del lugar donde habían comido el pan después de haber dado gracias al Señor. Cuando la multitud vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún buscando a Jesús. Y al encontrarlo en la otra orilla del mar, le preguntaron: - Maestro, ¿cuándo has llegado aquí?” (Jn 6,22-25)

Buscar a Dios es tarea fácil porque sabemos que está con nosotros de continuo. Encontrar a Jesús, escuchar su palabra, atender a su mirada, a sus gestos, anima a cambiar, a imitarle. Seguir a Jesús, tiene una condición: “Y les decía a todos: - Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí, ése la salvará” (Lc 9,23-24). Y también: “No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará: echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma medida con que midáis se os medirá” (Lc 6,37-38). Adviento: camino a Belén

ADVIENTO

Segunda semana de Adviento. El cristiano vive con intensidad espiritual este tiempo que es camino que conduce al portento de amor que es el nacimiento de un niño que es Dios hecho Hombre. Ante el acontecimiento es inevitable para el cristiano mirar dentro de sí y ver lo que hay que quitar, lo que hay que limpiar, lo que hay que mejorar. Si ante el nacimiento de un niño querido todos se preparan para las celebraciones familiares y piensan en el regalo adecuado, el cristiano no escatima tiempo y esfuerzo para ir a Belén, mirar al Niño, sentir su mirada, besar sus deditos y pedir a la Madre que nos lo deje coger en brazos. Limpios es poco; jaspeados, dicen en algunas tierras. Por dentro y por fuera; queremos que el Niño esté a gusto con nosotros, que no se asuste, que sonría.

Con esa consideración se entiende mejor que el Adviento es tiempo de penitencia, de mortificación, de sacrificio, pero que es así para quitar estorbos, para mejorar, para alejar lo que nos impide ser como queremos, como Dios quiere que seamos. Con esa misma alegría con la que todos se esfuerzan sin descanso y sin cansancio para preparar una bienvenida, así es como debe ser este tiempo de preparación. Así lo cantan los cristianos: “El Señor hará oír la majestad de su voz y os alegraréis de todo corazón” (Is 30,30.29); “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Todos verán la salvación de Dios” (Lc 3, 4.6). Y preparando la llegada del Niño, caminando hacia Belén, sentimos la alegría que se desborda en las palabras del salmo 125: “Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares. Hasta los gentiles decían: “El Señor ha estado grande con ellos”. El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres… Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas cosechan con cantares. Al ir iba llorando, llevando la semilla; al volver vuelve cantando trayendo sus gavillas”. Dios se ha desbordado en su amor por nosotros.

Preparar la venida del Niño Dios es preparar el alma, aplicándonos a nosotros lo que se aconseja para con otros: “Que haya paz entre vosotros. Os exhortamos también, hermanos a que corrijáis a los indisciplinados, alentéis a los pusilánimes, sostengáis a los débiles y tengáis paciencia con todos. Estad atentos para que nadie devuelva mal por mal; al contrario, procurad siempre el bien mutuo y el de todos. Estad siempre alegres. Orad sin cesar. Dad gracias por todo, porque eso es lo que Dios quiere de vosotros en Cristo Jesús” (1 Tes 5,13-18)

Vivir el Adviento: “Que cada uno sea diligente para escuchar, lento para hablar y lento a la ira… Porque quien se contenta con oír la palabra, sin ponerla en práctica es como un hombre que contempla la figura de su rostro en el espejo: se mira, se va e inmediatamente se olvida de cómo era” (St 1,19.23-24). Seguir a Jesús: abrazar la cruz de cada día; y negar voz y voto al yo: “Podéis estar seguros: Si morimos con él, también viviremos con él; si perseveramos, también reinaremos con él; si lo negamos, también él nos negará; si no somos fieles, él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo” (2 Tm 11-13)

ADVIENTO

“Gaudete in Domino; iterum dico, gaudete. Dominum enim prope est”. “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca”. Así dice la antífona de entrada de la misa en el tercer domingo de Adviento, domingo “gaudete”. Del mismo modo que en el cuarto domingo de Cuaresma, domingo “laetare” (festejad, alegraos) la liturgia anima al cristiano a vivir la alegría de la próxima Pascua de Resurrección, en este tercer domingo de Adviento la liturgia llama a la alegría ante la próxima Pascua de Navidad. No es un paréntesis en la preparación del alma para acoger al Niño Jesús, a Dios hecho niño; es un recordatorio insistente al cristiano para que no olvide que Dios nos ama; que somos hijos de Dios; que Dios mirándonos a los ojos, llamándonos por nuestro nombre, nos llama para estar continuamente con él. Continuamente con Dios, abrazados a Dios y por Dios: sumidos en Dios, anegados de Dios. A esta maravilla nos llama el Adviento. ¿Cómo no corresponder con nuestro amor, con la limpieza de nuestra alma, con el ánimo despierto para no perder la atención ni un instante? “¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y … no me he vuelto loco?” (san Josemaría, “Camino nº 425)

Estos días son tiempo de confianza en Dios. De acogernos a Él, de pedirle, de prometerle que Le seremos fieles, de darle gracias por todo lo que hace por nosotros incluidos los beneficios que ignoramos (“pro universis beneficiis tuis, etiam nobis ignotis”) o en los que no hemos sido conscientes de su protección, de su consejo, de su ayuda o de que eso era precisamente lo que nos convenía: “Acostúmbrate a elevar el corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. -Porque te da esto y lo otro. -Porque te han despreciado – Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes. Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. -Porque creó el sol y la luna y aquel animal y aquella otra planta. -Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso… Dale gracias por todo, porque todo es bueno” (san Josemaría, “Camino” nº 268)

Es tiempo adecuado para cantar: “El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré? El Señor es el refugio de mi vida: ¿de quién tendré miedo? ... Escucha mi voz, Señor: yo te invoco; ten piedad de mí, respóndeme. De ti piensa mi corazón: “Busca su rostro”. Tu rostro, Señor, buscaré. No me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo. Tú eres mi auxilio: no me rechaces, no me abandones, Dios de mi salvación” (salmo 27, 1. 7-9). Y también: “Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus sendas. Hazme caminar en tu fidelidad, instrúyeme, pues Tú eres mi Dios salvador y en Ti espero todo el día. Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor que son eternos” (salmo 25,4-6). Es tiempo de preparar la llegada de la Navidad acostumbrada el alma a la presencia permanente de Dios junto a cada uno, en las tareas ordinarias de cada día. En las preocupaciones, en la obra acabada, en los éxitos y en los fracasos, en la salud y en la enfermedad: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rm 8,31)

Tiempo de acompañar a nuestra Madre que es Madre de Dios; viviendo con Ella, en el último mes, los preparativos para el nacimiento del Niño y, antes, para el viaje a Belén.

NAVIDAD

Del Adviento a la Navidad. La cuarta semana de Adviento, en este año litúrgico, sólo tiene dos días: el domingo y el lunes cuya noche es la Nochebuena. A los cristianos, que viven el amor con el único corazón que tienen, con la única experiencia de su vida humana, con sus palabras llenas de cariño pero que son imprecisas ante el misterio, les sale del alma el deseo que tantas veces tienen para las madres que esperan el parto: ¡Que tengas una hora corta! No podemos olvidar que el Adviento nos lleva a acompañar a María, y a José, en la espera del nacimiento, que todos sabemos las incomodidades de los últimos días. Como vivimos con la Virgen que va a ser madre, añadimos el recuerdo de las molestias del viaje desde Nazaret a Belén y la zozobra de las dificultades para encontrar dónde alojarse en aquel pequeño pueblo. Y nos alegramos de que la espera sea corta.

No puede ser más corta en las palabras del Evangelio: “Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaba allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada”. Eso es todo. Dios, ¡Dios!, se ha hecho hombre; ha nacido: es un niño. ¡El Niño es Dios!

El himno que se canta en la hora canónica de Vísperas en el Tiempo de Navidad tiene la belleza de la sencillez: “Te diré mi amor, Rey mío, en la quietud de la tarde, cuando se cierran los ojos y los corazones de abren. / Te diré mi amor, Rey mío, con una mirada suave, te lo diré contemplando tu cuerpo que en paja yace. / Te diré mi amor, Rey mío, adorándote la carne, te lo diré con mis besos, quizá con gotas de sangre. / Te diré mi amor, Rey mío, con los hombres y los ángeles, con el aliento del cielo que espiran los animales. / Te diré mi amor, Rey mío, con el amor de tu Madre, con los labios de tu Esposa y con la fe tus mártires. / Te diré mi amor, Rey mío, ¡oh Dios del amor más grande! ¡Bendito en la Trinidad, que has venido a nuestro valle! Amén”

El cristiano sabe que amar a Dios es sumirse en Él y llenarse de Él y que esa plenitud de amor rebosa y llena su vida ordinaria. En Navidad el cristiano encuentra en los pastores de Belén la mejor compañía para estar con el Niño, con María y con José: “En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó…Cuando los ángeles los dejaron y subieron al cielo, los pastores se decían unos a otros: - “Vamos derechos a Belén, a ver eso que ha pasado y que nos ha comunicado el Señor”. Fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre…” (Lc 2,8-9.15-16)

¿Demasiado agobiados estos días? ¿Sin tiempo disponible porque hay compromisos que hay que cumplir y hay encargos que hay que hacer? Si me paro un segundo a pensar, si miro al Niño Dios que me mira, si lleno de silencio el alboroto, si centrado en Dios oigo latir mi corazón, encontraré el sentido de mi vida. Es la vida que Dios me ha dado, en la que Dios me conserva, la que debo vivir como camino para llegar cielo.

NAVIDAD

El cristiano mantiene el espíritu de la Navidad y aprovecha esta semana para saborear lo ocurrido, lo celebrado, porque no habría habido Resurrección sin Encarnación. “Pero si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe… Si tenemos puesta la esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los más miserables de todos los hombres (v. 1 Co 15,17 y 19). Porque la fe anima la Navidad, el cristiano reza el Credo con alegría y atención: “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”.

El Catecismo (nº 456 a 460 CIC) nos enseña y recuerda que el Verbo se encarnó: para salvarnos reconciliándonos con Dios: “Dios nos amó y nos envió a su hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4,10); para que nosotros conociéramos así el amor de Dios: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,16); para ser nuestro modelo de santidad: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,12); para hacernos partícipes de la naturaleza divina (2 P 1,4): “Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre, al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina se convirtiera en hijo de Dios” (san Irineo de Lyon, “Adversus haereses” 3, 19, 1)

De forma precisa y preciosa así se dijo en el Concilio Vaticano II refiriéndose el Hijo de Dios: “… trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado” (Gaudium et spes, 22). Es un texto para meditar refiriéndolo a cada uno: Jesús trabajó como yo, se cansó como yo, puso la ilusión en el trabajo como yo, se inquietó con las dificultades, colaboró con quien lo necesitaba, tuvo que soportar exigencias y malos modos; y, cada día, volver a empezar, como nosotros. Jesús pensó con inteligencia de hombre, como yo lo hago ante los problemas, ante las dificultades, ante el abandono de los amigos, en las incomprensiones y en la soledad, en la enfermedad y en los dolores; y también cuando hago planes, cuando procuro los medios para realizarlos, cuando los veo realizados; en los éxitos y en los fracasos.

Jesús obró con voluntad de hombre y también yo cuando hago lo que debo y estoy a lo que hago, cuando venzo a la pereza, al salir del paso, al mañana lo haré; y como Jesús hacía la voluntad del Padre, también yo puedo decirle: “Lo que quieras, como quieras, cuando quieras, hasta que quieras, porque Tú lo quieres”. Jesús amó con corazón de hombre y nosotros no podemos amar de otra manera. Sin amor no hay vida. ¡Cuántos amores! Cuántos olvidos, cuántos desengaños, cuántos errores. Cuánta entrega cuando se aprende que “Amar es darse, para siempre, por entero, sin condiciones”. No hay derechos en el amar, ni deber cumplido, ni espera de agradecimiento. Amar son los pequeños detalles (in pauca fidelis), amar es arrinconar el yo. Y si acosan los recuerdos, si reclama la lógica, si angustia “la soledad en compañía”, mirar a Jesús: niño en el pesebre, hombre en la cruz. “Corazón, ¡corazón en la Cruz!” (v. “Camino”, 163)

NAVIDAD

Epifanía del Señor. ¡Los Reyes Magos! Fiesta de niños y de mayores con corazón de niño. Del cristiano que recuerda las palabras de Jesús: “En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos” (Mt 18,3); “Dejad a los niños y no les impidáis que vengan conmigo, porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 19,14); “En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él” (Mc 10,14; Lc 18,16-17). Son palabras para meditar porque son una buena guía del camino de la salvación: “hacerse como niño”; “para entrar en el cielo” y vivir allí para siempre junto a Dios”; “el cielo es de los que son como niños”; “recibir el cielo como un niño”, aunque la edad haya dejado lejos la infancia, aquí, ahora. El cristiano, hombre o mujer, que se convierte a Dios en la Navidad, recibe ya el mejor regalo de reyes que podría desear y le puede durar para siempre, sin estropearse ni pasar de moda, sino al contrario con la alegría siempre nueva y cada vez más bella del amor de Dios.

La alegría de la solemnidad de la Epifanía del Señor se refleja en las palabras de Isaías: “Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de la aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces lo verás, radiante alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos” (Is 60,1-5). Más palabras para saborear en la meditación junto a Jesús, corazón con corazón, ante el Sagrario, ante el belén, lanzándole besos al Niño como hacen los pequeños con el gesto que lleva la mano de los labios al aire. Y meditar despacio: “Sobre ti amanecerá el Señor”, “caminar al resplandor de la aurora”, “radiante de alegría, el corazón se asombra, se ensancha”.

“Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra” (Mt 2,11). Los regalos de Dios, las caricias de Dios no son siempre ganancias materiales, éxitos (oro); también son regalos y caricias que aprietan el corazón y las entrañas: enfermedad, penas, disgustos, injusticias, soledad (mirra); y también fuerzas para sobrellevar, para ofrecer, para descubrir que la gloria también, y siempre, está en la Cruz (incienso). “¿Acaso no es una lucha continua la vida del hombre sobre la tierra? ¡Toda mi esperanza, Dios, estriba en tu gran misericordia! Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras” (san Agustín, “Confesiones”).

La infancia espiritual como camino al cielo es vivir la alegría de tener un Padre que nos ama más que nadie puede amar. Atento a todos y en todo. Continuamente disponible, para consolar, para perdonar: “Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno” (san Josemaría, “Vía crucis”, séptima estación, punto 3). Infancia espiritual es saberse débil, pequeño, descuidado, travieso… y confiado: “No es voluntad de vuestro Padre que está en los cielos que se pierda ni uno solo de estos pequeños” (Mt 18,14).

NAVIDAD

En el recuerdo resuena el antiguo dicho: “Hasta san Antón, pascuas son” que alargaba las fiestas navideñas hasta el día 17 de enero, que es día de memoria obligatoria de san Antonio, abad, el principal pionero de la vida monástica, que vivió entre los años 250 y 355. En la liturgia, la Navidad termina “el domingo después del 6 de enero” con la celebración de la fiesta del Bautismo del Señor. Es la primera manifestación de la Santísima Trinidad: “En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajo el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: - “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto” (Lc 3,21-22; cf. Mt 3,17; Mc 1,11). El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, un solo Dios, todo amor. El Amor.

A muchos cristianos ese pasaje evangélico les lleva al recuerdo del “Primer canto del Siervo de Dios”, en el “libro de la Consolación”, del llamado “Segundo Isaías”: “Mira a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. He puesto mi Espíritu sobre él: llevará el derecho a las naciones. No gritará, ni chillará, no hará oír su voz en la calle. No quebrará la caña cascada ni apagará el pábilo vacilante. Dictará sentencia según la verdad. No desfallecerá ni se doblará hasta que establezca el derecho en la tierra. Las islas esperarán su ley” (Is. 42, 1-5). Para un fiel seguidor de Cristo, sin más estudios ni preparación, este pasaje presenta a Jesús, el Hijo de Dios, en su justicia y en su misericordia para con nosotros. Él, en su justicia, lleva el derecho a la tierra, sin gritar, sin chillar, sin imponer, y dicta sentencia según la verdad, porque nada queda oculto y porque ve en el corazón de las personas; y, en su misericordia, comprende, excusa, perdona nuestros fallos y debilidades: no quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo vacilante. Porque “tenemos uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero” (1 Jn 2.2)

Tampoco es precisa una especial preparación para descubrir el tiempo transcurrido desde las últimas noticias evangélicas sobre Jesús, niño, hasta el bautismo cuando ya era hombre. La Sagrada Familia, avisado en sueños José por un ángel, tuvo que huir a Egipto, antes de la matanza de los Santos Inocentes ordenada por Herodes (v. Mt 2, 13-18). La Sagrada Familia volvió de Egipto cuando, muerto Herodes, reinaba en Judea su hijo Arquelao y un ángel se apareció a José y le dijo que volviera a la tierra de Israel. De nuevo avisado en sueños, José, que temía volver a Judea, decidió ir a vivir a Nazaret en Galilea (v. Mt 19-23). Allí, el Niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría y la gracia de Dios estaba en él” (Lc 2,40). Hasta el bautismo de Jesús en el río Jordán por Juan el Bautista, los Evangelios sólo recogen el episodio de la subida a Jerusalén en la Pascua cuando Jesús tenía doce años (Lc 2, 41-50). Es la vida oculta; con José y con María que “guardaba todas estas cosas en su corazón” (cf. Lc 2,51).

Silencio en los escritos. Falta de noticias. Pero son casi treinta años que nos muestran el modelo de la vida en familia: en la educación, la oración, el trabajo. Mirando a Nazaret, continuamente, hemos de aprender y practicar el buen ejemplo, el saber soportar, el disfrutar juntos, el perdonar y pedir perdón; cambiar el “yo” por el tú, por el nosotros.

TIEMPO ORDINARIO

Tiempo Ordinario. La vida del cristiano es hacer el camino hacia el cielo por etapas que señalan los años, los meses, los días, los instantes, que se convierten en salida, desde el ofrecimiento del día por la mañana hasta las tres avemarías de la noche, de un Adviento al siguiente. “Gracias, Señor, por la aurora, gracias Señor por el día, gracias por la Eucaristía, gracias por nuestra Señora” (de las Horas). Y así en cada acontecimiento y en los tiempos señalados: de fiesta, en el primer día de trabajo, al obtener lo que tanto costó, en el éxito, en el fracaso. “Si eres buen hijo de Dios, del mismo modo que el pequeño necesita de la presencia de sus padres al levantarse y al acostarse, tu primer y tu último pensamiento de cada día serán para Él” (san Josemaría, “Forja” 80)

Tiempo ordinario. Vida ordinaria. Tiempo de dar sentido al trabajo de cada día, a las ilusiones de cada día, al cansancio y al descanso. Vivir la vida con los ojos abiertos, con la mente dispuesta, con espacio en el corazón para acoger. Como les escribe san Pablo a los de Corinto: “No estáis estrechos dentro de nosotros, sino que es en vuestras entrañas donde se da estrechez. Para corresponder del mismo modo -como hijos os hablo-, ensanchaos también vosotros” (2 Co 6,12-13). Y añade un poco más adelante: “Hacednos sitios en vuestros corazones” (2 Co 7,2). Para aconsejarnos, al fin: “Por tanto, como elegidos de Dios, santos ya amados, revestíos de entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga queja contra otro; como el Señor os ha perdonado, hacedlo así también vosotros. Sobre todo, revestíos con la caridad que es el vínculo de la perfección. Y que la paz de Cristo se adueñe de vuestros corazones: a ella habéis sido llamados en un solo cuerpo. Y sed agradecidos…” (Col 3,12-15)

Tiempo ordinario. Para cada día, para el aquí y ahora (hic et nunc) de cada instante. Y escribe san Pedro: “Por esa razón, debéis poner de vuestra parte todo esmero en añadir a vuestra fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al conocimiento la templanza, a la templanza la paciencia, a la paciencia la piedad, a la piedad el amor fraterno, al amor fraterno la caridad. Porque si tenéis estas virtudes y crecen vigorosamente en vosotros, no quedaréis inoperantes e infecundos en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.” (2 P 1,5-8). Y añade: “Pero hay algo, queridísimos, que no debéis olvidar: que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. No tarda el Señor en cumplir su promesa, como algunos piensan; más bien tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos se conviertan.” (2 P 3,8-9)

Oyendo a Jesús: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga” (Mt 16,24). Felices, por abandonarnos en Dios; sin miedo, porque “mi yugo es suave y su carga ligera” (Mt 11,30). Animados: “Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6,34). Confiados: “Dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante, porque con la misma medida con que midáis se os medirá” (Lc 6,38). Seguros: “Pues sé en quien he creído” (2 Tm 1,12)

TIEMPO ORDINARIO

Tiempo Ordinario. Primer trimestre del año. Con el recuerdo de las fiestas pasadas, con una larga perspectiva de trabajo, de rutinas, hasta las breves fiestas de Pascua, es buen tiempo para reforzar el ánimo. Sobre todo, tomando conciencia de que no se está solo: son muchísimos los que caminan con cada uno, delante, detrás y a su lado, sintiendo todos lo mismo porque para todos es igual lo que ofrece la vida ordinaria: alegrías y penas, éxitos y fracasos, salud y enfermedad, soledad y buena compañía.

Se alegra el cristiano cantando salmos de alabanza y de confianza en Dios: “Guárdame Dios mío, que me refugio en Ti. Yo digo al Señor: “Tú eres mi Señor. No tengo otro bien que Tú” … “Señor, Tú eres el lote de mi heredad y de mi copa: Tú sostienes mi parte. Me ha tocado en suerte un lote hermoso; me agrada mi heredad. Yo bendigo al Señor, que me aconseja; hasta de noche mi corazón me instruye. Pongo ante mí al Señor sin cesar; con Él a mi derecha no vacilo. Por eso se alegra mi corazón, se goza mi alma, hasta mi carne descansa en la esperanza… Me enseñas la senda de la vida, saciedad de gozo en tu presencia, dicha perpetua a tu derecha.” (salmo 16, 1-2. 5-9. 11).

“Refugiarse en el Señor”. Qué buen sitio para encontrar alivio: sumido en Dios, lleno de Dios. “Guárdame Dios mío” es una jaculatoria para repetir muchas veces cada día; es tan apropiada que, durante siglos, se convirtió en saludo y despedida: “¡Qué Dios te guarde!”. “No tengo otro bien que Tú” es frase de enamorados, ¡tantas veces repetida!, y, como el amor verdadero es darse por entero, para siempre y sin condiciones, es la mejor expresión de que todo mi yo es para ti, porque tú eres mío, porque yo soy tuyo. “Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4,16).

“Yo bendigo al Señor que me aconseja”. Cuántas ocasiones en la vida, y también durante el día, en que necesitamos consejo para hacer o no hacer, para soportar, para ofrecer, para dar sentido a lo que nos ocurre. Con Dios a mi lado, hablando con Él y sabiendo que Dios me escucha y quiere para mí lo que más me conviene, todo cambia para bien: “hasta de noche me instruye el corazón”, “con Él a mi derecha no vacilo”. Dios es mi fortuna y mi alegría, soy feliz porque me ha tocado un lote hermoso: nada menos, y nada más que Dios. Dios está conmigo permanentemente. Soy hijo de Dios. “Puedo dormir con esperanza”: Dios es fiel, porque “si nos somos fieles, él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo” (2 Tm 2,13).

“Por eso se alegra mi corazón, se goza mi alma”. Pase lo que pase, a pesar de los pesares, merece la pena: “Porque estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura, podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,38-39). Caminar con Dios, a su paso, de su mano; y si nos hemos separado de Él, si nos hemos perdido, si lo hemos abandonado, ir hacia Dios que es padre que nos espera con los brazos abiertos: “Cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos” (Lc 15,20). Me enseñas el camino de la vida. Me sacias de alegría.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive este Tiempo Ordinario que precede a la Cuaresma procurando: santificarse en su trabajo ofreciéndolo a Dios, santificar el trabajo haciéndolo lo mejor posible y santificar con el trabajo compartiendo fatigas e ilusiones con quienes están con él. “Te está cantando el martillo, / y rueda en tu honor la rueda / Puede que la luz no pueda / librar del humo su brillo. / ¡Qué sudoroso y sencillo / te pones a mediodía, / Dios en la dura porfía / de estar sin pausa creando / y verte necesitando / del hombre más cada día. / Quien diga que Dios ha muerto / que salga a la luz y vea / si el mundo es o no tarea / de un Dios que sigue despierto. / Ya no es su sitio el desierto / ni en la montaña se esconde; / decid, si preguntan dónde, / que Dios está -sin mortaja- / en donde un hombre trabaja / y un corazón le responde.” (José Ernesto Torres Gómez; en la Hora intermedia, miércoles III)

El cristiano sabe que todo cambió cuando se encontró con Dios: en aquella ocasión, ante aquella belleza, con aquella tristeza, al oír la palabra del amigo, al sentirse solo, al notar el abandono, la infidelidad, la enfermedad o después del éxito, de la tarea coronada, del trabajo acabado, reviviendo recuerdos… “Muchas veces, Señor, a la hora décima / -sobremesa en sosiego-, / recuerdo que, a esa hora, a Juan y a Andrés / les saliste al encuentro. / Ansiosos caminaron tras de ti … / ¿Qué buscáis…? Les miraste. Hubo silencio. / El cielo de las cuatro de la tarde / halló en las aguas del Jordán su espejo, / y el río se hizo más azul de pronto, / ¡el río se hizo cielo! / “Rabí -hablaron los dos-, ¿en dónde moras?” / “Venid y lo veréis.” Fueron y vieron… / “Señor, ¿en dónde vives?” / “Ven y verás” Y yo te sigo y siento / que estás … ¡en todas partes!, / ¡y que es tan fácil ser tu compañero! / … Al sol de la hora décima, lo mismo / que a Juan y a Andrés -es Juan quien da fe de ello-, / lo mismo, cada vez que yo te busque, / Señor, ¡sal a mi encuentro!” (Rafel Duyos; en Vísperas en el lunes III)

El cristiano no puede olvidar aquella despedida, un adiós sin marcharse como sólo puede hacerlo Dios: “Estaré con vosotros hasta el fin del mundo”. “Estate, Señor, conmigo / siempre, sin jamás partirte, / y, cuando decidas irte, / llévame, Señor, contigo; / porque el pensar que te irás / me causa un terrible miedo / de si yo sin Ti me quedo, / de si Tú sin mí te vas. / Llévame en tu compañía, / donde Tú vayas, Jesús, / porque bien sé que eres Tú / la vida del alma mía; / si Tú vida no me das, / yo sé que vivir no puedo, / ni si yo sin Ti me quedo, / ni si Tú sin mí te vas. / Por eso, más que a la muerte, / temo, Señor, tu partida / y quiero perder la vida / mil veces más que perderte; / pues la inmortal que Tú das /sé que alcanzarla no puedo / cuando yo sin Ti me quedo, / cuando Tú sin mí te vas.” (Fray Damián de Vegas, en Laudes, miércoles II)

En la “Suma Teológica”, santo Tomás de Aquino dedica un estudio a “Remedios contra el dolor y la tristeza”. Señala cinco remedios: cualquier goce; las lágrimas; compartir la alegría; contemplar la verdad. Y el quinto es: “dormir y bañarse”; y lo explica. Todo vale porque la tristeza es aliada del Enemigo. La alegría es caminar y llegar al cielo, con Jesús y con María, madre de Dios y madre nuestra. Lo dice el saber popular desde hace siglos: “Al final de la jornada, aquél que se salva, sabe; el que no, no sabe nada”.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano procura vivir en Dios, por Dios y para Dios; desea estar lleno de Dios y sumido en Dios; y sabe que Dios nos ama más que nadie puede amar, porque Dios es amor: “Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto alcanza el amor su perfección en nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, porque tal como es Él, así somos nosotros en este mundo. En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor, porque el temor supone castigo, y el que teme no es perfecto en el amor. Nosotros amamos, porque Él nos amó primero. Si alguno dice: “Amo a Dios” y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.” (1 Jn 4,16-20)

- Criaturas de Dios. El cristiano se sabe amado por Dios y desea amar a Dios como Dios quiere que se le ame. “Vosotros sois campo de Dios, edificación de Dios” (1 Co 3,9). “El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo. Porque la tierra produce fruto ella sola: primero hierba, después espiga y por fin trigo maduro en la espiga.” (Mc 4,26-29). Dios es el que da el crecimiento (cf. 1 Co 3,7)

- Hijos de Dios, los cristianos nos confiamos a su amor: “Escuchad, salió un sembrador a sembrar… El que siembre, siembra la palabra. Los que están junto al camino donde se siembre la palabra son aquellos que cuando la oyen, al instante viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Los que reciben la semilla sobre terreno pedregoso son aquellos que, cuando oyen la palabra, al momento la reciben con alegría, pero no tienen en sí raíz, sino que son inconstantes; y después, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropiezan y caen. Hay otros que reciben la semilla entre espinas: son aquellos que han oído la palabra, pero las preocupaciones de este mundo, la seducción de las riquezas y los apetitos de las demás cosas les asedian, ahogan la palabra y queda estéril. Y los que han recibido la semilla sobre la tierra buena son aquellos que oyen la palabra, la reciben y dan fruto: el treinta por uno, el sesenta por uno y el ciento por uno.” (Mc 4,3. 14-20). Haznos, Señor, buena tierra.

- Sabe el cristiano que debe encomendarse a Dios y pedir la ayuda de su misericordia: “El Reino de los Cielos es como un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña. Los siervos del amo de la casa fueron a decirle: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña? Él les dijo: “Algún enemigo lo habrá hecho”. Le respondieron los siervos: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?” Pero él les respondió: “No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega les diré a los segadores: “Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero” (Mt 13,24-30). Haznos, Señor, trigo de tu granero.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que la esencia de su vida no es cumplir mandatos y evitar fallos y negligencias que determinarían un castigo. Cristianismo es ser amado y amar. “Y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle: “- Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Él respondió: - Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el principal mandamiento. El segundo es como éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen la Ley y los Profetas” (Mt 22,35-40).

“Queridísimos: amémonos unos a otros porque el amor procede de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha llegado a conocer a Dios, porque Dios es amor… Nosotros amamos porque Él nos amó primero” (1 Jn 4,7-8 y 19). Cuando se tiene amor a Dios, cuando se vive de ese amor y en ese amor hasta dar todo el amor recibido del Amor que rebosa y se derrama en amor al amigo, al contrario, al que no se conoce (“Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen”, Mt 5,44), el cumplimiento de los demás mandamientos no se hace por obligación, sino por amor. “Ama y haz lo que quieras: si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Exista dentro de ti la raíz de la caridad; de dicha raíz no puede brotar sino el bien” (san Agustín, sermón sobre 1ª epístola de san Juan).

“Y aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo para dejarme quemar, si no tengo caridad, de nada me aprovecharía. La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co, 13,5-7). La caridad es el amor que se recibe del Amor con tanta abundancia que se derrama en hacer el bien, en sembrar amor: “Aunque vierais algo malo, no juzguéis al instante a vuestro prójimo, sino más bien excusadle en vuestro interior. Excusad la intención, si no podéis excusar la acción. Pensad que lo habrá hecho por ignorancia o por sorpresa o por debilidad. Si la cosa es tan clara que no podéis disimularla, aún entonces procurad creerlo así, y decid para vuestros adentros: la tentación habrá sido muy grande” (san Bernardo, sermón 40, sobre el Cantar de los Cantares)

El cristiano conoce y vive la progresión que en el amor se nos pide: del “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 12,31), se pasa al mandamiento nuevo que exige más: “que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,12). El amor del Amor nos llama y nos lleva por el camino de la vida hasta el cielo: “Amor meus pondus meum; illo feror quocumque feror” (“El amor es mi peso; por él soy llevado a donde soy llevado”, San Agustín, “Confesiones”, 13,9). Y, en esa vida de amor al Amor y por amor del Amor, la oración es alimento necesario, imprescindible: “No es otra cosa la oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (Santa Teresa de Jesús, “Vida”, 8.5). Y es que: “El Amor… bien vale un amor” (san Josemaría “Camino”, 171)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que la fe, la esperanza y la caridad son las virtudes teologales y que, a diferencia de otras virtudes, no se adquieren ni se incrementan con el propio esfuerzo, sino que Dios las da a todos los hombres y mujeres que deben recibir esos dones y que deben realizarlos en la propia vida. “Ahora permanecen la fe, la esperanza, la caridad: las tres virtudes. Pero de ellas la más grande es la caridad” (Rm 13, 13).

- Virtudes fundamento. “La fe es el fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven” (Heb 11,1). “Justificados, por tanto, por la fe, estamos en paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien también tenemos acceso en virtud de la fe a esta gracia en la que permanecemos, y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de Dios… Una esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu santo que se nos hadado” (Rm 5,1-2 y 5). “Ya que habéis purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad para un amor fraterno no fingido, amaos de corazón intensamente unos a otros, como quienes han sido engendrados de nuevo no de un germen corruptible, sino incorruptible, por medio de la palabra de Dios, viva y permanente” (1 P 22-23). “Así, también la fe, si no va acompañada de obras, está realmente muerta” (St 2,17)

- Virtudes vivas. “Mantened el amor fraterno. No olvidéis la hospitalidad, gracias a la cual algunos sin saberlo, hospedaron a ángeles. Acordaos de los encarcelados, como si estuvierais en prisión con ellos, y de los que sufren, pues también vosotros vivís en un cuerpo. Que todos honren el matrimonio y guarden inmaculado el lecho conyugal, porque Dios juzgará a fornicarios y adúlteros. Que vuestra conducta esté libre de avaricia; contentaos con lo que tengáis, porque Él ha dicho: “No te dejaré ni abandonaré”, de modo que podamos decir confiadamente: “El Señor es mi auxilio y no temeré; ¿qué podrá hacerme el hombre?” (Hb 13,1-6)

- Virtudes fructíferas. “Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo. Porque si alguno se imagina que es algo, sin ser nada, se engaña a sí mismo. Que cada uno examine su propia conducta, y entonces podrá gloriarse solamente en sí mismo y no en otro; porque cada uno tendrá que llevar su propia carga” (Ga 6,2-5). “En cambio, los frutos del Espíritu son: la caridad, el gozo, la paz, la longanimidad, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre, la continencia...” (Ga 5,22-23)

- Virtudes para llegar al cielo. “Estad atentos para que nadie devuelva mal por mal; al contrario, procurad siempre el bien mutuo y el de todos. Estad siempre alegres. Orad sin cesar. Dad gracias por todo, porque eso es lo que Dios quiere de vosotros en Cristo Jesús… Que Él, Dios de la paz, os santifique plenamente, y que vuestro ser entero -espíritu, alma y cuerpo- se mantenga sin mancha hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que os llama es fie, y por eso cumplirá” (1 Tes 5, 15-18 y 23-24)

¡Buen ánimo! “¿Qué más queremos tener al lado un tan buen amigo, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo?” (santa Teresa de Jesús “Vida, 22, 6-7)

TIEMPO ORDINARIO / CUARESMA

En el camino hacia el cielo, el cristiano vive acomodando el paso a los tiempos litúrgicos. En esta semana el Miércoles de Ceniza abre el tiempo de Cuaresma. Un “tiempo fuerte”, para preparar el alma para celebrar la Pascua: la Pasión y Muerte de Jesucristo y su Resurrección. Cuarenta días de preparación en los que las recomendaciones de Oración, Limosna y Sacrificio llevan a intensificar: el sentir cerca a Dios, los diálogos con Jesús; a poner más atención en reducir espacio al “yo”; a abrir los bolsillos dando dinero al que lo necesita, derrochando amabilidad, ayuda a otros, comprensión a todos, regalando sonrisas; a unirnos a la angustia, a los dolores de Jesús en el prendimiento en Getsemaní, en el abandono y la negación de los amigos, en el proceso inicuo, en la condena injusta, en la muerte ignominiosa, con algún sacrificio que no sacrifique a los demás. En el recuerdo colegial, el que de aquel joven que ofrecía su estudio ante el sobre con la carta de “la novia” y ante la lata de un refresco que no abría ni bebía hasta acabar la tarea “bien”. Y, ahora, hoy, “dejar eso que me gusta” y “no tomar de esto o de aquello” y tener un detalle “precisamente” con este o aquél.

- “Por lo tanto, cuando des limosna no lo vayas pregonando, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles con el fin de que los alaben los hombres. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna quede en lo oculto; de este modo tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que son amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para exhibirse delante de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre que ve en lo oculto, te recompensará… Cuando ayunéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará” (Mt 6, 2-6 y16-18)

- “Este mundo es el camino / para el otro, que es morada / sin pesar; / mas cumple tener buen tino / para andar esta jornada / sin errar. / Partimos cuando nacemos, / andamos mientras vivimos, / y llegamos / al tiempo que fenecemos; / así que cuando morimos / descasamos. / Este mundo bueno fue / si bien usamos de él / como debemos, / porque, según nuestra fe, / es para ganar aquel / que atendemos. / Aun aquel Hijo de Dios, / para subirnos al cielo, / descendió / a nacer acá entre nos, / y a vivir en este suelo / do murió. (Himno de laudes el Miércoles de Ceniza; de “Coplas de Don Jorge Manrique por la muerte de su padre).

En los días de la semana que preceden al Miércoles de Ceniza puede ser bueno renovar la regla de oro de la convivencia, que no es negativa: “No hacer a otro lo que no quisiera para mí”, sino positiva: “Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros hacedlo también vosotros con ellos: ésta es la ley y los Profetas” (Mt 7,12)

CUARESMA

Cuaresma. El cristiano sabe que, como toda su vida lo es en el camino hasta llegar al cielo para vivir con y en Dios para siempre, también en la Cuaresma vive un tiempo de preparación para la Pascua “florida” que desea celebrar en unión con todos los santos del cielo, del purgatorio y los que aquí se afanan como él en recibir el amor del Amor para derramarlo en el amor a todos. Y, a diario, lee y medita textos de la Escritura:

- “El Señor habló a Moisés: - Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: “Seréis santos porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo … No robaréis ni defraudaréis ni engañaréis a ninguno de vuestro pueblo. No juraréis en falso por mi nombre, profanando el nombre de Dios. Yo soy el Señor. No explotarás a tu prójimo ni lo expropiarás. No dormirá contigo hasta el día siguiente el jornal del obrero. No maldecirás al sordo ni pondrás tropiezos al ciego. Teme a tu Dios. Yo soy el Señor. No daréis sentencias injustas. No serás parcial ni por favorecer al pobre ni por honrar al rico. Juzga con justicia a tu conciudadano. No andarás con cuentos de aquí para allá, ni declararás en falso contra la vida de tu prójimo. Yo soy el Señor. No odiarás de corazón a tu hermano. Reprenderás a tu pariente, para que no cargues tú con su pecado. No ten vengarás ni guardarás rencor a tus parientes, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor.” (Lv 19,1-2. 11-18)

- “Si el malvado se convierte de los pecados cometidos y guarda mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. No se le tendrán en cuenta los delitos que cometió, por la justicia que hizo vivirá. ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado -oráculo del Señor-, y no que se convierta de su conducta y viva? Si el justo se aparta de su justicia y comete maldad, imitando las abominaciones del malvado, ¿vivirá acaso?; no se tendrá en cuenta la justicia que hizo: por la iniquidad que perpetró y por el pecado que cometió morirá… Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder? ¿O no es vuestro proceder el que es injusto?” (Ez 18,21-24.25)

- “También la reina Ester, presa de angustia por el inminente peligro de muerte, buscó refugio junto al Señor … Ven en mi ayuda pues me encuentro sola y no tengo otro auxilio fuera de ti, Señor, porque me amenaza un gran peligro … Líbranos de la mano de nuestros enemigos; convierte nuestro luto en gozo y nuestros dolores en salud … ¡Aparece, Señor! ¡Manifiéstate, Señor!” (Est 4,17n. 17q-17r. 17hh. 17kk)

- “En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: - Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros rezad así: Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido, no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno. Porque si les perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará…” (Mt 6,7-15)

CUARESMA

Cuaresma. El cristiano vive en la misericordia de Dios. Frecuentemente recuerda en su corazón que misericordia es poner el corazón en la miseria, que miseria es lo desechable, lo que ya no vale, lo despreciable. Y sale un salmo del corazón: “Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su Nombre santo. Bendice alma mía, al Señor, no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona tus culpas, quien sana tus enfermedades… El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia. No dura siempre su querella, ni guarda rencor perpetuamente. No nos trata según nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas… Como se apiada un padre de sus hijos, así el Señor tiene piedad de los que le temen. Pues Él conoce de qué estamos hechos, recuerda que somos polvo.” (salmo 103, 1-3. 8-10. 13-14).

Cuaresma. Tiempo de meditación en la confianza de que Dios está aquí, me ve, me escucha y me ama. “Pero, aunque nos hemos rebelado, el Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona” (Dn 9,9). “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros” (Lc 6,36-38)

Cuaresma. Tiempo de examen de conciencia, de propósito de enmienda, de conciliación. Tiempo de ayudar, de escuchar, de comprender, de callar, de sonreír. “Cesad de obrar mal, aprended a obra bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces, venid y litigaremos -dice el Señor- Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquerán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana” (Is 1,16-18)

Cuaresma. Tiempo de conversión, de cambiar lo que hay que cambiar y de pedir ayuda a Dios para hacerlo bien y perseverar, porque los humanos somos débiles y fallamos, pero Dios es fiel y nos ama: Dios es Amor. “Así dice el Señor: Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita. Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto. Nada más falso y enfermo que el corazón: ¿quién lo entenderá? Yo, el Señor, penetro el corazón, sondeo las entrañas, para dar al hombre según su conducta, según el fruto de sus acciones, para dar al hombre según su conducta…” (Jr 17,5-10)

Cuaresma. Idilio a los pies de la Cruz: “No me mueve, mi Dios, para quererte / el cielo que me tienes prometido, / ni me mueve el infierno tan temido/ para dejar por eso de ofenderte. / Tú me mueves, Señor, muéveme el verte / clavado en esa cruz y escarnecido; / muéveme ver tu cuerpo tan herido; / muévenme tus afrentas y tu muerte. / Tú me mueves, Señor, de tal manera/ que, aunque no hubiera cielo, yo te amara / y aunque no hubiera infierno te temiera. / No me tienes que dar porque te quiera, / pues, aunque lo que espero no esperara, / lo mismo que te quiero, te quisiera” (Anónimo)

CUARESMA

Cuaresma. El cristiano vive esta etapa del camino de su vida consciente de que es empinada y pedregosa. Da pasos cortos y alterna la mirada al cielo con la mirada al corazón, que late fuerte, entre la fatiga y la esperanza de la Pascua que se adivina cada vez más próxima. Es el espíritu de Cuaresma que se tiene que notar en la oración, en la convivencia, en el trabajo y en el descanso. “Como se vive, se reza; se reza como se vive”.

Cuaresma. Tiempo de misericordia. Tiempo de poner el corazón -de acoger, de perdonar, de comprender- en lo mísero, en lo pobre, lo inútil, lo que se tira, porque eso es amar al prójimo como Dios nos ama (cf. Jn 13,34). “Díctate a ti mismo la norma de la misericordia, de acuerdo con la manera, la cantidad y la rapidez con que quieres que tengan misericordia contigo. Compadécete tan pronto como quisieras que los otros se compadecieran de ti. En consecuencia, la oración, la misericordia y el ayuno deben ser como un único intercesor en favor nuestro ante Dios, una única llamada, una única y triple petición… el ayuno no germina si la misericordia no riega, el ayuno se torna infructuoso si la misericordia no lo fecunda: lo que es la lluvia para la tierra, eso mismo es la misericordia para el ayuno. Por más que perfeccione su corazón, purifique su carne, desarraigue sus vicios y siembre las virtudes, como no produzca caudales de misericordia, el que ayuna no cosechará fruto alguno” (san Pedro Crisólogo, sermón 43)

Tiempo de meditar sobre la misericordia de Dios. “Y les dijo esta parábola: - “Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas” (Lc 13,8-9). Cristo, como aquí el viñador, intercede por nosotros: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34)

Tiempo de confianza en Dios: “Pastor que con tus silbos amorosos / me despertaste del profundo sueño; / tú, que hiciste cayado de ese leño / en que tiendes los brazos poderosos / vuelve los ojos a mi fe piadosos, / pues te confieso por mi amor y dueño, / y la palabra de seguir empeño / tus dulces silbos y tus pies hermosos. / Oye, Pastor, que por mores mueres, / no te espante el rigor de mis pecados, / pues tan amigo de rendidos eres. / Espera, pues, y escucha mis cuidados. / Pero ¿cómo te digo que me esperes?, / si estás, para esperar, los pies clavados.” (Lope de Vega)

Tiempo de vivir, de caminar, junto a nuestra Madre que es la Madre de Dios. “¡Oh, dicha incomparable, la madre de Dios es mi Madre! María es mi Madre, luego hay en ella preocupación por mí, deseos vehementes de que yo sea bueno, persevere y me salve.” (de la sabatina del colegio). Y tiempo de consolar a nuestra Madre: “Qué lejos, Madre, la cuna / y tus gozos de Belén: / “No, mi niño, no. No hay quien / de mis brazos te desuna” Y rayos tibios de luna, / entre las pajas de miel, / le acariciaban la piel / sin despertarle. ¡Qué larga! / es la distancia y qué amarga / de Jesús muerto a Emmanuel!” (Gerardo Diego: “Dame tus manos, María”, del Himno para los sábados de Cuaresma)

CUARESMA

Cuarto domingo de Cuaresma. Domingo “Laetare”. Como en la austeridad del Adviento se reanima el corazón con el domingo “Gaudete”, en el ambiente cuaresmal de penitencia se deja oír la antífona de entrada: “Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto…” (Is 66,10). Y en una de las lecturas para el domingo (ciclo B) se dice: “Hermanos, Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo -por pura gracia estáis salvados-, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Así muestra a las edades futuras la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino a que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Pues somos obra suya. Nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que Él nos asignó para que las practicásemos” (Ef 2,4-10)

El cristiano da gracias a Dios, se llena de Cristo y desborda en el amor del Amor. Es la alegría de la Esperanza y quiere más: “Porque, he aquí que Yo creo cielos nuevos y una tierra nueva. Las cosas pasadas no serán recordadas, ni vendrán a la memoria. Al contrario, alegraos y regocijaos eternamente de lo que yo voy a crear, pues voy a crear a Jerusalén para el gozo y a su pueblo para la alegría… Ya no habrá allí niño que viva pocos días, ni anciano que no colme sus días, pues se considerará que era joven el que muera centenario, y quien no llegue a cien años se le tendrá por maldito … No trabajarán en vano, ni aguardará la ansiedad a los hijos que engendren, pues serán un linaje de benditos del Señor, y sus vástagos lo mismo que ellos. Sucederá que antes de que me invoquen Yo responderé; apenas hablen Yo los escucharé…” (Is 65, 17-18. 20. 23-24)

Domingo “Laetare”. Es tanta la alegría en el amor de Dios que escapa el canto del alma: “¡Oh hermosura que excedéis / a todas las hermosuras! / ¡Sin herir dolor hacéis, / y sin dolor deshacéis / el amor de las criaturas! / ¡Oh nudo que así juntáis / dos cosas tan desiguales, / no sé por qué desatáis, / pues atado fuerza dais / a tener por bien los males! / Juntáis quien no tiene ser / con el Ser que no se acaba; / sin acabar acabáis, / sin tener que amar amáis, / engrandecéis nuestra nada.” (Santa Teresa de Jesús)

Alegría en la Cuaresma. Se acerca la Pascua. Es como la luz que se adivina en el horizonte cuando empieza a clarear el día. Todo saldrá bien. Como se puede leer en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 313): “… Tú misma verás que todas las cosas serán para bien” Thou shalt see thyself that all MANNER of thing shall be well (Juliana de Norwich “Revelatio”, texto en inglés incluso en la versión en español)

Alegría en el amor del Amor. Lo repetía Jesús a sus discípulos: “Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa. Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,11-12); y también: “Así pues, también vosotros ahora os entristecéis, pero os volveré a ver y se os alegrará el corazón y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16,22)

CUARESMA

Cuaresma. El cristiano vive la cercanía de la Semana Santa y hace examen de amor y propósitos para caminar junto a Jesús, a su paso, cada día, hasta llegar al cielo y estar con Dios para siempre. “A la tarde te examinarán en el amor” (san Juan de la Cruz)

- “Vigilaos a vosotros mismos, para que vuestros corazones no estén ofuscados por la crápula, la embriaguez y afanes de esta vida, y aquel día no sobrevenga de improviso sobre vosotros, porque caerá como un lazo sobre todos aquellos que habitan en la faz de la tierra. Vigilad, orando en todo tiempo, a fin de que podáis evitar todos estos males que van a suceder; y estar en pie delante del Hijo del Hombre” (Lc 21,34-36)

“Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 6,1). “Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos” (Mt 7,12). “Sed misericordiosos como vuestro padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará…” (Lc 6,36-37). “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros” (Jn 13,34-35)

- Arrinconar el “yo”. “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga” (Mt 16,24)

- Confiar. “Al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados. Así pues, no seáis como ellos, porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis” (Mt 6,7-8). “Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados. Buscad primero el reino de Dios y su justicia y todas esas cosas se os añadirán. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6,32-34).

- Pedir perdón. “Dos hombres subieron al Templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo”. Pero el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador”. Os digo que éste bajó justificado a su casa, y aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado” (Lc 18,10-14)
“¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y sale en busca de la que se perdió hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso, y, al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: “Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me perdió”. Os digo que, del mismo modo, habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión” (Lc 15,4-7)

SEMANA SANTA

- ÉL LO SABÍA. “Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día” (Mt 16,21). “Cuando estaban en Galilea les dijo Jesús: - El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos d ellos hombres, y lo matarán, pero al tercer día resucitará.” (Mt 17,22). “Entones les dice: Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo. Y adelantándose un poco se postró rostro en tierra mientras oraba diciendo: - Padre mío, si es posible, aleja de mí este cáliz; pero que no sea tal como yo quiero, sino como quieres tú” (Mt 26,38-39)

- SOLO. “Al anochecer se recostó a la mesa con los doce. Y cuando estaban cenando, dijo: - En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar” (Mt 26,20-21). “Todavía estaba hablando, cuando de pronto llegó un tropel de gente. El que se llamaba Judas, uno de os doce, los precedía y se acercó a Jesús para besarle. Jesús le dijo: - Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?” (Lc 22,47-48). “Después de recitar el himno, salieron hacia el Monte de los Olivos. Entonces les dijo Jesús: - Todos vosotros os escandalizaréis esta noche por mi causa, pues está escrito: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero después de que haya resucitado iré delante de vosotros” (Mt 26,30-32). “Todo esto sucedió para que se cumplieran las Escrituras de los Profetas. Entones todos los discípulos lo abandonaron y huyeron” (Mt 26,56)

- LAS SIETE PALABRAS. 1) “Y Jesús decía: - Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). 2) “Uno de los malhechores crucificados le injuriaba diciendo: - ¿No eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros. Pero el otro le reprendía: - ¿Ni siquiera tú, que estás en el mismo suplicio, temes a Dios? Nosotros estamos aquí justamente porque recibimos lo merecido por lo que hemos hecho; pero éste no ha hecho ningún mal. Y decía: - Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino. Y le respondió: - En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43). 3) Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí le dijo a su madre: - Mujer, aquí tienes a tu hijo. Después le dice al discípulo: - Aquí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió como lo suyo” (Jn 19,26-27). 4) “Hacia la hora nona Jesús clamó con fuerte voz: -Elí, Elí ¿lema sabacthani? – es decir, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt 27-46). 5) Después de esto, como Jesús sabía que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: - Tengo sed” (Jn 19,28). 6) “Había por allí un vaso lleno de vinagre. Sujetaron una esponja empapada en el vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús, cuando probó el vinagre, dijo: - Todo está consumado” (Jn 19,29). 7) “Y Jesús, clamando con una gran voz, dijo: - Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).

- EL FINAL. “Y José tomo el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en el sepulcro, que era nuevo y que había mandado excavar en la roca. Hizo rodar una gran piedra a la puerta del sepulcro y se marchó. Estaban allí María Magdalena y la otra María sentadas frente al sepulcro” (Mt 27,59-61). Silencio. Oscuridad… Pero alborea.

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Domingo de Pascua, de la Resurrección del Señor. Los cristianos vivimos la Pascua florida con una alegría sincera, profunda, que nace de la fe, se alimenta de esperanza y desborda de amor porque de la Navidad a la Resurrección todo fue un derroche de amor del Amor para con nosotros. “Si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también nuestra fe …Y si tenemos puesta la esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los más miserables de todos los hombres” (1 Co 15,14.19). Pero no: ¡Ha resucitado! Creo, espero y amo en Dios y por Dios.

La Secuencia en la misa del día es igualmente un cántico de alegría: “Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza / a gloria de la Víctima propicia de la Pascua. / Cordero sin pecado que a las ovejas salva, / a Dios y a los culpables unió con nueva alianza. / Lucharon vida y muerte en singular batalla / y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta. / “¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?” / “A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles, testigos, sudarios y mortaja. / ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! / Venid a galilea, allí el Señor aguarda; / allí veréis los suyos la gloria de la Pascua.” / Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia / que estás resucitado; la muerte en ti no manda. / Rey vencedor, apiádate de la miseria humana / y da a tus fieles parte en tu victoria santa. / Amén. Aleluya”.

El cristiano medita las palabras de Pablo: “Porque si nuestra existencia está unida a Él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya. Comprendamos que nuestra vieja condición ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores, y nosotros libres de la esclavitud al pecado; porque el que muere ha quedado absuelto del pecado. Por lo tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.” (Rm 6, 5-11)

Nuestro corazón vuela a la profecía de Ezequiel que se ha cumplido: “Y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancará de vuestra carne un corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandamientos.” (Ez 36,26-27). Y, así, resuena en el alma el salmo: “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva en mi interior un espíritu firme. No me arrojes de tu presencia, ni me retires tu santo Espíritu. Devuélveme el gozo de tu salvación y afírmame con un espíritu noble” (sl. 50)

La conversión cuaresmal y la compasión de la Semana Santa; la espera junto al sepulcro, el vacío espiritual del sábado santo, el consuelo en la soledad de María nuestra Madre; deberían haber llenado de amor el corazón nuevo. Y la resurrección debe llenarnos de alegría desbordante y de amor que rebosa. Y con el gozo de estar con Dios, llenos de amor y sumidos en amor del Amor, quizá regrese a la memoria aquel canto amoroso con palabras divinas, palabras de amor: “Se extenderán sus ramas tiernas y tendrá la belleza del olivo y el aroma del Líbano. Volverán a habitar a mi sombra, a cultivar el trigo, a florecer como la vid… Yo le atiendo y le miro. Yo soy como ciprés lozano: es de Mí de quien vienen tus frutos” (Oseas, 14,7-8.9)

PASCUA DE RESURRECCIÓN

El cristiano vive la alegría de la Pascua de Resurrección con el espíritu nuevo que le anima a caminar por el sendero de las ocupaciones habituales de cada día con el gozo que da sentir la el amor, la misericordia, la ternura de Dios. La Pascua de Resurrección hace nacer de nuevo, como le dijo Jesús a Nicodemo: “No te sorprendas de que te haya dicho que debéis nacer de nuevo… Tanto amó Dios al mundo que le entregó su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,7.16-17)

La Pascua de Resurrección no es un tiempo que pasa, sino un reencuentro con Jesús que nos ha hablado, de corazón a corazón. Un reencuentro que lleva a descubrir que Jesús nos busca, se preocupa por nosotros, nos ayuda en nuestras necesidades: “Estaba allí un hombre que padecía una enfermedad desde hacía treinta y ocho años. Jesús, al verlo tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dijo: “- ¿Quieres curarte? El enfermo le contestó: - Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se mueve el agua; mientras voy, baja otro antes que yo. Le dijo Jesús: - Levántate, toma tu camilla y ponte a andar. Al instante aquel hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar … Después de esto lo encontró Jesús en el Templo y le dijo: - Mira, estás curado; no peques más para que no te ocurra algo peor” (Jn 5,5-9. 14)

- Un reencuentro que nos abre a la luz de la esperanza porque Jesús pasa a nuestro lado, nos mira, nos habla y nos anima a estar con Él en el cielo, para siempre: “Y al pasar vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento… Mientras estoy en el mundo soy luz del mundo. Dicho esto, escupió Jesús en el suelo, hizo lodo con la saliva, lo aplicó en sus ojos y le dijo: - Anda, lávate en la piscina de Siloé -que significa “Enviado”. Entonces fue, se lavó y volvió con vista… Oyó Jesús que le habían echado fuera, y cuando se encontró con él le dijo: - ¿Crees tú en el Hijo del Hombre? - ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? - respondió. Le dijo Jesús: - Si lo has visto el que está hablando contigo, ése es. Y él exclamo: - Creo, Señor – y se postró ante él” (Jn 9,1.5-7. 35-38)

- Un reencuentro que hace mirar de otro modo la vida, aunque parezca siempre igual: “Estaba allí el pozo de Jacob. Jesús fatigado del camino se había sentado en el pozo. Era más o menos la hora sexta. Vino una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dijo: -Dame de beber
– sus discípulos se habían marchado a la ciudad a comprar alimentos… -Todo el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna. – Señor, dame de esa agua, para que no tenga sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla – le dijo la mujer… La mujer dejó su cántaro, fue a la ciudad y le dijo a la gente: - Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho ¿No será le Cristo?” (Jn 4,6-8. 13-15. 28-29)

Pascua de Resurrección, tiempo de estar junto a María, Madre de Dios y Madre nuestra; de rezar, de trabajar, de reír y cantar con ella; de decirle: “Mientras mi vida alentare, tomo mi amor para ti. Mas si mi amor te olvidare, Madre mía, tú no te olvides de mi”

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Pascua de Resurrección. Mes de mayo, mes de María. El cristiano, cualesquiera que sean las circunstancias, recorre este mes el camino de la vida con alegría en el alma y cantando con el corazón. En esta vida no se puede encontrar situación mejor: Jesús ha resucitado. María está con nosotros: “Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte de los Olivos, que está cerca de Jerusalén a la distancia de un camino permitido el sábado. Y cuando llegaron subieron al Cenáculo donde vivían Pedro, Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago de Alfeo y Simón el Zelotes, y Judas el de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la Madre de Jesús, y sus hermanos” (Hechos 1,12-14)

En este tiempo de Pascua el cristiano saborea las palabras cuando, despacio, atento a lo que dice, da gracias a Dios: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los cielos, / ya que en él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuésemos santos y sin mancha en su presencia, por el amor; / nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo conforme al beneplácito de su voluntad para alabanza y gloria de su gracia, con la cual nos hizo gratos en el Amado; / en quien mediante su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, según las riquezas de su gracia, que derramó sobre nosotros sobreabundantemente con toda sabiduría y prudencia. / Nos dio a conocer el misterio de su voluntad, según el benévolo designio que se había propuesto realizar mediante él y llevarlo a cabo en la plenitud de los tiempos: recapitular en Cristo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra” (Ef 1,3-10)

El cristiano se reconforta con el consejo de san Pablo: “Que desaparezca de vosotros toda amargura, ira, indignación, griterío o blasfemia y cualquier clase de malicia. Sed, por el contrario, benévolos unos con otros, compasivos, perdonándoos mutuamente como Dios os perdonó en Cristo. Imitad por tanto a Dios, como hijos queridísimos, y caminad en el amor, lo mismo que Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y ofrenda de suave olor ante Dios” (Ef 4,31-32 y 5,1-2)

Y rebuscando en los himnos a la Virgen, el cristiano encuentra un precioso estribillo del himno “Iubilus aureus B.M.V”, compuesto entre los siglos XIII y XIV por un autor desconocido, cuya primera estrofa dice así: “Salve mater misericordiae, mater spei et mater veniae, mater Dei et mater gratiae, mater plena sanctae laetitiae (O María)”, que dice en español: “Salve, Madre de misericordia, Madre de esperanza y de perdón, Madre de Dios y de la gracia, Madre llena de alegría santa (Oh María)”. Sigue, luego: “Valle donde florecen los lirios de las virtudes y todo él destila la plenitud de las dichas más puras: alivia nuestras miserias, oh Madre santa, con el bálsamo de tus plegarias. (Oh María). Y: “Te creó el Padre ingénito, en Ti se ocultó el Unigénito, eres esposa fecunda del Paráclito: ensalcemos, pues, a la Trinidad desde lo más íntimo de nuestros corazones (Oh, María)”

Para la Virgen nunca faltan flores: “Con los rayos de luz que te inundan / los arcángeles besan tus pies; / las estrellas tu frente circundan / y hasta Dios complacido te ve.”

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Resurrección del Señor. Mes de María. El cristiano rememora con la Madre de Dios, que es también Madre nuestra, lo ocurrido entonces y, aunque no se lea así en los Evangelios, cree que debió ser Ella la primera que tuvo constancia real de Jesús con su cuerpo glorioso y tangible: lo vio, lo besó, lo abrazó y seguramente, como hace una madre cuando regresa su hijo después de una angustiosa travesía vital, repasó con detalle aquel cuerpo humano que engendró en su seno, que cuidó en su infancia, que atendió en su juventud y que siguió con su corazón en los tres años de vida pública. Hasta acompañarlo, junto a la Cruz, transida de dolor, en la soledad del Calvario. Ya lo tiene a su lado. Es Él.

Los cristianos, en la Pascua de Resurrección, sustituyen el rezo del “Angelus” por el alegre “Regina coeli”: Reina coeli laetare, alleluia. Quia quem meruisti portare, alleluia, Resurrexit sicut dixit, alleluia. Ora pro nobis Deum, alleluia. Gaude et laetare Virgo María, alleluia. Quia surrexit Dominus vere, alleluia (Reina del cielo, alégrate, aleluya. Porque el que mereciste llevar, aleluya. Ha resucitado según predijo, aleluya. Ruega por nosotros a Dios, aleluya. Gózate y alégrate, Virgen María, aleluya. Porque ha resucitado verdaderamente el Señor, aleluya). Y la oración: “Oh Dios, que te has dignado alegrar el mundo por la resurrección de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, concédenos que, por la mediación de la Virgen María, alcancemos los gozos de la vida eterna. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén”

No se cae de los labios del cristiano el alegre canto: ¡Aleluya, ha resucitado! Y no se aparta de la memoria los encuentros con Jesús resucitado: “Pasado el sábado, al alborear el día siguiente, marcharon María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro… Ellas partieron al instante del sepulcro con temor y una gran alegría, y corrieron a dar la noticia a los discípulos. De pronto Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se acercaron, abrazaron sus pies y le adoraron. Entonces Jesús les dijo: - No tengáis miedo; id y anunciad a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán” (Mt 28,1. 8-10).

Cuántas palabras para meditar: “al alborear”, sin pérdida de tiempo, el amor no puede esperar, acudir a Dios que está junto a mí en el trabajo, en el camino, en el estudio, que me espera en el Sagrario; “con una gran alegría”, porque he sentido la presencia de Dios a mi lado, porque he podido hablarle sin palabras y escucharle en el silencio; “Jesús les salió al encuentro”, una vez más, como tantas veces durante el día y en la vida: Jesús sale al encuentro, aunque lo hayamos olvidado, aunque hayamos separado de nosotros en esa ocasión, en ese proceder, en esa omisión; “no tengáis miedo”, porque Dios es Amor, porque Dios es misericordioso y pone su corazón en mi miseria, porque Dios es clemente y perdona cuando pongo a mi yo sobre su amor. Y tantas palabras más: “se acercaron” a Jesús, abrazaron sus pies, le adoraron. ¡Buen Jesús que te quiera como Tú quieres que te quiera!
¡Salve Madre, en la tierra de mis amores, te saludan los cantos que alza el amor!

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Pascua de Resurrección. Mes de María. El cristiano vive el mes de mayo como si hiciera una romería hacia el cielo, siguiendo los pasos de Jesús y de María, acompañándolos con cantos, llenos de amor y de alegría. Los cristianos se recrean el recuerdo del Pregón Pascual:
“Exulten por fin, los coros de los ángeles, exulten las jerarquías del cielo y por la victoria de Rey tan poderoso que las trompetas anuncien la salvación. / Goce también la tierra, inundada de tanta claridad, y que, radiante el fulgor del Rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe eterno. / Alégrese también nuestra madre la Iglesia, revestida de luz tan brillante; resuene este templo con las aclamaciones del pueblo…

En verdad es justo y necesario aclamar cn nuestras voces y con todo el afecto del corazón a Dios invisible, el Padre todopoderoso, y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre la deuda de Adán y, derramando su sangre, canceló el recibo del antiguo pecado. Porque éstas son las fiestas de Pascua en las que inmola al verdadero Cordero, cuya sangre consagra las puertas de los fieles. Ésta es la noche en que sacaste de Egipto a los israelitas, nuestros padres, y los hiciste pasar a pie el mar Rojo. Ésta es la noche en que la columna de fuego esclareció las tinieblas del pecado. Ésta es la noche en que, por toda la tierra, los que confiesan su fe en Cristo son arrancados d ellos vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y son agregados a los santos. Ésta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo.

¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo! Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! Y así esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes. ¡Qué noche tan dichosa en que se une el cielo y la tierra, lo humano y lo divino! En esta noche de gracia, acepta, Padre santo, este sacrificio vespertino de alabanza que la santa Iglesia te ofrece por medio de sus ministros en la solemne ofrenda de este cirio, hecho con cera de abejas.

Te rogamos, Señor, que este cirio, consagrado a tu nombre, arda sin apagarse para destruir la oscuridad de esta noche, y, como ofrenda agradable, se asocie a las lumbreras del cielo. Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo, ese lucero que no conoce ocaso y es Cristo, tu Hijo resucitado, que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina por los siglos de los siglos. Amén”

¡La Madre de Dios es mi madre! “Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra… A ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos. Y, después de este destierro, muéstranos a Jesús fruto bendito de tu vientre ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce siempre Virgen María! Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo”.

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Pascua de Resurrección. Mes de María. El cristiano vive procurando estar unido a Jesús resucitado que se hizo como nosotros, que nació y vivió como nosotros, que trabajó, descansó, se divirtió y tuvo los mismos sentimientos que nosotros. Sentir cerca la Santísima Humanidad de Dios, es saber, en todo momento y en cada momento: que Jesús me ve, que me oye, que sabe lo que pienso, que no le engaño, que me comprende, que me anima en las caídas, en los fallos, que me consuela, que me llama para que vaya con Él, que me ve desde lejos cuando, cansino, dudoso, pesaroso, me acerco; que corre a mi encuentro y me abraza y me besa y se alegra… El cristiano sabe que es la ilusión de Dios, como el niño pequeño lo es para su madre; que puede ser ¡la alegría de Dios!

- Resurrección. “Un gran silencio envuelve la tierra: un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el rey duerme. La tierra está temerosa y sobrecogida, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo… Va a buscar a nuestro primer Padre como si éste fuera la oveja perdida. Quiere visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de sus prisiones y de sus dolores a Adán y a Eva… “Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu Hijo. A ti te mando: Despierta, tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos” (“Antigua homilía sobre el grande y santo Sábado”, en el CIC nº 635)

- Amor a la Madre. “Oh tú, que caminando por este miserable valle de lágrimas andas zozobrando entre las tempestades del mundo, si no quieres verte sumergido entre las olas, no apartes jamás los ojos de esta brillante y luminosa estrella. / Si se levanta el huracán de las tentaciones, si tropiezas contra los escollos de la tribulación, mira la estrella, llama a María. / Si eres combatido por las olas del orgullo, de la envidia, mira la estrella, invoca a María. / Sila cólera, la avaricia o los estímulos de la carne arrastran la navecilla de tu alma, vuelve tus ojos hacia María. / Si te turba el horror de tus pecados, la conciencia se estremece a la vista de su gravedad y número; si el temor de los terribles juicios de Dios te induce a la desesperación, piensa en María. / En los peligros, en las angustias, en las dudas invoca a María. / No se aparte su nombre de tus labios, ni de tu corazón; y si quieres que Ella ruegue por ti, procura imitar sus ejemplos. / Siguiéndola, no te desvías; rogándole, no desesperas; contemplándola, no yerras. / Si Ella te protege, no temas, con su apoyo no caerás; si Ella te guía, no te cansarás; si Ella te es propicia, llegarás finalmente al puerto” (San Bernardo, com. Evang.: “Missus est”)

- Oración. “Siempre he entendido la oración del cristiano como una conversación amorosa con Jesús, que no debe interrumpirse ni aun en los momentos en los que físicamente estamos alejados del Sagrario, porque toda nuestra vida está hecha de coplas de amor humano a lo divino…, y amar podemos siempre” (san Josemaría, “Forja”, nº 435). “Para evitar la rutina en las oraciones vocales, procura recitarlas con el mismo amor con que habla pro primera vez el enamorado…, y como si fuera la última ocasión en que pudieras dirigirte al Señor” (san Josemaría “Forja” nº 432)

PASCUA DE RESURRECCIÓN. LA ASCENSIÓN

¡Ascensión del Señor! “El Señor, Jesús, después de hablarles, se elevó al cielo y está sentado a la derecha de Dios” (Mc 16,19). “Los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se alejó de ellos y comenzó a elevarse al cielo. Y ellos le adoraron y regresaron a Jerusalén con gran alegría. Y estaban continuamente en el Templo bendiciendo a Dios” (Lc 24,50-53).

El cristiano que ya lleva cuarenta días celebrando en el alma la Pascua de Resurrección, renueva sus deseos de caminar con Jesús hasta el cielo, con el corazón alegre porque confía en la misericordia de Dios y repite esa parte del himno eucarístico que le confirma en las virtudes teologales: “Haz que yo crea siempre en Ti, que en Ti espere y que te ame” (“Fac me tibi semper magis credere, in te spem habere, te diligere”). Y en la memoria permanece aquella poesía aprendida y recitada en años de colegio:

- “¿Y dejas, Pastor santo, / tu grey en este valle hondo y oscuro, / con soledad y llanto; / y Tú, rompiendo el puro / aire, te vas al inmortal seguro? / Los antes bienhadados / y los ahora tristes y afligidos, a tus pechos criados / por Ti desposeídos, / ¿a dó convertirán ya sus sentidos? / ¿Qué mirarán los ojos / que vieron de tu rostro la hermosura, / que no les sea enojo? / Quien oyó tu dulzura, / ¿qué no tendrá por sordo y desventura? / Aqueste mar turbado, / ¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto / al viento fiero y airado? / Estando Tú a cubierto, / ¿qué norte guiará la nave al puerto? / ¡Ay! Nube, envidiosa / aun de este breve gozo. ¿Qué te quejas? / ¿Dó vuelas presurosa? / ¡Cuán rica tú te alejas! / ¡Cuán pobres y cuán ciegos, ¡ay!, nos dejas!” (Fray Luis de León)

- Proclamamos, quizá sin pensarlo, al decir el Credo: “Jesucristo subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”. Y dice el catecismo: “El cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales de las que, desde entonces, su cuerpo disfruta para siempre” (nº 659 CIC). Y, también, con san Juan Damasceno (“Expositio fidei”): “Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos, como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente, después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada” (CIC nº 663). Y añade el resumen: “Jesucristo, habiendo entrado de una vez por todas en el santuario del cielo, intercede sin cesar por nosotros como mediador que nos asegura permanentemente la efusión del Espíritu Santo” (CIC nº 667)

En el mes dedicado al Corazón de Jesús, en su latir, encontramos la protección del amor del Amor. Y no hay forma mejor de corresponder que unidos a la Madre de Dios que es Madre nuestra, que nos quiere como ninguna otra madre puede querer: “Y madre quiere decir amor, cariño, preocupación por sus hijos, miradas dulces, tiernas caricias, sacrificios, beneficios sin cuenta para nosotros” (sabatina de un colegio marista). Tiempo de entrega al Hijo haciendo que nuestras palabras lleguen a través del corazón de su Madre: “Recuerda Virgen, Madre de Dios, cuando estés en presencia del Señor, contarle cosas buenas de mí”. Y, así, hacemos de nuestra vida un rosario de avemarías: “Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte”.

PENTECOSTÉS

Pentecostés. El cristiano invoca, proclama, canta: “Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor” (Veni, Sancte Spiritus, reple tuorum corda fidelium; et tui amoris in eis ignem accende). El cristiano, tú y yo, que somos fieles, que queremos serlo cada día y todos los días de nuestra vida, que sabemos que el Espíritu Santo es nuestro abogado, nuestro consuelo, el Amor del Amor en la Santísima Trinidad: “Dios es amor (1 Jn 4,8.16) y el Amor, que es el primer don, contiene todos los demás. Este amor “Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,5)” (CIC nº 733).

Los cristianos queremos recordar con detalle lo que ocurrió aquel día: “Al llegar el día de Pentecostés, estaban reunidos todos en el mismo lugar. De repente un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos los del Espíritu Santo…” (Hech 2,1-4). Como en la Pascua de Navidad sentimos y gozamos el nacimiento del Niño en Belén, como en la Pascua de Resurrección sentimos un alivio del dolor junto a la Cruz en el Calvario al comprobar que ¡Ha resucitado!, en la Pentecostés sentimos la gracia de Dios que no nos abandona, que nos acompaña, que nos llama cuando nos alejamos, que nos levanta cuando caemos.

Y, con qué alegría, entonamos la secuencia: “Ven, Espíritu divino / manda tu luz desde el cielo. / Padre amoroso del pobre; / don en tus dones espléndido; / luz que penetra las almas; / fuente del mayor consuelo. / Ven, dulce huésped del alma, / descanso de nuestro esfuerzo, / tregua en el duro trabajo, / brisa en las horas de fuego, / gozo que enjuga las lágrimas / y reconforta en los duelos. / Entra hasta el fondo del alma, / divina luz, y enriquécenos. / Mira el vacío del hombre, / si Tú le faltas por dentro; / mira el poder del pecado /cuando no envías tu aliento. / Riega la tierra en sequía, / sana el corazón enfermo, / lavas las manchas, / infunde calor de vida en el hielo, / doma el espíritu indómito, / guía al que tuerce el sendero. / Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; / por tu bondad y tu gracia, / dale al esfuerzo su mérito; / salva al que busca salvarse / y danos tu gozo eterno.”

Don en tus dones espléndido. “Los siete dones del Espíritu santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David. Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas” (CIC 1831). “Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad (Ga 5,22-23)” (CIC nº 1832)

Pentecostés. María estaba con ellos en el cenáculo (Hech 1,14). “Dios te salve María, del Rocío Señora; Luna, Sol, Norte y Guía y pastora celestial. Dios te salve María, todo el pueblo te adora y repite a porfía: como tú no hay otra igual” (de la “Salve” rociera)

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

¡La Santísima Trinidad! El cristiano vive desde la Resurrección una continua alegría en el alma al seguir las sucesivas solemnidades que se celebran: a los cuarenta días, la Ascensión; a los cincuenta, la Pentecostés; al domingo siguiente, la Santísima Trinidad; y al siguiente, el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Parece que ha sido un divino sueño en el que se ha anticipado a esta vida las maravillas que nos esperan en la otra. Un sueño con fundamento en la realidad en que creemos y que hemos estado celebrando. Desde la Cruz a la Luz.

Esta celebración es un tiempo favorable para meditar, reflexionar y, desde luego, pensar lo que tantas veces rezamos sin consciencia de lo que estamos diciendo. En esa tarea de amor a Dios, repasamos lo que hacemos al signarnos, al hacer con el dedo pulgar de la mano, una señal de la cruz en la frente, otra en la boca y otra en el pecho, diciendo: “Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos líbranos Señor, Dios nuestro”. Y como concluimos esa signación, y decimos en tantas ocasiones, al santiguarnos, al hacer una señal de la cruz con la mano, desde la frente hasta el pecho y desde el hombro izquierdo hasta el derecho, diciendo: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”. Seguro que este repaso hará que amemos más, que amemos mejor, cuando nos acogemos a Dios, cuando descansamos llenos de Él y sumidos en Él, cuando le pedimos ayuda.

Es tiempo, también, de estar atentos en cada ocasión, en especial en las bendiciones y en muchas oraciones, en las que se repite la referencia: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. En la confesión la fórmula de la absolución dice: “Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Y en el Prefacio del día se dice: “En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Que con tu único Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor; no una sola Persona, sino tres Personas en una sola naturaleza…”.

Y, en esta solemnidad. el cristiano saborea el “Credo” (símbolo de los Apóstoles) que rezamos habitualmente: “Creo en Dios Padre, todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén”

Y María, nuestra Madre: “Gloria a Dios, Uno y Trino, que quiso enaltecerte, oh Virgen nobilísima, con el tesoro magnífico de sus dones” (himno: “Maria, virgo regia”, s. XII)

CORPUS CHRISTI

Corpus Christi. Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. El cristiano recuerda bien las palabras del pasaje evangélico: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo… El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna. Y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 51.54-56). También recuerda lo ocurrido: “Desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él” (Jn 6,66). Pero, el cristiano responde con las palabras de Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,68)

Y en el corazón de los cristianos, ante el Sagrario, todo es poesía: “Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo y se rinde totalmente al contemplarte. Al juzgar de Ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios; nada es más verdadero que esta Palabra de verdad. En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; sin embargo, creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido. No veo las llagas como las vio Tomás, pero confieso que eres mi Dios: haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que te ame. ¡Memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre, concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura. Señor Jesús, Pelícano bueno, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo eterno. Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria (“Adorote devote”)

Y desde el fondo del alma, de las almas de todos los cristianos que acompañan a Jesús, que lo ven junto a ellos, que aspiran a estar siempre con Él, nacen las voces de los que cantan: “Canta, oh lengua, del glorioso Cuerpo de Cristo el misterio. Y de la Sangre Preciosa que, en precio del mundo, vertió el Rey de las naciones, fruto del más noble seno” (“Pange lingua”). Y sigue (“Tantum ergo”): “Veneremos, pues, postrados, tan augusto sacramento; y el oscuro rito antiguo ceda a la luz de este nuevo; supliendo la fe sencilla al débil sentido nuestro. Al Padre y al Hijo, gloria y vítores sin cuento; salud, honor y poder, bendición y gozo eterno. Y al que procede de ambos demos igual alabanza. Amén”

Creer; saber que Dios se ha hecho como nosotros y que permanece continuamente a nuestro lado: “Señor, creo que estás aquí, que me ves, que me oyes”, le decimos. “Señor, no permitas que me aparte de Ti”, le pedimos. Y tener seguro el amor de su Madre, que es madre nuestra: “¡Madre mía! Las madres de la tierra miran con mayor predilección al hijo más débil, al más enfermo, al más corto, al pobre lisiado… - ¡Señora!, yo sé que tú eres más Madre que todas las madres juntas… – Y como soy tu hijo… Y como yo soy débil, y enfermo… y lisiado… y feo…” (“Forja” 234).

TIEMPO ORDINARIO

Aunque después de la Pentecostés la liturgia volvió a retomar el Tiempo Ordinario, las solemnidades celebradas (la Trinidad, el Corpus Christi) han mantenido a los cristianos con un aire de fiesta, como si la romería hacia el cielo que es nuestra vida trascurriera por paisajes apacibles, por caminos que se andan sin notar el esfuerzo porque la alegría, los cantos y las risas del alma no dejaran tiempo ni espacio para otros pensamientos. Y así se toma una más clara conciencia de que se ha vuelto a la vida ordinaria que, en realidad, nunca se ha detenido. Y aquí sigue el cristiano con el afán de cada día, con la preocupación de cada día, con el agobio de cada día (Mt 6,34).

- Presencia de Dios. En este retomar la reflexión sobre el camino hacia el cielo, muchos lo hacen tomando conciencia de la presencia de Dios junto a cada uno, en todo momento: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Junto a cada uno y en cada instante: “Señor, Tú me sondeas y me conoces. / Tú sabes cuando me siento y me levanto. / Penetras desde lejos mis pensamientos. / Camine o descanse, Tú lo adviertes; / todas mis sendas te son familiares. / Pues aún no ha llegado la palabra a mi boca, / y ya Señor, la conoces toda. / Me aprietas por detrás y por delante, / en mí tienes puesta tu mano. / Tanto saber me sobrepasa, / es sublime y no lo abarco… (salmo 138, 1-6). Y es que Jesús “conocía sus pensamientos” (Mt 12,25, Lc 6,8), “conocía en su interior que sus discípulos estaban murmurando” (Jn 6,61). Vivir en presencia de Dios lleva al cristiano a repetir frecuentemente: “Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia, te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto…” este rato de oración, este trabajo, esta entrevista, esta conversación, este viaje.

- Y sigue el salmo: “¿Dónde iré lejos de tu aliento? ¿dónde escaparé de tu presencia? / Si escalo el cielo, allí estás Tú; / si me acuesto en el abismo, allí te encuentro; / si digo: - Que la tiniebla me cubra, / que la luz se haga noche sobre mí” /, ni la tiniebla es oscura para Ti, / la noche es clara como el día. / Tú has formado mis entrañas, / me has plasmado en el vientre de mi madre. / Te doy gracias porque me has hecho como un prodigio: / tus obras son maravillosas, / bien lo sabe mi alma. / No se te ocultaban mis huesos / cuando en secreto iba yo siendo hecho, / cuando era formado en lo profundo de la tierra. / Todavía informe, me veían tus ojos, / pues todo está escrito en tu libro, / mis días estaban todos contados / antes de que ninguno existiera. / Qué profundos son para mí tus pensamientos, Dios mío, / qué grande su número. / Si pudiera contarlos son más que las arenas, / si llegara hasta el fín, aún estaría contigo…” (salmo 138, 7-18). Y es que: “Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por amor. Él nos ha destinado por pura iniciativa suya a ser hijos suyos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo redunde en alabanza suya” (Ef 1,4-6).

- Y así, en todo momento: “Cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores, entender que, si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor, ayudándoos en lo interior y exterior” (santa Teresa de Jesús, “Fundaciones” 5,8).

TIEMPO ORDINARIO

Filiación divina. En el camino hacia el cielo el cristiano vive en presencia de Dios: sabe que Dios está a su lado, a nuestro lado, aquí y ahora, precisamente ahora, y siempre. Y en esa situación vive sintiendo su condición de hijo de Dios. Así lo escribió el evangelista san Juan: “Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios ¡y lo somos! Por eso el mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él. Queridísimos: ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como es” (1 Jn 3,1-2).

Y también lo escribió san Pablo: “Porque los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Porque no recibisteis un espíritu de esclavitud para estar de nuevo bajo el temor, sino que recibisteis un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: ¡Abbá, Padre! Pues el Espíritu mismo da testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con él, para ser con él” (Rm 8,14-17). Y también: “Y, puesto que sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá, Padre! De manera que no eres siervo, sino hijo; y como eres hijo, también heredero por Gracia de Dios” (Ga 4, 6-7). Y en el himno de la Carta a los Efesios se lee: “nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo conforme al beneplácito de su voluntad” (Ef 1, 5)

En los textos evangélicos son muchos los pasajes que muestran la ternura de Dios con nosotros, sus hijos: “Y al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles, que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados. Así, pues, no seáis como ellos, porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis. Vosotros, en cambio, orad así: Padre nuestro, que están en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu voluntad como en el cielo, también en la tierra; danos hoy nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos pongas en tentación, sino líbranos del Malo. Porque si les perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial. Pero si no perdonáis a los hombres tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados” (Mt 6,7-15). Y, más adelante: “Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados” (Mt 6,12). Y también: “¿Quién de entre vosotros si un hijo suyo le pide un pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez le da una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se lo pidan?” (Mt 7,9-11). Y en la parábola del “Padre bueno” del “hijo pródigo”: “Cuando aún estaba lejos, le vio su padre; y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos…” (Lc 15,20).

“Descansa en la filiación divina. Dios es un Padre -¡tu Padre!- lleno de ternura, de infinito amor. - Llámale Padre muchas veces y dile: -a solas- que le quieres, ¡que le quieres muchísimo!: que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo” (Forja, 331)

TIEMPO ORDINARIO

Comuniones espirituales. “Dios es amor” (1 Jn 4,9 y 16). Tanto amó Dios al mundo que el entregó a su Hijo Unigénito para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,16). En contestación de Jesús a la pregunta de un fariseo, el mandamiento principal es “Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente”; el segundo es como éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,37 y 39). Y de Jesús recibimos el mandamiento nuevo: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amaro unos a otros” (Jn 13,34 y 35). Cristianismo, seguir a Cristo, es amar.

El cristiano sabe que su vida en Dios consiste en amar. “Si alguno me ama, guardará mi palabra y mie Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). “Queridísimos, amémonos unos a otros, porque el amor procede de Dio y todo el que ama ha nacido de Dios, y conoce a Dios… En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados” … “Nosotros amamos porque Él nos amó primero. Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4, 7-8. 10.19-20). Ser cristiano es vivir lleno de Dios y sumido en Dios; rebosar del amor que recibe de Dios y derramar amor. “El amor es fuerte como la muerte” (Cant. 8,6)

Un dicho popular dice: “Dios está en todas partes, pero donde para realmente es en el Sagrario”. Es una forma amable de expresar el amor al Hijo de Dios hecho hombre, a Jesús Sacramentado (“¡Viva Jesús sacramentado!, ¡Viva y de todos sea amado!”, se gritaba y respondía en las procesiones eucarísticas de hace años y aún se repite ante el Santísimo). “La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración” (San Juan Pablo II, carta “Dominicae cenae”, en el CIC nº 1380). “Duermo, pero mi corazón vigila” (Cant 5,2)

“Amar es darse, para siempre, por entero y sin condiciones”, es una frase de enamorado. Los que se aman quieren estar juntos, los que se aman se recuerdan y se desean cuando están separados. La comunión frecuente, las visitas al Santísimo en el Sagrario, la exposición en la Custodia, se completa en la vida de los cristianos con las Comuniones Espirituales que son expresión del amor a Dios. así se lee en un devocionario: “Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos”. Otro texto: “Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar. Os amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno del todo a Ti. No permitas, Señor, que jamás me aparte de Ti. Amen”.

TIEMPO ORDINARIO

Acciones de gracias. El cristiano se sabe continuamente en la presencia de Dios que lo ama más que nadie puede amar y que no lo abandona en ningún instante de su vida; se sabe hijo de Dios, ¡nada más y nada menos que hijo de Dios!, y, por ese motivo, se sabe comprendido, perdonado, redimido y animado; en la comunión eucarística se sabe sumido en Dios y lleno de Dios y, con frecuentes comuniones espirituales, se siente amante y amado, con la misma pasión y deseos como cuando, en lo humano, el amante piensa sin descanso y sin cansancio en el amado, desea lo mejor para él, se reprocha sus propios olvidos y se une de corazón a quien tanto quiere.

El cristiano que sabe que sin Dios nada puede (“sine me nihil potestis facere”, Jn 15,5) y que con Dios lo puede todo (“Omnia possum in eo qui me confortat”, Flp 4,13), no cesa, no debe cesar, de darle gracias por todo y en todo momento: “Gratias Tibi Omnipotens AEterne Deus, Beata Mariae intercedente, pro universis beneficiis tuis, etiam nobis ignotis, qui cum Filio in unitate Spiritus Sanctis, vivis et regnat. Amen” que se convierte en jaculatoria según la composición de cada uno, como: “Gracias, Padre, Dios omnipotente y eterno, por todos tus beneficios, incluidos todos los que me has concedido e ignoro”. Dar gracias es vida de cristiano: “Dad gracias siempre por todas las cosas a Dios Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5,20)

- “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” repetimos en el salmo (salmo 115, 1 y 29). Decimos: “Te damos gracias, Dios mío, te damos gracias. Invocamos tu Nombre, contamos tus maravillas” (salmo 75.1). Repetimos: “Es bueno dar gracias al Señor y entonar salmos en tu Nombre, ¡oh Altísimo!; anunciar de mañana tu misericordia y de noche tu fidelidad” (salmo 92, 1-3). Cantamos: “Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (salmo 106, 1); y así lo repetimos una y otra vez (salmo 107, 1,8, 15,21,31).

- Jesús echaba de menos ese detalle de amor que es dar las gracias: “Al ir camino de Jerusalén, atravesaba los confines de Samaría y Galilea; y cuando iba a entrar en un pueblo, le salieron al paso diez leprosos, que se detuvieron a distancia y le dijeron gritando: - Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros. Al verlos, les dijo: - Id y presentaos a los sacerdotes. Y mientras iban quedaron limpios. Uno de ellos, al verse curado, se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a sus pies dándole gracias. Y éste era samaritano. Ante lo cual dijo Jesús: - ¿No son diez los que han quedado limpios? Los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero? Y le dijo: - Levántate y vete; tu fe te ha salvado” (Lc 17,11-19)

- “Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. -Porque te da esto y lo otro. - Porque te han despreciado. - Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes. Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. – Porque creó el Sol y la Luna, y aquel animal y aquella otra planta. – Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso… Dale gracias por todo porque todo es bueno” (san Josemaría, “Camino” 268)

TIEMPO ORDINARIO

El curso se acaba. Es tiempo de descanso, de rearmarse de fuerzas en el cuerpo y en el espíritu. El cristiano encuentra motivo de meditación, de adoración a Dios; de acción de gracias, por el curso acabado, por la vida recibida y sostenida; de petición, para cada uno, para los cercanos, para los lejanos, para los contrarios, para el que lo necesite, sea quien sea. Manteniendo la costumbre en el blog, sigue aquí la poesía del Padre Alarcón S.I. que reprodujo el Padre Coloma S.I., con texto en prosa intercalado, en su obra “Pequeñeces”, en el pasaje en el que, en una distribución de premios escolares, un niño recitaba a la Virgen. Adaptando las palabras a la actualidad de cada uno. Pensando.

- “Dulcísimo recuerdo de mi vida, / bendice a los que vamos a partir. / ¡Oh, Virgen del recuerdo dolorida, / recibe tú mi adiós de despedida, y acuérdate de mí!... / Lejos de aquestos tutelares muros, / los compañeros de la edad feliz / no serán a tu amor perjuros; / conservarán sus corazones puros; / ¡Se acordarán de ti! / Mas siento al alejarme una agonía / cual no la suele el corazón sentir…/ En palabras de niño ¿quién confía? / Temo… no sé qué temo, Madre mía, / por ellos y por mí…” Estos cortes circunstanciales en la rutina vital permiten recordar tiempos pasados en los que la fe, la piedad, la relación con Dios era intensa, amable, cordial. Conviene sacar ánimos de ahí.

- “Dicen que el mundo es un jardín ameno / y que áspides oculta ese jardín… / que hay frutos dulces de mortal veneno… / que el mar del mundo está de escollos lleno… / Y ¿por qué estará así? / Dicen que por el oro y los honores / hombres sin fe, de corazón ruín, /secan el manantial de sus amores, / y a su Dios y a su Patria son traidores… ¿Por qué serán así? / Dicen que de esta vida los abrojos / quieren trocar en mundanal festín; / que ellos, ellos motivan tus enojos, / y que ese llanto de tus dulces ojos/ lo causan ellos, ¡sí! / Ellos, ¡ingratos!, de pesar te llenan… / ¿Seré yo también sordo a tu gemir? / ¡No! ...; yo no quiero frutos que envenenan, / no quiero goces que a mi Madre apenan, / ¡no quiero ser así! / En los escollos de esta mar bravía / yo no quiero sin gloria sucumbir; / yo no quiero que llores por mí un día, / yo no quiero que llores, Madre mía… / ¡No quiero ser así!” Quizá nuestra experiencia vital empieza aquí, recordando tiempos de olvido de Dios, de alejamiento de Dios. También esa poesía de niño puede animarnos.

- “Y mientras yo responda a tu reclamo, / mientras me juzgue con tu amor feliz, / y ardiendo en este afecto en que me inflamo / te diga muchas veces que te amo, / ¿te olvidarás de mí? / ¡Ah, no, dulce recuerdo de mi vida! / Siempre que luche en poderosa lid, / siempre que llore mi alma dolorida, / al recordar mi adiós de despedida / ¡Te acordarás de mí! / Y en retorno de amor y fe sincera, / jamás sin tu recuerdo he de vivir: / tuya será mi lágrima postrera… / Hasta que muera, Madre, hasta que muera, / me acordaré de ti!” Así, con ese arrojo juvenil, aún en la edad madura, es tiempo de propósitos, de animarnos unos a otros, la mejor inversión: ¡el ciento por uno!
- “Tú en pago, Madre, cuando llegue el plazo / de alzar el vuelo al celestial confín, / estrechándome a ti con dulce abrazo, / no me apartes jamás de tu regazo, / ¡no me apartes de ti!”. No hay mayor seguridad que ir a Jesús de la mano de la Madre.
Unos a otros, todos nos deseamos un feliz descanso. Un “seguir sin parar” más pausado.

AGOSTO

María, hermana de Moisés. “Un hombre de la casa de Levi tomó por esposa a una mujer de su misma tribu; ella concibió y dio a luz a un niño y, viendo que era hermoso, lo tuvo escondido durante tres meses. Al no poderlo ocultar por más tiempo, tomó una cesta de papiro, la calafateó con betún y pez, colocó en ella al niño y la piso entre los juncos, a la orilla del Nilo. La hermana del niño se situó a lo lejos para ver qué le ocurría. La hija del Faraón bajó a bañarse mientras sus doncellas paseaban por la orilla. Cuando descubrió la cesta en medio de los juncos, envió a su sierva para que la recogiera. Al abrirla vio al niño que lloraba, se compadeció de él y dijo: - Es un niño de los hebreos. Entonces la hermana del niño dijo a la hija del Faraón: - ¿Quieres que vaya a buscarte una nodriza que te amamante al niño? - Ve - le contestó la hija del Faraón. Fue, pues, la joven y llamó a la madre del niño. Y la hija del Faraón le dijo: - Llévate este niño y amamántamelo, que yo te daré tu salario. Tomó la mujer al niño y lo amamantó” (Ex 2, 1-9)

- “María la profetisa, hermana de Aarón, tomó en sus manos un pandero y todas las mujeres la siguieron también con panderos y danzas a coro. Y María les iba respondiendo: - Cantad al Señor vencedor excelso; caballos y caballeros al mar ha precipitado” (Ex 15, 20-21)

- “María y Aarón murmuraron contra Moisés por causa de la cusita que había tomado por esposa -pues se había desposado con una mujer cusita- y dijeron: - ¿Acaso el Señor ha hablado sólo con Moisés? ¿No ha hablado también con nosotros? Y el Señor los oyó. Pero este hombre, Moisés, era muy humilde, más que ningún otro hombre sabre la faz de la tierra. De improviso, el Señor dijo a Moisés, a Aarón y a María: - Salid los tres hacia la Tienda de la Reunión. Y salieron los tres. El Señor bajó en una columna de nube, se puso a la entrada de la tienda, llamó a Aarón y a María, y salieron ambos.

Y dijo: - Escuchad, pues, mis palabras: Cuando hay entre vosotros un profeta del Señor, mediante visiones yo me doy a conocer, en el sueño yo le hablo. Esto no lo hago con mi siervo Moisés. Ningún otro es tan fiel en toda mi casa. Conversamos cara a cara. Mediante visión, no por enigmas, contempla la figura del Señor. ¿Cómo no teméis murmurar contra mi siervo Moisés? Se encendió la ira del Señor contra ellos y el Señor se marchó. La nube se apartó de la tienda y María quedó leprosa, blanca como la nieve.

Aarón se dirigió a María y vio que estaba leprosa. Entonces Aarón dijo a Moisés: - Por favor, señor mío, no cargues sobre nosotros este pecado que tan neciamente hemos cometido. ¡Que ella no sea como un aborto que, cuando sale de las entrañas de su madre, tiene consumida la mitad de su carne! Moisés clamó al Señor diciendo: - Oh Dios, ¡cúrala por favor! Y el Señor dijo a Moisés: - Si su padre le hubiera escupido en la cara ¿no quedaría avergonzada siete días? Así pues, sea confinada siete días fuera del campamento, y que después sea admitida de nuevo.

María fue confinada siete días fuera del campamento, y el pueblo no se puso en marcha hasta que maría no se reincorporó. Después el pueblo partió de Jaserot y acamparon en el desierto de Parán” (Num 12,1-16)

- “Toda la comunidad de los hijos de Israel llegó al desierto de Sin en el mes primero, y el pueblo se estableció en Cadés. Allí murió María y allí fue sepultada” (Num 20.1)

AGOSTO

La madre de los macabeos. “Sucedió asimismo que siete hermanos, que habían sido detenidos con su madre, eran obligados por el rey a comer carne de cerdo prohibida, flagelándoles con látigos y vergajos…” (2 Mc 7,1). “La madre fue de todo punto admirable y digna de gloriosa memoria. Viendo morir a sus siete hijos en el plazo de un día, lo soportaba con serenidad gracias a la esperanza en el Señor. Exhortaba en su lengua patria a cada uno de ellos llena de nobles sentimientos; e, imprimiendo a su talante femenino un coraje varonil, les decía: “- No sé cómo aparecisteis en mi vientre; yo no os di el espíritu y la vida, ni puse en orden los miembros de cada uno de vosotros. Por eso el creador del mundo, que plasmó al hombre en el principio y dispuso el origen de todas las cosas, os devolverá de nuevo misericordiosamente el espíritu y la vida, puesto que ahora, a causa de sus leyes, no os preocupáis de vosotros mismos”.

Antíoco, pensando que era despreciado y sospechando que se trataba de palabras injuriosas, como todavía quedaba el más joven, no sólo le hacía exhortaciones con palabras, sino que le prometía bajo juramento que le haría a la vez rico y feliz si abandonaba las costumbres de sus padres; que lo tendría como amigo y le confiaría cargos. Como el joven no le hacía ningún caso, el rey llamó a la madre y le instaba a que aconsejara al muchacho que se salvase. Después de que el rey le recomendara muchas cosas, ella aceptó persuadir a su hijo. E inclinándose hacia él, y riéndose del cruel tirano, le habló así en la lengua patria: “- Hijo apiádate de mí que te he llevado nueve meses en el vientre, te he amamantado durante tres años, te he educado y guiado hasta esta edad, y te he proporcionado el alimento. Te suplico, hijo, que mires el cielo y la tierra, y viendo todo lo que hay en ellos reconozcas que Dios no los ha hecho de cosas ya existentes, y que lo mismo sucede con el género humano. No tengas miedo de este verdugo, sino sé digno de tus hermanos, acepta la muerte para que, en el tiempo de la misericordia, te recupere junto con tus hermanos.”

Apenas ella terminó de hablar, el joven respondió: “- ¿A qué esperáis? Yo no voy a obedecer el mandato del rey, sino que obedezco el mandamiento de la Ley que fue dada a nuestros padres por medio de Moisés. Y, tú que has sido el iniciador de todos los males contra los hebreos, no escaparás de las manos de Dios. Pues nosotros sufrimos por nuestros pecados, y si el Señor viviente se ha irritado con nosotros por un breve tiempo para castigarnos y corregirnos, de nuevo se reconciliará con sus siervos. Pero tú, sacrílego, el más impío de todos los hombres, no te ensalces vanamente alimentando esperanzas inconfesables cuando levantas la mano contra los hijos de cielo, pues todavía no has escapado al juicio de Dios todopoderoso que ve todas las cosas. Porque ahora nuestros hermanos, tras haber soportado un breve tormento, han adquirido la promesa de Dios de una vida eterna; pero tú sufrirás por el juicio de Dios el justo castigo de tu soberbia. Yo, como mis hermanos, entrego cuerpo y alma por las leyes de los padres, suplicando que Dios sea pronto misericordioso con la nación, y que tú, entre tormentos y azotes, confieses que sólo Él es Dios. Que en mí y en mis hermanos se detenga la ira del Todopoderoso justamente desatada sobre toda nuestra raza.”

El rey, fuera de sí, se ensañó con éste más que con los otros, exasperado por el desprecio. El joven pasó puro a la otra vida, confiando totalmente en el Señor. La madre murió la última después de sus hijos” (2 Mc 7, 20-41)

AGOSTO

Salomé la madre de los hijos de Zebedeo. “Mientras caminaba junto al mar de galilea vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés su hermano, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo: - Seguidme y os haré pescadores de hombres. Ellos, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo, y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron.” (Mt 4,18-22).

- “Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a los espíritus impuros y para curar todas las enfermedades y dolencias. Los nombres de los doce apóstoles son éstos: primero Simón, llamo Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simín el Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó” (Mt 10, 1-4)

- “Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró ante él para hacerle una petición. Él le preguntó: - ¿Qué quieres? Ella le dijo: - Di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Jesús respondió: - No sabéis lo que pedía. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? – Podemos- le dijeron. Él añadió - Beberéis mi cáliz, pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto por mi Padre” (Mt 20,20-23)

- “Pero Jesús, dando una gran voz, expiró. El velo del Templo se rasgó en dos de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente de él, al ver cómo había expirado, dijo: - En verdad este hombre era Hijo de Dios. Había también unas mujeres mirando desde lejos, entre las que estaban María Magdalena y María la madre de Santiago el Menor y de José- y Salomé, que le seguían y le servían cuando estaba en Galilea, y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén” (Mc 15,40-41). “Había allí muchas mujeres mirando desde lejos, las que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle. Entre ellas estaban María Magdalena, María -la madre de Santiago y de José- y la madre de los hijos de Zebedeo” (Mt 27,55-56)

- “Pasado el sábado, María Magdalena y María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y, muy de mañana, al día siguiente del sábado, llegaron al sepulcro, cuando ya estaba saliendo el sol. Y se decían unas a otras: - ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro? Y al mirar vieron que la piedra había sido removida, a pesar de que era muy grande” (Mc 16,1-4). “Ellas partieron al instante del sepulcro con temor y una gran alegría, y corrieron a dar la noticia a los discípulos. De pronto Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se acercaron, abrazaron sus pies y le adoraron. Entonces Jesús les dijo: - No tengáis miedo; id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán” (Mt 28,8-10)

- “Y cuando llegaron subieron al Cenáculo donde vivían Pedro, Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago de Alfeo y Simón el Zelotes, y Judas el de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús, y sus hermanos” (Hech 1,13-14)

TIEMPO ORDINARIO

Marta y María, las hermanas de Lázaro. “Cuando iban de camino entró en cierta aldea, y una mujer que se llamaba Marta le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero marta andaba afanada en numerosos quehaceres y poniéndose delante dijo: - Señor, ¿no te importe que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude. Pero el Señor le respondió: - Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria. María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada” (Mc 10,38-42)

- “Había un enfermo que se llamaba Lázaro, de Betania, la aldea de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con sus cabellos; su hermano lázaro había caído enfermo. Entonces las hermanas le enviaron este recado: - Señor, mira, aquel a quien amas está enfermo… Jesús amaba a María, a su hermana y a Lázaro… Al llegar Jesús encontró que ya llevaba sepultado cuatro días. Betania distaba de Jerusalén como quince estadios. Muchos judíos habían ido a visitar a Marta y María para consolarlas por lo de su hermano. En cuanto Marta oyó que Jesús venía salió a recibirle; María, en cambio, se quedó sentada en casa. Le dijo Marta a Jesús: - Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano, pero incluso ahora sé que todo cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá. – Tu hermano resucitará – Le dijo Jesús. Marta respondió -Ya sé que resucitará en la resurrección, en el último día. – Yo soy la Resurrección y la Vida -le dijo Jesús-, el que cree en mí, aunque hubiera muerto vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto? – Sí, Señor -le contestó-. Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a este mundo. (Jn 11,1-3. 5.17-27)

“En cuanto dijo esto fue a llamar a su hermana María, diciéndole en un aparte: - El Maestro está aquí y te llama. Ella en cuanto lo oyó se levantó enseguida y fue hacia él. Todavía no había llegado Jesús a la aldea, sino que se encontraba aún donde Marta le había salido al encuentro. Los judíos que estaban con ella en la casa y la consolaban, al ver que María se levantaba de repente y se marchaba, la siguieron pensando que iba al sepulcro a llorar a allí. Entonces María llegó donde se encontraba Jesús y, al verle, se postró a sus pies y le dijo: - Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Jesús, cando la vio llorando y que los judíos que la acompañaban también lloraban, se estremeció por dentro, se conmovió y dijo: - ¿Dónde lo habéis puesto? Le contestaron: - Señor, ven a verlo. Jesús rompió a llorar. Decían entonces los judíos: - Mirad cuánto le amaba” (Jn 11.28-36)

“Jesús, conmoviéndose de nuevo, fue al sepulcro. Era una cueva tapada con una piedra. Jesús dice: - Quitad la piedra. Marta, la hermana del difunto, le dijo: - Señor ya huele mal, pues lleva cuatro días. Le dijo Jesús: - ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? Retiraron entonces la piedra… -¡Lázaro, sal fuera! (Jn 11,38-40. 43)

- Jesús, seis días antes de la Pascua, marchó a Betania, donde estaba Lázaro, al que Jesús había resucitado de entre los muertos. Allí le prepararon una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con él. María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se llenó de fragancia del perfume” (Jn 12,1-3)

TIEMPO ORDINARIO

Las otras Marías. “Todos los conocidos de Jesús y las mujeres que le habían seguido desde Galilea estaban observando de lejos estas cosas” (Lc 23,49). “Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena (Jn 19,25)

- “Al atardecer vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también él se había hecho discípulo de Jesús. Éste se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato, entonces, ordenó que se lo entregaran. Y José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en su sepulcro, que era nuevo y que había mandado excavar en la roza. Hizo rodar una gran piedra a la puerta del sepulcro y se marchó. Estaban allí María Magdalena y la otra María sentadas frente al sepulcro” (Mt 27,57-61). “Pilato se sorprendió de que ya hubiera muerto y, llamando al centurión, le dio el cuerpo muerto a José. Entonces éste, después de comprar una sábana, lo descolgó y lo envolvió en ella, lo depositó en un sepulcro que estaba excavado en una roca e hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro. María Magdalena y María la de José observaban donde lo colocaban” (Mc 15,44-47).

- “Pasado el sábado, al alborear el día siguiente, marcharon María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto se produjo un gran terremoto, porque un ángel del Señor descendió del cielo, se acercó, removió la piedra y se sentó sobre ella” (Mt 28,1-2). “Pasado el sábado, María Magdalena y María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y, muy de mañana, al día siguiente del sábado, llegaron al sepulcro cuando ya estaba saliendo el sol” (Mc 16,1-2). “Al día siguiente al sábado, todavía muy de mañana, llegaron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado; y se encontraron con que la piedra había sido removida del sepulcro. Pero al entrar no encontraron el cuerpo del Señor Jesús… Y al regresar del sepulcro anunciaron todo esto a los once y a todos los demás. Eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago, también las otras que estaban con ellas contaban estas cosas a los apóstoles. Y les apreció como un desvarío lo que contaban, y no las creían” (Lc 24,1-3. 9-11). Después de resucitar al amanecer del primer día de la semana, se apareció en primer lugar a María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios. Ella fue a anunciarlo a los que habían estado con él, que se encontraban tristes y llorosos. Pero ellos al oír que estaba vivo y que ella lo había visto, no lo creyeron” (Mc 16,9-11)

- “María estaba fuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y vio a dos ángeles de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies, donde había sido colocado el cuerpo de Jesús. Ellos dijeron: - mujer ¿por qué lloras? - Se han llevado a mi Señor y no sabemos dónde lo han puesto - les respondió. Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dijo Jesús: - Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella pensando que era el hortelano, le dijo: - Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo cogeré. Jesús le dijo: - ¡María! Ella, volviéndose, exclamó en hebreo: - ¡Rabbuni! – que quiere decir: “Maestro”. Jesús le dijo: - Suéltame que aún no he subido a mi Padre; pero vete donde están mis hermanos y diles: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi dios y a vuestro Dios”. Fue María Magdalena y anunció a los discípulos: - ¡He visto al Señor! Y me ha dicho estas cosas” (Jn 20,1-18)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano celebra con alegría esta semana de septiembre que está llena de fiestas de la Virgen María, nuestra Madre. Así, el día 8, este año domingo, en la celebración litúrgica de la Natividad de la Virgen, estamos de cumpleaños y en muchísimos pueblos hay celebración de la patrona con diversas advocaciones: Nuestra Señora de los Llanos, de Meritxell, del Pino, de la Peña, de Fuensanta. de la Cinta, de la Victoria, de Montserrate, de Covadonga, de san Lorenzo, de Nuria, del Coro, de Soterraña, de Arrate… , con continuidad: de Aránzazu, el día 9. El día 12, que sería para nosotros “nuestro santo”, para la Virgen María, nuestra Madre, litúrgicamente celebramos el Santo Nombre de María; y, en ese día también hay fiesta por las advocaciones de Nuestra Señora de Estíbaliz o del Lluc. Y el día 15, domingo, cerrando la semana mariana, litúrgicamente, celebramos Nuestra Señora de los Dolores. Y también se celebran las advocaciones de Nuestra Señora de las Angustias, del Camino, de La Bien Aparecida. Si el mes de mayo es el mes de María, esta semana de septiembre es la semana de los hijos de María, Madre de Dios y Madre nuestra.

- Para la Natividad de la Virgen María, es el himno (antes del siglo X) que se reza en Laudes: “O sancta mundi Domina, Regina coeli ínclita. O Stella maris fulgida, Virgo Mater mirifica...”. En español: “Oh Señora del mundo, Reina excelsa del Cielo. Estrella brillante del mar, Virgen y Madre santa. / ¡Muéstrate, comienza y a brillar, oh dulce Hija, Renuevo del que brotará la Flor nobilísima de cristo, Dios y Hombre! / Hoy, como cada año, la iglesia celebra tu nacimiento, cuando resplandeciste como Fruto de la más selecta estirpe. / Por Ti los hijos de la tierra comenzaron a serlo también del Cielo, pues ambos ordenes quedaron entre sí admirablemente reconciliados. / Gloria a Ti, oh Trinidad, Beatífica, por los siglos sin término que quisiste a Santa María, como Madre de tu Iglesia. Amen” Esta doxología final que recuerda que María es Madre de la Iglesia, ha sustituido la original, genérica y en tercera persona.

- Del Santo Nombre de María. Cantamos en el himno de Laudes en la Presentación de la Virgen: “La niña María / -¡qué gracia en su vuelo!-, / paloma del cielo, / al templo subía / y a Dios ofrecía / el más puro don: / sagrario y mansión / por él consagrada / y a él reservada / en su corazón. / ¡Oh blanca azucena!, / la sabiduría / su trono te hacía / dorada patena, / de la gracia llena, / llena de hermosura. / Tu liz, Virgen pura, / niña inmaculada, / rasgue en alborada / nuestra noche oscura. / Tu presentación, / princesa María, / de paz y alegría / llena el corazón. / De Dios posesión / y casa habitada, / eres la morada / de la Trinidad. / A su Majestad / la gloria sea dada. Amén”

Y en los Dolores de la Madre, recitamos versos del “Stabat Mater”: “Estaba la Madre dolorosa de pie, llorando junto a la Cruz, mientras el hijo pendía. Una espada traspasó su alma que gemía contristada y dolorida. ¡Qué desconsolada y triste estaba aquella Madre bendita del Hijo Unigénito de Dios! Esta Madre piadosa se apenaba y afligía, contemplando la pena de su Hijo divino. ¿Qué hombre no lloraría si viera a la Madre de Cristo en tamaño suplicio? ¿Quién no se entristecería al poner los ojos en aquella Madre clemente que sufre a la par de su Hijo? Vio a Jesús torturado y azotado, a causa de los pecados de su pueblo. Presenció la muerte sin consuelo de su Hijo querido, cuando entregó su espíritu. Cuando llegue la hora de partir de este mundo, haz oh Jesús, que, por medio de tu Madre, consiga yo la palma de la vitoria. Amén.”

TIEMPO ORDINARIO

Actos de desagravio. El cristiano sabe que es hijo de Dios (“Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios ¡y los somos!”, I Jn 3,1); que Dios es amor (I Jn 4,8 y 16); que de Dios recibe todo el amor y la gracia necesarios y sobreabundantes (“y fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; antes bien, con la tentación os dará también el modo de poder soportarla con éxito”, 1 Co 10,13); para hacer con confianza el camino que lo llevará al cielo (“El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes paraderas me hace reposar, me conduce a fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me conduce por el sendero justo…”, salmo 23); que el examen final será sobre el amor (“A la tarde os examinarán en el amor”, San Juan de la Cruz, “Dichos de amor y de luz”), porque la vida del cristiano es recibir amor de Dios y repartir amor, ese amor, a los cercanos, a los lejanos y a los desconocidos (“Nosotros amamos porque Él nos amó primero”, I Jn 4,19). Vivir en la presencia de Dios es vivir la vida ordinaria, lleno de Dios y sumido en Dios, porque el Reino de Dios ya ha llegado (Mt 12,28), está en medio de nosotros (Lc 17,21) y consiste en “justicia, paz y alegría” (Rm 14,17).

El cristiano que incluye como norma de su plan de vida hacer actos de desagravio, sabe que no se trata de actos de contrición, de dolor de amor, ni para reparar o satisfacer por un daño o por un perjuicio, ni de ofrecer sacrificios expiatorios. El diccionario define “agravio” con ofensa, perjuicio, humillación o menosprecio y “desagraviar” con borrar o reparar el agravio, dando al ofendido una satisfacción cumplida, o resarcir o compensar del perjuicio causado. Ofender, humillar, perjudicar a Dios -¡la criatura, a Dios!- ya es difícil de entender; borrar, la ofensa a Dios, compensarle, darle satisfacción cumplida, parece imposible. Dios no sufre, pero se compadece (“Impassibilis est Deus, sed non imcompassibilis cui propium est misereri semper et parcere”, San Bernardo, sermón 26) y el Hijo de Dios, Dios hecho hombre, sí sufrió y sufre por las ofensas.

Y Dios se compadece con los hombres (Enc. “Spes salvi”, 39). Desagraviar es amar. Amar al Amado, darle nuestra vida, porque “La medida del amor es amar sin medida” (San Bernardo). El cristiano ama recitando oraciones de desagravio: “Te ofrezco mi vida, obras y trabajos en satisfacción de todos mis pecados…” (acto de contrición); “Te ofrezco las oraciones, las obras y sufrimientos de este día para reparar las ofensas que Te hacen…” (ofrecimiento de obras en un colegio marista). De la mano de María.

TIEMPO ORDINARIO

Oraciones jaculatorias. El cristiano lee y medita los Evangelios como un personaje que está presente en los hechos que se relatan y no como un espectador que los recuerda con la relatividad que aporta la lejanía temporal. Deberíamos estremecernos al leer: “Pilato les dijo: - ¿Y entonces que voy a hacer con Jesús, llamado el Cristo? Todos contestaron: - ¡Que lo crucifiquen! Les preguntó: - ¿Y qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban más fuerte – ¡Que lo crucifiquen!” (Mt 27.22-23). Son gritos que se clavaron como dardos, como saetas, en el corazón amoroso de Cristo. Gritos que nos duelen en el alma.

Como dardos, como saetas, lleno de amor, rebosando amor de Dios, el cristiano siembra los minutos, las horas del día, de cada día, de jaculatorias (“iaculum” en latín significa jabalina, dardo). Y venciendo el mal con el bien (“No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien”, Rm 12,21), el cristiano saca de su corazón aquellos otros gritos que leyó en los Evangelios, que le emocionaron al leerlos y que repite frecuentemente porque nada le aparta de Dios: “¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? … Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,35. 38-39)

- Un ramillete de jaculatorias. “¡Señor, Hijo de David, apiádate de mi!”, gritaba la mujer cananea pidiendo por su hija poseída por el demonio. Ella insistiendo a Jesús, se acercó y se postró ante él diciendo: - “¡Señor, ayúdame!” (Mt 15,22 y 25). “¡Señor, Hijo de David, ten piedad de nosotros!”, gritaban dos ciegos sentados al lado del camino cuando oyeron que pasaba Jesús. Y como la multitud les reprendía para que se callaran, ellos gritaban más: - “¡Señor, Hijo de David, ten piedad de nosotros!” (Mt 20, 30-31). También gritaba el ciego Bartimeo al oír que pasaba Jesús: - “Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! Y, cuando Jesús le preguntó ¿Qué quieres que te haga?, respondió el ciego: - “Maestro, que vea” (Mc 10,47 y 51). Unos leprosos le salieron al encuentro, se detuvieron a distancia y gritaron: - “¡Jesús, maestro, ten piedad de nosotros” (Lc 17,13). Sin gritos, un leproso vino hacia Jesús y, de rodillas, le rogaba: - “Si quieres, puedes limpiarme” (Mc 1,40). Y, el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh Dios, ten compasión de mí que soy un pecador” (Lc 18,13). Los apóstoles le dijeron a Jesús: -“Auméntanos la fe” (Lc 17,5) Inolvidables las palabras de Tomás cuando vio y tocó las llagas en el cuerpo de Jesús: - “Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28).

Muchas jaculatorias para María. Más de un niño recordará cuando su madre le llevaba ante la imagen de la Virgen y le enseñaba a decirle: ¡Guapa! y a enviarle besos con su manita como si los tomara de sus labios. Su prima Isabel, exclamando en voz alta, dijo: - “Bendita tú entre las mujeres” (Lc 1,42). Y en el cielo no para de oírse: “Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía”. “¡Todo es para bien!” (Rm 8,28) es la adhesión amorosa a la voluntad de Dios. Y una mirada al Sagrario. O sólo levantar el alma.

TIEMPO ORDINARIO

Se dice que fue imposible una traducción fiel de un texto en español a un idioma europeo moderno que no tenía término equivalente a “mortificación”. El diccionario refiere el verbo “mortificar” a: “afligir, desazonar o causar pesadumbre o molestia”; y también: “domar las pasiones castigando el cuerpo y refrenando la voluntad”. El latín, que es la lengua de que provienen esos términos, conduce en una aproximación elemental a “causar la muerte” lo que se puede referir a acabar con la vida o producir un daño físico en determinada parte del cuerpo; y el uso común del lenguaje ha excluido del concepto el suicidio, que no es una mortificación, y ha extendido el concepto al dolor espiritual que produce un acontecimiento, una circunstancia, un presentimiento, una obsesión o, también, una persona, en cuanto mortifican.

El cristiano recuerda palabras de san Pablo: “En realidad, es difícil encontrar alguien que muera por un hombre justo. Quizá alguien se atreva a morir por una persona buena. Pero Dios demuestra su amor hacía nosotros porque, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rm 5,7-8). “Demostración de amor”, esa es la clave. Es ocasión oportuna para recordar no sólo la entrega voluntaria a la muerte para salvar la vida de otros, por motivos ideológicos o por motivos religiosos, como hizo san Maximiliano Kolbe en Auschwitz en 1941; o por amor, como lo haría una madre por sus hijos o un padre por su familia o quien ama por la persona que ama. Pues “cristianismo” es amar.

Pero no se trata de identificar mortificación con morir, sino con la realización -hacer real- del verdadero amor –“agapé”- entendido como “darse”, “por entero”, “para siempre” y “sin condiciones”. Y esa definición, que pudiera parecer ampulosa, se concreta en detalles porque el amor -divino y humano- es detallista: desde una mirada a una sonrisa, a hacer o no hacer. Y en los cristianos, todo eso y más, por amor de Dios. Porque el día, cada día, nos ofrece mil y una ocasiones para hacer real el amor que recibimos de Dios, que desbordamos en el prójimo y que regalamos agradecidos al Amor, porque el amor, como el bien, es “difusivo” (“bonum est diffusivum sui”, atribuido al Pseudo Dionisio), se extiende, crece y no se agota.

Y ese amor -a Dios, al cónyuge, a la madre, a los hijos, al amigo, a los cercanos-, en las circunstancias ordinarias de la vida, lleva a mortificaciones, a negarse uno mismo en lo que le apetece, en caprichos, en reacciones. Y también a llevar -con garbo, con paciencia, con amor- las cruces de cada día: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día y me siga” (Mt 16,24; Lc 9,23). El amor no excluye las mortificaciones físicas y, en lo humano, hay una expresión bien clara: “Quien algo quiere, algo le cuesta”. Es suficiente pensar en las mortificaciones que se imponen las personas para conseguir objetivos estéticos, de perfeccionamiento de cualidades o para conservar o alcanzar la salud. Considerar esa realidad generalizada debería acallar las críticas a quienes se mortifican para mantenerse, progresar o evitar desviaciones en su vida espiritual. Y, si no es bastante, que digan ante un Crucifijo: “Tú me mueves, Señor, muéveme el verte, clavado en esa cruz escarnecido. Muéveme ver tu cuerpo tan herido; muévenme tus afrentas y tu muerte”.

TIEMPO ORDINARIO

La vocación al estudiante es a que estudie. Pero la vocación profesional exige también el estudio constante si se quiere cumplir ese indiscutible objetivo: hay que hacer bien lo que se debe hacer. Ante cualquier asunto o decisión importante de la vida las personas procuran enterarse, conocer y comprender su naturaleza, sus fines, sus consecuencias directas o colaterales, a corto o a largo plazo. Así ocurre en el cambio de estado o en el cambio de trabajo o al tiempo de emprender una nueva actividad. Y por diversas circunstancias: ante la próxima maternidad, ante el nuevo plan de estudios, para conocer los nuevos métodos de enseñanza, los nuevos tratamientos. Si se piensa con un poco de detenimiento en todas esas consideraciones hay amor: a uno mismo, a los padres, a los hijos, al esposo o a la esposa, al novio o a la novia. Y si todo eso se hace con espíritu cristiano, el estudio es búsqueda de la voluntad de Dios y estudiar bien es orar. “Una hora de estudio para un apóstol moderno, es una hora de oración” (san Josemaría, “Camino” 335)

El estudio como respuesta a una vocación es una forma de realización personal, de formación y de crecimiento intelectual y moral. Y la sinceridad con uno mismo exige destinar un tiempo para la propia formación, no abandonarse en lo aprendido sino progresar con una actualización continua, aportar al acerbo común cada uno en su ámbito las creaciones nacidas de ese estudio y compartir con todos lo que se ha aprendido. Amar a Dios es tener inquietud por saber de Dios. “Pon un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional, y habrás santificado el trabajo” (san Josemaría, “Camino” 359)

El cristiano refiere el estudio a su propia vocación como discípulo de Cristo. Y como algo natural relaciona la palabra estudio con pasajes del Nuevo Testamento. Así: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16). Y para ese camino y ese dar fruto es necesario “saber de Dios”, aprender de Dios, tener trato continuo con Jesús, con sus palabras, con sus gestos, y saber y aprender de los que lo han amado empezando por la Madre, san José y todos los santos.

Y también: “Glorificad a Cristo Señor en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza, pero con mansedumbre y respeto” (1 P 3,15-16), porque es preciso estudiar, aprender y asimilar la esencia, el modo de ser y obrar del que sigue los pasos de Cristo, para poder explicar lo que es nuestro amor y el amor de Dios del que procede. Es una exigencia, como escribía san Pablo: “Porque si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, pues es un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no evangelizara! Si lo hiciera por propia iniciativa, tendría recompensa, pero si lo hago por mandato, cumplo con una misión encomendada.” (1 Co 9,16-17). Escribía santa Teresa de Jesús: “En todo encontraba medios para conocer más a Dios y amarle, y darme cuenta de lo que le debía, y dolerme de haber sido como fui. Entendía que aquello no era “cosa mía” ni lo había conseguido con mi esfuerzo” (“Vida” 21.12)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano, en su camino hacia el cielo, sigue los pasos de Jesús, está atento a sus gestos, a sus palabras. Y las recuerda. Y procura parecerse a Él en todos los instantes de su vida. Y, como la vida humana es lucha, como es trabajo (“Militia est vita hominis super terram, et sicut dies mercenarii dies eius”, Job 7,1), el cristiano no olvida la frase de Jesús: “Mi Padre no deja de trabajar, y yo también trabajo” (Jn 5,17) y sabe que todo el quehacer ordinario de cada día es su trabajo, cada uno en su estado y profesión. Trabaja, y lucha el que quiere nacer; trabaja y lucha el cuerpo que naturalmente no quiere morir. Trabaja el estudiante cuando estudia y el que tiene su oficio cuando se afana en su tarea. Trabaja la madre y el padre; y los abuelos. Se debe descansar del trabajo hecho: “Terminó Dios en el día séptimo la obra que había hecho, y descansó en el día séptimo de toda la obra que había hecho” (Gn 2.2)

Hasta el principio en la creación del hombre se remonta la memoria para recordar la frase de Dios: “El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín del Edén para que lo trabajara y lo guardara” (Gn 2,15). Después de la transgresión del mandato de Dios, al trabajo, que había sido encargo de Dios, tarea encomendada al hombre, se le añadió la fatiga: “Maldita sea la tierra por tu causa. Con fatiga comerás de ella todos los días de tu vida… Con el sudor de tu frente comerás el pan…” (Gn 3,17 y 19). Es una historia tan antigua y tan perdurable como el ser humano. Pero es una historia redimida.

“El trabajo, aún con sus componentes de fatiga, de monotonía, de obligatoriedad -donde se advierten las consecuencias del pecado original- le ha sido dado al hombre, antes del pecado, precisamente como instrumento de elevación, de perfeccionamiento del cosmos, como plenitud de su personalidad, como colaboración en la obra creadora de Dios. La fatiga que lleva consigo asocia al hombre al valor de la cruz redentora de Cristo” (san Juan Pablo II, Alocución, el día 1 de abril de 1980). Consideraciones como estas son las que permiten recordar que, si algunos relacionan la palabra “trabajo” (travaille, en francés) con “tripalium” (latín) que era un instrumento de castigo, la palabra “labor” (“laboro”, italiano; “labour”, inglés) podría referirse originalmente a las tareas agrícolas, que es lo que encaja mejor con el contexto bíblico.

Pero no se trata sólo de trabajar, sino de hacerlo bien. El cristiano puede recordar que “operaretur” (Gn 2,15) viene de “opus” que, en singular (“locatio conductio operis”, arrendamiento de obra, a diferencia de “locatio conductio operarum”, arrendamiento de servicios), no quiere decir sólo “obra”, sino “creación”, algo nuevo en el que se nota la impronta personal del autor. Así debe ser el trabajo, cualquier trabajo honesto, del cristiano. “¿Quieres de verdad ser santo? – Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces” (san Josemaría, “Camino”, 815)

“Nuestros días pueden quedar santificados si se asemejan a los de Jesús: si trabajamos a conciencia y mantenemos la presencia de Dios mientras trabajamos, si vivimos la caridad con quienes están a nuestro alrededor, si sabemos aceptar las contradicciones evitando la queja frecuente, si las relaciones familiares, sociales y profesionales nos sirven como ocasión de apostolado…” (san Josemaría, “Conversaciones…”, n. 113)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano que sabe que la vida es caminar hacia el cielo, procura hacerlo como sea mejor para cubrir cada etapa, para rodear los peligros, para evitar riesgos y aprovechar las rutas más favorables. En la preparación de cada etapa debe elegir la ropa adecuada, el calzado apropiado, las horas de andar y las de caminar. El orden es elemento esencial. “Todo tiene su momento y hay un tiempo para cada cosa bajo el cielo… tiempo de dormir y tiempo de construir, tiempo de llorar y tiempo de reír, … tiempo de rasgar y tiempo de coser, tiempo de callar y tiempo de hablar…” (Qo 3,1.3.4.7). El orden asegura la eficiencia y facilita la eficacia. Una vida ordenada es una vida consecuente; una vida desordenada es una vida confusa, voluble y arriesgada.

Desde el principio de la Biblia se encuentra un pasaje que relata el orden de la creación: “En el principio creó dios el cielo y la tierra. La tierra era caos y vacío, la tiniebla cubría la faz del abismo y el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas…” (Gn 1,1-2). El cristiano medita estas palabras y las traslada a su propia vida. Y sigue: “Dijo Dios: - Haya luz. Y hubo luz. Vio Dios que la luz era buena y separó Dios la luz de la tiniebla. Dios llamó a la luz día y a la tiniebla la llamó noche. Hubo tarde y hubo mañana: día primero” (Gn 1,3-5). Nuevo texto para meditar. El orden en lo que hay que hacer. Y así hasta: “Y quedaron concluidos el cielo, la tierra y todo su ornato. Terminó Dios en el día séptimo la obra que había hecho y descansó en el día séptimo…” (Gn 2, 1-2). El cristiano, mirando al taller de Nazaret, vive con Jesús en su trabajo y en su descanso; y mira al Padre cuando se examina para ver si ha sido bueno el trabajo hecho y cómo debe hacer lo que queda. Y en los tiempos de examen ordena la tarea.

- “Los fariseos, la oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle: - Maestro ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Él respondió: - Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayo y el primer mandamiento…” (Mt 22, 34-38). “Cuando iban de camino entró en cierta aldea, y una mujer que se llamaba Marta le recibió en su casa. Tenía una hermana llamada maría que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero Marta andaba atareada con numerosos quehaceres y poniéndose delante dijo: - Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude. Pero el Señor le respondió: - Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada” (Lc 10,38-42). El cristiano medita, sabe lo que debe hacer y lo hace, todo, ordenadamente.

- Y aprende: “Y otro dijo: - Te seguiré Señor, peor primero permíteme despedirme de los de mi casa. Jesús le dijo: - Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el reino de Dios” (Lc 9,61-62). En la parábola de la cizaña, los siervos dijeron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla? Pero él les dijo: No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo en cambio, almacenadlo en mi granero” (Mt 13,28-30)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que seguir a Cristo es hacer un camino hacia el cielo unas veces peligroso, otras monótono, otras en fin que elevan el ánimo. El cristiano sabe que cristianismo es amar y también alegría. Alegría en el corazón por mal que se esté pasando, porque el cristiano siente que Dios es su Padre que le llama y le espera. “Quiero que estés siempre contento, porque la alegría es parte integrante de tu camino. -Pide esa misma alegría sobrenatural para todos” (san Josemaría, “Camino”, 665)

Con alegría llegó Dios a vivir entre nosotros. Así lo expresa la Virgen en el “Magnificat”: “Proclama mi alma las grandezas del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador” (Lc 1,46). Y así lo anunció el ángel a los pastores: “Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo” (Lc 2,10). Y para asegurarnos nuestra alegría vino Dios al mundo, y Jesús, el Hijo, nos redimió en la Cruz, resucitó y se quedó con nosotros hasta el fin del mundo (v Mt 28,20): “En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y en cambio el mundo se alegrará; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría… Así pues, también vosotros ahora os entristecéis, pero os volveré a ver y se os alegrará el corazón y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada. En verdad, en verdad os digo: si le pedís al Padre algo en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre, pedir y recibiréis, para que vuestra alegría se completa” (Jn 16, 20. 22-24). La alegría fue también un fruto de la venida de Dios al mundo en el Hijo: “He guardado a los que me diste y ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a Ti y digo estas cosas en el mundo, para que tengan mi alegría completa en sí mismos” (Jn 17, 12-13)

De alegría habló Jesús en las parábolas de la misericordia: “Alegraos conmigo”, dice el pastor que encuentra la oveja perdida y la mujer que halla la dracma; y Jesús repite: “Habrá en el cielo más alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueva justos que no tienen necesidad de conversión” (Lc 15,7) y “Hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se arrepienta” (Lc 15,10). Y Jesús llenó de alegría a los que escucharon su llamada: “Cuando Jesús llegó al lugar, levantando la vista, le dijo: - Zaqueo baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa. Bajó rápido y lo recibió con alegría” (Lc 19,5-6). Los testimonios de la alegría en la resurrección son en sí mismos causa de alegría: “… Ellas partieron al instante del sepulcro con temor y una gran alegría y corrieron a dar la noticia a los discípulos (Mt 28,8). “Y dicho esto les mostró las manos y los pies. Como no acababan de creer por la alegría y estaban llenos de admiración…” (Lc 24,40-41). Y, en la ascensión a los cielos: “Y ellos le adoraron y regresaron a Jerusalén con gran alegría” (Lc 24, 52-53).

“Alegraos siempre en el Señor, os lo repito, alegraos. Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca. No os preocupéis por nada, al contrario, en toda oración y súplica, presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias” (Flp 4, 4-6). “Un santo triste es un triste santo”, dice la sabiduría popular. Y hay remedio: “¿Está triste alguno de vosotros? Que rece” (St 5,13)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano hace el camino hacia el cielo animado por la esperanza, por la confianza en que el amor de Dios se derrama desbordante sobre nosotros que queremos ser guiados por la fe que sabe que Dios es omnipotente, clemente, misericordioso. Del corazón del cristiano, en el camino llano y en las pendientes de la vida, surge el ruego apostólico: “Auméntanos la fe” (Lc 17,5); en tiempo de descanso y en tiempos de agotamiento, el cristiano vuelve una y otra vez a la reflexión: “La fe es el fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven” (Heb 11,1); y en las caídas, en los pasos por la dirección equivocada, cuando se oculta el cielo, el sol y las estrellas, el cristiano sabe que debe volver a la casa del Padre: “Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, para que alcancemos misericordia y encontremos la gracia que nos ayude en el momento oportuno” (Heb 4,16). Fe, esperanza, caridad, son guía para el camino: “Ahora permanecen la fe, la esperanza, la caridad: tres virtudes. Pero de ellas la más grande es la caridad” (1 Co 13,13)

Al cristiano no se le van del pensamiento las palabras de Jesús: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga” (Mt 16,24). Y también: “Venid a mí todos los fatigados y agobiados y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es suave y mi carga es ligera” (Mt 11,28-30). Y la promesa de la mejor inversión: “En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, hermanos o hermanas, madre o padre, o hijos o campos por mí y el Evangelio, que no reciba en este mundo cien veces más en casas, hermanas y hermanos, madres, hijos y campos, con persecuciones; y en el siglo venidero, la vida eterna. Porque muchos primeros serán los últimos y muchos últimos serán primeros” (Mc 10,29-31). El punto de partida: arrinconar “el yo”, abandonarse en Cristo, confiar.

Así se entiende sin dificultad ese plan de vida: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada por ello; y será grande vuestra recompensa, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y con los malos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante, porque con la misma medida con que midáis se os medirá” (Lc 6,35-38). Seguir los pasos de Cristo y ¡llegar!

Perseverar en Cristo: “Ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,38-39). Como escribía Teresa de Jesús: “Ahora, volviendo a los que quieren ir hacia Él y no parar hasta el fin - que es llegar a beber de esta agua de vida -, el modo en que han de comenzar digo que importa mucho y el todo una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabajase lo que se trabajare, murmure quien murmurare, aunque llegue allá, aunque se muera en el camino, aunque no tenga devoción para los trabajos que hay en él, aunque no hunda el mundo” (Camino de Perfección, 21)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que la vida, el suceder corriente de los días y las noches, de las horas de trabajo y los tiempos de descanso, de los momentos alegres y de aquellos otros transido de dolor, de sufrimiento, de disgusto, de preocupaciones, a pesar de los pesares y gracias a las gracias, es un camino que hay que recorrer con la mirada fija en el cielo, procurando el paso seguro, y acompañado por una multitud. El cristiano es consciente de la compañía de los ángeles, del ánimo de los santos que nos protegen desde el cielo y, desde luego, sabe que Jesús camina a nuestro lado y también nuestra Madre, que es Madre de Dios. Sabemos que Dios nos espera como estaba continuamente esperando el padre del hijo pródigo de la parábola (Lc 15,11-32). Y en nuestro corazón resuena la secuencia de Pentecostés: “Ven, dulce huésped del alma, / descanso de nuestro esfuerzo, / tregua en el duro trabajo, / brisa en las horas de fuego, / gozo que enjuga las lágrimas / y reconforta en los duelos”.

- “El mismo día, dos de ellos se dirigían a una aldea llamada Emaús, que distaba de Jerusalén sesenta estadios. Iban conversando entre sí de todo lo que había acontecido. Y, mientras comentaban y discutían, el propio Jesús se les acercó y se puso a caminar con ellos, aunque sus ojos eran incapaces de reconocerle. Y les dijo: - ¿De qué veníais hablando entre vosotros por el camino? Y se detuvieron entristecidos. Uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: - ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado en estos días?” (Lc 24,13-18). Es obligado parar aquí, Hay que volver a leer el párrafo. Despacio. Cada frase. Jesús a nuestro lado. ¿Qué quieres? ¿Qué te preocupa? ¿qué te apena? No me doy cuenta de que es Dios que se interesa por mí.

- “Tenemos, pues, que correr y que correr por el camino. Quien corre fuera del camino corre en vano; más aún, sólo corre para fatigarse. Fuera de él, cuanto más corre, más se extravía. ¿Cuál es el camino por el que corremos? Cristo lo dijo: “Yo soy el camino”. ¿Cuál es la patria a donde nos dirigimos? Cristo dijo: “Yo soy la verdad”. Por Él corres, hacia Él corres, en Él hallas el descanso. Mas para que corramos por Él, se extendió hasta nosotros, pues nos hallábamos lejos, peregrinos muy distantes de la patria. Es poco decir que éramos peregrinos muy distantes de la patria. Por estar débiles no podíamos movernos. Vino el médico a visitar a los enfermos, ofreció el camino, se alargó hasta los peregrinos. Dejémonos salvar por Él, caminemos por Él. (san Agustín, Homilía 10ª sobre 1 Jn 5, 1-3). ¡Madre, ven con nosotros a caminar!

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que se acerca el final del año litúrgico y aprovecha estos días para dar gracias a Dios, para hacer examen de conciencia, para revisar prácticas espirituales, poner al día industrias humanas, preparar una actualización de propósitos. Una buena guía pueden ser los capítulos 5 a 7 del Evangelio según san Mateo. Empezando por las vías que llevan al cielo: “Bienaventurados los pobres de espíritu…, bienaventurados los que lloran…, bienaventurados los mansos…, bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia…, bienaventurados los misericordiosos…, bienaventurados los limpios de corazón…, bienaventurados los pacíficos…, bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia… (Mt 5,3-11); siguiendo por la forma de vivir el cristianismo: “Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos (Mt 5,16); y repasando lo concreto: “Si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda…” (Mt 5,23). “Yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón …” (Mt 5, 28). “Que vuestro modo de hablar sea: “Sí, sí”, “no”, “no”. Lo que exceda de esto viene del Maligno…” (Mt 5,37). “Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. A quien te fuerce a andar una milla, vite con él dos. A quien te pida, dale; y no rehúyas al quiere de ti algo prestado…” (Mt 5,40-41). “Por eso, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48).

“Cuando des limosna, qu tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna quede en lo oculto, de este modo tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará…” (Mt 6,3-4). “Cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la perta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre que ve en lo oculto, te recompensará…” (Mt 6,6). “Cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto, y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará…” (Mt 6,17-18). “Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán. Por tanto, no os preocupéis porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6,34).

“Pedir y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el pide, recibe; y el que busca, encuentra y al que llama se le abre… Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que lo pidan?” (Mt 7, 7-8 y 11). “Todo lo que aqueráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos…” (Mt 7,12). “Entrad por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la perdición, y son michos los que entran por ella” (Mt 7,13)

El cristiano confía en Dios que es amor (1 Jn 4, 8 y16). Nos sabemos amados por el Amor. El Señor “sostiene a los que van a caer y endereza a los que se encorvan… está cerca de los que le invocan… guarda a todos los que le aman” (Sal 144, 14. 18 y 20)

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

Cristo Rey del Universo. El cristiano celebra la proclamación como lo hace el corredor cuando llega a la meta, sudoroso, casi sin fuerzas, pero con una sonrisa y el corazón, latiendo a gran velocidad, se siente extremadamente feliz. Cristianismo es amor; pero no se puede olvidar que la vida del cristiano es lucha: “militia est vita hominis super terram”. Y también hay que recordar que esta vida es una sucesión de llegadas y salidas, como ocurre en las pruebas de triatlon, cuando al acabar de nadar, se empieza a correr para, luego, coger la bicicleta. El alma vive lo que medita y une en el corazón las dos referencias: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5) y, también: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4,13).

En este tiempo de transición litúrgica, el cristiano formado en la Escritura, como el escriba instruido en el Reino de los cielos, “saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas” (Mt 13,52) y trae a la memoria uno de los pasajes literariamente más bellos de la Biblia: “Cuando un sereno silencio lo envolvía todo y la noche estaba a la mitad de su curso, tu omnipotente Palabra desde el cielo, desde los tronos reales, se lanzó sobre aquella tierra desolada…” (Sab 18,14-15) y, evitando la terrible secuencia, salta a otro recuerdo, amable, entrañable: “Yo mismo les traeré remedio y medicina, los curaré y les mostraré sobreabundancia de paz y seguridad… Los purificaré de todas las culpas con que pecaron contra Mí, les perdonaré de todas las iniquidades que obraron conmigo y con las que me fueron infieles. Y será para Mí motivo de honra, de alegría, de alabanza y de gloria ante todas las naciones de la tierra cuando oigan todo el bien que Yo les haga, y temblarán y se turbarán del bien y la paz tan grande que Yo les voy a conceder” (Jr 33, 6. 8 y 9)

El cristiano encuentra en el Evangelio todo el ánimo necesario para superar miedos, cansancios, inquietudes y preocupaciones que surgen cuando mira lo que viene, lo que ahora empieza: tantos días, cada uno con agobio, con su contrariedad (v. Mt 6,34). “Estaba Jesús junto al lago de Genesaret y la multitud se agolpaba alrededor para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaba lavando las redes. Entonces, subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado, enseñaba a la multitud desde la barca. Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón: - Guía mar a dentro, y echad vuestras redes para la pesca. Simón le contestó: - Maestro, hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada; pero sobre tu palabra echaré las redes. Lo hicieron y recogieron gran cantidad de peces. Tantos, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían.” (Lc 5,1-7)

¡Ánimo! “¿Quieres de verdad ser santo? – Cumple el pequeño deber de cada momento, haz lo que debes y está a lo que haces” (Camino, 815). “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere, no lo olvides- dependen muchas cosas grandes” (Camino, 755)

Julio Banacloche Pérez

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