domingo, 26 de noviembre de 2017

DE UN CRISTIANO (2016 / 2017)

ADVIENTO

Adviento. Tiempo de preparación para la Navidad. Tiempo de despejar el alma para que se pueda llenar de los frutos y los dones espirituales que se producen y entregan abundantemente en el misterio de la Encarnación de Dios hecho hombre, contemplado como Niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre (Lc 2,5), en una noche de invierno en Belén, en un tiempo cierto e históricamente estimable (Lc 2,1-2). Misterio de amor de Dios: “El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo -no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes- debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe “apropiarse” y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo” (san Juan Pablo II, enc. “Redemptor hominis”, 10.a).

Adviento. Tiempo de amor para amar al Amor: “Amo porque amo, amo para amar” (s. Bernardo, Sermón 83)). Tiempo de examen personal (“Hacer a conciencia el examen de conciencia”; v. Bto. Álvaro del Portillo, “Orar” nº 194) de nuestro fallos, de nuestros olvidos, de nuestro exceso de “yo” y tiempo de mirar a Dios, con la confianza del hijo al Padre, y de decirle como san Felipe Neri: “Señor, que no te quiero...”. Señor, que no te quiero tanto como yo quiero quererte.

El cristiano, peregrino entre peregrinos, caminante con todos los habitantes de la tierra, sabe que su andar es un aproximarse al cielo, a las moradas que Dios tiene preparadas: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? … para que donde yo estoy, estéis también vosotros” (Jn 14, 1,2-3). Y en ese caminar, con cansancio, con tropiezos y caídas, pero también con trechos y etapas de paso animoso, con el consuelo del cantar alegre de los que marchan juntos, porque “con-suelo” es remedio de soledad, ánimo compartido.

El cristiano personaje habitual de los pasajes evangélicos los revive en cada lectura y saca provecho de meditar las palabras: “Cuando se hizo de día, salió hacia un lugar solitario y la multitud le buscaba. Llegaron hasta él, e intentaban detenerlo para que no se alejara de ellos” (Lc 4, 42). ¿Y yo, Señor? ¿Noto que me he separado de Ti, que te he olvidado, que vivo como si Tú no estuvieras a mi lado, como si Tú, Dios, no me amaras con el mayor amor? ¿Alejo de mi lo que aparta de Ti? ¿Te busco en el ofrecimiento de cada tarea, en el éxito, en el fracaso, en el trabajo bien acabado, en la palabra, la sonrisa o en el silencio amables para los que están junto a mi? ¿Me uno a Ti en oración?

“Estaba Jesús junto al lago de Generaset y la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Entonces, subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se apartase un poco de tierra. Y, sentado, enseñaba a la multitud desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: - Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca. Simón le contestó: Maestro, hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada; pero sobre tu palabras echaré las redes. Lo hicieron y cogieron gran cantidad de peces...” (Lc 5, 1-5). ¿Y yo, Señor? Hoy, aquí, a esta hora, cuando oigo que me dices: Duc in altum! ”Guía mar adentro”, ¿me excuso porque no tengo tiempo, porque tengo otra cosa que hacer, porque estoy cansado, porque no veo resultados? ¿me pongo manos a la obra confiado a tu voluntad? “Fiat, adimpleatur...”, “Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada, tu justísima y amabilísima voluntad de Dios, sobre todas las cosas. - Amén. - Amén” (san Josemaría Escrivá, “Camino” nº 691)

ADVIENTO

El Adviento y la Cuaresma son tiempos fuertes. Tiempos de preparación para poner el alma en condiciones de celebrar los grandes Misterios de Amor: la Encarnación en la que Dios se hace hombre y, en un tiempo determinado, nace de una mujer, virgen, inmaculada, y vive, en una familia y trabajando, como otro niño, joven o adulto de su época; y la Pasión y Muerte, en la que Dios, hecho hombre, es acusado, condenado y crucificado por los hombres, precisamente para que puedan salvarse. Insultado por los que están cerca, abandonado de los que le siguieron, con algunos mirando a lo lejos, su Madre, nuestra Madre, y san Juan estaban junto a la Cruz. La Resurrección que es la alegría de la Pascua, culmina esos misterios preparados y celebrados en el alma, para que vivamos ese Amor y de ese Amor con el ánimo grande de la Pentecostés.

El cristiano vive con sencillez esos tiempos litúrgicos que iluminan el camino a seguir y ayudan a hacerlo sin temor, con alegría, con la confianza de quien va con Dios. Ese era el deseo que se manifestaba en las despedidas: “Vaya con Dios”. “Adiós” era la expresión sincopada -va dios- que se repetía en el aire limpio, natural, de los campos, de los pueblos. Y con esa sencillez, también en los tiempos fuertes, el cristiano encuentra refugio y amparo en Dios: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4,13), “El Señor es mi luz y mi salvación ¿a quién temeré?” (salmo 27), “Aunque camine por valles oscuros, no temo ningún mal, porque Tú estás conmigo” (salmo 23)

El Adviento, mirando a la Navidad, debe servir para aumentar y fortalecer la fe, la esperanza y la caridad. Para creer y celebrar que Dios vino Niño y sigue con nosotros; para esperar porque ese estar en Dios y con Dios de la Navidad es la prueba y la garantía de que hemos de ir al cielo, de que allí tenemos preparada nuestra morada (Jn 14, 2-3); para comprobar que el camino hacia el cielo es camino de amor y para vivir que “la caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (2 Co 13,4-7). El Adviento es el tiempo fuerte del servicio amable a los otros, de hablarle a Dios de ellos y de hablarles a ellos de Dios. Tiempo de rezar.

El cristiano en su romería hacia el cielo va muy acompañado, como los que seguían a Jesús: “y concurrían numerosas muchedumbres para oírle y ser curados de sus enfermedades” (Lc 5,15). Un día se detuvo en un lugar llano y “había una multitud de sus discípulos y una gran muchedumbre del pueblo procedente de toda Judea y de Jerusalén y del litoral de Tiro y Sidón, que vinieron a oírle y a ser curados de sus enfermedades” (Lc 6, 17-18). El cristiano camina en comunión. Canta y reza; toma fuerzas en los sacrificios aunque sean pequeños, y con actos de desprendimiento, dejando a un lado el “yo” con su soberbia y el egoísmo, la pereza, el mal humor, el gesto hosco, los enfados; diciendo no a los caprichos. “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Adviento tiempo de amar más al Amor.

En el Adviento los cristianos vivimos también con María los días previos al parto. Celebramos la fiesta de la Inmaculada Concepción que preparamos con una fervorosa novena. Recordamos los años en que esa fecha se celebraba el “día de la madre”, porque ser concebida inmaculada fue el regalo que el Hijo hizo a su Madre -”Panaghia”, Toda Santa; “Theotokos”, Madre de Dios-. Y de niños, regalábamos una flor a la Virgen y a nuestra madre. Y ahora, miradas, piropos, muchos besos.

ADVIENTO

El cristiano sigue su camino hacia el cielo y aprovecha cada etapa litúrgica del año para llenar la vida de sentido: existimos por amor, vivimos por el amor que recibimos y para amar con el amor que nos inunda y se derrama y sabemos que Dios, el Amor, está con nosotros y nos espera en el cielo para estar con Él para siempre. Es ésta una romería jubilosa en la que unos animan a los otros: los del cielo a los que están para llegar y a los que avanzamos por el camino; y nosotros ayudamos y nos encomendamos a los que están en purificación y debemos procurar seguir el ejemplo de otros que van delante o a nuestro lado y levantamos, sostenemos y animamos a todo el que necesite de nuestra colaboración. El Adviento es tiempo de camino esforzado para llegar a Belén con el alma limpia y preparada para adorar de cerca al Niño, que es Dios. En la tercera semana, el domingo “Gaudete”, “¡Alegraos!”, nos anima y da el tono a nuestros villancicos: “La Virgen lava pañales y los tiende en el romero; los angélicos cantando y el romero floreciendo”.

El camino del cielo se hace entre multitudes, con el corazón compartido: en la ayuda al que lo necesite, en la amabilidad con todos, en el perdón que pedimos y damos pronto y sin regateo, en la escucha, en la comprensión, en el callar la palabra inoportuna y, sobre todo, arrinconando al “yo”, siempre dispuesto al protagonismo. “Para que no me busque a mi cuando te busco/ y no sea egoísta mi oración,/ pon tu cuerpo, Señor, y tu palabra/ en el desierto de mi corazón” (Laudes, lunes, II).

“Le seguía una gran muchedumbre porque veían los signos que hacía con los enfermos... Jesús al levantar la mirada y ver que venía hacia él una gran muchedumbre, le dijo a Felipe: - ¿Dónde vamos a comprar pan para que coman éstos? -lo decía para probarle, pues él sabía lo que iba a hacer” (Jn 6, 2.5). Y se sentaron unos cinco mil hombres. Al atardecer los discípulos embarcaron y pusieron rumbo a Cafarnaún. Ya oscurecido, el mar se agitó violentamente. Vieron a Jesús caminar sobre las aguas. Les dijo: No temáis. Quisieron que subiera a la barca. Y al instante la barca llegó a tierra. “Al día siguiente, la multitud que estaba al otro lado del mar... Cuando la multitud vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún” (Jn 6,22-24). Esa es la enseñanza que reciben los que leen el Evangelio metiéndose como uno más entre las multitudes que seguían a Jesús. Ahí estamos cada uno, en cada instante del día o de la noche. “... Que busques a Cristo, que trates a Cristo, que ames a Cristo” (v. “Camino” nº 382)

ADVIENTO

Con la Navidad ya inmediata, con la Virgen Madre en la Expectación del Parto, el cristiano tiene los mismos sentimientos que con las que mujeres, conocidas o no, a las que se ve que están en igual situación. El corazón se llena de ternura y, como reacción natural, encomienda a Dios a la madre y a la criatura que va a nacer. Para los cristianos en estos días parece más fácil, casi automático, o así debería ser, frecuentar a menudo, desde el alma, el pueblo de Belén y sus alrededores. El gentío de recién llegados, venidos para cumplir con el censo imperial, permite el contraste con el ir y venir de tantos en estos días, dos mil años después. Y, hoy como entonces, Dios ve a todos y mira a cada uno, porque a cada uno nos conoce por nuestro nombre, de cada uno sabe toda nuestra vida, lo que nos inquieta, lo que deseamos. En aquellos días, mezclados entre la muchedumbre, Dios veía a san José a la santísima Virgen Madre buscando un sitio donde instalarse, donde descansar, donde esperar la hora. Y, mirando el Niño, “Dios veía a Dios”. Y el cristiano sabe que Dios está a su lado.

El cristiano, caminante hacía el cielo, se sabe acompañado. El cristiano se siente uno con los demás que también hacen el camino de la vida, sabe que el ángel de la guarda está a su lado, sabe que desde el cielo se oyen las voces de ánimo que en el alma se transforman en buenos consejos, en fuerzas para resistir, en un eficaz tirón para levantarse. El amor, que es más fuerte que la muerte, nos asegura que todos los que quisimos, que todos los que nos quisieron, son una ayuda eficaz y permanente desde el cielo. Y las almas en purificación también interceden por nosotros: pedimos por ellas y con ellas en el cielo tendremos una protección especial.

“Una gran multitud de judíos se enteró de que estaba allí y fueron no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro al que había resucitado de entre los muertos. Y los príncipes de los sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro porque muchos por su causa, se apartaban de los judíos y creían en Jesús” (Jn 12, 9-11). Meterse como un personaje más del Evangelio da la oportunidad de meditar mirando nuestra alma: Iban a Jesús “no sólo por él, sino también por ver a Lázaro”. Toda una advertencia sobre nuestros motivos para “asistir”, para “celebrar”, “para leer, para ver, para conocer”. Y también sirve de reflexión en el Adviento de la Navidad. ¿Cómo voy? ¿qué me mueve?

“Al día siguiente las muchedumbres que iban a la fiesta, oyendo que Jesús se acercaba a Jerusalén, tomaron ramas de palmas, salieron a su encuentro y se pusieron a gritar: - ¡Hosanna!… (Jn 12,12-13). “Por eso las muchedumbres le salieron al encuentro, porque oyeron que Jesús había hecho este signo. Entonces los fariseos se dijeron unos a otros: - Ya veis que no adelantáis nada: mirad cómo todo el mundo se ha ido tras él” (Jn 12, 18-19). ¡Ánimo!, Vamos con Jesús que nos espera. Al Amor por amor. Señor, dame tu amor y tu gracia que eso me basta.

NAVIDAD

La Pascua de Navidad es tiempo de conversión. Es tiempo de presentarse ante el Niño Jesús y abrirle el corazón para enseñarle cómo está, para decidir propósitos y asegurar los medios para cumplirlos, para pedirle consejo y ayuda porque es sincero nuestro deseo de ser buenos, de ser mejores, de no apartarnos de su lado, de estar en continuo trato con él, de no olvidarlo durante el día procurando mil industrias humanas para sentirnos en su presencia, de dedicar tiempos fijos para remansar en Dios nuestras inquietudes, nuestras preocupaciones, nuestros deseos, para disfrutar con Él las alegrías, para encontrar su consuelo apoyando nuestra cabeza sobre su Sagrado Corazón.

El cristiano sabe de las buenas consecuencias que tiene revivir el Evangelio como si uno fuera un personaje más de los que están presentes en la ocasión de que se trate. En Navidad, es conveniente vivir esos momentos cerca de Belén. Hacer el viaje desde Nazaret, unos pocos días, posiblemente en caravana con otras familias. Pensando en lo ocurrido, desde el parto en Belén a la presentación en el Templo y al tiempo en que la Sagrada Familia vivió en Egipto, se puede pensar en un recorrido hecho en gran parte andando, posiblemente con una mula sobre la que, a veces, iría la Virgen María, y con un carro cargado con enseres y herramientas tirado por un buey y guiado por san José. Es fácil saber de lo que hablarían y del corazón se escapan las palabras que les diríamos.

Si las visitas al Sagrario son audiencias de Dios en las que todo el que vaya sabe que es escuchado y atendido, las visitas al belén en estos días son la oportunidad para regalar amor sin medida a Jesús, a María y a san José. Unas veces hablando sin palabras, otras a la escucha; tratando de lo nuestro, pero también de los demás: de la Iglesia, del Papa, de nuestro obispo, de nuestra parroquia; pidiendo para nuestra familia, sobre todo de los más pequeños y de los ancianos, pero también de los que parece que lo necesitan más; y por nuestros amigos y compañeros; y por los que no nos aprecian y por los desconocidos. “Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu que se nos ha dado” (Rm 5,5)

El cristiano sabe que es uno en la multitud, pero también que puede tener confianza porque Dios nos conoce por nuestro nombre y sabe lo que necesitamos antes de pedirlo. Después de expulsar al demonio mudo, la multitud quedó admirada (Mt 8, 33). “Jesús, al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas” (Mt 9,36)

NAVIDAD

El cristiano que vive la Pascua de Navidad disfrutando del don que es la virtud de la fe siente la alegría completa que produce saber que Dios está con nosotros. De saber que Dios es amor y que como amor se nos da de continuo y siempre, que Dios es misericordioso porque conoce nuestras debilidades y también nuestra soberbia, que Dios ve en nuestro interior, que sabe lo que necesitamos, que todo lo que nos da es para nuestro bien aunque no siempre lo entendemos así. Como cristianos sabemos que Dios nos espera hasta que volvamos a Él en nuestras distracciones, en nuestros olvidos, cuando lo dejamos de lado, cuando nos enfrentamos a Él, cuando lo abandonamos. Mirando al Niño, en el pesebre del portal de Belén, debemos dejar hablar al corazón para cantarle, para encontrar fuerzas y decirle que vamos a ser como Él quiere.

“Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como le había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno” (Lc 2,21). A veces, se salta del Nacimiento a la Purificación, pero aunque no seamos conscientes, lo cierto es que a los ocho días del Nacimiento celebramos el Santísimo Nombre de Jesús (3 de enero). La fiesta popular de bienvenida al nuevo año se debe aprovechar también para el espíritu, porque el cristiano en toda ocasión busca a Dios y se encuentra con Él, como el paralítico curado (Jn 5,14), como el ciego de nacimiento que ya veía (Jn 9,35), como las mujeres se encontraron con Jesús resucitado (Mt 28,9).

Tiempo de dar gracias por el año vivido; y de propósitos, claro que sí. La vida del cristiano es un continuo volver a empezar (nunc coepi: ahora empiezo) en el amor a Dios. “Señor, me has mirado a los ojos,/ sonriendo, has dicho mi nombre,/ en la arena he dejado mi barca,/ junto a ti buscaré otro mar”. Jesús nos dice: “Duc in altum!

NAVIDAD

El cristiano vive de esperanza. Y vive en una continua escuela de esperanza para lo que “el lugar primero y esencial de aprendizaje es la oración. Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme -cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar- Él puede ayudarme. Si me veo relegado a la extrema soledad…; el que reza nunca está totalmente solo…” (Enc. “Spe salvi” nº 32).

También se debe aprender de esperanza en el sufrimiento. La fe cristiana nos ha enseñado que Dios ha querido sufrir por nosotros y con nosotros: “Bernardo de Claraval acuñó la maravillosa expresión: Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis, Dios no puede padecer, pero puede comparecer… Ciertamente en nuestras penas y pruebas menores siempre necesitamos también nuestras grandes o pequeñas esperanzas” (Enc “Spe salvi” nº 39).

Nunca es demasiado tarde para tocar el corazón del otro y nunca es inútil. “Nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; sólo así es también esperanza para mí” (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1032).

“El Espíritu Santo, en su misterioso vínculo de comunión divina con el Redentor del hombre, continúa su obra; recibe de cristo y lo trasmite a todos, entrando incesantemente en la historia del mundo a través del corazón del hombre… En efecto, él trae “descanso” y refrigerio” en medio de las fatigas del trabajo físico e intelectual; trae “descanso” y “brisa” en pleno calor del día, en medio de las inquietudes, luchas y peligros de cada época; trae, por último, el “consuelo” cuando el corazón humano llora y está tentado por la desesperación” (Enc. “Dominum et vivificantem”, 67, b)

“Siempre vuelven a mirarme Tus ojos y vivo de Tu mirada. Creador y Salvador mío. Enséñame a comprender en el silencio de Tu presencia el misterio de que yo exista. Y de que exista por Ti, ante Ti y para Ti. Amen” (R. Guardini: “Oraciones teológicas”)

TIEMPO ORDINARIO

Para el cristiano cada día es como una etapa de su camino hacia el cielo. Aunque no siempre sea consciente de que es así, no le faltan ocasiones, como si fueran un alto en la marcha, para pensar. A veces son recuerdos de infancia o de juventud o de madurez. Otras veces son tiempos de presente, de dónde estamos, de lo que estamos haciendo, con alegría, satisfacción, paciencia, disgusto, cansancio, desánimo, impaciencia. Y no faltan tiempos de reflexión sobre el para qué y el por qué. En todos esos momentos el cristiano mete a Cristo. Sabe que está a su lado. Confía en su palabra. El cristiano es romero entre una multitud y se descubre como personaje en los textos evangélicos porque sabe también que Dios lo conoce por su nombre. Sigamos los pasos de Jesús:

“… Jesús se alejó de allí en una barca hacia un lugar apartado él solo. Cuando la gente se enteró le siguió a pide desde las ciudades. Al desembarcar vio una gran muchedumbre y se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos… Comieron todos hasta que quedaron satisfechos, y de los trozos que sobraron recogieron doce cestos llenos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños” (Mt 14, 12-14. 20-21). Mientras Jesús despedía a la gente, los discípulos subieron a la barca para cruzar a la otra orilla. Ya de noche, con el mar alborotado, Jesús caminó sobre las aguas, calmó la tempestad y llegaron a Genesaret. “Al reconocerlo los hombres de aquella comarca mandaron aviso a toda la comarca y le trajeron a todos los que se sentían mal, y le suplicaban poder tocar aunque sólo fuera el borde de su manto. Y todos lo que lo tocaron quedaron sanos” (Mt 14, 35-36). Pasó a Tiro y Sidón y después “vino junto al mar de Galilea, subió al monte y se sentó allí. Acudía a él mucha gente que traía consigo cojos, ciegos, lisiados, mudos y otros muchos enfermos, y los pusieron a sus pies y los curó… Jesús llamó a sus discípulos y dijo: Me da mucha pena la muchedumbre porque llevan tres días conmigo y no tienen que comer y no quiero despedirlos en ayunas no sea que desfallezcan en el camino… Y comieron todos y quedaron satisfechos” (Mt. 15, 30,32,37). Éramos cuatro mil sin contar mujeres y niños.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive en el amor de Dios y del amor de Dios. Procura ver a Dios en todos y en todo. Sabe que Dios está a su lado siempre. Consciente de la presencia de Dios, se esfuerza en darle gracias de continuo y también de comportarse como hijo de Dios y heredero del cielo. Y ese esfuerzo personal, con la gracia de Dios, lleva a vivir natural y continuadamente recibiendo amor y dando amor. La familia, el trabajo, las relaciones sociales, son el ámbito natural para regalar de ese amor divino que cada cristiano recibe y distribuye. “Comprender y acoger el amor misericordioso de Dios: que ése sea vuestro compromiso…” (Benedicto XVI, homilía en el 4º domingo de cuaresma, 2006)

En ese amor está el fundamento de la amabilidad, de la comprensión, de la paciencia, de la colaboración desinteresada, que deben ser talante y conducta permanente y que hay que pedir a Dios si no los tenemos. Ese amor es el fundamento de la sonrisa, de la atención a lo que se nos dice, del consejo amable; y también de evitar el roce, la discusión, la crítica y la murmuración. Saber callar. Ver a Jesús junto al otro, a la Virgen entre nosotros, a los ángeles de la guarda, el de cada uno, en nuestra reunión.

El cristiano, que recibe el amor que se desborda en los otros, sabe que es peregrino con muchos, con todos los vivientes, porque a todos nos llama Dios que quiere que todos se salven. “Al llegar donde la multitud, se acercó a él un hombre, se puso de rodillas y le suplicó: - Señor ten compasión de mi hijo… quedó curado el muchacho desde aquel momento” (Mt 17,14.18). En el capítulo siguiente habla Jesús de “los pequeños” y el Reino de los Cielos, de la corrección fraterna y del perdón de las ofensas. Y sigue así: “Cuando terminó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán. Y le siguieron grandes multitudes. Y allí les curó (Mt 19,1-2). Si a diario vamos junto a Dios, en esos pasajes aprendemos a ayudar, a animar, a rezar.

“Despierta en mí, oh Señor, la santa inquietud de que tengo que buscarte en todo momento. Enséñame a comprender el misterio según el cual has creado mi ser: el misterio de que sólo puedo vivir de lo que está por encima de mí, y me pierdo en cuanto me pongo en mí mismo. Toma mi mano; ayúdame a pasar hacia arriba, hacia Ti, para que en Ti me encuentre de veras. Amén” (R. Guardini: “Oraciones teológicas).

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano es peregrino hacia el cielo. Pero nunca camina sólo. Con él van todos los que viven, todos los que se ocupan en las cosas de cada día. En ese caminar de tantos hay una convivencia anímica inevitable que se manifiesta en conversaciones, en canciones, en llantos y consuelos; es un caminar en convivencia que también se manifiesta en silencios que unas veces expresan la comprensión y otras que llaman a la meditación, a reconsideraciones, a hacer propósitos. El cristiano vive, camina, sin perder de vista los pasos de Jesús que nos acompaña, que nos precede, que nos sigue para levantarnos en las caídas.

En ese caminar está la convivencia familiar, el trabajo de cada día, las relaciones con otros, amigos, conocidos o en encuentros ocasionales quizá irrepetibles. La vida del cristiano no está fuera del mundo, sino en el mundo, en lo ordinario de cada día. Allí está Dios llenando de amor el alma e invitando a derramarlo en los otros y a manifestarlo en nuestro hacer bien el trabajo, en nuestra amabilidad con todos.

El cristiano no camina solo y por ese motivo se encuentra bien cuando se sitúa entre las gentes que siguen a Jesús. “Al salir de Jericó le seguía una gran multitud. En esto dos ciegos sentados al lado del camino, en cuanto oyeron que pasaba Jesús, se pusieron a gritar: - ¡Señor, Hijo de David, ten piedad de nosotros! La multitud les reprendía para que se callaran, pero ellos gritaban más fuerte diciendo: - ¡Señor, Hijo de David, ten piedad de nosotros! Jesús se paró, los llamó y les dijo: - ¿Qué queréis que os haga? -Señor, que se abran nuestros ojos - le respondieron. Jesús compadecido, les toco los ojos y al instante cobraron la vista” (Mt 20, 29-34). Oír que Jesús está cerca debe ser bastante para que nuestro corazón se acelere en sus latidos porque podemos pedir al Amor que nos ame y que nos haga amar como Él quiere que amemos. Alguno nos dirá que nos callemos, que somos poco para Dios. Pero nada calla a un alma enamorada.

“Trajeron el asna y el borrico, pusieron sobre ellos los mantos y él se montó encima. Una gran multitud extendió sus propios mantos por el camino; otros cortaban ramas de árboles y las echaban por el camino. Las multitudes que iban delante de él y las que seguían detrás, gritaban diciendo: “Hosanna al Hijo de David” (Mt 21, 6-9) ¡Vamos!

Todo encuentro con Jesús, un pensamiento, una oración, un ofrecimiento, una mirada a la Cruz, nos cambia la vida. Lo que ocurre lo expresa san Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20). Benedicto XVI reduce las palabras y engrandece el efecto: “Yo, pero no más yo”. Y dice: “La mera indestructibilidad del alma, por sí sola, no podría dar sentido a la vida eterna, no podría hacerla una vida verdadera. La vida nos llega del ser amados por Aquél que es la Vida: nos viene de vivir con él y del amar con él. Yo, pero no más yo: esta es la vía de la cruz, la vía que “cruza” una existencia encerrada solamente en el yo, abriendo precisamente así el camino a la alegría verdadera y duradera.” (homilía en la Vigilia Pascual el día 15 de abril de 2006).

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que con el quehacer de cada día está ganando el cielo. Sabe que puede y debe llenar el día de Dios, de obras buenas, de lucha contra el malhumor, el desánimo, la rutina, contra el abatimiento o la propia reacción que provocan las injusticias, las incomprensiones y el trato desagradable soportados, recibidos. De todos se sale, por la gracia de Dios, con un “volver a empezar: “Nunc coepi!”, “¡Ahora empiezo!”.
Siguiendo los pasos de Cristo, atento a su voluntad, el cristiano camina como uno más entre la muchedumbre, sabe que Dios conoce a todos por su nombre “No temas, que te he redimido y te he llamado por tu nombre: tú eres mío” (Is 43,1); y que nos quiere como nadie puede querer: “¿Es que puede una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues aunque ellas se olvidaran, Yo no te olvidaré!” (Is 49,15). Ellas”, “las entrañas”, lo más íntimo de Dios y del hombre.

De “uno entre la muchedumbre” nos habla este pasaje: “Y tras cruzar de nuevo Jesús en la barca hasta la orilla opuesta, se congregó una gran muchedumbre a su alrededor mientras él estaba junto al mar” (Mc 5,21). Uno de los jefes de la sinagoga, Jairo, postrado a los pies de Jesús, le suplica que cure a su hija que está en las últimas. “Se fue con él, y le seguía la muchedumbre que le apretujaba” (Mc 5,24). Una mujer que sufría de flujo de sangre durante doce años y que había sufrido mucho y gastado todo su dinero sin sacar provecho “cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la muchedumbre y tocó su vestido… y en el mismo instante sintió que estaba curada”. Jesús vuelto hacia la muchedumbre, decía: ¿Quién ha tocado mis vestidos? Y le decían sus discípulos: ves que la muchedumbre te oprime y dices ¿quién me ha tocado?” (Mc 5,27-32). Cada uno puede examinarse de la propia fe, de la confianza en su oración.

“Aunque se aparten los montes y vacilen las colinas, mi amor no se apartará de ti” (Is 54,10). Jesús es modelo de amor y de compasión: “Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc 6,34). Y también: “Le traen a uno que era sordo y que a duras penas podía hablar y le ruegan que le imponga la mano. Y apartándolo de la muchedumbre, le metió los dedos en las orejas y le toco con saliva la lengua; y mirando al cielo, suspiró y le dijo: - Effetha, que significa: Ábrete. Y se le abrieron los oídos, quedó suelta la atadura de la lengua y empezó a hablar correctamente” (Mc 7, 32-35). Y otra vez: “En aquellos días, reunida de nuevo una gran muchedumbre, que no tenía qué comer, llamando a los discípulos les dijo: - Me da mucha pena la muchedumbre, porque ya lleva tres días conmigo y no tienen qué comer” (Mc 8, 1-2). Más motivos para preparar el día en que nos examinarán en el amor.

Diálogo de amor con Dios. Le decimos: - “Pero ahora, Señor, Tú eres nuestro Padre; nosotros, el barro, Tú nuestro alfarero, y todos nosotros la obra de tus manos” (Is 64,7). - “Como alguien a quien su madre consuela, así Yo os consolaré” (Is 66,13), nos dice.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano camina por la vida con los ojos del alma puestos en Dios (Heb 12,2), sabiendo que Jesús es su abogado ante el Padre (cf. 1 Jn 2,1). Un Abogado que da su vida por ganar asuntos perdidos porque sus defendidos somos siempre pecadores confesos. El cristiano camina desde la fe con esperanza avanzando en el amor. Porque “la fe es el fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven” (Heb 11,1); la esperanza es para nosotros ancla segura y firme de nuestra vida” (Heb 6,19) y porque “el amor procede de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios, conoce a Dios … el que no ama no ha llegado a conocer a Dios, porque Dios es amor” (1 Jn 4, 7.8), de modo que “nosotros amamos, porque Él nos amó primero” (1 Jn 4,19)

- “Y llamando a la muchedumbre junto con sus discípulos, les dijo: “- Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará. Porque ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida” (Mc 8, 34-36). Si recordamos las palabras de san Pablo: “Para mí la vida es Cristo y morir una ganancia” (Flp 1,21), entenderemos bien por qué es necesario arrinconar el “yo” que pretende ser el centro de todo, el que juzga a Dios y a los demás, el que se pone en vez de Dios a la hora de decidir qué hacer y qué no hacer.

Recordando las palabras paulinas podremos reordenar en Cristo nuestras ambiciones, relativizar los agravios, las traiciones, las contrariedades de cada día, la enfermedad y el dolor, y nuestras propias debilidades. Porque “sabemos que todas las cosas cooperan al bien de los que aman a Dios” (Rm 8,28)

En el camino hacia el cielo, consumiendo etapas de esta vida, el cristiano se sabe en compañía de una muchedumbre que lleva en el corazón diversos sentimientos y creencias. Y sabe que Dios camina con ellos, junto a todos y cada uno. Amando a todos y a cada uno: al que le ama, al que le busca, al que lo desprecia. El cristiano se descubre en cada pasaje evangélico: “Al llegar junto a los discípulos vieron una gran muchedumbre que les rodeaba y unos escribas que discutían con ellos. Nada más verle, todo el pueblo se quedó sorprendido, y acudían corriendo a saludarle” (Mc 9, 14-15). Allí estaba yo; ¿también me sorprendo cuando veo a Jesús que se me acerca? ¿acudo corriendo a saludarle? ¿le digo que ahora no tengo tiempo para Él; que luego…?

“- ¿Qué estabais discutiendo entre vosotros? A lo que respondió uno de la muchedumbre: - Maestro te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu mudo… Pedía a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido…” (Mc 9,16-18). Jesús curó al niño. “Cuando entró en casa le preguntaron sus discípulos a solas: -¿Por qué nosotros no hemos podido expulsarlo? -Esta raza -les dijo- no puede ser expulsada por ningún medio, sino por la oración” (Mc 9, 28-29). San Beda comenta: “la oración es el medio de que hemos de valernos para superar hasta las mayores tentaciones de los espíritus inmundos o de los hombres (“In Marci Evangelium”)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano procura caminar por esta vida siguiendo los pasos de Jesús. Se para a escucharle cuando Él se para y empieza a enseñar. “Saliendo de allí llegó a la región de Judea, al otro lado del Jordán, y de nuevo se congregó ante él la multitud. Y como era también su costumbre, se puso a enseñarles” (Mc 10,1). Unos fariseos para tentarle, le preguntaron si es lícito al marido repudiar a su mujer. Jesús les dijo: “Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mc 10,9). “Le presentaban unos niños para que los tomara en sus brazos; pero los discípulos les reñían. Al verlo Jesús se enfadó y les dijo: - Dejad que los niños vengan conmigo y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el reino de Dios” (Mc 10,13-14). También son enseñanzas para nosotros: sobre la lealtad en los compromisos, sobre la respuesta fiel a la vocación de ir y llegar al cielo de la mano “los dos”; sobre la confianza en Dios como la tiene el niño con su Padre que lo ama más que nadie.

Y, después de la parada, el cristiano reanuda el camino junto a Jesús. A veces, le cuesta “seguir el paso de Dios”. Así: “Iban de camino subiendo a Jerusalén. Jesús los precedía y ellos estaban sorprendidos: los que le seguían tenían miedo. Tomó de nuevo consigo a los doce y comenzó a decirles lo que iba a suceder: - Mirad subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles; se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero después de tres días resucitará” (Mc 10,32- 34). Jesús iba deprisa, se les adelantaba, les costaba seguirlo. Iba camino hacia la prueba suprema de amor: dar la vida por otro. Nuestro corazón se sobresalta leyendo esas pocas líneas: así es como se ama, “por entero, sin condiciones”; así es como se sufre los dolores, las afrentas hechas “con la mayor crueldad que es la propia del que trata al otro sin sentimientos”, así es como se perdona “porque no saben lo que hacen”, incluso a los amigos (a Jesús lo abandonaron todos menos Juan, Mt 26,56).

En la subida desde la otra orilla del Jordán hasta Jerusalén hacemos una parada. “Llegan a Jericó. Y cuando salía él de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, un ciego, Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al lado del camino pidiendo limosna. Y al oír que era Jesús Nazareno, comenzó a decir a gritos: - ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! Y muchos le reprendían para que se callara. Pero él gritaba mucho más: ¡Hijo de David, ten piedad de mí! Se paró Jesús y dijo: -Llamadle. Llamaron al ciego diciéndole: - ¡Ánimo! Te llama. Él arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le preguntó: - ¿Qué quieres que te haga? – Rabboni, que vea, le respondió el ciego. Entonces Jesús le dijo: - Anda tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista. Y le seguía por el camino” (Mc 10, 46-52). Los cristianos han meditado tantas veces este pasaje que emplean como jaculatoria pedirle a Dios: “Domine, ut videam!”, “Señor, que vea”. También se aprende del pasaje que hay que rezar, clamar, pedir, aunque nos digan que callemos y que cuando Dios nos llama hay que tirar lejos lo que estorbe. Amén.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano camina hacia el cielo entre una muchedumbre de personas aparentemente diferentes, pero que son todas hijos de Dios, amados de Dios, llamados a ser santos, aunque unos caminan pensando en el Padre que les espera con los brazos abiertos, otros dudando o negando que haya algo al final, que alguien espere y tenga preparada una buena residencia; muchos caminan dejándose llevar, sin pensar en el por qué ni el para qué, consumiendo el tiempo, o preocupados por sí mismos, por su cansancio, por su comodidad, por las contrariedades. Todos con esfuerzo, tropezando, con alguna caída. El cristiano sabe que Jesús camina con él, y la Madre, y se anima con todos los santos.

Cuando Jesús expuso la parábola de los viñadores homicidas que mataron al hijo amado del dueño de la viña, “querían prenderlo, pero tuvieron miedo de la multitud: comprendieron que había dicho la parábola por ellos” (Mc 12,12). Y es que “una inmensa muchedumbre le escuchaba con gusto” (Mc 12,37). De encuentro de muchedumbres nos habla el pasaje evangélico de la resurrección del hijo de la viuda de Naín: “Después, marcho a una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Al acercarse a la puerta de la ciudad, resultó que llevaban a enterrar un difunto, hijo único de su madre, que era viuda. Y la acompañaba una gran muchedumbre de la ciudad” (Lc 7,11-12).

No pidió nada aquella desconsolada madre. Jesús la vio y se compadeció de ella. Y le dijo: - No llores. “Se acercó, tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron. Jesús dijo: - Muchacho a ti te digo, levántate. Y el que estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar. Y se lo entregó a su madre” (Lc 7,14-15). Esa es la historia real que nos debería conmover trasladando lo entonces ocurrido a nuestra vida diaria. A nuestra enfermedad, a nuestros dolores, a nuestras penas, a nuestras preocupaciones, a lo que nos sale mal, a las contrariedades, a los agravios. Y a cuando nos sentimos en soledad.

Lo ocurrido con la viuda de Naín, “se divulgó por toda Judea y por todas las regiones vecinas”. Y ha llegado hasta nuestros días. Dios está con nosotros. Jesús quiere que le pidamos ayuda y consuelo, y, aunque no tengamos fuerzas ni para eso, Él está junto a nosotros. En medio de muchedumbres que caminan, de muchedumbres que se encuentran, en lo habitual en lo ordinario y en lo extraordinario de nuestra vida, siempre es buena ocasión para pensar: Dios está aquí, me ve, me oye. Y para decirle: Creo, pero aumenta mi fe. Mantén mi esperanza para que vea y obre en todo con sentido sobrenatural. Lléname de tu amor y dame de tu generosidad sin límite para que yo te ame y también ame a todos como Tú me amas.

De muchedumbre se nos habla en la resurrección de la hija de Jairo, de una multitud que apretujaba a Jesús en la curación de la hemorroísa, de una muchedumbre de unos cinco mil hombres en la multiplicación de los panes y de una gran muchedumbre en la curación del muchacho lunático (Lc 8, 40.42; 9,12.37). Buen Jesús, enséñame a amar.

CUARESMA

El cristiano ha empezado a vivir la Cuaresma que es una etapa muy especial, un tiempo fuerte, en el camino hacia el cielo. “Limosna, ayuno y oración” es un lema que se procura vivir cada año, siempre de forma nueva, porque las circunstancias personales cambian, empezando por la edad. Es tiempo de meditar sin cansancio y sin descanso sobre la conversión del alma y sobre el amor de Dios. “Vertir”, verter, es echar, derramar; y las partículas que se añaden, siempre a partir de un cambio personal, que sale y se produce de y en lo más íntimo, llevan a los más diversos conceptos: invertir, convertir, revertir, pervertir. Conversión, tiempo de examen para comprobar las fuerzas, para reparar posibles averías, para revisar los niveles la presión, como se hace con los coches cuando empieza el rigor invernal o los calores del estío. En la Cuaresma se preparan las almas para la Pascua de Resurrección. La gloria nos espera. Está cerca.

“Ahora, pues, -oráculo del Señor- convertíos a Mí de todo corazón, con ayuno, con llanto y con lamento” (Jl 2,12). La Cuaresma es el tiempo de revisar el rumbo de nuestra vida, de mirar dentro del alma, de escuchar atentamente el corazón, recordando que tomar una errónea dirección al principio de la travesía puede llevarnos muy lejos de nuestro destino. “Convertíos a Mí”, dirigíos a Mi, venid a Mi, caminad hacia Mi. Poned en mí todo vuestro corazón; no con parte, ni un poco ni siquiera un poco más que antes: con todo el corazón. Poned en vuestro “santo y seña”: Dios conmigo. Y, ante el esfuerzo de cada día, en las preocupaciones ordinarias, en los disgustos y en las alegrías, sentid que el corazón grita: “Toda la gloria para Ti”.

“Convertíos al Señor, vuestro Dios, porque es clemente y compasivo, lento a la ira y rico en misericordia...” (Jl 2,13). La Cuaresma es el tiempo de examinar el alma con detalle: lo que he hecho bien, lo que he hecho mal, lo que podía haber hecho mejor, lo que no he hecho y debía haber hecho... Con detalle y sin miedo porque la Cuaresma nos confirma en la confianza en Dios que es compasivo, rico en misericordia. Compasivo quiere decir -cum pathos: compartir pasiones, dolores y alegrías- que Dios participa de nuestros sentimientos: alegre con nosotros, en el ánimo para levantarnos y para seguir; junto a nosotros en nuestras tristezas, ayudándonos a superar el desánimo en la enfermedad, en el dolor, en las ofensas. Misericordioso quiere decir -miser, cor- que Dios pone en su corazón nuestras miserias, nuestras deficiencias, nuestras debilidades.

Empezar y seguir el camino de la Cuaresma. Puede ser bueno recordar: “Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros. Sed sobrios y vigilad porque vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos dispersos por el mundo soportan los mismos padecimientos. Y, después de haber sufrido un poco, el Dios de toda gracia, que os ha llamado en Cristo a su eterna gloria, os hará idóneos y so consolidará, os dará fortaleza y estabilidad (1 Pe 5, 7-10)

CUARESMA

El cristiano sabe que la conversión cuaresmal le lleva al examen del alma, de los hechos y de las intenciones, de pequeños obstáculos, de fuertes cadenas que atenazan y de hilos sutiles que impiden el movimiento. Es tiempo de reconocer las propias debilidades y de pedir a Dios luces y fuerzas. No es tiempo sólo de pensar y, menos de lamentarse, sino de ponerse a la tarea y de sonreír y cantar porque Dios está con nosotros.
Si la caridad sin fe es beneficencia y la fe sin obras está muerta (St 2,17), la Cuaresma es tiempo de repensar si hacemos el bien que podemos: enseñar, aconsejar, corregir, perdonar, consolar, sufrir con paciencia, rezar por vivos y muertos; dar, acoger, colaborar, compadecer, socorrer, procurar el olvido y callar oportunamente. Son verbos para conjugar la misericordia con todos los que están a nuestro lado.

La conversión también debe llevar a caer en la cuenta del mal que no debemos hacer. Alguno de los textos que se leen en Cuaresma pueden ayudar: “No robaréis ni mentiréis ni os engañaréis unos a otros. No juréis en falso… No explotarás a tu prójimo… No retendrá el salario del jornalero hasta la mañana siguiente… No maldecirás al sordo ni pondrás tropiezos ante el ciego. No juzgarás injustamente ni por favorecer al pobre ni por honrar al poderoso. Juzgarás con justicia a tu prójimo. No andarás difamando… No guardarás en tu corazón rencor contra tu hermano… No te vengarás… Amarás a tu prójimo como a ti mismo… ” (cf. Lv 19, 11-18).

“La vida del cristiano es hacer todos los días, muchas veces, el papel de hijo pródigo” (San Josemaría, “A solas con Dios”, nº 248). El cristiano, que sabe de sus deficiencias, confía como un niño lo hace en la dulzura de su madre y en el amor de su padre. No podemos desanimarnos en la tarea de la conversión: “¡Oh qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío: que queráis a quien no os quiere, que abráis a quien no os llama, que deis salud a quien gusta de estar enfermo y anda procurando la enfermedad! Vos decís, Señor mío, que venís a buscar a los pecadores. Éstos, Señor, son los verdaderos pecadores” (Santa Teresa de Jesús, “Exclamaciones”, 8).

Y durante la tarea de conversión no callemos al corazón enamorado: “Guárdame, Dios mío, que me refugio en Ti. Yo digo al Señor: Tú eres mi Señor. No tengo otro bien que Tú… Pongo ante mí al Señor sin cesar; con Él a mi derecha no vacilo. Por eso se alegra mi corazón, se goza mi alma, hasta mi carne descansa en la esperanza” (salmo 15)

CUARESMA

En el esforzado camino hacia el cielo, conviene al cristiano tiempos de paseo sosegado en los que iluminar la conciencia y la voluntad oyendo la voz de Jesús. Algunos trechos pueden llevar a meditar sobre estas palabras del Evangelio:

- “Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda” (Mt 5,24). “Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígele a solas tú con él. Si te escucha habrás ganado a tu hermano” (Mt 18,15). “Y si peca siete veces al día contra ti, y siete veces vuelve a ti, diciendo: me arrepiento, le perdonarás” (Lc 17,3-4). “Y cuando os pongais de pie para orar, perdonad si tenéis algo contra alguno, a fin de que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone vuestros pecados” (Mc 11,25). ¿Guardo rencor? ¿Perdono? ¿Pido perdón?

- “Si alguien golpea tu mejilla derecha, preséntale también la otra… A quien te fuerce a andar una milla, vete con él dos. A quien te pida, dale, y no rehúyas al que quiera de ti algo prestado” (Mt 5,39.41) “Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos” (Mt 7,12). “No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante, porque con la misma medida con que midáis se os medirá” (Lc 6, 37-38). ¿Critico? ¿Murmuro?

- “Y al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles, que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados. Así pues, no seáis como ellos, porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis. Vosotros, en cambio, orad así: Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra; danos hoy nuestro pan cotidiano; y perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos pongas en tentación, sino líbranos del Malo” (Mt 6,7-15). ¿Rezo?

Acaba así el paseo con Jesús: “Recontaré mis ovejas y las recogeré de todos los lugares en que se dispersaron en día de niebla y oscuridad… Buscaré la perdida, haré volver a la descarriada, a la que esté herida la vendaré, y curaré a la enferma. Tendré cuidado de la bien nutrida y de la fuerte. Las pastorearé con rectitud” (Ez 34,12.16). “Os daré un corazón nuevo y pondré en vuestro interior un espíritu nuevo. Arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne” (Ez 36, 26)

CUARESMA

Domingo cuarto de Cuaresma. Domingo “Laetare”, como un breve receso en tiempos de penitencia, de sacrificios. La Iglesia, madre, procura a sus hijos esa caricia de esperanza cuando ya se ve la luz de la Pascua. Tiempo para meditar pasajes de alegría:

“¿Quién de vosotros si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo, sale en busca de la que se perdió hasta encontrarla?... Os digo que, del mismo modo, habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión” (Lc 15, 4-7). Debemos saborear la parábola: el cielo se alegra, Dios, la Virgen María, los santos, los ángeles, se alegran de nuestra conversión. ¡Ánimo!

“¿O qué mujer, si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una luz y barre la casa y busca cuidadosamente hasta encontrarla?... Así os digo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente” (Lc 15, 8-10). El arrepentimiento y el propósito de procurar no volver a caer son causa de esa alegría: ¡puedo alegrar a los ángeles!

“Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos le dijo a su padre: Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde. Y les repartió los bienes… Cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos… El hijo mayor… se indignó y no quería entrar, pero su padre salió a convencerle… había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano… estaba perdido y ha sido encontrado” (Lc 15, 11-32). No nos deja acabar: Dios sale a buscarnos, Dios nos abraza y nos besa. Hay fiesta en el cielo.

“Como mi Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor… Os he dicho esto para mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa. Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,9-12). “Os volveré a ver y se os alegrará el corazón, y nadie os quitará vuestra alegría… Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis para que vuestra alegría sea completa” (Jn 16,22 y 24). Este es el plan de nuestra vida. Con Jesús, por Jesús, para Jesús. Con la alegría del amor de Dios.

“Volvieron los setenta y dos llenos de alegría… Él les dijo: - Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo… Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo” (Lc 10,16,17-18 y 20). Enviados por el Padre, llenos del Espíritu Santo, acompañados de Jesús.

“- Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa”. Bajó rápido y lo recibió con alegría (Lc 19,6). Dios en mi casa, en mi alma, en mi quehacer de cada día.

“Ellas partieron al instante del sepulcro con temor y una gran alegría, y corrieron a dar la noticia a los discípulos. De pronto Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se acercaron, abrazaron sus pies y le adoraron” (Mt 28, 5-6. 8-9). Así de sencillo. Jesús nos sale al encuentro y lo amamos aún más.

CUARESMA

El cristiano vive con intensidad el camino a Jerusalén en los días previos a la Pasión y Muerte de Jesús. Es tiempo de participar con los personajes, de pensar en sus palabras, de situar nuestro “yo” en esa historia que es mi vida y para decidir qué debo hacer.

“Cuando subía Jesús camino de Jerusalén tomó aparte a sus doce discípulos y les dijo: - Mirad, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles para burlarse de él y azotarlo y crucificarlo, pero al tercer día resucitará. Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró ante él para hacerle una petición. Él preguntó: -¿Qué quieres?. Ella le dijo: - Di que estos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Jesús respondió: - No sabéis lo que pedís ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? -podemos- le dijeron. Él añadió: -Beberéis mi cáliz; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto por mi Padre. Al oír esto, los diez se indignaron contra los dos hermanos…” (Mt 20, 17-24). Jesús avisa de su Pasión y de su Muerte. No importa. Algunos, nosotros, yo, preguntamos: ¿y de lo mío qué?

“Entonces se reunieron los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo en el palacio del sumo sacerdote, que se llamaba Caifás, y acordaron apoderarse de Jesús con engaño y darle muerte” (Mt 26, 3-4). “Entonces uno de los doce, el que se llamaba Judas Iscariote, fue donde los príncipes de los sacerdotes a decirles: - ¿Qué me queréis dar a cambio de que os lo entregue? Ellos le ofrecieron treinta monedas de plata. Desde entonces buscaba la ocasión propicia para entregárselo” (Mt 26, 14-16). Jesús va a sufrir, va a morir en la cruz. No importa. Algunos, nosotros, yo, nos justificamos: en nuestros olvidos de Dios, en despreciarlo, en corregir su voluntad; en la crítica a Dios.

Después de recitar el himno, salieron hacia el Monte de los Olivos. Entonces les dijo Jesús: -Todos vosotros os escandalizaréis esta noche por mi causa… Pedro le respondió: - Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo nunca me escandalizaré. Jesús le replicó: -En verdad te dio que esta misma noche, antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces. Todos los discípulos dijeron lo mismo” (Mt 26, 30, 31, 33-35). Algunos, nosotros, yo, creemos que no tenemos nada reprochable, que no fallamos en el amor a Dios y a los otros por Él; que ya es bastante hacer lo que hacemos.

“Todavía estaba hablando, cuando llegó Judas, uno de los doce, acompañado de un gran tropel de gente con espadas y palos, enviados por los príncipes de los sacerdotes y por los ancianos del pueblo. El que le entregó les había dado esta señal: Al que yo bese, ése es, prendedlo. Y enseguida se acercó a Jesús y le dijo: -Salve, Rabbí- y le besó… Entones, todos los discípulos huyeron” ((Mt 26, 47-49 y 56). Algunos, nosotros, yo, tenemos fácil recordar ocasiones en que nos hemos enfrentado a Dios, en que lo hemos dejado a un lado, en el que lo hemos besado en plena traición. Y Él nos ama. Siempre.

SEMANA SANTA

El cristiano vive la Semana Santa con la pena del doloroso recuerdo de la Pasión y con la alegría de la Resurrección. Aunque el ambiente pudiera ser poco propicio, el corazón que ama sabe encontrar la forma y los medios para pensar en la persona amada, en el Dios que nos sostiene, nos acompaña y nos espera. Y así se vive lo que ocurrió.

Hay que contrastar los ambientes el de entonces y en el que estamos. Se puede empezar recordando personajes y situándonos entre ellos y participando en lo que se dice, callando o dejando hablar a nuestro corazón: “Así que cuando ellos se reunieron, les dijo Pilato: - ¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás o a Jesús, el llamado Cristo? - pues sabía que le habían entregado por envidia. Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer mandó decirle: - No te mezcles en el asunto de ese justo; porque hoy en sueños he sufrido mucho por su causa. Pero los príncipes de los sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud para que pidiese a Barrabás e hiciese morir a Jesús. El procurador les preguntó: - A quien de los dos queréis que os suelte? - A Barrabás - respondieron ellos. Pilatos les dijo: - ¿Y entonces qué voy a hacer con Jesús, el llamado Cristo? Todos contestaron: - ¡Que lo crucifiquen!” (Mt 27, 17-22)

Hay que contrastar nuestro frecuente proceder con los hechos que se produjeron: “Pilato convocó a los príncipes de los sacerdotes, a los magistrados y al pueblo, y les dijo: - Me habéis presentado a este hombre como alborotador del pueblo. Mirad: yo le he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ningún delito de los que le acusáis; ni tampoco Herodes, porque nos lo ha devuelto; por tanto, nada ha hecho que merezca la muerte. Así que, después de castigarle, lo soltaré… De nuevo Pilato les habló queriendo poner en libertad a Jesús. Pero ellos continuaban gritando. -¡Crucifícalo, crucifícalo! No obstante, por tercera vez, él les dijo: - ¿Y qué mal ha hecho éste? No encuentro en él ningún delito de muerte; por tanto, después de castigarle, lo soltaré. Pero ellos insistían a grandes voces pidiendo que lo crucificaran… y a Jesús lo entregó a la voluntad de ellos” (Lc 23,13-16, 20-23 y 25)

Y hay que buscar fuerzas para detenerse a meditar lo que somos capaces de hacer. “Los soldados lo condujeron dentro del patio, es decir, el pretorio, y convocaron a toda la cohorte. Lo vistieron de púrpura y le pusieron una corona de espinas que habían trenzado. Y comenzaron a saludarle: -Salve, Rey de los Judíos. Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían hincando las rodillas se postraban ante él. Después de reírse de él, le despojaron de la púrpura y le colocaron sus vestiduras. Entonces lo sacaron para crucificarlo (Mc 15, 16-20)

Y las siete palabras: Perdónales porque no saben lo que hacen (Lc 23,34) … Hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc 23,43) … Ahí tienes a tu madre (Jn 19,27) … Tengo sed (Jn 19,28) … Dios mío ¿por qué me has abandonado? (Mt 27,46) ... Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23,46) … Todo está consumado (Jn 19,30)

PASCUA DE RESURRECCIÓN

¡Aleluya! ¡Ha resucitado! Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe (1Co 15,17). En la Pascua de Resurrección, el cristiano vive una alegría de persona joven: la risa franca y sincera de los que han visto realizada su ilusión y su corazón está lleno de nuevas metas y tiene ánimo para procurar alcanzarlas.

“Pasado el sábado, María Magdalena y María la de Santiago y Salomé, compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y, muy de mañana, al día siguiente del sábado, llegaron al sepulcro cuando ya estaba saliendo el sol. Y se decían unas a otras: - ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada al sepulcro? Y al mirar vieron que la piedra había sido removida, a pesar de que era muy grande. Entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, y se quedaron muy asustadas. Él les dice: -No os asustéis; buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar donde lo colocaron. Pero marcharos y decid a sus discípulos y a Pedro que él va delante de vosotros a Galilea: allí le veréis, como os dijo” (Mc 16,1-7)

“Ellas partieron al instante del sepulcro con gran temor y una gran alegría, y corrieron a dar la noticia a los discípulos. De pronto Jesús le salió al encuentro y las saludó. Ellas se acercaron, abrazaron sus pies y le adoraron” (Mt 28,8-9)

“Entonces ellas se acordaron de sus palabras. Y al regresar del sepulcro anunciaron todo esto a los once y a todos los demás. Eran María Magdalena, Juana, María la de Santiago; también las otras que estaban con ellas contaban estas cosas a los apóstoles. Y les pareció como un desvarío lo que contaban y no les creían” (Lc 24,8-11)

“Salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y legó antes al sepulcro. Se inclinó y vio allí los lienzos plegados, pero no entró. Llegó tras él Simón Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos plegados, y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no plegado junto con los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en un sitio. Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó. No entendían aún la Escritura según la cual era preciso que resucitara de entre los muertos. Y los discípulos se marcharon de nuevo a casa” (Jn 20,3-10)

“María estaba fuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y vio a dos ángeles de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies, donde había sido colocado el cuerpo de Jesús. Ellos dijeron: -Mujer, ¿por qué lloras? -Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto -les respondió. Dicho esto se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dijo Jesús: -Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella pensando que era el hortelano, le dijo: -Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré. Jesús le dijo: -¡María! Ella volviéndose, exclamó en hebreo: -Rabbuni! – que quiere decir maestro (Jn 20,11-16)

PASCUA DE RESURRECCIÓN

El camino de la Pascua de Resurrección hasta la Pentecostés lo recorre el cristiano entre canciones del corazón y alborozo en el alma, aunque la vida ordinaria, el quehacer de cada día, no cambie. Lo bueno de cada día es motivo de acción de gracias, lo que parece indiferente es motivo para sentir cerca a Jesús que camina a nuestro lado y el dolor, la pena, permiten hacer más íntimo nuestro diálogo con Dios: Señor, que lo lleve bien, que pueda, que no me desanime, que no deje de ser amable y comprensivo. Y así se viven pasajes evangélicos inolvidables:

- “Tomás, uno de los doce, llamado dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: - ¡Hemos visto al Señor! Pero él les respondió: - Si no le veo en las manos la marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré. A los ochos días, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomas con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo: - La paz esté con vosotros. Después le dijo a Tomás: - Trae aquí tu dedo y mira mis manos, trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente. Respondió Tomás y le dijo: - ¡Señor mío y Dios mío! Jesús contestó: - Porque has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído” (Jn 20, 24-29). La meditación va desde nuestra desconfianza, nuestro vivir sin pensar que Dios está a nuestro lado en todo momento, nuestra frialdad ante el Sagrario o al comulgar cuando el cuerpo se llena de Dios -inundado- y -sumido- se mete en Dios; hasta nuestro olvido de las palabras de Jesús: ¡Bienaventurados los que sin haber vistió han creído!

- “… Salieron y subieron a la barca. Pero aquella noche no pescaron nada. Cuando ya amaneció, se presentó Jesús en la orilla, pero sus discípulos no se dieron cuenta de que era Jesús. Les dijo Jesús: - Muchachos, ¿tenéis algo que comer? – No -le contestaron. Él les dijo: - Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. La echaron y casi no eran capaces de sacarla por la gran cantidad de peces. Aquel discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: - ¡Es el Señor! Al oír Simón Pedro que era el Señor se ató la túnica, porque estaba desnudo, y se echó al mar. Los otros discípulos vinieron en la barca, pues no estaban lejos de tierra, sino a unos doscientos codos, arrastrando la red con los peces” (Jn 21, 3-8). ¡Es el Señor! Es un grito del alma que debería despertarnos cada poco para que salgamos de la rutina, para que abandonemos el “yo”, para que deje de ser centro de nuestros de intereses, de nuestros deseos. Para que veamos al Señor en todos “los otros”

- “Cuando descendieron a tierra vieron unas brasas preparadas, un pez encima y pan. Jesús les dijo: - Traed algunos de los peces que habéis pescado ahora. Subió Simón Pedro y sacó a tierra la red llena de ciento cincuenta y tres peces grandes. Y a pesar de ser tantos no se rompió la red. Jesús les dijo: - Venid a comer. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: “¿Tú quién eres?”, pues sabían que era el Señor” (Jn 21, 9-12). Hoy, ahora: sabemos que está Jesús a nuestro lado y no le decimos nada.

PASCUA DE RESURRECCIÓN

¡Pascua de Resurrección! Tiempo de vivir con intensidad las virtudes teologales: la fe porque es “fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven” (Hb 11,1); la esperanza que es “un poderoso consuelo… un ancla segura y firme de nuestra vida y que entra hasta el interior” (Hb 6,19); y “el camino más excelente”: porque “la caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. La caridad nunca se acaba…” (1 Co 13,4-8). No hay mejor guía para el camino hacia el cielo. Los hay que llevan ese texto muy cerca, que lo repasan frecuentemente, que hacen con él su examen de conciencia, más de una vez cada día.

El cristiano sabe que Jesús es el Hijo de Dios y que está realmente en el Sagrario y que lo recibe en la comunión sacramental -lleno de Dios, sumido en su divinidad- y que lo toca con el corazón cuando lo desea en la comunión espiritual, como le ocurre al enamorado al pensar en la persona amada. Y se siente dichoso al vivir esta cercanía.

No tuvieron más cercanía de Jesús que nosotros ni fue más real la de aquellos discípulos. Fue el mismo día de la Resurrección. “Ese mismo día, dos de ellos, se dirigían a una aldea llamada Emaús, que distaba de Jerusalén sesenta estadios. Iban conversando entre sí de todo lo que había acontecido” (Lc 24, 13-14). Metiéndonos en esos personajes podemos pensar de qué iríamos conversando: de aquel día, de aquel momento en que Jesús nos miró y de las palabras de su llamada a seguirle; de lo que en ese instante sentimos (dejándolo todo lo siguieron, Juan, Santiago, Mateo…), de lo que ha sentido nuestro corazón en tantas ocasiones cuando notamos su mirada, cuando nos llegan sus palabras, cuando vemos lo que hace. ¿Se atreverían los discípulos, nos atreveríamos nosotros, a conversar sobre el abandono (todos lo abandonaron) en Getsemani, durante la noche, en la flagelación, en la condena, en el Calvario?

“Y mientras comentaban y discutían, el propio Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos, aunque sus ojos eran incapaces de reconocerle. Y les dijo: - ¿De qué veníais hablando entre vosotros por el camino? Y se detuvieron entristecidos. Uno de ellos que se llamaba Cleofás le respondió: - ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días? Él les dijo: - ¿Qué ha pasado?” (Jn 24, 15-19). Comentando y discutiendo, sin fe ni esperanza, estaban tan en su mundo que ni siquiera pudieron reconocer a Jesús con el que habían pasado tantos días. Entristecidos ¿por el “fracaso del proyecto” que ellos habían soñado? Hasta llegar a decirle a Jesús ¿eres tú el único forastero? ¡Al crucificado! Cada uno podemos preguntarnos: ¿Y yo qué? Pero hemos de acabar como el pasaje: Volvieron a Jerusalén, los once reunidos les decían: “El Señor ha resucitado realmente y se ha aparecido a Simón”. Y ellos, nosotros, nos ponemos a contar lo que nos ha pasado en el camino: ¡hemos reconocido a Jesús!

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Los cristianos viven la Pascua de Resurrección sin ahogar su alegría en las persecuciones que sufre la Iglesia, que sufren los creyentes, que se producen en todo lugar y de todas formas. Nada es nuevo. Acababa de producirse la curación del cojo de nacimiento que pedía limosna en la puerta del Templo llamada Hermosa, cuando se presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos, molestos porque enseñaban al pueblo y anunciaban en Jesús la resurrección de los muertos. Les prendieron y metieron en la cárcel hasta el día siguiente, porque ya había anochecido…” (Hech 3, 1-2 y 4 1-2). De nuevo prendieron a los apóstoles y los metieron en la prisión pública (Hech 5,18), les interrogaron y querían matarlos (Hech 5,33) y, después de las palabras del fariseo Gamaliel (Hech 5, 34-39), “llamaron a los apóstoles, los azotaron, les ordenaron no hablar en el nombre de Jesús y los soltaron”. Ellos salían gozosos de la presencia del Sanedrín, porque habían sido dignos de ser ultrajados a causa del Nombre” (Hech. 5,40-41). Después del martirio de san Esteban (Hech 7,54-61), “se desató una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén y todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria” (Hech 8, 1)

La fe sostenida secularmente, a pesar de la debilidad y de los errores de los propios fieles, de las acometidas de otros, sigue siendo “fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven” (Heb 11,1). Por eso podemos decir con Benedicto XVI, antes de ser papa: “Creo que, a pesar de todas las crisis por las que atraviesa la Iglesia, deberíamos tener presente este milagro: el hecho de que siga habiendo gente, cada vez más, que se acerca a Él y que está con Él. Creo que también es milagroso que, en nuestro país, haya reuniones, sin que les paguen ni les obliguen a ello, domingo tras domingo, para estar junto a Él. ¿Qué atracción terrenal sería capaz de algo semejante? Él cumple su palabra y estamos viendo, desde hace siglos, cómo llegan gentes de todos los lugares de la tierra” (J. Ratzinger, Homilía en la iglesia de St. Johannes de Pentling, el día 24 de agosto de 1986). Vivimos el cumplimiento de la promesa: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20)

El cristiano repasa una y otra vez el Evangelio y encuentra pasajes para trasladar lo meditado a la propia vida: “Y le preguntó por tercera vez: - Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez: “¿Me quieres?”, y le respondió: - Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero” (Jn 21,17). Ese será el tema cuando al atardecer de la vida se nos examine en el amor. Y así es la evaluación continua de cada día. Y esa es la jaculatoria que hemos de repetir: Tú sabes que te amo.

PASCUA DE RESURRECCIÓN

El cristiano debe tener los pies en el suelo y la vista en las cosas de arriba. Es un viador, un peregrino que pasa una mala noche en una mala posada, pero que sabe que merece la pena. “Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos; ni se detiene en el camino de los pecadores, ni toma asiento con los farsantes, sino que se complace en la ley del Señor, y noche y día medita su ley. Será como árbol plantado al borde de la acequia, que da fruto a su tiempo, y que no se marchitan sus hojas: cuanto hace prospera. No así los impíos, no así. Son como polvo que dispersa el viento…” (salmo 1, 1-4). En el recuerdo: “Se cuidan a sí mismos; son nubes sin agua zarandeadas por los vientos, árboles de otoño sin fruto, dos veces muertos y arrancados de raíz; olas bravías del mar que echan la espuma de sus torpezas; astros errantes a los que está reservado para siempre la oscuridad tenebrosa” (Jds 12,12-13)

Durante el día, que es la jornada de toda nuestra vida, el cristiano canta: “El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes prados me hace reposar; hacia aguas tranquilas me guía; reconforta mi alma, me conduce por sendas rectas por honor de su Nombre. Aunque camine por valles oscuros no temo ningún mal, porque Tú estás conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan… Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida; y habitaré en la Casa del Señor por años sin término” (salmo 23, 1-4 y 6). En el recuerdo: “Buscaré a la perdida, haré volver a la descarriada, a la que esté herida la vendaré, y curaré a la enferma. Tendré cuidado de la bien nutrida y de la fuerte. Las pastorearé con rectitud” (Ez 34, 16)

Y durante la noche el cristiano escucha y aprende el alma: “Yo bendigo al Señor, que me aconseja; hasta de noche mi corazón me instruye. Pongo ante mí al Señor sin cesar; con Él a mi derecha, no vacilo. Por eso se alegra mi corazón, se goza mi alma, hasta mi carne descansa en la esperanza… Me enseñas el sendero de la vida, me llenas de gozo en tu presencia, de alegría perpetua en tu presencia” (salmo 16, 7-9 y 11). En el recuerdo: “Dichoso el hombre que tiene su auxilio en Ti, y en su corazón decide peregrinar. Ellos al pasar por el valle del llanto, lo convierten en un manantial, la lluvia temprana lo cubre de bendiciones. Caminan con fuerzas renovadas…” (salmo 84, 6-8)

Pascua de Resurrección. Tiempo de alegría y de esperanza. Tiempo de conversión y de volver al camino. Y en el recuerdo: “Jesús se incorporó y le dijo: Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado? - Ninguno Señor -respondió ella. Le dijo Jesús: -Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más” (Jn 8, 10-11). Y también. “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Cada uno, con nuestro nombre, somos el asunto serio de Dios: “… para que donde yo estoy, estéis también vosotros... Ya sabéis el camino” (Jn 14, 3-4). Nunc coepi! (¡Ahora empiezo!).

PASCUA DE RESURRECCIÓN

En la Pascua de Resurrección el cristiano vive “el paso del Señor” como una manifestación del amor de Dios que se ha hecho como nosotros y que permanece con nosotros en la Eucaristía. Como “Dios es amor” (1 Jn 4, 8 y 16), los misterios divinos son misterios de amor: desde la Santísima Trinidad (Jn 15,26) a la Encarnación (Lc 1,35-37), a la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús (Jn 15, 13), a la Eucaristía (Jn 6, 48-51), a la venida del Espíritu Santo, “para que esté con vosotros siempre” (Jn 14,16). Porque de amor y en el amor de Dios vivimos, los cristianos recordamos en la Pascua, en los días previos a la Ascensión, aquel examen de amor que pasó san Pedro, después de la segunda pesca milagrosa en el mar de Tiberíades:

“Cuando acabaron de comer, le dijo Jesús a Simón Pedro: - “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Le respondió: - “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Le dijo: - “Apacienta mis corderos”. Volvió a preguntarle por segunda vez: - “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Le respondió: - “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Le dijo: - “Pastorea mis ovejas”. Le preguntó por tercera vez: - “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?”, y le respondió: - “Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero”. Le dijo Jesús: - “Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad, te digo: cuando eras más joven te ceñías tú mismo y te ibas adonde querías; pero cuando envejezcas extenderás tus manos y otro te ceñirá y llevará a donde no quieras” – esto lo dijo indicando con qué muerte había de glorificar a Dios. Y, dicho esto, añadió: - “Sígueme” (Jn 21,15-19)

“A la tarde nos examinarán en el amor” (San Juan de la Cruz), pero para ese examen el cristiano se prepara cada día en una competición consigo mismo para darse, a Dios y a los otros, más y mejor. Porque “amar es darse, por entero, para siempre y sin condiciones”. En la encíclica “Deus caritas est” (números 3 a11) se contiene una excelente lección sobre la diferencia entre “eros”, “fileos” y “agape” (griego); entre “amare”, “diligere” y “velle” (latín). Dios nos da amor y nos pide amor: “Como yo os he amado, amaos también unos a otros” (Jn 13, 34).

A veces buscamos un contraste humano para que nuestro amor sea del verdadero: “Me dices que sí, que quieres. – Bien, pero ¿quieres como un avaro quiere su oro, como una madre quiere a su hijo, como un ambicioso quiere los honores o como un pobrecito sensual su placer? - ¿No? – Entonces no quieres” (Camino 316). Y, cuando ya no encontremos palabras para expresar lo que es el amor de Dios que nos inunda y se derrama en el amor a los otros, empleemos la belleza de la sencillez: “¡No hay más amor que el Amor!” (Camino, 417)

LA ASCENSIÓN

El cristiano vive la alegría de la Ascensión de Jesús Resucitado al cielo. No puede olvidar sus palabras: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros.” (Jn 14, 1-3). Y sigue: “Os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros” (Jn 16,7). Y más: “Así pues, también vosotros ahora os entristecéis, pero os volverá a ver y se os alegrará el corazón y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16,22). Nadie nos quitará la alegría del corazón. La alegría de Dios en el alma. Scio enim cui credidi: Yo sé en quien he confiado (2 Tm,12). Fidelis enim est qui repromisit: Fiel es el que hizo la promesa (Heb 10,23). Dios es fiel.

Todo el portento ocurrió sencillamente, la gloria es así, la simplicidad de la divinidad. Marcos dice: “El Señor, después de hablarles, se elevó al cielo y está sentado a la derecha de Dios” (Mc 16,19). Lucas: ”… y levantando las manos sus manos los bendijo. Y mientras los bendecía, se alejó de ellos y comenzó a elevarse al cielo” (Lc 24,51). La despedida que llena de esperanza y de alegría está en Mateo: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Estaré con vosotros hasta el fin del mundo: hoy, aquí, ahora, en este momento estoy con Dios. Y tú. Todos.

Porque creemos en Dios y sabemos que Dios es fiel, debemos repetir con alegría, incluso en las adversidades, en la traición del amigo, en las enfermedades, incluso en el sufrimiento: Deus pro nobis, quis contra nos? “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rm 8,31). Y sigue: “¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada?... ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8, 35 y 37-39). Ser cristiano es ser débil, es fallar a menudo en el amor, pero es también vida que cree en el Amor, vida de esperanza que anima a levantarse y seguir.

“A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María” (Camino nº 495). Se acaba mayo, el mes dedicado a nuestra Madre. Cada día le hemos regalado un detalle de amor. Es tiempo de comprometernos a seguir junto a Ella, siempre: “En los peligros, en las angustias, en las dudas, invoca a María. No se aparte su nombre de tus labios ni de tu corazón; y si quieres que Ella ruegue por ti, procura imitar sus ejemplos. Siguiéndola no te desvías; rogándole, no desesperas; contemplándola, no yerras. Si ella te protege, no temas, con su apoyo no caerás; si Ella te guía, no te cansarás; si Ella te es propicia, llegarás finalmente al puerto” (san Bernardo, ser. “Missus est”)

PENTECOSTÉS

¡Feliz Pentecostés! Celebrando que el Espíritu Santo ha venido y está con todos, el cristiano vive, así, con pleno sentido lo que, a veces, es expresión rutinaria: ¡Felices Pascuas! El Espíritu Santo “estuvo” en la Navidad, en la Encarnación: el ángel le dijo a María: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti” (Lc 1,35); un ángel se apareció en sueños a san José y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo” (Mt 1,20). Y Jesús, próximo ya el tiempo de su Pasión, Muerte y Resurrección, también dijo: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito que esté con vosotros siempre (Jn 14,15) y “os conviene que me vaya, porque si no me voy, el paráclito no vendrá a vosotros” (Jn 16,7).

De Pentecostés tenemos noticia también por lo que escribió san Lucas: “Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos justos en un mismo lugar. Y de repente sobrevino del cielo un ruido como de un viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa en la que se hallaban. Entonces se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían y se posaban sobre cada uno de ellos. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les hacía expresarse” (Hech 2,1-4).

Conviene recodar también lo que escribió san Pablo: “… los frutos del Espíritu son: la caridad, el gozo, la paz, la longanimidad, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre, la continencia” (Ga 5, 22-23), que, tradicionalmente, en la catequesis cristiana, son doce: amor, alegría, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia y castidad (CIC nº 1832). Y también: “Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo” (Rm 8,16-17). Y más: también el Espíritu acude en ayuda de nuestra flaqueza: porque no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo Espíritu intercede” (Rm 8,26)

Y no se puede acabar tanto recuerdo histórico sin cantar y meditar la Secuencia: “Ven, Espíritu divino, / manda tu luz desde el cielo. / Padre amoroso del pobre: / don, en tus dones espléndido; / luz que penetra en las almas; / fuente del mayor consuelo. / Ven, dulce huésped del alma, / descanso de nuestro esfuerzo, / tregua en el duro trabajo, / brisa en las horas de fuego, / gozo que enjuga las lágrimas / y reconforta en los duelos. / Entra hasta el fondo del alma, / divina luz y enriquécenos. / Mira el vacío del hombre, / si tú le faltas por dentro; / mira el poder del pecado, / cuando no envías tu aliento. / Riega la tierra en sequía, / sana el corazón enfermo, / lava las manchas, infunde / calor de vida en el hielo, / doma el espíritu indómito, / guía al que tuerce el sendero. / Reparte tus siete dones, / según la fe de tus siervos; / por tu bondad y tu gracia, / dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse; / y danos tu gozo eterno.”

SANTÍSIMA TRINIDAD

Si la solemnidad de la Santísima Trinidad es como la corona de las fiestas pascuales que han pasado, el Tiempo Ordinario que empieza después de Pentecostés regala ánimo y esperanza a los cristianos con las sucesivas celebraciones del Cuerpo y Sangre de Cristo y del Sagrado Corazón de Jesús, el tercer viernes después de Pentecostés. Es como un acompañamiento espiritual en el camino de la lanza que atravesó el costado de Jesús ya muerto en la Cruz, hendiendo la carne del Hijo de Dios, haciendo salir sangre y agua (Jn 19,34), y llegando hasta el Corazón, donde late el amor del Amor. Amor trinitario desde siempre y para siempre. Amor que genera amor, amor que inunda los corazones y se derrama dando amor, poniendo amor donde no había amor. Cristianismo es amar.

El cristiano saborea las palabras cuando medita textos de los Evangelios y construyendo camino en la mente, sigue al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, adorando a un solo Dios: “ut unum Deum in Trinitate et Trinitatem in Unitate veneremur” (que veneremos a un solo Dios en la trinidad y a la Trinidad en la Unidad), como proclamamos en el llamado “símbolo atanasiano”. Y añadimos: “Et in hac Trinitate nihil prius aut posterius, nihil maius aut minus: sed totae tres personae coaeternae sibi sunt et coaequales” (Y en esta Trinidad nada hay anterior o posterior, nada mayor o menor, pues las tres Personas son coeternas e iguales entre sí).

“En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios ... Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad… Pues de su plenitud todos hemos recibido, y gracia por gracia” (Jn 1, 1, 14, 16). Y seguimos: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso será llamado Hijo de Dios” (Lc 1,35). Y más: “Inmediatamente después de ser bautizado, Jesús salió del agua; y entonces se le abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre Él. Y una voz desde los cielos dijo: - Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido” (Mt 3,16-17). Y, así, con toda el alma y con todo el corazón, repetimos: “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén”

Y, lleno el espíritu de gozo, recordamos las palabras de Pablo: “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?... ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro o la espada?... Estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor, nuestro” (Rm 8, 31-35 y 38-39)

CORPUS CHRISTI

La fe es un don de Dios y Dios concede ese don a todos los seres humanos que, en su libertad, pueden no acogerlo, acogerlo y abandonarlo o comprometerse y procurar ajustar su vida a ese compromiso, con dudas, con sombras, con desánimos, pero pidiendo siempre la ayuda de Dios. “Dios mío, confío en Ti” (salmo 90).

En la historia del ser humano está el testimonio continuado de su creencia en la existencia de una divinidad poderosa. De los tiempos primitivos a los tiempos actuales, la fe sigue siendo una referencia individual que se vive, aunque sea para negar o para combatir su existencia. El cristiano vive de la fe. En la carta a los Hebreos (11) se nos da una interesante noticia de la fe en la historia. A partir de la frase: “La fe es el fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven”, empieza la relación: “Por ella los antepasados han recibido un testimonio. Por la fe sabemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de modo que las cosas visibles llegaron a la existencia a partir de lo invisible. Por la fe, Abel… Henoc… Noé… Abrahán…Isaac y Jacob… Moisés… Rahab. Y luego: Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los Profetas que, por la fe, … “fueron apedreados, aserrados, muertos a espada, anduvieron errantes, cubiertos con pieles de oveja y de cabra, necesitados, atribulados y maltratados… perdidos por el desierto y montes, cuevas y cavernas”. Pero no obtuvieron la promesa. “Dios había previsto algo mejor para nosotros” (Hb 11,40)

El cristiano cree en Dios, que es amor; cree en la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios; cree que Dios, es Padre y Creador del cielo y de la tierra; cree en Jesucristo, el Hijo, que por amor se hizo hombre, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y que nació de Santa María Virgen, que padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado y que al tercer día resucitó y subió al cielo y que vendrá a juzgar a vivos y muertos; cree en el Espíritu Santo; cree en la Iglesia católica, en la comunión de los santos, el perdón de los pecados; cree en la resurrección y en la vida eterna.

El Corpus Christi, es la fiesta solemne del Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor, fiesta de fe y de amor que nos afirma en la esperanza. Dijo Jesús: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre” (Jn 6,51); “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6,54-56). Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: - Tomad, esto es mi cuerpo. Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron. Y les dijo: - Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por muchos” (Mc 14, 22-24)

TIEMPO ORDINARIO

Terminadas las Pascuas y las solemnidades, el cristiano retoma el Tiempo Ordinario con la alegría del que se sabe hijo de Dios y heredero del cielo (cf. Rm 8,17). Es tiempo de poner en acción los propósitos de los tiempos fuertes litúrgicos. Es tiempo de revisar la orientación de nuestra vida porque un error en el rumbo marcado al empezar la navegación puede llevar muy lejos del destino deseado. Una buena guía es la mejor ayuda. Y, estar atentos siempre para rectificar la intención: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 6,1).

“Cuando oréis no seáis como los hipócritas… para exhibirse delante de los hombres... Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. Y al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles, que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados. Así pues, no seáis como ellos, porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis Vosotros, en cambio, rezad así: Padre nuestro que están en el cielo/ santificado sea tu Nombre;/ venga tu Reino;/ hágase tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra;/ danos hoy nuestro pan cotidiano; y perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos pongas en tentación, sino líbranos del Malo” (Mt 6, 5-13)

“… Yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos y pecadores” (Mt 5,44-45). “Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda” (Mt 5, 23-24).

“Buscad primero el Reino de Dios y su justicia. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana trae su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6, 34). “Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre. ¿Quién de entre vosotros si su hijo le pide un pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan? (Mt 7, 7-10)

“No juzguéis para no ser juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis se os juzgará, y con la medida con que midáis se os medirá” (Mt 7, 1-2). Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos” (Mt 7,12)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano busca avanzar en el amor a Dios. Cada día, todos los días; todos los medios, cualquier medio, sirven para buscar a Dios, encontrar a Dios, tratar a Dios y amar a Dios. Hay circunstancias que propician el repaso de textos bíblicos que sirven de base para meditar, sobre el amor de Dios y nuestra correspondencia. Así: “Sin embargo, Yo te había plantado de viña selecta, toda ella de pura cepa. ¿cómo es que te me mudaste en sarmientos de vid bastarda?” (Jer 2,21). En Ezequiel, en la alegoría de las dos águilas (Ez 17,7-10), se alude a la viña que había sido plantada en tierra buena junto a aguas abundantes, pero que de la que el Señor se pregunta si podrá prosperar: “Cuando la alcance el viento ardiente, ¿no se agostará y se secará en los mismos surcos donde había brotado?; y más adelante (Ez 19, 10-14), se lee la elegía de la viña “plantada junto al agua, que era fértil y frondosa por la abundancia de agua”, que fue arrancada y “plantada en el desierto, en una tierra desolada y sedienta. De sus ramas ha brotado fuego y ha consumido sus sarmientos y su fruto”.

Del amor de Dios y de nuestra respuesta trata la canción de la viña (Is 5, 1-7): “Mi amado tenía una viña en una loma fértil. La cercó de una zanja y la limpió de piedras, la plantó de cepas selectas, construyó en medio una torre, y excavó un lagar. Esperó a que diera uvas, pero dio agraces… ¿Qué más pude hacer por mi viña, que no lo hiciera? ¿Por qué esperaba que diera uvas y dio agraces? Pues ahora os daré a conocer lo que voy a hacer con mi viña: arrancaré su seto para que sirva de leña; derribaré su cerca para que la pisoteen; la haré un erial, no la podarán ni la labrarán, crecerán cardos y zarzas, y mandaré a las nubes que descarguen lluvia en ella”. El texto termina así: “Esperaba juicio y encontró perjuicios, justicia y encontró congoja”.

No es posible permanecer impasible cuando estamos junto a Dios que es Amor, que es Padre, que cuida de nosotros, que nos mira y nos dice: ¿qué más pude hacer que no lo hiciera? Sólo podemos pedir fuerzas al Espíritu Santo y empezar a recitar: “Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales y celestiales, ya que él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia por amor…”

La mañana y la noche, cualquier hora del día, en el buen ánimo y en el cansancio, en la alegría y en la pena: en todo está Dios junto a nosotros, todo nos sirve para estar con Él, para pedirle por nosotros y para otros: “Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. -Porque te da esto y lo otro. -Porque te han despreciado. - Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes. Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. -Porque creó el sol y la luna y aquel animal y aquella otra planta. - Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti premioso… Dale gracias por todo, porque todo es bueno” (Camino nº 268)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que su vida es, debe ser, como dice san Pablo: “vivo, pero ya no vivo yo, sino que cristo vive en mi” (Ga 2,20) y, también: “porque para mí, vivir es Cristo, y el morir una ganancia” (Flp 1,21), y porque: “todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4,13). El cristiano está seguro de que “fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; antes bien, con la tentación, os dará también el modo de poder soportarla con éxito” (1 Co 10,13); y recuerda que: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías, como si no lo hubieras recibido? (1 Co 4,7). “Todas las cosas son vuestras, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios” (1 Co 3,22-23). Y, porque es así, es adecuado el consejo: “Que desaparezca de vosotros toda amargura, ira, indignación, griterío o blasfemia y cualquier otra clase de malicia. Sed, por el contrario, benévolos unos con otros, compasivos, perdonándoos mutuamente como Dios os perdonó en Cristo” (Ef 4,31-32)

El cristiano debe vivir dentro de Dios e inundado de Dios porque “si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Vivimos injertados en Cristo: “Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no da fruto lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto… Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí es arrojado fuera como los sarmientos, y se seca; luego los recogen, los arrojan al fuego y arden” (Jn 15,1-6)

El cristiano, vive en caridad, porque vive en Dios y Dios es amor: “amándoos de corazón unos a otros con el amor fraterno, honrando cada uno a los otros más que a sí mismo; diligentes en el deber; fervorosos en el espíritu, servidores del Señor; alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación; constantes en la oración; compartiendo las necesidades de los santos, procurando practicar la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen; bendecidlos y no los maldigáis. Alegraos con los que se alegran, llorad con los que lloran. Tened los mismos sentimientos los unos hacia los otros, sin dejaros llevar por pensamientos soberbios, sino acomodándoos a las cosas humildes. No os tengáis por sabios ante vosotros mismos… No te dejes vencer por el mal, al contrario, vence el mal con el bien” (Rm 12,17 y 21)

Como decía León Bloy: “Hay una sola tristeza: no ser santos” (La femme pauvre, II,27). Y, en la tarea no hay mejor ánimo que el que da santa Teresa de Jesús: “digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabajase lo que se trabajare, murmure quien murmure, siquiera llegue a allá, siquiera se muera en el camino o no tengo corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo…” (Camino de perfección, 21,2)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano busca a Dios y encuentra a Dios en lo ordinario de cada día. “Que tu primer pensamiento y el último de cada día, sean para Dios” es un buen consejo que se debe seguir. El ruido del mundo, de la vida, las prisas, las ocupaciones y las preocupaciones, la planificación de cada hora, la programación del mes y los imprevistos. Todo contribuye a que el cristiano deba esforzarse en encontrar momentos para Dios. Buen propósito de cada día sería que no pasara ninguna hora sin caer en la cuenta de que está aquí, conmigo, que me quiere más que nadie me haya podido ni me pueda querer. Dios es amor. La Santísima Trinidad es el Amor generando y regalando amor. Hay que vencer al ruido, con la alegría de poder ver a Dios, de escuchar a Dios, porque Dios es mi Padre, mi Defensor, mi Consuelo: “Venid a mi todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28). Tiempo de escuchar, meditar y decidir.

- “¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: “Hijo, vete hoy a trabajar en la viña”. Pero él le contestó: “No quiero”. Sin embargo, se arrepintió después y fue. Se dirigió entonces al segundo y le dijo lo mismo. Éste le respondió: “Voy, señor”; pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre? -El primero -dijeron ellos. Jesús prosiguió: - En verdad os digo que los publicanos y las meretrices os precederán en el Reino de Dios” (Mt 21,28-31). ¿Cómo actuó yo? ¿Qué es para mí lo primero? ¿Es tanta la intensidad de mi amor a Dios, como para arrepentirme y rectificar la intención, la obra, lo que dejé de hacer debiendo hacerlo?

- “Escuchad otra parábola: - Había un hombre, dueño de una propiedad, que plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de allí. Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo lapidaron. De nuevo envió a otros siervos más numerosos que los primeros, pero les hicieron lo mismo. Por último, les envió a su hijo, pensando: “A mi hijo lo respetarán”. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Este es el heredero. Vamos, lo mataremos y nos quedaremos con su heredad”. Y lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando venga el amo de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? Le contestaron: - A esos malvados les dará una mala muerte y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo” (Mt 21, 33-41). Frente a la tentación de creerse ajeno a los hechos de la parábola, es conveniente trasladar la enseñanza a nuestra experiencia sobre el señorío del “yo” de cada uno y de cómo decidimos desoír, acallar, la palabra de Dios.

Pero Dios insiste. Es el amor permanente. “Qué tengo yo que mi amistad procuras? / ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, / que a mi puerta, cubierto de rocío, / pasas las noches del invierno obscuras? / ¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras, / pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío, / si de mi ingratitud el hielo frío / secó las llagas de tus plantas puras! / ¡Cuántas veces el ángel me decía: / “Alma, asómate agora a la ventana, / verás con cuánto amor llamar porfía” / Y ¡cuántas, Hermosura soberana, / “Mañana le abriremos”, respondía, / para lo mismo responder mañana! (Lope de Vega: “A Jesucristo”)

TIEMPO ORDINARIO

Haciendo vida de la esperanza el cristiano, desde el fondo del corazón, como susurro del alma porque Dios ve en lo oculto y oye donde no hay sonido, recuerda el salmo 85: “Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy pobre y desvalido. Guarda mi alma, que soy un fiel tuyo. Dios mío, salva a tu siervo que confía en Ti. Ten piedad de mí, Señor mío, que te invoco todo el día. Alegra la vida de tu siervo, que a Ti, Señor, levanto mi alma. Pues Tú, Señor, eres bueno e indulgente; rico en misericordia con los que te invocan. Escucha, señor, mi plegaria, atiende a la voz de mi súplica. En el día de mi angustia te invoco porque Tú me escuchas…”

- “Al desembarcar vio una gran muchedumbre y se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos. Al atardecer se acercaron sus discípulos y le dijeron: - Este es un lugar apartado y ya ha pasado la hora; despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos. Pero Jesús les dijo: - No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer. Ellos le respondieron: - Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces. Él les dijo: -Traédmelos aquí. Entonces mandó a la gente que se acomodara en la hierba. Tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta que quedaron satisfechos y de los trozos que sobraron recogieron doce cestos llenos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños” (Mt 14, 14-21). El Señor tiene compasión (latín: “cum patire”) de nosotros: padece con nosotros, siente nuestras necesidades; Dios pide nuestra colaboración (dadles vosotros de comer; partió los panes los dio a los discípulos y éstos a la gente); y otros necesitan de mi colaboración (latín: cum laborare), de mi trabajo dirigido por Dios.

- “Jesús llamó a sus discípulos y dijo: - Me da mucha lástima la muchedumbre, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer, y no quiero despedirlos en ayunas, no vaya a ser que desfallezcan en el camino. Pero le decían los discípulos: - ¿De dónde vamos a sacar en un desierto panes suficientes para alimentar a tan gran muchedumbre? Jesús les dijo: - ¿Cuántos panes tenéis? – Siete y unos pocos pececillos -respondieron ellos. Entonces ordenó a la multitud que se acomodase en el suelo. Tomó los siete panes y los peces y, después de dar gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la multitud. Y comieron todos y quedaron satisfechos. Con los trozos sobrantes recogieron siete espuertas llenas. Los que comieron eran cuatro mil sin contra mujeres y niños” (Mt 15, 22-38). Parece imposible encontrar más ternura que la que se descubre en las palabras de Jesús: me da mucha lástima, no tienen qué comer, no quiero despedirlos en ayuna no sea que desfallezcan en el camino… La vida del cristiano es vida en el camino del cielo; pero cuando puede desfallecer, tiene la ayuda de Dios. También hay momentos de dudas, porque no entendemos (¿de dónde sacaremos…?) Pero Dios no necesita más y nos ayuda. Y nos pide ayuda (los fue dando a los discípulos y éstos a la multitud). Y todos quedaron satisfechos.

“No os preocupéis por nada… Todo lo puedo en Aquél que me conforta” (Flp 4,6.14)

VACACIONES ESTIVALES

El curso se acaba. Es tiempo de descanso, de rearmarse de fuerzas en el cuerpo y en el espíritu. El cristiano encuentra motivo de meditación, de adoración a Dios; de acción de gracias, por el curso pasado, por la vida recibida y sostenida; de petición, para cada uno, para los cercanos, para los lejanos, para los contrarios, para el que lo necesite, sea quien sea. Recuperando la costumbre, sigue aquí la poesía del Padre Alarcón S.I. que reprodujo el Padre Coloma S.I., con texto en prosa intercalado, en su obra “Pequeñeces”, en el pasaje en el que, en una distribución de premios escolares, un niño recitaba a la Virgen. Adaptando las palabras a la actualidad de cada uno. Pensando.

- “Dulcísimo recuerdo de mi vida, / bendice a los que vamos a partir. / ¡Oh, Virgen del recuerdo dolorida, / recibe tú mi adiós de despedida, y acuérdate de mí!... / Lejos de aquestos tutelares muros, / los compañeros de la edad feliz / no serán a tu amor perjuros; / conservarán sus corazones puros; / ¡Se acordarán de ti! / Mas siento al alejarme una agonía / cual no la suele el corazón sentir…/ En palabras de niño ¿quién confía? / Temo… no sé qué temo, Madre mía, / por ellos y por mí…” Estos cortes circunstanciales en la rutina vital permiten recordar tiempos pasados en los que la fe, la piedad, la relación con Dios era intensa, amable, cordial. Conviene sacar ánimos de ahí.

- “Dicen que el mundo es un jardín ameno / y que áspides oculta ese jardín… / que hay frutos dulces de mortal veneno… / que el mar del mundo está de escollos lleno… / Y ¿por qué estará así? / Dicen que por el oro y los honores / hombres sin fe, de corazón ruín, /secan el manantial de sus amores, / y a su Dios y a su Patria son traidores… ¿Por qué serán así? / Dicen que de esta vida los abrojos / quieren trocar en mundanal festín; / que ellos, ellos motivan tus enojos, / y que ese llanto de tus dulces ojos/ lo causan ellos, ¡sí! / Ellos, ¡ingratos!, de pesar te llenan… / ¿Seré yo también sordo a tu gemir? / ¡No! ...; yo no quiero frutos que envenenan, / no quiero goces que a mi Madre apenan, / ¡no quiero ser así! / En los escollos de esta mar bravía / yo no quiero sin gloria sucumbir; / yo no quiero que llores por mí un día, / yo no quiero que llores, Madre mía… / ¡No quiero ser así!” Quizá nuestra experiencia vital empieza aquí, recordando tiempos de olvido de Dios, de alejamiento de Dios. También esa poesía de niño puede animarnos.

- “Y mientras yo responda a tu reclamo, / mientras me juzgue con tu amor feliz, / y ardiendo en este afecto en que me inflamo / te diga muchas veces que te amo, / ¿te olvidarás de mí? / ¡Ah, no, dulce recuerdo de mi vida! / Siempre que luche en poderosa lid, / siempre que llore mi alma dolorida, / al recordar mi adiós de despedida / ¡Te acordarás de mí! / Y en retorno de amor y fe sincera, / jamás sin tu recuerdo he de vivir: / tuya será mi lágrima postrera… / Hasta que muera, Madre, hasta que muera, / me acordaré de ti!” Así, con ese arrojo juvenil, aún en la edad madura, es tiempo de propósitos, de animarnos unos a otros, la mejor inversión: ¡el ciento por uno!

- “Tú en pago, Madre, cuando llegue el plazo / de alzar el vuelo al celestial confín, / estrechándome a ti con dulce abrazo, / no me apartes jamás de tu regazo, / ¡no me apartes de ti!”. No hay mayor seguridad que ir a Jesús de la mano de la Madre.

Unos a otros, todos nos deseamos un feliz descanso. Un seguir sin parar más pausado.

AGOSTO

Como es costumbre, durante el mes de agosto, se dedica esta parte a recordar pasajes bíblicos Este año se refieren a alguna de las mujeres.
“Isaac llamó a Jacob y después de bendecirle, le ordenó lo siguiente: - No tomes esposa de las hijas de Canaán. Ponte en camino, ve a Padán-Aram, a casa de Betuel, tu abuelo materno, y búscate allí una esposa entre las hijas de Labán, hermano de tu madre” (Gn 28,1-2). Jacob fue al país de los orientales. “Divisó un pozo en el campo y junto a él, tres rebaños de ovejas sesteando allí, pues los rebaños abrevaban en aquel pozo… ¿Conocéis a Labán, hijo de Najor? … Le contestaron: - Está bien. Mira, ahí llega su hija Raquel con las ovejas… llegó Raquel con las ovejas de su padre, pues era pastora.” (Gn 29,1-9)

“Entonces Labán dijo a Jacob: - ¿Acaso por ser pariente mío me vas a servir de balde? Dime cuál va a ser tu paga. Tenía Labán dos hijas, la mayor se llamaba Lía y la pequeña Raquel. Lía era de ojos tristes, Raquel, en cambio tenía buena presencia y era muy bella. Jacob amaba a Raquel, y propuso a Labán: - Te serviré siete años a cambio de Raquel, tu hija menor. Contestó Labán: - Mejor te la doy a ti que a cualquier otro extraño. Quédate conmigo. Jacob sirvió a Labán durante siete años que le parecieron unos cuantos días de tanto que la amaba. Entonces dijo Jacob a Labán: - Dame a mi mujer, puesto que se ha cumplido el plazo y quiero vivir con ella” (Gn 29,15-21). Labán organizó un banquete y por la noche llevó a su hija Lía a Jacob quien se unió a ella. Labán dio su propia esclava Zilpá a su hija Lía. “Al llegar la mañana, Jacob dijo: - ¿Qué es lo que has hecho? ¿No te he servido en ti casa a cambio de Raquel? ¿Por qué me has engañado? Respondió Labán: - No es costumbre entre nosotros dar a la menor antes que la mayor. Termina esta semana y te daremos también a la otra a cambio del servicio que prestes en mi casa durante otros siete años más. Así lo hizo Jacob, y terminó aquella semana. Entones Labán le entregó a su hija Raquel por esposa y además le dio a su propia esclava Bilbá a su hija Raquel, como esclava. Jacob vivió también con Raquel y amaba a Raquel más que a Lía. Sirvió en casa de Labán otros siete años” (Gn 29, 25-30)

Vio el Señor que Lía era menospreciada y la hizo fecunda, mientras Raquel era estéril. Lía concibió y dio a luz un hijo al que puso por nombre Rubén. Concibió de nuevo y dio a luz un hijo al que puso por nombre Simeón. Luego, Leví. Raquel veía que no daba hijos a Jacob y tuvo celos de su hermana. Le dijo a Jacob: - Dame hijos o si no moriré. Jacob se enfadó y le dijo: - ¿Acaso estoy yo en el puesto de Dios que te ha privado del fruto de tu vientre? Raquel le dijo que tuviera hijos con su esclava y así nacieron Dan, Nefatlí. Lía pidió a Jacob que tuviera hijos con su esclava y así nació Gad y Aser. Un día Raquel vio que Rubén había llevado unas mandrágoras a Lía y se las pidió. Lía se las dio a cambio de estar con Jacob. Y así nació Isacar y Zabulón y una niña llamada Dina. Dios hizo fecunda a Raquel y dio a luz a José. Jacob pidió a lavan que lo dejara marchar a su tierra. Labán y Jacob llegaron a un pacto separando el ganado: - Cuando te persones a comprobar mi paga todo lo que no tenga pintas ni sea oscuro entre las cabras, o negro entre las ovejas se considerará robo. Aún tuvo otro hijo Raquel, lo llamó Benoní, pero su padre lo llamó Benjamín. Raquel murió del parto y fue sepultada junto al camino de Efrata, es decir, de Belén.

Eran otros tiempos. Pero es bueno ver a Dios en la Historia; y hablar con Él, ahora.

AGOSTO

En el libro de los Jueces (4,1-32) se dice que Débora, mujer de Lapidot, era una profetisa que en aquel tiempo juzgaba a Israel. Se sentaba bajo la palmera de Débora que está entre Ramá y Betel, en la montaña de Efraím, y los israelitas se dirigían a ella en busca de justicia. Entonces mandó llamar a Barac, hijo de Abinoam, de Quedes de Neftalí, y le dijo: - Esto es lo que el Señor, Dios de Israel, te ordena: “Vete y acércate al monte Tabor. Toma contigo diez mil hombres de los hijos de Neftalí y de Zabulón, que yo te traeré a Sísara, príncipe del ejército de Yabín, con sus carros y con toda su tropa hacia el torrente Quisón, y lo pondré en tus manos. Barac dijo: - Iré si vienes conmigo. Si no me acompañas, no iré. Y dijo Débora: -Te acompañaré sin falta, pero no alcanzarás la gloria en esta expedición que vas a emprender porque el Señor entregará a Sísara en manos de una mujer.

La victoria fue tal que el propio Sísara tuvo que descender de su carro y huir a pie hasta la tienda de Yael, esposa de Jéber, el quenita que tenía un acuerdo de paz con Yabín, rey de Jasor. Yael salió al encuentro de Sísara y le dijo: - Acércate, señor mío, acércate aquí; no tengas miedo. Él le pidió un poco de agua. Ella abrió un odre de leche y le dio. El le pidió que fuera a la entrada de la tienda y que si preguntaba alguien dijera que no había nadie. Ella tomó una estaca de la tienda y agarrando un martillo, se dirigió sigilosamente hacia él; apoyó la estaca en su sien y la clavó hasta la tierra. Él que estaba profundamente dormido por el cansancio, murió. Yael se lo dijo a Barac.

Aquel día, Débora y Barac, hijo de Abinoam, cantaron así: - Cuando se sueltan las cabelleras en Israel y el pueblo se apresta voluntario, ¡bendecid al Señor! Reyes escuchad; príncipes, prestad atención. Voy a cantar al Señor, voy a entonar un himno al Señor…” Al final, decía así: “¡Bendita sea entre las mujeres Yael, la esposa de Jéber, el quenita; sea bendita entre todas las mujeres de su tienda! A quien pedía agua, le ofreció leche, en vasija de príncipes le sirvió cuajada. Su mano alargó a la estaca y su diestra al martillo artesano, golpeó a Sísara y le aplastó el cráneo, le quebró y atravesó la sien. A sus pies se desplomó, cayó, yació, a sus pies se desplomó, cayó; donde se desplomó, cayó abatido; Tras la ventana miraba y gemía la madre de Sísara tras las celosías: ¿Por qué tarda tanto en llegar su carro? ¿Por qué se demoran los pasos de su carroza? Le respondió la más sabia de sus doncellas, y ella se repetía sus palabras: Seguro que está repartiendo su botín: ¡una muchacha, dos muchachas para cada caballero! ¡telas de colores, botín de Sísara, telas de colores!; ¡recamados! ¡tela de color con dobles bordados para los cuellos! ¡trofeo de vencedores! ¡Que perezcan así todos tus enemigos, Señor, y que brillen tus amigos como el sol naciente, con todo su resplandor! Y el país descansó durante cuarenta años.

Lo mejor de estos repasos bíblicos no es tanto la información recibida, como la posibilidad de que sacar puntos de consideración para la propia vida espiritual. Al acabar de exponer las parábolas del Reino”, dijo Jesús: “Todo escriba instruido acerca del Reino de los Cielos es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas” (Mt 13,52). El cristiano que debe ser “otro Cristo”, “el mismo Cristo”, y que para eso se esfuerza en seguir sus pasos, encuentra muchos motivos de meditación actual en una historia antigua como la de Débora: la deslealtad, el botín en los éxitos humanos... y, también, colaborar con los demás, confiar y dar gracias a Dios.

AGOSTO

La historia de Judit es apasionante. Es un canto a la esperanza en Dios. En el libro que lleva su nombre, la primera parte narra el asedio a la ciudad judía de Betulia, llevado a cabo por Holofernes, general de Nabucodonosor. Cuando la situación es desesperada, Judit reza confiadamente y pide ayuda a Dios. Judit es hermosa y prudente, dotada de la sabiduría que le da la fe y la confianza en Dios. Podría ser significativa esta selección de textos:

Judit era hija de Merari … Su marido, Manasés, de su misma tribu y de su misma familia, había muerto durante la cosecha de la cebada: mientras vigilaba a los que ataban gavillas en el campo sufrió una insolación… Judit permanecía viuda en su casa desde hacía tres años y cuatro meses. Se había construido una tienda en la azotea de la casa, se había ceñido la cintura de saco y llevaba los vestidos de viuda. Ayunaba todos los días menos las vigilias de los sábados y los sábados, las vigilias de los novilunios y los novilunios, las fiestas y los días de regocijo de la casa de Israel.

Dijo Judit: - Escuchadme, voy a hacer algo que se transmitirá de generación en generación. Vosotros permaneced en la puerta esta noche, yo saldré con mi doncella, no tratéis de averiguar lo que voy a hacer porque no os voy a decir nada. Judit cayó en tierra, derramó ceniza sobre su cabeza y puso al descubierto el saco con el que iba vestida y clamó con gran voz al Señor. Se dirigió al campamento enemigo con su doncella. Fue detenida por una patrulla de vigilancia a la que dijo que quería decir a Holofernes cómo apoderarse de la zona de la montaña sin tener ni una sola baja. Los soldados, vieron su belleza asombrosa, escogieron cien hombres que escoltaron a Judit y a su doncella hasta la tiende de Holofernes. Allí estaba él descansando en su lecho, bajo un baldaquino bordado de púrpura, oro, esmeraldas y piedras preciosas. Salió a recibirla precedido por lámparas de plata. Judit se postró en tierra para adorarlo, los siervos la levantaron. Según había sido autorizada, permaneció en el campamento tres días. Salía de noche hacia el valle y se lavaba en la fuente de agua, luego volvía purificada y permanecía en la tienda hasta que le servían su alimento de la tarde.

El cuarto día, Holofernes organizó un festín y ordenó a Bagoa, el eunuco: -Anda convence a la mujer hebrea que está contigo que venga aquí y como y beba con nosotros. Sería una vergüenza para nuestra reputación; si no la seducimos se burlará de nosotros… Cuando Judit entró, Holofernes quedó fascinado por ella. Ella comió y bebió de lo que había preparado su doncella; él bebió muchísimo vino, tanto como no había bebido nunca en un solo día desde que nació. Cuando todos se fueron y Holofernes estaba saturado de vino, Judit se acercó, descolgó el alfanje y asestó dos golpes en el cuello y le cortó la cabeza. La entregó a su doncella. Las dos salieron como de costumbre, pero subieron por la ladera y llegaron a Betulia. El enemigo se dispersó.

Y proclamó Judit: - … Que viva el Señor que me ha protegido… la seducción de mi rostro le ha perdido, sin que haya cometido conmigo pecado alguno que me contaminara y avergonzara”. Un anciano de la ciudad, Ozías, dijo: - Bendita seas por encima de todas las mujeres de la tierra y bendito sea Dios que creó los cielos y la tierra. Y dijo Judit: - Cantaré a ni Dios un cántico nuevo.

Así es la audacia de la fe y de la confianza en Dios, omnipotente, que siempre es fiel.

AGOSTO

Asuero reinó desde la India hasta Etiopía. Sucedió que el rey había organizado un banquete de siete días para todo el pueblo de Susa y la reina Vasti había organizado otro para las mujeres. El día séptimo el rey tenía el corazón alegre por el vino y ordenó a los siete eunucos que le servían que condujeran ante él a la reina. Pero Vasti declinó la llamada. Pidió consejo el rey y prohibió a Vasti que pudiera comparecer en su presencia. Los ministros acordaron buscar muchachas vírgenes y hermosas para el rey.

En la ciudadela de Susa se encontraba un hombre judío, llamado Mardoqueo, varón benjaminita que había sido deportado desde Jerusalén. Mardoqueo había criado a Hadasá, que quiere decir “mirto”, es decir Ester, una muchacha guapa y hermosa, hija de un tío suyo a la que había adoptado como se hija al morir sus padres. Ester fue trasladada con las otras doncellas al mejor sitio de la casa de las mujeres. Cada una cuando debía presentarse ante el rey pedía lo que quería que le llevasen de la casa de las mujeres, pero Ester no pidió sino lo que dispusiera Hegué el eunuco del rey. El rey amó a Ester más que a todas las mujeres y le impuso la diadema real y la hizo reinar en vez de Vasti. Y concedió exención de impuestos a las provincias. Mardoqueo permanecía a la puerta de del rey porque Ester no había hablado de su patria ni de su pueblo.

Mardoqueo se enteró que dos eunucos querían atentar contra Asuero. Se lo dijo a Ester y ésta al rey, que ordenó investigar: se encontró a los culpables y fueron colgados. Después el rey engrandeció a Amán y lo encumbró por encima de los demás príncipes. Amán vio que Mardoqueo no se arrodillaba ni se postraba ante él. Se llenó de ira y persuadió al rey para exterminar al pueblo judío: “sus disposiciones son distintas a las de todos los pueblos y además no cumplen las disposiciones del rey, por lo que no es justo que el rey los deje tranquilos”. Y se ordenó a los sátrapas y a los gobernadores que se exterminara, matara y eliminara a todos los judíos y que se expoliasen sus posesiones. Clamaron los judíos al Dios de sus padres y Mardoqueo pidió a Ester que intercediera por su pueblo.

Y Ester oró: “Bendito eres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob. Ven en mi ayuda que em encuentro sola y no tengo auxilio fuera de ti… Ayúdame que soy huérfana y pon en mi boca una palabra apropiada…” Al tercer día, Ester se vistió con sus galas reales y se presentó en el patio privado del palacio real, delante del pabellón del rey. “¿Qué quieres reina Ester? ¿Qué pides? Aunque pidas la mitad de mi reino se te entregará”. Y pidió al rey que él y Aman fueran al banquete que había preparado. El rey lo ordenó así. Mientras Amán, su mujer Zeres y sus amigos acordaban levantar una horca de cincuenta metros para colgar a Mardoqueo, aquella noche el rey tenía insomnio y pidió que le leyeran el libro de los recuerdos. Allí se decía que fue Mardoqueo el que informó del atentado de los eunucos contra el rey. Y preguntó: ¿qué honor o dignidad se ha concedido a Mardoqueo? Le dijeron: No se ha hecho nada con él. Y ordenó a Amán que montara a Mardoqueo en el caballo del rey, que se le impusiera la corona real y que cabalgara por las calles, proclamando delante de él: “Así se hace al hombre a quien el rey ha decidido honrar”. El puesto de Amán lo ocupó Mardoqueo y a él y a Ester les dijo el rey Asuero: que escribieran lo que les pareciera mejor en favor de los judíos y, sellado con el anillo real, sería irrevocable.

Dios, Señor de la historia, también de la de cada uno. Lo mejor, ponerse en sus manos.

AGOSTO

El repaso veraniego de las mujeres del Antiguo Testamento tiene justificación. Dice el número 64 del Catecismo de la Iglesia Católica: “Las mujeres santas como Sara, Rebeca, Raquel, Miriam, Débora, Ana, Judit y Ester conservaron viva la esperanza de la salvación de Israel. De ellas la figura más pura de esta esperanza es María”.
En el Nuevo Testamento se habla de mujeres sin citar su nombre: la samaritana (Jn 4, 5-42); la mujer adúltera (Jn 8, 4-11); la hemorroísa (Mt 9,20-23; Mc 5, 25-34; Lc 8, 43-48); la hija de Jairo (Mt 9, 18-19 y 22-26; Mc 5, 22-24 y 35-42; Lc 8, 41-42 y 49-55); la viuda que iba a enterrar a su hijo en Naín (Lc 7, 11-15); la cananea (Mt 15, 22-28; Mc 7, 25-30); la suegra de Simón Pedro, que estaba acostada con fiebre, y, curada por Jesús, se puso a servirle (Mt 8, 14-15; Mc 1, 30-31; Lc 4, 38-39); la madre (Mc 3,17) de Juan y Santiago que eran los hijos de Zebedeo (Mt 20, 20-24; Mc 10, 35); la mujer encorvada que fue curada en sábado (Lc 13, 10-16); la viuda que dio como limosna todo lo que tenía: dos monedas pequeñas (Mc 12,42-44; Mc 21, 1-4); la mujer pecadora que ungió con perfume a Jesús (Lc 7, 37-39).

Otras mujeres se identifican con su nombre: Isabel, la prima de la Virgen, que era mujer de Zacarías y madre de Juan, el Bautista (Lc 1, 5-25), a la que María, que iba a ser madre de Jesús, visitó y acompañó hasta que nació Juan (Lc 1, 39-40 y 56); la profetisa Ana, hija de Fanuel, que estuvo en la presentación del Niño en el Templo (Lc 2, 36-38); las hermanas de Lázaro, de Betania (Lc 10, 38-42, Marta y María, “la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con sus cabellos” (Jn 11, 1-40 y 12, 1-8), en la que posiblemente es la misma unción que la de Betania durante la comida en casa de Simón, el leproso (Mt 26, 6-13; Mc 14, 3-9)

De las mujeres que acompañaron a Jesús hay entrañables referencias: “Le acompañaban… algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; y Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; y Susana y otras muchas que le asistían con sus bienes” (Lc 8, 1-3)

De la madre y parientes de Jesús también hay referencias: intentaban hablar con él (Mt 12, 46, Mc 3, 31; Lc 8, 19-20); en Nazaret se preguntaban “¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven entre nosotros?” (Mt 13,55-56; Mc 6, 3; Lc 4,22)

También hay otras mujeres que recordamos en pasajes evangélicos, como Herodías y su hija Salomé, en la decapitación de Juan el Bautista (Mc 6, 21-29); o las sirvientas del sumo pontífice que provocaron las negaciones de Pedro (Mt 26, 69-70; Mc 66-70; Lc 22, 56; Jn 18, 17); y la mujer de Pilato que, cuando estaba sentado en el tribunal, mandó decirle: “no te mezcles en el asunto de este justo, porque hoy en sueños he sufrido mucho por su causa” (Mt 27,19)

Se ha elaborado así una página que puede ser una guía adecuada, interesante, atractiva, para meditar sobre la vida de Jesús desde que vino a este mundo hasta su resurrección y ascensión a los cielos. Una meditación cerca, en cada paso, de la mujer de que trate cada pasaje evangélico. Caminar con Jesús y con buena compañía es un regalo.

SEPTIEMBRE

Habiendo dedicado el mes de agosto a repasar la historia de algunas mujeres de la Biblia y completando el repaso con la referencia a las mujeres del Evangelio, para un cristiano, hijo de María, parece obligado concluir ese contenido y empezar el curso que se inicia con un recuerdo a las mujeres en el misterio de la Redención.

- CALVARIO, DESDE LEJOS. “Había allí muchas mujeres mirando desde lejos, las que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle. Entre ellas estaban María Magdalena, María -la madre de Santiago y de José- y la madre de los hijos de Zebedeo” (Mt 26, 55-56); “Todos los conocidos de Jesús y las mujeres que le habían seguido desde Galilea estaban observando de lejos estas cosas” (Lc 23, 49). Todos menos Juan lo habían abandonado. Las mujeres no. Estaban allí. ¿Y tú? ¿Y yo?

- JUNTO A LA CRUZ. “Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena” (Jn 19,25). Las tres Marías. Cerca de Jesús crucificado. Junto a la cruz. Es el momento de nuestro examen; de propósitos.

- SEPULTURA. Mientras José de Arimatea daba sepultura al cuerpo de Jesús: “Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro” (Mt 26, 61), “María Magdalena y María la de José, observaban dónde lo colocaban (Mc 15, 47). “Las mujeres que habían venido con él desde Galilea le siguieron y vieron el sepulcro y cómo fue colocado su cuerpo. Regresaron y prepararon aromas y ungüentos. El sábado descansaron según el precepto” (Lc 23, 55-56). Al atardecer nos examinarán en el amor.

- RESURRECCIÓN. “Pasado el sábado, al alborear el día siguiente marcharon María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro” (Mt 28, 1); se les apareció un ángel. “Ellas partieron al instante del sepulcro con temor y gran alegría y corrieron a dar la noticia a los discípulos. “De pronto Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se acercaron, abrazaron sus pies y le adoraron” (Mt 28, 9). “Pasado el sábado, María Magdalena y María la de Santiago y Salomé, compraron aromas …, muy de mañana, al día siguiente al sábado, llegaron al sepulcro cuando ya estaba saliendo el sol” (Mc 16, 1-2), y se les apareció un ángel. “Después de resucitar al amanecer del primer día de la semana se apareció en primer lugar a María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios” (Mc 16, 9), les dijo a los discípulos que había visto a Jesús, pero no lo creyeron. “Al día siguiente al sábado, todavía muy de mañana, llegaron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado; y se encontraron con que la piedra había sido removida del sepulcro” (Lc 24, 1-2); se les aparecieron dos varones y anunciaron todo a los once y a los demás. “Eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago; también las otras que estaban con ellas” (Lc 24, 10). “El día siguiente al sábado, muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio quitada la piedra del sepulcro” (Jn 20, 1). Echó a correr y se lo dijo a Pedro y a Juan. María estaba junto al sepulcro y vio a dos ángeles que le hablaron. “Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús” (Jn 20, 14). Ser cristiano es haber encontrado a Jesús. Ël nos sale al encuentro, se hace el encontradizo. “Que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que trates a Cristo, que ames a Cristo” (san Josemaría)

En septiembre celebramos el cumpleaños de la Madre (día 8), su onomástica (día 12) y su colaboración en nuestra redención (día 15). Con ella y con Jesús: Nunc coepi!

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano, que lo es porque Dios le salió al encuentro, le regaló la fe, le llenó de amor del Amor y le dio la alegría de la esperanza, también tiene la experiencia de las muchas ocasiones en que se ha olvidado de Dios; de las muchas más en las que ha prevalecido su “yo” sobre la voluntad de Dios; de las frecuentes críticas al hacer de Dios porque debería haber hecho algo o haberlo impedido o haber avisado o haber actuado de otro modo. Con dolor de amor, en momentos de sincera contrición, el cristiano lamenta las ocasiones en que arrinconó a Dios para vivir como si no existiera, como si no estuviera a su lado. Y las ocasiones en que, sabiendo que hacemos sufrir al Amor, lo hacemos.

- No faltan pasajes evangélicos en que algunos echan a Jesús de su lado. Llegó a Nazaret donde se había criado, entró en la sinagoga, leyó y empezó a predicar. Se maravillaban de las palabras de gracia y se extrañaban (¿No es éste el hijo de José?): “le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle” (Lc 4,9). Cuando, cruzando el Lago de Genesaret, llegó a Gerasa (o a Gadara), expulsó al demonio llamado “Legión” (“porque somos muchos”) y le permitió entrar en una piara, arrojándose los cerdos por la pendiente y pereciendo ahogados, los porqueros huyeron y contaron lo ocurrido. “Toda la ciudad vino al encuentro de Jesús y, cuando le vieron, le rogaron que se alejara de su región” (Mt 8,34; Mc 5,17; Lc 8,37). En otra ocasión se impide que Jesús se acerque: “Envió por delante a unos mensajeros, que entraron en una aldea de samaritanos para prepararle hospedaje, pero no le acogieron porque llevaba la intención de ir a Jerusalén” (Lc 9,53).

- Los momentos más tristes son los de la huida personal. Así ocurrió con aquel rico que preguntó: “Maestro bueno ¿qué puedo hacer para heredar la vida eterna?”; Jesús le dijo que guardara los mandamientos; él contestó que lo hacía desde la adolescencia; Jesús le dijo “Aún te falta una cosa” y añadió que vendiera todo lo que tenía, lo diera a los pobres y le siguiera. “Pero al oír estas cosas se puso triste, porque era muy rico” (Lc 18,23). Después del discurso del Pan de Vida (“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo…”), “desde ese momento, muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él” (Jn 6,66). Y en el prendimiento de Jesús en Getsemaní: “entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron” (Mt 26,56)

- Cuando Jesús curó en un sábado al hombre de la mano seca, “los fariseos (con los herodianos) se pusieron de acuerdo contra él, para perderle” (Mt 12,14; Mc 3,6; Lc 6,11). Cuando curó al paralítico que yacía en el templo de Jerusalén, “los judíos, con más ahínco intentaban matarle” (Jn 5,18). Cuando Jesús resucitó a Lázaro, algunos fueron a decírselo a los fariseos, se reunió el Sanedrín y “desde aquel día decidieron darle muerte” (Jn 11,53). Ingratitud, ceguera, soberbia. ¡Cuánta misericordia de Dios!

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que en el negocio de su salvación todo empezó en un encuentro con Jesús; como sabe que ha vivido y vive desencuentros y encuentros sucesivos. Y sabe que Dios nos busca y se hace el encontradizo; que no hay mejor deseo para nuestra vida que éste: que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo (san Josemaría). De encuentros con Jesús nos habla el Evangelio.

- Jesús había curado al ciego de nacimiento, algunos no se lo creían aunque era evidente para otros, los fariseos interrogaban una y otra vez al que había sido ciego; y a sus padres que reconocieron que era su hijo y que nació ciego. Oyó Jesús que habían echado fuera al que ya veía “y cuando se encontró con él le dijo: - ¿Crees tú en el Hijo del hombre? - ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? -respondió. Le dijo Jesús: - Si lo has visto: el que está hablando contigo ése es. Y él exclamó: - Creo, Señor – y se postró ante él” (Jn 9,35-38). También hay encuentro con Jesús tras la curación del paralítico: “Después de esto lo encontró Jesús en el Templo y le dijo: -Mira, estás curado; no peques más para que no te ocurra algo peor” (Jn 5,14)

- Los dos primeros discípulos, Andrés y Juan, oyeron que Juan el Bautista decía fijándose en Jesús que pasaba: -Éste es el Cordero de Dios. Siguieron a Jesús. “Se volvió Jesús y, viendo que lo seguían, les preguntó: - ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: -Rabbí -que significa Maestro-, ¿dónde vives? Les respondió: -Venid y lo veréis. Fueron y vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima” (Jn 1,38-39). Andrés encontró primero a su hermano Simón y le dijo: -Hemos encontrado al Mesías -que significa: “Cristo”. Al día siguiente Jesús se encaminó hacia Galilea y encontró a Felipe. Y le dijo Jesús: -Sígueme” (Jn 1,43). Luego Felipe se lo dijo a Natanael: “-Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José” (Jn 1,45)

- Memorable es también el encuentro con la mujer samaritana. El pasaje podría empezar así: “Jesús, fatigado del camino, se había sentado en el pozo. Era más o menos la hora sexta. Vino una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dijo: - Dame de beber” (Jn 4, 6-7). Y podría terminar así: “Cuando los samaritanos llegaron donde él estaba, le pidieron que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. Entonces creyeron en él muchos más por su predicación” (Jn 4,40-41)

- Con Jesús resucitado se encontró María la Magdalena (Jn 20,11-18, Mc 16,9) y, cuando las mujeres corrían a dar la noticia a los discípulos, Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se acercaron, abrazaron sus pies y le adoraron (Mt 28,9). Cuando los discípulos se dirigían a Emaús “y mientras comentaban y discutían, el propio Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos, aunque sus ojos eran incapaces de reconocerle” (Lc 24,15-16). Sin excusa: tiempo para meditar. Creo Jesús que estás aquí, que me ves.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano vive de la fe, en la fe en Dios. Creo en Dios, creo a Dios, creo por Dios (“credere Deo, credere Deum, credere in Deum”, San Agustín, sermón 144.2). Creo que Dios existe, que está aquí, que me ve, que me oye, que sale a mi encuentro; creo que Dios es Amor, que me ama y que quiere que todos nos salvemos; por ese motivo creo con confianza lo que Dios enseña, en lo que Dios quiere que crea. “Para mí, el vivir es Cristo, y el morir una ganancia” (Flp 1,21).

- Dios nos busca, a todos y a cada uno. “Mientras caminaba junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón llamado Pedro y Andrés … que echaban la red al mar pues eran pescadores. Y les dijo: -Seguidme y os haré pescadores de hombres. Ellos al momento, dejaron las redes y le siguieron. Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano que estaban en la barca con su padre… remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron” (Mt 4,18-22). Al marchar Jesús de allí, vio a un hombre sentado al telonio que se llamaba Mateo y le dijo: -Sígueme. Él se levantó y le siguió (Mt 9,9)

Leyendo estos pasajes evangélicos, en cualquier momento del día, en cualquier circunstancia, debemos recordar que Dios está aquí, a nuestro lado. La fe en Él y su amor recuerdan que es el momento de decirle algo: gracias, ayúdame, te pido por…

- Y, pensando en nosotros y en los demás, puede ser oportuno traer a la memoria otros momentos evangélicos. Cuando unos llevaron a Jesús a su amigo paralítico, tendido en una camilla y “al ver Jesús la fe de ellos”, perdonados sus pecados, le dijo al paralítico: “levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (v. Mt 9,2-6); o cuando la mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, se acercó por detrás y tocó el borde del manto de Jesús, y Él se volvió mirándola y le dijo: - Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado (Mt 9,20-22).

“Alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación, constantes en la oración” (Rm 12,12). La oración del cristiano es continua, “sin descanso y sin cansancio”, para dar gracias o para pedir, por mí o por quien encomiendo o por el que lo necesite; santificando lo que se está haciendo, sea lo que sea, procurando hacerlo bien; santificándonos en la ocupación, lo que debemos hacer; y santificando con lo que hacemos al que nos dirige, al que nos ayuda, al que ayudamos, al que cuidamos, al que acompañamos. Todo en el día es encomendable a Dios, todo se le puede ofrecer. También, y sobre todo, las penas, el dolor, la enfermedad, la soledad.

- Cuando dos ciegos le pedían piedad a gritos, les preguntó Jesús si creían, dijeron que sí, les tocó los ojos, diciéndoles: - Que se haga en vosotros conforme a vuestra fe. Y se les abrieron los ojos (Mt 9, 27-29). Y, “nada más irse” los ciegos que ya veían, presentaron a Jesús a un endemoniado mudo: expulsó al demonio y habló el mudo (Mt 9 32-33). ¿No lo veo claro? Rezo. ¿No sé qué decir? Rezo. Y le pido ayuda a la Madre.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que la fe nace en un encuentro con Dios y se mantiene y crece en un continuo sucederse de llamadas, búsquedas, respuestas, desencuentros y volver a empezar. La vida es camino hacia el cielo que es donde Dios nos espera, como el padre esperaba ansioso al hijo pródigo, deseoso de verlo venir para poder salir a su encuentro y abrazarlo. Y en el camino de la vida también tenemos la compañía de Dios que se hace el encontradizo con nosotros, como lo hizo con los discípulos que iban a Emaús; y nos habla, nos invita a que le contemos lo que nos ocurre: alegrías, penas, deseos, éxitos, fracasos; nos da consejos, nos avisa de los peligros, nos anima en momentos de decaimiento, de vacío interior; nos ayuda a levantarnos en las caídas.

Si se pueden vivir momentos inolvidables en el camino, cantando con Jesús, riendo con Jesús, descansando junto a Jesús, también son difíciles de olvidar las ocasiones en las que nos excusamos cuando nos llamó, cuando nos invita a ir con Él, a estar con Él y no le escuchamos o lo dejamos para luego, para cuando no tengamos otra cosa que hacer, para cuando tengamos tiempo, para cuando estemos con ánimo.

“Amar es darse, por entero, para siempre y sin condiciones”. Esa es la diferencia entre el amar generoso y el querer interesado y egoísta. La diferencia es tan antigua, como constatable por la experiencia personal: como se distingue en latín, con los verbos “amare”, “diligere”, “velle” (y ajeno al afecto, “quaerere”), o en griego, con las palabras “fileos”, “agape”, “eros”. Dios nos ha amado primero y sigue amándonos, por eso nosotros podemos corresponder también con el amor (v. Enc. “Deus caritas est”, 17.a)

- “Un hombre daba una gran cena e invitó a muchos. Y envió a su siervo a la hora de la cena para decir a los invitados: “Venid, que ya está todo preparado”. El primero le dijo: “He comprado un campo y tengo necesidad de ir a verlo; te ruego que me des por excusado”. Y otro dijo: “Compré cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlas; te ruego que me des por excusado”. Otro dijo: “Acabo de casarme, y por eso no puedo ir”. Regresó el siervo y contó esto a su señor. Entonces, irritado el amo de la casa, le dijo a su siervo: “Sal ahora mismo a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a los pobres, a los tullidos, a los ciegos y a los cojos”. Y el siervo dijo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste y aún hay sitio”. Entonces dijo el señor a su siervo: “Sal a los caminos y a los cercados y obliga a entrar, para que se llene mi casa. Porque os aseguro que ninguno de aquellos hombres invitados gustará mi cena” (Lc 14, 16-24).

Dios nos llama por nuestro nombre, nos invita personalmente y presentamos excusas. Dios nos llama a todos, nos invita en sitios insospechados -las plazas, las calles- y sin que sea obstáculo nuestra debilidad, nuestros defectos. Dios nos ama a todos y a todos nos llama, sale a buscarnos a los caminos, a los cercados, aunque estemos lejos, e intenta convencernos para ir con Él empleando argumentos que parecen incontestables. “Dios mío, si mi lengua no puede decir en todos los momentos que te amo, quiero que mi corazón te lo repita cada vez que suspiro” (“Oratio”, san Juan María Vianney).

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano tiene motivos para hacer con buen ánimo el camino del cielo: somos hijos de Dios (“Mirad que amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios ¡y lo somos!”, 1 Jn 3,1), Dios es nuestro Padre que sabe lo que necesitamos antes de que lo pidamos (“Bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis”, Mt.6,32), todo lo que Dios nos da o permite es para nuestro bien (“Sabemos que todas las cosas cooperan al bien para de los que aman a Dios”, Rm 8,28). Dios nos ama con amor de Dios (“Como el Padre me amó, así os he amado yo”, Jn 15,9), como sólo Dios, que es el Amor, puede amar.

Dios quiere que todos se salven (“Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven”, 1 Tm 2,4); quiere que todos lleguemos al cielo, para estar con Él eternamente en la morada que nos tiene preparada desde el principio (“Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros”, Jn 14, 3). Pero, como dice san Agustín: “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti” (sermón nº 169). Y, en la colaboración que Dios nos pide, es inevitable la lucha contra el propio “yo”, contra lo que queremos, contra lo que nos parece que debe ser, considerando preferente lo nuestro, lo que nos interesa. Hay un “yo” entrometido, crecido, terrible: “El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros: Oh, Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo…” (Lc 18, 11-12). Y no faltan en el Evangelio pasajes en los que el “yo” provoca el desorden de las cosas:

- “… A otro le dijo: -Sígueme. Pero éste le contestó: -Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre. -Deja a los muertos enterrar a sus muertos -le respondió Jesús-; tú vete a anunciar el Reino de Dios. Y otro dijo: -Te seguiré, Señor, pero primero permíteme despedirme de los de mi casa. Jesús le dijo: - Nadie que pone su mano en el arado y mira atrás es apto para el Reino de Dios” (Lc 9, 59-62). Nada que ver con la llamada a otros, como Pedro y Andrés, Santiago y Juan (Mt 4,18-22), Felipe (Jn 1,43) o Mateo (Mt 9,9), que al “Sígueme” de Jesús respondieron dejándolo todo y siguiéndole.

- “Pero ellos no querían ir”, “Ellos, sin hacer caso, se marcharon: quien a su campo, quien a su negocio…” (Mt 22, 3 y 5) fueron, en la parábola, las excusas de los invitados a las bodas para no participar en el plan de Dios para salvarnos, contra lo que debe ser indiscutible preferencia: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos, mis caminos… Tan elevados como son los cielos sobre la tierra, así son mis caminos sobre vuestros caminos y mis pensamientos sobre vuestros pensamientos” (Is 55, 8 y 9). “Sólo una cosa es necesaria” fue la indicación de Jesús a Marta, cuando pedía ayuda en sus muchas ocupaciones (Lc 10, 42).

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe bien que es caminante hacia el cielo, con su esfuerzo, ayudando y con la ayuda de todos los compañeros de viaje y de los que ya han hecho y dan ánimo desde las alturas de la santidad. El Papa Francisco recuerda que las mortajas no tienen bolsillos y que en los entierros no va un camión de mudanzas. El tiempo huye, se escapa de las manos, “tempus fugit” (cf. “Geórgicas”, Virgilio: “sed fugit interea, fugit irreparabile tempus”) es una de esas frases “romanas” que se aprenden con otras (“tempus fugit, carpe diem, memento mori”). Y santa Teresa de Jesús escribió que “esta vida es una mala noche en una mala posada” (Camino de perfección, 40,9)

Todas esas referencias más que desanimar, deben ser un estímulo para estar atento, para actuar con sentido y saber lo que nos va en el negocio, para “hacer lo que se debe y estar en lo que hace”. Los antiguos predicadores recordaban la copla: “La ciencia más acabada / es que el hombre en gracia acabe; / que, al final de la jornada, / aquel que se salva sabe/ y el que no, no sabe nada”. “Porque, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? (“anima sua”)” (Mt 16,26).

Precisamente del negocio de la salvación y del interés personal en el asunto, hay pasajes en el Evangelio que llaman a meditación. Es inolvidable la petición del joven rico: “Maestro, ¿qué obra buena debo hacer para conseguir la vida eterna? (Mt 19,16-22) y cómo se marchó triste (“abbit tristis”, el “ave triste” del entrañable recuerdo), porque tenía muchas posesiones. Pero, a continuación, se encuentra el aviso de la dificultad de los ricos para entrar en el reino de Dios (es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja), la inquietud de los discípulos y el alegato de Pedro: “- Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido” (Mt 19,27).

En ese “todo” que hemos de abandonar, lo primero es dejar en un rincón el “yo”. No se trata de una obsesión ascética, sino de escuchar con atención y poner en práctica: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo” (Mt 16,24). Y: “que tome su cruz y que me siga”. Sin extremismos, hay que vigilar: “Yo ¿para qué nací?, para salvarme. / Que tengo que morir es infalible;/ dejar de ver a Dios y condenarme, / triste cosa será, pero posible. / ¿Posible?, ¿y río y duermo? / ¿y quiero holgarme?; / ¿posible? ¿y tengo amor a lo visible.? / ¿Qué hago? ¿en qué me ocupo? ¿en qué me encanto? / Loco debo de ser, pues no soy santo” (fray Pedro de los Reyes, (s. XVI).

El ánimo se eleva recordando que el cristianismo promete “la vida del mundo futuro”, de modo que “nada de lo que para nosotros es valioso y querido se corromperá, sino que encontrará plenitud en Dios” (Benedicto XVI, homilía en la Asunción de 2010)

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano es consciente de que “sólo una cosa es necesaria” (Lc 10,42) y procura convenir en esa dirección y objetivo con el ofrecimiento de la vida corriente de cada día, con la realidad ordinaria de su trabajo cotidiano, de sus obligaciones y de su ser y estar en las relaciones que tiene con familiares, amigos, compañeros o con cualquier otra persona. Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar con el trabajo puede crear un hilo conductor sólido y flexible que convierte la vida en oración.

Los fallos, los despistes, los olvidos, los asaltos perdidos en la lucha con el “yo”, no desaniman al cristiano. Hay mucho amor, inmenso Amor, eterno Amor, todo un Dios, esperando, animando y dispuesto a acoger, a abrazar, a perdonar. Dios tiene paciencia con nosotros “porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos se conviertan” (2 P 3,9). Dios perdonó gratuitamente todos nuestros delitos, “al borrar el pliego de cargos que nos era adverso y que canceló clavándolo en la cruz” (Col 2,14).

En ese caminar sobre la tierra, con el paso adecuado, animoso en la fatiga, en el caer y levantarse, y también en el descanso, con la vista y el corazón puestos en el cielo es inquietud natural que lleva a preguntar: “Maestro, ¿qué obra buena debo hacer para alcanzar la vida eterna?” (Mt 19,16; Mc 10,17; Lc 18,18). La respuesta de Jesús es sencilla: “Pues si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos… No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Es bueno repasar esas palabras, para hacer un examen de conciencia sobre nuestro hacer y no hacer, sobre nuestro amor.

Algún cristiano puede completar esa referencia con el entrañable pasaje de la madre que quiere lo mejor para sus hijos: “Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus dos hijos, y se postró ante él para hacerle una petición. Él le preguntó: -¿Qué quieres? Ella le dijo: -Di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a derecha y otro a tu izquierda. Jesús respondió: - No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que he de beber? -Podemos -le dijeron… (Mt 20,20-22). “Los diez se indignaron”, dice el evangelio, pero eso no impide el examen de cada uno para ser consciente de si encomienda a Dios a sus hijos, como debe procurar lo mejor para ellos en esta vida.

No faltan los que se ven con méritos: “-Ya ves que nosotros hemos dejado nuestras cosas y te hemos seguido”, dijo Pedro y “Jesús les respondió: - Os aseguro que no hay nadie que haya dejado casa o mujer, o hermanos, o padres, o hijos por causa del Reino de Dios, que no reciba mucho más en este mundo y, en el siglo venidero, la vida eterna” (Lc 18,28-30). Son un regalo de esperanza las palabras de Jesús a los apóstoles en una disputa sobre quién sería el mayor: “-Vosotros sois los que habéis permanecido junto a mí en mis tribulaciones. Por eso yo os preparo un Reino, como mi Padre me lo preparó a mí” (Lc 22-28-29).

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano sabe que se acerca el final del año litúrgico. Es un tiempo favorable para el examen personal sobre la vida pasada, de los últimos doce meses, y para ir preparando el ánimo para los propósitos que permitirán corregir fallos, caídas, olvidos. Es un examen de amor y por amor. “No fuera malo”, en expresión norteña, trasladar esa revisión a nuestro quehacer ordinario: sobre el amor a nuestra familia, sobre el amor con los amigos, sobre el amor con los compañeros de trabajo, con los dependientes; y con loe enemigos; y también en la indiferencia por lo que ocurre en el mundo, lejos de nosotros, pero de lo que tenemos noticia por catástrofes, epidemias, guerras, terrorismo: muertos, enfermos, heridos, los injustamente perseguidos. Se trata de procurar y sentir “dolor de amor”, dolor de corazón porque amo poco, porque amo mal, por amar mi “yo”

- La liturgia nos regala lecturas consoladoras. Sobre la muerte de los que han querido ser buenos: “a la hora de la cuenta resplandecerán como chispas que prenden en un cañaveral” porque los que confían en Dios “comprenderán la verdad, los fieles a su amor seguirán a su lado; porque quiere a sus devotos, se apiada de ellos y mira por sus elegidos” (cf. Sb 3,9). Sobre la esperanza en el encuentro con Dios: “¡Ojalá se escribieran mis palabras, ojalá se grabaran en cobre, con cincel de hierro y en plomo se escribieran para siempre en la roca! Yo sé que está vivo mi Redentor… veré a Dios; yo mismo lo veré, y no otro, mis propios ojos lo verán” (Jb 19.23-26). Sobre lo que encontraremos: “El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros… Aquel día se dirá: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación” (cf. Is 25,9)

- San Pablo nos afirma en la confianza: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con Él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será, acaso, Cristo que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros? ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? Pero en todo esto vendemos fácilmente por Aquél que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8, 31-35.37-39). La seguridad del amor de Dios: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida ¿quién me hará temblar?” (salmo 26.1).

“Yo lo miro y Él me mira”. “Dios es todo y lo primero. Dios es lo que yo más quiero”.

TIEMPO ORDINARIO

El cristiano encuentra textos que sirven como modelo de vida y de guía en el camino hacia el cielo. Al final del año litúrgico, esos textos iluminan la meta, animan el espíritu, sobreponen en los desalientos, en los descaminos, en los tropiezos y en las caídas. Y nos ayudan a levantarnos y a seguir alegres y cantando la etapa de cada día.

- “Como queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo de igual manera con ellos… amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada por ello; y será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y con los malos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma medida con que midáis se os medirá” (Lc 6,31 y 35 a 38). Es un texto de oro, para saborear palabra por palabra.

- “Que vuestra caridad no sea una farsa; aborreced lo malo y apegaos a lo bueno. Como buenos hermanos, sed cariñosos unos con otros, estimando a los demás más que a uno mismo. En la actividad, no seáis descuidados; Enel espíritu, manteneos ardientes. Servid constantemente al Señor. Que la esperanza os tenga alegres: estad firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración. Contribuid en las necesidades de los santos; practicad la hospitalidad. Bendecir a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis. Con los que ríen, estad alegres; con los que lloran, llorad. Tened igualdad de trato unos con otros: no tengáis grandes pretensiones, sino poneos al nivel de la gente humilde. No os tengáis por sabios ante vosotros mismos… No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien.” (Rm 12,9-16 y 21)

- Hay que arrinconar el “yo”: “Si alguno quiere venir detrás de mí que se niegue a sí mismo” (Lc 9, 23) y tomar la cruz cada día. Hay que tener confianza en Dios que es nuestro Padre, sabiendo que ve en lo oculto y que nos escucha (v. Mt 6, 6). “Bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que lo pidáis” (Mt 6, 8 y 32). “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os añadirán. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6, 33-34).

- Y hay que vivir en, del y por el amor del Amor: “Más esta fuerza tiene el amor, si es perfecto, que olvidamos nuestro contento por contentar a quien amamos. Y verdaderamente es así que, aunque sean grandísimos trabajos, entendiendo contentamos a Dios, se nos hacen dulces” (santa Teresa de Jesús, “Fundaciones”, 5,7).

Todo es gracia. “Dios es todo y lo primero; Dios es lo que yo más quiero”

CRISTO REY

Jesucristo, Rey del Universo. El cristiano vive esta solemnidad con alegría porque es consciente de que es hijo de Dios: “Mirad que amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, ¡y lo somos! (1 Jn 3.1). El cristiano se sabe amado por Dios, Trinidad Santísima: “Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros conforme al mandamiento que nos dio. El que guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él; y por esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado” (1 Jn 3,23-24). “Esta es la confianza que tenemos en Él: si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha” (1 Jn 5,14). Y, nosotros, hijos, que sabemos del amor de Dios, también sabemos que nuestro amor a Dios debe ser amor de alabanza, de acción de gracias, de desagravio, de petición. “Orad sin cesar” (1Tes 5,17).

- “La oración es, en cuanto a su naturaleza, la conversación y la unión del hombre con Dios y, en cuanto a su eficacia, la conservación del mundo y su reconciliación con Dios, un puente elevado para pasar por encima de las tentaciones, una muralla contra las tribulaciones… la alegría futura, la fuente de las gracias… el alimento del alma, la iluminación del espíritu, el hacha que cercena la desesperanza, el destierro de la tristeza, la reducción de la cólera… la manifestación de nuestra medida, la prueba del estado de nuestra alma… el anuncio seguro de la gloria…” (“La Sagrada Escala”, san Juan Clímaco, monje en el monte Sinaí que vivió entre 5075 y 650)

- “No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (santa Teresa de Jesús, “Vida”, 8.2). “No son menester fuerzas corporales para ella, sino sólo amar y costumbre; que el Señor da siempre oportunidad si queremos” (“Vida”, 7.4)

- “Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero ¿de qué?” - ¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!; y hacimientos de gracias y peticiones; y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte, “¡tratarse!” (San Josemaría Escrivá, “Camino”, 91). “Qué no sabes orar? – Ponte en la presencia de Dios y en cuanto comiences a decir. “Señor, ¡que no sé hacer oración! ...” está seguro de que has empezado a hacerla” (“Camino”, 90)

- “… Dame, Señor, un alma santa que guarde el recuerdo de todo lo que es bueno, bello y puro, para que, al ver el pecado, no me asuste, sino que encuentre el medio de arreglar las cosas. Dame un alma que no conozca el aburrimiento ni la murmuración, quejas o lamentos, y no sepa gemir ni suspirar, y haz que no me inquiete ni dé importancia a eso tan embarazoso que llamo “yo” …” (oración de santo Tomás Moro)

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